martes, 31 de diciembre de 2013

YA ES 2014 (DIARIO DE TRINCHERA)

No pienso escribir más sobre el Fin de Año. El vendaval arrasó con los lugares comunes que yo misma, con pluma impaciente de editora, habría tachado de los textos. Tabla rasa ya, todo final es el principio en una sentencia circular que me asalta mientras me refugio en un cuarto a salvo de hijas, sobrinos, hermanos, cuñadas y demás habitantes del planeta comuna. Ya he achicharrado los cruasants, como solía hacer en 2013, y los tejados rotos de la casa aledaña lucen nieve de esa que insinúa más que mostrar. Una maniobra de seducción que será neutralizada por la lluvia antes de dos horas, dios mediante.

Los urbanitas en el campo tendemos a hacernos los peritos en nieves, aunque no seamos capaces de nombrar tres variedades de árboles. En este pueblo de la Sierra Pobre los vecinos son pobres en elocuencia y como mucho les arrancas un gruñido al cruzarte por las calles cuesta abajo. Cada año hay un perro tiñoso que ladra a esta familia para rivalizar en alboroto. No sabe que tiene la batalla perdida de antemano porque somos una jauría alborozada que crece y se multiplica y arranca la mañana antes del alba con la visita de niños y más niños con los que entablar sesudas conversaciones:

-¿Quién no se ha hecho pis esta noche?
-Yoooooooooo! Mira, toca.
-¿Eso es un panettone o una magdalena gigante?
-A mí no me gusta el café Nespresso. ¿Alguien puede hacerme uno de verdad?
-Mamá, ¿no quedamos en que cada uno desayunaba en su casa? Quiero dormir!!!!

Lo mejor de la comuna es que es efímera, como esas instalaciones modernas. Así que conviene disfrutarla a tope, hacer fotos desde todos los ángulos y la vista gorda a las incomodidades inevitables. Si no puedes con ella, únete a ella es la proclama. Aquí la propiedad privada ha sido abolida por decreto ley, y tu cepillo del pelo ya no es tuyo (y reza porque el de dientes sí lo sea). Este año, sin embargo, puedo anunciar con orgullo y satisfacción que por fin tengo cama dentro de habitación con puerta, eso que a los divorciados se nos escamotea año a año según una norma no escrita que premia a las familias nucleares y da por hecho que tres mujeres solas no tienen intimidad que resguardar.

"Por cierto, ¿dónde está V.?" pregunta mi hermano I. ahí afuera, y esa es la señal para ir abandonando este autismo voluntario que se parece al exilio de uno mismo. A la necesidad de una rutina aunque sea recortada y reducida a la mínima expresión. Soy comuna y debo integrarme en la masa, ese lugar de rebelión y risas donde mi gran familia se hace fuerte y desafía a la lluvia, el frío y la hosquedad de los habitantes de este pueblo fantasma donde ayer, a su manera, el dueño de un mínimo colmado que pretende ser bar nos dio la bienvenida cuando murmuró, al servirnos el vermut: "Ya me acuerdo de ustedes, ya, son los del otro año..."

Somos los mismos, o casi. Feliz Año de la Marmota!




lunes, 30 de diciembre de 2013

DIEZ FRASES PARA DESPEDIR 2013



¿Te parece sexy James Gandolfini?, me susurraba ayer B. en la penumbra del cine al que fuimos a ver "Sobran las palabras", la película post mortem del genial actor que ha muerto Soprano para la eternidad. En la pantalla, un cuerpo de 150 disuasorios kilos miraba a una mujer con esos ojos de "eres tú, no veo nada más a la redonda" en un restaurante lleno a reventar y sí, era sexy aunque la película no será de las que marquen nuestra vida ni como comedia romántica ni como comedia a secas. 
Las palabras, sin embargo, no sobran tantas veces. Sirven para rellenar incógnitas. Sirven para acompañar partituras y sirven para que los amigos se cuenten el resumen de un año correoso para casi todos.  Recopilo algunas de las que he cosechado en estos días agónicos de 2013, sin citar mis fuentes:

