martes, 30 de abril de 2013

LOS CUARENTA SON LOS NUEVOS VEINTE

Mi amiga C. ha vuelto a vivir a casa de  su madre. Tiene 47 años, un trabajo de freelance que se tambalea y una asombrosa capacidad para hacer las maletas y cerrar la puerta tras de sí.

Algunos lo llaman reinventarse. Y sí, es un eufemismo cruel.

Mi amiga C. ha tenido que alquilar (otra vez) su propia casa para sobrevivir. Y ha vuelto al domicilio materno. A las camitas gemelas y la cena en el plato a la hora.

Los 47 son los nuevos 20.

Se habla tanto de la catástrofe del paro juvenil que mi amiga no va a salir en el Telediario como adalid de un peterpanismo forzoso que obliga a adultos maduros e independizados desde hace más de 25 años a agachar las orejas y regresar a las normas y al poster de Los Pecos en la habitación.

Los 47 son los nuevos 15.
Nuevas Lolitas de 40


Mi amiga C. se teme que una mañana amanecerá con acné y nos dirá a las amigas "ay tías, que horror" o "eres una acoplada" o "no te motives". Y, como la adolescente que vuelve a ser, se encerrará en su cuarto mientras su madre aporrea la puerta porque es hora  de quitar la mesa.

Los 46 son los nuevos 12.  Y si una noche tiene pesadillas mi amiga puede que llame a su madre.

Pero su madre se acerca a los 80 años y no está para cuidar, sino para que la cuiden.

Así que mi amiga, angustiada por su nueva situación, se echó a la calle y buscó un colegio mayor. Un reducto de estudiantes -sus nuevos coetáneos- y pidió que le mostraran una habitación. "Era una caja de cerillas con una camita estilo rústico, un pupitre de cole con flexo verde grisáceo y un lavabo dentro del armario que el director me mostraba con orgullo. El váter es compartido, pero por veinte euros la noche qué más quiero".

Mi amiga C. dormirá con sus nuevas compañeras en un colegio con cama rústica de 90 centímetros cuando no pueda más de convivir con su madre, a la que por suerte adora.

-¿Y te dejan subir novios a la habitación?
-Ay, que se me ha olvidado preguntar!!!

Lo irónico de la situación es que el regreso a los veinte cuando pasas de cuarenta no se acompaña de ese aleteo nervioso del "toda la vida por delante". La incógnita de lo que vendrá. El polvo atropellado en la trasera de un coche. Los apuntes compartidos. La sensación jubilosa de que todo  es excitante como una feria de pueblo una noche de agosto.

A los cuarenta y tantos eres una mujer que ya ha vivido. Ya se ha equivocado. Ha amado apasionadamente y ha roto estrepitosamente. Tiene la piel menos tersa, un inevitable escepticismo en la bondad del ser humano, de algunos seres inhumanos. Sabe que las oportunidades llegan o se entretienen por el camino, sabe que los colchones de muelles de un colegio mayor crujen cuando te mueves. Que el mercado laboral es una bestia que te aparta a empellones y cuando te abre las puertas quiere que seas un esclavo y le vendas tu alma y tu destino.

Sabe que cada vez que meta la llave en la cerradura de casa de su madre tendrá ganas de llorar. Porque volver a la casilla de salida siempre fue un castigo en el Juego de la Oca.

Y el futuro, ese que a los veinte contemplaba subida a una nube, despreocupada y feliz, es ya puro presente, con ciertos matices tristes de pasado.

El tiempo, el implacable, el que pasó...

(Dedicado a todos mis amigos que han tenido que inventarse otra vida pasados los cuarenta. Todo mi ánimo, mi cariño y un enorme respeto porque sois pioneros. Lo somos todos, pero nadie nos lo había contado)




lunes, 29 de abril de 2013

EL FILÓSOFO DECLARA

ESPOSA: ¿Todos los peregrinos mueren de diarrea?
PROFESOR: No te pongas empírica, por Dios santo. Es una manera de hablar. Tal vez no lo sepas pero ya se inventó el lenguaje figurado. Me vas a matar de literalidad.
ESPOSA: "El filósofo murió de muerte literal" ¿Cuál es la muerte más digna para un filósofo? Si un cardiólogo debe morir de infarto, ¿de qué debe morir un filósofo?
PROFESOR: De un argumento.


Este es uno de esos dialogos deslumbrantes de la obra "El filósofo declara". Y no he tenido que buscar demasiado porque el borrador está plagado de piruetas de esgrima verbal con altas dosis de humor inteligente que, de no estrenarse en algún teatro español, sería un atropello (una visita breve a la cartelera convence al menos escéptico de que sí, muchas veces se estreña bazofia con coartada de humor de sal gorda, con actorcillos famosos por series de televisión mediocres o temas oportunistas que devienen fantoches con telón).

Rebobino. Tuve la oportunidad de asistir el otro día a la lectura dramatizada de "El filósofo declara". Adaptación de la obra del escritor mexinaco Juan Villoro, dirigida por otro Juan, de apellido Morali, que ama el teatro como a sí mismo. Una sala de Lavapiés, unos pocos invitados y una representación que nos dejó absortos desde la primera frase hasta el fin. Sólo abandonábamos el trance para reír asombrados del humor con escalpelo de un libreto que habla de muchos temas, como capas de cebolla, y que busca productor.

BERMÚDEZ. Las universidades no son lugares de encuentro. Son lugares de representación, teatros de la vanidad. Un campus nunca es un campo. Eso lo debes saber tú, que eres novelista bucólica.

Dos filósofos rivales se reúnen años después de que el uno se haya entregado a la libertad de pensamiento y el otro al marketing social. El primero, casado con la mujer que fue amante del segundo,  vive modestamente como escritor de ensayo. El otro ha escalado a la cumbre del mamoneo representativo. El cargo en la tarjeta. Ha vendido su alma. El uno se atormenta en una silla de ruedas y maltrata con las palabras como látigazos sadomasoquistas a su fiel Clara, que le anunca la visita del fantoche y abre así la caja de Pandora.
Rodolfo Cortizo

(ESPOSA: Oye, ¿quieres que te lama la suela de los zapatos?)

Cuerpo y mente. El ser y el parecer. El amor y el flirteo banal. El poder y la sumisión. Y así podríamos seguir alargando la lista de términos antitéticos que se desgranan en la obra y que sólo dejan de sorprenderte cuando te enteras de que el padre de Villoro es un reconocido filósofo e intelectual mexicano. O sea, que el escritor se ha criado entre parámetros comparativos, teorías hegelianas, fundamentación presocrática y todos los acceorios imprescindibles para enhebrar un discurso cargado de crítica social que no deja títere con cabeza y que, tras zarandearte durante hora y media, te obliga a salir como un zombie a la calle en busca de oxígeno para comprender que, mientras te reías de la agudeza despiadada de esos diálogos, te estaban machacando el hígado.

(PROFESOR. Vivimos en un país experimental. Los mandatarios abren un libro y sienten vértigo. Padecen laberintis ideológica. Les preguntan cuáles son sus convicciones, qué ideas defienden, qué marco teórico los respalda y sienten que la tierra se abre.)

Juan Villoro
Juan Morali ha puesto en escena con gran solvencia a cinco actores a los que vi representar una obra, aunque fuera una lectura dramatizada. El protagonista absoluto, el profesor, encarnado por Rodolfo Cortizo, uno de esos actores que salen al escenario y se lo beben todo con su presencia y una voz tan bien engrasada que piensas que nació para el papel y por fin lo ha encontrado.

Espero que esta obra termine en una sala con público que ha pagado su entrada.  Que un  productor inteligente que sepa ver que todos necesitamos digerir calidad sin grasas saturadas. Que entienda que no es una representación para intelectuales, aunque algunos -los farsantes gafapasteros- salgan malheridos del combate. Que se dé cuenta de que pensar y disfrutar no son antitéticos. Que hay vida más allá del vodevil.

