sábado, 31 de diciembre de 2011

A SOLAS CON MR.TOM-TOM

En el último día del año he decidido obedecer por fin a un hombre: Mr. Tom-Tom.

Lo cierto es que empezamos mal, como una metáfora de mi vida desnortada. Yo tenía un tom tom que compré justo antes de las vacaciones de verano porque mi propensión a perderme al volante añadia no menos de 50 kilómetros a cada viaje. El mismo día que lo estrenaba elegí en el menú de "voces" la de un hombre moreno y argentino; si te mandan con el suave y dulce acento porteño te cuesta menos hacer caso. Apreté en votón de OK y no pasó nada. Sin duda el aparato, mucho más listo que su nombre, intuyó mi rebeldía, de manera que apreté más fuerte, y más, hasta que apareció una raja que atravesaba la pantalla de la que aún no había quitado el plastiquillo transparente.

Me presenté en El Corte Inglés, ese lugar donde presuntamente no le ponen pegas a los desastres, y expliqué lo que me había pasado a un triste alopécico con traje marrón, que escuchaba mi relato con cierto brillo de sospecha en la mirada. Cuando terminé, me obligó a repetírselo al jefe de planta. Un señor encantado de haberse conocido, de esos que recorren la sección de electrónica a zancadas, con su traje de Emidio Tucci descangallado y gris, y una corbata que ha conocido varias temporadas. El hombre tenía bigote ralo y como era el jefe se permitió verbalizar sus sospechas:

-Verá, señora (mal empezábamos), estos navegadores no se rompen así como así. Hay que darles un buen golpe... Y mientras lo decía me miraba de arriba abajo, como calibrando si la rubia era capaz de cabrearse tanto como para romperle a un hombre de acento argentino el Tom-Tom en la cabeza.
-Le estoy diciendo, señor encargado...
-Jefe de planta.
-Eso, encargado de planta...Le digo que no lo golpeé. Que simplemente apreté con el dedo contra la cojopantalla para que el argentino me guiara en mi vida descarriada, pero se rompió, supongo que por el peso de la responsabilidad. Guiar a una desorientada vocacional e indómita no es tarea fácil.
-Señora, estos aparatos obedecen sin rechistar. Debió ser usted violenta. Así que no le puedo dar uno nuevo, sino mandarlo a la casa madre, en Holanda, a ver si lo arreglan.

Así fue. Y debió llevarlo Miguel Strogoff ciego, a pie y con grilletes porque tardó tres meses en regresar. Para entonces yo ya me había perdido cien veces y acusaba mareos cada vez que cogía el coche. "El Tom-Tom ha llegado", me anunció con solemnidad.

Debo confesar que corrí ansiosa a por el hombre de mi vida. Y que cuando llegué apenas miré al encargado jefe, que abría pomposamente la caja para descomponerse al comprobar que la "casa madre" había devuelto el Tom-Tom con su raja. "Sin duda han pensado que fue por mal uso".

No estaba de dios. Aquello era una señal. Andaría perdida por la vida sin escuchar cantos de sirenas en ningún acento. Pero no sin antes luchar contra aquel relamido con bigote, al que amenacé prácticamente con que encontraría la cabeza sangrande de un caballo en su cama.

Al día siguiente recibí una llamada. Un hombre, el jefe de planta pero apocado, con voz trémula. Me iban a dar un navedador nuevo: "Conste que no se lo da TomTom sino El Corte Inglés". Y yo: como si me lo dan Curro Jiménez o el Dioni.

Tardé tres meses en ir a buscarlo. En el fondo quería seguir perdida. Terminar en cruces de caminos sin señalizar, entre nieblas y zarzas con vistas al cielo. Escuchar la música a tope, no al porteño relamido de voz aséptica. Hasta que hoy, último día del año, lo he sacado de su caja y he ido seleccionando con suma dulzura las opciones del menú. Al llegar a la voz, he hecho click en Susana, que me ha conducido sin problemas hasta un pueblo donde mi familia y yo brindaremos por las rutas que se abren y las cunetas en las que no caímos.

Feliz año, orientado y salvaje!!!

viernes, 30 de diciembre de 2011

HOMBRES QUE CORREN CON LOS LOBOS

Me gustan los hombres que rompen compromisos vanos como rompen el frasco de las sales.

Corregiré. Me gustó mi cita a ciegas de ayer. Era con una mujer, pero se presentó con su hijo. La madre dejó enfriar sus lentejas mientras me relataba sus quebrantos de amor, gesticulando y jugando con el precioso foulard que llevaba al cuello. El hijo, mientras, la miraba y me miraba, tranquilo y nada sobresaltado al parecer por la vehemencia y profusión de detalles que  me regalaba la madre. Entonces ella lo animó:

-Hale, cuéntale ahora tú lo tuyo.
-No, no es necesario....murmuré yo por si él se encontraba en un aprieto involuntario.

Entonces empezó a hablar. Se había prometido a los 28 con una mujer tradicional, pija, de esas familias que añaden a sus frases mas rimbombantes la coletilla "de toda la vida". "Era mi novia de la universidad, una chica muy maja...", me informó sin duda para que mis prejuicios no dispararan un cañón equivocado. La madre, entretanto, miraba a su hijo con amor entusiasta y seguía el ritmo del relato abriendo mucho los ojos. Casi como si fuera la primera vez que lo escuchaba.

Yo comía arroz abanda y el chico hablaba del reloj que ella le regaló en la pedida, del anillaco con el que él correspondió, de que los días pasaban en una espiral frenética, de esas que casi no te permiten pensar. Hasta que el calendario señaló la despedida de solteros. Y cada uno voló con sus amigos.

Ella mostró entonces sus uñas. "Me empezó a preguntar que qué había hecho, obsesivamente. Yo le decía: pues nada, reirme con mis amigos, hablar de tías y emborracharme, lo normal en estos casos". Pero ella insistía e insistía y casi podía oler ya el incienso dulzón y opresivo de la boda...

Como en todas las buenas historias hubo un punto de inflexión, una caída del caballo: "Me llamaron para que fuera a la joyería a "tomar la medida de mi dedo" para la alianza". El joven lo vio claro, miró a los ojos a su miedo; no podía seguir adelante y respiró hondo antes de quedar con su novia y, en el mismo coche donde la había besado tantas veces, soltarle la bomba. "Casi convierte la puerta en abatible del portazo que pegó", resume él.

Olvidé decir varias cosas. Justo cuando le iban a medir el dedo hizo, como los reos, dos llamadas: una a su mejor amigo. La otra a su madre, que en este punto casi ha rematado el bol de lentejas: "le dije que si tenía tantas dudas diera marcha atrás", me cuenta. Y vuelve a mirarle a él, el hombre que nunca le ha fallado. El niño que la llevó al altar de una playa para su segunda boda vestido como un hippy guapo. El que la animó sin reservas cuando ella lo llamó para anunciarle que se divorciaba. Que esta vez también había salido mal.

