martes, 31 de enero de 2012

CÓMO ESCRIBIR (Y LEER) UNA CARTA DE AMOR (homenaje al Reader´s Digest)

En casa se leía en Reader´s Digest. Y esta confesión, me consta, puede hacer tambalearse mi estatus entre esos amigos culturetas que me miran de reojo sospechando que bajo el barniz deslumbrante hay un pobre gotelé color panza de burro.

Debo añadir en mi descargo que no lo comprábamos (mi padre era mucho más de El Papus, Interviú, El Guerrero del Antifaz y Mortadelo y Filemón), sino que nos lo pasaban nuestros vecinos. Una familia alemana de vasta cultura y apellido impronunciable uno de cuyos miembros era habitual en las tertulias de La Clave, ese programa lleno de señores sesudos con barba que fumaban en pipa y mentaban a Pier Paolo Passolini, a Albert Camus o a Marcuse sin despeinarse.

Anoche, en una discusión dolorosa, traicioné mi infancia con esta severación: "Y eso qué, ¿lo has leído en el Reader´s Digest"? Y sí, lo hice con la intención de herir, de arrojar basura sobre lo que interpreté como verdades del barquero. Esas que la célebre revista nacida en 1922 por suscripción servía a destajo en forma de refritos de otras, resumidos y envueltos en papel celofán.
JL Balbín, La Clave (TVE)

El Reader´s te dotaba de un cierto barniz pseudocultural, de la posibilidad de epatar con un tema insólito en una cena de amigos. O, en mi caso y por edad, de hacerme la chulita en clase contando un sucedido a bordo del Titanic. Píldoras de sabiduría global para mentes de saciedad pronta. Imagino que aún no existían esas revistas de autoayuda para intelectos vírgenes que mezclan el yoga con la filosofía, el psiquismo con el tofu y otorgan a los hierbas algo parecido a la solidez cultural con textura bífidus.

Ayer, insisto, tuve que irme a la cama digiriendo cuatro verdades Digest como puños, y hoy he matado el insomnio en la web de la revista (http://www.rd.com/). Y ahí estaba, la perla soñada, la madre de todas las revelaciones: "Cómo escribir (y leer) una carta de amor": el autor, sabedor de que los amantes son impacientes y dispersos, invita a volver a las misivas clásicas en cinco cómodos puntos, de los que destacaré cuatro (un Reader´s del Reader´s, el resumen del resumen, como manda el aire de los tiempos):

1.Lo primero, siéntate. Las cartas llevan su tiempo. O sea, nada de ventilarse la cosa con tres emoticonos y dos frases desvalidas. "Tres líneas no hacen el trabajo de tres párrafos, dice, pero tres párrafos pueden hacer el de tres páginas".

2.Deja que el ejemplo preceda al sentimiento. Muéstrele lo que ama en ella (o en él) antes de decir lo mucho que la ama. Y el ejemplo no tiene desperdicio: "Te vi observar a los hombres que jugaban al ajedrez en el parque. Amo el modo como miras las cosas". Nada que comentar.

3.No te repitas. Lo de Goebbels sirve más para la propaganda política que para la sentimental (esa es mi libre interpretación del consejo, con la venia).

4.Recuerda que es un asunto privado. "Hazle sentir que está redefiniendo tus términos. Una carta de amor es amor en sí mismo".

Este hallazgo me acaba de conciliar con el pasado. Si el Reader´s Digest ha sobrevivido al vértigo de la era Internet con propuestas como la del amor por carta, mis lagunas de la infancia han sido colmadas. De golpe soy una niña con un pijama de cuadros azules de vichy y mucha fiebre que su madre deja una tarde en casa de los Shoëkel mientras corre a recoger del cole a sus hermanos. Y en un ambiente fuertemente marcusiano, hegeliano, kantiano, encuentra una pila de revistas manoseadas que cuentan historias fantásticas y resumidas con mimo que la hacen soñar y la distraen del termómetro.

Y lo mismo lo que hoy soy, lo que más quiero, tiene que ver con aquel hallazgo y con el Reader´s, la ensoñación de las palabras, la necesidad de urdir historias y contarlas por escrito mejor en tres párrafos que en tres páginas. Como esas cartas de amor que espero a veces, mientras contemplo hombres imaginarios que juegan al ajedrez en un parque que no existe.

domingo, 29 de enero de 2012

LOS POLVOS ESTÁN CONTAÓS

Como agua para chocolate
Ella comía patatas fritas sin parar, como si con cada patata engullera una pena.

Recuerdo una cena con cierta dama del cine cubano, propiciada por mi amiga A-1. Estábamos en la terraza de un bar de Lavapiés, en los prolegómenos de un verano perezoso, y ella comía patatas y bebía cerveza sin saborear ni una cosa ni otra. Necesitaba trabajo, hacía tiempo que nadie la llamaba y su desazón se había instalado a vivir en cada uno de sus dedos, que agitaba sin parar. Hablamos, habló, de recuerdos y tormentas, de su casa de La Habana, de su gran amor, ya muerto. Y al grupo se unió otra mujer, joven y también cubana, de la que recuerdo una divertida vehemencia y que nos contó cómo le hacía felaciones a su marido en el autobús.

Al fin la conversación se centró en los hombres, en lo que cada una esperaba del amor. Y ella, la veterana dijo, con el tono y la expresividad que hubiera compuesto a las órdenes del mejor director de tragicomedia:

-"Yo sólo quiero a alguien que me estremezca. Eso o nada".

Se hizo un silencio. La de las felaciones, que hasta el momento se había instalado en la sobreactuación cómica, también enmudeció. Nada de lo que pudiéramos aportar las demás iba a acercarse ni de lejos a la intensidad, al sentimiento y a la crudeza de lo que esa mujer acababa de pronunciar.

Patatas fritas y amor estremecido. La melancólica decadencia de una mujer que fue, que es grande y se sentía condenada a mendigar papeles pequeños. Pero que no iba a renunciar de ninguna manera a sentir el calambre en la espalda, la piel sonrojada, el latido al galope. Eso o nada.

Olvidé decir que a la mesa había una cuarta comensal. Morenaza, sensual, sabia y muy libre. Capaz de tener un amor en casa y varios amantes en cada puerto sin sufrir remordimientos. Esa mujer libertina que todas querríamos albergar dos veces al mes, pero nos consta que llegamos tarde el día que tocaba la lección. Además de hacer interesantes aportaciones con mímica incluida al asunto del sexo oral -para pasmo del camarero, que no se separaba de la mesa- nos brindó esa frase que A-1 y yo solemos pronunciar en el fragor de muchas tardes de cañas y confidencias, cuando asumimos que nunca seremos ella: "A partir de los 35 los polvos están contaós".

