viernes, 30 de noviembre de 2012

AHÍ FUERA ESTÁN PASANDO COSAS...

La mujer avanzó hasta la vía del tren, colocó su bolso sobre el riel y, tras tumbarse, puso la cabeza encima como si se tratara de una almohada. El tren la despedazó minutos más tarde.

No busquéis la noticia. No ha sido publicada. Pero sucedió cerca de Madrid, hace unos días. Me la contó ayer un taxista cuya mujer es policía. El teléfono sonó en la centralita. Una llamada desesperada más. "Le aseguro que mi mujer ha visto de todo, pero la escena que se encontró no la deja dormir. ¿Sabe que la pobre señora sólo tenía 43 años?".

Los expertos en suicidas sostienen que muchas de las mujeres que intentan hacerse un Marilyn, o sea, quitarse la vida con un cóctel de pastillas, a menudo  están reclamando atención. No pretenden morir sino que alguien las quiera y se preocupe de su dolor. Se lo cuento al taxista cuando consigo recuperar el habla. Pero si te acuestas sobre una vía del tren, huérfana de vigilancia y sin disuasores a la redonda, es que la desesperación no te permite amagar. No hay salida. Y pienso en esos minutos, segundos eternos, su cabeza clavada en el bolso. ¿Tuvo un momento de titubeo, el impulso de la marcha atrás, el pánico al dolor? Puede que sintiera frío, que cerrara los ojos o que los dejara clavados en el horizonte paralelo de las vías. Ese instante eterno de la espera. Un rapto de levantarse y vivir. Demasido tarde.

Pero mi taxista, un hombre de mi edad, educado, quiere contarme más. Su padre también se suicidó hace un mes. Se ahorcó. "Llevaba tiempo avisándonos de que no quería vivir más, estaba muy deprimido. Supe que al fin lo había hecho cuando me llamaron diciendo que había dejado su reloj en mi mesilla". Al parecer llevaba años diciéndole a mi conductor: "A ver si te compras un reloj en condiciones, hijo, que ya vas siendo mayorcito". 

Madrid Arena
Debí palidecer con su relato, porque el hombre se disculpó: "Perdone por contarle tanto dolor, pero ahí fuera están pasando cosas y hay que saberlo".

Anoche recibí un mensaje de un amigo: "El Ayuntamiento ha cancelado el evento por la muerte de la última niña del caso Madrid Arena. La Reina ya estaba yendo, todos listos y vestidos, imagínate".  Me pareció muy oportuno. Hay duelos que deben ser compartidos, hay muertes que son símbolos. Castigos por la desidia, la avaricia, la negligencia, la corrupción de esos que no se plantean que al vulnerar los reglamentos están firmando sentencias de muerte. Espero que se pudran sobre la vía de algún tren en el infierno.

Es viernes y sí, ahí fuera están pasando cosas y hay que saberlo.

No se me ocurre una muerte más triste, más desoladora, que la de esa mujer sola que espera tumbada la llegada del tren. Ha calculado el momento, ha elegido el lugar. Se dirige hacia allí, con su bolso. Se arrodilla, lo coloca cuidadosamente sobre la vía y mira alrededor. No hay nadie. Por allí nunca pasa nadie. Después, se tumba, tal vez boca abajo, la cabeza sobre el bolso, y siente tanto miedo que se le hiela la sangre. Oye a lo lejos el ruido inconfundible del tren que se acerca. Tres, dos, uno. Ya está.

No se me va a olvidar nunca. Ni al taxista, ni a su mujer. Ahí fuera están pasando cosas. Algunas, la mayoría, no se publican.




jueves, 29 de noviembre de 2012

LOS NUEVE ERRORES EN LA SEDUCCIÓN

Una pareja come en un restaurante chino/japonés de Madrid. Hablan tan alto que mis compañeras de mesa y yo terminamos por callar y escuchar el cortejo que se traen. Son un hombre y una mujer, maduros, quizás en unos cuarenta ya desfallecientes. Él tiene un leve acento extranjero. Ella es delgada, de pelo largo y moreno y rostro agraciado y severo, poco afable, sin maquillar. Gesticula con sus manos como aspas de molino de viento. Los dos con esa sobreactuación de la primera cita. 

No es cena, es comida, así que deducimos que no habrá remate erótico salvo que los calores se hagan insoportables y los dos se abalancen sobre el sushi, el sashimi y la tempura como si fuera una cáma de pétalos de rosa al estilo American Beauty.

La excitación a la hora de comer es arriesgada y algo inconveniente. A poco que te descuides, te toca volver al trabajo, y de ese coitus interruptus no hablan los manuales. Esta pareja se pasa la primera hora mostrando sus plumas. Conversaciones banales y tópicas sobre lo que él ama el mar -todo muy previsible, que si la libertad, que si la sensación del viento sobre la piel...- y ella sobre su ajetreada vida social y lo jefa que es. "Yo con mis subordinados soy de mano de hierro y guante de seda" (y lo dice agitando la mano en un gesto que la malpensante que me habita interpreta como fálico, pero ya sabemos todos que el wasabi tiene efectos alucinógenos).

Ligar a los cuarenta y tantos es duro, imagino mirando a esa pareja. No sólo tienes que mostrar tu interés por el otro, sino que tu vida hasta la fecha ha sido una gran inversión. Que en tu balance, activo y pasivo están equilibrados.  Y entonces ella, la mandona estirada, le cuenta a él que con el padre de su hijo mantiene una relación excelente: "ya le dije en su día: los hijos son un reto irrenunciable" (y la tierra para quien se la trabaja, pienso yo atacando mis tallarines) El otro, un falso delgado con barba y pelo en retirada, asiente con escaso interés y algo aturdido por los movimientos manuales de su compañera. Parece que le interesa más el mundo de la vela y los yates que el de los niños de padres divorciados. No es padre, obviamente, y me dan ganas de mandarle a ella una nota que diga: "Nena, abandona ya el tema niños que el chaval -ahí le hago un favor- se está aburriendo. Céntrate o no habrá remate".

De lejos, la seducción es un baile con tres o cuatro pasos repetitivos. Los cuerpos inclinados hacia delante, la mirada fija en la pupila de la presa, cierta tensión en el cuello y la voz impostada.

Hasta ahí, todo de manual. Pero ¿era necesario encadenar tanta frase hecha, tanto comentario vulgar, disuelto en salsa de soja? Que si "todo esfuerzo es poco", que si "las mujeres somos muy de esto o de aquello", que si "con diez cañones por banda..." Solo faltó el "yo es que soy muy sincera" para completar el cuadro.

La tiñosa que soy pensó de inmediato que con ese tipo no aguantaba ni dos sakes. Y que la mandona que exhibe sus galones de Napoleón tiene menos sex appeal que Dora Exploradora. Porque ese hombre, ese navegante pelibarbudo, no podía soportar la idea de que ella reinara en un staff de más relumbrón. Y cuanto más fardaba de lo suyo, más presumía él de su mundana existencia marinera. Vamos, que si el tipo había montado un vez en piragua, al terminar la comida ya era comandante en el Bounty.

Recordé lo mal que me sientan las citas con hombres que se empeñan en competir. En hacer del cortejo una partida de Risk donde cuando te quieres dar cuenta está más entregado a acumular fichas de colores que en ser acariciado, levemente, por encima del mantel.

El tiempo se echaba encima y los púgiles no encontraban recursos para un colofón conveniente...hasta que se acercó el camarero, lo vimos, con una botella de vino. "¿Pero no habían tomado ya el postre?", comentamos nosotras, mirando sin disimulo al capitán Garfio y a Cruella. Y hubo que reconocer que al final no lo hicieron tan mal. Pimplarse es un camino seguro hacia la relajación de miembros y pensamientos. Copa va, copa viene, sus cuerpos empezaron a distendirse. Aquello iba a tener un final feliz. Y nosotras debíamos pagar la cuenta y salir pitando a la oficina.  Ellos, espero que a un hotelito mono y próximo al restaurante. Donde ella sacaría la fusta y él los nudos marineros.

Los caminos del amor a veces son tortuosos, convení conmigo misma. Y luego mi mente voló a la atmósfera de sutil embrujo de In the Mood for love, una de mis películas favoritas. Eso sí que es seducción oriental...






miércoles, 28 de noviembre de 2012

NOCHE DE INSOMNIO CON LA LOCA DEL TORREÓN

A veces hay que reconocer la derrota. El acto, en sí mismo, te permite descansar. Esto vale igual para unas elecciones, un desamor o una noche de insomnio.

