miércoles, 31 de julio de 2013

LOS CORREOS ÍNTIMOS DE URDANGARIN

Leo que la juez ha levantado el veto sobre los correos íntimos de Urdangarin y me estremezco. De los que ya se han filtrado me sobresaltó uno en el que él o ella -la presunta amante- decían algo así como "pienso en ti en mi despacho mientras escucho a Miguel Bosé". De traca. Si en lugar de Bosé hubiera dicho a Anthony& The Johnsons o Love of Lesbian no sería tan demoledor. Pero él, creo que era él, estaba escuchando "Don Diablo se ha escapado" mientras su mente viajaba por las curvas del cuerpo de una mujer que no era la suya.

Leer correos ajenos de ese calado intelectosentimental me provoca sonrojos. Entiendo que la juez, hasta el momento, nos estaba protegiendo a nosotros y no a ellos, de la vergüenza de comprobar que cuando uno escribe arrebatado suele caer en los lugares comunes más cutres. El sentimiento en llamas sólo se adorna de metáforas de altos vuelos cuando uno es poeta o se acuesta con las palabras en una orgía que no cesa. El resto, la mayoría, tira de manual y se sorprende dicéndole a su amante alguna lindeza sobre sus pechos de cervatilla, en el mejor de los casos y siempre que le suene de algo El Cantar de los Cantares.

-Ella ya me dice cosas cursis, eso es que se va enamorando. ¿Tú que crees?, pregunta él.
-Fijo que se muere por ti. Cuanto más cursis y manidas, más te ama.
-¿Y a ti qué te dicen?
-Vengo a aclarar tus dudas. Eso me dicen.
-¡Jo, sí que es bonito, te lo cambio sin mirar!
Urdangarín y sus correos íntimos

Las dudas, digamos indicios, son la leña recién cortada de los amantes. Necesitan un fuego, unas llamas poderosas y se convierten en evidencias. "Presentamos ante la juez protectora de la intimidad la prueba número uno: un CD de Miguel Bosé llamado Papito donde el cantante que nunca ha cantado demasiado pero domina las nasales y el contoneo le dice a ella que como un lobo va detrás, paso a paso". Y la juez, que sin duda conoce la letra y la música del artista, acepta dicha prueba y se viene arriba al preguntar si el interfecto no estaría escuchando "Te amaré", mucho más adecuada y romántica, dónde va a parar.

Eso sí...

Un amante que escribe inspirado puede ser un impostor. Un tipo (una tipa) que no siente el pálpito desbocado de su corazón pero cuyo celebro es una sala de máquinas a mil grados. Un horno crematorio desde donde cocina recetas que calientan al amante hasta el orgasmo sin necesidad de acariciar un centímetro de piel. Hay Cyranos y Cyranas de Bergerac que han hecho de la literatura epistolar un afrodisiaco de tan magnitud que prefieren ahorrarse el revolcón, y mantienen al amante en un estado de éxtasis permanente donde no suena otra música que un tango que el pobre Miguel Bosé escucha maniatado en una celda, castigado de por vida por inspirar a los infieles más mediocres del planeta.

Miguel Bosé
Dicho lo cual, confieso que de adolescente bailé  Don Diablo como una más. Que aunque nunca he tenido amantes, sino amores de curso legal, alguna vez, a los quince, tiré de poeta ajeno y escribí encendidos textos al dictado de mi corazón. Confieso que una parte fisgona de mí leyó en una web los mensajes íntimos de Urdangarin y desde entonces no duerme. En mi pecado tengo mi penitencia. Y me propongo no volver a pecar porque es triste sorprender a un amante en pelotas haciendo el salto del tigre con frases mal construidas y reclamos poéticos de serie B.

...Y aquel que resista la prueba de la lectura pública los mensajes más íntimos, que tire la primera piedra.










martes, 30 de julio de 2013

GUÍA RADICAL PARA MUJERES PERDIDAS

De todos mis terrores cotidianos, el de perderme es el más frecuente. Las perdidas reincidentes tenemos un chiste blanco que dice: ¿Cuál es el colmo de los colmos de un desorientado?..."Ser guía de grupo". Viene a ser, salvando las distancias, como convertir en apicultor a un alérgico a las abejas o enviar a un pirómano a apagar un incendio.

Si no lo conté fue  porque mi reputación está ya maltrecha, pero de camino a la cornisa cantábrica desobedecí un poco al GPS. No porque sea una indómita, que también, sino porque había comprobado en un tramo conocido que la realidad no se correspondía con el mapa, y tardé unos treinta segundos en recordar que los GPS hay que actualizarlos, cosa que no he hecho en mi vida. Así que doscientos kilómetros más allá me dio una aprensión tremenda a coger el desvío que me ordenaba el insistente aparato y tiré hacia otra dirección que, naturalmente, no era la correcta.

-Ya estamos, mamá, si no te pierdes no te quedas contenta (adolescente, displicente)
-¿Cuándo más vamos a tardar ahora?, Tortu está mareada (Minichuki, práctica)

Mi tercera hija (dulce, adorable) no dijo ni mu. Prefirió no contrariar a la guía, que ya se sabe que cuando uno cuestiona al que manda puede terminar en el infierno condenado a trabajos forzosos.

Perderme me provoca estremecimientos gástricos. Pero hay una fuerza mayor que me reta cada vez que emprendo un camino conocido a buscar una alternativa posible. No sé si es una variedad del sadomasoquismo, debo hacérmelo mirar. Los senderos  ya sabidos son tan relajantes como tediosos, y además tienen trampa, porque ir con el piloto automático es el pasaporte hacia una nueva desorientación. Como preguntarte si apagaste el gas justo después de salir de casa o dónde has puesto las llaves nada más meterlas en el bolso.

Cuando salgo a correr cada mañana engaño al circuito. El paseo de los tilos, la barandilla frente al mar surfero, el bar donde los pescadores se toman un pincho de tortilla con café humeante al volver de faenar, el puerto con sus barcas bamboleantes y una o dos gaviotas subidas a los mástiles que otean restos de peces. La curva que asciende con sus escaleras de piedra, el camino entre dos paredes altas donde siempre temo que me salga un perro, el acantilado, la ermita y la pradera. Mi recorrido matutino en este pueblecito es invariable, hasta que decido cambiar un tramo y elijo la calle que no es, un callejón estrecho que me lleva a una plazuela desconocida o a un parking feo de solemnidad. Pero si consigo retomar la ruta, eso que hace el impertinente de mi GPS sin despeinarse, me asalta una sensación de euforia que convierte el premio -el baño en la playa cuando aún no han puesto la arena- en un placer sumarísimo.

Lo más relajado del verano es abrazar la simpleza como una religión. Violar las costumbres, pero sólo un rato. Perderse en la carretera apenas esos kilómetros que separan la inquietud de la antesala del pánico. Comprar el pan reciente y el periódico y leerlo con tostadas como el que oye llover. Desorientadamente.

Perderse es una forma de encontrarse, se me ocurre. Yo hoy me he propuesto trotar un camino alternativo porque mi GPS interno ha amanecido rebelde y cualquier desorientación será la forma de embridarlo y traerlo de vuelta a casa, resudado y encogido por el frío de las olas plateadas que ya me esperan, frotándose las manos de espuma y de violencia...


lunes, 29 de julio de 2013

CONVERSACIONES ADULTAS

Cuaderno de bitácora vacacional: llevo cuarenta y ocho horas sin mantener una conversación adulta. Uno de los efectos colaterales de mi compañía adolescente es que se empeñan en hablar de las cosas de su edad. Y sí, es cierto que Minichuki va más allá y hace agudas observaciones del panorama social que nos rodea, pero diez años, aunque sean resabiados, no dan para tirar cohetes ni para comentar, por ejemplo, que el costumbrismo en literatura es una carga explosiva. Si tiene mala calidad te estalla en la cara y te dan ganas de llorar.

