viernes, 31 de mayo de 2013

CORTOPLACISMO

Una de las peores consecuencias de la crisis es el cortoplacismo.

Nadie hace planes mucho más allá del aquí y el ahora. Y el mañana es un trampantojo que se contempla como lo que sugiere su etimología: una trampa burda, un espejismo para tontos.

Somos el instante, y sobrevivir al minutero una vuelta más es nuestro afán. Suena mezquino. Es mezquino. Elimina la épica, la ensoñación, el romanticismo. El compromiso.

Pero a todos nos adviertieron de los peligros del cortoplacismo. La miopía de enredarse en las raíces anormes y nudosas de un árbol por no haber levantado la cabeza para examinar el bosque. Así, los políticos toman sus decisiones como quien aplica un torniquete a la hemorragia. Sabedores de que pueden estar condenando a un país a la gangrena.

Pero ya se las arreglarán los que vendrán...

Presente continuo. Y sin futuro en perspectiva se entiende que se haya estrangulado el I+D. Un exotismo prescindible. Que investiguen otros. Los que se levantan de la cama y aún vean salir el sol a lo lejos.
Thelma&Louise

Ayer me sorprendí en un ataque súbito de cortoplacismo. El inicio de la infección. Mis amigas de la universidad y yo cancelamos un viaje previsto desde hace un año. Había sido complicado cruzar las agendas vitales de seis mujeres ocupadas pero al fin ya lo teníamos. Como Thelmas y Louises viajaríamos en el ranchera de una, con un menú musical por decidir y esa excitación de cuando éramos estudiantes y el mañana se antojaba nuestro mejor presente.

Entonces dos de nosotras sufrimos contratiempos y la aventura se vino abajo gracias a la solidaridad del resto del grupo: "No pasa nada, chicas, volveremos a intentarlo. O vamos todas, o ninguna". Y lo siguiente fue una propuesta de fechas para el mes de ¡septiembre!. Me sorprendí agobiada, incapaz de recoger un guante tan lejano. ¿Y si ocurriera algo en el camino? Propuse amarrar un fin de semana no más allá del mes de julio. Lancé un órdago cortoplacista como él solo. Mis amigas se quedaron perplejas.

El cortoplacismo está en los manuales de medicina, pero debe llamarse de otro modo. Consiste en que el frío se cuela hasta el tuétano de los huesos y una reacción química extraña los va vaciando. El enfermo nota que cuando se levanta no tiene fuerzas para caminar, y cada paso termina siendo un triunfo que anota en su diario.

El cortoplacismo te convierte en superviviente, jamás en héroe. Con él no te entregas a una relación si no hay certezas de su éxito, no pintas un mural de dos por dos sino que tejes un petit point en miniatura. No guardas en la hucha. Eres la cigarra en la fábula de la hormiga. El cerdito de la casa de paja que se merienda el lobo nada más empezar el cuento. No llenas la despensa. No redecoras tu casa. Ni tu vida.

El cortoplacismo se parece a una inmolación.

Eres, te has convertido, en un salvaje que espera con la piedra en la mano por si lo atacan. Y no se permite el baile de la tribu ni la ofrenda a los dioses. Ejecución, acción.

El nuevo I+D, ahora que lo pienso significa Inseguridad+Desolación.

Así que hoy me propongo hacer planes como antídoto a las tendencias del mercado y de la vida. No pienso dejarme arrastrar por la corriente. El único tapón contra la herrorragia de la desesperanza que conozco -aparte del milagro- se llama proyecto.

Proyectemos pues.




jueves, 30 de mayo de 2013

SINEAD O´CONNOR, SEXO O AMOR

Leí ayer que Sinead O´Connor, la cantante calva que gritaba "Nothing compares 2 you", ha sido expulsada de una web de contactos por hacer proposiciones sexuales "demasiado explícitas". Según ella, el acto fue una provocación para comprobar hasta dónde llegaba la resistencia de los señores de "The Irish Sun", un diario sensacionalista.

Como era de esperar, a los sesudos dioses del tabloide les alteró el reclamo de "un hombre hambriento de sexo, que no debía llamarse Brian ni Nigel ni tener más de 44 años". Buscaba "un hombre peludo, sin depilar, con barba incipiente, que no use aftershave, ni secador de pelo, ni gomina, ni se tiña el pelo y, aunque me gusta el aquí te pillo, aqui te mato, le debe gustar acurrucarse". Añadía después: "Debe ser suficientemente ciego como para pensar que soy preciosa" y, para rematar: "Policías con pantalones de cuero, jugadores de rugby y Robert Downey Jr. serán tratados con especial consideración".

(Debe ser  lo suficientemente ciego como para pensar que soy preciosa)

La frase me desató una oleada de ternura. Pensé que Sinead, ayer un mito y hoy una señora mayor con la mirada errática, sigue siendo preciosa pero ha perdido esa determinación con la que hacía temblar los escenarios. Me pareció que en realidad puso su anuncio como quien lanza una botella al mar. Su cuarto marido, ese que le duró un suspiro, lo había conocido en esta web, una ruleta rusa donde ella apostaba todo a impar y rojo.

El envite de Sinnead no era una provocación, sino una rendición. El penúltimo intento de encontrar al amor de su vida, ese que se ha ido resistiendo con los años. Un hombre que la abrace. Aunque tampoco rechace "el aquí te pillo, aquí te mato".

Querida Sinead, te escribiría al periódico si no fuera porque han borrado tu anuncio ¿sucio?. Te diría que cualquier hombre peludo no puede ser el hombre. Que el tinte, tienes razón, es innegociable y que la depilación masculina me solivianta tanto como a ti. Te diría que me gusta cómo te sienta el afeitado ahora que has perdido la firmeza de la piel. Que nunca olvidaré el día que quisiste ordenarte sacerdotisa, o aquel otro en que confesaste al mundo que eras bipolar y que te habías intentado suicidar a los 33. Que fuiste carne de abusos, carne de reformatorio y que la música te salvó la vida.

Te diría que sospecho que pides un polvo para no pedir un beso. Y que sí, que lo ideal es el completo: polvo y beso. Y que esos tipos que responden a tus anuncios no son lo que andas buscando, pero entiendo que te ayudan a pasar las páginas del calendario.

Que si me gustaran las mujeres, te eligiría a ti. No por musa, no por rebelde. Sino por superviviente y por romántica.

Que esos tipos del tabloide no han entendido nada.

Y que respecto a Robert Downey Jr. estamos de acuerdo. Yo también lo trataría con "extrema consideración".






miércoles, 29 de mayo de 2013

LA BUENA MUERTE

Conocí a una mujer mayor que asistía a tantos entierros y funerales se celebraban como muertos se contaban en su pueblo y alrededores. Un día, asombrada porque llevaba tres sepelios en una semana y apenas conocía a los difuntos, le pregunté por qué iba a tanta ceremonia fúnebre. "Porque quiero que cuando yo me muera se llene la iglesia de gente despidiéndome de este mundo".

Ayer fui al tanatorio a despedir a alguien que conocía no tanto por ella sino por tratarse de un familiar muy cercano de mi amiga M.J. Una mujer a la que quiero desde que, recién llegada a la casa donde vivo, me demostró que una vecina puede ser un personaje protagonista en la trama de los afectos, no la sombra con la que uno se cruza en el descansillo y saluda de refilón con el deseo de que la puerta del ascensor se cierre y te trague antes de que ella entre, y no haya que improvisar una conversación banal.

M.J y yo nos pasábamos el gazpacho y las croquetas. La ropa de los niños cuando se les quedaba pequeña. Un vestido de fiesta. Una pulsera. Un libro. Creo que lo hacíamos para pegar la hebra un rato y así alargar la compañía. Ya he contado aquí que el día que se cambió de casa fue dramático. Pocas veces me he sentido tan huérfana y jamás intenté repetir el modelo gazpacho de amistad con la vecina que vino a sustituirla en el rellano.