Es decir, que el líder que no reconoce que ha perdido no apaga el motor y sigue al ralentí quemando sueños mientras brinda a su público el espectáculo más grotesco. El amante no correspondido que persevera termina convirtiéndose en un remedo de la loca del torreón de Jane Eyre. Y el insomne que maldice el lento paso de las horas hasta la salida del rey sol está condenado a caminar como un zombie cojitranco y a apestar al respetable con su saco de pensamientos endebles y deshilachados.

¿En qué se parecen Artur Más, la loca de Jane Eyre y un muerto en vida? podría haber sido la pregunta.

-Pues que que ninguno de los tres ha entendido nada.

Abandonarse a la suerte es heróico. Pero no lo parece.

Supón que pasas una noche al bies, crucificado en tu cama, esperando la llegada de ese sopor que hace que las voces de la tertulia radiofónica empiecen a ser susurros ininteligibles. Sólo entonces, lo sabes, debes alargar el brazo para darle al interruptor del Off, pero has de hacerlo con suma delicadeza porque cualquier movimiento brusco en ese momento será un golpe de corneta para el cerebro insomne que te gobierna.

Ese instante en que la leche que dejaste en el fuego rompe a hervir y se desborda. Dormir para los débiles de costumbre es retirar el cazo justo antes de su ebullición.

Jane Eyre
Son las dos de la mañana. Es obvio que la leche se desbordó. Piensas en que tienes mucha suerte de ser insomne sin causa. A tu alrededor hay demasiadas personas con poderosas razones para la vigilia.  Piensas en S. , a quien le ha llegado un aviso que la pone de patitas en la calle, a ella y a su hijo adolescente,  y además va a perder su trabajo. Si te quitan tu techo y tu sustento sólo te queda tu corazón. Y tu coraje. Algo de lo que mi querida S. va sobrada.Pero, ¿es suficiente?.

Tres de la mañana. Ya queda menos. Rebobinas la conversación de hora y media con tu amigo R. Ha saltado, como suele, de la política a los libros, del trabajo al corazón. "Las mujeres que conozco últimemente van demasiado deprisa. A la segunda cita ya me hablan como al padre de sus futuros hijos, y eso me agobia". "Nene, las treintañeras tardías comienzan a escuchar el tictac de sus relojes biológicos. Cambia de generación y no te pasará". Y luego le muestras por teléfono la radiografía de tu fragilidad y te dice que saldrá corriendo a abrazarte largo. Calzarse las botas de siete leguas y ya está.

Cuatro de la mañana. La cama está como el un ring de combate de dos púgiles borrachos. Te duele la cabeza pero levantarte, lo sabes, es espabilar un poco más. El frío de la casa de madrugada, los treinta pasos hasta la cocina, la necesidad de prender la luz para buscar el Paracetamol en el desdordenado botiquín... Demasiado tarde para plantearse cualquier otra pastilla.

Y entonces la oyes, al otro lado del tabique. Esa mujer de voz desfallecidente que llama a la hija. Ella no es insomne, pero tiene Alzheimer. Y se desorienta, y se viste y se empeña en salir a la calle de madrugada. "Carmeeeeeeennnnnn", grita una, dos, tres veces. Y te imaginas a la otra, que por lo que tarda debe dormir a pierna suelta, maldiciendo  su suerte mientras llega a la habitación. "No, mamá, no te pongas ahora la falda. Espera un rato y luego nos vamos a la calle...Mira, es de noche". Y afuera su tendedero lleno de fajas marrón clarito y bragas enormes de las que albergan un pañal. Y un aire del demonio que agita las cuerdas como agita las neuronas cansadas. Agotadas

Cinco de la mañana. Sientes el olor de la victoria. Las cinco tienen algo salvífico. Ha pasado lo peor, las horas lentas. Ahora sí que te abandonas. Postura de cúbito supino. El cazo de la leche que empieza a calentarse. Triclorofeniltriclorodetano. Crema Monticcello. Carrrmeeeeeennnn.

Y entonces te duermes. Apenas hora y media. Lo que tarda la loca del Torreón en entrar en tu cuarto y destrozar a girones tu vestido de novia.

El despertador es la señora Rochester. Odiosa. Enferma como una de esas mujeres histéricas de Paula Rego.






domingo, 25 de noviembre de 2012

SE BUSCA VAMPIRO PARA AMOR ETERNO

Me llamo X y ayer fui al cine a ver Amanecer, parte 2. Una mancha en mi currículum de sólida agitadora cultural, pensaréis. Para que podáis añadir saña a vuestro menosprecio, os diré que las he visto todas, y en el cine de estreno.  Y que volvería hacerlo solo para hermanarme con mi adolescente, a quien los rituales familiares le aportan inusitada seguridad.

Debo decir para mi descargo que todo lo que huela a vampiros me tiene ganada. Me repito cuando cuento que Drácula, de Bram Stoker, es quizás mi novela favorita y la que más veces he leído en mi vida. Ha sobrevivido a mi infancia revuelta y a mi juventud atolondrada. Jamás, en mis relecturas, me ha decepcionado. Creo que  podría contar quién soy desde mis hallazgos de cada reencuentro con Mina, con Van Helsing, con Jonathan, con Lucy, con Renfield. Y que mi Drácula me ofrece tanta hondura como superficial fascinación estética la saga Crepúsculo. 

Ayer, repito para los que penséis que sólo como caviar y bebo Vega Sicilia -ja,ja,ja- me metí al cuerpo unos huevos con chorizo y calamocho Don Simón que aún no he terminado de digerir. Me acompañaban las chukis, mi sobrino y una amiga de mi ado. Además de un barreño de palomitas con su Coca-Cola XXL para hermanarnos a tope con la película. No nos faltaba un detalle.

Mientras la música y los paisajes nevados me aturdían,  comprobé que lo que a mis distinguidos acompañantes quinceañeros les enganchaba es el amor explícito. La grandilocuencia sentimental. Las frases simples y eternas. Los diálogos intensos y bobalicones: "Nunca nadie amó tanto como yo a ti...dice ella (Bella). "Con una excepción".. responde él (Eduard) mirándola con  fijación trémula.  Y esa coreografía de flores, agujas de nieve, posturitas a dúo (todos los vampiros de la saga están enamorados hasta las trancas de sus parejas. Por la eternidad. Sin cuernos, sin celos, sin que desfallezca el pellizco erótico de los comienzos) Una explosión del ideal romántico a borbotones. Como la sangre o las palomitas que crepitan al explotar el maiz). Y venga te quiero, te quiero...

A los quince años uno dice te quiero con vocación vampírica. Es para siempre. A los treinta ya sospechas que es para siempre...mientras dure. A los cuarenta uno ya exhibe heridas de guerra, desengaños y errores. Los asume y cicatriza, de modo que pueden suceder dos cosas: o te vuelves religiosamente escéptico, o pierdes la cabeza y te agarras a un te quiero como una ladilla. Y si resulta que no, que no te quiere, duele y te desangras con la agonía de los quince años.

Por eso ayer, en el cine, no sólo había teenagers. Y, al terminar la película, no sólo aplaudían ellos sino sus acompañantes (me dio la risa floja, puede que por el bochorno de participar en el plano secuencia. Juro por mi vida que no aplaudí).

Por eso al llegar a casa, felices los cinco del rato que habíamos pasado juntos, tuve un instante de melancólica nostalgia de te quieros vampíricos. De que alguien, de piel blanca y ojos ámbar, me diga algo parecido a aquello de "He cruzado océanos de tiempo para encontrarte"...Una frase bien cargada de literatura de la buena, una declaración de amor caviar, un chute de amor Vega Sicilia, para entendernos...




sábado, 24 de noviembre de 2012

LA VIDA SEXUAL DE LOS CUARENTONES

Es un hombre en sus cuarenta y algunos, divertido, inteligente, que sale a una fiesta invitado por una compañera de trabajo. Subordinada suya, me temo. Divorciado, estatura media, deportista y padre de tres hijos. Profesional de éxito. 

Mi amigo J. -ese hombre- llega al lugar y enfoca su radar hacia una desconocida mujer, "un pibón", amiga de la anfitriona, y se acerca a ella con su entrenado savoir faire. Unas horas después la chica le dice: "¿No vas a invitarme a tu casa?".

Diréis que esta es una historia de cortejo vulgaris. Tened paciencia, que ya llega.

