martes, 31 de julio de 2012

UN NOVIO PARA DOS HERMANAS (Sobre los amores de verano)

Recuerdo a Crescencio, un tipo que mi hermana y yo conocimos en un campamento de verano de adolescentes. Era guapo, andaluz y estudiaba medicina cuando nosotras aún andábamos por BUP. Nos gustó a las dos, a pesar de su nombre, y pasamos aquellos días de mirinda y rosas en Santo Domingo de Silos (Sí, el de "Enhiesto surtidor de sombra y sueño, que acongojas al cielo con tu lanza") danzando cerca del chico sin rematar más allá que un triste beso de refilón porque éramos dos maripuris y él muy respetuoso.

Ciprés de Silos
Tras despedirnos con esa emoción arrebatada de los campamentos y esas frases escritas con mucho superlativo y pasión de gavilanes, llegaron la vuelta la la ciudad, a la rutina y al cole. Unos meses después llamó Crescen, que venía a Madrid y quería vernos. A las dos, claro. Mi hermana y yo, que éramos un tandem consolidado y no entendíamos de celos fraternos, accedimos y quedamos donde él quiso: en el reloj de la Puerta del Sol. O sea, donde quedaban las chachas con los militares en tiempos de Maricastaña. A nosotras nos hizo gracia, aunque yo -muy mía- me mosqueé un poco por el detalle hortera y provinciano. Pero nada que no superase la evocación de aquel hombre reguapo, moreno y de amplia sonrisa que habíamos adorado poco tiempo atrás.

Llegó el día,  y para hacer tiempo mi hermana y yo fuimos a La Mallorquina, esa pastelería que todo madrileño conoce porque se ha puesto hasta las trancas de brazos de gitano de nata y trufa low cost. Y allí me robaron el monedero, lo que me dejó mohína para recibir a nuestro caballero andante, que llegó puntual al reloj como un Lanzalot apresurado. Pero no, ese no era aquel. De repente parecía más bajito, más vulgar, y mucho más tímido y apocado que en el campamento. No sé qué hicimos, mi recuerdo se ha quedado congelado en la decepción. En la sensación vívida de que ese Crescencio no me interesaba ni mucho ni poco. No sé qué pensó mi hermana, no lo hemos vuelto a hablar. Pero sé que sentí que había que desconfiar de los amores de verano, de los arrebatos de alto voltaje que transcurren en un tiempo y un espacio irrepetibles donde las sensaciones están a flor de piel y un hombre guapo que te susurra al oído te parece que es el hombre de tu vida.

Todo este flashback viene a que el noviete de la hija de mi mejor amiga anda mandándole whatsapps a mi amiga porque la niña no le hace caso. "Necesito verla, aunque sólo sean diez minutos". Mi amiga sufre con la idea de que su adolescente haya experimentado un extrañamiento al estilo Crescencio y ya no quiera saber más del chico. Le parece commovedor, querría explicarle a la chica que el arte de romper corazones se aprende demasiado pronto y no te vacuna del dolor cuando te lo rompen a ti

Que, como un día me dijo mi sabia amiga A., hay que enseñar que este chico es "el primero de los hombres que vendrán, y que debes tenerlo en cuenta". Y yo añadiría al discurso que quizás -a algunos les pasa- llegue un día en el que sientas que has dado con el definitivo, con ese que aunque te espere debajo del hortera reloj de la Puerta del Sol en una tarde perezosa de domingo, aunque no sea el más perfecto, ni el héroe del campamento de ningún verano, lo seguirás reconociendo como "él" o "ella"por la forma en que te mira.

Y si no tienes esa suerte, querida niña adolescente, aprende a disfrutar de cada hombre (o mujer) que llegue y marche,  y a no dejar heridas sangrantes, si es posible...

PD:Toda escéptica alberga una romántica incurable.

lunes, 30 de julio de 2012

TENSIÓN SEXUAL NO RESUELTA (O SÍ)

Escucho en un bar, después de haber corrido y tras darme un baño en el mar a esa hora en la que los cangrejos bostezan, una frase memorable: "Mi tensión sexual quintuplica hoy la prima de riesgo del Reino de España". Hablar de sexo tan temprano te pone las pilas, supongo, y pienso que si a las ocho de la mañana ya has hecho ejercicio, ya has visto salir el sol y has nadado y ya notas el calentamiento global del planeta hombre, poco queda tan intenso,  salvo tal vez comprar un tomate en el mercadillo local, echar un poco de sal maldon y morderlo como si se tratara del último bocado de un reo.

Las sensaciones más fuertes, en verano, te alejan de los sobresaltos de la economía, del meapilismo de algún ministro que fingió ser progre cuando le convenía y ahora muestra su verdadera faz. De las olimpiadas que presuntamente se juegan en Londres, pero te la refanfinflan. Las urbanitas que elegimos la naturaleza como tratamiento de shock sólo nos casamos con el aquí y el ahora, y que se hunda el mundo mientras te pille en un puerto encantador con barquitos meciéndose tranquilos mientras, allá a los lejos, una señora embutida en bañador con cazoletas se prepara para su baño diario y un grupo de niños surfistas afilan sus tablas para desafiar las olas.

Y alguien, en algún sitio, está escuchando lo de la tensión sexual y puede que se parta de risa o puede que responda algo calentorro, y a esas horas de la mañana debe ser un planazo,  piensas mientras buscas un lugar para hacer estiramientos, que el cuerpo es muy rencoroso y si no le das lo que pide tras el esfuerzo se venga con calambres y dolores. 

Además de desorientada y voyeur de tipos que madrugan como yo, soy pronadora. O sea, que corro más hacia dentro que hacia fuera, y esta mañana he descubierto pronando un camino entre paredes de piedra que desemboca en el mar, y en una ermita muy pequeña y preciosa que está cerrada pero ya quiero ver. "Mami, todas las iglesias te gustan, qué pesada", me dice Minichuki. Y tengo que darle la razón, pero puntualizo: "Con tal de que tengan al menos dos siglos..."

Arte, sexo, paisaje, café con leche, baño intempestivo... Tantas cosas, tan temprano. Estoy por acostarme ya y esperar a ver qué me depara mañana.

domingo, 29 de julio de 2012

MALAS MADRES, TOMA 1

 
No puedo con las parejas que se llaman “cari”. Son casi peores que las que se dirigen al otro como “papá” o “mamá”, y juro que tengo alguna a mi alrededor, coetánea para más señas. Con el paso del tiempo, lo más romántico en el amor es que él o ella te llame por tu nombre completo, y no diré por el apellido porque sería exagerar, y ya sabéis que antes muerta que hiperbólica.

Somos lo que nos llaman. Excepto si se trata de un insulto, que en ese caso rebota en la cara de quien lo pronuncia. Eso le digo a las Chukis cuando me cuentan dolidas que les han llamado tal o cual cosa. A veces lo que les dicen es tan verdad que me sale una sonrisilla lateral y tiñosa, y entonces se cabrean como monas y me la devuelven corregida y aumentada:

-Y tú eres una madre a la que se le olvida darnos la merienda.