"Sobran las palabras"
1-Como soy la soltera de la familia, me toca poner la mesa. En casa sólo tienes valor si te has casado y tienes hijos, aunque el matrimonio sea un desastre. La otra noche rompí una copa y me llevé una bronca descomunal.
2-No formar parte de los planes de alguien es un grado de abandono, ¿no te parece? No estoy en sus planes, ni en sus prioridades, ni en su agenda. No estoy, ya está.
3-Miente, miente todo el rato. No sé si por desesperación, no sé si para provocar mis celos. A una parte de mí esta locura le excita. A otra le dan ganas de salir corriendo.
4-Si ves un picahielos cerca júrame que me llamarás y yo iré a buscarte.
5-Este es mi nuevo amigo, se llama Hugo y me quiere, Virgi, me quiere... (mensaje con foto de perro, por wasap)
6-Ya sé que soy agnóstica. Lo sé gracias a un libro. Es un alivio que alguien ponga palabras a un sentimiento que no has podido etiquetar.
7-No creo que las casualidades sean más que eso, puro azar. Pero hay que joderse con esta. ¡Era una entre un millón!
8-Mi objetivo es trabajar cada vez menos sin que se note. No le veo el sentido a ganarse la vida como si la vida fuera una proyección, puro futuro. ¿Y qué pasa con el hoy? A la mierda el futuro.
9-Te quedas en el paro y pasa un tiempo de lamentos y autocompasión. Luego te acostumbras a la precariedad como compañera de viaje. Con cinco millones de parados podía tocarte a ti, ¿por qué no? 
10-Date con un canto en los dientes. Eres uno de esos afortunados que han conseguido identificar lo que da sentido a su vida. No hay tantos, créeme. La mayoría fingimos que nos llena esto o aquello, que estamos a gusto con tal o cuál persona, pero funcionamos con piloto automático dentro de un avión que podría estrellarse en cualquier momento.

Nota aclaratoria: Mis amigos no son depresivos ni atormentados. Son gente a la que no le sobran las palabras, pero las que tienen las comparten delante de una mesa o de paseo por el Retiro. Y sí, Gandolfini puede ser muy sexy, puede ser malvado, puede ser irreverente, tosco, elemental, retorcido, cómico..Un gran actor puede ser lo que le dé la gana. El resto se defienden como pueden.


domingo, 29 de diciembre de 2013

TODAS SOMOS MONICA BELLUCCI

"Yo quiero algo rápido, un speed dating de esos. Nada de invertir mucho tiempo en preguntarnos qué libros te gustan, qué películas has visto diez veces... Si me convence, bien, y si no a otra cosa".

Mi amiga B. solía ser romántica y me ayer desconcertaron sus planes de ligue exprés. En año y medio ha pasado de ser single a ser madre single de dos gemelos, y supongo que eso altera la tabla periódica de elementos del ¿amor?. Hace meses que no duerme de un tirón y su hit parade discotequera la encabeza un grupo tenebroso llamado Los Cantajuegos, que no existía cuando nacieron las Chukis (gracias a dios). "Un horror, que encima llevan peto!", describe. Me atrevería a decir que mi amiga es feliz y que quiere compartirlo con un hombre pero sin grandes inversiones en los previos porque dispone de poco tiempo. Sólo por descartar le pregunto si no estará necesitado una ardiente sesión de sexo. Y no, al parecer no es eso.

Todas somos Monica Bellucci
Debo reconocer que a mí los previos me encantan. Lejos de parecerme una pérdida de tiempo, esos primeros días de citas en los que eres un papel en blanco que tú mismo escribes y compartes con el otro son excitantes. Las citas a ciegas, de las que fui víctima consentida hace más de una década, sólo sirvieron para echarnos unas risas en grupo pero nunca para cerrar tratos de amor. No es que piense que a Cupido no haya que darle un empujoncillo de cuando en cuando, es que creo que hay muy pocos arqueros disponibles que merezcan detenerse y explorar. En eso soy tan práctica como mi amiga, que además ayer se arriesgaba a poner tramo de edad a su potencial novio, mientras A. aplaudía su exigencia: "Eso, joven y que no tenga barriga. Estoy harta de que nosotras nos cuidemos tanto,  y ellos se pongan barrigudos. Me parece una señal de desidia, una falta de educación. ¿Qué pensarían ellos si fuéramos sin depilar". Me atreví a sugerir que hay hombres que no se percatan de eso, como tampoco ven la celulitis ni la acumulación de grasa bajo los tirantes del sujetador. Que somos nosotras las que nos machacamos con tantas exigencias. Y que si un hombre te ve desnuda y comenta que no eres Monica Bellucci precisamente lo mismo te has equivocado de hombre y él de cama (porque las posibilidades de que él sea Vincent Cassel son igual de escasas, convengamos).