La pareja, la hemos dejado a la puerta de la fiesta, se sube a la moto de él -la clásica moto de profesional de éxito o de divorcido caprichoso- y se dirige al piso de divorciado sin cargas. Cuero negro en los sillones, muebles de estilo moderno ma non troppo. El mueble bar bien surtido. La nevera ordenada y con pocas cosas, todas delicatessen. Toman una copa y enseguida se centran en el asunto que los ocupa.

-Y entonces va la tía y me dice que si tengo cacharritos. ¿Cacharritos? pregunto yo. Y ella: Sí, vibradores, esposas... ya sabes.

Al pobre J. se le atraganta la libido. Bregado en las amantes de una noche, es la primera vez que una le pilla tan fuera de juego. Tiene que decir que no a la decepcionada tigresa, que hace un mohín de fastidio para pasar a otra propuesta, casi orden, una vez recuperada la pasión, con cierto esfuerzo por parte de mi amigo, que se ha quedado colgado con lo de los juguetes.

-Quiero que me digas cosas sucias.

Hasta ahí hemos llegado. J. ha salido de su cuerpo y se siente absolutamente ridículo delante de una desconocida que le reclama que desempolve su lenguaje más soez. Un reto más difícil que si le pidiera recitar a Shakespeare entre jadeo y jadeo.

-La situación era altamente violenta, me quería evaporar, echarla de mi cama...Ahora me río, ¡pero no sabes qué mal rato pasé!.

Le digo, cuando puedo sofocar mis carcajadas, que yo le hubiera ofrecido la Barbie de su hija como juguete y luego la hubiera invitado a irse al Exín Castillos a decir guarradas desde el torreón. Comentamos que en el sexo ciertas cosas requieren cierta confianza. "Pero claro, ya sabes que yo soy de colegio de monjas...". Me confiesa que para disfrutar de verdad  con alguien necesita un mínimo de cuatro o cinco veces. Entender que lo que a uno le parece el abc para otro puede ser sánscrito. Asiento y damos cada uno un trago a nuestras copas. A mí se me escapa otra vez la risa.

Mientras mi amigo y yo nos despedimos, decido hacer un estudio entre mis coetáneos sobre sus primeras veces con cada persona con la que se hayan ido a la cama. Ayer mismo tenía ya algunas respuestas, que reproduzco por su interés general:

Torremolinos 73
-A mí me dio la risa porque el tío se empeñaba en acariciarme cerca de la ingle, con una determinación tal que me hacía cosquillas.

-Ella se enfadó porque al terminar me levanté y me vestí. Estaba cansado y quería irme a mi casa, a mi cama. No me sale ser muy cariñoso con alguien a quien apenas conozco.

-Fue adorable, tierno y entregado. No pidio nada y se dedicó a recorrerme de arriba abajo.

-Tenía las uñas llenas de padrastros y cuando me tocaba la po--a (con perdón) me hacía polvo. Aguanté como un hombre pero fue una tortura.

-Lo siento, por detrás no me gusta. Se lo dejé claro, pero siguió. Le invité a largarse y me llamó estrecha, el muy imbécil.

-Nos dio la risa porque a él no le funcionó bien el asunto. Pero no sé por qué no importó. Nos pasamos la noche contando historias. ¿Orgasmo? No, de eso no hubo. Igual uno pequeñito...

-¿Qué talla de condones has comprado?, me preguntó él. ¿Cómo que qué talla?¿hay tallas?

Lo dejo aquí y os invito a colaborar, aunque sea de manera anónima. Ya va siendo hora de que alguien haga un informe Kinsey contemporáneo y sincero sobre la vida sexual de los cuarentones. Y ese alguien seré yo. Nada me excita más que tener una misión.








jueves, 22 de noviembre de 2012

¡GASTAD, MALDITOS!

Cada día, camino del trabajo, hay un senegalés que me saluda sonriente justo en la puerta del bar donde compro el café que subo al despacho como parte imprescindible de ese ritual de encender el ordenador, consultar el correo y poner en marcha la jornada antes de que lleguen mis compañeros y se rompa el silencio acogedor de la oficina desierta.
La secuencia es como sigue, y apenas se altera: "Buenos días, guapa". ¡Buenos días! Sonrisa de él, sonrisa mía. Diez pasos más adelante:
-Un Nespresso muy fuerte con leche hirviendo y azúcar moreno.
-Un euro con sesenta.
-Gracias.
-Que tengas un buen día.

Ya fuera hago equilibros con el líquido ardiente y rezo por no meter el tacón en alguna grieta de la acera y caerme de bruces y abrasarme.

Así hasta que ayer el senegalés dio un paso más, valiente y decidido. "Por favor, dame algo". Y a mí se me cayó la cara de vergüenza. Llevaba meses sonriéndole y saludando y me parecía que eso era todo. Que el hombre se alegraba de que una viandante pizpireta le diera los buenos días como yo de su saludo. Había roto nuestra rutina y me desconcertó al tiempo que me sentía  miserable. Pensé que un buenos días no llena el estómago salvo que tengas una cuenta en el banco que te garantice el café, un euro con sesenta, y una larga sucesión de pequeños gastos, a veces no tan pequeños, a lo largo del lunes, del martes, del miércoles...

Mi amiga A. suele repetirme un mantra: "Los que tenéis nómina debéis seguir consumiendo o la economía entrará en un shock aún mayor". Y yo le hago caso sin rechistar. Pero hay momentos en que la culpa se me hace bola. Y pago casi a hurtadillas una camiseta, un bolso o un cinturón que no necesito. Al fin y al cabo, hay que reactivar la economía. Y luego leo el periódico, las noticias de los desahucios, el paro de mis colegas, y pego sorbos al café, que ha ido enfriándose. Y noto cómo el estómago se encoge. Y pienso en el senegalés y en esa mierda de limosna que le he dado y él, con toda su dignidad, ha agradecido sin aspavientos. "No te jode", pensará.

Y puede que, de vuelta a casa, aún compre -como ayer- unas agujas de ternera que le encantan a mi adolescente, y una caja de probióticos que me mandó una nutricionista pija a la que pago una pasta cuando en realidad estoy muy bien nutrida. Y es posible que me dirija al fisio que me arregla las contracturas o a la peluquería a pagar por seguir siendo rubia. Y así una larga de lista de acciones que podría eliminar de esa agenda de mujer despreocupada que compra y consume y gasta.

-Los que tenéis nómina debéis consumir o los que no la tenemos seremos pobres de solemnidad.

Y yo obedezco, repito. Pero no sé bien cómo gestionar la culpa. Y el café, lo noto, hay mañanas que se hace bola.






miércoles, 21 de noviembre de 2012

ESE DÍA EN QUE TU HIJO TE SUELTA LA MANO

Todos los días, Minichuki me suplica que la deje ir sola al colegio. Que ya es mayor. Y se enfada como un babuíno cuando le respondo que aún es pronto. Entonces aprieta el paso, mira al suelo muy airada y me somete a su desdén más violento hasta que alcanzamos la puerta del cole. A veces claudico a medias y si hemos cogido el autobús dejo que ella se apée una parada antes. Y a la madre aprensiva que juro que no soy le asalta una fugaz sensación animal de que esa será la última vez que la vea. Entonces se cierran las puertas, arranca el motor y ella, que ya aprieta el paso, se detiene un instante y me regala un saludo de refilón con la cara radiante.

-Me has hecho la niña más feliz del mundo.

Aclararé que Minichuki es muy teatrera y le gustan las frases hechas, mejor robadas al cine. En su determinación por dotar de realismo a su ficción se golpeó ella sola el pie la otra noche porque quería llevar escayola, como dos niñas de su clase. A los diez años el glamour se sustancia en la excepcionalidad, no en la tontería banal e inconsistente de las it-girls. Tuvo que confesar la autolesión tras someterla a un tercer grado en el que casi me hizo dudar, porque sus dotes son excepcionales. Y maneja la inteligencia emocional como si fuera hija de Daniel Goleman.

