miércoles, 29 de febrero de 2012

CITA A CIEGAS

Conocí a un tipo que coleccionaba citas a ciegas.

No tenía, a priori, un criterio de selección muy exhaustivo. Le bastaba que fueran mujeres que buscaban un hombre. La edad era lo de menos, si no sumaba o restaba más de veinte años a los suyos. Puestos a elegir las prefería bellas, pero no espectaculares. Le incomodaba compartir mesa con una starlette que fuera objeto de las miradas depredadoras de otros o de la envidia violenta de las damas. Discrección era su máxima.

Mi amigo sólo tenía un requerimiento: que hablaran bien. Sin dejes, completando las frases, sin incurrir en discordancias y mucho menos en adjetivos sobredimensionados. Odiaba el exceso de gerundios, la subordinación sin remates, las metáforas desafortunadas y, por encima de todo, la onomatopeya. "Es tan vulgar...", solía repetir.

Un día quedó con una diosa. La amiga de una amiga de una amiga. "Te va a encantar, es filóloga", le informaron. Él la citó en un restaurante recoleto, donde pidió la mesa del rincón con su lamparita art decó y convenció al maitre de que pusiera una rosa blanca.  Cuando llegó, ella estaba ahí, sentada, con un curioso vestido rojo de estampado pitón, algo llamativo y pasado de moda. El pelo recogido en un moño informal. La laca de las uñas perfecta, sin desconchones ni desbordamientos. La piel blanca y un extraño lunar "en forma de mariposa, justo al borde de la comisura de los labios, que no pude dejar de mirar en toda la noche", me informó el.

Hablaron sin parar, mientras volaban por su mesa los platos de un menú que apenas recuerda y bebían vino. Sonaba un solo de Chet Baker y ella lo acompañaba distraída con breves movimientos de cuello. Mi amigo estaba fascinado e imaginaba un final de noche con fuegos artificiales. Ella había leído, había viajado, había amado y destruido corazones, y todo lo relataba con una voz arenosa que le raspaba los oídos. A los postres, ella se levantó para ir al baño y al pasar junto a él lo rozó levemente con la cadera. "Te juro que la hubiera agarrado allí mismo, me hubiera lanzado a su cuello, besado su lunar de mariposa"...

A su regreso, ella lo miró y le dijo con voz de experta guía de viajes: "Ahora nos vamos a follar a mi casa, que está a quince minutos de aquí. Te advierto que no me gusta que me desnuden y espero que no lleves calcetines de lycra, que los odio. Tendrás que marcharte de inmediato. Nunca más volveremos a vernos, no intentes llamarme. Como digo yo, las cosas buenas deben ser eternas".

Mi amigo estaba estupefacto. "Cuando escuché lo del "como digo yo" se me cayó el mundo encima. Me pareció la más vulgar de las mujeres. Una emperatriz del martirio que, al igual que yo, coleccionaba citas a ciegas. La acompañé hasta un taxi, pero no la besé. Entre profesionales no ha lugar la pasión".

Desde entonces han pasado muchas mujeres, muchos gerundios, algunos adverbios inadecuados y el tedio de conversaciones insustanciales mientras él mira las horas de reojo. Pero no se ha olvidado de las alas de mariposa, que a veces busca distraído mientras espera a la siguiente.

Como digo yo...

martes, 28 de febrero de 2012

ENEAGRAMA Y DESPRESTIGIO

Últimamente leo sobre eneagramas. Mi amiga L. me lo recomendó vivamente como método de autoconocimiento. Creo que el origen es hindú, y con estos mimbres lo más cabal por mi parte habría sido menospreciar el ingrediente hierbas bajo sospecha de tufo de autoayuda para principiantes (Ay, querida Lorrie Moore, tampoco te hubiera leído con semejante título de no haberme insistido alguien en quien solía confiar)

La cadena del prestigio es tan frágil como la autoestima. Conozco a quien elige sus lecturas, sus amigos, su atuendo y hasta a su novia por el plus que le aportan de cara a la galería. A veces somos en función de los que nos rodean, galones de los que nos encariñamos porque provocan admiración o envidia en la mirada del otro. Una mujer que lee eneagramas carece por completo de interés, lo asumo, y prometo salvar mi alma con algún escritor jovenzuelo de prestigio disparado y moderada calidad literaria. A cambio recorro fascinada cada noche unas páginas de hablan de pasiones dominantes, fijaciones, instinto pulsional dominante, sistema narcisista y antídotos. 

Los números y yo siempre hemos tenido una relación ambigua. De adolescente suspendía matemáticas y mi padre me amenazaba con trabajar de cajera en Galerías Preciados, la versión cañí de El Corte Inglés.  Sin embargo yo construía frases obsesionada con el orden y ritmo aritméticos, sin saberlo, y al llegar a COU hubo la reunión de los test y resultó que era un prodigio en la materia. Las carcajadas de mi padre aún se escuchan en el salón de actos del colegio.

Me fascina la exactitud porque soy inexacta. Me parece que los números nos otorgan un refugio en tiempos de incertidumbre. Mi eneatipo, que no desvelaré para no dar pistas al enemigo, es un calco de mi personalidad y al leerlo experimenté el mismo temblor que la primera vez que fui a la bruja y me contó mi vida al dedillo y lo que habría de pasarme. Descubrir que los números son mágicos es pueril, supongo. Lo mismo que el hallazgo de la fuerza de las palabras. "Yo lo que veo, lo leo", afirmó con solemnidad Minichuki el día que aprendió a leer.  Pues "yo lo que sumo, lo asumo", diría hoy desde mi edad ¿adulta?

El prestigio tiene que ver con mi eneatipo. Suelo decir que es eso que cuesta tanto tiempo levantar y tan poco demoler.  Hay excelentes escritores que perdieron el suyo por sus manifestaciones racistas. Hay mujeres devaluadas por el marido que tienen al lado y hombres que se convierten en sospechosos por la mujer que les baila el agua. Julian Assange era dios hasta que empezó a endemoniarse y para recuperar el suyo Whitney Houston ha tenido que morir y nosotros que escuchar la banda somora de aquel bodrio intragable llamado "El Guardaespaldas", rodado cuando Kevin Costner aún mantenía su prestigio a la espera de ahogarse para siempre jamás en "Waterworld". Esa otra aberración cinematográfica que nos metimos en vena con palominas y que hizo abandonar el cine a mi amiga P., a quien se la suda lo de figurar, tras soltar  desairada una sentencia que no olvidaré: "Me largo, esto es un pego".

Mi eneagrama me advierte del terror a la impotencia y del perfeccionismo letal, así que corro a respirar hondo y pensar en omhhhhh para que mis órganos no sufran el desprestigio de exhibir sus taras en la plaza pública de un blog que a veces desnuda más de lo que cubre. La antítesis del paseo de la fama, podríamos decir.

lunes, 27 de febrero de 2012

¿ME BESARÁ URDANGARIN?

