sábado, 31 de marzo de 2012

MUJER SIMPLE CON PAISAJE BUSCA...

La naturaleza es eso tan verde que te pone en tu sitio 
Y detrás, el mar. 

Ahora que he sucumbido al arrebato poético de urbanita vulgaris que despierta y saluda a la montaña, toca juntar letras y palabras. Anoche vimos en familia El perro de los Baskerville, aunque debo reconocer que la familia fue cayendo como las piezas de un dominó y presa del sueño mientras el estirado Sherlock Holmes hacía de las suyas. 

Empiezo a pensar que el campo requiere máxima entrega y atención. Diría que la cultura es eso que nos inventamos cuando no tenemos un mar que nos sobrecoja o una mimosa gigante frente a la ventana que -avisados estamos- podría caer por un mal vendaval. 

Sentir o escribir. Esa es la cuestión. Mi amiga A. y yo soñamos con ese momento en el que haremos las maletas y viviremos en una cabaña frente a las olas de alguna costa color azul turquesa. Lo de turquesa es una concesión, porque ella adora ese color, mientras que a mí me sienta como un tiro. El plan es ser dos viejas que escriben dándose quizás la espalda y sin hablar apenas. No contamos con el efecto magnético del aire, el prodigio de la floración de la buganvilla o el ritmo asonante de los ladridos de los perros. 

El campo elimina mucho ruido de los discursos, me temo. Los que amamos las palabras en realidad lo hacemos como un desahogo al calor despiadado del asfalto y los problemas tontos de aceras y semáforos. Rojo, amarillo, verde. Las vidas bifurcadas. Los dilemas eternos: ¿corto cable rojo o cable azul?, ¿le digo sí, quiero, o salgo corriendo?, ¿vino tinto o Coronita con limón?. Cuando vives bifurcada sientes que tus piernas, tus brazos, tu corazón, tiran hacia fuera y en sentido contrario como si dos cuerdas intentaran descoyuntar eso tan precario llamado equilibrio. 


Y entonces encuentras tres días libres en el calendario, y huyes al bosque y vuelves a ser una (¿grande y libre?) Y te preguntas fascinada cómo el ser humano ha conseguido complicarse tanto la existencia y llamarlo progreso. 


progreso. (Del lat. progressus). 1. m. Acción de ir hacia adelante. 2. m. Avance, adelanto, perfeccionamiento.

Así que heme aquí, entregada al progreso de la luz y de los bichos. Simple como un cubo: asa y cubo. No esperéis de mí grandes delirios. Soy lo que el pan y el vino a la buena mesa. Dos básicos. A mucho tirar añadiremos unos tortos bien fritos y la compañía de esos amigos que lo son tanto como el prado que acoge nuestras pisadas.  


Contaré los mugidos de las vacas. Registraré el avance de los caracoles y las mareas. Seré plana y llevadera para abrazar de nuevo la vorágine cuando sea menester y pinten bastos. 


Y a Sherlock, que le den!




 

jueves, 29 de marzo de 2012

BUFFET LIBRE DE SEXO

Tres mujeres comen en un restaurante y hablan de sus cosas. ¿Qué estabas haciendo el día que te pusieron el DIU?

Cuando escucho conversaciones tan íntimas lo dejo todo, incluido el risotto, y estiro la oreja. La primera de ellas hace muecas de dolor y cuenta que no pudo ser. Aquello no entraba y se clavaba como un arpón en algún lugar cercano a las trompas de falopio. Tuvo que volver, y a la segunda tentativa sintió el mismo calambre y se tapó  la boca para no gritar. "Salí doblada y le monté un drama de la muerte a mi pareja por no haber estado allí apoyándome"

-Pero, ¿se lo pediste?
-la verdad es que no...

A las mujeres nos gusta que nos adivinen. Que se adelanten a nuestras necesidades como el hombre Balay del anuncio se apresure con la sombrilla para que el sol no roce la piel inmaculada de la chica. Y tras soltar esta generalidad que espero hiera algunas sensibilidades (si hay que debatir, se debate), me apunto la primera de la lista. A veces todo sería muy fácil con tres o cuatro gestos básicos. Pero ellos no lo saben y nosotras no lo comunicamos.

La segunda mujer fue a ponerse su DIU con su amor de entonces. Lo describe como "cariñoso, entregado, atractivo"... Ella llegó, se tumbó en la camilla y abrió las piernas. "Relájate", le decía la ginecóloga sosteniendo el anticonceptivo en la mano derecha. Aquello -dice- le parecía un hierro oxidado con patas y un absurdo hilo colgando y le aterrorizaba. Le dolió. Mucho. Cuenta que la doctora parecía forcejear con sus entrañas y  no encontraba su sitio. "Me puse a llorar, se me cortó la digestión. Abandonamos la operación y a la salida mi novio me abrazó mucho".  


-¿Alguno de los dos se planteó hacerse la vasectomía? pregunta la tercera.
-No, contestan las dos al unísono.

El cuerpo es nuestro. Nosotras parimos, nosotras decidimos. Hemos crecido con proclamas absolutas como reacción a los desmanes de otros tiempos. Pero ese cuerpo que ya es tan nuestro lo atiborramos de píldoras y objetos con patas para poder ser más libres. Ellos, entretanto, se lo pasan pirata sin condón y hacen chistes sobre lo terrorífico de la vasectomía. Y sí, estoy siento tan vulgar que arderé en el fuego de los escritores amigos del lugar común. Pero ayer tres mujeres relataban un tormento y tres hombres estaban ahí afuera felices de poder tener buffet libre de sexo sin fronteras.

Ahora que me habré enemistado con muchos hombres, bastantes mujeres y la sociedad general de anticoncepción, lo dejo y espero que estén todos en huelga y no arremetan contra una pobre cotilla que guarda su propia anécdota de terror en la recámara y espera que su hombre Balay, si está por allí, la adivine un rato cada tarde, cuando vuelve cansada y con la mochila llena de conversaciones ajenas que ya no puede quitarse de encima. Por mucho que frote y frote.

miércoles, 28 de marzo de 2012

PRUEBA Y ERROR (la virtud del pollo desorientado)

Todas las semanas salgo del mismo despacho, tengo delante un largo y solitario pasillo gris con tubos fluorescentes mortecinos en el techo y dudo de si debo encaminar mis pasos a la derecha o a la izquierda, temerosa de que en cualquier momento aparezca el niño con triciclo de "El Resplandor" o una zombi llena de musgo y recién salida de la bañera.

Debe ser algo del lóbulo temporal o del oído. Nací desorientada y si aprobé el carné de conducir fue porque el examinador me iba diciendo "de frente" con voz firme. Cuando sales a la calle sin coordenadas precisas cada trayecto es una aventura. Como subirte a una noria y al bajar sentir ese mareo familiar acompañado de un encogimiento en el estómago que te advierte con naúseas que ese también ha sido un error.

