sábado, 14 de septiembre de 2013

¡POR QUÉ NO TE CALLAS!

A veces lo que callamos es mucho más importante que lo que decimos. La palabra compromete menos que el silencio. Se puede escribir, se puede acotar y una vez dicha se expande como un globo aerostático y deja de ocupar hueco en el estómago.

Un eructo de palabra. De eso hablo. O de lo contrario presión abdominal, como una de esas digestiones que te obligan a desabrochar el botón del pantalón.

(El primero que habla, pierde. Pero el que se calla tiene muchas papeletas para un cólico con retortijones).

Ayer reprendí a Minichuki varias veces por hablar por hablar. Hablar al pedo, que diría un argentino. "Si das salida a las palabras sin filtro es inevitable que digas muchas tonterías, hija, y las tonterías abultan y tapan a lo que no lo son. ¿Te imaginas que me quedo sin saber eso tan importante que necesitabas contarme?"

Verborrea. Palabrería. Cháchara. Facundia.

Lo malo de ser tan selectivo en el discurso es que corres el riesgo de quedarte sin caudal. Los rellenos tienen su función. (El pavo sin ellos queda seco, correoso y te obliga a masticar más de la cuenta. De los rellenos del sujetador ni hablamos).

Bla,bla,bla.

No hay nada como que te limiten la palabra, los tiempos, el diálogo, para que te entren unas ganas insoportables de contar. Así que es probable que al amonestar a mi hija la esté convirtiendo en una parlanchina irremediable.

(Si me callo, reviento)
La caverna de Platón

Otras veces te sientas frente a alguien cinco, diez años después y notas que la conversación no se ha movido, y te da pena. Uno de los dos no ha evolucionado un ápice. Y te da pena. Hay personas con las que siempre repetimos los diálogos, como una función teatral bien engrasada que impide el vértigo de quedarse callado. Ese instante ingrávido en el que suena la corneta y cambia el tercio, el tiempo detenido. El toro preparado para embestir, la plaza conteniendo la respiración.

Hablo de la necesidad de hablar y de la decepción después de hablado. De por qué lo que a veces dirías, la línea recta inevitable, es un desfiladero bronco donde si caes te desnucas. Y te callas.

Las mejores conversaciones que imagino no se han producido todavía. Puede que por eso uno escriba. Usando como tinta la borra que dejó un diálogo mal rematado, con verdades a medias y un sabor amargo que retumba desde el fondo de la caverna abdominal.

Platón, juego de sombras como palabras que no dices, pero proyectas al fondo de una pared. O las escupes. Al pedo, demasiadas veces.