Me impresiona ver la rigidez del cuerpo de Urdangarin camino del juzgado. Leo que ha declarado 21 horas ante el juez. De ser yo, me habría confesado autora material del crimen de Sharon Tate, del de Kennedy y hasta de la muerte de Manolete.

Imagino que después de tantas horas uno se dice, se desdice y se contradice, y hay que rezar para que el togado que te interpela tenga su cerebro en peor estado que el tuyo. La justicia, vista así, es un pulso de neuronas y me temo que el deportista juega con ventaja frente a un tipo que ha pasado horas sentado frente a un sumario, un procedimiento y muchas dudas legales razonables. Las carreras las ganan los que resisten, y el duque ha corrido, amagado y hasta dicho sí quiero en una catedral de largo recorrido y con alfombra roja.

"Ya verás como ése se escapa de rositas", fue la conversación que escuché a mi mesa ayer entre escépticas convencidas del poder de la corona. Somos una generación educada con libros de princesas donde los príncipes, a mucho tirar, te despertaban con un beso o trepaban por la melena de Rapunzel, pero no timaban a las arcas públicas ni evadían impuestos en paraísos fiscales.

La realeza, eso tan intangible que hemos dejado de respetar per sé, ha conseguido tener patente de corso en el imaginario de un país demasiado preocupado por borrar la sombra de un dictador. Y ahora hemos de asumir que un rey es un hombre que se equivoca y hace cosas feas, como todos. Y que el yerno de un rey podía haber estado en la banda de Al Capone o con Robert Redforf y Paul Newman en "El Golpe".

¿Cree que existe alguna institución intocable?  pregunté hace unos días a un señor de esa generación de políticos brillantes que ya no tenemos. El hombre se encogió de hombros y salió por peteneras. Lo mismo que si le hubiera preguntado ¿cree que hoy tenemos representantes dignos, intruidos, leales, incorruptibles? Vivimos tiempos de mediocridad de la corona hacia abajo, y la justicia ha empezado a meter mano en la sospecha sin mirar la sangre azul. 

Hay cierta sed de venganza en el pueblo que señala al duque sentado en el banquillo. Y lo entiendo. La guillonita es una fantasía recurrente del vulgo cabreado.  Y hay muchas princesas desencantadas de un príncipe que tras el beso ocultaba presuntamente otras mañas menos aspiracionales.

Me quedo con la imagen del juez entrando a los juzgados con una americana de cuero brillante. Como una estrella del rock, una satánica majestad dispuesta a tocar la batería  21 horas sin aliento hasta que su público, ese hombre rígido, termine rogando por favor por favor, un minuto de silencio.

Y entonces, la verdad. Sólo la verdad y nada más que la verdad.
O una gran mentira resplandeciente.

domingo, 26 de febrero de 2012

DE REPENTE, PRIMAVERA

Mi cocina verdifucsia
Cuaderno de bitácora: mi adolescente se ha levantado, ha arrastrado sus pies por el pasillo y me ha dicho con voz ronca de amanecer intempestivo: "a ver si nos llevas hoy a un museo".

Hay veces, pocas, en que una piensa que no lo está haciendo del todo mal con las chukinas. Educar consiste en echar margaritas a los cerdos y descubrir, años después, un precioso ramo en un rincón de la porquera. Espero que ellas no lean la comparación y se traumaticen y urdan una venganza consistente en no volver a pisar un museo ni a jugar a los libros discontinuos (cada una lee en voz alta un párrafo del suyo, y se crean historias desilvanadas y nos da la risa).

Lo bueno cuesta, supongo. Y en el camino hacia la calidad a veces hay que hacer la vista gorda y compartir en familia una película de teenagers descerebrados, o dos, para colar una tercera de "arte y engaño". Escuchar a algún memo sin ritmo ni concierto para poner un rato de viola gamba sin que se alteren. Comer pizza y al día siguiente un delicioso foie. La vida sin contrastes carece de emoción, supongo, y educar en la perfección es una carrera hacia el precipicio de Thelma y Louise.

Yo he sido una niña desodediente y sigo siéndolo. Ayer salí a redecorar mi vida y se me antojaron unas preciosas sillas fucsia. "Pero tu cocina es verde pistacho, hija, no te pegan nada", insistía mi santa madre, y entonces yo añadía vasos morados al carro y unas ensaladeras añil que me parecieron imprescindibles. Ya es primavera en mi cuerpo y siento que debo cambiar mi casa aunque sea a costa de desafiar las normas sagradas del pantone.

Adiós a los grises, bienvenido el arcoiris. El sol de febrero está haciendo de las suyas y la euforia ha traído a casa las ganas de ir a ver cuadros de colores. Sean el sol y sus contornos, escribamos historias tartamudas y salgamos a la calle como si fuera el primer paseo tras un duro invierno sin libertad condicional ni bis a bis.

viernes, 24 de febrero de 2012

IMPROBABLE CHAGALL

Quiero escribir un relato que se llame "La mujer improbable". El título me lo ha inspirado una portuguesa brillante que conocí hace pocos días y que logra alambicar el idioma español hasta darle una sonoridad y un uso tan asombrosos que ahora lamento no haberla perseguido con la grabadora.

Mi amiga A. está a punto de publicar un libro para escribientes. Me asegura que en la editorial han intentado disuadirla del palabro. Le recuerdo que  Vargas Llosa ya se atrevió con "La tía Julia y el escribidor", y hoy es premio Nóbel. A. me da la razón. Todos los que escribimos somos escribidores. Escritores, los menos. Para eso hay que lograr un estilo propio y contar, como me recomendó un día C., -otro amigo que publica- "aquello que sólo tú puedes contar". A lo que le respondí: "pues lo mismo no hay nada tan único bajo mis mechas y me quedo de brazos cruzados".

El escribidor y su tía
Las editoriales están hartas de recibir originales de pretenders. Gente convencida de haber escrito una gran obra. La mayoría son vulgares, porque la selección darwiniana se aplica también a la literatura. Pero todos han mandado con excitación un trozo de su alma trémula con la esperanza de ser publicados. Sólo algunos consiguen abrir íntimas compuertas en el lector. A otros los publican por modernos, a sabiendas de que en pocos meses terminarán en los baratillos del VIPS en el mejor de los casos. Y la mayoría se queda compuesto y sin obra, con la frustración de no poder rematar ese absurdo principio de las tres cosas que se supone hay que hacer en la vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.