Prueba y error.

Así vivo entre pasillos que no me llevan a ningún lado, donde tengo un 50% de probabilidades de acertar. Pero también cuando improviso una receta de cocina y procedo de oído hasta que el comidista extiende sus alas y se persona en mi auxilio para reparar el estropicio. ¿Qué tenemos hoy de comer? "Pollo desorientado con castañas".

A veces no querría ser esa maciza de piernas infinitas y prodigiosa cintura de avispa, sino una mujer brújula que encuentra el camino más recto para unir dos puntos. Me cansa salir de casa y sobresaltarme porque no encuentro el coche. "Me lo han robado. Fijo que esta vez me lo han robado". Y el susto es siempre mayor que el alivio al encontrarlo en una calle que juraría nunca pisé.

Empiezo a tener la certeza de que los tiempos revueltos se manifiestan en laberintos endiablados.  Mi vecino de enfrente, un veinteñaero guapo y listo que opositaba, acaba de encontrar trabajo de carnicero en un Mercadona y es feliz porque ya no se va al exilio. Lo miro y encuentro a un desorientado. Exiliarse a cualquier lugar del mundo se me antoja mejor destino que cortar chuletas bajo la atenta vigilancia de una señora porculera que te va indicando el grosor con las manos y te orienta suspicaz y firme como el profesor de la autoescuela al llegar cada rotonda.

Ya que la crisis agudiza el ingenio, allá va mi propuesta para la creación de empleo: "Se ofrece orientador para mujeres mareadas.  Iré a buscarla, amor, cada mañana, la tomaré de la mano y desayunaremos en un bar distinto cada día. Después la llevaré a su trabajo, la besaré apasionadamente en el portal y, un día a la semana, la acompañaré a ese pasillo gris  donde no por mucho madrugar amanece más temprano. Prometo serle fiel en el asfalto y en el vértigo...de Norte a Sur y de Este a Oeste. Nunca más volverá a deambular sola".

A veces uno sólo quiere que le digan hacia dónde tirar y abandonarse. Hasta que pase el temporal y los otolitos salgan de su letargo y hagan su trabajo como solían. De sol a sol.

Seguro que esto también lo Sostiene Pereira...Bye Bye querido Tabucchi. Espero que hayas llegado sin sobresaltos a un bosque de letras con carteles claros y precisos.

martes, 27 de marzo de 2012

PÓKER PARA IDIOTAS

Divido a las personas entre las que hablan de más y las que obtienen información sin dar nada a cambio. Con el tiempo he aprendido a admirar el talento de los segundos, aunque los tema más que a un nublado. Mi hermano C. suele decir "el que calla, gana" y en casa hacemos competiciones de mirarnos fijamente a ver quién rompe el silencio con una carcajada.

Debo decir que soy del grupo A. O sea, de esos que sienten una fuerza superior que los lleva a contarlo todo como si el de enfrente fuera la policía y me hubiera pillado en flagrante delito. Dar too much information tiene de bueno que los otros suelen confiar en ti, seguros de que no se la vas a clavar con un as en la manga. Añadiré que las muchas veces que he intentado aprender a jugar al póker ha sido inútil. Menos mal que mi amiga A (Alicia Luna, los autores deben ser desenmascarados)  está a punto de publicar un hit que todos deberíamos leer: "Póker para escribientes. Nunca mientas a un idiota"(Editorial ALBA). Lo que me hace pensar si seré de las escribientes o de las idiotas. Puede que de ambas...

Mentir bien es otro talento que dominan los que callan (y algunos charlatanes, me temo). El único jugador de póker profesional que conozco vagamente es un tipo oscuro y atractivo que regenta una portería de día y se bate el cobre con las apuestas de noche. Ignoro si miente, aunque algo me dice que debe ser un maestro. Una vez lo invité a mi cumpleaños y se presentó con su figura larga y misteriosa, su chupa y sus patillas. Me miró fijamente y me dijo: "Elige:derecha o izquierda". Elegí, imagino que la siniestra, y el resultado fue que extrajo del bolsillo un disco de Richard Hawley que he escuchado hasta el paroxismo y que es como una escalera de color con quiebros melancólicos perfecta para una tarde de silencio.

Lo que me trae a comunicaros una decisión que va a cambiar mi vida. A partir de hoy soy un documento reservado, clasificado X. Un secreto de sumario y quien quiera saber más deberá preguntar y ofrecerme alguna información a cambio. Estoy cansada de rodearme de seres que reciben sin dar. Es más, me haré con una maquinita expendedora de tickets y el quid pro quo será mi religión.

Y que se preparen, que lo siguiente es ponerme en serio con el póker...

domingo, 25 de marzo de 2012

HUGO Y LA PARADOJA DEL TIEMPO

Con unos buenos ingredientes se puede hacer alta cocina o un buen desaguisado. Esto vale para el amor, para un examen y, desde luego, para el cine.

Ayer fuimos a ver "La invención de Hugo", esa peli de Scorsese que se llevó cinco oscars, entre ellos a los mejores efectos sonoros y a los mejores efectros visuales.

Cuando premian el efectismo hay que empezar a sospechar. Las personas efectistas se quedan en nada una vez que han soltado sus polvos mágicos. Hablan, pegan un golpe de melena y levantan un pequeño vendaval que, cuando pasa, no ha cambiado absolutamente nada tu vida.

Pues con Hugo y su invención me pasó eso ayer. Hay momentos de gloria y fascinación, una música envolvente, alguna secuencia que es pura poesía y al final, cuando termina la película, te queda la sensación de que el gran Scorsese quería contar una cosa, se lió y empezó con otra y al final tuvo que pegar con engrudo ambas para llegar al happy end. Minichuki fue arrugándose en la butaca según pasaban los minutos -muchos- y se hinchó de gominolas a hurtadillas mientras soñaba con ser Hugo y fisgar la vida ajena desde los relojes de una estación tan bella como una catedral. ¿Te ha gustado la peli, chitina? Y ella: Sí. ¿Por qué? Y ella se encoge de hombros y no contesta. La sensación sin discurso. O el impacto del 3-D que a mí me sobró y me tuvo todo el rato acercándome las gafas a la nariz como cuando era miope.

Conste que sigo siéndolo, pero ahora sólo en la intimidad. La miopía es un estado de ánimo y eso el láser aún no ha podido eliminarlo. Los miopes de espíritu vemos la vida sacando mucho el cuello en busca de perspectiva. "Si el mundo es un mecanismo perfecto, cada uno somos una pieza de él y por tanto no sobramos", venía a decir Hugo en un momento dado a su repelente amiguita con boina. Y fue bonito. Si no fuera porque los mecanismos perfectos sólo existen en la relojería y en las fórmulas matemáticas y -esto no se lo dije a Minichuki- al final uno se pasa los días tratando de ser un engranaje imprescindible en el único mecanismo que controla, que es su propio ser.

