miércoles, 31 de octubre de 2012

A MI LUCY, CON TANTA GRATITUD QUE NO ME CABE

Ella llegó un día, hace cuatro años. Le di las llaves, le mostré todos los cajones, le entregué a las chukis para que las custodiara en mi ausencia y un billete de veinte euros para pequeñas compras inesperadas. Recuerdo haberla entrevistado en el sofá, ella sentada en el borde, levemente encogida y con su mirada clavada en mí. Yo sin sacar maneras profesionales de la chistera porque hacer un casting de mujeres a las que vas a entregar tu alma y tu casa no es un acto mecánico sino un acto de fe.

-¿Por qué te interesa este trabajo? (pregunta absurda, desde luego)
-Yo necesito trabajar. Tengo hijos en Rumanía y debo mandar dinero a casa.
-¿Sabes cocinar?
-No mucho. Cocina rumana sí, pero española...
-¿Tienes previsto quedarte en España o me dejarás dentro de tres meses cuando consigas algo más conveniente?
-La verdad es que no lo sé...

De inmediato confié en ella. Fue una intuición, esa que te hace decidir más con las tripas que con la cabeza. 

Todo este tiempo mis hijas y yo hemos estado cuidadas por una mujer que ha sido nuestro ángel de la guarda. Ha llenado la nevera, quitado piojos, tomado la lección, comprado comida cuando a mí se me olvidaba. Ha recogido nuestras desidias, ha consolado a mis niñas, las ha regañado también. Ha hablado con las profesoras para asegurarse de que Minichuki había apuntado bien los deberes. Ha preparado con cariño la merienda, ha dado alguna chuche a escondidas y se ha quedado alguna noche a dormir con la alegría de un campamento de verano.

Yo llegaba cada día, agotada de mi cómodo trabajo de despacho y me quitaba mis tacones mientras ella me perseguía contándome a gritos el resumen de mi ausencia: "Creo que I. ha estado hablando por teléfono mucho rato, C. ha mentido pero ya ha confesado. No quedan bolsas de aspiradora pero yo me iré el sábado a Carrefour y te las compro. Ha llamado tu madre". Luego se metía en el cuartito y se cambiaba de ropa, y Minichuki la despedía a besos cada noche, justo antes de que el ascensor se la tragara rumbo a una de las cuatro o cinco casas donde ha vivido, todas en el quinto pinto, a muchas paradas de metro. Reventada y sin quejarse.

Ella siempre fue nuestra Lucy (jamás "la chica", ese término atroz). Una más de esta familia de mujeres donde ha tenido su lugar y donde nunca fuimos tan pacientes ni generosas como ella. Cuatro años, digo, en los que le han pasado dramas tremendos con algún hombre desalmado, arpías compañeras de piso y quebrantos familiares que hacían de los míos un cuento de Bambi.

Y cada cumpleaños o día de la mujer trabajadora me regalaba flores, acompañadas de una nota cariñosa y escrita con cada vez menos faltas de ortografía. Porque además de buena Lucy era, es, lista. Y endiabladamente rápida.

Y ahora se nos va y las tres nos sentimos huérfanas.  Y sin darme cuenta entrevisto cada tarde sucesoras en la mesa, lejos del sofá de aquella vez, mientras ella trastea en la cocina y nos mira de reojo.

Y me pasa como a Minichuki, que llorando desconsolada me advirtió el otro día que no pensaba querer a ninguna otra cuidadora y que si contrataba a otra no la saludaría. "Cuando venga a buscarme al cole pienso escaparme por la otra puerta, que lo sepas".

Yo también pienso escaparme por la otra puerta, Lucita. Gracias. Muchas gracias.










martes, 30 de octubre de 2012

INSTRUCCIONES PARA CALMAR A SANDY

Sandy
"A veces, por hacer fiesta, el señor Merlín salía a la era, y en una copa de cristal llena de agua vertía dos o tres gotas del licor que él llamaba "de los países", y sonriendo, con aquella abierta sonrisa que le llenaba el franco rostro como llena el sol de la mañana, nos preguntaba de qué color queríamos ver el mundo, y siempre que a mí me tocaba responder, yo decía que de azul (...) Esmelle, selva ancha y antigua, en la memoria la llevo yo de azul pintada, como si una enorme y tibia luna posara, en un repente, en la tierra". Merlín y familia. Álvaro Cunqueiro.

Desde que la realidad se ha puesto fea, los humanos fabulamos a destajo. Lo noto en casa, donde el índice de trolas ha crecido exponencialmente. La mentira contada bonita merece un indulto, quiero pensar. No sé cuánto leí a Cunqueiro, sí recuerdo la sensación de desapego al realismo mágico que experimentaría después, cuando la fantasía animada llegó en tromba para la adolescente que fui del otro lado del océano. Una mente estricta como la mía prefería los malabarismos de pura realidad. En casa, de siempre, hubo dos bandos: los fabuladores (más bien exagerados y proclives al adorno de lo que nunca fue) y los precisos, que antes muertos que hiperbólicos. Resumíamos así los dos polos de la vida,  y me temo que seguimos haciéndolo, aunque siendo yo del bando B he terminado pasándome al enemigo con los dedos.

Añadir leyenda
Y entretando el mundo se ha puesto al rojo vivo. Un huracán en la costa Este de EEUU es un huracán de todos y tiene nombre de mujer casquivana disfrazada de virgen de los ochenta: Sandy.  A Mariló Montero le han arrancado la opinión, decir que el órgano transplantado podría tener alma es un desatino si no eres Cunqueiro, nena, y Messi ya es Balón de Oro (un título muy James Bond, que también devora titulares por el estreno de "Skyfall", epítome de la ficción más previsible y precocinada que sin duda veré con mis troleras favoritas).

Todo es mentira, si no salpica y revienta los diques. "Para el hombre del tiempo un huracán es la superbowl de las noticias", decía ayer la corresponsal de TVE en Nueva York. Una mujer rubia y cabal que narra con sereno realismo y entonación de actriz profesional lo que sucede allá. Detrás de ella, un nutrido grupo de hombres y mujeres del tiempo rugía de placer ante la inminencia de su momentazo, su minuto de gloria. Lo más épico desde Bill Murray y su día de la Marmota. (Atrapado en el tiempo, esa peli que no me canso de ver y  con la que saco mi carcajada más simplona).

Sandy es azul, porque Merlín así lo ha dispuesto en su copa de las catástrofes. Con esos mimbres se ha subido Bayona a "Lo Imposible" y ahora tendrá que competir en taquillazo con los Telediarios que muestran un mar que ruge y casas tipo Hamptons ladeadas como barcos de cascara de nuez. 


Otro Merlín
Y a los que tiritamos al otro lado de la orilla no nos queda otra que fabular. Invocar a Merlin, al dios Cortázar, beber de un cáliz rosa o amarillo y abrazarnos acunados por las palabras hasta que vuelva la calma a nuestras vidas. 

Y amar a Bill Murray y volver a escuchar la musiquilla de la fiesta de la Marmota. No falla, lo juro. Te da la risa floja.







lunes, 29 de octubre de 2012

BUSCO ESPOSA. RAZÓN PORTERÍA.

He sido madre y ama de casa todo el fin de semana, la eternidad. He tenido alojadas, además de mis chukis sospechosas habituales, a dos de mis sobrinas, de cuatro y seis años, y a mi madre mediopensionista que aprovechó el río revuelto para sacar la caña como quien no quería la cosa.

Seis mujeres, una casa y grandes preguntas que resolver:

1.¿Qué se come hoy? (día 1: cocido completo. Día 2: macarrones boloñesa). ¿Y las cenas? ¿Por qué los niños tienen esa costumbre extraña de merendar? ¿Tendré bastante con llenar un carro de la compra o deberían ser dos?
2.¿A dónde vamos hoy? Los niños exigen planes y te preguntan por ellos cada diez minutos, como la tortura de la gota sobre tu cabeza o la luz que se enciende y se apaga en medio de la noche.
3.¿Se hará R. pis en la cama? (¿dónde guardé las fundas de plástico de Minichuki?)
4.¿Podré escapar a correr media hora sin que ninguna de las niñas se abra la cabeza con el pico de la mesa?
5.Tía, ¿a que nos vamos a morir? (Yo: claro, cariño). Pues yo no me quiero morir. (Yo tampoco, pero si hay que ir, se va...).