Touché. Me sucede a menudo que olvido que los niños tienen la costumbre de comer entre horas y que si no es así les da un bajón de glucosa tal que se pasan la cena jorobándote, cuando todo podía haberse evitado con un bocadillo de jamón ibérico o de Nocilla, en su defecto.

Melasudista. Eres una madre melasudista, me dicen, y reacciono con la misma virulencia que si me hubieran llamado “cari”. Pero no me faltan recursos del tipo “los niños de hoy en día están megacuidados, y luego vienen las alergias”. O sea, que tú les das la merienda a diario y el día que no se la das entran en brote en lugar de echarse al campo a por unas briznas de hierba, que alimentan lo suyo. 

Los enanos de real life son pusilánimes y demandantes como no lo fuimos las ateriores generaciones, que nos hacíamos el bocata solos y, en su defecto, gorroneábamos un mordisco de los ajenos (y ahí debo reconocer que con cierto asco, porque aunque soy de familia numerosa -todoterreno- arrastro el trauma de los olores de comida de patio de vecino, que siempre me parecieron repugnantes).

Mi problema es que no encuentro un modelo de madre aspiracional. La de Modern Family me gusta porque está buena, pero ese orgullo de pringada que se queda en casa cuidando tres fieras y un marido tontaina no mola demasiado. La de Mad Men, tan rubia, tan perfecta, encerraba un polvorín peligroso y era triste y alcohólica en potencia. Y la madre de Bambi murió, así que tampoco. La mía siempre ha sido un sargento y como abuela no suelta el bastón de mando, de manera que no me sirve porque entraría en bucle al chocar conmigo misma, y para ese trauma no hay diván freudiano que valga.

O sea, que no me gustan las madres y soy una paradoja que debo resolver antes de que mis chukis me condenen al asilo donde un viejete cachondillo y desdentado me llame “cari” y me meta mano en el sofá del salón de la tele, mientras espero la visita de esas chungas rencorosas a las que convertí en el enemigo por no darles la merienda ni ser una mamá de manual, de cuento, de serie de televisión.

Y ahora que caigo, sí tengo una heroína, o puede que dos: Marge Simpson y Morticia Adams...

Espero no olvidarme hoy del bocadillo.

sábado, 28 de julio de 2012

BUSCO A RICHARD SERRA, ABSTENERSE DAVID HOCKNEYS...

 
Recuerdo la primera vez que vi el museo Guggenheim de Bilbao, como un barco de plata que aparecía de súbito al tomar el Puente de los Príncipes por carretera. Me estremeció la contundencia de su proa, y cómo las diferentes perspectivas según lo rodeabas lo convertían en un titán u otro, siempre prodigioso. Entonces aún no imaginaba que habría clones de este edificio de Frank Gehry hechos por el mismo autor dispersos por el mundo, como si su genio se hubiera quedado varado en Bilbao y sólo restara la posibilidad de un eco más o menos desvirtuado de lo mismo. Entonces aún me enamoraba de la arquitectura estridente, como me enamoraba de tipos provisionales que resolvían algunas casillas de mi crucigrama y después dejaban de tener razón de ser.

Creo que esa primera vez apenas me fijé en Richard Serra. O me fijé lo justo mientras recorría sus formidables elipses de acero oxidado dispuestos en planos imposibles bajo el título “La materia del tiempo”. Era, diría, ese tipo que te presentan en una fiesta y está callado, pero su presencia ocupa tres o cuatro cuerpos más que el suyo. Si no te acercas a hablar con él, te irás pensando “qué hombre más interesante”, con esos huesos prominentes en su cabeza, esa mirada de águila y unos rasgos judíos tan potentes que sin hacerle guapo lo dotan de un atractivo magnético y salvaje.

La cosa es que hoy he vuelto a Serra, y al Guggenheim, claro. He recorrido el pez mientras Minichuki decía “¿qué pez?, ¡esto no es un pez, mamá!" Y he entrado en la materia del tiempo con emoción contenida. He sentido el mareo, la euforia, el aplastamiento de esas moles que te rompen las coordenadas espacio temporales, mientras un grupo de niños daban por saco sin que sus padres aparentemente tuvieran mucho que decir. Y después, he hecho lo que entonces no hice: ver el documental, el making off de este hombre que parece que ha nacido con un gorro de lana bien calado, para que su genio no se enfríe. Y el tipo, hijo de un español pobre y una rusa judía, cuenta cómo empezó en la pintura copiando a Pollock, y cómo tras pasar por el estudio de Brancusi se enamoró de la escultura y se encontró a sí mismo. Y empezó a imaginar cómo intervenir en el espacio, en lugar de cómo rellenar un espacio. Y en un momento dado desenfunda su lápiz y dibuja un donut y lo deconstruye para mostrar cómo sueña esas láminas, y pide perdón porque lo está dibujando mal. Y poco después lo ves guiar con sus propias manos, agachado y en cuclillas, el asentamiento de una enorme escultura con un respeto tan ceremonioso que se hace un silencio absoluto y reverencial.

Creo que pocas veces se asiste a una manifestación de la inteligencia humana tan bestial. Hay muchos tipos de artistas. Algunos hacen una gran obra y se quedan ahí, impotentes mientras se copian a sí mismos hasta el paroxismo. Otros siguen experimentando contra su propia naturaleza. Yendo más allá para desafiarse y romper con un pedazo de acero todas tus convicciones y tu manera de mirar la creación. Y es tan sublime que la metáfora de su grandeza y tu pequeñez, mientras buscas angustiada el final del caracol, resulta demasiado fácil.

Y es un bajón después de subir al cielo darte un paseo por su vecino de la segunda planta, David Hockney, que seguro que es un genio pero a mí se me escapa y no dejo de mirar esos enormes cuadros hechos con Ipad como posters grandilocuentes. Y lo imagino como el tipo que en la fiesta hace trucos de magia para sorprender y que las chicas lo aplaudan.

Pero después de fijarte en Richard Serra, como después de fijarte en un hombre que te mira así, es difícil mirar a otra parte. Esa es la verdad.


viernes, 27 de julio de 2012

SI EL CAMARERO NO TE MIRA A LOS OJOS

Ayer, en un lugar poco acogedor, me sorprendí a mí misma tratando de caerle bien al camarero. Habíamos leído entre los comentarios de Internet sobre el local que “los camareros no te miran a los ojos”, y tal apreciación se repetía varias veces. Me pareció fascinante ir a cenar a un lugar donde terminarse el chuletón no sería un reto, pero sí lograr que el servicio de sala se aviniera a echarme un vistazo mientras tomaba nota.