La distancia en este caso no fue el olvido, sino la constatación de que nos quedaban muchas historias que urdir por delante. Y así ha sido. Durante doce años las dos hemos seguido compartiendo relatos y cafés, paseos y largas charlas por teléfono. Durante doce años hemos tenido poderosas intuiciones que nos hacían llamarnos y siempre eran certeras. Un divorcio y algunas rupturas amorosas, un disgusto con los hijos, un sobresalto de salud, algún embate laboral y hasta un incendio que arrasó su casa una Navidad.

Y anteayer, una muerte. Y no por esperada menos cruel.

Llevábamos al menos dos semanas sin hablar y algo me arrastró a marcar su número. No respondió pero al rato me envió un sms: "P. ha muerto esta tarde".

No me extenderé mucho por pudor, pero  detrás de ese mensaje había dos años y medio de diagnósticos y dolorosos tratamientos. Leves mejorías, grandes mejorías y de repente un bajón y al hospital para empezar de nuevo. Y mi amiga siempre al lado, amordazada su hipocondría, olvidándose de sí misma y sonriendo como cuando yo abría la puerta y me traía unas croquetas o un plato de pasta.

Durante dos años y medio nos hemos visto menos porque su agenda la marcaba la enfermedad. Su vida estaba sometida a la dictadura de la salud de otro y ella lo aceptó con un amor imperturbable que me asombraba y me hacía sentir que el ser humano puede ser capaz de lo más grande. Que los egoístas aprendemos mucho más a la sombra cálida de los generosos. Que la lección de tu vida pocas veces está en los libros que amas sino en las gestas cotidianas de tus amigos.

Ayer M.J y yo deambulábamos por el tanatorio de la M-30 sin soltarnos del brazo. Parecía un pájaro, tan liviana y enjuta de dolor. "Yo ahora quiero vivir, sólo quiero vivir", murmuraba una y otra vez.  Y me contaba cómo P. había sido testigo de su enfermedad porque era médico y no quiso perderse ni un detalle. Y eso fue así hasta el último minuto, cuando casi inmóvil le pedía a la familia que le hicieran fotos de las manos, o del pie hinchado, para interpretar el avance del enemigo.

Y mientras desfilaban amigos y familiares en un goteo interminable que M.J atendía con cariño y súbita entereza. Y pensé que la calidad humana de una persona se mide por el amor que concentra en vida y por el llanto sincero que la despide como lluvia lenta el día que se va. Y suelen ser proporcionales. Y si te quedas un rato, sentada y muda,  es un espectáculo tan emocionante como comprobar con la muerte el sentido de la vida.

Es decir.

Que puede que la muerte, eso de lo que no hablamos, sea un resumen concentrado de la vida. Ese que escribirán tus amigos, tus padres, tus hijos y, con suerte, si tienes tanta suerte como yo, una vecina que un día llamó a tu puerta  y ya no se ha movido de tu casa, de tu lado, aunque no esté.


martes, 28 de mayo de 2013

CAMBIO UNA DE CUARENTA POR DOS DE VEINTE

El escritor Héctor Abad Faciolince, a quien frecuento, hace un curioso trueque con una baronesa italiana, que lo acoge en su palacio durante varias semanas para que escriba rodeado de musas y sin distraer la inspiración con asuntos terrenales. A cambio debe darle conversación en inglés o italiano a la hora de cenar, único momento en el que se exige su presencia.

No se me ocurre un acuerdo más gozoso, aunque habrá noches en las que, imagino, las musas revolconas y a veces perversas dejen a mi amigo en un estado de agotamiento tal que no tenga ganas de despegar los labios si no es para beberse una copa de vino tinto -su favorito- contemplando el atarceder húmedo sobre el jardín.

Intercambios. Articulan nuestra vida aunque no siempre se reflejen en un contrato como el del escritor colombiano y su mecenas. Hay quien cambia sexo por poder, influencia por dignidad, un cromo del Barça por tres del Atleti. Hay quien antepone la tranquilidad a la vocación, el escote a las piernas, un viaje en clase turista con un viejo amor al camarote VIP de las líneas aéreas dubaitíes con un amante fogoso recién llegado. Hay quien prefiere una de cal a cuatro de arena. Pájaro en mano que ciento volando...y así.

A veces hay que elegir entre jugártela a una carta o terminar la partida en tablas. A veces yo me dejo ganar para verte feliz y espero que mañana o pasado mañana finjas que no me ves cuando me como el pastel más delicioso y calórico del escaparate. Hay quien intercambia una de cuarenta por dos de veinte. Hay quien se sube a la colina con Lucifer y firma al pie del pergamino la concesión de un poder avaricioso a cambio de su alma, eso tan intangible.


Conozco a quien cambió salud por prestigio. Desazón por pastillas para dormir. Una habitación con vistas por un tabique grueso para jadear de placer sin ser molestado. Una vida fácil por una vida plena. Unas entradas de palco en soledad por otras de gallinero en buena compañía.

Otras veces el trueque no es posible y te quedas con la mano levantada como en una subasta de un cuadro, en una puja imaginaria que nadie ve aunque agites la pizarra con grotescos aspavientos. Y entonces escuchas un "adjudicado" que no es para ti. Y te vuelves a casa con pasos lentos y erráticos, y aprendes que no hay nada peor que ser invisible al mostrar tu mercancía. Nada más funesto que no disponer de cromos intercambiar.

Que mientras hay trueque hay esperanza. 








lunes, 27 de mayo de 2013

LOS HOMBRES CONFIESAN

-De repente me doy cuenta de que me he convertido en un hombre de cuarenta años, soltero y con gato.

Me gusta comprobar la reversibilidad unisex de algunos tópicos. Que un hombre te hable de soledad y la ligue a un felino es un hallazgo conmovedor. La frase resume toda la fragilidad y un rechazo radical a defender esa presunta arrogancia masculina de serie. La crisis de los cuarenta consistía en que las mujeres sacábamos una pancarta sobre la pérdida de tersura y los hombres un escudo para salir a pelear, convencidos de estar en su mejor momento.

Pero hay hombres que entregan sus armas y atan un pañuelo blanco a su armadura.

"No tengo escudo protector, mi cuerpo está lleno de cicatrices"

Mantendré en secreto la identidad de mis dos confidentes, que ayer me recordaron que hay hombres en transformación que han aprendido que no ocultar la debilidad es el primer mandamiento de la fortaleza.

-Estoy harto de esas mujeres que te advierten a la primera de cambio que son "muy exigentes" (exigen que estés ahí donde ponen la marca y que seas como ellas quieren). Y de esas otras que te venden que la belleza no importa pero siempre se lían con los guapos.
-Hay mujeres que van al amor como van a la guerra. ¿Te acuerdas?

Barcelona. Dos amigos bajan la Rambla del brazo intercambiando preguntas del cuestionario Proust.

-¿Cuál es tu peor defecto?, quiere saber ella
-La introversión. ¿El tuyo?
-La impaciencia.
-¿Dónde y cuándo fuiste más feliz?
-Aquí y ahora. Siempre aquí y ahora. ¿Tú?
-No lo sé, pero sí sé que cuando más infeliz me sentía era atada a una relación agotada.

El hombre soltero y con gato cambia de tercio y confiesa que detesta un patrón estético de mujer. La del tanga a la vista con uñas rojas descascarilladas. "Y las que leen libros de autoayuda y te apestan la casa con incienso". Su amiga desvela que, por su parte, huye del perroflautismo y del tofu, de los tipos que no leen ni hacen deporte. De los que miran a todas estando ella delante. "Me gustan los hombres que me hacen preguntas, no esos monologuistas profesionales que utilizan el tú para hablar de sí mismos".

Plaza de Cataluña. 13,30 horas. El tiempo de la confidencia se agota. Pero él quiere saber más.

-¿Cuáles son los mínimos que le pides a una pareja?
-Que no compita conmigo y que cuando estemos con más gente no haga eso tan feo de dirigirse a todos los interlocutores menos a mí.
-Yo pido que sea honesta, atractiva aunque no necesariamente guapa. Y agradezco, desde luego, el sentido del humor.
-Yo también, pero no pretendo encontrar a un hombre "que me haga reír", ese tópico absurdo. No quiero un bufón. Ya me río yo sola...

