domingo, 31 de marzo de 2013

GUÍA PARA SOLITARIOS EN PIJAMA

La soledad es saber que cuando llegues a un sitio nadie te estará esperando.

La libertad es esa ligereza que otorga que nadie te espere, te apremie, limite tu tiempo y sus contornos.

Ergo: ¿los solitarios son más libres? ¿Los libres son más propensos a la enfermedad de la soledad?

Escribo en pijama, en mi cuarto día de libertad condicional. O sea, sin presencias menores que me obliguen a estar a unas horas, cocinar a otras, arrastrarlas a un museo, programar una película o comprobar que han hecho sus deberes de Semana Santa.

Soy sola y me produce un placer extremo comprobar que puedo apuntarme a cualquier plan, coger mi bicicleta, llamar a un amigo, sacar restos del congelador o atacar un libro pendiente, no sin antes leer el blog de mi querido P. cercadelacerca., donde finge que escribe sobre teatro en Madrid pero de paso te pega un soberbio baño de lucidez revestido de literatura, como hoy.

Puedo también colgar un par de dibujos en la pared que yo misma he pintado en mi enmimismación, salir a correr, enamorarme. Aplicar una mascarilla que tersará mi piel y ahuyentará a cualquier vecino de patio que se asome a la ventana. Idear una teoría bien fundamentada sobre por qué la crisis está provocando intolerancia además de deshaucios y noticias sobre Chipre, ese país desconocido que podría defenderse durante apenas ocho horas en caso de ataque (dato que un día me contaron y nunca olvidé, como ese otro que asegura que una cucaracha podría alimentarse un mes con el pegamento de un sello de correos).
Lope de Vega


La libertad es asumir el desencanto de que el otro sienta diferente. Me parece que la salida mas digna al desacuerdo es el humor. Puede que la ironía, nunca el sarcasmo. Los solitarios vocacionales nos hemos vuelto muy sensibles a los destrozos. A la violencia explícita o sibilina de aquellos que matan por una idea incuestionable que no siempre resulta consistente.

No defiendo la tibieza, en absoluto. Aunque esté en pijama y mi pelo recién teñido se dispare a babor y estribor. Defiendo la flexibilidad y la tolerancia porque el aire me huele a dictadura, a desfile marcial, a manipulación goebbeliana.

Leí el otro día en alguna parte que los periodistas deberían/deberíamos  ser menos impulsivos. Pensé que no sólo los periodistas. Somos una herida y estamos tan abiertos que nadie debería tener derecho a echar sosa caústica encima. Provocar reacciones furibundas es fácil. Bastan una proclama y un jardín de insatisfechos. Provocar reflexiones es mucho más difícil.

Puede que basten cuatro días de soledad/libertad y un pijama limpio de algodón. Además de un chubasquero para que las arengas envenenadas no te mojen los huesos.

P.D. Ayer visité con mis hermanos la Casa de Lope de Vega, en la calle Cervantes de Madrid. La guía nos dio un recital de impostura para tontos que provocaba vergüenza ajena. Mi sobrino, de ocho años, osó hacer preguntas a las que ella indefectiblemente respondía: "Ahora no toca esa explicación". Claramente desajustada en su medicación, impedía al pequeño grupo colocarse a su libre albedrío  por las estancias. Su incompetencia la tapaba con órdenes e hipercontrol. Era tonta, muy tonta, pero consiguió ser obedecida y no ofrecer ni un dato más allá del discurso preparado, no apto para cocientes intelectuales medios. 
P.D. Las personas más inteligentes que conozco no pisan los jardines. Los riegan y observan cómo crecen las hierbas al sol.




sábado, 30 de marzo de 2013

TIEMPO DE TORRIJAS Y TORTUGAS

Me llama Minichuki para comentarme el nuevo habitáculo de la tortuga:

-Es enorme, mamá, y ella está sorprendida y no sabe dónde ponerse, pero yo la empujo a los rincones para que se acostumbre. Y le pongo doble ración de gambas.

Minichuki suele hablar de estas cosas con extrema gravedad. Cada micromundo es un mundo con todos sus accidentes y aconteceres. La tortuga, esa que recibió como regalo tras mucha insistencia y fue languideciendo por falta de atenciones, ha vuelto al hit parade doméstico por la puerta grande. Tan grande que las chukis le han comprado un palacete con todos los extras.

-Yo he estado con mis amigos comiendo torrijas. ¡Las he hecho yo!, le informo.
-Ah, ya...¿con canela?
-Claro, hija. Siempre llevan canela.
-Pues hazme unas sin canela, anda. A la tortuga no le gusta el pienso.
Iglesia Cristo de Medinaceli, anoche

Un niño es un ser que no se detiene en aquello que no le interesa lo más mínimo. En algún punto de nuestra vida desarrollamos pudor y entonces procuramos que el desinterés no se nos note. Pero a los diez años se puede ser desinteresado sin herir. Y si hay que hablar de tortugas y habitáculos, se habla.

Aún así, hago otro intento.

-He vuelto a casa con mi amigo R. caminando desde Lavapiés. Casi dos horas. Madrid estaba tan bonito con la lluvia. Todo el mundo con paraguas como setas andantes y remolinos de señoras a las puertas de las iglesias.
-Ah, ya...¿Y cuántas torrijas te has comido?

Un adulto es un ser que cuenta lo que hace. Un niño es un ser que cuenta lo que le interesa. Y su escucha selectiva debería enseñarnos que a veces hay que quedarse en silencio.

Calle Alcalá, anoche
Madrid, tarde noche. Viernes Santo. Oficios en San Ginés con dos amigos ateos que observan la ceremonia con sumo respeto

-¿Y qué es la verdad? preguntó Poncio Pilatos.

Sólo por esa frase estamos ahí los tres. Y P. , que fue monaguillo y caquequista antes de despedirse de dios- me cuenta la liturgia y le brillan los ojos. Y las señoras van y vienen por la iglesia con zapatos cómodos y feos chaquetones de poliéster.

(Tirso de Molina, Sol, San Jerónimo, Retiro, Puerta de Alcalá, Plaza de Toros... A veces uno recorre la ciudad con ojos de extranjero. Cual tortuga que estrena palacete).









viernes, 29 de marzo de 2013

DICKENS CONTRA DISNEY

Great Expectations

Convencí a C. para ir a ver "Grandes Esperanzas" con un señuelo infalible: "Esta no es del Dickens chungo, ya verás". Accedió y en unos minutos ambas retorcíamos las esquinas de nuestros abrigos, ante el espectáculo de miseria y desolación que nos cuenta una película en la  que Helena Bonham-Carter se consagra de nuevo como bruja (difícil enjaretarle otro registro, la hechicera se ha apoderado de su alma y da miedo aunque no la dirija su marido Tim Burton).

Al otro lado de la lona, Ralph Fiennes, ese hombre de mirada perdida y bella osamenta. Ni Bohan ni él son los protagonistas de esta versión de Mike Newell, pero lo son porque se meriendan a los presuntos. Dos actores descafeinados e insípidos que soportan a duras penas el peso de un drama con evidentes elementos contemporáneos.

