jueves, 31 de octubre de 2013

NO SÉ QUÉ ES SER NORMAL

Un buen personaje rara vez es una buena persona. Se me ocurre. A las personas más fascinantes raramente querrías tenerlas cerca mucho tiempo. No sea que te quemen, no sea que se apaguen. La cotidianidad destroza el asombro, y está bien que así sea. En un discurso tras un premio literario la autora del libro comenzó presentando a su protagonista  como "una persona muy normal". Mal empezamos.

No sé qué es ser muy normal. Si se trata de vulgaridad, vade retro. Todo el mundo posee su hecho diferencial, pero a veces no se nos muestra a la primera. Un buen personaje, se me ocurre, es aquel que no aparece desnudo sino cubierto de ambigüedades, contradicciones, y va evolucionando antes nuestras narices mostrando lo justo: un hombro aquí, un pliegue íntimo allá. Una buena persona muestra siempre sus credenciales en conflicto. Cae el velo. No es que a priori deba carecer de misterio, es que suele darnos las claves para interpretarlo cuando lo que se dirime es el territorio de su bondad, de su grandeza.

Hay personas que se enamoran de personajes. Se los llevan a su casa, les sirven un manjar en mantel de lino y luego los despojan excitados de la ropa. A menudo el despelote conduce a la decepción. El striptease es una maniobra peligrosa a partir de los treinta. Te acuestas con un personaje, te levantas con una mujer, con un hombre real y derrotado. Con los años uno entiende que mejora con ropa, con luz indirecta y con un discurso despojado de mentiras. También que no puede quitarse el sujetador delante de cualquiera.

El personaje, sin embargo, desafía la fuerza de la gravedad. Desafía la convención. Va tomando forma como un Frankenstein al que le otorgas la lascivia de aquel, la incontinencia verbal del otro, el temblor en las manos de un tercero, la trampa, la duda, el desconcierto. Es un ser abierto y en evolución, pero sometido a una ley imperiosa, la de la verosimilitud. Si dejas de creértelo, está muerto.

(¿Una persona en la que dejas de creer también está muerta?)

Hay autores que no se creen a sus personajes y alumbran cadáveres, novelas fallidas. El monstruo ha despertado y va por libre. Tan errático y carente de interés que no lo sigues, y abandonas y recoges distraído algún despojo de su cuerpo perdido en un barranco, en una línea o un párrafo inconexo.

A la (buena) persona errática conviene acompañarla, no sea que se caiga, no sea que se ahogue. La amas también porque se pierde. Y porque entiendes y perdonas así tu propia deriva inevitable. 

Al personaje mal parido se le juzga y lapida. Pobre víctima de autor mediocre e insensato. Abucheo general, abandono del palco. El olvido.

Aborto personajes espontáneos y los meto en frascos con formol, por si algún día. Y con las personas ya lo aprendí. Las fascinantes tóxicas, bien lejos. Las buenas son aquellas ante las que te vas quitando ropa sin preocuparte de si el escorzo desnudo mostrará tus heridas, tu piel ya no tan tersa. Tus miedos, tus vilezas. Tu ruido y tu alegría.

(Para la imaginación, invoco personajes. Seres disfuncionales. Malos bichos con coartada. Trileros embozados de palabras. Monstruos, superhéroes, damiselas)





miércoles, 30 de octubre de 2013

LA AMANTE DEL CAPITÁN SCHETTINO

Costa Concordia
"Cuando eres la amante no te piden el billete". Memorable la frase de Domnica Cemortan, la querida moldava del capitán Schettino, el cobarde del Costa Concordia, en su declaración ante el juez.

Las amantes se cuelan por la puerta de atrás. Gratis, pero humilladas. Sin los honores ni las salvas de partida. Ella le ha dicho al juez que tiene un hijo y que si ocultó su relación con  Schettino fue para proteger a su familia del escándalo. Lo más escandaloso de todo no es ser amante, sino acostarse con un gallina tonto que se pavonea de su poderío poniendo en peligro un barco con una maniobra tan absurda como peligrosa.

Y un poco antes se ha follado a la rubia. Y eso tal vez le da alas. Y grita una orden extravagante en el puesto de mando. ¡Saludemos a esa isla, andiamo!

G-7. Tocado

A la pregunta de ¿qué es lo último que hizo antes del naufragio en el que perdieron la vida 33 personas, señorita?, la pobre tendrá que reconocer que poner sus manos, su cuerpo y su destino a disposición de un hombre que decía que la amaba. Pobre Domnica.
Domnica Cemortan

La moldava no ignora que ha pagado el billete más caro de la travesía. La culpa sobrevenida. ¿Pudo ser que Schettino hiciera el acercamiento suicida a la isla para presumir ante su chica de su poder al timón? ¿Es verosímil imaginarlos a ambos apostando a que todos esos idiotas de cubierta, esas familias que pasaban sus vacaciones en el mar, ni se iban a enterar de la jugada?

G-8. Tocado.

Siento fascinación por las amantes. Las miserias revestidas de seda salvaje. El sexo furtivo, el abandono público. La arrogancia de ser elegida para una operación de riesgo. La excitación. La tristeza. ¿Tenía Domnica un camarote propio o se ocultaba en el del capitán, esperando su llegada para un polvo rápido mientras leía una revista en un mohín lánguido? ¿Soñaba con que Schiettino lo dejara todo por ella? ¿Iba ella a entregarse a ese hombre arrogante y vestido de general de los ejércitos? ¿Fantaseaba con ser la  Josefina de Napoleón, la Dalila de Sansón?

Imagino ese instante de confusión y ruido, la mole del barco que empieza a escorarse a estribor. Gritos por los pasillos, el pánico y el caos. Dónde está mi hombre, qué ha pasado. Las mujeres y los niños, primero. ¿Y las amantes? ¿Qué pasa con las amantes sin billete?

“Hoy muero por segunda vez", ha declarado. En realidad murió tres veces. La primera, en el naufragio. La segunda esa misma noche, cuando el héroe que la besaba se convirtió en un sapo pegajoso y ella lamentó haber entregado su destino por un billete gratis al infierno. La tercera, desvelando su secreto ante el juez. Ante el mundo.

Pobre Domnica Cemortan. Sola entre el clamor de las víctimas. No ha vuelto a hablar con él, ¿a quién le extraña?

Cuando eres la amante no te piden el billete. Cierto, querida. Te piden mucho más que eso.

G-9. Hundido.





martes, 29 de octubre de 2013

SI TE ESPÍAN LOS MAILS O TUS WASAPS

Obama me ha pinchado el teléfono, estoy segura, y se ha enterado de secretos  de trascendencia mundial. A estas horas y sabe que mi madre perdió el bote para la muestra de orina de sus análisis y que me mandó un wasap la otra noche por si me sobraba uno.

-Pues no suelo guardar botes de esos, verás, pero si quieres uno de mermelada o el de la salsa del pollo asado te lo lavo con Fairy y a correr...

Puede que el presidente sospeche que "bote" y "mermelada" son palabras claves, fruto de una endiablada encriptación de intenciones, y lo mismo tiene a dos o tres espías estudiando posibles interpretaciones  y con eso mantiene una tasa de empleo nacional que ya querría pillarla Rajoy para sí.

Espiar es muy feo, pero entiendo a Obama porque todos hemos sentido la tentación del fisgón. Leer el diario de tu hermana, mirar tras una cerradura, cotillear los mails de un novio que te la está pegando, estás segura, o escuchar conversaciones de teléfono. Lo más interesante de la vida sucede a oscuras, cabría pensar. En ese territorio negro donde eres sin temor a ser juzgado. Las imposturas abajo. La desmesura, el sentimiento liberado de la dictadura del recato.

(La buena reputación es conveniente dejarla caer a los pies de la cama. Hoy tienes una ocasión de demostrar que eres una mujer además de una dama).