Ayer por la tarde en el puerto desde el que nos tiramos al mar como sirenas de Splash pero menos macizas que Daryl Hannah, arranqué un libro -el de "Instrucciones para una ola de calor", que en la segunda página se puso costumbrista low profile. Estuve a punto de cerrarlo y tirarme al agua, o cerrarlo y tirarlo al agua, pero me lo pensé dos veces y avancé un poco más. Me hubiera gustado tener cerca a un adulto para leerle un párrafo en voz alta a ver si lo mío es purismo o manía. Pero a mi lado sólo había un padre con trazas de divorciado reciente que se las veía y deseaba para contener en solitario a dos niños insoportables. Una escena costumbrista en toda regla.

El costumbrismo literario requiere un sólido andamio estructural en su trastienda. Debes contar lo anodino para desvelar un drama que se oculta detrás de la cortina o en un estante del frigorífico. Una pareja que friega los platos y se los va pasando es cotidiana y aburrida salvo que te cuente que su matrimonio está en vías de destrucción con dos gestos descriptivos y unas pocas palabras. (Carver, yo te invoco). Poner a fregar a una pareja para comprobar que uno enjabona mejor que el otro y recargarlo de adjetivación innecesaria es un anuncio de Fairy, un puro gatillazo con espuma. (Eso es lo que pienso, pero es probable que la ausencia de conversaciones adultas me esté afectando al hipotálamo).

Claro que un adulto no te garantiza una conversación adulta. Y la playa es el mejor banco de pruebas para reforzar mi teoría. Dos señoras apretaban ayer el paso y sus orondos traseros de punta a punta de la orilla hablando de por qué fulanita se empeña en venir de vacaciones sin servicio, con la mala imagen que da semejante atrevimiento. "Tanta casa y tanta habitación para deslomarse fregando, chica". Yo, que en lugar de servicio me he traído tres esclavas aferradas a sus teléfonos Samsumg y una tortuga, estuve a punto de intervenir, pero andar deprisa y apretar mi propio trasero sin descordinarme me impedía incorporar una tercera acción, así que me contuve y me hice la muerta mirando al cielo soleado. Ese bien preciado por escaso de los que amamos el norte.

Luego decidí hablar conmigo misma. Desdoblarme, salir de mi cuerpo por turnos de treinta segundos. Y comprobé que soy una interlocutora cortante, impaciente y bastante económica en el lenguaje. Algo que sin duda debe resultar molesto a mis amigos adultos. Mi otro yo se empeñaba en corregirme las discordancias, las imprecisiones y hasta las cacofonías. Decidí que ser adulta es darle vacaciones al corrector ortográfico y sintáctico y concentrarme en comprobar cómo la luz cambiante del día va alterando con su caricia el mismo puerto pesquero, el club social o la azotea desde donde el mar nos azota y nos transforma para siempre.

Los adultos somos esos seres que hablamos mucho pero miramos poco porque casi todo lo damos por sentado. Y desde que no tengo un adulto a mi lado para intercambiar palabras de alto nivel, me paso las horas observando una calle de piedra que sube y se desmaya en un camino escoltado de magnolios que muere justo en un acantilado gris. Un mirador que se arroja sobre la playa creciente o menguante según ordenen las mareas. Una pradera verde donde los adolescentes tontean en biquini y un kiosko que sirve deliciosa cerveza helada al atardecer.

Ser adulto es afrontar la falta de compañía de otros adultos como una oportunidad de estar callado y construir escenas con los dedos. Y si te sorprendes con un arrebato costumbrista de bajo nivel, darle a la tecla de delete y salir a correr un rato y a bañarte en la playa fría de amanecer. Justo lo que pienso hacer ahora.








domingo, 28 de julio de 2013

DE CUARTETOS Y TRÍOS DE VERANO

Hay parejas que sólo funcionan como tríos. Otras suman cuando restan y uno se siente más y mejor sin el otro, pero lo oculta hasta que un día comprueba que duerme con un espectro y cuando estira el brazo sólo hay aire, denso aire que sin embargo ocupa lugar y devora el oxígeno disponible.

Están los cuartetos que se apañan yendo al cine en grupo y también las parejas orquesta, que llenan su casa de amigos para que el ruido de las voces ponga sordina a su silencio mortal.

Otras parejas incluso a distancia se sienten dos, pero son perfectamente felices en su aritmética de la libertad. Esa que convierte ochocientos kilómetros en un breve salto sin caídas ni rasguños. Como si una red invisible pudiera recogerlos en caso de un accidente que no es, que no va a ser.

Creo que las matemáticas explican la vida. Tú tienes dos hijas e introduces a una tercera a la que asimilas como una más, y el sistema familiar se tensa y reorganiza. Hay roces, hay turbulencias, amores desatados, pequeños celos, pero se va construyendo un puzzle distinto y formidable a mitad de camino entre el baño lleno de gomas de pelo y sujetadores de distaintas tallas  y la música de Malú en la terraza.

Salir de la zona de confort es incómodo pero a la larga te ayuda a crecer. O eso dicen los de la autoayuda. Se lo cuento a las chukis y me responden "¿de la zona de quéeee?" y de paso les invito a que me despejen mi zona de teclado, porque estoy malacostumbrada a la soledad de una casa con paredes, y aquí donde estamos no es posible.

En lugar de mi rincón rodeada de libros y esos autores que me sacuden e interpelan cada madrugada tengo un único espacio diáfano lleno de camas con princesas dormilonas. Cuando despiertan enmudecen a los pájaros con sus trinos de amanecer, pero no importa. Siento que me irrito, que pierdo la paciencia porque en el fondo no soy nadie sin mis ratos de seis a siete, de nueve a diez. Me restan dos horas de silencio y naufrago. Soy una ecuación tan frágil que me desmorono con un número cambiado y me quedo sin resolver.

Hay familias de tres que mejoran con cuatro. Permutan, varían, se combinan endiabladamente y terminan un día largo pensando cada una un deseo en un mirador oscuro frente al mar, con helados de vainilla en la boca y el cansancio del viaje sobre las espaldas.

Un mar, un helado y una deseo con las manos juntas es eso que arrincona a la derrota. Juntas somos más, chitinas. Y somos mejores. Así han dormido mis chicas, confiadas en que hoy habrá playa y relatos adolescentes. Por mi parte, he encontrado un lugar en la terraza, abrigada con una manta y con las musas cantábricas rondándome el oído tras ocho horas de sueño. Seis más dos de regalo. Un milagro llamado verano. La aritmética del placer.



sábado, 27 de julio de 2013

CUATRO CHICAS Y UNA TORTUGA

Mi gineceo duerme todavía. Anoche les advertí, clavando mi pupila en sus pupilas azules, que ni poesía ni mandangas: ¡todo el mundo a la cama que mañana se madruga!. "Vamos, como siempre", soltó la adolescente, venida arriba porque tiene cómplice preadolescente y debe demostrar que es tan chulita como la que más. Minichuki, celosa porque el trío le ha roto el duetto, se hacía la Lindsay Lohan ayudada de un look negro radical que su hermana mayor le ha comprado con nocturnidad, alevosía y rebajas de escándalo.

Cuatro mujeres son muchas maletas, demasiadas. Todas quieren, queremos, meter looks para cualquier  inclemencia metereológicas imaginable. Y la cornisa cantábrica da para mucho sobresalto. "Tres pares de zapatos cada una, como máximo", ordeno, y enseguida apruebo una moción según la cual mi voto de calidad me permite duplicar la cifra. Sí, soy profundamente injusta, pero nadie dijo que en esta casa funcionara la igualdad, porque la que se va a chupar kilómetros y rotondas -esa pesadilla- soy yo y eso me da bula para una maleta tamaño gira de los Rolling Stone, prioridad en la elección de la música (Sugar Man será el arranque) y en el volumen (a tope) y decisión unilateral de las paradas para pises y refrigerios básicos (y sí, cuatro chicas en un coche garantizan muchos pises y muchas paradas técnicas)

Y luego está la pobre Tortu, que nos planteamos entregar a un cuidador espontáneo pero no he tenido corazón (ni voluntarios, todo hay que decirlo). Nuestras dos semanas de convivencia estrecha me han hecho apreciar sus movimientos ansiosos al olor de las gambas secas con olor a podrido. Tortu me ama, estoy segura, y se viene con nosotras aunque deberá cambiar su habitáculo versallesco por un triste Tupper. A cambio, le prometo que añadiré salchichas Oscar Mayer a su dieta, según me han recomendado.