El hombre del gato y su amiga se despiden con un largo abrazo. Él le regala a ella "María Estuardo", de Stefan Zweig, y un piropo amoroso: "Si viviera en Madrid te acompañaría cada tarde hasta el portal y hablaríamos de todo, como ahora". Ella responde: "A partir de ahora dejaré de pensar que los que viven con gatos son espíritus huraños. Dale un beso a Huguito de mi parte en el hocico".



domingo, 26 de mayo de 2013

PROHIBIR ES EXCITAR

Anoche, paseando por Gracia, ese barrio enérgico de Barcelona donde los modernos ven cine en versión original y acuden a clases de improvisación, R. y yo hablábamos del asunto catalán como dos buenos amigos civilizados. En un momento dado, sentados en el café Salambó, famoso por ser el lugar donde se falla un premio literario del mismo nombre, me sorprendí diciéndole lo siguiente:

-Verás, en Madrid no hay un interés profundo por el debate sobre la independencia de Cataluña, como crees. Se mira a veces como parte de un todo provinciano y hasta cateto. Como una pataleta adolescente. Todo lo que tú prohibes excita el deseo desaforado de lograrlo.

Me consta que R., catalán nieto de charnegos inmigrantes, pegó un respingo ante tan burda provocación. Así que, listo como es,  procedió a disertar sobre por qué el descontento se había apoderado de la calle y me habló de la chulería del rechazo al estatatut, y de cómo la alta burguesía había traicionado a Artur Mas, y de quiénes iban a rentabilizar esa decepción generalizada. Y también me contó que un grupo de profesores universitarios catalanes exiliados a universidades extranjeras estaba elaborando propuestas teóricas sobre la viablidad  de una Cataluña independiente.

-¿Y a ti eso se sobresaltaría?, me preguntó R.
-En absoluto. Creo que no hay que poner freno a los impulsos, sino dejar ver qué recorrido tienen.
-¿No crees que a España le iría mal sin Cataluña? ¿No te parece que preocupa que nos vayamos por lo que se va a perder?
-No sé quién necesita más a quién. Pero en una pareja el más débil suele ser el más dependiente.

Ya de vuelta a mi hotel pensaba en que las raíces del control, de la hipervigilancia del otro, suelen arraigar en el miedo. Miedo a que se desmande. Miedo a que no nos necesite. El marido celoso que no permite que ella salga con amigas, no sea que otros ojos la contemplen con deseo. Ignorante de la realidad: el día que ella desee mirará y se abrirá un mundo con peces de colores. Y volverá a casa y hará una maleta apresurada. Y no pensará dónde va a dormir esa noche ni cuándo podrá comprarse un par de zapatos nuevos.

Anoche le daba vueltas a los esfuerzos que hacemos a veces por retener al otro a nuestro lado. El independentismo sentimental, diríamos, provoca estupor en el eslabón débil de la cadena. Todos hemos tenido parejas que se resistían a dejarnos marchar. Todos hemos sentido vértigo por miedo a ser abandonados. Al final todos hemos aprendido que no se puede imponer un sentimiento, ni meterlo en una cajón, cerrarlo y tirar la llave al mar. 

Si los catalanes quieren ser independientes, que lo sean, que lo intenten. Irse de casa nunca fue sencillo, pero quedarse por imposición es la muerte. Uno se va mustiando y un día, cuando el carcelero piensa que ya ha domado sus instintos escapistas porque lo ve rendido y con la cabeza gacha, el otro reacciona y aprovecha el descuido para morder la mano y fugarse.

Y una fuga siempre es más dramática que una negociación, convengamos.

Anoche dormí profundamente y lo último que recuerdo haber pensado es que no debo cercenar tantos impulsos de mi adolescente, sino darles algún cauce y esperar a que ellos solos se calmen. Lo otro es construir  la presa de las tres Gargantas para contener a un río Leviathán que el día que despierte y ruja se llevará cuatro pueblos por delante. Y habrá que empezar de nuevo...




sábado, 25 de mayo de 2013

SI TE DIJERA AMOR MÍO

Ir al cajero a recoger unas entradas y olvidar tu número secreto. Tirar una bandeja en el desayuno, perder el teléfono en la microhabitación de un hotel desproporcionadamente caro donde sólo entras si te ajustas al percentil de español medio de finales de los sesenta, buscar una palabra que se te resiste, un término banal pero preciso sin el cual la frase quedará deshilachada. Empalmar un café con otro, jugar un tétrix con tu alter ego, ese que se mantiene a duras penas con el piloto automático.

A veces la vida depende de una clave numérica. 

La de la cuenta de correo electrónico, la del banco Internet, la del teléfono móvil, la del ordenador, la del I-Pad... Yo soy de esas chulas que no las apuntan en un papel, disfrazadas por delante y por detrás para evitar dar pistas al enemigo. Prefiero recordar que empezaba por la fecha en la que me compré mi primera casa o estalló una bomba en Pakistán con 300 muertos. Hay que ser muy "estratégico" para obligar a tu cabeza a recordar la hemeroteca o una escritura de piso firmada por aquel notario de pelo grasiento y traje secular como condición para acceder al tesoro.

Recuerdo, le decía a mi amigo R. en el cajero, que esta clave tenía que ver con el autobús que cogía cuando viví en Mirasierra. Era una línea frecuentada por yonkis que iban a pillar su dosis al descampado que había al otro lado de la urbanización burguesa. La cifra exacta no sé cuál era, pero sí que un día volví a casa con un tipejillo ansioso que tarareaba "Si te dijera amor mío, que temo a la madrugada". Tenía la cara picada de acné, los dientes podridos de heroína y esa caída de ojos de quien apenas conserva latido y necesita desesperadamente un chute para invocar a la sangre, espesa y terca de líquido amarillo calentado con mechero BIC.

En ese autobús de cuyo número no me acuerdo aquel desesperado cantaba "Al Alba" como quien se aferra a la poesía como único vestigio de humanidad. Estaba sucio, apestaba y me daba mucho miedo. Recuerdo al conductor mirando por el retrovisor, y esa luz de neones blancos que muestran las venas de la cara y el abismo de unas ojeras negras.

"No sé qué estrellas con esas, que hieren como amenazas. Ni sé que sangra la luna, al filo de su guadaña".

Aquel hombre se había olvidado hacía tiempo de sí mismo pero conservó la letra y la música de una canción.

Yo hoy olvidé la cifra de mi tarjeta de crédito. Y tuve un instante de zozobra, un flashback que me condujo a la cuesta de Mirasierra con sus casas ajardinadas con piscina. Y allí mismo, a apenas 500 metros, el poblado de los fantasmas que se arrastran hasta colocarse y calmar su ansiedad.

"Presiento que tras la noche, vendrá la noche más larga. Quiero que no me abandones, amor mío al alba"

A punto de rendirme recuerdo la línea de autobús. Dos cifras del número secreto. Las otras dos tienen que ver con el barrio donde vivo. El sitio al que huí tras darme cuenta de que no podría ver crecer a mis hijas en un reducto de pobres diablos que matan por una papelina. Cruzo dedos, pido a R. que se concentre conmigo, tecleo los cuatro dígitos y ---¡Voilá!

"Estas entradas no se pueden imprimir porque ya se han impreso. Retire su tarjeta"

(La mala noticia no nubla mi excitación por haber conseguido recordar la clave secreta. Y no sólo eso, sino que de pronto recuerdo que mi primera tarjeta de crédito correspondía a la fecja de la Revolución de los Claveles, y la siguiente a la creación de la Comunidad Económica Europea).



viernes, 24 de mayo de 2013

DIARIO DE INSOMNIO

Una mala noche la tiene cualquiera. Dos, los aspirantes. Tres, sólo los profesionales.

