lunes, 31 de diciembre de 2012

2012, BALANCE SENTIMENTAL

Último día del año.  Cuaderno de bitácora: anoche me peleé con mi adolescente y fue raro. Parecía una representación de la clásica bronca madre hija, pero muy sobreactuada. Al final, ella se fue dando un portazo no sin antes coger el único objeto que la mantiene unida a su mundo como un cordón umbilical: el teléfono móvil. Era tanta su rabia que se le cayó por las escaleras. Yo no he podido dormir. Ella roncaba como un legionario.

Creo que su provocación tenía un fin noble: resumir el año. Recordarme que sigue siendo una montaña rusa hormonal que ruge, aunque a ratos simule calma como el Etna. En el fondo, su representación era un gesto romántico pero yo no lo supe ver y me encendí como un bisonte que galopa sobre brasas. Ella asegura que ha llorado. Llorar para una adolescente es la prueba irrefutable del dolor, pero también de la felicidad, de la intensidad y, sobre todo,  de la calidad de una película.

"Ay, tía, voy a llorarrrrrrrrrr..." decían el otro día doce adolescentes convocados por la mía en casa para celebrar su cumpleaños. Debo reconocer que disfruté del espectáculo. Once chicas vibrantes y un chico, gay y amoroso, que les acariciaba y peinaba las melenas mientars todos veían por enésima vez "Love Actually", esa película que no falta en todo hogar de mujeres. Porque sale Hugh Grant haciendo el payaso, porque la banda sonora lo mola todo, porque habla del amor heróico y del carnal, porque hay un hombre enamorado de la mujer de su mejor amigo, porque suenan villancicos y porque un marido le pone los cuernos a su mujer y esta se entera justo antes de una función escolar en la que los niños no van de pastorcillos sino de pulpo y langosta...

Llorar a los dieciséis años es un gesto cotidiano. Furioso, desbaratado. Un trueno que pasa enseguida y a otra cosa. Llorar a los cuarenta deja un poso amargo. Es tragicómico y conviene dosificarlo porque si te descuidas te conviertes en una mortis dolorosa y el cutis lo nota por mucho BIO que te comas a continuación. Las lágrimas adolescentes tienen algo de cocodrilo.  Las cuarentonas escuecen en el hígado y te encharcan aunque por fuera estés seco.

Pero este cuento no termina mal. Esta mañana, según nos hemos levantado, mi ado y yo nos hemos buscado para darnos un gran abrazo y muchos besos. Debo aclarar que mi Chuki es de poco roce físico, así que el gesto puntuaba doble. "El último día del año no podemos estar enfadadas, ¿a que no?".

-No, hija, no. El último día del año hay que cuadrar el balance sentimental y quererse mucho.

Pues cuadrado queda. Ahora sí que sí. Bye, bye, 2012!








domingo, 30 de diciembre de 2012

NO HAY NADA MÁS LINDO QUE LA FAMILIA UNIDA

Veintitantos miembros de mi familia. Una casa rural en medio de la nada. Provisiones para tres días. Un bingo cutre comprado en los chinos con bolas del tamaño de garbanzos. Diez niños. Una suegra, varias cuñadas, dos gatos vagabundos.

Una sauna jacuzzi que huele a Eau de Valdemingómez. Y un mantra: ¡¡¡Organizacion, organización!!!!

Combínense estos ingredientes con todas las variaciones posibles y un jamón, y... voilá! Habemus despedida de año estilo reality show.

El desembarco familiar merece un sketch. No hay habitaciones para todos. En lenguaje de crucero se hablaría de camarotes y cubierta. Mis chukis y yo siempre ocupanos la cubierta porque siempre llegamos las últimas y porque, aunque nadie lo dice, no tenemos marido/padre. Y aquí las unidades familiares con marido tienen premio: un cuarto con puerta y su cama. Se valoran el santo voto y la santa paciencia. Amén.

No, no penséis que estoy tiñosa por haber pernoctado en un sofá con la mediana tipo cumbre del Teide. ¡Qué va! La familia unida edulcora cualquier desgracia y convierte esas pequeñas incomodidades en pruebas de amor.¡Qué bien estamos juntos! ¿Quién ha perdido una bola del Bingo? Tráete las albóndigas esas que no has preparado tú, sino tu filipina (so pija, léase)

Y momentos de confusión. Alguien no recuerda quién era su amigo invisible. Mi hermano I. propone un método infalible. Todos a la mesa, las manos por debajo. Se pronuncia cada nombre y quien sea su amigo golpeará por debajo del tablero. Parece que la orden no es clara y hay nombres que provocan doble golpe, o un redoble. Y otros reciben por respuesta el silencio. Los afectadodos por el ninguneo se ponen nerviosos...¡Repetimos! Después de varios intentos, una conclusión: alguien duplicó un nombre al hacer los papelillos. Alguien tiene Alzheimer... Alguien ya ha comprado el regalo. Alguien se va a quedar sin nada. Conclusión: "Está claro que no podríamos tener una empresa familiar".

Lo mejor de mi familia es que, ante el drama, nos entra la risa. Eso que para los novios resulta exasperante a nosotros nos rechifla. Alguien ha olvidado la ginebra Bombay (mea culpa). ¡No pasa nada! Te vuelves a Madrid y la traes, más ron, más whisky. Alguien ha traído croquetas de merluza. De esa merluza que ha pasado por cuatro casas en tres días (en adelante "la merluza Erasmus", según mi hermano A.) y por votación se decide abstinencia, que intoxicarse en medio del campo no mola. Alguien ha traído un repollo para el cocido pero se lo dejó fuera y ahora se empeña en hacerlo y perfumar el ambiente...

Y como todos somos "muy sinceros" hay puyitas aquí y allá, pero sin acritud. Y puertas que se abren y se cierran, carreras por las escaleras, chascarrillos con denominación de origen. Y prisas, porque si algo nos iguala en esta casa es la necesidad de correr, de hacer planes uno detrás de otro.

-Vámonos a ver el Belén viviente de ese pueblo.
-Odio los belenes.
-Ya estamos, pues te quedas si no quieres ir. (Con retintín)
-Pues sí, me quedo. Ya me contaréis si la virgen ha dejado de serlo...

En mi familia hay una curiosa querencia por los Belenes. A mi cuñada M. y a mí nos dan bastante grima, pero decirlo en voz alta es anatema. La otra gran herencia genética es la espontaneidad, que las malas lenguas llaman desorganización. Mañana es Nochevieja y aún no tenemos claro el menú. Se supone que todos hemos traído algo, pero de ahí a que consigamos unos entrantes, un principal y un postre hay un largo trecho. Pero lo mejor es que a nadie parece preocuparle.

Porque en esta casa de muchos lo que importa es el roce, el cariño y ver pasar los años sin que la unidad se resquebraje. Comprobando que, como cuando éramos pequeños, no necesitamos a nadie para pasarlo pirata. Y que las nuevas generaciones, esos que chillan y corren por la casa, han entendido el mensaje.

Feliz Nochevieja en familia. Espero que pilléis camarote. Yo para el año que viene alquilaré un marido que ya está bien de dormir al retortero.




sábado, 29 de diciembre de 2012

ASÍ COMES, ASÍ ERES (AY QUÉ GUSTITO PA MIS OREJAS...)

Mi marido come con buen apetito. Pero no creo que tenga hambre realmente. Mastica, con los brazos sobre la mesa, y fija la mirada en algo que está fuera de la cocina. Luego me mira a mí y desvía la vista.. Se limpia la boca con la servilleta. Se encoge de hombros y sigue comiendo (Tanta agua, tan cerca de casa. R.Carver)

Creo que la historia de cualquier familia, de cualquier grupo social más o menos cohesionado, puede contarse desde la imagen de todos sentados a la mesa. Hule o mantel. Servilletas de algodón o de papel. Copas o vasos. ¿Bajoplatos?  Hay que fijarse en quién preside la mesa, quién atesora la jarra de agua o la botella de vino, cuántas veces se pide el salero o quién se levanta a la cocina a buscar lo que siempre se olvida. ¿La pareja junta o separada por varios comensales? ¿Los niños aparte, en otra mesa, o integrados (en cuyo caso los padres pueden darse por desintegrados)? Hay alguien a quien siempre le toca la pata entre las piernas y hay quien se las arregla para ocupar la silla más alejada de cualquier marrón: llevar al pequeño al baño, poner la cafetera...

Una mesa es un campo de fútbol con varias porterías. Un ring sin árbitro. Un banco de pruebas de los buenos o malos modales. El lugar donde algunos se abren de brazos y despliegan el codo en paralelo al mantel, en una prueba de villanía que los retrata para siempre, mientras otros se encogen para disponer cuchillo y tenedor en paralelo, dentro del plato y con movimientos breves y certeros. Un espectáculo que aprecio como aprecio los relatos de Carver: breves y precisos.