Lo malo de ver una película fallida es que te asaltan deseos de sacar conclusiones, de reconstruir la maquinaria en tu cabeza. De entender por qué para hablar de la magia del cine hay que irse a Cuenca pasando por Valladolid. Lo malo de estar tan segura de que tu tiempo es finito es que sientes una pequeña decepción cuando lo pierdes o lo empleas con quien no te aportará más que unos pases. Nada por aquí, nada por allá.

Lo que Hugo no sabe es que a partir de una edad, que bien podrían ser los cuarenta, conviene centrarse en los buenos libros, los buenos amantes, los verdaderos amigos y el buen vino. Hay que evitar desgastarse con recetas de cocina enrevesadas que nos dejarán la cocina hecha un asco y el estómago en llamas.

Me gustan las buenas historias y a veces no tengo paciencia -ni talento- para sentarme a desmontar todas sus piezas hasta descubrir la que sobra, la que hace un extraño ruido o la que impide que el resto rule con precisión. El tiempo es lo único cierto porque cuando se escapa, esto no es efectismo, tiene el buen gusto de dejarnos un puñado seleccionado de recuerdos. Y eso Scorsese lo sabe y lo maneja, pero contarlo con maestría es otra cosa.


sábado, 24 de marzo de 2012

AUTOESTIMA PARA MADRES FEAS

Me dispongo a hablar de la autoestima. Eso que se apoya en una delgada línea de precario equilibrio donde normalmente o te pasas o no llegas.

El motivo es que ayer chupé patio del colegio y noté esa desazón familiar que me empuja a huír con la mochila de Minichuki al país de nunca jamás. Lo mejor fue la conversación que tuve con P. Una madre que me cae muy bien porque no idolatra a sus hijos y, aunque se pasa media vida en ese territorio hostil de niños, padres y actividades extraescolares, sigue teniendo cierta visión del mundo exterior.

Me contó que había leído a escondidas una redacción de su hijo  donde la describía: "Mi madre es bajita, tiene el pelo pelicastaño y los ojos a veces marrones y a veces verdes. Es muy fea, pero me quiere muuuuuucho". La madre no daba crédito: "Pero hijo, todos los niños piensan que su madre es la más guapa del mundo". Y el hijo: "Ya, pero no es verdad. Hay madres mucho más guapas que tú". El remate de la historia es que junto a esa redacción había otra donde el niño se describía a sí mismo en estos términos: "Se me dan genial el fútbol y el baloncesto, hago muy bien cono y mates y soy bastante guapo". La madre se plantea a estas horas si no se habrá pasado de la raya con lo de fortalecer la autoestima ajena.

En casa nunca nos dijeron que éramos guapos o listos. Muy al contrario. Recuerdo que a mi hermano J., un niño precioso, mi madre le decía que era "corriente" para que no se lo creyera demasiado. Yo entraba en la categoría de "listilla" y así los cinco crecimos presuntamente a salvo de cualquier pecado de orgullo o vanidad. A mi madre no la veíamos guapa ni fea. Las madres eran madres. Y mirarse al espejo más de dos minutos estaba penalizado, de ahí que las chicas de la casa dediquemos aún apenas unos minutos a arreglarnos, no sea que Satán venga a recogernos con sus huestes para arder en el infierno.

A las chukis, en justa venganza generacional, se les permiten los espejos y los dramas a costa de su imagen. Mi adolescente pasó un mal rato el otro día por culpa de un grano en la cara. Entendí de inmediato que a los quince años eso es una hecatombe que puede hundir tu confianza las siguientes 24 horas. Intercambiamos una docena de whatsapps a cuenta de dónde estaba la crema milagrosa que pondría fin a esa pesadilla. Le dije: "Hija, tú eres guapa con o sin granos, y cuando te miro a los ojos no veo nada más que a una chica preciosa". No creo que le sirviera de consuelo, pero sentí que tenía la misión de levantarle su ego maltrecho y prisionero de funestos vaivenes hormonales.

Para terminar, dos amigas guapérrimas fueron el viernes a un concierto de Tonxu, cantautor melancólico y guapo que enamora a las mujeres con su sensibilidad y una guitarra. L, una de las dos, me había dicho que pensaba ir al camerino y ligarse al bello con todas sus armas de seducción. ¿Cómo te fue?, le dije.

-Pues me pasé todo el concierto mirándolo a él y él a mí, intensamente. Yo estaba emocionada, sentía que me estaba dedicando cada tema. Cuando terminó, él dijo: "Maite, te quiero", a su novia, que estaba justo detrás de nosotras. ¡No te imaginas qué chasco!

Nos partimos las dos de risa ante la situación, pero entonces ella me contó lo mejor: "¡¡¡Las  dos amigas que venían conmigo habían estado convencidas de que él las miraba, lo mismo que yo!!!"

La autoestima permite esos raptos de confianza extrema. Y la clave está en recuperarse del chasco y volver al patio del colegio como una madre ni guapa ni fea. Y soportar el tedio y los balonazos con una sonrisa que siempre es bella.

viernes, 23 de marzo de 2012

EL RINCÓN DE PENSAR

De niña solía estar castigada en el rincón de pensar. Entonces no se llamaba así, era más bien el cuarto oscuro o, directamente, el descansillo de la casa. En el cole las monjas solían sacarme al pasillo "a ver si se te pasan los nervios", y entonces yo aprovechaba para pensar. Eso que los padres modernos hemos convertido en un castigo.

Pensar es un ejercicio demasiado libre como para que te dejen suelto. Si te condenan a enfrentarte a pensamientos te están dando el cielo para huír, pero eso los verdugos no lo saben porque de siempre este trabajo ha sido propio de personas obedientes sin grandes arrebatos de intelectualidad. Las contradicciones de la educación actual se parecen a las perversiones de la de antes. Seguimos queriendo coartar la libertad porque los niños "nerviosos" dan por saco. Pero no conozco un solo niño tranquilo que sea Einstein.

Me gustan los niños agitadores, aunque a veces quiera estrangularlos. Las monjas siempre preferían a esas alumnas que llegaban bien peinadas con sus coletas y horquillas de carey y volvían impolutas a sus casas. Sin manchas. Inodoras, incoloras e insípidas. Conozco bien a alguien así. Es oscura y se lava no por higiene sino para no dejar huella. No se pronuncia y si lo hace carece de contundencia. Entra y sale de puntillas como los indios cherokees y no recuerdo una sola aportación valiosa suya a las discusiones. ¿Cómo la castigarían en su infancia?, me pregunto.

