martes, 2 de julio de 2013

PRIMER DÍA DE PLAYA


El primer día de playa está escrito antes de pisar la arena con tus pies. Es un cuadro de trazos vigorosos que uno guarda en septiembre y recupera en julio, a la inversa que las alfombras. Hay tanto anhelo detrás de ese golpe de mar que conviene protegerse de las olas, no sea que te engullan por exceso de estusiasmo.

El primer día de playa es una biografía de lo que fuimos. El perpetuo verano. Los castillos de pequeños con la pala y el cubo, las horas muertas al sol de adolescentes insensatos. Las cremas en la espalda de los niños cuando fuimos padres y nos sobrevino el instinto protector frente a los rayos mortíferos. El baño lento y temeroso de tu abuela un verano en Palma de Mallorca. Aquel día en la Ballota, esa playa bella y traicionera, en que la corriente casi nos convierte en sirenas atolondradas y a la deriva.

Todos tenemos un relato interminable que es un deja vù con olor a sal y a yodo.

Que, naturalmente, tiene mucho de ficción, porque lo mejor del primer día de playa es la expectativa. Todos los componentes de los que dotamos a una historia que siempre termina igual, y da lo mismo. Planteamiento y nudo, abortemos desenlace. Tienes delante una masa de azules en perpetuo movimiento que te acuna con un swing. Tienes una toalla de colores y una sombrilla machacada de golpes. Tienes un canasto y un libro que te hará pasar las horas muertas persiguiendo a Ana Karenina mientras el mundo a tu alrededor se convierte en actor secundario y prescindible.

Tienes el mar, frente a ti, y lo miras hipnótica no sea que se borre y se convierta en asfalto. Tienes la fantasía de que el agua es el amor y la calma. El alfa y el omega. Y juras por tu vida que nunca antes viste algo parecido ni sentiste nada igual. Y hay tal intensidad en el ritual pagano que los dioses palidecen de envidia y se postran a sus pies. Poseidón, hazme tuya, seré tu esclava.

El primer día de playa conviene quemar todas las naves. Pasear la orilla con un sombrero de rayas rojiblancas, tirar dos o tres piedras bien lejos, a lo lejos. Respirar profundo, pensar en uno mismo aquí hace dos años, mañana. Y fijar el recuerdo para repetirlo como una moviola estropeada cuando mañana el tren te devuelva a la ciudad hostil, transformada de sol y mareas para siempre.