A las dos y media de la mañana me asaltó un pensamiento inquietante: ¿por qué siempre llevo entre tres y cinco barras de labios en el bolso? El Diógenes de la coquetería. La paleta del payaso inseguro y monocromático. Un equipaje inútil considerando que mi favorita -una Chanel rouge-rouge- nunca va en el bolso.

A las tres y cuarto tenía muy claro que si la Iglesia anda buscando exorcistas -eso dice el periodico- es porque se ha dado cuenta de que Satán está en todas partes como sospecha que muchos de los pecados son mentira. Confesiones de vieja murmuradora que echa el rato hincada de rodillas para calmar su soledad. Su dolorosa y lacerante soledad.

A las cuatro menos cuarto creí ver una sombra proyectada desde mi ventana y pensé que el dios del feng shui me estaba castigando por cambiar el cabecero de sitio en un sabotaje a todas las certezas de esa ciencia sin ecuaciones en la que creo, pero un poco menos que en mi bienestar horizontal.

A las cuatro menos diez me sentí viscolástica. Un cuerpo lleno de bultos que crecían y menguaban lentamente al dictado de mi impaciencia. Esa que hacía recorrer el colchón en busca de un rincón que frenara mi inquietud y mi avaricia.

A las cuatro estuve a punto de encender la luz y echarme al barro de la lectura. Otra opción barajada era ordenar mi armario por colores siguiendo el orden del arcoiris. Una fantasía naif que me ronda cada tres o cuatro meses y que no ejecuto por incompetencia y porque el orden excesivo me provoca desconfianza.

A las cuatro y cuarto me preguntaba por qué a una noche en blanco se le llama "noche zamorana" y me propuse visitar urgentemente Zamora, ciudad que no conozco y presupongo anodina y llena de vírgenes de luto. (De paso me pregunté por qué se le llama "noche en blanco" cuando ocurre en la oscuridad y se suele acompañar de pensamientos negros).

A las cuatro y media una voz me repetía "levántate y anda" y yo creo haber murmurado "que se levante tu madre", pero ya no estoy segura.
Virgen zamorana espectral

A las cinco menos cuarto he recitado palabras de atrás adelante para enredar al cerebro en una trampa infalible: grandilocuente=etneuolidnarg. Y me he acordado de las grabaciones psicofónicas donde nos decían que hablaba el diablo y ahora sé que era la voz de un insomne profesional. Y he sentido que debía llamar al Vaticano para sugerirles que en lugar de exorcistas formen hipnólogos para casos viscolásticos y recurrentes.

A las cinco de la mañana el pescado estaba vendido y se me apoderaba ese hormiguillo de cuerpo afterhours. Una sensación de cierta levedad mareante seguida del abandono laxo. Y para entretenerme he hecho recuento de los pecados que confesaría a mi exorcista el padre Karras. Y enseguida he caído en la cuenta de que si llevo cinco barras de labios en el bolso es porque quiero ser cualquier mujer imaginada.

O para perpetrar la fantasía punk de llenar los espejos de una estación de tren mal iluminada de graffitis rojos y lenguas esponjosas como mi cerebro tras esta noche larga, larga...



jueves, 23 de mayo de 2013

EL BUEN SALVAJE

Un hombre compró para sus hijas una chinchilla como animal de compañía. No eligió un bicho tan extraño al azar. El hámster de las pequeñas había muerto de acuerdo con las implacables leyes de la longevidad, y el drama doméstico fue de tal calibre que el padre se aseguró de que la siguiente mascota viviera muchos años. "Las chinchillas pueden alcanzar los 25, así que no lo dudé".

Lo que ignoraba D. es que, además de longeva, una chinchilla es adusta y porculera. Un bicho indomable al que no se le puede poner una correa para pasear ni te sale a recibir con alborozo cuando llegas a casa.

D.,  que anoche me contaba la historia en un banco de la calle donde la profusión de relatos encadenados retrasó la despedida, se dio cuenta de que se había casado con un ser desabrido que podría terminar acompañando su vejez, según las estadísticas de supervivencia, de modo que se empleó a fondo en seducir a su nueva compañera de vida, a la que acariciaba con ternura por la noche, cálidamente instalados ambos en el sofá.

Pero es sabido que un tigre no se convierte en un lindo gatito por amor, y la desagradecida Chinchi, así se llamaba la mascota, burlaba a menudo la seguridad de su jaula. De manera que D. claudicó y le buscó un destino acorde con su naturaleza salvaje. El hogar de un amigo que convivía con 43 chinchillas, una de ellas desparejada. "Imagino que debe ser muy feliz en semejante compañía. Las chinchillas son fieles a sus parejas toda la vida".

Pero esto no va de mascotas, ni siquiera de fidelidad, sino de desabridos porculeros. De esas personas que se vienen arriba mordiendo la mano que le saluda con educación. Anoche un chinchillo calvo y estirado llegó a un cóctel social en una terraza bellísimamente adornada que estrenaba temporada, la del hotel Ritz de Madrid, donde sonaba una orquesta y los corrillos brujuleaban hablando de esto y de lo otro con vocación de Gatsbys que invocan a un verano que se resiste a llegar. El hombre, mediocre glosador del bont vivantismo, saludó con displicencia afectada para pasar a comentar lo que "no le había gustado nada" de la revista donde se dejan el alma dos de las invitadas a la soirée. Su performance grosera, muy calculada, incluía fingir no conocer a otro asistente e ignorar a los demás. Una de las agraviadas asumió el empellón con sonrisa algo forzada. La otra contuvo a duras penas las ganas de pegarle un empujón que derramara su copa de champán sobre la americana celeste y relamida como su dueño.

Terraza del Hotel Ritz, Madrid
Pensé que ese chinchillo pedía a gritos el ostracismo social. Ser condenado a una jaula con candado y cristal de alto blindaje durante no menos de un cuarto de siglo, alimentado sólo de vino Don Simón. Pensé que muchos groseros tienen suerte de mezclarse con personas educadas que entienden la cortesía como una de esas bellas artes. Pensé que lo que evita la confrontación son ciertos convencionalismos que sí, destilan artificio, pero nadie dijo que al salvaje hubiera que dejarlo suelto una noche de mayo con boleros y chachachá.

Luego pensé que debo insistir más en una de esas lecciones con las que machaco a las Chukis a menudo: "Si no tienes nada agradable que decir, no digas nada". Y además pensé que el buen salvaje de Locke y de Rousseau era mucho más civilizado y menos peligroso que aquel que se reviste de un halo de dignidad y se perfuma con Moet Chandon para luego escupir por las esquinas de un salón de baile con árboles iluminado por la luna. Y, poco antes de dormirme, pensé que la chinchilla es el buen salvaje y el chinchillo una especie a extinguir a golpe de indiferencia.


miércoles, 22 de mayo de 2013

EROTISMO O PORNOGRAFÍA

"La diferencia entre pornografía y erotismo es la iluminación". Lo dice Dian Hanson, editora de American Pornografic Magazine, citando a alguien, y la frase me atrapa con sus tentáculos. Se refiere a un libro de Taschen, esa editorial boutique, que ha reunido a fotógrafos de todo el mundo -los Helmut Newton contemporáneos- para airear las vergüenzas de sus modelos (me atrevo a afirmar mayoritariamente mujeres, pero no tengo el libro entre mis manos).

Tranquilos, que no voy a moralizar sobre si el cuerpo femenino es carne de pornografía. Algunas de las fotos más bellas que recuerdo muestran anatomías en toda su crudeza pasada por el arte, con luces sabiamente distribuidas por aquí y sombras por allá. Y se me ocurre que la diferencia entre erotismo y pornografía está en la mirada.

Insinuar o mostrar. ¿Esa es la cuestión?. Pues depende, si lo que se busca es provocar una sensación sin más o contar una historia. A los que nos excitan las historias por encima de todo, la barrera entre pornografía y erotismo podría ser el relato, se me ocurre. No importa lo dura que sea una imagen si trasciende lo que ves y te sacude y te obliga a plantearte cosas. Y no se te va de la cabeza cuando ya te has dado las vuelta y miras la siguiente foto.

