jueves, 27 de junio de 2013

LOVE IS LOVE

Lo importante de que te reconozcan un derecho es que ya no tienes que rebelarte contra nadie ni tratar desesperadamente de ejercerlo aunque en realidad y sin oposición de nadie jamás lo harías.

No creo que los gays vayan en oleadas a casarse sólo porque ahora el Supremo haya reconocido que un matrimonio es la unión de dos que se aman, no de un hombre y una mujer (que sí, a priori se aman pero a menudo se ignoran, se toleran o directamente se detestan) Sin embargo ayer era emocionante contemplar a esas parejas cogidas de la mano celebrando que ya nadie va a interponerse en su camino hacia el reconocimiento social que supone algo tan íntimo como amarse y rubricarlo frente a un juez.

Que el Estado intervenga sobre los sentimientos debería soliviantarnos tanto como que dicte sentencias de muerte (no creas, Obama, que porque seas un romántico liberal te perdono lo de los drones y la silla eléctrica, lo de las armas para todos, lo del intervencionismo en nombre de la libertad mundial). El amor y la muerte dependen de un papel que firma alguien con la venia de todos los que ganaron unas elecciones. Me pregunto si alguna vez regularán nuestro apetito, las dietas de literatura o a quién debemos invitar a nuestra casa los viernes por la noche.

Love is love. Podría ser un título de canción de los Beatles. Un axioma. El final de una discusión errática que ya no te lleva a ninguna parte. Pero que lo diga el Presidente de los Estados Unidos suena a música celestial, y no me imagino a Rajoy haciéndole los coros. Ni a la señora esa de "las peras son peras y las manzanas, manzanas". La intolerancia del idiota consiste en denegar al otro la capacidad de sentir (como si esto fuera posible),  y convertir su sentimiento en una anomalía, una tara genética o, directamente una perversión.

Hay gays que se aman y gays que se hieren, faltaría más. Mis hijas, sin embargo, tienen una visión unívoca del amor gay. La de nuestros amigos J. y P., una de las parejas más sólidas de cuantas nos rodean. No, no se han casado ni falta que les hace, pero llevan tres lustros queriéndose sin más papeles que las listas que P., maniático hasta el paroxismo, pega en la puerta los fines de semana con las citas y planes para que J., más caótico, se centre y se apunte a lo que quiera. Si quiere.

Hace unas semanas Minichuki me contó que un niño de la clase había tratado de insultar a otro llamándole "maricón". Mi hija se dio la vuelta y respondió: "Maricón no es un insulto. Mis amigos J. y P. lo son y molan mucho". A mi hija le habían bastado unos días de convivencia con ellos el pasado verano para entender el recital de alegría y delicadeza de esa pareja gay que iluminó nuestra pradera astur con sus guisos humeantes y su dialéctica inteligente mientras caía la noche y proyectábamos entre todos el día después.

Love is love, y si los poderosos gobernantes quisieran hacer las cosas bien, hasta el final, intervendrían en las bodas de todos, incluidos los heterosexuales. Muchos no nos habríamos podido casar por defecto de fondo cuando un día dimos el sí quiero y rompimos una promesa años después. Sin duda deberían habernos puesto en una lista de sospechosos habituales, incapacitados para el matrimonio, esa institución que es una losa un poco más ligera desde que los jueces de Obama han dictado sus sentencia.

Enhorabuena a todos los gays porque ya son un poco más libres para decidir. Enhorabuena a todos los heteros, porque estar en igualdad siempre fue una fortaleza, no la pérdida de una atalaya que encima no conquistamos, sino que nos fue dada en herencia. El amor es el amor. Quien lo tuvo sabe que debe luchar hasta el final para conservarlo. Y si encima viene acompañado del disfrute de unos derechos que nadie debería haber cercenado jamás, debemos bailar hasta el amanecer.

"Cuando todos los americanos son tratados por igual, sin importar quiénes son o a quién aman, todos somos más libres". Obama.


miércoles, 26 de junio de 2013

GIACOMETTI CONTRA EL CAOS

Giacometti
Sostiene mi fisio que un músculo contracturado es el alarido de tu cuerpo como reacción al caos y al veneno circundantes. de lo que se deduce que el caos me invade rabioso como Godzilla a Nueva York.

Hay varios tipos de contractura, verás. Está la contractura intelectual, ese que sobreviene cuando lees un libro de los que se editan para no parar las máquinas de las editoriales ni el talado de la Amazonia. Son legión, llegan todos los días y van a parar al armario de las letras perdidas.

Está también la contractura sentimental, que es la que te sorprende un día de decepción y ruido en el que te das cuenta de que lo que no puede ser, no puede ser. La contractura medioambiental tiene que ver con esos charcos de cinismo que se forman a tu alrededor y evitas a saltos cada vez más torpes, como una Rayuela borracha.

La contractura es el síntoma, no la enfermedad. Y juega al despiste. Pongamos por ejemplo que te duele el trapecio. En realidad puede que el chasquido se haya debido a la caída libre de la Bolsa, eso tan artificial que se basa en la alternancia de avaricia y desdén. Si te duele la cabeza, sin embargo, bien podría deberse a una indigestión aguda de sarcasmo. No se puede tragar tanto como no se puede terminar la mariscada con la que ayer celebramos unos cuantos la marcha de D. en un restaurante estilo salón de bodas de pueblo lleno de gente con las manos chorreando patas, caparazones y saliva.
Rayuela

La desconfianza también genera contracturas a nivel del hipotálamo. Hay que encontrar un gran masajista para aliviarlas, porque la realidad es que cuando dejas de fiarte de alguien es difícil restañar la herida que se produce. Como mucho consigues un parche que evita la hemorragia, el borbotón, pero no la costra que te recuerda que no puedes desnudarte más delante de esa persona. No hasta el final. No sin pagar un alto precio.

Ayer D. y yo hablábamos de ese tipo de contracturas justo después de aliviar tensiones entre las figuras flamígeras de Giacometti en la Fundación Mapfre. La ligereza, la exploración de la esencia, el despojo de todo ropaje innecesario hasta llegar al espíritu eran un espectáculo balsámico que detuvo el tiempo, las tempestades y el hastío por un rato. Luego, en la camilla de mi fisio, dejé que unas manos bucearan hasta las profundidades de mis fascias, y pegué alaridos mudos de dolor. Los cuerpos, con la crisis, se resienten como los bronces deshilachados del genial artista suizo, pero no se quejan hasta que ya es tarde. Y entonces te arrastras, te quitas la ropa y dejas humildemente que alguien rescate tu fe en las personas y sus intenciones.
Godzilla
(Puede que el arte y la bondad sean el boca a boca de urgencia que estábamos esperando).

-Yo entre una persona inteligente y otra bondadosa me quedo sin duda con la segunda, dijo D.
-Yo prefiero la inteligencia bondadosa, si es posible. Pero como no sobra, me contracturo.

