sábado, 6 de abril de 2013

PESADILLAS INFANTILES

Me dice Y. que ha soñado conmigo. Dado que Y. apenas  me conoce, me inquieta pensar cómo la apariencia se cuela en el subconsciente ajeno y qué contornos tendrá. Por mi parte, he soñado que pisaba un pilón lleno de cerezas maduras, y los jugos rojos salpicaban el blanco de mis pies,  y componían un cuadro pegajoso, un Jackson Pollock, del que no escapaba porque nadie me traía una toalla blanca. Y la pedía en voz baja, y nadie me escuchaba.

Minichuki suele inventarse sus sueños. Lo hace después de haberme despertado a las cuatro de la mañana, temblorosa por efecto de una pesadilla. Entonces me arrastro a su habitación y estiro los brazos hacia su litera, para recibirla, y aspiro su olor a chotillo y la llevo a trompicones hasta mi cama. Allí se acurruca, me agarra una mano con firmeza y se duerme en dos minutos. Yo, muchas veces, ya no vuelvo a conciliar el sueño.

Por la mañana llega la explicación: "Mamá, he soñado con que íbamos por un garaje y aparecía un señor con una bolsa llena de cabezas cortadas..."

Su relato es lento, porque fabula en streaming. Yo la dejo hacer mientras me pongo los vaqueros y una camiseta de algodón, el uniforme perfecto tras una noche insomne y atropellada. Y le doy carrete con breves intervenciones que la ayudan a urdir su mentira. Gloriosa literatura antes del Cola-Cao y las galletas. Si cometo el error de poner un tonillo de duda, me mira como un rayo y se molesta:

-Lo he soñado, si no te lo crees es tu problema.

Anoche, tras las cerezas, o puede que antes,  soñé que una ola volvía a engullirme a la otra orilla. El mar tenía dos confines, y me zarandeaba de uno a otro sin llegar nunca a tocar la arena. "No se puede enterrar lo que no ha muerto", sonaba en mi cabeza. Toda la determinación, toda la voluntad, puede arrasarla una intoxicación alimentaria. Un mal rayo. Un corte eléctrico. Un volcán dormido que de súbito entrara en erupción.

El sueño es el sumidero por el que sale la borra de la vida. Luego te despiertas, un puro sobresalto, y si hay suerte alcanzas la tibieza del cuerpo amado que respira junto a ti, seguro y confiado. Y cuentas un relato que es mentira, pero consigue llevarse los últimos deshechos de una pesadilla que ya no es, que ya no va a ser más.