domingo, 30 de septiembre de 2012

COCINA PRECIPICIO,COCINA INTEMPESTIVA

"El llamado arte culinario se basa en un asesinato previo, con toda clase de alevosías. Si ese mal salvaje que es el hombre civilizado arrebatara la vida de un animal o planta y comiera los cadáveres crudos, sería señalado con el dedo como un monstruo capaz de bestialidades estremecedoras. Pero si ese mal salvaje trocea el cadáver, lo marina, lo adereza, lo guisa y se lo come, su crimen se convierte en cultura y merece memoria, libros, disquisiciones, teoría, casi una ciencia de la conducta alimentaria". Manuel Vázquez Montalbán. Contra los Gourmets.

Preparo fabada para cinco. En realidad hoy seremos ocho adultos y siete niños a la mesa, pero  me traje de Asturias el clásico pack de fabes y compango (palabra que me encanta por su sonoridad y no entiendo muy bien) y pone muy clarito que es para cinco. No seré yo quien vulnere las santas proporciones de la receta, la aritmética del chupchup. Serán tapas de fabada y a correr.

Lo mejor de cocinar es que te obliga a montar guardia frente al fuego. Las que nos prodigamos poco (ya sabéis, lentejas quemadas y paella para cuatro) conocemos que un despiste puede ser fatal. Así que trasladas el equipo comando a la cocina: música (Aretha Franklin, Chet Baker, Carlos Do Carmo...) ordenador con la página abierta en la receta y alguna revista para los tiempos muertos. Craso error. El guiso no entiende de recreos. O estás, o no estás. El Comidista del Tejado no da estos consejos, pero debería. Muchos incautos desentrenados, como es mi caso, necesitamos la letra pequeña al aproximarnos al fogón. 

Si eres impaciente y precipitado deberías hacer recetas sin parar.  El ritual de extender sobre la mesa los ingredientes, la tabla recién lavada, los cuchillos relucientes y los condimentos tiene algo de sagrado. Hasta que ves por la ventana a tu vecina tendiendo sus fajas marrón clarito. Si obvias este pequeño y antiestético detalle,  corres la cortina y te concentras en cortar en pequeños trozos la cebolla, picar el ajo y espolvorear el perejil, las horas pasan y los olores van sucediéndose sin tregua en una verbena frenética que te invade y te abruma. De ahí que convenga tener a mano una cerveza con su rodajita de limón y dar pequeños sorbitos en un ritmo sostenido.

Creo que con el tiempo me está gustando la cocina porque consigue abstraerme de cualquier mal pensamiento. Soy manos, olfato y lengua. Y oído, desde luego, porque el hallazgo de la música que arranca el punto de hervor es gloria bendita. Si cocinas, diría, nada malo puede pasarte (a excepción de quemaduras, golpes y explosiones, desde luego. Pecata minuta).

En mi familia paterna se lleva la cocina intempestiva. O sea, que según te levantas de la cama empiezas a prepararlo aunque no sea Navidad y tu familia protesta porque el olor a chorizo y panceta en lugar de a café con tostadas es una agresión para la pituitaria. Mi abuela solía amanecer con su oronda humanidad y, tras arrastrar sus pasos de japonesa con kimono por el pasillo, se ponía a picar ajo. "¿Qué se como hoy en esta casa?". Mi padre, el inventor de la sopa vertical (esa tan sabrosa, grasienta y contundente que sostiene los fideos en torre, si te lo propones), hace lo mismo y deja la encimera como un campo de Waterloo. A mí, lo reconozco, me mola despertar un domingo y tener una misión concreta: fabada para cinco que probarán quince. Un plan ambicioso, entenderéis. Un reto que me obliga a preparar otro menú, puede que dos, más entrantes y postre.

La rama materna de mi familia practica la cocina precipicio. Esto es, no tiene ni idea de lo que te va a dar de comer hasta minutos antes de sentarse a la mesa. Esto otorga a cada cita una emoción extra, entenderéis, y una angustia con matices de ansiedad que no se calma hasta la sobremesa. Tú llegas a casa de mi madre y la ves enloquecida en la cocina. Te dirá, por ejemplo: "Tengo unas pocas albóndigas, sopa para cuatro o cinco, pon ese jamón en un plato y mira si hay queso. ¿Te parece que fría estos tacos de merluza y así completamos?". Y tú te contagias involuntariamente de ese frenesí, y mascullas entre dientes pero no dices ni mu porque en el fondo has heredado esas dotes de prestidigitación improvisada. Y te pone la idea de ejecutar un menú con lo que pillas.

Nueve semanas y media
Todos en casa hemos vivido ese momento de llamar con temor a casa de mamá para ver qué llevamos y que te responda "no hace falta nada". Y comprobar enseguida que no había un plan, sino una gyncana: convierte lo que tienes en la nevera en comida de fiesta. Voilá!

Os dejo, que la cocina me reclama. Tengo las fabes en remojo desde ayer y espero se comporten como reza en el envase y no me obliguen a tener que ofrecer a los míos unos huevos fritos con patatas regados con buen vino y conversaciones a gritos sin hilo conductor. Esa algarabía que, al igual que la sopa vertical en el plato, te hace sentir el calor de la familia. Precipitada e improvisadora. Pero feliz reunida delante de un plato de lo que sea.

"... El placer era egoísta y nos topaba gimiendo con su frente estrecha, nos ataba con sus manos llenas de sal. Llegué a aceptar el desorden de la Maga como la condición natural de cada instante, pasábamos de la evocación de Rocamadour a un plato de fideos recalentados, mezclando vino y cerveza y limonada, bajando a la carrera para que la vieja de la esquina nos abriera dos docenas de ostras, tocando en el piano descarado de madame Noguet melodías de Schubert y preludios de Bach, o tolerando Porgy and Bess con bifes a la plancha y pepinos salados." Rayuela. Julio Cortázar.









sábado, 29 de septiembre de 2012

SI HAS VISTO ATACAR NAVES EN LLAMAS MÁS ALLÁ DE ORIÓN

"Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral". (Consejos para escribir cuentos. Roberto Bolaño)

Uno nunca sabe demasiado. Nunca sabe suficiente. Hay un día en el que se levanta y considera que ha acumulado una ingente cantidad de información en la vida y entonces lee a Bolaño. O no lee en absoluto. Las personas más tontas que conozco creen que lo saben todo desde los doce o trece años. Creen que Ferrero Rocher es una marca de bombones refinados, que la vulgaridad es una de las bellas artes y que las brujas no existen.

Imagina que te dicen que en otra vida fuiste una actriz y tuviste un accidente de avión. Imagina que contemplas la reencarnación como una hipótesis posible y, sintiéndolo mucho, tan probable o improbable como la resurrección el famoso día del Juicio Final (tan popular como el Juicio de Nuremberg, solo que este ya fue, está documentado,y el otro admite fantasías y cuadros de El Bosco). Imagina que estás en una mesa contándole a un grupo de niños, tus sobrinos, que hay culturas que consideran que a la muerte uno pasa a ser otro, o quizás una animal. Pongamos que un ratón o una sardina.

Y entonces se hace el silencio y una adorable niña de seis años, la que un día estuvo a dos minutos de pasar el umbral, te mira con esa mirada penetrante de sabia que vuelve cuando otros van y suelta: "Pues yo quiero reencarnarme en Sara XXXXXX, XXXXXX" (sus dos apellidos).

La dictadura de la razón ha hecho mucho daño a los cuentos. "Vosotras sois muy analíticas, no hay más que ver cómo os sentáis", nos dijeron el otro día a A. y a mí. Ceñirse a la ley cartesiana (¿la duda metódica?)  es una forma de protegerse, sospecho, aun sabiendo que ahí afuera hay una vía láctea alternativa que provoca recelos. Mayormente porque los hierbas más zopencos se han dedicado a adorarla sin rigor ni vocación. Y en ausencia de base intelectual mentan a la energía, al cosmos y a los gusiluz y se sueltan el sujetador. 