No es que esté en contra del castigo, pero la verdad es que me cuesta ponerlo y mantenerlo. Si le quito a Minichuki la Anintendo (así cree que se llama) y la escondo, tardo tres minutos en perderle la pista. La última vez que apliqué este escarmiento severo nos costó año y medio encontrarla y al final la castigada era yo de la cantidad de reproches que me tocó escuchar. "Tú como urraca no tienes precio, chati..."

Creo que en el fondo siento que he vivido castigos por mí y por todos mis compañeros, por eso las chukis me tienen ganada. Recuerdo que mi hermano A. y yo nos pasamos una tediosa tarde de domingo castigados tras una dura pelea mientras el resto de la familia se iba a ver "Siete novias para siete hermanos". Bien mirado, no me perdí gran cosa porque aquella era una película ñoña sobre el amor cortés con banda sonora petarda y pelín incestuosa. Mi hermano y yo nos adoramos, eso sí, y recordamos ese día a la hora del café, tirados en los sofás, y nuestros hijos se parten de risa con los castigos de antaño.

Las monjas no sabían que alentar rebeldes de pasillo es alimentar monstruos. Que el pensamiento no se puede meter en una caja de cerillas porque explota y salta todas las barreras estratosféricas. Creo que se equivocaron y debieron castigar a esas niñas buenas e insípidas a rellenar una cartilla de razonamiento. Un cupón y un pensamiento propio, señoritas. Pero esto lo dice una tiñosa que se pasó la infancia recluida en sitios inventando historias para no sufrir. Y ha terminado ganándose así la vida.

De manera que aprovecho este micrófono para agradecer a mis verdugos su afán por ponerme coletas. Que sepáis que hace años me corté el pelo como un chico y no necesito secador ni horquillas de carey para pensar. Y que algunas tardes de domingo me encierro en casa voluntariamente, pongo música, saco el ordenador y aporreo las teclas. Y  me siento más libre y feliz que nunca.

Las torturas a veces se convierten en placeres. Que se lo digan a los sadomasoquistas.








jueves, 22 de marzo de 2012

EL MONO DE KILL BILL

Observo con asombro que las películas para adolescentes enseñan maneras artificiales de ser urdidas en las mentes de los guionistas, coolhunters que van por el mundo con las antenas desplegadas para detectar el aire futuro de los tiempos como esos intelectuales del color se aventuran a elegir para sus sesudos comités que esta será la primavera del verde chicle. Ante eso, los diseñadores dicen amén y añaden que además iremos troquelados por la vida. Y tras agitarse la mezcla con algunos componentes secretos el resultado se llama tendencia.

Me gusta la moda y no pienso justificarme por ello. Entiendo que en su interior da cabida a toneladas de esnobismo y a dictadorcillos de eso intangible llamado estilo. Que en su nombre se venden zapatos a dos mil euros que hieren la sensibilidad de muchos, aún más en tiempos de crisis. Que sus propuestas para cuerpos irreales pueden irritar a la mayoría y acomplejar al resto. Pero todo eso no descalifica el arte que yace detrás de la fachada. Me parecen arte los bañadores con pedrería de Prada y de Dolce&Gabbana, los vestiditos marinos de Stella MacCartney, los baby doll con capita de Vuitton by Marc Jacobs y la colección íntegra de esos genios de Valentino llamados Maria Grazia Chiuri y Pier Paolo Piccioli (en la intimidad hablo de ellos como "Los Chimichurri" porque soy incapaz de recordar sus nombres)

Como temo al mamarrachismo más que a un nublao, el otro día visité a mi sastre. El de la chupa de cuero. Y remito al post para quienes no estén en antecedentes (http://notengoregreso.blogspot.com.es/2011/02/chupa-y-magrea.html). El hombre, de unos cincuenta, canoso, enjuto y con aspecto de haberse metido en vena toda  la Movida y haber salido victorioso, tiene una mirada penetrante y un verbo subordinado y sentencioso donde a una anécdota sigue la otra. Regenta una tiendecita taller cutre en el último barrio de modernos de Madrid. Sin concesiones al design, sin sillas Panton ni mesitas de Sarineen por las esquinas. Con una iluminación atroz y un espejito estrecho donde te pruebas las chupas que él corta y cose artesanalmente. El antiglamour mismo.

Yo llevaba puesta la chupa que me hice el año pasado, así que me pareció una buena idea entrar a saludarlo. El tipo me miró de arriba abajo, y sus rayos X se deleitaron en su obra, que reconoció al instante.

-Las chupas mejoran con el tiempo. Está preciosa... Verás, ahora estoy haciendo un catálogo y lo mismo podrías posar para una foto. Yo fui fotógrafo antes que sastre, ya sabes... Y las mujeres reales están entre tú (mirando a mi querida A., que me acompañaba) y tú (a mí, un poco recrecida por efecto de los tacones). No son esas escobas de dos metros que no me sirven como modelos.

Ser catalogada por un profesional de "mujer real" le quita mucho dramatismo a tus complejos. Ya no serás Giselle, ni niquiera Kate Moss en horas bajas, porque ojo de águila acaba de colocarte una etiqueta tan precisa como sus puntadas. Eres una mujer real y le recuerdas el varapalo que te pegó cuando, tras tomarte medidas en partes inusitadas de tu cuerpo, decidió que tenías tres tallas diferentes, y una de ellas era de mujer cañón.

-¿Que yo te dije eso....no? A ver... (invitándome a girar sobre mis botas) ¡Joder, menuda espalda! Pero está muy bien mujer, y ese culo... Te quejarás!

Los piropos del sastre son tan sinceros y tan poco libidinosos que te descolocan y te da la risa. Lo miro y veo a un artista que no sabe qué es eso del comité del color ni que esta temporada se lleva la piel con troqueles. Ni falta que le hace. Él investiga los cuerpos y hace cazadoras que se ajustan perfectas a las asimetrías, las cinturas anchas, los hombros estrechos. Y eso también es arte, aunque no sea tendencia. 

Justo antes de salir, mi amigo nos regala lo que está a punto de crear. Una revelación de cuero. "Quiero hacer un mono como el de Kill Bill, pero distinto..." murmura, y nos da una última repasadita por el cuerpo justo antes de salir a su pasarela privada. Una callecita estrecha donde te puedes comer unos buenos callos en la taberna de al lado, ya que no eres una top model ni falta que te hace.

martes, 20 de marzo de 2012

SI TE QUIERE, TE BUSCA. ABSTENERSE MASOQUISTAS

Últimamente investigo a esas personas que sólo te tratan bien o te hacen caso cuando las maltratas. Tú te acercas con normalidad y te regalan desdén, indiferencia y distancia con unas gotas de altivez.  Pero si tuerces el gesto, ensayas el mohín displicente y te das la vuelta los tienes bebiendo de tu mano. Son enfermos, me temo, y entrar en su juego es contaminarse.