Pero no pensaba criticar la película, sino describir la desazón que sentí ante la oscuridad, y el motu de la bruja, envuelta en los jirones de un traje de novia que se puso cuarenta años atrás, a las 20.40h, para una ceremonia que no sucedió por abandono del novio. Y esa mujer que aúlla va a consagrar su vida entre ratas a transferir su despecho a una niña a la que educa para destrozar al hombre que ame.
Amor almibarado. Bella durmiente


La venganza, el despecho, frente a la nobleza de la pasión y el amor verdadero. Dos fuerzas antitéticas y poderosas. Toda mujer, todo hombre que ha amado y ha sido herido arrastra un vestido de tul o de seda hecho trizas que debe irse quitando en un strip tease poco erótico, convengamos. El desamor da alas para los relatos, pero las corta para la vida. Mi amiga B. me cuenta que a veces se tropieza con el velo cuando sale a la calle por aquel que detuvo los relojes de su vida. Yo misma mutilé mi traje de novia una noche de carnaval y fue un akelarre, un exceso liberador, un despiporre de los que provocan carcajadas salvajes.

El cine, la literatura, tienen la capacidad de despertar sentimientos que uno guarda bajo llave en un baúl imaginario que las madres no fisgan. Dickens es pintor de personajes de una época de miserias que tiene su reflejo en las podredumbres contemporáneas. Y mientras te retuerces en esa butaca sientes que la venganza y el despecho son malos compañeros de viaje. Que ahí fuera hay  hombres bálsamo, mujeres vaselina, dispuestos a retirar los últimos jirones de ese traje, y besar la piel con sus escaras, y dejar que por las cortinas entre el sol.


Y que entre Dickens y Disney siempre gana Dickens, porque el dolor es eterno y la bobería naif,  absurda y contemporánea. 





jueves, 28 de marzo de 2013

CONVERSACIÓN DE BESUGOS



Cada vez más amigos invierten horas en trabajar gratis. Alguien al otro lado de la puerta les da una palmadita en la espalda como todo pago y ellos vuelven a casa con una pila de deberes y la cartera tiritando.

Carlos Marx tendría mucho que decir al respecto. Pero está muerto y enterrado. La esclavitud contemporánea genera alienación, seguro. Pero es más llevadero hablar de reinvención.

Los reinventores que me rodean están exhaustos, pero no se quejan. 

Quedo con mi nuevo profesor de inglés en una cervecería. Un hombre de Texas, me clara, que pasó su infancia en Canadá y vive en España. Su inglés murmurado es poco inteligible entre el ruido, pero el alcohol nos hace libres y entiendo que está divorciado y tiene dos hijos. Y que es músico de jazz.

-No doy clases de inglés por gusto, sino por necesidad  (me aclara)
-Ah, sí...entiendo. ¿Y qué tocas?
-The bass.
-¿El bajo?
-No, el contrabajo. Que en inglés se escribe igual que besugo. Tell me.
-¿The bessss?
-No, the beis (pronuncia)
-The beisssss
-No!. The beis.

Bebo más cerveza, dispuesta a continuar la conversación de besugos. Me cuenta que aunque está sin trabajo, no para quieto. Y debemos cuadrar nuestras agendas porque la suya está llena de obligaciones.

-OK. Lets do it mondays or tusdays (sobradita)
-Los martes no, porque después tengo concierto y llevo el contrabajo y es muy grande para ir en Metro.
-A sí...claro. The beiss.
-The beis (corrije, sin sonreir, asumiendo que se está reinventando y la rubita debe pronunciar bien aunque la espuma de la cerveza le trastabille la elocuencia).

Me despido de mi profe reinventado con dos besos, que me devuelve sin demasiado entusiasmo. Acabo de contratar a un hombre que no tiene ningún interés en enseñar, pero sí la necesidad de hacerlo. Que ama la música -menos mal que yo también- y que no tiene problema en que la de los tacones vaya a verlo tocar una noche de martes. Porque allí sacará su mejor yo, su yo más apasionado. Aferrado a su besugo-contrabajo mientras ahí fuera los afortunados que aún tienen quien les pague buscan mejorar su inglés y beben cerveza. Y después extienden un billete. Y simpatizan de entrada con el esfuerzo y la honestidad del reinventado.

-Enseñar un idioma no es tan distinto a enseñar música, me aclara antes de sumergirse en el túnel del Metro.
-Y un besugo no es tan distinto a un contrabajo, bien mirado.

(Llego a casa, busco "besugo" en el diccionario de inglés. Pone "sea bream". No entiendo nada, pero lo doy por bien empleado. La vida te regala diálogos que son tesoros reinventados. Como mis amigos. Como mi profe)






miércoles, 27 de marzo de 2013

PELEAS DE PAREJA

C. se ha quedado de vacaciones por culpa de unas morcillas de Burgos.

O sea, que la pareja con la que se iba a pasar unos días a Benidorm ha tenido a bien pelearse apenas unas horas antes de emprender viaje. Ellos ponían el coche y el apartamento. Ellos discutieron porque a él se le había olvidado congelar unas morcillas.

Y una cosa les llevó a la otra. Ella: "Siempre haces lo mismo. No lo aguanto". Y él: Pues yo no te aguanto a ti. Y ella: ¿Ah, sí, desde cuándo?. Y él: Desde que te cargasta el mando de la tele en casa de mi madre.

La cotidianidad mató a la estrella de la radio. Las discusiones muchas veces son por tonterías pero ocultan algo que se quedó enquistado un día, en el camino entre la Sexta y TV1, pongamos. Una frase dicha al bies, un menosprecio con leve interjección, una mirada y la larva destructora empieza a crecer. Y esa pareja que decía que se amaba acaba rompiendo por unas miserables morcillas. Y la pobre C., con el hatillo preparado, se pregunta por qué ha confiado su destino a la fragilidad del matrimonio del quinto B, escalera derecha.

-Se ha ido él solo a Benidorm, sin morcillas, el muy cabrón.

Una pareja es una unidad de destino que a veces no llega a Benidorm.

Anotación: Con mi próxima pareja firmaré un contrato que prohiba discusiones prosaicas que tengan que ver con intendencias de congelador y mandos de la tele. Es vulgar. Como Benidorm, por mucho que construyan rascacielos y haya clubes de striptease para amantes que ya no se tocan, que ya no se hablan si no es a gritos.









martes, 26 de marzo de 2013

MATAR AL PADRE Y A LA MADRE

A veces tus hijos te caen muy mal. Sobre todo cuando vuelves en tren y en lugar de agradecerte las vacaciones siguen pidiendo. Sobre todo cuando tú lees a David Vann, al que habías abandonado por su desnuda crueldad una noche de terror y pesadillas.

David Vann es un tipo que te araña las tripas y, conseguida la desazón, te las retuerce hasta provocarte el vómito. Y tú, que ayer volvías tranquilamente en tren, te diste cuenta de que viajar en el sentido contrario a la marcha y enfrentada a una familia con bebé cagón no iba a ser una bicoca.

David Vann, insisto, es un escritor que destroza la familia y luego se toma un whisky. Y te deja regurgitando dolor y menosprecio hacia la institución más ¿sagrada?. Esa que no merece tanto, piensas tú, mientras la madre hace cucamonas al cagón y pasa del padre, un pobre hombre aparentemente inofensivo que se ofrece solícito a sostener el potito de frutas.

Podía haber sido peor, reflexionas. Si el potito hubiera sido de pescado, la naúsea no te la habría provocado David Vann, sino los efluvios de un alimento aprobado por la industria que huele a podrido y se le da a los bebés para que crezcan y desarrollen inquina contra sus padres. Y luego los encierren en un altillo y los empareden a paladas. Como David Vann en "Tierra".
Añadir leyenda

Un bebé es un ser que se deja hacer porque no le queda otra. Pero no olvida. Y teje su venganza haciendo ruidos, y cagándose en el tren. Y esa madre incómoda tiene que elegir entre detestar al ser pequeño o al marido. Y siempre elige al marido. Y lo mira con rencor indisimulado, como si el que llorara, se retorciera y se cagara fuera él.