Yo he leído a Cela y he leído a Umbral. Al primero sin poder sacudirme la antipatía que me despierta, no ya sólo de oídas sino tras haberle conocido en dos ocasiones, nada memorables. El segundo se meó (así, en plan vulgar y con perdón) en una terraza donde solíamos hacer entrevistas. Eructó y nos dedicó un recital completo de grosería disfrazada de excentricidad. Estaba viejo y enjuto bajo esas americanas vaqueras. Jugaba con las palabras desde el sarcasmo, sí. Y nunca fue santo de mi devoción, ni siquiera como columnista. Pero debo reconocer que hay un libro, "Mortal y rosa", que me sobrecogió. Narra la enfermedad y muerte de su único hijo y lo hace de manera febril, delicada, en un sollozo de palabras que te pellizcan y te dejan baldado y sin escapatoria posible.

La muerte es el tema universal, aunque entre todos hemos decidido que sea el amor. Más llevadero, más manejable, menos incógnito. El amor maldito en ocasiones se apodera de los cuerpos y se instala a vivir podrido en un rincón, como una gangrena que impide que algunos vuelvan a querer. Esto que cuento forma parte de un cuento y termina mal, o depende. Tendría que preguntarle a Bolaño que, desde luego, está un poco muerto. Y entonces hablan las cartas y los brujos. Y eras una vaca, o una cenicienta instalada en una calabaza guiada por ratones. En otra vida, desde luego.

Blade Runner
Toda esta maraña absurda viene a que creo en mundos que escapan a la razón. Si tuviera un talento clasificable, ponderable, susceptible de terminar como artículo en Science y no en News of the World diría, quizás, eso de "Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir" y después, solo después, me tiraría a Bolaño con desesperación, no sin antes haber hecho una pira con algunos libros de Cela y de Umbral (y de muchos otros mucho más mediocres, querido Roberto).

Como no lo tengo me limitaré a dejar que razón e intuición, sentimiento y construcción, bailen juntos alocadamente. Y burlen la muerte, y devengan cuentos que pasen los controles ISO de la excelencia. Y nos deparen horas de lectura apasionada, febril. Un trance, lo que viene siendo un trance.

"Lo repito por si no ha quedado claro: Cela y Umbral, ni en pintura". Roberto Bolaño.






jueves, 27 de septiembre de 2012

SI EN UNA REUNIÓN MUNDANA ERES EL ÚNICO VARÓN SIN PAREJA

Ítem:está claro que Stuart piensa que ha aumentado su cociente de savoir faire en el último decenio. Pero si en una reunión mundana eres el único varón sin pareja, ¿acaso no es de buena educación, sin más, hacer pesquisas preliminares sobre la única mujer presente que no tiene pareja? Del tipo:¿A qué te dedicas? ¿Tienes horario partido o jornada intensiva?¿En qué oficina de Hacienda haces tu declaración? Pero él se limitó a clavar la vista en Ellie como si tuviera problemas con sus lentillas". Amor,etcétera. Julian Barnes.

"Me llamo Jessica y trabajo de nueve a tres. Ni un minuto más, ni un minuto menos".

La mujer con la que coincido en el autobús muchas mañanas tiene los ojos saltones, pintados con raya contundente, luce abundantes pulseras de baratija, ropa amplia en tonos beige, bolso de plástico y algún anillo de plata. Además siempre lleva una bolsa enorme llena de cosas, lámparas y así. Andará por los cincuentay su tono de voz sobresale no por el volumen, precisamente, sino por su agudeza áspera, casi sobrenatural.

Un día, sin más se acercó a mí y me soltó: "¿Qué miras en el móvil?" Yo no daba crédito, pensé que se equivocaba de persona, pero no. Era a mí.

-¿Qué miras en el móvil?
-Pues...cosas (fue lo más cortés que se me ocurrió, dadas las circunstancias)
-Ah...Yo escucho la radio, seguro que te has fijado.
-Umm...no, no me había fijado.

Este encuentro lo interpretó ella como una invitación a hacernos las mejores amigas del autobús. Un título que otorgan cuando llevas mucho tiempo coincidiendo con los mismos, observando sus ojeras, sus pieles recién perfumadas, sus Ipods y...sus zapatos. Detalle que a mi más mejor amiga de autobús no se le escapa.

-Te miro los zapatos cada día. Alucinantes. Imposibles. ¿Te has caído alguna vez?
-Noo. Bueno, sí, el otro día en la oficina me pegué un tortazo al tropezar con la bicicleta. Tengo un enorme moratón en la rodilla.
-Lo suponía (triunfante)

Ahora me habla de su hijo, del fontanero que le hizo un charco negro en la cocina. Me habla de que tiene una casa en alquiler y necesita comprar unos focos. Me los enseña dos días después. "Son de los chinos, verás, tres euros. ¿Monísimos, a que sí? Asiento sin dudarlo. Iba mirando el catálogo de IKEA y ella prácticamente me lo arrebata para mostrarme todos los focos que han pasado por su cabeza como candidatos a la citada casa de alquiler. Trago saliva, una fuerza misteriosa me dice que no debo ser borde. Ahora ella quiere ver alfombras. Le paso el catálogo. Pero no. Quiere compartir el momento. Extraigo de mi bolso la crema de protección solar. Antes de echármela me siento obligada a ofrecerle un poco, como quien ofrece un chicle o un caramelo. Acepta encantada.

-Yo me pongo crema cada día. Ya no escatimo, como antes, y me compro Nivea, que es de las buenas. ¿Cuál usas tú? pregunta poniendo su cara a escasos cinco centímetros de la mía.
-No sé...la que cae en mis manos, soy bastante infiel.
-No, fijo que son de las caras, porque esta que me has dado es de marca.
-No creas...
-Que sí. Yo como tú. No escatimo y compro Nivea.

A esas alturas del viaje me asfixio. Necesito llegar y despedirla. Me siento invadida y torpe por no haber sabido rechazar a esta mujer que, sin embargo, me da cierta pena. Tengo la sensación de que nadie la escucha en su casa y ella se toma su venganza en el autobús, con el primero que pasa.

-Yo me bajo aquí mismo también. Trabajo en el PP, ¿sabes? Pero a las dos en punto me marcho hoy, que tengo que colgar los focos.
-Ah, sí, claro. Son preciosos...

Y justo antes de que se la trague la calle Génova me echa un último vistazo/refilón a los zapatos.

Ellie no está casada ni comprometida (...) pero lleva un anillo en el dedo corazón de la mano izquierda. Yo llevaba uno en una época, una forma de decir que no se me acercaran, de no explicar cosas, de invocar a un novio imaginario, de defender tu territorio cuando no soportas la visión de los hombres durante unos días. O semanas. O meses. Julian Barnes.

pd. Sí, me repito con la canción, pero es la que me pide el cuerpo. Ella va a estar en la parada, lo sé. Debo armarme.


miércoles, 26 de septiembre de 2012

DOS EX, DOS NIÑAS, UNA CENA

Me aburren las conversaciones prefabricadas. Y no estoy libre de culpa, desde luego. A veces te ves sumergida en una de ellas y para cuando quieres salir, ya es tarde. Te ha atrapado en su viscosidad sin proteínas y, lo que es peor, eres uno de sus artífices, un cómplice que no saldrá libre de cargos

La charla de ascensor tiene un pase porque dura unos segundos.  Es inolora, incolora y estúpida.

Y sin embargo, necesaria.

Lo más excitante es que en una cena que a priori arranca prefabricada surja un debate insólito. Que un hombre con el que habitualmente sólo tienes un tema y casi te llevas las preguntas preparadas como a una entrevista, te sorprenda con la revelación aparentemente gris.

La cosa es que tiene bajo su cargo al mejor expediente de la historia de la ingeniería. Un tipo joven, rápido, ambicioso y absolutamente brillante. Y es obvio que la situación le inquieta a él, que es también inteligente y que se ha sentado a la mesa con regalos amorosos para una niña ("para la aventura", "para la creatividad" "para la inteligencia", rezan los carteles adheridos al cada uno)  y un regalo insólito para la otra: se trata de una cartulina con fórmulas matemáticas que no entiendo, trazadas con absoluta pulcritul y, al final, las inicales de su autor. "Míralo despacio y verás por qué te equivocaste en ese problema", le indica. Y ella hace un gesto de "vaya regalito" pero se lo mete apresurada al bolso.

Eva al desnudo
-¿Te inquieta que sea tan listo un subordinado?, quiero saber, y engancho un rollito de sushi coronado con pez mantequilla. Delicioso.
-Es inquietante, sí, a veces me cuesta seguirle. Y él, por cierto, me hace mucho la pelota. ¿Te sirvo más vino? Asiento.