Las Chukis a la mesa resultan deprimentes. Tú las miras y sientes que estás tirando el dinero. Margaritas a los cerdos. Hay una, no daré pistas, que coloca el culo en el borde de la silla y luego se columpia apoyándose en talones y dedos de los pies, como un balancín. Más de una vez ha terminado en el suelo con el plato de sopa a estribor. Esa misma sospechosa habitual inventa mil excusas para interrumpir la cena de tres a cuatro veces. El baño es su perfecto aliado.

La otra, a quien tampoco delataré, suele mantener las manos por debajo de la mesa para que el perro se acerque y olisquee en busca de cariño. Algo natural y reprobable a medias si no fuera porque no tenemos perro. A veces me planteo si esto debería ser objeto de diván: "verá, señor Freud, mi hija tiene un chucho imaginario que le impide llevarse el filete a la boca...".

Harry, Sally y el orgasmo
Hay mujeres que apenas prueban bocado en su primera cita con un hombre (o mujer). Deben considerar que es poco fino delatar el apetito. Otras y otros evitan los menús comprometidos. Esos que requieren destreza en el uso de los cubiertos. Nada hay tan delator como un lenguado hecho trizas sobre el plato. Y desde luego una cita con alguien que se chupa los dedos es un fracaso seguro, salvo que ambos estéis en un refugio de montaña zampando chuletillas de cordero.

Chupar el cuchillo es un must de la grosería, a dos pasos del palillo entre los dientes. Un gesto, el de horadarse las encías, que sigue viéndose y no sólo en las barras de los bares de pueblo. El hilo dental, me temo, es aún para muchos ese gran desconocido.

El día que pierdes cierta rigidez a la mesa es porque has claudicado con la vida. El otro día una amiga me contaba que su madre, muy educada de siempre, había empezado a eructar en las comidas como prueba de lo bien que había comido. Y además lo comentaba en voz alta: "¡Es que estaba tan rico, hija!". Esa misma amiga sufre porque su novio repite o tripite plato sin consideración al resto de los comensales, y no levanta la cabeza de un palmo del mantel hasta no dar buena cuenta de la última miga.

Muerte al mondadientes
Recuerdo que una vez leí en una revista femenina un sesudo reportaje que venía a decir: así comes, así practicas el sexo. Pasé los siguientes meses observando a los hombres a la mesa para predecir lo que podría venir después: Había que descartar al ansioso y al que se demoraba en exceso con cada bocado. También al distraído, al que hacía ruidos al masticar y, desde luego, al que sorbía la sopa. Tuve que desintoxicarme de tan perverso ejercicio para evitar el ayuno y abstinencia por los siglos de los siglos.

Toda esta perorata viene a que las Navidades son una estampa de comedor tras otra. En mi caso carezco de vajilla -por mi boda me regalaron "media", que es un siesnoes perverso con el que siempre quedas mal. Las copas se me rompen tan a menudo que mezclo varias distintas y no tengo servilletas iguales cuando somos más de siete, de modo que ese es el límite para invitados que no sean de confianza. Pero, ahora que caigo, jamás invito a nadie que no sea mi amigo, de modo que puedo seguir tirando sin ajuar...

Tengo abridor de ostras y un pelador de piña mágico que la extrae en perfectas rodajas, pero jamás encuentro un abrelatas digno ni unas tijeras que corten bien. Esta mañana me he cargado el decantador de vino y sin embargo el exprimelimones para mojito sobrevive a todas las batallas. Lo que podría traducirse en que cuido lo absurdo y descuido lo esencial. 

Y aquí me callo, que la mesa podría arruinar mi reputación. Mejor os dejo en manos de Platón y El Banquete. Que habla del amor, no del cordero asado.

"Uno desea lo que no tiene. El amor es el amor de la belleza, luego el amor no puede ser bello. Y como lo bello es bueno, tampoco puede ser bueno. Como todos los dioses son bellos y buenos, Eros no puede ser un dios, pero tampoco es humano. Es un demonio. Los demonios son intérpretes y medianeros entre los dioses y los hombres, la adivinación procede de los demonios. Por una parte no es bello ni delicado, pero por otra parte está siempre a la pista de lo que es bello, varonil, atrevido, etc. Como la sabiduría es bella, ama la sabiduría, por tanto es filósofo. El amor consiste en querer poseer siempre lo bueno. El objeto del amor es la producción y generación de la belleza. Y también la inmortalidad es su objeto. El que quiere aspirar a este objeto desde joven, debe amar a los cuerpos bellos, pero debe amar a todos los cuerpos bellos, y además, debe considerar al belleza del alma como más importante que la belleza del cuerpo". (El Banquete, de Platón. Intervención de Sócrates)








viernes, 28 de diciembre de 2012

¿EL ORDEN DE FACTORES ALTERA EL PRODUCTO?

Hay cosas que siempre hago in extremis: Pagar el impuesto de la basura a Gallardón, coserle un roto en el uniforme a Minichuki, comprar los regalos de Navidad y pintarme los labios.

Hoy lo pensaba mientras sacaba la barra de Chanel rojo sangre y me miraba en el espejo del ascensor, donde tienes que ser Kate Moss para no parecer una vampira jubilada. Esa luz blanca y mortecina me devolvía una cara extraña, muy 2012. Y pensé que este año me ha pesado y que la piel lo acusa, y también el brillo de los ojos.

Cierto es que con los labios rojos nada malo puede suceder. O esa extraña fantasía albergo. Pero este año a mi alrededor han ido cayendo peones del ajedrez, mientras yo custodiaba la torre con los dientes apretados.

(Tampoco he ingresado un euro al plan de pensiones. Llegaré tarde, Hacienda no tendrá compasión de mí).

Mi familia bien, gracias. Han superado el año con trabajo, con amor. El saldo de salud, algo más ajustadillo porque hay quien sufre mareos sin razón aparente y se ha pasado 365 días de médico en médico, de brujo en brujo...y tiro porque me toca. Y una se pregunta si en la trilogía de la felicidad presunta el orden de factores no altera el producto.

Veamos: ¿sin salud te da lo mismo el dinero? Más que nada porque no puedes disfrutar de los placeres mundanos, pero siempre podrás contratar un enfermero que te mime hasta la extrema unción, y un hospital tropical con vistas a la playa y con el gotero decorado con palmeras.

Y el amor sin salud es una mierda, claro, porque extirpa el plano físico y te condena a hacer manitas bajo las sábanas.

Pero es amor, al fin y al cabo.

Dinero. Si lo tienes, porque lo tienes. Si te falta, porque te falta. Después de mucho pensar he llegado a la conclusión de que lo ideal es tener lo justo para vivir y un poco más. O sea, una escapada cada mes y medio a un hotel rural, algún restaurante con amigos donde no tener que escrutar la carta en busca del plato más barato. Y algún capricho en zapatos, en mi caso.

Amor. Esto sí que sí. Dice mi gurú Susan Miller http://www.astrologyzone.com/que tendré que esperar hasta 2014, y se me hace un poco largo. Mi amigo el Pirata se ofreció el otro día para buscarme un novio y le di carta blanca. "Tú necesitas un hombre muy culto, no?", insistía. "Yo necesito alguien que me abrace, que me llame, que me pregunte y que no critique el volumen de mi zapatero. Que no mienta, que no utilice el adjetivo emblemático, que se ría, que ya se haya divorciado, que ya sea padre preferiblemente, que esté ocupado, que haga deporte, que huela bien, que tenga una pasión o varias, que les guste a mis amigas..."

Paré. Tengo buena salud. Llego a fin de mes incluidos los pequeños excesos. Vamos a no reventar la caja de los deseos, que la avaricia rompe el saco. 

Feliz 2013, damnificados del 2012

(Tampoco he comprado los ingredientes de la cena de esta noche. tarde, siempre tarde)







jueves, 27 de diciembre de 2012

LO QUE TUS EX PIENSAN DE TI

Hace tiempo solía preguntar a los entrevistados: ¿Qué opinan sus ex parejas de usted? La cuestión era recibida con una sonrisa, a veces mueca, y por lo general no encontraba una respuesta contundente más alllá de "eso tendría que preguntárselo usted a ellas/ellos". Parece que es incómodo sondear a quien uno amó y ya no ama. Quizás porque nos conoce demasiado bien. Quizás porque cuando cae el velo del cariño uno se convierte en un objeto de taxidermia sobre el que opinar a esa distancia prudencial y fría que elimina cualquier atisbo de corrección político sentimental.