La contractura general es la peor de todas. Provoca un shock, un colapso que te lleva a la sala de urgencias de un hospital donde nadie te ve, porque te rodea la turbamulta insomne que ha cronificado su locura. Los Godzillas reincidentes, los hombrecillos a la deriva de Giacometti, los zombies de la nueva peli de Brad Pitt. Y no te queda otra que pelar una gamba y beber un trago de Albariño en un salón iluminado con fluorescentes donde la bacanal precede al sueño ligero y contracturado, pero menos...


martes, 25 de junio de 2013

LAISSEZ FAIRE,LAISSEZ PASSER

Anuncio de Ford India
A Berlusconi le han caído siete años de cárcel que imagino no se ejecutarán. La ley a veces te ofrece titulares que en la práctica son música para camaleones. Y como no me he tomado el virus de la corrección política esta mañana diré que espero que ese cerdo con gomina arda en algún infierno con rejas donde alguien le arranque el peluquín pelo a pelo por todas sus tropelías contra las mujeres y contra el mundo.

Si yo fuera italiana sentiría bochorno por haber sostenido a semejante tiparraco. Cierto que cada país tiene sus vergüenzas, pero este señor ha eructado contra todos los códigos del honor, la estética, la ética y el tinte del pelo.

Siento una aguda animadversión por los tipos rijosos que se enardecen con jovencitas a las que luego llaman putas. Una velina es una mujer pasada por las rodillas de Berlusconi. Una tontuela, puede que una ambiciosa trepadora que pagó un precio demasiado alto por sus dudosos cinco minutos de gloria junto a ese empalmado militante.

Me gustan los hombres que respetan a las mujeres. Se lo digo a las chukis y me miran con cara de ¿a esta qué se le ha roto hoy? El respeto es una palabra pasada de moda. De todas sus acepciones RAE mi favorita es "consideración". Un tipo que no te considera a veces te exhibe como un trofeo y pocas veces quiere saber lo que piensas.

-Mamá, ¿cómo sabes si un chico es un buen novio?, pregunta mi adolescente con tonillo de reto chungo del Trivial.
-Uf, no es tan fácil, verás... Quizás porque te hace sentir que no renuncias a nada de ti misma a su lado. Y te pregunta y no te utiliza para engordar su yo. (Ahí mi hija se desconecta porque una madre redicha es casi peor que un gobernante salido)

Anoche A. y yo hablábamos de hombres. Me contaba cómo algunos amigos, tras saber que había roto con su novio, aprovecharon para hacer leña del árbol caído. "Era un capullo, era un egoísta, era un...". Podía deducirse que mi amiga se había rodeado de indeseables para construir el amor a lo largo de su vida. O sea que sus amigos, algunos amigos, quisieron consolarla con una acusación sumarísima: "Te fijas en tipos que te lastiman". Me pareció fatal.

Creo que un amigo está para decirte "cuidado, no sea que te hiera" mientras está sucediendo, no a toro pasado y con carácter retroactivo. El respeto en la amistad se ha interpretado como la no intervención, el laissez faire, laissez passer...y me parece muy mal. Anoche A. y yo analizamos por qué a veces uno escoge al hombre equivocado. Por qué a veces la mujer renuncia a sí misma para empinarse sobre un ser grasiento que huele a poder, que apesta a dinero y a sexo barato. Y al día siguiente se encuentra una portada donde a ella la llaman puta y a él superviviente.

-Creo que tú necesitas un hombre bálsamo. O un bálsamo, sin hombre, le dije.
-Tienes razón, sí.
-Un beso grande, amiga
-Otro.

Espero que ese cerdo llamado Berlusconi no encuentre bálsamo alguno en el burdel de su existencia. Y que esas velinas estén a tiempo de aprender la lección del respeto. Tan antigua, tan necesaria.




lunes, 24 de junio de 2013

CÓMO VENDER TU ALMA Y A LOS BEE GEES

En los años setenta, mi abuela se volvió moderna y le dio por comprar sofás de cuero negro, estanterías de cristal y cromados y un mueble bar de discoteca con su ruleta ad hoc, con la que mis hermanos y yo entreteníamos las tardes de tedio. Su afición a la cultura disco no le impedía atesorar figuritas de Lladró, jarrones chinos, enormes televisores y gadgets de cocina que jamás utilizaba. Un totum revolutum mareante y amenizado con los discos de Mari Trini, Julio Iglesias y Maria Dolores Pradera.

Este fin de semana mis hermanos y yo nos dispusimos a vender parte de sus pertenencias a una casa que pronto será de unos desconocidos. J. y yo íbamos haciendo etiquetas, poniendo el precio a los lotes, para evitar tener que discutir por dinero con esos señores que llamaban a la puerta haciéndose pasar por particulares que necesitan amueblar una casa de playa, cuando olían a la legua a chamarileros de tienda vintage de moda que ofrece la miseria que luego venderá a precio de hipster idiotizado por el fashionmundo de la decoración.

-¿Te acuerdas de cómo se enfadaba la yaya cuando los niños le cogían las figuras de los perritos?
-Sí, ¿y de cuando le dio por comprar la bici estática y la cinta de correr? ¿Cuánto pedimos por ellas, por cierto?

En mi familia somos muy de adornar los dramas con chistes. Unos verdaderos profesionales. Pero debo confesar que mientras rellenaba esos cartelitos con una cifra algo se me rompía por dentro. Estaba traicionando a mi abuela. Poniendo precio a su emoción, al viaje a Moscú donde compró esos cuatro horrendas estaciones de cobre, a su época de metacrilato y plexiglás. A esas tardes de sillón de mimbre y terraza donde hablábamos de nuestras cosas y nos peleábamos porque a ella alguien cercano le caía fatal y no se cortaba un pelo en despellejarlo.

Cuando alguien muere, aunque hayan pasado unos años, su espíritu se queda atrapado en las cosas, ahora lo sé. La inmortalidad podría ser ese estremecimiento que te provoca vender algo que encierra detrás muchas secuencias. Tu infancia, tu juventud, las heridas de guerra. Mi abuela, de la que me acuerdo todos los días, era una mujer de mundo que un día se encerró en su casa y se negó a salir más. Entonces sus objetos cobraron vida, la abrigaron, y aunque ella fue perdiendo el interés jamás nadie osó sugerirle que quitara alguna figurita del horror vacui de una estantería o que tirara ya el poster del Papa Juan Pablo II a la basura.

Sus objetos eran su forma de enraizarse en un mundo que ya había previsto abandonar. Y que contemplaba desde un sillón retapizado que, desde que murió, nadie ha movido y que mi padre, inmediatamente, convirtió en su favorito cuando se trasladó a vivir a esa casa

Creo que él se sentía, se siente, menos huérfano allí sentado. Y hace unos días, cuando nos reunimos para ver qué se haría con las cosas de la abuela, nos advirtió que el sillón y el dormitorio de su madre "no se tocan. Me los llevo yo a donde vaya". Me pareció conmovedor. Luego nos fue preguntando qué queríamos llevaros cada uno, y prácticamente todos respondimos que nada. El pobre insistía señalando una lámpara, un delfín de cristal: "¿Y esto no te gusta, bruja? ". Al final decidí aceptar el mueble bar de los Bee Gees, una Venus de porcelana y algunas miniaturas. Él, satisfecho, me coló en la bolsa una foto enmarcada de mi abuela de joven con él, de bebé, en brazos. Se le saltaban las lágrimas y a mí también.