Y aún más. Una familia es una propiedad transitiva y ruidosa que viaja en AVE y no se disculpa ante los vecinos de asiento. Ni siquiera ante la mujer que lee a David Vann y siente retortijones porque hay tabúes que cuando se rompen te exponen ante una realidad obscena y sin regreso. Como no cabe hacer el vacío al  potito de pescado una vez que lo has abierto.

A veces tus hijos te irritan, porque muestran lo peor de ti. De un tú que tú no exhibes. Y entonces apoyan los codos en la mesa y se llevan la cuchara a la boca con desgana, y sorben la sopa y bajan el culo hasta el extremo de la silla. Y ponen cara de asco. Y te piden más, y más.

AVE, escenario de tantos crímenes virtuales
Y una parte de ti saca la pala como Galen, el pequeño monstruo de "Tierra", que en realidad -ya te has dado cuenta antes de atravesar Córdoba- es una víctima del sistema llamado familia. Un sistema tóxico que tapa su hedor con colonia Nenuco.

Y entiendes que el sentido freudiano de matar al padre y a la madre era literal, pero lo convertimos en literatura para no llenar las cárceles de asesinos. Y te das cuenta de que entre toda la basura  que se imprime hay autores, como David Vann, que cuentan lo que nadie se atreve a contar. Y que lo hacen tan magistralmente que sólo te queda tragarte la bilis y sonreír al bebé maloliente deseándole que un día le tire el potito de pescado a su madre en el escote, aprovechando el traqueteo del tren, y fragüe así su pequeña venganza ante la mirada aprobatoria de la mujer que no ha podido respirar sumida entre las páginas de un manual para asesinos en serie disfrazado de novela inocente.

(A veces los libros te permiten superar la desazón que te provocan los tuyos. Y dejar de escuchar, por un rato, las voces atronadoras de una familia convencional que ha estado a dos minutos de disolverse en un punto indeterminado entre Ciudad Real y la capital del reino).





domingo, 24 de marzo de 2013

RENDIDA AL AMOR FOU

Anna Karenina

Ayer fui a ver Anna Karenina y disfruté. Sospechaba que la crítica le habría hecho trizas, como así ha sido. La crítica, estoy segura, no ha leído a Tolstoi. No en todos los casos. Pero alegar discrepancias entre texto original y adaptación al cine siempre es un misil certero en línea de flotación del público, aunque tampoco se haya leído la novela.

Me temo que no he leído Anna Karenina, que los dioses me perdonen. He estudiado a Tolstoi, Guerra y Paz es uno de mis novelones favoritos, y ayer, lo siento, pasé un gran rato viendo la película, envuelta en las brumas de su música, magistral, embriagada con la belleza de Keira Knightley y de los demás, absorta en el frufrú de los vestidos, las texturas y los colores (que al parecer sí han merecido premios). Admirada de cómo Joe Wright, el director, se enreda en la treta de vendernos la historia como una magnífica representación teatral donde los tonos pasteles, empolvados, los movimientos de ballet y las miradas asumen la carga de una historia sobre la pasión. Eso que no queda sepultado aunque la crítica, esa que leo y algunas veces sigo, ya ha sentenciado.

"Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada".

Leon Tolstoi
Sí, debo leer ya Anna Karenina porque este arranque no permite detenerse. Pero ayer, insisto, me dejé llevar por la historia de la adúltera y el amor fou, y me pareció que la visión moral del Tolstoi está recogida en esa película tan denostada. Menosprecio de corte, alabanza de aldea. Pasión frente a razón. El amor puro e ideal de Levin hacia Kitty frente al arrebato de Anna y Vronsky, que sólo puede acabar con la destrucción y la muerte. Pero que quema, y mientras quema es un espectáculo y no puedes apartar la vista de sus llamas.

Seguro que todos esos críticos tienen razón y Anna Karenina está llena de errores, artificios y delirios cercanos al kitsch. Hay secuencias que parecen anuncios publicitarios, blancos nucleares imposibles, pelirrojos subidos de tono, pupilas azules tocadas con photoshop. Pero no engañan a nadie, creo que no lo pretenden. Y lejos de sentirme decepcionada me dejé llevar por su potencia, y bailé cuando bailaban, y besé cuando besaban.

Y entre razón y sentimiento, mi querido Leon Tolstoi, elegí sentimiento. Y espero no ser condenada a morir entre las vías de un tren por ello.

Y creo que una película tiene vida propia al margen del texto del que partió. Se llama adaptación libre. Coppola lo hizo con Drácula -película magnífica, desde luego- y todos le aplaudieron. Y la crítica subrayó la fidelidad de la historia a la novela.

Pues no es así. Habré leído diez veces la obra de Bram Stoker y el amor del conde que cimentó la versión Coppola brilla por su ausencia.

Los críticos, naturalmente, no habían leído la novela. Pero se creyeron el dossier. Y el boca a boca hizo el resto.







 

jueves, 21 de marzo de 2013

DÍA INTERNACIONAL DE LA FELICIDAD

Ayer fue el día Internacional de la Felicidad, por decreto ley de la Asamblea de las Naciones Unidas. Y es raro, pero no me pareció ver a mi alrededor seres especialmente felices.

Que te obliguen a ser feliz es como que te obliguen a enamorarte de alguien o a disfrutar de los puentes de Calatrava, ese arquitecto de la exaltación fallera que elige bicho grande ande o no ande.

Ayer poca gente a mi alrededor parecía feliz. En la radio se ponía en duda la solidez de la Unión Europea. Una entelequia llena de gusanos. A la señora Lagarde le entraban en su piso bajo sospecha de pufo y el novio chipriota de M. se las veía y se las deseaba para venir a España resoplando de desaliento porque la torre de naipes se había caído y a ver quién es el guapo que la reconstruye.

Ayer mi adolescente no podía tragar saliva porque su garganta era un sembrado de bacterias y cuando fuimos al centro de salud aquello parecía una manifestación llena de pasquines llamando a la rebelión de las masas. Y mi adolescente, con ese aislamiento propio de la edad, me preguntaba por qué los médicos y enfermeras están tan cabreados como para empapelar su lugar de trabajo. Y el señor César Junquero, un anciano de noventa acompañado de su cuidadora, bramaba a gritos su nombre y su turno y juraba en arameo que no iba a esperar más.  Y olía a apocalipsis. Pero tocaba ser feliz por cojons.

Y ahítas de felicidad salimos a la calle, cogidas del brazo, y al llegar a casa Minichuki fingía ser feliz, pero sus notas la delataban. Ella, que durante años pensó que la calificación de "suficiente" era suficiente, como su nombre indica, ahora jura por su vida que nunca más volverá a hacer el vago ni a disfrazarse de guerrillera multicultural en lugar de estudiar conocimiento del medio.

¡¡Sed felices, malditos!!, gritaba una voz interior, desfalleciente y ronca. Y como primera medida quitamos el volumen al Telediario y nos arrebujamos en el sofá, bien pegadas, y la noche ha sido un puro levantarse, poner el termómetro, exprimir limones, dar el antibiótico y besar la frente de mi pobre niña grande, que no parecía demasiado feliz.

Pero afortunadamente hoy ya nadie va a dictar felicidad en cómodos plazos. Podemos ser libres para deprimirnos, enfadarnos, sentir rencor, decepción, animadversión o melasudismo. Lo que toque. Lo que nos pida el cuerpo.