Y que el talento merece un palco bien orientado y el aplauso de un público que jamás es tonto, pero que a veces finge serlo para sobrevivir.

PROFESOR: En la Academia predomina la disfunción eréctil. Cinco de cada tres miembros la padece.
ESPOSA: ¿Cinco de cada tres?
PROFESOR:Tienen un sobrante metafísico, para penes futuros. Penes que aún no reclutan.
ESPOSA: ¿Por eso no desea entrar en la Academia?
PROFESOR: Abusé de las grasas animales. Mi sangre se espesa. Mi cerebro está mal irrigado. Mis neuronas se aíslan. Hay regiones a las que no puedo llegar. Mis dos cabezas han muerto: la de la mente, la del sexo...






domingo, 28 de abril de 2013

COSAS QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR

Tengo un prodigioso talento para olvidar aquello que me da pereza. Odio las listas, pero cuando la desazón del incumplimiento me impide dormir, agarro un trozo de papel y algo que escriba (la barra de labios es el recurso extremo) y procedo con fastidio inevitable:

1-Comprar reloj de cocina. Sigue ahí colgado, varado a las tres y media mucho antes de que entrara en vigor el horario de verano, y seguimos mirándolo por si se lo piensa y vuelve a funcionar. Es un reto para las chukis y para mí adivinar qué hora es.
2-Arreglar el teléfono fijo (llevamos 15 días sin él y no ha pasado nada, pero hay quien se queja de que no estamos. En realidad es cómodo fingir una ausencia prolongada y casi vacacional)
3-Poner pilas nuevas al mando de la tele (a veces cambia el canal, a veces no. Pero cuando sucede nos alegramos como si se hubiera obrado un milagro. Hay cosas que el dinero no puede comprar. Para todo lo demás Mastercard (gran claim, sí señor)
4-Llevar ropa al tinte. Sucia no te la pones, lo que simplifica la tarea de elegir la apariencia diaria.
5-Encargar Nespressos (se acabaron hace dos meses. Tiramos de malas copias de supermercado. Tampoco es para tanto)
6-Comprar el libro "El filósofo declara", de Juan Villoro (de este asunto tengo pendiente hablar en un post. Juan Morali dirigió el otro día una lectura dramatizada tan brillante que salí en trance a la calle y me perdí por Lavapiés. Juan, ¡¡haz el favor de mandarme fotos o video ya!!)
7-Bajarme un programa llamado Endomondo para registrar en el móvil mis progresos a la carrera (me aseguran que te habla al oído: "vas a seis por hora, pedazo de vaga" y cosas así).
Endomondo
8-Pedir cita en el dentista y, ya de paso, en el traumatólogo y en el neurólogo y...(Lo siento, me niego. Todo lo que acabe en "ólogo" ha dejado de interesarme).

Moraleja: casi todo lo ¿necesario? es prescindible. Eso sí, te obliga a manejarte en ciertos parámetros de incomodidad, pero aquí nadie protesta. A lo que nosotras llamamos resistencia o supervivencia mi madre lo llama dejadez, abandono o vagancia. Tanto da. Las chukis y yo hemos decidido que lo verdaderamente importante es que no falte el chocolate para nuestros picos de empalago amoroso (suelen ser nocturnos, mientras deglutimos como podemos a la rubia anodina del Telediario) y agua rica para acompañarlo (poleo, mate, boldo y cualquier hierbajo depurativo).

Tu casa a juicio
Cierto es que llenar la nevera y tachar dos o tres asuntos pendientes de la lista te produce una euforia descomunal. Semejante a que te toque una Bonoloto. A la madre tan imperfecta y poco sacrificada que me habita, invadir el frigorífico con frutas y hortalizas le permitió dormir ayer una siesta de alta competición (faltan la carne y el pescado. Ya están apuntados en mi lista). Hora y media con sueños incluidos que sólo la buena conciencia permite (con la ayuda imprescindible de un tostón de película de George Clooney sin canas de la que debí ver diez minutos, abrí el ojo brevemente cuando era obvio que se liaría con Michelle Pffeifer y pillé los créditos del final (creo recordar que en la banda sonora había una canción de Tom Jones - Have I told you lately?- que siempre prefiero en la versión arrebatada de Rod Steward.

Sí, Rod está en la lista de mis imprescindibles (expresión importada del programa "Tu casa a juicio" (Love or list it), que nos rechifla pese a su cutreformato y a que David nos cae fatal). Y también salir hoy con mis amigas de la universidad a disfrutar nuestro plan estrella: brunch+cine tempranero. Y en mi lista pone: comprobar el recorrido de la maratón. Y vive el cielo que lo haré porque no hay pereza que valga para el reencuentro.

Para todo lo demás...




sábado, 27 de abril de 2013

TÚ ROMEO, YO JULIETA

Romeo y Julieta, Teatro Real, CND
Ser crítico profesional me parece una desventura diabólica e irremediable. Uno llega a la butaca del Teatro Real y empiezan a sonar los acordes de Romeo y Julieta, de Prokofiev, y en lugar de dejar que su espíritu vuele y vibre hasta el aliento, compone un mohín rígido y circunspecto, se distancia de todo sentimiento que contamine la muestra y toma nota de un acorde discordante, un levísimo movimiento fatal del bailarín o la sombra que proyecta una grúa sobre el tercio inferior del escenario.

Convengamos que al crítico le mataron la pasión y le dieron un silbato de árbitro. Qué destino fatal, qué muerte en vida.

Sí, me he levantado tremendista. Ayer fui al Ballet a sumergirme en Shakespeare y en la Compañía Nacional de Danza y, como soy ignorante, me dejé sentir. Los cuerpos de los bailarines dibujando la fatalidad, la frágil Julieta, el voraz Romeo. Y Mad (Allan Falieri), ese personaje introducido por Goyo Montero, director de la compañía, un demiurgo que narra y compone con su cuerpo de araña una tela que te asfixia y te proyecta y, ya nos advirtió la repetidora, es tan magnético que resulta difícil despegarse de su figura y sus evoluciones.

Y ese momento del baile de máscaras, Montescos contra Capuletos con los acordes más célebres de una partitura que te habla de la pasión y la venganza aunque de la pasión queden las brasas y no albergues lugar para otra venganza que no sea sontra el tiempo que vuela despiadado. Pensé que los recursos de la música dejan a las palabras en pelotas. Tiritando al borde de una charca donde los amantes lloran su suerte y los críticos hacen sus abluciones, no sin antes haberse arrancado el corazón.
Allan Falllieri


Madrid barruntaba tormenta, y con el cielo eléctrico mi amigo R. y yo hablábamos del destino y, en un ejercicio impropio de cualquier crítico, saludábamos la duda como una de las bellas artes.

-Recuerdo a esos compañeros del colegio que tenían todo claro. Salieron a estudiar, regresaron y se casaron con sus novias de toda la vida. Ahora tienen tres o cuatro hijos y parecen felices.
-Si no ves más allá, no echas de menos un más allá (Sí, es obvio que yo no podría competir con Shakespeare en su brillante disección de la naturaleza humana, pero una acera cubierta bajo la lluvia, una cerveza fría y un humus bien acompañada te dan alas, convengamos).
-¿No crees que si dudas es que te planteas la vida y si no dudas es que te dejas llevar por el destino?
-Absolutamente. 
-He disfrutado tanto con Romeo y Julieta.
-Yo también. Veremos qué dicen los críticos...

Hoy he soñado con cuerpos en rapto sobre un escenario oscuro donde a la temblorosa Julieta la despojaban de su vestido blanco, de su determinación y su latido. Había dos bandos y un aroma a West Side Story que Prokofiev elevaba a las alturas. Solemne y magistral. Una herida abierta que sangraba mientras en el patio de butacas casi todos buscábamos en vilo las piezas rotas de nuestras dudas.