Aquello se ponía interesante por momentos. Mis tres amigas, lo juro, con guapas, son inteligentes y no están dispuestas a lanzarse por el momento a la búsqueda del hombre ideal por Internet. A., en un momento sin duda febril, decidió que tenía que ser coqueta como cierta amiga suya actriz de ojos sorprendidos y gestos de gata seductora 24 horas. Le dije que ni lo intentara. No se puede obligar a un tigre a comportarse como un gatito. La coquetería es un arte que sólo dominan las coquetas, esas mujeres que me caen tan bien, ya sabéis, porque con su batir de pestañas ganan las batallas y siembran de cadáveres los campos sin despeinar sus melenas (no sé por qué a la coqueta siempre la imagino con pelo largo, debe ser porque hace décadas que me lo corté sin regresión posible).
Palacio Real, anoche


Al final de la tarde las cuatro pactamos que haríamos una fiesta un día cualquiera, sin preaviso. En un bar con música y gin tonics, y que convocaríamos sobre la marcha a nuestros amigos, hombres y mujeres, singles y acomodados, para celebrar la imperfección y el éxtasis. Que siempre hay un roto para un descosido, aunque el roto se haga esperar y el descosido prepare biberones a destajo. Que de repente un día dejas de estar solo y está bien, pero por si acaso conviene llevar la despensa de alimentos para seguir estando solo. Buenos libros, buena música y, sobre todo, buenos amigos como A., como I. y como B., que ayer me regalaron una tarde increíble de Navidad en el Café de Oriente. Con vistas a un Palacio iluminado donde juraría que había una estrella como las del árbol. Y a las que agradezco que no me dejaran pedir un gin tonic que me hubiera fulminado en plena exaltación de la amistad. Chicas, os quiero.

(Y, mi querida B., tan amorosa, tan ¿práctica?, no te precipites y deja que cuenten lo que leen, lo que escuchan y cómo ven la vida. Eso lleva su tiempoo, ya verás, pero a algunos hombres sólo empiezas a conocerlos cuando el libro ha pasado de la mitad, y a veces te sorprenden. Ya verás)


sábado, 28 de diciembre de 2013

MI LUGAR EN EL MUNDO

A las seis de la mañana de hoy, sábado, mi padre salió por la puerta con su trolley gigante y su gorro de lluvia calado hasta las cejas. Stop. Ni un café se tomó. Stop. Creyó que no le escucharía, pensaba irse a la francesa, pero no. "Hay que ver lo que madrugas, bruja. Como ya estás bien de tus virus, me vuelvo a la montaña". Stop. Vuelve pronto. Llama cuando llegues. Podías haberte quedado unos días más... Stop. Sí, sí, pero me voy que tú necesitas mucha libertad... Stop.

Y después se lo ha tragado el ascensor.

Se ha ido mi padre y me ha dejado con dos kilos menos gracias a un virus asesino y un mantra: "Hija, tu cuerpo no puede más. Deja de hacer tantas cosas". También me ha dejado una jarra de suero denso y naranja en la nevera y jamón york para que mi estómago no se desmande de nuevo. Una barra de cortina arreglada, el picaporte de la puerta de mi adolescente arreglado. Tornillos aquí o allá, porque mi padre no es muy de rematar. "La perfección no existe", suele repetir.

(Un padre a veces es un hombre que te arregla los desperfectos de la casa, te arregla un poco los desperfectos de la vida y luego se lo traga el ascensor hasta vete a saber cuándo).

Puente de Oporto
Mi padre ha encontrado su sitio a 500 kilómetros de aquí. A veces hay que moverse para reconocer el lugar al que pertenecemos. A veces es un rincón con un teclado que no exige más mudanza que quitarse las legañas y ponerse las gafas de cerca, si es que las encuentras. A partir de una edad conviene reconocer nuestro sitio en el mundo o estaremos condenados a rular por las calles, por los mapas,  con un trolley desvencijado y sin gorro de lluvia. Las personas que mejor lo han aprendido a menudo dejan de sentir la necesidad de viajar. O lo hacen con un propósito. Ayer G. me escribía: "Buenas noches, mujer inquieta. Ya estoy cerrando la maleta, China me espera. Espero hacer al menos tres o cuatro fotos buenas (ya sabes que los chinos son muy suyos)".  Poco antes D. me había confesado su deseo de ir a Sri Lanka. ¿De cuántas horas de avión hablamos? pregunté. Mis virus y yo nos conformamos con volver pronto a Oporto y volver a atravesar al atarceder ese majestuoso puente de hierro que quizás diseñó Eiffel y que conecta dos orillas decadentes y tan distintas que te permiten ser dos personas según te asomas al mundo desde una o desde la otra.