Le digo que detesto a los pelotas (no suelen ser muy listos. El listo que te hace la pelota es un actor en busca de un sueño. Un "Eva al desnudo", tal vez). Le digo -mientras bebo un sorbo de ese vino rico- que me excita rodearme de gente más inteligente. De personas que estiren mi cerebro exhausto, que alumbren vetas  que yo no vi. Me mira y asiente, aunque poco convencido. Y la pequeña suelta una de las suyas.

-Vamos, que es más listo que tú, papi. ¡Pues vaya!
Y la mayor, tras coger carrerilla, le hace los coros: "¿Crees que te robará tu puesto, que ya no serás el más jefe?".

El miedo a que otro brille más es un trend topic en las oficinas. Quien destaca es una ficha que altera todo el sistema del tablero y desencadena inquietantes movimientos que no estaban previstos. La enana suelta entonces que este año también se va a apuntar a ajedrez. Su hermana ha elegido el yoga y ahora su padre le explica que necesita hacer algo con sudor.

-Vente a correr conmigo, le invito en lo que ya es para nosotras una charla de ascensor.
-Ni lo sueñes. Odio correr. (Juro que estas dos frases las hemos pronunciado/repetido no menos de una treintena de veces en los últimos tiempos, como un guión de director maniático que no permite que sus actores alteren una sola coma)

Odia correr, pero le interesa el tema de los seres superiores. Relata que en su clase de inglés hay una chica que siempre tiene la respuesta a punto, que se esfuerza lo mínimo y saca invariablemente un diez.  "Yo no soy tonta, verás, y le dije: ¿no serás una superdotada de esas, verdad?".

Nos reímos los cuatro y entonces la camarera, china como ella sola, trae a la mesa un plato con helado, nata y lichis que no habíamos pedido. El padre enciende la vela, la enana -Minichuki, of course- sopla con cierto sonrojo y le cantamos todos el cumpleaños feliz, capitaneado el coro por la encantadora china y su jefe, el dueño del restaurante, que ha aparecido de súbito con varios regalitos envueltos en celofán. Un tipo caucásico con los pelos peinados como Espinete y toneladas de gomina. El grupo es extraño y concita las miradas del comedor. Más cuando al terminar el canto la china se lanza a besar a la cumpleañera con febril entusiasmo.

-"Vosotros sois una familia feliz", nos dice envolviéndonos a los cuatro con la mirada.

La sonreímos  y al salir nos despedimos sin beso, pero contentos de sentirnos familia. Que no se me ocurre un mejor padre para mis chukis. Que el mejor hombre, lo creo firmemente, es ese con el que construyes cuando todo se ha dinamitado. A distancia, pero con un hilo que no se rompe.

Y la noche nos engulle a cada uno en su portal, en su casa y en su cama.  Ligeros y desengrasados como una de esas charlas anodinas que en el fondo son el cemento imprescindible de las relaciones, de las familias y de las oficinas.



martes, 25 de septiembre de 2012

JUSTO ANTES DE QUE SE ACABE EL MUNDO...

Trastevere
¿Podrías acaso fabricar una simple cerilla de madera con la que obtener fuego al rasparla contra una piedra?. Nos creemos tan importantes y tan modernos, con nuestros alunizajes y nuestros corazones artificiales...Pero, ¿qué ocurre si uno es arrojado a otro tiempo y se encuentra cara a cara con los antiguos griegos? (...) ¿Qué podrías decirle a un griego a lo que él no respondiera "Vaya cosa"? Don DeLillo. Ruido de fondo.

Mi adolescente anda preocupada porque el fin del mundo, según todas las previsiones, cae justo el día antes de su dieciséis cumpleaños. Y ella tiene grandes expectativas en esa edad en la que el cuerpo parece haber alcanzado sus hechuras y su cabeza, llena de pájaros alborotados por las hormonas, ha comenzado a alumbrar pensamientos propios. Y ya hoy, cuando se escucha, se le escapa una mueca que es una media sonrisa de reconocimiento, el asombro de saberse un poco más  dueña de sí, como una figura de barro donde ya se atisban tímidas formas y dos o tres aristas poderosas.

Hace unos años, creo que tres, nos fuimos las dos a Roma con mi hermana y mi sobrina, que andaba también por la edad del pavo. No paramos de pelear. Yo, alterada porque mi hija, lejos de trasportarse por la belleza del Trastévere y dejar de respirar en el circo romano, ponía mohínes de repelente y nos regalaba grandes frases del tipo: "¿Vamos a seguir viendo piedras viejas?" o "¿cuándo comemos? ¿cuándo descansamos? y ¡qué hotel más cutre!".

-Mamá, esa no era yo. Me dijo hace unos meses, después de pedirme que la llevara a París, a Londres, a Lisboa a ver mundo, y yo responderle que no pensaba darle margaritas a los cerdos (esa expresión tan vulgar y tan contundente).

La respuesta me dejó suspendida en un pensamiento. Roma, una de mis ciudades favoritas (también de Woody Allen, al parecer), sería siempre un lugar ligado a mi vida como madre atribulada e imperfecta. De hecho, cuando volví, mucho más relajada y en bicicleta, reconocí los rincones exactos donde mi ado y yo habíamos tenido grandes broncas y el hallazgo me hizo sonreír. Me di cuenta de que hay ciudades que reclaman estados de ánimo concretos, y si no te expulsan como a un turista grosero que eructa dentro del Panteón. Ese lugar magnífico donde siempre que vuelvo levanto el cuello a su agujero del techo y sueño con que llueva y caiga el agua al suelo de mármol brillante. Una especie de milagro.

Mi adolescente, sin embargo, entró con desgana al templo y arrastró sus botas pesadamente, mientras yo contenía las ganas de pegarle una bofetada. Era una profanación y también una provocación. La rebeldía de un cuerpo que no se encontraba a gusto con su dueña. Pero yo entonces ardía de ira y no lo pensé.

A los dieciséis años, si no nos ha borrado el fin del mundo del planeta, toca empezar a una misma y de hecho ella ha empezado y comprobarlo es un espectáculo bonito. La escucho hablar con sus amigas y darles consejos cabales. Me sorprende por WhatsApp con palabras que no usa cuando habla, pero están ahí, alojadas en el mismo rincón de su cerebro donde se quedó un charco del Tíbet o el dolor de la Piedad. Una madre, un padre, es un ser impaciente que espera recoger la cosecha antes de tiempo. Pero cada hijo se toma el suyo y un día, cuando Nostradamus está a punto de volver a ser el amo y las despensas se llenan por si el mañana te pilla tititando entre escombros del salón, te brinda una frase que encierra todos tus esfuerzos, todas las noches en vela y algunas batallas campales en los Campos de Marte (y de Júpiter y Saturno)

-Mami, esa no era yo.

Y entonces recuerdas que tapoco eras tú la misma que pisó Roma por primera vez, un poco mayor que tu hija hoy, con la abuela Yaya, ni la que después la recorrió en un viaje de recién casada que incluía diez ciudades al galope, que la que la bailó una noche de juerga salvaje tras un estreno de cine y luego, con las gafas de sol bien caladas, salió a recorrerla al amanecer, con los adoquines de las calles recién puestos, milenarios y brillantes. Ni esa que hace apenas un año la montó en bicicleta durante tres días perfectos que se han grabado para siempre.

A Roma con amor...y sin esfuerzo?
P.D. Querido Woody, creo que podías haber contado una buena historia en A Roma con Amor. Si no lo haces tú, lo haré yo sin tu genio y en plan casero para que mis Chukis comprueben quiénes son en mí a través de los viajes. Y que salir es necesario para construirse a uno mismo. Y convertirse en panteón grandioso pero siempre con un agujero por donde deben caer todos esos quebrantos que nos hacen recordar que somos mejorables y que una revolución de las hormonas convierte cada Roma en una ciudad distinta, siempre sublime.

Quieran los dioses que mi hija supere el fin del mundo y cumpla sus dieciséis. Y viaje.


"La luna, único satélite de la tierra, estallará en medio de una noche húmeda, desencadenando con ello un caos en el flujo de las mareas y esparciendo tierra y escombros sobre amplias zonas de nuestro planeta. Los equipos de limpieza de los ovnis, sin embargo, colaborarán para evitar un desastre global y señalarán con su actuación la llegada de una era de paz y armonía!". Don DeLillo.


lunes, 24 de septiembre de 2012

¿A QUÉ HUELEN LAS NUBES?