Y el crítico, imagino, tal vez se abochornaba de semejante exhibición de sentimiento. Esa venda que nos impide avistar un mal paso a dos, la sombra de una cuerda fuera de lugar.

P.D. Dicho lo cual, R y yo concluimos que nos había gustado más el primer acto que el segundo. Aunque no sabíamos muy bien por qué. Divinos profanos.

2. Romeo&Juliet, de Dire Straits, fue una de mis obsesiones a los 18. La recupero y me sigue pareciendo perfecta. Algunas canciones no envejecen








viernes, 26 de abril de 2013

13 RUE DEL PERCEBE (I HAVE DE POWER)

Desde que soy vicepresidenta de esta mi comunidad de vecinos, el portero se mata por llevarme las bolsas.

Tiene gracia que un cargo tan molesto y sin remuneración te convierta en un símbolo de poder, cuando en realidad tu única potestad, así a corto plazo,  está en determinar si se enciende o no la calefacción este fin de semana.

-Verá, la del quinto H. ha venido a exigir que se ponga porque el parte metereológico augura una caida de las temperaturas. (Portero, temeroso sin duda de la furia de una mujer de más de setenta)
-Bueno, vamos a esperar a mañana a ver si se confirman los augurios, que el gasoil está por las nubes...(Presidente, a mi diestra)

Y el portero se encoge de hombros y murmura que bueno, que él programa lo que se le diga, pero que luego no quiere saber nada si le echan la bronca el lunes las señoras que no salen de casa.

-Quizás podríamos poner la calefación de 15h a 20 horas, proponemos presidencia (o sea, el del sexto 1) y yo misma.
-Como digan...

Desde que soy vicepresidenta de esta mi comunidad de vecinos, los vecinos me miran de otro modo. Como si todos tuvieran algo que reprochar, proponer o algo de lo que quejarse. Yo procuro deslizar un saludo breve y disuasor y salir disparada con mis zapatillas de correr como alfombras voladoras para evitar que me cuenten eso que piensan.

Porque un vecindario es un nido de marrones en potencia. Y tú, que nunca pensaste que tenías una vis escaqueitor, sacas a pasear el Houdini que te habita. Y sonríes a las señoras, y las acompañas en el sentimiento.

Y te enteras de que hay una grieta en la fachada, entre el segundo y el tercero. Y un pleito pendiente con la del bajo, a la que inundó una avería mal curada de la casa del portero. Y que doña Sol se queja de que ha visto una cucaracha, pero el portero jura que no encuentra el cadáver. Y hay que revisar el contrato con la empresa de desinsestación. Y la antena parabólica necesita ser reorientada (ni que fuéramos la NASA). Y que detrás de cada puerta hay personas que observan el rellano con mirada propia, que no coincide con la tuya.

Y es un ejercicio de tolerancia y democracia. Básico, elemental. Y tú llevas diez años aquí sobrevolando la escalera, sin pararte a mirar un alféizar roto o una puerta desportillada.

¿Un cargo, aunque sea descargado de poder, puede cambiar tu vida?
¿Tiene esto alguna relación con la soberbia de todo el que viste un uniforme, aunque sea del servicio de limpieza?
¿De verdad que el coste del gasoil se puede negociar?
¿Por qué el portero no me ayudaba antes, cuando llegaba igual de deslomada y con tacones mamarrachos de comprar emergencias domésticas a las ocho de la tarde?

Un nuevo mundo se abre ante mis ojos. Soy la Soraya de mi finca urbana y burguesa y temo que los escraches (odio el término) se ceben conmigo y me esperen cuando vuelva fané y descangallada tras la fiebre del sábado noche.

Pensándolo bien, igual debería convencer a mi Rajoy de la puerta de enfrente de poner la calefación a tope todo el fin de semana. Más vale que zozobre a que zofalte.

Quiero que las señoras me sigan sonriendo al entrar al ascensor, y los señores me saluden con ringo y rango si se cruzan con mis zapatillas voladoras.

Total, por unos eurillos de nada de gasolil. Que encima podemos negociar...




jueves, 25 de abril de 2013

¿CUÁNDO CADUCA UN EX?



En mis reductos más intelectuales solemos hablar de los grandes temas: la economia mundial, la resistencia de los metales pesados, tautologías y representaciones contemporáneas y... los ex novios/as. El último gran debate, que por su interés general me dispongo a glosar, versaba sobre cuándo un ex deja de serlo y se evapora en el país de nunca jamás.

Y ya habréis adivinado la mayor: La de "Ex" es una categoría sin fecha de caducidad, como los yogures según la nueva normativa. Un ex resulta intrínsecamente eterno. Si no es "in", es "ex". No hay purgatorios para corazones rotos ni pudrideros al estilo de los de los Reyes en El Escorial. Un ex o  está dentro de tu vida, o está fuera. Pero fuera es otra forma de estar. Pueden pasar meses, años, y de súbito esa presencia extramuros hace su aparición como un cameo de película de Hitchcock, breve pero inolvidable.

-"Me acuerdo mucho de ti, ¿muchos cambios en tu vida?" (doce de la noche, seis años después, por whasapp).

Entonces, inevitablemente, te preguntas: ¿Y este qué quiere ahora? (Porque un ex que deviene presencia diurna no es igual que el que escoge la nocturnidad y alevosía para manifestarse, convengamos).

Tras consultar con mis amigos Mensa, me llena de orgullo y satisfacción resumir algunas conclusiones del debate, que colgaremos gustosos en youtube para solaz y regodeo de la humanidad en general (todos tenemos un ex, hasta las viudas monógamas).

O sea: ¿Cuándo caduca un ex?

1. Si sobre todo hubo sexo, cuando los calores dejan de agitarnos el pecho. Y un día, a su lado, no hay latido, sino leve complicidad (esa palabra tan cursi). En ese momento ya comienza el estado de descomposición. Con ruptura o sin ella. Con el paso de los años formará parte del capítulo titulado "recuerdos tórridos y rescoldos sobrevenidos".

2. Si hubo pasión intelectual más que física, cuando los pensamientos encuentran otra cancha y otro jugador que te lanza agudos raquetazos cerca y lejos de la red (y además te agita el corazón y provoca temblores en las piernas).

3. Si es el padre de tus hijos... Nunca. Para bien o para mal.


Hitchcock
La figura del ex es un cuento de Lorrie Moore cargado de humor y de ironía. O una inquietante presencia al otro lado de la puerta. No sos vos, soy yo, podríamos decir. Porque un ex eres tú mismo hace dos, cuatro, dieciséis años. Y hacer esa moviola sin vocación es como ser forzada a viajar en la máquina del tiempo sin Biodramina. Con un poco de mala suerte, acabas vomitando la primera ensalada de espinacas con queso de cabra. Puajjj.

Un ex es una piedra lanzada a un lago quieto en una tarde de primavera. Sus ondas te interpelan. ¿Quién era yo, a tu lado y a oscuras?

Dicho esto, afirmo que:

Los yogures deberían caducar, como dios manda. (Para mí, que los he tomado pasados de fecha toda la vida, era una aventura. Un desafío. Una leve transgresión que ya no es: ¿moriré, no moriré).

Y los ex, duerman el sueño de los justos en su eternidad. Y salgan de la chistera sólo en el instante de ser invocados, o cuando estén en condiciones de convertirse en amigos que se tocan y se abrazan sin que salte una leve chispa. Un destello de lo que fue y ha dejado de ser. La melancolía.