Madre e hijo unidos por historias de amor y desamor, comen apaciblemente en una tarde perezosa de diciembre.

Me hubiera quedado allí. Tuve que irme. Me pareció que hay pocos hombres capaces de romper un compromiso a dos semanas de la boda. Me pareció que hay muchas mujeres que se casan con la sospecha de que eso no va a funcionar y aunque el día que las llaman para tomarles las medidas del dedo sienten una punzada en el estómago, miran a otro lado, tiran para adelante y permiten que el destino se cobre su presa unos años después, dejándolas tiritando en la cuneta.

Así que me faltó felicitar a esa madre por haber educado a ese hijo. Tan cabal, tan valiente y tan amoroso. Me faltó decirle a ella que sin duda es una mujer importante y sabia, aunque haya aprendido del amor a base de jirones. Y que hay hombres que corren con los lobos, y te aman y se arriesgan y, si la cosa se termina, dejan tras de sí un rastro a veces dulce, a veces doloroso.

jueves, 29 de diciembre de 2011

KAMASUTRA PARA UNO

La soledad es tan adictiva como las palomitas en el cine.

No hay nada tan romántico como dormir solo. Mi cama, mi reino. Cierta mujer que conozco solía defender el ideal del abrazo, ese escorzo perfecto que vulgarmente se llama "la cuchara". Hasta que lo tuvo cada noche. Entonces empezó a irritarse porque ya no había posibilidad de hacer sus posturas del perfecto kamasutra solitario: el aspa invertida, la crucifixión sin sangre y el Mahoma rodeado de montañas. Esta última la bordaba con siete almohadas de distintos tamaños colocadas estratégicamente sobre el colchón.

No hay nada tan violento como tener que hablar en cuanto notas que el otro se ha movido. Los pensamientos huyen en bloque y dan paso a frases hechas, a lugares comunes de una poesía trasnochada y somnolienta. Las grandes ideas, sostengo, surgen entre la bruma de la semiinconsciencia y dudo que Freud despertara bruscamente a sus hipnóticos pacientes en su trance para demostrarles que seguía ahí.

Ayer veía un capítulo de mi última serie favorita, "Downtown abbey". Ese en el que Mary, la fascinante hija mayor, sorprende a Milord entrando en el dormitorio de Milady y le reprocha esa muestra de bajeza de clase. "Pero tengo mi gabinete listo para que el servicio piense que dormimos separados", se excusa el padre.

De lo que se deduce el discreto encanto del acto furtivo, del desafío a unas normas sociales que hoy proponen justamente lo contrario. De ahí que me parezca una deliciosa excentricidad dormir en camas y en habitaciones separadas, salvo por razones de espacio.

Compartirlo todo. Hasta el sueño con sus sudores, sus respiraciones pesadas y los pelos revueltos. No sé que tiene de amoroso, y mucho menos de estético. Es, simplemente, lo que hace la mayoría. Pero la mayoría compra en El Corte Inglés y piensa que los Ferrero Rocher, esos bombones de nocilla, son epítome de la elegancia modelo residencia del embajador.

La resistencia a la individualidad ha hecho mucho daño a las clases medias. Y así nos va.

En el fondo, no somos tan modernos. Por mucho que llevemos i-Phone, luzcamos gafapastas y nos chutemos series de  la HBO, seguimos aferrados a las tradiciones más rancias.  Nuestros adolescentes creen que la saga Crepúsculo es una representación del amor ideal -y, bien mirado, lo es. El vampiro tiene el detalle de velar el sueño de Bella sin abalanzarse sobre la joven- y los matrimonios lo primero que compran es una cama de ídem. Para atar sus pesadillas en la salud y en la enfermedad.

Lo dejo, no sea que me ataquen las hordas de románticos. No sin antes proponer la creación de nuevas formas. De estructuras que revitalicen la soledad como estadío necesario para explorarse a uno mismo. Y luego, de vez en cuando, volverá a ser excitante preguntar eso de "¿en tu cama o en la mía?"

lunes, 26 de diciembre de 2011

MANIFIESTO ANTINOSTALGIA

"El año que vivimos peligrosamente"
Ser futuro es pasar de leerse las glosas de lo que fue.

El regodeo en el pasado me ha parecido siempre una pasión inútil. De los tres tiempos de la vida, el que ya fue es un aborto que arroja toneladas de nostalgia, desdén o la evidencia de que estabas allí y no hiciste nada por congelar el insecto bajo la gota de ámbar. Encuentro que las personas que viven de recuerdos huelen a naftalina pero encima tienen polillas.

Los periódicos del fin de semana se han dedicado a mostrarnos a los muertos y las fotos más sensacionales del año que vivimos peligrosamente. Pero no hay fotogramas a la altura del único Mel Gibson que para mí ha alcanzado el estado de gracia. Ese reportero que se juega la vida en la Indonesia comunista acompañado de un colega semienano y con Sigourney Weaver como soberbio contrapunto y tercera pata de la trama.

Lo que acabo de hacer es claramente un ejercicio de nostalgia. Me ha faltado añadir "ya no se hacen películas como ésa", donde la aventura, la tensión sexual y los personajes deliciosamente ambiguos te envuelven en un viaje con tantos giros inesperados del destino. La película es de esas que revisito de cuando en cuando, y siempre le encuentro un matiz, un diálogo, una mirada que me deslumbran de nuevo.

Con los resúmenes periodísticos del año no experimento más flashbacks que la melancolía. De ahí que la retransmisión de las campanadas tenga algo de grotesca pantomina, de hoguera sarcástica, de despedida absurda donde los cuartos duran la eternidad, y esos personajes vestidos con capas y vestidos de paillettes son representaciones ajadas y hieráticas de la muerte. Regada con champán, pero muerte.

Anoche me tragué enterito el "Especial Julio Iglesias" y entenderé que muchos me dejen de leer en este instante, decepcionados. Cuando te hacen un especial con entrevista solemne de periodista con cartel de "soy inteligente, cuéntamelo a mí", ya puedes echarte a temblar. El artista antes llamado play boy me pareción un ser vencido, lúcido ante la evidencia de que ya no es quien fue por mucho que insistiera en que su canción era, es, "La vida sigue igual". El especial era un epitafio con permiso del muerto, que habló del pasado con vehemencia y del futuro con ¿desesperación?

Cuando te queda tanto futuro como pasado debes ser cauto. A los cuarenta los proyectos funcionan mejor que el bótox, pero las conversaciones sobre el colegio y el primer revolcón son un salto mortal hacia la decadencia. Eso incluye escuchar a Mecano a todas horas o ponerte unas mallas con calentadores para salir.

Ser futuro es la consigna. Y de las uvas lo mejor sigue siendo una buena copa de vino rodeada de gente que proyecta y va siendo a medida que es, no a costa que lo que un día fue.