Y mi primer sentimiento es, oh milagro, de agradecimiento al sol por haber salido ya, tras una noche tan larga y deslenguada. Lo mejor está por llegar, estoy segura. Hay calma en la casa, limones en la nevera y esas bacterias van a morir tarde o temprano porque un cuerpo sano de dieciséis años es un Panzer alemán.

Y supongo que entender estos signos es una manera de vivir que se parece mucho a la felicidad. Eso tan naif que se ha inventado la ONU como un bálsamo ante la tragedia.

Sed felices, o no. Sobrevivid en todo caso.



martes, 19 de marzo de 2013

LAS NIÑAS DEL NO-DO

A veces hay que rendirse ante las señales.

Tu adolescente se ha pasado la noche tosiendo y hoy no irá al cole.
Tu sobrino también está malo y, ya puestos, ampliar la enfermería no es un trastorno sino una optimización de recursos.

Y el coche, al que has recurrido para llevar a Minichuki al cole, estaba sin batería.

Y sí, hoy tenías el día libre, pero todas las señales barruntaban que no iba a ser de vino y rosas.

Conclusión: Quédate en el hogar, como las amas de casa del NO-DO que viste el otro día y que te ha provocado pesadillas.

A saber.

Cuando mi generación, la de los cuarentones, era pequeña, veía los documentales del Régimen como un cuento (chino). Lo que no podía imaginar era que nuestros padres, principales destinatarios de la propaganda del régimen, también escuchaban un cuento (japonés).

Franco inaugurando
No es un gran hallazgo, cierto, pero la otra tarde vi varios nodos de la época y tuve esa revelación. En uno de ellos los vagones del tren cobraban voz y contaban con tono pomposo cómo transportaban las naranjas españolas, "ese producto que nos enorgullece y que atraviesa las aduanas con donaire.." Allí unos soldados alemanes, navajan en mano, comprobaban que no estaban llenas de gusanos.(Y vaya si tenían gusanos, aunque fueran metafóricos)

En otro un ama de casa, yo misma hoy por imperativo de virus y bacterias, mostraba su nevera, "ese electrodoméstico sin el que toda mujer moderna no puede sobrevivir. Un orgullo para un país que despierta y blablabla".

A nuestros padres el régimen les hablaba como a niños tontos, como menores de edad.http://www.youtube.com/watch?v=paojx7PMG10 Como habla la madre Pocahontas a su hijo en el autobús, impostando la voz hasta el paroxismo. Y el niño la mira con cara de serial killer a punto de manifestarse, pero no lo hace porque va asfixiado con su verdugo azul marino. Y con los años desarrollará un rencor silencioso. Y como no puede matar al mensajero tratará de eliminar el mensaje. Pero con un poco de mala suerte será tarde y el sistema comunicativo para tarados mentales lo aplicará a su prole, y así de generación en generación.

Vuelvo, una vez más, al lenguaje y sus peligros. A la manipulación encubierta de proteccionismo. El régimen te cuida, mujer de la casa (porque lo tuyo está intramuros, no te desmandes), el régimen te provee de naranjas y de alta tecnología. No pienses. Déjate acunar por las ondas, escucha Ama Rosa y todas las radionovelas que te impregnan de los vapores de un mundo de luz y de color. Lee revistas de evasión, entrégate al primer hombre que se cruce por tu ventana y ve con él al cine y aprende. Aprende a exaltar los barrotes de la cárcel donde vives, que en realidad es un palacio con el suelo brillante gracias a que te has deslomado para frotar y frotar.

No deliro. Toda una generación se labró con mensajes envenenados que hoy, vistos con varias décadas de distancia, parecen inocentes. Ese vagón parlante que atraviesa Alemania. Esa nevera de última generación que te hará libre y feliz.

Cuidado con los cuentos chinos. También con los de hoy. Cuidado con los relatos que siguen vendiéndonos a una Alemania que busca nuestros gusanos en la fruta y decide el futuro de Chipre, por ejemplo. Cuidado con las madres que creen que sus hijos son imbéciles porque abultan poco. Ojo con los discursos exaltados de algunos Telediarios que defienden algo parecido a la formación del espíritu nacional.

Los virus, ya veis, se están apoderando de mi mente. Creo que debería preparar unas magdalenas o algo. Como esa mujer del NODO. Feliz y despreocupada en su condición de eterna menor de edad y border line.




lunes, 18 de marzo de 2013

MI PADRE ES UN HOMBRE BUENO QUE ARREGLA COSAS

Desde ayer, mi padre anda preparando macarrones para celebrar su día, que en realidad es mañana. El tiempo, ese gran tirano, se ha hecho flexible por imperativo político y hoy nos juntará a una mesa donde los hidratos y las grasas vencen siempre por goleada a las verduras y a la fruta.

Mi padre se relaja cocinando. Mi padre se estresa en la cocina. Para él, un campo de batalla donde los muertos son cacerolas, tenedores y badilas que chorrean aceite. Mi padre lleva viviendo solo muchos años, pero su casa siempre parece huérfana de una mano de mujer de las de antes. A mí esta evidencia me entristece cuando entro en ese piso grande, que fue de mi abuela, y todo está tal y como ello lo dejó.

-Papi, abre un poco las ventanas, que aquí apesta a tabaco.
-Imposible, hija, si sólo fumo en la terraza.

Mi padre miente como un bellaco para relajarnos, ahora lo sé. Asegura que cena verduras cada noche y que camina dos horas diarias. No miente cuando dice que lee, porque todos lo hemos visto devorarse las páginas de un libro tras otro, novela histórica o serie negra, en una lectura vertiginosa que no impide que se quede con lo esencial. "Papá, es imposible que ya te hayas terminado esa novela". Y él te mira entonces de soslayo, finge que no te oye y te pregunta qué te parece el vino rosado que ha puesto.

Me atrevería  a asegurar que todos detestamos el vino rosado, esa mariconada con perdón que ni es una cosa ni otra. Pero nadie osa criticar, y se brinda y se bebe. Y él no para quieto a la mesa. Se levanta, busca una fuente. Se sienta, te sirve más de la cuenta. Se enfada si comes poco. Reparte sarcasmos bienintencionados y se le ve feliz, con todos alrededor. Pero agobiado por las voces, por las conversaciones cruzadas de una familia numerosa que no escucha, pero ríe a carcajadas.

Siempre he envidiado a esos padres que orientan, que trazan una sombra alargada a la que uno se agarra si vienen tempestades. Ya no. Uno es el fruto de la adaptación a padres defectuosos, que es lo que somos casi todos. Ser padre, ser madre, es como correr la marathón sin haberse entrenado.  Una prueba y error que no termina. 

Diré que mi padre es una caja de secretos trepidantes que hemos ido descubriendo y que aún no se ha cerrado. Es un hombre que siempre está dispuesto a ayudar a los demás. Un tipo al que quiere todo el mundo. El suegro que siempre cae bien a mis novios y a las parejas de mis hermanos. El autor de esa frase mágica "la perfección no existe", que cuelga torcidas todas las estanterías, sí, pero que arregla cualquier aparato que se rompa aunque nunca antes le haya visto las tripas. El abuelo al que adoran mis hijas aunque lo ven poco porque siempre desaparece, huye, se exilia a otros paisajes.

Mi padre es un hombre bueno y desastroso que arregla cosas y nunca pide nada. Eso es lo que es. Y hoy es su día. Y lo celebraremos comiendo macarrones y bebiendo horrible vino rosado. Tan contentos.