No me interesa el porno porque lo encuentro fast food que, una vez devorada y cuando aún no te has limpiado las manos que chorrean ketchup -sí, es una metáfora- no deja ninguna huella salvo cierta molesta regurgitación desde el estómago. Pero esta afirmacion es gratuita porque sin duda me eduqué de espaldas al porno y no voy a aburriros otra vez con lo de las monjas o la familia española que despertaba a toque de corneta con la madre vaciando el lavaplatos los domingos a las ocho en un estruendo parecido al de la tuneladora del Metro.

Estoy segura de que hay quien puede argumentar el alcance artístico del porno. Es más, sé que en mi biblioteca hay un ensayo sobre el tema que un día cayó en mis manos y abandoné en esa pista de despegue donde se agolpan tantos libros que temo no poder liquidar antes de la jubilación. (Esa frontera soñada que a este paso llegará a los ochenta. Cuando dudo que el porno me interese gran cosa. Pero vuelvo a destilar prejuicios).

El porno, ahora que lo pienso, se alimenta de prejuicios. No hay misterio, porque todos sabemos cómo termina. El erotismo se alimenta de imaginación. De recuerdos, impresiones, intuiciones que, frente a la imagen, desfilan y se acomodan en los pliegues de unos cuerpos que son distintos para cada espectador. Habrá quien se detenga en la sombra de un cuello al llegar a la oreja, o quien busque más allá de la línea donde muere el muslo. O no pueda dejar de mirar unos ojos que sugieren que van a devorarte, pero despacio, siempre despacio.

Puede que el erotismo sea andante y el porno molto vivace. Que el primero necesite un punto alto de cocción y el segundo un vuelta y vuelta.

 "La narratividad pornográfica es un sistema coherente porque su único movimiento se produce en torno al enunciado de una ceremonia abstracta que fuerza a los actores de los que se sirve a encarnar un estado". Andrés Barba y Javier Montes, "La Ceremonia del porno" (premio Anagrama de Ensayo)




Encontré el libro, estaba cerca, a un golpe de vista. Convenientemente iluminado, que diría Dian Hanson. 







martes, 21 de mayo de 2013

ADMITIR PULPO COMO ANIMAL DE COMPAÑÍA

¿Ver para creer?
Hay un día en el que pasas de entrar de puntillas al cuarto de tu hija para coger el diente y dejarle un regalo sigiloso a negociar con ella las tarifas de Pérez (el ratón).

-Son tres euros por un diente y cinco por una muela, mamá.

La magia da paso al negocio. A algunos les pasa lo mismo con la fe. Dejan de creer pero se quedan en la sacristía haciendo el recuento del cepillo. Ahora entiendo aquello de adorar el becerro de oro, una alusión bíblica que cuando iba al colegio de las monjas me causaba estupor.

Tres euros el diente, cinco la muela. Hay que reconocer que Minichuki estuvo lista ayer, cuando me llamó al trabajo para envolverme en su telaraña. Previamente su profesora, a la que considero amiga, me había mandado un whatsap comunicándome la caída de la muela y que, tras decirle a mi hija medio en broma: "va a haber que comunicárselo al ratón Pérez..." ella le respondió: "Sí, apunta:" y a continuación le recitó mi número de teléfono.

Más tarde, ya en casa, trató de provocar ella sola una inflación repentina de las piezas dentales, y debí poner tal cara que resumió que yo era una rata y que ya sabía ella que si de mí dependiera no habría más de dos euros a la mañana siguiente bajo su almohada. Le recordé el pollo que me montó meses atrás, cuando dejó de creer en el ratón porque sus amigas le dieron sólidos argumentos: "Si ya no puedo creer en Pérez ni en los Reyes Magos, ya no puedo creer en nada".

Pero creer en nada no te conduce a nada. Y esta es mi primera gran aportación teórica de la mañana. A mi hija le expliqué con mi tufillo indeleble de ex alumna de las monjas que hay que creer en los amigos, en el cariño incondicional de la familia, en los árbitros de fútbol honestos y de vista bien graduada, en la importancia del gin-tonic (esto no se lo dije pero me lo reservo para cuando tenga edad)... Que hay que creer en que las mejores cosas de la vida son gratis. Ella ponía cara de "ya está mi madre con su poesía absurda" y cuando al fin me callé, resolvió:

"Bueno, sí, pero yo tengo la hucha casi vacía porque la hermana me pide dinero todo el rato. Necesito que Pérez vuelva".

No había contado yo con el corralito de la adolescente. Así que he procedido esta mañana a dejar unos euros debajo de la cabeza somnolienta de la enana. Y me he quedado un rato mirándola y he pensado que hay pocos placeres más bestiales que mirar a un niño cuando duerme. Su confianza extrema, el olor a piel caliente. La fe con la que anoche se fue a la cama convencida de que la tacaña de su madre, esa que le dosifica la Nintendo y se la esconde tanto que la pierde para siempre, le depositaría un dinerillo por su muela. Más aún teniendo en cuanta que, como me detalló, "está limpia, sin caries, así que vale más. He visto muelas podridas en el cole, te lo aseguro".

Somos aquello en lo que creemos, así que más nos vale aferrarnos a cualquier variedad de fe como mejillones a la roca. Y en este punto me planteo si se admite pulpo como animal de compañía. Y asumo que creo en la buena mesa y el buen vino, en una conversación animada, en esa literatura que te sacude un fogonazo entre la página 100 y la 101, en el sudor de la carrera un domingo al amanecer, en el placer de dormitar en el AVE, en la redención de los bienintencionados, en el sexo con ternura postcoital, en la mediocridad de los políticos, en la vanidad como fuente de muchos males, en el Réquiem de Mozart, en que mis padres hicieron lo que pudieron, en la inquebrantable lealtad de mis hermanos, en que la crisis se inventó en un consejo de administración, en que Ashton Kutcher tiene cara de idiota por mucho dinero que gane, en que ningún tiempo pasado fue mejor...

Y creo que a partir de los cuarenta se te abren los ojos a algunas certezas y ese es el premio de consolación por la condena de cumplir años. Y es gratis, como las mejores cosas de la vida.

P.D. Y sí, creo me ha quedado un post tan meapilesco que la madre Socorro, aquella monja recordeta, estaría orgullosa de mí. Taras que tiene una)


lunes, 20 de mayo de 2013

CÓMO SOBREVIVIR AL LUNES

-¿Por qué aplauden más al director de orquesta que a los cantantes?

Ayer mi adolescente estaba perpleja mientras el público del Teatro Real aplaudía a muerte a Ricardo Muti, que saludaba con gestos calculadamente regios y un punto estirados, convencido de su aúrea de dios que acababa de resucitar al Don Pasquale de Donizetti.

Le expliqué que la ejecución depende mucho de la dirección y blablabla. Pero ella no estaba del todo convencida de que un primer violín, supongamos, pueda interpretar sin más o entrar en un trance tan sublime que tiemblen los velos del teatro. Le expliqué que dirigir es entregarse al otro para sacar de él lo mejor de sí mismo, eso que ignora que tiene y sin embargo está ahí,  dormido en un rincón.

Ricardo Muti es un director controvertido que acumula premios y leyenda. Pero ayer la polémica no impidió que los espectadores se rindieran a sus pies, ansiosos como estaban de recuperar un repertorio clásico que Gerard Mortier sirve con cuentagotas para alborozo de los modernos y desolación de las señoras con visón.

La música, una vez que arranca la obertura, no entiende de divismos. Mi adolescente y yo veíamos a Mutti metido en el foso de la orquesta desgranando notas arriba y abajo con una elegancia apasionada tal que a ratos me sorprendí observándolo a él en lugar de hacerlo al escenario. Pensé que la entrega absoluta es lo que diferencia al genio del virtuoso. Muti era Donizetti resucitado que nos contaba una historia de engaños con moraleja mientras el respetable despedía el domingo con la sensación de que nada malo le podía pasar, al menos durante dos horas.
Ricardo Muti

La música es una droga que te permite extasiarte mientras fuera caen las bombas, truena, graniza y las familias se preguntan qué pasará mañana. El lunes es siempre el enemigo, pero se le puede ignorar con displicencia mutiana si te transportan a un tiempo pintado en una reja donde una mujer que porta un candil deambula mientras se oye, a lo lejos, la voz barítona de su amado que clama por su corazón.