No daré pistas, que luego hay represalias. Se trata de un pueblo con un puente antiguo de hierro dotado de esa melancolía arquitectónica que la herrumbre hace más bella, si cabe. A escasos cien metros, ese insigne arquitecto llamado Calatrava había perpetrado su versión del puente moderno y funcional. O sea, el que hace siempre, ostentóreo y multitubular, esta vez pintado de blanco, absolutamente invasor y desproporcionado para los contornos de esta localidad en cuya ría han puesto un mástil inclinado desde donde los niños se tiran al agua hasta las once de la noche, para fascinación de Minichuki, que se creía valiente hasta contemplar semejante hazaña.

En realidad, pocos camareros te miran a los ojos. Suelen llegar con su libretilla y concentrarse en la comanda, para trazar una raya firme al final y repetir los platos de pe a pa, de modo que tú asientas o contradigas: “eran dos de chipirones, no tres”. Y entonces, quizás, te regale un soslayo, una miradilla de refilón algo reprobatoria que nunca aspira a mirada en condiciones.

Pero basta que tres tipos anónimos y resentidos cuelguen en Internet el comentario para que busques, necesites, desees desesperadamente que el camarero te escrute como si tú fueras el besugo a la sal del horno en lugar de quien se lo comerá. Y entonces llegas al restaurante -feo, muy español, con luces blancas en el techo y mesas de brillante barniz, a juego con los marcos de unos óleos devastadores que representan nínfulas tumbadas en la playa o escenas de pesca del siglo pasado. Y la tele gigante y encendida-. Y se acerca la camarera con gesto adusto y tuerce una media sonrisa no porque tú sonrías exageradamente dadas las circunstancias, sino porque Minichuki, que pasa de etiquetas, retos tontos y convencionalismos, tiene unas ojeras que le cuelgan hasta los pies y está atenta a los saltos de los chavales.

-¿Qué, piensas tirarte o no? ¡Vaya sueño que tienes!

Y enseguida toma nota sin mirarme, lo juro, quizás porque mi actitud escrutadora y amable hasta el paroxismo no es nada natural. Y vengan las cocochas de bacalao, las gambas a la plancha, las almejas y ese chuletón que devoramos como si no hubiera un mañana.

Y entonces, a los postres -que alabamos con exceso de afectación- (el Comidista se abochornaría de tan patética escena)- trae la cuenta y le falla la maquinita tras pasar la tarjeta. Y le vuelve a fallar. Y se pone nerviosa por si pensamos que va a cobrarnos dos veces. Y casi le suplicamos que no se preocupe, que ya si ocurre llamaremos para resolver el inconveniente. Y entonces nos mira a los ojos y nos dice adiós, aunque a quien sonríe es a Minichuki, que no se ha tomado ninguna molestia por caer simpática.

Afuera, de repente, se desata la tormenta perfecta de verano. Y corremos empapados entre rayos y centellas buscar el puente de Calatrava, feo de cojones (con perdón), pero imprescindible para escapar del lugar con la satisfacción de haber superado una prueba como quien juega al juego de la oca -"de puente a puente, y me lleva la corriente".

 A enemigo que huye...

jueves, 26 de julio de 2012

PAREJAS DE ALTO RIESGO

Los padres que hemos superado ese momento de playa con bebés, carrito, pañales y biberones miramos con compasiva condescendencia a los que aún están es esas. Parejas que llegan resoplando y se pasan la mañana en un metesaca incesante de utensilios de esas bolsas enormes que te venden con el kit padre obsequioso. Lo más desolador no es comprobar que cuando parece que el trasiego da un respiro, cuando el bebé está limpio, alimentado y tranquilo, va y se le cae el chupete a la arena, sin que los papás apenas han cruzado en toda la mañana más conversación que los informes relativos a la crianza y sus contornos:

-¿Has traído las toallitas húmedas?
-Nooo, te dije que las cogieras tú!
-Yo estaba buscando la crema protectora y el agua mineral.
-Sí, pero a mí me tocaron la sombrilla y los dodotis.
-Vaaaaale, amor, ya vuelvo yo al hotel, si eso...

Durante unos años una pareja es un comando más o menos organizado al que solo le falta el uniforme de combate. Se dan órdenes precisas, pegan gruñidos y rivalizan en hacerse los locos cuando el pequeño tirano amenaza con una demanda nueva. Si no son los dientes -que les están saliendo- es el cólico y si no la caracola con bicho que se han metido en la boca mientras la madre echaba la crema solar por la espalda peluda del padre. Pasión y erotismo no habrá, pero proyecto, a tutiplén.

Y un proyecto, como es bien sabido, es aquello que permite la supervivencia de la especie humana en pareja. Superada la fase A, de sexo y desenfreno, algunos necesitan una boda, y después estímulos lactantes. La observación conjunta de los primeros gateos y, de paso, socializar con otros de su especie a la velocidad de la luz.

-¿Qué tiempo tiene? (pregunta absurda donde las haya a la que yo respondería con un: “bochornoso, amenaza tormenta”)
-Seis meses prácticamente...dice la feliz mamá, como exhibiendo sus galones.
-¡Qué monada!

Y sí, la monada es un primor con babas y mocos que ha dormido justo en la habitación de al lado, y aunque tú, previsora, te has amortajado con antifaz, tapones y algún medicamento paralizante, Minichuki anda mosqueada porque se fue a la cama a pelo.

-Ese bebé ha llorado, mami.
-Suelen hacerlo (lacónica).
-Pero nadie le mandaba callar.
-Recuerda que cuando yo te amordazaba de pequeña vino un día la poli y me reconvino...

Las madres que tenemos chukis en edad de vestirse solas, ir al buffet del desayuno y ponerse sus tostadas o salir a cazar lagartijas sin escolta adulta damos gracias al cielo por la teoría de la compensación. Sí, tu estarás menos tersa, pero a cambio vives como una reina y la playa vuelve a ser ese lugar idílico donde desplegar el periódico o el libro, cerrar los ojos y fantasear con imágenes de alta intensidad que se han quedado a vivir entre la cuarta y la quinta neurona.

Padres y madres del mundo, parejas desesperadas que andáis de maniobras permanentes con vuestros pequeños monstruos colgados del cuello. Sabed que vendrán tiempos mejores y que es posible que mucho antes vuestra pasión se seque por el camino. Que hay sexo más allá de las noches en vela, pero también que ningún cirujano podrá reconstruir el delicado tejido que os ha roto la crianza. Eso que nos venden como una fase idílica de la vida y que en realidad es la prueba de fuego de la resistencia humana.

Y que las vacaciones son un infierno envuelto en papel celofán si no te ríes cuando regresas al hotel, resudado y con tierra pegada a las rodillas, para buscar el chupete de silicona marrón sin el que el jodío niño no se duerme.