Anoche Minichuki me cogía de la mano en la cama: "Estoy tan nerviosa que no voy a dormir. ¡Vacaciones!" Le recordé que lleva mes y pico sin dar palo al agua, pero para ella estas son las vacaciones fetén (siento la inmodestia). Noches con manta, prados verdes y playas frías. Amigos de entre 10 y 68 años y todo tipo de bichos para cazar. Además de una hermana extra de 13 años y mi amiga A., que se nos unirá en breve para completar un quinteto imbatible.

Aún no son las seis de la mañana y repaso sin mirar las listas que he ido dejando por toda la casa. Me recuerdan a las chuletas que me hacía de adolescente y que jamás abrí después en el examen de turno, por el pánico y porque después de tanto sobarlas me las había aprendido. Estoy segura de que olvidaré algo, como cada año, pero los rituales del olvido merecen respetarse incluso en vacaciones.

Mi alma corre ya por una playa surfera donde al amanecer algunas señoras buscan almejas bajo la arena. Hay un puerto con barquitos y adoquines de hormigón desde donde esta tarde nos lanzaremos las cuatro al grito de guerra de "vivan las chicaaaaaas" (muy original no es, pero funciona) y es muy probable que cenemos en una terraza con olor a mar y la luna al fondo, recordándonos la suerte que tenemos de estar juntas y sin más obligaciones que elegir tres pares de zapatos y un tupper adecuado para que Tortu no nos denuncie ante la protectora de animales.

Feliz día. Mr GPS y yo tenemos una cita de amor. Quieran los dioses que no me vuelva díscola, como acostumbro, y mis chicas y yo acabemos en Rumanía o en Sebastopol, mientras Calamaro se desgañita y el cuerpo se vuelve vacaciones y pide tregua y hace un llamamiendo general a la desidia y a los pensamientos sin costuras.





jueves, 25 de julio de 2013

DESCARRILAMIENTO

Cuando no sepas qué decir, di lo que sientes. 

He soñado esa frase y luego, nada mas despertar, me he enterado -demasiado tarde- del descarrilamiento de un tren.  No sé qué decir, porque el horror cuando se sale de tablas no hay manera de encorsetarlo con palabras.

Antes del tren hubiera hablado, quizás, de que ayer dos compañeros míos me demostraron que una oficina no es un nido de intereses, sino también de cariño y de solidaridad. Y cuando se lo expliqué por la noche a las chukis ellas se encogieron de hombros porque las veces que han venido al trabajo sólo han visto alegría y gente que podría ser de nuestro grupo de amigos. Y están convencidas de que esa es la realidad global.

Pero un tren descarrila y se te corta la digestión de los relatos. 

Como no tengo palabras, no voy a escribir más. No todavía. 

Las niñas y yo haremos las maletas en unas horas.

Siento estupor, espanto. Ahora los que ponen palabras tratan de explicar el shock. Las (sin)razones de por qué una curva de 80 se toma a 180. Ingeniería del dolor y de la sangre.

Mis hijas duermen en casa, tranquilas y ajenas al temblor. Benditas sean.


martes, 23 de julio de 2013

MAMÁ, ¿ME DAS LA PAGA?

Leo que la paga de los niños españoles ha descendido un 38 por 100 entre 2008 y 2012  y espero que mis chukis no se me revuelvan y me planteen una huelga de brazos caídos o, aún peor, llamen a las puertas de algún sindicato y se lancen con pancartas a la calle contra el abuso de las madres tacañas.

El asunto de la paga semanal no es anecdótico. Mi madre jamás nos dio paga, y cuando alguna vez se la pedimos, la rutina no duró más allá de dos semanas. Se suponía que los niños teníamos nuestras necesidades cubiertas, así que para comprar chucherías no era necesario disponer de nómina infantil ni pagas extras.

Menos mal que mi abuela se estiraba de vez en cuando y nos daba por lo bajini "una propinilla" que mis hermanos y yo recibíamos alborozados y nos gastábamos ipso facto. El ahorro no tenía mucho sentido si desconocías cuándo volverías a echar alguna moneda a tu hucha.

Cuando fui madre asumí algunas de las taras de la mía, incluidos los impagos. Contribuyó sobremanera que mi hoy adolescente tuvo una época mangona allá por los siete años, que terminó cuando la dueña de la caseta de las chuches que había intramuros del colegio (muy adecuado, pensaréis) llamó por teléfono para chivarse de que mi hija llevaba a veces dos o tres euros y se los fundía en gominolas. Aquello era un capital, y su padre y yo hicimos un careo con la ladronzuela y amenazamos con denunciarla a la policía si volvía a incurrir en el delito.

La pobre, al parecer, sólo quería ser popular. Era de esas niñas tímidas que saben que sin regalos no hay paraíso. Así que hubo que contarle esa lección de que el cariño debe ser gratis, no de pago, y que hay niñatas de patio que no valen un chicle ni un regaliz.

Unos años más tarde nos convencimos de las bondades pedagógicas de la paga. Aprendería a organizarse o a pasar cinco días sin un céntimo en caso de gastar por impulso.  Recuerdo que la primera paga fueron 50 céntimos, que iban incrementándose hasta los diez euros semanales que la bruja reclama puntualmente cada jueves.

-Mami, ¿me das la paga?
-Sí, anda..toma. ¡Ay, si no llevo nada en el monedero!
-Ya empezamos...
-Vamos juntas al cajero y te la doy.
-¿Y no me darías un extra que hoy cenamos y un Whopper ya vale ocho?
-Bueeeeeeeeno. Toma estos 20 euros pero no gastes todo.
-¡Esa es mi madre!


Como empresaria doméstica soy un crack, como veréis. Jamás veo las vueltas, pero me hago un poco la loca.

Respecto a Minichuki, desarrolló de muy pequeña un agudo olfato para los negocios que incluye la recogida de toda moneda o billete que se encuentra por la casa. "No es de nadie, está claro", debe pensar, y lo guarda cuidadosamente en un monederillo de plástico a modo de banca a la que recurre la adolescente semana sí, semana también.

-Mamá, la hermana me debe 30 euros, protesta Minichuki
-Pues reclámaselos
-Es que me amenaza...
-Pues no le prestes más, so tonta.

Me llena de orgullo y satisfacción tener bajo mi techo a una banquera prestamista y a una manirrota vocacional. El flujo económico de la vida. Creo que hoy les anunciaré pomposamente que la crisis me obliga a bajar sus pagas un 38% para hacer que se cumplan los titulares de los periódicos. Y que tienen suerte de que no les cierre el grifo, con la que está cayendo.




lunes, 22 de julio de 2013

DE ADELANTE HACIA ATRÁS

Suelo leer los periódicos de atrás adelante. Pero sólo los fines de semana. Últimamente, además, he visto una trilogía de cine empezando por la última entrega. De modo que ya sabía a grandes rasgos lo que le pasaba a la pareja diez años atrás, y también veinte años atrás.

Y sin embargo, no por sabido ha sido menos excitante.

Creo que este rasgo japonés de mi personalidad, y de la de mucha gente, tiene que ver no sólo con el ansia de saber antes de tiempo, sino con la necesidad imperiosa de intervenir en el destino aunque sólo sea con la imaginación. Ir del presente hacia el pasado no es exactamente hacerse un Benjamin Button, sino cargar con todo lo aprendido y modificar sabiamente aquello que nos hizo más miserables, menos héroes.

Por ejemplo, si volviera hoy a los noventa nadie podría convencerme jamás de que me pusiera esas hombreras de Armas de Mujer que alguien de espalda ancha no necesita a no ser que pretenda espantar osos con ayuda de una envergadura grandilocuente. Tampoco votaría a según qué partido político. En realidad creo que no votaría a ninguno. Me haría ácrata pacífica y me podría la epidural también en el primer parto.
Benjamin Button


-El dolor es relativo, nos decía la comadrona. Hay mujeres muy exageradas que gritan y se contorsionan cuando no es para tanto...

(Yo no grité por pudor, pero me contorsioné como una lombriz a la que un niño destapa de su nido de arena húmeda con una pala de juguete).

