lunes, 30 de septiembre de 2013

YO DE ESO NO SÉ, SEÑOR MAPUCHE

Me invita un lector a reflexionar sobre el pueblo mapuche, y no sé qué decir.

Lo primero que se me ocurre es que me siento incapaz. Lo segundo, que me siento tertuliana. Uno de esos seres con conocimientos hilvanados que igual departen sobre el asesinato de Asunta que de la derrota electoral del líder conservador portugués.

Haría mejor en llamar a un especialista. Alguien con coordenadas suficientes para trazar un mapa argumental enriquecido de contexto y desapasionado ma non troppo. Un argumento y su contraargumento, con dos o tres citas literarias imprescindibles y alguna estadística actualizada.

Pero un periodista, por definición, es un ser de lengua desatada. Un pensador de destellos que raras veces devienen teorías. Un rematador de canastas de otros que utiliza los trucos del oficio para rellenar líneas con mejor o peor calidad de desempeño. Un dispensador de píldoras de colores que a veces son chicles y a veces trippies. Y que cuando le dicen "escriba sobre estos, señorita/o", su primer impulso es meterse en la Wikipedia y teclear "Mapuches", para excitarse de inmediato con el roce terciopelo de algunas palabras: mapadungún, pucuche, río Maule, araucano...

Bandera mapuche
Pero mi amigo lector pretende otra cosa:

"Me dirijo a ti para hacerte una invitación a hacer una reflexión sobre el pueblo Mapuche. Sería bueno tener la opinión de una española a más de cientos de año de tratar de exterminarlo desde que llegaron los Españoles a Chile.  Desde entonces, una cacería indiscriminada por los gobiernos de turno de cada época para robarle su tierras que hoy son las reserva de agua y los paisajes más hermosos que hay en el mundo...".

A esta española le abochorna cualquier relato de arrogancia que termine en destrucción, pero mi frívolo por pequeño conocimiento de tu pueblo retiene el galope de mis dedos. El español sufre tradicionalmente de esa enfermedad de los cobardes: crecerse con los débiles, pisarlos con la bota militar, y encogerse con los grandes en el túnel que da salida al campo de juego. Somos acomplejados y la Historia nos lo recuerda con capítulos de leyenda negra que los niños aprenden en el cole. 

Claro que esto que te digo podría tacharse de demagogia barata. Un intento de satisfacer tu curiosidad por lo que pienso de algo que aún no conozco. Pero si dejo de escribir sobre lo que no domino me quedaré quieta y atada, como esos personajes con camisa de fuerza y mordaza que se desesperan por dar salida a su voz. 

¿Cuántas voces autorizadas podrían debatir sobre el mapuche? Seguramente no muchas más de las que podrían hablar de la pobrecita Asunta, esos minutos de miedo y temblores, sin caer en el delirio y en el morbo más repugnante. Y ya de paso sólo unos pocos estarían preparados para decidir cómo salvar el aeropuerto de Barajas de la crisis -otro de los temas del día- o  cuál es el alcance real de la amenaza neonazi en Atenas.
 
Creo que la inteligencia debería ser la capacidad de reconocer los terrenos que pisamos con firmeza y evitar el campo de minas de la ignorancia. Pero decir "yo de esto no sé" no está en nuestro ADN y ya es hora de que se enciendan los focos y ese tertuliano de pro, soberbio y muy seguro de sí mismo, responda que no tiene ni idea, ni puñetera idea, de lo que lleva meses hablando con otros contertulios ignorantes. Trileros de palabra fácil y gesto altivo que hasta hace un rato no sabían que los mapuches lloran su suerte en Chile y una parte de Argentina. Pisoteados, humillados y esquilmados. 

Mientras acá a muchos les pagan por su verborrea. Tan contaminante que Greenpeace debería estudiar ya acciones al respecto. Salvemos el conocimiento y la palabra.  O callemos un rato, que no mata.




sábado, 28 de septiembre de 2013

COSAS DE CHICAS

De vez en cuando, a mi adolescente le da por hablar. Normalmente soy yo la que intenta arrancarle unas palabras, mientras ella se afana vertiginosa con el móvil, y apenas obtengo gruñidos de indisimulado fastidio.

Pero entonces un día se levanta y quiere tener una conversación que en realidad es un soliloquio en el que destila, imagino, todo lo que ha ido arrojando al caldero humeante y contradictorio de su adolescencia. Y hay que quedarse muda, y mirarle a los ojos porque si te pilla en un descuido te lo hará saber:

-Mamá. Mírame que te estoy hablado.

(Más te vale dejar de respirar).

Lo comentaba ayer en París con mi amiga O., a la que apenas veo si no es alfombra roja mediante, cuya adolescente la ametralla de cuando en cuando con sus avatares. Cuando el padre hace un intento de intervenir en la conversación, sale trasquilado: "Vete, papá, esto es de chicas".

A veces uno habla pero no quiere conversar. Sólo desahogarse. Entre adultos esto está muy mal visto. Somos exigentes y esperamos nuestro turno de palabra, que no llega. Todos tenemos amigos con los que pasamos una tarde entera y al llegar a casa nos damos cuenta con dolor de que hemos sido el frontón de la palabra/pelota ajena. La réplica en un ensayo teatral donde el protagonista siempre es otro. Y entonces cabe preguntarse si ese rol lo elegimos o nos vino dado.

Investigo los roles con curiosidad obsesiva de científico de tebeo. El otro día el hermano de una amiga me decía que no tenía claro el suyo respecto al bebé que va a adoptar su hermana. "No sé si soy el tío, o  el padre, el protector...". Tener claro el rol en una relación debe ser balsámico, supongo. Te ayuda a colocarte en el lugar exacto de un escenario e ir moviendo las fichas lógicas en un baile de precisión que no es la vida.
Adolescentes

Porque a menudo llega el director de escena y te pega un empujón: "baja el tono, increpa con las manos, sé más agresivo", y entonces te mareas y el vértigo te hace perder el paso, y tratas de repetir tu réplica, pero no.

-Mamá, ¿me estás escuchando? Decía que en el test del colegio había que elegir opciones aunque ninguna te gustara. Por ejemplo, si preferías lavar cabezas o sembrar semillas. Y yo puse lo primero ¡pero no quiero ser peluquera!.

Suspiro de alivio. Mi adolescente no quiere ser peluquera. (No es que no me gusten las peluqueras, la mía es una filósofa del pueblo, pero terminan con varices y escuchando las miserias ajenas sin cobrar) Mi niña no quiere eso pero quiere hablar. Necesita desesperadamente hablar conmigo. Sin que yo diga nada o casi nada. Y me veo eligiendo cuidadosamente las palabras, segura al fin  de mi rol. Y ella habla y habla, y se toma su café a pocos metros de mí. Y entonces suelta:

-Mamá, ¿aún no has escrito tu blog?
-No, hija, verás, estaba hablando contigo.
-Pues venga, ponte ya que yo voy a estudiar.

Y aquí estamos las dos, en un salón. En ese silencio plácido que sigue a una verdadera conversación entre dos que chocan a menudo, pero saben que las heridas que se hacen son rasguños. Roces inevitables entre actores que se suben a unas tablas llenas de agujeros, resaltes y astillas. Nada irreparable, la vida en este microcosmos imperfecto llamado familia.

viernes, 27 de septiembre de 2013

SI TE OFRECEN AMOR Y YA LO TIENES

París
Mi banco está empeñado en que le venda mi alma en cómodos plazos. Cada dos o tres meses me llega una carta en la que me anuncia con alborozo que me ha sido preconcedido un crédito. El de ayer, de 40.000 euros. Ofrecer créditos alegremente se parece a trapichear con droga a la puerta de un colegio. Con suerte engancharás a un ingenuo que tras caer en la trampa tendrá que hacer malabarismos a final de mes para saciar el mono que es cada letra y poder dormir tranquilo.