De repente, el precario equilibrio de una casa de tres se tambalea. Surgen celos, rencillas soterradas. La tortuga, ese ser aburrido al que nadie hacía ya caso, se convierte en objeto de deseo. Minichuki mete una trola con coartada y su prima, cómplice involuntaria, se sonroja y mira fijamete el plato mientras tú castigas a la otra con un escarmiento ejemplar: "Esta tarde iremos todos a la piscina menos tú". Y tu adolescente, con paciencia de santa, se parapeta en su mesa de estudio y apenas sale al lío si no es para dar por saco y recordarte que los gineceos nunca fueron lugares de paz. 

Y sin embargo anoche, agotada después de haber despedido a las unas, supervisado los deberes de la enana trolera y tomado la lección a la mayor (sí, lo confieso, no soy madre de sentarme con los deberes. Más bien los sobrevuelo a vista de pájaro), sentí que había pasado cum laude la prueba de la esposa y madre ejemplar. Algo que va contra mi naturaleza egoísta y más tendente a la diletancia creativa y hedonista, diríamos, que a la entrega al grupo. Y me invadió una sensación de utilidad tan  grata que me llevó de cabeza a premiarme reservando hotel para dos días de escapismo necesario con mucho bosque por delante, deporte, silencio y entradas para un concierto de fados en un teatrillo de la sierra que adoro pese a sus butacas duras, despiadadas.

Retomo la mayor, desde otro flanco: ser esposa y madre entregada es un incordio alienante. Alguien, creo que el malévolo Corte Inglés, quiso revestirlo de poesía cutre y se inventó el claim "Dar mucho, pedir poco", condenándonos para siempre a ser generosas, entregadas y a olvidarnos de nosotras. El resultado es un ejército de mujeres frustradas, salvajemente mutiladas. Las ves en el patio del colegio, con los bocadillos en la mano mientras tejen conversaciones banales con sus congéneres antes de salir corriendo a "hacer los deberes" (al parecer es una tarea de madres) y preparar la cena para, bostezando, hacer un esfuerzo titánico frente al televisor y tambalearse camino de la cama sabedoras de que mañana será un día más, parecido al anterior. Y ellas, mujeres un poco más cansadas.

Y de sus maridos diré que así, con perspectiva lejana,  parecen el contrapunto, el hombro donde algunas ¿descansan? o, por lo que me cuentan, un trabajo más. Y si peco de cinismo que caigan sobre mí rayos y truenos. Las mujeres cansadas, me temo, necesitamos un bastión que nos sostenga a ratos. "Tú no necesitas un novio, sino una buena esposa", sentenció mi amiga O. un día, y aún ando buscándola sin saberlo.

Anoche, tirada en el sofá, pensé en esa esposa con cierto deleite. Cómo me hubiera gustado que me preguntase por qué al cansancio sigue un vacío atronador. Hubiera querido un hombro o unas rodillas donde apoyar mis pies. Y entendí que muchas mujeres no se plantean lo que necesitan porque están demasiado ocupadas dando a sus parejas, a sus hijos, a sus jefes, a su madre...

Y las egoístas, las que hemos decidido tirar solas de la vida, de pronto sentimos el suelo abierto  y la necesidad de un apoyo más que de un amante.  Alguien que nos consuele de la tiranía del cocido completo. Que nos brinde su paz y su palabra. Y si no, mejor seguimos solas.

Así que busco esposa para empapar el desaliento. Ofrezco lealtad y largos ratos de silencio. No tengo grandes vicios, salvo el gin tonic ocasional. Duermo poco. Me sobresaltan los gerundios y las subordinadas deconstruidas. Cocino paella para cuatro y quemo las lentejas. No miento, por falta de talento, que no de vocación. Y suelo desplomarme tras un fin de semana donde, ahora me doy cuenta, me he reído tanto como he gritado. He besado a cuatro niñas en lugar de dos. He tenido conversaciones surrealistas sobre la muerte. He limpiado el culete a un ser pequeño que me reclamaba a gritos desde el cuarto de baño...

Y encima tengo la nevera llena de restos de comida elaborada según los estándares de la perfecta ama de casa. Esa que nunca fui y, me temo, nunca seré.










domingo, 28 de octubre de 2012

YO TAMBIÉN LEÍ LOS PILARES DE LA TIERRA

Para quienes hayan caído en el error de pensar que sólo leo autores con pedigrí, ahí va mi confesión. Yo también caí en las redes de Ken Follet, y el libro, lo confieso, ha sobrevivido a mis arrebatos destroyers. Esos que me llevan a hacer, de cuando en cuando,  una pira con los volúmenes cuya presencia en la estantería me sonroja o que no me han dejado ni media huella.

Por Ken, así, sin apellido dado que sospecho que mi familiaridad será la vuestra en muchos casos, siempre tuve esa admiración por el talento de hallar una fórmula matemática y convertirla en literatura. Puede que literatura hamburguesa, no literatura caviar, pero me atrevo a decir que si es la primera no hablamos del Burguer King sino de algún fast food delicatessen (¿cuadratura del círculo?)

Mi sueño de publicar un Especial Mujeretas, gracias al Cuore
Yo debía andar rematando la adolescencia cuando me bebí, literalmente, las peripecias del constructor de catedrales. Aquellas escenas de sexo salvaje (quizá no tanto, si las leyera hoy) me dejaban muda y la atmósfera brutal del medievo me retuvo varada en un rincón de casa zampando la hamburguesa con deleite y sin parar de añadir ketchup de poco en poco. Hoy leo que Ken Follet ha venido a presentar otra novela y su cara de hombre ya corto de testosterona (lo que vengo a llamar mujereta, o sea, ese fenómeno que feminiza los rasgos de algunos varones -Paul McCartney,  Travolta,  Camilo Sesto...- y que mi colega A., director de Cuore, tuvo a bien convertir en un tema de portada tras darle yo la turra en un viaje de Martini) me hace sonreír.

La cosa es que aún no he dado con nadie que no tenga una historia personal ligada a Los Pilares de la Tierra. Mi querido J. me confesó el otro día que compró el libro en un viaje en el que -horreur- había olvidado meter lectura en la maleta. "Era un pueblo pequeño y en la papelería vendían unos cuantos títulos, entre ellos el de Follet. Me fascinó el prólogo en el que cuenta cómo construyó su best seller").

Cuando un autor te desvela su secreto mejor guardado es porque sabe que por mucho que calques la fórmula nunca llegarás al resultado final. Igual que si te pasan la lista de componentes de la Coca-Cola. Recuerdo haber leído a un tipo que destripó la estructura de los best sellers con cierto éxito. Yo me apresuré a leerlo loca de curiosidad, y llegué a la conclusión de que nunca seguiría unas normas para hacer un libro de masas dado que ni siquiera soy de las que siguen las recetas de la Thermomix. Y respeté aún más a Ken.

¡A copiar, a ver qué sale!
Aunque después de Los Pilares de la Tierra no he vuelto a frecuentarlo, debo decir. Nuestra historia de amor se reduce a un solo encuentro y tiene toda la épica y el romanticismo de la única vez de cualquier cosa. Con el paso del tiempo uno decora el escenario y atribuye al amante rasgos que nunca estuvieron ahí. Hay música de oboe o de piano y en cada ensoñación se van sumando elementos de fantasía que embellecen el conjunto. Y el resultado final se llama literatura onírica o fantasía recurrente. Y mola porque siempre está ahí, disponible para una tarde de lluvia o una noche de insomnio galopante.

Abro el libro, con cierta ansiedad, después de tantos años:

1123. Los chiquillos llegaron temprano para el ahorcamiento. Todavía estaba oscuro cuando los tres o cuatro primeros se escurrieron con cautela de la covachuela, sigilosos como gatos, con sus botas de fieltro. El pequeño pueblo aparecía cubierto por una pequeña capa de nieve reciente como si le hubiesen dado una nueva capa de pintura y sus huellas fueron las primeras en macular su perfecta superficie."

Pero lo que me causa estupor es la dedicatoria que lo encabeza. Una letra familiar, la mía. Un año: 1994. Y un texto que me reservo por pudor y que añade un argumento más a mi simpatía por Ken Mujereta Follet.

Sí, yo también leí "Los Pilares de la Tierra". ¿Quién más quiere confesarlo?











viernes, 26 de octubre de 2012

JAVIER MARÍAS O EL SEX APPEAL DEL HOMBRE CURIOSO


1.No sé si Javier Marías ha pecado de soberbia  al rechazar el Premio Nacional de Narrativa. Me da igual. Decirle a las instituciones ahí os quedéis con 20.000 eurazos me parece un acto de contundencia ante un regalo que casi nadie podría rechazar, y menos en estos tiempos. Me gusta este hombre coqueto que durante años puso en la contra de sus libros la misma foto juvenil. Me parecen deslumbrantes sus arranques de novela. Y aún recuerdo la sensación de haber abierto las páginas de "Corazón tan Blanco" en 1992 y recorrer frenética, en un vuelco, esas primeras líneas que son ya leyenda:  «No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola...» .