Las frases hechas han hecho mucho daño a la civilización. Tanto como los malos libros. De cuando en cuando escojo veinte o treinta de mi estantería que considero prescindibles y los condeno al holocausto de la portería. Los vecinos se los llevan antes de que cante el gallo. A "La mujer improbable" le seguirá "La mujer selectiva". Lo tengo claro. Esa que elimina de su vida aquello que carece de un valor añadido: hombres sin fuste, tacones desequilibrados y poemas vacuos. Además de libros de cocina con recetas de más de 10 líneas, callejeros de ciudades y maletas sin ruedas. Me parece que para escribir bien hay que empezar con un strip-tease. Huir de estructuras encorsetadas, recuperar las palabras sonoras y ponerlas tal vez en boca de un extranjero para darles otro recorrido. Inspirarse en la intrahistoria de las historias. Y luego tirarlo todo a la basura.

La escritura es una carrera de fondo contra uno mismo. El gozo y el látigo. Las palabras deberían ser sagradas. Me irrita sobremanera su mal uso y agradezco como un bálsamo la lectura de párrafos donde cada término ilumina un tramo del túnel. Donde nada sobra ni falta. Ocurre pocas veces y ese día es una fiesta.

Pero a veces las historias grandes se escriben sin palabras. Hoy he soñado que era una mujer Chagall, de añil y rojo furia, a lomos de un enorme gallo frente al lago. Pintar la emoción es un prodigio que nos deja mudos y a expensas de una marea de fuego que no se apaga al cerrar la ultima página del libro. Y lo llaman crear. Y es puro rapto.


P.D. A Sancha, mi amiga probable.

jueves, 23 de febrero de 2012

MUJER JET LAG,MUJER MELATONINA

-¿A dónde te gustaría viajar?
-A un sitio con jet-lag.

Mi adolescente tiene raptos de imperioso sentido común en medio de su mundo alborotado. Uno no viaja hasta que el cuerpo se le vuelve extraño. La sensación de ir a contracorriente, despertar en medio de la noche y pensar: ¿dónde estoy? es la que nos da la medida del viaje. El extrañamiento, digamos, como regla número uno del desplazamiento. Algunos, para eso, no precisan moverse de su casa. Benditos sean.

Un adolescente es un ser en continuo jet-lag. Las piernas de ayer no son las de hoy. Los pensamientos, volátiles, migraron a otras costas. La mochila, siempre llena, puede volcarse de súbito y componer un collage de desesperación en medio del cuarto donde ayer no había ese póster ni sonaba la misma música. Los cambios, esos que nos hacen sentir tan vivos, provocan irritación en los demás. Sobre todo en los padres. Pero ahora pienso que es por envidia de aquellos días móviles donde a una emoción le seguía la siguiente y no había biodramina para aterrizajes forzosos.

Hacerse mayor es poner todo tipo de medidas para adaptar el tiempo a la memoria. Una lástima. Las ideas en tránsito suelen ser las más fecundas. Las personas que conocemos en un viaje siempre tienen interés.  El mismo libro leído entre bostezos en una madrugada del Caribe parece tener un intratexto que te atrapa y proyecta hacia otro reino donde las normas semánticas, sintácticas y desde luego la retórica tienen vida propia. El jet lag, se me ocurre, es lisérgico y adictivo, pero las autoridades norteamericanas aún no se han enterado y en las fronteras no te detienen.

-¿Motivo del viaje?, señorita
-Concurso mundial de coctelería.

El tipo te mira de arriba abajo y ahora sí sospecha. No puede imaginarte agitando una coctelera con Bacardí superior, Pedro Ximénez y unas gotas de limón, entre otros prodigios. Hubiera sido mucho más honesto responder: "Buscaba un sitio con jet lag garantizado, mi amol", como hubiera hecho mi querida adolescente. Y una cosa me llevó a la otra, porque los cócteles siempre te proyectan a la pista y de ahí a sentir que esos brazos y esas piernas no son tuyos hay un paso y puede que un tropezón.

Los estados intermedios. Aquellos en los que uno no es del todo uno. Podría enamorarse de un hombre o de un cuerpo de baile en una plaza de madrugada. Podría escribir la desmemoria y echarla al mar en una botella, para reencontrarla un siglo después sin reconocer su autoría.

Quiero ser yo, pero no del todo. Quiero sorpresa asegurada. Despertar en una cama que no sea la mía, buscar el manual de instrucciones de una cafetera, atracar el mini bar y dejar los zapatos dispersos por la habitación, como si la música se hubiera detenido justo cuando empezaba a sospechar que esa mujer extraña era una versión de cierta adolescente que conocí un día y que aún se deja llevar por las deshoras y los desmomentos.

Viajar, tal vez volver. Y ponerse de melatonina para entrar a la fuerza en la atmósfera, como un cohete programado. Y ese mismo día empezar a trazar un plan de fuga, con la complicidad de un reloj que siempre marca las tres de la mañana. 

lunes, 20 de febrero de 2012

PRIMERAS VECES

Me gusta mirar las cosas con el asombro de la primera vez. En realidad, no tiene mucho mérito. Creo que guardo un síndrome de Korsakov no diagnosticado y acabo de decidir que así sea por mucho tiempo.

La memoria nos juega malas pasadas. Es esa enemiga molesta que convierte impresión en escepticismo como forma de adaptación al medio. Ningún corazón resiste tantas primeras veces cuando mira al mar abierto o a los ojos de quien ama. El filtro nos hace menos vulnerables, pero se lo cobra caro. Así, quiero volver a sentir el sobresalto de aquella entrada en Estambul por el Bósforo, al amanecer de un día de crucero familiar donde no hubo capitanes cobardes pero sí una tripulación obsequiosa que mi hermana y yo convertimos en héroes de "Vacaciones en el mar".

Pagaría por volver a no poder explicar con palabras. Enmudecer y sentir. Cuando escucho a los eruditos siento envidia tiñosa porque nunca podré armar un discursos con tantos referentes inapelables. Con tantos datos precisos. Pero algo me dice que el camino hacia el discurso mata la pasión. Una vez que el concepto se congela deja de palpitar. El cerebro no admite tantos imputs nuevos, supongo, y los liofiliza asegurándose de que cuando salgan no toquen vísceras ni venas de retorno.

La memoria mató a la estrella de la radio. Ayer, en el ascensor del hotel, sonaba esa canción de los Buggles que bailo siempre desatada con la primera vez. Lo mismo me pasa con I will survive, de Gloria Gaynor o con el Heart of glass de Blondie  (Anoto: averiguar qué pasó en mi vida en 1979) Sospecho que la madurez es un sistema de intercambios que culmina con una cruel ironía. Cuando más sabio eres tu cuerpo se entrega al deterioro y no hay banda sonora que lo levante.

