jueves, 10 de octubre de 2013

ESO QUE NO NOMBRAMOS, Y NOS DUELE

Cae en mis manos por azar el libro de una escritora de la que había oído hablar por primera vez este verano, también por azar. Piedad Bonnett, colombiana. Poeta. Me habló (bien) de ella Héctor Abad Faciolince, de quien me fío,  y ayer volví a casa con su libro "Lo que no tiene nombre" (Alfaguara) en el bolsillo. Con esa excitación que otorga intuir tras un vistazo breve a algunas páginas que estás ante un libro que va a alterar el comportamiento de más de un átomo de tu vida. 

Las revelaciones literarias tienen esa capacidad de abrirte en canal y dejar que fluya una corriente de palabras que te producen temblores y ansiedad por leer más. Una línea, un párrafo, una página.

"El dolor pareciera, tal vez por ley compensatoria, otorgarnos derechos. (...) Un gran duelo nos vuelve momentáneamente libres, o al menos así me lo parece mientras veo a los demás detenerse en el umbral de mi pena, poseídos por el miedo, o el sobrecogimiento o el pudor. Mi propio gesto, mi espacio, mi silencio, mi voluntad, me pertenecen ahora más que nunca. También soy dueña absoluta de mi palabra. Es como si la muerte de Daniel me concediera vivir por unos días rodeada por un círculo de impunidad. Pero ese poder es irrisorio, es falso, inútil. Para tenerlo he tenido que pagar demasiado caro" 

El libro habla del duelo tras el suicidio de su hijo, esquizofrénico, a los 28 años. De lo despiadado del dolor, ese sentimiento punzante que nadie nos enseña a acomodar entre los pliegues del cuerpo. De cómo los demás se desconciertan cuando te duele y reaccionan como si les hubieras salido a recibir en el tanatorio desnuda y con una pajarita de terciopelo.
Mujer desnuda

La última vez que estuve en un tanatorio pensé que sería interesante poner una cámara fija para registrar las reacciones. Espero no herir ninguna sensibilidad, pero creo que pocas cosas nos descolocan tanto como la muerte. Más allá de las frases hechas, grotescas y claramente insuficientes, nos quedamos paralizados frente a la visión de un cuerpo inerte rodeado de flores que ya no huele ni ve. La muerte nos interpela y no nos deja escapatoria.

"Daniel se mató", repito una y otra vez en mi cabeza.

Un suicidio despierta además un sordo sentimiento de culpa. Lo que pudimos hacer y no hicimos. Lo que veíamos y no quisimos mirar. Hay una nube de corresponsabilidad tóxica y espesa de la que conviene escapar. Las palabras...

He hablado ya aquí de ese otro libro sobre el duelo que me ha acompañado tantas veces. "Un hombre de palabra", de Inma Monsó. No sé si es coincidencia  -soy de esas que se niegan a hablar de estilos o literatura de mujeres-, pero no deja de llamarme la atención que estas dos escritoras se enfrenten al asunto de la muerte con una destreza tan quirúrgica y esculpan los contornos del dolor a partir de una piedra de cemento que pesa y si te cae a plomo te destroza. Hay un ejercicio de levedad importante. Cada palabra se arranca esforzadamente de entre las demás posibles para conseguir plasmar ese sentimiento que el lector reconoce de inmediato como propio pero habría sido incapaz de describir.

Excelente tratado del duelo
El dolor se exhibe como carne cruda en una vitrina nada aséptica donde revolotean las moscas. Y algunos se tapan la nariz. Pienso.

"Me asombra constatar que muchos de los intelectuales que conozco se abochornan ante la muerte, no saben abrazar, se paralizan al verme. En cambio, el maestro de obra que viene a casa hace más de veinte años para hacer reparaciones se conmueve de manera evidente con la noticia, me expresa sus condolencias y dice, mostrándome los antebrazos desnudos: "Mire cómo me he puesto".

En el autobús, ayer, vuelvo a coger el libro, miro a su espalda y me sale al paso Héctor Abad Faciolince, quien, ahora recuerdo, me había advertido sobre su publicación: "Yo he aprendido con este libro despiadado de Piedad que no hay consuelo. Y que sin embargo vale la pena escribir que no hay consolación".

Lástima que en unos minutos debo cerrar el ordenador, desperezarme ante la ventana y capturar uno más para mi colección de amaneceres. Levantar a mis niñas, dejar que el chorro de la ducha se lleve los últimos velos de un sueño inquieto y oler el aroma del tercer café. Rituales cotidianos, sobreentendidos. Cuando lo que de verdad querría hoy es fingir que estoy enferma y, sin desposeerme del pijama y las legañas, entregarme a la lectura de Piedad sin piedad. A ese duelo de palabras que son perlas salvajes engarzadas con virginal delicadeza. Y llegar a la noche, como a la muerte, con ese sentimiento gozoso y salvaje de estar viva.