sábado, 31 de agosto de 2013

PIEDRA, PAPEL O TIJERA

"El portero está pensando hacia qué esquina va a lanzar el otro el balón -dijo Bloch-. Si conoce al jugador, sabrá cuál es la esquina que elige normalmente. Pero generalmente el jugador que lanza el penalty cuenta también con que el portero está haciendo estas o aquellas conjeturas. Así que el portero sigue reflexionando, y llega a la conclusión de que esta vez el tiro irá dirigido a la otra esquina. ¿Pero qué ocurre si el jugador continúa reflexionando también, y decide dirigir el tiro a la esquina acostumbrada? Etcétera, etcétera". Peter Handke. El miedo del portero al penalty.

Siempre que leo  este párrafo del relato de Handke pienso en el juego de "Piedra, papel, tijera", al que he dedicado horas de alta intensidad donde terminaba con los nervios destrozados pero muerta de risa. El juego, aparentemente inocente, se basa en la anticipación de lo que hará el contricante y te convierte en un portero a la espera del penalty o en un lanzador comprometido. Esos segundos agónicos que decidirán la suerte de un partido.

Las relaciones humanas, me parece, tienen mucho de piedra, papel o tijera. Y mucho de fútbol. Puede que por eso ese deporte que me la refanfinfla arrastre a las masas, convencidas de que asisten a un espectáculo cuando lo que en realidad contemplan en una clase magistral de reacciones y reflejos. Regates, engaños, simulaciones y todo tipo de maniobras para distraer y colocarse a tiro de portero. Entiendo que hay una liturgia detras del vocerío desgañitado de la grada, pero sigue provocándome cierta animadversión. Porque la realidad es que cuando veo un partido, una final reseñable en un Mundial (ese fue el último) me desato como la que más y siento la furia y la pasión devorándome el hígado. Soy una de ellos.
Peter Handke

Ayer en una reunión de trabajo con dos compañeras alguna dudaba si la liga de fútbol había empezado ya. También de si Falcao era del Atlético de Madrid o se había incorporado al ¿Mónaco? y, atención, de si Iniesta es del Madrid o del Barcelona. Mis contertulias, lo juro, son mujeres sobradamente inteligentes y capaces de analizar los gestos del lanzador de cualquier penalty antes de tirarse a recibir el balón. El nombre el ejecutor es lo de menos, pensarán.

Una reunión es un terreno de juego donde nadie dice exactamente lo que piensa y donde el gol sólo se celebra a la salida. Hay un tiempo de calentamiento, algunas piruetas arriba o abajo, tres o cuatro jugadas broncas y un remate a puerta que a veces pilla al portero mirando a Cuenca. El resultado de manual se llama "ganar-ganar". Esa fórmula que evita la humillación y hace, oh magia, que los dos equipos vuelvan a casa con la sensación de haber ganado. O más bien de no haber perdido.

Cuando vas cumpliendo años entiendes que humillar está muy feo. Que hay que ser generoso y conceder al otro el beneficio de una retirada digna, aunque sea cojo y ensangrentado. Saberse ganador es aprender a celebrar las victorias con los tuyos, sin armar ruido ni abrir la botella de champán hasta el momento preciso. Sin dejar de pensar en la soledad desoladora de ese portero al que le acabas de encajar un penalty.

Porque a veces el portero eres tú y te la meten por la escuadra o, aún peor, entre las piernas.

Detrás de un futbolista, de un portero, hay un psicólogo avezado. Eso he aprendido con la ayuda de Peter Handke. Un estímulo más para chuparme sábados de patio y padres en el colegio de Minichuki, mi flamante futbolista a la que pienso animar como si no hubiera un mañana. Como si la vida fuera un eterno tiro a penalty o una partida de piedra, papel, tijera que no acaba nunca y te enseña algo más importante que el triunfo o la derrota.

Te enseña cómo eres tú.



viernes, 30 de agosto de 2013

DIEZ PENSAMIENTOS COMPLETAMENTE INÚTILES

1. Mi estación favorita, definitivamente, es el Otoño, seguido de la Primavera. Me gustan los estadíos intermedios, los grises frente al blanco y negro. Sorprender un cambio de color en el árbol de la esquina y las personas que incorporan la duda y el matiz a sus certezas radicales. Creo que, definitivamente, me estoy haciendo mayor.

2.Mi vecina la endemoniada sigue fustigando a su madre la de las fajas marrón clarito y me obliga a dormir con tapones en los oídos. Dormir con tapones es como ser enterrado vivo en un tupper al vacío.

3.He abandonado mi viejo hábito de salir a correr de madrugada porque los parques son territorio comanche a esa hora en la que los jardineros se están tomando un café del termo y tardarán aún media hora en recorrer las praderas. En ese tiempo hasta el asesino más torpe podría ejecutarme sin que se enterase nadie. Lo he visto en las películas toda la vida. Y si lo he visto yo, lo han visto ellos (los asesinos). Copiar es fácil.

4.Me persiguen los relatos. Arranco uno y lo sueño mezclado con el siguente, que debuta en el ordenador tres días después. ¿Hay una teoría de los seis grados en las historias que uno imagina?

5.Creo firmemente en la reconversión de los afectos. La amistad, el amor, ni se crean ni se destruyen, sólo se transforman. Nadie puede desaparecerse sin oler a cadáver y asomar una tarde por la cresta de una ola, distraídamente.

6.Ayer me enteré gracias a un afecto reciclado de un dato crucial. Los vuelos trasatlánticos transcurren entre 31.000 y 39.000 pies de altitud. La reconversión en kilómetros no parece tan sugerente, a efectos de escribir una historia. (Nunca fui muy ducha en el asunto de los sistemas de medidas. No sé lo que es una pinta salvo en cerveza, ni una pulgada que no tenga que ver con Pulgarcito)


7.Lo que nos hace crecer es ir contranatura. Dale a una caótica el reto de hacer una lista de asuntos pendientes y moverá el mundo. Juro que cada vez que tacho un apartado me siento feliz y poderosa. Espero no terminar como Rain Man con la guía de teléfonos...

8.Mi obsesión por los edificios no conoce límites. Desde que tengo un nuevo teléfono con cojocámara de fotos ando por mi ciudad cual guiri japonesa a la caza de chaflanes, ventanas, paredes y alféizares. La arquitectura es para mí la primera de las bellas artes contemporáneas, y no hace ascos al feísmo, a la practicidad militante o al absurdo radical. La luz dorada de otoño sobre las fachadas me parece el mejor regalo en mis paseos. Bendita sea la mirada de extrajero siendo local.

9.Debo hacer algo urgentemente con mi colección de amaneceres. Tal vez un documental para intelectoguays que arrastre a las masas al cine y sea tan ininteligible que salgan fascinadas. Los intelectoguays son tan bobos que sólo necesitan un señuelo de exclusividad. Las marcas lo saben y se aplican duramente.

10.Creo que el otoño me gusta porque la hoja que veo hoy no será nunca más igual. Los estados provisionales te impulsan a atrapar las esencias. Mañana soy otra. Un antídoto contra el aburrimiento. El estímulo permanente. Así, podría decirse que hay personas Otoño y personas Verano (también Primavera a Invierno, desde luego). Superemos la pregunta de los signos del Zodiaco para cambiarla por ¿tú qué estación eres?




jueves, 29 de agosto de 2013

FOBIA A LAS CUCARACHAS



Cada madrugada se encuentra una cucaracha en el cuarto de baño. La cucaracha es, probablemente, el bicho más repugnante del planeta, piensa ella. Y dedica buena parte de su tiempo y energía a erradicarlas. Compró unas trampas grisáceas, del color de sus alas -ese tono grasiento- que prometían ser el cebo perfecto.

-El animal entra, se come el veneno y vuelve a su nido a morir. Ni la ve ni la verá.