¡Qué gusto tener Chukinas mayores  que te miran en biquini el primer día de playa y suentan: "Mami, para la edad que tienes estás cañón!. Y tú las miras de reojo y piensas: "el chupete, que lo sepas, lo iba a buscar tu padre, que yo ya me veía venir estas deslealtades de lejos..."

miércoles, 25 de julio de 2012

FRANKENSTEIN Y YO (DESPEGUE INMEDIATO)

Playa de Lord Byron
"Los acontecimientos que influyen decisivamente en nuestros destinos a menudo se deben a hechos leves o triviales. La filosofía natural es el genio que ha ordenado mi destino" (Frankenstein, o el moderno Prometeo)

Cuaderno de bitácora: Tercera noche de insomnio, equipaje por rematar y una lista que no he repasado por las mismas razones que no miraba las chuletas en los exámenes después de tomarme la molestia de hacerlas: chu-le-rí-a. Oficialmente estoy de vacaciones, pero la correa de transmisión de certezas que va de la cabeza al cuerpo aún no se ha puesto en funcionamiento, y ese cortocircuito me impide dormir sin sobresaltos.

El tiempo se toma sus pequeñas venganzas. Pasa demasiado rápido en una terraza mirando a un grupo de señoras rubias que cenan enormes hamburguesas mientras asoman sentimientos contenidos por las hojas de la ensalada y demasiado lento la noche antes de poner rumbo a la montaña. A mi ánimo urbanita le sienta bien el fresco y la manta en agosto. Ya no concibo un camino a la playa donde se te pega el bañador al hígado y chorreas crema de coco factor 50. Decididamente, soy una mujer madura y eso me inquieta porque lo siguiente podría ser quedar con otras para andar con ese adefesio que llamamos "ropa cómoda", y de ahí a pimplarnos de ginebra por las tardes con una baraja de cartas hay un paso.

Ayer metí en la maleta "Frankenstein", de Mary Shelley. Una edición bellísima de Espasa Clásicos que me envía mi querida  B., editora, porque sabe que adoro los monstruos románticos, el terror gótico-filosófico que hay que cocinarse en la cabeza justo antes del estremecimiento. El libro es excepcional porque incluye las dos versiones: la original de la joven Mary Wollstonecraft -fruto de aquel verano de 1816 en la que un grupo de jóvenes intelectuales ingleses pasó las tardes de tormenta escribiendo relatos de terror- y la que devino tras pasar por las manos y la mirada crítica de Percy B.Shelley. Por supuesto que no es apto para leer bajo la sombrilla, pero sí en el miniporche de esa casa que nos acoge cada verano, que llamamos nuestra aunque sea de alquiler y donde consideramos familia a quienes nos la alquilan.

"Remando al viento", de G.Suárez
A partir de los cuarenta conviene mimar los rituales que te hacen feliz. Como ese camino por acantilado hasta un mirador con vistas al mar donde leer el periódico y tomar café, después de darse un baño-shock en la diminuta playa de Lord Byron (no la busquen, ese no su verdadero nombre pero así la bauticé hace años por dramática y altamente sugestiva).  O como la noche de los deseos, esa en la que los amigos quemamos papeles con lo que queremos expulsar y atraer a nuestras vidas, mientras giramos en corro alrededor del gran árbol: desazón, certezas, dudas, pasión, insomnio, amor verdadero... (Lo último es una concesión a "La princesa prometida", esa película romántica que sigo adorando aunque la haya visto mil veces, y que no veré en Asturias porque allí la tele se enciende lo justo para pillar el sueño siestero y me he propuesto prescindir del Telediario una vez vistos sus catastróficos titulares).

Contra la hecatombe, hedonismo. Contra la falta de sueño, melatonina. Contra los monstruos, alta literatura. Y quemarse a la carrera mientras pones en marcha el plan de fuga que has dejado aparcado hasta septiembre. Y esa retahíla de planes, y los taconazos a la mazmorra, y el maquillaje en el banquillo de los acusados...

Y esos ratos que pasaré con Mary y su monstruo. Los tres solos.

"Monstruo abominable, grité furiosamente, eres solo un demonio y las torturas del Infierno son muy poco para ti, maldito demonio!. Y me reprochas tu creación; ven, para que pueda apagar la llama que encendí tan imprudente".

Ahora sí, ya empiezo a sentir que estoy de vacaciones.



domingo, 22 de julio de 2012

EL FANTASMA DE LA ABUELA

(A veces la mejor opción no es la más conveniente)

Paso el fin de semana con mi hermano I., Minichuki y mis dos sobris en una casa familiar llena de fantasmas donde ninguno entramos en el cuarto de la abuela. Una habitación pequeña con muebles naranjas que en su día fueron el colmo de la modernidad. Compuesta de cama, mesilla y secreter con espejo incorporado que de niñas movíamos a nuestro antojo para vernos de cuerpo entero antes de salir a esas fiestas de donde mi hermana y yo siempre éramos las primeras en retirarnos, rezongando, convencidas de que lo que allí pasaba desde nuestra marcha era mucho más excitante que lo que habíamos bailado. E incluso peligroso.

Hay casas que encierran el espíritu de sus moradoras y mi abuela aún anda por allí, estamos seguros, de modo que cuando llegamos y nos distribuimos las habitaciones nadie quiere el cuarto naranja. Sólo mi padre se atreve a compartir noche con el fantasma, cosas de hijo único. Allí, también, alojamos a las visitas sin advertirles de la presencia sobrenatural.

Mi cuñada la Enfermera del Amor llama para decir que es feliz sin su familia. Dos días de asueto que nos han dejado a I. y a mí tan contentos y entregados a la pereza de decidir si comemos mi consabida paella para cuatro, aunque seamos cinco, y barbacoa de noche, al calor de las estrellas. Las chukinas, entretanto, han montado una tienda de campaña y amenazan con dormir al raso, entre gatos despistados que se nos cuelan y aullidos de perro huérfano.

La vida, en verano, consiste en dejarse llevar y quitar los últimos piojos a Minichuki repitiéndole: “si es que tienes el pelo tan bonito que todos quieren vivir allí, cariño”. Y ella se sonríe poco convencida pero insiste en conservar su melena porque de pronto es femenina y ha comprendido que Sansón nunca fue tan fuerte como antes de Dalila y sus tijeras.

A veces la mejor opción no es la más conveniente. Cierto. Y sales a correr por un campo de paja donde Hopper haría de las suyas y después te cuelgas de una Coronita con limón mientras aporreas las teclas en “Villavago”, como dice mi querido I., un padre amoroso y divertido que tiene a sus niñas babeando con sus juegos y sus piropos. Y de fondo suela Nina Simone, que nos gusta a los dos, y empieza a crepitar el fuego de la barbacoa. Y mola sentirse tan dominguero, tan atento al ritual desde que colonizamos una casa destartalada que habitamos como zíngaros entre bañadores y toallas dispersas por todas partes.

