jueves, 29 de agosto de 2013

FOBIA A LAS CUCARACHAS



Cada madrugada se encuentra una cucaracha en el cuarto de baño. La cucaracha es, probablemente, el bicho más repugnante del planeta, piensa ella. Y dedica buena parte de su tiempo y energía a erradicarlas. Compró unas trampas grisáceas, del color de sus alas -ese tono grasiento- que prometían ser el cebo perfecto.

-El animal entra, se come el veneno y vuelve a su nido a morir. Ni la ve ni la verá.

“Tris tras”, remató ella en silencio la explicación del dependiente de la droguería, un tipo resabiado y flaco, de mediana edad y uniformado con impoluta bata azul petróleo.

(Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras, tralará, vamos a contar mentiras, tralará, vamos a contar mentiras...)

En realidad, una cucaracha vuela, pero sólo si es completamente necesario. De ahí que cuando se acuesta se asegura de que el edredón quede a no menos de un palmo del suelo. De ese modo -piensa- el insecto sólo subirá a corretear por su cara si tiene verdaderos deseos de hacerlo. Un hambre voraz o el impulso de explorar carne tibia.  Pero la sola idea de imaginar el instante en que sus patas se posen sobre la comisura de sus labios, ese cosquilleo leve y siniestro, le provoca pesadillas. Entonces se gira y le da un codazo suave.

-Ariel, Ariel...
-¿Qué quieres?, responde él entre sueños.
-¿Crees que si la cucaracha se posa en mi boca podría tragármela sin querer?
-En esta casa no hay cucarachas. No las ha habido nunca. Duérmete ya.
La metamorfosis

(Por el mar corren las liebres, por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas tralará, por el monte las sardinas, tralará...)

De pequeña canturreaba esa canción cuando tenía miedo. La melodía naif de las liebres y las sardinas, animales de confianza. No como esos insectos asquerosos que conocen sus horarios y se esconden cuando ella enciende la luz, en una carrera alocada hacia el rincón más oculto del baño.
Entonces se queda congelada, inmóvil, en la puerta. Sin atreverse a pasar porque sabe que ha perdido el territorio. Que los bichos voraces están ahí, agazapados. “Si usted ha visto una cucaracha es que hay ciento”, le dijo el dependiente con esa sorna autosuficiente de quien lleva años investigando la materia.

-¿No tiene un veneno que las mate de inmediato?
-Están los sprays de toda la vida, señora. Pero ya le digo que no erradican, sólo se cargan uno o dos bichos, y luego tendrá que recoger usted los cadáveres...
-¿Es cierto que podrían sobrevivir a un ataque nuclear?
-Desde luego. Y alimentarse todo un mes con el pegamento de un sello de correos.

Sólo de pensar en la posibilidad de encontrarse los cadáveres decide aparcar la idea del spray, de la muerte lenta.  Esos segundos en los que la cucaracha, panza arriba, mueve las patas cada vez más lentamente, en unos estertores agónicos.

(Salí de mi campamento, salí de mi campamento, con hambre de seis semanas, tralará, con hambre de seis semanas, tralará, con hambre de seis semanas...)

Ya en casa, comprobó que Ariel está en el salón, concentrado frente a la pantalla de su Mac, y se le acercó por detrás.

-¿Piensas ayudarme a eliminar a las cucarachas?
-Creía que era una, siempre la misma.
-Si hay una, hay ciento. Me lo ha dicho el de la droguería.
-En esta casa no hay cucarachas. Tampoco hubo hormigas en su momento, ni termitas, ni ratones. Creo que estás a punto de concluir la lista de los bichos domésticos, querida.
-Si te levantaras conmigo al cuarto de baño, las verías. Pero prefieres seguir durmiendo, que no te moleste.
-Tengo trabajo, nena.

Se despertó y miró el reloj. Las cinco treinta y cinco de la mañana.  Salió de la cama sigilosa para no despertar a Ariel, que respiraba profundo a su derecha. Se dirigió descalza hacia el pasillo. Todo estaba en silencio, aunque si aguzaba el oído le parecía oír el frotar de unas patitas contra el suelo de cerámica. Sí, estaban ahí, con toda probabilidad. Si hay una, hay ciento. Y saldrían en frenética carrera a dispersarse por los rincones en cuanto detectaran su movimiento de avance. La mano prendiendo el interruptor de la luz, el pie desnudo y vulnerable, con esa piel blanca y fina surcada de venas azuladas.

En lugar de ir al baño, se dirigió a la cocina y cogió las cajas de trampas venenosas. Fue abriendo una a una y extrajo el polvillo del interior cuidadosamente, dejándolo caer sobre un plato de loza gris,  desportillado. Se tomó la primera cucharada. Sabía amargo y metálico. Tomó la segunda. Notó un espumarajo en la lengua que crecía como el detergente concentrado. Luego se dirigió al cuarto de baño y se tumbó con el plato al lado. Espolvoreó lentamente el resto del veneno por su cuerpo, asegurándose de hacer un reparto equitativo en brazos, piernas, cara y abdomen. 

Finalmente apuró con la lengua los restos del polvo en la cucharilla y abrió bien la boca.

Cuando él despertó, por la mañana, supo que por fin lo había conseguido.  

Tralará.