domingo, 2 de junio de 2013

NO TE VISTAS, QUE NO VAS


"No te vistas, que no vas".

La frase resume el cuento de Cenicienta. La sensación amarga de estar/ser excluido de algo. Un plan, un juego, el beso del príncipe, un baile... Minichuki, cuando más sufre es cuando se siente Cenicienta. En esos casos se queda cabizbaja y viene a que la consuele sin que se note, porque tiene su orgullo. A veces son las otras niñas, molestas porque desprecia los juegos cursis del patio.

"No te vistas, que no vas". (Pues me visto si me da la gana, aunque sea para quedarme sentada en el sofá de mi casa)

Recuerdo haberme sentido Cenicienta en una fiesta llena de filósofos tarados que hicieron un mohín coral al responderles a la única pregunta que me dirigieron: a qué me dedicaba. Yo me consolé sacando mi yo más tiñoso y ruín y concentrándolo en la observación de lo mal vestidos que iban. Esos trajes de corte altamente mejorable sobre cuerpos contrahechos que parecían refocilarse en la certeza de quien vale más por lo que piensa que por lo que transpira (y juro que transpiraban y el acrílico de sus camisas no ayudaba demasiado). Ellas, por su parte, lucían chales de tafetán brillante y tirabuzones de boda de pueblo (exportables a muchas ciudades y capitales de provincia, desde luego). 

Yo me había puesto un discreto petite robe noire, pero nadie parecía entender esas siglas dado que no las menciona Hegel en sus razones puras, así que sin duda pensaron que era una sosa o que había olvidado mi chal rutilante en el asiento trasero del coche, el mismo donde cambié las bailarinas por unos stilettos de 13 centímetros que me torturaron toda la noche, pero no más que mis compañeros de mesa con su ausente sentido del humor y sus trasnochadas teorías sobre la percepción del universo desde una perspectiva teórico-absurda.

Teoría sobre la que yo preguntaba con profusión en un ejercicio desesperado y burlón de integración social. 

Cuando era tardoadolescente, in ille tempore, me disfrazaba un poco para ir de boda. Parecía que la fiesta era más si no te reconocías frente al espejo. Entonces tenías diecinueve años y querías aparentar treinta y cinco. Y el tafetán, ese horror destelleante, cumplía su función.

Vistas las fotos con el filtro del tiempo, transmiten esa ligereza compasiva que otorga no ser consciente del atropello estético. “Es lo que se estilaba”, dicen las abuelas.

(Conozco a un hombre que se excita con la contemplación de las chicas vestidas de boda. Los tacones afilados, las medias transparentes y esos escotes repretones palabra de honor que son la garantía de un revolcón apresurado después del baile)

"No te vistas, que no vas".

La otra noche una mujer que me cae muy mal trató de convertirme en Cenicienta en una fiesta. Cada vez que el azar nos hacía coincidir en el mismo círculo se concentraba en dirigirse a todos menos a mí, como si fuera transparente. Por supuesto, y sin faltar a la educación del saludo, decidí devolverle su desdén con indiferencia, y disfruté al darme cuenta de que llevaba un chal trasnochado como su vestido. El conjunto era tan feo como la voz de garza alterada esa mujer, que tronaba en un intento desesperado por llamar la atención de todos, incluida (y especialmente) la mía.

Pensé que las hijas de la madrastra de Cenicienta están destinadas a sufrir porque sus pies con callos nunca entran en los zapatos. Y que el feísmo interior actúa por dentro y se nota por fuera, como esos yogures bío. Y que hay personajes de cuento que se quedan a dormir para siempre en nuestra cama. En el caso de la Tafetanes (ya tiene mote), el de madrastra fea que enarbola una manzana venenosa y la muerde justo cuando el príncipe acaba de desdeñarla porque esos pies ordinarios de bicha mala no entran en el delicado zapato de baile de una princesa.

Algunas no deberían vestirse, pero lo hacen y van siempre para jorobar a las Cenicientas. Así que a Minichuki le he enseñado que en esos casos Cenicienta debe aguantar el tipo y esperar a que den las doce campanadas porque es muy probable que se produzca el milagro y
la carroza siga siendo carroza y los caballos blancos caballos. Y ella vuelva a casa con su maravilloso vestido de seda color nude intacto. Pero sin chal de tafetán, que eso es una horterada por la que ya hemos pasado.