viernes, 29 de noviembre de 2013

LA COMPASIÓN O EL AMOR

Vuelvo a los manchistas de la Fundación Mapfre (Los Machiaioli) como quien regresa al lugar del crimen. Algo me dejé olvidado y debo recuperarlo. Una emoción frente a un lienzo muy pequeño y apaisado donde una pareja camina por un campo de trigo seguida de la nanny y los niños. Recorro la planta baja casi sola. Me escolta un tipo en silla de ruedas. Un Stephen Hawking prisionero de una máquina con pantalla de ordenador incorporada que arroja cifras y letras y una boquilla que, de cuando en cuando, se mete en la boca. Tendrá algo menos de cincuenta. El pelo lacio, la mirada ávida y una voz extrañamente juvenil que si cierro los ojos me devuelve al pasillo de la universidad. Lo acompaña una mujer joven, morena, atractiva y ataviada con un jersey morado lleno de bolas y un pantalón ceñido de pana beige. Bolso barato y botas desgastadas.

El hombre le mira el culo cada vez que ella se vuelve para tratar de explicarle un cuadro. Ese amasijo de órganos inanes desea y tal vez se excita, pienso. Y el hallazgo me llena de curiosidad y esperanza.

-Mira, esos militares están luchando por su patria. Y mira ése, el caballo se aleja y él está en el suelo, destripado.

Me sorprende que ella explique a su acompañante, discapacitado, justo eso que él puede ver a la perfección. Ni siquiera lleva gafas. La vista es su órgano estrella. El superviviente de la catástrofe.

-La unificación de Italia no tuvo lugar hasta bien entrado el siglo XIX...murmura él. Y luego mira otra vez el culo a su compañera, que ahora no le escucha y mariposea por los cuadros como por las rebajas de El Corte Inglés. Rápida, ansiosa y con afán de encontrar un chollo para comentarlo a gritos.

La vigilante de la sala sin embargo no hace chissss para que baje la voz. Sin duda le impresionan la silla de ruedas, el ordenador, la pajita que él se lleva a la boca. Su pesada y ostentosa respiración.

No hay nadie más en la sala.

El hombre y yo coincidimos frente a un cuadro. Enseguida llega ella, impetuosa. Le dice: "Digan lo que digan estos pintores son impresionistas"
-Son anteriores al impresionismo. Italianos. Los impresonistas eran franceses, se atreve a replicar él.
-Son impresionistas y ya está.

La mujer le da la espalda, ligeramente irritada, y su culo vuelve a ocupar el plano principal. "La cara de él siempre está a la altura del culo de ella", pienso. Y lo mismo no es el deseo el que lo arrastra a mirarlo, sino la necesidad de un objeto conocido donde refugiarse. El culo es su hogar y su reposo. Si hay culo hay compañía. Lo demás es una máquina metálica que no le dice tonterías sobre el arte. Que no le dice nada.

Encuentro mi cuadro, pero estoy demasiado pendiente de la pareja. Casi los espero para acompasarme con ellos en la sala. A esas alturas creo que podrían ser jefe y empleada. Fantaseo con la historia. ¿Puede la compasión ser un espejismo del amor? Quizás ella viene de una relación tormentosa y este hombre, piensa, no puede hacerle daño. Quizás él ha sentido al verla una pulsión de deseo. Un chispazo en su cuerpo muerto desde el cuello. Quizás se han acoplado y representan que son una pareja que queda a mediodía para comer deprisa y ver los cuadros que él ama. Y él paga por la compañía. Y ella se mete el sobre en el bolso cada fin de mes. Y aprieta el culo, y vuelve a casa contenta.

Termina la visita y me despido en silencio de ambos. El hombre me agradece que pulse el botón del ascensor. La mujer me mira y se encoge de hombros. No sé interpretar el gesto. Su culo victorioso nos precede cuando se abran las puertas que indican la salida.



jueves, 28 de noviembre de 2013

EL CENTOLLO DENTRO DE LA ALMEJA

"No voy a morir ni aunque me maten", dice Berlusconi. Porque él está muerto sin saberlo. Como "Los Otros" de Amenábar". Como Bruce Willis en "El Sexto sentido".

La condición de muerto a menudo es ajena al propio muerto. Un médico firma tu certificado de defunción. Un enfermero te cierra los ojos y hay quien se ocupa de desconectar los tubos, extraer las sondas y sacarte de la habitación para llevarte a una cámara fría que no te estremece. Otros dicen: "Se fue, ha muerto". La muerte es una experiencia de terceros. Un subarriendo. La externalización llevada al paroxismo.

Querido Silvio,  me sorprendo admirando tu discurso por primera vez. Representas todo el registro de bajezas humanas. Eres sórdido, rijoso, mentiroso, avaro, corrupto, un payaso en la corte con el pelo trasplantado y teñido de marrón clarito. Pero hueles a muerto aunque tú no lo sabes porque has perdido el olfato asomándote a demasiados escotes encharcados de perfume barato.

Morir es una forma de quedar en manos de otros, se me ocurre. De esperar la sentencia final. No suele ser una decisión voluntaria. Hay presidentes de compañías que huelen a cadáver y esperan el empujón definitivo. Hay cadáveres bien enterrados que no se van de tu vida jamás por lo que te dijeron, lo que te escribieron, lo que te cantaron. Lo que te amaron.  La eternidad es la capacidad de dejar una huella limpia en una playa. El infierno es el vampiro Berlusconi que no está vivo ni olvidado. Esa muerte de verdad.
Berlusconi cadáver

"Querido Carlos Herrera: Por primera vez no puedo culpar de mi ausencia a la desidia, ni alegar que una monada ciega de Denver me salió al paso y sin motivo alguno se encaprichó conmigo. Tampoco me servirá de excusa la vieja historia de cuando era un niño muy delgado y el viento al azotar me levantaba del suelo y me cambiaba de acera, de raza y de familia"

Ayer D. me envió la columna que José Luis Alvite había publicado en La Razón. Una estremecedora carta en la que sin renunciar al fino humor confesaba que el cáncer se lo está llevando. El texto es de una belleza extraordinaria: "Cáncer de cólom y cáncer de pulmón (...) Fue algo desproporcionado, como encontrar un centollo en el interior de una almeja".

A veces encontramos un centollo dentro de una almeja y se nos atraganta. A veces vemos centollo donde sólo hay almeja y se nos atraganta. Morir es elegir la almeja envenenada, se me ocurre. Y morir con dignidad es contarle a un amigo que te vas. Apuntarlarte en su memoria para siempre con un dolor tan verso y destilado que hará llorar incluso al que no te ha conocido. Y te resucitará cada vez que te lea y te relea.

 "Ojalá pueda volver a tu lado. Y si no vuelvo, por favor, piensa que fue sólo porque me empeñé en el estúpido sueño de llegar por ferrocarril a una ciudad sin tren"








miércoles, 27 de noviembre de 2013

FINAL FELIZ (la teoría del margen)

Manicura, masaje y final feliz. Ayer los Mossos hicieron una redada en Barcelona contra algunos de esos centros chinos donde las mujeres sin tiempo entramos a destiempo a que nos hagan las manos y los pies rápido, rápido. Lo  del final feliz no lo he probado nunca, debe ser que he entrado al lugar equivocado.

Un final feliz que no sea un orgasmo es eso que sucede cuando la película te ha ido llevando del placer a la angustia. De la intriga a la desazón. Del escepticismo a la decepción. De la inquietud al asombro. Un final feliz es un premiazo que a veces no encaja con la trama, con el desarrollo de la cinta, pero se da por bueno porque a nadie le amarga un dulce. Luego los quisquillosos solemos decir:"Menudo bodrio de película, ¿cómo no me levanté antes de la butaca?".

Por las expectativas. Esa es la cuestión. Una expectativa es un billete a la montaña rusa más alta del planeta. La promesa del paisaje más vibrante. De la carcajada salvaje. De la plena intensidad. Con suerte, te reirás en algún looping, sí. Pero fijo que la naúsea te espera en el siguiente. Y esa curva, la tercera, no puede ser tan vertiginosa, ya verás. O igual sí. Y te sacude, y la fuerza centrífuga te expulsa como un muñeco de trapo. Y cuando al fin la máquina se detiene piensas que por qué subiste sin una bolsa de plástico para vomitar a discrección.