Feliz día a todos los padres imperfectos.






sábado, 16 de marzo de 2013

UNA CUESTIÓN INCÓMODA

El padre de P. hacía ayunar al pez familiar los viernes de cuaresma. "Si yo no como, tú tampoco", debía pensar. Y así, con rugidos estómago, la familia vivía la Semana Santa como dios manda. Unidos en la frugalidad y el deseo.

La religión, en tiempos de agnosticismo, suele dar lugar a fricciones, también con amigos y allegados. Y a las pruebas me remito:

-¿Qué os parece el nuevo Papa?
-Un hijo de puta, como todos.

Si te responden así, no te queda otra que callar porque el listón de cualquier posible relato cae al saco de la bilis más pringosa. Menos mal que siempre hay acontecimientos que equilibran la balanza. Esta vez la conversación transcurre a la mesa, entre amigos.

-¿Qué os parece el nuevo Papa Francisco?
-Me encanta. Creo que lo ha elegido el Espíritu Santo.

Papa Francisco
Estupor. Pero no exabrupto porque en esa mesa se respeta la fe ajena. Sin embargo, hay quien apunta una chanza con aleteo imaginario, y la mujer que mentó a la paloma se siente obligada a defender su fe. Y lo hace con vehemencia, y me sorprende porque pocas veces he asistido a un alegato similar. Y me parece bien, porque no creo que corran buenos tiempos para los que creen. Y es valiente hablar de dios ante quienes no lo ven, no lo sienten ni lo oyen.

-¿Qué os parece el nuevo Papa?, me atrevo a lanzar en otra mesa, la tercera. Cinco hombres. Dos mujeres. Cinco gays que tienen sobrados motivos para el exabrupto porque Francisco ya se ha mostrado contrario al matrimonio entre personas del mismo sexo. Da igual que se amen, (¿quién dijo que el matrimonio era por amor, señora Iglesia?). Pero esos cinco hombres encantadores y educados que se aman, por cierto,  no se lanzan al ataque fácil, sino a la discusión tranquila e inteligente sobre si el Papa coqueteó o no con la dictadura argentina.

-El Telediario se ha dedicado a lavar la imagen del Papa, ¿lo habéis visto?, reta A.

Torrijas
Lo hemos visto. Lo que no impide que P., hijo del hombre que somete al pez a ayuno involuntario, confiese que ama la liturgia como espectáculo bello y proponga que vayamos a una misa en Semana Santa. Y entonces yo proponga que asistamos a un concierto de música sacra en alguna iglesia, uno de mis placeres secretos favoritos. Y luego comamos torrijas como amigos que somos. Y celebremos que lo que define la amistad es la aceptación de lo que piense el otro, aunque no coincida con lo que pienses tú. Que sentirse cohibido por pensar con libertad no es ser libre, sino adaptado como el pobre pez a su pecera.

Así arranca este sábado regurgitante de intolerancias y con la música de El Mesías de Haendel a todo trapo en el salón de mi casa. Lo más cercano al paraíso que uno puede tocar cuando se encierra en cónclave voluntario consigo misma. Si estás ahí, Ora pro nobis.


viernes, 15 de marzo de 2013

¿CÓMO ES TU JEFE IDEAL?

Mi amigo M. anda entrevistando candidatos a jefe. A jefe suyo, quiero decir. El mundo a veces es al revés. Gloriosamente reversible. No ha puesto un anuncio, pero la cosa vendría a ser así: "Se busca jefa organizada y firme, que no me dé la razón sino que me cuestione y lleve mi agenda con mano de hierro". 

-¿Y por qué tiene que ser una mujer?, le preguntamos.
-No sé...Porque lo mismo me cuesta obedecer a un hombre. Lo de los dos gallos en el gallinero, ya sabéis.

Sentados a la mesa, los amigos aventuramos hipótesis sobre su preferencia por la mujer. "Eres un seductor nato, aunque no pretendas ligártela sí te gustaría que cayera en tus redes", expongo.

-No sé...

Mi amigo M. relata enseguida que ha entrevistado a una jefa potencial que, oh milagro, le ha criticado su página web, con lo que ha pasado con éxito la primera criba. Sin embargo...

-Sin embargo tiene dos problemas. Habla demasiado y se pone ella como ejemplo todo el rato.

Ahí le entendemos unánimemente. Un jefe, una jefa, que habla demasiado es una tortura. Mejor una sordomuda, dónde va a parar, que te mande por whatsapp los imperativos de agenda y se acompañe de una bocina para avisar la entrada en tu despacho, como Harpo Marx.

Los Hermanos Marx
Pero no.

Unos días antes recibo la llamada de un ex novio. Su socio busca a una mujer de menos de treinta años para un trabajo periodístico. Immediatamente se me enciende un piloto.

-¿Puede saberse por qué quiere una mujer, y además tersa?
-Mejor te paso con él y lo habláis.

Averiguo que considera que las mujeres son más trabajadoras, más meticulosas. Y la quiere joven para que esté en el mundo, familiarizada con Internet y las nuevas tecnologías. (Me muerdo la lengua viperina y generacional para no preguntarle si cree que las de cuarenta escriben en Olivetti, no-te-jode). En su lugar...

-Entiendo, sí, pero ¿vas a pagarle bien por sus servicios?

Me doy cuenta, rebobinando la semana, de que he desconfiado dos veces porque se diera prioridad a la mujer, cuando a menudo sucede al contrario. Uno tiene más preparado el argumento para atacar una candidatura que beneficia el perfil masculino. Uno suele buscar subordinados, no jefes. Uno, con los años, prefiere a las personas que hablan sin desparramar palabras tontamente. Que no mienten ni manipulan. Y que no se ponen de ejemplo de nada porque con los años han aprendido la doble teoría de la relatividad: siempre hay alguien que nos supera. Y nunca nos vemos a nosotros mismos con la suficiente perspectiva.

Y, ya de vuelta a casa, en el taxi somnoliento, me pregunto: ¿Me contrataría a mí misma como jefa?

Y miro hacia otra parte, mientras la radio del coche vomita los acordes de "Born in the USA".




jueves, 14 de marzo de 2013

MIEDO A QUE TE DEJEN

A veces la fragilidad se esconde en el escobero. Ese armario que era imprescindible antes y que en las ciudades no se nombra, como no se nombran la alcoba o el altillo.

La vida de una mujer moderna, pongamos, que barre poco y detesta tender la ropa o vaciar el lavaplatos (siempre me dio pereza decir lavavajillas, me parece un upgrade innecesario) se sustenta en el cariño y la lealtad de los suyos, la estabilidad laboral, unas cuantas carreras por el Retiro, pequeños chutes de arte, lectura y escritura y... un hada madrina por la casa que ponga en orden su caos. Poco más.

Pero si el hada madrina se revuelve, la cosa se pone fea. Y la mujer moderna, esa que jamás suplicó por amor, ahora lo hace por retener la magia del hada. Y se levanta antes para recoger la casa e insta a su prole a que arreglen sus habitaciones para que cuando ella llegue todo esté en orden. Que es lo mismo que conducirle el autobús a un conductor. Y llega el delirio a tal extremo que la mujer, angustiada por un potencial abandono, externaliza otras tareas que sabe que al hada le desagradan. Y sólo le falta ponerle un trono para que descanse de cuatro a cinco.