He recordato este tema porque el libro que me prestó M. la otra tarde incorpora la visión del personaje a través de sus ex novias. Un ejercicio revelador que todos podríamos hacer en algún momento de nuestras vidas a fin de conocernos mejor y, aún más allá, de comprobar si fuimos alguien diferente con cada pareja. Hasta qué punto dejamos de autoafirmarnos por amor, por rematar un proceso de seducción o por salvaguardar un sentimiento que ya estaba a la fuga.

Mi amiga C. cambiaba de look con cada novio. Es decir, que si hoy los entrevistara, probablemente uno me diría que ella es grunge, otro la definiría como clasic-chic y un tercero diría de ella que tenía un tufillo ciertamente monjil. Ninguno acertaría si hoy contemplara a C., que ha encontrado su estilo después de años de experimentación. No el que el atuendo nos defina, desde luego, pero creo que arroja bastantes pistas sobre el estado general de cada uno.

Hay quien fue mojigata con el primer amor y para cuando llegó el quinto era la reina del mambo, y no me extenderé sobre las acepciones posibles del mambo. Hay quien fingió que no le importaba que su novio no leyera jamás el periódico y hoy se refiere a él como "aquel pobre chico que no dintinguía un checheno de un tutsi, pero qué grande era en la cama". Conozco a un hombre al que sus ex novias describen, alternativamente, como "cretino", "extremadamente racional" y "disperso". Y puede que sea las tres cosas. Y no se me olvidará un tipo a quien su primera ex consideraba "ahorrador", la segunda "mirado con el dinero"  y la siguiente "un rata sin remedio".

Somos lo que mostramos, un prisma de muchas caras, imagino. Y a la hora de ligar elegimos la más brillante, aquella que oculta los rasgos que merecen reprobación. Pero con los años uno tiende a desnudarse con todas las aristas al descubierto. "Esto es lo que soy y esto es lo que ofrezco". De modo que las posibilidades de cortejo disminuyen, pero las de éxito aumentan en proporción. O así debería ser según una ley matemática que me acabo de inventar.

Si cumplir años no sirve para que los ex subsiguientes te describan con adjetivos similares, es que tu proceso de madurez está en bancarrota. Y podría tragarme cada palabra de esta sentencia, pero no me da la gana. Mis amigas y amigos solteros se han curtido en mil batallas sentimentales y valoran su estatus aunque les cuesta caro. Han aprendido -hemos aprendido- que uno no puede renunciar por un mal polvo (con perdón) a su esencia y a tantas horas de ejercicios de prueba y error. Si les gustas, si te quieren, deben aceptar el pack de tus delirios, el de tus miserias y el de tus grandezas. Y tú harás lo mismo o seguirás saliendo con tus amigos gays cual mariliendres feliz mientras piensas que ojalá te hubieras conocido tan a fondo cuando la piciaste con aquel galán que coleccionaba posters de Pamela Anderson, un suponer,  o con ese otro que nunca valoró tus éxitos profesionales porque la envidia es tiñosa; o con ese que quería una madre en lugar de una novia. O con aquel, encantador, que se miraba al espejo más que tú (y quien dice espejo dice cualquier superficie reflectante)

Reto para terminar a todos mis ex a que me describan (por correo privado, a ser posible). Ahora que sé bien quién soy, quisiera comprobar quién fui. Me excita la idea de ser objeto de taxidermia por un día. Ruego se abstenga todo aquel que guarde ovillos de rencor en el cajón. No es preciso hacer sangre aunque sea con un fin literario y noble. Aquí os espero, hombres de mi vida. Sin aristas, sin fe y sin nostalgia. En estado puro, podríamos decir...


PD. Sobre el video de hoy...sin comentarios. ¡¡¡Lo voy a petar!!!



miércoles, 26 de diciembre de 2012

FRASES PARA DESPEDIR 2012 SIN CAER EN TÓPICOS

Estos días concentran la mayor cantidad de frases hechas del año. Es como si, a punto de rematarlo, nos viéramos en la obligación de regalar deseos preempaquetados de felicidad. Mis amigos, que son poco convencionales, me han regalado algunas sentencias que debería escribir para no olvidar y en las que pensaré con cada campanada hasta que muera 2012 de aquí a un suspiro.

M.J, ex vecina a la que echo de menos cada día desde que cerró la puerta de al lado para siempre,  leyó el otro día mi comentario malévolo sobre Melendi y los hombres con iniciales bordadas en las camisas, y me reconvino por teléfono con un "tienes demasiados prejuicios" cargado de cariño. Lo admití, aunque traté de defenderme alegando que en realidad lo que tengo son juicios. Pero reconozco que a veces entre unos y otros hay una delgada línea roja. (Luego Melendi fue portada de varias revistas del corazón, por cierto, así que debo estar equivocada según los patrones rosas. Anoto consultar a A., mi director del Cuore favorito)

D., ese hada madrina, volvió a grabarme -esta vez con su voz- el mantra que siempre me repite, a ver si por fin le hago caso: "Tienes que escribir, tengo que ir a una presentación de tu libro. Lo he soñado".

Mi hermano A. me hizo ver la otra noche que nuestros padres no cambian, que no van a cambiar y que es infantil pretenderlo. Íbamos los dos del brazo, caminando por la calle antes de la primera gran cena del grand prix de la navidad cuando me reprochó mi actitud, algo que yo, desde luego, me apresuré a rebatir. Los padres no cambian, pero ¿cambiamos nosotros cuando ya somos padres? ¿Dónde se establece el corte de la flexibilidad y de la tolerancia?

 M.L, el hombre más disfrutón que he conocido, dio al botón de enviar y me regaló un sms que pienso guardar: "Mi querida profesora de baile: quiero que sepas que si hoy se acaba el mundo me llevo un buen recuerdo de ti. Feliz Navidad". Yo al él lo recordaré siempre en una noche de farra portorriqueña cuando, tras bailar como peonzas, se retiró el grupo musical y un disc jockey de pacotilla puso música zambombera. M. se lanzó hacia él como un sputnik: "No hemos venido de Bélgica y de Holanda para escuchar esta puta mierda". Y tuvimos que abandonar el local, desde luego.

Con A. y un fuerte trancazo fui el otro día al cine a ver "Las Sesiones", de Helen Hunt (qué honestidad la de ese cuerpo desnudo),  y a la salida me acompañó  a comprar los ingredientes para un caldo dándome instrucciones de cómo preparar una infusión de jengibre que me resucitaría de entre los muertos. Después, mano a mano en un bar, nos confesamos esas fragilidades mutuas que tan bien conocemos y que nos hacen llorar a ratos y troncharnos a continuación. Justo antes de despedirnos nos abrazamos fuerte: "Menos mal que te tengo, amiga".

-Recuerda cortar en láminas el jengibre, anda...

Las Sesiones
L. no se anduvo por las ramas: "Espero que los hombres cuerdos sepan ver nuestro corazón". Esta frase del Pequeño Saltamontes, advertiré, siguió a otra menos prosaica: "Y yo sin horizonte sexual...Espero no haber perdido el tren". Y justo después:

-Es que los de mi quinta son unos momios.
-Pues nada, a por los de 60 y con Viagra.
-Qué triste, ¿no?
-Qué químico, mayormente...

El asunto de la pareja había sido trendingtopic en mi cena con J.M, un amigo listo como él solo que, después de escuchar mi relato, sentenció: "Yo no creo en el amor sin admiración. Me parece imprescindible admirar a la pareja. Y luego es una lotería... " Añadiré que él está felizmente casado desde hace dos décadas y admira a su mujer, y es bonito que te lo cuente al calor de una copa de vino después de comprobar ambos en un estreno que Tom Cruise será un degenerado cienciólogo bajito, pero el tío se lo curra con las fans como si no hubiera un mañana. Y se conserva con aspecto de treintañero.

Dejo de aburriros, que así podría seguir hasta acabar el año. Me faltan dos frases. Una se la dijo a J., la mujer de su vida el otro día: "Nunca más te pediré nada" y fue triste como epitafio de cementerio. La otra me la he encontrado esta mañana en el teléfono. La firmaba mi amigo M., que acaba de tener un accidente y que ayer me regaló una de nuestras conversaciones y me prestó "Verano", de Coetzee, para luego comentarlo como solemos. "Hola amiga, toda una prueba de amistad venir a visitarme al Finisterre de Madrid...Aunque siempre nos quedará la ventana de Casa Manolo. A ver qué tal se nos da el 2013".

Pues eso, a ver qué tal se nos da...

PD. El tema musical es una concesión a mi generación (valga la cacofonía)











lunes, 24 de diciembre de 2012

MI PESADILLA DE NAVIDAD

Situación: parking de uno de esos horribles malls al estilo nacional donde las familias siempre parece que van en chándal o casi porque "es cómodo y calentito" y las adolescentes engañan a sus madres colando de rondón unas bragas rojas transparentes "porque dan suerte, mama" ("sí, ese tipo de suerte", pensaba  yo esta mañana, porque las madres ajenas somos siempre más listas que las propias).

