miércoles, 15 de febrero de 2012

ORGASMOS Y MENTIRAS

Suelo mentir a los médicos. No soy la única, es de familia. Mis hermanos, hipoacúsicos diagnosticados, engañan al aparato de los pitidos para que el resultado del test sea menos dramático. Así que nuestras comidas familiares son un concierto de gritos donde unos orientan la cabeza hacia un lado y otros hacia otro. Y donde los agudos ganan siempre por goleada.

Recuerdo haber llevado un volante de análisis durante meses en el bolso. Nunca me parecía el día adecuado para ir a pincharme. Mucho menos para rellenar el bote. El otro día, haciendo limpieza de unos cajones, apareció un viejo monedero con el papel desgastado y amarillo. No recuerdo por qué me los mandaron, pero decidí evitar el diagnóstico y cocerme en la duda: ¿susto o muerte?

La tendencia al escapismo sanitario viene de lejos. De niña tenía reúma y me ponían unas horribles inyecciones cuyo nombre no voy a olvidar: Benzetacil 600.000 unidades. Entonces uno iba al practicante -palabra en desuso que han matado los A.T.S con la pompa de sus siglas- y el tipo sacaba una jeringa de cristal que a veces esterilizaba delante de tus narices. Luego pedía a tu madre que se sentara y te pusiera sobre ella exactamente igual que cuando te iba a dar unos azotes. Te bajaban las bragas y, tras una angustiosa espera de segundos, llegaba el pinchazo, la aspiración y te metían ese líquido de microcristales doloroso y amarillo.

No sé cuántas soporté. Sé que un día me escapé justo en el momento en que el practicante enarbolaba la inyección, y corrí hasta enconderme detrás de un coche azul desportillado, a espaldas de la parroquia. Si había un dios, debía dotarme ipso facto del don de la invisibilidad. No lo hizo y allí estuve, en cuclillas,  hasta que mi padre me encontró, y los dos volvimos a casa de la mano, a recibir la gran bronca de mi madre, que explicaba abochornada los improperios que le había dedicado el de la jeringa.

Me consta que la última inyección del lote no me la puse. Mi madre pareció olvidarla y yo la escondí en un rincón del caótico botiquín familiar, entre los Almax y las vendas. Pasé años de terror recordando que había leído en el prospecto que un reúma mal curado podía provocar enfermedades cardiacas con nombres muy feos. 

Cuando, ya adolescente, la rabia torcida me provocó escoliosis, tuve que pasar de nuevo por las visitas a médicos que me medían, me instaban a haber flexiones absurdas y, tras dos años de extenuante rehabilitación, decidieron escayolarme todo el tronco. Yo había visto a esas otras chicas con hongos en la piel asomando por sus yesos, los pechos aplastados por un corsé imposible que limitaba los movimientos más básicos. Al salir de la consulta le dije con solemnidad a mi madre: "No pienso volver, y que sepas que tampoco me puse el último Benzetazil". No rechistó.

He mentido en terapia para parecer menos frágil, pero nunca he fingido un orgasmo. Si me cobran de menos me sale la luterana que llevo dentro y pago con creces, pero a veces no cojo el teléfono cuando suena porque no me siento capaz de escuchar mi propia voz. Las agujas me dan pánico, pero tras un duro entrenamiento de autosugestión he conseguido ir a los análisis de sangre sin desmayarme en el camino.

Y a veces, aún hoy, cuando la enfermera me llama, siento por un instante el impulso de escapar, de correr a buscar un coche azul marino y rezar para que un dios, el que sea, me vuelva invisible hasta que mi padre venga a buscarme y me lleve de la mano y me calme y me devuelva a casa sin temblores.