O puede que sí. Que con tu síndrome de Korsakov en perfecto estado puedas volver al vuelco de ese día en que sentiste que el tiempo se había congelado, y dar al rewind y al play tantas veces como quieras mientras mientras tus chukinas se miran con resignación y esperan a que pares de moverte en una pista que se parece mucho a la de aquella discoteca de los dieciséis donde sólo servían San Francisco y los hombres apenas se atrevían a besar.

domingo, 19 de febrero de 2012

SOY MALECÓN Y ME GOLPEAN

El mar golpea mi balcón, arrastra los posos del café y se lleva los escombros de una diferencia horaria que tiene desconcertados a hígado, páncreas y riñones. Me siento malecón.

Diagnóstico: la mejor manera de salir de uno mismo es cruzar el charco. Sentir la incomodidad de acostarte cuando no tienes sueño y has leído un libro y te has tragado todas las pieles que habita ese señor para atragantarte con uno de los finales menos recomendables de la historia del cine. Sí, había atmósfera, sí, personajes inquietantes. Pero todo quedó en un juego sórdido que en su día no quise ir a ver y he despachado en un vuelo largo  de esos en los que uno termina haciendo crucigramas en alemán, si se despista.

Mi compañero de butaca era Justin Bieber. Un anciano de cerca de cien años con el cuerpo contrahecho que me recibió en un inglés ininteligible y al que yo sonreí con cortesía, rezando para no tener que cambiarle la cuña o quitar la dentadura de las zonas comunes. Al fin resultó que el señor tenía una cuidadora de pago que me pidió cambiar el asiento, lo que hice gustosa no antes de desearle un feliz vuelo que terminara con todas sus constantes vitales en perfecto estado de revista.

Ya lo decía Forrest Gump: la vida es una caja de bombones. Uno nunca sabe lo que le va a tocar. El otro día volvía a ver en la pereza del domingo esta película que no recordaba con arrebato. Y sin embargo, algo me mantuvo pegada a la tele. Me quedo con la secuencia de el Forrest dolido de desamor que empieza a correr, y correr y no sabe por qué pero pasan los días, las semanas y los meses y se le suma un grupo cada vez más numeroso de acólitos. Pienso en las muchas veces que nos lanzamos a la carrera para sustituir miedo por acción.

Los lentos me ponen frenética. Es una tara. Leí que Karl Lagerfeld hablaba muy deprisa porque su madre, de pequeño, apenas dedicaba unos segundos de su tiempo a escucharle. Logró convertir al monstruo en genio. Un genio que corre encorsetado en un look que asfixia su piel blanca y macerada. La creación como respuesta al dolor. Espero que mis chukis me sepan perdonar y revienten las pasarelas de París con vestidos negros que hagan soñar a los insomnes.

Me pregunto si los seres felices tienen interés. Pienso en las angelicales niñas de "La casa de la Pradera", esa serie ñoña de mi infancia sobre una familia de traca capitaneada por Michael Landon. Un hombre bienpensante con la inteligencia de un grillo que nunca dijo una palabra más alta que otra y adoraba a su señora. La cosa es que en casa no nos perdíamos capítulo, será que aún desconocíamos el irresistible atractivo del conflicto como ingrediente básico de historias.

Mi historia de hoy arranca en un balcón con un Caribe bravo que golpea las rocas. Hay una palmera que el sol ha empezado a acariciar, como en los video clips. Espero que me llamen "mi amol" y desafiar el desconcierdo de mis órganos con unos bailes y un mojito on the rocks. Ser tan feliz es sospechosamente plano, pero a ello voy, rendida y desatada como Forrest.

Ya me queda un bombón menos en la caja.

sábado, 18 de febrero de 2012

COMO VACA SIN CENCERRO

A los intelectuales de pega se nos pilla por el chascarrillo. Como  a "My fair lady" cuando, en las carreras de caballos y tras haberse logrado comportar como una auténtica dama, se le escapa quel glorioso "mueve tu cochino culo".

El barniz cultural ha sido siempre eso, puro barniz. Suficiente para sentarse a la mesa con un grupo de señores y señoras bien vestidos y transitar por conversaciones variadas: un poco de moda, un poco de arquitectura, un poco de política y así. Lo malo es cuando a tu interlocutor le da por profundizar y te pone en un brete. Yo misma lo hago con pedantes del diez, confiando que mi barniz aguante el resbalón: Así, al chulito que se confiesa fascinado por Zhang Huan, el chinorris de las performances con filetes, le inquiero: ¿Pero te gustó más el paseo con chuletones o la inmersion en carne picada?" Y después me como un canapé de espárrago, ligero e insustancial como la conversación.

A lo que iba. Me pierden los chascarrillos. Las familias numerosas de clase media siempre hemos sido muy de ir a la frase hecha, imagino que porque es corta y te protege de las molestas interrupciones. Ayer L. me tendió dinero para un viaje de trabajo y me dijo: "Aquí tienes los 500 chapulines, ahora ya puedes ir como vaca sin cencerro". Aún me parto de risa recordándolo y me imagino a mí misma en el Caribe a la carrera y sin GPS.

La de los chapulines, que es una mujer divertida y alocada, anda obsesionada con los hippies. Dice que con la crisis a todos el mundo le ha dado por ser hippie "a la buena de dios". Y después de descojona (con perdón). Tiene razón, el miedo nos lleva a la desidia, y de ahí al desaliño intelectual hay un paso. En tiempos de vacas flacas (con o sin cencerro) la imaginación debería correr como alma que lleva el diablo (venga chascarrillo). No podemos sentarnos a esperar que pasen las nubes negras con un grueso chubasquero y el vacío en tetrabrick.

Me parece buen momento para desempolvar las sentencias relativas, mirar de reojo a los eruditos huecos, raspar el barniz, coger un billete de avión y echarse al prado a retozar como vacas sin cencerro, ajenas a los pedantes de salón con discursos prefabricados que viven para contarlo.

Ser hippies, pero con suavizante en el pelo y cama propia.

viernes, 17 de febrero de 2012

SEÑORAS QUE SE PIMPLAN PORQUE ESTÁ FRESQUITO

Me gustan las señoras que beben en los bares de los hoteles. Esas que han pasado la barrera de los setenta y echan la tarde con las amigas, comentando la vida mientras se pimplan uno o dos gin-tonic. Sin culpa -"está fresquito" y todos sabemos que el alcohol frío no mata ni se sube a la cabeza-.

Sospecho que la suya es la década más libre, más desatada. Con suerte, han enviudado y ya no tienen que salir a la carrera a atender a los maridos en casa. Los hijos las visitan los domingos y los piropos del carnicero les dan alas. Así que los martes, o los jueves, se llenan de laca y desempolvan las pellicas del armario. El visón, el zorro y -esto es lo más- las garras de astracán y se dirigen a un hotel rancio y poco iluminado donde el camarero tiene su edad y las trata con reverencia.

-Tráiganos tres gintonic suavecitos, ¿eh?, y unos canapés de salmón.
-Y no escatime con las patatas fritas, que ya nos conocemos.