Hacia atrás habría que equivocarse un poco, porque la perfeción encierra un volcán que estalla mientras te tomas un zumo de naranja en un hotel con vistas a la sierra. "No pensemos que esto  siempre va a ser así", me advertían ayer justo antes de pasar de la página 56 a la 55 del periódico donde un director salvapatrias finge que presta un servicio a la humanidad cuando sólo se lo presta a sí mismo y a su caja fuerte.

(No, no pensemos, pero coloquemos el recuerdo en una urna de cristal para reconocerlo cuando vengan mal dadas, y coger otro impulso en la carrera)

Si mañana fuera antes de ayer lo ideal sería entregarse a la desmemoria. Que hubiera tal vez un cierto ruido de fondo, algo que nos hiciera sospechar vagamente que ya estuvimos allí, pero de puntillas. Un leve deja vu, una música de fondo con acordes de misterio ante la cual uno no puede sino ponerse en alerta y evitar caer en una trampa...

Y para irme entrenando debo aprender ya árabe o japonés, que viajar al pasado sin una lengua ad hoc debe ser un incordio.








sábado, 20 de julio de 2013

PELIGRO, MUJER SOLA

El ministerio de Sanidad se ha propuesto financiar los tratamientos de fertilidad sólo a parejas heterosexuales. Las mujeres solas no deberían ser madres porque condenarán al niño a una infancia de Dickens sin una figura de autoridad.

La Duma rusa acaba de aprobar una ley que impide a los homosexuales adoptar, y para asegurarse de que no se le cuele ni uno, también a mujeres solteras de países donde el matrimonio gay sea legal. Es muy probable que cunda el ejemplo y otros países decidan lo propio.

Mi amiga M. ha tenido que jurar siete veces que no es lesbiana para avanzar en su proceso de adopción en el país de Putin.  Ahora tiembla de pensar si el ruso que llegó del frío va a cercenar sus anhelos, después de una carrera de obstáculos agotadora donde sólo resisten los que desean ser padres y madres con todas sus fuerzas, con todo su corazón y provisiones en sus cuentas corrientes.

Corren malos tiempos para las mujeres sin pareja. Las divorciadas estamos en un ay! porque quizás, siguiendo esta ola, mañana nos pongan pegas para que nuestros hijos entren en un colegio o compitan en su equipo de fútbol. Ya se sabe que un partido necesita de padres vociferantes. Testosterona endiablada que maldiga al árbitro y a toda su estirpe.

Una mujer sola es una amenaza. Una mujer sola y lesbiana, una constatación de que la naturaleza a veces se equivoca. El coco malo del cuento. Nos creíamos modernos, contemporáneos, transgresores. Zapatero, ese hombre espectro que fue presidente antes de ayer del que nadie se acuerda, gobernó tirando de talonario social y nos hizo creer que éramos superprogresistas. Pero hecha la ley, hecha la trampa. El magma que fluia por debajo olía a naftalina. Y los tiempos de crisis predisponen a arriar las velas, volver a los ¿valores? tradicionales y apuntalar la familia que reza unida, aunque se mate según se levanta de la mesa.
Peligro, mujer sola

La historia se repite y se explica en un gráfico con ondas que suben y bajan.  Cuando llegan las crisis se rearman los ejércitos, se llama a filas a los padres y a las madres y se organizan cenas donde solo se admiten parejas heterosexuales. Que se amen o no es secundario si exhiben un libro de familia cual cartilla de racionamiento. El salvoconducto de Miguel Strogoff. Papel mojado que de repente cotiza en bolsa. (Una bolsa de basura, pero nadie se da cuenta)

Soy mujer, divorciada y madre. Heterosexual, mientras no se demuestre lo contrario. Tengo una hija futbolista de diez años a la que pienso ir a animar al patio cada sábado, llueva o nieve, sola o con la compañía su padre. Tengo otra hija adolescente que acoge amorosa a sus amigos gays y deja que le acaricien el pelo. Tengo dos amigos gays a punto de ser padres que no duermen de excitación, y algunas amigas hetero que han decidido ser madres cuando el reloj biológico espaciaba su tictac y empiezan a verse caducas y a veces lloran.

Me siento afortunada porque la maternidad ya es una casilla cubierta en la rayuela de mi vida, así que no pasaré por ese calvario de someterme a tratamientos de estimulación ovárica, sufrir esos vaivenes enloquecidos de las hormonas y contener la respiración ante el Predictor. Fumata negra o fumata blanca. Tampoco me va a tocar arruinarme en un viaje a los confines del mundo para ofrecer mi amor y mi palabra a un niño, a una niña, no sin antes jurar ante un juez que me acuesto con un hombre, no con una mujer. Y que por eso merezco ser madre.

Nos están diciendo que la paternidad, que la maternidad es un premio que otorgan las autoridades en una tómbola trilera. Solicito que, en justa correspondencia, alguien con toga y birrete ordene unas pruebas de idoneidad para parejas hetero casadas como dios manda. Un test que sólo pasarán los padres y madres que se amen, que garanticen un nido seguro y solvente. Libre de incoherencias, inconsistencias y malos ejemplos. Oxígeno puro no contaminado.

Me temo que no aprobaría casi nadie. Quizás ese sea el fin de la especie humana. Los nuevos dinosaurios extinguidos somos nosotros. Hagamos algo. Pronto. Ya.




viernes, 19 de julio de 2013

ADOLESCENTES WATERPROOF

Ayer regresó mi adolescente de su curso de inglés en Inglaterra y a primera vista la british flema brillaba por su ausencia. Tras dos horas de retraso -acabemos de una vez con el topicazo de la british puntualidad- apareció con un grupo de amigas todas llorando a moco tendido y con los ojos tan rojos como el conde Drácula ante la visión del cuello de Mina.

Volver era un drama. Y los padres que aguardábamos detrás de la barra de seguridad que separa al viajero del paciente impaciente, nos dimos cuenta de que recuperábamos nuestro rol  de  presencias molestas en el universo de nuestros queridos adolescentes. Una cámara de seguridad lo recogió, estoy segura. Un centenar de adultos con cara de máxima expectación clava la vista en las puertas de cristal que se abren y se cierran y vomitan viajeros con cara de despiste. Y el tuyo suele ser el último en salir, lo que te garantiza una cara de decepción repetida en la moviola.

Cuando por fin salió, mi hija tenía la cara tan hinchada y el cuerpo tan delgado que me costó reconocerla. Iba abrazada por otras dos o tres, como si bailaran Paquito el chocolatero pero en una curiosa variedad que incorpora a la performance grandes maletones. Lloraban con desesperación de serie Disney Channel y aunque fui afortunada porque ella tuvo a bien desengancharse de la melé y abrazarme a tope y largo, enseguida me puso en mi sitio: "Mami, déjame que me despida bien, porfa...".

Y bien que se despidió bien. No menos de quince minutos de abrazos y lágrimas, venga a sudar, y entre hipidos me tendían sus móviles para que inmortalizase el momentazo.

-A ver chicas, limpiaos un poco que estáis todas feísimas.
-Mamá, no seas borde.
-No, si lo digo por los churretes. ¿No sabéis que existe el rimmel waterproof?
-¿El quéeeeee?

Comprobé de inmediato que habían aprendido fenomenal el idioma de Shakespeare, y calculé a ojo que cada palabra nueva nos debía haber costado a cada padre y madre no menos de 50 euros. Un chollo porque además el plan incluía noches en la discoteca (al menos gin tonic se dice igual, aunque me juró que no servían alcohol) y excursiones a Londres "la primera cultural, mami, y luego más en plan shopping".

-Ah, ya... Y what about las clases, my darling?
-Bueno, un poco rollo, muchas horas y no aprendías nada.

Mi sonrisa empezaba a congelarse. Tres semanas después de enviar a mi adolescente a las garras de la reina Isabel II, constataba que lloraba como nadie, sí,  y que había perdido no menos de cinco kilos. Pero que del idioma, rien de rien.

Luego le pregunté si el año pasado, cuando la recogió su padre, había llorado tanto y tan aparatoso como este. "No tanto porque con papá me daba más corte". Y me lo tomé como un piropo, tras el cual saqué una conclusión.