“Tris tras”, remató ella en silencio la explicación del dependiente de la droguería, un tipo resabiado y flaco, de mediana edad y uniformado con impoluta bata azul petróleo.

(Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras, tralará, vamos a contar mentiras, tralará, vamos a contar mentiras...)

En realidad, una cucaracha vuela, pero sólo si es completamente necesario. De ahí que cuando se acuesta se asegura de que el edredón quede a no menos de un palmo del suelo. De ese modo -piensa- el insecto sólo subirá a corretear por su cara si tiene verdaderos deseos de hacerlo. Un hambre voraz o el impulso de explorar carne tibia.  Pero la sola idea de imaginar el instante en que sus patas se posen sobre la comisura de sus labios, ese cosquilleo leve y siniestro, le provoca pesadillas. Entonces se gira y le da un codazo suave.

-Ariel, Ariel...
-¿Qué quieres?, responde él entre sueños.
-¿Crees que si la cucaracha se posa en mi boca podría tragármela sin querer?
-En esta casa no hay cucarachas. No las ha habido nunca. Duérmete ya.
La metamorfosis

(Por el mar corren las liebres, por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas tralará, por el monte las sardinas, tralará...)

De pequeña canturreaba esa canción cuando tenía miedo. La melodía naif de las liebres y las sardinas, animales de confianza. No como esos insectos asquerosos que conocen sus horarios y se esconden cuando ella enciende la luz, en una carrera alocada hacia el rincón más oculto del baño.
Entonces se queda congelada, inmóvil, en la puerta. Sin atreverse a pasar porque sabe que ha perdido el territorio. Que los bichos voraces están ahí, agazapados. “Si usted ha visto una cucaracha es que hay ciento”, le dijo el dependiente con esa sorna autosuficiente de quien lleva años investigando la materia.

-¿No tiene un veneno que las mate de inmediato?
-Están los sprays de toda la vida, señora. Pero ya le digo que no erradican, sólo se cargan uno o dos bichos, y luego tendrá que recoger usted los cadáveres...
-¿Es cierto que podrían sobrevivir a un ataque nuclear?
-Desde luego. Y alimentarse todo un mes con el pegamento de un sello de correos.

Sólo de pensar en la posibilidad de encontrarse los cadáveres decide aparcar la idea del spray, de la muerte lenta.  Esos segundos en los que la cucaracha, panza arriba, mueve las patas cada vez más lentamente, en unos estertores agónicos.

(Salí de mi campamento, salí de mi campamento, con hambre de seis semanas, tralará, con hambre de seis semanas, tralará, con hambre de seis semanas...)

Ya en casa, comprobó que Ariel está en el salón, concentrado frente a la pantalla de su Mac, y se le acercó por detrás.

-¿Piensas ayudarme a eliminar a las cucarachas?
-Creía que era una, siempre la misma.
-Si hay una, hay ciento. Me lo ha dicho el de la droguería.
-En esta casa no hay cucarachas. Tampoco hubo hormigas en su momento, ni termitas, ni ratones. Creo que estás a punto de concluir la lista de los bichos domésticos, querida.
-Si te levantaras conmigo al cuarto de baño, las verías. Pero prefieres seguir durmiendo, que no te moleste.
-Tengo trabajo, nena.

Se despertó y miró el reloj. Las cinco treinta y cinco de la mañana.  Salió de la cama sigilosa para no despertar a Ariel, que respiraba profundo a su derecha. Se dirigió descalza hacia el pasillo. Todo estaba en silencio, aunque si aguzaba el oído le parecía oír el frotar de unas patitas contra el suelo de cerámica. Sí, estaban ahí, con toda probabilidad. Si hay una, hay ciento. Y saldrían en frenética carrera a dispersarse por los rincones en cuanto detectaran su movimiento de avance. La mano prendiendo el interruptor de la luz, el pie desnudo y vulnerable, con esa piel blanca y fina surcada de venas azuladas.

En lugar de ir al baño, se dirigió a la cocina y cogió las cajas de trampas venenosas. Fue abriendo una a una y extrajo el polvillo del interior cuidadosamente, dejándolo caer sobre un plato de loza gris,  desportillado. Se tomó la primera cucharada. Sabía amargo y metálico. Tomó la segunda. Notó un espumarajo en la lengua que crecía como el detergente concentrado. Luego se dirigió al cuarto de baño y se tumbó con el plato al lado. Espolvoreó lentamente el resto del veneno por su cuerpo, asegurándose de hacer un reparto equitativo en brazos, piernas, cara y abdomen. 

Finalmente apuró con la lengua los restos del polvo en la cucharilla y abrió bien la boca.

Cuando él despertó, por la mañana, supo que por fin lo había conseguido.  

Tralará.




miércoles, 28 de agosto de 2013

¿QUIÉN QUIERE SER LA PRÓXIMA NOVIA DE GEORGE CLOONEY?

La juez Alaya con su trolley
Hay conversaciones repetidas y lugares comunes que no de desgastan con el paso de los años, de los siglos, y nos aferramos a ellas como náufragos a salvavidas porque uno no puede decir cosas interesantes todo el día.

-Pues si no tienes nada que decir, no digas nada.

Hay mañanas en las que lo único que tenemos que decir es gracias por el café (se lo he dicho a Tortu, que duerme justo al lado de la cafetera), para enzarzarte enseguida con las teclas, que son de poco pedir a corto plazo. Hay días en que la mejor promesa que uno recibe es la paz. Y es inmensa, duradera y emocionante. Y da alas para atravesar acantilados en un año que arrecia duro y salvaje como una tormenta perfecta de George Clooney.

El otro día leí una entrevista con el actor en la que la periodista arrancaba buscándole defectos, como si fuera un afán imposible. Me pareció un erróneo punto de partida. Una treta de cuarta regional. Nadie piensa que George Clooney sea perfecto. Más allá de su solvente atractivo maduro, su solidez profesional  y esa forma envidiable de cumplir años sin renunciar a la rebeldía y a dar zarpazos antisistema por las calles de Nueva York o Los Angeles, el actor parece decidido a mostrarnos un catálogo de mujeres intercambiables a las que nunca jura amor eterno pero sí abundantes y trotes por alfombras rojas around the world.

Hay hombres diseñados para llevar al lado a una mujer, como un accesorio para la foto. Hay mujeres que no se hallan si no pueden apoyarse en un regazo de hombre. No pasa nada, no es dramático y no pienso caer en las redes de un discurso feminista trasnochado y trasladable porque aquí el cliché funciona en ambos géneros.
Novia fugitiva de George Clooney


A Clooney le va más la soledad, pero el starsystem se hizo al estilo del Edén, y llama a gritos a Adán y Eva para perpetuar la foto fija de un paraíso mejorable. (Adán nunca le ofreció paz a Eva. De ser así ella no habría cogido la manzana, sino que la hubiera lanzado bien lejos no sin antes golpear con ella en la cabeza a la serpiente)

Hay días en los que uno sólo tiene que decir que los discursos prefijados están para revisarse. Y lo piensa porque lleva dos mañanas leyendo en la prensa el "Yo tengo un sueño" de Luther King. Y sigue siendo bello, pero amenaza con lucir un poco desgastado por el uso impertinente de quienes deben demostrar sus convicciones sólo con palabras, como Clooney debe mostrar su ¿masculinidad? con una maciza en su flanco derecho o izquierdo, según mande el protocolo de la fama.

Hace unas semanas discutí con una amiga por una estupidez. Ella me contaba que alguien había colgado en Facebook una encendida proclama contra un titular de periódico que en lugar de Ava Gardner ponía "el animal más bello del mundo",  y que había que protestar enérgicamente por ello. Le dije a mi amiga que me parecía una boutade a estas alturas luchar con un cliché cincelado hace décadas. Que encuentro más práctico arremeter contra quienes se dedican a glosar el cuerpo y los looks de la juez Alaya cada vez que entra o sale de la Audiencia de Sevilla.