Pero si impones cautelas en esos territorios de intimidad radical, dejas de ser tú. Empiezas a editar esos mails apasionados y eliminas términos ambiguos o fruto del arrebato. Y te conviertes en un administrativo muy eficiente que desposee de toda pasión sus intenciones. Y la ausencia de pasión es la muerte. No conozco a nadie desapasionado que sea mínimanente interesante o merezca los desvelos de una chica. Como tampoco conozco conversaciones de enamorados que pasen las normas ISO del cortejo sin sonrojos. Nadie ama según un guión de película de Bogart. Somos torpes, inconexos o, mucho peor, cursis.

(Y el fisgón que fisga a un cursi tiene tres años de condena).

Así que una cosa te digo, admirado Obama, líder del mundo libre (esa sí que es una ironía encriptada). Si tienes previsto espiar a alguien más interesante que Merkel o Rajoy, háznoslo saber porque mis amigos y yo queremos estar preparados. Ensayaremos conversaciones irreverentes con su charme. Haremos declaraciones de amor tan subidas de tono que tus espías te las servirán con pitidos o con palabras clave despistantes.  "Te voy a hacer un Afganistán que va a arder Siria, mon amour".  Nos verás rugir de placer mientras imaginas un despliegue de tanques en alguna frontera. "¿No me vas a meter un dron esta noche, cariño? ¿y un sarín de esos tan sexys que guardas en el arsenal de tu lujuria?"

Guerra a la prosa con sordina. Espiemos a lo grande, seamos sorprendidos en debacles que incendien las redes. Editemos los formularios, no los versos del corazón. Volvamos locos a esos tipos que se ganan la vida interceptando las peores intenciones. Y no leamos los mails ajenos ni esos wasaps que rompen las parejas. A veces uno no es lo que escribe arrebatado, sino el poso que le queda cuando recibe una respuesta fría como el acero.




lunes, 28 de octubre de 2013

EL MEJOR CUADRO DE SOROLLA

La Madre. Sorolla
Ayer el Museo Sorolla parecía una residencia de la tercera edad. Ese palacete que el artista levantino rindió al estilo andaluz de La Alhambra estaba lleno de señoras de más de setenta que arrastraban sus cuerpos por las estancias magníficas de una casa que fue y sigue conservando ecos de una familia aparentemente feliz.

No voy a volver a Tolstoi, pero diría que Sorolla amaba profundamente a su familia y que eran felices. Que sentía devoción por su mujer, Clotilde, protagonista absoluta de tantos cuadros. Por  sus tres hijos, Joaquín, Elena y María. Y debilidad por el  primogénito, que entonces, a finales del siglo XIX, contaba con privilegios de estatus que hoy se han perdido. Los techos altos de la casa que fue las afueras de Madrid hace no tanto recogían el eco de la voz de una guía bajita, andrógina y de dicción extraña que explicaba con pasión la historia del pintor que atrapó la luz levantina y el movimiento de los cuerpos agitados por la brisa del mar. El sol y la sal. Esas mujeres bajo las sombrillas, el niño que sale del agua con un caballo o los hombres que faenan son magníficos y producen una extraña sensación de familiaridad colgados en las paredes del hogar que acogió al pintor y a los suyos.

De todos los cuadros, mi favorito se titula La Madre. Muestra una cama blanca con dos cabezas; la de un bebé recién nacido y la de la mujer que acaba de dar a luz. Esa intimidad bestial que sigue al dolor del parto. Dos bultos desfallecidos que acaban de dejar de ser uno y se reparten el breve espacio de un lecho vestido con el calor de una colcha blanca sobre el frufrú de unas sábanas de lino. La distancia precisa para recuperar la identidad. El silencio y cierta neblina que envuelve y levanta un muro denso entre ellos y el que mira. E impone un respeto reverencial, no sea que el bebé despierte y llore. No sea que interrumpas el descanso breve de una madre cuyo cuerpo se acaba de partir por la mitad.

El mejor cuadro siempre es aquel que te deja clavado delante, haciéndote preguntas. Seguro que los expertos en arte tienen sus propios argumentos y elegirían otros de entre las decenas que cuelgan en este mausoleo nada macabro que ayer olía a aligustre recién bañado por la lluvia.

Hoy Minichuki irá al colegio chuleándose de su visita al museo y contando cómo entabló conversación con la guía,  venciendo cierta timidez, y cómo le explicó que la biznieta de Sorolla había ido a su clase hace pocos días a hablarles del pintor, y que por eso estábamos allí. Y cómo muchos de los de la tercera edad sonreían ante esa enana en chándal y uniforme del Real Madrid que se pasó un buen rato buscando su cuadro favorito: "Uno que se inspira en Las Meninas, que no lo encuentro", explicaba a la guía.

-Sala 1, búscalo allí, guapa. Se llama "Los hijos". Y la biznieta que fue a tu cole era Fabiola, ¿verdad? Es una mujer encantadora. Y creo que sus antepasados, esos que has visto por aquí, también lo eran.

Todas las casas de familias felices se parecen, querido Tolstoi. Tienen algo optimista que trasciende las paredes. Una luz de mañana con espuma de playa levantina. El sonido de las fuentes. Y toda la fuerza del color, el optimismo que aún guardan los ecos de ese museo de Sorolla al que volveremos muy pronto y en silencio, para no perturbar el sueño de  esa madre y de su hijo.














domingo, 27 de octubre de 2013

MATERIAL DE DERRIBO

Totum revolutum
Asegura Siri Hustvedt en su último libro "Vivir, pensar, mirar"  (Anagrama) que "robar de la propia memoria para escribir un relato de ficción puede tener un efecto peculiar en el propio recuerdo", y cita a Nabokov, que en su libro "Habla, memoria", escribe: "He notado a menudo que después de haberle prestado a uno de los personajes de mis novelas algún apreciado elemento de mi pasado, este elemento acababa languideciendo en el mundo artificial donde con tanta brusquedad lo había situado".

Puede que escribir sobre uno o aprovechando elementos personales -en adelante "material de derribo"- sea el recurso de los mediocres, y ahí me incluyo. Pocos relatos que emprendo carecen de referencias reales. La imaginación radical engendra monstruos si no eres un virtuoso de las letras, me temo. Pero contar sin talento un hecho arrancado de tus tripas es como contar mal un chiste ante un auditorio que escucha con suma atención. Te compromete mucho más que hilvanar un relato fantástico sin aparentes referencias a tu pasado o al de tus amigos. Toda la épica que alumbró ese momento queda pulverizada en un mal relato. Pólvora mojada. El peligro de usarte como conejo de indias en el laboratorio de lo que escribes es el extrañamiento que precede a la decepción. Puedes no ser en absoluto interesante. De hecho, no lo eres. De ahí al diván podría haber un paso.

Pero vivir es mirar, querida Siri, estoy de acuerdo. Siri, mujer de belleza magnética irremediable e injustamente condenada a unir su destino de escritora al de su marido, Paul Auster, en las crónicas de suplemento cultural. Tan talentosos ambos, tan atractivos, tan cool. Una pareja de éxito que a veces lanza libros a la la vez y espera jugando al ajedrez el veredicto de su público. Imagino qué pasaría si los dos escogieran un episodio de su vida común para llevarlo a sendas novelas, para regocijo y/o escándalo de la crítica. Aunque en nada se parecerían, porque uno es lo que mira, y ahí no hay filiaciones matrimoniales que valgan.
Siri Hustvedt

El punto de vista. Esa es la cuestión. Cinco hermanos recuerdan un episodio de su infancia durante un fin de semana en el chalet familiar. El día que llegó a casa la primera televisión en color, por ejemplo. El día que su padre ya no volvió a casa. El relato constaría de las voces en estilo directo de cada uno de los hermanos. Los detalles, las descripciones y, por supuesto, los sentimientos, serían absolutamente dispares. El escritor es ese tipo que oye voces en su cabeza y escoge una de entre tantas posibles. Y esa apuesta decide su destino. 

Hoy podría, por ejemplo,  escribir un relato titulado "La hora extra" con los testimonios de varias personas que relatan cómo es un día con una franja más en el reloj. Qué pensamientos extraordinarios les asaltaron. A quién llamaron para quemar cinco o diez minutos. ¿Arreglaron la barra de la cortina que se cae y da pereza? ¿Hicieron la lista de la compra? ¿En lugar de ducha fue baño con aceite de bergamota? ¿Comieron una vez más, hicieron el amor, arrancaron una novela?