(No esperar nada es mucho más saludable, mucho más maduro y conveniente. Te evita la decepción, te evita la emoción. Te ahorra el dinero del ticket. Creo que por ahí va el zen, esa película que no frecuento)

Anoche aprendí gracias a Pániker "Diario de Otoño" (sí, ya he empezado el libro) un concepto mucho más interesante que el de expectativa: el margen. "El margen es lo que uno consigue salvar del alud de enajenaciones que nos condiciona (...) es combinación sui generis de contradicciones (...) Un margen para el que cada cual pueda escoger el menú de su propia identidad" (...) A partir de ahí, construye uno.

Abrazo mi margen como un salvavidas. Con el alborozo de haber encontrado una pista que me permite ser una y trina. Tener licencia para ser y escapar del ser. Desmoldarme, diríamos. Escribir una historia paralela que no termina igual que la que habíamos imaginado. Distanciarse. Añadir una nota apresurada y pegarla con un imán en la nevera: "Volveré cuando encuentre un margen menos estrecho". Marginarse. Dejarse caer en un platillo esterilizado y esperar que el oxígeno haga su trabajo. Hacerse el muerto. Conciliar las contradicciones sin considerar que es una traición. Escoger el menú. Construir. Deconstruir.

Darse margen y dar margen a los demás. Ese es el happy end que no nos cuentan. Y que no encontraremos en un chino cuando entremos con las manos rotas y las uñas en cáscara a que nos reparen en diez minutos los estragos de tantos horas, de tantos días.













lunes, 25 de noviembre de 2013

IS THE UNIVERSE FRIENDLY?

"En la educación soy partidario de tres cosas. La primera de mantener la curiosidad intelectual. Una segunda cosa es lo que yo llamo 'fe'. Fe en la realidad, que no tiene nada que ver con las creencias. Es el sentimiento de que la realidad no te es completamente hostil, y que de alguna manera sigues estando en tu hogar. Einstein decía: 'Is the universe friendly?'. Entonces, cierto sentimiento 'friendly' con la realidad es necesario. La tercera es aprender a aprender".

Leo en mi insomnio dominical la entrevista a Salvador Pániker en El Mundo tras una noche de patadas y sobresaltos de mi pequeña okupa de cama y me quedo enganchada de un titular que comparto sin reservas:"¿Por qué no es usted ateo?. Hombre, porque está ahí Johann Sebastian Bach, por ejemplo". Esa inteligencia que no se limita a epatar con frases ingeniosas sino que te las brinda como una sacudida que se expande como una onda por la superficie de tu mar me salva del escepticismo. La música de Bach, me parece,  es la demostración de que hay un absoluto dentro de algunos seres humanos. Una capacidad de proyectarse y proyectar a los demás hacia evidencias que por sí solos no alcanzarían jamás. Hay pequeños dioses a nuestro alrededor que conviene identificar. Te llaman por teléfono, "¿a qué hora podemos vernos? Mañana te paso mi agenda y eliges. Descansa".
Pániker Diario de Otoño

Y luego está la cuestión de la fe. "El sentimiento de que la realidad no te es completamente hostil". Me parece la más democrática definición de fe que he leído. En el colegio de las monjas nos decían que la fe era un don: o se tenía o no se tenía. Y te colocaban en la tesitura de abandonar a dios para siempre si no sentías ardientemente su llama invisible (inodora, incolora e insípida). El maniqueísmo siempre es dañino, y se te apodera en tiempos de estrés. O estás conmigo o contra mí. Eres mi descanso o mi batalla. Los extremos te empujan a tomar decisiones que a veces no son las más acertadas, sólo las que te pide un cuerpo en desbandada. Y conviene pararse y respirar. Escuchar a Bach, por ejemplo. Buscar sucursales de dios que ofrezcan palabras como recetas de vida crudas, sangrientas, reveladoras.

Vuelvo a Paniker, sacudido por la muerte de su hija. Reconoce que sus otros hijos también cayeron en la droga, "la visitaron", y supieron regresar.  ¿Y del amor? "El amor es un fenómeno tan infrecuente como la explosión de una supernova". Estamos de acuerdo y en mi excitación apunto el título de su libro, "Diario de Otoño" (Mondadori), para regalármelo en un día de desazón y descreimiento. Siento el despertar de la fe abriéndose paso por el corcho que es un cuerpo mal dormido. Un cerebro exhausto de círculos concéntricos. La realidad no me es completamente hostil.

("Yo he intentado siempre las dos cosas: vivir y escribir a un tiempo. Hay escritores, buenos escritores, como Pessoa, que han escrito pero no han vivido. El propio Borges ha escrito pero no ha vivido. A mí me interesa escribir y vivir"). 


A mí, señor Pániker, me interesa escribir y vivir. Dormir y espantar tentaciones maniqueas. Abrazar mi supernova. Mirar la cara friendly del universo que a veces golpea y te deja K.O sobre la lona. Levantarme. Aprender a aprender y no dejar de escuchar a Bach. El Preludio, por ejemplo. A tope, que es lunes.






sábado, 23 de noviembre de 2013

FLORES PARA MUJERES TRISTES

Cada vez que busca su habitación se pierde en un laberinto de pasillos mal iluminados donde las camas de enfermos chocan con los neones de las máquinas de vending. Un hospital es un tanatorio de efecto retardado. En el pasillo de traumatología pasean mujeres con el mismo exacto vendaje en la pierna. Un vendaje de autor, trenzado y firme. Fuera, en los carritos de las enfermeras se alinean las medicinas de esas mujeres, que también se repiten: la del colesterol, la de la tensión.

(Toda mujer mayor de setenta necesita una prótesis en su rodilla exhausta. Tiene la tensión alta y el HDL por las nubes. Podría deducirse).

Un hospital es un fanzine. Carteles de protesta: muerte a la sanidad privada. Celadores altos con ganas de broma. Altivos cirujanos. Las castas en bata y zuecos. Un hospital es la India. Afganistán. El cuerpo a tierra.

Noto que enfermo cuando entro al hospital. Las luces blancas, mortecinas. Los dispensadores de alcohol que la gripe aviar convirtió en fondo de armario, en material cotidiano de campaña. Los gritos de enfermera que piensa que todos los enfermos están sordos. Las familias estorbando el paso. La dieta sin sal, triste de apetitos voraces. Las salas de espera. Los enchufes sin corriente. Las corrientes de aire.

Las horas muertas. El vecino de la madre, muerto. No se movía, cierto que no se movía. Y el familiar a su lado miraba a las musarañas. No mires a mi enfermo, capullo. Despídete del tuyo.

-Fin de la hora de visita. Vayan saliendo por favor.

Uno sale de allí un poco más muerto. Y retrocede en el pasillo laberinto. Y se pierde de vuelta. Y se encara con la máquina dispensadora de ramos de flores tiesos.  Y siente deseos de comprar uno y regalárselo a la primera mujer triste que se cruce por delante. Una mujer triste es la figurante estrella del teatro que es un hospital. Y se desborda de tristeza y se ovilla en un rincón, con un libro y su desgana. Y mira el reloj, y el tiempo se ha parado. Y si pudiera se tumbaría en una cama deshecha y se chutaría el gotero ajeno. De tan cansada.




viernes, 22 de noviembre de 2013

CUARENTA AÑOS, CUARENTA HOMBRES

Mi adolescente me pide que le deje exponerme en voz alta las "Cartas Marruecas", de José Cadalso, una lectura obligatoria en mi bachillerato que al parecer sigue siendo obligatoria. Debo reconocer que la lectura no me dejó huella, pero a nada que empieza a hablar recuerdo que el autor construye una ficción a tres voces, que hay un alter ego y que el sustrato es la situación de España en el siglo XVIII vista desde dentro y desde fuera.

La mirada de fuera siempre es crucial y nos alivia del ombliguismo. Le explico a mi adolescente la necesidad de tomar distancia de lo que somos y de lo que nos afecta. No le digo las veces en las que mi falta de distancia me hace sufrir y cometer errores. Ya lo aprenderá solita. Cada realidad -esto sí se lo digo- puede contemplarse desde dentro y debe contemplarse desde fuera. Ser tú con la mirada de otro. Por eso es tan útil viajar. Poner tierra por medio. Desdoblarse.

