miércoles, 19 de junio de 2013

CICUTA PARA TODOS

De cuando en cuando la vida te pone en tu sitio. Por ejemplo, por muchas vueltas que le doy no termino muy bien de entender lo de la Infanta Cristina y los famosos terrenos. No sé qué registrador de la propiedad o qué notario puede trastabillarse tanto como para anotar un DNI de dos cifras en lugar de uno de ocho. Y tampoco entiendo que Hacienda saque pecho y se haga cargo del error para que los curiosos impertinentes nos callemos de una vez.

O sea, que soy bastante más lerda de lo que pensaba. Touché.

Los niños preguntones han sido un incordio porculero de toda la vida. Llega un momento en el que se recurre al comodín del público: "esto es así porque lo digo yo". Cuando te muestran el argumento de autoridad, échate a temblar. No way. El porcojonismo se inventó para que los débiles y los mediocres se impusieran a la manada. Luego llegamos los padres y madres y adoptamos el sistema para tomar atajos en esa senda procelosa que es educar a un hijo.

Sócrates debe estar revolviéndose en su tumba. Su mayeútica, esa bella palabra, ha sido condenada a beberse la cicuta una y otra vez. Vivimos en un tiempo de preguntas sin respuesta. Tanta contención provoca efectos indeseables, como que los brasileños se echen a la calle y conviertan la ciudad en un hormiguero voraz  que exige respuestas a sus anhelos. O que los turcos de Erdogan sigan tomando la plaza tras los palos recibidos y en silencio se den las manos y miren al cielo.
Sócrates

Cuando un rebelde deja de gritar pero no se mueve de su sitio, se convierte en un símbolo. Y un símbolo es mucho más poderoso que un cuerpo porque resulta indestructible.

("La educación es la inflamación de una llama, no el relleno de un recipiente." -- (Hem.,1 /97, p.96)
 
Lo peligroso de las preguntas, pensarán ellos, es que una siempre te lleva a la otra. Son en sí mismas un laberinto, gigantescas matroskas rusas que cuando las abres siempre llevan otra dentro. Cierto hombre de mi vida enseñaba retórica y argumentación en una escuela universitaria. Sus alumnas se volvían locas de excitación al ser sometidas a la mayéutica seducción de la razón, y alguna se enamoró sin darse cuenta de que hay cosas que no se explican, como el amor. Llegan, sacuden con sus rayos y centellas y conviene dejar que se posen antes de sacar el bisturí para diseccionarlas. Las grandes emociones hacen cortes de mangas al bueno de Sócrates, y está bien que así sea.
Infanta Cristina

Pero todo lo demás exige no ser dado por supuesto. Pararse un rato y dejarse invadir por el asombro. ¿Pero cómo es posible que...? Y volver a ser niños preguntones que utilizan las dudas para cincelar su mundo (ayer, por cierto, comí con J.E que, además de regalarme una de sus sentencias -"yo las dudas las metabolizo"- me puso en mi sitio al caer en la misma trampa que le había tendido. Con amigos tan inteligentes y mayéuticos no necesitas a Sócrates ni a Platón).

"Sólo hay un bien: el conocimiento. Sólo hay un mal: la ignorancia" (Sócrates, of course)