¡Gaudeamos Ígitur!

domingo, 25 de diciembre de 2011

UNA HABITACIÓN PROPIA (El otro discurso del Rey)

"Pocas veces me he sentido tan completamente desgraciada como ayer hacia las 6.30, releyendo la última parte de "Los años" ¡Qué palabrería insustancial, qué chismorreo crepuscular me pareció; qué exhibición de mi propia decrepitud, y a lo largo de tantísimas páginas" (Diario íntimo 1932-1941. Virginia Wolf).

Cuando quiero sentirme menos miserable, leo a Virginia Woolf. La autocomplacencia es un pecado venial para cualquiera, mortal para el escritor. Esa mujer que reclamaba que para escribir una novela hacía falta dinero y una habitación propia, no deja de darme lecciones. Que una loquiki diagnosticada sea mi gurú es como para hacérselo mirar, pero compruebo que con los años la  palabrería insustancial me irrita casi tanto como la lana acrílica o el wasabi, así que me sienta bien hermanarme con esta diosa atormentada, aunque sea en el capítulo fobias cotidianas.

Respecto a lo de la habitación propia, la tengo pero quién lo diría. Según llego a casa corro a refugiarme en ella, pero siempre hay una chuki o dos que se cuelan, se lanzan sobre mi cama y observan  mi striptease desalentado mientras me cuentan que María es una chulita que está por Diego o que llevar la falta del uniforme por debajo del culo es lo que una debe hacer si no quiere ser considerada la freak de la clase.

Sin habitación propia ando como un alma en pena, de rincón en rincón. Y cuando al fin estoy sola creo oír voces. Como Virginia. La diferencia es que Leonard no está a tiro para escuchar mis delirios. Entonces cojo el ordenador y entro en un trance chungo donde encadeno palabras con cierta autocomplacencia animada por la cafeína, esa droga universal. Luego, al rato, me acuerdo de la Woolf y a veces releo para vomitar sobre los textos. "Me faltó la habitación propia, mi querida musa trastocada".

La soledad como espejo de la madrastra. Uno no puede escapar de sí mismo cuando sus palabras le hacen eco. De ahí a la locura hay un paso, pero sólo si una dispone de una habitación para el holocausto. Si no, podrá vagar entre las cacerolas de anoche, las copas de vino con sus posos turbios o el plato de polvorones de la estepa. Restos del naufragio de una navidad tranquila donde el discurso de Su Majestad el Rey (en mayúsculas, por el momento) fue de lo más excitante y tartamudo. En adelante incorporaré la expresión "hacerse un Urdangarín" para explicar la conducta turbia de seres con cara de angelotes. Espero que la Woolf me permita este exceso de vulgaridad chisposa.

Y aquí lo dejo. Debo buscar un rincón, destruir algunos cuentos y ponerme en paz con mi egolatría. Eso sí, la piedra y el río los dejo para cuando sea maniaco depresiva. Algo que las insustanciales no solemos permitirnos...

viernes, 23 de diciembre de 2011

MI QUERIDO PAPÁ NOEL:

Cosas que pido a Papá Noel, a los Reyes Magos o a los astros de Susan Miller:

1.Seguir confiando en las personas, aunque a veces me lleve decepciones.

2.Corregir a las chukis sin que las pulsaciones me suban de ochenta  cuando digan expresiones atroces como "no te motives" o "eres una motivada" (dos versiones del mismo horror)

3.Continuar poniendo los cuernos a los perfumes, a los autores consagrados y a la cápsula Nespresso favorita.

4.Cambiar de peluquero dos veces al año.

5.Pasar de los tacones de más de 13 centímetros. Bueno, de 14...

6.Un humidificador para cerebros maltrechos.

7.Averiguar si lo del sueldo Nescafé era una leyenda urbana.

8.Creer con fe ciega en los prospectos de las cremas de belleza.

9.Un día al mes sola, sin hablar, sin ducharme y respirando lo justo.

10.Besar a tornillo y en plena calle.

11.Escribir, escribir, escribir. Algo que no sea "No por mucho madrugar amanece más temprano".

12.Regar mis plantas con regularidad. Hasta ahora las secaba o ahogaba según mi estado de ánimo.

13.Asistir a alguna reunión de vecinos. Cualquier día me dicen que han aprobado como derrama que la del sexto (o sea, yo) acoja a un okupa una vez al año.

14.Dejar de poner motes a la gente. De lo contrario, averiguaré el mío y se me disparará la urticaria.

15.Un pacto con el diablo como dios manda.

jueves, 22 de diciembre de 2011

MI ABUELA Y LOS REPELENTES NIÑOS DE SAN ILDEFONSO

Los niños de San Ildefonso me caen fatal.

Ya lo he dicho, y espero que nadie se me eche encima por incorrección política. No me gustan los niños viejunos. La infancia redicha vestida de traje y corbata acrílica. Cuando era pequeña me contaban que eran pobres huerfanitos y que el de la Lotería era su día grande, su lluvia de estrellas. Entonces salía ella, pongamos que Mari Carmen (hoy Vanessa o Jenny), con las trenzas bien tirantes y hecha un pimpollo, y gritaba los números del bombo, uno a uno, como Joselito pero sin antecedentes penales.  

El espectáculo de aquellos enanos desgañitándose mientras el bombo daba vueltas y vueltas me aturdía y horripilaba a partes iguales. Tanto brillo -ahora bling-bling- tanto brazo en alto, y esos locutores engolados que olían a naftalina porque sólo parecían trabajar ese día para luego volver a sus cajas de cartón.

La única que disfrutaba era mi abuela. Ella se tragaba el sorteo en directo, delante de la tele, con sus décimos cuidadosamente desplegados sobre la mesa, entre las medicinas para su "diabetis" y el diminuto pastillero de porcelana de colores. Cerca, siempre, su "transitor". Mi abuela  nos pedía a gritos que le lleváramos el transistor, y mis hermanos y yo, que somos malos y tiñosos, la provocábamos para que dijera la palabra mal dicha, y nos partíamos de risa. Y ella también.

Debo aclarar que mi abuela era la mujer más lista que he conocido. Levantó un negocio precario heredado de su marido y se hizo rica. Viajó sola a la Rusia pre Gorbachov cuando en los hoteles de cinco estrellas te ponían moscas con la ensalada y se trajo un abrigazo de visón- "la pellica"- escondido en la maleta de una azafata a la que sobornó. Mi abuela era la yaya y la adorábamos aunque a veces sacaba un carácter del demonio. Podías engañar a tus padres, pero nunca a ella. Con un vistazo te hacía la radiografía más certera. Y siempre se ponía de tu parte.

Cuando la modernidad puso de moda el adjetivo "cutre", ella pensó que era "futre" y así lo utilizó toda su vida. Cuando mi hermana y yo volvíamos de compras y le enseñábamos nuestros vestidos nuevos, decía que le encantaban "cada una en su estilo". Cuando algo la sobresaltaba, exclamaba: "tócate el alma, María Manuela". Y -esto ya lo he contado- cuando nos invitaba a comer en un restaurante "de categoría" y consideraba que el menú no era acorde con el precio, le soltaba al camarero con la cuenta un "a robar, a Sierra Morena". Naturalmente, su lencería tamaño XXL era Christian Dior. ¿Llevas las Christian,Yaya?, le preguntábamos. Y ella sonreía picarona.