Me gusta la literatura epistolar pero no recuerdo la última vez que recibí una carta de verdad. Un sobre con su membrete y su remite. Una cuartilla garabateada con tinta azul o negra. Los mails han cambiado las reglas del juego y ofrecen inmediatez con mucho menos romanticismo. Sospecho que uno engaña más por correo electrónico que por carta. El trazo de las letras, el temblor de los renglones. Un tachón aquí, otro allá. Y la firma abajo. Triunfante, rotunda. Como una huella dactilar intransferible.

Un mail, sin embargo, permite desdoblarse, engañar, construir un personaje que no existe. Abrigar fantasías que se estrellan una noche sin luna. Todos tenemos amigos frustrados por no haber resistido el cara a cara tras una larga y caliente relación epistolar. Las palabras son armas de seducción masiva. Los mails, pruebas que podemos enarbolar ante un juez, si procediera: "se presenta ante su señoría una relación de mails donde el acusado se burla de su familia política y hace befa del tic de uno de ellos..."

(Mientras escribo recibo un mail madrugador de una amiga del colegio que también leyó Cartas Marruecas:

"Tirando a sexista y conservador este titular ¿no, compañera? Me ha llamado la atención y, claro, he pensado en ti,
un beso desde el cariño.

http://www.vanitatis.com/noticias/2013-11-21/ines-sastre-40-anos-y-casi-40-hombres_57235/?utm_source=dlvr.it&utm_medium=twitter


(Cuarenta años y cuarenta hombres. Pues muy bien, pienso. No le llego ni al tobillo pero tampoco he estado nunca así de buena ni Saura me ha sacado en una peli ni he estudiado en la Sorbona. Pienso. Claro que tras leer el titular una espera el recuento, y pasa su sorpresa no llegan a la docena. Igual el distanciamiento de quien firma la noticia ha sido tal que vio uno y contó cinco. Igual es tan miope como mediocre en su estilo. Quizás a una mujer no se le perdona que tenga un abultado currículum sentimental, muchas derivas y bastantes batacazos. Quizás distanciarse sea despojarse de los prejuicios inevitables. Quizás lo que delatan esos mails que uno escribe a toda prisa y da a enviar sin releer sean los verdaderos cimientos de lo que pensamos. Las cartas marruecas que nos mandamos a nosotros mismos. Nuestras dudas. Quizás haya que guardar no los que nos llegan sino los que enviamos. Quizás.)


Y cuando pase el tiempo descubrir quiénes fuimos, quiénes quisimos ser o quiénes fingimos que éramos. Desde la distancia, que es como se ven claras las cosas.







jueves, 21 de noviembre de 2013

SÚPER YO, MINI YO

1. A veces estás en modo Súper Yo y a veces en modo Mini Yo. Estas últimas conviene tener a alguien cerca para que te recoja con una carretilla, te hable bajito y te dé de comer.

2.Un hospital es un reencuentro de familia gitana. Cuatro hermanos en un coche y muchas horas para hablar y reírse aunque esté en juego la salud, eso tan serio. Pero en esta familia gitana sin serlo no hay nada tan serio que justifique la censura de la palabra y la risa.

3.Después del post de ayer, imagino un monólogo de teatro donde un padre desgrana sus sentimientos acerca del hijo que no le dejan ver si no paga. Podría titularse "Se vende hombre por piezas" o "Desguace" Un desguace. Imagino un desguace y ese hombre como un coche abierto en canal, casi sin piezas.
Desguace
y las feministas lo consagrarán como su bandera. Cuestionará todos los cimientos de la familia que ya no existe. Abundará en metáforas de la soledad y el chantaje. La escenografía debería ser simple.

4.Desde Brasil mi querida A. me cuenta sus contornos y manda fotos del país que parecen Suiza. Cualquier país tiene postales que te engañan a la vista. Cortes de mangas al tópico que ponen a prueba los prejuicios con los que construimos el edificio del saber. Mi amiga A. mira distinto y ve distinto. Su Brasil no está en los mapas. No intentaré encontrarlo cuando vaya.

5.Busco hormigas en el Thyssen y me encuentro cuadros de Max Ernst en un mediodía desierto de japoneses. La expo de Surrealismo y el Sueño habla del extrañamiento. De la contemplación de un yo distinto que eres tú pero no reconoces. Salir del cuerpo, eso que practicamos a menudo, es arrancarte un ojo y pintarlo de amarillo. Encuentro las hormigas y un precioso broche de metacrilato que hago mío. Me siento en la cafetería: tarta de manzana y café con leche. Me encantan los placeres a destiempo.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

CUSTODIA COMPARTIDA

Una pareja nace, crece, se reproduce y a veces muere.

Si se reproduce en realidad no muere. Sólo se separa. Y los hijos a veces siguen siendo hijos y a veces mercancía que se compra y se vende.

Hay hombres que prefieren no ocuparse de los hijos y dejan de ir al turno de visitas, a las reuniones del cole, a los médicos, al partido de fútbol. Hay mujeres que convierten al hombre que fue en un plan de jubilación. Un sueldo Nescafé para toda la vida. "Tengo a tus hijos, si quieres verlos, paga".

Hay hombres que quieren seguir siendo padres, ir al cole, acompañarlos al médico, leer el cuento, levantarse por las noches, jugar, sofocar las pesadillas, comprar camino de casa un cuaderno, un boli, la plastilina. Supervisar los deberes. Dar de cenar. Jugar.

Sí, también hay muchas mujeres que lo hacen. Muchas. Tal vez la mayoría.

Custodia compartida
Y luego hay otras que prefieren que sus hijos se queden sin el padre salvo que este pague por ello. Un secuestro en toda regla. Y saben que no pueden delatar a la secuestradora porque eso dañará a sus hijos. Y se desesperan. Y no dicen todo lo que piensan no sea que los acusen de maltrato psicológico y el juez sentencie que el secuestro y la extorsión serán legales. Conforme a derecho.

Hay mujeres que con la coartada de ser madres se tumban a esperar el maná. Y quieren mucho a sus hijos, y llegan tarde a buscarlos, y piden prórroga a los padres porque siempre se les cruza un plan en el camino y recogerán a los hijos, pero en otro momento. Y con sus hijos son todo "mi amor" y mi cariño". Y el amor, tantas veces mal entendido, no se cuestiona. Es su madre, ¿cómo no va a dar una madre su vida por un hijo?

Una madre, lo siento, es un ser que alumbra un bebé y suele quererlo. Pero a veces se quiere más a ella misma. Y se ampara en el dulce discurso de la maternidad, los anuncios de dodotis, la leche en polvo, los desvelos. El vuelve a casa por Navidad.

Pero lo que más la desvela, (a veces), es perpetuar su condición de mantenida. Sacar su parte aunque deje al otro en la miseria. (Me quedo con el padre, al hombre que le den).

Hay hombres que maltratan, abandonan y pasan de sus hijos, los hay. La sociedad los señala, la justicia a veces los condena. Hay mujeres que cobran su sueldo gracias a sus hijos. La sociedad ni se entera, la justicia a menudo las favorece y hace la vista gorda aunque sean una mafia.

"Hasta  que la muerte os separe". Lo dijo el cura, ¿recuerdas?

(Custodia compartida=fin del cheque. Para algunas eso significa. Por eso no les interesa)

Hay mujeres que encuentran que un hijo es más rentable que el mejor plan de pensiones. Y harán lo que sea por mantenerlo. Al mejor tipo de interés.

Una pareja nace, se reproduce y a veces muere. Y cuando muere debería firmar un pacto de con los hijos, no con el/la ex. Tu padre y tu madre te seguirán amando. Te llevarán al médico, te esperarán a la salida del cole. Te contarán los cuentos. Te ayudarán con los deberes. Te animarán en el partido de fútbol. Pagarán tus necesidades. Te escucharán.

Y de ninguna manera pondrán precio a tu tiempo. A tu compañía.