2.El máximo lujo de mi semana ha sido cenar con dos amigos en un restaurante manchego donde no había más clientes que nosotros y el artífice del morteruelo más exquisito de la historia de los morteruelos. Ese plato que suele ser indigesto por grasiento y que fue una explosión de sabores de campo y caza, sin estridencias y con todos los matices que seducen al paladar de los viajeros curiosos que preguntan y escuchan y beben vino.  El placer de probar platos medievales fruto de una investigación sin esa vitola de esnobismo que a veces acompaña al chef que se explica y que aquí reparte su contundente excentricidad; "¿El café de de Cuenca? ¿No, verdad? ¡Pues no hay café!"

3.La curiosidad es sexy. Delante que un hombre que mira y toma nota de lo que ve, lo relaciona y lo envuelve en una historia estoy rendida de antemano. Quizás por eso le perdono a Javier Marías lo de la foto; y quizás por eso me alejo hasta de los guapos si no preguntan. Esto vale, desde luego, para las mujeres, pero en la amistad soy más flexible, me parece. Puede que la madurez tenga que ver con enamorarse por el oído más que por la vista. Y si fuera la princesa del cuento de Juan sin Miedo le pediría a mi padre que en lugar de someter a los candidatos a una noche de terror les hiciera contarme relatos hasta el alba o hacerme tres preguntas, en su defecto.

4.A cierta edad hay que superar dicotomías clásicas, como ser de Paul Newman o Robert Redford. Hay que perdonar esas taras de las personas que amamos, como la impuntualidad crónica o el autismo selectivo. Hay que escuchar música de artistas desconocidos y hay que encajar la decepción y la culpa en algún hueco de alguna estantería de la casa.

5.El suelo de tu vida es tu casa y esas intendencias que te resolvía un ángel de la guarda rumano que te acaba de anunciar que se va en busca de otra vida. Y entonces te das cuenta de hasta qué punto pusiste tu vida y la de tus chukis en su manos, nerviosas y nobles. Y le cuentas a la enana que llora sin consuelo que las personas llegan a nosotros, nos acompañan un trecho y el camino y a veces se van, y hay que dejarlas. Pero ella no lo entiende, y una parte de ti parece que tampoco.

P.D. Hoy os pongo la música que me regaló anoche el hombre que cuenta historias y baila aunque no se mueva de la silla. Calle Trece.


miércoles, 24 de octubre de 2012

CÓMO SER UNA IT-GIRL Y LEER A BANVILLE

Poppy Delavigne
Me piden que escriba sobre las it-girls y lo primero que se me ocurre es: Una it-girl es siempre intercambiable por otra. Todas son lánguidas, todas tienen las piernas largas y finas y todas pegan golpes de melena aunque carezcan de melena.

Ser it-girl, imagino, es un estado de gracia. Un mohín a diez minutos del restaurante de moda. Un hombre cerca y muchas mujeres que te envidian y quisieran ser como tú cuando tú no sabes quién eres. Una it girl es un circo, un espectáculo sin fieras descafeinado y ñoño que alguien ha montado con mucho dinero y mucha fe en la insoportable levedad del ser humano.

Vivimos rodeados de construcciones tan artificiales como las islas palmera de Dubai. Líderes postizos que cae por K.O al primer embate. I-pads,IPods, IPhones y toda la parafernalia de gadgets que nunca necesitamos y de los que ya no podemos prescindir. El hombre de tu vida, la mujer de tu vida... ¿Y tu vida?

Una It-girl es una muñeca sin alma a la que alguien ha puesto una batería para que camine por imaginarias alfombras rojas y despierte suspiros alrededor. Va a los sitios empinada en altísimos tacones y lleva una de esas camisetas simples que siempre cuestan más de 300 dólares y una blazier ingrávida a modo de armadura. Se levanta tarde, no antes de las diez, desayuna alfalfa con coartada y monta en bicicleta ajena a los volcanes humeantes del mundo.

Su estigma y su destino es desatar pasiones sin vivir una pasión. Marcar tendencia sin saber qué demonios le gusta. Obedecer a estilistas, peluqueros, maquilladores, diseñadores y todo un entourage decidido a convertirla en objeto de deseo.

A una it girl siempre me la imagino bostezando y con un bolso grande que tira de ella como un bull dog.

Y ahora que he sido fría y distante, voy a escribir con las tripas y todo el impulso del segundo café de la mañana que sigue siendo noche:

NO SOPORTO A LAS MUJERES LÁNGUIDAS.  Entiendo la elegancia del escorzo, los hombros huesudos y el tobillo fino. Pero los cerebros, como los muslos, los prefiero atléticos y fibrosos.

Una vez tuve en el trabajo a una lánguida rubia y tonta que andaba a dos palmos del suelo. Se enrolló, por cierto, con un chico listo que acabó dejándola en un ataque postcoital de bostezos. Ella se movía despacio, vestia trajes vaporosos y no levantaba la voz. Era colaboradora y tenía la mala costumbre de no saludar, lo que le hice ver un día que me pilló atravesada.

-Ah, tú no estás entre mis prioridades...

La miré con cara de "voy a pegarle una hostia a tus larguiduchas y enclenques prioridades" y me di la vuelta. Tiempo después, ya en otro trabajo,  recibía su currículum una y otra vez, pero por supuesto lo archivaba en la carpeta de lo no prioritario. La tonta era una aspirante firme al trono it-girl, ahora lo sé. Y su destino una barra americana en el país de las ninfas con mente anoréxica y tul ilusión.

Para recuperar la objetividad y no decepcionar a mi amiga me apresuro a trascribir lo que la Wikipedia tiene que decir al respecto: "Una It girl o It-girl es una mujer joven atractiva que recibe una intensa cobertura mediática sin relación o desproporcional a los logros personales".

Poppy Delevigne, Alexa Chung, Olivia Palermo son tres de ellas, para los no iniciados.   No las conozco, ignoro si desayunan tofu y dan clases de Yoga de tres a cuatro de la tarde. Visten bien, cierto, y puede que lean a mi querido John Banville justo antes de bajarse de la limusina que las conduce a la exhibición de turno, donde ellas son un jarrón de delicada porcelana.

Detesto, sí,  a las lánguidas de cuerpo y espíritu, pero puede que sea porque nunca seré una de ellas. Porque me niego a pagar por una camiseta blanca de algodón el precio de un fin de semana de hotel con cama king size y revolcón. Porque jamás tendré melena ni piernas largas y finas. Porque amo la moda, sí, y me embadurno con ella sin aspirar a ser modelo para nadie. Porque mi hija adolescente me mira con cara de "qué cateta vas" justo antes de robarme del armario un pantalón o unas botas.

Porque la consistencia es eso que una se trabaja a base de vivir y salir un día a la calle mal vestida o mal peinada sin que sea un drama.

Y sobre todo porque no quiero ser intercambiable por nadie ni por nada.

pd. Lo contrario a una it girl es Michelle Obama. ¡Cömo me gusta esa mujer que ayer, en prime time, aseguró que a su marido lo prefiere desnudo. Te entiendo, Michelle, cómo te entiendo...

pd.2. El video es de una canción de mi adolescencia que lo mola todo. No apta para It-Girls








martes, 23 de octubre de 2012

¡A LAS TRINCHERAS, A LOS AMIGOS!

Con B. bebo vino y, como ayer, nos recomendamos libros o soñamos con un acantilado común en Asturias. M. me cuenta sus quebrantos amorosos y, desde China o Rusia, me regala alguna lectura para tiempos reversibles. Cerca de L. el tema principal es la reconstrucción de su alma y de su cuerpo tras muchas peleas con un destino hostil y porculero. Mis amigas de la universidad, juntas, resumen un compendio de temas en zigzag. Tú llegas, te sientas, y buscas hueco de silencio para saltar de los padres que se hacen mayores a los maridos que calientan el sofá, las películas, las lorzas, el sexo o los hijos que crecen y se envalentonan. La vida más cotidiana una vez que la profesión que nos unió no es relevante como para interrumpir  risas y rituales.