El camarero regresa con la Bombay Saphire y sirve un dedo. "Hombre, un poco más...". Y dos dedos, y tres, con mirada interrogante Y ellas fingen que no ven lo que acaban de ordenar, y comentan la película que vieron, el libro que duerme en sus mesillas, los duelos con las nueras y, tachán, que ¡cómo está el servicio!

-La mía es una mentirosa. Como todas las latinoamericanas (juro que transcribo literal). Lo llevan en la sangre.
-¿Pero te fisga los cajones?
-Seguro que sí. Está todo el santo día en casa y yo, ya sabéis, soy muy limpia y ordenada.
-Pues la mía es polaca, me dan buen resultado las comunistas. Debe ser que como han vivido en el régimen del terror obedecen sin rechistar.
-No sé yo, que luego atracan los chalés y dejan muertos.

Me ¿gustan? las señoras racistas y clasistas que cuando beben sacan su verdadero yo. Han pasado la edad de la corrección política y consideran que sus amigas son una extensión de sí mismas. Les gustan los comentarios picantes, "subiditos de tono"- y se meten en vena el "Sálvame". Son las mismas que entregan su alma al peluquero, odian a Carmen Lomana por estar buena a su edad, visitan exposiciones para contarlo y dicen eso de "si yo casi no como" justo antes de meterse un plato de judías con chorizo.

No son todas, son algunas y las veo en los bares de hotel, las escucho en el autobús, las sufro en la cola del mercado. Y pienso que a su edad me gustaría ser muy hippie, haber huido de las grandes afirmaciones, tener un par de amantes, los dibujos de las chukis enmarcados en el salón, las camisas sin tejidos acrílicos, los prejuicios fumigados. Y un mueble bar bien surtido para invitar a mis amigas al atardecer y seguir hablando de futuro hasta que el sol nos recuerde que ya no tenemos cuerpo afterhours. O puede que sí.

jueves, 16 de febrero de 2012

LOS PECHOS DE ALASKA

A Mario Vaquerizo lo han expulsado de la COPE por simular una piedad fotográfica con su mujer, la cabeza entre sus pechos, el cuerpo devastado. Alaska con toca de monja y gesto de éxtasis.

Entiendo a los señores obispos. Los límites de la provocación están claros. Tú puedes hacer fantasías eróticas sobre el escenario o meter una cámara en casa donde muestras tus entretelas, te acuestas con tus amigos o atracas las cervezas de la nevera. Tú puedes ser abiertamente ambiguo y decir palabrotas -pecadillos veniales- pero ultrajar la sagrada pureza de una virgen y su hijo es anatema. Y la paciencia de los purpurados tiene un límite.

La Iglesia tiene un curioso sensor de escándalos que hace que los suyos propios sean low profile, pecatta minutta, y los del resto ultrajantes y peligrosos. Lo de la paja en el ojo ajeno es un modus operandi, no el cabreo de un dios en un templo. Vaquerizo y Alaska son desprejuiciados y si al uno no le importaba agarrarse al micrófono bendecido, la otra se ha declarado fan de Jiménez Losantos. Admiro a las personas que saltan las costuras de sus etiquetas. Creo que la modernidad consiste en convertirse en inclasificable. Que cuando el grupo proceda a ponerte en la casilla A, tú demuestras que en realidad tienes un pie en la casilla B, y así ad eternum. Un ejercicio cansado que se traduce en "sé tú mismo".

No encuentro en la Biblia, libro fascinante al que vuelvo en ocasiones, demasiadas admoniciones a la individualidad. Más bien se habla de la grey, se cruzan los mares en grupo y se sube al arca de Noé por parejas. Los Reyes Magos son tres, Marta no es nadie sin María y Jesús, que intentó perderse solo a meditar, tuvo que vérselas con el diablo y sus tentaciones.

Si la verdad nos hace libres -ahí estamos de acuerdo- el gregarismo nos corta las alas. Me gustan las iglesias vacías. El silencio entre los bancos que crujen cuando llegas y te sientas. Hablar con dios es hablar con uno mismo. Y si encima hay un retablo barroco delante, mucho mejor. La piedad siempre me ha parecido una representación bella. El dolor de la madre que recoge a un hijo vencido. Mi otro hit es el San Sebastián saeteado, doliente y dramático como él solo.  

Mario y Alaska no han entendido que hay límites que no se pueden cruzar. Que el amor no enseña los pechos ni tiene orgasmos. Lo que me lleva a recordar esa preciosa carta de San Pablo a los Corintios que se lee en las bodas y siempre me emociona:

“Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retañe". 

"El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad" (...) "El amor no pasa nunca".

Se me ocurre que Mario y Alaska cumplen bien con los preceptos de San Pablo. Y los Obispos, que son tan listos, acaban de dejar pasar una magnífica oportunidad de mostrar que la Biblia puede ser para modernos y no sólo para meapilas que jamás se mueven del dial con el que comulgan ni muestran los pechos a sus amantes para recogerlos ese día en que están vencidos.
El amor no pasa nunca. La estupidez humana, tampoco.

miércoles, 15 de febrero de 2012

ORGASMOS Y MENTIRAS

Suelo mentir a los médicos. No soy la única, es de familia. Mis hermanos, hipoacúsicos diagnosticados, engañan al aparato de los pitidos para que el resultado del test sea menos dramático. Así que nuestras comidas familiares son un concierto de gritos donde unos orientan la cabeza hacia un lado y otros hacia otro. Y donde los agudos ganan siempre por goleada.

Recuerdo haber llevado un volante de análisis durante meses en el bolso. Nunca me parecía el día adecuado para ir a pincharme. Mucho menos para rellenar el bote. El otro día, haciendo limpieza de unos cajones, apareció un viejo monedero con el papel desgastado y amarillo. No recuerdo por qué me los mandaron, pero decidí evitar el diagnóstico y cocerme en la duda: ¿susto o muerte?

La tendencia al escapismo sanitario viene de lejos. De niña tenía reúma y me ponían unas horribles inyecciones cuyo nombre no voy a olvidar: Benzetacil 600.000 unidades. Entonces uno iba al practicante -palabra en desuso que han matado los A.T.S con la pompa de sus siglas- y el tipo sacaba una jeringa de cristal que a veces esterilizaba delante de tus narices. Luego pedía a tu madre que se sentara y te pusiera sobre ella exactamente igual que cuando te iba a dar unos azotes. Te bajaban las bragas y, tras una angustiosa espera de segundos, llegaba el pinchazo, la aspiración y te metían ese líquido de microcristales doloroso y amarillo.