"Quería hechos, y buenas historias. Cuanto peores eran, más le gustaban: historias de vergüenza, de humillación y fracaso, historias puercas y manchadas de semen, de lo contrario se marchaba como una espectadora decepcionada". El buda de los suburbios, Hanif Kureishi.

Las historias pegajosas a veces dan pie a diálogos delirantes: "Los cuatro meses que estuve sin regla fueron los más felices de mi vida", sentenció ayer C. mientras se metía un trozo de brocheta de pollo en la boca. Entre mujeres, la menstruación es un tema recurrente y democrático: todas tenemos algo que aportar a la casuística general. "Cuando me quedan tres o cuatro días me retiro de la vida social, desayuno Bloody Marys y dejo que por ahí abajo se me escapen los malos humores como se escapa el agua del grifo por el sumidero del lavabo".

Una historia puerca, a lo Kureishi, sólo se sostiene con buenas artes literarias. La casquería denota baja estracción social, cultural o metafísica cuando no se hace esgrima con las palabras. En torno a la maldición femenina hay giros que retratan a quien los emplea. Personalmente siento rechazo agudo por la expresión "me ha bajado la regla" porque me imagino una cascada desbordada y roja y me da miedo como me dan miedo las mujeres de uñas largas y aún más si las pintan de ese color.

Recuerdo cierta compañera de trabajo que solía justificar sus ausencias o retrasos con sms donde me describía los pormenores de su regla, causante directa de su ausentismo. Os ahorraré los detalles, por escabrosos. Sólo sé que un día le contesté: "too much information" y nunca más reincidió. Hay temas que no merecen demasiadas líneas en un diálogo salvo que seas un maestro y puedas sortear los epítetos más próximos a la realidad que describen. Y el calendario rojo es uno de ellos.

Cierta mujer que conocí solía advertir a su pareja del asunto, ya que se volvía literalmente insoportable. El mensaje era invariable: "Mejor hoy no quedamos. Tengo un SPM-DPM" (Tengo un Síndrome Premenstrual de Puta Madre). El hombre se lo tomaba a risa y bajaba la guardia cuando pocas horas antes había estado a punto de matarla con alevosía porque ella realmente se mostraba irritable y buscaba pelea con embates nada literarios, por cierto.

Creo que la literatura se inventó en parte para disfrazar las realidades más salvajes del ser humano. La mención a fluidos y excatologías. Aquello que nombrado fuera de la consulta de un médico o de un laboratorio de química provoca estupor y temblores. Nos degrada, nos recuerda que somos animales y que por mucho que nos perfumemos con Chanel (O Comme des Garçon) sudamos y olemos mal. Pero hablar de ello en una comida, convengamos, es una ordinariez por mucho que todas tengamos la regla y nos hayamos empapado de aquel spot memorable, creo que de Isabel Coixet, que se preguntaba "¿A qué huelen las nubes?".

Pues la nubes, querida, huelen a acera tras la lluvia. Uno de los olores más increíbles que nos ofrece la naturaleza. Ayer lo comentábamos mis amigas de la universidad (tantos años, tantas reglas y tan cerca) al salir de un café y tras un chaparrón que trajo de súbito el otoño. Ahí sí que puede decirse "me ha bajado el otoño" porque las gotas caían con furia y al mezclarse con el polvo de las calles creaban una fragancia que te llenaba los pulmones de entusiasmo. Bajó el otoño y los asuntos pegajosos pasaron a un segundo plano. Y todas respiramos y decidimos que lo que nos hace animales es el alborozo de sentir cómo la humedad penetra hasta el fondo y nos contagia de un optimismo tan desatado como un SPM, pero bello y gris como una cortina de plata que te recuerda que renacer es mojarse. Y entrar en el ciclo más catártico que existe, el de las estaciones.



"Antes de que me diera cuenta estábamos pasando delante unos lavabos públicos que había junto al parque y ya tiraba de mí. Al inhalar el cóctel de orina, mierda y desinfectante -que yo asociaba con el amor- cuando me arrastraba hacia allí, tuve que pararme a pensar. No es que creyera en la monogamia ni en nada parecido, pero Charlie ocupaba todos mis pensamientos y no podía pesar en madie más..." (Hanif Kureishi)




domingo, 23 de septiembre de 2012

¿QUIÉN ERA YO, A TU LADO Y A OSCURAS?

"Quiero descubrirte toda mi vida, la verdadera, que empezó el día en que te conocí. Antes había sido solo algo turbio y confuso, una época en la que mi memoria no ha vuelto a sumergirse. Debía de ser como un sótano polvoriento, lleno de cosas y personas cubiertas de telarañas, tan confusas que mi corazón las ha olvidado". Carta de una desconocida. Stefan Zweig.

El hombre a la mesa sostiene que las mujeres queremos que nos mimen, que nos traten como a princesas y... buen sexo. Siempre buen sexo. El resto de los varones asienten con la solvencia de quien ha recorrido muchas caderas y besado cuellos y escotes desbocados. Todos tienen hijos con más de una, todos glorias y duelos al sol, cabe imaginar. Las tres sentadas a la mesa nos miramos. Al fin mi querida A.dispara: "Las mujeres queremos hombres que nos hagan crecer y que se alegren por ello".

Las mujeres así, como género, no queremos nada, pienso yo. Cada una ha ido conformando el compañero, la compañera, que necesita a su lado en cada momento. Y raras veces suele coincidir el de una etapa con el de la siguiente.

Sigue la noche. "Una mujer inteligente no se fija en un pusilánime". O sí. Hay permutaciones de dos elementos que en sí mismo serían imposibles y, sin embargo, suceden. Alguien comenta el espectáculo de adolescentes latinos en el metro. Ellos, machitos dominantes. Ellas, sumisas y aparentemente encantadas de no tener ni voz ni voto. De vez en cuando el chico, zapatillas de deporte hipertróficas, jeans caídos, camiseta de marca y gorra, le da un tiento a su pareja. Ella sonríe con orgullo.

Lo diré una vez más. No soporto a los hombres que te agarran de la cintura sin que tú hayas dado señales de desear su mano, la presión de sus dedos, el latido. El otro día, en una fiesta, cierto tipo vino a acariciarme la cara mientras yo hablaba con un invitado en un gesto de marcar un territorio que encontré desagradable. Mi territorio es mío, verás, y si quiero que lo pisen, lo marquen y hasta se instalen a vivir suelo manifestarlo con claridad. La ¿princesa? que me habita está sola en su torreón y sale a bailar por las noches. "Tú lo que necesitas es un hombre tranquilo que respete y ame tu independencia", susurró el profeta."Y perder la cabeza, perderla del todo".

Detrás de algunos hombres galantes se esconden machistas sin cura, todas lo hemos vivido. Y muchas hemos conocido hombres solventes, intelectualmente brillantes, que necesitan superarte en un palmo o en dos. Sí, te llamarán princesa, incluso reina, pero jamás preguntarán por tu forma de ver el mundo, lo que lees, lo que escribes, a quién conociste en esa fiesta o por qué te has quedado colgada de Glenn Gould. Buscan verse reflejados en tu mirada, gloriosos como dioses de un olimpo labrado de egos y manos en talle ajeno.

No me ha dado un ataque de feminismo clásico, lo juro. Es que tengo la fuerte sensación de que hombres y mujeres no buscamos lo mismo cuando se supone que ya se ha hecho la revolución. "Nosotras la hicimos, puntualiza A. Vosotros aún la tenéis pendiente". Aquel hombre no sabe que podría volver a perderla, remata el profeta. Que ir con el paso cambiado tiene desventajas y muchos espacios para oxigenarse en soledad. "A las mujeres con exceso de determinación  -dice alguien- les van hombres decididos que las descoloquen a ratos". Puede que sí. Seguro que sí.

¿Rapunzel lee a Zweig?
Intuyo que el debate sobre la pareja está aún por hacer. Y nacerá muerto si arranca con los mismos tópicos y se enreda en malabarismos estériles. Entretanto, diría que las mujeres seguimos pecando de lo mismo, algo atávico y eterno: necesitar desesperadamente que nos adivinen. Pero a veces, muchas veces, somos un enigma para nosotras mismas.