Con A. la vida es una trama excitante y lo mismo sobreviene un cocido que un personaje que podría ser real, y su perra trepa por mis rodillas y los hombres van y vienen y el invierno son mujeres que siempre están entre dos puertas y hay corriente. A. siempre estira tu cerebro y te obliga a una mirada transversal, prendida de una rama o colgada de un barranco sin red. Con J. hay ratos que no hablamos y las manos componen una pieza, y compartimos relatos al bies que son el mapa de lo que somos y en lo que nos vamos convirtiendo después de haber dado vueltas a un circuito equivocado. Y siempre tiene mucho de  incógnita que se va aclarando y de cuerda tensa de violín.

Y también está P. Una amiga  con la que juego al Guadiana. Pueden pasar dos años sin vernos y el día que quedamos es siempre fiesta. P. es tan brillante que siempre la imagino de rojo. Habla idiomas, se parte de risa y ayer me mandó unas líneas que me abrazaron largo rato: "No sé si tú lo sientes, pero en estos largos silencios que nos traemos te pienso y te sonrío. Entre paseos, coches y cañas". R. es poeta, pero aún no lo sabe, y tiene una voz balsámica muy apta para aceleradas sin pastillas en el bolso. B. anda liada con dos bebés que huelen a galleta y llevan body animal print,  pero la veo agazapada detrás de mi pantalla del ordenador, con su pelo rizado y su energía intacta. Y luego está D., que  me cuida entera con la excusa de cuidar mis dientes.

Cuando hablo de amigos me vuelvo casi cursi, mea culpa. No son tantos, pero siempre más de los que merezco y puedo abarcar. No hay tiempo en la agenda maltrecha de una profesional-madre-divorciada y me he propuesto dedicarles los mediodías porque sacan mi mejor yo y porque la comida sin afán es pura reposición energética. Mi amigo J.M me abraza por las calles mientras a su chico hay que decirle "dame un achuchón fuerte, hombre de dios", y lo hace con sonrisa lateral. M.J, que empezó siendo vecina, me enseñó que las berenjenas son buena compañía para la pasta y el cariño, y en esos ratos en los que yo le pasaba gazpacho y ella batía la bechamel fuimos construyendo una amistad sin grumos con la que no ha podido su traumática (para mí) mudanza. Tanto que cuando salgo de casa siempre miro la puerta de al lado y espero que un milagro haga que sea ella quien cierre esa puerta con cuatro vueltas de llave que siempre me pareció de calabozo de bruja buena.

A las chukis suelo decirles que cuiden a sus amigos. Entiendo que tardarán años en valorar la importancia de la amistad, pero las frases de la infancia son las que permanecen ("En esta casa no quiero vagos" fue sumamente útil, ya lo he contado). Siempre les insisto en que uno puede amar la soledad cuando tiene alrededor a esa familia escogida. Y que la prueba del algodón, lo que determina que sean o no sean verdaderos amigos, es que cuando salgan por la puerta nos sintamos más llenos, pero más ligeros.

Lo dejo ya y me faltan muchas iniciales de amigos que frecuento y de otros que veo apenas. Y pienso que este año debo hacer una gran fiesta para todos, que ya toca. Que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina y conviene que nos pille bailando, como decía aquel. Y que un amigo siempre es una trinchera con fogata y acordes de piano.

lunes, 22 de octubre de 2012

CÓMO SER UNA MILF SIN LEER SOMBRAS DE GREY

Desde que existen las MILF, las mujeres de cuarenta y tantos somos mucho más felices.

Las etiquetas se inventaron para otorgar una identidad al objeto y también para definir un sentimiento escurridizo, impreciso o destruir directamente un tabú.

También para vender más. Sin palabras no hay realidad, no hay mercado.

Mothers I'd Like to Fuck. O sea, madres follables, con perdón. O mamás maduras, libres y sexys en la versión española y recatada que he encontrado por ahí. 

Leo que alguien ya ha convocado el concurso MILF España, y pone como ejemplo para aspirantes a Angelina Jolie, Mónica Bellucci, Halle Berry, Julian Moore, Michelle Pfeiffer o Madonna. Ahí es cuando te da bajón, porque una cosa es aspirar al título MILF y otra medirte con diosas  de la estratosfera olímpica.

El mito de la mamá sexy ha existido toda la vida, cierto. Pero sin campaña de marketing. El reto de las mentes calenturientas que ordenan el consumo mundial era meterlas en un escaparate con el estilismo adecuado (ligeras de ropa, me temo) y buscarles un acrónimo fácil de recordar en todos los idiomas.

"El bombero salió de mi cama a las nueve y veinte", me escribió anoche una buena amiga MILF de la que no daré pistas, que había dudado aceptar los requerimientos del galán porque sospechaba que, doblándole la edad como era el caso, él sólo buscaba perpetrar la fantasía de la mujer madura. A lo que yo le contesté: "Y tú la del bombero. Estáis empatados".

La cruda realidad es que ni todos los bomberos están buenos ni todas las maduras llegan a MILF. Sentirse atractiva es un talento y un estado de gracia. Otra MILF de mi entorno está tan segura de sí que sostiene que los bebés reconocen su belleza. El día que lo dijo nos dio tal ataque de risa que convocamos ipso facto "la noche de los bebés bramadores". Es decir, que cuatro señoras de más de cuarenta y menos de 55 kilos saldremos a concursar a las puertas de las guarderías por las caídas de ojo de  todo varón que pase del año y medio. Sí, un balbuceo será que eres mona, y la crisis de llanto que te sales del molde. ¡Cuánto daño ha hecho la vanidad al hiperrealismo social!

Mis amigos heterosexuales confirman que siempre soñaron caer en brazos de la mujer madura. Las maduras hoy leen Cincuenta sombras de Grey y se ponen al rojo vivo. Yo, que soy una clásica, prefiero a Lady Chatterley de toda la vida y no a una señora empujada por una espectacular campaña de márketing que leen sobre todo las mujeres de derechas (o eso me cuentan) en la oscuridad. Pero también me cuentan -oh estupor- que en el libro la mujer es atada y sometida. Una MILF pasiva que sueña con la dominación y se excita. Y esta fantasía no me cuadra con la de ser Julianne Moore o, mi musa radical, Sophie Marceau.

Desde que existe el término MILF, insisto, viajo en autobús buscando candidatas y sólo encuentro mujeres cansadas sin arreglar que empujan carritos o niños en edad de merendar Nocilla. Ser nota que no han tenido tiempo de pintarse el ojo ni de elegir con calma el look. Bostezan, regañan y consultan en el móvil en una secuencia frenética y titánica.

Luego están ellos. Los hombres que viajan en ese mismo autobús con sus hijos. Guapos, juro que lo son. Perfumados. En mi línea -será casualidad- tengo tres ejemplos, uno grunge chic, uno Mr.Dustin (vuelve el hombre) y el tercero intelectoguay, con unas canas a lo Richard Gere que ya querría pillarlas el Dalai Lama para su campaña de imagen. Todos parecen bien dormidos y todos acaparan las miradas de las señoras.

Y esa visión me hace pensar que las MILF son un mito prefabricado para competir con ellos. Un grito de alarma. Una maniobra de despiste para que las mujeres de cuarenta a cincuenta nos sigamos sintiendo pibones y consumamos en esa frenética carrera por mantener la tersura, la aguja de la báscula congelada y el desván del sexo repleto de artilugios Grey.

Así que no sé si quiero ser una MILF titulada ni desde luego necesito fantasear con el erotismo ¿transgresor? de una novela para mujeres sexualmente reprimidas (podéis atacarme y con razón, hablo de oídas y lo mismo el libro es el Quijote de la sonrisa más vertical de la tierra).

Y respecto al bombero... Si hay que ir se va. Pero ir por ir...






domingo, 21 de octubre de 2012

DECÁLOGO PARA OPTIMISTAS DESFALLECIENTES

Si hoy fuera vasca o gallega y tuviera que votar no sé si me levantaría de la cama. He perdido toda la fe en que un político pueda salvarme de nada. Nos han dejado tan claro que los mercados mueven el mundo que me parece liliputiense el poder de un partido  que no tiene garantías de  cumplir sus promesas electorales.

En realidad no creo ni he creído nunca en una promesa que no fuera de amor, la más volátil.

Pero entiendo que el escepticismo militante es la antesala del suicidio,  así que me he propuesto hacer un acto de fe en la fe. Y pensar un rato en qué creo. Debo añadir que Minichuki está en las mismas desde que el otro día me espetó: "Tú eres el ratón Pérez y me has decepcionado. A ver ahora qué hacemos".