Creo recordar que la dama del cine, que hace mucho que pasó los 35, apenas se rió, absorta como estaba en sus pensamientos y con dolor de tripa tras ventilarse más patatas de la cuenta. Al fin levantó la vista, nos recorrió a las tres, y volvió a decir justo antes de hacer un mutis hacia el baño:

-Lo importante no son los polvos, sino el estremecimiento. Háganme caso, chicas.

sábado, 28 de enero de 2012

EL COMIDISTA Y YO

Cuestión previa: ¿Es mala señal cenarse dos latas de mejillones y una cerveza Coronita? 

El último hombre que me soltó el sujetador fue mi fisio. Lo hace siempre limpiamente, sin posar siquiera las yemas de los dedos sobre la espalda. Con un escrúpulo digno del cirujano de sor Citroen. Luego, con el campo de operaciones despejado, transita por mi espalda buscando nudos, contranudos y meandros de furia que han cristalizado cual diamantes y que él amasa con desafectado sadismo. Terminada la faena vuelve a abrocharme mirando fijo a un presunto más allá, como si en vez de carne divisara espíritu encarnado en pecadora militante.

Y entonces le confieso lo de los mejillones. "No parece una dieta muy sana, verdad?. ¿lo haces a menudo?"

-No. Sólo cuando las chukis están fuera, hay marejada en mi cabeza y no tengo que dar ejemplo. Ese día en el que voy dejando vasos usados por la casa, estiro la cama en vez de hacerla y lleno la mesa de revistas, facturas y cartas del banco. El collage de la desesperación.

Un fisioterapeuta es un ser que te maltrata y encima le das las gracias. Pero eso no implica que puedas obligarle a escuchar tus excentricidades de mujer salvaje que tira de latas cuando no tira de diván. El hombre ha quitado demasiados sujetadores sin pasión como para detectar cuándo vas a ponerle en un brete. Una tautología. Una metáfora de triple bucle. Y, sobre todo, una pregunta peregrina.

-¿Qué piensas de alguien que cena latas de mejillones? (obsérvese la tercera persona. A fin de cuentas la moda la inició mi amiga C., que empieza a tener un sospechoso tono anaranjado en el cutis).
-¿Qué clase de mejillones?, responde él, como si importara mucho.
-En escabeche, pero de los buenos. De esos gigantes y jugosos que te llenan la boca de grasa colorida.
-Ay, sí, qué ricos...Yo solía tomarlos en un bar de la calle Cea Bermúdez.

Un tipo que te suelta el sujetador no debería ser tan insensible. Entiendo que a las siete de la tarde tire más la gastronomía que los grandes dilemas de la humanidad, pero de haberlo sabido hubiera quedado con el Comidista (http://blogs.elpais.com/el-comidista/), del que soy fan, y le hubiera confesado que nunca ensayo sus recetas sino que utilizo a mis invitados de cobayas. Y hasta ahora nadie se ha quejado.

Anoto en mi libreta: "Preguntar a Mikel López Iturriaga recetas con mejillones en escabeche".

Después, rabiosa y desairada, levanto medio cuerpo de la camilla como una cobra y me ajusto el sujetador yo solita, mientras mi hombre se lava las manos con el mismo escrúpulo que si las hubiera metido en un charco naranja y denso.

viernes, 27 de enero de 2012

PETERPANES DE CUARENTA (La hora de Buster Keaton)

Me rodea un grupo de hombres y mujeres de cuarenta años y más que se siguen planteando las cuestiones vitales de los treinta: Qué quiero ser profesionalmente, a quién debo amar, ¿es el momento de tener un hijo? ¿compro o alquilo? ¿este amigo me conviene? o ¿me sienta mejor el tinte rubio o el caoba oscuro?

Asumo que los contadores de la vida se ponen a cero de cuando en cuando. Y sin embargo a los cuarenta se supone que algunas variables de la ecuación deberían estar despejadas. Este peterpanismo crónico rejuvenece pero se lo cobra caro. Genera desazón, quema energía y nos condena a vagar con rumbos desnortados como a los protagonistas de The Walking Dead, con el dedo siempre apoyado en el gatillo por lo que pueda venir.

Mi amiga C. comentaba el otro día que se quiere ir de España, a donde sea, reinventarse, pensar en otro idioma. "Pero tengo un nivel de inglés de hacer camas". Mi querida L. quiere ser madre pero la ciencia es vengativa y tiñosa y se resiste a doblegar una naturaleza que intuye que los tiempos de procreación ya pasaron. J. siente que su trabajo lo suspende en un vacío desazonante, que tendría que huir cual guerrillero por la selva y abrir nuevas rutas. Pero quién deja hoy un empleo estable y un sueldo consolidado. S. pilló el otro día a la novia de su hijo adolescente en la ducha (con su hijo) y se le cayeron los palos del sombrajo porque se vio mayor frente a un niño que había dejado de serlo, y P. anda llorando por los rincones porque en tiempos de tempestad descarta siempre al corazón. Y esto en el póker debe ser un desatino.

No sé qué  es ser adulto. Ignoro cómo se llega a ese estado de equilibrio aunque sea precario en el que dos más dos empiezan a ser cuatro. La madurez convencional se me antoja prima hermana de la costumbre, de la resignación, de la anestesia. Puede que la crisis de los cuarenta sea esa batalla de Harold Lloyd colgado del reloj, no por retrasar las horas sino por evitar caer en el vacío.

Los peterpanes de cuarenta tendemos a burlarnos del estato quo. Nos defendemos como leones y hacemos sangre de las costumbres acordes con la edad. Ayer una encantadora coetánea, profesional brillante, me dijo que lo mejor que había hecho en su vida era ser madre. "¿Tú también, no?". Respondí como un aspid en cesto de Cleopatra: "Pues no, ser madre es unos polvos y mucho sacrificio. Adoro a mis chukis pero no son lo que me define como mujer, lo siento". Se quedó de piedra. Me sorprendí de mi violencia. Tendré que hacérmelo mirar.

De modo que convoco  a un congreso mundial de cuarentones que acaban de caer en la casilla que los condena a volver al inico de la partida en el juego de la oca. Pongamos en común nuestras certezas, compartamos los suelos móviles que nos condenan al vértigo y a la excitación. Viajemos a Ítaca.