Los mecanismos humanos de defensa son complejos. Es fácil caer en las redes de quien busca que lo hieras para excitarse, pero a eso se lo llama masoquismo por más que no se usen capuchones negros de cuero ni latigos de siete colas. La infancia, ese falso territorio de felicidad, contiene un mapa del dolor donde se fraguan muchas conductas anómalas. Y como veo que me estoy metiendo en camisas lacanianas de once varas lo dejo ahí, que el colegio de psicólogos podría cuestionarme y hundir mi sólida reputación de cuentacuentos pret a porter.

Todo esto venía a que ayer mi querida A. colgó en su muro un cartel que decía: "El que te quiere, te busca. Así de simple", lo que desató una tertulia muy sesuda en casa. "Mamá, ¿si te viene a buscar con la Vespa te quiere menos que si lo hace con el coche?" "¿y si es en un cohete espacial es que te quiere muchísimo?". Sí hija, en ese caso es que te idolatra. Fijo. 

El amor busca pruebas, exige pruebas desde que tienes quince años, incluso antes. Esos novios que esperaban tu desdén para activarse debieron quedarse ahí. De adultos son amantes descatalogados, coquetos seductores que se diluyen como alkaseltzer en agua. Cuando doy a las chukis semejantes lecciones abren la boca y respiran hondo. Una madre divorciada, imagino, no es un gran ejemplo de educación sentimental a priori. Salvo cuando llega al capítulo de "buenas razones para romper" que, en realidad, debería ser el arranque de cualquier libro del buen amor. "Si no te busca, si no lo buscas, es que no lo/te quiere/s".

Lo peor de todo es que cuando te buscan y te quieren no cae el cartelito de The End y suenan los violines. O no siempre. Viene a ser como aprobar la Selectividad, pero entonces empieza la carrera y en esa no hay Vespas no cohetes que valgan, sino mucha paciencia, mucho perdón, mucha mano izquierda... y ahí las chukis no pueden esperar grandes lecciones, me temo. Ayer alguien muy querido hablaba de su mujer, de las dificultades, y añadía: "es la persona más fiel que conozco". No se refería al sexo, sino a su forma de estar en el mundo. Me pareció conmovedor.

Si te quiere dirá de ti cosas parecidas. Eso he aprendido. 

lunes, 19 de marzo de 2012

ENTRE HOMELAND Y CARVER

Uno no puede chutarse doce capítulos de "Homeland", esa serie de intriga que te retuerce las tripas, y luego un par de relatos de Carver sin terminar en shock. Las buenas historias nunca nos dejan indiferentes, pero esta vez se me ha ido la mano.

Tenía que haber pensado en Kubrick antes de ponerme los palillos entre los párpados para recibir tantos impactos sucesivos y luego meterme en la cama sin ansiolíticos, meditación yogui ni litio en cápsulas que valgan.

Me descubro ante el talento de los guionistas americanos, de los realizadores y productores. No podría excitarme tanto con ninguna serie española, lo siento. Las pocas que he visto me parecen bobas en sus tramas, explíticas en exceso y casi siempre sobreactuadas. Y sí, podría ponerme a sacar a relucir algunas trampas de esta norteamericanada brillante que hasta yo detecté en mi visionado lisérgico. Pero la realidad es que no me da la gana. Hoy Homeland es perfecta como Carver es perfecto. Y no me resisto a copiar un párrafo de "Tanta agua, tan cerca de casa" (http://translate.google.es/translate?hl=es&langpair=en|es&u=http://www.nyx.net/~kbanker/chautauqua/carver.htm. Un matrimonio, una mujer muerta y una excursión de machirulos al río son los ingredientes, siempre puros, de este relato:

Cierro los ojos y me apoyo en la pila. Luego barro el escurridero con el brazo y mando todos los platos al suelo.
Él no se mueve. Sé que lo ha oído. Levanta la cabeza como si siguiera escuchando. Pero, aparte de eso, no se mueve. No se vuelve. (Carver, del libro "De qué hablamos cuando hablamos de amor")

En Homeland muchas secuencias de pareja transcurren en la cocina. Entre sartenes con pancakes, cajas de cereales y asados humeantes en el horno. Diríase que el amor made in América es siempre comestible y aquí los freudianos harían chistes fáciles sobre la fase oral. Este amor, digo, entra por la boca y muchas veces se indigesta. Hay tensión cuando ella, la sufrida esposa del marine que regresa a casa tras ocho años dado por muerto, prepara el desayuno para los niños. Una adolescente rebelde que coquetea ya con las drogas y un pequeño que necesita un modelo de padre para hacerse hombre. O eso te cuentan.

La cocina es ese lugar donde El cartero que siempre llama dos veces hace suya a la erotiquísima Jessica Lange. El campo de tiro donde se desarrollan muchos diálogos endiablados y delirantes en las películas de Woody Allen y donde mi idolatrado Don Drapper, de Mad Men, se enjareta un whisky según entra por la puerta de casa para olvidar que bajo esa facha impoluta de hombre Armani versión años 50 yace un miserable de cinco estrellas.

Las mejores fiestas, ya se sabe, acaban en la cocina. De ahí que cuando me cambié a esta casa tirase dos o tres tabiques para convertirla en un salón. "Para lo que tú cocinas, hija..." decía mi madre, ajena a mis aviesas intenciones. La protagonista de Homeland es bipolar y tiene la nevera llena de aire y yogures caducados. Basta una mirada a ese frigorífico para poder reconstruir la personalidad de Carrie como basta una ojeada a la mía para saber mi estado de ánimo.  Cuando quiero ser una buena madre la lleno de verduras y fruta de colores, queso y yogures, embutido y bricks de leche vitaminada. Cuando espero al cartero nunca faltan Coronitas y agua con gas Vichy Catalán.

Carver bordaría un relato basado en la nevera de cada uno de nosotros. Sería una de esas historias que de fáciles parecen simples pero de repente hay un twist y te dejan tiritando enmedio de la cuneta. Tanta agua, tan cerca de casa.

Homeland ayer me ahogó, literalmente. Aún espero al Samur y a ese equipo de reanimación al que recibiré en la cocina, entre harinas y mi célebre paella para cuatro. Como dios manda.

domingo, 18 de marzo de 2012

DESEAR A UNA MUJER QUE PASEA DOS NIÑAS POR EL PARQUE

Mi amiga B. tiene 40 años y dos bebés en camino que ha decidido tener sin padre. No por gusto, sino porque el hombre de su vida, esa entelequia, no pasaba por allí pero los años sí pasaban. Así que tomó una decisión, fue a una clínica, inició un tratamiento y le implantaron dos embriones que, milagrosamente, prendieron a la primera. Mi amiga B. es muchas cosas, pero sobre todo una mujer con exceso de cariño que reparte en cuanto llega y te abraza. Y anoche llegó feliz con su embarazo y nos habló de sus miedos, de sus dudas, de cómo piensa sobrevivir al caos inicial...Y A. y yo la sometimos, me temo, a un interrogatorio estilo la Gestapo.