1. Digamos que creo en el poder de las piernas para abrir caminos. Creo que si tienes voluntad para salir a correr cada mañana se abre un curso mágico parecido al subsuelo de Alicia en el País de las Maravillas pero sin reina chunga. Y ese instante que premia el esfuerzo es tan pleno que borra los contornos y el alrededor. Creo en las endorfinas, sí, sobre todo en ellas.

2.Creo en que pensar mal por defecto es un veneno y que confiar aunque te vengan mal dadas te permite disfrutar de las personas y dar cuerda a sus intenciones. Creo que el tonto inteligente es un cáncer del que hay que alejarse y que el listo sin afán no va a ninguna parte.

3. Creo que hay una mística en los placeres gratis que los hace sublimes.

4. Creo en los amigos que haces de mayor, cuando ya sabes quién eres, y en la indestructible fortaleza de los de siempre. Creo que siempre hay una buena lectura de lo malo que te pasa, y que lo mismo pienso esto porque en realidad no me han pasado grandes dramas. Así que cruzo dedos y me resisto a imaginar salvedades funestas al respecto.

5. Me parece que si uno encuentra aquello que le hace ser más él no tiene otra que emprenderlo.  Que la autocompasión es un espectáculo mediocre. Que el miedo agota y paraliza. Que los tonos marrones los carga el diablo y que el cine doblado te proyecta una película distinta.

6.Creo en mis hermanos, porque siempre que estoy con ellos me río y hace calor.

7. Creo que trabajo en un oficio que se está extinguiendo; que las palabras no pueden ser un negocio boyante porque son sagradas. Que contar lo que hay ahí fuera no es pasearse por Google City y cocinar un refrito vistoso. Creo que no existe la libertad de expresión y que la libertad de presión se ha hecho carne y habita entre nosotros.

8. Creo que los reality shows deberían erradicarse por tóxicos, y que el hedonismo es una (buena) religión disfrazada de pecado. Que los hidratos de carbono molan y que comer ensalada todo el rato es un coñazo y una tristeza espiritual.

9. Creo que no hay que perder un segundo con quien no lo merece porque la vida es corta.

10. Creo que no soy una buena madre ni la mejor pareja para nadie pero ya no me atormenta porque el amor no es un concurso que puntúe, sino lo que pasa  mientras aprendes a querer. Así que sí: Soy la mejor madre a la que puedo aspirar y la mujer de la vida de alguien que me adora y debe estar por ahí, entretenido en sus requerimientos. Fijo que sí. 

Y creo que me ha dado hoy por ahí porque cuando el escepticismo asoma hay que defenderse.

Y sobre todo creo que le debía una respuesta a mi hija desde que  hace días me soltó eso de"A ver ahora qué hacemos".




jueves, 18 de octubre de 2012

SI TU HIJA QUIERE SER COMO BECKHAM (o como Victoria)

Quiero ser como Beckham
En el patio del colegio de mis chukis, los niños deciden qué niñas son aptas para jugar con ellos al fútbol. Hasta ahí lo entiendo, es la pulsión del macho dominante sobre las ¿débiles? nenas. Lo que me indigna es que ellas lo aceptan como algo natural, sobrevenido, y se sienten orgullosas de ser las elegidas del harén.

Minichuki es una de ellas. Con toda su personalidad de acero y los galones que otorga no haber vestido de rosa ni un solo día en toda su biografía, me recibe alborozada porque le han dicho los niños que puede jugar con ellos, que es la mejor con el balón.

-¿Y qué pasa, que eso no lo sabías tú antes? inquiero con tonillo de mecagoentodo con perdón.
-Bueno, no sé...¡Pero me han elegido!
-¿Y por qué no hacéis un equipo vosotras?
-¡Porque casi todas son malísimas! (responde con la impaciencia de estar dando explicaciones absurdas)

Me sale entonces el ramalazo reivindicativo, le explico que elegir es un verbo para todos, no una potestad de los chicos. Añado que igual deberían plantarse las niñas y ocupar el campo mientras ellos juegan. Le recuerdo esa película deliciosa, "Quiero ser como Beckham", que nos encantó a las tres...

-Y además, creo que le gusto a J. Me elige siempre, sentencia.

Me muerdo la lengua para no estallar en un bramido. Para no decirle que a la vuelta de la esquina serán ellas quienes los elijan, aunque ellos piensen lo contrario. Me dan ganas de decirles a los profesores de ¿educación para la ciudadanía? que con mis chukis pueden ahorrarse las lecciones esas de los gays, que ya saben ellas de sobra que no son taras de la naturaleza y han visto en mis amigos que son como los heterosexuales, tan listos o tan tontos, tan desorientados o heróicos ("pero algunos ponen voces", mami), y que a cambio tengan a bien explicarles que la igualdad tiene que ver con la capacidad de decidir, no de ser elegido. Que para eso están los concursos de misses. Y que el fútbol y el patio del colegio son de todos.

Pero Minichuki ha desconectado del discurso feminista de su madre, y se ha ido al cuarto y ha vuelto disfrazada como cada día. Esta vez con un sombrero de cow boy, chaleco de ante, camisa de cuadros y mis botas, y anuncia que quiere una pistola Nerd (debe ser una marca, los Reyes Magos sudaron tinta las pasadas Navidades para encontrar la metralleta). Y a mí me da la risa y saco la cámara porque tengo un plan: regalarle a los 18 un álbum con todos sus disfraces: el de dinosaurio con cancán, el de espía con gafas de buzo, el de Michael Jackson/rapero, el de jefe con corbata de su padre, el de espadachín/policía... Pero nunca el de princesa, Blancanieves o la bruja. Y jamás un disfraz tal como viene en la caja, sino una fantasía customizada con fragmentos de aquí y allá que ella coge de su armario, del de su hermana, del mío o de la calle.

Y siento que cualquier lección teórica que pueda darle sobre la igualdad cae en saco roto porque al fin lo que cuenta es la vida. Lo que pasa en el recreo, lo que ve en el telediario y lo que observa cuando llega su madre a casa, se baja de los tacones y se desploma en la cama con ella al lado para hablar de las cosas del día, o para escucharle cantar el enésimo rap que ha escrito donde habla de sus aventuras. Donde no cuenta que un niño la ha elegido. Donde ella es quien elige. La heroína del cuento.




miércoles, 17 de octubre de 2012

EL ALCOHOL ES COMO EL AMOR

"El alcohol es como el amor. El primer beso es mágico, el segundo es íntimo, el tercero es rutina. Después desnudas a la chica." Raymond Chandler 

Un borracho inteligente es el peor enemigo de sí mismo.

Lo pensaba el otro día, sentada a la hora del aperitivo en una terraza del centro. Con los periódicos en los que clavo la vista para observar lo que me rodea. Dos mesas más allá, dos hombres de unos setenta años. Amigos o vecinos de siempre. Uno de ellos bajito, atildado, con la camisa blanca y una corbata de varias décadas. El otro más desbaratado, con gabán oscuro. "Amigo, te voy a invitar a un café", decía el de la corbata con tono festivo. Era la hora del aperitivo y levanté la vista.

-No quiero un café, quiero un vino.
-Ya, sí, pero tú sabes que no te conviene.
-Si me pides un café lo escupiré en este santo suelo.
-Amigo, ¿quieres que tu mujer tenga que volver a bajar a buscarte y te encuentre arrastrado y farfullando tonterías? Venga, que es por tu salud.

Entonces el del gabán, con toda su dignidad de alcohólico consciente y militante, lo dijo: "Una cosa es mi salud y otra mi vida". 

Desde que lo apunté no he dejado de darle vueltas. Naturalmente el camarero terminó llevando dos copas de vino a la mesa, donde esos dos hombres y un tercero que se les unió, hablaban de la amistad, ya relajados y sin la tensión previa. Al del gabán no le veía la cara, pero escuchaba retazos de su disertación sobre lo que considera un amigo y lo que no. Y me pareció insólito porque a esas edades los hombres que conozco no suelen hablar de sentimientos, y menos sentados a una mesa a la hora del vermú.

"Una cosa es mi salud y otra mi vida"

La frase encerraba una visión agónica de la realidad. El hombre sabía que se estaba matando, pero su mente parecía mantenerse en buena forma y sin duda el alcohol le procuraba el aliento necesario para disertar con su amigo, que de repente se había apocado ante la evidencia de haber perdido la partida.