Algunos hombres no quieren ni oír hablar de eso. Algunas mujeres, esas madres intocables con patente de corso, tampoco.

Hay hombres, me consta, que querrían poder subirse a la máquina del tiempo y eliminar un encuentro en el camino. Aquel instante. Aquella diosa que hoy es una carcelera con la mano siempre extendida. Implacable. Abusadora.

Hay hijos a los que debemos proteger de la evidencia como los protegemos de las películas violentas o las malas compañías.

La pareja es un contrato. Siempre lo fue. Pero casi nadie lee la letra pequeña. Las cláusulas que permitirán la mala praxis. El chantaje. El cheque en blanco.

Y las víctimas, una vez más, son los hijos.

PD. Pido disculpas por el tono demagogo. Hablo con las tripas, pero  sin perder la cabeza.
PD-2.Para A. Un padre que se ocupa y ama.




martes, 19 de noviembre de 2013

MÚSICA DE PUTICLUB

Puticlub
-Montemos un negocio
-Sí, eso, ¡un negocio!
-Podríamos editar un disco titulado: "MÚSICA DE PUTIBLUB. Los 100 temazos para echar un polvo de pago"...
-¿Qué música ponen en los puticlubs?
-Ni idea. Soy marica ¿recuerdas?

El desvelo social alumbra conversaciones y planes extravagantes que tienen una función de válvula de escape necesaria. Como las de las ollas exprés (aunque una vez mi olla saltó por los aires y dejó el techo de la cocina como un Miquel Barceló de esos que el domingo colgaban en Feriarte, la feria de las antigüedades, la restauración y el coleccionismo. Un templo de paz en medio de otras ferias simultáneas más alborotadas, como la de coches de ocasión y pisos de ocasión.

Para redondear, el Recinto ferial convocaba Biocultura, el reclamo hierbas (de eco-ocasión), así que el grueso de los que atascábamos los parking se componía de: desesperados por buscar un piso cheap&chic (pero más cheap), desesperados por cambiar de coche a un nice price, desesperados por cambiar su feng shui vital y desesperados por un chute de belleza con regreso al pasado.

Feriarte huele a trementina y a pintura de dorar marcos. Los anticuarios son personajes de novela del siglo XIX. Señores en su mayoría, trajeados en su mayoría, que hablan bajito y se calan las gafas minúsculas para mirar. Pero las apariencias engañan. "Aquí también tenemos piratas, nos comentó mi amigo A., que exhibía su propio stand de deliciosas primeras ediciones dedicadas y pintura barroca. Hay quien contamina al cliente y le dice que el Tapies del stand de al lado es mucho peor que el suyo, que no se fíe...".
Barceló, o mi cocido en el techo de mi cocina

Yo, como no soy coleccionista, sólo me fío de lo que ven mis ojos y me produce cierto temblor en el estómago. Calentón sin orgasmo. Hay cuadros que te retienen pero jamás te los llevarías a casa.  El instinto de belleza y el de posesión son muy distintos, aunque algunos los confunden y los concatenan: "La miro, la deseo, me la llevo". (Y si esto sucede en Feriarte siempre puedes llevarla al pabellón de los pisos de ocasión y rematar el plan, para regresar en un flamante coche de segunda mano cual honeymooners de cuarta regional).

A base de mucho mirar uno va estableciendo categorías de lo que le estremece. Y a veces consigue etiquetarlo, nombrarlo para ser invocado cuando lleguen tiempos peores. El fetichismo, tan denostado, es el afán de volver a sentir una punzada de lo que nos excitó a través de un objeto. El párrafo de un libro, las hojas que el otoño abandona caprichosamente en una acera, el acero tan frío, su olor en tu cuello.  Lo que me lleva a pensar en que habría que organizar ya mismo FETICHARTE. Feria de sensaciones de ocasión. 

Y me explico.

Hojas de otoño, ayer
Creo que la crisis de los cuarenta (y la de los cincuenta) podría tener que ver con la dificultad de sentir, de sorprenderse, de arriesgar. Conozco coetáneos que se dan por vencidos. Que están de vuelta. Que articulan discursos de presunta madurez que son de rendición. Han puesto demasiadas etiquetas y son víctimas de las palabras que escribieron. Feticharte sería su lugar. Un nicho de sobresaltos y hormigueos. De impulsos y levitaciones. El fin del conformismo y la predestinación.

En este punto me siento orgullosa de mi capacidad para imaginar negocios. Para el de los hit parade de puticlub necesito voluntarios, hombres que frecuenten esos templos donde el deseo es un billete marcado: "Te pago, me deseas. Finge que me deseas". Para el otro, víctimas de la abulia desesperada. Se garantiza billete de ida. Deseos sin rematar, cocidos a fuego lento. Gratis total.

Lo pienso, imagino sus contornos...¿Lo ejecuto?












domingo, 17 de noviembre de 2013

NOTAS PARA UN DOMINGO DE LLUVIA

Hay un día en que dejas de ver las cosas. (A veces también pasa con las personas).

Ayer me sorprendió que la basura de las calles de Madrid no me provocara el más leve respingo. La había incorporado al pasisaje de mis ojos. Como la franja del paqué sin barnizar o la bombilla sin pantalla.
La cotidianidad es eso que nos permite soportar las contingencias y los sobresaltos de la vida. Un ejercicio de supervivencia que hace, por ejemplo,  que algunos piensen que es normal que su pareja los menosprecie a la mesa o que un amigo llegue tarde por sistema.

El antídoto contra esa pereza cerebral que evita el estrés sería la atención extrema. Agradecer que te den las gracias o te pidan perdón. Que por fin haga frío y la casa esté en silencio. Que el ordenador siga al ralentí pero no se apague -ese terror cotidiano-. Que el domingo sea largo como un menú gourmet, pero no estrecho. Que el café perfume el aire, que la lluvia componga una sinfonía de fondo que es el mar de la ciudad. Pero también irritarse porque no tuviste tiempo de llenar la despensa, porque las plantas están secas y la cortina caída. Y has apostado todo a un solo día de descanso, y es tan poco que ya te cansas de pensarlo. Que las sábanas se empapan en el tendedero desde ayer. Que hay que dormir por decreto, que el reloj avanza inexorable.
Dr Sleep, de Stephen King

Hay un día en que dejas de ver a las personas. Te matan, los matas. Y entonces te llaman: "Ha muerto". Y todo ese cariño del pasado sale de la tumba y atruena los oídos. Y no hay dónde colocar el duelo, no hay despedida. Uno no puede dejar de existir para nadie por las buenas sin que un mes, unos años después se remueva la tierra y salga el zombi. Cuidado con matar en vida. Para desaparecerse, se me ocurre, conviene ir reduciendo la marcha: cuarta, tercera, segunda. Tirar de freno y embrague.  Parar, detenerse, respirar. No nos enseñan a decir adiós. A despedirnos bien sin tirar contenedores de basura. Barreras de color que huelen mal, que apestan y cierran el paso al callejón que ordena la salida.

Vivir a veces es tapar la mancha del sofá con una funda. Si no se ve, no es. Y tapas, y tapas, hasta que el sofá ya no es sofá, sino un zafarrancho de trapos sucios que te incordia e interpela.

Uno es aquello que mató sin hacer duelo. Un cadáver de otros que pasaron sin practicar el adiós. Un zumbido molesto, un acúfono que te recuerda que eso que quedó sin rematar sigue ahí, inquietante, larvando como un monstruo de Stephen King, que clama su momento y su venganza.

"Había desaparecido de la faz de mi tierra para siempre" (Javier Marías)






sábado, 16 de noviembre de 2013

VIVIR ES IRSE CON LA CHICA

En Nairobi conoció a una mujer. Estaban sentados juntos mientras esperaban sus vuelos. Era alta, curvilínea, con unos pendientes de oro minúsculos. Tenía la piel rubicunda y la voz cantarina. A Alan le gustó mucho más que muchas de las personas de su vida, de las personas a las que veía a diario (...) Si se hubiera atrevido, habría encontrado la manera de pasar más tiempo con ella. Pero, en su defecto cogió el avión y voló a Riad, y luego a Yida.  ("Un holograma para el rey", Dave Eggers)

Puede dividirse a la población general que pasa de los cuarenta entre los que cogen el avión a Riad y los que se quedan con la chica. Los primeros, cabría pensar, con sensatos y cobardes. Los segundos, impulsivos y jugadores de azar. Irse con la chica requiere osadía y capacidad de levantarse de ese batacazo previsible que es la decepción. Irse a Riad requiere superar el hormigueo incómo y eterno del "¿Y si...?".