Hoy pienso que deberíamos hacer como los hindúes. Buscarnos un Ganges y quemar las cosas de la abuela en una ceremonia fúnebre con música de Mari Trini. Impedir que las manazas de esos violadores de almas toquen nuestros recuerdos, se sienten en los sillones de cuero y escupan sobre lo que fuimos. Reivindicar a mi abuela. Y después ir con mi padre al cementerio y disculparnos por el atropello de estos días de vértigo y nostalgia.

P.D. Además de los objetos reseñados tengo en mi poder un chaquetón de visón -"la pellica"- que probablemente esté podrido por dentro. Lo miro y veo a mi abuela animándome a probármelo hace veinte años: "Póntelo, nena, que ya verás cuánto abriga".

P.D. Anoche mi hermana me llamó para contarme que, después de ver las fotos de los muebles con un precio se murió de pena y decidió llevarse varios a su casa. No le pegan nada, desde luego, pero cuando se lo contó a mi padre le dio un alegrón. Alguien de la familia había entendido al fin que hay cosas que no se pueden dar ni vender porque son el legado de quienes fuimos, de quienes seremos.




sábado, 22 de junio de 2013

PECES DE CIUDAD

Parque de El Retiro
He soñado con todo eso que sucede mientras miras a otra parte. Por ejemplo, como ya no hay cole en bachillerato tu adolescente se pasa la mañana a su libre albedrío, con el móvil silenciado pero echando chispas (me consta). Y entonces tú, que estás en el trabajo sumida en profundos pensamientos pitagóricos, pegas un respingo porque son las doce y no sabes nada de ella:

Y llamas. Y no lo coge.

Y mandas un wasap: "Necesito coordenadas de tu paradero".
Y no contesta.
Y mandas otro:
"Como no me contestes te mando a la abuela"

Y nada.

Y mandas un tercero y definitivo tiro en su línea de flotación:
"Mañana no sales, que lo sepas"

Y ahí parece que la cosa funciona, porque la interfecta llama: "Mamá, eres una borde por wasap".

(El viejo truco de pasar de sospechoso a víctima del sistema. Una treta adolescente de manual general básico).

-¿Puede saberse dónde estás?
Wasap
-En El Retiro.
-¿Y puede saberse qué haces?
-Contar árboles, ¡no te fastidia! Mamá, estoy de vacaciones, por si no lo sabías. Dame un poco más de libertad.

Y entonces, tal y como leíste una vez en una entrevista en Vanity Fair, lanzas un órdago a la grande. El reto que podría hacer tambalearse los pilares de la relación y la confianza madre/hija:

-Hazte una foto junto al lago, anda, y me la mandas.

Lo que sucede mientras miras a otra parte es que los demás van a lo suyo. Pero hay un sistema de moléculas en movimiento que puede estar preparando una catástrofe. Son esas miles de hormigas que han salido de su agujero y se están merendando tu sandwich de jamón y queso con mantequilla salada.  Y tú, que andas escasa de sueño en los últimos tiempos, tratas de comprar la calma en una mala foto tocada frente a ese lago donde Madrid se siente Europa para quedarte tranquila. Y no hay derecho.

Cuando uno está cansado le da por controlar, eso he aprendido. La hiperalerta es síntoma de debilidad, así que conviene buscar un hombro amigo donde apoyar nuestra cabeza y dejar que el mundo gire y se dé el lote en el banco de un parque donde la diletancia es dress code obligatorio y donde una niña, ya mujer, experimenta la sensación única de dirigir su destino mientras la loca de su madre hace juegos de palabras frente a una pantalla de ordenador.

El verano es un estado mental, ahora lo entiendo. El estrés, un camino hacia el fascismo que conviene atajar. Y tu adolescente, la persona más indicada para enseñarte que el ahora es ese instante preciso en el que debemos concentrar nuestros sentidos porque pasa como las hormigas una vez que se han zampado la última miga de tu picnic. Y no deja ni rastro, salvo a veces la melancolía.

Wasap: "Mira, mami, qué bonito está el Retiro. A ver si vienes conmigo un día de estos..."




viernes, 21 de junio de 2013

COMO ME TOQUE LA BONOLOTO, ME DIVORCIO

La crisis ha bajado la cifra de divorcios un 18%. Desde un punto de vista puramente estadístico, nos queremos más. Eso es lo que deduciría una inteligencia artificial que tomara muestras de terrícolas empantanados entre facturas que no pueden pagar, junto a una pareja a la que no pueden querer ni tampoco abandonar.

Ahora entiendo el significado de "Amar en tiempos revueltos". Esa serie a la que estaba enganchada mi amiga A. hace un par de veranos, que acompañó mi sueño siestero en nuestra casa de Asturias. La principal virtud de "los huevos revueltos" (así la llamábamos, para acortar) era que aunque te quedaras frita a los diez minutos y despertaras cinco antes del final, sabías perfectamente lo que había pasado. Y si no, mi paciente amiga -contadora de historias profesional y prodigiosa- me daba dos o tres pistas que completaban el puzzle romántico y azaroso de aquel verano.

Las parejas en crisis tienden a ver la tele juntas porque es gratis. Imagino que ya que están comentarán la película y es posible que la mano de uno caiga en el regazo de la otra o el otro y una cosa les lleve a la siguiente. Eso lo lo pienso en mis fantasías más románticas acerca del asunto. Hace un tiempo alguien me dijo: "Como me toque la bonoloto, me divorcio". Me pareció una boutade, pero ahora entiendo que no y me imagino a esas hordas de mal avenidos comprando a escondidas un cupón de la ONCE que les permita culminar su máximo sueño: No un viaje alrededor del mundo ni una mansión estilo Tara en los Hamptoms, sino separarse de quien ya no comparte los huevos revueltos por la mañana, sino el silencio espeso y un sofá pendiente de tapizar.

En tiempos revueltos como huevos - ahí va mi tesis etérea como una escultura de Giacometti- los que se aman se aman más y los que se detestan subliman el odio hasta que lleguen horas mejores. La iglesia pensará que por fin ha triunfado esa vieja proclama de "en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe". Imagino hogares divididos por trincheras donde uno guarda su compra en una balda y el otro en la de al lado. Una guerra sorda y sostenida de esas que en los libros de historia nos pintaban como la peor. La que se prolonga en el tiempo y va sembrando los campos helados de cadáveres.

Dos que no se divorcian porque no pueden pagarlo son enemigos íntimos con un pañuelo blanco atado torpemente a la muñeca. Cuando uno entra en la cocina el otro sale hacia el salón. Se apuntan los recados en post-its sembrados acá o allá y afilan las bayonetas cada noche, justo antes de dirigirse el uno al sofá y la otra a la cama, en turnos sucesivos que no se rompen sin una negociación previa. El amor en huevos revueltos se parece un ministerio con funcionarios renegados que pegan sellos sin levantar la vista y se alteran cuando les haces una pregunta que no está en el formulario.

Se me ocurre que los bancos deberían inventarse créditos para divorcios a bajo interés. Una llave hacia la libertad que impida que esa bomba nuclear que es una pareja infeliz estalle en una noche de verano porque ella perdió el mando de la tele o él dejó unas gotas en la tabla del váter. Me sorprende que las aseguradoras no hayan puesto en marcha ya un seguro de divorcio que podría formar parte de las listas de boda. Y un GPS para vivir con el enemigo sin toparse con él en todo día.