Toda la vida me han producido rechazo los borrachos. En casa mi madre era famosa por retirar la botella de vino antes de los postres, para cabreo de mi entonces marido, que me miraba con cara de "ya estamos...", segundos antes de que yo me levantase a recuperar el botín. Por alguna razón que se me escapa, mi madre sentía aversión por el alcohol, imagino que porque era la antesala  de un potencial descontrol. Y aún hoy no le gusta nada vernos a los hermanos con un gin tonic en la mano.

A mí me gusta beber con alevosía y si soy moderada es porque empecé tarde en esto de los espirituosos, a esa edad en la que ya has asumido tus hábitos y una copa es un click que detiene el tiempo y lo congela mientras te calienta el corazón. Siempre en compañía -para la soledad elijo la Coronita o una copa de vino- siempre con esa conciencia de que una cosa es la salud y otra la vida.

Pero hay algo en el abstemio total que me provoca desconfianza. Salvo que haya tenido un pasado alcohólico, en cuyo caso lo entiendo y lo comparto, siento que estoy ante alguien que no se va a descontrolar ni un poquito, y eso me pone en guardia frente a mí misma y a mi copa. La rigidez siempre me alerta. Y me lleva a recordar el gesto contundente de mi madre llevándose el vino de la mesa. Y la expresión contrariada de su ex yerno, moderado bebedor que debía pensar en vengarse con un golpe de efecto, algo así como llegar con un pedo mundial haciendo malabarismos con tres botellas de anís El Mono.

El hombre del gabán era el líder de la mesa, eso estaba claro, y les hablaba desde la autoridad de quien ha estado a dos pasos de no regresar, del funambulista que los tuvo en vilo muchas tardes, demasiadas noches, y que no quiere volver a casa porque allí quizas está esa frontera con la vida. Pero el pulcro de la corbata tiene otros planes, y ha consultado el reloj, y ha pagado la cuenta, y ahora les dice a los amigos:

-Me váis a perdonar, pero me espera mi mujer en casa y hace cuarenta y siete años que comemos juntos los domingos, solos. Y no voy a hacerla esperar porque la amo y porque he tenido la suerte de encontrarla y que me perdonara tantas cosas...(cogiendo la copa con un gesto intencionado)

En del gabán, ahora, se ha quedado mudo. 

¿Una cosa es la salud y otra la vida?

"Estar siempre borracho... Emborracharse combativamente. Simplemente emborracharse." Charles Baudelaire

lunes, 15 de octubre de 2012

O FÉLIX BAUMGARTNER O GANDÍA SHORE


¿Qué hacías la tarde en que un austriaco llamado Felix Baumgartner se tiró en paracaídas desde la estratosfera y superó la velocidad del sonido?

Cuando en el futuro me pregunten, tendré que contestar: Estaba en el salón de mi casa, poniéndole los cuernos a un libro denso con "La pesca del salmón en Yemen", de Torday, mientras enviaba whatsapps inquietos a mi adolescente de: "¿Dónde andas y con quién, que ahí fuera llueve?" y , de cuando en cuando, echaba una mirada a la pantalla del televisor donde ese tipo metido en una cápsula y empujado hacia el más allá por un globo de aspecto frágil subía lentamente hasta alcanzar los 39.000 metros y nos ofrecía la visión más redonda y poética de la tierra.

Pensé en Tolomeo. En Anaximandro. En Plinio el Viejo. Pensé en que no hay nada como elevarse para salir de la mediocridad. Y pensé que los retos, por incomprensibles y extravagantes que parezcan, están para demostrar que el ser humano del mundo moderno, digital, nanosférico, necesita probarse y explorar sus límites para volver a abrazar la tierra que lo acoge. Y para sentirse menos miserable.

 "Queremos extender los límites de la humanidad un poco más", dijo Baumgartner horas antes de comenzar el desafío. Y lo dijo en plural, como haciéndonos a todos partícipes de su locura. Y me pareció sugerente pese al ruido de fondo, a la presencia hiperbólica de Red Bull ("Te da alas"...desde luego parece que sí) y a la parafernalia que a ratos convertía la gesta en un espectáculo circense.

La humanidad necesita héroes contemporáneos que la retengan en casa una tarde de domingo. Nos hemos puesto tan cicateros con los aspirantes que ni siquiera al premio Nóbel chino lo indultamos como creador literario, por el tufillo político de su trayectoria. "Escribir no sé como escribirá, pero esa ambigüedad para con el régimen chino... " se apresuraron todos a murmurar. De otro Nóbel, ahora no recuerdo cuál, leí un informe académico que lo echaba por el barro. Una anécdota curiosa y divertida, sí, pero demolición al fin y al cabo. Y unas páginas más allá el mismo periódico me contaba que los nuevos héroes son una panda de tipejillos grasientos de espíritu que se enfrentan en "Gandía Shore" a un concurso con tres elementos: alcohol, sexo y estupidez delirante. Y si nada lo remedia, pensé, se apropiarán de las redes sociales y de la atención de muchos descerebrados. O de muchos adolescentes (y adultos, me temo) que tragan bazofia en su dieta diaria, y luego vomitan y vuelven a tragar.

Pensé que dentro de unos siglos, si seguimos existiendo, hablarán de nuestra civilización como aquella que dio políticos mediocres, intelectuales perezosos, que elevó a los altares la vulgaridad como espectáculo de fieras. Que derribó las fronteras, inventó la globalización, abrió el agujero de ozono, llenó el mar de inmundicia y permitió que dos tercios de su población murieran de hambre mietras el otro tercio lo hacía de indigestión.

Y puede que, en el capítulo de lo anecdótico, haya una referencia a Felix Baumgartner, el chiflado que rompió la barrera del sonido para explorar sus límites, nuestros límites. Y nos dio una metáfora de la necesidad que tenemos de sacar el cuello de este charco mediocre donde nos recreamos.

Y hoy habrá quien diga que esa gesta es una estupidez exhibicionista. Pues muy bien. Quedarse en el sofá de casa viendo a unos tiparracos que follan y beben y no articulan una sola frase correctamente es mucho mejor. Dónde va a parar.


domingo, 14 de octubre de 2012

SE JUNTAN JUNG, FREUD,TU NOVIO Y SU MADRE

"Pero no tengo ninguna amiga, de modo totalmente deliberado no tengo ninguna amiga, porque entonces hubiera tenido que renunciar totalmente a mis ambiciones intelectuales. No se puede tener una amiga y al mismo tiempo ambiciones intelectuales". Hormigón. Thomas Bernhard.

La mayoría de los misóginos que he conocido de cerca tenían miedo a las mujeres. Su menosprecio se cimentaba en el temor, en la inseguridad de no entender ese mapa geográfico, en el vértigo de sospechar que alguna referencia crucial se les escapaba. Y entonces sacaban los cañones, disparaban.

Temo a los miedosos por esa manía de defenderse atacando. La disuasión violenta. El miedo es libre, dicen, pero quizás debería estar sujeto a una tasa. Un impuesto del terror, pongamos. No en todos los casos, desde luego, porque cada temeroso es un océano con sus especies en peligro de extinción. Pero con los años observo que el miedoso que amo es aquel que me dice "tengo miedo". Y que no hay una señal mayor de fortaleza que reconocer la debilidad delante de quien nos descubre.

La misoginia de Bernhard sería otro tema de debate. A mí, desde luego, no me impide admirarlo/disfrutarlo  como autor. Me pregunto -obvio- qué relación tuvo con su madre, con sus hermanas (de las que ignoro su existencia). Pero detecto en mí ese tufillo de diván barato y aparto esos pensamientos.

Pero... ¿Sería su madre una señora implacable, severa, castradora incluso, o una mosca muerta sometida a la dictadura de un padre convencional de la época?

Me repito cuando insisto en el poder destructor de las madres. Pero creo tanto en él como en el miedo como esencia del odio. Sobrevivir a una madre es una tarea titánica a veces, y tengo algún amigo muy querido que anda en esas y me conmueve con sus relatos y lo admiro porque ha decidido plantar cara a un fantasma.

Lo peor de sufrir a una madre demoledora es que esa madre esté muerta.

Otro amigo espanta a la madre seduciendo mujeres sin parar. Una detrás de hora, sin barbechos. De él me llama la atención que las denomina "niñas", pero nunca me atrevo a corregirle. Igual las reduce para poder contenerlas. Igual las mujeres le dan miedo. O puede que su amiga, o sea yo, tenga esa querencia pueril porque se empiece a  "matar a la madre" después de tanto asesinato edípico, y ande poniendo la lupa en lugares equivocados.