¿Y sexo, siempre buen sexo? Sí. Y palabras escritas por mentes brillantes para acompañar las horas muertas en el torreón:

"Nunca he conocido a ningún hombre que se entregue en esos momentos con tanta ternura, que ofrezca su profunda intimidad con tanto altruísmo y que después lo diluya todo en un olvido infinito, casi inhumano. Pero yo también me olvidé de mí misma. ¿Quién era yo, a tu lado y a oscuras?". Stefan Zweig.






sábado, 22 de septiembre de 2012

LA CASQUERÍA SEGÚN SÁNCHEZ DRAGÓ

"Pero lo que aquí me interesa es el misterio específico del sueño por el sueño mismo, la inevitable sumersión que noche a noche cumple osadamente el hombre desnudo, solo y desarmado, en un océano donde todo cambia, los colores y las densidades, hasta el ritmo del aliento, y donde nos encontramos con los muertos". Memorias de Adriano,  Marguerite Yourcenar.

En otra vida tuve un accidente de avión. Ahora lo sé y entiendo el familiar vacío en el estómago cuando avanzo por el pasillo en busca de una butaca lo más delante posible, jamás ventanilla. Detesto a las personas que se sientan a bordo con la misma despreocupada ligereza que si lo hicieran en el salón de su casa. Distraídos, abren el periódico, trastean con el móvil y no se abrochan el cinturón hasta que la azafata se lo recuerda.

Divido así a la población entre los que nada más sentarnos nos abrochamos a conciencia y el resto. Los que tanteamos el bolsillo en busca de una pastilla somnífera y relajante y el resto. En concreto me irritan sobremanera los seres que disfrutan de las turbulencias y hacen fiestas cuando yo siento, estoy convencida de que me voy a morir en caída libre. De que ese será mi último vuelo.

(De hecho, tengo cierta anivadversión a los que se suben a las montañas rusas más altas porque yo no puedo hacerlo sin vomitar hasta el pancreas).

Si de adolescente no subes a las atracciones más salvajes eres hombre muerto. Si por entonces no desprecias a Marguerite Yourcenar y sus Memorias de Adriano, eres rarito. Yo, que siempre leí mucho pero me resistí a la programación dictatorial del colegio, tenía cierta manía a ese libro que hoy ha caído en mis manos nada más sentarme en en rincón donde escribo. Juro que sobresalía de la estantería y que me llamaba. También que lo he abierto al azar y ha aparecido este fragmento sobre el sueño como lugar de encuentro con los muertos.

Luego he pensado en Sánchez Dragó, por una extraña asociación de ideas. Este hombre me desata sentimientos hostiles, y pese a ello a veces veía su programa de libros con la aviesa intención de desobedecer sus recomendaciones. Esta semana se ha descolgado con un relato vulgaris sobre el parto de su mujer japonesa y lo ha acompañado con unas imágenes de casquería. Una de ellas, al menos, donde la futura madre  abre las piernas al mundo mientras Dragó parece tuitearlo concentrado en su móvil.

Alta literatura /antídoto contra Dragós
Pensé que un momento tan íntimo no merece ser contado, mucho menos mostrado. Y si lo haces no deberías recurrir a El Libro de la Selva, con todos mis respetos a Kipling, por demasiado evidente. El parto es el instante más salvaje en la biografía de una mujer, las que somos madres lo sabemos. La sensación de estar partida en dos, abierta en canal mientras un ser pegajoso que grita se abre paso y lucha por asomarse a la luz, es un fogonazo tan brutal que no se explica.

Y Dragó, ese impúdico, ha violado la sagrada ley de la intimidad y hasta del amor y se ha subido a  la montaña rusa del exhibicionismo. Y nos ha revuelto el estómago, y sólo le ha faltado terminar comiéndose la placenta en directo.

Menos mal que Adriano pasaba por allí: "A los cuarenta y cuatro años me sentía libre de impaciencia, seguro de mí, tan perfecto como mi naturaleza me lo permitía, eterno. (...) Yo era dios, sencillamente, porque era hombre". 

Leer párrafos como este se parece a sentir el tren de aterrizaje en el instante en que el avión se posa sobre la tierra y tú vuelves a nacer, y despides a tus muertos. Esta vez no será, tampoco ha sido.

PD. Sigo enganchada al Himno ruso, me ha acompañado en el sueño y creo que voy a llevármelo a correr para sentirme aguerrida y desatada.





viernes, 21 de septiembre de 2012

UNA MALA NOCHE LA TIENE CUALQUIERA

Fanzine by Venegas
Él es una antigüedad del siglo XXI. Sin duda puede suceder. Los límites de la modernidad experimentan un continuo trasiego, unos vaivenes insólitos de consecuencias imprevisibles. Se puede estar descatalogado en el preciso instante en el que muestras al mundo tu obra.

Ser contemporáneo, ser contemporáneo...

He dormido en el chill out y eso se paga caro. Un colchón en el suelo, un móvil de conchas marinas translúcidas que la brisa convertía en instrumento y la voz de Carminho, todo junto, tienen efectos lisérgicos. Pensé que hay deja vù que merecen una moviola eterna. Y después di tres vueltas hacia un lado, tres hacia otro, y decidí que ya era hora de dormirse. Que hay círculos que deben cerrarse o no son círculos, sino absurdas figuras que se resisten a las estrictas leyes de la geometría. Y que el olfato es de todos los sentidos el que más perpetúa los recuerdos.

(También que una cocina a medio recoger es una bacanal postergada).

El nieto moderno me propone acudir a charlas de filosofía. No sé nada de Shoppenhauer, ni de Lipovezsky  que pueda defender con solvencia, le advierto. Me sorprende que haya menores de cuarenta dispuestos a pasar una noche a la semana devanándose los sesos en busca de preguntas que generen nuevas dudas. Dudar es vivir. En realidad, pienso que el chico se ha metido al cuerpo alguna sustancia inclasificable y ahora proyecta sus delirios en forma de hipótesis.

-Yo trabajo con hipótesis, le advirtió ella. Pero si no estás de acuerdo, las desmonto y fabricamos otra.

Las terapeutas modernas han abandonado el tonillo condescendiente que encierra a los dictadores, al parecer. Mi amigo está satisfecho con la idea de machacar hipótesis mientras espanta sus demonios y eso merece una cerveza y una cena con velas.

La modernidad. Anoche Luis Venegas presentaba en Loewe sus fanzines. Me hubiera gustado estar, pero mi cuerpo tenía otras urgencias. Luis es un moderno que asombra también a los mamarrachos. Suele llevar gafas enormes y sonríe como un niño pequeño pillado mientras prepara una trampa para pájaros.

"Yo lo que quiero dentro de diez, de veinte años, es invitar a mis amigos y desatar las pasiones con espuma marina" -me confesó él por debajo del mantel. Y luego, más: "No me gusta cómo mira esa mujer, me inquieta, me espanta, me escruta y me expulsa de su lado". Le di un beso y lo acompañé hasta la puerta de la calle.

El sexto sentido es eso que te hace huir de algunas personas o apoyarte en su regazo una noche después de años de dar vueltas en la rueda del hámster. Mi amigo es un señor que ha vivido mucho y ha elegido la casilla equivocada. Un laberinto de platino donde hay varios menús al día y ni una gota de pasión. Una lástima.

Sartre y Simone
El hombre que renuncia a la pasión es hombre muerto. Una antigüedad del siglo XXI (Con la venia de Jean Paul Sartre -El hombre es una pasión inútil. La experiencia metafísica del absurdo del mundo es la náusea)  Guapo, muy guapo en su categoría de seres que han matado de facto a la pasión. Muerto, muy muerto.  

Con mucho menos el artista se haría una performance y luego citaría a un pensador checo o polaco, entre nubes de humo de un tabaco áspero como las ideas insomnes.

Conclusión provisional: Una mala noche la tiene cualquiera. Una magnífica, sólo los valientes con alguna asignatura por aprobar en la cartera y toda la existencia por delante. Sin GPS ni otros aparatos descatalogados como ideas huecas ilumidadas con focos ténues en una galería improbable a donde acuden modernos para firgirse contemporáneos. En busca del soñado upgrade social.

PD. No me he drogado, soy de las monjas y me coloco mirando fijamente las nubes desde un colchón tirado en el suelo. Y una certeza: debo volver ya mismo a Lisboa.




miércoles, 19 de septiembre de 2012

UNO TIENE LA EDAD DEL HOMBRE/MUJER QUE AMA

"Un hombre tiene la edad de la mujer que ama"

Lo escuché la otra noche en una mesa con varias parejas desiguales. Quien la pronunció le saca veinte años a la suya, con la que lleva más de una década y a la que besaba suavemente entre el primero y el segundo, para pasar a hacer manitas bajo el mantel en los postres. El protocolo andaba despistado y los sentó juntos, pero estaba claro que ellos no hubieran deseado otra cosa.