Los artistas brillantes destruyen su obra muchas veces hasta alcanzar el éxtasis. Lo malo es que a veces el éxtasis no llega nunca. De oca a oca...

jueves, 26 de enero de 2012

"YO ACUSO"

¿Ser declarado "no apto" significa que no eres apto en términos generales o que no tienes las habilidades probadas para demostrar una aptitud, pongamos el salto de pértiga? Y, en ese caso, ¿por qué no lo llamamos "inepto", ya que la lengua de Cervantes nos otorga adjetivos como para parar un tren?

Ya, claro, inepto suena peor. Se queda en la frontera del insulto. Bastante tienes con suspender el carnet de conducir, tras pegarte el madrugón y sortear las rotondas del crudo Móstoles, al sur de la capital, como para que encima te entreguen un papelito que ponga: "inepto", "inútil", "incapaz" o "peligroso para la circulación". Y sin embargo esa era yo cuando suspendí el examen. Y también cuando lo aprobé.

Pero si te declaran "no culpable" yo entiendo que no te ven del todo inocente. Que hay una pátina de polvo sospechoso sobre la superficie pulida. Un no culpable puede ser la Letra Escarlata que te condena a vivir con una sombra de vergüenza. La ley, estrictamente, no puede golpearte con su puño vendado, pero sí rozarte con las yemas y quitarte esa toga invisible que no te servirá para esconderte de la vergüenza social.

Espero que ser no culpable signifique algo así como que te han regalado un patatal sin patatas ni regadío. Que ninguna mujer te mire a los ojos con deseo. Que en las tiendas no te fíen, que tu olor a Barón Dandy no oculte el olor a podrido. Que sueñes cada noche conversaciones de amor de casquería donde no hay delito, al parecer, pero sí desasosiego. Espero que nunca jamás un no culpable esté al timón de un pueblo, de un país, y lo abochorne. Que sólo de inocentes se nutran las despensas.

Si me declaran "no objetiva" diré que soy  soy culpable. Que acato la letra de la ley, pero lloro por los rincones por su música. Que doy gracias al cielo porque en caso de duda nunca meterán a un inocente en la cárcel sino que soltarán al que lo hizo. Este principio sagrado nos ha hecho grandes y libres. Sólo espero que los no culpables pero no del todo inocentes sufran la condena y el fuego implacable de sus conciencias, si las tienen.

Yo acuso, yo lloro, yo me desgañito por los que fueron acusados sin haberse ensuciado las manos. Hoy, más que nunca, proclamo que es el día de los inocentes. Y alzo mi copa por ellos.

martes, 24 de enero de 2012

CUANDO NO PUEDO DORMIR, SUMO,RESTO Y MULTIPLICO

Cuando no puedo dormir, sumo, resto y multiplico.

Ultimamente he debido sacarme la carrera de matemáticas puras, pero no estoy muy segura. El aprendizaje insomne es volátil como él solo. Anoche inventé tres teorías, se me ocurrieron varios títulos definitivos de relato para un  "Rojo y Negro" contemporáneo y decidí llevar mi corazón a una casa de empeños. A cada pensamiento pegaba un golpe de cadera brusco y casi doloroso. Miraba al despertador con sus neones rojos: las dos, las tres, las cuatro...A punto estuve de sacar las uvas y fingir una nochevieja lenta y trasnochada.

Entre insomnes existe una cierta solidaridad. Esa que da la certeza de que el otro ha entrado en el mismo líquido denso y amniótico donde los pensamientos vagan a su antojo y juegan malas pasadas. Hacía calor, después frío. Y la vecina de tabique, abuela de la Poseída, ha ido tosiendo según una secuencia fija y consonante que, desgraciadamente, ya no recuerdo.

"Un soneto me manda hacer Violante/que en mi vida me he visto en tal aprieto".

El tiempo de la noche es una condena a galeras. Una sesión de cine mudo donde te empeñas en leer los labios de los actores, sin vocación ni talento.  A cierta hora, las tres, te planteas la gran pregunta: ¿y si me tomo ahora la pastilla? Pero de hacerlo tan tarde -nuevamente sumas- garantizas una mañana entre tinieblas y bostezos. Arrastrada cual babosa en un azulejo de gres. Desestimado.

Dormir, tal vez soñar.

He puesto un rato Radio Cuelgue -o sea, "Si amanece, nos vamos" (Cadena SER), pero no soportaba el tono jovial de Roberto, más destinado a espabilar mentes enfermas que a cantar nanas. Se me ha ocurrido una forma de tunear mis Loubutin, tan imposibles que terminarán en una urna de cristal. He resuelto competir en bicicleta conmigo misma y fingir que no oigo cuando mi adolescente se dirija a mí con frases discordantes.

Y luego, lentamente, me he dejado caer por un túnel de resignada indiferencia rezando para que el sol hiciera de las suyas.

Pero que no me pierdan de vista. Estoy a punto, a puntito, de descubrir una teoría mixta de la relatividad y el big bang que le pondrá a Stephen Hawking los pelos como escarpias. Dadme tres noches en blanco más y saldré en los papeles.




lunes, 23 de enero de 2012

CONTRA LA DEPILACIÓN, ACCIÓN

A mi abuela le chiflaba el término unisex. Debía parecerle moderno y retador.

La moda unisex tuvo su momento, pero enseguida volvieron las mujeres por sus fueros reclamando la cintura y el relieve de las curvas que dios les dio. Ponerse la camisa de un novio fue siempre sexy, pero ir con sus vaqueros tras una noche loca y sin repuesto en el armario era un desatino estético.
Lo más revolucionario de la serie Ally MacBeal era el baño común. Un reducto de delirios donde Allie y Bizcochito mantenían conversaciones disparatadas y donde chocarte con el jefe en el lavabo se antojaba prometedor y glamouroso.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte observo inquietantes movimientos de intercambio entre géneros. Lo que más obsesiona son las cejas. Cada vez hay más hombres que se las depilan como vedettes de revista travestona. Al principio la cosa era de la avanzadilla gay de gimnasio. Chulazos de músculo y azoteas que jugaban al despiste con una delineación sobre sus ojos que ni Sara Montiel en La Violetera. Después fueron los actorcillos calentorros de serie adolescente y algún torero. Ahora los veo por doquier. En los institutos de secundaria, en las comisarías de policía (la pasma se depila fue mi mantra de ayer), en los bares y en el autobús. Y, lo siento, lo encuentro espantoso.

No es que crea que ellos deban mantener la ley de la selva por toda su anatomía. La tribu de los osos tiene su público entre el que no me encuentro. Pero una cosa es segar parte del cesped y otra convertirlo en un green de golf. Tampoco comulgo, vamos a ser paritarias, con la eliminación total del vello púbico en las mujeres. Cuando iba al gimnasio solía turbarme la imagen de las señoras desnudas como púberes de once años pero con carnes y firmezas de cincuenta. Y ahora pienso en cierta actriz española, mamarracha como ella sola, que necesitó un postizo para rodar cierta película de alto contenido erótico porque se había depilado el sexo para siempre jamás.