Como no respondo a sus cantos de sirena, me llaman por teléfono.

-Le ha sido preconcedido un crédito de...tachán!  ¡Cuarenta mil euros!
-Pues fenomenal, pero no lo necesito, gracias.
-¿No le vendría bien un viaje al Caribe, un coche, un ordenador última generación?
-No sé si me vendría bien, pero no los necesito.

Juro que la voz al otro lado del teléfono muestra desconcierto y una ligera frustración. Imagino a Satanás tentando a Jesucristo en el desierto tras un ayuno de cuarenta días con sus noches:

-Te daré todas estas riquezas y el honor que supone ser dueño de todos los imperios si te postras ante mí y me adoras.
 
Las tentaciones de Satán

Envalentonada por mi titánica resistencia a Lucifer,  le sugiero a mi interlocutor que, ya que les sobra el dinero, se lo preconcedan a algunos de mis amigos, hartos de peregrinar por las oficinas bancarias en busca de crédito, sin éxito. "Es más, puedo pasarle una lista con sus nombres y teléfonos". Se hace un leve silencio y Satán boy suelta una risilla nerviosa:

-Verá, esta oferta no es transferible, jeje... 
-Pues qué pena. Me parece perverso ofrecer dinero a quien no lo necesita y negárselo al que lo necesita desesperadamente.
-Bueno, sí, verá, así funciona el sistema...Que tenga usted un buen día.
-Usted también. Suerte con sus tentaciones diabólicas.

Tras colgar el teléfono, imagino otras versiones del negocio del Mal que seguro que andan por ahí sin que el Papa Francisco pueda detenerlas:  

-Le ha sido preconcedida una novia high profile. Guapa, lista, turgente, sexualmente proactiva y sin grandes heridas de guerra.
-Ah, gracias, pero...verá. Es que yo estoy casado y no me va mal.
-Bueno, sí, lo entiendo...¿Pero no sueña de vez en cuando con un tórrido romance en una selva tropical, los dos ligeros de ropa y con sendos mojitos entre las manos?
-Hombre, no está mal la propuesta.. Pero lo mismo a mi mujer no le hace mucha gracia.
-Su mujer, su mujer... Las mujeres están para cambiarlas. Hay muchas, se hacen viejas y cada vez más exidentes.
-Ya, pero yo a la mía la quiero un poco. Son veinte años juntos...
-¿Y le sigue diciendo a todo que sí, mi amor?
-¡Ni de broma! 
-Pues necesita otra.


Dior
Crear una necesidad cuando no la hay es lo que alimenta la sociedad capitalista. Seres voraces, ansiosos, desatados por poseer. Yo fijo que en unas horas desearé desesperadamente un vestido de Dior cuando contemple el desfile con las propuestas de Raf Simons. Y a la salida necesitaré ser una de esas parisinas sofisticadas que alborotan las Tullerías con esos cutis blancos y eso mohínes de ligera condescendencia. Y es muy probable que mate por un pied-a- terre cerca del Sena, con música de violines y toda la bohemia chic a mis pies. 

Tentador, muy tentador.

Pero si aparto la imagen del paraíso mon amour puedo recuperar lo más tentador. La sensación de volver a casa y revolcarme en el sofá con mis chukinas. Ruisosas, insoportables a veces, intensas casi siempre. Pero un billete seguro al calor y a los abrazos. 

(Y dado que es viernes, pizza con cine clásico preconcedido al instante).







 





  

jueves, 26 de septiembre de 2013

ESAS MUJERES TERSAS Y FLEXIBLES

Alina Kabaeva, ¿Novia de Putin?
Una de cada seis mujeres rusas estaría encantada de casarse con Vladimir Putin, según una encuesta divulgada con motivo de su cumpleaños. "Su imagen de hombre sano, alejado de vicios habituales entre los hombres rusos como el alcohol y la vagancia, es uno de los pilares de su popularidad", asegura la misma información que desvela que el Presidente está a punto de casarse (si no lo ha hecho ya) con la joven y "flexible" gimnasta nacional llamada Alina Kabaeva.

Hay que ser muy joven y, desde luego, muy flexible, para contraer matrimonio o salir a cenar con semejante tiparraco. La mirada de hielo, su aspecto de malo de James Bond y esas fotos a caballo con el torso desnudo con las que calienta las campañas electorales deberían ser suficientemente disuasorias para cualquiera, argumentos políticos aparte. Pero parece que las rusas están hartas de maridos borrachos y pobres que se acuestan puestos de vodka hasta las cejas. Y Putin será un chacal con los colmillos manchados de sangre pero nunca tendrás que ir a buscarlo a la taberna a las cinco de la mañana para llevarlo a casa a rastras entre vómitos agrios y magreos por debajo de la falda (de esto último no estaría tan segura).

A veces las mujeres, y los hombres, son pragmáticos hasta el delirio como esas rusas y eligen bajo mínimos. La que no me haga sombra, el que no flirtee con otras, la que me admire sin límites, el que no se levante de mal humor ni  huya de las responsabilidades, la que no esté enganchada a su madre... Y así, con estas wish lists tan ambiciosas, puedes terminar con un hijo de Putin al otro lado de la cama. El reduccionismo sentimental es un valor seguro y una condena, pero nadie te lo cuenta cuando eres joven y sales al ruedo del amor sin más armas que la tersa flexibilidad de Alina Kabaeva.
Hombre blanco de sesenta busca mujer flexible

Que a muchas les fascina el poder, es indiscutible. Ahí está la última novia de Berlusconi, jovenzuela ¿incauta? que se sienta en sus rodillas para la foto mientras las congéneres dudamos entre zarandearla por idiota o por demasiado lista. Mi amiga A. suele referirse a esas mujeres que hacen que las demás perdamos terreno y dignidad por transferencia. Esas tontuelas aparentes que se contonean delante de tipos sudorosos para conseguir sus fines. Esas otras que baten las pestañas y provocan un ciclón. Las presuntas independientes que matan por un hombre que las financie ad eternum. La manicura royal y una cena en barco a la luz de las estrellas, mon amour.

Me alegro de no ser rusa, querida Alina. Los únicos hombres que me gustan de tu país son los de los coros del Ejército Rojo cuando elevan  sus voces vibrantes y taladran el cielo con las bayonetas entregadas a sus pies. Recuerdo una actuación emocionante en la que esos militares melancólicos, esencia machirula y tetosterona marcial, entonaron "Amapola", sus mandículas cuadradas, espaldas enhiestas, en contraste con la delicadeza de una letra y una música que no se asoma en los discursos de Vladimir Putin ni por error de transcripción.

AMAPOLA

De amor, en los hierros de tu reja
de amor, escuché la triste queja
de amor, que sonó en mi corazón
diciéndome asi, con su dulce canción

Amapola, lindísima amapola
será siempre mi alma, tuya sola
yo te quiero, amada niña mía
igual que ama la flor la luz del dia

Amapola, lindísima amapola
no seas tan ingrata y ámame
amapola, Amapola como puedes
tu vivir tan sola...


Creo que en la wish list de mínimos habría que incluir la capacidad de emocionarse y dejar las armas mucho antes de entrar en la cama con mujeres incautas o ambiciosas de salón que aún no se han enterado de que un tipo malo puede ser que no beba vodka ni te resobe en un callejón, pero te condenará sin duda a un destierro de lágrimas secas. A vivir tan sola como una Amapola. Lindísima. Eso sí.





martes, 24 de septiembre de 2013

ESTOY CRECIENDO O ME ESTÁ DOLIENDO


Los Sims
-Mamá,  estoy creciendo. Ahora mismo, lo noto.