Pero esto venía a que he descubierto que hasta los padres más aguerridos tenemos miedo. No hablo del temor a que se caigan, a que los aíslen en el patio del colegio, a que fracasen o enfermen. Es el miedo a que pongan punto y final a su infancia. Unilateralmente, sin negociación ni pactos. Cuando Minichuki se baja del autobús está poniendo un pie en un territorio donde ni su padre ni yo pintamos nada. Cuando mi adolescente elige encerrarse en su cuarto cada noche y yo le mando whatsapps con bromas para que venga al salón y compartamos un rato, está diciéndome que su territorio de cambio y experimentación es como uno de esos clubs británicos donde sólo entran los socios más VIPS. Y que si fuerzo las cosas, me salto el cordón de seguridad y pido un gin tonic de Bombay en la barra de cuero granate, recibiré un gesto de desdén del camarero y nadie vendrá a sentarse a mi lado aunque haya un solo taburete libre en la estancia.

Hay un día en el que sientes como nunca que el cordón se ha roto. Y me temo que el momento no se explica en los manuales para padres con dudas. Hay un día en que tu hija deja de darte la mano por la calle, y te duele el corazón. Otro día se le olvida el beso de la noche, y corres a su cama porque para ti es mucho más crucial que para ella. Y te lo devuelve escorado, avisándote de que lleva la cara pringosa por la crema del acné.  Hay un día en el que entra a tu armario y lo asalta, y te roba hasta las bragas, y ahora la furiosa eres tú, porque no piensas que en realidad, cuanto más lejos crees que estás de ella, has empezado a ser su modelo y no va a escatimar esfuerzos ni hurtos para mirarse en ti.

Supongo que saberse excluido es una señal de que las cosas marchan bien entre un padre y un hijo. Lo contrario, claro, sería enfermizo. Pero no puedo evitar sentir que, al igual que desde que nacemos empezamos a envejecer y a avanzar hasta la muerte -lo dice una vitalista con carnet- desde que parimos empezamos a despedir a nuestros hijos.  Y hay un día en que lo vemos, como una revelación, un relámpago, justo cuando se cierran las puertas de un autobús, de un dormitorio. O en el instante en que, al doblar la esquina, tu chukina de diez años te suelta la mano con determinación y te pide que vayas veinte pasos por detrás de ella. 

-Como si no nos conociéramos. Que ya soy mayor.






martes, 20 de noviembre de 2012

EL SUERO DE LA VERDAD (O BACH,O CHOPIN)

En una conversación reciente alguien propuso un juego: cada uno tendría que hacer una revelación, contar algo inédito de su vida, algo tal vez anodino que hubiera mantenido oculto, enquistado bajo la epidermis como uno de esos forúnculos que se infectan y acaba extrayendo un cirujano. O, en su defecto, una fantasía que retratara su ponzoña moral.

"Cada vez que dices "como digo yo" o empleas onomatopeyas animales quiero matarte, siento una agresividad que sube como jugos agrios de estómago, regurgita y me envenena el paladar", arranqué sobreactuada y bromeando, aunque sin faltar a las reglas del juego, y expuse a continuación cómo me soliviantan las palabras mal empleadas, la desidia en la expresión, cómo me vuelvo salvaje como un vampiro al romper la noche los primeros rayos del sol. Y, dado que mi confesión no sorprendía, tuve que reconocer que fantaseo con la idea de que no soy madre y habito sola en una casa sin teléfono ni nadie que me requiera. Reconocí que esos días de "no estoy" devoro latas de mejillones y dejo que los vasos usados se amontonen en la pila, a escasos treinta centímetros del lavaplatos. Y llevo unos leggins infectos y no me peino hasta que el espejo del baño me sobresalta con mi propia imagen. Que necesito chutes de total desidia para digerir mi vida ordenada y convencional. Que no soy yonqui porque la clarividencia más oscura me ha cogido mayor y porque aunque quisiera no sabría a dónde ir a pillar sustancias ilegales ni cómo llamar a cada cosa. Que me gusta entrar a las iglesias y que en el fondo nunca he dejado de buscar al dios amoroso de la infancia.

Ayer M. me confesó que ya no echa de menos los abrazos, la excitación, el sexo. Hace dos años que no tiene pareja ni la busca, ni la espera. M. es una mujer asombrosamente atractiva. Impecable siempre, divertida. Divorciada y con un hijo demasido inteligente como para relajarse. Ha aprendido a sublimar esa parte del amor que te hace sudar, te acelera el pulso.
Las dos comíamos lentejas, yo la miraba y entendía que los senderos de la pasión son laberínticos. Pero que renunciar a ella es una rendición un poco triste. Exiliarse de Bach, abandonarse a la melancolía de Chopin. Esto no se lo dije porque sin duda resulta pedante, pero lo pensé porque la otra noche, en el insomnio, escuché el Nocturno de Chopin http://www.youtube.com/watch?v=MPvS0g2papI, una melodía de piano que acompañó muchas tardes de mi adolescencia y que no he podido dejar de tararear.

Mi amigo V. piensa que es un fraude, y vive en el pánico a que los demás se den cuenta. A que alguien un día lo señale con el dedo y cuestione su presunta brillantez -de eso anda sobrado- y haga un comunicado urbi et orbe anunciando su "verdadera naturaleza mediocre", así la llama él, y que eso le condene a un ostracismo autoinfligido sin opción de vuelta. Triste como el Nocturno. A. siente que ya no está en la cresta de la ola, que nunca más va a estarlo, y se reafirma mientras con la otra mano no ha dejado de crear historias asombrosas.  
A S., que trabaja en el departamento de personal de una empresa, le aterra mirar a los ojos de compañeros que va a despedir. "Me he dado cuenta de que voy por los pasillos con la vista clavada en el suelo". Como el verdugo que un día se estremece al darse cuenta de que en lugar de un bolígrafo blandía un hacha. N. se ha descubierto racista después de llevar años defendiendo en su discurso la igualdad de los hombres y mujeres sin tener en cuenta el color de la piel. "Las sudamericanas son vagas. Eso es lo que en el fondo pienso. Y me avergüenzo".Y a H. le atormenta saber que ama menos de lo que le aman.

A esas alturas del juego sentimos con urgencia que había que parar o entraríamos en un túnel enfangado como un sótano lleno de aguas fecales. Un inframundo sin leyes ni tiritas. Tenebroso como la Tocata y Fuga de Bach http://www.youtube.com/watch?v=NEKF08t3mW4.




domingo, 18 de noviembre de 2012

CRÓNICA DE UN SUICIDIO PRECIPITADO

En el hospital de mi cuñada la Enfermera del Amor a los suicidas se los llama técnicamente "precipitados".

Naturalmente, en esta clasificación entran sólo los que se han tirado al abismo. No los que se cortan las venas, engullen un cóctel de pastillas o meten la cabeza en el horno.

No se me ocurre nada menos precipitado que planear tu muerte. Subirte a una ventana, salir al balcón, y lanzarte al vacío.

Una amiga de mi madre y vecina de nuestra casa de siempre decidió precipitarse después de sufrir cincuenta años de maltrato de su marido, un juez profesor de la universidad, para más señas y oropeles. El tipo la estuvo cometiendo a diferentes torturas que incluían darle cantidades miserables de dinero para hacer la compra. Mientras, él adquiría pisos e inmuebles que nunca fueron ganaciales y salía del portal cada mañana con la cabeza bien alta.

Su mujer, siempre afable y cariñosa, tomó la última decisión de su vida: fingiría haberse caído mientras limpiaba los cristales. Nadie mejor que ella para conocer los entresijos de la justicia -algunos de sus hijos eran, son, abogados-. Imaginó, sospecho, su propio levantamiento del cadáver y a un juez, colega de su marido, musitando: "parece que perdió el equilibrio cuando se apoyaba en el alféizar". A pocos metros de su cuerpo, un limpiacristales y un trapo. Las pruebas del accidente.

Por supuesto, nadie se tragó aquello, pero todos fingieron que sí no para proteger aquel tiparraco asqueroso que tuvo el cuajo de fingirse viudo desconsolado en un funeral en el que ningún allegado le dio el pésame, sino por respetar esa última voluntad de una mujer desesperada a la que nadie ayudó aunque todos sabíamos que habitaba en el infierno, justo detrás de una puerta blindada exactamente igual que la nuestra.

Hay momentos que se te graban para siempre. Mi madre y yo volviendo en tren desde Málaga. Su teléfono que suena y ella, nada más colgar, que llora amargamente, convulsa y sin consuelo.  "P. se ha suicidado. Se ha tirado por la ventana. Dios mío".