Leo que Portugal se fruta las manos con la inminente ley del aborto española y lo comprendo. No pensaba hablar aquí del asunto pero voy a hacerlo a riesgo de molestar a algunas conciencias amigas. No conozco ni una sola mujer que aborte por vicio o por deporte. Sí he conocido a varias que lo han hecho por desesperación, incapacidad de seguir adelante, miedo a un bebé con taras importantes, ausencia de padre, ausencia de salud. Falta de recursos. Angustia. Jamás las juzgaría por ello. Entiendo que una ley tan restrictiva como la que propone Gallardón el progresista debería incluir un compromiso de cuidado y tutela ad eternum de esos nasciturus a los que tanto quiere proteger, una vez que hayan nacido. Pero de eso no se habla, debe ser que no lo han contemplado los meapilas ansiosos de pillar votos conservatrices. Dicho esto, no saldría a la calle con pancartas de "mi cuerpo es mío" porque me parece reduccionista, trasnochado y ayuda al enemigo. Si el número de abortos incluso ha disminuido con la actual  ley de plazos es que no ha sido un coladero, me dice el sentido común sin necesidad de apelar a mi conciencia.

Pues sepan esos enjuiciadores de conciencia ajena que con su ley conseguirán lucir unas estadísticas preciosas y blanqueadas como tumbas podridas por dentro, pero que dudo que las mujeres cambien de idea por muchos siete días de reflexión que les den. Y que si tienen que abortar lo harán en vaya usted a saber qué condiciones. Y que si tanto velan ustedes por la vida por qué no ilegalizan el tabaco que también mata. Y dejan de cobrar impuestos de muerte. ¿Ah, que no es lo mismo? No, no es lo mismo pero algo se parece. Y de paso cierren los casinos porque la ludopatía mata a muchas familias.  ¿Ah, que también es una fuente de ingresos? Vaya por dios. Y el alcohol, ¿qué tal una ley seca a la española?

Mi padre se ha ido y me ha dejado disparada y sin seguro en la pistola.  Ahora sólo me queda comer jamón york a destajo y recoger uno a uno los tornillos, en silencio solo roto por la lluvia en el patio y el aire en las cortinas que ya no se caen. Que por fin han vuelto a su sitio.









jueves, 26 de diciembre de 2013

CICLOGÉNESIS SENTIMENTAL

Mi adolescente me cuenta desde su turno paterno de vacaciones que ha heredado las zapatillas de andar por casa de su abuelo, que murió hace un mes. Me conmueve imaginarla con un calzado mucho más grande que sus pies, adaptado a la horma de otros pies que fueron y ya no caminan. Me informa además de que el sitio de su abuelo a la mesa, presidiendo, será rotatorio por decisión de la abuela. Lo encuentro emocionante y un ejemplo práctico de inmortalidad.

Uno no está en casa hasta que no se calza sus zapatillas. Mi padre, nada más llegar, se ha comprado un par de suave gamuza marrón chocolate. Los japoneses te las ofrecen como señal de hospitalidad cuando los visitas. Así podrás deslizarte por el pasillo sin sobresaltar la tranquilidad ajena. Y sentir calor inmediato aunque seas de pies fríos, como es mi caso.

Las mujeres de pies fríos tendemos a enredarlos en las piernas amadas en busca de calor, como los koalas en el árbol. El frío es un estado de ánimo, igual que la ciclogénesis, versión metereológica de la ciclotimia. Los ciclogenéticos pegan portazos y llevan duras botas Dr Martins llenas de barro. Son vendavales que entran, destrozan y salen sin cerrar la puerta. Entonces corres a la cama con los pies helados, y encoges las rodillas con una almohada enmedio y abres el libro de Alice Munro y te dejas caldear por las palabras de un relato.

Hay personas que en sí mismas poseen el efecto acogedor de unas zapatillas. Llama mi amigo A. y me dice que me quiere y que ha discutido con su hermana: "Se ha cortado el pelo como doña Urraca. Le he dicho yo que por qué paga sus cuitas con el pelo!" Le respondo que las mujeres somos muy de emprenderla con la cabeza cuando nos duele el corazón. Que el pelo es lo que tenemos más a mano, un castigo autoinfligido,  y que haga el favor de no decirle esas cosas a su pobre hermana. Me confiesa que doña Urraca se casó con el más pijo de Valladolid. Un tipo que solía comer dos centímetros del chuletón y dejaba toda la carne alrededor. El equivalente a rechazar unas zapatillas de andar por casa. "Nosotros éramos como trogloditas y roíamos hasta el hueso", prosigue, "era obvio que no iba a adaptarse jamás a la familia".