No sé cuántas soporté. Sé que un día me escapé justo en el momento en que el practicante enarbolaba la inyección, y corrí hasta enconderme detrás de un coche azul desportillado, a espaldas de la parroquia. Si había un dios, debía dotarme ipso facto del don de la invisibilidad. No lo hizo y allí estuve, en cuclillas,  hasta que mi padre me encontró, y los dos volvimos a casa de la mano, a recibir la gran bronca de mi madre, que explicaba abochornada los improperios que le había dedicado el de la jeringa.

Me consta que la última inyección del lote no me la puse. Mi madre pareció olvidarla y yo la escondí en un rincón del caótico botiquín familiar, entre los Almax y las vendas. Pasé años de terror recordando que había leído en el prospecto que un reúma mal curado podía provocar enfermedades cardiacas con nombres muy feos. 

Cuando, ya adolescente, la rabia torcida me provocó escoliosis, tuve que pasar de nuevo por las visitas a médicos que me medían, me instaban a haber flexiones absurdas y, tras dos años de extenuante rehabilitación, decidieron escayolarme todo el tronco. Yo había visto a esas otras chicas con hongos en la piel asomando por sus yesos, los pechos aplastados por un corsé imposible que limitaba los movimientos más básicos. Al salir de la consulta le dije con solemnidad a mi madre: "No pienso volver, y que sepas que tampoco me puse el último Benzetazil". No rechistó.

He mentido en terapia para parecer menos frágil, pero nunca he fingido un orgasmo. Si me cobran de menos me sale la luterana que llevo dentro y pago con creces, pero a veces no cojo el teléfono cuando suena porque no me siento capaz de escuchar mi propia voz. Las agujas me dan pánico, pero tras un duro entrenamiento de autosugestión he conseguido ir a los análisis de sangre sin desmayarme en el camino.

Y a veces, aún hoy, cuando la enfermera me llama, siento por un instante el impulso de escapar, de correr a buscar un coche azul marino y rezar para que un dios, el que sea, me vuelva invisible hasta que mi padre venga a buscarme y me lleve de la mano y me calme y me devuelva a casa sin temblores.

martes, 14 de febrero de 2012

AMOR EN CONSONANTE

Espero con ansiedad un ramo de flores. Mi amiga L y yo nos hemos juramentado para que el día del amor nos riegue con sus dones. Así que ella se hará con una orquídia blanca y yo pondré despreocupadas margaritas en su vida.

Superada la fase de cinismo, sólo queda entregarse a los rituales. Que un desconocido te sorprenda con unas líneas de amor febril y unos bombones sería lo propio. Un santo hace milagros como un coche teledirigido se estrella contra las paredes del pasillo. Pero las escépticas preferimos ponérselo facilito al destino. Así que L. tendrá sus flores sin necesidad de intercesión divina, y el señor Valentín se las componga con los enamorados que entienden el 14 de febrero como una señal inevitable del destino.

Luego está la poesía. Ningún amante pasa la norma ISO del amor sin arrancarse por unos sonetos, aunque sean prestados. En mi adolescencia se llevaba aquello de "Quiero matar al último testigo, para el asesinato de mis flores", verso que nadie entendía pero sonaba dramático y definitivo. Los "Veinte poemas de amor y una canción desesperada" han propiciado muchos besos a tornillo y el señor Neruda debe frotarse las manos en el cielo diplomático que lo acoge. Pero en los patios de colegio la cosa era mucho más prosaica y algunas desenfundaban las cartas de sus novietes, que juro que a veces terminaban con un "Por ti iría al Polo  Norte en pantalón de deporte".

De toda la vida he preferido el verso asonante. Los tipos consonánticos me daban risa y mi cabeza urdía de inmediato diabólicos versos alternativos. Con el paso de los años inventé para las chukis un juego que entretenía los viajes largos en coche. Una arrancaba una frase y la siguiente debía completarla en rima consonante, a saber: "Las rojas furgonetas...me causan agujetas". Aquello tan naíf se convirtió en nuestro pasatiempo favorito, y no dudo que hoy ambas están preparadas para epatar a los aguerridos hombres de su patio con un soneto de categoría.

Lo dejo, debo prepararme para respirar amor total. Buscaré sus señales por las esquinas, leeré tal vez a Ángel González, representaremos Romeo y Julieta en la cocina y sonará She de Aznavour, como cada año.  Como si la cantara para una sola mujer que un día cometió el pecado de reírse de San Valentín. Y así le va.

lunes, 13 de febrero de 2012

PIES FRÍOS,NOCHES FARGO

¿Y a mí quién me calienta los pies?, le digo a Minichuki después de que me pida que le ayude con las divisiones, le baje la cama, le cuele dentro sus veinte peluches y entienda que -literal- "se me ha apagado el cerebro, mami" cuando se le resiste la tabla del nueve.

No sabe cómo la entiendo. De siempre he odiado la tabla del nueve. Sobre todo al llegar al 9x7. Tengo que retroceder, coger carrerilla y con suerte remato la cima del noventa. Las cosas que tememos hay que abordarlas a la carrera, le explico a la enana como si yo fuera valiente, cuando debería decirle que envidio sus peluches, la barandilla de su cama y esa línea de almohadas que dispone cuidadosamente para asegurarse de que ningún fantasma pueda colarse en sus pesadillas.

A los cuarenta (y más) queda feo acostarse con muñecos, pero los pies fríos no te dejan soñar. Y ya puedes ponerte calcetines, mantas y toda la munición pesada de lana made in Perú que no hay manera. Entonces uno enciende la radio para buscar rescoldo en las palabras y puede pasar que estén hablando de toros. Un tema como otro cualquiera, sí, donde me temo que la poesía esté en el ruedo, no en unos comentaristas empeñados en desbrozar las cinco posibilidades de cartel ideal para no sé qué feria (no la retengo, pero sí me consta que en todas las quinielas figuraban Morante y Manzanares,y en muchos el Juli. La trilogía del arte, venían a decir). 

Los pies fríos, digo, no te dejan hacer revoleras. No permiten pensar y mucho menos calcular permutaciones taurinas de tres elementos. Debe ser alguna ley de la anatomía que explica que sin riego sanguíneo no hay riego cerebral. ¿Si se te congelan los pies se te congelan las ideas, de convierten en guisantes Findus que rebotan contra las paredes huecas del cerebro? fue una de las reflexiones desbaratadas que me hice, justo antes de darme cuenta de que debía haber dejado a Minichuki colarse en mi cama.

Cierto que, cuando sucede, me paso la noche recibiendo coces de potrillo desbocado. Pero a cambio me llega el calor de su aliento de galleta y a veces me atrevo a acercar mis pies a los suyos y noto la tibieza dulce que precede al sueño. A los insomnes militantes no deberían dejarnos solos porque es fácil hacer de las sábanas un inglú de algodón egipcio. Contradicción geográfica donde las haya.