Cuando a Minichuki le duelen las piernas en lugar de "me duele" exclama "estoy creciendo". El enunciado, mucho más positivo, lo aprendió hace dos años, cuando le di esa explicación a sus molestias en las rodillas. "El cuerpo se estira por la noche para que no le sorprendas, y por eso molesta, chitina, pero no es grave".

Cuando mi hija pequeña crece va a mi habitación y coge del armario un bote con crema. Yo me embadurno bien las manos y le hago un masaje. A ella le deja de doler. Noto al tacto que un día, o puede que varios, cogió la cuchilla y se afeitó los pelitos de las piernas, avergonzada por su abundancia morena.  Prometí que de mayor me ocuparía de que desaparezcan para siempre. "Ya, y hasta entonces, ¿qué hacemos?"

Minichuki debutó el sábado con su equipo de fútbol y sus piernecillas peludas.Todo niños y ella. Antes me había pedido, suplicado, que le comprara tops porque le avergonzaba quitarse la camiseta y que le vieran "los pechos". Minichuki no tiene más pecho que sus compañeros de equipo, pero el pudor es como el dolor en las rodillas. Irrumpe cuando creces y necesita masajes para relajar su tiranía.

(-Mamá, corre, que estoy creciendo. (Me está doliendo)

A veces nos duele y decimos otra cosa. Hacerse el fuerte otorga fortaleza, es la única variedad del fingimiento que me parece tan legítima como útil. La queja como herramienta de uso cotidiano es aburrida y tóxica. Estoy creciendo significa "me está doliendo".

Y lo que vale para el dolor, vale para el miedo. Compruebo que a menudo aquello de lo que hablamos menos es lo que de verdad nos aterroriza. Un cita correosa, el vuelo en un avión diminuto de hélices, una conversación pendiente donde saldrán trolls y bichos feos vestidos de palabras. Lo que no se dice, no es. Reside en un inframundo con música de órgano y sombras alargadas.

(Las madres y los padres se inventaron para dar masajes con crema en las rodillas). Tras la cena y poco antes de irse a dormir, una niña de once años vestida con camiseta de fútbol se sienta en un rincón del sofá, las manos extendidas, el I-pad con un juego de los Sims.

-¿Mami, quieres ser moderna, romántica, deportista, fashion, rockera...?
-A ver, estira un poco más la pierna. ¿Era aquí donde crecías?
-¿Prefieres los ojos verdes o azules? No sé muy bien de qué color son los tuyos, depende del día y de la luz.
-Moderna o deportista, depende del día...

A veces uno está creciendo y se acostumbra a dormir sin masajes en las rodillas. Hasta que un día alguien le pide que estire las piernas y le coge por los pies y empieza a trepar hacia el cráter del dolor. Las manos bordeando los gemelos, la presión exacta. Y entonces esa niña se agarra a su I-Pad y juega despreocupadamente.

-Ponme ese estilismo de punk con las medias de rejilla y botas de pincho.
-¡Venga ya, mami, no seas tan macarra!

Y de repente notas que sus piernas y las tuyas  han crecido y el dolor ya no es. Y toca irse a la cama.



lunes, 23 de septiembre de 2013

STRIPTEASE DE AEROPUERTO

Suelo tardar mucho tiempo en deshacer la maleta. Llego a casa y la dejo arrinconada en un sitio donde pueda verla al bies, pero sin que me asalte la poderosa necesidad de abrirla e ir sacando los restos del naufragio que es un viaje. Como mucho, hago el esfuerzo de sacar la ropa sucia.

Creo que en el fondo uno alberga la fantasía de que el viaje continúa. Anoche volvía en el avión con una mujer coetánea, ejecutiva sin duda, que me explicó que lo que más le agobiaba de llegar a casa era la necesidad de vaciar la maleta. Al día siguiente (hoy) cogía otro  avión a Toronto, y otro más a Suiza tres días después. Era el prototipo perfecto de la mujer Lost in Translation.

-¿Por qué no tienes siempre dos o tres trolleys listos, y así te ahorras el trago de sacar toda la ropa y volver a empezar? me atreví a sugerirle como si le estuviera descubriendo la piedra filosofal.
-Prefiero rehacerla, aunque me desmaye de cansancio. Es la única manera de rematar el viaje.

¿Los viajes se rematan? ¿Son lascas en el cabecero de tu cama? ¿cuándo aprendemos por fin a hacer una maleta perfecta, en la que nada sobra y nada falta? ¿Por qué nos angustia que salga la última cuando esperamos junto a la cinta, como si nos fuera la vida en ella?

El otro día, en el aeropuerto, mi maleta y yo tuvimos que pasar dos veces el control de seguridad. Me había olvidado de sacar mi MAC. En la primera vuelta, descalza, desposeída de reloj y gargantilla, la chaqueta de cuero, la bolsa de prensa y mi dignidad en una bandeja de plástico, fui magreada por una empleada de uniforme. Los brazos arriba, sus manos recorriendo brazos, axilas, cintura, entrando hacia las caderas para rematar entre mis piernas. Concienzudamente. Y entonces su compinche, la de los rayos X:

-Salga, saque el ordenador o la tablet y vuelva a entrar.
-Perdone, ¿y si abro aquí la maleta y me ahorro volver a esa cola tan larga?
-Negativo. Debe volver a salir (triunfante chulería en la mirada)

Mi maleta, mi bolso, mi prensa, mi reloj, mi colgante, mi chaqueta de cuero, mis botines, mi dignidad y yo salimos ahogando la furia. Abrí la maleta con gesto impaciente y salió disparado un sujetador sin tirantes que había metido en el último momento al recordar el escote de mi look de fiesta. A mi lado, tres jóvenes con pinta de estudiantes se empezaron a reír. Yo hice lo propio, mientras escondía la prenda catapultada a toda prisa. Saqué mi ordenador y también el neceser por si la bruja esa decidía que quería seguir fastidiándome. Ya puestos, extraje dos cargadores que bien podrían parecer artefactos bomba y, descalza y devastada por el esfuerzo, alineé tres bandejas con mi vida a la vista de cualquiera. La maleta, medio vacía, cerraba la expedición.

Volvía a pasar el arco de seguridad. Volví a pitar. "Suba los brazos", el magreo integral, la misma empleada concienzuda.

-Me acaba usted de mirar hace un minuto, ¿es necesario repetir esto? me atreví a murmurar mientras su mano entraba unos centímetros por la cintura del pantalón con firmeza. Su mirada perdida en un punto indeterminado. Maniobra rutinaria que a mí, sin embargo, me parecía invasiva y desproporcionada.
-Absolutamente. Para mí también es molesto, ¿sabe?

Cuando le pareció que no podía esconder nada peligroso en los pliegues de mi cuerpo me soltó y volví a la vista a mi maleta, que atravesaba en ese momento el túnel de la radiografía. Contuve el aliento, con ese miedo de sentirte delincuente sin serlo que también te asalta cuando la policía de tráfico te hace parar el vehículo. ¿Y si  alguien había colado un alijo de droga, como en las películas? Mi trolley avanzó despacio y salió por fin, victorioso. Como pude recogí las tres bandejas, descalza aún, y coloqué todo en una mesa. La maleta abierta. Mis vísceras en canal. El suelo, tan frío.

Por supuesto,  no cerraba. El tétrix hecho en casa se negaba a encajar en terreno hostil.

Atolondrada, aplasté todo con fuerza y conseguí con esfuerzo cerrar la cremallera.

Después me puse el reloj, el colgante, la chaqueta. Cogí la bolsa de prensa y, satisfecha, di la maniobra por rematada.

Fuera, sobre la mesa, yacía el sujetador.






domingo, 22 de septiembre de 2013

PELO MALO O POR QUÉ MOLA EL FESTIVAL DE SAN SEBASTIÁN

Pelo Malo, festival de San Sebastián
Me gustan las películas que cuestionan la familia como nicho de protección y amor incondicional. La mayor perversión imaginable es que una madre, ese ser que se supone que te ama desde el instante en que naces, o incluso desde la concepción, no te quiera. Y es un tabú, sí. Pero a veces las madres no quieren a los hijos.  Darse cuenta es doloroso. Contarlo, una provocación.