Un adolescente es un depósito de lágrimas engrasado para el drama. Capaz de enamorarse y hacer amigos en tiempo récord y con una volatiliadad pasmosa. Así hemos sido todos a esa edad, y a los campamentos de verano me remito. La diferencia entre ayer y hoy es que a los de mi generación los padres no nos daban cancha para tanto llanto en exhibición. Los sentimientos se ventilaban en la intimidad y cuando volvías ocultabas todas las pruebas del delito. Las cartas de amor, las camisetas llenas de frases a boli sobre lo "genial" y "alucinante" que eras. Y tu madre, en eso no hemos cambiado, lo primero que hacía era escudriñar piernas y brazos y decirte:_ "Qué delgada estás, ¿no te han dado bien de comer?.

Rimmel waterproof
-He comido muchísimo, fenomenal!!! , mentías.

Y luego llegabas a casa, te duchabas, te comías una tortilla de patatas entera acompañada de jamón y te ibas a la cama para dormir no menos de trece horas, soñando con tus nuevos más mejores amigos, que apenas dos semanas después iban diluyéndose y no pasaba nada porque un adolescente, ya tu sabes, es un resiliente sentimental que recupera la cordura como recupera los kilos que perdió.

¿Y del idioma?

No comment.



jueves, 18 de julio de 2013

JOVENCITAS DE OCHENTA

"Hoy es el día más gordo de mi vida"


La frase me la regala mi amiga A. , que la acaba de capturar en la farmacia donde compraba sus probióticos. A. es de las que nunca sale de casa sin la red de pescar palabras. La farmacéutica se queja de que la báscula se ha convertido en su peor enemigo. Le auguro una existencia probiótica tortuosa, y me pregunto por qué no tira de adelgazantes mágicos si los tiene a disposición. Imagino un akelarre de farmacéuticas obesas que, tras metérselo todo en la rebotica, llaman al grupo especial de narcóticos de la Policía y se tumban a esperar que la química haga de las suyas y las mengüe hasta convertirse en un charco espeso.

-¿Te volviste a casar?
-No...
-¡Qué pena, con lo guapa que eres!


La frase se la dedica una vecina de toda la vida a una mujer divorciada que se ha dejado caer por casa de su madre con el propósito de recoger la correspondencia acumulada en las vacaciones. Las vacaciones de las madres setentonas comienzan el uno de junio y llegan hasta finales de septiembre. Son tan agotadoras que las hijas terminamos pensando que el ocio es un trabajo extra sin derechos sociales.

Pero a la vecina, octogenaria, no le interesa lo más mínimo el paradero de la madre, sino el estado sentimental de la hija. Y la mira con esa conmiseración de quien está convencida de que el matrimonio es un grado, y el segundo matrimonio una condecoración que constata que fuiste bregada a la batalla del amor. Con cicatrices, sí, símbolos del valor y del desgarro.

(A una vecina de tu madre de toda la vida le parecería más triste aún que fueras soltera, convengamos).

Las mujeres de ochenta son mis favoritas porque dicen lo que piensan dado que cualquier daño colateral apenas les rozará el brushing del peluquero. Una velada a su lado resulta encantadora, y te promete una conversación ligera y cremosa  que arranca en la situación política y termina, cómo no, en el corazón.

-Yo me casé dos veces. Con mi primer marido estuve varias décadas. El pobrecito murió, y mucho después conocí a P.
-¿Cómo fue ese encuentro? pregunta la curiosa divorciada.
-Estábamos un grupo de gente y un hombre le dijo a mi amigo A: "¿Quién esa mujer? Porque me pienso casar con ella".
-¿Y?
-Esto fue en septiembre. En mayo estábamos casados.

La divorciada curiosa piensa en "El amor en los tiempos del cólera" y constata que las mejores frases son cortas y desprovistas de retórica innecesaria. Y que las mujeres de más de setenta que se enamoran tienen muy claros los porqués.

-¿Fuiste feliz con tu segundo marido?
-Muy, muy feliz. Todos mis deseos los hacía realidad, jamás discutíamos. ¡Y estaba forrado!



martes, 16 de julio de 2013

SOY MEDIOCRE, PUEDO SER POLÍTICO

Ser mediocre no debería convertirse en algo catastrófico. El mundo está lleno de ellos y formar parte de una mayoría siempre ha sido confortable. Si eres mediocre puedes haber sido delegado de tu clase, puedes haber conquistado a la chica con tu gracejo de mediocre gracioso y estudiado una carrera universitaria. Después, con tu mediocridad a cuestas, es posible que te casaras, que medraras a base de codos y rodilleras, de adulación o de una mezcla de ambos, y por el proceloso sendero de la promoción interna llegaras a una cumbre despejada y te dieras unos golpes en el pecho. "Sí, lo he logrado".

Entonces quizás alguien te propuso entrar en política. Estaba chupado. No hacía falta ser muy listo ni tener demasiada vocación. Y con una copa en la mano aprendiste a acercarte a los corrillos y a soltar un chiste aquí, una frase hecha y presuntamente brillante allá. Y tu mediocridad revestida de cierto ¿poder? te dio alas y te hizo sentir inmortal. Tarzán de los monos. Un tipo importante que seguía siendo el pringado de COU pero bien perfumado para que nadie se diera cuenta.

El tonto que se cree listo cava su tumba (el listo que piensa que los demás son tontos, también). Es posible que si además tiene pulsiones mangonas firme papeles y cobre por detrás confiado en su patente de corso. Luego se subirá a una tribuna y se le llenará la boca de proclamas que, convenientemente analizadas, no dirán nada. Aún así se le votará, no hay tantos dispuestos a ser delegados de una clase.  Y puede que haga favores para comprar lealtades. Y baile el agua a otros a ritmo de chachachá. Y se trague sapos on the rocks porque piense que una humillación hoy es un alzamiento mañana.

Y ensoberbecido por los aplausos no se dará cuenta de que las cámaras de televisión llevan años registrando sus palabras, sus movimientos, sus tropiezos. Y un día la moviola le devolverá una figura grotesca, la de su mediocridad venenosa y vendida al mejor postor. Y tendrá que dar algunas explicaciones ante el juez. "Verá, no fui yo, yo soy un mediocre, una víctima del sistema que alienta el advenimiento de los ambiciosos sin pedigrí, de los tontuelos bastardos, de los boy scouts que por un pañuelo y un banderían mueren y matan".

Benditos sean los mediocres que se dan cuenta de sus limitaciones y se superan. Malditos sean los que deciden abrazar la política como una plataforma para ocultar sus taras vitales. La ciudadana mediocre que hay en mí no ha parado de vomitar desde que desayuna sapos crudos cada mañana. Como muchos, imagino, piensa que no todos los políticos engañan, mienten, estafan, se venden y abren cuentas en Suiza.  Pero si hay héroes limpios ahí dentro más vale que salgan pronto y expulsen a los pútridos o alimentará a esa masa feroz que ya no puede tragar más ni escuchar más discursos cimentados en la nada.

Me muero de asco. Necesito creer. Confiar en alguien que me representa sin tener que vigilarle por la noche para que no me meta mano, me robe o venda mi alma al mejor postor. El escepticismo es la muerte y creo estar a dos segundos del coma irreversible.

(P.D. La demagogia sale sola cuando los jugos gástricos se te instalan en la boca. Habla tu bilis, no tu corazón, y si no eres tú ya no eres responsable de tus actos)








lunes, 15 de julio de 2013

AQUELLOS VERANOS DE TRES MESES

Verano Azul
Mi hermano I. propone como derrama la construcción de una habitación del pánico en la casa familiar que compartimos los fines de semana estivales. Un campamento hippie que se llena de niños y cervezas todos los meses de junio, y que apenas iniciado agosto abandonamos todos para huir a otras tierras.

Antes, toca remozar alguna pared, arrancar hierbas a destajo o, como ha sido el caso, pintar las rejas de las ventanas en color verde mayo. ¿Que qué verde es ese, si estamos en junio? os preguntaréis. Pues un verde trasnochado de mes que convierte una valla de cementerio en la puerta de la feria de Sevilla minutos antes del encendido de faroles.