No sé por qué me acuerdo hoy más de mi abuela que de mi adolescente, que tuvo a bien nacer tal día como hoy hace quince años. Mientras los horribles niños gritones trajinaban con la numerología, yo me retorcía de contracciones y mi abuela miraba la tele a ver si la diosa Fortuna le concedía unos milloncejos más. En realidad, su ilusión era la misma que la que la empujaba al bingo, a escondidas: Gritar ¡Línea!, más que cobrarla, y volver a su casa con esos caramelitos microscópicos de colores con los que rellenaba los ceniceros.

Hoy los repelentes Niños de San Ildefonso se preparan para hacer su numerito y yo tengo un plan. Sentarme con mis pocos décimos sobre la mesa y pensar en mi abuela. Creo que no hay un solo día de mi vida en que no lo haga. Por la noche soplaré las velas con mi adolescente quinceañera, que me dio el día y decidió que durara esa eternidad que va desde que sale el Gordo hasta la noche. Y me acostaré sin sobresaltos en mi cuenta corriente, pero con el dulzor de unos recuerdos fijados con aquel vocabulario peculiar que tenía ella: "Venga, cada mochuelo a su olivo que no nos ha tocado más que salud, nena".

miércoles, 21 de diciembre de 2011

CUENTO DE NAVIDAD

Un amigo es alguien que te ve hecho un montón de escombros y recoge algunos trozos, los mete en su mochila y se los lleva sin decir nada.

Anoche le explicaba a Minichuki algo así.  Yo tenía una serie de incómodos asuntos pendientes de resolver que amontoné durante meses en un cuarto oscuro. Un día fueron tantos que rompieron la puerta y saltó un tigre furioso de dentro. Me dejó el cuerpo lleno de rasguños y se fue, no sin antes advertirme: "Volveré una y otra vez hasta que hayas resuelto todo lo que encerraste en esta habitación".

-Los tigres no hablan, mamá, ya soy mayor para éso, me advirtió Minichuki.
-Este sí, ya verás...

Yo tenía una granja en África... o ésa era mi adorada Isak Dinesen. Yo tenía, digo, una o dos multas de tráfico, un coche abandonado por un tipo al que se lo vendí y jamás lo registró a su nombre, una vacuna pendiente, una cita ineludible con Hacienda, una tele sin antena, una lámpara sin bombilla...y así decenas de pequeñas cosas por resolver. El día que saltó el tigre mi amigo J., que es grandote como el gigante del cuento, vino a zancadas y me dijo que me ayudaría a resolver la más gorda. Después, se sentó a mi lado frente al cuarto oscuro, me agarró por el hombro y me pidió que durmiera mientras él se ocupaba un rato de lo mío. 

-Si quieres puedes decirme que no, te querré lo mismo...le escribí poco antes por Whats App.
-No pienso dejarte caer. Cuenta conmigo.

Cuando desperté la habitación del pánico seguía allí. Pero cada cosa tenía una etiqueta con una pista para su resolución. Mi gigante no estaba, y el tigre paseaba mansamente entre los trastos. Ese día fui despejando uno por uno, apenas la décima parte del total. Por la noche lloré desfondada y le expliqué a Minichuki la teoría de los barros de la vida, esas pequeñas obligaciones que uno va dejando en el vértigo del día a día y que se convierten en arenas movedizas que te tragan. Lo entendió a la perfección:

-Es como cuando mi amigo Diego me defendía porque yo era la más pequeña, y me ayudaba a hacer los deberes en el recreo para que la seño no se enfadara conmigo.
-Algo así, chitina...

Un amigo es un gigante que convierte la bola de tus grandes miedos en pequeñas migajas. Molestas, pero digeribles. Luego te ofrece su hombro, descansas un rato y se marcha cuando comprueba que en tus sueños no hay fieras salvajes ni abismos fríos y húmedos.

domingo, 18 de diciembre de 2011

RITUALES DE APAREAMIENTO


1.Las migas del pastor no me salen muy allá. Lo dudaba,  hasta que una voz amiga me ha dicho hoy: "Se las han tomado, pero te habrás fijado en que nadie ha repetido". Pues no me había fijado, ahora ya lo sé.

2.No he puesto el árbol de Navidad porque sé que cuando lo haga entraré en ese frenesí convulsivo de compras, villancicos y demás fanfarrias extenuantes. Eso sí, con los polvorones no hay tregua.

3.Tus sobrinas son pequeñas, pero no tontas. Si les dejas el cuento de 101 Dálmatas a la mitad, no cuela, aunque hayas improvisado un final alternativo.

4.Soy la única persona que conozco que ha visto la serie "Rubicon". Sospechoso, ¿no? Y  socialmente demoledor. Lo mismo todos piensan que es un bluff y yo una pretender sin criterio.

5.Manolo Blahnik me escribe un tarjetón cariñoso cada Navidad, y aún no siento tentaciones de subastarlo en e-Bay, como me recomiendan las pirañas de mis ciberamigas. ¿Seré tonta?

6.Ayer pitó mi bolso en una alarma de Zara. El vigilante me dijo: "Es el bolso, señora. ¿Es de H&M verdad?". Yo me ofendí mucho: "Oiga usted, este bolso es de piel buena, ¿qué se ha creído?". O sea, que salió la mamarracha que llevo dentro.

7.Anoche tomé Dormidina. No pegué ojo esperando los efectos.  A cambio llevo todo el día frita. Debo buscar una pastilla que me predisponga para esta pastilla. Y puede que ésa necesite una tercera, lo que me lleva a un bucle interesante y psicotrópico.

8.Chuki pequeña sabe lo de los Reyes pero finge que no. Debo vigilar sus movimientos.

9.Tom Cruise envejece fatal. Se ha convertido en una auténtica mujereta. Ciencióloga, pero mujereta al fin y al cabo.

10.Las cenas de empresa incluyen múltiples rituales de apareamiento. Al final quedan Martínez el de administración y Pili, de comercial, que baja la guardia. Y lo que dios y el gin-tonic han unido, que no lo separe el hombre...

sábado, 17 de diciembre de 2011

DIEZ NEGRITOS

La taxista es flaca, ojerosa y rubia con raíces muy oscuras. De mediana edad. Lleva gafas y un jersey fucsia de cuello vuelto lleno de bolas.

Me dice que su cuñada ha sufrido un ataque de ansiedad anteayer. "En su empresa echan a dos o tres cada viernes. Es teleoperadora. Han avisado a los diez que quedan que de aquí a fin de año sólo podrán ser cinco en el equipo". Su marido trabaja en la Renault: "Cada vez que anuncian la visita de los franceses se va descompuesto a la fábrica. Sabe que están planteándose desmantelarla para producir fuera más barato".