Ayer vi "Pelo Malo", una película venezolana (Sección oficial, Festival de San Sebastián) que cuenta la historia de una madre que no ama a su hijo. Una mujer adusta, durísima, que transita su miseria moral y material con el ceño fruncido y ninguna tabla de salvación en el horizonte. El hijo, de nueve años, se pasa el día pidiendo dinero para hacerse la foto del colegio, con su crespo pelo al fin liso y un traje de cantante. El sueño de Junior es ser aceptado por su madre, que sospecha que es gay y lo lleva una y otra vez al médico para curarle su "trastorno".

Una familia es una olla a presión donde cuando alguien necesita algo a veces se le responde con una patada en la boca. Una madre es un ser con un poder descomunal de marcar para siempre a su hijo, a su hija, en una dolorosa impunidad que te deja temblando, como esa secuencia en la que el niño, tras haber contemplado a su madre dejarse follar por el jefe por dinero, se levanta y se intenta hacer el desayuno subido a una silla delante del fuego. Una secuencia tan desvalida y sorda que de repente estás llorando lento, y afuera es Caracas y cuelga la ropa de las fachadas pobres de un barrio miserable.

Una buena película es esa que te cuenta un drama sin mostrar escenas explícitamente dramáticas. Que no necesita un golpe para que percibas que hay violencia. Que con un baile y una canción popular -Mi limón, mi limonero, entero me gusta más, un inglés dijo yeah yeah, un francés dijo Oh, La, la- te habla de los sueños y de cómo evadirse del dolor cuando duele, de la miseria cuando te salpica como un charco lleno de barro negro como el petróleo.
-No te quiero
-Yo tampoco te quiero

(Este diálogo es lo único innecesario en Pelo Malo. Ya lo sabíamos. Como sabíamos que ese niño sólo puede salvarse yéndose de casa y que esa madre no tiene salvación posible.

PD. Al llegar a mi hotel, tras las película, me encontré con el niño actor de "Pelo Malo" en el pasillo. Le di un abrazo descomunal, el que dan ganas de darle a su personaje. Juraría que lo entendió perfectamente.


viernes, 20 de septiembre de 2013

ESTE BLOG NO ES PORNO DURO, Y SIN EMBARGO...

Según se acerca el fin de semana aumenta el tráfico en este blog de internautas que entran tras teclear en Google curiosidades intelectuales del tipo "Relatos sexo bebido" u "hombres negros desnudos con agujero a la vista" (ambos son de esta noche). Imagino su frustración al darse de bruces con la realidad. Su calentón no es mi calentón. Adiós a las expectativas líquidas de noches tórridas y encuentros sexuales en la tercera fase.

Conviene asumir la frustración que uno genera en los demás cuando no responde a lo que se espera de él. La tentación de complacer es obvia. Hoy en El País Jean Echenoz se muestra lapidario: "Hay que evitar ser tu propia parodia". Al escritor francés, del que confieso haber leído sólo una novela -"Al Piano"-, le inquieta ese juego de espejos tan perverso del ser consigo mismo y con los demás. La parodia es una válvula de escape. Una anilla auxiliar del paracaídas que conviene reservar para los altos vuelos. Si se te va la mano parodiéndote a ti mismo corres el riesgo de que los demás se enganchen al personaje y no les interese la persona. De modo que termines lanzándote al vacío una y otra vez, y tirando de la anilla hasta el paroxismo, y que cuando esta se rompa te despeñes contra el suelo y acabes en una UCI conectado a un tubarral mientras una máquina escupe los estertores de tu actividad cerebral con banda sonora de pitidos leves y acompasados.

El yo, el ello, el super yo y... el infra yo. ¿Nadie habló del infra yo? Ese que se altera cuando comprueba que es ninguneado porque no se ajusta al guión, a la fantasía de otros.

(El infra yo es un estercolero tan pestilente que algunos lo convierten en su escudo de armas. Mierda de artista.)

Sospecho que detrás de muchos de esos escritores que decidieron alejarse de la fama y los oropeles había criaturas asustadas por exponer su infra yo. Preferían sin duda que el mundo siguiera asombrado de su talento literario a balbucear torpes palabras a la luz de la luna ante un público sin ganas de escuchar. Escribe, maldito. Alimenta el personaje. Y luego vas y te callas.

A Echenoz lo han fotografiado en una de esas lavanderías que ama Isabel Coixet. Un espacio desolador y de luz mortecina donde los bombos giran y un hombre sentado en una silla incómoda contempla hipnótico el movimiento circular de su ropa sucia. Mierda de artista. El hombre, del que averiguamos que escribe sus novelas sentado en una silla incómoda para obligarse a cincelar cada palabra con dolor (inevitable pensar en Glenn Gould y su taburete) finge sin embargo leer un periódico, y evita así que alguien se acerque y entable una conversación que lo delate: "vaya, Echenoz no es tan brillante..."

Ser brillante, imagino, es una profesión muy dura. Requiere estar alerta, contar los giros de tus pantalones envueltos en esa espuma blanca de la lavadora. Un mareo que provoca estrés y palpitaciones pero que no se especifica en un prospecto, apartado "efectos secundarios" o indeseables.
Los humoristas muchas veces son tipos amargados e insoportables. Están hartos de ser graciosos. Y se cruzan con una vieja y la escupen a la cara: "toma parodia, jodida groupie".

Este blog no es porno duro, ya lo siento. Y su tráfico está salpicado de onanismos ajenos que esperaban otra cosa. Una cura de humildad, alimento de infraego. Brindis de palabras somnolientas. La anilla del paracaídas, tírese sólo en caso de emergencia. Yo no soy ella, aunque pueda parecerlo. Y una montaña de ropa sucia espera a ser lavada, en un cesto que encierra tantos relatos pendientes que no serán. Que ya no han sido.








jueves, 19 de septiembre de 2013

SI TE ROBAN TU ALMA Y TU CARTERA

-¿Dónde están las aspirinas?, pregunté
Se cayeron más cosas. No me importaba. Todo se venía abajo. (Short Cuts, Raymond Carver)

Admiro la capacidad de describir la derrota con una escena cotidiana que en sí misma carece de dramatismo. Cuanto más furia, devastación, impotencia, más hay que afilar el lápiz en busca de palabras descargadas de toda sospecha emocional.

Carver en eso es un maestro. Los demás, aprendices esforzados que chupan la mina, a ver si fuera o fuese...

El otro día un tipo se frotaba contra mí en el autobús y yo me apartaba, pensando que el apremio era de carne y de latido. Cuando por fin llegué a mi parada una poderosa intuición me hizo mirar dentro del bolso. Se había llevado mi cartera. Mis tarjetas, mi dinero, mi identidad en fotomatón, mi lista de la compra, una dirección escrita aprisa...Varón, de unos cincuenta, camisa de cuadros, extranjero. Gordo. No debía poder correr muy deprisa, lo imaginé agitado por la Castellana, sobando con sus manos la piel de un monedero que resumía todo: mis afectos en instantáneas de las niñas, las claves de mi banco en Internet, los tickets de taxi que no paso por desidia o desmemoria, la tarjeta del seguro médico, la de los (altos) vuelos y un vale por un lujoso tratamiento de belleza en cabina que me regalaron en su día y nunca llegué a utilizar.