Todo precipitado deja a su alrededor una onda expansiva. La impresión de que pudimos haber hecho algo y no lo hicimos. Ese respeto a la intimidad del prójimo que llora a pocos metros tiene mucho de miedo y de cobardía. Hay quien se traga cada tarde ese programa de canallas llamado Sálvame, donde las peores intenciones, la ponzoña moral y estética se acompañan de la tostada con mantequilla y mermelada, y sin embargo parece no escuchar los gritos de la pareja que vive enfrente. Ignorando que cuando las luces del plató de este antro de serpientes venenosas se apaguen todos volverán al camerino tan contentos, mientras que alguien, en silencio, está quizás planeando su actuación de precipitado porque ya no puede más.

Quien dijo que los suicidas eran cobardes no sabía lo que decía. Para mí son la expresión más profunda de la desesperación humana. La sangre y las lágrimas.

Y nos ponen a todos en evidencia. Porque lo sabíamos. Siempre lo hemos sabido.

Un precipitado es un muerto que te cae en el capó de tu coche. Soñarás con él, te hará preguntas.

Hasta los políticos lo han entendido y han movida ficha. No quieren más cadáveres en los armarios. Bastantes tienen con los de sus desidias e incompetencias.

P.D. Sí, este post huele a demagogia. A veces una escribe con las tripas. Mis disculpas.




sábado, 17 de noviembre de 2012

TAL VEZ YO NO SEA TU HOMBRE IDEAL NI TÚ MI MUJER PERO IGUAL...


Picasso.Dos mujeres en un bar
TOMA-1:Me llama J. para invitarme a comer pollo a su casa el domingo. "Te vienes antes y me sacas a pasear, que ya sabes que P. considera que salir a andar es absurdo. Él va a los sitios con una meta".
Mi amiga M. tiene un marido que no sale de casa los domingos por la tarde. Jamás. Por decreto ley. Así ha venido siendo desde que se casaron, hace casi 20 años. Esto que a sus íntimas nos parece  insoportable, dramático, para ella es una manía que tolera como tolera la afición de "Sujosemanuel" -así lo llama- al sillón bowl y a la tele encendida.
Ambas parejas se aman. Una es gay, la otra hetero. Irrelevante, sin duda. Podría hablar de otras que siguen juntas y se han perdonado desidias, decepciones, tardes plúmbeas y... cuernos.

TOMA-2: Mi adolescente me recibió ayer con una noticia bomba, según su criterio: Robert Pattinson y  Kristen Stewart (los protagonistas de la saga Crepúsculo), habían vuelto. "¡¡Pero mamá, si ella se ha acostado con otro, le ha puesto los tochos!!!!". Yo me quedé un rato pensando cuál sería la reacción correcta. Al fin tiré por la tangente: "Verás, a veces el amor encuentra obstáculos, distracciones en su laberinto...". Le pareció fatal porque un adolescente es más papista que el papa. Pensé que en el fondo yo también soy más papista que el papa.

TOMA-3:Dos mujeres adultas hablan en la barra de un bar mientras devoran una hamburguesa. La una sale con alguien que le ha advertido que no es la mujer de su vida, que busca a una más joven para ser padre. La otra entiende que el silencio prolongado en una relación puede matar. La ausencia de palabras deja un fértil territorio a la imaginación, desata los demonios, te lleva de cabeza al Lexatin. Las mujeres se saben solas y están en un bar plagado de parejas más o menos convencionales que distraen la conversación con berenjenas rebozadas y una copa de vino. El camarero las sonríe.

TOMA-4:Ayer por la tarde salí a pasear, un entretenimiento que encuentro que tiene sentido en sí mismo. Hacerse un Ítaca, lo llamo, o un Cavafis. De camino entré en una cafetería a merendar como una señora. El camarero, un tipo de unos 50, moderno, con patillas y bigote charro, me regaló un piropo de los buenos: "Perdona que no te he entendido qué querías, llevo un rato perdido en esos ojos". Se lo agradecí zampando la ensaimada cual festín del último día de un condenado a muerte. Luego me fui al cine y pedí una entrada. "Fila 13 o fila 4", me dijo la taquillera. Yo veía la pantalla con muchas otras butacas libres. "Quiero la 7". "Ya, pero es que hay dos libres y viene mucha gente en pareja". Deduje que si eres single y vas al cine tendrás que conformarte con los restos del naufragio o contratar un extra que te coja la mano y te permita apoyar la cabeza en su hombro.

TOMA-5. Antes de colgar, me dice J. al teléfono que tiene ganas de verme y de mimos y yo respondo que también. El domingo habrá pollo y paseo, vive dios, y saldremos abrazados como novios sintiendo el calor tibio del cariño heterogay. En el cine, un rato después, noto cierta presión desazonante de naúfrago en isla rodeado de dúos que se besan, comentan y, a ratos, se cogen las manos. Una pesadilla. ¿Ser una unidad de destino era esto?





jueves, 15 de noviembre de 2012

FILOSOFÍA PARA ADOLESCENTES QUE SORBEN SOPA

Hay frases que te dejan suspendida en un limbo incómodo. Me dice P. que "la metáfora no vende", y lo mismo tiene razón. La metáfora puede esclarecer una realidad menos obvia, reforzar su efecto en quien la recibe. Pero a la hora de interpretar el sentimiento conviene trepar lo más cerca posible de la esencia de las cosas. Y P. es un compendio de sentido común, el menos común de los sentidos.

Ayer a mi adolescente le pusieron un examen bien alejado del libro de texto que estudia. Debía explicar qué es la filosofía a partir de los siguientes términos: "manzana, piedra, perro". La siguiente pregunta invitaba a defender por qué tu boli no existe. Mi pasmada hija volvió a casa ansiosa por ponerme a prueba, convencida de que había gato metafórico encerrado en las intenciones de su profesor. Le hablé, en una de esas improvisaciones de madre chulita y sobradamente preparada,  de que somos pura subjetividad, y que por tanto lo que llamamos bolígrafo es una proyección desde un yo absolutamente ajeno al objeto. Me quedé tan ancha y ella bastante frustrada porque su explicación no tenía nada que ver con la mía.

-Claro que yo puedo estar equivocada, hija...

"A menudo proyectamos lo que deseamos y obviamos las pistas que nos arroja la realidad", seguí yo, crecidita y con un calentón filosófico tan barato como inusitado. Minichuki, que hasta el momento había fingido indiferencia, mosqueada sin duda por estar fuera de comba en semejante conversación, se vio obligada a esclarecer el asunto: "Hermana, yo juego al fútbol superbien pero a veces algunos no se enteran". Luego se metió una cucharada de sopa para enfatizar sorbiendo su sentencia.

Mi querida ado y yo seguimos buscando la relación entre las tres palabras sugeridas. "El perro se come la manzana y con la filosofía nos comemos el tarro", confesó que había escrito. "Hummm, no sé yo...", murmuré, porque jamás he visto un can tirándose a por una fruta. Y me imaginé a ese profesor disfrutando como un sádico de los disparates de unos adolescentes que aún no están entrenados para pensar, pero cuyas hormonas los proyectan de cabeza hacia la retórica más confusa.

Espejismo
En el segundo plato ya dudaba de mí misma, enredadada en la madeja de lo real y lo imaginado. De cómo a menudo construimos realidades a partir de intuiciones vanas. Y un día el castillo de naipes se desmorona y te quedas reducido al corazón de la manzana, tiritando mientras una jauría de perros se tira a devorarte.

Pero, ¿dónde encaja aquí la piedra? (piedra, papel, tijera, una dos y tres...)

-Se llama espejismo, hija. Creo que la filosofía trata de explicar el espejismo. Por qué a veces construimos mentiras para sobrevivir en el secarral. Y luego le damos al botón del "on" y nos revolcamos en ellas.

-¿Y la metáfora?
-La metáfora no vende. Produce humo, te envuelve y te confunde. Díselo a tu profesor.

Me di cuenta de que el plato de mi sopa estaba intacto.



miércoles, 14 de noviembre de 2012

DIEZ PENSAMIENTOS HIPSTER PARA UN DÍA DE HUELGA

1.El desacuerdo se ha instalado en nuestras vidas. Pensar a la contra es devolver la pelota a un contrincante furioso. Somos reactivos, socialmente disonantes. Estratégicamente cansados y temerosos. Un ejército tullido en tiempos de guerra.

2.Planeo fundar un club contra las ex exposas abusadoras. Esas que ejercen el pagafantismo más cruel con quienes amaron un día. Mujeres con derecho a barra libre y a piso por cuenta ajena. De ex maridos no hablo porque no veo necesario ser ecuánime y porque acumulo mejores experiencias cercanas.

