sábado, 6 de julio de 2013

DE REPENTE, JOHN BERGER


Berger bicicleta
Un momento ha sido rescatado, por un momento. Ese momento ocurrió antes de que yo naciera. ¿Se pueden enviar promesas hacia el pasado?”

Uno no puede leer “El cuaderno de Bento”, de John Berger (Alfaguara), y quedar impasible. Más si has abierto el libro distraídamente en el tren mientras ahí fuera los campos verdipajizos son devorados por una velocidad ide acero. Y, como para contradecir al progreso, pasas las páginas despacio y contemplas los delicados dibujos con que Berger acompaña sus no menos delicados pensamientos. Y el aire se detiene.

Ciruelas a punto de caer
Me gustan los hombres del Renacimiento. Esos capaces de batirse contra las palabras, un lienzo, los pensamientos más obstinados o el cine. Berger además hace performances. Es un hombre orquesta que se ha abrazado a la creación con ahínco y cuando siente entra en brote y te deposita una novela, un ensayo, debajo de la almohada. No creo que todas sean geniales. La última que ataqué la dejé a medias y apenas recuerdo que se desarrollaba en Venecia. Aunque ahora prefiero cuestionarme a mí misma que al autor y tal vez revisitarla.

Ayer abrí este cuaderno que elegí por su tamaño asequible para un viaje que me había propuesto acometer sin más equipaje que las ganas, y enseguida llegó el asombro, como un relámpago:

Quienes dibujamos no sólo dibujamos a fin de hacer algo visible para los demás, sino también para acompañar a algo invisible hacia su destino insondable”

Acompañar algo que no existe a su destino es como abrir una cortina de terciopelo ante un público que ha ido al teatro sin programa, dispuesto a ser vapuleado, interrogado, abierto en canal. Un artista es un ser que te muestra aquello que ni siquiera sabías que existía. Pero que una vez te ha sido revelado, tu vida ya no puede ser igual.

Mi oficina wifi
¿Quién era yo antes de leer a Berger?, pensarás después de contemplar esas ciruelas que caen de una rama concebida en pocos trazos pero suficiente como para saber que pesan y que su gravidez hará que en pocas horas caigan contra el suelo, maduras y fragantes. “Empecé a dibujar. Necesitaba un verde para definir las hojas. A mis pies había unas ortigas. Agarré una hoja y la froté en el papel, y me dio el verde que necesitaba. Esta vez guardé el dibujo”.

Y luego está la humildad. Ese acto de despojarse de soberbia que sólo algunos artistas introducen en su exhibición. Porque Berger arranca advirtiéndonos que va a emular al filósofo Benedict (o Bento) de Spinoza (1632-1677), que solía llevar consigo un cuaderno de dibujo. Un misterioso cuaderno que se perdió. Berger confiesa que su pretensión era volver a leer algunos de sus sorprendentes proposiciones filosóficas y mirar lo que el autor del “Tratado de la reforma del entendimiento” había visto con sus propios ojos.

John Berger
Un artista es también quien recoge un legado, lo devora, lo somete a la digestión de sus propios jugos, lo transforma y te lo sirve en un manjar que ya no se parece al original, pero si lo masticas despacio, dejando que la saliva envuelva y descomponga su deliciosa enjundia, te suena levemente a algo que ya probaste, que ya te deslumbró.

El encaje es un tipo de escritura en blanco que sólo se puede leer cuando hay carne detrás”. (Es una forma de verlo pero se le ha ocurrido a este hombre del que no pienso separarme nunca más)