Pienso en "Diez negritos", de Agatha Christie. Esa novelita a la que vuelvo de cuando en cuando. El síndrome diez negritos es tan actual como el resto de la literatura de esa mujer fascinante que confundió al sagaz Hércules Poirot aquella noche de bruma y puñaladas a bordo del Orient Express.

Imagino lo que debe ser levantarse cada viernes, elegir cuidadosamente la ropa para el posible sepelio de uno mismo, salir a la calle con paso lento, notar cómo el estómago y las rodillas tiemblan desbocados al acercarse al portal, subir a la oficina,  mirar de reojo el despacho del jefe y pasar, ahora sí, como una exhalación rumbo a la mesa compartida donde te espera un teléfono y puede que un sobre cerrado con la noticia del despido.

Son esos terrores cotidianos que se han ido incorporando a nuestra vida. El miedo a desdibujarse, a perder esa parte de uno que tiene que ver con el trabajo. El miedo a no cobrar a fin de mes. A no volver a levantarse y elegir la ropa.

Mi amiga M. es licenciada y la vida la ha llevado a trabajar en un taller mecánico. Cada viernes, como cada lunes, arrastra su dignidad, intacta, y se emplea  en clasificar facturas y cobros con la concentración de un ingeniero nuclear. Sabe que necesita el trabajo, así que sólo a veces se permite pensar "¿qué estoy haciendo yo en este antro, rodeada de mecánicos de veinticinco años que hablan de tetas y culos?". A veces fantasea con que la echan y deja de oler a neumático y a grasa. Pero enseguida desecha el pensamiento y atiende a cada cliente con su mejor sonrisa.

Lo peor de esta crisis es que el miedo se nos ha colado en los huesos. Y eso bloquea nuestra rebeldía, nuestra capacidad de proyectarnos, de hacer planes.

El mecánico de coches, por cierto, no es siempre lo que cuenta el cliché. El otro día llevé mi coche al taller y me recibió un empleado uniformado, con esa sonrisa de manual del buen comercial: "Señorita, siéntese en ese silloncillo que la atendemos en un periquetillo". Mr. Diminutivos tenía los dientes grandes y el pelo peinado hacia atrás, y miraba con ese aire de seductor de señoras poco acostumbradas al piropo. Pretendía que ambos nos colocáramos bajo las tripas del coche para explicarme lo que le iban a hacer. "Es parte del protocolo, verá".

-Pues tengo prisa como para hacer numeritos con usted entre las ruedas.
-Es que nos obligan a hacerlo y no quiero perder mi trabajillo...

En ocasiones el miedo te lleva a situaciones de chiste. Entonces te acuerdas de la cuñada de la taxista, de tu amiga la del taller,  y sonríes a Mr Diminutivos y le dices: "No se preocupe, que cuando me llamen los del controlcillo del calidad les diré que hemos hecho de todo en los bajos del cochecillo".

Diez negritos salieron a cenar;
Uno se asfixió y entonces quedaron Nueve.
Nueve negritos estuvieron despiertos hasta muy tarde; Uno se quedó dormido y entonces quedaron Ocho.
Ocho negritos viajaron por Devon. Uno dijo que se quedaría allí y entonces quedaron Siete.
Siete negritos cortaron leña; Uno de ellos se cortó en dos mitades y entonces quedaron Seis.
Seis negritos jugaron con una colmena; Una abeja picó a uno de ellos y entonces quedaron Cinco.
Cinco negritos hicieron la carrera de Leyes; Uno se hizo magistrado y entonces quedaron Cuatro.
Cuatro negritos fueron al mar; Un arenque rojo se tragó a uno y entonces quedaron Tres.
Tres negritos se pasearon por el zoo; Un gran oso mató a uno de ellos y entonces quedaron Dos.
Dos negritos se sentaron al sol; Uno de ellos se tostó y sólo quedó Uno.
Un negrito quedó sólo. Se ahorcó y no quedó...
¡Ninguno!".

jueves, 15 de diciembre de 2011

AUTOAYUDA PARA DESTROYERS

España mañana será ¿republicana?

He tenido un sueño, como Luther King, pero blanco y destroyer. Abolíamos de golpe todas las instituciones inamovibles. De paso, nos cargábamos la obediencia debida, el sacramento de la confesión y la metafísica de Eduardo Punset. Esto último lo entiendo desde que anuncia pan Bimbo. No se puede pretender que te tomen en serio si entregas tu alma al diablo del bocadillo escolar.

Puestos a borrar, nos sobra uno de los tres ejércitos, las mantillas de Semana Santa y la letra del himno nacional. Las colas del INEM, el cine con doblaje y la laca de las señoras que aún van los jueves a la peluquería a levantar su frágil espíritu a golpe de cardado. Al diccionario,  la palabra culpa. Al hábito, el monje, y a la Unión Europea tecnócratas y figurantes de salón.

En mi sueño, digo, volvían las brujas y sus akelarres de furia y fuego, e iban pasando los taxistas malhumorados, las locas sin coartada y esa mujer de Agencia Tributaria que ayer me maltrató al teléfono. ¿No decíamos que Hacienda somos todos? No, señora, hay que prepararse mucho para desarrollar esa bordería displicente del que sabe cuántas multas le debes al fisco y quiere vengar su vida miserable con unas  zancadillas por teléfono.

He tenido un sueño abolicionista y acabo de despertar. Propongo que se cierren las taquillas del metro, la boca de los políticos huecos y el control de seguridad de los aeropuertos. El fin de las ofertas de empleo a precio de esclavitud, el algodón de azúcar y los contratos de amor. Los libros de autoayuda, el márketing del desconsuelo y las fajas color carne.

Y después, desnudos de cortezas vanas, señalemos a los intocables que escupen desde el balcón de su sangre azul ríos de tinta roja putrefacta.

martes, 13 de diciembre de 2011

MARTES Y TRECE

Dado que no soy supersticiosa, hoy pienso matar gatos negros por las aceras.

Me gustan los días malditos porque cualquier contrariedad tiene una razón de ser. No hay nada más desazonante que acostarse pensando los porqués de las cosas. "Era martes y trece". No hay más preguntas.

Los días gafes se instituyeron para explicar las grandes catástrofes, o para propiciarlas. Los estrategas siempre han sido muy de consultar a las brujas la oportunidad de sus planes funestos. No conozco un asesino que haya sido víctima del tarot. En realidad, no conozco asesinos pero si los menciono aquí y derramo sal Maldon por mi espalda, alejaré las malas vibras de mi entorno.

Mi gran gurú del devenir se llama Susan Miller (http://astrologyzone.com/). Sus predicciones mensuales son tan prolijas que muy mal se nos tiene que dar para que alguna no se cumpla. En general, los astrólogos son vagos y resuelven el trabajillo del horóscopo en cinco o seis líneas. Pero mi Susan se marca sus buenos seis folios, en inglés y con letra microscópica, lo que te garantiza su hora y media de lectura a poca presbicia y falta de vocabulario que una tenga.