Ya puestos, inventaría un manual de conversaciones inconsistentes que no deriven en pelea. Y unas mamparas de La Tienda en Casa que permitan dividir mueble o espacio haciendo un click.

Veo oportunidades de negocio por doquier a costa de tantos hogares infelices. Esos campos de minas donde uno querría vomitar los huevos, pero no tiene dónde ni tampoco puede pagarlo.


jueves, 20 de junio de 2013

MENTIRAS VERDADERAS

Anoche, en una tertulia radiofónica de las que me encuentro cuando salgo en estampida de mi emisora porque toca fútbol, alguien dijo de Rubalcaba que es "el hombre que miente con más sinceridad". Me pareció una frase a tener en cuenta. Algo más que un juego de palabras basado en la antítesis. En mi sistema moral maniqueísta, hijo de unos padres estrictos y unas monjas puñeteras, existían el blanco o el negro. La verdad o la mentira. Y en todo caso algunas variedades de ambas, como la mentira piadosa o la verdad por los pelos.

Pero que alguien mienta con sinceridad tiene todo el sentido. Digamos que su mentira es una construcción sin fisuras ni titubeos, tan sólida que permite estirar un argumento hasta el final. Tan profunda que engaña incluso a su perpretador. El trolero aficionado tropieza siempre por el camino. Es como el asesino incapaz de ejecutar el crimen perfecto. Se dejará unas tijeras, la borra del fondo de sus bolsillos o la tarjeta de un restaurante muy pequeño donde alguien se fijó en la leve cojera de sus piernas. Pistas suficientes para que la policía lo busque y lo detenga. Fin del cuento.

El mentiroso sincero, sin embargo,  está dotado de tal refinamiento para el embuste que escucharle es un espectáculo.  Todos hemos tenido cerca a alguien así. Encantadores de serpientes que componen la postura como alumnos aventajados del Actor´s Studio y modulan su voz tirando de método Stanivslaski para ofrecerte un recital de mentira tan delirante que merece una ovación al terminar.

"Miénteme, Pinocho" es más que el final de un chiste verde popular. Es eso que pedimos a gritos cuando nos compensa fingir que creemos en alguien que nos está tangando pero con elegancia.

Debo reconocer no sin dolor que hace tiempo solía creerme a Rubalcaba. No apreciaba ni medio titubeo en sus sentencias cargadas de la dosis exacta de acierto sintáctico, vehemencia retórica y profundidad moral. Como la receta del perfecto Bloody Mary en su punto de angostura. Yo entonces era más ingenua de lo que sigo siendo, hasta que un día me caí del caballo y entendí que un político que dice la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad no tiene futuro más que en el país de Fantasilandia. En política la variedad de mentiras y verdades es más abundante que la carta de tapicerías de los sofás de IKEA.

Aún así, mi detector de mentiras sigue siendo más del maletín del espía con el que juega mi hija que del Mosad. Un engendro plastiquero que se rompe en cuanto detecta la tercera trola. Así he aprendido a obedecer a mis intuiciones. Al leve pinzamiento en el estómago, al titubeo de unos ojos que se fugan un segundo de los míos y roban una perla del collar de aquella dama. Me consta que mi sistema no está muy perfeccionado ni pasaría las normas ISO más livianas, pero me permite ser feliz. No escruto a los demás, los presiento y a veces dejo que me mientan a su antojo. Después me fumo un puro y los tacho de la lista. A otra cosa.

Rajoy y Rubalcaba, ese pacto inverosímil
Y considero una victoria no haber caído en el pilón del escepticismo. Seguir pensando a priori que me dicen la verdad. Que todo hombre o mujer es lo que parece hasta que te demuestra lo contrario. Y que "El honesto mentiroso" es un buen título que, compruebo ahora, ya acuñó  Rafik Shami en un libro que no he leído pero apunto en mi lista inabarcable.

Nota final: La Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 11º, reza así: “Toda persona acusada de un delito tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se pruebe su culpabilidad, conforme a la ley y en juicio público en el que se hayan asegurado todas las garantías necesarias para su defensa“.




miércoles, 19 de junio de 2013

CICUTA PARA TODOS

De cuando en cuando la vida te pone en tu sitio. Por ejemplo, por muchas vueltas que le doy no termino muy bien de entender lo de la Infanta Cristina y los famosos terrenos. No sé qué registrador de la propiedad o qué notario puede trastabillarse tanto como para anotar un DNI de dos cifras en lugar de uno de ocho. Y tampoco entiendo que Hacienda saque pecho y se haga cargo del error para que los curiosos impertinentes nos callemos de una vez.

O sea, que soy bastante más lerda de lo que pensaba. Touché.

Los niños preguntones han sido un incordio porculero de toda la vida. Llega un momento en el que se recurre al comodín del público: "esto es así porque lo digo yo". Cuando te muestran el argumento de autoridad, échate a temblar. No way. El porcojonismo se inventó para que los débiles y los mediocres se impusieran a la manada. Luego llegamos los padres y madres y adoptamos el sistema para tomar atajos en esa senda procelosa que es educar a un hijo.

Sócrates debe estar revolviéndose en su tumba. Su mayeútica, esa bella palabra, ha sido condenada a beberse la cicuta una y otra vez. Vivimos en un tiempo de preguntas sin respuesta. Tanta contención provoca efectos indeseables, como que los brasileños se echen a la calle y conviertan la ciudad en un hormiguero voraz  que exige respuestas a sus anhelos. O que los turcos de Erdogan sigan tomando la plaza tras los palos recibidos y en silencio se den las manos y miren al cielo.
Sócrates

Cuando un rebelde deja de gritar pero no se mueve de su sitio, se convierte en un símbolo. Y un símbolo es mucho más poderoso que un cuerpo porque resulta indestructible.

("La educación es la inflamación de una llama, no el relleno de un recipiente." -- (Hem.,1 /97, p.96)
 
Lo peligroso de las preguntas, pensarán ellos, es que una siempre te lleva a la otra. Son en sí mismas un laberinto, gigantescas matroskas rusas que cuando las abres siempre llevan otra dentro. Cierto hombre de mi vida enseñaba retórica y argumentación en una escuela universitaria. Sus alumnas se volvían locas de excitación al ser sometidas a la mayéutica seducción de la razón, y alguna se enamoró sin darse cuenta de que hay cosas que no se explican, como el amor. Llegan, sacuden con sus rayos y centellas y conviene dejar que se posen antes de sacar el bisturí para diseccionarlas. Las grandes emociones hacen cortes de mangas al bueno de Sócrates, y está bien que así sea.
Infanta Cristina

Pero todo lo demás exige no ser dado por supuesto. Pararse un rato y dejarse invadir por el asombro. ¿Pero cómo es posible que...? Y volver a ser niños preguntones que utilizan las dudas para cincelar su mundo (ayer, por cierto, comí con J.E que, además de regalarme una de sus sentencias -"yo las dudas las metabolizo"- me puso en mi sitio al caer en la misma trampa que le había tendido. Con amigos tan inteligentes y mayéuticos no necesitas a Sócrates ni a Platón).

