sábado, 12 de octubre de 2013

TE VOY A CONTAR UN CUENTO

"A esas alturas ya no era dormir lo que quería. Sabía que de todos modos lo más probable era que no me durmiera. Quizá dormir ni siquiera era deseable. Algo se estaba apoderando de mí y tenía la obligación, la esperanza, de vencerlo. No me faltaba sentido común para lograrlo, aunque al parecer tampoco me sobraba. «Mi vida querida», Alice Munro (Lumen, 2013).

Y entonces, recibo un mail de H.

Virgelina tan querida por mí: hoy me desperté en la madrugada y me puse a leer a Alice Munro. Cuentos magníficos. Luego ganó el Nobel.


La secuencia de los hechos no es convencional: me desperté, me puse a leer, ganó el Nóbel. Lo cotidiano y lo excepcional reciben el mismo tratamiento. Una estrategia de escritor que le sale sin querer y da en la diana.


Dormir, a menudo, es un reto para los que dormimos en un sobresalto. En la ignorancia de si la noche nos regalará dos sueños más una pesadilla más cuatro despertares. Breves, esperemos que sean breves. Debería tener un libro de Alice Munro en la mesilla. Puro sentido común.


(El sentido común se aprecia más según te haces mayor, como el pescado o el cambio de estaciones. La inconsistencia, por el contrario, va creciendo como un troll hasta hacerse presencia insoportable pero jugoso material literario. ¿Qué piensa Alice Munro al respecto?)


Alice Munro
Puede que Alice ignore que en España el relato breve es un dios menor. Un género que apenas se vende en el mercado de las letras, como esas frambuesas en cajitas que ayer me ofrecía insistente la frutera: "llévatelas, un euro. Están deliciosas". No recuerdo en toda mi etapa escolar haber estudiado a ninguno de los grandes cuentistas. Cheever, Carson McCullers, Borges, Salinger, Flannery O´Connor, Cortázar... Llegaron mucho más tarde, a trompicones. No recuerdo haber tomado postre con frambuesas en mi infancia. Tampoco en mi adolescencia o juventud.


(Cuando se despertó, la llama fosforescente del reloj despertador sentenciaba las tres de la mañana. Demasiado tarde para ponerse a leer, las gafas caladas, el zumbido del flexo y el sopor. Demasiado pronto para enchufar la cafetera. Suspiró y se dio la vuelta, la almohada entre las rodillas, el sudor resbalando por la espalda). Escribo.

Podría arrancar así un relato. Corto, brevísimo. Y tirarlo a la papelera como a esos otros. Al pudridero de los principes nonatos. De repente me doy cuenta de que yo misma menosprecio el material breve. Si fuera una novela, incluso una novela mediocre, me costaría más desprenderme de ella. ¿Como un embarazo de cinco meses o uno de pocas semanas?

No me gustan las frambuesas. Aunque estén deliciosas. Aunque cuesten un euro. No me gusta el roce de sus pepitas en mi lengua, entre mis dientes. Esa sensación de barrillo, la acidez de fondo o el excesivo dulzor. En cambio atesoro relatos como pepitas de oro que brillan y me alumbran de madrugada. A esas horas insomnes en las que no te queda otra que retar al sueño y suspirar porque el sol haga acto de presencia puntual y salvífico.

Otro día.