sábado, 3 de marzo de 2012

DE FADOS Y ROJOS


Oye, se te ve el sujetador. Rojo. Tápate.
Una amiga de toda la vida es ese ser que vela por ti en la situaciones mas comprometidas. Por ejemplo, cuando asoma un tramo de encaje por una camisa de seda negra que compraste en un arrebato de "porqueyolovalguismo" radical.
Lisboa bien merece un rapto de exhibicionismmo. Casi sin hacer ruido se ha convertido en una ciudad moderna donde a ratos uno se cruza con señoras con pañuelos en la cabeza. El otro día me preguntaba mi nueva amiga portuguesa cómo mirábamos los españoles a los portugueses. Le respondí: hace unos años con esa superioridad tiñosa de país pobre que mira al de al lado, más pobre, para salir airoso del complejo tardofranquista. Entonces veníamos con nuestras pesetas a competir con el escudo, y tras la batalla volvíamos diciendo que el bacalao era excepcional y las mujeres tenían bigote.

Los tópicos delatan al que los perpetúa. Encuentro una Lisboa enérgica y brilante llena de chicas modernas y chicos gafapasteros. El barrio Alto es Triball con horizonte y edificios más bonitos. Las tiendas de diseño no ocultan algún guiño a la tradición, revisitada con los códigos globales. Me gusta caminar mirando al suelo, a esos adoquines gruesos que amenazan el equilibrio con tacones. Y levantar la vista y encontrarme con el castillo de San Jorge, desmayado hacia Alfama, y soñar con que esta noche escucharé fados de los buenos y brindaré con mis amigas por la amistad a través de los mapas, del tiempo, de amantes, maridos, divorcios, éxitos y batacazos profesionales. Nos conocemos tanto y tan profundo que ya no importan la acidez de los comentarios ni esas fotos que te toman a traición dormitando en un vuelo y con cara de Tutankamon en avanzado estado de descomposición.

Hay ciudades que te expulsan y ciudades que te acogen. Lisboa te saca a bailar. Me parece que es un lugar para enamorarse y luego echarse un rato al río, o a una terraza rodeada de modernos que hablan cantando y se ríen de la arrogancia de unos pringados que siempre se vieron en términos estratégicos: por debajo de ingleses y franceses, por encima de griegos y portugueses.

Lisboa está por encima de todas las categorías. Como mis amigas del alma, a las que siempre vuelvo.