El miedo a que te dejen. Ahora lo entiende. Comprende que hay personas que se aferran a otras como lapas y en el camino hacen el indio. Y no les duele. Tú querías una ayuda en casa para planchar y te has encontrado sujetándole con la espalda la mesa de la plancha. Un desatino.

Luces de Bohemia. Fundación Mapfre
Y ayer, a mediodía, la mujer pensaba sobre el asunto recorriendo la magnífica exposición de la Fundación Mapfre titulada "Luces de Bohemia". Presunta hermana pequeña de la más rimbombante y no menos magnífica "Impresionistas y postimpresionistas". Y se daba cuenta de que sin orden en el armario no hay orden en la cabeza -eso que decían las monjas-  que la belleza y el prodigio son antídotos contra la desazón. Y que la mejor compañía cuando te abandonan puede ser un Degás, un Manet, un Van Gogh o un Fantin-Latour, aunque no te abracen.

Y que es absurdo mantener en casa a quien quiere irse, como es absurdo intentar que te ame quien no te ama. Que las personas que están para quedarse no necesitan que les dejes el salón con los cojines recogidos y la pila libre de platos y cucharas. Que el escobero, ese gran invento, resume esas tareas que antes tenían que hacer las mujeres por imperativo doméstico y que  si hay que ir se va. Pero que hacer la pelota a quien uno paga por esa función específica es patético. Innecesario.

Y que las hadas madrinas no existen. Escaparon del cuento hace muchos años. Y se han quedado a vivir entre pinturas de grandes maestros. Paraísos que les templan el alma y les cuentan historias. Esas nanas contemporáneas con las que las mujeres modernas calmamos nuestros miedos.




miércoles, 13 de marzo de 2013

DROGADICTAS CON COARTADA

Una señora de edad indefinida entre los setenta y la muerte entra en la farmacia. Lleva rellenos de todo tipo en la cara, el pelo impecable de peluquería y un cigarrillo con delicada boquilla de plata en su mano derecha, terminada en uñas larguísimas de buitre leonado teñidas de color mandarina.

-Deme la vitamina-12 más fuerte que tenga, esa que lleva triptófano.

La farmaceútica no entiende. ¿Perdone? Hay varias vitaminas B-12, pero con triptófano no tengo.

-Pues la que yo tomo sí lleva, y me duerme, que yo paso muy malas noches.

Otra señora, que acaba de entrar, estira las antenas.

-Yo tampoco duermo, me va a perdonar que intervenga, y lo que mejor me va es el Myolastán. Mano de santo.

La farmaceútica, alarmada: "Señora, eso es un relajante muscular muy fuerte, capaz de tumbar a un caballo"
Yo: "y creo que lo han retirado..."
-Pues yo pienso seguir tomándolo, aunque relinche y me lo tenga que comprar en la Internet...

La de los rellenos asiente. "Cuando una encuentra algo que funciona, no debe hacer caso a los médicos ni a nadie" (mirando de soslayo a la farmaceútica, que a su vez me mira a mí buscando un poco de comprensión).

-Verá, lo de la B-12 lo he comprobado después de intentar con la Dormidina, eso que toman las azafatas y no te hacen ni caso en todo el vuelo, aunque vayas en primera.
-¿Quiere Dormidina? (solícita, la farmaceútica)
-No, que no me duermo pero encima me paso todo el día siguiente atontada.
-Ya..., es que en realidad es un antihistamínico que daba mucho sueño y lo convirtieron en sedante sin receta. Porque no crea adicción.

En este punto, intervengo.

-Pues no creará adiccion, pero si lo tomas cuatro días al quinto no te duermes a pelo, se lo digo yo.
-¡Eso!, tercia la del Myolastán. Donde esté mi Orfidal, que se quite todo. Lo tomo desde 1997.
-Hombre, no sea usted tan radical, trata de reconducir la farmaceútica. Cada medicina es para lo que es. Y los antihistamínicos de ahora ya no te duermen.

Y como ese es mi tema, sentencio justo antes de salir:

-Eso no es así. Yo tomo Atarax para dormir como un tronco. Media pastilla y te sientes Janis Joplin en pleno vuelo. Buenas tardes, señoras.





martes, 12 de marzo de 2013

FUMATA BLANCA, FUMATA NEGRA

La Anunciación Fra Angelico
Me fascinan las palabras cónclave, concilio, deliberación, fumata... Cuando nací reinaba PabloVI y mi madre lloró su muerte, aunque por entonces ni siquiera iba a misa. Yo tenía diez años, pero me recuerdo pegada al televisor cuando la fumata blanca anunció a Juan Pablo I, ese Papa misterioso y con cara de bueno que murió en extrañas circunstancias. En mi imaginario de entonces, lo que ocurría en el Vaticano, intramuros de la capilla Sixtina, era una conspiración en toda regla. Y el espíritu santo pasaba por allí, pero no se quedaba a cenar.

El boato eclesiástico es un espectáculo con tintes de thriller. Pienso más en El nombre de la Rosa que en Las Sandalias del pescador, dos versiones del misterio que ocultan conventos e iglesias. Recuerdo El Tormento y el Éxtasis, esa película en la que el Papa Julio nosé-cuánto se pasaba el tiempo metiéndole prisa al pobre Miguel Ángel, subido todo el rato a un andamio.  La niña curiosa que yo era imaginaba  que lo castigaba a buscar a Dios en las alturas, porque a ras de suelo no había manera de encontrarlo.

No sé si los cardenales que se encierran desde hoy tendrán escaleras para llegar al cielo, a lo Led Zeppelin. Me mata la curiosidad por saber de qué hablan cuando se cierran las puertas con esa ensayada solemnidad. Me pregunto si lo hacen para que el pájaro del espíritu santo no pueda escapar por alguna rendija, angustiado por los pecados del mundo allí representados. Quisiera saber si rezan, exponen sus candidaturas con impecable retórica, se miran de reojo si no son parte de la terna favorita, hacen chistes sobre el venezolano, ensayan psiquismo con Ratzinger o se miran la punta de los pies como maniobra de extremada concentración.

Y luego escogen una papeleta, se enconmiendan a dios y a los santos y la dejan caer en la urna, donde una voz de ultratumba pronuncia: "Vota".

El tormento y el éxtasis
Y así una, dos, tres, cuatro veces. Hasta que el resultado es concluyente y se abren las puertas del cielo, y una rayo se proyecta sobre la cabeza del elegido, como en La Anunciación de Fra Angelico, y alguien enciende la chimenea.

Habemus Papam.

Y el elegido se echa las manos a la cabeza, porque le espera una misión imposible que ya la querría Tom Cruise para sí, en versión Cienciología. Y ese hombre de más de sesenta años necesitará la fuerza de un titán para convencer al mundo de que la Iglesia católica no es un nido de avaricia y de pederastia, sino una comunidad de todo un poco donde los buenos se han dormido en los laureles mientras los malos hacían de las suyas.

Imagino en mi delirio que ese Papa nuevo expulsa y castiga a los que se han aprovechado de los débiles, y vende una parte de las riquezas vaticanas para aliviar el dolor de esos pobres por los que clama en las homilías. Y se arrodilla y se ofrece para mediar en los conflictos. Y deja de condenar a los divorciados, a los que utilizan anticonceptivos, a los que no hacen daño a nadie. Y deja de considerar a las monjas ciudadanas de segunda. Y vuelve al Evangelio, a las primeras palabras. Y perdona. Y ama.