El verano consiste en tirarte al agua veinte veces, nadar vertiginoso con las aletas y leer el periódico apocalíptico como el que oye llover, mientras esperas la hora de la siesta y tu sobri pequeña llega y te dice muy seria (lo hará unas siete veces al día): “¿Me puedes poner las bragas?”.

Y hay una ligereza que lo salpica todo, y te encuentras por azar a los que fueron tu pandilla hace más de veinte años, y te parecen señores y señoras aburridos, y te preguntas si tienes el mismo aspecto convencional que ellos. Gente liofilizada, burgueses que cenan con sus padres cada sábado y fiestas de guardar, que han engordado unos kilos y que en breve amonestarán a sus hijos por querer salir de fiesta y morrearse con sus primeros novios, lo mismo que ellos hacían a su edad.

Volver a los rincones de la infancia es recuperar el día que llegaste tarde y en moto con tu novio de entonces y tu padre te esperaba en la puerta, hoy oxidada, para echarte la bronca mientras el pobre huía en su Vespino rezando por poder verte un rato tras el castigo ejemplar que vendría. Es contemplar el abeto plateado que plantó la abuela junto a la piscina tocar el cielo con sus agujas afiladas. Y sentarte en la misma mesa que entonces, hace veinte, treinta años, pensando en las musarañas mientras le pones las bragas a una pequeñaja de cuatro años y hueles las piñas quemadas y te quedas ahí hasta que alguien te recuerda que es hora de preparar la ensalada.

Como entonces.

viernes, 20 de julio de 2012

SI NO TE SUMA, TE RESTA

Tres cuarentones en una terraza chic hablan de que hay un día en el que sientes que no puedes perder tu tiempo, tu alma, tu aliento, con todo aquello que te resta.

Y que resta todo lo que no suma: novios, proyectos, libros malos... precauciones.

Hay un día, digo, en que se te desmonta el mito y lo ves como un tipejillo cobarde y sin armadura. Y entiendes que no hay tiempo que perder. Y constatas que debes centrarte en lo que te aporta, a saber: la carrera contra ti mismo, no contra los estándares de la ambición ajena. La soledad como necesario taller de reparaciones. Los amigos que te enseñan que merece la pena abandonar la cueva y compartir con un gin tonic (de Bombay, así somos las clásicas) lo que has ido aprendiendo mientras corrías y corrías incluso sin moverte del sofá.

Y ese día constatas que quien no te suma te resta. Y que los libros de matemáticas deberían llevar esta máxima escrita bien grande en el prólogo.

Sí, existe eso que llamamos indiferencia, pero también nos sustrae de nuestro paso tranquilo. La verdadera indiferencia no debería ser percibida. No debería restarnos fuerzas. No debería acaparar pensamientos.

La glorieta, esa gran desconocida
A los cuarenta debes elegir entre madrugar o trasnochar. Debes decir que no a proposiciones tentadoras si intuyes que no te harán más feliz. Debes dejar de ver a quien te malmete contra otros. Debes decir la verdad aunque a veces te coloque en desventaja. Debes ser consciente de que cada minuto de disfrute cuenta. Debes poder descubrir las bondades de la cerveza helada. Debes poder cambiar de opinión si te convencen. Debes asumir que ni tú ni tus amigos sois perfectos, que la decepción forma parte del asombro, que el dinero no dará la felicidad, ya, pero darse un capricho en una tarde pegajosa de julio amplía el horizonte de la carcajada...

Por mi parte he aprendido que siempre me perderé en la carretera, pero también que siempre hay un camino alternativo que me lleva a mi destino. Sigo angustiándome porque me pierdo, pero mientras busco un plan B imagino historias y eso que me llevo puesto. Perderse, lo he entendido, es una metáfora del reto. Y eso mola aunque a veces tenga que dar tres vueltas en la misma glorieta para adivinar cuál era mi salida. Y a veces me pare en un arcén y llore de impotencia.

Y entonces comprendo que quizás nací desorientada para no dejar de buscar el tesoro, para conocer carreteras que nunca pisaría y poner a prueba las costuras de mi frustración.

Y en ese caso la resta se hace suma. Llámalo, si quieres, la aritmética de lo inevitable.

PD. Este post me ha salido de una intensidad insoportable. Pido disculpas. Es lo que tenemos las mujeres de cuarenta (y algunos).

miércoles, 18 de julio de 2012

MOONRISE KINGDOM O LA VIDA COMO ES

Las fronteras entre la infancia y el mundo adulto no siempre están bien definidas.

En la película Moonrise Kingdom los adultos son niños que no han saldado cuentas pendientes y resultan de una grotesca puerilidad. Los niños, por el contrario, mantienen intacta su inocencia pero toman decisiones, se arriesgan y aman. Y el espectáculo da que pensar.

Como siempre que hablo de una película, aviso de que no tengo madera de crítica, ni tampoco talento. Pero la ultima de Wes Anderson me ha dejado pegada a una pantalla  de créditos donde aparecen algunos de los nombres de mis actores adorados: Edward Norton, Harvey Keitel o Frances McDormand -además de una irreconocible Tilda Swinton-, que ceden gustosos el protagonismo a una panda de niños capaces de contar una historia con la mirada y, sobre todo, con la determinación.

Las personas más inmaduras que conozco lo son porque no deciden nada en su vida. Se dejan llevar por la corriente y esperan que las aguas los arrastren a un lado o a otro de la orilla. Son ese chico que nunca se atrevió a sacarte a bailar no por timidez sino por terror a que le dijeras que no, o esa niña obediente que nunca plantó cara a las órdenes absurdas y arbitrarias de las monjas.

El chaval de Moonrise Kingdom es feo y desgarbado, pero si yo tuviera hoy doce años me enamoraría perdidamente de él. Cuando irrumpe en el vestuario de las chicas y clava la mirada en la que será su gran amor. Cuando marca con un palo el límite de su aguante ante el avance de los malos. Y, decididamente, cuando baila en calzoncillos con su chica en una playa pequeña como ellos, sin miedo a lo que vendrá después, en  una de las secuencias más bellas de cine que he visto en los últimos tiempos.

Ser mayor es decirle al otro que no vas a tragar un segundo más su arrogancia. Es escapar de un lugar donde nadie te quiere y ponerte a construir tu castillo personal en medio de la nada. Ser mayor es decirle a la chica, al chico, que fugarse es la metáfora de la determinación, que es ahora o nunca, que el tiempo de los cobardes suele congelarse en el mundo de los adultos, y que a decir sí quiero o no te quiero se aprende de pequeño, entre cajas de cartón y puntas de flecha donde un adulto pazguato -ay, qué grande eres, Edward Norton- juega dirigir a un grupo de niños que le dan sopas con honda.