La juez, por cierto, hace el paseíllo sola, sin más compañía que un trolley atiborrado de papeles, imagino. George Clooney debería saber que el mejor atrezzo para un hombre, para una mujer, es su pasión más íntima y que ese no le abandona por falta de entrega, como esas chicas cada vez más jóvenes, cada vez menos refinadas, que duran lo que un flash a la puerta de un estreno.

Y a las que me temo que el imperfecto George no les ha prometido la paz, si acaso una palabra desgastada y un apretón en la cintura, a pocos centímetros del lugar donde ésta pierde su casto nombre... minutos antes de despedirlas en la puerta de sus casas como a Cenicientas tristes sin zapato de cristal. (¿Habrá que revisar el malévolo machismo de los cuentos?)



martes, 27 de agosto de 2013

ORDEN Y DESCONCIERTO

-Voy a indultar a tres peluches. Piénsate bien cuáles y me dices.

Hay un día en el que toda madre decide manu militari que ya está bien de ositos, perritos e hipopótamos. Que Minichuki, que no quiso un muñeco hasta cumplir los siete años, no puede llegar a la adolescencia con semejante arca de Noé. El perfecto nido de piojos y distracciones. Una ¿aversión a crecer? que debo consultarle a mi amiga F., psicóloga y experta en peterpanismos varios.

Pero Minichuki es un prodigio en el arte de negociar.

-¿Y podrían ser cuatro, mami? Lo digo porque así ponemos dos a un lado y dos al otro lado de la cama.
-Hum...Bueeeno. Que sean cuatro (y en ese instante recuerdas, en flashback, ese relato de Sodoma y Gomorra en el que Dios condena ambas ciudades del vicio a la destrucción, pero alguien le suplica que las salve si encuentra un número mínimo de almas buenas)

-Que dice Hermana que ella quiere quedarse a Osías, que fue el primero que tuvo. Así que ese no cuenta en los míos, ¿eh?
-De acuerdo, se lo paso a su habitación. Pero ya verás cómo lo esconde cuando vayan sus amigas.

El zulo de Minichuki es el cuarto más grande de la casa y se compone de tesoros putrefactos que la enana siempre oculta en cajas. Como si quisiera asegurarse que dentro de un millón de años, cuando alguien se tope con los restos de sus requisas domésticas, haya un ritual de sorpresa y tensión dramática al abrir cada estuche.

La querencia de mi hija pequeña por los envoltorios me da qué pensar. Ayer, haciendo limpieza, yo misma caí en la excitación de ir encontrando una caja de zapatos llena de balas de pistola de gomaespuma, con una americana negra y dos o tres corbatas de su padre que se pone para disfrazarse de espía o, en su versión atadas en la cabeza, de rapera deshinhibida. También había un viajo maletín con los goznes rotos donde convivían pistolas, coches y una espinillera de patinaje. Y, cerca, tres cajitas de pendientes con monedas, gomitas y algún cromo.

Debajo del sofá aparecieron Los Hollyster, Los Cinco y todas las pandillas juveniles con las que Enyd Blyton encandiló nuestra infancia, más una profusión de cables de Nintendo, teléfonos móviles descatalogados y cartas de distintas barajas. Todo esto sin encapsular. Pensé cuál sería la razón.

Y enseguida me convencí de que Minichuki padece un síndrome de Diógenes sin diagnosticar. Y que debo observarla muy de cerca, porque entre las cosas inútiles que guarda hay cajitas llenas de papeles con los nombres escritos de sus amigos del cole, a veces acompañados de números en un ránking ininteligible y ¿aleatorio? que debería dar a descifrar al Mossad. Y de repente sentí que estaba violando la sagrada intimidad de mi hija. Y, aún más, que no conozco del todo a esta niña que atesora objetos con un criterio propio y que sólo guarda en su sitio, delicadamente, las botas de fútbol con las que este año planea petarlo en una liga en la que sólo juegan chicos.

Y pensé que los peluches son los últimos resquicios de la infancia fugitiva. Y que su exterminio me viene de que los detesto desde que era niña. Y entonces indulté uno más, porque no es justo que los hijos paguen las fobias de sus madres. Tan desordenadas como ellos, tan Diógenes que el día que ponen orden en sus armarios lo que en realidad hacen es entrar con la excavadora y arrancarlo todo, en un rapto furioso que persigue abrir camino a codazos al vacío. Volver a construir, con otras piezas.

Y que si no indulto a mi hija y a sus manías caóticas no podré indultarme a mí misma.

Así que hoy, sin falta, debo poner orden en mis zapateros, en mis papeles y en mi vida. Y lo que indulte irá a parar a cajas con letreron bien visibles. Para que cuando lleguen los exploradores tras la próxima glaciación se dejen de interpretaciones disparatadas y escriban la historia desde sus orígenes.

"En el principio fueron los peluches y las madres petardas que hacían limpieza intempestiva cada agosto..."




lunes, 26 de agosto de 2013

QUIÉN SE ACUERDA DEL CAPITÁN SCOTT

Leo con placer los artículos de Sebastián Álvaro en El País Semanal cada domingo.

En ellos reconozco el tono que me arrastraba a pegarme al televisor para ver su programa "Al filo de lo Imposible". La mezcla perfecta de literatura y aventura. Con una voz en off que te llevaba a otro tiempo, cuando los hombres atacaban las montañas sin más equipo que unas botas de cuero y la fe inquebrantable en sus piernas, en su capacidad de sufrir.

Los del Filo siempre me parecieron unos románticos. Era como si sus figuras se tornasen sepia cuando comenzaba el relato de su gesta, envuelto en nieve, en planos picados y en sobrias manifestaciones de pánico que alguna vez terminaron con fatalidad. Pies congelados, pérdida de falanges y algún responso a la falda del K-2. Nada que los detuviera.

Sebastián Álvaro y los suyos eran héroes, sí, pero tenían una visión contenida del espectáculo. Luego llegó Calleja y confieso que caí brevemente en sus brazos, en el tatatachán peliculero y en su exhibición de las legañas cuando despertaba de madrugada antes de cada aventura.

Creo que dejé de amarle porque no guardaba tras de sí buena literatura. Era un folletín de serie B trufado de chistes que reí en su momento. Y alguna excatología que rechacé por innecesaria y vulgar.
Jesús Calleja y su Desafío Extremo underwear

A los del Filo nunca los vimos en esa tesitura. No era su estilo. Su relato estaba dotado de una elegancia que eludía la retórica vana, la floritura en avalancha, la filigrana vestida para matar.

Y así son los textos de Sebastián Álvaro cada domingo. Un placer literario donde nada sobra ni falta. Textos que me hacen soñar con descripciones tan vívidas y precisas que ayer, subida en un tren, no sentí la alta velocidad durante el rato que me entregué a su lectura, arrebatada del espíritu de Amudsen, de la osadía de Mallory, del pulso firme de Sebastián para hilar un relato que bebí sin respirar, pero sin ganas de que se terminase.

Como lectora impaciente me exasperan las descripciones que no me llevan a ninguna parte. Si debo mirar el aleteo de unos pingüinos necesito por qué, aunque el por qué sea la pura contemplación de un escenario donde un hombre exhausto y sus compañeros están a punto de llegar, con sus enormes mochilas y su sudor congelado. Sebastián Álvaro lo consigue, y me hace un poco más feliz cada semana.

Quizás por eso hoy he soñado con cumbres de aristas imposibles y con el romancitismo de las gestas de antes. Y me he propuesto rescatar las lecturas que me llevan a hazañas de héroes con música de contrabajo y un final que podría haber rematado cualquiera de las grandes novelas de viajes del siglo XIX.

La aventura con literatura es como un gin tonic en un atardecer sobre una playa fría. Un instante perfecto que te deja el mejor sabor de boca para tu espíritu, harto de bazofias y textos mediocres donde sobran adjetivos y faltan justificaciones.