Adaptarse a una familia es ponerse sus zapatillas y comerse el chuletón. A veces no sucede nunca. Hay pies condenados para siempre a la intemperie, y sitios a la mesa que tienen nombre y apellidos aunque se hayan vuelto rotatorios. Esta madrugada, al levantarme, me he puesto las zapatillas de mi hija, esas que olvida en cualquier rincón de la casa. Sus pies y los míos pisan distintos pero tienen la misma talla, y hay noches de sofá en los que termino masajeándoselos y ella ronronea hasta que recuerda que es adolescente y se retira. Pero le gusta y me gusta. Y por un extraño fenómeno metereológico sentimental entro yo en calor y me enredo sola después en la cama pero con la sensación de tener unas piernas amadas al lado. Efecto koala, diríamos.









miércoles, 25 de diciembre de 2013

SILENCIO, SE ESCRIBE

Busco rincones de silencio por la casa y mi padre me persigue. Las maniáticas de la madrugada nos volvemos irritables cuando nos quitan el privilegio del amanecer sin ruidos. Las Chukis, que lo entienden, no entran al salón hasta que su madre hace movimientos por el pasillo. Las familias tienen sus normas de convivencia no escritas, no explícitas. Y cuando entra un elemento nuevo en casa todo se voltea y la incomodidad te lleva a explorar rincones que no son los tuyos pero gararantizan algo de intimidad.

Cambias de ángulo y te cambia la escritura. De manera que podría hacer un relato a cinco ángulos, por ejemplo, y sería incoherente, desnortado, pero tal vez más rico que los que se me ocurren mirando los lomos de mis libros en el rincón de Pessoa. Las manías se apuntalan y se quedan a vivir con uno para recordarle que no hay naufragio amarrado a una silla. Si se acaban las cápsulas de café grito socorro pero nadie me escucha, y me veo como una yonqui buceando en la despensa en busca de la cápsula perdida, esa que se te cae al trajinar con la caja, somnolienta.

-Duermes poco, hija. Seis horas es muy poco. Te vas a volver loca.

Ya estoy loca, papá, pero nadie se da cuenta, me dan ganas de decirle. Ayer era: "Toses mucho, hija, ese catarro no está bien curado". A mi padre las catástrofes le molan, aunque sean temblorcillos en un vaso de agua. Anoche quería salir a una farmacia de guardia a por unas pastillas para mi tos. Imaginé la cara del farmaceútico: "Es el típico tímido que pide pastillas cuando quiere condones". Me dio la risa. Impedí a mi padre salir y se fue a la cama por falta de ambiente. Hoy ha madrugado casi tanto como yo y quiere hablar. Pero a mí no me salen las palabras hasta que las escribo y se posan como hojas de té en el fondo de una taza.

Así que cambio de rincón. Me atrinchero. Clavo la barbilla en el pecho y escribo frenética para disuadir. Duermes poco. Toses mucho. Que te cuiden es una experiencia extraña cuando eres tú la que cuida en esta casa. Querría, tal vez, ingresarme en una clínica de sueño donde sólo te despiertan para comer y mirar las montañas mágicas. O escribir una sinfonía a base de tos, a riesgo de quedarme sin garganta. En su lugar escucho los Conciertos de Brandenburgo por tercera vez y me planteo seriamente empezar a fumar. Para toser con coartada y sentir el glamour de los aros azules de humo sexy y ensortijado.

Este nuevo rincón no está nada mal. Oigo, eso sí, la respiración pesada y familiar de mi padre. "Igualito que Darth Vader", reímos mis hermanos y yo. El batir de páginas de los periódicos de ayer. El tictac del reloj adelantado. La mancha rosa del vino en el mantel que no quitamos. El olor a vela de jazmín. "Hija, esto huele a sacristía. Prefiero el olor a caldo de gallina". Las gotas de lluvia taladrando el alfeízar de la ventana. Ni un alma en la calle. Hoy es día de resaca nacional. Llueve por decreto y el champán se quedó en la nevera. 