PD. Sí, muchos cambios en mi vida, que no caben en un whasapp. Y a las doce de la noche no recibo. No estoy de guardia para los fantasmas del pasado. Las pasiones del presente me tienen muy entretenida, caro mío.


martes, 23 de abril de 2013

LEER ES PURO SEXO

Mujer leyendo en la cama. E.Hopper
"Yo lo que veo lo leo"

Esta fue la frase lapidaria de Minichuki el día que aprendió a leer. Recuerdo que íbamos las dos de la mano y ella recitaba voraz los neones de las tiendas, los carteles publicitarios y hasta los "se vende" de las casas del barrio pendientes de nuevo dueño.

Minichuki había entrado en ese laberinto de tupida vegetación donde las letras cuelgan de los árboles y, como una Alicia en zapatillas de deporte, iba dando forma a las palabras con su lengua y con sus dientes y al recitarlas, excitada, notaba que crecía su mundo como las habichuelas mágicas del cuento. Leer era pura magia.

Ayer a mi adolescente le divirtió la ceremonia de lectura de El Quijote en el Círculo de Bellas Artes. Un ritual que siempre me emociona aunque nunca haya participado. El silencio, la oscuridad, el atril por el que van desfilando conocidos y anónimos. "En un lugar de la Mancha...". Una misa solemne donde dios se oculta en el bálsamo de Fiebrabrás, en los molinos de viento y en los libros de caballerías.

A los de mi generación nos hacían leer a Cervantes en segundo de BUP. O sea, en pleno fervor adolescente. La profesora, cuyo nombre no he olvidado (Angelines Sanz, uno solo se acuerda de los buenos), nos mandaba a casa con varios capítulos de El Quijote como deberes, y al día siguiente todas ahuecábamos la cabeza entre los hombros para evitar ser interpeladas. Imagino que para ella no era muy alentador comprobar cómo esas tontuelas con acné pisoteaban con su indiferencia una obra maestra que, ya de mayor, considero debe ser leída en otro momento de tu vida. No cuando las hormonas pican y desazonan y Dulcinea se te antoja una gorda justita de higiene con la que encima el protagonista no practica sexo.

Durante un tiempo, ya lo conté aquí, pagué a mi hija mayor por leer. Diez euros cada libro. Así conoció a Salinger y su Guardián entre el centeno, y a las Bronte y a Jane Austen, a Handke y a Bran Stoker. No logré, sin embargo, que el veneno de la literatura se le inoculara hasta el tuétano, como debe ser. Ni impedí que se enganchara a libros mediocres ligados a películas de vampiros de alto presupuesto y bajas pasiones. Pero tiempo al tiempo.

Yo lo que veo, lo leo.

Y cuando más leo más llego a una doble conclusión. Uno: moriré sin haber abarcado todo lo que quisiera (atención, culturetas, no es que las noches se me pasen febriles, como a Alonso Quijano, es que practico otros placeres mucho menos profundos con idéntica pasión, y así no hay quien progrese). Y dos: un libro mediocre no merece un rato de tu vida.

Ayer, sin ir más lejos, tiré a una papelera un ejemplar que cayó en mis manos, recién salido de la imprenta. Antes lo hojeé, lo ojeé, y al segundo párrafo inconsistente, lleno de adjetivos vanos y -horreur- con un "emblemático" desubicado- lo agarré como quien coge un despojo putrefacto y lo condené al vertedero.

Un libro es una cita que esperas con temblores. El momento de llegar a casa, de acostar a las chukis y entregarte a él, como un amante complaciente. Aunque sean cuatro páginas -un sexo rapidillo- Y esa sensación única de que lo que acabas de leer no existía antes de que su autor lo alumbrase. Y que una vez leído ya eres otra, y las habichuelas mágicas han crecido un palmo justo después de que, somnolienta, tanteases con la mano el interruptor de la lámpara y te entregaras al sueño encharcada en un mar de letras que te acuna, que te besa.

El pitillo postcoital, podríamos decir.






domingo, 21 de abril de 2013

DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE CORRER

Los quince primeros minutos son tercos. Tu cuerpo se resiste al trote, el sudor tarda en romper y eres una olla a presión con la válvula in crescendo. Las venas se hinchan lentamente, con dificultad. El corazón galopa a 100, 150, 170, 180 pulsaciones. Las piernas te pesan y miras de reojo las terrazas de verano y esas jarras de cerveza espumosa con avaricia. Si paras, pierdes.

Los siguientes quince son los del rodaje suave y desenfadado. Podrías quedarte a vivir en ese estado de mínimo esfuerzo, máximo rendimiento. La grasilla del motor fluye. Las poleas ruedan suavemente y se instala la ligereza. El latido ya no es una tamborrada, sino el acompañamiento de fondo de una sinfonía. Los pies van solos, alados, y no aprietas la mandíbula ni cierras los puños. 

Si eres novata, como es mi caso, pasados lo cuarenta y cinco minutos llegas al borde del abismo. Duele. Tiras de brazos. Duele. La mente te manda la orden de parar. No le haces caso. Sientes el vaivén de las tripas. Párate. No me da la gana. Eres tú contra ti. Jeckyll y Hyde. El Barón Ashler. Repasas toda tu lista de antagónicos de cabecera. Párate. No me da la gana. Y resistes y te duele. Y sudas a borbotones, y enseñas los dientes en una sonrisa de animal herido. Y te impulsan los pies de tu compañera, que sufre como tú, pero siempre te parece que menos.

Correr es sentir. Es sufrir. Y gozar. Ayer todas las que nos entrenamos para la Carrera de la Mujer (5 de Mayo, Madrid)  terminamos hermanadas en las sensaciones. Habíamos resistido mucho más de lo previsto. Casi diez kilómetros. Euforia. Un chute gratis cortesía de las endorfinas. Esa droga.

Ser cuerpo. Y ya. Entiendo que muchos deportistas profesionales no resulten demasiado interesantes cuando les ponen un micrófono delante. Son pulso, arterias y sudor concentrado. La mente se retira a sus cuarteles de invierno cuando los músculos imponen su dictadura. Y toca soltar lugares comunes, y los listillos protestamos: "Menudo subnormal".

Desde que me ha dado por correr con un objetivo admiro a esos subnormales heróicos. Y me permito emplear las frases manidas que otros ya patentaron, a saber: "Cuando ya pensaba que no podía más, una fuerza oculta me ayudó a pelear trescientos metros más, y luego mil"

Una mente entrenada para la voluntad no recita a Shakespeare. Ni falta que le hace.

Ayer una entrenadora nos contaba que al menos una vez en la vida hay que correr la maratón.

-¿Como lo de la peregrinación a la Meca?, pregunté
-Jajaja, algo así. La sensación es inolvidable. Poderosa. Orgásmica.

Invoco a Haruki Murakami. Escritor y corredor maratoniano. “A los corredores de fondo no les importa demasiado que otro corredor les supere o superar a otro durante la carrera. Porque si hay un contrincante al que debes vencer en una carrera de larga distancia, ése no es otro el tú de ayer”. (De qué hablo cuando hablo de correr. Tusquets). Me apunto otros dos libros que ya necesito leer: "Correr", de Jean Echenoz, y "Running, a global story", de Thor Gotaas.


Cuando corro canturreo estribillos tontos que se ajustan al ritmo de mis pasos. Si me preguntan en qué pensabas diré en la mancha del borde de mi zapatilla derecha. En la belleza de esos prunos del camino. En la brisa gélida al bajar una cuesta, taladrándome los tímpanos...En rimas de poemas del colegio. En piedra, papel, tijera...

Escribir y correr. No se me ocurre un plan mejor. Y luego, una cerveza helada con mis hermanos, con mi sobrino recién nacido que huele a galleta de vainilla ligeramente agria. Con mis hijas. A la sombra de un castaño gigantesco. Como dios.

