viernes, 18 de mayo de 2012

NUNCA MIENTAS A UN IDIOTA

Mi amiga Alicia Luna presentó ayer su libro "Nunca Mientas a un idiota. Póker para guionistas y otros escribientes" (Editorial Alba) y lo hizo a su manera. Invocó a amigos poco complacientes para que hicieran una glosa de su obra -Diego Galán, ex director del Festival de Cine de San Sebastián, donde ella y yo hemos sido tan felices, y Yolanda García Serrano, guionista de películas y series divertidas, como "Todos los hombres son iguales"-.

Por allí andaban el tahúr que inspiró el método, el amigo que la convenció de que debía registrarlo para disuadir a posibles ladrones de ideas. Su hijo, Nicolás, amoroso y siempre cerca de una columna; su ex marido, sus alumnos y los que además de quererla valoramos su talento.

Alicia Luna
Yo me llevé a mi adolescente y a un amigo suyo, y nos sentamos en primera fila. Ambos pegaron un respingo cuando entre el público se levantó un hombre de voz profunda y arenosa, que empezó a desgranar una historia. La historia del poeta local que recibe cartas, entre ellas la de una extraña mujer con la que termina citándose para descubrir que es el ser más monstruoso de la tierra. Mis jóvenes acompañantes no pestañeaban, a ratos soltaban una risa nerviosa, pero salieron convencidos que que habían asistido a algo distinto, renovador. "El poeta local" es el monólogo que vimos, adaptación de la obra de Ricardo Piglia gracias al talento de otro genio que, como mi amiga A. (recuperemos las buenas costumbres) siempre parece que pasaba por allí.

Se llama Sanchís Sinisterra y tuve que soplárselo a mis adolescentes, que observaban a ese tipo ligero de envergadura, calvo y con aires de estar satisfecho pero no autocomplacido. Hace monólogos de la tragedia, una fórmula muy de los tiempos de corren que no aglutina a las masas como esos otros, y su religión -llamémosla así- responde al sugerente título de "nuevo teatro fronterizo". Una gozada.

Sanchís Sinisterra
El poeta local habla de la creación, de la literatura como rapto del interior de uno mismo o como entelequia. Todo escribiente -no cecesariamente escritor- se ha preguntado mil veces para qué escribe. Yo me digo a menudo que pienso con los dedos, que no sé quién soy hasta que lo cuento. Hay quien escribe para entender el mundo, y quien lo hace para defenderse del mundo. Se escribe, imagino, para ser feliz, aunque el camino sea tortuoso. Y se escribe para obtener una versión bella de uno mismo.

Mi amiga A. dice que se ha pasado la vida escribiendo índices, pero es mentira. Como sabia boicoteadora de sí misma no se permite reconocer que escribe para mostrarnos mundos que sólo imagina ella. Que están en la frontera, como los de su maestro Sanchís Sinisterra. Y que ella teje en la soledad, con muchos miedos e idéntica determinación. Y así ha llegado a recomendarnos que nunca mintamos a un idiota; y que la creación puede ser una partida de póker donde lo más importante es llegar a saber quién es uno y con qué cartas puede asombrar a sus contrincantes.

Ayer mis adolescentes salieron asombrados de lo que habían visto. Un actor impecable, vibrante, representando la desazón y el tormento, pero también esa irónica visión del perdedor. Y, sobre todo, salieron convencidos de que mi amiga A. tiene un ejército de amigos que la quieren, de gente dispuesta a desenfundar talento y cariño en la frontera de una librería de Madrid, con vino, calor y todas las cartas marcadas.