-¿Cómo reaccionan los hombres a tu alrededor cuando se enteran de que has ido a un banco de semen?
-Desconcertados. Un poco, sí. Algunos dicen: "No sabía que tenías novio"...

Una mujer que decide ser madre sin un padre suele ser un elemento sospechoso. O poderoso. Mi amiga, debo añadir, es consciente de que su mejor opción hubiera sido con un padre, no con un médico, un bombardeo de hormonas inyectables y una pipeta. Pero "la vida siempre se abre paso", como le dijo A. parafraseando un peli de Spilberg -Parque jurásico- que para eso ella es guionista y siempre tiene sentencias ad hoc. A lo que B., un rato después, contestó con otra frase que al parecer es de cabecera en su familia: "El cuerpo es desobediente". No en su caso.

Tres mujeres sentadas en un bar muy cool donde los camareros se creen Donatella Versace pre quirófano hablan de contracciones, vacunación y deseo. ¿Mirará un hombre a una mujer que pasea dos bebés en una tarde de otoño? 

-Lo importante es evitar el parque, le digo. Es lo peor. Hay madres, y si no, hay padres. A montones.
-Cierto, me secunda A., deberías pagar a alguien para que llevara a las niñas al parque, porque aunque quieras estar sola siempre irán a hablar contigo, con la excusa de que su hijo ha cogido la pala y el cubo de las tuyas...
-Así es, remato con cara de listilla que lo ha vivido todo en materia de parques y jardines. Y entonces desenfundarán todos los trend topics de la paternidad petarda: jarabes, gases, cólicos, babas y deposiciones. No imaginas cuán excatológico es el mundo del bebé cuando se le ponen palabras. Creo que por eso los niños no hablan...

Cuando elaboro teorías tan revolucionarias me siento como dios. Mi querida B. balbucea que a ella no le importará ir al parque, pero que le contemos enseguida todos los tratamientos incluida la extirpació de órganos para recuperar su figura de inmediato.

Dos hombres que conozco también van a ser padres. Se quieren, llevan juntos muchos años y hace varios empezaron los papeles de la adopción. En realidad sólo uno de ellos porque es bien sabido que las parejas gay aún no tienen los mismos derechos porque un niño necesita un padre y una madre (sí, tener un tandem de dos sexos garantiza la felicidad perpetua, como es bien sabido). Mis amigos han pasado mil Rubicones, certificados de idoneidad. Han recibido -uno de ellos- a la asistente social fingiendo que vive solo.
Se han lamentado, han tenido miedo, incertidumbres y ahora saben que les queda poco para ir a buscar a ese niño o niña. Ellos prefieren niña. No quieren desatar comentarios maliciosos de "pareja gay con efebo". Hay que fastidiarse. Saben que para ellos será más difícil que para otros. Ya se han repartido los papeles: "él será el del parque y la socialización, yo el de las lentejas".

A veces ser padre o madre  es una carrera de obstáculos. Contra la naturaleza, contra las costumbres sociales, contra los prejucios, contra los juicios. Y esos hijos son los más deseados del universo. Y ser un hijo muy deseado es una buena plataforma para andar por el parque jurásico de la vida.


P.D. Dos mujeres a las que quiero intentan quedarse embarazadas hace tiempo y lloran a veces porque sienten que el tiempo se les termina. El cuerpo siempre es desobediente.


sábado, 17 de marzo de 2012

LOEWE Y LOS MODERNÍCOLAS

Me he estado mordiendo los labios para no opinar por impulso acerca de la famosa campaña de Loewe perpetrada por Luis Venegas. Un tipo bajito e ingenioso con el que una vez trabajé y con el que me reía mucho cuando imitaba a Leticia Sabater: "A mediodía, alegría", decía haciendo el juego de manos con el que esa mujer histriónica y peliteñida excitaba a los pequeños y mayormente a sus padres.

Como soy de pronto intelectual fácil, suelo abrir la boca con cierta ligereza y a veces el efecto detonador me confunde. De manera que he dejado pasar unos días con prudencia vietnamita, y el oráculo de mis neuronas ya no puede más.

Yo andaba en mis elucubraciones keynesianas cuando mi querida R. entró al despacho y me dijo: "Mira esto, jefa, que lo vas a flipar". Mi R. es así, lista y viva como ella sola, y cuando te pide que mires algo debes dejar todo y centrarte en la cosa porque fijo que hay una revelación. Así que contemplé el espot y mis tripas, que son rápidas e  intuitivas, decidieron que el anuncio era brillante, eficaz, revolcón, de consumo fácil y que probablemente quien lo creó no pretendía provocar ese efecto. Pero la penicilina también fue fruto del azar, no lo olvidemos.

Veamos. No hay nadie tan pijo como un moderno de libro. El moderno encierra un esnob delirante en el armario y lo saca a pasear por Triball o Malasaña con unas buenas gafapastas y un polo que no suele bajar de los cien euros. Eso sí, el moderno se arrastra por las aceras con cadencia de progre desganado (y permítaseme el término de viejuna que por desgracia se vestía sola cuando Felipe González llegó al poder en 1982). Pero no nos engañemos, al modernícola de hoy nada le pone más cachondo que leer las lecturas que epatarán al grupo y escuchar conciertos lánguidos donde nadie baila porque eso es de palurdos y sí mueven la cabeza con ligeras ondas que no estropean sus looks mientras siguen las letras en inglés o en  francés que, por supuesto, conocen.

El moderno, claro que sí, sueña con un bolso de Loewe pero aún no lo sabe.  Y, desde luego, no lo confesará jamás al grupo porque teme al ostracismo más que un gremmlin malo al agua. Si el moderno va de uniforme, se ha pasado a la barba y en caso de duda elige el negro, es porque tiene un miedo atroz a quedar fuera de ese microsistema bobalicón donde conocer siete marcas de ginebra rara o merendar con sus novias en bares vintage es un valor añadido. Pero si pudiera vaya que si compraría un Amazon flúor by Stuart Vevers (moderno de verdad, doy fe) y pegaría saltos desde la ventana del Ritz explicando cómo es el beso perfecto y otras teorías profundas (mamarrachadas) que encuentro legítimas para un spot donde el elemento irracional decide a menudo el éxito.

¿Que los protagonistas del anuncio son progres caviar, hijos de gente de izquierdas que se ha pasado la vida haciendo campaña contra todo lo que oliera a conservadurismo (a excepción de sus pagadores, de quienes los han subvencionado, desde luego)? Sí, entiendo las reacciones...Y sin embargo creo que esos pijos vestidos de modernos soliviantan a los modernos porque son el reflejo de su yo íntimo o de sus aspiraciones secretas. Un psicoanalista barato llegaría a esta conclusión mucho antes que una rubia con mechas, desde luego. Nada nos irrita más que aquello que ocultamos de nosotros mismos y vemos en el de enfrente.

