miércoles, 7 de agosto de 2013

DESPUÉS DE LA LLUVIA (MONÓLOGO DE CUARENTONES)

¿Cuál es la mejor edad para vivir los tiempos turbulentos que vivimos?

Pongamos que tienes cuarenta y tantos y, como mi amiga C., del cole y hasta hoy, te quedaste en el paro hace poco y has ido a entrevistas de trabajo donde te miraban como quien examina un vehículo descatalogado. Material de derribo, pese a que a esta edad conozco muchos que se sienten en plenitud, con ese equilibrio entre un cuerpo cuidado y una mente entrenada para el sudoku de la existencia. Las pasiones por todo lo alto, pero no desatadas. Los anhelos, mensurados. Un dilatado entrenamiento en la responsabilidad. Algunos fracasos sentimentales que no eran sino entrenamientos para lo que vendría. La botella medio llena. Hijos, en muchos casos, que aún disfrutan del realismo mágico de su infancia y que -oh, pánico- aún requieren un mantenimiento largo y caro donde el amor no faltará pero las lentejas vaya usted a saber.

Las edades del hombre
(Mientras, la ciencia se afana en permitirnos llegar con sus hallazgos a los noventa, a los cien...a una eternidad de angustiosa supervivencia donde no moriremos de infarto debido a la medicina, pero puede que sí de desolación). Nos están convirtiendo en vampiros, pero a nadie parece alterarle porque la saga Crepúsculo los ha pintado como pibones deslumbrantes y sin sangre en los colmillos, tras desbancar con descaro teenager la angustiosa visión del asunto de Bran Stoker. El padre de la criatura. Aquel que nos mostró que volar en busca de un cuello palpitante es el aullido, la condena más cruel e inapelable.

No es que me haya dado un golpe de pesimismo auspiciado por la lluvia. Es que no entiendo muy bien este sistema que nos ha llevado a que ninguna edad, salvo la infancia (y no en todos los casos) esté libre de quebrantos estructurales. Si los jóvenes emigran porque no hay trabajo, los treintañeros se quedan en casa porque no hay proyecto, los cuarentones somos senectos por decreto empresarial, los de cincuenta unos estorbos a los que los jefes de treinta miran con desdén y deseos de exterminio.

Los de sesenta y setenta, abuelos jóvenes sin vejez, vocación ni presupuesto para irse a Benidorm. Jubilados que mantienen a la familia entera con sus exiguas pensiones. Y que llegan a los ochenta extenuados de responsabilidad y con ganas de ser libres. Pero no, el sistema ya se ocupa de que sus cuerpos no se rompan y sigan al ralentí y se alboroten de alegría cada vez que nace un nuevo miembro en la familia. Un bebé despreocupado y con margen para ser feliz, sin más nubarrones que los propios de su edad y condición.

Como optimista militante me cuesta ver el día después, aunque confío. Calculo que podría vivir con mucho menos de lo que vivo, sí. Tengo la suerte de ir feliz a trabajar en algo que me gusta y me proyecta. Pero el ombliguismo no me impide girar la cabeza y observar el mundo como ayer observábamos los amigos la belleza circular de un valle habitado por los trasgos, preguntándonos como los cuarentones que somos qué vendrá después de la lluvia. Cómo volverá el sistema a recolocar este sinsentido. Quién está pensando en ello.

¿O puede que toda la tripulación ande tapando grietas por donde entran enormes chorros de agua y nadie esté en cubierta con el mandato de observar los signos de la deriva y tomar las oportunas medidas antes de que el barco se hunda, sin orquesta ni épica para una superproducción de Hollywood?