(A veces lo mejor es subirse al vuelo de la chica sin pensar. Aunque sea a Riad. Al fin del mundo)

Dave Eggers
Anoche el cansancio sólo me dejó leer un párrafo de esta novela de Eggers que ansío atacar hoy a lo bestia. La precede una cita de Samuel Beckett: "No todos los días se nos necesita". Tiene razón ese hombre de rostro esculpido a hachazos. A veces necesitamos y que no nos requieran se parece al descanso eterno. A veces convendría no necesitarse a uno mismo. Llegar a casa, ponerse el pijama limpio que huele a suavizante de jazmín y revolcarse en la cama con las palabras. No te necesito. No te necesito. A veces uno querría subirse a un avión, a cualquier avión, en pos de una mujer, de un hombre que no te necesita y pedirse un gin tonic, uno cada uno. Y leer la última de Dave Eggers y dormirse en hombro ajeno, las manos entrelazadas, la respiración pesada como una piedra gigante.

Pero, seamos sensatos. Un hombre, una mujer, que no te necesita en absoluto es posible que no quiera seguirte a Riad en absoluto. Riad no es el destino más romántico del mundo, convengamos. Un día de primavera supera los 42º, y a las mujeres no nos dejan conducir. De manera que todo hombre insensato mayor de cuarenta que se suba a un avión detrás de una mujer que va a Riad terminará de chófer y sudando. La imagen, querido Dave, no es precisamente tórrida. Al menos no desde el punto de vista erótico.

Si yo cogiera por impulso un vuelo con destino a Riad elegiría muy bien al hombre. Tendría que tener aspecto de poder llegar a necesitarme un poquito, sin depender de mí. Ir con un dependiente por esas calles a 42º se me antoja una pesadilla insoportable. Pero con un hombre que no te necesita en absoluto tampoco sería el ideal. Lo mismo se olvida de que estabas y te deja tirada en el lobby de un hotel.  Fría de aire acondicionado, fría de despedidas.

Tendría ese hombre que llevar su propio libro. Y su carnet de conducir. No son muchas exigencias, me parece. La piel rubicunda nos la podríamos ahorrar, pero puestos a elegir una voz la de mi desconocido misterioso sería una de esas que al estallar lo ocupan todo. Los huecos, las esquinas, la puerta de emergencia, el oxígeno. Alguien que  escoge con cuidado las palabras para que el vuelo no se llene de turbulencias, de adjetivos defectuosos, de discordancias y onomatopeyas.

Si pasados los cuarenta te da por viajar a Riad, debes seguir tus impulsos. Has visto y conocido a muchos hombres y mujeres. Deberás llevar provisiones de Biodramina y varios libros de Beckett y de Eggers. Deberás llamar a la azafata: "Un gin tonic de Bombay Saphire y otro para el caballero". Intercambiaréis los nombres, las tarjetas. Te pedirá una cita. Qué absurdo, ya estamos juntos y sentados varias horas. No importa, quiero una cita. ¿Tal vez un café?, responderás. "No tomo café desde 1986". 

No todos los días se nos necesita, pero hay días en que necesitamos con desesperación. Y llegas a casa y tus hijas están viendo la tele y te besan de refilón y no te necesitan, y está bien. Y te calientas un caldo y te quedas un rato con ellas viendo un programa concurso insoportable. Porque odias los concursos incoportables pero amas a tus hijas. Y te enganchas a una en el sofá, y te asalta un bostezo y luego otro. Y sueñas con Riad, con un avión. Y te despides y te pones el pijama que huele a jazmín y te metes en la cama, las sábanas recién lavadas, y coges el libro y te revuelcas con un hombre llamado Dave Eggers. Un polvo rápido, un párrafo. Y está bien. Y el sueño es el vuelo tranquilo y al fin sin turbulencias.





jueves, 14 de noviembre de 2013

TU NOVIO PODRÍA SER EL MÍO FÁCILMENTE

Tres mujeres se sientan a cenar y entre la crema de verduras y la tortilla hablan de hombres. Ese temazo.

-¿Sabes que a I. su novio la dejó con una canción, mami?
-Se titulaba "maldita seas, vete al infierno" o algo así (carcajada)
-Muy sutil, sí...

Tres mujeres de entre 11 y 46 años comparten experiencias de amor  a la mesa. La primera ha sacado el tema desde la anatomía porque anda preocupada: "¿Qué pasa si me sale la regla enmedio de la clase y se ríen de mí?"

-Enana, eso no te va a pasar en mucho tiempo. ¿No ves que tienes cuerpo de pequeñaja, ni una curva?
-Y si me pasa, ¿qué? ¿Saldrá un chorro horrible y caerá al suelo y lo pondrá todo sucio?
-Mamá, esta niña está loca. 

Ofendida, la de once se pone en pie y se marca un baile contoneo muy forzado para probar sus habilidades de mujer que espera la regla como quien espera el chapapote o el tsunami subida al escenario de una sala de striptease. Y en venganza comienza a glosar la lista de novietes de su hermana adolescente.

-¿Te acuerdas de A., el del campamento que te regaló su camiseta de fútbol?
-No, ¿quién era ese?.
-Hija, por dios, me estás preocupando, a ver si vas a haber salido con más hombres que yo...

A los once un novio es como un grano. Un estorbo que brota y que tiene el interés anatómico del despertar a la vida adulta con ciertos efectos secundarios. A los 17, un ejercicio de prueba y error.  

Jackson Pollock
-Pues que sepas que O. hablaba mucho conmigo cuando lo veía en el cole. No sé por qué F. no me hace tanto caso...
-Enana, quizás porque es mi novio, no el tuyo.
-Pues yo creo que podría ser mi novio fácilmente...

A los once años una mujer conserva intacta su confianza en sus capacidades de seducción, tal vez porque aún no las ha puesto a prueba. Piensa que, como la regla, brotarán en el momento y lo inundarán todo como un cuadro furioso de Jackson Pollock. A los diecisiete el banco de pruebas anda al rojo vivo, y las madres observan sus engranajes y el movimiento de los mecanismos sabiendo que poco podrán hacer para intervenir, pero que deben estar con el extintor a mano. Y dar consejos de esos que no te piden.

-Con O. discutía porque era franquista radical. Se podía frenético cuando le decía que no tenía razón.
-"Franco, Franco, que tiene el culo blanco..." (se arranca la de once años, resucitando esa cancioncilla que ya cantó la de 46 en su tierna infancia)
-Pero hija, qué va a saber ese niño de Franco, si cuando nació llevaba más de veinte años muerto! Yo creo que no es muy inteligente...
-Sí, mami, F. es mucho más inteligente. Con poco que estudie saca notazas.

A los 46 años una mujer sabe que la inteligencia es un valor extraordinario e imprescindible pero debe acompañarse de otros, como la integridad, la tolerancia o el humor. Claro que cuando se lo dice a sus hijas estas le miran raro y hasta se permiten dar consejos: "Mamá, yo creo que deberíais salir más".

-Sí, venga, vamos a salir (enana de once)
-Ya está la niña apuntándose a planes con parejas.  Mami -prosigue- yo creo que D. es muy inteligente. Lo sé por su tipo humor.
-Y juega al fútbol.

A los once años un hombre que juega al fútbol es un gran candidato a novio. A los 17 años un hombre que se ríe es un buen candidato a novio. A los 46 años un hombre inteligente que se ríe y hace deporte es un buen candidato a novio.

