sábado, 7 de septiembre de 2013

LO QUE TU CAMA DICE DE TI

Mi look de fiesta
Mi hotel sería el adecuado para la protagonista de "Sentido y Sensibilidad". Una cama ni grande ni pequeña con su colcha granate de algodón relavado, perfectamente estirada, cortinas de cretona en suaves tonos beis sobre visillos de ganchillo y cabecero de madera disuasorio para embates de pareja. Enfrente, un armarito ni grande ni pequeño de donde cuelga mi vestido largo de satén negro con su kimono y mis zapatos de tacón color sangre de paloma. Sólo me falta un ejemplar de la Biblia sobre la mesilla para sentirme la perfecta solterona en misión de boda. Una tía lejana a la que invitan con mucha antelación para que prepare su viaje desde, pongamos, San Petersburgo. En carromato, desde luego.

Hay hoteles para el desenfreno y hoteles para recogerse. Los hay que huelen a esos ambientadores dulzones y los hay que huelen a tubería en un día de lluvia. Algunos te invitan a quedarte para siempre entre las sábanas y en otros te pondrías a bailar like a Rolling Stone. Este, insisto, me lleva a la torre de la iglesia de Vetusta un día de lluvia, a la mirada trémula de don Fermín de Pas y a la lascivia donjuanesca de Álvaro Mesía.

Una habitación de hotel es el arranque perfecto para una novela costumbrista donde una mujer sola lee la Biblia con desganado interés mientras la contempla un vestido negro colgado en un armario. Las uñas, rojas, única concesión al desacato. La playa, a pocos metros, suelta espuma pulverizada a una orilla sin huellas de la que los turistas huyeron hace días.

La tía recién llegada de Rusia tras un azaroso viaje se pregunta dónde podrá montar su tocador portátil para empolvarse la nariz.  Y por qué cambian las calles y las tripas de un pueblo cuando el otoño se apodera de su alma. Esta Vetusta parece melancólica pero sacudida por unos estruendos de pólvora que recuerdan que son las fiestas patronales y que a la noche sacarán la Virgen a pasear para que las mujeres de colcha de cretona se hagan cruces y recen mientras critican a esas pelanduscas de uñas carmesí y hoteles con luminarias al crepúsculo.

A veces una se siente la síntesis improbable de Elinor Dashwood y Ana Ozores. El cruce de Jane Austen y Clarín en un día de fiesta donde dan ganas de quedarse encerrado en una habitación de hotel que huele a soledad y a colonia para señoritas limpias y sin pasado aparente.