sábado, 10 de agosto de 2013

REGRESO A LA ADOLESCENCIA



Hay un día en que la pandilla infantil deja de serlo. Los niños que jugaban a chinchar a las niñas se levantan y les piden el número del móvil para mandarles un wasap ansioso: “¿Cuándo venís a la playa?” Y en lugar de excluirlas de sus juegos se pavonean con el balón, mientras con el rabillo del ojo se aseguran de que ellas están mirando.

Así ha sido y así será.

Lo que cambia, lo que convierte la experiencia en interesante, es pasar de ser la niña a ser la madre de la niña.

-Esos están metidos en la tienda de campaña del prado. ¡Menuda tormenta de hormonas!
-Oye, haz el favor de no inquietarme...
-Mujer, si lo más que puede pasar es que una mano se escape y toque un brazo, o algo.
-Y se pegue tal susto con el tropiezo que vuelva pitando a su sitio...

La adolescencia, bendita sea, ofrece la posibilidad de volver al pasado por un rato y percibir a través de tus hijos el hormigueo en la boca del estómago. El rubor trepando por las mejillas. El ansia de probar, con cierto miedo. Tú estás a la mesa con tus amigos y un mojito entre las manos, en medio de una conversación que versa sobre el sistema numérico y sus alrededores: “Todo esto es por la puta manía de los romanos de no tener ceros”, sentencia C. Y tras soltar la carcajada vuelves a enredarte con la vista en la pradera, en la tienda de campaña cerrada con varios cuerpos dentro que son tu carne y tu sangre y están en pleno hallazgo. Y no te lo quieres perder porque es como sorprender a la mariposa emergiendo crisálida del capullo de seda.


”No te vayas, G., que me gustas mucho”. Le dijo una niña a mi amigo cuando ambos tenían catorce años y el cuerpo tenso como un arco. La casa sin gente. La despedida y una niña que avanza con su determinación y le cierra el paso con la puerta. “El pestillo era muy parecido a este”, relata G. señalando el de casa. “Yo me quedé muerto, la chica me gustaba pero no sabía muy bien qué debía hacer. Al final recuerdo que me besó y me fui”.

La turbación es un estado de gracia que se diluye con los años, pero no del todo. Cuando estás dentro de ella no eres consciente de que ahí fuera hay testigos. Y se te pone cara de pánfilo, y te pasas horas frente al espejo ensayando mohínes. Y nunca tienes nada que ponerte. Y la culpa es de tu madre, naturalmente. Que encima es una aguafiestas y a cierta hora de la noche le da por cortar el rollo, acercarse a la tienda de campaña, abrir la cremallera con firmeza y sin mirar el detalle de piernas y brazos enredados, soltar un :”Vamos, chicas, que es muy tarde y hay que dormir un poco”. Y antes de que quieras darte cuenta tus adolescentes han quedado para hoy en una playa donde te regalarán otro plano secuencia del arrebato y el pulso acelerado.

Y volverás a pensar que es un gran espectáculo. Y lo harás sin nostalgia porque llevas unos años de ventaja y sabes que la vida te regala cada cierto tiempo un retorno al galope, el corazón en la montaña rusa y la necesidad de pintarte las uñas de los pies antes de que otro adolescente que lo fue llegue y haga sus piruetas con el balón en otro prado. Tan verde, tan húmedo y tan excitante como el de anoche.

Y dejarás que tus chicas vayan a la playa que les dé la gana y tonteen con quien quieran. Esos niños que han empezado a dejar de serlo y se disponen a cerrar la puerta y echar la llave, para probar a salvo de fisgonas como tú, y hay que dejar que pase y apurar el mojito y volver a los romanos. Esos idiotas que vivieron sin ceros. "Así cayó su imperio, ahora me doy cuenta". 

P.D. Recuerdo una moto y un chico flaco y moreno que asomaba sus dientes grandes al sonreír con feliz avaricia. Recuerdo mis brazos rodeándolo con la excusa de los baches, y esa sensación única de ser mirada de reojo. Y el roce de las piernas. Y siempre era verano.