En el fondo, las tres mujeres están de acuerdo aunque no se han dado cuenta mientras devoraban la tortilla y diseñaban una estrategia para cuando a la de once le sobrevenga el tsunami rojo y el mundo se pare y todos los niños de la clase lo noten de inmediato y suenen las alarmas y se declare el estado de excepción. Y la de 46 se acuesta pensando que otro día tendrá que contarle a la de once que levantarle el novio a una hermana está muy feo...









martes, 12 de noviembre de 2013

EXCUSAS PARA MUJERES CON PRISA

Tú y tus cuentos
Cada noche me cuento un cuento antes de dormir. Hay costumbres de la infancia que conviene no abandonar o estás muerto. A veces hablo sola e intercambio unos wasaps breves con D. -"érase una vez, en un lejano país..."-.  Otras tiro de libro ajeno. Alice Munro últimamente, Guillermo Busutil ayer, sin ir más lejos (una agradable sorpresa). Si invoco al sueño y se resiste hago moviola de los cuentos chinos que me han ido contando durante el día.

Hay personas tan hábiles que te narran milongas disfrazadas de verdad. No te las crees, pero pones cara de que sí y agradeces la molestia del artista.  Dar carrete. Larvar un tejido mendaz pero verosímil para seguir viviendo.

Y luego están las excusas.

Un mundo sin excusas no sería habitable. 

Ayer, según salí de un médico, perdí la historia clínica y las recetas de mi adolescente. En cuanto me di cuenta imaginé que sería amonestada (con razón) y tiré de autoexcusa: "Iba tan cargada y con tres o cuatro sobres que era fácil que se me perdiera uno. Cuestión de probabilidad". Haciendo moviola, había salido disparada del trabajo para buscar un papel en una clínica, y de ahí en otro taxi a casa de mi madre, que tuvo a bien darme de comer, rápido, rápido, para correr a otro hospital con mi hija mayor, la consulta y nueva carrera a casa para dejarla y tomar otro taxi de vuelta al trabajo. Mi coartada era perfecta: me volví loca de viajes, enferma de tiempo y obligaciones. Tic tac,tic tac. Era prácticamente imposible no perder algo en el camino, o perderme yo misma en esa gynkana delirante. Más aún sin haber tirado migas como Pulgarcito.

-Me temo que he perdido las recetas...(así, a pelo, sin excusa)
-Cómooooo! Mamá, eres un desastre! Si las llevabas en la mano!
-Ya, hija, sí, perdona. Tengo tantas cosas en la cabeza.(Excusa poco contundente y tan general que entra por un oído y sale por otro, me temo)

En mi caso se da la coincidencia de que algunos de los reproches de mi madre me los repiten mis hijas. Me siento un sandwich atrapado entre la decepción materna y la filial. De la primera uno escapa como puede con portazos de rebeldía. Pero la segunda es una prisión si redención. Te comes la sentencia día a día, no acortas pena por trabajos porque el trabajo te hace madre y se da por hecho, como el valor en la mili (ese atavismo).

Una madre es un ser que pierde cosas y siempre tiene una excusa a mano, podrían decir mis chukis. Y no les faltaría razón. La posibilidad de perder algo me produce tal psicosis que cada vez que voy a coger un avión siento algo parecido al pánico al abrir el bolso para sacar el DNI: "¿estará allí o lo habré perdido? ¿se habrá ido solo, como la última vez?". Naturalmente, tengo antecedentes. He perdido de todo desde mi más tierna infancia. Perderme en las carreteras no es más que una metáfora. La puesta en escena de una pieza teatral donde soy directora, apuntador y actriz protagonista. Las tarjetas sanitarias son mi especialidad. Es como si la salud o la falta de ella me dieran tanto terror que le pongo trabas, palos en las ruedas. No hay tarjeta, no hay veredicto.

La única ventaja de perder es el gozo de encontrar. El ingenio se agudiza cuando uno está habituado a buscar un plan B. Ayer, tras la cena, tenía en mi correo un mail con la historia médica de mi hija y las recetas escaneadas. Perfectas, inasequibles al extravío. Hoy pienso imprimirlas y hacer tres copias. Y aquí paz y después gloria.

Así que entré en la cama satisfecha, con la urticaria por todo lo alto y una historia por delante que habla del frenesí de un día en una familia convencional. Se titula Shaw&Maciá, carece de toda concesión poética y termina así:


"Una hora después los dos apagarán el día con un beso desnudo que no contradice el sueño y se dormirán sintiéndose felices. Saben que el amor es una empresa. Trabajo, planificación, equipo, esfuerzo, productividad e innovación son necesarios para evitar caer en la avaricia de la costumbre, o que una opa los separe" (Vidas prometidas, Guillermo Busutil. Tropo Editores)

(Amar, con tu venia, Guillermo,  es una empresa con su correspondiente departamento de objetos perdidos. Algunos pierden el amor, pero no se dan cuenta, sumergidos como están en la sucesión de obligaciones y rituales. Y un día paran y ya no hay más excusas. Y sustituyen con cuentos el beso desnudo. La rutina.)

El amor es una excusa para dormir tranquilos. La literatura un compañero fiel que te calienta la cama y no te da la espalda justo después de apagar la luz, con leves choques de pies en el camino, las  migajas de Pulgarcito.


lunes, 11 de noviembre de 2013

POR QUÉ LOS HURACANES TIENEN NOMBRE DE MUJER

Los niños son malvados y crueles mientras no se demuestre lo contrario.

-Que sepas que vas a jugar poco o nada. Tú verás.

A Minichuki algunos enanos de su edad no la quieren en la liga interna de fútbol del colegio, y así se lo han hecho saber. Es niña. Ser niña no sólo es un obstáculo en el tercer mundo. Eso sí, allá las matan, incluso antes de nacer. Aquí sólo las putean para que se rindan. Tienen suerte.

-Mamá, no vayas a hablar con nadie, he sido yo la que ha dicho que se va. Si el capitán me deja todo el rato en el banquillo para qué voy a estar en el equipo...

(El huracán de Filipinas se llama Yolanda. Tengo la sensación de que los huracanes y tornados suelen llevar nombre de mujer. ¿Las mujeres somos fuerzas de la naturaleza, irracionales, incontenibles, destructivas?)

Vuelvo indignada del patio del colegio. Le cuento a mi adolescente lo sucedido y que me han dado el nombre del último responsable de esos desmanes. Me dice que sí, que hay un profesor del colegio machista y despiadado. El mismo que, cuenta, les hacía dar saltos mortales sin rechistar aunque les aterrase. Nosotras pasamos por urgencias y lo conté en un post. Otra compañera se dislocó el hombro. "No valéis para nada". Me enciendo, siento no haber estado más atenta cuando le daba clase hace un par de cursos. Recuerdo a aquel cura, en mi COU: "Esas que vienen en chándal moviendo los traseros como flanes".  No hemos progresado tanto. Nos siguen atropellando. Los niños del patio del colegio se sienten más fuertes, más listos, más capaces. Los discursos calan como esa lluvia persistente y fina. Orballu letal.

Minichuki, juro que soy madre cicatera, es buena jugando al fútbol. El sábado, al terminar el partido, los otros padres se acercaban con la mano tendida. "Clara es la mejor", me dijo uno de ellos. Me sentí orgullosa. Pero eso no alivió mi amargura. Hay dos discursos. El de la superficie pulida e impoluta  y el de las corrientes subterráneas, negras, turbias. Ese que sigue ahí, inalterable, concienciando a mi hija de que ser niña es partir con desventaja.

Me pregunto si la coquetería y manipulación extremas de algunas mujeres son herramientas de defensa en la desigualdad, un pataleo reprobable, y asumo que seré dilapidada dialécticamente, tal vez con razón.Trampas que tienden para avanzar en un tablero que a veces es tan hostil. Ellos también manipulan, también coquetean, desde luego. La víctima quiere ser verdugo y tira de arsenal ligero.

Detesto a las mujeres que utilizan las llamadas "armas de mujer", fórmulación en sí machista. No soporto a las que quieren colarse con un batido de pestañas. La "literatura femenina" es una trampa venenosa oculta en un enunciado probable. Un coladero de mediocres, tantas veces. Las cuotas, lo siento, son un boomerang que a veces te sacude en toda la cara, aunque entiendo su utilidad para evitar atropellos mayores. Me fastidia que la entrada de una mujer en la Academia sea más noticia porque es mujer. Me duele que las políticas más lerdas se conviertan en chistes de éxito (yo misma me sorprendo atacándolas con saña, como si no hubiera lerdos). Y que para muchos, aún sin pronunciarlo, estemos condenadas a reinar en el territorio blando e invisible de la intimidad. Con sus arenas movedizas. Con sus limitaciones.