Pero es demagogia fruto de la excitación por el cónclave, claro. Una nunca se ha resistido a la magia de una chimenea. A la lumbre y al fuego. Al misterio y a los relatos de intrigas vaticanas.


lunes, 11 de marzo de 2013

EL BESTIARIO

Me sentaron en una mesa llamada "El Bestiario". Lo ponía bien claro en una tarjetita negra y cuadrada que perdí de inmediato. Entendí en todo momento "El Infierno" y me pasé la fiesta  buscando a Mefistófeles, sin éxito.

Para mí, el Bestiario siempre es el de Josep Ramoneda, el hombre con el que me acuesto muchas noches. Tan solemne, tan catalán, tan dado a las sentencias, tiene una voz lenta y áspera que me acuna al final del programa que escucho. Y aunque no siempre estemos de acuerdo, me dejo llevar y le hago un hueco a mi costado inquieto, y a veces sueño despierta sus frases recitadas al bies. Portal de entrada a largos insomnios que, bien acompañada, no son tan malos.

Cuando duermo poco suelo confundir algunas palabras. Otras se me resisten, como invernadero. Decía siempre estufa fría, como en las guías de viaje. Hasta que aprendí un truco nemotéctico para no sufrir molestas lagunas. Ahora uso invernadero en demasía, aunque no haya plantas ni ambientes húmedos a mi alrededor.

Esta noche insomne he soñado con Ramoneda. He habitado en el Infierno. He pensado en "El laberinto del fauno", esa película que juraría haber visto pero que no vi hasta hace dos días. He tenido pesadillas con un tipo gordo en bañador que se hacía con la audiencia a base de tirarse de un trampolín en un programa absurdo de televisión del que habla hasta mi adolescente, que no lo ha visto ni lo verá.

Y en mi insomnio he pensado que no pienso citar el programa con su nombre porque la estupidez humana no merece campañas gratuitas. Y que espero que esas audiencias sufran calores del infierno por atiborrarse de bazofia para vomitarla después en las redes sociales.

Y que no dormir me pone de muy mal humor. Como una bestia del bestiario de mi amigo Ramoneda.


domingo, 10 de marzo de 2013

ELOGIO DEL HEDONISMO

Las grandes decisiones de la vida a veces son pequeñas, aparentemente banales: "¿Cambio el parquet flotante o me voy a la Rivera Maya?"

Lo que necesito o lo que me produce placer. Aunque sea un placer volátil.

De eso versaba anoche una conversación de grandes amigas en mi cocina. Creo que las cocinas propician los mejores relatos. Quizás porque carecen de la solemnidad del salón. O porque huelen a guiso concentrado, a afanes de puchero o thermomix -seamos contemporáneos- O porque nadie miente delante de una encimera repleta de viandas, cuchillos con el filo manchado y latas de cerveza camino del reciclaje.

Ser práctico o manirroto. Esa es la cuestión. Creo que en tiempos de crisis producen extremada complacencia ciertos manotazos sobre la mesa. Un derroche inesperado que te deja la cuenta corriente tiritando segundos antes de que la culpa se asome por debajo de la puerta.

Mariscada
Recuerdo a una pareja de amigos que contaban que en sus primeros años de casados vivían al día con la despreocupada sabiduría de quien confía en el porvenir, es joven y ama. "Cuando nos quedaban tres mil pesetas en la cuenta nos arreglábamos como estrellas de cine y salíamos a tomar una mariscada con su vino", relataban. Y así, borrachos y felices regresaban a casa a la espera del maná que caería después. Confiados en que el devenir se fijaría en ellos. Tan jóvenes, tan guapos y tan aguerridos.

Yo por entonces era una jovenzuela calvinista que se había emancipado muy pronto y que con su primer sueldo pagaba alquiler y alrededores. Nunca en mi vida he mirado tanto el dinero. Apuntaba con pulso de contable minucioso cada entrada y cada salida de mi cuenta, y el relato de los del marisco me parecía un ejemplo de arriesgado dispendio que hoy, sin embargo, encuentro adorable y hasta necesario.

Riviera Maya
A veces hay que poner todas tus fichas en una casilla del tablero, y girar la ruleta con absoluta fe en que caerá en tu número y en tu color. A veces hay que elegir la Riviera Maya y no mirar el suelo desportillado de tu casa. El hedonismo como religión sin mandamientos ni castigo (querido J.E, esto va por ti). Un contable, admitámoslo, es una figura gris que siempre imaginas con el pelo lacio y caspa sobre los hombros. Y que no se me enfaden los contables. Una es fruto de sus películas, sus lecturas y los personajes que contempla o imagina.

Gaudeamus Igitur sigue siendo hoy, aunque hace años que dejé la universidad, uno de los himnos de mi vida (El otro es I´will survive, de Gloria Gaynor).

Y la cocina es ese templo donde acojo a mis amigos y me abro de orejas para que no se me escape ni una frase, ni un suspiro que pueda devenir relato o caldo para abrigar noches de invierno.

Y así pasan las horas, y las noches, alumbradas con el chupchup de un puchero imaginario que calienta los estómagos y los corazones de quienes ya están preparando ese viaje. Ese dispendio necesario, cuestión de vida o muerte. Y mañana... dios dirá. 




sábado, 9 de marzo de 2013

AMAR EN OTRO IDIOMA

"Siempre he estado seguro de que el ratón que escapa de la trampa vuelve cojeando a casa con nuevos e infalibles planes para matar al gato". El periodo azul de Daumier-Smith. Nueve cuentos. J.D.Salinger

Encuentro que una buena forma de arrancar este  sábado lluvioso es desayunarse un Salinger. Algo breve, contundente, que te deja el cuerpo sembrado de ondas, como piedra lanzada sobre un mar calmo.

Últimamente muchas de las conversaciones que he mantenido han sido sobre las palabras. Hoy en El País, el sugerente artículo Lo que la cháchara esconde cita a Macondo y la entronización del eufemismo.

 “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

Cena social con un hombre portugués y encantador a mi diestra. Habla perfecto español con ese deje suave y cadencioso de nuestros vecinos de puerta, que han aprendido entre suspiros de fado y versos de Pessoa. Me cuenta que ha vivido en Londres, Nueva York y Brasil por temporadas. Está ávido de palabras y no quiere usar una por otra. Coincidimos en el amor a Lisboa, a Évora, Oporto, Braga, Guimaraes, y en la urgencia de profundizar en el lenguaje para entrar a fondo en la conciencia.

Évora
-Tengo una teoría altamente rebatible, le confieso, y enfatizo lo que vendrá con un sorbo de vino blanco.

(Debo decir en este punto que prefiero siempre el tinto. En mi ignorancia de los vinos, encuentro en el blanco matices de brujo, notas diabólicas que me llevarán a un laberinto que no entiendo. El tinto, en cambio, me proyecta por calles y empedrados inteligibles, contundentes y sin ambigüedades torticeras).

-Las parejas con diferente idioma no profundizan. No llegan a mostrarse tal y como son, sino tal y como se construyen. Amar requiere el dominio del lenguaje.
-Estoy completamente de acuerdo, y podría contarte algunas experiencias personales al respecto...

(Hay quien ama en francés y odia en italiano. Y para la pasión tanto da, es un lenguaje universal que se agota a la mañana siguiente. Y entonces ¿qué?). 

Avanza la cena. Le cuento a mi partenaire luso  que voy a escribir un relato sobre el tema.  "Manual para parejas sin palabras. Una historia de decepción y fracaso". Se ríe y apoya la moción de inmediato.

En otro idioma uno es una construcción de su yo, pero no su yo más íntimo. Y asumo que habrá mil parejas mixtas que rebatan esta frágil afirmación postsalingeriana y cafeínica.