Cuando eres pequeño sientes que los adultos no han entendido nada. Tu realidad es "la" realidad y los mayores se te antojan fantoches vendidos a la masacre de sus ilusiones enterradas, a trabajos que han aceptado por dinero o por pura necesidad, a historias de amor que nunca los llenaron de otra cosa que no fuera melancolía. Los mayores son perdedores que perdieron su oportunidad como pierden la figura, el pelo, la capacidad de fabular. Y entonces les quedan las normas, las órdenes, los rituales de campamento scout.  Y tú eres niño y a veces te rebelas, y esperas a la vuelta de la esquina la venganza del paso de los años. Y no llega, y el pequeño que fue cobarde es un adulto resentido, un jefe inseguro y  cabrón, un marido que sueña con otra cada anoche. 

Y entonces llegan una peli que se llama Moonrise Kingdom y se te queda una cara de tristeza, un gesto de asombro porque te muestra una realidad amarga. Que a veces eres mayor y no has crecido, y el uniforme scout en tu cuerpo es decididamente grotesco. Y te dan ganas de llorar, porque todos los niños te están juzgando con la vista mientras no han dejado de bailar con sus chicas amadas en la orilla.

Ser mayor es haber aprendido a decidir a tiempo.

PD. Los niños que huyen en esta película llevan libros de aventuras en la maleta, y gomas para el pelo. No se me ocurre nada más práctico, nada más maduro.

lunes, 16 de julio de 2012

LOS FORMALES Y EL FRÍO

Mi amiga L. fue a la cita a ciegas con el ánimo encendido y unas preciosas sandalias de tiras color maquillaje. El tipo, de 71 años, era mayor, sí, pero bien conservado. Como esos hombres enjutos que han doblegado su pereza a los mandatos del deporte y la dieta y caminan erguidos y lucen sus canas, bien pobladas, por todo lo alto. Un señor quince años más maduro que lo que ella tiene en su imaginario ideal. Pero a estas alturas de su vida mi amiga ha decidido darse oportunidades sin poner demasiadas trabas a la aritmética.

"¿Sabes qué?, yo todavía funciono muy bien", le soltó él antes de haber apurado la primera bebida ("una Coca Cola, no vayas a creer", me aclara ella). Y lo siguiente fue que el aspirante, recién divorciado y apuntado a todas las páginas de búsqueda de pareja del mundo -incluidas las zoológicas- le informó de que era capaz de hacer "eyacular" a sus compañeras sexuales. Aquí la Coca Cola pegó un vuelco desde el estómago de mi querida L., que salió pitando ante el cariz de una la conversación de casquería que, según el guión de las primeras citas, debía transitar las trayectorias personales de ambos, sin gran profundidad en los detalles, a gustos, aficiones y algún comentario sobre la subida de un IVA que en breve encarecería las  citas a ciegas cuando terminen (o empiecen) en el teatro.

Pero lo de la eyaculación superó todas las compuertas de aguante de mi amiga. "Qué asqueroso", me insiste, repantingadas las dos en la cama turca de mi chill out mientras nos abanican las aspas de un ventilador de techo inspirado en Memorias de África. "Sí, qué asqueroso", respondo, porque una tiene una idea absolutamente romántica de la primera cita, y la culpa es del poeta Mario Benedetti y esos versos que resuelven una noche que termina en la cama, desde luego, pero no sin antes haber hecho un viaje delicioso y divertido bajo el título "Los formales y el frío", del que transcribo el final:

Y ya que el mozo demoraba tanto
ellos optaron por la confidencia
extra seca y sin hielo por favor
cuando llegaron a su casa, la de ella,
ya el frío estaba en sus labios, los de él,
de modo que ella fábula y augurio
le dio refugio y café instantáneos
 

Una hora apenas de biografía y nostalgias
hasta que al fin sobrevino un silencio
como se sabe en estos casos es bravo
decir algo que realmente no sobre 

él probó sólo falta que me quede a dormir
y ella probó por qué no te quedas
y él no me lo digas dos veces
y ella bueno por qué no te quedas
de manera que él se quedó en principio
a besar sin usura sus pies fríos, los de ella,
después ella besó sus labios, los de él,
que a esa altura ya no estaban tan fríos
y sucesivamente así
mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron...


Mi amiga L.sueña una noche de formalidad poética que termine en pasión, si procediera, o en un beso profundo en su portal, para recibir instantes después un whatsapp que diga "qué guapa estabas y qué rápido pasa el tiempo a tu lado". Y esto que parece tan sencillo, casi banal, se le resiste porque los tipos de hoy -al menos algún septuagenario voluptuoso- andan con prisas por rematar y tienen planes muy explícitos para el sexo agónico que imagino que sienten que les queda.

Y desconocen que cagarla en la primera cita es dejar a la chica guapa, con sus sandalias color maquillaje,  regresando sola a casa, aterida y decepcionada. Quizás la próxima vez...

PD. En la primera cita de Maryl Streep con Robert Redford, en Memorias de África, ella le cuenta un relato a la luz de las velas y es absolutamente cautivador. Sexo poético. 

sábado, 14 de julio de 2012

BUSCO CAMAS PARA SENTIRME RICA

En casa siempre se consideró de mala educación hablar de dinero. Así que en estos tiempos de crisis mi familia y yo nos hemos quedado mudos.

-Mamá, ¿nosotras somos ricas o pobres?
-Hum...¿por qué lo dices, chitina?
-Porque te compras muchos zapatos pero no tenemos tele en la habitación.

Mi adolescente pregunta sobre el asunto desde que era muy pequeña. Tenía verdadera curiosidad por conocer el estado de nuestras finanzas, y mientras que nunca le escamoteé respuestas a sus cuestiones más sórdidas, el tema del dinero me dejaba fuera de juego. Hoy, a sus quince años, tiene la mosca en la oreja y se decanta más por pensar que soy una madre tacaña porque le digo no a la mayoría de sus caprichos. En lo que no ha madurado gran cosa es en la detección de los indicios de riqueza.

Y a las pruebas me remito tras recibir su mail desde Inglaterra, donde estudia -a precio de oro, por cierto- integrada en una familia con cuatro hijos, perro, gato y conejo:

-Mamá, tengo una habitación para mí sola con cuatro camas y puedo elegir la que quiera. Además de tele, equipo de música y un baño para mí sola. ¡Lo mola todoooo!

Para mi hija, ser rico consiste en tener muchas teles por la casa, y en poder cambiar de cama a menudo Minichuki, por su parte, tiene claro que piensa ser rica, y ha empezado su proyecto afanando cada euro que se me despista por la casa. Igual que de pequeña mangaba los caballos de naipes, tableros de ajedrez o figuritas équinas en general, y sostenía que estaba a punto de convertirse en un caballo mostrándome la pelusilla morena de su nuca, ahora se ha centrado en la verdadera fuente de la riqueza. El poderoso caballero. Y te lo hace saber a menudo.

-Mi hucha se va llenando, como verás
-¿Ah, sí? ¿Y puede saberse quién te ha dado ese dinero?, pregunto.
-Uff, no sé..la abuela, el tío, el ratón Pérez...