"Aún no sabemos lo que puede un cuerpo". Spinoza






sábado, 20 de abril de 2013

LAS REGLAS DEL CORTEJO

Añadir leyenda
"La regla con respecto al sexo conyugal , si te interesa saberla -y quizá no te interese-es que al cabo de los años no puedes hacer nada que no hayas hecho antes. (...) Nuestra vida sexual es...amistosa. Seguro que hay cosas peores. Mucho peores." Julian Barnes. Amor, etcétera (Anagrama)

A Minichuki nadie le ha pedido una cita y así me lo hace saber cuando regresa de su semana de campamento. Sus titulares: Ha montado en barca, ha hecho judo, aprendido la postura del loto, repetido lentejas y se ha disfrazado de momia...Pero ningún chico le ha pedido una cita.

-¿Pero de verdad querías que te la pidieran?, inquiero sorprendida.
-Sí, ¡para poder decir que no, ja ja!

A los diez años las reglas del cortejo son básicas pero contundentes. Si no te reclaman, no eres nadie. Independientemente de que estés dispuesta a jugar al amor como quien juega al pilla-pilla.

Sentada en una mesa de muchos, una mujer escucha a un hombre que le dice que es, a su modo de ver, la mujer perfecta. La ha conocido hace apenas media hora, con lo que su atrevimiento es meritorio. "Tú te levantas a las seis de la mañana, hora a la que yo me acuesto -argumenta él- Somos la pareja ideal".

-Sí, como Lady Halcón y el capitán Etienne Navarre...murmura ella. "Con un poco de suerte, ni nos vemos".

A su derecha, otro hombre coloca sobre la copa de ella la carta de postres, como en un atril o un altar de ceremonias.

-¿A esto lo llamas tú un cortejo en condiciones?, quiere saber ella.
-Bueno, sí, ya veo que ese está a pico y pala...

A los diez años, como a los cuarenta y tantos, las mujeres agradecemos las muestras de interés. Aunque sea para decir que no. Espero que tal afirmación no haga hervir la sangre de algunas de mis amigas, feministas convencidas que dirían que la respuesta a Minichuki debería haber sido: "Pide tú una cita, ¿por qué tienes que esperar a que sean ellos?"

Y sí, una mujer siempre puede pedir una cita, siempre puede decirle a un hombre (o a otra mujer) que suba a su casa y la abrace. Siempre puede... Pero a veces se ha cansado y necesita el pico y la pala. Aunque sea, insisto, para decir que no. Como Minichuki. Y si no hay intención, prefiere arroparse sola y dejar que el sueño la mezca y la bese con sus brumas. Y ser una  Lady Halcón. Una Michelle Pfeiffer que ya no espera nada de Rutger Hauer, y llega a ese punto en que este se le desdibuja como una figura de carboncillo demasiado sobada.

-¿Lady Halcón?, ¿esa era la película del actor grandullón alemán, no? quiere saber él.
-Sí, es una historia de amor terrible. Por culpa de un hechizo, una pareja que se ama se ve condenada a no encontrarse. De día ella es un halcón y él un hombre. De noche, ella una mujer y él un lobo.
-Qué triste.
-Sí, qué triste.

Pero a Minichuki el drama le parece lo más. Una de aventuras. Como lo de las citas le parece que es la ocasión ideal para dar en las narices a un chico que le gusta porque juega bien al fútbol y es listo, no porque sea guapo. Y en ese punto una madre no da consejos, porque en el fondo la idea le divierte, y en su lugar tiende un hilo a su hija para que la anécdota vaya tomando cortornos de relato. Y las palabras conviertan el desencanto en un himno épico y melancólico como el Coro de los esclavos de Verdi. 

Y entonces Lady Halcón desfrute de su vuelo, lento y majestuoso, mientras el lobo aúlla en solitario. Tal vez otra noche, cuando el terrible hechizo se deshaga...














 

viernes, 19 de abril de 2013

SENDERO DE FRÍO Y AMOR

Ayer Marta del Riego presentó su segunda novela, Sendero de frío y amor (Suma). Dos años de fabulación y fecundas madrugadas colgada del hilo de la ficción, ese que le alimenta y le da alas.

Produce extrañeza seguir el parto de un libro ajeno. Lo más parecido sería un embarazo ajeno, pero este resulta repetitivo y poco interesante. Las naúseas primeras, la gravidez creciente, el lento bamboleo cada vez más escorado a izquierda y derecha al caminar, el insomnio. Las ojeras, los cambios de textura de  la piel y en el brillo de los ojos.

Marta ha parido un libro sin perder la compostura y sin aburrir al respetable con detalles anatómicos e innecesarios. Se trata de literatura. Un acto más consciente y duradero que un polvo y sus consecuencias, convengamos. De imaginar en soledad a partir de un chispazo, lo llaman inspiración pero son puros sudores hasta pulir un personaje, un gesto y una trama.

Y así, día tras día, llegaba ella a la redacción tras dejar a Lulú y Mati, sus heroínas, acostadas en la cama después de unas horas trepidantes por los riscos de León, peleándose con sus sombras y encarando sus destinos. Y un capítulo, y otro, era la vida que pasaba y nos iba alimentando de sus ficciones sin aburrirnos con detalles supérfluos ni esa condescendiente pedantería de autor que algunos exhiben en los circos sociales.

Ayer Marta fue presentada como "una escritora antes de haber escrito una novela". No puedo estar más de acuerdo. Ella vive y fabula y respira lo que sólo es en su cabeza. Y a veces hay que tirarle una piedra a su nube para obligarle a poner los pies en tierra. Y entonces ella te regala una metáfora. Un escorzo descriptivo que es un fogonazo de cerilla en la oscuridad y que te cuenta la vida con palabras precisas e imágenes contundentes que sólo ella conoce.

Que jamás, jamás son cursis, ni pretenciosas, ni banales. Como ella misma.

Ayer fue una presentación de libro y era una fiesta. Una verbena multicolor con orquesta y farolillos, Ella en el centro, luminosa, defendía su libro  y sus amigos, compañeros, familia, críticos y fans alrededor celebrábamos el parto. Todo bien, doscientos gramos de letras y una historia que son dos y alberga tantas lecturas como intuiciones nos asaltan al doblar cada página.

Enhorabuena, Martuki escritora. Toda mi admiración y mi cariño. Ha sido un placer y un orgullo acompañarte de lejos por tu sendero de frío y amor. Ahora tu libro es nuestro. Que tú andas ya, seguro, metida en otra historia allá arriba, en esa nube de donde no quieres bajarte no sea que se pierda y te deje huérfana de palabras y a la intemperie.




miércoles, 17 de abril de 2013

SALINGER ESTUVO AQUÍ

My Fair Lady
H. llega a casa con su bajo amochilado sobre la espalda, una mariconera de plástico en la mano izquierda y Nueve Cuentos de Salinger en la derecha. Son para mí, los leeré en inglés. Le digo que mi favorito es Linda boquita y verdes mis ojos". Asiente complacido y me habla de los hijos del escritor. De repente me doy cuenta de que no está contrahecho, como pensaba, sino que es alto y fibroso. Con mirada de intelectual y cierto desaliño pasado por la ducha. Las uñas, bien cuidadas. El pelo, lacio pero limpio. Y unas curiosas y oldfashioned gafas redondas de metal y van y vienen al ritmo de su vehemencia. Con Salinger, galopan.

Lo que más me gusta es que el ejemplar (el libro, no H)  está sobado hasta la extenuación. Tiene esa pátina gris y rugosa que dan muchas horas de lectura y relectura, frenéticas, emocionadas, con leves momentos de angustia y siempre rendición ante el talento radical, incuestionable.

H. toca el bajo en un grupo de jazz. Salinger te deja las cuerdas del alma en estado de vibración permanente. Después de él, no cabe cualquier cosa. Una mala película, un vestido feo o una discusión doméstica de alcance medio.