Todo el material que uno mira, siente o imagina puede ser literatura. Incluso los escombros. Escribir es volver al lugar, al momento, revivirlo/reimaginarlo  y comprobar cómo languidece. Y Nabokov es un tipo muy listo, tan sagaz que ya mismo me apunto que debo leer sus memorias antes de que me asalte la tentación de escribir las mías. Tal falsas como un recuerdo postergado. Como Siri Hustvedt, pero sin su marido de diseño ni  esa mirada inteligente y azul con la que me desafía desde la cubierta de un libro que iré leyendo a trompicones. Material de derribo una vez que caiga el velo del The End y dé paso al siguiente, escorado en mi mesilla, en mi memoria...






sábado, 26 de octubre de 2013

DE CUERNOS Y DECEPCIONES

Sostiene mi amigo J. que el oficio que nos une está dejando de ser tal como lo habíamos conocido. Le digo que como antídoto a la decepción busco literatura en cualquier texto como esos buscadores de pepitas de oro deambulan con sus tamices por el lecho de un río salvaje. Bebemos cerveza, hablamos de otras decepciones comunes y volvemos a beber por la amistad y por los tiempos revueltos. Un amigo es un asidero sólido en un tsunami de incertidumbre una tarde de octubre con vocación de noviembre. Y en este caso el asidero es grande como un cachalote y se derrama en un abrazo largo, cálido y generoso.

Por la noche las chukis y yo vemos una de George Clooney bastante mediocre. "Los descendientes". Un hombre que vela a su mujer en coma tras un accidente se enfrenta a la adolescencia de alcohol y drogas de una de sus hijas y al paso de la infancia mágica a la pubertad de la otra. Tres mujeres en situaciones fronterizas lo ponen a prueba, y tendrá que mover ficha cuando descubra que su esposa le estaba siendo infiel y pensaba abandonarlo justo cuando tuvo el accidente. Desde ese momento Clooney, las niñas y el noviete tontorrón y marginal  de la mayor emprenden viaje con el absurdo propósito de que el amante pueda despedirse de la mujer en coma, a la que van a desenchufar.

Los Descendientes
Estudio las posibles lecturas/moraleja de la película: 1.Si pones los cuernos, te desenchufan y te sacan fea, con la boca abierta y la babilla en varios planos secuencia. 2. Hasta el hombre más sexy puede parecer un pringado con ayuda de un peluquero, una camisa fea y unos cuernos enormes. 3. Si un amigo sabe que te están poniendo los cuernos y no te avisa es un capullo con pintas. 4. Las decepciones pueden superarse o incorporarse a tu paisaje, con leves modificaciones acá o allá. Ambas opciones son maduras. (Y necesarias, me temo). 5. ¿Si tu adolescente te sorprende con un noviete marginal debes rechazarlo de plano o fingir que lo aceptas y esperar a que él solito se ponga la soga al cuello?.

Creo que mis hijas han aprendido bastante de la vida por una noche, aunque Minichuki respira fuerte sobre la alfombra, vencida por el sueño y por tanto frenesí adúltero claramente inadecuado para su mundo perfecto de patadas al balón. A mi adolescente, mucho más estructurada que la de la película,  le hago ver la excelente calidad de la banda sonora original , temas hawaianos que me distraen de la trama con su magnetismo aborigen. "Sí, ya, mami, sí...".

Vuelvo al taller sobre adolescentes al que asistí el otro día en mi afán de superar el examen de madre con dudas sobre su idoneidad como tal. Me quedo entre toda la paja irrelevante y naif con un ejercicio clave: Clasificar las normas que imponemos a nuestros hijos en fundamentales, importantes y accesorias. Descubro que para mí casi todo es fundamental y eso me convierte en madre disfuncional. En caldo de decepciones. Me acuesto pensando en las últimas decepciones de mi día. Casi vencida por el sueño trato de hacer una lista más indulgente que deje hueco al fallo y suavice las aristas. Lo último que veo es a George Clooney corriendo despavorido por una vereda. Rabioso, decepcionado. Justo antes de emprender el viaje hacia el perdón tras pasar por todas las estaciones intermedias inevitables. Esa road movie tan familiar y cotidiana, en el fondo.











jueves, 24 de octubre de 2013

¿CON CUÁNTOS TE IRÍAS A LA CAMA?

Ayer participé en un debate de alcance planetario bastante provocador: ¿Con qué personas te irías a la cama?

No iba de sexo la cosa, sino de compartir el colchón con tu pareja, tus hijos, tus hermanos o habitación con un semidesconocido por circunstancias fortuitas. Un hotel sin habitaciones en un viaje de trabajo, por ejemplo.

-Yo no duermo ni con mi marido, dijo L.
-Pues yo compartí habitación con mi hermana una semana y casi acabamos mal...Lo de apagar las luces, la visión de ella en  pijama de franela con un "I love New York" naif que parecía más propio de mi hija... Un horror, relató S.

Confesé que a mí compartir colchón a menudo me lleva derechita al insomnio, pero que me dio mucha pena el día en que mi hija mayor dejó de suplicarme dormir conmigo el fin de semana. Y la enana está al caer, así que de vez en cuando le permito colarse en mi cama y acribillarme los riñones con sus piernecitas inquietas, y me doy el gustazo de pasar la noche en vela acariciándole el pelo y escuchando su respiración tibia y tranquila.

Otra cosa es lo de prestar tu cama. En mi caso recuerdo habérsela cedido a mis suegros una o dos veces cuando tenía suegros, y recuerdo la poca gracia que me hacía y cómo mascullaba camino del cuarto de invitados. Ser invitada en tu propia casa es una extrañeza poco tolerable. Mi cama, mi reino, debía pensar parafraseando a Ricardo III pero al revés y él con un caballo.

Ayer, durante una comida con B., una amiga editora, me habló de una novela protagonizada por una mujer que decide un día instalarse a vivir en su cama. Yo enseguida pensé que no me importaría nada pasar un par de días entre las sábanas, y alternar lecturas, amor, sueño y una tanda de películas de cine clásico. Pero dado que soy incapaz de permanecer acostada más allá de la somnoliencia, el reto se me antoja una fantasía propia de mujer con sueño escaso.

Tu cama, tu sarcófago. Las charlas con tu hermana en la adolescencia, luz apagada y vaso de agua en la mesilla. Esa vez que encerraste a  I. en aquellas camas abatibles de los setenta, y el pobre gritaba como un bicho con la cabeza boca abajo. La cama compartida con tus amigas de la universidad en aquel viaje en el que alguien calculó mal y te viste con otras dos, de perfil en noventa centímetros claramente insuficientes. La cama que crujía en un hotel parisino de Pigalle, con el cabecero más bajo que los pies y el temblor cada vez que pasaba el Metro justo por debajo. La cama king size perfecta para el amor y la tregua, las flores que él te deja en la mesilla.

Uno es su cama y sus contornos. Los tapones para los oídos, la radio encendida hasta que la voz del locutor es un poema susurrante. Dos libros como dos amantes que alternas, casquivana. Una crema, dos cremas, la promesa de un cutis perfecto que no es ni será (tris, tras). Melatonina, Dormidina, Atarax, Vitamina B-12 (??)... Una vela perfumada. El reloj. El móvil. El ordenador, almohadas para todas las posturas. Ventana abierta, siempre abierta. Persiana sin bajar del todo, como guillotina que no ejecuta y permite ventilar las pesadillas. Las puertas del armario bien cerradas. Las zapatillas perdidas al sur de tus pies. El café. Café en la cama. Ese placer.

Uno es lo que experimenta el día de cambio de sábanas. Ese gozo intenso y blanco que cruje y huele a limpio y augura una noche feliz que termina con la cama revuelta. Y eres tú y lo que te pasó mientras dormías. Esa incógnita.








miércoles, 23 de octubre de 2013

YO ESCOTAZO, TÚ CINTURA

Ayer di mi primera y última clase de spinning.