"Sólo hay un bien: el conocimiento. Sólo hay un mal: la ignorancia" (Sócrates, of course)
 
 


 
 

martes, 18 de junio de 2013

FABRICARSE EL PARAÍSO

Mi querido J.E me envía por mail un reclamo que sabe que disparará mis jugos gástricos: La presentación en la librería La Central de "FABRICARSE EL PARAÍSO. Consejos para el escenario y sugerencias para la trama". Su mensaje es corto, como acostumbra. Apenas un hola y, como despedida, "el eslogan muy sugerente, ¿no?".

Colecciono paraísos como quien colecciona lepidópteros de la Amazonia. Hace unos años, en un trabajo anterior, solíamos comer algunos compañeros en una especie de merendero en el pueblo de Fuencarral. Estaba sombrío gracias a un techadillo de brezo, las mesas de metal y música pachanguera de fondo. Juro que si levantaba la vista veía el mar, aunque en realidad era la antigua carretera de Burgos. Una gloria de asfalto venida a menos que, saeteada por el sol, brillaba como el océano con sus virutas salvajes de acero.

Un paraíso es una imagen potente y placentera que aturde a tus sentidos. De ahí que me guste la pintura y esos cuadros donde a fuerza de mirar te metes al otro lado del espejo de Alicia y experimentas una sensación que no se dice con palabras pero te invade y te transforma.

(Consejos para el escenario y sugerencias para la trama).

Anoche el escenario era nuestro chill out doméstico. Dos colchonetas tiradas en el suelo, Minichuki instándome a contar una historia a medias:

-A ver, mamá, yo empiezo y luego tú sigues y luego yo empiezo y así...¿te enteras?
-O sea, tú quieres que hagamos un cadáver exquisito.
-No digas tonterías, yo quiero un cuento pensado con dos cabezas.

Para mi hija el paraíso era un soneto de piano a cuatro manos, con una trama bien urdida que empezó ella así: "Érase una vez un lugar donde los habitantes no eran puros".

Me sorprendió que mi cómplice de cadáveres arrancara hablando de la pureza, pero no quise interrumpir su inspiración y seguí la historia situando a los impuros en un torreón, a donde iban llegando después de desvalijar a todo forastero que se dejaba caer por la comarca.

-Que no, mamá, que eso no puede seguir así, ese no es mi cuento. En el mío los seres impuros se juntan para destruir a los buenos, pero no los encierran en una torre ni nada de eso. Quiero un campo de batalla bien grande, como en las películas.

Entendí que raras veces los paraísos son compartibles. Mi hija tenía en un cabeza el suyo bien diseñado, y no iba a permitir que las mariposas mentales de su madre la apartaran con sus torpes aleteos de una trama que podía tenernos allí toda la noche, tumbadas con las piernas apoyadas en la pared, mientras un suave viento movía las cortinas como velas de barco con el cielo de fondo.

Después pensé en la frustración que nos embarga cuando mostramos a alguien un paraíso propio y no lo entiende ni lo comparte. Una vez alguien cercano alquiló la casa a la que yo vuelvo cada verano, pero en la quincena anterior a la mía. Yo llevaba años glosando su belleza, la sensaciones al encontrar el mismo árbol gigante en la pradera, la buganvilla saludando en el balcón, esas hortensias violetas y azules y la generosa y cálida alegría de mis vecinos de abajo. Así que el día que llegaron lo pasé inquieta, ansiosa por comprobar que mi impresión era la suya. Pero no:

-Ya hemos llegado, sí. Llueve a mares y esta pradera está llena de coches aparcados, ¿no?

Me arrepentí al instante de haber invitado a esa familia a compartir mi paraíso. Me sentí ultrajada. Como si después de pintar una pared fuera alguien con un rotulador y la llenara de tachones en tu cara. Tuve un acceso de rabia infantil, descontrolada. Me habían cambiado la trama de mi cuento sin pedirme permiso. Y nada podía hacer yo salvo cortar una conversación y juramentarme para no invitar jamás a nadie que no pudiera aproximarse de puntillas a mi edén con reverencia en lugar de pisar sus brotes tiernos con un tanque.

Desde entonces, ahora me doy cuenta, sólo muestro mis paraísos fabricados en contadas ocasiones, cuando aparece en mi vida alguien único que se queda prendido del detalle, como yo. Y es capaz de ver un mar de acero donde quema el asfalto, y me sigue la trama mientras cocinamos un cadáver exquisito que al leerlo del tirón es poesía de la buena, éxtasis surrealista en un escenario que sólo veo yo, y a veces tú.





lunes, 17 de junio de 2013

EL SER Y EL ESTAR

"Yo soy muy religiosa, pero a veces no estoy"

Rescaté ayer del periódico la frase de Rosa Chacel de un océano de letras sin mayor interés porque me pareció reveladora. A veces somos, otras estamos. Y nadie puede exigirnos el completo, aunque se llame dios y se aparezca en sueños cual hoguera ardiente.

Los extranjeros que aprenden nuestro idioma lo saben bien. El verbo ser y el estar son como esas chinas que se te clavan en los zapatos y te obligan a detenerte de cuando en cuando en el camino. ¿Yo era o yo estaba?. Cualquiera con cierta biografía a sus espaldas se da cuenta de la inexistencia de una línea recta que lo explique todo. La contradicción es eso que nos hace profundamente humanos. Vulnerables. Incoherentes. Ahora, gracias a Rosa Chacel, esa anciana y escritora adorable que murió en 1994, lo he entendido todo: unas veces yo era, otras simplemente estaba.

Esta certeza tan simple en apariencia es como esas llaves allen que sirven para todo: hay amigos que fueron y otros que sólo estuvieron. Trabajos en los que nos involucramos hasta el ombligo y otros puramente alimenticios. Autores cuyos libros nos cambiaron la forma de ver la vida y otros que simplemente nos entretuvieron una tarde bajo una sombrilla. Padres que fueron y madres que sólo estuvieron.

Hay amores con los que uno permanece, a veces años, pero no llega a estar del todo. Como esos duermevelas de los insomnes que fingimos dormir cuando en realidad vigilamos al ganado no sea que se escape. El ser humano tiende al autoengaño, al espejismo, al trampantojo, y en el durante trata de convencernos de que él era él, pero simplemente estaba. Y estar, no lo menospreciemos, es una manera de situarnos en un momento, en un lugar que con el paso de los años se nos pierde porque las migas de Pulgarcito que tiramos para llegar hasta allí se las han comido los pájaros.

La diferencia entre el ser y el estar la determina el olvido. Y esta sentencia pretenciosa formulada en interrogante sería lo primero que le preguntaría a Rosa Chacel si la tuviera aquí conmigo. La desmemoria es eso que viene en nuestro auxilio para ayudarnos a tirar para adelante. Es esa fórmula mágica que va borrando los perfiles de las cosas hasta convertirlas en un vaporoso carboncillo enmarcado con paspartú que endulza un rincón rosa del dormitorio. Es esa historia edulcorada de algo que no fue pero sin duda estuvo un rato con nosotros, quitándole los grumos al pesar.

Hamlet. ¿Ser o no ser?
Me atrevería a decir, envalentonada con mi segundo café, que hay épocas de nuestra vida en las que somos y otras en las que estamos. Las primeras nos escuecen, nos hierven, nos vuelven del revés, nos añaden una arruga al entrecejo o una lasca en el cabecero de la cama. Las segundas son un baile ligero y desenfadado. Un Martini helado con aceituna. Removido, no agitado. Pero unas y otras son cruciales para entendernos y a una edad, que suele ser pasados los cuarenta, nos dan la perspectiva necesaria para captar el cuadro de quiénes somos.