(La banalidad se perdona cuando es categórica y deviene buena literatura. Si lo cotidiano se hace arte, deja de serlo. Los maestros fingirán que les ha salido solo, con despreocupada facilidad)
Nine Stories, Salinger

H. me corrige la pronunciación sin desmayo. Seis, siete, ocho veces debo repetir la misma palabra. Me siento My Fair Lady sin pamela. Un ejercicio de humildad que a las soberbias nos pone en nuestro sitio. Yo miro su bajo, encerrado en una funda negra,  de reojo y le pregunto ¿a qué hora es el concierto? Me quedaré con Salinger, que no me pone pegas y me traslada a esa América cruda precursora de la que ayer nos devolvía unas piernas rotas con huesos, cartílagos músculos y sangre a la vista. El maratón de Boston es una sala de urgencias de hospital que huele a cloroformo. Mi adolescente, a mi lado, se traga el enésimo capítulo de Anatomía de Grey. Un chute de sentimentalismo barato y recurrente donde lo de menos son las urgencias médicas y lo de más los rollos de cama entre los protagonistas. Todos guapos, perfectos. Todos follables.

-Mamá, ¿te has fijado que en esta serie el 99% tiene los ojos azules y el pelo largo las chicas, preferiblemente rubio?
Anatomía de Grey, o el sentimiento barato
-Sí, jamía, a esto se le llama WASP y es la versión de la pureza de raza de aquellos otros...

Inútil tratar de que cambie el capítulo por  Salinger. No le ha dedicado ni una mirada al libro, que H. me ha prestado (to lend, to borrow) dejándome muy claro que con vuelta.

Los libros no se prestan, se regalan. Como los besos no se piden, se roban (esta última es jubilosa aportación de L., y tiene toda la razón.  Ambas somos más partidarias del arrebato grande, ande o no ande)

"Nuevamente la chica le dijo algo enseguida, pero él no contestó. Tomó un cigarrillo encendido -el de la chica- del cenicero y empezó a llevárselo a la boca, pero se le cayó de los dedos. La chica intentó a ayudarle a encontrarlo antes de que se quemara algo, pero él le dijo que se quedara quieta, por el amor de Dios, y ella retiró la mano" Linda boquita y verdes mis ojos. J.D. Salinger.







martes, 16 de abril de 2013

¿QUÉ HAGO YO AQUÍ?, SEÑOR ALFONSO FUENTE



"Las feministas dejan de serlo cuando se casan", ha dicho el alcalde de Barreiros, un tal Alfonso Fuente, del PP.

Los borregos, sin embargo, lo son hasta su muerte. Esto se lo digo yo.

El tiparraco no se quedó en un titular, porque es sabido que las bestias cuando embisten suelen repetir, para segurarse de que su público enfervorecido roza el éxtasis:

"Los comunistas dejan de serlo cuando tienen dinero, las feministas dejan de serlo cuando se casan y los ateos dejan de serlo cuando cae el avión en el que viajan". Alfonso Fuente


Sospecho que si hubiera cogido un poco más de carrerilla les habría tocado a los "maricones". Porque a todos los descerebrados les da por lo mismo. Y, ya puestos, por qué no los inmigrantes -¿panchitos, señor Fuente?- las putas y los perroflautas. (Sí, esto sí que es nazismo, señora Cospedal)

La buena noticia es que un tipo tan obsceno se delata solo. Son mucho más peligrosos esos que van diciendo "yo soy un gran defensor de la mujer" y luego te machacan. Me parece que los defensores de la mujer trabajan en silencio, no sacan la corneta ni organizan una guerrilla para defendernos.

En realidad, las mujeres nos defendemos solas o, si podemos, tiramos de ley. Eso las mujeres fuertes que jugamos con ventaja en la liga de la respetabilidad. Las del primer mundo, con trabajo, salud e independencia. Pero claro, no tan lejos están esas muchas otras sin voz ni voto (espeluznante el programa de Cuatro ¿Qué hago yo aquí? del domingo pasado, sobre los feminicidios de Ciudad Juárez y otros territorios del crimen en México) y, mucho más cerca,  las que se casan con hombres que proclaman el feminismo como amenaza contra su enclenque fortaleza moral.

Suelo advertir a mi hija adolescente contra esos chicos que dejan caer expresiones vejatorias en sus discursos, aunque sea en broma. Las palabras nunca son inocentes. Ella me replica: "no seas exagerada", pero yo insisto con tal vehemencia que creo que nunca me presentará a sus amigos, por si la cagan en la primera frase.

Alcalde de Barreiros

Espero que al alcalde ese le metan el bastón de mando por algún orificio neuronal sin salida. Una lobotomía en toda regla. Espero que las chicas de la edad de mi hija se alejen de quienes las menosprecian entre chistes que desatan las carcajadas de tipos con dos dedos de frente. Espero que detecten a esos otros más inteligentes y perversos que no les darán titulares pero tirarán la piedra. Espero que amen a esos que han aprendido a respetarlas como iguales.


Y sí, todo este veneno me lo ha inoculado un ¿señor? de escasa catadura moral e intelectual que dirige los destinos de un pueblo que lo votó. En el primer mundo.

 Qué miedo.






lunes, 15 de abril de 2013

CON CHÁNDAL Y A LO LOCO

"Eres más malo que arrancaó"

El padre amonesta al hijo, de unos ocho años, que anda cabizbajo a su diestra, con el balón atrapado entre su brazo en jarra. Ignoro qué habrá hecho, pero le robo la frase de inmediato.

Los fines de semana, a los padres les da por salir a hacer deporte con sus hijos, sobre todo con los varones. No dispongo de más estadística que el vistazo, lo sé, pero mi muestra son los parques de Madrid. Las niñas, a una edad, se retiran del ejercicio físico a sus cuarteles adolescentes. Lo saben los profesores de los colegios, que contemplan la división del patio entre activos y pasivos. Los que salen a correr y pegar patadas a un balón y las que salen "a hablar".

Yo siempre fui de las del grupo B. , mal llamadas marimachos. Jugábamos a "churro va" y a balón prisionero. Hasta que alguna un día decidía que ya era mayor para enseñar las bragas en un mal gesto y se sentaba con otras haciendo corrillo "para hablar".  De repente los uniformes llegaban intactos los viernes al cubo de lavar, pero a costa de unos cuerpos que, entregados a los vaivenes de la adolescencia, se olvidaban de correr y saltar.

"He metido cuatro goles, y con el uniforme!", me dice Minichuki. "Se van a enterar cuando toque chándal"

Y pienso que benditos diez años que consagran el chándal como una puerta hacia la libertad.

En el cole de las monjas tocaba chándal dos veces por semana, pero no podíamos llevarlo puesto desde casa. Como si fuera vergonzante ir de sport, impropio de señoritas. Eso sí, en los vestuarios del gimnasio las señoritas no tenían ducha, de modo que nos poníamos los leotardos, el poli y el pichi gris con estampado príncipe de Gales resudadas y cuando aún nos palpitaban las sienes de correr. Imagino el olor que despedíamos. Pero lo importante era recuperar la compostura uniformada. La apariencia y el decoro.
Churro va

El desquite llegó al final del BUP. Por fin podíamos ir de calle. Y abracé el chándal con pasión, como mi hija hoy. Dos piezas de algodón de colores y la sensación de no llevar ataduras. La libertad absoluta. Hasta que en COU, ya de colegio mixto, un cura malévolo y misógeno apellidado Pita da Veiga hizo un speech en clase asegurando que a las chicas en chándal se nos movían los culos como flanes. Recuerdo haberme sonrojado, pese a que no llegaba a los 50 kilos y mi culo era de mármol por entonces. Y también recuerdo que dejé de ir en ropa deportiva.