En realidad no tenía ninguna intención de subirme a una bicicleta rodeada de congéneres para pedalear al ritmo de una música ratonera bajo la dirección de un profesor desganado y con pinta de darle a la halterofilia o al lanzamiento de martillo, pero las cintas de correr estaban ocupadas y lo interpreté como una señal del destino.

Era mi primer día en mi nuevo gimnasio. Uno de esos sólo para mujeres que presumen de secesionismo de género. A mí que sea femenino no me parece un gran plus. El vestuario está a tope, algunas se demoran en la ducha más de la cuenta y si estás gorda y ellas no, te miran con menosprecio (no es el caso, víboras). Pero me apunté siguiendo tres criterios definitivos: que estuviera cerca del trabajo, que estuviera cerca de el Retiro y que fuera barato, dado que mi plan es utilizar sólo lo que para mí es el aparato estrella: la ducha.

Pero ayer llovía, no había cinta de correr disponible y sí una bici solitaria que me llamaba a gritos. Y me uní a esas treinta mujeres que ya se conocían y parloteaban frente a un espejo que me devolvía la pálida imagen de un escote blanquecino en contraste con el moreno Palm Beach de mi vecina de la izquierda. Una treintañera turgente y despreocupada que pedaleaba al son del monitor sin sudar una gota, mientras que yo apenas podía aguantar treinta segundos levantada, sentada, levantada, la música de discoteca bakala de Valencia y una cascada precipitándose por mis sienes que no podía sofocar con la toalla que no había llevado.

El desganado monitor mascullaba órdenes que yo no escuchaba, pero al parecer las otras sí. Mi bicicleta debía ser la que siempre se queda vacía porque la palanquita de cambio de intensidad funciona mal, de modo que cuando interpretaba por los gestos que había que accionarla pasaba de golpe de un llano a un puerto de montaña, se me salía el páncreas por la boca y el pecho por el escote (a un gimnasio de chicas vas o bien alicatada de marcas deportivas rosas y grises a conjunto o con tus camisetas descatalogadas pero cómodas, ése era mi caso).

Me castigó dios por no ir conjuntada, y no será por falta de looks en mi armario. Desde que corro siento una predisposición natural a pasearme por la planta de deportes de El Corte Inglés, esa que antes visitaba tanto como la de caza y pesca. Ahora me molan las zapatillas, las sudaderas y esas mallas que te devuelven las curvas que no tienes.

Lo de las curvas es muy importante cuando eres mujer y has asumido que jamás lucirás un talle de avispa. La otra noche, en una fiesta literaria, conocí a una coetánea en el photocall por la que sentí inmediata simpatía: Tras alabar yo sus espectaculares pantalones de lentejuelas, ella respondió: "Se me están cayendo, como no tengo cintura...". ¡¡¡Yo tampoco!!!, exclamé con esa alegría espontánea propia del físico nuclear que se encuentra a un colega en la ceremonia de los Oscar o en un concurso canino. Lo siguiente fue que ella me invitó a un gin tonic en la barra del bar del hotel. Cerca de nosotras se pavoneaban el reportero más cursi del Telediario y el marido de una famosa presentadora de televisión , dos macizos con esa mirada desafiante de "estoy bueno y tú lo sabes". Pero mi nueva más mejor amiga y yo no les dirigimos ni media mirada, entusiasmadas ambas con la coincidencia de nuestras cinturas, hermanadas en el gin tonic Bombay y la literatura, y muy dispuestas a escuchar los chismes sesudos que se ventilaban a nuestro alrededor.

-Esa pareja es liberal, ya sabes...
-¿Que son swingers?
-Sí...ella se acaba de subir a la habitación y él se ha juntado con el cursi para cazar en pareja. Míralos.

Dos mujeres sin cintura pero con unos looks muy competitivos dirimían el próximo movimiento de dos depredadores en celo, subidas en tacones de andamio y sin espejos de luz mortecina ni música insoportable de fondo. Pensé que ese era mi gimnasio natural. Mi spinning definitivo. Y que al otro iré en calidad de outsider, con las camisetas que me dé la gana (zarrapastrosas, si procede) y sin hablar con esas chicas de Palm Beach porque pertenecen a la cofradía del talle fino y yo a la del escotazo. Y eso nos hace irreconciliables. Seres de dos planetas que no se cruzan en el firmamento, pero se observan desde lejos con esa secular desconfianza de género.





martes, 22 de octubre de 2013

CUANDO EL NIÑO MUERDE AL PERRO

Los malos tienen mucha suerte de que se les apliquen las mismas leyes que a los buenos. Los buenos no lo serían si permitieran un trato distinto para los malos.

No se me ocurre una mejor manera de explicar a las chukis lo de la doctrina Parot. La Justicia es para todos, como el café o las nubes que amenazan hoy el cielo. A mis hijas que un matón salga antes de la cárcel en estricta aplicación del espíritu de la ley les parece una paradoja difícil de digerir. Un sinsentido de los adultos. Uno más.

Tampoco entienden, desde luego,  que un abogado defienda a un asesino, a un violador, a un extorsionador -"Si saben que lo ha hecho, ¿cómo pueden defenderlo?"- O que un padre no se tome la justicia por su mano y se cargue a quien hirió a su hijo, a su mujer, tras volverse loco de dolor.

"La civilización nos ha permitido crear seguros contra la barbarie", les explico. Y está bien que sea así, aunque nos deje estremecidos ante la salida a la calle de un grupo de chacales indeseables. A veces el bien común exige la inmolación de unos cuantos. Y debe ser así.

Las vísceras contra la razón. Hacerse mayor debería ser canalizar los impulsos de las primeras por la senda de la segunda, pero no es tan fácil. Las víctimas de ETA que ayer lloraban por la Injusticia de la Justicia no podían dejar de escuchar el clamor ensordecedor de sus tripas. Luego, en la radio, unos señores muy reposados, muy cerebrales, explicaban por qué la decisión del Tribunal de Estrasburgo era la correcta conforme a derecho. Y todo sonaba convincente y razonable.

Pero no hay nada más razonable que un niño de once años.

-Han echado a V. de su trabajo.
-¿Por qué, mamá?
-Por la crisis, hija, para ahorrar dinero.
-Entonces es que ganaba muchísimo, ¿verdad?

Solemos creer los padres tontamente que las preguntas más comprometidas de nuestros hijos tienen que ver con el sexo, pero son mucho más sonrojantes las que apuntan hacia los desatinos más cotidianos, esos que se producen vestidos y no en un cuarto con las cortinas corridas.  Las paradojas, las incongruencias, -ahora me doy cuenta- son muy difíciles de explicar, de justificar, y alguien debería entrenarnos para tener preparada la respuesta correcta.

-Mamá, ¿por qué en el Telediario salen todo el rato padres que matan y maltratan a sus hijos?, preguntó ayer mi hija mayor tras deglutir juntas una noticia de padres que habían matado a su hijo, otra de una pareja de gitanos que hacía pasar por hija a una niña que no lo era -"el ángel rubio"- y la pieza diaria del siniestro caso de Asunta, la niña china muerta a la que los padres daban narcóticos.

"Es que los malos son más sexys como noticia, hija. En la universidad solían decirnos que el que un perro muerda a un niño no es noticia, pero sí lo es que el niño muerda al perro".

Luego, al acostarme, me invadió ese abatimiento provocado por la visión de jaurías de niños que muerden perros. De perros que salen a la calle con ansias de sangre dispuestos a avivar los jugos ponzoñosos de nuestras vísceras.