Luego está Walter Mercado. Un tipo con pelucón y túnica que podría ser una mujer, por las trazas. Me lo descubrió mi amiga A-1, que como tampoco cree en las brujas no se acuesta sin leer su sección en "El Nuevo Día" de Puerto Rico, periódico imprescindible en la vida de todo intelectual que se precie. Walter es conciso, sí, y a veces críptico, pero nunca decepciona. Hoy, por ejemplo, me dice lo siguiente:

Aries: "Balancearás mejor tu vida. Tu interés por el ocultismo crecerá enormemente. En tus sueños recibirás mensajes y orientaciones muy necesarias para ti. Números de suerte: 3, 5, 18. Palabra Sagrada: Balance". 

Como Yaveh me hablará en sueños, si no lo ha hecho ya, me quedo mucho más tranquila. Claro que dado que soy insomne tiene poco margen de maniobra. Y lo mismo esta noche me estaba transmitiendo una gran revelación y no he sido consciente,  ocupada en contar de siete en siete hacia atrás para distraer mi mente del paso lento y exasperante de las horas.

Claro que cuando me harto de brujos con pretensiones, tiro del Cuore. Aquí el devenir se llama "amor apasionado con un joven clavadito a Justin Bieber que te romperá el corazón y lo hará jirones very very cool". La pitonisa del Cuore se lo pasa pirata y eso se nota. Es una cachonda, eso es lo que es, y su sección una de las más populares, después de los Arggggggs.

Para terminar, el comentario que mi amiga L. escuchó a una celebérrima bruja española la otra tarde en el Embassy. Ese cafetín repijo y requeterancio de Madrid donde hay más bótox y hialurónico por metro cuadrado que en la clínica de Pitanguy: "A ésa ya vendrá la vida a bajarla de los tacones".

Pues eso. Salgan a la calle pertrechados de patas de conejo, que la mala fortuna is in the air, como el amor.

lunes, 12 de diciembre de 2011

HABLAR POR HABLAR

El octavo pecado capital: hablar por hablar.

Entiendo que el silencio abisal de un ascensor incite a la verborrea. Si te callas pueden asaltarte pensamientos turbios como que el otro es un serial killer, un ama de casa ofuscada o un niño a punto de pataleta, lo que desata tensiones poco asumibles en un habitáculo de 70 cm2. Las palabras son ruidos que evitan pensamientos inapropiados, desde luego. Pero la contaminación acústica es un delito penado con multas considerables.

Hoy, por ejemplo, escucharemos a Francisco Camps en el banquillo jurar una y otra vez que él pagó sus trajes con el sudor de su frente. Y será como el que oye llover. También habrá que oír al  entrenador del Real Madrid alguno de sus exabruptos cotidianos post derrota. Mourinho pierde puntos en cuanto gesticula y abre la boca, pero si se le quita el recurso es como quitarle a un bull dog la capacidad de amedrentar. Se queda en nada.

Hablarán, a cara de perro, Cameron y Clegg. Que tu socio en el gobierno te dé por saco en una entrevista televisada debe ser irritante hasta para un súbdito del país del té de las cinco.

Rajoy, por su parte, hablará lo justo. Le ha ido tan bien diciendo nada que no va a meterse ahora en aguas pantanosas. Y Urdangarín acaba de anunciar el nombre del abogado que en adelante hablará por él. Un tipo con muchos apellidos que tratará de despistarnos con términos técnicos mientras la Casa Real murmura y lamenta su suerte por los pasillos de palacio.

Creo que la palabra está sobrevalorada. Desconfío de las personas que hablan sin parar, que rellenan los silencios con material de derribo. Pero también de aquellas que no se pronuncian. Debería haber un medidor de ritmos y turnos de conversación, que además eliminara la morralla que se cuela entre frase y frase. Los buenos poetas practican las elipsis, estiran cada sílaba y se cargan los adornos. Al menos esos poetas a los que escucharía a solas en un ascensor de 70x70.

Me cargan los charlatanes, exceptuando los de feria. Las muñecas chochonas y los perritos pilotos requieren altas dosis de palabrería y qué sería de un mercadillo sin un gitano vendiendo bragas a voz en grito. Pero quitando esas excepciones, prefiero que me hablen al oído.

Ya puestos a pedir, me excitan las frases bien construidas. Sin disonancias, excesos de adjetivación y sin gerundios. Eufónicas, directas y limpias de latiguillos. Nada más irritante que esa presentadora rubia de cierto programa del corazón que adereza sus pobres introducciones con un colofón de tercera regional: "las cosas como son". Tanto lo repite que en casa la llamamos así: "mami, ya ha empezado la de lascosascomoson", gritan las chukis. Y nos plantamos a hacer recuento, y se admiten apuestas.

Declaro que hoy es el día internacional del silencio. Que el silencio nos hará libres. Que la dieta de palabras es más eficaz que la Dukan y no provoca cetosis intelectual. 

Y subrayo que ese programa de radio cuelgue llamado "Hablar por hablar", en la cadena SER, es ese al que llama gente que tiene cosas que decir en el frío y la soledad de la madrugada. Una bonita paradoja.


sábado, 10 de diciembre de 2011

EUROPESIMISMO RADICAL

Mi europeísmo crece y crece a la medida de la ira de Sarkozy.

Europa era un pibón al que todos querían entrar/poseer y se ha convertido en una joven desgreñada de la que alguno ya quiere salir. Yes, you are, David Cameron.

La política son gestos. Mohines, desdenes y puñetazos en la mesa. Si quitas el sonido te sorprenderán las muecas terribles de la señora Merkel, los golpes de melena del rey León francés y el sonrojo de un fantasmal Zapatero, que ayer se despedía del gran teatro de la Unión poniéndose en la última fila para la foto, como un mal estudiante que quiere salir en la orla de fin de curso, pero sin gran convicción.

Y entonces piensas si Europa esa eso. Un club de refinados señores que destilaban modales exquisitos y que el día que vinieron mal dadas se pusieron a eructar en la mesa. Una maquinaria que por fuera relucía y dentro ocultaba herrumbre y termitas. Una estructura frágil como la casa del más vago de los tres cerditos del cuento. Vino el lobo, sopló, y la casa se derrumbó.

Y entonces te preguntas quién ha estado maquinando mientras Europa dormía y entretenía a los suyos con monedas relucientes y tratados incumplidos. Cuánto coche oficial, cuánta sesión parlamentaria y cuánto poderío por los pasillos en nombre de una armonización que ha resultado ser de humo. No, no todos éramos iguales. Ese es discurso de la biblia, no de la política.

O puede que yo esté equivocada, lo cual sería bastante probable dada mi propensión a las ensoñaciones cínicas. Y puede que el señor Cameron sólo esté haciendo un gesto de patriotismo y no una escapada por la puerta de atrás, al grito de sálvese quien pueda.

Nos ha costado mucho cambiar el "yo soy español, español, español..." por el yo soy europeo (excepto en las finales deportivas, pero eso es más ardor guerrero que patriotismo). Y ahora nos avisan de que el paciente está en la UCI y que lo mismo pagamos la factura del hospital en pesetas.