3.Oficialmente vuelvo a ser gafapastera. Hipster de uniforme, pero sólo para ver de cerca. De lejos seguiré siendo una señora madre de familia monoparental. Espero sobrevivir a este nuevo brote esquizoide.

Gafapastismo a dúo
4.Últimamente me saludan por la calle hombres a los que no conozco. Pero lo peor es que también últimamente saludo yo con efusividad inusitada a perfectos desconocidos. Pienso en las vainas de "La invasión de los ladrones de cuerpos", esa película magnífica e inquietante. Pienso que es una metáfora de los tiempos modernos.

5.La tormenta de ego es una de las plagas contemporáneas. Noto que busco instintivamente la compañía de cultivadores del tú, angustiada ante tanto yoyoísmo militante. Según escribo asumo en que el pecado tengo la penitencia. A alguien se le ha ido la mano con las lecciones de autoestima. Ahora sus cachorros son tiranos.

6.Me gustan los arquitectos. Sobre todo si no se visten con el presunto uniforme de arquitecto y no se sienten obligados a hacer planos alzados del esnobismo. En realidad me gustan los arquitectos silenciosos y visionarios. Considero en cambio que mi profesión está llena de bluffs, de impostores cantamañanas que saben muy poco de muchas cosas. Es muy probable que yo sea uno de ellos.

7.Ser madre es volver a estudiar los presocráticos y sentirte en una excavación arqueológica, que eres tú misma, de donde extraes conocimientos que un día enterraste y sentencias que te hicieron pensar: Uno nunca se baña dos veces en el mismo río. Bendito seas, Heráclito. Y esa tarde de Panta Rei con magdalenas.

8. Un empleado de banca atildado y relamido me acosa por teléfono para citarse conmigo a toda cosa. Su tono de voz es ansioso (lo de atildado y relamido lo deduzco a ciegas) y me produce cierto placer sádico postponer la cita. Sí, cierto que el pobre no tiene la culpa de nada, pero su director de sucursal, su presidente, pasan de rubias con nómina y ocho cifras de escepticismo.

9. Leo a un tipo sesudo que los intelectuales y los filósofos andan ensimismados. Los modernos, en cambio, son tan extravertidos que el afán se les va en una pura pose. Mi amigo J. se define como Glipster y deduzco que es el hipster consistente y volandero. Los inventores de términos son los reyes del mambo.

10.En mi calle han abierto una academia de chino. Los telediarios están llenos de noticias del gigante asiático. Lo digo en serio: los ultracuerpos están aquí y mañana el cuello Mao invadirá las pasarelas. No es dramático, pero asumámoslo.

martes, 13 de noviembre de 2012

ME ALQUILO COMO MAMPORRERA SOCIAL

Leo cada mañana en un periódico digital: "¿Qué harías por conocer a Pablo Alborán?" Y cada mañana respondo en voz alta: "NADA".

Anoche cené con H. Un amigo y gran escritor con quien suelo jugar a las palabras. Él venía satisfecho de la que le regalé en nuestro último encuentro: "Mamporrero". La había utilizado, me confesó, para criticar a un político en una columna de su diario, El Espectador. "Dame un defecto tuyo con cada letra del alfabeto", planteamos anoche. Antes, apenas nos habíamos abrazado y tomado asiento en el lounge del Hotel de Las Letras, me puso al día de su estado de ánimo algo torturado por los viajes, esa desazón Lost in Translation. Y enseguida preguntó: "¿Qué hay de tu vida?".  Le hice un resumen prolijo y terminó regalándome un consejo: "Escribe un libro de 280 páginas sobre algo que te guste mucho".

Después, Gran Vía arriba, fuimos a cenar con dos desconocidos amigos suyos que esperaban ver a H. con Andrés Trapiello. En su lugar llegué yo, ocupé la silla y atacamos el plato de soldaditos de pavía con buen humor y voraz apetito. Yo era una sustituta de Trapiello, estaba claro, y asumí encantada el rol de un autor al que apenas he frecuentado. Pensé que ese periódico independiente de la mañana debería incluir una llamada: "¿Conoces a Trapiello?" A lo que yo respondería: "Apenas, pero lo suplanto socialmente cuando vienen mis amigos de ultramar". 

Andrés Trapiello
La cena transcurrió con un monólogo apenas interrumpido por los demás comensales. H. y yo, a un lado de la cancha, bebíamos vino y nos mirábamos de cuando en cuando a los ojos. La crisis, los bancos, los deshaucios, la desesperanza, el ERE del periódico, las traiciones y juegos de poder...saltaban de un lado al otro del mantel. Dos horas después alguien me preguntó:"¿Y tú, qué haces?".  Me quedé callada unos segundos, descolocada ante aquel brote inesperado de leve curiosidad por la sustituta. Respondí casi en un murmullo que trabajaba en una revista (aunque me quedé con las ganas de decir "soy reponedora de Mercadona, una profesión como otra cualquiera"), y sentí que mi respuesta era muy decepcionante. Detalle comprensible porque una sustituta de Trapiello, imagino,  debería hablar de bibiofilia, parafilia o cualquier otro vicio con barniz cultural y pomposo.

Naturalmente, no hubo más preguntas.

Ya en el taxi, de vuelta a casa, pensé que las personas se dividen en dos clases: las que preguntan y las que no. En el segundo grupo están las que no preguntan porque carecen de curiosidad y las que no lo hacen por miedo a que respondas. Estas últimas se dividen a su vez entre quienes no quieren que respondas porque en su pregunta buscaban una coartada para seguir hablando de sí mismos y los que no preguntan porque tu respuesta puede colocarlos en un suelo de cristales rotos o pinchos de faquir.

También pensé que no me interesan nada las personas que no hacen preguntas porque empiezan y acaban en sí mismas. Y llegando a la puerta de Alcalá, uno de esos lugares que amo recorrer de madrugada, recordé que una vez me desenamoré de un hombre porque carecía de toda curiosidad y apenas me hacía preguntas.

Naturalmente al bordear la Plaza de Toros, cuestioné mi interés personal. Eres una soberbia, nena. Es posible que quien no te hace preguntas no te encuentre en absoluto interesante. Sin duda esa podía ser la explicación. Quiero decir que si mañana mi nombre apareciera en portada de diario digital: ¿Qué harías por conocer a la sustituta de Andrés Trapiello? la respuesta de muchos -y la mía, desde luego- sería: "NADA".

Hoy, reposados los vinos y los soldados de pavía, he asumido mi derrota social y me dispongo a alquilarme para bodas, bautizos y comuniones. Seré esa mujer vestida con un traje color lavanda que se acerca y hace preguntas a quienes ve descolgados en las mesas. Mamporrera social, diríamos.

Una profesión como otra cualquiera.




domingo, 11 de noviembre de 2012

SI AMANECE, COGE LA ESPADA DE SKYWALKER

Luke Skywalker, te amo
Espero a que amanezca para salir a correr. Los impacientes e insomnes (suelen ir juntos) albergamos la absurda idea de que el sol saldrá antes si cada dos o tres minutos corremos la cortina para mirar al cielo. Así, muchas mañanas me sorprendo tratando de sorprender un amanecer que llega cuando le da la real gana, y lo hace soberbio y rosado, con ese halo de niebla que abraza los edificios y las aceras un instante antes de explotar.

Miro los periódicos y  me irrito porque un militar de apellido arqueológico -David Petraeus- no dimita por atrocidades en país ajeno, digamos, sino por haberle puesto los cuernos a su señora esposa. La infidelidad, que detesto, es un arma arrojadiza en ese país donde el presidente ama y desea a su mujer y vende con éxito la idea de la fortaleza pétrea desde la cama.



El general Petraeus y su ama
En ese mismo país estudia este año mi sobrina y ahijada, a la que adoro. Su madre me cuenta que este trimestre ha escogido como asignatura "Ciencia Ficción". Al parecer en su clase están "todos los frikis del instituto", se troncha mi hermana. "Cuando quieren ir al baño deben salir con la espada luminosa de Luke Skywalker al pasillo para que el vigilante sepa que no se están fugando". Ahora soy yo quien se parte de risa. Pero en realidad me parece magnífico que la ciencia ficción sea objeto de estudio, que para la política ficción ya están los cuernos del general.