Hacerse mayor, me parece, es ir ajustando los bordes del estar a los del ser. Y una vez que eso sucede ya no hay regreso posible. Eso es la crisis de los cuarenta, me temo, y lo he aprendido gracias a Rosa Chacel. Otros lo hicieron mucho antes, desde luego,  y mucho mejor:

"To be or not no be. That is the question".




sábado, 15 de junio de 2013

PLAGA DE POLILLAS

Escribo mientras una polilla gigante me sobrevuela. En realidad, podría ser un vampiro agazapado, así que la miro de reojo con la esperanza de que entienda que aquí no se le ha perdido cada y que este cuello no admite mordiscos de insectos oportunistas y madrugadores.

La culpa la tiene el Telediario, que lleva hablando de la plaga de polillas dos días. Los cambios del clima han propiciado que este bicho miserable entrara a saco en la ciudad y se hiciera fuerte en las cortinas, las macetas y los cuartos de planchar. La visión de un insecto siempre nos sobresalta, aunque nos juren que es inofensivo. La polilla, con su aleteo torpe y arbitrario, es un Macguffin. Un "elemento de suspense que hace que los personajes avancen en la trama, pero que no tiene relevancia en la misma".

O sea, que entre titulares de jueces descontentos, corruptos con saneadas cuentas en Suiza, estrellas del fútbol olvidadizas con el fisco y evidencias de guerra química en Siria  se nos han colado estos lepidópteros saprófagos para distraernos de la trama en la que vivimos y avanzar así por la canícula de un verano que por fin ha venido a instalarse entre nosotros.

Bien mirado, la estrategia del Macguffin es vulgar y recurrente. Aunque la patentara Hitchcock, Minichuki la usa en casa desde que sabe hablar. Cada vez que voy a regañarla por algo, se descuelga con bichos, frases de oropel y distracciones varias que serían trucos de mago viejo si ella no tuviera sólo diez años. Tiempo en el que ha aprendido de sobra que un Macguffin te puede salvar la vida. Porque te permite mirar hacia otra parte cuando el único paisaje ante tus ojos es un estercolero que apesta. Una visión tan mortífera como la del tráfico en Dakar. Ciudad que me provoca pesadillas desde aquella vez que, rumbo a su aeropuerto, atravesamos el infierno de Dante con todos sus círculos. Y era grasa, alquitrán negro, voces en grito, turbamultas desdentadas y todo el apocalipsis concentrado en un tramo de apenas tres kilómetros.

Miro a esa polilla que me sobrevuela y la bendigo. Has venido a darme tregua, ahora lo sé. No pienso matarte, ni siquiera hacerte prisionera para calmar la voracidad de la iguana de U., como me encargó ayer: "la coges con cuidado y la metes en un bote. Es un manjar para mi Nicole Kidman". Espero que te instales muchos días y me tengas prendida de tus alas, reverenciado ese vuelo hipnótico que me impide pensar en cosas feas y sentir los arañazos de esa trama agridulce que es la vida.

 «La palabra procede del music-hall. Van dos hombres en un tren y uno de ellos le dice al otro “¿Qué es ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza?”. El otro contesta: “Ah, eso es un McGuffin”. El primero insiste: “¿Qué es un McGuffin?”, y su compañero de viaje le responde: “Un MacGuffin es un aparato para cazar leones en los Adirondacks”. “Pero si en los Adirondacks no hay leones”, le espeta el primer hombre. “Entonces eso de ahí no es un MacGuffin”, le responde el otro.1

 

viernes, 14 de junio de 2013

TE ODIO, TE AMO

"Estaba tan triste que ni siquiera se daba cuenta de lo fea que era. Le eché los brazos al cuello y la besé. En la calle decían que era una mujer sin corazón, pero es que no había nadie que se ocupara de ella. Había resistido sin corazón durante sesenta y cinco años, y era preciso perdonarle ciertas cosas". (La vida ante . Roman Gary).

Ayer hablaba con el hombre que me descubrió al escritor Roman Gary sobre la importancia de saber los porqués de las personas sin corazón para poder vivir cerca de ellas. A veces nos pasamos la vida con las patas atrapadas en un alambre de pinchos por falta de datos. La información y el amor caminan de la mano. El rencor es hermano de la duda.

Cierta pareja muy cercana se separó hace unos años sin hablar apenas del asunto. Vivían en el mismo barrio, de modo que, sin mediar pacto alguno, él transitaba la orilla derecha de la avenida principal y ella la izquierda. Por suerte, cada lado tenía una cafetería, varios bancos y alguna tienda de alimentación. Así que podían pasar días y hasta semanas sin encontrarse.

Con una excepción: la parada de autobús. Seleccionar los recorridos en un solo sentido para evitar al ex se antojaba un infierno. Era partir el mapa de la ciudad en dos. De manera que si uno podía llegar, pongamos, a Cibeles, el otro estaba condenado a vérselas con General Perón.

-He visto a A. en el autobús. Se ha escondido detrás de su periódico, como los espías en las películas, y se ha bajado de inmediato en la siguiente parada, me dijo ella.
-¿Que yo he visto a M. en el autobús? ¡¡¡Te juro que no!!! Si la veo, la saludo (mentía él)

El problema de él, entendí con el tiempo, no era darse de bruces con ella, sino que al encontrarse lo mismo no podía seguir odiándola. Se había arrancado el corazón, , pero es sabido que los cuerpos tienden a la memoria, y hay casos documentados de dolor en órganos -piernas, brazos- una vez que se amputaron.

Odiar, seguí pensando, tiene mucho de ejercicio intelectual. Requiere un objeto, una representación que lo alimente. Así se han perpetuado perversas ideologías que todos conocemos. Otra cosa es enfrentarte al cuerpo, a la mirada y a la voz del ser odiado, ese que un día amaste. Y a veces, cuando ocurre, el fantasma del rencor se ha desvanecido y no hay donde agarrarse para perpetuar la distancia. Soís él y tú. Elijan las pistolas, dense la espalda, caminen veinte pasos y disparen.

(-¿Pero qué hacía yo en este duelo?, pensó entonces ella. Pero ya que tenía el arma en la mano, se giró deprisa y descerrajó un tiro al hombre que ya no amaba, pero tampoco odiaba).

Hopper. Romm in New York
Odiar como estrategia sirve para andar por la acera derecha o izquierda de tu barrio.  Es la música militar en el desfile. El imperdible en el dobladillo descosido. Si cesa, si se suelta, estás perdido. Eso le pasaba a A., me temo. Se sabía tan frágil en su imperdible que abandonó el autobús como un conejo oculto tras las páginas 5 y 6 de un diario resobado de nervios. Necesitaba buscar un plan C. Un sentimiento entre el deseo y el desdén que no podía ser indiferencia.

Pegó un salto y el conductor cerró las puertas. Ella miraba sentada junto a la ventanilla. Dirección Cibeles, centro de Madrid.