Pagaría la fortuna que no tengo por ver publicada la orla de los culpables. De esos tipos que andan más agazapados que el triste de Zapatero y cuyo mérito está en ser fantasmas y contar en silencio las monedas de oro de la insolidaridad cada mañana, delante de un cruasán, en sus residencias del eterno verano.

jueves, 8 de diciembre de 2011

EX NOVIAS Y PAGAFANTAS

Una ex novia puede ser una presencia muy molesta.

Digamos que a mi amiga le ha tocado convivir con dos fantasmas. La primera llegó a manifestarse en cuerpo presente, que no muerta. Era la ex de su novio (hoy ex, a su vez), un tipo bastante desdibujado que tenía dos virtudes que lo hacían el candidato perfecto: la edad y que siempre estaba ocupado. Cuando has tenido un diletante a tus pies, joven para más señas, valoras que el siguiente tenga un trabajo que lo absorba hasta olvidarse de llamarte.

Pues bien, el ocupado venía con un amor no resuelto en la mochila. Una mujer que seguía estando ahí, que colonizaba su casa y que lo llamaba para que le resolviera las chapuzas domésticas. Y mi amiga, que es muy suya pero nada celosa, observaba el trasiego pagafantista con el rabillo del ojo, sin decir nada pero algo inquieta.

Dado que ella es moderna y amplia de miras, el ocupado le propuso quedar a tres bandas. Comería con la ex y a los postres de sumaría mi amiga. "Cuando llegué me los encontré en el rincón más romántico de un restaurante muy coqueto. Ella vestida de dama de las camelias, él contemplándola encendido, y me sentí la asistenta del grupo", relata. Huelga decir que eso fue el principio del fin de un amor apenas hilvanado y que en adelante la condición de ocupado sería contemplada como factor en sí mismo sospechoso.

La misma amiga juró no volver a amar, pero amó. El tipo también tenía mucho trabajo, también tenía su edad y... también estaba al retortero gracias a una mujer, la ex, que se resistía a cortar el sedal. "Arréglame el ordenador, llama a mi padre, ayúdame a elegir un vestido..." Esa hiena no parecía tener límites en sus requerimientos, y lo llamaba a cualquier hora del día o de la noche. Mi amiga hervía de rabia y de desdén. Decidió con mi aquiescencia fundar el partido de los amores rematados. Un servicio secreto que cercena cualquier intento de las ex por mantener en vilo al hombre que abandonaron. Las detestamos y podemos ser crueles, sí. Cuando llaman las denunciamos a la policía de la ruptura y mandan efectivos a sofocar sus impulsos.

Luego, en casa, nos ponemos el vestido de dama de las camelias y brindamos por el fin de los Pagafantas. Esos tipos endebles de espíritu e incapaces de rematar una historia como dios manda.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

UN HOMBRE BUENO ES DIFÍCIL DE ENCONTRAR

Desde que mirar a los niños es sospechoso, los parques infantiles y los colegios se han convertido en campos de minas que cualquier adulto puede pisar con dramáticas consecuencias.

Soy madre, vaya por delante, pero me niego a interpretar en clave de pedofilia cualquier indicio de interés de un adulto por mis hijas. Desde que las noticias sobre el asunto, muchas ligadas a la santa Iglesia católica, se han instalado en nuestras vidas, parece que nuestras mentes se hubieran contaminado.

El otro día lo comprobé en clase. Leíamos un magnífico relato de Flannery O´Connor -"Un hombre bueno no es fácil de encontrar"-. Un cuento de una crueldad sobrecogedora. Trata de una familia del sur de los EEUU que viaja en coche para disfrutar de unas vacaciones que se presagian nada idílicas. En un momento dado paran en un bar de carretera y la dueña del mismo se dirige a la niña y le hace un comentario banal del tipo: "te podrías quedar aquí a vivir", a lo que la pequeña responde algo así como "ni muerta". Seguramente este diálogo antes del boom de la sospecha se consideraba inofensivo...

Flannery O´Connor
...Pero no. A la hora de las interpretaciones se habló de que era una señal lúgubre, sin duda una contribución a la sensación de tragedia que se iría apoderando de la historia.

Solo que la historia está escrita en 1955. Y seguramente por entonces a los niños se les decían muchas cosas sin que nadie respingara. Sí, es cierto que también se los pegaba sin contemplaciones, y se asumía el azote como parte del inevitable proceso educativo. De hecho, a mi generación, la del fin del baby boom, se le ha aplicado el castigo físico y sólo cuando hemos sido padres hemos rechazado visceralmente el método (lo que no quiere decir que no haya pegado en el culo alguna que otra vez a las chukis, sin efectos colaterales aparentes).

Hoy hemos dejado de hacer fotos a los niños desnudos, por si acaso. Si alguien coge de la mano a un menor y no es familiar o amigo, pegamos un respingo. Y una sotana es la sombra del ciprés, alargada y amenazante cuando se acerca a un pequeño que no sea el niño Jesús del Belén. La infancia esta más protegida que nunca, hasta el paroxismo, y lo está entre otras razones porque todos podemos citar de corrido tres o cuatro casos que hieren a las sensibilidades más toscas.

Pero en el camino todos hemos perdido un poco la inocencia. Nos han hecho mirar mal al payaso, al monitor del campamento, al entrenador de deporte y hasta aquel pediatra que fue sometido a un outing confuso porque dijeron que era pederastra. Y en ese estado de confusa alarma generalizada educamos a nuestros hijos.

En realidad no sé qué pensar, a mí también me espeluzna el abuso al menor. No tengo estómago para ver las noticias del Telediario cuando hablan de redes repugnantes a costa de los niños. Pero creo que si interpretamos los cuentos desde esta mirada, tendremos que poner una cruz sobre los enanitos de Blancanieves, sobre la bruja de Hansel Y Gretel y sobre Gepetto, el de Pinocho. Por no hablar de Krusty el payaso de los Simpsom.

Y si nos cargamos los cuentos, ¿cómo enseñaremos a los niños a defender sus fantasías? Y si matamos las fantasías, ¿qué tipo de adulto temeroso y pacato estaremos contribuyendo a crear?

P.D. Pido perdón por el tono moralista de este post. Estaba leyendo a Flannery O´Connor, deslumbrada por su prosa, y una cosa me ha llevado a la otra...

lunes, 5 de diciembre de 2011

EL EJE MERKOZY


Mientras escribo estas líneas, Merkel y Sarkozy se disponen a reinventar Europa.

Si no fuera porque entiendo que somos unos ingenuos que nos creímos europeos de primera, diría que el gesto franco alemán es de una arrogancia tan ofensiva que dan ganas de invadir los Pirineos con una División Azul de pacíficos del 15-M. ¿Quién se creen estos señores para reconstruir Europa según su criterio? Creo que se han pasado de partidas del Risk mientras los demás nos quedábamos en casa viendo en familia el festival de Eurovisión.