Sir Thomas Wyatt el joven, c 1540-42
Hans Holbein the Younger
Entiendo ahora que los norteamericanos hagan tanto cine, que sus series de televisión sean magistrales. ¿Basta con dar una espada láser para excitar la imaginación? Retrocedo unos días y me veo preguntándole geología a mi adolescente. El libro de texto es un ladrillo escrito por un mono en estado lisérgico. Sólo así puedo entender las frases enrevesadas, los adjetivos prescindibles, la profusión de adverbios acabados en "mente", la subordinación encadenada hasta el infinito y más allá. Y me invade la furia contra esos escribas que machacan las mentes más fértiles para lobotomizarlas con el lenguaje. Una tortura semántica y sintáctica que sólo puede traer la atrofia neuronal. Apunto en mi libretilla de las ideas perdidas: "Comprar espada de Skywalker para reinventar la historia de la formación de meteoritos. O algo".

Creo que la ficción nos hace libres. Y que el sistema educativo español es una mierda encorsetada. Espero no ofender con mi improperio a los profesores que tengo más cerca y me consta que se dejan las pestañas, pero no veo estímulos a la imaginación en el programa de estudios. No veo que los frikis tengan cabida con sus destellos imposibles. No conozco amigos de mi hija que me recuerden a mis héroes de "The Big Bang Theory", esa gran serie. Hay un gran interés porque los niños practiquen la ortodoxia, aprendan de memoria, hagan limpios los deberes, estén quietos en su silla. Y todo eso suena razonable, pero desarrolla capacidades homogéneas. Disciplina, orden, autocontrol. ¿Y la imaginación? Se deja para el patio del colegio o para las redacciones temáticas. Cada cosa en su sitio.

Convendréis que necesito un chute de amanecer urgente o la emprenderé contra el sistema fiscal, los EREs de la prensa (que por cierto no solo afectan a la prensa grande y arrogante, sino a los pequeños, que apenas hacen ruido y tienen salarios liliputienses), la inoperancia de los políticos o los deshaucios con muerte anunciada. Ya corro las cortinas, ya es de día, y  el cielo me recuerda que aún hay salvación y poesía. Y que debo recomendar a quienes prefieran un domingo de estímulos (y vivan en Madrid) dos planes sin palabras: La expo "La isla del Tesoro", en la Fundación Juan March (arte británico de Holbein a Hockney), y "Encuentros con los años 30", en el Reina Sofía. Espléndidas ambas.

Lo dejo ya, Minichuki llega vestida de cow-boy/investigador privado y me dispara balas de plata. La mujer lobo estalla en aullidos y se transforma. Hoy saldré a correr con la espada de Luke. Por los viejos tiempos. Por las grandes historias.









sábado, 10 de noviembre de 2012

EN LA CASA, DE FRANÇOIS OZON, UN SUCEDÁNEO DEL SEXO

"En la casa", de François Ozon. Concha de Oro San Sebastián 2012
...] En verdad, nadie puede ser escritor, narrador, si no duda seriamente de su derecho a serlo. La persona que no ve el estado del mundo en que vivimos tiene muy poco que decir acerca de éste". Elias Canetti, de nuevo. La profesión de escritor, 1976.

Ayer vi una película deslumbrante. "En la casa", de François Ozon. Había ido al cine sola, algo que, lejos de importarme, me produce un placer litúrgico mientras engullo regaliz rojo como una niña a la que le está prohibido y aprovecha la oscuridad para su vicio. Debo decir que a la salida me sentí muy sola. Estaba tan imbuida de la película, había sentido y pensado tantas cosas, que necesitaba compartirla de inmediato. Pero estaba sola y no tenía sentido llamar por teléfono a un amigo para confrontar un entusiasmo tan íntimo, tan sordo.

Kristin Scott-Thomas, esa diosa...
El poder de una buena historia. La obsesión incluso. O cómo resucitar a la vida cuando la tuya agoniza gracias a un relato de otros. De eso habla "En la casa". Y de cómo la intimidad puede y debe violarse si traes de vuelta algo que excite a un tercero. La película cuenta cómo a partir de un planteamiento banal -esa familia "normal" cuya madre, la sensual Enmanuelle Seigner, "huele a clase media"- puede tejerse un texto vibrante, oscuro, irónico, demoledor. Las teclas que maneja el escritor. Esa frontera que divide el imperio de la ley del territorio comanche.

Pero va mucho más allá. Habla del poder salvífico de la literatura. Por encima de consideraciones morales del escritor. Tantas veces se ha dilapidado a un autor por su trayectoria vital, por sus proclamas políticas o éticas, aunque sobre el papel fuera un genio incuestionable. No daré nombres, los conocéis de sobra. Pero yo amo las buenas historias más allá de la catadura moral de su autor. Ya está, ya lo he dicho. El autor me puede decepcionar, su obra no.

Juan Mayorga
Vuelvo a la película. Un profesor de literatura amargado de su oficio y de la vida descubre un talento narrador en uno de sus alumnos adolescentes. El chico le ha entregado una redacción en la que cuenta cómo ha conseguido entrar en una casa normal de una familia normal que lleva mirando, casi oculto, durante mucho tiempo. Una vez dentro, con la excusa de dar clase de matemáticas al hijo, su compañero en el instituto, despliega su presencia voyeur por cada rincón y cada personaje. Y va relatando por entregas sus progresos en unos folios que terminan invariablemente con un "continuará".

El profesor, como cada espectador, siente una excitación incontenible por la historia. Y ves cómo recupera, junto a su mujer -bendita Kristin Scott-Thomas, otra diosa- una pasión que no sentían hace tiempo. El sucedáneo del sexo. Y el alumno es la mano que mueve la cuna de todos ellos. Un ser diabólico que juega con las palabras y aprieta los resortes justos para provocar las emociones precisas.

Creo que cualquier alumno de cualquier escuela de narrativa debería ver esta película en la que además se explica la evolución de un personaje, el riesgo de ciertas escenas sobrecargadas de dramatismo, el pecado de la cursilería y, sobre todo, el pánico a llegar al final. Cómo rematar una buena historia sin cagarla (con perdón). De paso, sonreirá cuando vea  que a menudo el profesor es un escritor frustrado y mediocre que no ha logrado triunfar y busca una sensación parecida a través de sus alumnos, a los intenta fascinar y convertir en discípulos obedientes que endiosen su gris "normalidad".

Tantas pasiones en una sola película por diez euros la entrada. Hubiera pagado veinte. Añadiré que la historia original -"El chico de la última fila"- es de Juan Mayorga. Dramaturgo multipremiado, filósofo y matemático,  y que ya mismo quiero leer el libreto.

Un escritor es un voyeur que siempre se sienta en la última fila. Un manipulador desvergonzado de la realidad. Un provocador de emociones que a veces resucita a esos muertos que viven sin alma, con el volcán de las sensaciones adormecido. Un enfermero que se mete en tu cama y te cuenta al oído. Y aunque te destroce la vida, como al profesor, sientes que merece la pena porque ahí va a estar siempre, urdiendo para ti  la próxima historia. Dándote oxígeno y despertando el deseo más incendiario mientras comes regaliz rojo.








viernes, 9 de noviembre de 2012

EL DESEO ES UN TIGRE, ALLÁ EN LA CHINA (Homenaje a la mujer Canetti)

"En China hay mujeres que saben amar. En la biblioteca de Kien solo hay un tigre, pero no es joven ni hermoso y, en vez de una piel radiante, lleva una falda almidonada". Elias Canetti. "Auto de fe".

Hay hombres presuntamente modernos que siguen prendidos por los pantalones, sin saberlo, a la idea de la geisha. Una mujer sumisa y atenta a dar placer que jamás confesará qué desea, sino que se deshará en contoneos que ocultan más de lo que muestran, y cuando gima y suspire estará dando un espectáculo. Tu placer es mi placer.

Una trampa del lenguaje. (Tu placer es mi espectáculo, pensó él)

Siglo XXI. Un hombre le dice a su amante que en el sexo es "como un chico". Ella se ríe y se turba. Pero nota que no le hace la más mínima gracia. Ser tigre con falda almidonada, de eso se trata. Una mujer Canetti, con la piel no tan radiante, curtida en mil batallas perdidas de antemano.

Los lapsus tienen esa capacidad de abrir la caja de las tormentas. Mi amiga M. confiesa que es incapaz de seducir a su pareja. Más bien de iniciar el ritual de seducción, por miedo a ser rechazada. Así que se las compone para lanzar señales tímidas como bengalas mojadas de barco. "¿Y qué pasa si te apoderas de su cuello, trepas hasta el lóbulo de su oreja y susurras eso que estás pensando?", quiero saber. "A veces se sacude casi con violencia y me pide que sea más sutil", responde ella.