Anoto probar un ángulo en la cocina, just in case. Papá sigue respirando pero ha entendido el mensaje. O no: "En cuanto abran te subo unos churros o un cruasán, lo que tú quieras". Es Navidad por todo el día. Aún no miré la Lotería pero no debo ser rica porque cuando lo eres lo sientes. Tampoco pobre. Los pobres siempre tienen frío y sabañones, incluso en agosto, pero mis manos arden contra el teclado. Me queda una cápsula de café, la cápsula superviviente. Buenos días. Debo empezar a hablar. Una palabra, dos o tres a lo sumo.






martes, 24 de diciembre de 2013

NOCHEBUENA GRATIS TOTAL

Lo mejor de la Nochebuena es haber llegado hasta aquí. Los hitos en el calendario se inventaron para ir poniendo cruces y ser conscientes del paso implacable del tiempo. Una Nochebuena más y pronóstico reservado tirando a optimista. La lubina lista para ser achicharrada en el horno, el champán en la nevera. Y una colección de conversaciones y wasaps como bengalas que iluminan más que las estrellas marchitas de mi árbol:

-"Yo ya no disparo, hija. Salgo de caza y me siento en mi puesto con el perro al lado. Él me da calor a mí y yo le doy calor a él". Puedo imaginar la escena y me provoca una oleada de ternura. Un hombre, un paisaje, una pasión que ya no es. Frío y esa luz azulada del alba que rompen tres hombres con sus escopetas. El crujir de las ramas bajo las pisadas de las botas, el vaho de la respiración. Delibes con mucho menos escribía una historia. Yo sólo me alegro de tener a mi padre en casa y poder disfrutarlo como un regalo que llegó puntual y sonriente, me hizo la cena -a mí se he había quemado la mía, calcinado para ser exactos- y pusimos una peli de espías de John Le Carrè ininteligible. "No me entero de nada, papi". "Es que Le Carrè es muy rebuscado". "Debe ser eso, sí...". El agente Smiley tendrá que esperar.
La novela, según Delibes

-"Este año va a ser mejor, ya verás". Mi amigo B. es el hombre más catalán, curioso y desorientado que conozco. Eso nos une mucho. También el amor al arte. Me manda cariño telefónico y me confiesa que vino a Madrid por trabajo y se escapó al museo Thyssen sólo para ver un cuadro de la colección permanente. "Lo descubrí hace tiempo y me llamó la atención porque se parecía a los que pintaba mi padre. Los mismos tonos, la naturaleza tan familiar...Desconocía al autor pero al mirar el cartelito vi que también era Mallorca". Otro hombre, otro paisaje, otra pasión. Otro padre. (Mi amigo B., además de cálido y desorientado, es uno de los hombres más brillantes, optimistas y creativos que conozco. Una conversación con él es una puerta que se abre, y luego otra y así hasta el infinito).

-"Nosotras vamos a cenar solas, ella y yo. Lo preferimos así porque este año estamos bien". Mi amiga L. sabe que una cena a dos sólo es una fiesta si hay armonía. Y llegar ahí le ha costado mucho esfuerzo, toneladas de desaliento y ganas de escapar con su cuerpo menudo, tónico y exhausto. Así que  sentarse a la mesa con su hija adolescente tardía y sentir que por fin se ha enterrado el hacha de guerra es una fiesta. Con dos invitadas,  las imprescindibles. Y una conversación por hilvanar que es un villancico y sabe a muérdago.

-"Ya no estoy agotado, gracias a ti", escribe D.. Los mejores regalos son gratis. Conviene recibirlos como tales. Conviene guardarlos bien en el armario y sacarlos de cuando en cuando para que no se nos olviden.  La gratitud no debe ser sobreentendida. Dejarse ayudar es un regalo mayor para el que ayuda. Dejarse querer, para el que quiere.

Feliz Nochebuena llena de padres reencontrados, amigos brillantes, íntimos y generosos, besos a destajo, adolescentes apaciguados, cenas a dos, películas ininteligibles y paseos con frío y del brazo. Que no falten un hombre, una mujer, una pasión y un paisaje. Gratis total. Como las mejores cosas de la vida.








lunes, 23 de diciembre de 2013

USOS DEL ELECTROSHOCK

El electrochoque sirve para eliminar recuerdos selectivos, según ha publicado un equipo de científicos europeos en la revista Nature Neurosciencie. Encuentro la noticia en un periódico gratuito y me extraña que no abra los telediarios del planeta. Estoy segura de que al magnate del petróleo Jodorkovsky le aplicaron electroshock antes de soltarlo a la calle por la amnistía general del magnánimo Vladimir Putin.

