sábado, 27 de abril de 2013

TÚ ROMEO, YO JULIETA

Romeo y Julieta, Teatro Real, CND
Ser crítico profesional me parece una desventura diabólica e irremediable. Uno llega a la butaca del Teatro Real y empiezan a sonar los acordes de Romeo y Julieta, de Prokofiev, y en lugar de dejar que su espíritu vuele y vibre hasta el aliento, compone un mohín rígido y circunspecto, se distancia de todo sentimiento que contamine la muestra y toma nota de un acorde discordante, un levísimo movimiento fatal del bailarín o la sombra que proyecta una grúa sobre el tercio inferior del escenario.

Convengamos que al crítico le mataron la pasión y le dieron un silbato de árbitro. Qué destino fatal, qué muerte en vida.

Sí, me he levantado tremendista. Ayer fui al Ballet a sumergirme en Shakespeare y en la Compañía Nacional de Danza y, como soy ignorante, me dejé sentir. Los cuerpos de los bailarines dibujando la fatalidad, la frágil Julieta, el voraz Romeo. Y Mad (Allan Falieri), ese personaje introducido por Goyo Montero, director de la compañía, un demiurgo que narra y compone con su cuerpo de araña una tela que te asfixia y te proyecta y, ya nos advirtió la repetidora, es tan magnético que resulta difícil despegarse de su figura y sus evoluciones.

Y ese momento del baile de máscaras, Montescos contra Capuletos con los acordes más célebres de una partitura que te habla de la pasión y la venganza aunque de la pasión queden las brasas y no albergues lugar para otra venganza que no sea sontra el tiempo que vuela despiadado. Pensé que los recursos de la música dejan a las palabras en pelotas. Tiritando al borde de una charca donde los amantes lloran su suerte y los críticos hacen sus abluciones, no sin antes haberse arrancado el corazón.
Allan Falllieri


Madrid barruntaba tormenta, y con el cielo eléctrico mi amigo R. y yo hablábamos del destino y, en un ejercicio impropio de cualquier crítico, saludábamos la duda como una de las bellas artes.

-Recuerdo a esos compañeros del colegio que tenían todo claro. Salieron a estudiar, regresaron y se casaron con sus novias de toda la vida. Ahora tienen tres o cuatro hijos y parecen felices.
-Si no ves más allá, no echas de menos un más allá (Sí, es obvio que yo no podría competir con Shakespeare en su brillante disección de la naturaleza humana, pero una acera cubierta bajo la lluvia, una cerveza fría y un humus bien acompañada te dan alas, convengamos).
-¿No crees que si dudas es que te planteas la vida y si no dudas es que te dejas llevar por el destino?
-Absolutamente. 
-He disfrutado tanto con Romeo y Julieta.
-Yo también. Veremos qué dicen los críticos...

Hoy he soñado con cuerpos en rapto sobre un escenario oscuro donde a la temblorosa Julieta la despojaban de su vestido blanco, de su determinación y su latido. Había dos bandos y un aroma a West Side Story que Prokofiev elevaba a las alturas. Solemne y magistral. Una herida abierta que sangraba mientras en el patio de butacas casi todos buscábamos en vilo las piezas rotas de nuestras dudas.

Y el crítico, imagino, tal vez se abochornaba de semejante exhibición de sentimiento. Esa venda que nos impide avistar un mal paso a dos, la sombra de una cuerda fuera de lugar.

P.D. Dicho lo cual, R y yo concluimos que nos había gustado más el primer acto que el segundo. Aunque no sabíamos muy bien por qué. Divinos profanos.

2. Romeo&Juliet, de Dire Straits, fue una de mis obsesiones a los 18. La recupero y me sigue pareciendo perfecta. Algunas canciones no envejecen