-Para tener miedo no hacen falta motivos, Momo.
Nunca se me ha olvidado. Es la verdad más grande que he oído en mi vida. (La vida ante sí. Roman Gary)

El sentimiento ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.





jueves, 13 de junio de 2013

TUS FOLLOWERS Y TÚ

Desde ayer me sigue en Twitter una "Clínica de excelencia dedicada a la Medicina de la Reproducción Asistida Humana desde 1992, en Madrid (España). Altas tasas de embarazo con mejor calidad-precio".

Sin duda no sabe que yo ya estoy reproducida (humana, desde luego) y que aunque me ofrezca un chollo, un tres por uno, pongamos, no pienso dejarme tentar por sus precios imbatibles y sus espectaculares altas tasas de embarazo. Sólo de imaginármelo me da un ataque de urticaria.

¿Dime quiénes son tus seguidores y amigos en las redes sociales y te diré quién eres?

Hace unos días alguien me dijo, tras conectarnos por facebook: "No tenemos más que dos amigos en común. Somos conjuntos disjuntos. Ahora entiendo por qué no nos cruzamos antes". Mi disjunto estaba convencido de la virtud que su hallazgo. Tendríamos mucho de que hablar. Nuestra amistad, a priori, carecía de elementos sobresaltantes, como esas pipetas de introducción de esperma que me ofrece, y casi me regala, mi follower de la clínica reproductiva. Así que me pareció que le sobraban credenciales para ser "mi más mejor disjunto".

Claro que habría que diferenciar los amigos Facebook, que requieren tu aceptación, de los fans que se cuelan por la cara. A los primeros se les presupone cierto reparo, menor carácter invasivo. Son esa tía lejana que te llama para ver si en quince días te apetece invitarla a un café. Los followers, sin embargo, se parecen más a la loca que le tira el sujetador al rey del pop en pleno éxtasis de escenario y decibelios.

Fans

Si te sigue un pirado ¿es que huele tu desequilibrio? ¿Cuánta responsabilidad moral y estética recaería sobre ti en un juicio sumarísimo? Si te sigue un hierbas ¿es el castigo por tu desafección por los libros de autoayuda y el tofu?

Porque a mí me sigue una estrella porno ("Soy una sirena de latex, mala y perversa. Vivo en un mundo humedo en el que tu puedes ser mi sirviente. Muerde el pecado y ven a mis profundidades oscuras". Ufffff), una ex bailarina castinera trupera (???), un misántropo, un escritor zurdo, un tipo sin pies. Una clínica de cirugía estética ("con unidad del dolor", especifica) Un escéptico del amor aspirante a poeta ("Nos quedamos porque nos enamoramos. Nos vamos porque nos desencantamos. Regresemos porque nos sentimos solos. Morimos porque es inevitable”). Incluso un "creator of chess problems &qualified chemist".

O sea, que mirando el mapa de mis amigos podría pensarse que soy una loba sexual que necesita con urgencia pasar por el taller de chapa y pintura (sin dolor, desde luego), que baila un baile extraño con palabros que piden tirar de diccionario de la RAE, que se ha retirado del amor a golpe de versos chungos y que se mete un tripi justo antes de jugar al ajedrez.

Y debo reconocer que el asunto me inquieta. Yo había soñado más bien con followers que reforzaran mis débiles cimientos argumentales y que pidieran permiso para quedarse a cenar. Tipos bien planchados que no tienen problema en revolcarse en una pradera. Intelectuales que se riesen de sus postulados más inamovibles. Arquitectos del yo que no estuvieran de vuelta de nada. Un ejército de gestores domésticos para una pobre mujer que llega a casa con mil bolsas y la duda de si el contenido hará una cena completa.

Lo dejo ya, porque cada conclusión es más funesta que la anterior. Alguien debería inventarse right now un antídoto contra el fan indeseable. Ese que te coloca un espejo delante de tu cara por el que desfilan tus taras y anhelos más ocultos. ¿Quién te sigue en Twitter y en Facebook?, ya lo veo, es para mí desde ahora la pregunta que ha sustituido al vetusto y polvoriento ¿estudias o trabajas?.




miércoles, 12 de junio de 2013

DIAGRAMA DE LA SUERTE (Searching for Sugar Man)

Rodríguez, Sugar man
(Warning: imprescindible leer este post con la música adjunta a buen volumen)

A veces el talento es reconocido y premiado. Otras veces duerme a tu lado sin que lo sepas y muere sin darse un baño de gloria una tarde de junio pegajosa y diletante.

Searching for sugar man es lo mejor y más emocionante que he visto en mucho tiempo. Un documental que se te apodera desde que suenan las primeras notas de la canción que le da nombre. La historia de un músico de Detroit que vive décadas ajeno a su condición de mito en la Sudáfrica del apartheid. Un tipo que tras publicar dos discos sin pena ni gloria vuelve a su trabajo en la construcción. Mientras, su leyenda crece imparable a miles de kilómetros,  reforzada por el misterio de su vida y la fantasía de un suicidio en directo en pleno concierto.

No desvelaré más. Diré que mi vida habría sido un poco peor de perderme esta historia deslumbrante contada por el talento de un director para mí desconocido (lo cual tampoco es raro), llamado Malik Bendjelloul. Con su cámara te lleva de Cape Town -donde arranca la búsqueda de Sixto Rodríguez (así se llama nuestro hombre)- al Detroit más underground y decadente. 

"Él tenía ese tipo de cualidad mágica que todos los poetas y artistas genuinos tienen: elevar las cosas por encima de lo mundano, lo prosaico. Toda la mierda. Toda la mediocridad que está en todas partes. El artista, el artista es el pionero". 
Diagrama de la suerte
 
Pasé toda la película deslumbrada por frases como esta. La perfecta definición del artista. El artista es el pionero. Y luego están esos otros, los mercaderes, que a veces lo impulsan y lo hacen rico y otras permiten que caiga en el olvido y engordan aún más su saca y su avaricia. La discográfica de Rodríguez vendió millones de copias de Cold Fact (1970) y Coming from reality (1971) en Sudáfrica, donde sus letras eran censuradas con rayones en los vinilos. Y mientras, en Estados Unidos un hombre llamado Rodríguez se arrastraba como un vagabundo sobre la nieve  convencido de su fracaso como músico.

El talento requiere que alguien lo detecte para salir de su zulo. Requiere que ese alguien se lo cuente al mundo. Y que sea en el momento y el lugar adecuados, eso que llamamos la barakah. A veces un chispazo no encuentra leña seca ni brisa para ser fuego. Y se apaga y el mundo se lo pierde. Otras veces, con mucho menos, un mediocre se alía con un prestidigitador de emociones y se convierte en el éxito. Lo vemos a menudo y no lloramos. La fama, eso tan etéreo, no entiende de justicia. 
 
"Lo que Rodríguez demostró, muy claramente, es que tú tienes una opción. Él tomó todo ese tormento, toda esa agonía, toda esa confusión y dolor, y lo transformó en algo hermoso. Él es como un gusano de seda, ¿sabes? Coges esta materia prima y la transformas. Tú sales con algo que antes no estaba allí. Algo hermoso. Algo tal vez trascendente. Algo tal vez eterno".
 
La eternidad era eso, ahora lo sé. 
 
 
 

martes, 11 de junio de 2013

LISTAS PARA SUPERWOMEN TONTAS

Lo que no escribo, no es.