Añadiré que un hombre depilado íntegramente es como un pollo sin plumas. Asqueroso. Perdonen que me salte la corrección política a la torera. Puede que en el porno, como en la guerra, valga todo, pero eso no me impide abochornarme ante la visión de toda carne cruda que no sea un delicioso steak tartar.

Y lo dejo, porque mi carnicero, el de los piropos, pertenece a la liga de la ceja y lo mismo se entera y me da chuletas podridas. Eso sí, pido firmas de apoyo para terminar con la moda del unisex capilar. Al único depilado que acepto sin trabas es a mi idolatrado Dr.Spock. Las modas en el Enterprise son de otro mundo.

domingo, 22 de enero de 2012

EL NUEVO MOVIMIENTO ESCÉPTICO

Leo que existe el Movimiento Escéptico. Como su nombre indica, son arietes contra los pensamientos mágicos que nos invaden: desde la baba del caracol a la radiestesia de los zahoríes. Se me ocurre que ese nuevo cartesianismo podría romper algunos de los cimientos en los que descansa la nueva fe social. Esa que ha venido a sustituir a la fe celestial en los hogares de clase media donde el cemento de las creencias más o menos irracionales es tan necesario como la barra de pan a la hora de comer.

Y lo dice una escéptica que visita a su bruja de cuando en cuando. Alguien que puede presumir de que ni en los momentos más patéticos de su biografía (unos cuantos) ha llamado de madrugada al programa "La tienda en casa" para encargar un vibrador de ondas electrogamma que diluye la grasa y te evita dos horas de gimnasio semanales.

Entiendo que es más realista seguir a Eduard Punset que a Iker Jiménez, aunque  los dos están hermanados en la sobreactuación. Uno por su acento catalán y sus pelos indómitos que trenzan nudosas Redes (¿de ahí el nombre del programa?). El otro por sus trolas delirantes recitadas con histrión en su Cuarto Milenio. Pero habría que preguntarse por qué si sabemos que son fantasías con forma de avistamiento seguimos agolpándonos de madrugada junto a la radio.

Me temo, queridos escépticos, que el ser humano necesita creer en algo que se escape a la razón. La primacía del pensamiento nos deja en un erial donde hace frío y donde no hay tiendas para refugiarse. Los filósofos son tipos que sufren porque llegan a certezas tan despiadadas que les impiden volver sobre sus pasos. Una revelación es una punzada de cristal en el hígado. Mucho más letal que entregarse a la baba del caracol a la espera de una tersura improbable.

Perder la fe es perder la infancia y sus relatos. Dejar de pedirle a tu padre que te lleve al circo por navidad porque ahora te espantan los payasos. No sé si la ciencia puede llenar ese vacío. No sé si el imperio de la razón da cabida a todos los huérfanos de magia. No me gustan los charlatanes, y sin embargo los encuentro necesarios para garantizar la paz social.

Soy escéptica y el escepticismo a veces me mata. Por eso creo en Susan Miller, en Walter Mercado y en que darte de bruces por la calle con alguien en quien pensabas no es una casualidad, sino un destino. Quiero creer, lo necesito. Y espero que el movimiento escéptico llene su propio vacío con verdades que lleven incorporado un sistema de calefacción. No sé si el mundo está preparado para ver al emperador en pelotas, señores míos.



sábado, 21 de enero de 2012

YO A TU EDAD NO BESABA

El mejor novio es el que te deja crecer sin ponerte zancadillas.

Ayer escuché algunas frases sobre las que reflexionar entre una marabunta de conversaciones cruzadas. Tanto ruido impide a veces detenerse en aquello que puede cambiarte la vida. No suelen ser grandes sentencias, ni las pronuncian los profesionales del discurso, más centrados en rellenar bocadillos de propaganda que en desbrozar el camino de las pequeñas certezas.

Hay muchas definiciones del buen novio/a, pero esta me la dio ayer una psicóloga que trabaja con adolescentes perdidos en babia. O sea, casi todos. Chicos de 15 años y hormona picajosa que entregan su alma y su cuerpo al primer príncipe que los besa. Entonces hay que huír de la moralina peligrosa, del resabiado "yo a tu edad no besaba", o del tentador "ese chico no te conviene" y alumbrar una frase certera, simple pero llena de balas en la recámara.

El mejor hombre es aquel que te deja crecer. La repito, la repienso. También vale para las novias, desde luego. Y muestra un cajón de sastre donde cabe prevenir los celos patológicos, el maltrato, la deslealtad, la competencia febril...

Antes, mi amiga A. me dejó caer otra frase para quinceañeros ardientes. "Debemos decirles que está muy bien que quieran a ese chico, pero que no olviden que sólo es el primero de los que vendrán". O sea, que la vida sentimental es una maratón, no una carrera de velocidad donde partirse las piernas por un triunfo rápido. Que hay que pensar en que algunas lesiones impiden rematar la jugada y te condenan a las parolimpiadas del amor.

La tercera frase del día creo que la dije yo misma, y pido perdón por la osadía: "Elegí al mejor padre para ser madre". Se la escribí a mi amiga M.J. Una mujer increíble que empezó siendo mi vecina y, después de abandonar la puerta de al lado, no me ha soltado la mano jamás. Me parece que con los novios se puede, y hasta se debe, brujulear, desnortarse, sufrir aguadillas y hasta requerir primeros auxilios en momentos de ahogo donde el corazón casi deja de latir. Pero cuando se trata de los hijos es vital tener un brazo sólido. Un tipo imperfecto pero que en las grandes tempestades saque el salvavidas y te acompañe a la aventura de alto riesgo de reflotar hijos. Esa que no está escrita en los manuales.

"Deja de remar sola, te agota", es otra de las frases del día. Me la debo hacer mirar. La comparto con todas mis mujeres, solas o emparejadas, que salen a faenar sin pedir ayuda mientras ellos se quedan en casa con el mando de la tele. Conste que no me ha dado un arrebato feminista de perfil bajo. Las conozco, las admiro y a veces me pregunto si hubiera sido igual de seguir el consejo con el que arranco estas líneas deshilachadas.