Minichuki ya se ha repartido la herencia con su hermana. Ella se quedará con mi piso, que es más grande. Y lo llenará de teles y disfraces. Pero el grueso de su fortuna, sin duda, lo invertirá en hoteles con buffet libre. El epítome del lujo. Y a las pruebas, también, me remito:

-Ya tengo las vacaciones reservadas, chitina (le digo por teléfono)
-¿Y los hoteles tienen buffet libre?
-No.
-¡Pues vaya caca!

Moraleja: es de mala educación educar en que el dinero apesta. Obviar el tema es como convertir el sexo en tabú. Un dislate. Así que quizás deba convocar a las chukinas a una charla bajo nuestro árbol de Asturias sobre prima de riesgo, rescate financiero y subida del IVA. Deben estar preparadas para los tiempos que corren.

Y en lo de cambiar de cama, por cierto, estoy absolutamente de acuerdo com mi adolescente. Es más un lujo que un síntoma de promiscuidad. ¡¡¡Lo mola todo, que diría ella!!


jueves, 12 de julio de 2012

SI YO FUERA FUNCIONARIA

-Reza para que este año no sea yo tu amigo invisible.

Me lo advierte mi querida hermana desde la playa. Como funcionaria que es, se acaba de quedar sin paga de Navidad. Igual que su marido. Son dos ejemplos de servidores del Estado que se dejan los cuernos en su trabajo. Maestros de pueblo con los que no puedes contar para organizar un viaje familiar fuera del estricto calendario escolar porque nunca dejarán a sus chicos en clase al albur de un sustituto más o menos cabreado. Sí, ambos soportan cada año nuestro escarnio a cuenta de sus extensas vacaciones, pero poco se habla de sus sueldos congelados hace años.

Y luego está la cuñada de mi amiga J., empleada en una empresa privada, que va a trabajar cada día con dos bolsos. Llega, deja uno en su asiento y se marcha a resolver recados propios y ajenos, mientras en su oficina, cuando alguien la echa de menos, otro alguien responde señalando el bolso: "debe estar por aquí...".

Detesto a los vagos. Mi madre nos torturó hasta el infinito en una infancia que ríete de las de Dickens donde estaba prohibido incluso "sentarse como un vago". A saber, repantingarse en el sofá. Los sábados y domingos, a las ocho y media de la mañana, descargaba el lavavajillas con toda la furia y muchos decibelios y allí ya no dormía ni el Tato. Eso, cuando no enchufaba el aspirador. El resultado somos cinco hijos calambres e incapacitados para dormir más allá del alba. Histéricos, impacientes, precipitados... Pero, desde luego, vagos no.

Y luego está mi amiga C.. una de mis íntimas de la universidad, con las que anoche quedé frente a unas cervezas para comentar las jugadas de la vida. Ella nunca ejerció el periodismo porque descubrió que no le gustaba justo cuando le dieron la orla con las notas. Se fue a una empresa privada de tiburones, sufrió algunas dentelladas y tomó una decisión crucial: sería funcionaria. Naturalmente, lo consiguió y al poco nos hacía las crónicas de sus compañeros: un ejército de vagos, escapistas y trileros que respondían al milímetro a la leyenda del funcionata que sale a hacer la compra y se tira una hora desayunando. Que no se responsabiliza de sus tareas, sino que se siente parte de una cadena de producción sin más aliciente que salir pronto -incluso antes de las tres- y acumular trienios, moscosos y toda esa parafernalia siniestra para las que no opositamos al puesto fijo y a los chollos que lo acompañan.

Así que ayer, cuando Rajoy anunciaba el fin de la paga extra para los empleados públicos, una parte de mí -la que sufrió la aspiradora y el lavaplatos los domingos- sentía que era justo el castigo a esos vagos de salón, mientras la otra entendía que esos otros funcionarios responsables van a pagar que no haya jefes dispuestos a evitar desmanes y a amonestar a los que fichan en falso, a los que se piran antes de la hora, a los que no dan ni un gramo de valor añadido a sus tareas, a los que suman cuarenta días de vacaciones que, bien administrados, devienen sesenta, a los que se piden bajas eternas y no los investigan...

Invento diabólico
Madres y padres del mundo, avisados quedáis: vaciar el lavaplatos a las ocho de la mañana para no educar vagos tiene algunos efectos secundarios que debutan con el tiempo y pueden convertir a tus hijos en jefes chungos que miran mal al diletante, al que se pira a la hora en punto, al que no remata bien sus trabajos. O en empleados públicos hiperresponsables que se pasan muchas tardes diseñando las clases del día después para que los alumnos no sientan que son tornillos de una gris cadena de producción.

¿Y mi amiga C? Pues a sus 45 años sigue estudiando oposiciones para subir en el escalafón, con una tenacidad que nos asombra y admira. Y su jefe tiene suerte de contar con una funcionaria que ha llegado a inventarse su trabajo porque nadie le encargaba nada. Y rellenar así ocho horas de su vida para tratar de encontrarle algún sentido a su condición de servidora del Estado. Un sueldo, una condena, para la eternidad.

miércoles, 11 de julio de 2012

POR QUÉ ME GUSTAN LOS FEOS

Milán es una ciudad incomprendida, una mujer a la que hay que mirar muchas veces para apreciar su belleza nada evidente.

Llegas y te dicen ¿de verdad que te gusta esta ciudad?, con cierto mohín de asombrado desprecio, y tú te sorprendes justificándote por mirar los tejados de esas casas donde árboles inmensos provocan jardines voladores. Y te siguen mirando consternados. Ya, sí, la arquitectura milanesa. ¿A qué te refieres exactamente? Aquí no hay ruinas romanas ni se les perdió gran cosa a los héroes del Renacimiento.

Ya, pero es una ciudad piu bella.

Me gustan las ciudades, también las personas, que se muestran despacio. Las que te obligan a mirar desde un ángulo, a veces retorcido, para apreciarlas en su justa dimensión. Milán es verde y señorial, pero no oculta su industria y las grúas componen un amasijo con los edificios en construcción dotado de armonía. A vista de pájaro, se me ocurre que Milán es un vergel con hierros y cristales como obras de arte contemporáneas. Quien puso una grúa frente a las ventanas de mi hotel, sabía lo que hacía.

Los de allí te reciben, te muestran el Duomo y te miran como diciendo: "finito". A mí el Duomo ya no me conmueve tanto, aunque trato de visitar un eterno espíritu flamígero para darme enseguida una vuelta por la zona comercial que lo arropa. Dios y los hoteles de lujo están peligrosamente juntos en esta ciudad, como en otras, pero a nadie parece molestarle. Las catedrales, me parece, se hicieron para mostrar soberbio poderío, y Milán acepta el pulmón de la suya como única concesión al esplendor convencional.