Me quedé colgada de la frase recordando a esas mujeres que se apresuran hacia la edad del hombre que aman y, si este es mayor, experimentan una metamorfosis de señora con perlas en el cuello. Como si una urgencia invisible las empujara a igualarse en territorio de desventaja para que él, ellos, no sintieran el agobio del señor con jovencita que enfrenta las miradas de deseo de otros hombres más jóvenes, más dotados de testosterona.

Cierta mujer que conozco se lamenta de que sólo atrae a los de treinta y a los de cincuenta. Su target generacional parece no tener ojos para sus encantos. Las amigas solemos decirle: ¡Pues mucho mejor, mujer!, que los de cuarenta están muy tarados, se acaban de divorciar o andan perdiendo el alma por las jovenzuelas de 25, en una lucha patética por burlar el fantasma de una juventud que sienten que se les escapa.

El Toni2
La mujer del hombre que amaba demasiado levanta el tenedor del mantel dos dedos por encima de la media y mira desenvuelta al respetable, con esa seguridad de contar con ventaja, de poderse ir tranquila mientras su enamorado rejuvenece por días y la observa  como si acabaran de iniciar un flirteo en una fiesta. Me parece, me pareció bonito, aunque pensé que en las parejas, al margen de la fecha de sus nacimientos, a menudo suele haber una desigualdad más notoria: uno ama más, el otro se deja. Uno arriesga, otro busca salvavidas para mantenerse a flote. Uno necesita que lo sienten al lado en una cena social, el otro desea que haya cinco personas entre ambos, oxígeno, temblor coqueto de poner a prueba esa sensación de seguir siendo deseado para luego volver juntos a casa y besarse en el taxi.

Como una Ola...
Madrugada. Un grupo de amigos y sin embargo compañeros terminamos en un bar con piano, el Toni 2, donde una mujer de sexo indefinito y abundantes pechos canta por Rocío Jurado y todos le hacemos los coros como una ola, sin soltar los vasos de gin tonic. Mi querido A., guapo, amoroso y absolutamente gay, le cuenta a mi amigo JM. que algún día nos casaremos. Ambos creemos firmemente en el matrimonio heterogay y nos lo demostramos cada día. Otra noche, con mi J., también gay, paseamos contando quebrantos veraniegos. A la mañana siguiente me encontré un mensaje en FB: "Anoche te vi por la Latina abrazada a un hombre. Parecías tan feliz...". 

Pensé que una tiene la condición del hombre que la abraza, no la edad. Y que da gusto contar con amigos de tresinta, de cuarenta o de cincuenta que te miman o, como anoche, te llaman por teléfono desde su exilio sentimental para preguntarte cómo estás. Justo antes de meterte en la cama a dormir los restos de una naufragio llamado resaca.






lunes, 17 de septiembre de 2012

EL TOPLESS DE KATE

Kate &Guillermo (bien tapadita)
Y entonces la virginal princesa Catalina se quitó el sujetador y su imagen de vestal impecable perdió cierto brillo y mandó a sus abogados, en plural, a amenazar a la prensa si insistían en sacar sus pechos de cervatilla regia en portada.

Tengo un cuento y pienso explotarlo. Me parece muy injusto que haya princesas sometidas a permanente izado de cejas -Letizia, sin ir más lejos, Mette Marit antes de subir tres tallas- y otras tocadas por la gracia del dios de las encuestas públicas -Kate Middleton-. Si eres royal, me temo, lo mismo no deberías hacer topless fuera de palacio, porque lo mismo hay un paparazzi agazapado poniéndose las botas. Es decir, y me voy a poner peñafielista- todos los privilegios que van unidos a tu estado es posible que tengan su letra pequeña.

Pero digo esto, nena, te diría también que si tienes todo en su sitio y desafías con soltura las leyes de la gravedad debe doler menos ser portada, ¿no? Has conseguido mantenerte lejos de cualquier salpicón de barro mientras el príncipe Harry hacía sus orgías cutres en Las Vegas. Siempre estás impecable y alaban tu elegancia incluso con vestidos de domador de leones firmados por McQueen. Y conste que amo a Sarah Burton sobre casi todas las cosas, pero no creo que aciertes siempre. El talismán es que el traje nunca pesa más que tu sonrisa, tu melena al viento y ese talle mínimo creado para ajustarse un trench o ser ceñido por un amante fogoso.

No compensa. Creo que no compensa ser princesa. A algunas, como a Letizia, se le adivina la tensión continua, esa mirada abierta en estado de vigilancia perpetua, el miedo a una mala postura, la mano fuera de su sitio,,, tan enjuta que parece que pudiera desaparecer dentro de sus tacones. Pero a Kate diría que le va la marcha. Que ha encontrado el disfraz perfecto para ir al baile y que la sombra de Diana, lejos de atormentarla, es un reto, un acicate, un pulso con buija del que está saliendo triunfante.

Y lo del topless la humaniza. Apenas un tachón en el historial. Podría ser incluso una estrategia de palacio para hacerla más humana, más vulnerable. Los expertos en imagen saben que una virgen sin sexo no seduce del todo a la opinión pública. Ser perfecta hará que te miren de abajo arriba, pero no que te quieran. Una salida del tiesto a tiempo son puntos en las encuestas, jaleos y aplausos a tu paso. Y con tu semidesnudo has echado lecha al calor de muchas fantasías. ¿Qué más quieres?

Mette Marit+diez kg=perfecta

Lo dejo ya, no sin antes añadir que sospecho de esos hombres que te llaman "princesa". Me parece una cursilada.  Una fórmula facilona de rendir mujeres. Prefiero las flores, los poemas asonantes, un billete de avión con el regreso abierto o mi nombre pronunciado con todas sus sílabas. No quiero ser princesa, ni siquiera ayuda de cámara. Además, las Chukis no me dejan hacer topless porque les da corte y no imagino una pillada peor que una foto tomada en la madrugada, frente a este teclado, con todos los pelos tiesos, la mente al galope  y la marca de las sábanas en la cara, indeleble como los dientes blancos de Kate.


PD. Mi cuento favorito de princesas:
Margarita está linda la mar,
y el viento,
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar;
tu acento:
Margarita, te voy a contar
un cuento:

Esto era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha de día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita, como tú.

Una tarde, la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger... (Rubén Darío)












domingo, 16 de septiembre de 2012

NO IMPORTA CÓMO EMPIEZA, SINO CÓMO TERMINA

Resumen de un sábado atropellado
No soporto pisar migas descalza, beber el café frío y que me cambien los libros de sitio en la estantería Taj Majal de casa.

Sí, entiendo que quien hace la limpieza desconoce que no se puede poner a Ian MacEwan y a Albert Cohen juntos impunemente. Ni forzar a Julian Barnes a soportar  sin quejas a Murakami, el chiflado de los gatos. Pero juro que cuando sucede escucho alaridos, y mi frágil equilibrio mental se desmorona ante el reto de volver a encontrar mi adorado Drácula de Bran Stoker (¿Qué libro se llevaría a una isla desierta? sueño que me pregunten en una encuesta callejera de esas en las que nadie me para, sin duda porque tengo pinta de no concretar y las mechas rubias ya se sabe que concitan prejuicios de literatura básica).

Todos tenemos un absurdo talón de Aquiles. Algo insignificante que nos destruye el armazón de aparente normalidad con el que salimos a la calle un domingo cualquiera. O un sábado.

No apta para menores (ni para mayores no descerebrados)
Ayer, Minichuki me sobornó para ir al cine a ver una de niños. Yo detesto a priori las películas infantiles, jamás pago por ellas (y luego, cuando me las ponen en el tren, reconozco que hay tesoros). Pero ayer la enana me pilló con la guardia baja y dije sí a su propuesta: Una peli llamada Ted que, como vi a toda prisa en la sinopsis, va de un niño que se hace amigo de un oso de peluche y que desea tanto que adquiera vida que lo consigue. "Una variedad de Pinocho", pensé sorprendida de la elección de la pequeña, pero accedí a pesar de que detesto los peluches igual que las migas en las plantas de mis pies.

