sábado, 22 de octubre de 2011

SUS MANOS, MIS RODILLAS

No soporto la uñas largas. Me las corto cada vez que intentan rebasar la frontera de su trazo sobre el dedo. Contener el crecimiento de unas células muertas es un ejercicio de vigilancia extrema, porque lo hacen en silencio y a escondidas. Y un día, ese en el que te has ido de viaje y olvidaste el cortauñas, notas que te arañan con más holgura de la habitual.

Las mujeres de uñas largas me dan miedo. Los hombres, repugnancia. Mi Minichuki, risa. Porque no hay nada que le guste más que jugar a ocultarlas bajo los calcetines y, de improviso, sacarlas como banderolos y decir: "mira qué garras".

La desazón es un día con las uñas fuera de control. No digo nada si están pintadas de rojo Chanel, que en realidad es rojo Valentino y empiezan a descascarillarse.

Tengo, por si no lo había dicho ya, una propensión casi enfermiza a fijarme en las uñas de la gente. Y en las manos, ya de paso. Mis favoritas son de hueso largo y nervio contundente. De pianista histérico, pongamos. Con esos contornos algo deformados por la furia y por el rapto. Las manos que pintan Paula Rego o Lucian Freud.

Alguna vez me he enamorado de unas maños, asombrada desde el extremo a la muñeca, y luego el tipo ha resultado ser un patán. Mala suerte. Yo sólo quería que me apretara, que me rodeara, que me recorriera surcándome suavemente con sus uñas. Otras veces, imperdonable, cometí el error de empezar por los ojos y tuve que salir corriendo al llegar a los padrastros.

Keith Richards
Me gustan las manos que pesan, manos de alta densidad. Las manos de artista. Las manos trabajadas, no excesivamente finas ni suaves. Sus manos detenidas en mis rodillas. No hay nada más sensual que una piel rugosa pero no flácida. A ser posible, que no sude.

Yo pienso con las manos, de ahí que madrugue y desduerma para aporrear. Podría decirse que no sé qué pienso hasta que ellas empiezan a saltar de una tecla a otra. Se me han apoderado de la voluntad, del entendimiento.

Hace años que no me muerdo las uñas con regularidad. Pero a veces, cuando los dedos van demasido libres, demasiado desatados, agarro el cortauñas y agoto el corte hasta que sangran. Llámalo venganza.