Sebastián Álvaro, sigues siendo mi héroe aunque echo de menos las tardes de domingo Al filo de lo Imposible. Una de las fatales consecuencias de la crisis, dicen...


sábado, 24 de agosto de 2013

HOUSTON, TENEMOS UN PROBLEMA

Escribo en condiciones altamente mejorables. Fuera de la casita playera familiar, con la Enfermera del Amor a mi lado leyendo envuelta en una sábana  como la momia de Nosferatu y yo en una silla de las que llevan las señoras a la orilla del mar que me obliga a mantener la postura del astronauta, medio tumbada y con los brazos en extensión al mando de una nave inexistente.

En adelante, la postura Cabo Cañaveral.

Además, me he venido sin el cargador de batería, de modo que este texto se podría autodestruir en tres, dos, uno... y mi teléfono móvil se ha vuelto loco y no me permite contestar con su sistemá táctil superferolítico. Cuando quiero dar a la "s"  me sale, por ejemplo "jftrv", todo seguido, y mi interlocutor, al otro lado, me responde con un lacónico: "Veo que has arreglado tu teléfono".

Pero que sepáis, dioses de la tecnología, que no vais a conseguir doblegarme. Respecto al teléfono, debo regresar a Lavapiés, el barrio donde me pusieron el cristal nuevo que inició mi cadena de desgracias. Allí por un módico precio -lo barato sale caro- me repararon la catástrofe a las once de la noche, y casi me eché en los brazos del indio (que resultó ser chileno) cuando me lo devolvió rutilante y con cara de "a ver si dejas ya de jugar apalabrados con tus amiguitas en una montaña rusa, nena, que hace tiempo que pasaste la adolescencia".

Mi adolescente, por su parte, había descubierto días atrás la pantalla rota en una bellísima tela de araña, y me llamó preocupada diciendo: "Mami, ¿la he roto yo?", porque a la pobre la tengo traumatizada con que no se acerque a mis gadgets tecnológicos, y cuando le respondí suspiró aliviada y me dijo: "Es que no cuidas tus cosas, todo el día wasapeando sin parar".

Toda madre ha experimentado la bronca de sus hijos por razones por las que suele abroncar ella. Es la venganza de san Pito Pato, y resulta un baño contra la soberbia de la autoridad. Que una adolescente te explique los motivos por los que debes cerrar ya la tapa de tu Aple o desconectar el móvil tiene su gracia y significa que las miles de veces que le sueltas la letanía a lo largo del año han tenido su efecto. O sea, que sorda no es. Otra cosa es que te obedezca.

Pero a lo que voy es a que lo mismo no puedo colgar esta birria. Houston, tenemos un problema. Mi espalda se resiente y debo ensayar la postura del loto o salir a correr a una playa del Sur que en nada se parece a las mías porque no se mueve, no respira. Voy por el segundo café en un descansillo y se me clavan las púas de los aloe vera que mi madre cultiva con amor. Me están acribillando los mosquitos. Me quedan pocos minutos de batería.

No diréis que no tengo una determinación a prueba de bomba.




jueves, 22 de agosto de 2013

EL SÍNDROME SCARLETT O´HARA

"Si me deportan, ya no me importa"

El mail lo envía P. desde EEUU, horas antes de emprender el vuelo de regreso a España. La frase es la versión cosmopolita del "que me quiten lo bailaó", y corro a atraparla porque la encuentro muy de letra hip-hopera y quién sabe lo que una será en la próxima reencarnación.

Mi cuñada ya ha pensado en eso y ha elegido para mi hermano una futura esposa ideal en caso de que a ella le pase algo o se desoriente reencarnada en cabra montesa. La idea me parece tan práctica como chocante, dado que la elegida es amiga de ambos, y me hace recordar a la dulce Melania de "Lo que el viento se llevó", que en su lecho de muerte le pedía a Scartett que cuidara de "su Ashley", ese paliducho sin sangre por el que la otra suspiraba sin saber que como marido hubiera sido un tostón y como amante un quiero y no puedo tan contenido como desapasionado.

A veces uno espera lo que no puede tener justamente por eso. Es el síndrome Scarlett O´Hara y me lo acabo de inventar. Pasa en el amor y funciona como un acicate venenoso. En esos casos lo que mueve el sentimiento es la desesperación de la búsqueda, la pulsión de caza. Pero si sucede la desgracia de lograr la pieza, el sistema se desploma. ¿Y ahora qué hago yo con Ashley?

Cuidado con lo que deseas. Al parecer la frase es de Oscar Wilde. El mismo que dijo que "hay dos clases de mujeres, las feas y las que se pintan". Las feas, de toda la vida, han sido más libres. Parten con la ventaja de saber que sólo pueden mejorar. Las guapas, sin embargo, sobreviven condenadas a la certeza de que el tiempo ejecutará sobre ellas su ley despiadada y perderán ángulos, brillo en la mirada y lozanía. Scarlett O´Hara vivía endemoniada por eso. La feúcha Melania había ganado la partida.

Alimentar el deseo de lo imposible, que es a lo que vamos, genera estrés y desazón. Con los años y la experiencia aprendes que lo más recomendable es sustituir un sentimiento por otro. O, en su defecto, postergarlo. El "mañana ya pensaré" de mi heroína del Sur  cuando Rhett Butler la abandona loco de amor pero convencido de que quedarse a su lado es un suicidio, una capitulación de sí mismo inaceptable y venenosa.

(A veces uno tiene que pedir ser deportado voluntariamente de un país donde no le quieren, donde no le van a querer nunca, y explorar otras fronteras libres de visado y de molestos y humillantes interrogatorios)

Lo demás es masoquismo y literatura rosa y barata de quiosco. Y debo hablar con las Chukis de este asunto en cuanto regresen de sus vacaciones.




miércoles, 21 de agosto de 2013

GUÍA PARA RODRÍGUEZ EN AGOSTO

Hay dos caladeros estrella donde nos juntamos los modernos Rodríguez en agosto: el supermercado y el parque.
Mejor dicho, hay tres. El tercero es el cine.

Lo de ir al supermercado ha sido un esfuerzo extraordinario. Mi intención era comerme las existencias de nevera y despensa para empezar de cero. Así he ido tirando a base de menús bastante exóticos que no pasarían la criba de ningún chef de la tele, por muy indulgente que fuera. Ayer, ante la posibilidad de cenar un aguacate medio podrido y una triste lata de sardinas, saqué fuerzas de flaqueza y me dirigí a la catedral de los singles desesperados. Había muchos, la mayoría hombres, y se arremolinaban en las estanterías de la cerveza, los lácteos delicatessen y los congelados deluxe. La zona frutas y verduras era un erial, y el pescadero bostezaba de aburrimiento cuando le pedí unos langostinos y una lubina ad hoc. A mi lado, un señor en bermudas y camisa (el uniforme de los Rodríguez que no sucumben a esa horterada infame de los pantalones pirata+sandalias) dijo: "Qué buena idea, yo también debería tomar pescado, que llevo tres semanas sin probar nada. Dame unas gambas y esas necoritas, anda"... (Cuando los señores en bermudas dicen pescado suelen referirse al marisco, pero esa es otra historia)

La cesta de la compra de una madre cuando no tiene hijos a su cargo no es exactamente igual que cuando sí están y hay que equilibrar proteínas, hidratos, vitaminas y etcétera. Y decir no a los dulces trans y a las bebidas carbonatadas. Te dejan sola y es el salvaje Oeste. Venga cervezas de importación, venga latas de mejillones en escabeche, venga chocolates amargos y panes de centeno con calabaza, de centeno con pipas, de arroz con trozos de colores...