La ley es para todos. Así debe ser. Pero a veces cuesta digerirlo y te condena a un sueño plagado de sombras y dentelladas de chacal rabioso. Y entonces bebes de un trago un Alka Seltzer y das gracias al cielo por eso que llamamos civilización. Un bálsamo contra la violencia que a veces te hace matar y otras morir.




lunes, 21 de octubre de 2013

CITA CON TELEMACO Y LOS MACCHIAIOLI

La Sirga, Telemaco Signorini (parte 1)
Creo que el paisaje es un estado de ánimo, que el lunes es mejor que el martes y que los que más te quieren son los más capaces de truncar un domingo perfecto con dos leves toques de billar francés. Uno se forja una estructura presuntamente sólida que, como todas, tiene su punto débil, ese que la desploma sin apenas esfuerzo. La buena noticia es que está bien que sea así porque funciona como antídoto contra la arrogancia. La mala es que tanto esfuerzo para que te tiren tu torre de hormigón como si fuera de naipes manda güevos.

Lo del paisaje tiene que ver con la exposición MACCHIAIOLI. Realismo impresionista en Italia, una magnífica muestra de la Fundacion Mapfre que vi ayer con D. y que me dejó perpleja delante de un Telemaco Signorini titulado La Sirga. Y, después, de un Giovanni Fattori, de un Silvestro Lega, de un Giuseppe Abbati o de un Giovanni Boldini. ¿Cómo es posible que esta escuela de pintores italianos conocidos como "los manchistas", nacionalistas del Risurgimento, precursores del impresionismo, no se estudie en el colegio? ¿Cómo he podido llegar hasta aquí ignorando la existencia de estos virtuosos capaces de aunar paisaje y espíritu en unos cuadros apaisados tan magnéticos que impedían distraerte de los (demasiados) señores y señoras que se arremolinaban alrededor?

Y, aún peor, ¿cuánta ignorancia me está impidiendo disfrutar de espectáculos tan puros, tan inspiradores, tan necesarios?
La Sirga, parte 2

Esos que deciden los contenidos que se estudian en la infancia y adolescencia parecen limitarse a perpetuar lo que decidieron las generaciones anteriores. Entiendo que Miguel Angel, Velázquez o Rembrandt son imprescindibles, incuestionables, pero no que la historia del arte se explique siempre con los mismos nombres, o sin su imprescindible contexto histórico, político, económico, intelectual. Uno pinta o escribe en un momento donde suceden conflictos, por ejemplo, sofocado por una atmósfera irrepetible que le lleva a plasmar unas figuras que tiran con esfuerzo y una plasticidad asombrosa de una cuerda mientras, unos metros más allá un caballero con sombrero, levita y una niña parecen trasplantados y detienen el tiempo, la cuerda, el esfuerzo. Y son paisaje. Y cuestionan al vouyeur. Y le muestran sus lagunas, que son muchas.

Acudo a menudo a la Fundación Mapfre como a esos otros templos que te muestran revelaciones estéticas absolutamente transformadoras. Me parece que ya solo por eso vivir en Madrid es un privilegio a pesar de los desmanes de su ayuntamiento y de la obscena ignorancia de quien lo lidera. No tengo el gusto de conocer al gestor de esta Fundación, pero me descubro ante su selección de exposiciones porque me han hecho más y mejor desde que entro por ese palacete y viajo en el tiempo y en el espacio a través de piezas escogidas y siempre bien iluminadas (esto no sucede a menudo, aquí y en la Fundación March, otra de mis favoritas, sí) que invitan a la contemplación en trance y al recogimiento.

Y a que pienses: Telemaco, ¿cómo he podido llegar hasta aquí sin conocerte? Y a que te consueles con ese "nunca es tarde" tan socorrido. Y a que empieces la semana con la sensación de que la que murió ayer mereció la pena. Y que una pataleta adolescente no es para tanto, aunque exige justo lo contrario que los cuadros: dejar de mirarla para que se pose y, ya sin ruidos y sin furia, desactive esa carga mortífera que te hizo una herida en el andamio. Apenas un rasguño...




domingo, 20 de octubre de 2013

LEER O ENAMORARSE

LIbros, Instalación de Alicia Martín
Ayer Muñoz Molina hablaba en su columna de Babelia de su hallazgo de Thomas Berndhart. Durante veinticinco años y a lo largo de varias mudanzas había arrastrado cuatro volúmenes del diario del escritor alemán sin decidirse a leerlos. Hasta que un día empezó con el primero y ya no pudo parar, fascinado por la profundidad de un autor que también está entre los favoritos de Javier Marías. 

A mí Berdhardt me lo descubrió Héctor Abad Faciolince, ya lo he contado. Cada vez que nos vemos y cenamos y bebemos un vino y otro, salgo de la cita con una página arrancada de su Moleskine donde garabatea tres o cuatro recomendaciones. Yo a cambio le regalo palabras del castelllano que en Colombia no se conocen. Un intercambio desigual, pensaréis, y tendréis toda la razón, pero mi amigo hasta la fecha no ha protestado.

Respecto a El Malogrado, mi primer Thomas Bernhardt,  me costó cierto trabajo encontrar un ejemplar, que me bebí en un fin de semana de campo.  Impactada por la lectura escribí un post arrebatado sobre esa novela sobre Glenn Gould -el mejor intérprete de las Variaciones Goldberg que ha habido nunca- y sus amigos, pianistas virtuosos y frustrados con la evidencia de que jamás alcanzarían al genio del taburete. Un tratado sobre la envidia al que vuelvo de cuando en cuando para acariciar alguna de sus páginas y dejarme sorprender por la clarividencia con que el escritor disecciona un sentimiento tan oscuro como refinado. Sin ruidos ni circunloquios innecesarios.

Muñoz Molina novelista, debo reconocer, nunca ha conseguido excitarme demasiado. Sin embargo muchas de sus columnas culturales me parecen un ejercicio magistral de información y literatura. La forma a la que se aproxima a un autor, a un pintor cuya obra está expuesta en una pinacoteca, está libre de todo lugar común. Molina construye con material propio, diseñado por él mismo con una morosidad justa que no te exaspera. Y luego tú, el lector, puedes compartir o no su afeccción a un cuadro, a un relato o a una muestra de arquitectura, pero jamás te dejará indiferente y te sorprenderás, a mí me pasa, estudiando con lupa las estructuras del jubiloso andamio de letras que es cada cita del sábado.

Hay libros que te reclaman desde una estantería. Pasan los años y no los eliges, como esos concursos de misses que se alinean con las bandas exhibiendo muslos y sonrisas blanqueadas. Hasta que un día te detienes delante y suena un clic. Algo más poderoso que la razón te mueve a escoger ese entre todos los libros de tu pista de despegue. Y si hay suerte experimentas ese batido de alas en el estómago al reconocer como propio un sentimiento que se te desvela con palabras que pensó y combinó otro. Y piensas cómo es posible que haya tardado tanto en encontrarte, si estabas ahí, al alcance de mis ojos (esto mismo sucede a veces con las personas, ciertamente).

Enamorarse tiene algo de hallazgo jubiloso, igual que entregarse a la lectura de un libro que es un viaje transformador, una digestión ligera con retrogusto a delicioso vino tinto que no se retira en un largo rato y que, como los rituales sagrados, requiere silencio y agradecimiento.



sábado, 19 de octubre de 2013

¡UN PALO, UN PALO!


Para madres y padres con hijos reacios
1. El otro día fui reprendida cariñosamente por dar pocos caprichos a mis chukis. Expliqué a mi interlocutora que en mi familia nos habían educado sin concesiones y que mis hermanos y yo podríamos protagonizar el anuncio "¡¡¡Un  palo, un palo!!!!", (de Limón o nada) porque cualquier chorrada nos parece la bomba. Yo inventé el concepto "aperitivo con refresco" como premiazo de fin de semana y las chukis siguen solicitando permiso para pedir una Coca Cola al camarero (si hay testigos externos no siempre, son unas zorreznillas), sus pagas crecen con el IPC, más diferencial propio de la edad de cada una,  y no hay demasiados "porque yo lo valgo" en nuestras rutinas. Aún así, mi madre considera que les doy de más. A cicatera siempre hay quien te gana. Calculo que a este ritmo en un par de generaciones seremos tan caprichosas como Brenda y Brandon, los niñatos de "Sensación de Vivir".