El mejor novio es el que te deja crecer. Y te permite pararte a descansar esos días en los que no te queda un gramo de esperanza.

viernes, 20 de enero de 2012

ANOCHE ME ACOSTÉ CON NIGEL BARLEY

"Los antropólogos han tenido suerte en lo que se refiere a su imagen pública. Es notorio que los sociólogos son avinagrados e izquierdistas proveedores de desatinos o perogrulladas, pero los antropólogos se han situado a los pies de los santos hindúes ( ) han presenciado ritos repugnantes y ( ) han ido a donde no había ido ningún hombre" (El antropólogo inocente.ed Anagrama)

Anoche me acosté con Nigel Barley, antropólogo británico del que nada sabía hasta que mi querido amigo M., que siempre me habla de libros de desconozco, me lo regaló con cariño el otro día: "te vas a morir de risa, fijo que te gusta". Y así es. M. sabe hasta qué punto me gusta reírme de la cotidianidad de las estructuras solemnes. Cuanto más solemnes, mejor. Y eso es lo que hace Barley de sí mismo y del mundo antropológico/ilógico  que le rodea.

Antes tuve una de mis conversaciones con otro amigo, divertido y catalán, con el que nada es banal pero siempre se teje a carcajadas. Ya he hablado de él. Soltero, treintañero, curioso, gran lector y buenísima persona. R. anda liado con su piso recién reformado, para lo que cuenta con la ayuda inestimable de Blay, su decorador gay. Y me cuenta cómo salen juntos a la caza de piezas únicas. Lo último, una lámpara de cine. "Blay me dijo que iríamos a un almacén y que debía fingir desinterés para conseguir un descuento, me relata. Y así lo hice. En un momento dado veo que me empieza a hacer señales con los ojos muy sobreactuadas, pero yo no entendía nada. Es que para esas cosas soy un poco bobo", se troncha mi amigo, devorador de ensayos y un crack en ponerme al día de las series de TV que debo ver.
(Descense en paz Megaupload, mi querido R)

Antes de despedirse me describe un momento de clímax con Blay. Los dos en casa, con la lámpara nueva apuntando a una fotografía gigante en la pared, el resto de la casa a oscuras. "Si nos vieras te morías. Ahí como dos tontos mirando fijamente la pared"...

Mi tercer amigo en discordia es un aguerrido reportero que le ha visto las tripas a Afganistán y a otros países donde al turista no se le pierde nada. Podría ser el clásico chulo que te da la brasa en las fiestas convirtiéndose en un héroe de sus propios relatos, pero no. J. acostumbra a reservarse el papel de despistado, timorato o  antihéroe, y con su modestia de gigantón (que lo es) dibuja unas historias hiladas desde la ironía y el desengrase que te mantienen alerta, devorando cada palabra. Al final, suele reírse de sí mismo y, de paso, de algunos de los señores importantes con los que alterna. Sólo por eso merece la pena sentarse con él un rato y clavarle la mirada para no desperdiciar una sola de sus anécdotas.

Me parece que a estas alturas de la vida apenas hay asuntos que no podamos desdramatizar. Pasados los cuarenta uno empieza a tener muchas piezas del puzzle, la  partida de ajedrez con las estrategias medio hilvanadas; Y hay que defender la risa y cultivar las amistades que te abren la mente y te oxigenan las ponzoñas cotidianas.

Avisados quedáis. Pienso ser una promiscua y acostarme con lecturas que nunca elegiría yo, sino esos amigos queridos que ayer hicieron que mi día de baja fuera una sucesión de carcajadas.

jueves, 19 de enero de 2012

MI VIDA CON EL PROPOFOL

-A ver, ¿cuántas clases de anestesias hay?

La enfermera ordena despreocupada el cajón de las vendas mientras su pupilo, un veinteañero disfrazado de quirófano de pies a cabeza, duda y se arranca con una respuesta titubeante.

-Pues...no sé...General, raquídea, epidural...particular.
-¿Particular, como el patio de mi casa? Céntrate, ¿qué anestesia les estamos poniendo a estas señoras que una hora después de operarse salen andando?
-Epidural.

El espectáculo es digno de verse, y la paciente que espera en la cama junto a ellos a ser intervenida no puede evitar partirse de risa cuando la maestra corrige al premio Nóbel que le han asignado en prácticas. "¡La epidural les deja las piernas inmóviles! Se-da-ción".

A lo que la paciente apostilla: "Sí hombre, la de Michael Jackson!".

Ya antes, el enfermero en prácticas ha ido a buscarla a la sala de espera: -¿Cuándo dura la intervención? Y él, casi tartamudo:
-No sé,veinte, treinta, cuarenta...cincuenta minutos". Después la ha llevado a un baño con una bolsa de basura:
-Déjelo aquí todo.
-¿Y qué me pongo, o acaso tengo que salir en pelotas?.
-¿Ah, que no quedan batas de legrado?
-Yo no veo nada. ¿Legrado? ¡A mí no me van a hacer un legrado! Aquí hay compresas, bolsas de plástico y vasos usados. Un arsenal de fiesta afterhours.
-Bueno, no sé... Quítese lo que pueda.

En ese momento se cruza por delante de ella un hombre de unos setenta con la bata de papel verde y el culo al aire. Los Monty Phyton se pondrían a salivar con mucho menos. La paciente decide dejarse los calcetines y esas calzas verdes de plástico. Un look vergonzante con el que se jugaría su prestigio profesional si la vieran.

Pasan dos horas y media, sigue acostada en una cama, pensando en sus oquedades filosóficas mientras tirita de frío, hambre, sed e impaciencia. Sólo cabe entretenerse con la pareja, que continúa la lección.

-Dime, ¿qué se necesita para hacer una histeroscopia?
-Pues... la caja de histeroscopias, suelta él arrastrando cada sílaba.
-Eso no existe. Vamos a ver, ¿cómo se llama lo que arrantran las auxiliares de quirófano, que empieza por "t" e incluye un monitor?
-¿Torre?

En ese punto la paciente, más que reírse, se retuerce como la niña de El Exhorcista. Pero  ahora bajan a una mujer recién operada en una camilla. El figura y su maestra pasan a la siguiente lección: reanimación con esfuerzo.

-Cariño, ¿cómo te llamas?
-Aisha, murmura ella
-¿Cómoooooooo? ¿Astasia?
-Aishhhha , musita la pobre señora atontada por el efecto del propofol.
-¿Y de dónde ese ese nombre?, quiere saber la enfermera cariñosa. A lo que la otra responde que es un nombre marroquí y que ella es "de Melilla".
-¿Y dónde está eso?, inquiere el aprendiz, con tono de enfermero profesional.
-Me-li-lla...¿No lo conocen?, dice la pobre mujer, más asombrada que grogui en ese instante.
-¡Pues claro, Melilla, si es nuestra!, exclama el enfermero.