Lo mejor de acostarse con los pies fríos es que te despiertas con los pies calientes. No falla. Y esa certeza viene a ser parecida a la de la tabla del nueve: si superas el nueve por siete ya estás arriba. Y hace sol, y es hora de correr a retirar los peluches de la cama de Minichuki y salir a desafiar las aceras.
 Y esperar que esta no vuelva a ser una noche Fargo. Con ventisca, asesinatos y desolación. Adorada Frances Mc Dormand, yo te invoco.

domingo, 12 de febrero de 2012

SOSPECHAD, MALDITOS

Sospecho de estos señores que reivindican a la clase trabajadora cuando nunca han formado parte de ella. Siento que utilizan un lenguaje prestado para enardecer a las masas, a las que en el fondo menosprecian un poquito.

Pero no se me altere el patio, que la resaca la carga el diablo. Seguramente esos señores que hoy tuitean airados contra el despido libre -esa aberración que a mí también me solivianta- son los mismos que en la intimidad de una tertulia sin micrófonos reconocen que "a esa panda de vagos" que pueblan las empresas hay que poder echarlos con cierta facilidad. Esos que mañana gritarán contra la intervención en Grecia o el auge del pensamiento ultramontano en EEUU. Cuestiones interesantes en las que la mayoría del público maduro y reflexivo podría estar de acuerdo.Tertulianos que antes de salir al aire preguntan a los directores de programa: "¿debo estar a favor o en contra?"

Sospecho, me ha pasado desde muy joven, de todos los que se refieren a "los ricos" sin más para denominar a aquellos que no sudan por llegar a fin de mes. También de quienes colocan a todo el que trabaja con un traje en una oficina en la casilla de sospechosos habituales. La simplificación y el maniqueísmo generan rabia y movilizan a los insatisfechos, desde luego. Pero evitan desarrollar los matices, cincelar las cuestiones más delicadas. Poner las cosas en su sitio justo. Si es que lo hay.

Sospecho de quienes han convertido al juez Garzón en un mártir y defienden su inocencia inmaculada urbi et orbe. Debo añadir que lloré el día que comenzó el primer juicio y el presidente del Tribunal le recordó que debía quitarse la toga para sentarse en el banquillo. Y él lo hizo obedientemente con un gesto de dolor, de humillación, que nunca se me va a olvidar.
Pero no puedo sin más arrojarme a los que claman su inocencia blanco nuclear. Necesito valorar las acciones de un juez que también ha cometido errores. Hacerlo humano. Y después, sí, lamentar su exilio y su infortunio.

Como soy visceral sospecho que debo sospechar de mis impulsos. Me gusta escuchar a esas personas reflexivas de mirada transversal. Generadores de perspectivas, podríamos decir. Llaneros solitarios que evitan los lugares comunes y el pisoteo de tierra ya pisada. Me gusta que una voz ilumine mis pocas intuiciones con propuestas de nuevo cuño que no excitan a las masas, me temo, pero van creando un sustrato de verdad inteligente.

Sospecho de quienes dan por sentado cómo pienso y cómo siento. De quienes deciden quién soy por mis zapatos y mi bolso. Sospecho de mí misma cuando cabalgo a lomos de una etiqueta prestada. No sé si soy progresista, feminista, fashionista o mediopensionista cuando escucho a quienes se han instalado cómodamente en esas casillas. Cuando las opiniones se empastan pongo pies en polvorosa y exijo a "los míos" algo más que proclamas aprendidas.
Sospecho, en definitiva, de quienes se apuntan a un club para disfrutar de una vitola ideológica en la que no creen demasiado. Me parece que para saber lo que uno de verdad piensa, lo que uno de verdad siente, son precisos soledad y silencio.
 Sospecharía, como aquel, de cualquier club que me admitiera entre sus socios. 

sábado, 11 de febrero de 2012

LADRILLOS Y MACARRONES

Vivimos tiempos convulsos, y hay que juntarse para ser felices un rato.

Cuando me pongo filosóficochunguita mis amigos salen corriendo. Lo comprendo. La convulsión se parece a la combustión en que si te acercas demasiado explota. Pero ayer una amiga muy querida me dijo llorando que cada vez que ponía un ladrillo en su vida se le caía una pared. Y en su desconsuelo había mucha verdad y le pedí que viniera a compartir sofá, manta y macarrones.

No vino, se quedó barriendo escombros y lágrimas, pero en su lugar lo hizo esa otra mujer que además de protegerme con su manta de rizos suele brearme bien para que no me oculte bajo mis certezas pret a porter. Llegó, saqué dos Coronitas (esa cerveza maricona) y desenfundé mi prosodia, mi retórica y todas esas armas de arsenal ligero mientras pegaba largos lingotazos a la botella.

-Bueno, ¿piensas hablarme ya de ti?, soltó la rizos mirándome con esa cara suya de "no te escapas, nena" o "no me hagas perder el tiempo, nena", que lleva al paroxismo.

Cuando quiero salir corriendo me la encuentro a la vuelta de la esquina. Como en "Los tres entierros de Melquiades Estrada". Y entonces no me queda otra que coger la piqueta y demoler una pared, puede que dos. Y ella siempre me tiende un ladrillo nuevo como premio. Las Chukis, que lo saben, la llaman "tía Alicia", y celebran su llegada con abrazos porque intuyen que su madre es mejor persona cuando ella sale por la puerta.

En tiempos revueltos, insisto, hay que poner vitrinas con las frases de los que nos quieren. "Tú nunca me restas, siempre me sumas", fue lo más amoroso que me dijeron ayer. Un día extraño en el que otro amigo se quedó sin trabajo y engrosó el parte de bajas que convierte la supervivencia en un milagro.  Luego, por la noche, sonaba en la radio esa mujer gritona del Gobierno Rajoy con las nuevas medidas de acoso laboral. Una reforma necesaria, seguro que sí, que hará que haya que aprovisionarse de mantas y macarrones humeantes para recibir heridos en las casas.

La crisis no es esa tabla de cifras que enseña el puñado de señores arrogantes que transitan los pasillos de Bruselas y atienden displicentes en ruedas de prensa donde las preguntas no marcan las respuestas. La crisis son amigos en la cuerda floja y esa sensación de vértigo bajo tus pies.

Y la solidaridad se parece mucho a las frases de amor de las galletas chinas que te alegran la tarde. A los ladrillos tendidos y a los macarrones.

viernes, 10 de febrero de 2012

¡DETENGAN A ESA MADRE!

La madre viaja en el autobús, ese nido de historias pequeñas que frecuento cada día. Bajita, morena, vestida con un horrible plumas negro, gomina trasnochada en su pelo corto, lleva de la mano a su hijo, de unos cuatro años, al que habla en tercera persona como si fuera un bebé tarado y siempre a gritos, cual Mary Poppins neurótica.
-¿Quién no ha dejado dormir esta noche a mamáaaaaa? Ven, que mamá hace magia y te va a cantar la tabla del tres con música de Pocahontas: "Tres por una treeeeeees".