Ya en la caja miré el contenido de la compra y pensé lo que me diría mi propia madre: "Hija, esto es todo lechuceo. A ver si aprendes a hacer una compra como es debido". 
Jackie Kennedy, mi modelo e inspiración


Luego volví a casa y guardé el botín en la nevera, para disponerme a conquistar en segundo guetto single: el parque. Armada con mis zapatillas de siete leguas y un look radical más adecuado para participar en las Olimpiadas que para el trote de abuela hetpuagenaria que emprendí, con una sofoquina que hacía que mis sienes palpitaran mientras me cruzaba con mis iguales. Tipos echados a perder tras un verano de excesos que se cruzaban poniendo cara de "ya estamos aquí" pero no saludaban. Yo, que cuando corro saludo a diestro y siniestro, como si fuera Jackie Kennedy pre magnicidio, me sentí muy indignada por la mala educación de esos señores y pasé a mirar la punta de mis pies como una runner borde más mientras consideraba si rilarme al alcanzar las 185 pulsaciones (a 35º, una temeridad).

Terminada la hazaña, volví a casa, me di la madre de todas las duchas y un banquetazo estilo boda de pueblo con una cerveza helada, no sin antes prepararle a Tortu su menú clásico y charlar con ella como vengo haciendo desde que soy Rodríguez y he optado por una dieta social de silencio y meditación:

-Tortu, qué agustito estamos las dos,  con todo lo que una mujer y una tortuga puedan soñar y sin que las chukis se enteren de estos desmanes gastronómicos ¿verdad?

Ella asentía con leves movimientos de cabeza y se puso loca cuando le di una ración extra de gambas. Luego vimos juntas "El Padrino" y pensé que la felicidad es hacer lo que te da la gana por unos días, sin que tu madre te recrimine ni tus hijas te demanden.

Sí, soy ese tipo de mujer. Que los dioses me perdonen y prolonguen estos agostos de extravagancia libres de impuestos.

Hoy pienso ir al cine. Sola. Feliz.


martes, 20 de agosto de 2013

LOS MUERTOS VAN DEPRISA

"Lo último que vi del conde fue su rostro abotargado, cubierto de sangre, esbozando aquella sonrisa malvada que procedía de las profundidades del infierno". Drácula. Bran Stoker.

Me he apuntado a un curso sobre Drácula y vuelvo a leer a Bran Stoker. Serán tres sesiones diseccionando el mito y su mejor fabulación literaria. Debo reconocer que cuando recibí el mail con la invitación a esas clases tuve un estremecimiento. Alguien sabía, ahí fuera, de cómo me enganché en mi temprana adolescencia al demonio sin edulcorantes ni sexo que protagoniza esa novela perfecta tejida a base de diarios personales. Alta literatura con sangre, cucarachas y colmillos.

La otra noche se lo contaba a dos amigos, mientras devorábamos helados por una plaza de Santa Ana poco poblada, y A. , escritor, me empezó a someter a un Trivial vampírico del que no salí bien parada.

-¿Has leído mi primera novela? Va de vampiros.
-Um, no verás...A mí me interesa el Drácula de Bran Stoker.
-Y has visto la película XXX, ¡es maravillosa!
-No, verás, es que a mí no me gustan los vampiros. Me gusta el Drácula de Bram Stoker.
-¿Y no crees que el de la película de Coppola es una birria?
-Creo que es una buena película en la que nos engañaron al asegurar que estaba basada en la novela de Bram. ¿Has visto Entrevista con el vampiro?
-Sí, un horror. Odio a Anne Rice.
-En eso estamos de acuerdo.
-Te mandaré mi novela.
-Dale.

Hay aficiones que uno debería mantener en secreto, como esos tatuajes de la nuca, pegados al nacimiento del cabello. A veces no existe un patrón que se repita, pero todos tendemos a etiquetar a los demás porque así es más fácil hacer regalos, por ejemplo. La biografía contemplada con distancia puede ser una secuencia con elementos recurrentes que la convierten en excitante objeto de estudio. En mi caso, la lectura de Bran Stoker cada pocos años me regala diferentes fotos fijas de quién soy. De ahí mi impulso inmediato por participar en un curso donde fantaseo con conocer a mis iguales. Estudiantes de una obsesión literaria donde fluyen elementos barrocos y un romanticismo que es ese sentido trágico del tiempo a través de la muerte -la no vida-. La tierra que oculta un féretro que viaja por el mar, enmedio de la tormenta.

Pero es posible que termine rodeada de freaks. Góticos flamígeros con chupas negras y ojos pintados de carbón. Y, aún peor, es posible que yo sea una de ellos aunque no haya salido del todo del armario. No me gusta el terror, ni que me metan miedo. Transilvania, sin embargo, es una de esas palabras que me cortan la respiración y me llevan a ese momento tembloroso en que cogí el libro de la estantería de casa, tal vez a los doce años, y lo leí a escondidas porque sin duda "no era apropiado". Era una edición de bolsillo con letra microscópica y bastante sobado, pero no me atreví a preguntar a mis padres quién de los dos sentía la misma afección por el vampiro. Ahora estoy segura de que era mi padre, y que debió pasar las páginas de cinco en cinco como acostumbra cuando se enfrenta a esas novelas de ochocientas páginas con las que le hemos visto cambiarse del porche al sofá toda la vida mis hermanos y yo.

Confieso que planeo acercarme tímida a The Dracula Society a ver si me admiten en calidad de fan fatale, o me dejan servir los cafés y escuchar las tertulias de los sesudos investigadores de ese mito común del que se han hecho cientos de malas copias. Algo me dice que ahí afuera el maligno se está vengando de sus imitadores todo a cien. Yo debo refutarlos y seguir fiel a esa presencia fascinante que ha convertido septiembre y ese curso en un anhelo.

Adorado conde, ya estoy lista. Cerca de la ventana, el cuello libre de adornos, bien despejado para que me muerdas y me estremezcas con esa sinfonía de palabras que son el terror puro, ese que no se rebaja a los barros evidentes de serie teen con palomitas. Soy tuya, lo he sido siempre. Ponme a prueba.

"Encima del sepulcro, aparentemente hincado en el mármol, ya que el monumento funerario se componía de varios bloques de este mineral, había un pilote con puntas de hierro. Al otro lado del sepulcro logré descifrar las siguientes palabras: LOS MUERTOS VAN DEPRISA". Drácula. Bram Stoker.




domingo, 18 de agosto de 2013

ENANOS DE JARDÍN

Enanos de jardín
"Si me sale este trabajo voy a empezar a vestir más de mujer. Ya pasé los cuarenta y debo cambiar de look"

Una conversación casual entre cuñadas bien avenidas suele consistir en un zigzag temático del que pescar alguna frase rotunda, el campanu con letras más preciado. Una scoop argumental.

Estamos en una de esas praderas postizas de toda urbanización que se precie y el único hombre admitido al gineceo en bikini es un bebé de pocos meses que ha empezado a reírse a carcajadas y a voltear su cuerpo de pequeño Buda sobre una manta multicolor llena de atractivos sensoriales.

"Define el concepto de vestir más de mujer", retamos a M., que pese a su habitual soltura para la concrección, se enreda en un laberinto del que sólo sacamos dos datos en claro: 1. Adiós a los pantalones de corte hindú (que sólo le sientan muy bien a su altísima silueta, las demás parecemos marginales de casta maldita). 2. Bienvenidos los tacones (que no necesita por el motivo ya reseñado). Después, alguien que no soy yo se plantea una cirugía pectoral como posibilidad, y todas tratamos de imaginar cómo se las habrán dejado a Angelina Jolie. Pura elucubración filosófica, pensaréis.
Angelina Jolie y Brad Pitt

Ser mujer pasados los cuarenta es un asunto muy serio, incluso si no eres una star de Hollywood a punto de volverte transparente para la crítica. Ya no eres tan joven, pero te sientes en plena forma y a veces te vienes arriba y les dices un "no te motives" a tus hijas, emulando su argot, para que te respondan un desdeñoso "no te hagas la juvenil, anda". Los tacones hace ya tiempo que los incorporaste al fondo de armario, pero sin sospechar que el fondo era finito, así que los últimos ya no caben y toca condenar algún par al ostracismo, lo cual pone a prueba tu madura capacidad para los ranking y los porcentajes.

