sábado, 23 de noviembre de 2013

FLORES PARA MUJERES TRISTES

Cada vez que busca su habitación se pierde en un laberinto de pasillos mal iluminados donde las camas de enfermos chocan con los neones de las máquinas de vending. Un hospital es un tanatorio de efecto retardado. En el pasillo de traumatología pasean mujeres con el mismo exacto vendaje en la pierna. Un vendaje de autor, trenzado y firme. Fuera, en los carritos de las enfermeras se alinean las medicinas de esas mujeres, que también se repiten: la del colesterol, la de la tensión.

(Toda mujer mayor de setenta necesita una prótesis en su rodilla exhausta. Tiene la tensión alta y el HDL por las nubes. Podría deducirse).

Un hospital es un fanzine. Carteles de protesta: muerte a la sanidad privada. Celadores altos con ganas de broma. Altivos cirujanos. Las castas en bata y zuecos. Un hospital es la India. Afganistán. El cuerpo a tierra.

Noto que enfermo cuando entro al hospital. Las luces blancas, mortecinas. Los dispensadores de alcohol que la gripe aviar convirtió en fondo de armario, en material cotidiano de campaña. Los gritos de enfermera que piensa que todos los enfermos están sordos. Las familias estorbando el paso. La dieta sin sal, triste de apetitos voraces. Las salas de espera. Los enchufes sin corriente. Las corrientes de aire.

Las horas muertas. El vecino de la madre, muerto. No se movía, cierto que no se movía. Y el familiar a su lado miraba a las musarañas. No mires a mi enfermo, capullo. Despídete del tuyo.

-Fin de la hora de visita. Vayan saliendo por favor.

Uno sale de allí un poco más muerto. Y retrocede en el pasillo laberinto. Y se pierde de vuelta. Y se encara con la máquina dispensadora de ramos de flores tiesos.  Y siente deseos de comprar uno y regalárselo a la primera mujer triste que se cruce por delante. Una mujer triste es la figurante estrella del teatro que es un hospital. Y se desborda de tristeza y se ovilla en un rincón, con un libro y su desgana. Y mira el reloj, y el tiempo se ha parado. Y si pudiera se tumbaría en una cama deshecha y se chutaría el gotero ajeno. De tan cansada.