Entre las amenazas más apocalípticas está la de la quiebra y desaparición del euro. La señora y el pequeño arrogante quieren meternos el miedo en el cuerpo. Y sí, sólo de imaginarme cambiando moneda antes de cada viaje me entran temblores. ¡Con el gusto que da no sentir el roce áspero de las fronteras en cuanto aterriza el avión!

Pertenezco a ese grupo de ingenuos que cuando entramos en la todopoderosa Unión Europea prepararon una fiesta con globos y confetti. De esos infelices que se lanzaron a los cajeros a comprobar cómo eran aquellos euros brillantes y que al acariciarlos con la yema de los dedos nos sentimos más fuertes, más modernos.

Pero parece que todo era un préstamo temporal. Porque teniendo la misma moneda que un francés o un alemán, las de ellos llevan un plus de superioridad, de grandeur, un tanque desplegado en la explanada de la puerta de Brandemburgo. A nosotros, a mucho tirar, nos coloca en el callejón de San Ginés, ese lugar tan cañí donde te ponen churros con chocolate y sientes que suena una música de organillo.

Sí, es lunes y estoy indignada. Si hay que reinventarse Europa quisiera que nos llamaran a capítulo, no que Merkozy se disponga a representar una función de teatro rimbombante y que los demás tengamos que aplaudir desde el gallinero. No sé si a esto se le puede llamar sarpullido de patriotismo o sólo orgullo de casta. Pero si Europa es la madre me resisto a que sea la madrastra.

Hoy el lunes, digo, y tengo síndrome de Cenicienta. Lo que creí que eran caballos blancos, una carroza de oro y un príncipe se han quedado en ratones con calabaza. Y me temo que no he perdido el zapato para que el cuento tenga un final feliz.

domingo, 4 de diciembre de 2011

TU AFICIÓN ES SENTIMIENTO

Una de mis perversiones ocultas y noctámbulas es escuchar a José Ramón de la Morena en "El Larguero" (Cadena SER)

...Lo cual no tendría nada de particular si no fuera porque no me gusta el deporte. Creo que el periodismo deportivo está plagado de tópicos, imprecisiones, lugares comunes y construcciones sintácticas precarias. Es como si la pasión justificara los desmanes al diccionario, la zafiedad verbal y hasta la pobreza intelectual. Con un público entregado todo puede valer. Pero en ese erial hay excepciones, y de la Morena es una de ellas.

Nos conocimos a finales de los ochenta, pero él no lo sabe. Yo era becaria en la emisora y ese verano comenzó El Larguero. El periodista andaba de acá para allá, inquieto, con esa mirada bífida y desbaratada. Explicaba cómo en la playa de, pongamos Benidorm, había escuchado la que luego sería su sintonía del programa: "Tú afición es sentimiento, y tiene mucho alimento...di que tú eres el mejor, di que tú eres el mejor, escuchando el transistor. Ra,ra,ra!!!".

Aunque yo era joven e impresionable, sólo retuve la canción y seguí desdeñando el género durante años. Hasta que una noche insomne escuché el programa completo. Entrevistaba a Lorenzo Sanz, candidato a la presidencia del Real MadridAquello fue un recital de buen periodismo. Un baile de salón. Un toreo de altura donde el uno ponía el capote y el otro trataba de escabullirse. Y entonces de la Morena, con su tono cercano y levemente irónico, que no sarcástico, se hacía una media verónica y volvía a citar al señor. Y en cada pregunta había una intención y al final me dormí sabiendo perfectamente cómo pensaba Lorenzo Sanz, no por lo que había dicho, sino por lo que había callado. Porque JoseRa se había dedicado a subrayar los silencios, las disgresiones dubitativas, las medias respuestas.

Pero sobre todo supe que había presenciado una gran lección de periodismo.

Cuando no puedo dormir, dejo que su voz me acune. Tiene la virtud de hablarte al oído, de generar una intimidad con cada oyente que pareciera que estáis los dos a solas. A veces se equivoca, pero yo le perdono porque a cambio me ofrece un relato donde el contenido puede ser lo de menos. Son esos quiebros, esas piruetas, ese humor y ese respeto por sus compañeros, que siempre son subordinados y podrías no darte cuenta porque los trata como amigos,lo que me mantiene despierta y entregada.

Cuando no puedo dormir recuerdo ese otro día en que me encargaron entrevistarle. Volví a la Cadena SER, temblorosa. Era tarde, las diez de la noche, y él ultimaba los detalles del programa. Me hizo esperar mucho, demasiado, pero no me importó. Cuando al fin entré a su despacho encontré a un tipo muy tímido. Pregunté, contestó, pregunté... y fue grande. Pero siempre he pensado que hubiera sido mejor a distancia. Él en su estudio, yo en la cama. Despierta, más despierta que nunca, mecida por el oleaje tranquilo y juguetón de sus palabras.

"Di que tú eres el mejor...escuchando el transistor. Ra Ra Ra!"

sábado, 3 de diciembre de 2011

LA MALDICIÓN DEL HUEVO FABERGÉ


No conozco una sola mujer con joyas de valor incalculable que no haya sido desdichada. Se diría que un collar de diamantes o un huevo Fabergé colgado de un hilo de platino ocultan siempre una maldición. Pienso en eso y todo me lleva a Liz Taylor. A sus amores y desamores perros. Al baqueteo de una vida donde muchos la besaron y, sin embargo, terminó sola con sus tiaras de esmeraldas.

Puede que esté diciendo esto porque el joyero que no tengo tirita de soledad. Durante años vi cómo a mis amigas les regalaban esas cajas de falso cuero forradas de terciopelo rojo con los huecos a la medida de sortijas, brazaletes y collares. Recuerdo uno que se abría con un mecanismo oculto y entonces saltaba una bailarina que giraba sobre su pie en punta al son de la Canción de cuna de J.Brahmns. Aquello era tan delicado y etéreo que envidié de inmediato a la dueña del joyero.

En cambio, odio que me regalen marcos de fotos. Especialmente esos de plata o imitación. Me parecen sepulcros con brillo que intentan congelar un instante de la vida que ya no es. Creo que las fotos de los momentos felices deberían guardarse en lugares más ventilados y discretos, como un joyero musical. Pero raro es el año que alguien que me quiere no decide presentarse con un bonito marco "porque veo que en tu casa no hay ninguno". Yo sonrío y agradezco, y en cuanto se van cojo la escalera y busco en lo alto de un armario una caja enorme que pone: "marcos y varios". Allí duerme para cuando me dé por decorar mi casa con motivos funerarios.

Entretanto, quisiera ser un poco Liz, un poco Holly Golightly. Ya no tengo tiempo para bisuterías vanas. Una mujer en sus middleages debería atesorar no menos que un divorcio, dos amantes y un solitario que brille y hasta deslumbre. Y tal vez no sacarlos a la calle. Ponérselos para recibir, no sin antes ensayar frente al espejo un gesto tibio y distante. Esa despreocupación falsa de quien sabe que vale un millón de dólares. Aunque el corazón, allá dentro, a ratos esté deshilachado y agonice.