miércoles, 17 de abril de 2013

SALINGER ESTUVO AQUÍ

My Fair Lady
H. llega a casa con su bajo amochilado sobre la espalda, una mariconera de plástico en la mano izquierda y Nueve Cuentos de Salinger en la derecha. Son para mí, los leeré en inglés. Le digo que mi favorito es Linda boquita y verdes mis ojos". Asiente complacido y me habla de los hijos del escritor. De repente me doy cuenta de que no está contrahecho, como pensaba, sino que es alto y fibroso. Con mirada de intelectual y cierto desaliño pasado por la ducha. Las uñas, bien cuidadas. El pelo, lacio pero limpio. Y unas curiosas y oldfashioned gafas redondas de metal y van y vienen al ritmo de su vehemencia. Con Salinger, galopan.

Lo que más me gusta es que el ejemplar (el libro, no H)  está sobado hasta la extenuación. Tiene esa pátina gris y rugosa que dan muchas horas de lectura y relectura, frenéticas, emocionadas, con leves momentos de angustia y siempre rendición ante el talento radical, incuestionable.

H. toca el bajo en un grupo de jazz. Salinger te deja las cuerdas del alma en estado de vibración permanente. Después de él, no cabe cualquier cosa. Una mala película, un vestido feo o una discusión doméstica de alcance medio.

(La banalidad se perdona cuando es categórica y deviene buena literatura. Si lo cotidiano se hace arte, deja de serlo. Los maestros fingirán que les ha salido solo, con despreocupada facilidad)
Nine Stories, Salinger

H. me corrige la pronunciación sin desmayo. Seis, siete, ocho veces debo repetir la misma palabra. Me siento My Fair Lady sin pamela. Un ejercicio de humildad que a las soberbias nos pone en nuestro sitio. Yo miro su bajo, encerrado en una funda negra,  de reojo y le pregunto ¿a qué hora es el concierto? Me quedaré con Salinger, que no me pone pegas y me traslada a esa América cruda precursora de la que ayer nos devolvía unas piernas rotas con huesos, cartílagos músculos y sangre a la vista. El maratón de Boston es una sala de urgencias de hospital que huele a cloroformo. Mi adolescente, a mi lado, se traga el enésimo capítulo de Anatomía de Grey. Un chute de sentimentalismo barato y recurrente donde lo de menos son las urgencias médicas y lo de más los rollos de cama entre los protagonistas. Todos guapos, perfectos. Todos follables.

-Mamá, ¿te has fijado que en esta serie el 99% tiene los ojos azules y el pelo largo las chicas, preferiblemente rubio?
Anatomía de Grey, o el sentimiento barato
-Sí, jamía, a esto se le llama WASP y es la versión de la pureza de raza de aquellos otros...

Inútil tratar de que cambie el capítulo por  Salinger. No le ha dedicado ni una mirada al libro, que H. me ha prestado (to lend, to borrow) dejándome muy claro que con vuelta.

Los libros no se prestan, se regalan. Como los besos no se piden, se roban (esta última es jubilosa aportación de L., y tiene toda la razón.  Ambas somos más partidarias del arrebato grande, ande o no ande)

"Nuevamente la chica le dijo algo enseguida, pero él no contestó. Tomó un cigarrillo encendido -el de la chica- del cenicero y empezó a llevárselo a la boca, pero se le cayó de los dedos. La chica intentó a ayudarle a encontrarlo antes de que se quemara algo, pero él le dijo que se quedara quieta, por el amor de Dios, y ella retiró la mano" Linda boquita y verdes mis ojos. J.D. Salinger.