Así que doy mi enhorabuena a Venegas, a Loewe y a todos esos niñatos que han vendido sus almas de cachorrillo progresista al diablo porque en realidad siempre han formado parte del microsistema que anuncian y que seguramente vomitan cuando en casa escuchan temas como "España camisa blanca de mi esperanza". El colmo de la modernidad es salir del armario y abrazar eso que en el fondo se ama. En este caso, el lujo.

Y, como diría la Sabater: "A mediodía, alegría".

jueves, 15 de marzo de 2012

GENERACIÓN MAZINGER-Z

De niñas compartíamos la ropa de las muñecas, masticábamos el mismo chicle por turnos y coleccionábamos cromos de Mazinger Z. De mayor con mis amigas más íntimas he simultaneado brujas, adivinas de andar por casa y divanes donde Freud bostezaba con pereza porque a veces los relatos eran sospechosamente parecidos o en ellos se repetían personajes, cosa harto improbable con la excepción de Napoléon (mito de megalómanos y locos de atar de tebeo). El colmo del azar era que a tu amiga le dieran hora justo antes que a ti, de manera que os cruzarais en el vestíbulo de los chiflados o de los inquietos por el autononocimiento (tanto da)  fingiendo no conoceros pero guiñándoos un ojo de refilón.

Visto con perspectiva, lo único que no nos hemos pasado de unas a otras han sido los novios. En eso fuimos pulcras hasta la extrema unción.  Cierto es que nunca tuvimos el mismo gusto para los hombres. M., felizmente casada, suele rematar los relatos de su vida conyugal con un "desde luego vosotras no aguantarías a Mijosemanuel ni él a vosotras...". Y todas asentimos. Porque no es lo mismo amar a Mazinger-Z y temer las veleidades del siniestro barón Ashler -un tipo mitad hombre, mitad mujer que intercambiaba voces, el colmo de la modernidad en los setenta- que desplegar paciencia y mimos después de dieciocho años de convivencia donde la rutina  apenas permite meterse en una nave imaginaria y accionar los ojos de un robot para convertir en excitante un paseo gris por la ciudad.

Con  M. recuerdo haber compartido el cancán del vestido de novia. Total, las dos nos casamos el mismo año pero con tres meses de diferencia. Y ambas hoy nos reímos de nuestros looks (cuando miro el mío, que cuelga aún de un armario de mi abuela, me pregunto quién era yo y por qué me quería tan poco. Esas margaritas en relieve, esos metros de tela blanca y con cierto brillo más propia de una Paris Hilton poligonera que de una jovencita de barrio de ultraderecha donde las viejas compiten con los visones y llevan treinta años yendo a la misma peluquería).

Cuando eres pequeño tus amigos son compinches en la acción. A ti te toca ser Mazinger-Z y a la otra Afrodita-A. Y luego hay un tercero que se pide ser el Doctor Infierno. De mayor se acaban los mitos de los dibujos animados como cemento social pero quedas después de tu cita anual con la bruja para comentarlo con tu amiga, que también acaba de ir. Y las dos, pisándoos la palabra, compartís el destino en el que no creéis como si os lo creyerais. Porque estáis convencidas de que las predicciones pasarán, pero no esos ratos donde lo único que os falta es turnaros el chicle o gritar a dúo "¡¡¡Puños fueraaaa!!!. Como entonces.


miércoles, 14 de marzo de 2012

PSICOANÁLISIS AL VOLANTE

A veces la vida se hace bola.

En estos tiempos ciclotímicos empieza a ser un alivio tener un día que ni fu ni fa. Entre los últimos sucedidos de la mía están haber llegado al coche y comprobado que me han roto a pedradas la ventanilla y la guantera está abierta y se han llevado algún disco querido y el GPS. Moraleja: no está de dios que yo me oriente. Añadiré que mi coche no es ostentoso -"es de comercial de éxito" me dijo J. burlón el primer día-, y con esa coletilla se ha quedado. Duerme en la calle, como los perros pulgosos, y suele estar lleno de mugre gracias a esos árboles absurdos que lloran chicle y apenas dan sombra.

El coche nunca ha sido la prolongación de mi personalidad. O eso creo. Si repaso la lista de los que he tenido sacaría inquietantes conclusiones. El primero, de mi entonces marido, era rojo, deportivo y anda perdido en manos de un ladrón macarrilla que decía "como digo yo" y "ya te digo", que fingió comprármelo y que me timó como la tonta confiada que soy. Yo pago aún los impuestos, las multas y rezo para que no lo usen para hacer un butrón y me enchironen.

El segundo lo di en el acuerdo de divorcio. Era grande, luminoso y veloz.  Institucional, como el santo matrimonio. Para cuando al fin le tomé la medida en el aparcamiento tuvimos que despedirnos. Después le compré el suyo a mi  hermano pequeño y lo heredé con los ecos de los llantos de sus bebés, las palomitas de maíz y su alegría. Era, con diferencia, el coche más cutre de todos y con el que he sido más feliz. El pobre se quejaba en las cuestas arriba, pero su carencia de sex appeal disuadió a cualquier chorizo de robar. Quizás por su condición de vehículo de quinquis satisfechos de la vida. Peace&love. Ahora lo tiene otra familia con bebé y ha heredado nuestra mugre, nuestras canciones y alguna que otra gominola hiperazucarada.

Compruebo que me irrita sobremanera tener que preocuparme por un coche. La comercial de éxito que no soy aún se sienta con precauciones de extraña y no se relaja hasta que pone la música a tope. Debo añadir que este coche también se lo compré a mi hermano, esta vez el mediano, que andaba preocupado por mi seguridad y la de las chukis. El pobre, que es adorable, invirtió un buen rato en explicarme todas las posibilidades ocultas en el salpicadero, pero yo sólo retuve dónde había que darle para sacar el portavasos y cómo escuchar los discos aleatoriamente. Sé que por algún sitio hay un limitador de velocidad que templaría mi ímpetu cuando voy sola en la autopista y siento esa excitante sensación de anuncio de BMW -¿te gusta conducir?-.

A veces la vida se hace bola. Y tienes que salir corriendo a recoger los cristales de un violento, desorientada porque en tu vida no hay GPS que valgan. Y de ahí a que te quiten las contracturas fruto de las prisas anteriores. Y después a casa no sin antes pasar por la frutería para que el defensor del menor no se persone acusándote de no dar vitaminas a las chukis. Y entonces, cuando todo pasa, te desplomas en el sofá y fantaseas con que ya no tienes coche pero sí un hombre -puede ser una mujer- que te conduce sonriente mientras te pone la música perfecta y te sirve un gin tonic en el portavasos que tú misma has sacado apretando al botón.