-Hija, ten claro que las chicas somos tan capaces como ellos.
-No, mamá, somos mejores.

Minichuki tiene once años, 140 centímetros de determinación y juega al fútbol que te cagas. Está en esa edad intermedia en la que las niñas le parecen cursis porque quedan para hablar y ella prefiere dar patadas a un balón. Está en esa edad maldita en que los niños se empiezan a sentir superiores y a dar por hecho que una niña es un ser menor que queda para hablar y hace bailes en el patio. En un par de años pasarán del menosprecio al cortejo, pero con todos los mensajes del menosprecio consolidados.

La educación es cosa de todos. El lenguaje, el arma más mortífera. Los límites que nos ponemos muchas veces tienen su origen en los inocentes juegos del patio del colegio. Estemos aten@s.

Y por lo que a mí respecta, mi hija va a jugar al fútbol aunque tenga que buscarle equipo en Finlandia. No hay límites, cariño. Nos los ponen. Y a veces los asumimos.

PD. Busco y leo:
A finales del siglo XIX un meteorólogo australiano comenzó a darle nombre a los tifones con nombres de mujeres. Esta costumbre se afianzó entre los meteorólogos y predictores de la Navy de EEUU durante la Segunda Guerra mundial en la batalla del Pacífico.
Realmente fue esta costumbre americana la que se instauro de forma definitiva a mediados del siglo XX. Se prefijaban nombres femeninos de antemano para nombrar a los huracanes y tifones de cada temporada.
No fue hasta 1978 y 1979 cuando se dio nombre masculino y femenino a los tifones del pacífico y huracanes atlánticos, respectivamente.





sábado, 9 de noviembre de 2013

NO ME LEAS LA MENTE SIN MI PERMISO

(A veces falta intención y sobre remordimiento).

Alexei Volodin irrumpió en el escenario, luto de camisa y pantalón, y atacó Bach como si no hubiera un mañana. Creo que el virtuoso se define por el trance apasionado que acompaña, obstinado, a unos dedos que son diez pero se multiplican al dictado frenético de esas Variaciones Golberg del demonio que ayer invadieron el Auditorio Nacional y nos estremecieron. La técnica, cuando es excelsa, no se nota. Como esas puntadas microscópicas de la alta costura. Era bello contemplar el rostro de Volodin, las variaciones gestuales, arriba y abajo. Nada solemne, pero transportado. Un viernes que termina así es mucho más viernes.

Todos tenemos nuestros fetiches. El mío de ignorante musical con las Variaciones me viene de una tarde de fiebre y tedio hace ya muchos años. Los de Coetzee, sin duda más interesantes,  vamos a conocerlos gracias a la publicación de su Biblioteca Personal. Esas obras que lo han marcado como lector y, sobre todo, como escritor. Leo un comentario y me descubro admirándole también por ese humor: "Madame Bovary es la historia de una francesita sin importancia —esposa de un inepto médico rural—, quien tras un par de relaciones extramatrimoniales, ninguna de las cuales funciona bien, y después de hundirse en deudas para pagar artículos de lujo, desesperada toma veneno para ratas y se suicida”. El premio Nobel de Literatura tiene la grandeza de los que no precisan de ampulosidad para fingir ser más grandes. No conozco un solo pedante que no se desinfle por el camino. 

Alicia Luna
Alicia Luna pertenece a ese estilo de creadores que no sólo no presumen sino que acostumbran a lapidarse ello solitos. Es mi amiga, así que lo reconozco para evitar suspicacias, antes de glosar su talento extraordinario que fue premiado con un Goya al mejor guión por "Te doy mis Ojos", de Icíar Bollain, y que no ha hecho más que crecer y multiplicarse en la experimentación de géneros. Lo último lo vi el jueves en La Corsetería, ese templo de barrio donde florece el Nuevo Teatro Fronterizo de José Sanchís Sinisterra y donde ella da clases y se deshace y se reinventa. "Encerradas", se titula. Una obra de teatro escrita por ella que habla de esas capas subrepticias de la amistad, de los desmanes del tiempo, de eso que no expresamos y nos duele, de los rencores maquillados, del amor incondicional que sobrevive con humor a las pequeñas vilezas. Y busca productor.

Dos amigas cercanas a los cincuenta se han perdido y estalla la tormenta. Una ermita abandonada las cobijará. Porcelana de la Cartuja, el aliento pestilente de ron del ex marido, el volumen inquietante del amante. Secretos que ninguna se había atrevido a confesar. Hasta ahora.


AMPARO: Lo sabía, vas a pasarte el santo fin de semana quejándote de lo mal que organizo todo.
BERTA: No me leas la mente sin mi permiso.


Una semana que acaba así merece salvar el calendario. Aunque en realidad acabe en un parking, el coche sin batería, las luces frías y el hormigón gris. La emoción sobrevenida. La grúa que se demora. Ningún remordimiento.







jueves, 7 de noviembre de 2013

CINE+CENA+SEXO. (PLACERES SENCILLOS))

"Tienes que elegir entre master y embarazo". Y eligió.

Hay dilemas indigestos, como este que ayer me contaron y que, imagino, pretendía reforzar el aura de exigencia de un master con un caso práctico bastante desafortunado. Elegir master o embarazo es como elegir cine o sexo tras un viernes agotador, sesión medianoche. Son compatibles, pero requieren organizarse.

Los dilemas siempre me han parecido interesante objeto de estudio, sobre todo cuando mezclan opciones inconexas. Recuerdo mis embarazos como épocas de máxima energía donde la languidez brillaba por su ausencia y donde me hubiera apuntado a un master como vía de escape a esas obsesiones que acompañan la gravidez y te convierten en una gorda con naúseas y rutinas de analíticas, curvas de glucosa y cremas antiestrías.

De haber estado enfrascada en mi máster no habría vomitado. Los cuerpos se adaptan a las inclemencias intelectuales como las muelas al espacio disponible. Aunque a veces haya que extirparlas.

A menudo se elige entre pensar o no pensar. "Yo creo que los list@s tienen más probabilidades de abatirse", me escribe D. "No hay nada peor para la felicidad que pensar demasiado".

Dicho de otra manera: ¿simple y feliz o complejo y atormentado?. Y desde luego es un maniqueísmo torticero y poco real, como master o embarazo. Creo que se es mucho más feliz con una carga de complejidad que te permita explorar cotas más intensas y abstractas de realidad/experiencia. El tonto feliz es un personaje de alcance limitado y previsible. El precio del listo es que el sufrimiento elaborado duele más porque adivina la causa del dolor, las circunstancias y el alcance de la herida.

(Pero muy bien podría estar equivocada, porque los dilemas los carga el diablo).

Un embarazo requiere la adaptación a un cuerpo que cede y se expande, y que en el camino estrangula órganos y produce acidez de estómago. Un master, quiero pensar, requiere la optimización de tu tiempo para inocular contenidos a un cerebro exhausto al que conviene engañar con un caramelillo que antes solía ser el puesto de trabajo o la promoción y que hoy podría ser cine+cena+sexo. La trilogía del placer sencillo. (El orden de los factores no altera el producto).

Todos los días resolvemos dilemas reales y falaces: Dormir o escribir. Seguridad o libertad. James Salter o Don DeLillo. Tacones de cinco o de diez centímetros (estatura o comodidad). Carne o pescado. Coca Cola light o Zero. El País o El Mundo. Amor o coqueteo. Obra o mudanza. Cara o cruz. Salsa o merengue. Truco o trato.

Y a veces el dilema se torna juego, como en la adolescencia, cuando volteábamos una botella, sentados en círculo, y te preguntaban: ¿Beso, atrevimiento, o verdad? Un trilema que en realidad era una interpelación:

¿Te arriesgarías a besar a un sapo?

Casi todos los dilemas pueden convertirse en enunciados simples. Es una regla de supervivencia. 


