lunes, 7 de noviembre de 2011

INTIMÍSIMO

En el principio fue el ¿estudias o trabajas?

Luego, con la opulencia de los 90, llegó el ¿en qué trabajas?. Hoy es una pregunta prohibida si no quieres vulnerar las normas del savoir faire social.

Con cinco millones de parados las posibilidades de que tu pregunta desencadene una reacción adversa -vergüenza, tristeza, ira- son tantas  que si te presentan a alguien habrá que preguntar cualquier nadería, del tipo: ¿a quién piensas votar? o ¿cuánto sexo practicas a la semana exceptuando el onanismo? Lo que se considera una cuestión íntima ha experimentado un cambio radical, como esas mujeres convertidas en starlettes a golpe de bisturí en aquel programa sangriento de cuando la crisis no era un leit motiv.

A partir de los cuarenta, otro tabú es la salud. Si te arriesgas a preguntar por cortesía puedes encontrarte con palabras muy feas, como premenopausia, pólipo, hipertensión o tumor. Tus padres, inmortales, empiezan a debutar con enfermedades sombrías y nadie te libra de un par de visitas al hospital, sección urgencias. Así que conviene no sacar el tema y hacer como hacen algunos: "¿Todo bien, no?". Y considerar que la víscera y sus contornos es una vulgaridad, no una señal apremiante de la naturaleza.

Es más, llegando a la mediana edad el tanatorio es un destino turístico imprescindible. Morir habemus. Sí, estás en la mitad de la vida, podría decirse, pero ya toca que te encares a ratos con la muerte. Sin ánimo morboso, desde luego. Y es una catetada saludar con frases del pleistoceno tipo "Siempre se llevan a los mejores" o "te acompaño en el sentimiento". Lo suyo es "Hoy por ti, mañana por mí" o "ya nos va quedando menos". Verdades clásicas, pero como templos (clásicos).

Otra norma de urbanidad necesaria reza así: si no quieres saber si te es infiel, no leas su correo electrónico ni fisgues su móvil, tontolava. Antes había que contratar un detective para que husmeara al adúltero en sus salidas y entradas. El tipo te sacaba la pasta y a cambio te entregaba las fotos con la prueba del delito. Hoy la prueba del delito está, seguramente, en su mesilla. Y sólo hay que alargar el brazo para hacerse con ella. De manera que si uno no quiere saber, evitará el peligro como evita meter las manos en el avispero.

De igual modo, jamás compartas con tu pareja el muro de Facebook y tampoco cometas la torpeza de seguirle en Twitter. Podrías averiguar lo que piensa realmente y las insinuaciones que le brinda su club de fans. Las redes sociales las carga el diablo. Yo recomiendo no aceptar como amigo a nadie que se presente sin foto. O a quien lo haga con la imagen de Charles Mason o Jack el Destripador. Lo mismo no son serial killers, pero lo mismo sí.

En la mesa, si eres mujer, tus congéneres te mirarán mal cuando pidas postre. También si mojas pan en las salsas o te aliñas la ensalada con generosidad. No sufras. Los hombres suelen quedarse muy tranquilos cuando ven que comes con alegría. Sobre todo si no superas los contornos de una talla ¿42?

Hay temas de conversación aburridos y, por tanto, socialmente inaceptables: los piojos del cole, los deberes y esa epidemia moderna llamada TDH. Sobre esto último, que en sí daría para una conversación decente, evita entrar si no tienes un hijo hiperactivo diagnosticado. En ese caso, no eres nadie.

Si eres cultureta, o lo pretendes, no veas cine comercial ni tampoco de culto que no sea made in Irán o coreano. Limítate a las series de TV minoritarias (si las conocen, no son minoritarias). Nunca menciones a Mozart o a Haendel. Lo tuyo son los dodecafónicos. Y gástate una fortura en camisetas negras lisas y en zapatillas de deporte tipo bamba de esas que huelen a rayos con el sudor del pie.

Estos mandamientos se resumen en uno. Los tiempos están cambiando y el debate del lunes entre candidatos mediocres no es más que una maniobra de despiste para que no nos enteremos de lo esencial: A los cinco millones de parados a quienes no vamos a preguntar a qué se dedican se la suda lo que digan esos dos tipos. Bastante tienen con llegar a casa con la dignidad maltrecha y el deseo arrebatado de que alguien los llame mañana con una propuesta real. Eso sí que es pura urbanidad.