Ahora he vuelto al chándal y al deporte, y me junto con mujeres que se calzan las zapatillas y salen a correr. Y se les mueve el culo en un trote gozoso, como a mí. Y sudan, sudamos, al 6 o 7 kilómetros por hora. Y pienso en las monjas, en su escasa vocación por el fomento de otro esfuerzo que no fuera el intelectual. Y pienso en ese cura perverso más malo que arrancaó que censuraba a las mujeres. Y espero que Minichuki vaya en chándal muchos años.

Porque para sentarse a hablar siempre hay tiempo.  (Y, por cierto, Stella McCartney diseña chándals ideales para Adidas y las chicas Juicy Couture también)




domingo, 14 de abril de 2013

DIARIO DE MADRUGADAS

De vuelta a casa, sábado noche, hago fotos de Madrid resacoso con el móvil. Se ha convertido en un placer añadido al placer de cenar con amigos y amigos de amigos que no conocía pero de los que llevaba largo tiempo oyendo hablar. Me planteo hacer un diario de madrugadas. Imágenes con un pie breve y nada descriptivo, la sensación y punto.

El taxista se encoge de hombros cuando le indico el trayecto. Quiero pasar por delante del Retiro, que de noche parece un cementerio, con esa entrada pétrea y solemne que las familias frivolizan en cuanto hace su entrada el sol. Horas antes, por la mañana, he participado allí en mi primer entrenamiento y he sufrido como una condenada. Pero miro a esos padres que se tragan por enésima vez las funciones de títeres del lago y me parecen héroes en un cadalso recidivo. Mucho más duro que lo de correr al sol con un entrenador chascarrillero y enjuto que te asegura que tú puedes, y que si se apuntan veinte mil "fijo que llegas entre las primeras diez mil". Visto así...

Odio los títeres. Odio las funciones para niños en las que siniestros payasos y mimos se dirigen a ellos como si fueran subnormales y les tienden la mano invitándolos perversos a salir y sacar el conejo de la chistera. Me parece que es el perfecto ensayo general para que un niño se vaya con un extraño y termine en las portadas de los periódicos o en el cartón de los tetra bricks (la última vez que fue visto llevaba camiseta de rayas y pantalón de pana beige), pero los padres son muy suyos y siguen las normas del perfecto progenitor, a saber: Una infancia sin títeres y palomitas de maíz no es infancia. Y una mierda.
Plan de entrenamiento

De noche, esos mismos padres se afanan en asegurarse de que sus vastaguillos vean una película infantil. O sea, un bodrio disfrazado de pedagogía. Y tú sales a cenar  a esa taberna de siempre, y C. ciudadano romano de finísimo sentido del humor, regala sin pretenderlo una expresión para la eternidad: "de golpe y polvazo"

A ti casi se te atraganta el filete de la risa, y entonces C. te cuenta que durante siete años sus amigos le dejaron decir "estoy hecho trenzas" en lugar de trizas, para perpetuar la situación cómica. Igual que yo permití a mi adolescente de pequeña referirse a las "hambunguesas" e ir a comprar al kiosco "El Mundo y El País con suplimento" los domingos.

La mesa anoche era una torre de Babel. Tres viejos amigos hablaban en euskera, un norteamericano sentenciaba el inglés y el italiano de las trenzas regalaba a P., el homenajeado, la posibilidad de comunicarse en esa lengua bella y cantarina que te translada al Foro romano, al palacio de Peggy Guggenheim en Venecia o a las cuestas que se desmayan en el mar de Positano una tarde pegajosa de verano, ma piu bella.

Y el taxista quería saber si debía parar para que hiciera las fotos con mejor ángulo. Y yo que no, que se trata de secuestrar imágenes en movimiento, la anatomía de un instante (con la venia de Javier Cercas) y, ver cómo las luces alargan sus haces y dibujan espectros que no son, pero han quedado atrapados como las psicofonías de las casas abandonadas.
Positano
Lo dejo ya, debo salir a correr. No puedo decepcionar a ese hombrecillo que ganó varias veces la maratón y que asegura, a sus 58 años, que le cuesta más andar que volar sobre el asfalto. "Tira de brazos, tira de brazos", me pedía ayer animándome a rematar una cuesta del demonio. Y yo: "vale, tiro, tiro, pero mira el pulsómetro, dice 190. Me va a dar un chungo y peso más que tú". Y él que "si puedes hablar, puedes subir". Y el mejor regalo, coronar esa cumbre donde sufridos padres de familia se afanaban por dirigir el ocio de esos pobres niños. Prisioneros de una infancia prefabricada por payasos que los odian, estoy segura. Pero fingen como finjo yo hoy que tengo fuerzas.

Cuando la triste realidad es que estoy hecha trenzas.

 



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sábado, 13 de abril de 2013

DIEZ FRASES QUE TE SALVAN LA VIDA

Frases oídas en el fragor de la semana de una mujer de mediana edad sorprendida y a ratos agotada:

1-Para no matar a mis hijos, estudié pedagogía. Quien habla, compañera del curso Diario Íntimo, se acerca a los sesenta con humor treintañero y chispeante. Improvisa un monólogo que es el resumen hilarante de su vida. Virginia Woolf y demás musas aplauden desde el más allá.

2-Eres una mujer Alfa: los machos alfa compiten contigo. Los otros se acojonan. El veredicto es demoledor. Descartadas la zoofilia, la parafilia y hasta la hemofilia, tengo la opción de empezar a mirar a las mujeres con deseo. También podría fingirme mujer beta, o incluso gamma. Hay todo un abecedario griego hasta alcanzar la categoría de "mosquita muerta que necesita ser salvada del charco de ámbar donde ha caído". Por un hombre, en principio, pero no descartemos ninguna opción. Incluso la de no ser salvada en absoluto.

Carrera de la Mujer
3-Me he apuntado al nivel 2 en la Carrera de la Mujer, que especifica: "para las que disfrutan corriendo". Chistecillos verdes inevitables a mi alrededor. Yo ya siento que no hay vuelta atrás. Será mi primera vez. Espero que no la última. ¿Orgasmo asegurado o infarto sobrevenido?

4-"En mi círculo gay no veo el modo de encajaros a las chicas. Vamos a una discoteca llena de maricones donde a las mujeres os piden 50 euros disuasorios para entrar. Tú verás". (El  cuarto oscuro, en mi caso, es el rincón donde me refugio a escribir, ajena al palpitar doméstico y a las chukis, que ya han aprendido que madre con teclado igual a efigie inane. Sorda, ciega y muda. Y hablan bajito, como quien entra en una iglesia. Oscura también)

5-"Estoy nervioso, muerto de miedo, cuanto más me ilusiono más tiemblo". Dicho por un hombretón que podría llevarte en volandas sin despeinarse la confidencia es íntima y conmovedora. Me gustan los hombres que muestran sus costuras en la barra de un bar. La invitación infalible a besar y ser besada.

6-"Algunos opinan por encima de sus posibilidades". Genial apreciación. ¿La libertad de expresión debería llevar consigo una cláusula de inteligencia, mesura, autoconocimiento? Seguro que no, pero si pensáramos más, opinaríamos menos. El tertulianismo crónico y diarreico se ha instalado en nuestras vidas. Apaguemos radios y teles. Sintamos en silencio.

7-"Escribir no salva, como creían Proust et alia y como desearíamos todos, pero sí que alivia". (Diario de Gil de Biedma). Ni se me ocurre apostillarle. Simplemente digo amén.

Jaime Gil de Biedma
8-"¿Y para qué quiere quedar ahora contigo, si está casado y con hijos?. Tan lista que eres para unas cosas..." Una adolescente que da consejos de amor a su madre se parece sospechosamente a una abuela. Tres generaciones opinando sobre whatsapp inesperado de ex novio lejano. Lo imagino como pieza de microteatro. Debo contárselo a mi querida A.