Pero la cosa no termina ahí. Ser mujer madura no es sólo invertir en indumentaria de buena calidad para los básicos y negarte a comprar tejidos acrílicos, para desesperación de tu adolescente, que prefiere ciento volando. Consiste en optimizar tus recursos y rechazar las toxinas que te llegan a veces como regalos envenenados. También recluírte con los tuyos para pasar el rato en conversaciones banales que no siempre lo son, preparar una paella y dar un largo paseo por la noche para abrir el cajón de los recuerdos a la luz de la luna creciente, como anoche.

Gineceo con bebé amoroso
-¿Te acuerdas que siempre te tocaba empujar la Torrot de J. para que arrancara, y a la Yaya le sentaba fatal?
-No recuerdo, ¿de verdad?
-Sí, ¿y recuerdas a P. Chiguagua, el que iba a recoger a M. con la Sanglas que era súper pijo?
-Si, me llamaba "cuñaditaaaaaaa" y yo le ponía cara de asco, porque me caía fatal. Él seguía con aquella sonrisita de cocodrilo pero me quería asesinar, siempre lo supe.
-Menos mal que la cosa duró poco...
-Menos mal.

En aquellos maravillosos años mis hermanos y yo pasábamos el verano subidos a nuestras bicicletas y la vida respiraba eterna y diletante. Hoy, pasados los cuarenta, volvemos a pisar las mismas calles de la misma urbanización con hijos y sobrinos de la mano a los que les mostramos el jardín de los duendes. Y con mi cuñada la Enfermera del amor, a la que le damos la turra en una visita turística estilo Bel Air donde no falta una parada en el chalet del Brad Pitt de nuestra adolescencia. Un macizo de ojos azules que solía hacer caballitos con la moto para exhibir su poderío, mientras las niñas suspirábamos por ser más mujeres y que nos dedicara una sola de sus miradas.

Luego te haces mayor, así como de repente, y el Brad Pitt de entonces ya no para por aquí o es un señor calvo y con barriga.  Y tú vistes al fin de mujer.  Y entiendes que hay lugares que actúan como la magdalena de Proust y te sientan de golpe en un patio de butacas de hierba donde eres espectador de tu propia vida. Y al final de la función, si la cosa se da bien, aplaudes tímidamente y vuelves a subirte a esa bicicleta, con rumbo al jardín de los duendes donde has jurado a tus sobrinas que se mueven y hacen ruidos. Y tú misma, si te concentras bien,  llegas a creértelo.





sábado, 17 de agosto de 2013

¿PERDONARÍAS UNA INFIDELIDAD?

Tortu se cree perro, estoy en condiciones de afirmarlo.

Ahora que nos hemos quedado solas, vuelve a hacerlo. Cuando me ve entrar en la cocina la tortuga se alborota y recorre a toda velocidad su jaula pecera versallesca siguiendo mis movimientos, con la boca abierta. Entonces le echo su ración de gambas podridas, con derrama incluida ya que no me ven las chukis, y se la zampa en dos minutos. Sólo falta que me chupe la mano, pero todo se andará.

Entiendo que a las personas que aman a los animales les gusten un poco menos los seres humanos. No siempre vienen cuando los necesitas aunque les muestres un hueso, son desagradecidos y a veces infieles. Precisamente hoy leía en el periódico un artículo con el sugerente título de ¿Está preparado para una infidelidad de su pareja?, y he pensado: "Vaya pregunta más absurda. Si estás preparado es porque te lo hueles, y si no es que confías, digo yo, y entonces no hay preparación que valga".

Nadie de mi apretada agenda social me ha dicho jamás que estuviera listo/a para unos cuernos, aunque fueran de platino con diamantes. Sí hay quien elabora aparatosas teorías sobre su capacidad para perdonar un engaño potencial pero, con todo el respeto, dudo mucho que en este terreno proceloso existan bancos de pruebas. Los cuernos no son un disfraz con el que puedas ensayar un baile. Si te los ponen, se quedan pegados y al arrancarlos siempre causan destrozos con pérdida de líquido cefalorraquídeo y mucha sangre sin factor RH.

Rosalía Mera
El sesudo artículo no es más que lo que vulgarmente se conoce como una paja mental para rellenar periódicos en agosto (y no será que no hay contenidos, desde la súbita muerte de Rosalía Mera al conflicto egipcio, pasando por los desvelos del juez Ruz para desenmascarar la trama Bárcenas). 

¿Tú no crees que es peor morir con cinco mil millones en el banco que sin ellos? me preguntaron ayer al hilo del infarto cerebral de la ex de Amancio Ortega. "Yo creo que cuando te estás muriendo no piensas en el dineral que dejas, sino en el dolor de desaparecerte, la incógnita de no saber qué hay más allá del túnel, la tristeza de no volver a abrazar a tus hijos... La muerte es lo más democrático que imagino".

...Y puede que la infidelidad también lo sea. Un engañado se parece  a otro en que se le queda cara de idiota y un estremecimiento entre hígado y páncreas que tarda mucho en aplacarse. Volver a confiar es un ejercicio de gimnasia acrobática no apto para todas las constituciones. Según el sesudo artículo, comentado por una sexóloga avezada, las parejas con cuernos que continúan juntas a menudo utilizan el pasado como arma arrojadiza (la víctima, claro está). Recomponer un jarrón chino roto es mil pedazos no es fácil. Y ahora podría contrargumentar con eso de que un desliz lo tiene cualquiera y blablabla y sería cierto pero me aburre que me mata, y yo de lo que quería hablar era de mi sospecha de esas personas que prefieren a los bichos que a sus semejantes, fieles, infieles o mediopensionistas.

Dicho lo cual corro a despedirme de Tortu, mi más mejor amiga agostera, y después saldré a correr por la ciudad si es que no se me ha olvidado. Necesito reflexionar al trote sobre tantos temas excitantes que se resumen en salud, dinero y amor. O sea, lo que ya nos contaban los boleros.


viernes, 16 de agosto de 2013

CÓMO ESCRIBIR Y MATAR UNA HISTORIA

El tercer hombre
Supongo que muchos novelistas llevan en la cabeza o en sus cuadernos de notas la idea inicial de una historia que nunca llegan a escribir (...) Hace mucho tiempo escribí en la solapa de un sobre un párrafo inicial: "Había dado mi último adiós a Harry hacía una semana cuando depositaban su ataúd en la helada tierra de febrero..." (Introducción a "El Tercer Hombre", Graham Greene ).

Más allá de que muchas historias hubieran merecido no ser contadas jamás, confieso que me quedé atrapada el otro día en las primeras líneas de la introducción de este relato de Grahan Greene que nació para ser película, no novela.Por lo general, sucede al revés. Se adaptan las novelas a filmes con resultados desiguales. Pero conseguir un texto magistral de un esbozo pensado para ser imágenes en movimiento me parece prodigioso. Cuántas historias de las buenas se habrán quedado prendidas en un sobre garabateado en el rincón de un bar.

Fabular sin rumbo y llegar a puerto sólo lo hacen los mejores. Por lo general, la ortodoxia recomienda que antes de lanzarse a la piscina de una historia se haga un esquema/escaleta de lo que queremos contar. Un recorrido con migas de Pulgarcito para no perderse en elucubraciones vanas que pudieran despistarnos de la verdadera intención.

Pero a veces las intenciones cambian según se alumbra la historia. El personaje secundario toma bríos inusitados y el principal cae en una grisura insostenible. Entonces el escritor se siente tentado de hacer un spin off de entrada, no como derivación. Cualquiera puede imaginar la historia de Sam, el pianista de Casablanca (lo mismo alguien la escrito y yo la desconozco), o la de el cazador de Blancanieves, ese al que la madrastra enconmendó asesinar a la Bella y llevarle el corazón en una caja (no quiero decir que los protagonistas de estas historias fueran grises, sino que había potencial en los secundarios).

