viernes, 20 de julio de 2012

SI NO TE SUMA, TE RESTA

Tres cuarentones en una terraza chic hablan de que hay un día en el que sientes que no puedes perder tu tiempo, tu alma, tu aliento, con todo aquello que te resta.

Y que resta todo lo que no suma: novios, proyectos, libros malos... precauciones.

Hay un día, digo, en que se te desmonta el mito y lo ves como un tipejillo cobarde y sin armadura. Y entiendes que no hay tiempo que perder. Y constatas que debes centrarte en lo que te aporta, a saber: la carrera contra ti mismo, no contra los estándares de la ambición ajena. La soledad como necesario taller de reparaciones. Los amigos que te enseñan que merece la pena abandonar la cueva y compartir con un gin tonic (de Bombay, así somos las clásicas) lo que has ido aprendiendo mientras corrías y corrías incluso sin moverte del sofá.

Y ese día constatas que quien no te suma te resta. Y que los libros de matemáticas deberían llevar esta máxima escrita bien grande en el prólogo.

Sí, existe eso que llamamos indiferencia, pero también nos sustrae de nuestro paso tranquilo. La verdadera indiferencia no debería ser percibida. No debería restarnos fuerzas. No debería acaparar pensamientos.

La glorieta, esa gran desconocida
A los cuarenta debes elegir entre madrugar o trasnochar. Debes decir que no a proposiciones tentadoras si intuyes que no te harán más feliz. Debes dejar de ver a quien te malmete contra otros. Debes decir la verdad aunque a veces te coloque en desventaja. Debes ser consciente de que cada minuto de disfrute cuenta. Debes poder descubrir las bondades de la cerveza helada. Debes poder cambiar de opinión si te convencen. Debes asumir que ni tú ni tus amigos sois perfectos, que la decepción forma parte del asombro, que el dinero no dará la felicidad, ya, pero darse un capricho en una tarde pegajosa de julio amplía el horizonte de la carcajada...

Por mi parte he aprendido que siempre me perderé en la carretera, pero también que siempre hay un camino alternativo que me lleva a mi destino. Sigo angustiándome porque me pierdo, pero mientras busco un plan B imagino historias y eso que me llevo puesto. Perderse, lo he entendido, es una metáfora del reto. Y eso mola aunque a veces tenga que dar tres vueltas en la misma glorieta para adivinar cuál era mi salida. Y a veces me pare en un arcén y llore de impotencia.

Y entonces comprendo que quizás nací desorientada para no dejar de buscar el tesoro, para conocer carreteras que nunca pisaría y poner a prueba las costuras de mi frustración.

Y en ese caso la resta se hace suma. Llámalo, si quieres, la aritmética de lo inevitable.

PD. Este post me ha salido de una intensidad insoportable. Pido disculpas. Es lo que tenemos las mujeres de cuarenta (y algunos).