La familia que pringa unida, permanece unida. Y mis hermanos llevan tres semanas de fraternidad incestuosa, a la que me he sumado demasiado tarde porque ya se sabe que una divorciada en verano es un tren para arriba, un avión para abajo y maletas que se hacen y deshacen para que las chukis puedan tener un verano repartido de afecto y pleno de experiencias multiestimulantes.

Cuando éramos pequeños el chalecillo hippie era nuestro verano y a ninguno nos parecía mal. Cada mañana salíamos en la bici, como nuestros héroes de la serie "Verano Azul", regresábamos a comer y volvíamos a escapar no antes de las cinco de la tarde (ahí la carcelera madre era inflexible). La vida eran kilómetros de pedaleo y la siesta un engorroso trámite que, sin embargo, hemos terminado por abrazar como el mejor de los dones adultos.

Hoy los padres nos hemos vuelto idiotas y consideramos que nuestros hijos tienen que tener un verano Disney. Trepidante, con una fase que incluya el aprendizaje del inglés (o el alemán, si eres un padre moderno y lees la prensa), un campamento urbano, piscina o charca para que no suden y actividades a titiplén no sea que se aburran y nos molesten.

Mis hermanos y yo nos aburríamos hasta el paroxismo, pero eso formaba parte de aquellos veranos de tres meses donde el plato fuerte era una escapada a la playa, un campamento en Santo Domingo de Silos donde recuerdo haber puesto patatas en el palo de la tienda para que un mal rayo no nos empalara, y algún viaje en avión con mi superabuela, que incluía inevitables desencuentros pero la certeza de que nunca se nos iba a olvidar, como así ha sido. (Luego, ya universitarios, pasábamos dos semanas en la cárcel de Burgos con los presos -mi hermana y yo con las presas- y nos parecía lo mejor del año aunque nuestros amigos nos miraran como a frikis sin otra cosa mejor que hacer que conversar con desesperados y yonquis, pobres diablos para los que el verano y el invierno se dintinguían por las horas de patio y libertad)

La habitación del pánico que propone I. es un lugar a salvo del olvido, ahora lo entiendo. Un rincón lleno de fotos familiares donde los veintitantos iremos repasando quiénes fuimos y por qué verano tras verano seguimos prefiriendo la mutua compañía que cualquier otro planazo. Y nos va la vida en que nuestros hijos lo aprendan y lo transmitan. Y sigan juntándose con la excusa de que hay que cargarse el aligustre o reponer las sillas de un porche donde pasamos horas haciendo ejercicios de matemáticas el año aquel en que me enamoré y el tiempo era laxo como mis manos garabateando el resultado de una ecuación. Justo antes de tirarme de cabeza a la piscina.



domingo, 14 de julio de 2013

LA PAELLA ES UNA NEGOCIACIÓN (La A-List de los libros de verano)

¿Por cuál empiezo?
Me escribe mi querido J. que "la paella es en sí misma una negociación". Le respondo que la frase es aplicable a casi todo. Desde el sexo a los planes de vacaciones, pasando por la decisión de arrancar el siguiente libro de entre los que se agolpan ansiosos en la pista de despegue.

Ando de pactos con la trilogía de Robertson Davies que me regaló B. y a la que le puse la pegatina de "te espero bajo el árbol de la pradera de astur" (que B. y yo compartimos sin saberlo, porque él alquilaba la casa que alquilo ahora yo. Y ese fue el inicio de una gran amistad), pero el autor se ha impacientado y me mira mal porque ha visto que me llevaba para el fin de semana las "Instrucciones para una ola de calor", de Maggie O´Farrell, quien a su vez desliza un mohín desdeñoso al compendio "Nuestros antepasados" de Italo Calvino, regalo de D.
Paella mar y montaña. Innoble por el limón

A veces toca negociar nuestras pulsiones. Callar aunque apetezca decir algo por si los efectos indeseables superan en la escala Richter a la necesidad de expresar un sentimiento. Esto que digo no suelo aplicármelo salvo cuando no confío del todo en el otro y me ronda cierta desazón. Entonces callo y supongo que otorgo. Y para compensar me arrebato en el teclado y arranco una historia que terminará en la papelera, tras una ardua negociación con la juez literaria que me habita.

Negociar una paella requiere un fino olfato. Y un punto de partida que es crucial: ¿De campo o de mar? Yo mezclo el mar y la montaña porque amo Asturias y lo reúne todo. Los Picos de Europa, mi playa de Lord Byron. Pero mi amigo J., que perdió su corazón en un enclave levantino, me tira de las orejas si advierte que he puesto limón para decorar el arroz -"no la ennoblece, verás"- y en un arranque de osadía, me pregunta si está socarrat.

El socarrat es el happy end de una negociación. El beso con lengua de un reencuentro. Y tiene su truco porque si te pasas se llama calcinado y si no llegas es un coitus interruptus.

Negocio con mi cuerpo un armisticio, una tarde de tumbona y mejillones. La verbena de mis sobrinos en la piscina. La madrugada y una niña que se acerca a mi cama y me toca tres veces: "Tía, ¿puedo dormir contigo?" Y ese placer de hacerle un hueco y tapar su piel morena para que los buenos sueños no se escapen. Y sentir que el aire huele a paella socarrat. A buenos libros y a grandes amigos que te regalan letras sublimes, en su punto justo de cocción.









sábado, 13 de julio de 2013

INSTRUCCIONES PARA CUIDAR A UNA MUJER TORTUGA

"Si quiere, puede dejarle al perro joven una semana más, pero habrá de llegar un momento, no hay forma de evitarlo, en que haya de llevarlo a presencia de Bev Shaw, a su quirófano (tal vez lo lleve en brazos, tal vez eso es algo que pueda hacer por él) y acariciarlo y cepillarle el pelaje a contrapelo hasta que la aguja encuentre la vena, y susurrarle y consolarlo en el momento en que, desconcertantemente, las patas cedan bajo su peso". Desgracia, de Coetzee.

Desde que las chukis se han ido, cuido su tortuga con denuedo. El animal, al que apenas había dedicado unas miradas desde que se lo regalaron a mi hija por su primera comunión, se ha convertido en alguien importante en mi vida. (Tras la primera comunión hubo otras,  y al fin Minichuki me dijo el otro día: "Mamá, no ya si creo en Dios. Se supone que me habla, pero yo no le oigo").

La tortuga tampoco me oye. Es sorda, pero yo no lo sabía hasta que U., el dueño de la iguana Nicole Kidman, me lo comunicó ayer con tonillo de experto en bichos. Así que Tortu debe pensar que soy idiota cuando llego a casa y me inclino sobre su Versalles de plástico y le dedico un entusiasta "¡¡Buenas tardes, Tortu guapa!!", y ella se alborota no porque me escuche, ahora lo entiendo, sino porque sabe que tras el baño de su receptáculo gigante vendrá el maná en forma de gambas secas.

Cuidar a alguien, aunque sea un animal tonto que no te chupa la cara ni corre a tu encuentro, produce una grata sensación. Yo saco con delicadeza a Tortu, la deposito en el fondo del lavabo, tiro el agua sucia por el váter y lavo cuidadosamente las paredes y el fondo de su mansión, incluyendo el puentecillo plataforma y una extraña piedra blanquecina que suelta calcio. Después dejo que corra el agua limpia y vierto tres gotas de un líquido siguiendo las instrucciones de Minichuki: "no más de tres, mami, y luego unas gambas". El bicho, recuperado el hábitat, se lanza a la comida cual preso del corredor de la muerte en su último día de vida. Dos minutos después no queda nada, y a veces contravengo las órdenes de su ama y le doy un chute extra que se zampa con idéntida desesperación.

En estos días sin niñas me he dado cuenta de que cuidar de otros es cuidar de uno mismo. Algo muy parecido a una perogrullada, pensaréis, pero las altas temperaturas han hecho de mi cerebro una papilla espesa que da para los hallazgos justitos y para volver a Coetzee y a esa perrera desoladora. Más difícil todavía es dejarse cuidar, imagino que porque tiene algo de abandono. Algo de miedo a que esas manos que vacían tu pecera y la lavan cuidadosamente se olviden un día de rescatarte del fondo del lavabo y termines colándote por el sumidero.