Flashback. Vuelvo al autobús, lleno de gente. Mediodía. Revivo el instante del "me ha robado ese asqueroso". Subo corriendo al autobús del que acabo de bajar y en voz alta -tan alta que me sobresalto y me avergüenzo-  pregunto si alguien ha visto al ladrón. La gente niega con la cabeza y se encoge de hombros. No se alteran. Les incomoda ver a una mujer agitada que reclama ayuda. ¿Nadie lo ha visto, acaso, o prefieren no mirar? Tienen hambre. Es la hora de comer y el estómago no admite otra empatía que la del steak tartare y una copa de vino.

(-Tenías pinta de llevar dinero encima, me dice mi amiga A.)

Bajo del autobús con gesto de derrota. Hay un policía a pocos metros en una moto. Salgo de mi cuerpo y veo cómo ella describe al hombre con profusión de adjetivos, como si hubiera sido testigo y no la víctima. El pulso disparado, la cara roja de sol y de ira. "Era gordo, llevaba una camisa de cuadros en tonos marrones, estatura media, latinoamericano...No le he visto salir del autobús, pero ha salido".

La moto que arranca, el policía que sale a buscar su identidad, su amor, su solvencia, su dejadez, su vida derramada en un cajero, tal vez en una acera.

(Se cayeron más cosas. No importaba.)

Apenas diez minutos atrás, un hombre espera dentro un autobús, es mediodía. Entran los viajeros y buscan un rincón para apaciguar su cansancio, un asidero a su desmayo. Miran a ninguna parte, cuentan las paradas.  El tipo, varón, estatura media, sudoroso, pasado de kilos, elige cuidadosamente a su víctima, que ha entrado despreocupada y ha abierto el monedero: "un billete, por favor". No cruzan sus miradas. La tiene cerca y aprovecha los frenazos y acelerones como coartada para pegar su cuerpo al de ella, que se aparta una, dos, tres veces.

Después se abren las puertas, un destello, me ha robado. Nadie lo ha visto. Una mujer que grita a la hora de comer es incómoda, los jugos desatados. La moto, el policía, un sol hiriente y el corazón en la boca. Las ganas de llorar que no se atienden. Un odio tan sólido y tan seco que oprime el pecho y las palabras.

Muy poco carveriano visto así, con distancia y desde fuera.  Afilemos el lápiz.









martes, 17 de septiembre de 2013

ME HAN PIRATEADO EL MAIL

Desde hace unas semanas recibo inquietantes mails en los que yo soy la remitente.

El asunto es "cooperación en una gran compañía" (compañia, sin tilde), o "Crecimiento de carrera".

Dentro, cinco o seis párrafos llenos de repeticiones, faltas de puntuación e incorrecciones ortográficas y semántico sintácticas. Por ejemplo:

Ahora a muchas empresas les interesa el mercado Espanol (Por el motivo de  que ustedes son flojos)
En sus deberes del gerente estaran el acompanamiento entre tratos de clientes espanoles y las companias internacionales.


Mi otro yo considera que somos flojos. Yo considero que Español es un adjetivo y como tal no debería ir en mayúsculas. Y que además es una provocación en un país inmerso en el debate independentista. Me dan ganas de responder, airadamente, pero antes consulto al informático.

-No hagas ni caso, es un spam
-Ya, sí, pero me inquieta. ¿Estaré enviando semejantes textos a gente que me conoce y, aún peor, que no me conoce?

El informático se encoge de hombros y me advierte que no active ningún enlace. Que podría envenenar mis circuitos para siempre.

"Dos no se pelean si uno no quiere", pienso. Pero ACOMPANAMIENTO es con Ñ de España y ESPAÑOL es con minúscula.

"Ustedes son flojos", directamente, es una valentonada.

O sea, que mi usurpador/a no sólo se hace con mi dirección de correo electrónico sino que me insulta, sin saber que lo que más me duele es que escriba así de mal. Desazonada, insisto con el informático:

-Entiendo que te preocupe. En muchos casos, son correos autogenerados por una máquina, traducidos automáticamente de los originales en inglés... por eso tiene esa semántica... 

Que una máquina genere ella solita párrafos firmados por mí no me tranquiliza en absoluto. Apoderarse de tus palabras es como apoderarse de tu alma, pero eso no me atrevo a decírselo al informático porque pensará que soy una rarita con ramalazos new age. O una agitadora sintáctico-ortográfica, que es mucho más peligroso. En su lugar, le pregunto si no dispone de un arma de destrucción masiva contra clones de mujeres alteradas por la ortodoxia literaria.

-No podemos hacer mucho, porque el Firewall no los bloquea. Eso si no entres en ningún LINK ni envíes ningún correo a esa dirección que aparece.
 

Me parece que el Firewall ése es un mierda, sea quien sea. Si no es capaz de bloquear a un tipo que se come los acentos como yo las latas de mejillones en escabeche, es que no está preparado para las maniobras militares más simples. Contengo mis dedos, que vuelan furiosos al teclado a editar a mi clon para que, ya que va a seguir campando por sus respetos, lo haga con una calidad más aceptable. Si no de novela de altos vuelos, sí de libro de autoayuda publicado por editorial popular y puesto en destacados exhibidores de El Corte Inglés.

Luego vuelvo al mail, y a su oferta irresistible: La formacion en la empresa sera de dos semanas y es gratuita.
Al igual usted obtendra un pago fijo de 1500 euros al mes + comision por buen trabajo.



GRATUITA-PAGO-1500 EUROS-COMISIÓN 

Me doy cuenta de inmediato que mi usurpador tiene mucho más que ofrecer que yo misma. Una mente perversa, sin duda, ha decidido aniquilar mi ego literocéntrico y convertirme en voceadora de ofertas irresistibles de alcance popular. Como esos gitanos del Rastro que llaman a las Maris agitando bragas acrílicas a un euro. 

Después de un buen rato sopesando la reacción menos lesiva, decido agrupar todos los mails, marcarlos y dar a la tecla de eliminar.

Asumo que nunca más entraré a formar parte de una gran compañia, sin acento. Y que un informático es ese gurú que no te arregla la vida sino que te aturde con terminología ajena a tu diccionario para que sigas amándolo por pura necesidad, con ese amor Spam sin reglas semánticoortográficas que tu Firewall no puede bloquear. 



 






lunes, 16 de septiembre de 2013

SI TÚ ERES EL HOMBRE DE TU CASA

El interruptor del diferencial saltó, y se hizo la oscuridad.

-El diferencial, señora, está para protegerla y funde los plomos, como se decía antes, pero a usted no le da un calambre.
-Pues yo tengo fundidos hoy los plomos, va a ser eso...

Llamas a un electricista de urgencia porque en casa reinan las tinieblas. Enciendes todas las velas disponibles y el gótico tenebroso se instala en tu salón, en tu vida. Te das cuenta de que cuando se va la luz, reina el silencio. No hay tic tacs, no hay tele, no hay dvd.

-Mamá, ¿qué hacíais antes, cuando no había teléfonos móviles y se iba la luz?
-Algunos aprovechaban para hacer hijos... 


La secuencia era como sigue: apagón-linterna-llamada a la puerta de un vecino, acopio de velas. Familia reunida en el salón, risas ahogadas, nerviosas. A nadie le gusta la oscuridad, pero jugar a las tinieblas con tus padres era fiesta. De noche, de una noche provocada por el diferencial, llegan las confidencias, el desnudo integral, la marabunta en el estómago.

Y ahora se va la luz y estás sola. Radicalmente sola aunque tu adolescente se mire los pies fijamente, tumbada en el sofá. Antes te has perdido una vez más en el coche porque al entrar en la ciudad no veías bien. La oscuridad de la rotonda, de una de esas rotondas infernales. La pesadilla de las farolas que no se encienden. Debió ser el diferencial capitalino. Ese que impide que los plomos de la gente se hundan pero te dejan bien jodida, a merced del volante y sin GPS que te ladre.

-Nacemos con un diferencial en el cerebro, ¿diría usted?