La paciente espía suelta una carcajada y se escora un poco hacia su cortinilla, esperando no haber sido escuchada. Pero la maestra se asoma y con una sonrisilla cómplice le susurra: "No sea mala...".

Dos hombres con el culo al aire después, llega un enfermero y se lleva a la jocosa al quirófano, donde ya nada le hace gracia, mucho menos la enfermera borde que le rompe una vena porque "parecía de las buenas, pero va a ser que no". Tres, dos, uno...la anestesia de Michael Jackson está a punto de hacer su efecto. Cuando abra los ojos, lo primero que verá será al enfermero lerdo, que le sonríe con mirada bovina...

-¿Cómo se llama usted? ¿Ya no se ríe tanto, eh?

La venganza, por lo general, se sirve en plato frío.


miércoles, 18 de enero de 2012

SI TE LEEN LOS MAILS Y TE DESCUBREN

Cyrano de Bergerac
Quien resista la lectura pública de sus mails sin hacer muecas, que tire la primera piedra.

Ayer me lo decía un amigo que se ha enamorado ardientemente, en parte, por escrito: "las letras son peligrosas". Hay casos de ardor que se cocieron en las llamas de la correspondencia y que no resistieron el encuentro cuerpo a cuerpo. Los dedos mienten, fabulan, mejor que la mirada. O lo mismo no.

Puede que al escribir seamos otro, desdoblados, el yo más íntimo o aquel que en realidad querríamos ser. La simulación de uno mismo que cuando es espiada por terceros produce estupor y temblores (Querida Amelie Nothomb, no me gustas como autora pero aquel fue un gran título). Conozco algún caso de celos que han impulsado a fisgar los mails de la pareja, con pronóstico grave en la caída. Creo que antes habría que cortarse las manos. Es posible que lo que leyeran no fueran las verdaderas intenciones y vehemencias del otro. Sólo un juego al que jugaba en el rapto apasionado de aporrear unas teclas y darle a un botón. Con un propósito, es verdad, pero distante del alcance real del sentimiento.

Recuerdo la sensación desagradable de escuchar mi voz en la grabadora. Un extrañamiento poderoso que me situaba delante de un yo distinto y lleno de taras. El otro día lo pensaba cuando se difundieron las cintas del caso Gurtel. Qué bochorno debieron sentir Camps, el Bigotes y toda la panda de apandadores de trajes y regalos deluxe. Sí, aquéllos tiparracos que tanto se querían por teléfono seguramente se detesten hoy, y detesten a esos alter egos que se calentaron con un propósito  y en un tiempo concreto.

Los mails los carga el diablo, insistiré. Sin embargo habría que preguntarse qué parte de nosotros queda desparramada por esas líneas que vuelan y atraviesan océanos como el sepulcro de Drácula en la tormenta. Puede que la inmediatez, la pasión, nos haga volcar el alma y las tripas, dejando poco espacio a la razón. Que gane Mr.Hyde la batalla contra el elegante y comedido Dr.Jeckyll. El sentimiento, la duda, los jirones del corazón, la intriga, la seducción. Las palabras son el perfume más embriagador que se ha inventado. Pero, como los besos, deben cazarse al vuelo y no volver atrás a interpretarse.

O puede que haya que reunir de cuando en cuando el valor de releerse, y dejarse llevar por el vértigo de un viaje al centro de la tierra. Al pálpito que ahogamos al cerrar la tapa del ordenador o la bandeja de mensajes de nuestro móvil.

Somos lo que escribimos. Y es tan íntimo que hay que asegurarse de que sólo nos contemple la mirada del destinatario. Leer mail ajeno es profanar la tumba de Tutankamon. Mil años de maldición, una tempestad de arena, cristales rotos y migas por el suelo que pisamos descalzos.  Seamos salvajes de palabra, pongamos las tripas calientes en bandeja y evitemos mirar de reojo las del otro.

Pido la voz y la palabra a oscuras. Y el fisgón que fisgue cumplirá la condena eterna por haber entrado sin permiso en la cueva de un dragón que muerde y brama.

martes, 17 de enero de 2012

ME LLAMO PASCUAL, VOY DE CARNAVAL Y SOY HOMOSEXUAL

Un capitán de barco es un tipo en el que confías simplemente porque lleva uniforme. Si yo me pusiera el disfraz de policía de Minichuki sería poco de fiar. Tampoco creo que las estiradas azafatas de Iberia, que nunca estuvieron tan buenas como las de la Pan Am, me salvaran de una muerte segura, ni siquiera de las vomitonas con que suelo acompañar algunos viajes,  si el avión empezara a caer en el vacío.

En suma, no entiendo quién inventó el poder del uniforme, de los galones. Quién hizo dioses al conductor de autobuses, al bedel de instituto y a la asistenta negra con enaguas de "Lo que el Viento se llevó".

En toda casa de español de clase media hay un marco de plata o imitación con la jura de bandera del niño. Otro con la niña vestida de comunión y un tercero de la boda de los padres. Los días presuntamente importantes en nuestras vidas nos da por disfrazarnos (y debo incluir el entierro, porque a los muertos también los maquean en el tanatorio). De ahí que nos ponga tan cachondos el travestismo de las chirigotas de Cádiz, poder ser un rato otra persona. Un sátiro, una puta o San Pedro con las llaves a la entrada del cielo.

Ser, o no ser. Pero sobre todo parecer. En el fondo el disfraz nos otorga licencia para matar, pero también para abandonar el Concordia, ese trasatlántico encallado a su suerte con cinco mil turistas confiados en la impecable chaqueta blanca de los marineros. Ripley logró ser aquel ser al que envidiaba tanto como amaba, con argucias y algo de travestismo. Mis adorados hombretones de "Con faldas y a lo loco" se encamaron con Marilyn gracias a unos pechos enormes postizos y esa voz de falsetes con las que el dios Billy Wilder los convocó a las filas de la inmortalidad. Y Mortadelo, sin disfraz, sería un tipejillo triste y miope. Por no hablar de los lores británicos, esa caterva de calvos paliduchos con pelucas y delirios shakespereanos de grandeza.

Bienvenidos sean el carnaval y la barra libre a la simulación. Ahora podré contar mi chiste favorito, ese del camionero que se beneficia a una monja y le dice: "Me llamo Ramón, conduzco un camión y me gusta follar un montón". A lo que la monja, transcurrida la faena, responde: "Me llamo Pascual, voy de carnaval y soy homosexual".

lunes, 16 de enero de 2012

MI AFFAIRE CON FRAGA

Cuando yo era pequeña Fraga era ya una caricatura.

Recuerdo que al mundo que me rodeaba le hacían gracia sus desmanes, sus puñetazos sobre la mesa, su dicción ininteligible y esos gestos de furia de malo de cuento que mete miedo a los niños porque es el papel que le ha tocado en la vida.