Pero basta perderse en un bosque de la ciudad o recorrer la Via Tortona para corregir el error de bulto y contarle a los expatriados que tienen suerte de vivir en un lugar que gana con los años, con los viajes, que te obliga a mirar los edificios y esos palacios vetustos que albergan oficias muy fashion y te machacan con aires acondicionados más propios de Dubai que de la menos mediterránea de las ciudades italianas.

Pensándolo bien, creo que Milán no ha cambiado, pero sí he cambiado yo. Puede que ya no necesite impresionarme al llegar a un destino, sino dejar que penetre poco a poco, educar la mirada y permitir que suceda. Puede que rechace los sitios que se muestran descarnados como las personas que nada más llegar te cuentan su vida al detalle y sin pudor. Puede que igual que no me gustan los guapos de libro ni las guapas de salón,  prefiera una calle interesante, un arco con cabezas que cuentan una historia o una verja que promete que detrás habrá una sombra, una silla y una mesa de hierro oxidado para tomarte un café machiatto y contemplar cómo vibra Milán al son de las grúas, de la moda y del diseño, mientras allá en lo alto, en las azoteas, crecen bosques que oxigenan y embellecen el conjunto.

Milán es un hombre falsamente anodino que te ofrece una buena conversación. Y que cuando se va te das cuenta de lo bien cortado que estaba su traje, del exquisito cuero desgastado de su cartera o del volumen importante de su ausencia, de su perfume.


domingo, 8 de julio de 2012

ANATOMÍA DE UNA MALETA


Adoro los aeropuertos, esos templos de paso donde todo el mundo tiene un propósito y la vida fluye entre pantallas que cambian de letras, destinos, puertas de embarque y horas. Cada vez que entro siento un ligero vuelco en el estómago, la sensación parecida a la de hacer cola para montar en una montaña rusa del parque de atracciones. Cuando viajo, aunque no sea por vacaciones, mi ánimo juega al voley en una playa imaginaria donde no hay límites y el árbitro se parece a David Gandy.

Hacer la maleta me gusta tanto como odio deshacerla. Puedo dejarla dos o tres dias varada en algún sitio inadecuado de mi casa, con la esperanza secreta de que se vacíe sola, y cada cosa vuelva sigilosa, de puntillas, al cajón correspondiente. Pero hacerla, digo, preparar el viaje, es excitante. Un tetrix donde los indómitos bajamos la cabeza y nos plegamos a la dictadura del espacio y el orden.

David Gandy
Por alguna razón de diván que se me escapa, suelo añadir algo prescindible en el último momento. Una bomba de sales de baño,  el Fogo antimosquitos con sus correspondientes pastillas o un dibujo de las Chukis que se quedará dentro cuando llegue al hotel. Vestigios de hedonismo, miedo y amor, respectivamente. El horóscopo de Susan Miller va siempre dentro del portátil que jamás olvido porque las mañanas sin teclas son un drama, y una va teniendo sus manías.

No meto, pero debería, una brújula de bolsillo para encontrar la habitación. Ni el cartelillo de "no molestar" cuando me instalo a leer frente a un café, y otro, y un tercero, entre camareros solícitos que me llaman signorina.

Pero jamás olvido algunos rituales previos, como repasar mis uñas al ras -tengo fobia a las uñas largas, aunque sean dos milímetros- completar mi botiquín de pastillas para el mareo, la urticaria, el insomnio, la estupidez humana- colar un libro preferiblemente empezado -"El Sistema Victoria", de Éric Reinhardt, sería el caso- y elegir un pijama como si por la noche fuera a visitarme Edward Norton, supongamos, en lugar de Morfeo con sus dardos mortíferos.

Viajar es eso que haces mientras deseas fervientemente volver a casa. Reconocer tu hueco en el sofá y tu ángulo en la cama. Aunque las camas de hotel me parecen siempre mejores que la mía, con esas sábanas tan blancas y crujientes que uno piensa que estrena aunque sabe que cientos de huéspedes las arrugaron antes. Porque el viaje, me parece, tiene algo de ficción. Un componente volátil que estalla y reverbera, y te deja un regusto a aventura cuando esperas de vuelta en la T-4 que una cinta te devuelva el esquipaje...

sábado, 7 de julio de 2012

SI DIOS ES EL BOSÓN, ¿EL DEMONIO ES UN QUARK?

Si un físico y un albañil ladrón de catedrales desbancan a un banquero, el mundo aún puede salvarse.

Por primera vez en semanas,  hemos asistido con pasión a la noticia de la partícula de dios -o bosón de Higgs- y a la detención de un tipo que se llevó un códice valioso y Calixtino como quien se lleva un bocadillo y lo escondió entre material de derribo, su propia vida, para intentar venderlo y vengar de paso su despido.

Nos estaba haciendo falta salir del bucle de la crisis, dejar a la prima de riesgo maquillándose diabólica en su cuarto, ignorar a los mediocres políticos de pasillo y estadística y centrarnos en eso que en periodismo se llama el IH: interés humano.

El atéismo ha muerto. Dios estaba oculto en una fórmula y ha tardado más de cuarenta años en manifestarse desde que un iluminado lo anunció sin pruebas. Alabado sea dios. No está mal volver a recordar que somos partículas caprichosas, sometidas a fuerzas y energías que chocan y se entreveran. Y el resultado es la materia. Doy por hecho que esto resucitará el debate sobre el alma, y me parece justo y necesario.

El mundo lo gobiernan desalmados, y la Iglesia, que anda corta de reflejos, no advierte que tal vez ese demonio que de cuando en cuando desenfundan, resida en la avaricia, en el desdén por la frágil suerte de muchos. La brecha entre los ricos y los pobres, la asfixia por llegar a fin de mes, el desencanto...

Los sociólogos imaginaban grandes revueltas sociales a cuenta de la crisis, se extrañaban de que cifras hipertróficas de paro no devinieran robos del siglo, asaltos a los trenes del dinero, piras a lo bonzo en la puerta de los bancos, robos a supermercados, secuestros de ricas herederas...en fin. Pero la realidad nos demuestra que los desesperados actúan por libre, como los electrones, y se ocultan en garajes y tratan de vender su botín, y entonces los pillan y salen en la tele, y el deán de la catedral, un tipo solvente y bien alimentado, abraza y sobetea el códice de marras, y asegura que está en perfecto estado.

Y tú piensas que te importa un pepino cómo esté el pergamino. Que tal vez mañana algún desesperado la emprenda contra un Goya en el museo del Prado. Y te sale una rima, y te vas a la cama soñando con Higgs, deseando que el dios de las partículas ponga y reponga la humanidad perdida. Que el alma encuentre su camino, y que los verdaderos malos estallen en bosones, en quarks, en shocks anafilácticos, y pierdan para siempre las portadas y las crónicas del hambre y la miseria.

Ya somos tercer mundo, pero aún no ha nacido el físico avezado que lo pruebe en una fórmula. Atentos al cielo.