Fuimos al cine, pagué las entradas con su IVA hiperbólico y al entrar en la sala pensé que me había equivocado: Ni un solo niño, pero sí numerosas parejas y pandillas adolescentes. "Perdona, ¿aquí ponen Ted, la del osito? pregunté. Y así era. Minichuki y yo nos sentamos con nuestras palomitas y comenzó una historia tontuela de niño inadaptado, muñeco viviente y...salto al futuro. El niño ya es un hombre y su mejor amigo sigue siendo el oso, con el que comparte sofá, drogas y camello!!! Y tienen conversaciones tan poco naif como una sobre la manera de correrse -sí, tal cual- de las mujeres según su procedencia geográfica.

Los adolescentes se partían el culo (lo digo por respetar el registro de los que nos rodeaban) y mi hija también, aunque tímidamente. Cada tres frases había cinco palabrotas, y yo respingaba levemente, a lo que la enana. que es muy psicóloga y veía su futuro en la sala amenazado, me susurraba:

-Mami, no te preocupes que yo me sé todos estos tacos, pero no se me van a escapar...

Hopper
Quince minutos después yo  había dejado de comer palomitas, y miraba la pantalla con hipervigilancia de censor franquista. Hasta que ya no pude más. Esa película no era para niños. En realidad no era para nadie con un cociente intelectual mayor de 60.  Había pagado 18 euros por tragar bazofia, y encima me había llevado a una niña de 10 años como cómplice. Sí, ahora es cuando pensáis que la modernilla encierra una puritana. Mi amigo J. lo resumió  en pocas palabras: "Tu hija tiene una madre centroeuropea". 

"Nos vamos", anuncié, y antes de que pudiera protestar, la enganché por el codo y casi nos matamos en la oscuridad tratando de encontrar la salida mientras que el respetable se descojonaba, con perdón, con una excatología general básica. Fuera, Minichuki torció el gesto y me hizo el vacío, furiosa, aprentando el paso mientras yo le explicaba las razones de mi decisión y le proponía un suculento plan B: Iremos a despedirnos de Hopper al Thyssen. 

-¿Y ése quién es? Yo quiero ir a casa, que estoy agotada.
-¿De qué, de escuchar ordinarieces zampándote una bañera de palomitas?

Niña enfadada por madre centroeuropea
Caminamos a buen paso, con cara de pocos amigos. Llegamos al Thyssen y no estaba de dios. Todo Madrid se despedía de Hopper y no cabía un alfiler. Minichuki me miraba con cara de ¿lo ves? y en ese momento le propuse hacer las paces e irnos a casa a dibujar. Un planazo al que sucumbió a cambio de hacer antes una limonada y poner las canciones raperas que le gustan de banda sonora.

Y así acabó un sábado lleno de migas y libros desordenados. Y luego me di cuenta de que Pinocho toda la vida tuvo su versión porno. Y también de que una buena madre debe leer las sinopsis y algunas críticas de película hasta el final.

Y ya en la mesa, con todo el despliegue de pinturas, tijera y pegamento pensé que lo importante es cómo termina el día, no cómo empieza. Un topicazo que seguro ha provocado el alarido de mis autores favoritos, descolocados y huérfanos en su estantería...




sábado, 15 de septiembre de 2012

LAS FOTOS DE LETIZIA Y FELIPE (O cómo fingir felicidad en familia)

Las familias se hacen fotos juntas y sonrientes. Así pueden perpetrar el (falso) mito de la felicidad nuclear y resucitarlo cuando vengan mal dadas.

No es que me haya dado un arrebato de cinismo súbito. Las Chukis y yo solemos hacernos fotos con la cámara de este ordenador. En un programa que permite distorsionar los rasgos, añadir nubes al fondo o duplicar los ojos, un soponer. El día que alguien encuentre esas imágenes pensará que éramos una familia disfuncional, sin duda. Una madre con delirios y dos fieras vengativas que sacaban la lengua, ponían cuernos y bizqueaban los ojos.


Sin embargo, la Familia Real no puede permitirse estos desmanes. Letizia ha cumplido cuarenta años y lo celebra con un reportaje perpetrado por la única española fotógrafa en la prestigiosa agencia Magnum, Cristina García Rodero. Estoy segura de que las fotos serán hoy trendtopic, abrirán telediarios y las verermos en las revistas del corazón con textos ad hoc de mermelada de frambuesa plagados de topicazos. Como a mí me gusta.

El pie de foto es el más humilde de los elementos de una pieza periodística. De ahí que nunca me resista a leerlo. Es mucho más morboso que el titular, dónde va a parar. Los "espléndidos cuarenta años" de la princesa mandarán en las páginas, a cuerpo 48, pero el pie contará cómo posan "felices y sonrientes como una familia normal".

Las familias normales no se peinan tanto para la foto ni componen un grupo en tonos beige. El cromatismo es crucial en cualquier imagen de la felicidad familiar. Los crudos otorgan un cariz de calma relajada, un efecto de paz en consolidación con verde pradera de fondo. Carlos III era más de caballos y a Carlos IV Goya lo sacó en familia con cara de borrachín, en un ejercicio de ironía con fondo oscuro y la mancha roja de un niño, inquietante, en el centro.

Carlos IV en familia, por Goya
Creo que toda familia tiene su dosis de impostura. Su mensaje prefabricado para la posteridad. Lucien Freud solía sacar a sus hijas haciendo el pino o en escorzos tan tortuosos que me inquietan cada vez que miro los cuadros. Un padre que contorsiona a su prole sin disimulo es un ser que reniega de los corsés, que se pasa el tabú del amor por el arco del triunfo.  Y no me parece mal. Lo prefiero a ese que se afana por componer un álbum idílico con niños sin manchas en el vestido y una madre de pelo Pantene y piel de terciopelo que sonríe como las de Mujeres Desesperadas mientras con una mano tapa el agujero del sofá, la mancha en la pared o el libro de Victoria Holt en la mesilla de su cama.

Y, aún más. Creo que algunas familias lo son para la foto. Y luchan por evaporar toda su mugre vital en un clic rubio camomila, pero en cuanto se apaga el flash se apaga esa pretendida unión perfecta, esa felicidad de manual.

Y vuelven a ser lo que son, lo que somos. Un sistema de individuos que crecen y se transforman, y a veces no caben en un marco y se desordenan y chocan y se ensucian y se odian. 
Y, milagrosamente, se dan un beso de cariño por las noches, justo antes de meterse en la cama llenas de arañazos.

Y se dicen, nos decimos al menos las chukis y yo desde que empezaron a hablar, esa frase de peli tonta, pero altamente eficaz: "Aunque nos enfademos, nos queremos". 

Sin tonos beiges, sin melenas perfectas. ¡Qué le vamos a hacer!


viernes, 14 de septiembre de 2012

FALTA GLUCOSA EN ESTA SALA (Pienso casarme contigo hasta que vomites)

"No creo en el sexo esporádico -dijo Adrienne y se subió los calcetines- Creo en el matrimonio esporádico".

Me he propuesto arrancar cada día con una frase extraída de "Pájaros de América", mi libro favorito de ralatos de Lorrie Moore. Casi nunca releo, pero con este he hecho una excepción en unas circunstancias excepcionales. Hospital, sala de espera luminosa y cinco horas por delante de pruebas de alergia a los medicamentos, aislada del mundo y sin poder moverme, bajo la vigilancia de una doctora de porte aristocrático, impecable melena blanca, piel curtida y unos preciosos pendientes de hojas que bien podrían ser brillantes.

-Pasa. Extiende el brazo para que te tomen la tensión.

La enfermera se concentra en el latido de mi corazón, supongo, pero no canta en voz alta el resultado. Se miran entre ellas y la aristócrata (con su nombre pintado a boli en la bata, detalle inquietante) me extiende una cajita compartimentada con una píldora y un vaso de agua con mi nombre. "Es un test ciego para ti No debes saber el medicamento que tomas. Nos vemos en un rato". Me señala la puerta.

Vuelvo a Lorrie Moore. A la historia de una mujer que visita a sus amigos y coge en brazos al bebé de éstos. Se tropieza, caen al suelo y mata al niño. Me estremezco. Y prosigue un relato tan crudo que siento la pastilla en la boda del estómago, clavada, y trago saliva y avanzo y me paro en otra de sus frases destelleantes: "Me voy a casar contigo hasta que vomites".