En el parking, digo, minutos antes, un hombre me señala a la matrícula de mi coche: "estás a punto de perderla". Y yo me hago la que se acaba de dar cuenta, cuando los pegotes de cinta americana que la bordean dan buena fe de mi dejadez. El coche es la última de mis prioridades y la placa se rompió en verano. Si mi padre se entera, me va a caer la misma bronca que si mi madre descubriera el tanga rojo acrilico en la bolsa de la compra a mis quince años. Pero he venido a comprar regalos navideños y debo concentrarme en mi objetivo. La dispersión es el peor enemigo de Papá Noel, de David Copperfield y de Dexter. 

Como cada año, no me he molestado en hacer la lista. Ninguna lista: ni la de los sobrinos, ni la de los regalos. O sea, que voy como vaca sin cencerro, esa expresión tan chula que implica alborozo y miopía a partes iguales. Pero con mucha fe y la sensación de que si hoy no remato, me quedaré en las puertas y podré pasar el resto de la Navidad holgando como un abejorro despreocupado.

-Hola, ¿qué tal estás?

No, no es un error. El dependiente de la macrotienda me está preguntando y no parece que me quiera vender un dos por uno a precio de tres. Me quedo un poco descolocada y al fin respondo:

-Bien...Bueno, aturdida. Las compras sin lista me ponen nerviosa.
-Ya...¿y por qué no te haces una lista?
-Porque así tiene más emoción y porque no soy una mujer práctica, sino errática. Y porque esta mañana no quería encontrarme al portero dado que no pienso darle aguinaldo ya que es un hijo de Satanás, pero para ello debía salir antes de las diez, que es cuando él termina de fregar la escalera. Y se me ha echado el tiempo encima porque anoche tenía insomnio y me tomé una Dormidina enterita, no media como acostumbro. Así que hoy, con el colocón,  debía elegir entre café o lista de regalos.
-Vale, pues si puedo ayudarte búscame. Me llamo Javier.

Si un hombre que se llama Javier se te ofrece en Decatlón tienes dos opciones: invitarle a un café, dado que es guapo que te mueres, o ser responsable y batirte el cobre por los pasillos desorientada perdida pese a que pronto descubrirás que están ordenados por deportes. O más bien, te lo hará saber Javier -alto, moreno y demasiado joven para tus estándares 2013-. "Mira, la ropa de correr está en running".
-Vale, gracias...Javier.

Sí, he renunciado a este hombre porque tengo una misión, y como mujer caótica me toca recorrer cada uno de los pasillos del infierno exceptuando tres, que considero innecesarios: Pesca, golf y equitación. Satisfecha de mi agudo olfato para desestimar secciones, arramblo con unos cuantos regalillos y salgo victoriosa a depositarlos en el maletero.

-Me han robado el coche.

Las desorientadas tenemos un problema con los parking: jamás encontramos el sitio donde dejamos el coche. Así que suelo valerme de trucos nemotécticos para recordar letra y número. Por ejemplo: plaza V-666: "Vicente el endemoniado". De modo que cuando termino el shopping solo tengo que acordarme de Vicente, pero bien puede pasar que recuerde Manuel Satánico o el conde Drácula. Y así pasan los minutos de un extremo al otro del subterráneo, hasta que invariablemente exclamo: "Me han robado el coche".

Tras proferir la exclamación he ido al vigilante del parking, un chico rubio de cejas depiladas y muy voluntarioso:

-Oiga, ¿aquí roban coches?
-Pues intentamos que no...¿Dónde lo has dejado?
-En una de esas tres filas, no estoy segura.
-Ya, ya la he visto recorrerlas varias veces...¿Modelo y matrícula?
-No me la sé. Es un Volkswagen negro Jetta.
-¿No se sabe su matrícula?
-Tengo demasiadas cosas en la cabeza. Y la matrícula está rota.

Mi depilado ha encendido el pinganillo: "A todas las unidades, buscamos un Jetta Negro, con la matrícula arrastrando"...¿No será ese, señorita? (señalando mi coche, diez metros más allá)
-Ay, sí, que va a ser ese.
-Vamos a ver esa matrícula.

El hombre se ha arrodillado y ha convenido conmigo que era mejor arrancarla del todo -"para poca salud, ninguna", que diría mi  padre- y enseguida se ha sentido protector frente a rubia tonta y desmemoriada cargada de bolsas.

-Ahora cuando llegue a casa le dice a su marido que se ocupe de llevar el coche al taller.
-No tengo marido.
-Ah...Pues qué raro. ¿Cómo es que no tiene marido?

Debo reconocer que estoy preparada para contestar de inmediato a una larga lista de preguntas, incluyendo las indiscretas e impertinentes, pero esta me ha dejado muy descolocada.

-Pues no sé, pero ya veo que necesito uno de urgencia para que me ayude con las ñapas del coche y, de paso, me acompañe a hacer las compras navideñas y me ofrezca su hombro para llorar cada vez que me desespero porque no encuentro el p--o coche (con perdón). Muchas gracias por su ayuda y feliz Navidad.
-Feliz Navidad, señorita.








domingo, 23 de diciembre de 2012

LA NOCHE DE LAS CHICAS (Sofá para tres)

Hacerse un Púertolas = desaparecer del mundo. Quedarte en el sofá de casa y dejar que pasen las horas. No es un gesto estrictamente depresivo, sino diletante y un punto ceremonioso. Puértolas, aclararé, era el segundo apellido de mi abuela, una maestra del apoltronamiento que solía aislarse para luego plantarnos queja porque no la habíamos llamado: "Llegaréis un día y me encontraréis muerta en el sillón". Apuertolada y tiesa como la mojama.

Cada familia tiene un diccionario propio. En la mía, que somos muy de alambicar las palabras, podríamos publicar un par de tomos. Creo que lo que nos hace familia  es disponer de un territorio único, también de palabras, donde nadie más puede pisar. Las Chukis lo tienen claro y llaman a los viernes alternos "la noche de las chicas". En realidad, en casa todas las noches son de chicas, pero la denominación enfática tiene que ver con que esos viernes no nos mola que venga nadie. Sólo el repartidor de la pizza.

Una noche de chicas se caracteriza porque, aunque en el salón haya dos sofás, nos empeñamos en caber las tres en uno. Bien espachurradas y escuchando las protestas de Minichuki porque  su hermana estira la pierna y le altera el campo de visión. Otras veces el problema es que ella tiene piojos y se siente rechazada cuando aproxima su cabeza a la nuestra. Pero hay un momento álgido en el que nuestros tres cuerpos se adaptan al espacio en un tetrix amoroso al calor de una película clásica. Y es perfecto, y uno se siente más familia que nunca.

Agua rica
¿Quién prepara un agua rica? es otra frase recurrente. Cada noche bebemos una infusión -único rasgo hierbas de la casa- y levantarse del sofá tetrix a prepararla es un esfuerzo sobrehumano. Así que nos lo jugamos a los chinos -¿es racista la expresión?- y la que pierde camina a la cocina rezongando porque sabe que a la vuelta no conseguirá recuperar la postura fetén y tendrá que terminar el melodrama con una rodilla clavada en algún lugar de su anatomía.

Supongo que todo esto viene a que mis chukinas inician hoy la tanda de vacaciones navideñas con su padre y el cuerpo me pide a gritos hacerme un Puértolas. Sí, es estupendo recuperar el tiempo sin obligaciones fmiliares, pero echaré de menos las disputas de sofá y el agua rica para tres. También las peleas porque mi adolescente ha vuelto a robarme la ropa o le ha prestado a una amiga mis mejores zapatos. Nadie me llamará esta noche para que le haga "la croquetilla", o sea, para que la envuelva en el edredón rodeándola con mis brazos, y nadie me pedirá "mami, levántame a las seis para meterme un rato en tu cama".

Lo que nos hace familia son los rituales más básicos. Comprar los churros cuando vuelves de correr un domingo por la mañana. Comprobar que han hecho los deberes. Esconder el pimiento en las lentejas para que se las coman sin protestar. Negociar los términos de un plan cultural para que tus hijas no perjuren en el autobús y las señoras te miren raro. Esconder el maquillaje porque la ladronzuela de 16 años se lo echa a escondidas y en grandes cantidades. Aplaudir el último disfraz de Minichuki -abogada/espía/Batman, ayer mismo-  Cerrar sus maletas porque ya se van. Otra vez se van.

Hacerse un Puértolas pensando en la abuela...

P.D. Este es uno de los temas favoritos de las Chukis cuando vamos en coche. Va por ellas.