Y luego está ese malditismo desazonante que le asalta a uno cuando sueña una historia: ¿tiene de verdad interés para alguien que no sea uno mismo? ¿Hasta dónde podrá evolucionar sin tropiezos? ¿Es lo suficientemente ambigua como para ser interesante? ¿Merece ver la luz y salir a pelear o convendría dormirla una temporada más hasta que tenga un verdadero sentido? ¿La amo, la odio?

Un personaje es tu mejor y tu peor enemigo. Si lo lanzas con un tiro no certero te sonrojará para siempre jamás. Te verás ñoño, plano, irascible, monótono, cursi o relamido (y supongo que hablo en masculino para sentirme menos afectada). Casi nadie debería escribir, y el burro delante para que no se espante. No se pueden lanzar al espacio palabras tontamente. No se deben urdir personajes absurdos y tramas previsibles fruto de un calentón o un envalentonamiento. O lo mismo sí, pero en todo caso no deberían leerse.

Al final uno es lo que ha leído. Y pienso con rabia en algunos libros del gusto de mi adolescente. Pero hay que confiar en que nadie aprende a catar un buen vino sin haber tropezado con algunos lamentables, de los que en algún momento detectó sus taras antes de rechazarlos.

Por mi parte, pienso leer y puede que releer a Grahan Greene. Y hacer una quema de libros mediocres de los que aún sobreviven a mi estantería Taj Mahal. Y seguir arrancando historias en esquinas de sobres a ver si alguna de ellas merece el indulto de convertirse en algo más de lo que no me abochorne en el futuro.

(Sí, definitivamente estoy lejos de la playa y el verano. Aunque de mi ejemplar de El tercer Hombre hayan caído, a cámara lenta, unos cuandos granos de arena cantábrica. Y durante unos minutos me invada la nostalgia...)


Ella podía haber dudado entre el horno y la nevera, pensó. En esos tres pasos que separan el plan del arrepentimiento. Roast Beef grillé con cama de cebolla y patata a la Normandie, como había visto hacerlo en la tele al cocinero ése. “Si eres un chef de postín tienes que preparar recetas en francés”, se defendía ella cuando él protestaba diciendo que “donde estuvieran los huevos con patatas de toda la vida...”. Entonces ella torcía el gesto y estiraba los bordes de las servilletas en la mesa. Los vasos alineados con ayuda de un cuchillo a la derecha del plato. Los platillos para el pan relucientes -”¿y esta chorrada a qué viene, crees que estamos en Versalles, nena?”. Fragmento de historia por rematar)






miércoles, 14 de agosto de 2013

PLANES DE OTOÑO

Colección Slimane para Saint Lauren Otoño Invierno
De repente, me sorprendo planeando una pedicura de urgencia, tres películas iranís o japonesas bien raras y una revisión de armarios para hacer hueco a la nueva temporada. La colección de Hedi Slimane, tan vapuleda por los circunspectos gurús de la moda, es la más clonada en el circuito low cost, leo. El neogrunge deluxe vuelve por sus fueros y tendremos chaquetas oversize y vestiditos con botas para rato.

Hay un tipo de síndrome postvacacional que debuta antes de terminar las vacaciones y se sustancia en planes que estallan al unísono como fuegos artificiales sin olor a chamusquina. Hoy acudiré a despedirme de mi amado Lord Byron con mi amigo B. tras bebernos un vino en la pradera; un ritual que repito cada año y que me hace llorar a veces, pero en diferido. Hay un vacío no tipificado que debuta justo antes de la despedida y que se combate con anticipaciones extrañas. Ayer, sin ir más lejos, la emprendí con el maletero de mi coche de comercial de éxito y juro que saqué tres bolsas de arena de la playa. Este mismo gesto en la ciudad provoca contracciones epilépticas, así que me anticipo y todos tan contentos.

Si ayer es mañana duele menos. Hoy, sin embargo, debo ralentizar el paso de las horas. Es un día crucial en el calendario de mis afectos y encima ha salido el sol para contradecir a los agoreros que dan por hecho que el Norte es la patria de la lluvia y las ideas con bruma.  Los alérgicos a la nostalgia cortamos por lo sano y ensayamos la felicidad en bancos de prueba tan hostiles como el asfalto de la carretera. Ya soy septiembre, ya me siento un poco Slimane y en cuanto llegue a la capital del reino emprenderé una excursión al otoño indumentario y le haré el vacío a las sandalias, los tirantes y los shorts. Un corte de magas a lo que fue, aunque todavía no se haya ido.
El síndrome postvacacional ése...

Toca revisar el uniforme de Minichuki, comprar los libros escolares y buscar un gimnasio para trotar cuando llegue el duro invierno. Pero antes, una boda luminosa, el Festival de San Sebastián y ese baño salvífico en el balneario de la Perla que es otro rito imprescindible para entrar en la rutina con buen pie y mejor cutis.

Toca leer lo no leído, recuperar el hueco en el sofá y cambiar algún mueble de sitio. Hacerle el boca a boca a la urbanita que fuiste y dar gracias a los dioses por estos días de tregua que se han llevado por delante las arenas movedizas del cansancio, el temor y la melancolía.

Y así, a lo tonto, ya me siento un poco neogrunge. Un poco oversize. Un poco Otoño.



martes, 13 de agosto de 2013

CUARENTONA DE KARAOKE

-Anda, mamá, canta algo para avergonzarnos.

Mi adolescente es adorable cuando quiere. Sabe que a mí me ponen un karaoke y me vuelvo loca. Un hijo adolescente, por definición, se avergüenza de ti (si no, o no es tu hijo o no es adolescente). Un hijo adolescente, insisto, hace tiempo que te prohibió ir al cole a la salida, y cuando te empeñas en recogerle por la noche después de una quedada con amigos te cita dos manzanas más allá, no sea que lo sorprendan con su madre y pierda muchos enteros en su prestigio social.

Yo, por mi parte, me avergüenzo de ella cuando me ofrece un recital de grosería para el público en general. Y pone los codos en la mesa en la comida, y moja la salsa de la fuente principal en un restaurante, o ensaya ácidos comentarios para probar la resistencia de mi cariño. A veces la ira no te deja ver el bosque. Ella sólo necesita una certeza. La de que haga lo que haga voy a aceptarla, a quererla. Pero como esa frase no está en su argot por razones hormonales, opta por el lanzamiento de misiles y, si me pilla descansada, consigue su objetivo: tranquilizar el hormiguillo vital. Sentir que hay madre para rato y que puede sacar a pasear su furia para replegarla cuando se le pasa el subidón rebelde.
Seguridad Social

Todo esto viene a que ayer hubo karaoke en casa de J. y M., los amigos más generosos que uno pueda imaginar. Y la culpa fue de la lluvia obstinada que aquí llaman orbayu y de un plan de río y canoas que hubo que abortar para no ahogarnos en grupo y salir en el Telediario. Tras la paella y los tintos de verano comenzaron a sonar los acordes de toda la pachanga que ha alfombrado nuestra vida (y la de nuestros abuelos, si me apuras). Cuarentones y cincuentones movimos las caderas al ritmo de Rafael, Elvis Presley, Sabina o Rocío Jurado. Y cuando los hombres dejaron de chupar micrófono, mi amiga F. y yo tuvimos nuestro momentazo. ¿El tema? "Chiquilla". Un hit parade del grupo Seguridad Social con una letra bien profunda:

"Tengo una cosa que me arde dentro,
que no me deja pensar en nada
ay! que no sea de esa chiquilla
y de su mirada.

Y yo la miro...
Y ella no me dice nada...

Pero sus dos ojos negros
se me clavan como espadas.
Pero sus dos ojos negros
se me clavan como espadas..."