Fraga era un señor con unos horribles calzones metido en una playa cancerígera. O eso decían quienes lo mostraban una y otra vez  por el aniversario de Palomares. Un héroe XXL. Un señor con bombín en otra época y una historia negra bajo sus escamas. Un tipo malhumorado de serie que vendía la honradez y los valores mayestáticos de la España postfranquista.

A mí los personajes tan definidos ya de niña no me interesaban. Para eso ya estaban los westerns que veíamos los sábados por la tarde: El feo, el malo..., El hombre que mató a Liberty Valance y toda esa colección de historietas en blanco y negro que mi padre nos animaba a tragarnos con la leche y las magdalenas. Pero en la vida real ese señor paquidérmico me daba risa.

Luego vino La Trinca y le hizo una parodia musical y aquel señor pasó a ser "el trinco" para siempre. Un dinosaurio de esos que echan humo por la nariz pero son vegetarianos.

Hasta que me tocó entrevistarlo. Sin cita previa, a puerta fría. Yo debía tener 22 años y en aquella universidad de verano aprendía a vencer mi timidez con señores muy bregados. Mihuras que no se habrían molestado en mirarme de no ser porque estaban allí para eso. "Queremos a Fraga, búscate la vida", me encargó mi jefe. Y allá que fui.

Delante de mí otros le pedían entrevistas y él los estaba despachando de mala manera, cabreado por las formas, por el atuendo en bermudas, porque sí. Me acerqué con cauta determinación y un look de abogada de bufete de provincias muy apropiado.

-Buenos días, señor Fraga. Soy fulanita y mi jefe me ha dicho que o consigo una entrevista con usted o me destina a la sección gastronomía y horóscopo de mi revista.

El australopiteco me clavó la mirada, como valorando la verdad de mis palabras, después miró su reloj, dio tres instrucciones vertiginosas a su asistente y respondió: "Venga, pero rápido. Primera pregunta". En ese momento me pareció ver un brillo burlón en sus ojos, pero seguí con mi actitud de meritoria con melena francesa y alma bondadosa y conseguí un rato con el de La Trinca. Por más que lo pienso, no recuerdo el titular.

Se ha muerto un tipo que disfrutaba metiendo miedo para ganarse el respeto a su alrededor. Imagino que no era tan malo, pero tampoco un ejemplo moral para nadie salvo para quieres se aferran a la ley y el orden formal como a una tabla segura y tan rígida como sus espíritus.

Los dioses lo tengan en el lugar que se mereció.

Y gracias por la entrevista, señor.

domingo, 15 de enero de 2012

CARTA DE AMOR A MI NOKIA (connecting people)

Echo de menos mi Nokia. No sabía cuánto hasta que me dieron el viernes pasado uno de sustitución al smartphone que me compré poniéndole los cuernos a mi viejo amigo finlandés y para satisfacer a todos los modernos que me rodean, que son muchos y bramaban por el downgrade social de llevarme a su lado con semejante carroza tecnológica.

Mi Nokia y yo fuimos una pareja perfecta. No me fallas, no te fallo. Yo lo enchufaba con amor cada dos o tres noches, mientras que "al otro" (y así lo seguiré llamando con tono de amante despechada) he tenido que alimentarlo dos o tres veces al día porque si no me dejaba tirada en medio de conversaciones o mails que presuntamente cambiarían mi vida.

Digamos que Nokia es ese amor consolidado y Smart el revolcón de una noche. Sí, me fascinaste con tus ventanitas de colores y con esa llamada a cariciar tu pantalla con los dedos, pero no nos entendemos. Serás todo lo listo que quieras, pero tan sensible que me has metido en demasiados líos. Como amante eres indiscreto, obsceno y díscolo. Un buen día decidiste no permitirme hacer más fotos, ni despertarme a la hora precisa. Y encima pesas como un demonio. Si mi Nokia es connecting people, tú eres disrupting minds. Que lo sepas.

Lo que espero de un móvil es que no se apague en medio de una tormenta. Que vele las cuatro esquinas de mi cama como un escudero, que me susurre al oído. Al menos escucharlo cuando grita desde el fondo del bolso. Sí, cierto que el otro se desgañitaba a ratos, pero pese a su tamaño me costaba trabajo encontrarlo, y cuando lo hacía le daba sin querer en alguna esquina que me llevaba vía Internet a los hielos de Alaska o a la revolución egipcia. Muy interesante, salvo que en ese instante te esté llamando el fontanero para decirte a qué hora exacta pasará a arreglarte la cañería y poner fin a una inundación.

Todo esto, lo sé, me retrata como una tecnocarca inmovilista y arderé en el infierno de los contemporáneos. Pero nada me importa mientras mi Nokia y yo seamos uno, en el breve espacio que transcurra hasta la vuelta del otro.

A veces un amante es una carga pesada y lo que una quiere es la cálida rutina del amor seguro.

Y, como diría aquel, "no preciso viajar lejos para hallar lo que deseo...Si tropiezo en tu regazo ya me basta...para tocar el cielo"

sábado, 14 de enero de 2012

CÓMO SER MUJER DE CULTO (y amar Los puentes de Madison)

Amo la  literatura poco o nada práctica. Ya está la vida con sus grises para contarnos cómo proceder en cómodas recetas hechas a base de éxitos y quebrantos. Cuando abro un libro quiero proyectarme hacia intuiciones que antes no tuve, no diez consejos para ser la mujer diez. 

Y sin embargo detecto ciento ansia de utilitarismo. "No te lee ni dios porque no resuelves nada, nena", me dice alguien que presuntamente me quiere. Perfecto, si yo en el fondo lo que pretendo es ser escritora de culto. "Pero de culto muy muy minoritario, de esos que descubren los críticos veinte años después de estar muertos y enterrados", respondo en una pataleta de soberbia cuando en realidad toda la vida he sospechado de los autores con vitola de pocos amigos (pero exquisitos).

Hasta que esta mañana, aún de noche, he leído un interesante aunque desilvanado artículo sobre el tema. http://www.elpais.com/articulo/portada/secreto/dioses/elpepuculbab/20120114elpbabpor_3/Tes .Sobre la desgracia de pasar del selecto club a las superventas. Lo que me ha hecho pensar que el sello de culto revaloriza más a los lectores que al autor. En el fondo todos queremos sentirnos exquisitos, receptores de revelaciones que el mundo en general no va a conocer. Y cuando alguien consigue proyectar esa mirada sobre nosotros la vanidad se dispara. Y a veces se produce una suerte de efecto traje del emperador donde nadie se atreve a decir que el rey está desnudo. Y se llama esnobismo.