El electricista enfoca al cuadro eléctrico con la linterna. Tú lo enfocas a él. Lleva siete urgencias y reza porque la tuya sea la última. Entonces suena su móvil. Ha entrado un mensaje: "La ley de Murphy. A estas horas los domingos siempre me llaman de Torrejón".

-¿Y qué pasa si usted no va?, pregunto sin dejar de enfocarle, convencida de que no hay nada más terrible que tener que coger el coche a Torrejón de Ardoz para auxiliar a otra mujer que se ha fundido. Literalmente.
-Pasa que me quedo sin trabajo.


(Un circuito eléctrico es un conjunto de elementos que unidos de forma adecuada permiten el paso de electrones.
Está compuesto por:
  • GENERADOR o ACUMULADOR.
  • HILO CONDUCTOR.
  • RECEPTOR o CONSUMIDOR.
  • ELEMENTO DE MANIOBRA.
El sentido real de la corriente va del polo negativo al positivo). 

Busco la avería en mis circuitos. Aquello que causó el chispazo. Me enfoco la cara con la linterna. Huele a cera quemada y a jazmín. Demasiados extravíos, demasiadas palabras en voz alta, demasiadas listas de la compra, demasiadas carreras.

Demasiadas rotondas.

Fusible, relé, pulsador, timbre, lámpara, resistencia. 

Diagnóstico: ruptura integral de resistencia.

A veces una se harta de ser el hombre de la casa. Y, recuperado el milagro de la luz, se mete en la cama y trata de reparar su diferencial abrazada a la almohada. Rezando por que no llame nadie de Torrejón y haya que salir, a esas horas. Sonámbula de fuerzas y de brújula.

P.D. Anoche, justo cuando se fue la luz, acababa de arrancar "Todas las historias de amor son historias de fantasmas", de David Foster Wallace. Cuando recupere el circuito debo pensar en ello...



domingo, 15 de septiembre de 2013

DIEZ CONCLUSIONES PASADOS LOS CUARENTA

Buena parte de mi generación y yo hemos llegado a base de duro entrenamiento prueba y error a las siguientes conclusiones:

1. Perder el tiempo con quien no quieres es autoflagelación. Es conveniente no invitar a tu casa a nadie por quien no darías un poco de tu sangre, o te la chuparán en tu propio salón comedor y será gore social del bueno.  Irse a la cama con el cuello saeteado a dentelladas sólo es aceptable como consecuencia de un arrebato pasional.
2.Tener un hijo adolescente es vivir en un avispero sin traje de apicultor. Es crucial custodiar el antídoto y estar muy seguro de que los picotazos duelen pero no son venenosos. Y que el amor puede con la impertinencia, la grosería y los desmanes pasajeros. Satán se ha apoderado momentaneamente de su alma. Nada que no resuelva el padre Karras que llevamos dentro.
No es tu hija, está poseída
3. A una madurez desahogada (en el mejor de los casos) le seguirá una jubilación miserable (en el común de los casos). Cultivemos una vida interior de maharajá y huyamos como de la peste de conversaciones corales sobre la salud. Es vulgar. Deprimente. Y letal para articulaciones y triglicéridos intelectuales.
4.No existe el Gasoil 95, aunque tú lo creas cada vez que vas a repostar, y trates de convencer de ello al señor del mono. (Sin comentarios).
5.Si ves cada vez peor de cerca es porque el destino te reserva excitantes hallazgos en el horizonte. La presbicia como estado patológico es para los cobardes. Las gafas son un accesorio três chic.
6.Casi todo lo que dices, casi todo lo que escribes, lo han dicho/escrito otros antes. Uno no es sherpa de casi nada, pero siempre queda el recurso a decirlo/escribirlo más bonito.
7.No puedes gustarle a todo el mundo. Esto deberíamos haberlo interiorizado a los quince años, pero a veces se te traspapelan las certezas. Respecto a uno mismo, basta con tolerarse y firmar la paz de cuando en cuando.
8.Si tu madre no te dijo nunca lo guapo que eras, da igual que te lo diga Ryan Gosling. Nunca te lo creerás demasiado. Pero si tu madre te lo dijo a todas horas serás directamente un gilipollas (con perdón). Conviene, a efectos prácticos, relativizar a tope.
9.El hombre/mujer de tu vida suele aparecer cuando das por hecho que no existe. Así que convéncete de una vez de que no existe.
10. Si has pasado los cuarenta y no sientes nostalgia de los treinta todo va bien. Rematadamente bien.






sábado, 14 de septiembre de 2013

¡POR QUÉ NO TE CALLAS!

A veces lo que callamos es mucho más importante que lo que decimos. La palabra compromete menos que el silencio. Se puede escribir, se puede acotar y una vez dicha se expande como un globo aerostático y deja de ocupar hueco en el estómago.

Un eructo de palabra. De eso hablo. O de lo contrario presión abdominal, como una de esas digestiones que te obligan a desabrochar el botón del pantalón.

(El primero que habla, pierde. Pero el que se calla tiene muchas papeletas para un cólico con retortijones).

Ayer reprendí a Minichuki varias veces por hablar por hablar. Hablar al pedo, que diría un argentino. "Si das salida a las palabras sin filtro es inevitable que digas muchas tonterías, hija, y las tonterías abultan y tapan a lo que no lo son. ¿Te imaginas que me quedo sin saber eso tan importante que necesitabas contarme?"

Verborrea. Palabrería. Cháchara. Facundia.

Lo malo de ser tan selectivo en el discurso es que corres el riesgo de quedarte sin caudal. Los rellenos tienen su función. (El pavo sin ellos queda seco, correoso y te obliga a masticar más de la cuenta. De los rellenos del sujetador ni hablamos).

Bla,bla,bla.

No hay nada como que te limiten la palabra, los tiempos, el diálogo, para que te entren unas ganas insoportables de contar. Así que es probable que al amonestar a mi hija la esté convirtiendo en una parlanchina irremediable.

(Si me callo, reviento)
La caverna de Platón

Otras veces te sientas frente a alguien cinco, diez años después y notas que la conversación no se ha movido, y te da pena. Uno de los dos no ha evolucionado un ápice. Y te da pena. Hay personas con las que siempre repetimos los diálogos, como una función teatral bien engrasada que impide el vértigo de quedarse callado. Ese instante ingrávido en el que suena la corneta y cambia el tercio, el tiempo detenido. El toro preparado para embestir, la plaza conteniendo la respiración.

Hablo de la necesidad de hablar y de la decepción después de hablado. De por qué lo que a veces dirías, la línea recta inevitable, es un desfiladero bronco donde si caes te desnucas. Y te callas.

Las mejores conversaciones que imagino no se han producido todavía. Puede que por eso uno escriba. Usando como tinta la borra que dejó un diálogo mal rematado, con verdades a medias y un sabor amargo que retumba desde el fondo de la caverna abdominal.

Platón, juego de sombras como palabras que no dices, pero proyectas al fondo de una pared. O las escupes. Al pedo, demasiadas veces.










viernes, 13 de septiembre de 2013

LA PASIÓN DE CHOPIN

"Para mí tú eres la puerta al paraíso. Por ti renunciaría a la fama, la creatividad, a todo. Fidelina, Fidelina: te extraño intensa y aterradoramente. Tiemblo como si las hormigas corrieran de mi espinazo a mi cabeza. Cuando por fin llegues en tu diligencia me pegaré a ti de modo que en una semana serás incapaz de arrancarme de tu pequeño re bemol mayor, y al diablo con la  inspiración y las ideas. Dejemos que mi composición se pierda para siempre en la oscuridad". (Carta de Frederic Chopin a Delphine Potocka)

Siempre me ha asombrado la fuerza de la pasión que transpiran estas líneas de la correspondencia amorosa entre Chopin y Delphine. Y siempre pienso si ese torrente sería correspondido. Raras veces una pasión encuentra su reflejo exacto en el otro. "Te extraño intensa y aterradoramente".