Sensación de vivir
2.Ayer Minichuki, que se iba de excursión con el colegio todo el fin de semana, nos pidió a su padre y a mí que no la despidiéramos a pie de autobús para hacerse la chulita y la mayor  delante de una niña muy mal encarada, palabrotera y chunga que detestamos ambos. Tuve que contener el impulso de agarrarla en volandas y llenarla de besos y llamarla por alguno de sus nick names (que no reproduzco porque forman parte de la estricta intimidad y porque me mataría). Recordé que a mi amiga C. su hijo de doce años le advierte dos manzanas antes de llegar al cole: "Dame el beso y acabemos con esto cuanto antes". Respecto a la malencarada, cuando Minichuki se enfada con ella y la critica a conciencia, siempre termina con un "¡y encima ya tiene la regla, qué asco!".

3.Mi querido I. está haciendo un curso de melasudismo con esfuerzo. Se trata de concentrar la mente en un punto del estómago cuando algún estímulo hostil y estresante se cruza en su campo magnético. Al parecer se pasa el día con la mente en el estómago, con lo que imagino la cantidad de basura radioactiva que le rodea. Le explico que en esos casos yo salgo de mi cuerpo, que es lo mismo pero al revés, en formato capitán Araña. Te abandonas y contemplas desde fuera cómo te caen los rayos láser destructores por arriba y por abajo, mientras tarareas una cancioncilla simplona, por ejemplo de Los Beatles, y haces mentalmente la lista de la compra.

De amor y drama
4.Para este fin de semana me he traído un poemario de Sylvia Plath como lectura. Lo alternaré con "Cartas de cumpleaños"(Lumen), los poemas de su marido, el poeta inglés Ted Hughes. Me estremezco al leer que el matrimonio duró sólo siete años, él absolutamente loco de amor, ella navegando en el tormento de la locura para terminar suicidándose con la cabeza dentro del horno. Abro una página al azar: "Esperaste, sabiendo tu indefensión entre las pinzas de la vida que te juzgaba, y yo vi el nervio desollado, la incurable herida de tu cara que era todo el coraje que tenías. Vi lo que te arañaban, mientras bebías, los mismos terrores que ya te habían matado una vez. Ahora veo, vi, sentada, a la muchacha solitaria que iba a morir".

Lo mismo tengo que salir de mi cuerpo para digerir tanta desdicha, aun tan bella. Lo mismo elijo otra lectura de fin de semana.





viernes, 18 de octubre de 2013

TE ECHO DOS POLVOS Y DESAPAREZCO


Un hombre se dirige a la azafata de facturación en el aeropuerto:

-Quiero que esta maleta vaya a Sao Paolo, esta a Estocolmo y esta a Qatar.
-Pero eso es imposible, señor...
-¡Pues es lo que hicieron con mi equipaje la semana pasada!


Entiendo que la crisis se atraganta un poco menos con chistes,  igual que esos jarabes amargos que te daba tu madre con un caramelo cuando no existía el Dalsy con sabor a Fanta de naranja (ese que ha convertido a generaciones de niños en yonquis del ibuprofeno, sin que nadie lo denuncie hasta la fecha). Ayer el Mago More y el profesor de IESE Javier Díaz-Giménez se pusieron la nariz  de clown para pintar con humor brillante el sombrío escenario en el que aún nos movemos, contado para mentes poco entrenadas en los laberintos del PIB y otros misterios de la macroeconomía, pero muy proclives a la carcajada y a la prestidigitación (o sea, que yo era target ideal y me lo pasé pirata).

(La risa nos hará libres. El desconcierto, escépticos en busca de respuestas absolutas a la gran pregunta: ¿Cuándo terminará esta plaga de langostas?)

Recordé que hace  un año cierto ministro, en una cena privada, aseguró que desde el Gobierno ya se veía cierta luz al final del túnel, "pero no sabemos aún si es la salida u otro tren que viene a arrollarnos". Toda la mesa rió la gracia, pero más de uno tuvimos pesadillas esa noche.
Javier Díaz-Giménez y Mago More

En las situaciones límite nos da por reír. Los velatorios, el sexo, o esa sensación de ridículo extremo cuando te pegas un tortazo en bici con testigos. Diríase que el humor es el chaleco salvavidas que se abre para permitirte volar contemplando el paisaje hacia el precipicio. Te vas a matar, es obvio, pero puestos a elegir mejor que sea desternillándote. La risa floja, la risa nerviosa o histérica. La carcajada salvaje que anestesia el dolor.

Mientras me partía de risa entendí que las cifras que explican la economía pueden maquillarse o seleccionarse a conveniencia para arrojar una conclusión u otra, con la misma asombrosa facilidad con la que el mago More convertía un billete de 20 euros en uno de 50 a escasos metros de su público. Recordé que "Te echo dos polvos y desaparezco" era el final de un chiste clásico de mi adolescencia. El chiste del mago. Me pareció que los magos son mucho más sexys y concienzudos que los políticos, y que los economistas guardan un gran surtido de trucos en la chistera. (De los macroeconomistas aún no tengo una teoría formada, pero todo se andará).

La mujer de letras que llevo dentro tiene esa inseguridad del incapaz de acotar con cifras una intuición, un sentimiento. Las palabras con las que me construyo son volátiles y definen un verso inútil, nada medible ni contrastable. El caos, la liturgia embriagadora que no entiende de rescates ni de rentabilidad a corto o largo plazo, desde luego. No hay hoja Excel que me resuma y me contenga, así que descarrilo una y otra vez, y me pierdo en túneles oscuros como Alicia en el laberinto.

Pero no se me olvida eso que leí un día: la  Economía es el único campo en el que dos personas pueden obtener un Premio Nobel por decir justamente lo contrario. 







jueves, 17 de octubre de 2013

DE GATOS, HOMBRES Y MUJERES

Policía Montada de Canadá
"Era la primera vez en mi vida que me pasaba una comida entera hablando de por qué la Policía Montada de Canadá va a caballo".

Mi amigo R. es el okupa de la cena, pero pronto nos regala las mejores frases de la noche. Al poco de sentarse y saludar a todos con jubilosa cortesía, con ese aire de "me caéis fenomenal" tan suyo y tan de agradecer, ha sentenciado: "No sé en qué momento de mi vida decidí hablar a un gato". Mis compañeros de mesa reaccionan con cierto estupor porque es mucho más manejable hablar de las mejores series de televisión que han visto-"The Killing",  "Breaking bad", "The Wire"- o de si a las novelas hay que darles otra oportunidad cuando pasadas veinte páginas no te atrapan (yo ahí aporto tajante: "no pienso desperdiciar un minuto de mi vida en leer bazofia con coartada literaria", y asumo que en ese momento más de uno podría preferir hablar de gatos). Mi querido R., levemente sobresaltado, me susurra un "me ha quedado claro, sí", con gesto perturbado, como si descubriera por primera vez la fiera que llevo dentro.

¿Breaking Bad es la mejor serie?
Su gato Hugo es mucho más manso que yo, dónde va a parar. Y la Policía Montada va a caballo, teoriza,  porque en realidad "se van de picnic, ¿no veis lo relajados que aparecen siempre en las películas?" A mi derecha, J. mira hacia otro lado, convencido de que le han caído dos freaks demasiado cerca y más vale jalarse el champán mirando al frente, a esa  pantalla que escupe frases de la literatura universal.

Los temas de conversación a la mesa no son un asunto menor. Si caes con un grupo de hipters, reinarán HBO o cómo era la soga con la que se ahorcó Foster Wallace en su garaje. Si además son colegas, es probable que se hable del futuro de un oficio que atraviesa tempestades y está perdiendo eso tan básico que es el amor a las palabras. Independencia, rigor, comprobación de datos, distancia con las fuentes. No hay dinero para investigar. No hay tiempo para ir al cráter de la historia y construirla con material de primera. Toca reinventarse, pero ¿cómo?

El asunto se revela indigesto y correoso. Así que coges tu copa con suma delicadeza y le das un trago que no pasaría las normas de urbanidad de un internado de señoritas. Agradecida de no haber caído en una de esas mesas donde a falta de temas comunes se termina en ese charco espeso de la conversación más universal: los hijos.