F. y yo movíamos nuestras pelvis con desenfreno, mientras mi ado bostezaba sin apartar la mirada de su teléfono. Estábamos tan motivadas que no caímos en lo que desafinábamos, pero mi tercera hija se ocupó de registrarlo en un video que en breve lo petará en YouTube: "Señoras haciéndose las juveniles con una canción de grupo prehistórico del que no teníamos noticia"

Por la noche me fui a la cama tarareando el tema, y no me podía dormir. Volví al año 1991. Cuando mi adolescente no existía ni como proyecto y las caderas servían mayormente para bailar sin recato. Pensé que uno es lo que ha bailado, la música que recuerda dos décadas después. La sensación excitante de dejarse llevar por un estribillo que no olvidas y que te sorprende una tarde de orbayu con paella, amigos y un karaoke capaz de llevarte a "atravesar el tiempo sin documentos". Con la misma alegría adolescente, desatada y salvaje de entonces.


"Que las palabras se quedan cortas
para decir todo lo que siento,
pues mi chiquilla es lo más bonito
del firmamento.

Y yo la miro...
Y ella no me dice nada...

Pero sus dos ojos negros
se me clavan como espadas.
Pero sus dos ojos negros
se me clavan como espadas.

Y yo la quiero...
Como el sol a la mañana..."

lunes, 12 de agosto de 2013

ENCUENTRO CON ORFEO EN UNA PLAYA

El hombre llega a la playa. Contempla inmóvil el batir plata del agua al amanecer. Casi en trance, se va quitando la ropa y emprende lento camino hacia la orilla, como si fuera a bautizarse en un ritual sagrado sin más testigos que dos mujeres que lo observan, desde dentro, braceando despacio para sentir las olas tímidas y el primer rayo del sol sobre la cara hecha sal.

-Esta playa es un poema. Un regalo en el camino.

El hombre en realidad es un ¿joven? de unos cuarenta años (está claro que las barreras de la juventud se mueven según cumplimos años. Mi tía de ochenta llama "chicas" a sus coetáneas). Se acerca a las sirenas madrugadoras y torpes y les cuenta que está haciendo el camino de Santiago desde Irún, pero que vive en Valencia.

-Ah, nosotras tenemos una amiga en Valencia, nos gusta ir allá. Si no fuera por los petardos y por Calatrava...
-Pues yo trabajo en la Ciudad de las Artes, soy músico, violoncelista, informa él.
-Uf, creí que ibas a decir que eras pariente de Santiago Calatrava... resoplo aliviada.
-Debería haberlo hecho, sí, por ver tu cara.

A un peregrino se le hacen invariablemente las mismas preguntas. Que si desde dónde vienes, que cuántos kilómetros recorres a diario y blablabla. Pero nuestro hombre está aún enganchado a esa playa, "un regalo en el camino", y dice que le inspira algo como la ópera Orfeo, de Monteverdi.

-¿Pero Orfeo con Eurídice o en solitario?, inquiero
-Orfeo solo, con Eurídice es de Gluck.
-Ah, ya...

Orfeo y Eurídice
Hablar de ópera con un violoncelista en la orilla de una de las playas más bellas del mundo, poco después de amanecer, tiene algo de extraordinario que te impulsa a querer tirar del hilo, a improvisar un aria lastimosa como las historias que sugieren las rocas puntiagudas que enmarcan a ese agua aparentemente en calma que te empuja hacia un acantilado tenebroso, y te obliga a nadar a contrapelo. (Orfeo desciende al Hades a buscar a su amada muerta por el mordisco de una serpiente. Los dioses le han concedido esta gracia a cambio de que no mire a su esposa hasta salir a los rayos del sol, pero él desobedece y se condena)

-También, prosigue el peregrino, me imagino a Caronte llevando y trayendo almas en su barca.
-Cierto, doblaría por aquella roca mientras suena la obertura de Orfeo y la orquesta se sacude las mangas de sus fracs empapados por un golpe de agua. Y el tenor sube a su máximo tono y la mezzo lo envuelve con su voz de algas.

El baño toca a su fin y el peregrino se viste con calma. Lleva una mochila tan pequeña que cuesta adivinar su contenido exiguo. ¿Cepillo de dientes, una muda y una partitura de Gluck? Se despide con un gesto de hasta pronto y justo antes de emprender camino dice: "No voy a preguntaros vuestros nombres. Para mí sois las sirenas de B."

Las sirenas dicen adios con piel de gallina y prosiguen su camino en La mayor. Atrás queda el batir de olas y una carcajada siniestra de los demonios que saben que se acaban de cobrar tres almas para la eternidad.  Y que mucho tardarán en bajar al Hades a rescatarlas.








domingo, 11 de agosto de 2013

EL CLUB DE LOS EX MIOPES

En vacaciones, los amigos siempre se quedan de guardia.

"Como medida de supervivencia se me ocurre que introspecciones poco y dejes fluir con naturalidad las cosas", me escribe J., conocedor de mis atascos argumentales y de los otros y tan sagaz que cuando debo mirar a un punto en el horizonte le pido que lo haga por mí. Los ex miopes operados con malévolo láser seguimos llevando un miope dentro, igual que los que crecieron gordos siguen viéndose las carnes en pliegue aunque ya no existan. La miopía es un estado de ánimo, diría. Una desafección por los contornos de la realidad que te condena a imaginar historias fuera de foco.

¿Con quién hemos quedado hoy, mamá?, preguntan mis tres hijas cada día, convencidas de que nuestra trepidante vida social en tierra de vacas no conoce diletancia. Trato de incorporarlas a la religión cantábrica de las olas y el silencio, pero con escasos resultados. Se han acostumbrado a las caminatas en grupo, las toallas compartidas y esas noches de sidra y calor donde no nos quitamos el jersey pero los amigos lanzan chispas y nos acogen en torno a una mesa donde se habla de todo y para todas las edades, y los niños más pequeños van tronchándose sobre el regazo de los padres: "Vamos, que se nos ha hecho tarde".

Lo mejor del verano, lo mejor del invierno, es no necesitar grandes planes para pasarlo bien. Yo en todo caso podría desear un rato extra a solas que no implicara madrugones. La ventaja de madrugar es que colecciono amaneceres de todos los colores. El prado y las montañas al fondo me regalan cada día un relieve distinto iluminado por la mano experta del dios de las nubes. Contemplándolo me asaltan impulsos de quedarme para siempre, como corresponsal en un periódico muy local donde escribir crónicas redichas de fiestas populares, natalicios y defunciones. La elección de una Miss sinuosa de curvas y palabras. El horóscopo, si me apuras...

El urbanita clásico siempre alberga esas fantasías escapistas y luego se mete a buscar la programación de Otoño del Reina Sofía o de la Juan March. Y mientras escribo esto me doy cuenta de que el fantasma del regreso empieza a apoderarse de mi cuerpo. Miro la despensa y calculo cómo y cuándo daré salida a las viandas. Miro el cesto de la ropa y pongo tres o cuatro lavadoras mentales. Miro el teclado e imagino una conexión rápida en un lugar cerrado y sin ovejas al alcance de mi vista. Me miro en el espejo y calculo que en breve visitaré a mi peluquera María para que ponga orden y concierto a estas greñas castigadas de sal y me regale alguna de sus frases entre tijeretazo y mecha: "Yo estoy cansada de entregarme, debo vivir para mí" fue su última melancolía antes de despedirnos. Y luego soltó una de sus carcajadas de cristal y nos besamos.

Paro ya, debo introspeccionar poco y dejarme llevar estos días como si no tuvieran fin. Los amigos velan armas y no se me ocurre un solo motivo para la inquietud ni la desdicha. Toca calzarse las zapatillas y conquistar un camino acantilado con su playa tenebrosa. Y regresar a casa, más me vale, con la programación del día bien definida o las chukis revolotearán como moscas ansiosas de miel y de destino.