Con el paso de los meses he desarrollado una verdadera animadversión contra esa mujer de inteligencia corta como sus piernas. No sólo me irrita la contaminación acústica que deja a su paso, sino la evidencia de que el pobre niño la detesta, porque no abre la boca. Se limita a mirarla desde sus ojos sepultados en un grueso verdugo azul marino, convencido de que mami está haciendo la performance de la buena madre al público que bosteza camino de su trabajo.

Me caen mal las madres. Cada vez que caen peor. Esas mujeres que se entregan al único rol que nadie les puede quitar y lo exhiben sin pudor en los probadores de El Corte Inglés, las consultas del médico o la cola de la panadería. Tiparracas que abusan de un poder que pronto se les arrebatará pero que saben que hasta ese día, en torno a la adolescencia, pueden detentar como Barbarrojas en el calabozo de su sala de estar.
Dicho esto y antes de que el Defensor del Menor corra a detenerme, haré un ejercicio de contrapeso saludable. Me gustan las madres que no olvidan su yo camino de la cuna. Las mujeres que entienden que un hijo no es una propiedad privada e inalienalable. Las que se preocupan de evitar los verdugos acrílicos que vendan la mirada de unos niños que no son suyos como el libro del escritor ya no lo es justo el día que sale de la imprenta.
Me gustan las madres imperfectas que se olvidan de llevar la merienda al cole y corren a comprar pan con chocolate. Las madres que hacen callar a los niños cuando interrumpen a los mayores y les obligan a decir buenos días al conductor del autobús. Esas madres que no piensan  si estarán traumatizando a su niño por marcar un sí en la casilla de la excursión a esa granja donde decapitan pollos. Las madres que permiten que el silencio se instale en el salón, al menos por un rato, y que se encierran en el cuarto a amar a sus parejas dejando entretenidos a los niños con una peli ligeramente inadecuada en la cocina.

Soy una mala madre y lo confieso. A las ocho obligo a las chukis a cenar. Cuando eran pequeñas las llevaba al parque maldiciendo en arameo porque allí estarían otras madres hablando de jarabes, comiditas y percentiles. Recuerdo la sensación desazonante de ir al sitio maldito donde te llenabas de polvo y no te dejaban leer el periódico tranquila (los otros padres, naturalmente). Y recuerdo ser la primera en recoger los cubos y las palas para volver a casa. "Pero si aún es de día, mami", protestaban.

Soy una madre detestable que arrastra cada domingo a las chukinas a un museo y compra su voluntad con una Coca Cola y un plato de patatas. Pienso que mi pasión puede ser su pasión, como la petarda del autobús piensa que Disney es la biblia de la intelectualidad. Como me gusta dormir la siesta los domingos obligo a que ellas también lo hagan o, en su defecto, las impido entrar a molestarme.A veces las llevo a ver una película detestable, y para ahondar más en la trama compro un pozal de chucherías como para ingresar a un ejército de diabéticos. Pero el resto del tiempo les prohibo el regaliz y las nubes rosas.
Soy poco constante, incoherente, visceral y dramática. Como madre deberían retirarme el carnet. Pero hace años que abandoné la gomina, señor juez, y cuando viajo en autobús sólo aspiro a que minichuki, que se sienta en la otra punta porque quiere ser mayor, se acerque y me bese fuerte con su cuerpo calentito. Y, si hay suerte, me regale otra mirada de amor  justo antes de emprender al galope la carrera hacia la puerta del colegio.

jueves, 9 de febrero de 2012

LA VIRTUD DEL JAQUE MATE

Por las noches Minichuki me reta a una partida de ajedrez: "piensa, mami, miensa...", repite porque sabe que soy una mujer peón que muere matando. La estrategia es un talento que exige arrancarse el corazón para evitar distraerse con el latido. Nunca leí el famoso tratado chino "El arte de la guerra", así que en su defecto me entrego a las enseñanzas de una niña de nueve años que me mira burlona al otro lado del tablero justo antes de agarrar la figura con sus deditos: "Jaque mate".

Me cuelgo del teléfono con mi amigo R. Un estratégico amoroso con el que no hablo de ajedrez pero sí de libros, cine y mujeres. Me cuenta que  debe grabar la voz que saltará en el contestador del negocio de su ex novia: "Ha llamado a Perfumerías Rosalinda. En este momento no podemos atenderle, pero vuelva a llamar y su piel se lo agradecerá". No es este el mensaje, claro, pero ambos nos reímos con la situación. "Te llamo porque te vi cara de cansada y quiero saber cómo estás antes de irme a ver al Barça". Le digo que bien, que sospecho que a veces me hago trampas en mi partida de ajedrez y necesito un árbitro que me contenga. Jugar sin tablero y con las fichas marcadas es lo que tiene. Me manda besos, dos recomendaciones literarias que debo anotar sin falta y la certeza cálida de que no sólo las amistades de la infancia echan raíces.

Pienso que hay amigos alfil y amigos torre. Hay tipos que avanzan tres casillas y retroceden cuatro y otros que tiran adelante a riesgo de ser devorados en el camino. Elijo siempre a los segundos. Me cansan las partidas eternas donde el contrincante desaparece dejando el reloj de arena muerto. La impaciencia mató al gato, pero al menos éste recorrió unos cuantos tejados y tiene material para contarlo. Aún no domino el arte del enroque, ese baile de fichas en la retaguardia que a Minichuki le encanta porque conoce los pasos y el compás. Yo siempre pisé a mis parejas de baile y las casillas se me quedan pequeñas. "Mami, mueve ya que lo haces muy bien", me dice ella y dan ganas de saltar y comérsela a besos.

Una vez entrevisté a Kasparov. Me pareció un tipo extremadamente inteligente y desalmado. Todas sus pasiones, todos sus anhelos parecían contenerse en las fichas que movía concentrado como un microcirujano en éxtasis. Me habló de cómo la vida podía resumirse en un juego de movimientos con grandes aciertos y grandes caídas. Le pregunté si acabar en tablas era una catástrofe. Me perforó con la mirada. Aquel hombre pensaba y sentía con los dedos. Podía prever los acontecimientos mundiales a partir de un juego. Su mente iba tres casillas por delante de la de cualquiera y sufría por ello. Me pareció que la estrategia era tan necesaria como agónica. Aposté por el impulso, y así me va.

De ahí que cada noche, después de cenar, me siente con mi niña y un puñado de fichas blancas a redimirme por los movimientos vanos. De ahí que para no traicionarme mueva de cuando en cuando alguna ficha sin pensar demasiado, siguiendo el alocado camino del corazón.
-¿Pero qué haces, mami? ¡Ya te he vuelto a ganar!