Y en este punto, como madre, debería hacerme el harakiri. O no. El destino ha querido que mis chukis fueran hijas, potenciales Electras (y que su padre, ese hombre bueno y paciente, asuma el reto de Jung y se las coma con patatas)

Ya puestos a tener hijas con traumas,  nada me gustaría más que descubrir que los reciclan en deslumbrante obra, a lo Thomas Bernhard.

Las personas sanas, felices, equilibradas, no suelen ser intelectualmente interesantes, me temo. Y en este punto invito a que indaguéis las vidas de los grandes autores, compositores, artistas.

Sin trauma no hay creación, no hay destello.

 Se llama reparto de dones. Justicia poética. Y a veces da miedo.








sábado, 13 de octubre de 2012

SI EL AZAR TE PILLA COMIENDO MAGDALENAS

Vivo un mes por delante de la fecha del calendario. Soy futuro imperfecto, devenir, ciencia ficción. Me explico.

Compré en plano ataque de azaritis (no lo busquéis en RAE, no existe) un cupón de la ONCE para el sorteo del 11/11. Aclararé que no suelo jugar a juegos de azar porque no creo en la suerte, aunque sí en los chamanes y en las brujas. El caso es que metí el cupón en el monedero con la ilusión de tener una expectativa. Y pensé que jugamos ya no por ganar sino por esa punzada del "¿y si...?" que en sí misma es un premio porque te acelera el latido y te permite proyectar. Algo que la crisis esta extinguiendo como una despiadada glaciación hizo con los dinosaurios.

Así que esperé con mi talismán de los proyectos y ayer, día 12, lo saqué para comprobar si me había tocado. Recuerdo haber puesto el cupón sobre la mesa, entre los vasos, las cajas de pizza y los periódicos. Pero las chukis y yo estábamos viendo "El banquete de bodas", de Ang Lee, y leer subtítulos del chino y consultar números en la pantalla del ordenador es como perseguir el rastro de dos hormigas locas simultáneamente. De modo que abandoné el cartoncillo.

Esta mañana me he despertado angustiada por si había perdido mi cupón, pero no, allí estaba, tirado en el suelo. He corrido a mirar en la página web de los ciegos. Allí no estaba el número premiado. He pensado: "Hay que ver qué página más cutre, que ni la actualizan cuando se juega un premio millonario". He seguido escudriñando la pantalla con celo de arqueólogo de Atapuerca y, sólo después de irme a Google a consultar el resultado en otras webs, he caído en que el sorteo es en NOVIEMBRE. Y me he quedado muy chafada.

Ahora mi caja de los proyectos tendrá que esperar cerrada, como la de los vientos de Pandora. Además, deberé guardar a buen recaudo el cupón casi treinta días. Una temeridad para quien pierde tickets restaurante, recibos del taxi y resguardos de la tintorería con más frecuencia que la media nacional. Con un poco de mala suerte, lo tiraré al hacer una de esas limpiezas intempestivas que ejecuto en la mesa de un restaurante mientras espero la cuenta o en la consulta del doctor Menguele para fingir tranquilidad cuando muero de nervios.

Durante casi un mes tendré que elucubrar qué haría con once millones de euros. Una molestia innecesaria que suele desembocar en listas vulgares que nunca incluyen tus verdaderos deseos: detener el tiempo en un momento y un lugar idílicos, sentir el cuerpo como una máquina perfecta sin la más mínima enfermedad ni desgaste, contemplar realidades más allá de los cinco sentidos (sin tirar de sustancias), amar sin miedo, sin dudas, sin decepción, entender las derivadas e integrales, componer una sinfonía estilo Dvorak, escribir una gran novela, volver a coger en brazos a mis chukis de bebés, ese primer instante tras el parto como única concesión a la nostalgia (y sin dolor, preferiblemente).

Y mientras hago estas extrañas cuentas de la lechera miro de reojo el cupón, y me da la risa porque un cupón es la magdalena de Proust contemporánea e inversa. Una percepción que te obliga a saltar a un futuro que no sucederá, pero a cambio te brinda el vértigo del salto y dispara las fantasías.

De manera que para mí hoy es 13 de noviembre. Y todo puede suceder, y es excitante.









viernes, 12 de octubre de 2012

SI TÚ TAMPOCO CONOCÍAS AL CHINO PREMIO NÓBEL

Cada vez que sale elegido un premio Nóbel de Literatura que desconozco, siento una punzada de inseguridad cósmica. La evidencia, de nuevo, de que soy una ignorante y que me ahí afuera hay muchísimos focos a los que prestar atención. Al final uno se muere acumulando tres certezas y un enorme saco de asuntos pendientes que nunca sabrá que lo son, porque no sabe que existen.  

En eso consiste ser feliz: en no ver cuán abajo está el fondo del precipicio.

Desconocer un Nóbel, aunque sea chino y responda al pseudónimo de Mo Yan, no es para tanto, diréis. Desde luego, hay lagunas peores. Como encontrarte a un conocido fuera del contexto espacial habitual y no reconocerlo porque no te encajan las coordenadas. Entonces te haces un poco la loca, por timidez, hasta que el otro, molesto, te dice: "Hola". E invariablemente respondes: "Uy, ¿qué haces tú por aquí?". "Pues lo mismo que tú". Y después el silencio. Moraleja: Si te suena una cara en Reikiavik sal pitando o estarás condenado a una conversación prefabricada y estéril.

Mo Yan
O a que se te rían, como me pasó el otro día con L.. Situación: Bajábamos la escalera de palacio cuando vi a Dori. Era ella, no había duda. Con Dori he trabajado muchos años, y aunque seguimos  en la misma empresa, apenas coincidimos. De manera que desde la majestad del peldaño de madera y mis tacones de mamarracha militante levanté la mano con alborozo y solté un "Hola Doriiiiiiii! con tono de "Dori, mi más-mejor-amiga".

Por supuesto, no era ella. Y el destino tuvo a bien que esa rubia ni siquiera levantara la vista. "Ay, que no es....", musité. L. se descojonaba (con perdón) a mi lado, pero aún más cuando añadí, muy digna: "¡Pero se parecía!". Después de la gesta fuimos al Thyssen a visitar la expo de Gauguin, pero apenas nos concentramos. Ella seguía partida de risa, convencida de llevar en la saca una anécdota infalible para humillarme en el turno de chascarrillos de despacho. Entonces lo vio. Un cuadro de esos multicolor del pintor de Mata Múa. Y dijo: "Este me suena. ¿dónde lo he visto"

-En un poster. (Lacónica)

Ahora se ahogaba de risa, la asquerosa. Y yo trataba de vengarme leyéndole el cartelillo con la procendencia del cuadro: "Chicago, bonita, me temo que ahí no has estado".

El pobre Gauguien pagó el pato, porque lo cierto es que no me atrapó gran cosa. Los óleos coloristas de Martinica son grandes obras, claro, pero ahora que tengo vitola oficial de ignorante (y cegata) diré que para mí carece de misterio. O mi miopía me impide encontrárselo. Tenía la sensación de que lo que veía era lo que me estaba contando. Sin intrahistoria. Y pasé mecánicamente de cuadro en cuadro con el coro de las risas de la chunga que aún me hablaba de Dori, mientras las vigilantes del museo nos ponían mala cara, del tipo: "Esas dos tontas con tacones y bolso abandonen la sala que no se hizo la miel para la boca del asno".

Hoy pienso ir con Minichuki a ver el desfile y los caballos. Un planazo que hacemos los 12 de octubre y que a ella le mola mucho más que la cabalgata de Reyes, porque estos "no están disfrazados". Iremos en bici, rumbo al Retiro, y haremos fotos de macizos con uniforme, sonarán las cornetas y, si hay suerte, contemplaremos en paso de la Legión con su cabritilla, nuestra favorita. Eso suponiendo que la distinga, que ya lo dudo.

Pero con Minichuki no hay cuidado. El año pasado le dije que los paracaidistas eran polis y se quedó tan ancha. Con tal de que luega la invite a aperitivo con refresco, me dará la razón en todo y las dos seremos felices aunque ignoremos que hay un chino, el de Sorgo Rojo, al que le han dado un premiazo y cuyo nombre significa en mandarín "No Hables".

Pues eso.