9- Papá, mamá, me sé el examen de lengua fe-no-me-nal. ¿Sabéis lo que es una frase hecha? Por ejemplo: CORRECAMINOS. ("Ah, ¿que eso era una palabra compuesta? ¿Me pasas un chicle?)

10-Lo que eres NO me distrae de lo que dices. Te veo debajo, asustada y hecha un ovillo.

Blablabla.




jueves, 11 de abril de 2013

MUJERES HISTÉRICAS

Paula Rego
El sentimiento es "cosa de mujeres". Algunas lo recogen, lo meten en una cazuela con almíbar y lo sirven en forma de libro mediocre sobre el que se lanzan los buitres carroñeros de uñas afiladas. Así se alimenta la fantasía del sentimentalismo barato (femenino) y se proclama y consolida de generación en generación. Fin de la historia.

Soy mujer. Siento profundamente, luego existo. Y ando como un legionario, según mi padre. También pienso, por cierto. Y me niego a que, como el otro día, me insulten (una mujer) porque protesto. Y un argumento airado pase a ser una "pataleta".

-Está muy alterada (histérica), yo sólo le he dicho que lo que promete el cupón es un error...

Una vez que te cuelgan un sambenito -" a sentir, ya pensamos nosotros"- no te queda otra que nadar en sus aguas y, si eres hábil, guardar la ropa intacta de la razón, su ¿antítesis?

Lo cuento ya. El otro día protesté en un sitio porque me sentí estafada. No grité, pero el grado de vehemencia en la escala Richter de mi indignación fue de un 8 sobre 10. La señorita que me atendía llamó a su jefe para contarle que yo "estaba muy alterada" (histérica) y exigía esto y lo otro. Me hirvio la sangre por mí y por todas mis compañeras.

-No estoy alterada, verás, estoy indignada. Espero que conozcas la diferencia. Y si yo fuera un hombre le habrías dicho a tu jefe que yo me he enfadado, te he insultado o vaya usted a saber. No, da gracias al cielo de que no sea una histérica de esas de Paula Rego. Ni una bipolar como la pobre Sylvia Plath  (no me importaría la mitad de su talento y un final menos trágico). Soy una clienta que manifiesta su desacuerdo con argumentos racionales y los envuelve en música de Wagner, y saca las trompetas de Jericó e invoca el galope furioso de los jinetes del Apocalipsis.

La mujer me miraba con ojos despavoridos. Supongo que es mejor vérselas con una histérica de manual que con una ¿loca? que recita incoherencias con nombres raros. A esas alturas ya me había arrepentido del tono, pero la partitura cayó al suelo y no había manera de repetir lo mismo en versión ma non troppo.

Soy mujer y cuando protesto soy una consumidora cabreada, no la prueba fehaciente de que la condición femenina predispone a la irracionalidad. Hija de puta.

(Y el sentimiento es un arma arrojadiza, y la literatura "de mujeres" un insulto disfrazado de categoría que ha hecho mucho daño al mercado editorial y a veces se ha utilizado como señuelo para vender bazofia rosa a lectores de criterio endeble, y ha aupado a algunas ¿escritoras? mediocres y necesitadas de una etiqueta mientras que las otras, las del talento, esas mentes brillantes, fértiles y absolutamente lúcidas aguantaban el peso de un baldón secular)

Y, por cierto, sentir profundamente no es un demérito, señorita. Y protestar no es una pataleta, sino la defensa ante los abusos de quienes han pensado que somos tontas por defecto y no sabemos leer la letra pequeña del contrato.

PD. Sí, hoy no me he tomado la medicación. Siento tanto y tan profundo que escojo palabras como dardos. Igual que un hombre.


martes, 9 de abril de 2013

ROJO SANGRE, ANDE O NO ANDE

"Con esas uñas dan ganas de chuparte los dedos".

Parece que algunos se toman la molestia de elaborar los piropos. La mujer se contempla las uñas, rojas, y las esconde en los bolsillos del chaquetón.

El tipo sonríe y pide disculpas. "No quería molestarte, perdona"

Ayer un desconocido quiso chuparme los dedos.

"¡Qué asco!", exclaman las chukis al unísono.

(Pienso que, puestos a chupar, la cosa podía haber sido mucho mas subida de tono, pero me ahorro la explicación, que son menores de edad)

La china que me hace la manicura me maltrata. Retira los pellejos, recorta el sobrante y se afana con la lima hasta arrasarme la piel. "Uñas cortas, demasiado cortas".  Me ahorro, ahora también, la explicación de mi fobia por las uñas largas, que son todas aquellas que muestran una luna blanca aunque sea de un milímetro.

Entonces termina la tortura y pregunta sin mirarme a la cara.

-¿De qué color?

-Rojo sangre, como siempre.


lunes, 8 de abril de 2013

UN DÍA EN LAS CARRERAS

Cada vez que voy a ver una maratón, e incluso una media maratón, lloro, grito, me arrebato. No sólo cuando llega mi hermano A., como un ciclón algo desactivado ya y sin perder la sonrisa, sino cuando veo doblar la curva al ganador, que siempre es un africano negro, azabache brillante, y avanza con zancadas de gacela hacia a la meta, en un rapto de levedad que es un espectáculo bello. Tan por encima del bien y del mal.

Sucede que, como llega demasiado temprano, apenas hay público dispuesto a animarlo. Pero yo siempre estoy, y me desgañito y aplaudo, y Minichuki se muere de vergüenza ajena.

-Mamá, va a decir que eres una loca, que ni siquiera le conoces.


Para que se avergüence un poco más me pongo a bailar, porque las carreras populares cultivan la pachanga como banda sonora, y pasan de Estopa a Amaral. Y de repente te ponen a todo trapo "Viva la vida", de Coldplay, y es el delirio. Y te imaginas cómo se sentirán esos corredores -ayer eran 19.000- a punto de entregarse a su cansancio, en el último esfuerzo que para algunos es un estertor, aupados por la música triunfal de este grupo que compuso un himno de la alegría, sin saberlo (y creo que fue acusado de plagio, pero por fortuna no por Bethoven).

Me gusta, digo, ir al Retiro en temporada de carreras populares, y jalear a las mujeres, que siempre van detrás, pero por poco. Es uno de esos pocos días en los que las familias me caen bien. Se unen tras las vallas, aúpan a los niños y algunas los entregan a un corredor, el padre,  para que entre en meta con su carrito. Y ayer uno de los primeros contó a micrófono que había dedicado la media maratón a su padre, que falleció, y fue emocionante.  Y Minichuki se rascaba los ojos, agotada de intentar localizar a su tío entre la masa multicolor que pasaba por delante.

Etiopía arrasa con Tegegn
-¿Cómo va vestido, mamá?
-Como siempre, camiseta blanca y franja roja. Tú atenta a los calvos, ya sabes.

Y el vuelco de reconocer a tu hermano, y como un deja vù, empezar a agitar las manos como aspas de molino y gritar su nombre hasta que te oye, y vuelve la cabeza y se ríe olvidando su cansancio. Su sacrificio. Los meses de salir a correr por las aceras. Un rato más, cada día. Un poco mejor, cada día. El mejor entrenamiento para la vida.

Me gustan las carreras y los hombres que corren. Me gusta correr, pero aún no tengo fuelle para apuntarme a un reto con dorsal, aunque no imagino sensación más bestial que ser animada por los míos en los últimos metros antes de la meta

Ayer, mi familia, algunos amigos y yo repetimos la fiesta de ver correr a A.. Y, como siempre, el ritual de sentarnos todos tras esa hora que cuesta la reagrupación porque somos muy desorientarnos, y beber unas cervezas comentando la jugada. Y volver a casa felices, al cocido y a la tarta. Y más familia, y más merienda, y más amigos...