Chopin al piano desgrana un Nocturno que es un arrebato, y Fidelia y el pequeño re bemol que es su sexo, la tecla regra entre dos blancas (aprendan los discípulos de esa vulgaridad las sombras de Grey, la decepción de lo explícito, el calentón sin poesía) recibe las cartas encendidas en las que el compositor le explica que debe elegir entre creatividad o entrega amorosa. Y lanza al aire la partitura y sale, blandiendo con fuerza su capa como espada, a recibirla una madrugada azul a esa estación, los dedos frenéticos sobre un teclado sin teclas que retumba al ritmo de esa respiración que se agita y corre por el empedrado de una ciudad aún dormida.

Escucho el Nocturno, desde luego, mientras pienso en cierto hombre cercano que acaba de renunciar a un plan largamente acariciado por amor. Su billete de avión, en la basura. Los muebles de su casa, ya cerrada, despojados de sus sábanas. Y él vacía la maleta y va llenando los cajones y su alma se diluye de certezas en la mayor. La vida sin red, el doble salto mortal. La pasión de Chopin y todas las incógnitas galopando en un carromato que trota en el pliegue curvo de una espalda, los dedos tensos y agitados, el motto vivace, molto apasionato.

(¿Y tú qué harías por amor?)
Chopin

Anoche hablé largo de Chopin con R. Y de dónde colocar el arrebato, y de si es lícito e inevitable poner filtros al sentimiento a partir de una edad. De si hay que aceptar las cartas marcadas que te tienden. De esas pequeñas decepciones que, sumadas, componen una sonata de escepticismo. De la pasión domesticada, del futuro sin futuro.

-Tú eres demasiado salvaje, suelta la partitura. Vuela con los dedos e improvisa como has hecho siempre.

Pobre Fidelia, incapaz de corresponder a la vehemencia de un genio. Lánguida, tal vez, objeto de deseo que no desea a la medida y atraviesa los caminos agitada por el traqueteo de las ruedas que son una sinfonía de desazón sin certezas. Que no se entregará, o puede que un poco sí, pero siempre contenida no sea que... Que le marca sus contornos, le avisa con la luz impertinente de un semáforo en ámbar y sabe que no estará a la altura salvo enredada entre esas sábanas que ayer cubrían muebles que se iban de viaje para no regresar. Pero regresan.

Leo a Chopin y decido que es más libre el que se deja llevar por la pasión de siete a nueve que el que la encierra en las corcheas para que no se alborote demasiado. Como una jaula de grillos que de noche no te dejan dormir con su lamento guitarrero. Y amanece lento, y se escucha un piano...

(La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar)


"P.D. Ayer perdí el tiempo sin hacer nada y no eché la carta, así que le añado un poco. Acabo de terminar un Preludio." (Carta de Frederic Chopin a Delphine Potocka)








miércoles, 11 de septiembre de 2013

LA DIADA DEL CORAZÓN

Tres fragmentos de conversaciones reales de ayer mismo:

1-Es mucho mejor ser de pueblo que de capital de provincias. La capital de provincias es asfixiante, prejuiciosa, limitada.
-Dónde va a parar...

2-Hay una leyenda urbana que dice que para hacer las paellas os traéis el agua de Valencia. ¿Es verdad?
-Bueno, no... pero el agua de Madrid es tan fina que cambia los tiempos de cocción.

3-¿Me darás tu opinión sobre la Diada, querido A.? (famoso presentador de TV)
-Es un tema muy delicado, casi que no...

El madrileño está desposeído, a priori, de todo sentimiento nacionalista que trascienda al cocido o al relaxing coffe. Si Valencia defiende su esencia en un arroz y Barcelona se echa a la calle dolida aún por el episodio del Estatut, a los de aquí nos faltan los motivos. Un argumento de defensa de lo nuestro que cale hasta los huesos y nos provea de cierto orgullo o ardor guerrero para echarnos a la Castellana.

Mi grupo de amigos de Asturias escribe en bable por wasap. Incluso los que viven en Canarias. Ayer me atreví a sugerirles que me buscaran un profesor para el próximo verano. El profesor Cabrales. Les  pareció una gran idea. Veinte wasaps después mi querido J. -el hombre que me ordenó un día que tirara "los putos macarrones" a la basura y fuera a cenar a su casa, y a quien desde entonces obedezco a ciegas- , tomó el toro ruralista por los cuernus:

-Buenu, ya os val, toy ta los güevus de tanto bable y de tantes chorraes, los habéis güelti tochos o qué! Cagü en mi agüela!!!

Imagino que poner palabras en una lengua propia a un sentimiento es como refugiarse en un lugar cálido y reconfortante. De ahí que los novios se llamen nombres en la intimidad que sonrojarían a cualquiera pero que tienen todo el sentido porque crean espacios cerrados a la mirada curiosa de los demás. Hay palabras que son iglús, y gestos muy íntimos que se hacen ante las cámaras de televisión y quedan desposeídos de toda la pasión o el sentimiento que los ordena.

¿Si exhibes, no sientes?. ¿O sientes sin delicadeza?. ¿O necesitas que un tercero certifique lo que sientes?.

Ayer caminaba por una acera estrecha y tuve que bordear con dificultades a una pareja de adolescentes sentada justo en medio. Él abrazaba a su chica por detrás y le acariciaba el pecho con toda naturalidad. No pude evitar pensar en mi hija y estuve a punto de decirles que por qué no buscaban un lugar más íntimo para quererse, pero me dio pudor. Iban a pensar que yo era una señora carca que me metía donde no la llamaban.

Ya en casa -mi patria, mi bandera- abracé a mis chukis y me di cuenta de que a cada una la llamo por tres o cuatro nombres distintos que no uso cuando salimos a la calle. Y que las tres tenemos frases sin sentido para el resto de la humanidad que empleamos cuando estamos juntas y solas. Nuestro refugio particular. Una fortaleza semántica frente a las tempestades que tiene su diccionario escrito con tinta invisible.

El nacionalismo del corazón. Ese que conviene defender porque es el único que no necesita salir a la calle un día al año ni cocerse con agua de Valencia. 

Para todo lo demás, el profesor Cabrales...





martes, 10 de septiembre de 2013

¿QUÉ ES LO MÁS RARO QUE LLEVAS EN TU BOLSO?

Las señoritas de Avignon
-Por fin mi hija va a cumplir su sueño de ser tatuadora.
-¿Pero no quería ser diseñadora de moda?
-Eso era lo que quería yo, pero ella prefería dibujar sobre la piel, ya veis.

Nos visita D. después de cinco años y nos pone al día de su vida. Su hija, a la que dejamos adolescente sísmica, saluda en una foto con melena enflequillada y los brazos cubiertos de tatuajes. La madre nos la muestra orgullosa.  Por fin ha encontrado su lugar en el mundo. L. y yo ponemos cara de circunstancias y luego nos da la risa nerviosa.

No creo que ningún padre ni madre sea especialmente feliz cuando un hijo le manifiesta su deseo de ganarse la vida con una pistola de tinta en locales underground o modernícolas. Pero D. suspira aliviada y me da qué pensar. ¿Las aspiraciones de nuestros hijos son libres, se las inducimos o son reactivas, una muestra de rebeldía contra lo que los padres les inoculamos?

Ayer hablábamos de eso las madres del cole de Minichuki y yo, con las que me encontré en el parque haciendo una excepción por ser el primer día de colegio (pisar la arena es un flashback siniestro a tantas horas de tedio y tobogán). Mi hija me había llamado, triunfal, para contarme que "este año, mami, me llevo genial con las niñas". Y ahí estaban todas, sentadas en un banco como señoritas chismosas y volanderas. La foto fija de las preadolescentes que son ya. Y Minichuki en medio, divertida y orgullosa, pero evidentemente impostada en ese cuadro tan costumbrista y femenino.