Lo peor que le puede pasar a un autor de culto es dar con una tropa de acólitos esnobs. Tiparracos de diseño que compran porque la etiqueta marca un precio tan elevado que sólo ellos y unos pocos más pueden tocar ese cielo. Lo peor que le puede pasar a un escritor de culto es ser en realidad pret a porter. Vila Matas, de quien no soy precisamente fan, nos regala en ese artículo un comentario que me despierta simpatía. Dice algo así como que él se hizo de culto primero porque vendía poco en España y después porque vendía mucho en el extranjero. Qué ironía.

Yo sólo aspiro a ser mujer de culto de una mirada parecida a la que Clint Eastwood le clava a Meryl Streep en esa película perfecta (que gustó a las mayorías, subrayo) llamada "Los puentes de Madison". Quiero que me digan eso de que "hay certezas que sólo se presentan una vez en la vida". Y que me hagan bailar en la cocina sintiéndome un ama de casa sureña y devastada. Quiero despertar, en fin, sentimientos minoritarios.

Y descubrir, de cuando en cuando, a escritores sin fama que me rozan el alma con relatos que alumbran poderosas intuiciones. Como Carlos Castán y su libro de cuentos "Sólo de lo perdido" (Destino). Un tipo al que no conozco en persona pero me asombra de cuando en cuando con unas líneas humildes pero exquisitas que resumen el dolor, la soledad y la sed de un más allá que no se sacia.

Sí, pensándolo bien es un honor sentirse lectora de culto. Y amar a Clint sobre (casi) todas las cosas.

viernes, 13 de enero de 2012

ALMA BARROCA,CUERPO BAUHAUS

Mi amiga E. cree poderosamente en el destino. Cuando un ser tan cabal te muestra ese abismo de terca entrega al azar  hay que tomárselo muy en serio. Las Vidas Cruzadas no son sólo una magnifica colección de cuentos de Carver o esa película de Altman donde una historia se encadenaba con la siguiente. Son esas predisposiciones que cabalgan libres y un día encuentran el cauce y se alborotan y deciden no separarse y van a dar al mismo charco, y ahí se quedan.

Toda mujer racional, incluso todo hombre, debe entregar una parte de su alma al más allá. A creer en brujas, tiradas de runas, posos del café o cartas astrales. De lo contrario entrará en un corsé tan rígido que el día que la realidad le sacuda con una casualidad increíble, una intuición poderosa, un pálpito de vértigo, sólo podrá responder rompiéndose y dejando su esqueleto maltrecho a la intemperie.

Siempre me han atraído más los románticos que los racionalistas, pero de los primeros huyo. El arte barroco me provoca sensaciones entre el pulmón y el corazón, pero elijo quedarme prendida de la simplicidad Bauhaus. Por miedo a la tormenta. A los bucles sin retorno. Pero en mis fantasías más alambicadas soy una dama con corsé y polisón que avanza en la montaña y devora rayos y truenos y busca su destino entre la espuma de una niebla Byroniana. Sólo a ratos.

Mi amiga E. reza para que las brujas no la aparten de su camino. Prefiere tener el alma a buen recaudo, la calma y la rutina de las horas. No responde de sí misma si el fantasma del azar le sale al encuentro en una esquina y vuelve del revés su alma reversible.

La vida en ocasiones es una tirada de dados a destiempo. Un cuento de Becquer, una visión de lo que pasará tan poderosa que ni la razón logra imponerse. Eso al menos pensamos las locas más racionales que conozco.

Vengan a mí las tormentas, la furia y los relatos tenebrosos.

miércoles, 11 de enero de 2012

PECO, LUEGO LEO EL CUORE

Peco, luego existo.


Me gustan los pecadores de libro, quizás por todo el esfuerzo que pusieron mis monjas en caracterizarlos con rasgos más sexys que los de los buenos. En realidad, me gustan más los que pecan de obra que de omisión. No hay mayor aglutinante de rencor que sentir el deseo de pecar y contenerse. De ahí al cilicio hay un paso.

El pecador omnisciente es otra cosa. Su voz salpica millones de minúsculas dosis de mal pero él apenas se moja, como el narrador de una novela del XIX. Se asemeja al Capitán Araña en que lleva a las tropas al terreno de batalla, las arenga y mira desde su pedestal cómo son descuartizadas. Si me pongo parabólica diría que el reino del omnisciente se parece al de ese hombre que envió a sus hijos al Infierno de Dante y se quedó esperándolos amorosamente en su palacio de hielo. No, no busquen la parábola en el Antiguo Testamento. No existe, pero se parece mucho a esas otras que nos contaban en el cole y que me hacían pensar en la relatividad de la bondad y del mal.

Ser la buena oficial de la clase no estaba bien visto, como tampoco lo está ser el político más limpio o el intelectual más equidistante. La vida se parece -vuelvo a ponerme parabólica- a una competición de pesos y contrapesos donde el punto canalla también puntúa, ma non troppo. Dicho esto, suelo desconfiar de los malos y, aún más, de la gente que se rodea de ellos. El problema es que no tengo demasiado claro quiénes son los buenos y eso me coloca en una tela de araña frágil donde avanzo en desequilibrio y con temor a ser engullida por una tarántula.

Naturalmente, el sacramento de la confesión siempre me ha creado conflictos morales: ¿y si ese tipo vestido de negro es peor que yo, seré perdonada igualmente? De niña pensaba en mis fantasías que debería haber un quid pro quo: el cura contaría primero sus pecados y yo valoraría si eran peores que los míos, en cuyo caso abriría la celosía que nos separaba y le diría: "ciao, bambino".

Me gusta cuando pecas, porque estás como ausente... Adoro al John Malkovich de "Las amistades peligrosas" y al Viggo Mortensen de "Promesas del Este". Me fascinan las ambigüedades morales cuando están talladas con sutileza, no los burdos malotes que ejercen de tales en los partidos políticos. Y, a los que temo por encima de todo, es a los tontos perversos. A los banqueros, a los trileros, a los hackers, a los prevaricadores y a quienes se venden por dos trajes de mierda, con perdón. ¡Qué no harían por un islote privado!

Padre, he pecado contra los dioses de la literatura y contra ti. Leo el Cuore, lloro por el posible cierre del diario Público, me aburre Vila Matas y tengo prejuicios contra la de "El Tiempo entre costuras". Merezco ser castigada sin mi dosis de cafeína y sin el sol frío de invierno sobre mi piel. Hágase en mí según tu palabra.

Pero tus pecados, primero, sobre la mesa.