Hace pocos días he entendido la importancia de hacer listas. Eso tan tedioso que te obliga a sintetizar tus apremios en un trozo de papel o en la alerta del móvil. Hasta ahora solía ser de esas que no apuntan para no sentir la carga del deber. Salvo en el trabajo, donde mi agenda rebosa anotaciones desde que un profesional del estrés me obligó hace años a constatar mi actividad porque estaba convencida de que era siempre poca.

No tiro las agendas, y de cuando en cuando busco en una del pasado para recordar quién era. Tempus fugit, tiene esa estúpida manía, y si no lo atrapas con palabras, como los japoneses atrapan la  Torre Eiffel o el Partenón con sus clics de Canon EOS, corres peligro de olvidar. De borrarte de ti mismo.

Y contra el olvido, se inventaron las listas. Esa versión prosaica del diario, la memoria y la biografía.

Podría, por ejemplo, hacer la lista de los amigos que fueron, empezando por los del jardín de infancia, que entonces se llamaba parvulitos. Junto a sus nombres anotaría dos o tres recuerdos dispersos, hasta obtener una foto brumosa, sin duda, de mí misma. Una imagen sepia, ahumada por el paso de los días y la desidia del olvido.

Podría anotar las palabras de dije y dejé de frecuentar. Los lapsus y algunos circunloquios que abandoné al elegir el camino más recto hacia las metas. Los primeros zapatos de tacón, aquel perfume. Un pacto de amor eterno que se quedó perdido en una zanja porque no era su tiempo ni el de nadie.

Noto lo que me irrita apuntar cada mañana a quien me ayuda en casa la lista de la compra, el menú de la cena, dos o tres vaguedades que duermen en armarios nunca del todo ordenados. Entiendo, ahora lo entiendo, que uno apunta sus demonios. Y al verlos escritos, de repente, se siente vulnerable.

(¿Un demonio llama a otro demonio?)

Si no escribo la lista, soy inmortal. Aunque inmortal con un leve zumbido de alarma que no cesa.

Por ejemplo: tres veces recordé -y ahora una cuarta- que aún no he pasado la ITV, y no lo he apuntado porque cada vez que lo intento me pierdo en el camino. La última ITV, hace dos años, aparqué en una rotonda en medio de la nada tras deambular kilómetros de dudas y lloré de impotencia. No sabía llegar,  no podía salir de un laberinto de polígono industrial con vistas a unas grúas oxidadas.

Si no apunto "pasar la ITV", no me pierdo. Si no me pierdo, alimento la fantasía de la perfecta orientada. Eso que no soy, y que querría.

Engañarse es no hacer listas. Ahora lo veo. La coartada perfecta. La sugestión sin hipnosis.

Pero lo que uno no escribe, no recuerda, se hace bola, esa expresión. Una bola de bilis pegajosa que un día regurgita y te expulsa, mezclados, los amigos de entonces, la ITV de ahora, llamar al fontanero y comprar a Minichuki cartulina y unos rotus para el cole. El collage del apremio con intereses de más del diez por ciento.

Si no haces listas, te sientes superwoman, o eso crees (ojo al día que oprimas el botón de los superpoderes). 

Pero si las haces, ahora lo he aprendido, dibujas el contorno de tus límites, que siempre linda -querido Saltamontes-  con el de tus posibilidades. 

Crecer, ahora lo veo, es componer una lista y tachar una a una las palabras anotadas. Desconectar el zumbido, relajar un músculo, espantar la contractura. Abarcar un trecho corto que, sumado al siguiente, desemboca directo en el taller de la ITV. Y te ofrece ese premiazo que se llama quietud. La tregua y el descanso.




lunes, 10 de junio de 2013

ORIGINAL Y COPIA

Las hijas de Edward Dayle Boit, Sargent
¿Cuándo fue la última vez que tuviste un pensamiento propio, una intuición no sujeta a las coordenadas mentales de otro? 

Llevo algunos días pensando en el asunto porque vivimos acostumbrados a subarrendar los pensamientos. Tomamos prestadas construcciones teóricas de otros, cuando no frases hechas como esa coletilla odiosa de "malo no, lo siguiente" que observo con horror que sobrevive al paso de los meses.

Hoy pienso que llevo años viendo amanecer, y esto no es nada original. Lo que lo hace único, por no repetido, es esa sensación de alborozo por la salida del sol, o el despunte de la luz en invierno, que a veces tira a rosa y a veces a naranja pasada por un velo de azul plomo que se rasga en un instante. No recuerdo dos amaneceres iguales desde que madrugo como un cartujo. Las nubes tienen pensamientos propios, eso está claro. De ahí que cada día se coloquen a su libre albedrío, y me procuren un paisaje urbano que no tiene nada de hostil, aunque de pronto, ya a eso de las siete, ruja a lo lejos el motor de un autobús.

Despertar es ganarle la partida a la muerte. Seguro que esto lo han pensado otros y, mucho peor aún, lo han escrito con tal  profusión de detalles que soy una vulgar copista, como esos que se afanan en las salas del museo del Prado delante de El Jardín de las Delicias o Las Meninas.

Nunca entendí que un pintor copiase a otro. Los ladrones de almas apenas llegan a vulgares imitadores. Nadie ve el mismo cielo desde su ventana, por eso cada despertar en la ocasión de sentirse único. Pero ahora se me ocurre que podría dividirse al ser humano entre originales y copias. La mayoría repetimos gestos y nos subimos al lomo de estructuras prefabricadas. En danza existe la figura del repetidor. Ese que vela porque cada movimiento de cada bailarín sea preciso y los más alejado posible de su estado de ánimo. Pura técnica.

La técnica es lo contrario a la emoción. Sin ella seríamos caballos desbocados, una jauría de sensaciones dispersas que explotan como tracas de fiesta popular. La guerra, el deshielo universal. El mundo necesita mentes frías que repitan y repitan, pero también manos que imaginen lo que nadie pensó antes, y le pongan palabras y lo pinten. La clásica división del artista y el gestor, pongamos.

La ironía es que el arte necesita quien lo cuente. Y quien lo explica raras veces es el artista, ocupado en congelar el instante, la intuición, en una forma, una palabra, sobre la que opinaremos todos.

Suelen irritarme las personas que aportan boicot a las ideas ajenas. Una reunión es un juego de roles donde a los artistas se les pone una venda, un bozal, una sordina. La censura pasada por el arco y las flechas del gestor. No hay peor castrador que el que cercena las ideas de otros. Y sin embargo están mejor pagados.

Así que mi pensamiento propio del día es muerte a los gestores y larga vida a los artistas. Pero como esta es una proclama revolucionaria demagógica,vulgar y recurrente, diré que me he propuesto apuntar cada día los contornos de la luz cuando vomita sobre el cielo. Y capturar cada pensamiento propio de mis hijas para hacerles un álbum y reglárselo el día que se sientan deudoras de otros.  Copistas, repetidoras. Fieras enjauladas que obedecen el gesto altivo de un domador.

Ser original es romper la jaula y jugártela en territorio hostil. Pasar frío, pasar calor, dormir al raso y ser incomprendido hasta que a veces, veinte o treinta años después, un gestor listo decide que aquella emoción desbocada era arte y le pone una etiqueta con su precio y arrasa en las subastas.

Y la gran consagración, el cénit de la gloria, es que otro vaya y copie. Qué ironía.