Hay recuerdos molestos, zumbones, porculeros, que si pudiéramos eliminar seríamos mucho más felices. Nuestro disco duro se resiente de los desplantes, mentiras y pequeñas mezquindades de los que fuimos víctimas o verdugos. Un par de descargas cerebrales y zas,  volveríamos a ser vírgenes como si un algodón mágico hubiera pasado por nuestras neuronas hasta el corazón de ese lugar que fija los recuerdos y nos devuelve una biografía cargada de anotaciones incómodas, prescindibles.

Jodorkovsky
No recuerdo el título de un libro que leí hace un mes, pero sí la ropa que llevaba, hasta el mínimo detalle, el día que murió mi abuela. Ese pantalón negro, una blusa de seda color vino perfumada de París de Saint Laurent. Y a una mujer más joven, yo misma, que lloraba y miraba delante del cristal donde alguien que se parecía a mi abuela dormía en una caja forrada de raso blanco. Recuerdo que pensé si no tendría frío y por qué se meten flores en una nevera llena de muerte. Si el frío eliminaría su fragancia. Y pensé que las coronas fúnebres no huelen. Y que siempre parecen de plástico. Y que la muerte es plástico no biodegradable.

(También recuerdo la fecha de la Revolución de los Claveles, imagino que por lo antitético de lucha y flores, y sin embargo hay una grieta negra en el recuerdo de la última vez que me sentí ingenua. Imagino que la mente es sabia y se aplica una descarga para que no duela, como uno de esos dispensadores de morfina que te dan después de una cirugía).

Se me ocurre que el electroshock es el mejor tratamiento contra el escepticismo.  También contra la crisis de los cuarenta, que consiste que que ya dispones de datos suficientes como para saber quién eres, lo que ya no vas a recuperar y hasta dónde puedes llegar con lo que te queda. La sabiduría es una putada, con perdón, o una plataforma desde donde lanzarte a una piscina llena de pirañas. Y sin embargo necesita toda la secuencia de recuerdos, sensaciones, temores, sorpresas inesperadas, decepciones, para armar la identidad y salir con ella a la calle cada lunes, cada martes.

Creo que escribir es la mejor estrategia para engañar a la memoria. A falta de electroshock nos queda la bomba de palabras. Un cañón de disparos selectivos que fijan no lo que fuimos, sino lo que la erosión de la experiencia nos condenó a ser, pasado por un tamiz que huele a flores frescas. Una mentira perfumada que nos permite vivir con nosotros mismos.

Recuerdo, la mente es caprichosa, un artículo de Vila Matas -ese hombre del que no termino de apreciar las novelas pero sí sus columnas periodísticoliterarias- sobre Jules Renard y su diario, que arrancaba así: "Escribir es una forma de hablar sin que te interrumpan pero es, además, una actividad más complicada incluso de lo que parece porque, como decía Jules Renard (1864-1910), uno tiene que estar todo el rato demostrando su talento a gente que carece de él". Del autor francés lo desconocía todo, no voy a hacerme la intelectual a estas alturas. Pero me sobrecogió la lucidez de algunas de las frases que entresaca Vila Matas de ese diario que un día apunté en una lista que perdí de libros que quiero devorar: Como esa en la que confiesa que al escribir siempre busca “la frase que vibra, corta como un alambre demasiado tenso”.

No recuerdo por qué partí de Putin y he llegado a Renard. La mente es sabia y selectiva. Y enmedio de la vorágine del olvido a veces saca el brazo del sarcófago y arranca una flor de la corona. Y se la lleva despacio a la nariz para exprimir su olor y etiquetarlo en el olvido para siempre. 














domingo, 22 de diciembre de 2013

UN AMOR LESBIANO. LA VIDA DE ADELE

La vida de Adele
No se pueden mezclar ostras con espaguetis. Esto pensé a la salida de la película "La vida de Adele". Tres horas de historia de amor lesbiano donde lo distinto no es que dos mujeres muestren en largas secuencias todo el catálogo de posturas sexuales explícitas y pliegues por explorar entre dos cuerpos perfectos, bellísimos, sino que una quiere ser maestra y en su casa el manjar son los bolognesa de su padre y la otra es una artista cool cuya madre recibe con ostras y exquisito vino blanco.