(Paréntesis obligatorio; No tengo problema en hablar de mis hijas. Aquí lo hago a menudo. Pero pocas veces una charla social en una cena te excita cuando gira y se eterniza en torno a esos lugares comunes con los que nos acostamos los padres y madres. Ser progenitor no tiene mérito ni sex appeal a nivel teórico. Repetir que matarías a tu adolescente porque cultiva en exceso el horror vacui y que anoche, antes de irte a la cama, tiraste todo su desorden al suelo a manotazos mientras ella chillaba despavorida no aporta nada a la humanidad que cena setas rape son setas, convengamos.

Me parece mil veces más interesante que R. desarrolle con detalle su primera conversación con Hugo. Ese momento catártico en que se dirigió al gato con tono de humano y lo convirtió en su pareja de hecho.

-Sí te digo, R, que si quieres que las churris entren en tu casa, pero no salgan (otra de sus frases míticas), no deberías dar muchas pistas de tu relación con Hugo. Los gatos espantan a las chicas, y las chicas con gato, que serían tu target ideal, a veces son rarunas...

Arriesgando mi reputación consolidada de agitadora de mesas, invito a mis compañeros de rape a opinar al respecto. Hacemos desfilar todos los tópicos sobre la convivencia de ser humano y bicho. Recuerdo las cajas de cucarachas vivas que U. compra para su iguana "la Nicole Kidman", y me planteao que jamás conviviré con un hombre que meta insectos en casa, aunque sea tan buena persona, tan erudito y tan divertido como U.

-A Hugo le va a sentar fatal que se instale una mujer, ya te lo digo. Los gatos son muy territoriales.
-Pues las mujeres, ni te cuento.
-No todas... Las hay que no se dejan el cepillo de dientes en tu baño.
-¿Y qué me dices de las que llevan el kit de las lentillas a la tercera noche y ahí se queda?

Gatos, mujeres, series HBO, cucarachas, literatura...Policía Montada del Canadá. Se levanta la mesa y pienso que la cosa no ha ido mal del todo, definitivamente. Que una cena con okupa es una bendición del cielo y que es absurdo perseguir a los malos a caballo y con esos uniformes rojos tan tontos y elegantes.

Como ir al Carrefour con un modelazo de Gucci, pongamos.






martes, 15 de octubre de 2013

VAN DOS Y SE CAE EL DEL MEDIO

Mi padre me llama y me advierte de que a las 9 p.m nos llamará para hablar "por skay". A mí se me alborota la ternura, pero no le corrijo y las chukis y yo nos partimos de risa en casa. La conquista de las nuevas tecnologías por los mayores de setenta es como uno de esos ochomiles y merece un respeto. Mi padre, que ha decidido exiliarse de la ciudad y cazar jabalíes en invierno, no quiere romper del todo el cordón umbilical con sus hijos y nietos. Y el "skay" es, sin duda, la herramienta más adecuada.

"A ver si te compras un ordenador mejor", le dijo a mi hermana el otro día, acercándose a tope a la pantalla en una de sus conference call, insatisfecho de la calidad de la imagen. La frase ha sido muy celebrada en esta familia donde no se desaprovechan las ocasiones para troncharnos por cualquier motivo. Mi madre, que también ha sucumbido a la dictadura de Internet, busca recetas de Thermomix y cuadros para copiar. Como ha heredado un equipo viejo, cada dos por tres llama al pequeño de mis hermanos, que es un bendito, para que se lo "reactive". Y monta pollos a Jazztel porque su "pincho" (este término lo domina)  no funciona cuando se va de viaje.

Minichuki, por su parte, heredó de su hermana este verano un viejo teléfono sin más prestaciones que las llamadas y sms, y se entregó con entusiasmo a su gadget. La prueba de que era y se la consideraba mayor. Cuando estaba de vacaciones con su padre me llamaba con voz impostada y preguntaba por mí, con mi nombre de pila, no por mamá. Luego fingía que la que había llamado era yo y me hacía esperar como si fuera una secretaria en busca de su jefa. "Un momento, que ahora se pone. ¿De parte de quién?". Añadiré que cuando pregunto por ella debo hacerlo "por mi hija la mediana" (¿De ahí el chiste "Van dos y se cae el del medio", que nos rechifla?).
Genuíno sofá de skay

Todo este rollo viene a que es posible que con las tecnologías seamos otros. Estemos desarrollando diferentes perfiles, personalidades que acaban poseyéndonos como aquella invasión de las vainas que alumbraban ultracuerpos idénticos. Uno no dice de palabra lo que escribe por whasapp, seguramente. Muchos emails, ya lo sabemos, no resistirían la lectura en voz alta o con testigos, como esas grabaciones de nuestra propia voz nos provocan extrañeza y un pudor incontenible., cuando no rechazo. Hay un yo que toca, abraza y hace comentarios a la mesa y otro que se remanga y escribe o busca el encuadre más idóneo por "skay".

¿Si tu padre se relaciona contigo por "skay" ya no es tu padre? ¿Es un cyborg y tú una replicante?

Conozco a más de una que se ha enamorado irremediablemente de un hombre que en persona perdió toda su capacidad de seducción. Algunos postergan el momento de la cita porque saben que es un tiro, el único tiro real. Esa bala que puede matar la pasión y perpetuar el desencanto. Los valientes defienden cara a cara su amor y su palabra. Pero nadie se resiste a un buen cortejo auspiciado por las tecnologías. Las palabras escritas son munición eterna. Pueden releerse, reinterpretarse y guardarse en un cajón para cuando vengan tiempos peores.

Termino ya. "Amor por skay" sería un buen título de TV movie. Una serie retromoderna sobre un grupo de mayores de ochenta que deciden aislarse en la montaña tras despedirse para siempre de los suyos. La cámara, fija, se orienta a los rostros con el reflejo fosforescente de las pantallas de ordenador. Las butacas, de skay, ese plástico horrible de los que tuvimos infancias del "Cuéntame", serían un guiño imprescindible. La factura de la serie debería ser muy doméstica y petarlo en uno de esos festivales de modernícolas que aplauden todo lo que huela a raro y a underground.

Y mi padre sería la estrella principal, por descontado.



lunes, 14 de octubre de 2013

EN LA CAMA, COMO EN LA MESA

Nueve semanas y media
Sostiene M. que ella es "bulímica, pero sin vomitar". Una categoría personal que implica cierta ansiedad desatada de la que engorda irremediablemente. A C., que ha llegado insistiendo en que nos fijemos en que el leve cambio del lugar de su raya del pelo es definitivo para el conjunto de su belleza, le escama que le hayamos comprado como regalo de cumpleaños un pantalón demasiado grande.

-¿Pero tú no eras talla 40, bonita?
-Pues no, soy la 36, ya os vale.

Delante de unos huevos Benedictine la existencia se ve de otra manera. Dos yemas sepultadas por una deliciosa salsa holandesa son un misterio por resolver. Se juntan cuatro mujeres sin problemas con la dieta, pero muy conscientes de los estragos que hacen las grasas e hidratos de carbono en las siluetas a partir de una edad. Y hablar de comida es hablar de la existencia global, del cielo y las estrellas, bien es sabido.

-"Me caen bien las mujeres que comen postre", le dije a mi compañera de mesa la otra noche, en una cena social. "Por un instante pensé que dejaría de comer, tal fue el leve movimiento titubeante de su cuchara sobre la crepe de manzana con crema pastelera, pero luego se echó a reír".
-¿Qué tiene eso de excepcional?
-Que era modelo. Bellísima. Yo era la gorda de la mesa, y con semejante prerrogativa me lo comí todo, mientras mi compañero me contaba la alegría que le da compartir mantel con mujeres sin culpa.
Más explícito, imposible

-Define mujer sin culpa.
-Esa que come sin remilgos artificiales. ¿Has oído hablar de esa teoría que asegura que los comportamientos en la mesa y en la cama se parecen?

Acabáramos.