Pocas escritoras salen airosas de un retrato de la vida contemporánea carente de tópicos, sensiblería o planteamientos convencionales. Siento una punzada de admiración y envidia por la aparente facilidad con que Lorrie hace lo difícil. Fijarse en el detalle mínimo que lo explica todo, obligar a sus personajes a detenerse en lugares poco confortables y someterlos al bisturí sin anestesia. Al dolor más tenebroso, al absurdo. A viajes que siempre terminan en cementerios, a un congreso de pretendidos intelectuales que degustan menús absurdos y comparten teorías que les importan una mierda, en el fondo, y que delatan su vacío y sus imposturas.

La enfermera se ha asomado y me llama de nuevo. Suelto el libro con cierto fastidio. La doctora aristocrática me regala una sonrisa aristocrática: formalmente correcta, pero sin alma, que trata de inspirarme confianza.  "Extiende el brazo". Vuelve a tomarme la tensión. Calculo que no más de 8-5 porque noto el familiar mareo del bajón de glucosa. Falta glucosa en esta sala.

Me alarga la cajita con otra pastilla, de otra forma y color. Podría ser veneno, podría sentir el familiar hormigueo en la garganta que precede a la obstrucción de glotis. Podría pegarles un susto a estas dos señoras tan formales. Podría necesitar un chute urgente de adrenalina.

Pero Lorrie Moore me ha enseñado que las sensaciones más profundas se envuelven en relatos formalmente contenidos. Y que el reto es sentir sin aspavientos. Llevar al lector a un abismo donde solo hay una opción: tirarse.

Y vuelvo a sumergirme en sus páginas ajena a los estragos de la pastilla. Rendida de antemano. Hipotensa y feliz.




miércoles, 12 de septiembre de 2012

PARECE QUE ANDA SUELTO SATANÁS

Satanás ya tiene su propia revista. Se veía venir.

La publicación, polaca, responde al título "Exorcista"  (http://www.elmundo.es/elmundo/2012/09/11/comunicacion/1347388475.html) y se dirige a todo el que tenga problemas con el maligno. Los católicos de Gracovia están detrás de la iniciativa, que sin ¿querer? arrebata el protagonismo a dios y se lo cede al eterno rival, el de los tres seises. Sabedores de que el malrrollismo mundial que ha desatado la crisis demanda con urgencia nuevos líderes.

Minichuki está en esa línea: "Mamá, no sé si creo en dios, pero en quien sí creo seguro es en el ratón Pérez". Normal. El roedor nunca la ha dejado tirada, aunque los dos euros que se encontró ayer a cambio de su muela le sentaron fatal. Parece que Pérez andaba liado con las gestiones de un arrranque de temporada lleno de dientes y mandíbulas rotas, y se encontró con la mochila vacía y apenas unas monedas. La enana, que es un lince, me puso cara de chunga por la mañana, mientras me señalaba la cajita con el dinero. "¿Será que Pérez se ha vuelto un rata o es que a todos los niños del barrio se les ha caído hoy una muela de leche?" Yo puse cara de ni sí ni no y le recomendé que trincara el dinerete y se dejara de preguntas existenciales.

Creer o no creer. Esa es la cuestión. En tiempos de desaliento uno tiende a buscar el calor y el crédito de sus amigos, de la familia o del peluquero de toda la vida. Los sobresaltos nos están dejando en pelotas frente a las convicciones tibias, esas que nos bastaban para tirar en un mundo de abundancia. Buscar a dios, a Perez, a Satán, es una manera de buscar nuestros propios cimientos, devastados tras un tsunami que ya dura demasiado. Se me ocurre que lo mismo necesitamos un exhorcismo general, quitarnos el miedo, sacudirnos la sensación de vértigo y poner los dientes por la noche en una caja forrada de terciopelo azul marino para que alguien nos deje una sorpresa por la mañana.

Yo misma he hecho la prueba. Anoche deposité una zozobra y el ratón Pérez se ha personado a las cuatro de la mañana a dar por saco. Me ha dejado un mensaje críptico: "Apártate de ahí, que saldrás escaldada", y se ha pirado corriendo por el pasillo, mientras yo comprobaba con disgusto que en mi emisora de referencia ya no está el programa de los colgados "Si amanece nos vamos", sino una repetición de El Larguero, de mi José Ramón de la Morena.

Y me he sentido huérfana de líderes, una insomne sola en un islote de algodón rodeada de cojines y con la banda sonora de un tic tac impertinente del que me ha sacado Pepa Bueno, la sobreactuada sacerdotisa de sucesos que finge interesarse por todo lo demás.
Y aquí estoy con la caja de terciopelo vacía, sin una madre a la que reprocharle que no alimente mis fantasías infantiles y me deje algo, aunque sean dos monedas de chocolate.

De aquí a suscribirme a "Exhorcista" hay un paso. Lo veo venir.







lunes, 10 de septiembre de 2012

LOS TRABAJOS Y LOS DÍAS

Mesa verde ¿esmeralda?
Huele fuerte a pintura tras mi obra maestra de ayer. Habemus mesa verde, y ahora debo acomodar el conjunto. Lo de coger la brocha altera todo el sistema estético del salón. Es como mover una pieza del dominó. Pero ayer no pensaba en ello mientras sudaba y me contorsionaba en plena hora de la siesta para llegar a cada rincón del entramado de hierros de una mesa que tiene historia porque me la hizo un herrero en Málaga y SEUR tuvo que pagarla enterita dado que la trajo llena de rayones.

El verde elegido podría decirse que es entre esmeralda y verde plomo. Lo elegí en el minusculo rectángulo que muestra la pantonera, ese block fascinante de colores que nunca se parecen al resultado final. Pero esta vez el resultado es mejor que la muestra y las chukis están fascinadas. Incluso mi madre sólo ha sugerido que la envejeciera con un trapo, a lo que respondí con un NO tan contundente que ya no dijo más (bueno, sí, volvió a decir que debía envejecerla, y lo siguiente será comentar que la llenamos de porquerías y así no luce).

Pero ayer fui tan feliz pintando que puedo asumir ese y otros comentarios que encierren en sí mismo cierto reproche. El trabajo físico y concentrado es terapéutico, aunque en el camino dejes de darle la merienda a tus hijas y postpongas la dura tarea de forrar los libros del colegio o marcar el jersey que siempre le roban a principio de curso, para darte a cambio uno de "objetos perdidos" (objetos afanados) bien tiñoso y con los puntos sueltos. Lo que me hace pensar que con el sobrante de pintura esmeralda bien podría poner el nombre de MInichuki y a ver quién tiene huevos de mangárselo.

Poner nombre a las cosas te lleva al territorio de la infancia. Un día dejas de hacerlo porque es de pequeños. En mi caso, aún lo pongo en los libros, porque bien es sabido que cuando los prestas nunca vuelven; o porque me produce cierto placer abrir la tapa y encontrar la fecha en la que llegó a mis manos, o ciertos leves cambios en mi ortografía que habría que hacérmelos mirar.

Cierto novio de los tiempos de la universidad solía regalarme libros con larguísimas dedicatorias. A mí me daba vergüenza que alguien de la familia pudiera leerlas, así que grapaba las primeras páginas sin darme cuenta de que eso lo convertía en un foco inevitable de curiosidad. De vez en cuando aún me encuentro uno de ellos -"El amor en los tiempos del cólera"- y vuelvo a leer la dedicatoria entre las grapas, y me parece que un libro sin un texto de quien lo regala es un regalo aséptico y carente de cariño.

Marcar es entregar una parte de tus huellas dactilares, de tu estado de ánimo del momento; Es coger el rodillo en una tarde calorosa de domingo y emprenderla contra una mesa como si no hubiera más misión en la vida. Y después, con el cuerpo  dolorido y la sensación de victoria, sentarte a contemplar la obra y poner tu firma por detrás, como en los libros, como en el jersey que hoy estrena Minichuki, una talla más que el año pasado, una menos que el próximo.

Feliz lunes verde esmeralda.

PD. "El amor en los tiempos del cólera" siempre me ha parecido una historia de amor triste. Un desencuentro largo como la vida que termina en revolcón a bordo de un barco, a esas edades donde la piel cae flácida pero los sentimientos siguen por todo lo alto. "El amor desencontrado flota sobre el río y se lo lleva la corriente". Debo ponerle a alguien esta dedicatoria en la contra de algún libro...