A una lado el balón yacía aburrido dentro de su malla. Me dio mucha pena.

"Mi hija aún no sabe qué quiere ser de mayor", dijo una de las madres. "Ya supongo, contesté, ¿sabías tú con once años lo que querías ser? ¿Y con 17? ¿lo sabías con 30?". Me miraron con cara de ya está la de los tacones contraviniendo el guión, y entonces convinimos que sólo los casos vocacionales te llevan a elegir con más o menos acierto. Lo demás es una lotería que deviene ruleta rusa y garantiza generaciones de gente descontenta con estudios y trabajos que no les excitan ni un poquito.

Pensé que la tatuadora quizás se acuesta feliz cada noche, no antes de limpiar cuidadosamente sus dedos de los restos de tinta. Y que entiende que lo suyo es un arte, y se aplica concentrada a labrar en piel ajena un deseo hecho alacrán, rosa o delfín. Y pensé que si a mi adolescente le da por el tatoo a mí me da un infarto, desde luego (y a su padre una apopelejía), pero que no querría verla dejarse las pestañas sobre un libro que la deja fría, con el único propósito de lograr eso que llaman "ganarse la vida".

A veces uno pierde su vida en el afán de ganarla (siento este ramalazo entre bíblico y new age). Los mayores de cuarenta tenemos biografía suficiente como para intuir los fracasos que llegaron de decisiones dictadas por los convencionalismos. Por ser lo que quería tu padre o eso que nunca pudo alcanzar tu madre. Las frustraciones se heredan, como la hemofilia o las canas prematuras. Y uno tiene suerte si consigue defenderse del fatalismo y ser quien soñó cuando tenía doce años, o veintidós, como la hija de D.

Ayer mi enana hizo las paces con lo que se esperaba de ella y me puse triste. Sabía que ella estaba deseando coger ese balón y pegar una patada al infinito. Pero es lista y decidió que en su primer día de cole iba a integrarse con las niñas, su grupo natural, así que yo me integré con las madres -¿mi grupo natural?- y pasé un rato divertido en el que les propuse un juego que era el balón en la bolsa, la patada y el gol: "¿Qué es lo más extraño que lleváis en vuestros bolsos?"

Y todas los abrieron y en el revuelo hubo risas y salieron rouges de labios, listas de la compra, anillas de lata de Coca Cola, gomas de borrar, gomas del pelo, galletas saladas y algún sobre de azúcar. Y éramos niñas o adolescentes tontorronas.
Y pensé que uno puede ser feliz incluso bajo la manta de una etiqueta equivocada. Siempre que sepa que es un juego, aunque a veces termine pillándose los dedos con la cremallera.







lunes, 9 de septiembre de 2013

"QUÉ GANAS DE CASARME PARA NO VOLVER A DORMIR SOLA"

La novia del mar
Anoche me despertó un torrente de palabras y cuando quise atraparlas se escaparon, veloces. Creo que los que dormimos mal montamos guardia para sorprender al intruso y hacerlo nuestro de madrugada. La vigilia es la noctilia de los cazadores de letras.

Otros encaran la noche que es la muerte como una mala pasada con solución ceremonial. El sábado, en la boda de mis queridos M. y A., la hermana de la novia leyó unas palabras en las que recordaba cómo, cuando eran pequeñas, A. tenía pavor a la oscuridad y le decía: "Qué ganas tengo de casarme para no volver a dormir sola".

(Voilá)

Toda la familia y los amigos llorábamos de emoción frente a una playa cantábrica que acunaba las palabras de O. con vaivenes de agua y sal. La lluvia se detuvo tras horas de caer, impertinente. Casarse así debe garantizar un amor eterno, pensé. Cuando vengan mal dadas vuelves al lugar exacto donde prometiste que no te escaparías, y respiras fuerte y corres salvaje por esos acantilados que quieren ser montañas. Y la pesadilla se habrá ido con la bruma.

Si te casas frente al mar, mi niña A., no hay temor ni escapatoria. No hay más allá que un horizonte gris, el infinito matemático de tu infancia. La ruta de Cavafis. Las manos de ese hombre que te quiere rodeando tu cintura: No te vas a caer, yo te recogeré.

(Qué ganas tengo de casarme para no volver a dormir sola, decía ella).  Y el genio de la lámpara le concedió el deseo.



Fin del cuento
 
Pero algunos duermen juntos y están solos, y se sobresaltan cuando tropiezan por azar con el pie derecho del que respira al lado.  Enterrar la intimidad en un cuadrilátero tan breve me parece temerario si hay heridas. Algunos van al colchón como a la guerra, y forcejean ansiosos y después se dan la espalda y es una imagen tan triste que se vuelve pesadilla, y al despertar el otro cuerpo sigue ahí, y no hay salida.

A veces el desamor vence por K.O. y huye a la habitación de al lado.

Puede, mi querida A., novia blanca, feliz y confiada, que el amor sea saberse acompañado aun sin compartir la cama. Estirarse en el colchón y notar una presencia que te calma justo cuando despertaste estremecida en medio de la noche. Y darse la vuelta, y volver a entregarse al sueño tibio.

Amar es no volver a dormir solo.  Tienes toda la razón, y aún no has cumplido 30 años.

(Y durmieron felices, y comieron perdices...)











sábado, 7 de septiembre de 2013

LO QUE TU CAMA DICE DE TI

Mi look de fiesta
Mi hotel sería el adecuado para la protagonista de "Sentido y Sensibilidad". Una cama ni grande ni pequeña con su colcha granate de algodón relavado, perfectamente estirada, cortinas de cretona en suaves tonos beis sobre visillos de ganchillo y cabecero de madera disuasorio para embates de pareja. Enfrente, un armarito ni grande ni pequeño de donde cuelga mi vestido largo de satén negro con su kimono y mis zapatos de tacón color sangre de paloma. Sólo me falta un ejemplar de la Biblia sobre la mesilla para sentirme la perfecta solterona en misión de boda. Una tía lejana a la que invitan con mucha antelación para que prepare su viaje desde, pongamos, San Petersburgo. En carromato, desde luego.

Hay hoteles para el desenfreno y hoteles para recogerse. Los hay que huelen a esos ambientadores dulzones y los hay que huelen a tubería en un día de lluvia. Algunos te invitan a quedarte para siempre entre las sábanas y en otros te pondrías a bailar like a Rolling Stone. Este, insisto, me lleva a la torre de la iglesia de Vetusta un día de lluvia, a la mirada trémula de don Fermín de Pas y a la lascivia donjuanesca de Álvaro Mesía.

Una habitación de hotel es el arranque perfecto para una novela costumbrista donde una mujer sola lee la Biblia con desganado interés mientras la contempla un vestido negro colgado en un armario. Las uñas, rojas, única concesión al desacato. La playa, a pocos metros, suelta espuma pulverizada a una orilla sin huellas de la que los turistas huyeron hace días.

La tía recién llegada de Rusia tras un azaroso viaje se pregunta dónde podrá montar su tocador portátil para empolvarse la nariz.  Y por qué cambian las calles y las tripas de un pueblo cuando el otoño se apodera de su alma. Esta Vetusta parece melancólica pero sacudida por unos estruendos de pólvora que recuerdan que son las fiestas patronales y que a la noche sacarán la Virgen a pasear para que las mujeres de colcha de cretona se hagan cruces y recen mientras critican a esas pelanduscas de uñas carmesí y hoteles con luminarias al crepúsculo.

A veces una se siente la síntesis improbable de Elinor Dashwood y Ana Ozores. El cruce de Jane Austen y Clarín en un día de fiesta donde dan ganas de quedarse encerrado en una habitación de hotel que huele a soledad y a colonia para señoritas limpias y sin pasado aparente.