Aviso: lo de la Legión y los desfiles no tiene mucho que ver con la patria, la raza y etcétera sino con que mi padre nos lo ponía en casa de pequeños, y vaya que si desfilábamos...








miércoles, 10 de octubre de 2012

EL AMOR ES CUESTIÓN DE FLOTABILIDAD (la tesis de Rose)

"Nena, hazme hueco en la tabla"
Un programa de televisión norteamericano ha demostrado empíricamente que Jack Dawson (Di Caprio), el héroe de la película "Titanic", pudo haberse salvado. O, lo que es lo mismo, que ella (Rose, Kate Winslet), era una egoísta que en el fondo quiso flotar sola sobre la tabla. A James Cameron, director de la cinta, le ha molestanto tanto el experimento que se ha deshecho en explicaciones en la red con el ánimo de boicotearlo:

"No es una cuestión de espacio, sino de flotabilidad, afirma. Cuando Jack pone a Rose sobre la tabla, él intenta subir también. No es un idiota, no quiere morir. Pero la tabla se hunde y se tambalea. Queda claro que solo flota con una persona encima, así que toma la decisión de que sea ella quien viva".

La princesa prometida (amor verdadero)
Me rechifla esta pequeña noticia capturada hoy en medio de un mar de titulares dramáticos sobre el verdadero hundimiento, el de nuestra economía. Mis Chukis idolatran Titanic  por distintas razones. A Minichuki le mola porque se hunde y hay mucha agua, carreras por los pasillos y música de violines. A mi adolescente porque le parece el epítome del amor verdadero. La historia más arrebatada de cuantas se han contado. A la altura de Crepúsculo (mon dieu!). Huelga decir que a mi ado le faltan muchos clásicos por leer, y que una hace lo que puede para que la educación sentimental y cinematográfico/literaria fluyan paralelas y se encuentren en un punto allá en el infinito. Pero lo cierto es que no es así.  

Un adolescente resume el amor en drama, jadeos y besos a tornillo. Y muchos adultos también.


A mí Titanic no me convenció ni cuando la estrenaron, y mira que soy romántica. Esa banda sonora diseñada para la emoción fácil, esa secuencia en la proa del barco, ambos con los brazos en cruz como Jesucristo, ese momento sauna de revolcón en un coche antiguo cuyas ventanillas se van tiñendo de vaho...Todo tan intenso, sí, y tan falso. Pero cuando trato de decirle a mi ado que un chico no te quiere más por clavarte sus fauces en un Symca 1000, pongamos (sí, una es muy enrollada y tal, pero madre al fin y al cabo), ella me mira con cara de "no te has enterado de nada" y se pasa la película whatsappeando con sus amigas y con la lágrima borderline. Sentimentalismo barato.

Vuelvo a Titanic para reconocer que mi problema, parte de él, que que nunca un hombre me agarró con fuerza en un barco. Mayormente porque yo en los barcos me entretengo sola vomitando. De manera que el romanticismo se me escapa en el trasiego de vaciar hasta mi espíritu, no sin antes haber expulsado a la mar páncreas, bilis e hígado.

Además, Leo di Caprio no me atrae ni mucho ni poco. Esa cara chata de pekinés y esas hechuras pequeñas no consiguen  que empatice con Rose. Me gustan los hombres altos aunque no bailen claqué. Vamos, que la prefiero a ella. Una mujer rotunda, con sus curvas y una bellísima piel luminosa, como pude comprobar una vez que la tuve a tiro. Kate Winslet es una de esas mujeres que no te parecen guapas hasta que te lo parecen. Puede que tenga que ver con el destello de inteligencia de sus ojos. O que sus gestos delatan que está conforme con un cuerpo alejado de los cánones anoréxicos.

Kate&macizo de 30
Y, respecto al amor, cambió al intelectual coetáneo e intenso por el macizo de treinta y se quedó tan ancha. Nada que objetar (bueno sí, que a mí también me molaba el bueno de Sam Mendes).

Recapitulando: hoy les pienso desmontar a las chukis el mito de Rose. Les contaré que fue una tiñosa que no quiso compartir su tabla flotador. Y no porque estuviera pelín oronda, sino porque en un momento vio pasar su futuro por delante, las desventajas de un matrimonio desigual. Y pensó que los amores tórridos son secuencias sueltas en la travesía de la vida. Imprescindibles, desde luego. Pero que una vez que cesa la envolvente banda sonora by Celine Dion, esa intérprete de casinos, hay que remangarse y empezar a construir. Y más vale que la orquesta de la cocina siga tocando pese a las tormentas, la tempestad y los choques contra los macizos de hielo.

Diréis que no saco partido de la cinematografía. Pero es que ser madre con tanto ejemplo sentimental lowcost circundante es duro. Titánico.





domingo, 7 de octubre de 2012

CASTIGADA SIN HABLAR (Relato de dos días en dieta de silencio)

Apenas he hablado en todo el fin de semana. Las curas de silencio son imprescindibles y te dejan la piel tersa y el pulso al ralentí. Calculo que el sesenta por ciento de lo que decimos a lo largo del día podríamos ahorrárnoslo. Callar muchas horas seguidas equivale a una de esas limpiezas de cólom que practican los hierbas y que dan pie a conversaciones escatológicas. Prescindibles.

Hoy me escapé al spa y me dejé llevar entre vahos y burbujas. Elegí este destino entre otras cosas porque presuntamente no se puede hablar. Además, el fragor del agua a presión impide mantener una charla salvo que lo hagas a gritos. Como la familia que tenía al lado. Ir en familia a un balneario es tan absurdo como ir al ginecólogo con tu suegra. El padre, calvo y tatuado, embutido en un bañador ceñido y escaso de volúmenes, le decía a "la Sara" que no se tragara el cloro. Y a "la Vane" que cuidado con los "chorrámenes" que salen "follaós". Yo cambiaba de zona y al minuto lo tenía a mi lado, con ganas de entablar una conversación.

-¿Vienes mucho por aquí?
-No.
-¿Lo tuyo son cervicales o lumbalgia?
-Lo mío es sociabilidalgia sobrevenida. Soy cantante de cabaret y el vapor aligera mis cuerdas vocales.
-Ah, eso...Pues muy flaca estás para ser una vedette de ésas...(mirando directamente a mi escote)
-No creas, engaño.

Tras colocarse el paquete sin remilgos el calvo ha huido hacia otros lares y he recordado en un flashback cuando te castigaban al pasillo en el colegio por hablar. Esa gloria bendita de sentir el vacío en el cerebro mientras la vista vagaba por el pasillo con suelo de loseta griácea, perdida en una secuencia apenas interrumpida por el pánico al parte que habría que llevar a casa, y a la consecuente bronca.

Con el tiempo, hay castigos de la infancia que se convierten en placeres. Permanecer encerrado en tu cuarto, por ejemplo. Tomar una infusión por la noche. Quedarte un sábado entero sin salir, con el último disco que has comprado sonsndo una y otra vez mientras adelantas trabajo sin sensación de fastidio. El teléfono, desconectado a ratos. Las chukis,  fuera y en perfecto estado de revista. Los amigos, avisados de mi ostracismo social. Y el libro de Thomas Bernhard a punto de caer en mis fauces. Esperando que me asombre y me deje esa cálida sensación postcoital de la buena lectura que ya me dejó "El Malogrado" (http://notengoregreso.blogspot.com.es/2011/06/envidia-de-glenn-gould.html).

En mi soledad he tenido tiempo de leer los periódicos y detenerme en la columna de Javier Marías, deliciosa historia de su nueva adquisición. Una figurita que se suma a otras dos que desparejó en su día y no cesó hasta reunirlas de nuevo, en su estantería. He cocinado lo justo y he cenado latas de mejillones en escabeche, ese vicio secreto. He desarrollado diez o doce hipótesis que jamás llevaré al banco de pruebas por el gustazo de imaginar una historia con sus personajes y sus pequeñas tramas. Me he acordado de la letra de una canción de Golpes Bajos que se me resistía. He dormitado la siesta mientras esa mujer relamida de angustiosos ojos claros me contaba las noticias con afán proselitista. He pensado que antes que busto parlante del telediario debió ser comercial de Thermomix y que enseñaba a hacer fumé de gambas. Y luego he pensado que para qué tengo una Thermomix si sólo la uso para zumos, gazpacho y salmorejo.

En el silencio me he dado cuenta de que hablo demasiado. De que me paso la vida haciendo preguntas a otros, que no sé si escogí mi profesión porque tengo una curiosidad sin límites o que al preguntar por oficio se desata la necesidad de saber más, y más.. como una matroska rusa de capas infinitas. Y entonces me ha llamado mi querida A. para preguntarme qué tal mi dieta de silencio. 

Y le he dicho: "Genial. Como una limpieza de cólom".