Ayer mi adolescente y yo nos dimos una tregua de dos horas, y luego todo volvió a ser igual, pero distinto. Hoy busco a Muti por las esquinas y espero que su figura, elegante y soberbia, se me aparezca de un momento a otro, levante la batuta y se arranque por Mozart, por Verdi o por Salieri y me lleve en volandas y me envuelva en un manto que cura y  redime.

Lunes, aquí me tienes. Sin miedo y con el candil encendido, a prueba de dolor y de tormentas.






domingo, 19 de mayo de 2013

EUROVISIÓN O LA PROFECÍA AUTOCUMPLIDA

Un, dos, tres
Cuando yo era pequeña mis padres sólo nos dejaban trasnochar para ver el "Un, dos, tres" y el Festival de Eurovisión. En blanco y negro.

En Eurovisión España solía perder por goleada, así que lo más excitante era escuchar a Uribarri explicar los motivos de nuestra derrota, que solían resumirse en que los demás países nos tenían tirria (mis hermano y yo desconocíamos el por qué, dado que no se aportaban que recuerde sólidos argumentos, más allá de que Inglaterra era súper VIP y a esa la votaban todos).

Nunca, jamás, nadie dijo que nuestra canción fuera un truño.

Cuando yo era pequeña los artistas extranjeros de Eurovisión me parecían el colmo de la excentricidad con sus looks trepidantes y sus saltos sobre el escenario. Nosotros éramos Betty Missiego con túnica y el moño estirado hasta el paroxismo o Micky con ukelele y "Enséñame a cantar". Una canción muy tonta que el pobre defendía sin perder la sonrisa.

Recuerdo también que los más marcianos se me antojaban los suecos. Para una niña del tardofranquismo  Suecia era Nueva York. O más lejos. Y esas melenas rubias platino la promesa de un mundo galáctico y sin calabazas Rupertas de la suerte o la desdicha.

Los niños de los setenta aprendimos a sentirnos perdedores a la fuerza. Incluso le veíamos cierto glamour a la votación final, que nos garantizaba el aprendizaje de idiomas: "Guayuminí" o "La Grissss"...repetíamos sin saber muy bien de qué país estaban hablando.
Morfeo en Eurovisión

En el tardofranquismo España era la hostia aunque perdiera siempre.

Y anoche, cuando volvimos a quedar en el vagón de cola, sentí el revival a aquellos maravillosos años en los que ganar o perder a algo que no fuera el Palé (versión carca del Monopoli) o Polis y Cacos, no tenía demasiada importancia. Porque los otros, el enemigo, eran extranjeros que no conocían ni sabían a preciar el talento cañí. Bárbaros con tintes oxigenados y pantalones de campaña que le hacían la pelota a los ricos. O sea, Francia, Inglaterra, Alemania y el Benelux.

Hoy pienso que conservamos cierta vitola de soberbios perdedores. La reconozco en nuestros políticos cuando se hacen la foto de familia en Europa. Con ese gesto sorprendido de "¡Qué guay, los grandes me han dejado salir", o cuando avanzan por los pasillos con los hombros escogidos como mendigos invitados al banquete del marqués por una noche.

Como Alfredo Landa en "Los santos inocentes" quitándose la gorra delante del señorito.

¿Cuánto tarda un país en perder sus complejos?, me pregunto, aún con el sabor amargo de otra derrota eurovisiva, que en realidad no es una sorpresa sino una constatación.

El Palé
Para ser grande hay que creérselo. 

Anoche los niños del último franquismo nos fuimos a la cama como en "Regreso al Pasado" pero sin descapotable. Tarareando "Y quién maneja mi barca", de Remedios Amaya. La canción por la que nos dieron cero puntos aquel año y nos condenaron para siempre a sentirnos menos europeos que los demás. Menos modernos. Menos transgresores. Atados a la pata de una cama que fue nuestra vida en blanco y negro y que regresa cada año, por estas fechas, cuando volvemos a ser pequeños a quienes sus padres, estrictos, los dejan acostarse tarde por una vez.

Spain.....eight points. La Spagne....






sábado, 18 de mayo de 2013

CUANDO TODO ESTO TERMINE

El planeta de los simios
(Cuando todo esto pase -dijo ella- tendremos que volver a mirarnos y tratar de reconocernos en un espejo roto en mil pedazos. ¿Quién es ese?, ¿quién diablos era ese?).

Madrid, exterior noche, calles desérticas, gente en los bares. Las teles encendidas, los gritos ahogados en las gargantas. Cara o cruz.

-Echo de menos un análisis anatómico forense de la crisis.
-¿Qué quieres decir?
-Las tripas al microscopio, quiero decir. Qué encontrarán los cirujanos que abran con afilados escalpelos los cadáveres que se amontonan al pie de los edificios.

Los periódicos nos cuentan a diario los cambios de hábitos que dicta la catástrofe, pero no sé si alguien se está parando a pensar qué nueva humanidad aguarda tras el deshielo y la extinción de los dinosaurios que fuimos. Qué fue de la arrogancia, de las mantas de mohair en el invierno. Qué fue de la compasión y de la rabia. Cómo la fragilidad nos convirtió en zombies sobre un campo de minas. Qué amigos nos sostuvieron, nos impulsaron, nos zarandearon y qué otros corrieron a ocultarse en el armario para evitar que el lobo se los zampara. ¿Fuimos valientes o nos embriagamos en nuestra soberbia para no ver más allá y seguir bailando al son de una orquesta de cenizas?
Anoche, Cibeles. Esperando a Godot

Qué empalizadas se demolieron. Qué certezas sobre uno se las llevó el viento. Cuánto de artificio tenía nuestra casa, nuestro refugio. Cuánto amor estalló y cuánta solidaridad fue derramada.

(Si las lágrimas de otros nos encharcaron o nos volvieron gacelas cobardes en busca de un techo seguro, al resguardo de la lluvia).

Tendremos que pensar en quiénes fuimos y en quién es ese que se levanta un día y le sobra hueco en los zapatos. Considerar la oportunidad que esconde la derrota. Salir desnudos al asfalto como a la nueva tierra prometida. Perdonar, pedir disculpas, recoger las migas y montar un banquete con las sobras.

Anoche alguien que me quiere me dijo cosas muy dolorosas y certeras. Luego me abrazó  y caminamos mucho rato por las calles de una ciudad dividida entre Cibeles y Neptuno. Uno de los dos equipos caería en minutos. Morituri te salutant. Los focos potentes frente a Correos parecían robots de Star Wars. Ellos aún no lo sabían, pero no se iban a encender. Tanto trabajo de montaje, tanta valla de seguridad, tanto suspiro ahogado y para nada.

Anoche Mourinho quedó herido de muerte en la cuneta de la Castellana como Goliath tras la pedrada. Y Simeone cenó a la mesa de los dioses. A veces la historia destrona al rey y ensalza al mendigo. Y el rey se levanta tambaleante y entiende que el azar puede dar un vuelco a su relato tontamente. Como morir partido por un rayo o de un golpe de calor.

David y Goliath
-Cuando todo esto pase espero haber aprendido la lección.
-Esto ya está pasando. Despierta.

Anoche me tocó escuchar cosas que duelen, pero quien me las decía brindaba conmigo y un vino delicioso en un restaurante coqueto para enamorados. Luego me llevó en volandas por las calles desiertas de esta ciudad que amo y que se daba tregua y alivio con un partido de fútbol. Sentí más que nunca que un amigo es alguien que no te baila el agua pero te hace el boca a boca si te ahogas.

(Cuando todo esto termine -dijo ella- seremos otros y espero que mejores).









jueves, 16 de mayo de 2013

RELATIVAMENTE

Albert Einstein
-Tengo que decirte algo muy importante antes de que me hagas la coleta. Ya no soy la más bajita de la clase.