Y entonces te preguntas por qué nunca quieres estrenar un coche...

martes, 13 de marzo de 2012

DOS HOMBRES BAILAN TANGO

Por la voz, debía tener unos cincuenta años. Se quejaba de que no puede bailar tangos con su pareja porque está mal visto que dos hombres bailen agarrados. "Nosotros es que lo bordamos, Magdalena. Salimos a la pista y nos hacen hueco en Benidorm, en un local de ambiente..."

Anoche el insomnio vino a visitarme en forma de Minichuki con pesadillas, y seguí el protocolo para estos casos: ponerme radio cuelgue. O sea, "Hablar por hablar", de la cadena SER. Ese lugar donde se dan cita los seres que no duermen por su trabajo o por las miserias de sus vidas. Eran las tres de la mañana y la locutora, esa mujer de voz cálida que no juzga, sólo acuna las penas con su voz, animaba al desdichado bailarín a desgranar su relato mientras le leía los comentarios que le iban llegando por mail de la audiencia. "Es cierto, dos mujeres que bailan juntas o entran al baño juntas no son sospechosas de nada, mientras que a dos hombres se los mira raro", decía uno. "Las mujeres llevan bailando juntas desde que se inventaron las verbenas", sentenciaba otro...y así.

Al final Fred Astaire, llamémoslo así, se fue animando y confesó que él había soltado "lo suyo" a los catorce años y que tenía suerte de haber vivido su sexualidad muy libre. Tenía una pareja estable y amotrosa desde hacía años y los tangos eran sus pasión. Magdalena la comprensiva le puso "Por una cabeza", de Gardel, y fue emocionante. Creo que si hay un tango hondo y universal es ése. Y los insomnes reunidos dimos gracias al cielo por esos ratos extra de vida donde los durmientes piensan que son felices mientras se pierden historias y latidos desgarrados como un tango. Como la vida.

Anoche un hombre sufría porque quería bailar, como Billy Elliot. A veces sentirse aceptados en el mundo no tiene que ver con el cuerpo sino con las costumbres más cotidianas. Nada me parece más sensual que ese momento en que un hombre se acerca para sacar a bailar a una mujer. No es machismo, es el imaginrio en el que crecí, aunque las chicas de mi generación ya aprendimos que podíamos sacarlos a ellos. El problema era cuando te decían que no y te quedabas chafada y sin pareja. "¿Bailas?" No. "¿Y eso?" Eso es mi amiga y tampoco baila.

Creo que hay pocas cosas tan liberadoras como la danza. Superada la adolescencia tímida donde sólo salías a la pista rodeada de amigas, descubrí que bailando me proyectaba a un territorio muy libre donde se me iban las contracturas del alma. Bailar era volar, lo sigue siendo y en mi casa somos todos muy de echarnos a la pista así nos pongan un ritmo merenguero, una música pop o un rock endiablado.

Pero el tango es otra cosa. Merece un respeto. El conocimiento de un ritual tan exquisito al que sólo unos pocos pueden acercarse, componer la figura de arranque, enganchar sus cinturas y dar el paso maestro. Y entonces el tiempo se detiene, suena Gardel y hay dos hombres de unos ciencuenta mirándose a los ojos mientras la muchedumbre, asombrada, les hace un hueco y es domingo.

lunes, 12 de marzo de 2012

MATEMÁTICAS DE LA RUPTURA

A veces la vida es una falsa propiedad transitiva. A quiere a B y B quiere a C, pero A ni siquiera conoce a C.

Mi amiga M. ha roto con su novio aunque aún lo quiere. Ayer nos informó por mail en dos frases escuetas que irradiaban dolor. En el imaginario romántico de mi adolescente y de esas películas casposas con títulos tan elaborados y literarios como "Tengo ganas de ti" (sí, no se ha estrenado aún, pero me permito ser prejuiciosa y tiñosa por adelantado), las parejas nacen, se revuelcan, se pelean, rompen y vuelven para que triunfe esa clase de amor con algodón rosa dulce y pegajoso. En real life  dos que se quieren pueden terminar por caminos separados porque se dan cuenta de que han estado subidos a atracciones distintas desde el principio. Y el uno quería marearse y la otra divertirse, un suponer. O viceversa.

A los cuarenta y algunos el amor tiene a veces un contenido clamorosamente práctico. Uno sabe que es posible que haya vivido el cincuenta por ciento de su existencia y la sensación de finitud, de que un día las bombillas de la fiesta se apagarán, se hace presente. Y entonces revisa sus cajones, revisa a sus amigos y revisa su corazón. Y tira las piezas que ya no sirven aunque indulte -es mi caso, ahora sí- algunas llaves viejas y enigmáticas de una casa que fue o del coche con el que aprendió a tragarse las rotondas.

Y en esa revisión, en el frenesí de elegir y tirar, a veces hay un hombre, o una mujer. Y mi amiga, que no tiene ni ha tenido nunca problema en confesar que sin pareja no se halla, esta vez se ha lanzado al abismo y está tan triste que nos ha despachado en un tuit. No más de 140 caracteres que encierran toda la determinación del mundo. Y toda la pena.

La vida, me temo,  es sobre todo una propiedad reflexiva. Uno siempre es uno, aunque a ratos se empeñe en adaptarse a otro que no es el adecuado. Las matemáticas del sentimiento no las domina ni Stephen Hawking, quien por cierto se las ha ingeniado para enamorar a su enfermera y ser simétricos. Si A quiere a B, B debe querer a A con la misma profundidad, la misma libertad, el mismo afán y parecidos objetivos. Esas son las cuentas que se hace una teórica de la materia que siempre duda en la tabla de multiplicar del 9 y nunca aprendió a hacer derivadas. Mi amiga, que también es de letras, no tiene ánimo ni para sacar la calculadora del cajón. Hoy querría, lo sé, que alguien le sugiriera un plan en Finlandia o más allá, y empezar una nueva vida.

Las leyes del dolor no las estudia la física. Pues debería. Porque ahí fuera hay alguien que se pregunta si ha hecho bien dejando su cuerpo en estado gravitatorio; en esa caída libre y ese vértigo que da rechazar algo seguro -inadecuado, pero seguro- para ir a parar a una órbita desconocida donde uno se las ve con uno mismo. Y volver a poner el contador a cero. Y, pasado un tiempo, como los tripulantes de la Nostromo, salir de la cápsula con energía para vérselas con un Alien, o para liarse con el séptimo pasajero. Como una Ripley casquivana y transitiva. Gloriosamente transitiva.

P.D. A veces A. quiere a B. pero no se atreve. Pasados los cuarenta las matemáticas, ya se sabe, no son exactas y se renuncia a sumar no sea que al final nos reste. Una pena.