 


sábado, 22 de diciembre de 2012

APARCAR EL AMOR, SEÑOR SILVESTRE

 “Por último, en esta mi particular carta a los Reyes Magos (que, como ya sabemos, son los padres) les pediría que hablaran con sus hijos sobre lo útil que resulta para los estudios aparcar todo lo relacionado con el amor y centrarse en el trabajo. Sé que es difícil y no pretendo ocasionar nada parecido a la historia de Romeo y Julieta, pero es importante que les hagan ver la cantidad de tiempo y de concentración que se emplea en eso”.

El autor de esta carta se llama Horacio Silvestre y es el director del Bachillerato de Excelencia. Su nombre, a mitad de camino entre la poesía y los dibujos animados, firma la carta dirigida a los padres de alumnos con más de un 8 de nota media. O sea, empollones, inteligentes y algún superdotado. http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/12/21/actualidad/1356120041_305501.html Le preocupa al señor Horacio, parece, que su cosecha de cerebritos se altere con los vaivenes del sentimiento. Los suspiros, la tensión sexual y las miraditas de reojo no combinan bien con el éxito académico de esos chicos de 17 y 18 años a los que la etiqueta de excelentes va a terminar condenándolos a ser en frikis sin corazón.

Como madre tiñosa de adolescente sin un ocho de media debería estar de acuerdo con Silvestre. Las notas se tambalean cuado las hormonas lo hacen. Pero también sucede a la inversa. Recuerdo cuando mi noviete de esa edad y yo misma estudiábamos como locos la selectividad, de sol a sol en una biblioteca, tratando de superarnos el uno al otro. Como él era de ciencias y yo de letras, compartíamos apuntes de filosofía y lengua, las asignaturas comunes. Y cada dos horas salíamos a despejarnos en un parque, y nos besábamos al bies o nos pegábamos el lote bajo los árboles del parque. Y luego uno de los dos miraba el reloj y daba la orden precisa: "es la hora, sigamos".  Las notas fueron muy buenas. El novio duró aún unos años, de vez en cuando quedamos a comer y siempre nos recordamos con cariño.

Ahogar el sentimiento no puede ser bueno, querido Horacio. Sí, el amor requiere tiempo y concentración, pero cuando renuncias a él hay horas muertas muy tristes. La buena noticia es que, bien aprovechadas, pueden darte para aprobar una ingeniería o escribir una novela erótica (es mi propósito 2013, que lo sepas, Horacio. El género es un erial y si la chunga de las Sombras de Grey lo ha logrado yo, que soy mucho más tórrida  y transgresora, no seré menos).

Y, respecto a mi adolescente, seguiré aconsejándole que dirija bien su radar cuando se enamora. Que el mejor novio es aquel que te impulsa a crecer, a ser más y mejor. Y eso incluye el estudio. Y debo reconocer que aunque una parte de mí la prefiere sin pareja, más "centrada", la otra disfruta del espectáculo de verla tan feliz, tan guapa y tan nerviosa cuando sale por la puerta. Y nada me gustaría más que ese noviete fuera también compañero de biblioteca, aunque ello implique que quizás después se den el lote en algún parque (debo investigar cuál, para no ir. Que una es moderna pero no tanto...).

P.d. Dedicada a L., mi compañero de estudios y besos de los 17. Fan como yo misma de los Dire Straits. 






jueves, 20 de diciembre de 2012

SIN LANGOSTINOS, NO HAY NAVIDAD (homenaje a la mayonesa petróleo de mi padre)

De los libros, prefiero un buen arranque. De la noche, esos minutos en los que sientes que el sueño está a punto de vencerte. De la ducha, el primer chorro caliente. Del amor, el cortejo de los primeros días, ese batir de alas en la boca del estómago. De la clase política, la etapa que precede al descreimiento y la avaricia. De las cenas de navidad, los aperitivos.

Mi padre me llamó ayer para concretar el menú navideño. Un poco molesto porque se le había hecho saber que su cordero asado no goza de buena reputación, pese a que llevamos tragándonoslo muchos años, porque para él no hay navidad sin bicho humeante y grasiento sobre la mesa. "Hija, ya me ha dicho tu hermano A. que yo me me limite a los aperitivos. Los langostinos y eso...Este año el cordero se queda en el congelador, que al parecer no gusta..." (con retintín). 

-Perfecto, papi. Ya sabes que es lo que más me mola. Esos langostinos con tu mayonesa...

La mayonesa de mi padre es petróleo amarillo sin refinar. Toda la vida pensamos que la salsa que preparaba él, con aceite de oliva virgen extra, limón a chorros, huevo y sal era estándar. Su sabor, tan intenso, eliminaba el gusto de toda ensaladilla que se pusiera por delante y convertía al langostino en un accesorio puramente carnal  cuando en Navidad nos ponía a la mesa una bandeja con la salsera de porcelana bien llena de "mahonesa" (mi padre jamás dice mayonesa, y parece que es correcto porque el origen es de la isla de Mahón). La mahonesa de mi padre, añadiré, te picaba en la garganta camino del estómago, y dejaba los jugos gástricos aturdidos dos o tres días. Te hubiera dado lo mismo comer de segundo una soga de esparto bañada en pez.

Huelga decir que para las familias del "Cuéntame" el langostino era un plato exquisito, hoy devaluado por la cantidad de bicho ordinariote que se vende a bajo precio y que ha conseguido democratizar las mesas de los españoles. Pero para mi padre, como antes para mi abuela, no hay mesa de celebración sin langostino que se precie. Convenientemente untado, ahogado, en mayonesa.

Los rituales son fundamentales. De ahí que nos resistamos a cambiarlos porque la tradición otorga mucha tranquilidad a nuestras vidas. Siempre hay un cuñado borracho que estropea el fin de fiesta; un hermano que se empeña en jugar al Monopoli a las tres de la mañana, un sobrino porculero que ensaya villancicos con la flauta y una bandeja llena de turrón donde al final quedan dos especialidades, invariablemente: el de coco y el de yema tostada.

Y el día que se rompe una costumbre uno se siente un poco huérfano. En casa solíamos jugar al Bingo después de la cena de Nochevieja. A mi abuela le chiflaba el ritual de los cartones, el reparto de los garbanzos y, lo que más, cantar ¡¡línea!! o ¡¡bingoooooo!. El croupier era, nuevamente, mi querido padre, que montaba para la ocasión una performance con su voz más impostada y llamaba al 15 "la niña bonita" y al 22 "los dos patitos". Así iban pasando las horas en una casa donde se cenaba demasiado pronto -justo después del discurso del Rey- y donde había que hacer tiempo como fuera, lo que a punto estuvo de convertirnos a los cinco hermanos en ludópatas sin cura.

La Nochebuena tenía también una estructura fija: Planteamiento ("pon los langostinos en la bandeja, nena"). Nudo (¿a que vas a repetir cordero, hija? -No, papi, está buenísimo, pero casi no...) Y desenlace (Yaya, ¿servimos ya el cap de frutas?)

El cap de frutas de la Yaya merece un capítulo aparte. Por alguna razón que se me escapa, ella nunca dijo "macedonia", como todo el mundo. Cap le parecía más fino y elegante. Casi sofisticado, me atrevería a sugerir. Pero juro que el postre eran todo tipo de frutas cortadas en trocitos y regadas con zumo de naranja y el toque de la abuela: un generoso chorro de Cointreau, cuya botella me fascinaba, y que ella ordenaba servir mirándote de reojillo: "Nena, un poquito solo, a ver si nos ponemos piripis".

Mis cuatro hermanos y yo pudimos terminar alcohólicos. Ludópatas y alcohólicos. Gracias a los rituales de navidad. Pero ahí estaba mi madre para impedirlo. Porque si mi padre era el rey del langostino, mi madre era -es- la inspectora de la liga antialcohólica. Su obsesión siempre fue retirar la botella de vino de la mesa, para desesperación del respetable, especialmente los yernos. "Ya se ha llevado tu madre la frasca...hay que joderse...". Y entonces yo me levantaba, corría sigilosa a la cocina y regresaba con el botín, ante la mirada reprobatoria de la Santa Inquisición. En un acto de rebeldía adolescente que aún repito porque en el fondo me divierte la mirada de fastidio de mi madre.

Los años han ido pasando y me doy cuenta de que no soy inmune a la melancolía que provoca la Navidad. Pero sigo esperando, ansiosa, la repetición de esos rituales que me devuelven a mi abuela en su cocina, a mi padre con la batidora perpetrando su salsa demoniaca. A mis hermanos sirviendo el vino mientras nos damos codazos a ver qué cara pone mamá. Y a mi hermana y a mí cortando fruta sin parar mientars nos ponemos al día de nuestras vidas.

Y al resultado lo llamamos "el cap", y nos sabe a gloria bendita.