La noticia me parece  de gran alcance, así que interrumpo el camino del cepillo al pelo y escucho que al menos hay tres niños de menos estatura que Minichuki, que enseguida me recuerda que en una clase de 23 no es una gran marca, pero -atención- que ella juega de pivot en el equipo de baloncesto.

-¿De pivot, tú estás segura?
-Es que soy buenísima.

La teoría de la relatividad es esa que nos permite ser razonablemente felices. Siempre hay alguien que lo pasa peor que tú. Siempre hay alguien que te supera.

Mi amiga A. me contaba ayer cómo se pasa la vida haciendo de coach de amigos y allegados que le cuentan sus miserias. Ella orienta, sugiere, alienta y se queda hecha unos zorros cuando el otro se va aliviado con el bálsamo de sus palabras. "Y entonces me doy cuenta de que mi situación es mucho peor que la de quien me acaba de desgastar,  y me da mucha rabia".

Los llorones siempre han sido muy tóxicos. A veces nos regodeamos en la miseria sin darnos cuenta de que es lo mismo que rascarse con urticaria. Un pasaporte a la sala de urgencias. Pero vivimos tiempos tan convulsos que quien más y quien menos tiene un relato de tristeza, de desazón, y toca escuchar y agradecer a los dioses que la fortuna nos instale, por el momento, en el territorio del confort.

El quejica lastimero es otra especia. Se queja por defecto. Se parece un poco a ese compañero de la universidad que llegaba a los exámenes jurando que no tenía ni idea y luego sacaba indefectiblemente un ocho. Lo detestabas, dejabas de creerle y procurabas sentarte bien lejos de su mesa por si lo suyo era un virus. Luego estaban los optimistas profesionales, inasequibles a la inseguridad. Los pivot de 1,40 m que, a base de autoestima, terminaban metiendo dos o tres canastas en el partido o sacando un seis y medio que los llenaba de satisfacción.

La botella medio llena o medio vacía.

Pero si he de enderezar esta tesis de todo a cien no debería olvidarme de esa otra categoría que no se queja nunca porque considera que mostrar debilidad es una forma de debilitarse. Como abrirse las venas en medio del desierto. Y con la fuerza por estandarte avanza ignorando el cansancio y las señales del corazón que le indican que debe parar, hidratarse y buscar un teléfono para llamar a un amigo que pueda sostenerlo.

-Hola. Necesito verte. Llevo tres noches sin dormir.

Los imprevisibles son esos amigos a los que hay que vigilar de cerca. Si te llaman, debes salir corriendo porque en su juego no existe el farol.  Si gritan están abatidos. Y aquí no hay relatividad que valga.






miércoles, 15 de mayo de 2013

LOS PECHOS DE ANGELINA JOLIE

Angelina Jolie
Cuando era preadolescente la que más éxito con los chicos tenía en la pandilla era una mexicana llamada Pilita con unos pechos descomunales. Además de su cuerpo prematuramente sensual, lucía la vitola de ser hija de uno de los pocos extranjeros de la época. Ejecutivos inmigrantes deluxe que fascinaban a los niños del postfranquismo que habíamos soñado en blanco y negro hasta hacía dos días.

Yo por entonces era campeona de natación: nada por delante, nada por detrás, y la mayoría de las chicas del grupo envidiábamos secretamente las curvas de aquella chica que siempre llevaba vaqueros ceñidos mientras las demás nos las apañábamos con desgarbados pantalones anchos y por supuesto de marca "nisu" (ni su padre la conoce, era el chistecillo de entonces).

Un día, milagro, mi madre accedió a comprarnos a mi hermana y a mi unos vaqueros en la tienda donde Pilita se abastecía, en la calle Goya. Estábamos emocionadas cuando atravesamos la puerta y contemplamos con avidez aquellas perchas que nos catapultarían al universo del sex appeal. Ingenuamente yo pensaba que, como Supermán, entraría en el probador con la prenda deseada y saldría hecha una verdadera mujer.

Entonces sucedió. Un dependiente ostentosamente gay se acercó a nosotras, le explicamos que buscábamos unos jeans, y mirándome como si fuera una cobaya de laboratorio, pronunció doce palabras que se me grabaron a fuego: "para ti no tengo, guapa. Debes ir a una tienda de niños".

Aquello me hundió en la miseria. Venía a decirme que a mis trece años era como la Campanilla de Peter Pan. Un ser alado. Una niñata que aún desayunaba Cola Cao con  galletas en el País de Nunca Jamás.  
Campanilla


Volví a casa frustrada en mi convicción de que jamás tendría curvas. Nada parecido a los pechos de Pilita. Que nunca uno solo de esos moscardones que revoloteaban alrededor de la mexicana planearía cerca de un palo sin caderas y ancha de espaldas.

No sé cómo evolucionó Pilita. Si se marchitó temprano como esas flores que maduran en seguida y se mustian al tercer día de pavonearse delante del sol. Un día ella y su exótica familia -el padre, ahora recuerdo, se hizo un moldeador y llevaba el pelo como un caniche- hicieron las maletas y volvieron a México. Pero la he recordado hoy por culpa de Angelina Jolie y de esos pechos que acaba de confesar que se ha extirpado para evitar que el cáncer hiciera de las suyas.

Me parece valiente, épico,  que un símbolo erótico se arranque los órganos que representan la sexualidad desde que eres niña y lo cuente urbi et orbi. Para mí Angelina ha dejado de ser esa maciza actriz mediocre que acumula hijos como quien acumula bolsos y en sus ratos libres ejerce de embajadora de Naciones Unidas y ha pasado a ser un estandarte. Una diosa del Olimpo con superpoderes, un adalid del compromiso (estremecedoramente bella...y con Brad Pitt a la grupa).

Si hasta ahora los hombres la adoraban como aquellos muchachillos del tardofranquismo adoraban a Pilita, creo que desde hoy la amamos las mujeres que hemos aprendido que las verdaderas curvas están en el cerebro y en el corazón.

Gracias, Angelina, por el gesto. No se me ocurre una mejor campaña de prevención del cáncer de mama que el outing que acabas de protagonizar.  Has dejado a Lara Croft en la cuneta.


P.D. Respecto a mí, seguí siendo campeona de natación durante un largo tiempo y luego la naturaleza comenzó a hacer de las suyas. Por supuesto, jamás logré la exhuberancia de Pilita. Y aún a veces sueño que estoy en un probador y mi cuerpo es un palo sin cintura, sin pechos ni caderas.




lunes, 13 de mayo de 2013

LOS RICOS MUEREN DE OTRA MANERA

Sostiene V. que los ricos mueren de otra manera. Y aporta pruebas con nombre y apelidos: accidentes de avioneta, sobredosis con drogas de alto diseño, infartos en el jacuzzi, despistes en el Everest...

En realidad, de las muertes de la clase media y baja  apenas nos enteramos. Salvo que sean truculentas, en cuyo caso pasan a la sección de "sucesos", esa que ya no se llama así.

Los ricos, cuando mueren, salen en el HOLA o en "sociedad".

O sea, que hay muertos sociales y muertos sucedidos, precipitados.

Y luego está eso de morir "de causa natural". Mi abuela lo llamaba "que se te olvide respirar". A ella se le olvidó un día de primavera y la enterramos en su pueblo con una lápida que llevaba su nickname "M. de Casa Marco". La idea fue de mi padre, y todos aplaudimos.

El muerto más bello que se me ocurre fue John-John Kennedy. Su avión se precipitó cuando iba a una boda acompañado de su exquisita esposa. Luego se publicaron reportajes sobre la drogadicción de esta y el estado precario de un matrimonio de diseño que alfombró las portadas de las revistas con esa languidez tan de rico moderadamente aburrido de sus Martinis con aceituna.

Lo mejor de morirte sin una gesta que llevarte a la tumba es que con suerte tus hijos y nietos descubran en el fondo de un cajón tu verdadera historia. Esa que te has empleado a fondo en ocultar toda la vida. Y salvo que los del más allá estén pendientes de los vivos, el hallazgo no sonroja más que al que lo encuentra.