Dejarse mimar es dejarse llevar. La confianza extrema. La rendición de unas armas absurdas que reuniste en un rincón de tu salón por si llegaban unas hordas que hace tiempo emigraron a otras tierras. Las mujeres aguerridas -en mi círculo íntimo hay unas cuantas- no esperan que les tiendan una mano, sino que se cortan la suya y la lanzan al vacío a pelear. No necesitar es la mejor manera de no frustrarse, pero es también un ejercicio perverso de autosuficiencia que impide la entrada jubilosa del otro. El descanso y la fe.

Coetzee
(Dos de mis mejores amigos me han dado una lección hace pocos días. Llevan años sitiados por la crisis y no han permitido que los doblegara. Ni a ellos ni a sus tres hijos. Los niños más educados y felices que conozco. Aunque la situación no es fácil, todos mantienen intacta su alegría y aceptan los mimos con una dignidad tal que uno se siente miserable y sabedor de que en esa situación el orgullo haría de las suyas y tardaría en estrechar la mano tendida. La gamba extra en la pecera).

Desde hoy me declaro mujer tortuga y dejo pista libre a esas manos que me miman aunque a veces me muestre un poco sorda. Cuestión de tiempo y de práctica.





viernes, 12 de julio de 2013

DIÁLOGOS DE PAREJA (Antes del anochecer)

Antes del anochecer
Si se aíslan las conversaciones de una pareja durante, pongamos, 24 horas y en el mejor escenario posible -vacaciones,  un paisaje idílico- el resultado difícilmente se parecería al de los protagonistas de "Antes del anochecer", Julie Delpy e Ethan Hawke.

Punto de partida: todas esas frases de relleno que abrazan a las frases proteínicas. Una pareja que se ama no resiste la prueba de Delpy/Hawke. Diálogos intensos, bucles endiablados que arrancan de una broma y se precipitan al drama, como una esquirla que se clava en el corazón. Y referencias literarias, eróticas, gastronómicas sabiamente distribuidas bajo la sombra de los olivos de una isla griega que es el paraíso y encierra una tormenta.

Las parejas convencionales hablan de muchas tonterías porque la cotidianidad es un cemento necesario que además impide mirar al precipicio. Dos que sólo entablan conversaciones profundas y sesudas tocarán hueso y terminarán optando por las camas separadas. El cerebro y el amor son compañeros de ajedrez que a veces devienen rivales. Alfil reta a torre a hablar del grafeno, ese material mágico, y rey avanza victorioso con una sinfonía de Mahler tarareada entre los dientes. El futuro de la civilización, el armisticio o quién espía a los espías.

Pero si uno se sienta a observar parejas en un lugar público sin aguas turquesa ni amigos intelectuales que despisten el radar, escuchará apasionantes diálogos sobre la vecina que hace ruido con la cuerda de tender, el estado carpantónico de la nevera porque se retrasó el pedido de Mercadona o por qué me tengo yo que hacer una ligadura si tú puedes hacerte la vasectomía (esta conversación me obligó a pedir tres cervezas seguidas antes de levantarme de un bar muy chic porque los argumentos de él eran sobrecogedores: -"¿Y si luego no se me levanta?". -"Pues que te la levante tu madre".

Santorini
Una pareja habla y habla porque sabe que el silencio pone a prueba sus cimientos. Estar callado y feliz sólo lo resisten aquellos que se aman y respetan que ser una presencia para el otro 24 horas es como llevar escolta a un concierto de rock. Pero el silencio cuando no te conoces del todo genera muchas dudas, mucho vértigo, y uno cae en la tentación de rellenarlo de malos pensamientos o, aún peor, de palabras, y entonces es probable que termines hablando del servicio doméstico o de los hijos, ese tema que consigue eternizar matrimonios que ya no se quieren pero cuentan con una coartada resistente como el grafeno en común.

Me gustan las parejas sin hijos porque salen a pelo a luchar por su eternidad. Si no funcionan, lo entienden rápido, y a veces, es cierto, caen en la tentación de embarazarse para poder seguir hablando. Siempre tengo la tentación de preguntar a las parejas que me rodean de qué hablaron el día anterior. Sospecho que me daría para una secuela del "Antes de que anochezca" que podría llamarse "Antes del juicio final". Ella, la Delpy de turno, no sólo ha ensanchado caderas y tobillos (compruébese  en  "Antes del atardecer", mismos actores, una década antes) sino amargura y rencor disfrazados de inteligente ironía. Él, un Ethan machacado por la evidencia de que sus best selllers eran bazofia para intelectoguays, decide suicidarse en un islote no sin antes recitar los versos de Cavafis a los pasmados turistas de la playa.

Una pareja son dos que comparten tiempo, dudas y espacio y follan más en vacaciones porque no miran el techo del salón y entonces uno dice "hay que llamar al pintor" y el otro responde "¿qué quieres para cenar". Si le quitas el guión de la intendencia al verdadero amor quedan los besos y la sensación cálida de recorrer una isla mediterránea como Delpy y Hawke, con la certeza de que la vida juntos es un poco mejor que separados.




jueves, 11 de julio de 2013

CONCHA GARCÍA CAMPOY Y LA BECARIA

Concha García Campoy
Cuando yo era becaria en la Cadena SER Concha García Campoy entrevistó un día a Corcuera y, tras recibirlo a puerta gayola, le puso la canción "Lía", de Ana Belén. El entonces ministro, tosco y arenoso como era, se enterneció dado que se trataba de su canción favorita y la periodista pudo arrancar la charla con un plus de intimidad que le permitió sacar jugosos titulares.

Cuando yo era becaria en la Cadena SER Concha era una estrella que se pintaba los labios en el cuarto de baño minutos antes de torear un miura. Y si coincidías con ella frente al espejo era muy probable que te dedicara un comentario breve y amable, justo antes de correr hacia la cabina, calzarse los auriculares para aproximar su boca recién pintada al micro y sacar el capote para citar con esa dulzura de cemento armado que tenía.

(Un becario es un testigo privilegiado de tu incompetencia y de tu grandeza. Una pieza fundamental en la estructura del edificio. Cualquier responsable de recursos humanos debería interpelar al becario para saber qué clase de jefe ha contratado).
Miuras

Cuando tenía 21 años entré en la Cadena SER de Madrid como becaria, con gesto aguerrido y un respeto reverencial que se parecía bastante al miedo. La redacción estaba, como hoy, en la Gran Vía y estrenaba nuevas instalaciones. Había un tipo tímido, destartalado e irónico llamado Carlos Llamas que volvía locas a las mujeres. Otro apellidado Pindado que llegaba siempre con ojeras de haberse corrido una farra. Estaba un tercero, Nacho Lewin,  que conducía un programa de coches y ponía ojitos a la altura del culo de las becarias incautas. Manuel Campo Vidal era el rey de la madrugada y me apodó "Kóskotas" tras una discusión sobre el banquero griego y los acentos en los nombres. Andaba por allí un nervioso Luis Fernández, con ojos dos metros por delante de su cuerpo, ávido y listo como el hambre, que llegó a ser director de RTVE años después. Y era fácil cruzarse, no se me olvidará, con José Ramón de la Morena, que estrenaba "El Larguero" con su mirada bífida.

Pero sobre todos ellos destacaba Concha García Campoy, altísima,  con esa melena impecable y contundente como su voz. Concentrada en la pantalla de su ordenador, concentrada en el pasillo que conducía al estudio. Amable pero valiente a la hora de preguntar. Y la becaria curiosa tomaba buena nota de sus gestos descargados de cualquier atisbo de arrogancia. Los de una soprano que interpreta por enésima vez Ámame Alfredo, de La Traviatta, con la misma tensión reverencial que el primer día.

Cuando era becaria en la cadena SER aprendí que hay que tener un enorme respeto por lo que haces, aunque lleves años de rodaje y todos te aplaudan. Aprendí que muchas estrellas lo son hasta que las conoces y las bajas a patadas de tu firmamento personal. Que plantarse frente a un toro es una pesadilla aunque lleves mil trofeos con cuernos retadores. Aprendí que hay jefes trepas, jefes capullos, jefes entregados a mejorar a sus subordinados. Aprendí que estar de vuelta de cualquier cosa es un viaje por un río plagado de cocodrilos hambrientos.