Parece que la sutileza es una cualidad femenina. Qué aburrido. Nos hemos trabajado las capas externas de la cebolla, pero en el interior siguen intactos los tics del cortejo clásico. Hay, como en la sintaxis, un sujeto paciente, que suele ser ella y debe esperar. Y un sujeto activo al que no se le permite el cansancio y que cuando manifiesta que es tarde y quiere irse de la cama desencadena un ligero estupor, una decepción apenas perceptible. Tan antigua como un papiro egipcio.

Colecciono, ya sabéis,  estampas que componga y cuestionen el puzzle de la modernidad. Y se me ocurre que no hay nada más contemporáneo que manifestar los deseos sin tener la necesidad de poner mohínes, fabricar suspiros impostados o esperar que el tigre -joven o hermoso- se abalance sobre tus faldas y dirija el baile por el laberinto.

L. contaba los relieves de los músculos de su joven amante, recorriéndolos en una cadencia sostenida bajo las sábanas. "Uno, dos, tres...diecisiete". El hombre resumía el compendio de la fantasía de la mujer madura. Pero no la hizo tan feliz. Ahora ella se plantea si llamarlo para un segundo asalto, pero una fuerza interna se lo impide. "Soy orgullosa, ¿y si no quiere volver a acostarse conmigo?".

Así podría estar un mes, dos años, la vida entera. Preguntándose por qué él no hace lo que presuntamente es cosa de hombres. Dudando si saltar a China y reescribir sus mapas o almidonar la falda mientras suena el tictac de un reloj y el deseo se apaga y se atempera, para dar paso al relato de lo que no fue. "Ponle un Whatsapp, le sugiero. Es el tantán de los cobardes".

-¿Y si me dice que no, o no contesta?

Si te dice que no prepárate un café bien cargado, pon otra vez "Kind of Blue" de Miles Davis, saca una cebolla y ve desnudándola despacio, hasta llegar al núcleo central. Allá donde residen los rituales de los viejos. Recuerda que estuviste allí, de allí partiste.

Y deja que la mujer Canetti baile sola. Y permanezca cruzada en una cama, con un brazo orientado al infinito y el otro empuñando la daga que mató a la geisha dos minutos antes de degollar a un tigre. En la China. Sí, en la China.

No eres tan moderna, ¿sabes?.


jueves, 8 de noviembre de 2012

YO TU ESCLAVA, TÚ MI AMO

"En realidad, le decía el otro día a un amigo, yo sólo necesito una casa pequeña rodeada de árboles, una pequeña casa con ventanas grandes, una mesa para escribir las horas muertas, y una ciudad cerca con museos y cines que parezca que está lejos".

Vista así, mi humilde pretensión -nada original, por lo demás- parece poca cosa pero o pego ya un pelotazo que me permita comprar el sueño en cuanto la banca tóxica esa saque los pisos de los pobres a precio de saldo o me quedaré en este piso que compartimos mi entidad prestamista y yo para siempre jamás.

Bien mirado, me parece indigno adquirir a precio de ganga una casa de la que una familia ha sido expulsada por impago. Una canallada, que diría mi padre. El valor de un inmueble debería tener relación con el esfuerzo y el cariño que uno pone en él, no con que esté en Lavapiés, Aluche o la Moraleja. Sí, esta es una de mis ideas peregrinas, pero el deshaucio se me antoja una de las crueldades contemporáneas más dolorosas. Y que haya inversores con las fauces abiertas a la espera de llevarse un botín en los saldos de sangre y lágrimas es inmoral y dramático.

Mi casa es el primer día que entré y me pareció que el salón podía ser una gran pista de baile. Es la epopeya de un tabique que demolí nada más divorciarme. Es la tarde en que montaba la cuna de Minichuki, que estaba al llegar, y la vestía despacio con aquel juego bordado de sábanas que fue de mis hermanos y mío.  Es ese domingo de mayo en que las chukis y yo convertimos una terraza en un chill out y nos pasamos horas tratando de encontrar un misterioso blanco roto que no fuera un vainilla o beige cuarto de monja. Son, también, esos cajones desastre llenos de todo tipo de quincallas que no consigo domesticar porque el caos se crea y se transforma, pero no se destruye. Mi casa es la construcción de la estantería que bautizamos Taj Majal, por lo lenta y farragosa, y la colocación impaciente de tantos libros que nos dan calor y sentido. Mi casa es el cuarto de una adolescente donde siempre hay que llamar porque nunca se sabe, y la colección de disfraces con la que Minichuki despliega su personalidad múltiple. Es el amor y el desamor, los revolcones y las tardes de gin tonic con amigos. Los desaires y la cama con gripe. La paella para cuatro. La furia y la palabra.

Y si un día te deshaucian imagino que no solo te quitan las paredes, sino la memoria. Te arrancan los recuerdos que guarda y custodia la alfombra del salón de baile. Te arrebatan la sensación única de estrenar sábanas limpias cada jueves en esa cama que cambiaste de sitio obsesionada por el desnivel del cabecero. Si te echan a patadas de tu hogar te desbaratan la irritación de abrir tu armario y comprobar que la bisagra sigue rota y no has llamado aún al carpintero. Te cercenan la ilusión de esperar junto al teléfono una llamada que no llega, con la taza de té humeante en la mesita de las velas de jazmín.

Si te echan de tu casa por impago entenderás que con tu hipoteca firmaste un pacto del Lucifer. Le vendiste tu alma y tu salud. Tendrías que trabajar treinta años sin caer a la cuneta un solo día.

Y entonces llegó la crisis, como un vendaval, y lo arrasó todo. Y no hago más que ver carteles de "se vende" en muchos pisos de gente que se ha caído de la rueda. Y doy gracias por poder seguir alimentando el hambre voraz de ese banco al que hipotequé mi alma y mi destino. 

Y no permito que muera mi sueño de una casa en el campo, con una ventana aunque sea pequeña. Y una mesa. Eso, una mesa.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

"CONGRATULATIONS, PETARDA"

La vida es como tú la mires, se supone. Así que hoy, que puedo ver contra todo pronóstico agorero, la miro en cómodos y eufóricos plazos:

1.Ha ganado Obama y eso me gusta. No soy una gran analista política pero veo en ese hombre una visión y una verdad que no detecto en ninguno de nuestros políticos, mediocres militantes, ambiciosos sin vocación y a la deriva.

2.Ha ganado la causa gay, que es la de todos, y eso me gusta. El Tribunal Constitucional asume que el matrimonio (o matrimuermo) es un bien o una soga de todos. Faltaría más. Ya sabéis lo que me gustan las bodas y me quedan tan pocas parejas queridas hetero por casar que confío en una nueva oleada de bodas gays a mi alrededor para plantarme un vestido a lo Peggy Sue, celeste y con escote palabra de honor, y llorar hasta que se me corra el rimmel. (No descarto casarme con el hombre de mi vida, que anda por ahí recolectando firmas para un asalto con música de Bach. Estoy segura)

3.Mi adolescente ha crecido un palmo hacia la vida adulta. Ayer me acompañó a un trámite bien doloroso y pasó hora y media en una sala de espera, paciente con su libro de filosofía, y cuando yo salí dando botes me abrazó de refilón, como ella hace, y me mandó un whatsapp que decía: "Congratulations, petarda". Entenderéis que la adore. Entenderéis que las nuevas tecnologías han abierto nuevos cauces a la emoción.

4.Mi casa, poco a poco, va recuperándose del vendaval. La señal inequívoca fue un olor delicioso a albóndigas en salsa y Minichuki sin ojeras ni mocos por haber llorado al no tener a su Lucy cerca. Empieza a entender que en la vida hay tsunamis y que algunas personas han llegado para enseñarnos y luego deben seguir su camino.

5.Arranco un libro inesperado y me gusta lo que leo: "Llevo desayunando con ella 37 años y seguimos manteniendo nuestra tertulia matinal (...) Quizás el insólito entusiasmo por encontrarnos de nuevo en el desayuno como si fuera la primera vez viene inducido por la noche en común, entre la oscuridad y el silencio de una casa rural" (Diarios de un francotirador. Mis desayunos con ella. Albert Boadella. Espasa). Conclusión: La felicidad en pareja es desayunar felices tres o cuatro décadas después.

PD. Me repito con la canción, pero es la que me pide el cuerpo. So sorry.