Hay un ritual a la mesa que va más allá de la composición de los codos, el modo en que uno sostiene los cubiertos o se lleva a la boca una copa de vino. Diría que es el motum, la velocidad y la precisión o ausencia de ella al vérselas con un lomo de lubina, por ejemplo. Los desganados, los ansiosos, los displicentes, los disfrutones... Entiendo a esas madres que se muestran  encantadas cuando sus hijos invitan a amigos que dejan el plato limpio y repiten. Comer bien es una forma de aceptar al otro, de aceptarse a uno mismo. Hay culturas donde despreciar un plato se considera una falta de educación imperdonable.

-Me gustan las mujeres que comen postre y los hombres que te sirven un segundo plato con esa mezcla de determinación y delicadeza.
-O sea, que los miras y piensas en el equivalente erótico.
-Inevitable y elemental, querida.

Comer, beber, amar. "A mi estómago poco le importa la inmortalidad" (Heinrich Heine). No estoy de acuerdo, Heinrich, que lo sepas. Tampoco la diosa sentada a mi derecha, que ahora me habla de un amigo suyo que "le cae fatal" porque anda a la greña con el mundo en general. Ella tiene una explicación al respecto: "Es completamente abstemio. Yo le digo cuando tomes media copa, dejarás de estar tan avinagrado".

-Yo también sospecho de los abstemios radicales, aunque a veces mi talla 38 se defiende de la 40, que pide paso a codazos, le confieso.
-"Tú estás estupenda", dice la diosa, y bebe un sorbo de vino tinto. Yo hago lo mismo, y dejo que el calor de la sangre ilumine como una linterna con luz directa hacia mi corazón. Y nos reímos cómplices.

La inmortalidad son cenas con comensales que comen y beben sin culpa, pero sin ansia. Dejando que los alimentos los transformen en una liturgia que es un baile despreocupado que a veces termina en otro cuarto, donde tener la 38 o la 40 es insustancial, irrelevante, un insulto al hedonismo y a la emoción trémula que nos ha llevado hasta allí.









domingo, 13 de octubre de 2013

UNA PAREJA ES UN PLAN DE SUICIDIO


1. A veces una madre tiene que hacer preguntas muy incómodas a su hija/o adolescente. El silencio administrativo no casa bien con la responsabilidad. Ningún silencio casa bien cuando hay un asunto pendiente entre dos. A menudo una madre/padre tiene pánico a la respuesta y prefiere no saber. Pero si se atreve y pregunta, es muy posible que su hijo reaccione bien y conteste. Aunque sea a trompicones. Luego, madre e hijo/a dormirán ocho horas, tranquilamente.

2. Hay películas que se te pasaron en su día y no entiendes cómo. Ayer vi en casa Revolutionary Road, de Sam Menkes, estremecida. Una pareja se aferra a un plan disparatado para salir del abismo de sus vidas condenadas. La historia de tantas parejas que se inmolan en un amor contaminado y renuncian a perseguir sus destinos individuales. El relato perverso de tantas parejas que funcionan sólo con un plan de suicidio. Dos que se matan por la noche y fingen que todo va bien a la hora del desayuno. Me pareció violenta y desesperada. Una indagación profunda en esa sima llamada desamor que a veces se rellena de amor fingido. Pensé que es un gran error delegar en la pareja el reto de tu felicidad. Y que de esto también debo hablar con mi adolescente, aunque me ponga cara rara.

3. El Papa Francisco ha vuelto a hacerlo. Hoy asegura que las mujeres no pueden ser la servidumbre de los hombres en la Iglesia. Me parece valiente, y ese reconocimiento no debería depender de la condición de católico creyente o ateo. Imagino la legión de enemigos que se está labrando en la Iglesia, los susurros de pasillo, las malas intenciones. Las monjas siempre han tenido vitola de pringadas, segundonas y, en consecuencia, revenidas en la iglesia. Algunas de las de mi colegio eran como Lucifer, de una crueldad tan refinada que daba miedo. Nacer ciudadano de segunda te predispone a la inquina universal, al resentimiento. Decir la verdad y denunciar los pecados de la Iglesia, a la conspiración. Veremos.

4. Uno de los talentos ajenos que admiro es el de la sabia combinación de palabras y silencios. Con ciertas cautelas. Detrás de alguien que calla puede haber un conjunto vacío. O un ser taimado, ladino, que no muestra sus cartas y espera que el rival saque las suyas. Un bocazas, por el contrario, mete la pata, molesta, aturde e impacienta, pero en el camino se desnuda y se expone en su estruendo de trilero de calle. Al primero conviene vigilarlo, al otro llenarle la boca de un bocado correoso cual filete con nervios que le obligue a masticar despacio, largo y tendido.

5. Hoy toca brunch con mis amigas de la universidad. Esas con las que no hay que calcular los silencios ni los torrentes de palabras. Sólo dejar que fluyan entre risas, confidencias y sandwiches club con zumo de naranja.  La amistad es un domingo por la mañana y un plan despreocupado y libre. Muy libre.





sábado, 12 de octubre de 2013

TE VOY A CONTAR UN CUENTO

"A esas alturas ya no era dormir lo que quería. Sabía que de todos modos lo más probable era que no me durmiera. Quizá dormir ni siquiera era deseable. Algo se estaba apoderando de mí y tenía la obligación, la esperanza, de vencerlo. No me faltaba sentido común para lograrlo, aunque al parecer tampoco me sobraba. «Mi vida querida», Alice Munro (Lumen, 2013).

Y entonces, recibo un mail de H.

Virgelina tan querida por mí: hoy me desperté en la madrugada y me puse a leer a Alice Munro. Cuentos magníficos. Luego ganó el Nobel.


La secuencia de los hechos no es convencional: me desperté, me puse a leer, ganó el Nóbel. Lo cotidiano y lo excepcional reciben el mismo tratamiento. Una estrategia de escritor que le sale sin querer y da en la diana.


Dormir, a menudo, es un reto para los que dormimos en un sobresalto. En la ignorancia de si la noche nos regalará dos sueños más una pesadilla más cuatro despertares. Breves, esperemos que sean breves. Debería tener un libro de Alice Munro en la mesilla. Puro sentido común.


(El sentido común se aprecia más según te haces mayor, como el pescado o el cambio de estaciones. La inconsistencia, por el contrario, va creciendo como un troll hasta hacerse presencia insoportable pero jugoso material literario. ¿Qué piensa Alice Munro al respecto?)


Alice Munro
Puede que Alice ignore que en España el relato breve es un dios menor. Un género que apenas se vende en el mercado de las letras, como esas frambuesas en cajitas que ayer me ofrecía insistente la frutera: "llévatelas, un euro. Están deliciosas". No recuerdo en toda mi etapa escolar haber estudiado a ninguno de los grandes cuentistas. Cheever, Carson McCullers, Borges, Salinger, Flannery O´Connor, Cortázar... Llegaron mucho más tarde, a trompicones. No recuerdo haber tomado postre con frambuesas en mi infancia. Tampoco en mi adolescencia o juventud.


(Cuando se despertó, la llama fosforescente del reloj despertador sentenciaba las tres de la mañana. Demasiado tarde para ponerse a leer, las gafas caladas, el zumbido del flexo y el sopor. Demasiado pronto para enchufar la cafetera. Suspiró y se dio la vuelta, la almohada entre las rodillas, el sudor resbalando por la espalda). Escribo.

Podría arrancar así un relato. Corto, brevísimo. Y tirarlo a la papelera como a esos otros. Al pudridero de los principes nonatos. De repente me doy cuenta de que yo misma menosprecio el material breve. Si fuera una novela, incluso una novela mediocre, me costaría más desprenderme de ella. ¿Como un embarazo de cinco meses o uno de pocas semanas?

No me gustan las frambuesas. Aunque estén deliciosas. Aunque cuesten un euro. No me gusta el roce de sus pepitas en mi lengua, entre mis dientes. Esa sensación de barrillo, la acidez de fondo o el excesivo dulzor. En cambio atesoro relatos como pepitas de oro que brillan y me alumbran de madrugada. A esas horas insomnes en las que no te queda otra que retar al sueño y suspirar porque el sol haga acto de presencia puntual y salvífico.

Otro día.