El muerto al hoyo.
John-John Kenney y su mujer

Mi abuela murió rodeada de secretos que custodiaba en la mesilla donde escondía la revista Interviú, lejos del alcance voraz de sus nietos. Murió en la cama de un hospital donde veía visiones funestas.

La enterramos una mañana de primavera, en su pueblo pirenaico. Con su nickname.

Su mesilla aún alberga secretos que no nos hemos atrevido a levantar. Porque una vez que abres una tumba, ya no hay marcha atrás y tienes que mirar hasta el fondo.







domingo, 12 de mayo de 2013

BLANCANIEVES EN LA PLAZA MAYOR

Macarena García-Blancanieves
Suelo enfermar de rabia cuando veo una mala película que prometía, sobre todo si es española (la última de Isabel Coixet me disparó la urticaria hace unos días). Experimento un sentimiento tan antichovinista que roza la vergüenza ajena.  Pero ayer vi Blancanieves, de Pablo Berger, que se me pasó en su momento y también tras los Goya, y volví a creer como otro Pablo, el bíblico,  tras caer del caballo.

No soy de las que se plantan el clavel y salen con un Pichi al lado a isidrear en Mayo. No por nada, ya he contado que en mi casa se escuchaba Zarzuela a todo trapo y que aún hoy sería capaz de entonar fragmentos de Agua, Azucarillo y Aguardiente o de Luisa Fernanda sin más problema que el rubor o el desentone. Pero ayer alguien de ese Ayuntamiento que critico tres veces al día programó la proyección de la película en la Plaza Mayor, con una orquesta que desgranaba en directo su banda sonora magnífica. Entre los músicos estaba Agustín de Vilallonga, artífice de esa joya musical que nos estremecía mientras una brisa suave nos rodeaba a los cuatro mil afortunados que estábamos allí.

Madrid era el pueblo de Madrid de "una morena y una rubia"... Sillas de madera,  bocadillos de tortilla y conversaciones cruzadas entre vecinos que hasta ese momento no se conocían. Mi hermana y yo, con nuestras viandas, charlábamos sin importarnos la espera de más de una hora ni que, por la ley de Murphy, me tocara delante un armario de tres puertas que me obligó a convertirme en una avestruz en busca de un ángulo para ver bien la pantalla.

Una pantalla donde Macarena García te llevaba en volandas al epicentro del sentimiento, con unos ojos tan expresivos que te hacían añorar los tiempos del cine mudo, donde cada espectador escribía las líneas de un guión irrepetible. Y donde Maribel Verdú era una mala tan cruel que a la salida mi hermana comentó lo mal que  "le sienta el paso de los años, no crees? ¿o será por el personaje?".
Plaza Mayor, anoche

(Querida M., si a la Verdú le sientan mal los años yo soy Nosferatu en un mal día, una Klaus Kinski aficionada sin cuello a donde abalanzarme).

Anoche, digo, mientras los seguratas se aseguraban de que nadie moviese un milímetro su posición (efectos del Madrid Arena, me temo)  asistíamos a un recital de poesía hecha cine, a un cuento de derrota y éxito, de amor y duelo. Tan bien hilado como uno de esos mantones bordados de seda de colores. Aunque fuera en blanco y negro.

Pensé cómo podía haber dejado de ver esta película. Qué hubiera sido de mi vida sin la noche de ayer. Sentí que no estuvieran las chukis conmigo para compartirla.

Quise llamar a mi querida A. a la salida, guionista brillante y ardiente defensora de lo suyo, para decirle que vuelvo a creer en el cine español. Pero era muy tarde cuando los cuatro mil abandonamos la Plaza Mayor, más bella que nunca, con la sensación solemne y compartida de haber asistido a un espectáculo único, luminoso, excepcional.

Y esta noche aún sonaba en mi cabeza "No te puedo encontrar", de esa mujer de voz prodigiosa llamada Silvia Pérez Cruz que cuando canta detiene el viento y te dan ganas de bailar. Aquí os la dejo...








sábado, 11 de mayo de 2013

HAY TANTO RUIDO, TANTO DOLOR

"No es que amemos estar solos, sino que amamos llegar muy alto, y cuando lo hacemos, la compañía se vuelve cada vez más escasa, hasta que desaparece". Henry David Thoreau. Cartas a un buscador de mismo.

Leer a Thoreau en una peluquería de barrio es como merendar caviar en la pradera de San Isidro. Pero ayer pasé tres horas actualizando mi condición de rubia platino que me dieron para rematar la lectura de un libro fascinante que habría plagado de subrayados de no ser porque me lo prestó J.E, que pone su nombre y la fecha bien clarito la primera página y subraya en verde. Así te recuerda que lo que tienes entre tus manos es pan para hoy y hambre para mañana. O sea, suyo y de nadie más.

Fisgar lo que otro destacó en un libro es puro voyeurismo. Un ejercicio de psicoanálisis barato que puede llevarte a peligrosas interpretaciones. He aquí algunos subrayados de mi amigo, que comparto amparada en su anonimato y en que sospecho que le puede excitar:

-"Elegí mi propio estado de ánimo".  (No lo dudo, porque en tu caso suele ser exultante como una ola de mar brava que se levanta y te aplasta y se retira dejando un hilillo de agua entre tu filete y tus patatas)

-"Considerando las escasas amistades poéticas que existen, es llamativo que haya tantos matrimonios. Es como si los hombres cedieran demasiado fácilmente a las directrices de la naturaleza sin consultar antes a su genio". Ciertamente, J.E, casarse es un ejercicio impulsivo que choca con cualquier pretensión intelectual. Luego, una vez matrimoniado, conviene construirse un andamiaje teórico para albergar el sentido de algo tan inútil como una jaula para el amor.

-"Si de forma plenamente consciente hubiera de unirme a las filas de algún partido, escogería aquel que mayor libertad ofrezca para el pensamiento". No existen, ¿verdad, querido J,E? Un partido político es una organización que finge debatir sobre ideas unicelulares y expulsa de la foto a todo el que le sale respondón (o lo utiliza para presumir de liberal y tolerante).

Ayer, mientras el tinte me convertía en mujer loba, pegaba aullidos entre las páginas de mi libro y en los descansos observaba a la peluquera. Una marroquí nerviosa, sensual y regordeta que bailaba a mi alrededor y me contaba con acento francés que le duele siempre la cabeza y que cuando termina su jornada, a las nueve de la noche, se va directa a casa y empieza "su otro trabajo" (misteriosa).

-¿Tienes otro trabajo, nocturno? pregunté sientiéndome un tanto indiscreta pero envalentonada por los efectos de Thoreau.
-Sí. Llego, me ducho, ceno y abro el ordenador para criticar al gobierno. Las injusticias. La pobreza. La desigualdad. Y a esos que desimputan a las princesas. Y a los que echan a la gente a la calle a la gente porque ya no puede pagar su casa. Y muchas vecesde tanta rabia se me saltan las lágrimas y lloro por el mundo.

Stop Desahucios
Pensé que Thoreau contemplaba el mundo aislado en su campo, sintiéndose una rara avis pero sin un ápice de compasión. Y que esta mujer cansada que se arrastra entre secadores y tintes con amoniaco siente como obligación moral postergar el descanso para denunciar el atropello. Y sí, esto es demagogia barata fruto de que hoy me he levantado más rubia, pero hay algo cruel en el pensador teórico. Algo deshumanizado y aséptico. Como si observara la realidad protegido por una cápsula de cristal blindado, ataviado con mascarilla y guantes de látex. Vacunado contra las lágrimas.

-"Escribo a toda prisa antes de que llegue el correo, y por tanto, una vez más, he de omitir la moral".  Henry David Thoreau.
-"Estás muy guapa, cariño. Discúlpame por haber tardado tanto esta vez. No sé qué le pasa a mi cabeza. Hay tanto ruido, tanto dolor..." María, mi peluquera.