PD. Fragmento de conversación recurrente:
-Papi, ¿no te da miedo que esa mahonesa tenga salmonella?
-¡Eso son tonterías, hija! Si llevo haciéndola toda la vida...

 










martes, 18 de diciembre de 2012

ESAS FRASES QUE ARRUINAN UNA PRIMERA CITA

Cierta mujer que conocí llegó a una cita con un caballero culto y atildado. Todo iba bien, según el protocolo del primer encuentro: restaurante íntimo ma non troppo, buen vino y conversación de altos vuelos regada con elegante sentido del humor. Hasta que el hombre, tras conocer que ella tenía un novio diez años más joven, le inquirió:

-¿No has pensado que dentro de cinco o diez años serás una señora y que te interesaría más elegir ahora, que eres aún una diosa, un hombre de otra edad?

La mujer se quedó muerta ante semejante grosería envuelta en celofán machista y jamás pensó en el caballero, diez años mayor, como otra cosa que un abuelo impertinente que, si alguna vez fue un dios, hacía tiempo que había abandonado el olimpo de los seductores con licencia.

Ayer tuve una animada charla con M. sobre esas frases que arruinan una cita. Ella había comido con un hombre muy atractivo, de unos cuarenta. Un poco soso, eso sí,  de esos a los que hay que arrancarles la conversación con fórceps para evitar los incómodos silencios. En un momento dado él le dijo de un conocido: "Tiene esa naturalidad de los de clase alta, ya sabes". Mi amiga entendió que el tipo, de pueblo como ella, asumía que ambos estaban dominados por una conciencia de clase polvorienta y anticuada. "Fue muy desagradable". ¿Volverás a quedar con él?, le pregunté. "No sé... a cenar como pretende no, desde luego".

Cuando tienes veinte, treinta años, vas a la primera cita sin armadura y con todas tus cartas boca arriba. En la madurez, digamos, llevas el detector de interferencias bien afinado y todo puede rodar de maravilla hasta que él, pongamos, te confiesa que tiene toda la colección de Pablo Coelho en su estantería, o que jamás come con las secretarias de su oficina porque ya se sabe que "son unas chonis  cotillas que lo largan todo en cuanto te das la vuelta". O se hace el remolón a la hora de pagar para que tú invites.

Las normas clásicas de la buena educación han aconsejado siempre evitar tres temas: política, religión y sexo. Y con conocimiento de causa. Que se lo digan si no a C., a quien un hombre con el que quedó para una caña afterwork le preguntó, sin anestesia, si prefería hacérselo en la cama o en el sofá, dando por hecho que mi amiga era una mujer muy liberal y proclive a compartir sus hazañas eróticas con el primero que se cruzara en la esquina. "En cuanto di el último sorbo a mi cerveza me excusé diciendo que tenía que ir a tender una lavadora".

Una primera cita no debería incluir confesiones del tipo: "Estoy en terapia desde hace tres años" o "aún no he superado la ruptura con esa mujer que me arrancó el corazón y se lo zampó a pedacitos". Dar lástima es un viejo truco que atrae a las madres, pero elimina cualquier chispazo de sex appeal en el camino.  Los gustos musicales, literarios y artísticos tampoco son baladí. Si un hombre te confiesa que es fan de Melendi "por la hondura de sus letras", estás ante un hortera de bolera aunque a continuación te jure que lee a Lipovetsky y ha subrayado "La era del vacío".

Del mismo modo, si sales a cenar con un hombre con las iniciales bordadas en su camisa, atente a lo que vendrá después. Y no te hagas la sorprendida si tu cita se pasa hablando de su madre toda la noche o, aún peor, de su ex mujer. Nunca serás lo más importante en su vida, tenlo claro.

Terminaré con otra anécdota que le sucedió a mi amiga D. Una mujer separada que, harta de quedar con hombres a través de Internet a cual más desafortunado, conoció a un famoso periodista radiofónico que la rondó a la antigua usanza: flores, cenas con velas, manitas sobre el mantel y miradas tórridas. Todo perfecto hasta que le confesó que por las noches dormía con un artefacto  para su problema con los ronquidos. "Era, según me describió,  una especie de bozal con cinchas", me relató mi amiga. "De pronto me lo imaginé como Aníbal Lecter en El Silencio de los Corderos, y salí pitando".

Visto lo visto, considero que la primera cita debería ser inodora, incolora e insípida. Porque es un campo de minas que te puede estallar en la cara a menos que des con un tipo divertido capaz de troncharse cuando le confieses que tu chiste favorito sigue siendo el del perro Mistetas, o que te pasas la noche sin dormir y apuntas vaguerías en el teléfono cuando te asaltan las musas, sea a la hora que sea, y no le parezca absurdo que Algo Pasa con Mary esté en el top del cine para una tarde tonta con palomitas, y encuentre exótica tu desorientación en lugar de exasperante...

Así que confío en vosotros, amigos, para que engroséis con vuestros consejos ya aportaciones el manual de la primera cita. El futuro sentimental de muchos de nosotros está en juego. Mientras aún seamos dioses, que diría aquel.http://www.entremujeres.com/pareja-y-sexo/errores-mujeres-primera-cita_0_484151697.html

pd. Con este video, soy consciente, espantaré muchas potenciales primeras citas. ¡Qué le vamos a hacer!




lunes, 17 de diciembre de 2012

EL COBARDE SE DEFIENDE COMO PUEDE (I NEED A HERO)

Hay personas capaces de decir frases contundentes como quien pela una naranja. Antonio López es una de ellas. Ayer, durante un programa sobre escultores en la 2 http://www.rtve.es/alacarta/videos/los-oficios-de-la-cultura/, esa cadena que todos aseguramos ver cuando nos preguntan para no confesar que estamos enganchados a la serie "Diario de una doctora", de Divinity, la versión macarra de la melíflua "Anatomía de Grey", el artista acuñó unas cuantas, sentado en una silla humilde en su estudio, con la mirada clavada en su interlocutor y con el ánimo muy alejado de tratar de cincelar una sentencia marmólea y rebuscada:

-El hombre fuerte siempre respeta. El débil se defiende como puede.

Pensé un buen rato en el asunto, pensé que esa hondura tenía que proceder de largas horas de trabajo y reflexión para arrancar una forma humana al barro como cadáver expuesto en la camilla. Antonio López resucita muertos y les arranca el alma, es un médium capaz de extraer pensamientos de un trozo de arcilla. Me pareció un hombre fuerte, inmenso, pese a la fragilidad de su esqueleto, tan liviano en una nave gigantesca y llena de bustos, moldes y trapos.

No soy muy fan de la escultura, lo confieso. En las exposiciones tiendo a despacharla rapidillo, pero ya nunca más será así porque ayer él me contó la generosidad que requiere el acto compartido. Cuántas manos y cuántas mentes están detrás de cada pieza, del vaciado, el molde, el fundido... "Sin embargo el pintor debe asegurarse de dar hasta la última pincelada", exponía.

Vuelvo a la mayor: El cobarde se defiende como puede. Yo lo imagino dando coces al aire en su huida hacia adelante. Recuerdo, hace años, una reunión en la que un jefe, pillado en un renuncio, trató de embarcar a todo el equipo para que lo taparan. Hubo quien lo apoyó sin reservas. Otras titubeaban, tapándose la nariz, pero asentían. Me pareció un ejemplo de cobardía tal que aún me abochorna el recuerdo. Salvar el culo es esa expresión vulgar que nos convierte en cobardes irredentos. Estar a la defensiva nunca fue una gesta. Respetar, imagino, pasa por no violentar las propias convicciones.

El programa, magnífico, mostraba a la hija de Antonio López explicando por qué a pesar de haber nacido u crecido entre artistas -su madre también es pintora- no había podido seguir la estela familiar. Era demasiado fuerte el reto. Otra hija de escultora cuyo nombre no retuve daba los toques finales a una obra homenaje a su madre bajo la atenta mirada de su padre, también escultor, y explicaba la honestidad de su trabajo en un diálogo entre sus manos y las de su progenitor que era pura poesía y una escena de intimidad padre hija muy emocionante.

Creo que la moraleja del programa era que no hay nada más valiente que seguir la vocación. Que las manos sobre el barro, o el cincel, no engañan si se emplean al servicio de la inspiración. Que las ideas no se ensucian, y que cuando lo hacen el resultado no se llama obra de arte. Que el ser más humilde de la tierra cuando defiende lo suyo se convierte en un profeta. Sin grandilocuencias. Un tipo con un jersey rojo gastado que habla sin pestañear, que te impide con su firmeza cualquier estertor de cobardía.

Me hubiera gustado que las Chukis vieran el programa, tan acostumbradas como están a ver en el Telediario a esos gallinas timoratos que justifican lo injustificable subidos a un escalón, detrás de un atril.

