sábado, 12 de noviembre de 2011

EL ARTE DE AMAR

Mujer con sombrero negro. K.Van Dongen


El matrimonio consiste en contarle a tu marido/mujer lo que está viendo por sí mismo.

-Mira, Santiago, este es de Tiziano! ¡Qué tonalidades más bonitas, del beige al ocre!.
-Ya...Ya veo, Pilar.

Museo del Prado. Exposición El Hermitage. Un destino excitante para muchos, y en especial para parejas con poca excitación. Empeñadas en contarle a su Santiago que el cuadro que tienen delante es del pintor que pone en el cartelito.

El matrimonio es, visto así,  una institución redundante. Imagino que en la cama ella le informa a él de que eso que está teniendo es un orgasmo, y él a ella que eso que va a beber para recuperarse es H2O, líquido elemento. O sea, agua.

Me parece que una de las ventajas de la pareja deberían ser las elipsis. Todo eso que el otro ya sabe que piensas y sientes tal vez no sea necesario hacerlo explícito. La emoción de contemplar una obra maestra es silenciosa, muda, tan abisal que merece un espacio vacío alrededor y la ausencia de todo sonido que no sea el latido de tu corazón. Pero con Santiago al lado, Pilar siente que debe poner un bafle de cotidianidad. Y dudo que a Tiziano Vecellio, que en gloria esté, le agrade ver delantales de cocina y batas boatiné en su propia casa, que es ese San Sebastián inmenso y saeteado. En tonos ocres, sí, Pilar. Magnífico y doliente en su martirio.

S.Sebastián.Tiziano
Y entonces sales huyendo porque acompasarse con un matrimonio ruidoso es un castigo semejante a que te acribillen a flechazos. Y da lo mismo, porque el arte provoca la conversación como el muerto del tanatorio el lugar común. Y los vigilantes de sala ya no hacen ¡shhhhhhhhhhh! porque seguramente están casados y saben que un silencio puede ser incómodo, la evidencia de que algo no funciona desde el pleistoceno superior. ¡Hablad, malditos! 

Entre el arte y el matrimonio, elijo el arte. Me quedo sola, aunque hoy haya contado hasta siete codazos y varios empujones para admirar la magnífica perspectiva de la Sala de Pedro de un tal Serguei Konstantinovich Zarianko, al que no tenía el gusto de conocer. Una penumbra inquietante, majestuosa como la época de los zares. Pedro I, Catalina la Grande... Y en un rojo increíble, Pilar, a medio camino entre la sangre de un ciervo recién abatido y la mancha de frambuesa. Cuántaselo a tu hombre que seguro que no se ha enterado.

Lo dejo aquí, no sin antes decir que el matrimonio debería incluir una claúsula de silencio. Te amaré callado y virtuoso, en la emoción y la eternidad de mirar juntos un cuadro y sentir que hay espíritu y hay genio. Que nunca tú rozarás con la yema de los dedos un instante de gloria tan excelso ni esperarás que yo lo haga. Que conocer al otro es respetar su momento frente a Tiziano, a Vermeer, a Rembrandt, a Durero...

Que un museo como el Prado debería ser un templo. Entren bien vestidos, apaguen sus teléfonos y arrodíllense ante los maestros.

Y que lo que los dioses han alumbrado no lo separen Maruja y Santiago...