lunes, 16 de enero de 2012

MI AFFAIRE CON FRAGA

Cuando yo era pequeña Fraga era ya una caricatura.

Recuerdo que al mundo que me rodeaba le hacían gracia sus desmanes, sus puñetazos sobre la mesa, su dicción ininteligible y esos gestos de furia de malo de cuento que mete miedo a los niños porque es el papel que le ha tocado en la vida.

Fraga era un señor con unos horribles calzones metido en una playa cancerígera. O eso decían quienes lo mostraban una y otra vez  por el aniversario de Palomares. Un héroe XXL. Un señor con bombín en otra época y una historia negra bajo sus escamas. Un tipo malhumorado de serie que vendía la honradez y los valores mayestáticos de la España postfranquista.

A mí los personajes tan definidos ya de niña no me interesaban. Para eso ya estaban los westerns que veíamos los sábados por la tarde: El feo, el malo..., El hombre que mató a Liberty Valance y toda esa colección de historietas en blanco y negro que mi padre nos animaba a tragarnos con la leche y las magdalenas. Pero en la vida real ese señor paquidérmico me daba risa.

Luego vino La Trinca y le hizo una parodia musical y aquel señor pasó a ser "el trinco" para siempre. Un dinosaurio de esos que echan humo por la nariz pero son vegetarianos.

Hasta que me tocó entrevistarlo. Sin cita previa, a puerta fría. Yo debía tener 22 años y en aquella universidad de verano aprendía a vencer mi timidez con señores muy bregados. Mihuras que no se habrían molestado en mirarme de no ser porque estaban allí para eso. "Queremos a Fraga, búscate la vida", me encargó mi jefe. Y allá que fui.

Delante de mí otros le pedían entrevistas y él los estaba despachando de mala manera, cabreado por las formas, por el atuendo en bermudas, porque sí. Me acerqué con cauta determinación y un look de abogada de bufete de provincias muy apropiado.

-Buenos días, señor Fraga. Soy fulanita y mi jefe me ha dicho que o consigo una entrevista con usted o me destina a la sección gastronomía y horóscopo de mi revista.

El australopiteco me clavó la mirada, como valorando la verdad de mis palabras, después miró su reloj, dio tres instrucciones vertiginosas a su asistente y respondió: "Venga, pero rápido. Primera pregunta". En ese momento me pareció ver un brillo burlón en sus ojos, pero seguí con mi actitud de meritoria con melena francesa y alma bondadosa y conseguí un rato con el de La Trinca. Por más que lo pienso, no recuerdo el titular.

Se ha muerto un tipo que disfrutaba metiendo miedo para ganarse el respeto a su alrededor. Imagino que no era tan malo, pero tampoco un ejemplo moral para nadie salvo para quieres se aferran a la ley y el orden formal como a una tabla segura y tan rígida como sus espíritus.

Los dioses lo tengan en el lugar que se mereció.

Y gracias por la entrevista, señor.