En tiempos de zozobra hay que alejarse del singermornismo y escuchar a los sabios, que suelen ser tipos de aspecto anodino que no apestan a colonias fuertes por las mañanas. 

"Yo creo que las cosas son...Y la impresión primera de las cosas es la verdad" (Antonio López)


domingo, 16 de diciembre de 2012

CONFESIONES DE UNA HORTERA MUSICAL QUE DA EL PEGO

Anoche, mientras escuchaba con R. un concierto vibrante de Chano Domínguez en la sala Clamores, fui más consciente que nunca de mi incultura musical. Del Chano conocía su actuación en Calle 54 http://www.wommusic.com/2012/02/chano-dominguez-at-calle-54-oye-como-viene/?doing_wp_cron=1355657006.4268760681152343750000, la película de Trueba, pero nunca me molesté en investigar su flamenco jazz, ni su bolero jazz, ni su jazz jazz, que me dejó clavada a la silla bebiéndome con avaricia cada melodía mientras hacía lo propio y a morro con una cerveza en la mesa que compartimos por azar con una pareja de lesbianas pizpiretas que salían a fumar de cuando en cuando y se dejaban los bolsos, despreocupadas. Como si nadie que amara el jazz pudiera ser capaz de robar un monedero.

El primer disco de mi vida fue Breakfast in America, de Supertramp. Me lo pedí a los Reyes porque a los trece años tener discos propios era una señal de madurez y, sorprendentemente, me lo trajeron. Recuerdo la cubierta del vinilo, con una camarera gorda y sonriente que llevaba una bandeja y se parecía mucho a la asistenta de toda la vida de mis tíos, Mercedes. Una mujer cargada de hijos y de dramas que sin embargo te saludaba siempre con una mueca de optimismo. The logical song fue mi himno durante años y aún la canto cuando suena por la radio. Me sigue pareciendo grandiosa.

Mi amigo R. me había sorprendido instantes antes de comenzar a sonar el piano con una revelación, algo que yo no sabía y nunca hubiera adivinado: formó parte hasta bien entrada su juventud de los coros y danzas de su ciudad malagueña. "Me apunté para ligar, porque había muchas niñas. Y luego seguí porque era la oportunidad de viajar por el mundo". A mí lo de los coros y danzas me sonaba muy franquista, y en cierto modo era así. La directora del grupo, al parecer,  procedía de la Sección Femenina. A R. la música regional le abrió puertas a la geografía del globo y de las mujeres. Y, secreto por secreto, le confesé que mi boda la amenizó un coro de joteros bizcos que parecían sacados de un casting de criaturas tullidas, freaks de cine "con voces prodigiosas, eso sí", subrayé.

Si uno es lo que escucha desde niño, diré que durante el franquismo, y más allá, en casa sonaban zarzuela y música militar, y mi padre se desgañitaba con la fortuna de quien fue expulsado del coro por desafinar y por sordo. Con estas credenciales, sabiamente combinadas con la copla y el flamenco que mi abuelo materno atesoraba en su casa -Miguel de Molina, La Paquera de Jerez, doña Concha Piquer- se labró el ADN de mi incultura musical, que también puede llamarse eclecticismo en una operación de lavado de cara, y que se fue enriqueciendo con el pop de los ochenta que aún bailamos los de mi generación a poco que nos den un par de gin-tonics como coartada: Mamá, Nacha Pop, Radio Futura, Burning, Gabinete Caligary, Danza Invisible, Alaska&Dinarama, Golpes Bajos, los Secretos...

Tener tanto made in Spain me convirtió, ahora lo sé, es una cateta satisfecha y remolona. Menos mal que en la pandilla había algún moderno que además de fumar porros nos abrumaba con sus discos de The Who, Duran Duran, Led Zeppelin, The Cure o The Scorpions. Todo muy guay, sí, aunque íntimamente siempre preferí los desvaríos con golpe de flequillo de Tino Casal y su Champú de huevo. Un artista aún hoy incomprendido que truncó su carrera en un accidente de tráfico y nos dejó huérfanos de tinte y a merced de Camilo Sesto y su "Vivir así es morir de amor".

Creo que si sigo entraré en un bucle insaciable de nostalgia y con la reputación en la UCI. ResHacia los 20 años, pongamos, ya me había dejado conquistar por el Barroco y las sinfonías de Malher o Dvorak, en parte gracias a un novio melómano que, por cierto,  se había metido en el coro del colegio para ligar con las niñas del cole de al lado (al parecer es un viejo truco). Después he ido dejando que la música se colara por mis estados de ánimo y se quedara a vivir para siempre en casa y en el coche, donde la escucho a un volumen tan bestia que las chukis se me quejan. Fados, rock, pop, soul, jazz, flamenco, boleros, trova, pachanga de pueblo...Totum revolutum.

Y sigo experimentando esa alegría salvaje cuando alguien me habla de un grupo o de un artista que desconocía y me planto en Youtube y lo escucho y toca una tecla íntima que pulveriza cualquier barrera intelectual y es puro sentimiento. Droga dura.






sábado, 15 de diciembre de 2012

SHALL WE DANCE? A LOS CUARENTA (Reflexiones sobre la última película de Cesc Gay)

Con los mejores actores se puede hacer una película fallida como con las mejores fabes te puedes cargar una fabada. Pero hay películas fallidas que, sin embargo, te hacen pensar en real life.

Así de redicha arranco hoy, porque aún regurgito "Una pistola en cada mano", de Cesc Gay, que fui a ver anoche con A. y todas las expectativas del mundo. Hay que ver cine español, sostener la industria y bla,bla,bla. Mi amiga, lo diré, acababa de cofirmar un guión con Icíar Bollaín sobre Aldeas Infantiles SOS. Un pequeño ¿corto? http://www.undostrescasa.org/?et_cid=7&et_lid=59301&et_sub=wbAldeas que arranca con un niño contando al escondite inglés. Epítome del juego, de la infancia y de la casa. Me pareció brillante. Emocionante.

-No bebas de mi botella, que tengo catarro.
-Últimamente todos los hombres me parecen guapos...

Al minuto los guapos eran Leonardo Sbaraglia y Eduard Fernández, ese pibón argentino y un bajito magnético al que siempre veo alto, y sus personajes se habían encontrado por azar en el vestíbulo del terapeuta del primero. Dos cuarentones ex compañeros de colegio y de farra. La incomodidad de que uno ha sorprendido al otro llorando y llevan veinte años sin verse.  El diálogo arrancaba ágil, la situación de partida, sugerente; los actores, impecables. 

Esta primera historia tuvo destellos, pero se alargó en exceso, como las otras cuatro. Pensé que a veces uno no sabe cómo rematar la faena. Les pasa a los toreros. Les pasa a los oradores. Le pasa a mi hija con la flauta... Les pasa a muchos hombres y mujeres que ya no aman a su pareja y no ven el momento de romper.

Nos pasa a los cuarentones que presuntamente sabemos ya lo que queremos y sin embargo seguimos buscando en laberintos cada vez más enrevesados.

Cesc Gay habla de que la madurez no existe. De que somos supervivientes cargados de taras que vienen de muy atrás. De que el fracaso se hace bola y podemos caer en la tentación de perpetuarlo para no enfrentarnos al abismo de la soledad.

Otra historia. En la pantalla,  Ricardo Darín y Luis Tosar.

-Me gustan los dos. A muerte. ¿Es preocupante?, susurré a A.
-¿Y el perro qué, bonita, también te gusta?

Dos hombres, unos cuernos matrimoniales, una reflexión sobre la pareja. "Después de tantos años juntos ¿no crees que debería perdonarle que se vaya con otro?". Y un desenlace redondo que no cuento para no reventar la historia mejor medida de las cuatro.
Dos actores haciendo esgrima en un parque bello y desolador, y esa melancolía sobre el amor en la madurez.

-¿Estás enamorado de ella, lo estás? (Darín)
-Es difícil no enamorarse de Laura...(Tosar)

Otro diálogo, después del cine,  en un bar. Ya no hay ficción, sino ensalada de ventresca y pulpo a la gallega. Parece ficción.

-Creo que mis relaciones no han funcionado no porque ellos fallaran, sino porque yo no me entregaba del todo. Pensaba: es difícil no enamorarse de él...Qué triste, ¿no?
-Yo sé que él tiene a otra, y sin embargo aún no le he dado con la puerta en las narices.


Un, dos, tres, al escondite inglés.

-¿Te gusta mucho, no?
-Sí, pero me hace sentir como la gallina del experimento conductista del que me habló M. el otro día, que terminó volviéndose loca y picando el suelo sin granos de maíz hasta destrozarse el pico.

Dieciocho, diecinueve....¡voy!