Y aprendí que pintarse los labios justo antes de una entrevista no es coquetería, sino un ritual sagrado. El empujón para salir a matar. Con hormigas en el estómago. Con esa tensión que, veintitantos años después, sigo teniendo cuando me siento frente a un personaje y, mentalmente, le pongo "Lía" para templarlo. Y es un milagro si se establece esa corriente de simpatía, de confianza o de discusión de altos vuelos. Como Concha conseguía a diario, pero salvando muy mucho las distancias.

Cuando era becaria, ya termino,  aprendí que los becarios tienen nombre y apellidos, que las estrellas son efímeras si no sudan su talento, y que el periodismo es el arte de hacer que brille el personaje entrevistado, o se pegue el batacazo sin que a ti se te noten los hilos que has tejido para llevarlo al centro de la plaza. Eso que sólo algunos hacen bien. Una faena cuajada tras citar a puerta gayola, como Concha García Campoy.




http://www.youtube.com/watch?v=3JE4mIB54mI
http://www.youtube.com/watch?v=qqwyjH8ODFA

martes, 9 de julio de 2013

HABLAR GRATIS SALE CARO

Me dice M., mi peluquera, que está cansada de entregarse. Que sus vacaciones perfectas consisten en ir sola a un hotel y no hablar con nadie, concentrada en el punto de fuga de la piscina. Le digo a M. que hablar gratis sale muy caro. Se muestra de acuerdo de inmediato.

Las piscinas comunales son nidos de charlas perezosas y sin compromiso. Mi madre solía bajarse a la suya con un libro para evitar desgastarse con el chismorreo circundante. Ya no lo hace. El sistema la ha abducido y se pasa ratos con las vecinas hablando de los hijos y sus destinos fatales de postuniversitarios en pie de crisis. Conversaciones circulares que arrancan en el punto exacto donde terminan.

Yo, que soy una borde piscinera, me tumbo con mi sombrero de ala ancha bien calado y clavo la vista en el libro. El día que Minichuki se ahogue saldrán las vecinas chismosas en la prensa local diciendo que esa madre sólo tenía ojos para Thomas Berndhard, seré dilapidada socialmente y ninguna otra piscina me admitirá entre sus socios.

Hablar por hablar es como escribir por escribir. Un dispendido que a la larga se paga caro. La diarrea de palabras no tiene un Fortasec que la contenga. Los talleres de escritura están llenos de incontinentes que hacen florituras banales y las llaman relato. Y yo misma podría ser uno de ellos, aunque no asista al taller. Lo mío es más la toalla y la hierba bajo mi tripa, imaginar secuencias encadenadas mientras me acuna el runruneo de la charla insustancial de las comadres, que resumen un año de sus vidas -el que nos separa de verano en verano- en cómodos plazos urdidos mientras le pelan el plátano a sus vástagos.

Hay demasiados elementos estivales gastronómicos que hacen tándem con la charla: el tinto de verano, el gazpacho y las kokotxas, por ejemplo. Y mientras paladeas estos manjares de los dioses  puede ser que C. te regale una de esas sentencias sobre los hombres que tan bien conoce:

"Los peores cuando rompes son aquellos que dependían de ti. Se resisten a perderte como gato panza arriba y te hacen la vida imposible".

Las relaciones dependientes son tóxicas, lo sabe C., pero a menudo arañan la eternidad. Las independientes nacen y mueren cada día, y te obligan a construir desde cero como esos cocodrilos de arena que adornan los paseos marítimos y despiertan murmullos de animación. La independencia necesita un pegamento, una masilla que impida al artista convertir su frustración en desaliento cuando al amanecer se topa con su obra de arte machacada por los pies de los niños.

El amor es Sísifo en la cumbre, y Sísifo arrastrando la piedra. C. no puede estar más de acuerdo, aunque reconoce que ella carga lo justito. Y apura su vino blanco con mucho hielo y te regala un relato que no contarás nunca pero que ya ha disparado los jugos gástricos de tus dedos. Esos que componen una historia mientras, a pocos metros, las amigas de tu madre se preguntan cómo una señora tan simpática tiene una hija tan arisca e insociable.








domingo, 7 de julio de 2013

DIVORCIADA SOLUBLE E INESTABLE BUSCA LUMEN FIDEI


Ahora que sé que el matrimonio no es indisoluble, sino estable, me siento más profundamente divorciada. Inestable, diluida... pero divorciada cum laude. ¿Fin del insomnio?

Estable: “Que se mantiene sin peligro de cambiar, caer o desaparecer” (en fin...)
Indisoluble: “Que no se puede disolver, separar”

Leyendo ambas definiciones se diría que estamos ante un debate de la Física, no de la religión. Pero los científicos han hecho demasiadas cosquillas a los teólogos a los largo de los siglos, así que fueron arrinconados con sus probetas y sus instrumentos de medir. 

"Y sin embargo, se mueve".

Soy divorciada soluble, y pienso disfrutar todo el día de mi nuevo estatus y escribir una carta al ministro de Interior -del Opus Dei, por cierto- para que incorpore esta categoría al DNI.

Gracias, Bergoglio. Le has dado una nueva y más pomposa identidad a mi existencia.

Parece el Papa Francisco ha pisado el acelerador de las reformas porque se da cuenta de que el suelo vaticano se hunde y los parroquianos echan a correr. Sólo las beatas parecían dispuestas a clavarse de rodillas con el rosario en la manos mientras la institución se enfrentaba a un juicio sumarísimo por no defender los valores puros y primigenios del cristianismo: la pobreza, la compasión, el perdón...Esos con los que hasta el más ateo de entre los ateos podría estar de acuerdo.
LUMEN FIDEI PAPA FRANCISCO

¿La demagocia es soluble? Veamos:

Los curas roban en sus propios bancos. Hay un lobby gay en el Vaticano (miedo miedito...? Como si el lobby hetero no fuera una amenaza). Abusan de los menores. Conspiran en el nombre de dios. Trafican con las almas. Mienten y castigan.

No todos, desde luego. Sólo algunos. ¿El outing es soluble o indisoluble?

Y, aún más:

¿La fe es indisoluble? ¿Es inodora, incolora e insípida? ¿Y la intolerancia?

Y, dentro de la solubilidad, ¿la intolerancia es soluble como el Cola Cao (o sea, con grumos) o como el Nesquik (rápida, pero más inconsistente e insípida)?

Gracias a este Papa que me gusta (y ya sé que esto me va a reportar no pocos enemigos que me prefieren radicalmente antieclesiástica) habrá muchos católicos divorciados que hayan suspirado de alivio al saber que ya pueden ir a comulgar sin que el demonio se les meta en el cuerpo al tragar la hostia sagrada.

Pero, Jorge Bergoglio, tras esta encíclica, Lumen Fidei, tengo varias preguntas para Vos: ¿La nulidad se mantiene como tal o requerirá algunas reformillas? Si un matrimonio es soluble, y fracasado, ¿permitirá volver a casarse una vez que las burbujas se extingan/diluyan en el vaso como un alka seltzer o habrá que seguir acumulando absurdas pruebas de inmadurez psicológica para que un tribunal sumarísimo le dé carpetazo definitivo?

Y una cosa más, ¿habéis reservado lo del matrimonio gay para la próxima encíclica porque esta la habéis escrito a cuatro manos con Ratzinger y no era plan de que le diese una apoplejía espiritual al pobrejubilado ahora que por fin se ha alejado de las conspiraciones y pasea por el jardín con sus monjitas cuidadoras?

Demasiadas preguntas para una divorciada soluble e inestable, pensaréis. Así que lo dejo ya y me dispongo a subir al campanario de la primera iglesia que me salga al encuentro mientras corro con esa ligereza que otorga saber que hasta las estructuras de hormigón a veces se resquebrajan un poquito, y por ahí entra oxígeno. Y transforma el aire enrarecido. Y algunos suspiran porque sus flores hace tiempo ya que se estaban marchitando.