Pero llueve ahí fuera. Llueve mucho, con impertinencia, y el agua invita a quedarse y elucubrar en español, o en castellano.

Termino ya. Me irritan las personas que manejan el lenguaje con descuido. Me gustan los hombres que no dicen una palabra por otra. Me divierte mirar bajo la alfombra de los discursos, detectar eufemismos, artilugios complejos que esconden verdades simples.

Las palabras nos delatan. Ojo con ellas. Y, como el ratón herido, siempre vuelven a intentar asesinar al gato de la impostura.










jueves, 7 de marzo de 2013

AMANTES PASAJEROS

Conocí una mujer que presumía de amantes. Los llamaba sus "fijos discontinuos". Para enjugar su soledad preparaba recetas de cocina que nadie se comía. Los amantes, al parecer, nunca se quedaban a cenar en casa. O cuando lo hacían era tan breve que apenas daba tiempo a desdoblar la servilleta.

Una noche esa mujer dramáticamente sola nos contó a las demás trucos de seducción muy noveleros que, según ella, practicaba con éxito. Por ejemplo, volver de baño y meterle al amante unas bragas en el bolsillo de la chaqueta. A las demás nos entró la risa. Yo directamente intuí que mentía. Que trataba de adornar con literatura erótica barata su insondable vacío.

No he visto la película de Almodóvar pero Los amantes pasajeros me parece un título sugerente, como acostumbran a ser los del director. En realidad, todos los amantes son pasajeros, se queden o no se queden a cenar en casa. La provisionalidad es lo que presuntamente convierte cada encuentro en una mascletá.  Pero en real life no conozco demasiada gente feliz en su condición de amante. Un amante es un ser a salto de mata que espera una llamada, un whatsapp, para reactivar su corazón.


Una de mis amigas me relató el otro día cómo su ex, con el que rompió hace tiempo, le acababa de confesar al detalle los cuernos que le había puesto con una amante. Hoteles, viajes, revolcones y llamadas intempestivas. Me pareció innecesario y cruel. Lo que había estado  negando sin parar mientras la relación agonizaba se convertía en un relato con título, subtítulo y dolorosos sumarios que a mí me revolvieron el estómago.

Pensé que la figura del amante está sobrevalorada por altamente literaria. Pero cuando cobra vida suele dejar un reguero de frustración. Y entonces te da por preparar fideguá a las seis de la mañana. Y por inventarte lances en ropa interior bastante grotescos.

Sospecho que la sonrisa vertical, en ocasiones, se vuelve mueca.

Leo hoy una entrevista a Jorge Herralde, editor de Anagrama al que admiro, donde menciona una novela de amantes que me fascinó en su día: "En los años 80 se dio el llamado best-seller de calidad que nosotros vivimos, por poner uno de los muchos ejemplos, con "Bella del señor", de Albert Cohen, un libro de 800 páginas de autor desconocido y que se convirtió en un best-seller, eso ahora es radicalmente impensable. Ha habido un proceso de banalización general de la cultura, ha pasado también en el mundo del cine".http://www.sumacultural.com/201302199555/herralde-ha-habido-un-proceso-de-banalizacion-general-de-la-cultura

Bella del Señor narraba los efectos de la pasión desatada. Del impulso por encima de la reflexión y la supervivencia. Hablaba de humillación y dolor extremos. Hablaba de los celos devoradores. Era una novela no apta para espíritus hiperestésicos, diríamos, que terminabas deseando no sentir nunca esa sensación voraz y destructiva. No  he podido olvidar el suspiro que pegué tras cerrar la última página. Muchas veces he pensado en releerla, pero no lo he hecho.

En Bella del señor nadie le mete a nadie la ropa interior en la chaqueta, querida, ni tampoco cocina recetas exóticas para quien no vendrá. Pero tiene ingredientes que se te atragantan.

Con los años he entendido que un amante es alguien que nunca te lo dará todo. Y es perfecto cuando eso es lo que uno espera.  Pero casi todos, en el fondo, soñamos con sentirnos únicos y excepcionales para alguien, en algún momento de nuestras vidas.

Y esto no es nada literario ni será nunca una trama de Almodóvar.

"Tambaleándose, y con un frío invadiéndole, la dejó en la cama y se echó a su lado, besó el rostro virginal apenas sonriente, tan bello como la primera noche, besó la mano aún tibia pero grávida" (Bella del Señor. Albert Cohen. Anagrama)



 




miércoles, 6 de marzo de 2013

LAS IMPERFECCIONISTAS

Muchas mañanas coincido en el autobús con una madre. Es corpulenta, de gesto adusto y fuma a profundas caladas mientras sus dos hijos, de unos ocho y once años, se miran las puntas de los zapatos, cargados con enormes mochilas. No hablan.

Una vez en el autobús y liberada de la carga del tabaco, la madre examina al mayor. Unos días es inglés, otros conocimiento del medio, los menos, lengua. Le hace las preguntas con un tono severo de Rottenmeyer desubicada, y el niño responde como si le fuera la vida en ello. Si se equivoca en una palabra, aunque emplee un sinónimo, la forzuda se lo hace saber con aspereza.

-La Constitución española se creó en 1978.
-No se creó. Se APROBÓ.  Mal, lo dices mal.

El niño, contrariado, repite "aprobó" tres veces al cuello de su camisa, bajo la mirada reprobatoria de esa mujer a la que entenderéis que dan ganas de estrangular. El más pequeño, a su lado, resopla por su suerte aunque sabe que en pocos años será sometido al escarnio de la memorieta. Ese método de estudio tan estimulante que nos convierte en robots  incapaces de generar pensamientos propios, pero sí de albergar rencor infinito contras los dictadores que imponen la ley.

Vuelvo a la madre. Ese paquidermo de mi edad que cree dominarlo todo y a quien se le escapan abundantes laísmos cuando habla por teléfono. Ganas me dan de intervenir en un acto de liberación del pobre Willy, pero me limito a lanzar exabruptos mentales. Porque la Constitución, esa que fue aprobada en 1978, ampara su derecho a la libertad de expresión, aunque sea una mala expresión. Y su condición de madre ampara el derecho a corregir a sus hijos como le venga en gana, mientras no emplee la violencia, presuntamente.

Y me pregunto qué tipo de complejo tendrá la corpulenta para necesitar desesperadamente que su hijo recite las frases que otros pensaron. Y por qué muestra tanta rabia al preguntar la lección. Y si es tan perfeccionista, que lo dudo, por qué no se estudia -de memoria- el leismo, laismo y loismo y dedica los viajes en autobús a alentar a su hijo en lugar de a convencerle de lo mal que se lo sabe.

Como madre imperfeccionista que soy me declaro enemiga de las madres (y de los padres) que se miden a través de sus hijos. Que se frustran si ellos no alcanzan esas metas que su fantasía ha imaginado para ellos. Que no entienden que ser padre no es ser carcelero. Que tu hijo muchas veces te supera aunque lo haga con una discordancia verbal, una disonancia fonética, un exabrupto.

Y que lo mejor del camino al cole con un niño de diez, de once años, es que aún se deja acariciar, y que te besa con ganas y que, a pocos metros de la puerta del colegio, se vuelve para decirte un último adiós con la mano. Y ese momento es tan pleno,  que no lo encontraremos definido en ningún libro del cole pero se manifiesta en el latido redoblado del corazón. Y se evapora mientras tú fumas con ansia un cigarro en la parada, so gorda.