-¿Eres una gallina?
-Soy una gallina que huye con el pico roto.
-Un maltratado maltrata.
-Sí, por omisión, pero maltrata.
-Me admira que seas capaz de abandonar el comedero para siempre.
-No he dicho que sea capaz...

Añadiré que la película de Cesc Gay se me hizo plúmbea, eterna, a pesar de los destellos. Que pensé que hay historias que pueden contarse en un diálogo corto y afilado como los cristales de un vaso que se estrella contra el suelo.

Que estoy rodeada de cuarentones llenos de cicatrices en la planta de los pies que sin embargo no han parado de bailar.

Y que eso mola. 

Shall we dance?

P.D. La gran trampa de la peli de Cesc Gay es que la anuncian como "comedia". Qué ironía!









miércoles, 12 de diciembre de 2012

AMAR UN CUADRO Y UN FILETE (Fantasías en la exposición Retrato de la Fundación Mapfre)

Marie Catherire, de Arikha
Tuve un masajista al que llamaba El Chino que en realidad era de Carabanchel. El Chino solía quitarte las bragas con determinación cuando llevaba un rato manipulándote, y así se lo hice saber a mis amigas, que iban animadas por los resultados de unas sesiones en las que el hombre, canoso y de mirada penetrante, soltaba perlas sobre tu exceso de yang y sentencias zen básicas y muy del gusto de los hierbas, segundos antes de clavarte las agujas bajo las uñas o encender unas moxas malolientes en tu ombligo.

Creo que sobre esa camilla entendí que el intelectual y el hierbas se parecen en algo: la solemnidad efectista con la que sueltan sus proclamas. Su absoluta carencia de espontaneidad.

Lo pensaba ayer cuando subí al ascensor de la Fundación Mapfre y un chico joven me dijo: "Usted ya estuvo aquí el otro día, me acuerdo perfectamente. ¿Se ha enamorado de un cuadro? Es lo que tiene la pintura. Cuanto más miras, más ves".

"Cuanto más miras, más ves", me pareció una gran frase que podía enunciarse a la contra y seguir siendo verdad. Una frase capicúa. "Cuando más miras, menos ves". O incluso "cuanto menos miras, más ves". El joven debía pasar siete u ocho horas diarias recorriendo las estancias de esta exposición increíble -Retrato, del Centro Pompidou http://www.foroxerbar.com/viewtopic.php?t=13186 - y observando las miradas de los que miran. Y tal ejercicio sostenido debió dotarle de una hondura que ríete del zen y su filosofía tofu para cerebros blandos (sí, tengo abundantes prejuicios al respecto).

Me había enamorado de varios cuadros, sí, pero también de la sensación litúrgica de recorrer una exposición semivacía, a esa hora en la que uno se ocupa de llenar el estómago y no de inquietarse delante del retrato de Marie Catherine, de Arikha, una mujer andrógina y de mirada perdida que jamás habría acuñado frases hierbas ni lugares comunes, pero muy capaz de montar un escándalo histérico en mitad de un concierto de cámara para un rey sibarita y su corte. 

Un museo vacío se parece a una catedral fuera del horario de visitas. Días antes las chukis y yo habíamos hecho más de una hora de cola para contemplar a codazos el magnífico cuadro de John Currin que representa a una mujer anciana y optimista con un sombrero hecho de pescado fresco que a Minichuki le rechifló. O la odalisca de Matisse que prefirió mi adolescente, enganchada al teléfono que vomitaba las explicaciones y que les alquilo para sobornarlas, dado que son muy materialistas y no entienden de arte si no va unido a un gadget + un premio (aperitivo con refresco)

J.Currin
Cuanto más miras, más ves. El Chino podría haber estado de acuerdo con la simpleza del enunciado y, de prenderse de un cuadro, jamás sería el autorretrato de Francis Bacon, deconstruido, ni del vibrante bermellón del Botones de Soutine. Dime qué retrato te fascina y te diré quién eres, pensé, y entonces me di cuenta de que lo mío jamás será la intelectualidad ni la filosofía tufu, sino el chascarrillo con destellos de aquí y de allá. Detalle que me devalúa pero me permite adorar sin complejos a Giacometti (sí, también está en la Mapfre) o a Balthus, y quedarme fría delante de un Picasso, un suponer, mientras las chukinas estallan en exclamaciones de alborozo: "Mami, a este lo hemos estudiado en el cole. Este sí que sí".

Terminaré confesando que lo mejor del plan de ayer a mediodía fue la secuencia de levitación delante de un cuadro+levitación delante de un filete. Un corte de mangas a mi amigo el Chino, que andará quitando bragas mientras acuña frases de pequeño Saltamontes para mujeres pasadas de yang que buscan el yin entre retratos de gente que interpela, que estremece o que te hace reír o arrodillarte ante el talento de esos ladrones de espíritu que son los artistas.

Cuanto más miras, más bizca te pones. Ahí os queda eso. Y este video que asumo que es una viejunada, pero me he acordado de repente.


martes, 11 de diciembre de 2012

ESOS HOMBRES QUE MIRAN A TODAS...

"Yo cuando me entrego a una mujer solo tengo ojos para ella. No soy de esos que están mirando a todas las que pasan alrededor, no lo necesito".

Mi amigo R. es un romántico y nuestra última conversación, anteayer, tuvo los habituales loopings que la llevaron, como siempre, del cine -"tienes que ver la última de Cesc Gay y luego la comentamos"- a nuestra profesión común y al tema que siempre nos inquieta y nos hace reír: sus ligues, los míos. Si R. no fuera tan heterosexual podría pensarse que somos la clásica pareja heterogay que se confiesa sin tapujos, amparada por la susencia de TSNR (tensión sexual no resuelta). Pero en realidad somos dos amigos que apenas se ven porque viven en ciudades distintas pero dejan el teléfono echando humo cada vez que se citan para hablar.

-¿Sabes qué? Yo tampoco soporto a esos hombres que están en un bar, hablando contigo, y no pueden evitar mirar a toda la que se cruza en ocho metros a la redonda. No es halagador.
-Ostras, es que si te interesa una mujer debes concentrarte en ella. No debes, te sale solo.
-Sí, no creo que sea un asunto de celos, sino de mala educación. O puede que de inseguridad...

A R. sus amigas le reprochan que se entretenga mariposeando con unas y con otras. Ignoran que no es un promiscuo que aún no ha cumplido los cuarenta, sino un sentimental que confía en encontrar a la mujer de su vida. Y anda haciendo prospección. Y en el camino se encuentra sorpresas, y entonces me llama para comentarlas.

-Estoy cansado de tías liberadas que luego esperan de mí que me comporte como un caballero decimonónico.
-Tú eres un caballero, pero postretromoderno y muy leído. Y ellas, unas petardas.
-Hay una que me gusta. La conocí en la puerta de un acto. Me quedé mudo. La busqué en Facebook y la escribí. Tardó días en responder que está out, que acaba de romper con su novio.
-Pues dile que tú estás "in" y que no le pides que sea la madre de tus hijos, sino que se  tome una caña contigo...

Con R. me resulta liberador hablar de mujeres. Y muy tierno escucharle cuando yo le hablo de hombres, porque ahí es muy radical y muy de mi equipo. 

-Ese tío no sabe lo que se pierde. ¿Cómo puede ser tan imbécil?. Si estuviera en Madrid iría a por ti de cabeza, tú lo sabes.

Y entonces le cuento un sucedido patético reciente, y él me atiende sin pestañear, y me sorprendo dándole una profusión de detalles que me dejan en un lugar tragicómico. Y R. vuelve a demostrarme su cariño: "Eso te hace más humana, mi rubia, y piensa que con el tiempo lo recordarás como una anécdota tierna".

-Ya, ya, pero mientras tanto...

A los cuarenta y más, te das cuenta de que vives en una ambigüedad peterpanesca. Las parejas consolidadas te aburren, pero la soledad puede ser un abismo inquietante. Y entonces te aseguras de tener amigos que te abrazan, que te cuentan que acaban de ver unan película muy generacional que les ha hecho pensar. Que se han ido a la cama con una mujer a la que no querrían llamar más, pero tampoco dañarla. Que andan liados con un ensayo pero aceptan que la novela que les recomiendas puede ser un gran hallazgo. 

-¿Tanto te gustó ese libro?
-Tanto. Debes leerlo y comentamos y yo prometo ir a ver la de Cesc Gay esta semana.
-Hecho. Te quiero, rubia.
-Y yo a ti. Suerte con esa mujer. Síguela sin ser pesado.
-Sí...Y tú no pases ni un segundo con nadie que no tenga más ojos que para ti.
-Te lo prometo.

Cuelgo y pienso que los cuarenta son una versión evolucionada de los quince. Una adolescencia con coartada. Corro al espejo a ver si me ha salido acné.