PD. Me acabo de acordar de un chiste tonto que se llamaba "¿Follamos o merendamos?". Y terminaba: "Pan non hay..."




miércoles, 6 de noviembre de 2013

CÓMO SER MODERNA Y PARECERLO

Nos creemos muy modernos. Pero siempre hay alguien que nos gana, y así nos lo recuerda el espejito mágico de la madrastra de Blancanieves.  

"Espejito, espejito, ¿quién es la más moderna de la casa?" pregunto cada noche con la absurda esperanza de escuchar mi nombre un día. "Minichuki, sin duda, que ayer ganó en el patio del colegio una pelea de gallos. ("O sea -me aclara el espejito al ver mi cara de despiste-  un concurso de rap espontáneo donde vence el que más aplausos recoge por su ingenio con las letras").

Mi moderna de once años lo petó, y cuando quise saber la letra de su rap la encontré irreverente y clasificada para mayores con reparos. Muy Jay Z, para entendernos. Me miró con cara de "tú de esto no te enteras, que eres antigua", y salí de su cuarto con la cabeza gacha, vencida y aplastada por el huracán de los tiempos.

Antes, en la cena, las chukis se habían reído de mí porque dije de alguien que estaba "colado" por alguien. "Mamá, no sé qué es eso que dices, pero es de vieja", me soltó la adolescente, esa que me llama "motivada" o "acoplada" varias veces por semana.

Ser una motivada es bastante moderno, de hecho los de la RAE aún no se han percatado. Pero acoplarse sin ser invitado es una falta de educación tan desesperada como eterna. Claro que a la moderna de mi adolescente los matices le traen al pairo (otra viejunada, sí) Un adolescente es por definición dogmático y melasudista.

Menos mal que cuando estaba claudicando ante mis hijas Marco Tulio Cicerón vino en mi auxilio: "Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros". Me pareció absolutamente contemporáneo y pensé que el moderno es aquel que acuña frases ayer vigentes mañana. Y que escribir con ligereza es pecado mortal, pero un poco menos que publicar esos libros y quemar la Amazonía.

A los 17 se es moderno por imperativo biológico, pero sin mérito consolidado. Recuerdo compañeras de colegio viejunas ya a los doce que estrenaron los días de vino y rosas con pendientes de perlas y una cosmovisión tan convencional que parecía sacada de la Sección Femenina, ese atavismo que habían frecuentado nuestras madres y a nosotras nos daba risa. Las chicas de la Sección, como las de la Cruz Roja, debieron ser modernas en su día, digo yo. Tan pizpiretas, tan uniformadas como una de esas churris de Malasaña que se disfrazan hoy con un toque vintage aquí y una gafapasta allá antes de salir a las aceras a destilar hipsterismo histérico y forzado.

¿El modernícola hipster es moderno, me pregunto? ¿Qué pasa cuando cumple 40 años, o 50, y entrega su uniforme y sus galones? ¿Deja de ser modernícola y se convierte en padre de adolescente, esa condición carca? ¿Existe la maldición de los guays o me la acabo de inventar?

Durante una etapa de mi vida me rodeé de modernícolas. Seres interesantes, intensos y leídos, que sólo se despeinaban por los autores y grupos musicales considerados "aptos" para su estándar escéptico y barbudo. Eran una grey uniforme que sorprendentemente exhibía una visión poco iconoclasta de la realidad y llevaban los mismos jerseys de pico, las chaquetillas de punto y las gafas design. El espectáculo resultaba  conmovedor. Crisálidas que serían gusanitos. Cuestión de tiempo, ese juez implacable.

Leer a Camus, a Cortázar, a Bukovsky, a Burrows, a Gide... fue rompedor en su día, hasta que se convirtieron en clásicos. Igual que el estampado print animal, las plataformas o los pantalones pitillo. Las fronteras de la modernidad son móviles, me planteo hoy. Y el tiempo, una vez más, es la prueba de fuego que condena las modas a ser efímeras -como la adolescencia- o a mutar en clásicas.  

(¿La pura estética sin revolución social que llevarse a la boca banaliza sus banderas?)

Hoy creo, y así se lo haré saber a estas dos modernillas que albergo en casa, que un moderno es aquel capaz de tejer su propia telaraña estética, ética y cultural sin apoyaturas impuestas por un grupo. Un enemigo de los monolitos. Alguien que recurre a los clásicos para apuntalar convicciones propias un poquito revolucionarias. Una rara avis que siente que no pertenece a ningún grupo pero tontea con unos y con otros para llevarse lo mejor de cada casa. Un acoplado fugaz, un motivado perenne.

Y todo lo demás se cura con la edad, el sentido común y un espejo puñetero que no ha dejado de fastidiarnos la existencia desde que Blancanieves se hizo la más bella y nos condenó al resto al abandono y a ponernos gafapastas para cubrir nuestra mediocridad.

(No me extraña que la madrastra mandara a ese cazador tan pusilánime a matarla y sacarle las entrañas. Yo hubiera hecho lo mismo, mejorando el casting de cazadores. Hay asesinatos modernos que convendría rematar, mis queridos Hermanos Grimm...)


martes, 5 de noviembre de 2013

WOODY ALLEN O EL AMOR DISTRAÍDO

Cate Blanchett en "Blue Jasmine"
-¿Qué es lo que cuenta para usted en la vida?
-Estar distraído. Eso es lo importante. Hay que buscarse problemas lo suficientemente difíciles de resolver como para evitar estar preocupado por los verdaderos problemas. Mis problemas son: ¿Podré contratar a Cate Blanchett? ¿Seré capaz de encontrar un buen final para mi película?... Otros problemas bastante entretenidos son los relacionados con el amor. ¿Me querrá esa mujer? El amor es una forma de evitar pensar en la vida.
 
Creo que Woody Allen es mejor que todas las películas de Woody Allen. Leo su entrevista tras una noche a trompicones de rueda de carromato contra suelo de adoquín y me deslumbra esa brillante agudeza irónica que mejora con la edad. Pensar en la vida puede ser un ejercicio agotador e inútil, él lo sabe. A veces -recuerdo haber pensado entre bache y bache- conviene emanciparse de uno mismo. Pedir la cuenta y largarse. Cerrado por litigio. Contemplar el problema como una distracción incómoda y soluble, convertirlo en un chiste. Plantar un jardín alrededor. Pagarlo en cómodos plazos. Reducirlo a una anécdota sin cargo ni condena. 
 
Y entonces ya puedes pensar en cómo contratar a Cate Blanchett
 
Woody Allen y Soon-Yi
Si yo fuera Cate Blanchett pagaría por estar junto a Woddy Allen. Como actriz, como script, como escriba servicial y silenciosa. A una distancia prudencial de esa china tan coreana, tan desalmada, que lo escolta hierática a su paso, el incesto sobrevenido, la venganza del que ríe el último. ¿Es Soon Yi quien ayuda al director a no pensar en la vida, a espantar la muerte que se acerca al son caliente y sensual del clarinete? ¿Es la partitura, la lucha por moldear el do y el la, el lamento, un ejercicio escapista, la escala del dolor, tocata y fuga? ¿Es el carromato una sinfonía, los adoquines un estertor, la noche una pelea por el día?

Estar distraído. Qué listo eres, Woody Allen. De tenerte delante te preguntaría si "Blue Jasmine" eres tú cerrado por traspaso. Si convertir obsesiones en material de película te ayuda a matarlas o las condena a cadena perpetua. Si la china coreana es un castigo autoinfligido, la piedra en el zapato que te recuerda que aún cabalgas. Por qué el amor es distraído. Qué pasa en tu cabeza cuando dejas de pensar. Cuántos guiones son fruto del insomnio, del carromato furioso y desportillado. Con cuántas Cate Blanchett te irías a la cama con treinta años de menos y dos copas de más.

¿El amor es una forma de evitar pensar en la vida o más bien en muerte?. La ausencia de certezas, el final de una película con guión defectuoso que uno tacha cada noche insomne y recompone al alba. Espantados los fantasmas sólo quedan el silencio y el hallazgo. La rendición. La calma. Las ojeras que pesan y el corazón que se aligera, embriagado de historias distraídas que galopan y te dejan vencido por K.O. pero a dos o tres palabras de empezar otro combate.