Hay un momento en el que la artista -esa Kate Moss del cine francés perturbadoramente bella y llamada  Léa Seydoux - le dice a la maestra que por qué no escribe. Que eso es lo que debe hacer. Que se deje de limpiar mocos en una escuela, que debe encontrar algo que la haga feliz. "Tú me haces feliz, ya lo he encontrado", responde la pobre Adele, trastornada de amor, de celos y de esa sensación incómoda y perturbadora de no ser suficientemente bueno para la pareja. De no estar a la altura. De que ese amor se escapa y para retenerlo se hacen tonterías como acostarse con un hombre siendo lesbiana. La máxima expresión de la renuncia a la identidad.

Hay un instante en que la tierna y sensual Adele ya no es suficiente para seductora y salvaje Emma. Que el encanto cálido de los espaguettis pasa a ser una catetada de clase media sin ambiciones. Que el sexo es un afán inútil. Una coreografía previsible que exige un después. Un territorio vestido, quizás, donde intercambiar opiniones de esto y aquello. Donde nadie le pida a nadie que sea otra cosa -esa lección que tardamos tanto en aprender, si la aprendemos-.
Adele&Emma

Dos cuerpos de mujer se retuercen sobre el suelo como lombrices nerviosas y encuentran acomodo, y gimen, pero luego hablan otro idioma y no se entienden. 

De esto habla "La Vida de Adele". Y podría haberse contado con un hombre y una mujer. O con dos hombres, me parece. Abdellatif Kechiche narra cómo las expectativas se dan de bruces cuando llega la insatisfacción. Y ese momento frágil de la pareja en el que sale de su agujero solitario, del tú y yo, para incorporarse a los amigos y familiares del otro. Al entorno social, cultural, profesional. Y a veces el aterrizaje es catastrófico y la nave se rompe y no hay quien recomponga los añicos.

Y cuenta, también, que esas parejas en las que uno ama más que otro pueden caer en el masoquismo: Yo te daño para comprobar tu resistencia. Yo te humillo para ver tu reacción. Y que cuanto más entrega el entregado más excita en el otro el deseo de estirar los límites. Y el ¿amor? termina siendo una relación de vasallaje condenada a la deriva.

Y entre Adele y Emma te quedas con Adele, que ha explorado su sexualidad siendo adolescente y con su entorno en contra. Que ha comido ostras aunque le dieran asco. Que no ha dejado de limpiar mocos en el colegio porque ama la enseñanza y a esos niños. Que se pone en ridículo, sí, espoleada por la pasión y la dependencia, pero sientes que tiene redención. Que ha crecido y sus heridas curarán. Mientras que Emma destroza corazones y se revuelca en su mundo cool de postizos intelectoguays que interpretan cuadros sorbiendo Moet Chandon. Y busca, y busca, y nada le dará satisfacción. No del todo. Y seguirá mirando el plato de espaguetti con esa condescendencia azul mientras se atiborra de unas ostras que juraría que ya no le saben a nada.


sábado, 21 de diciembre de 2013

NADIE CONOCE A NADIE

-Ponte Radio María. No falla.

Cuando uno tiene insomnio le llueven los remedios caseros a su alrededor. Los otros no entienden que la vida es demasiado excitante como para desenchufarse toda una noche. Ahí fuera pasan cosas, los duendes del zapatero del cuento, y todas son aprovechables como los restos del cocido.

-Mamá, que has cenado hace media hora. Duérmete ya.
-Mari Carmen, quiero cenar. ¿Cuándo vas a poner la mesa?

Mi vecina la de las fajas marrón clarito tiene a una hija poseída por Satán, la conocéis ya, y una madre con Alzheimer. Cada noche una, la otra o las dos se manifiestan al otro lado de mi tabique, y yo temo que esa pobre mujer a quien su marido abandonó hace unos años abra la ventana y se tire por el patio. La satánica y yo a veces coincidimos en el autobús, y noto que me mira con recelo. Sí, sé quién eres y las burradas que le gritas a tu madre. A veces me pongo tapones porque lo que escucho me hiere demasiado. Y hay noches en que siento tentaciones de llamar a la Policía porque tu madre no se atreve. Y en su lugar aprieta la mandíbula y tiende esa horrible lencería que es un castigo a su cuerpo, a sus hechuras rotas, a su aliento exhausto.

Nadie conoce a nadie. Lo que pasa dentro de un hogar pasa en Alcatraz. Es terreno sagrado y nadie lo pisa. Luego esa mujer triste sale a la calle con el carro de la compra y saluda gentil a los vecinos, bien vestidos, y finge que está satisfecha de la vida y se deja piropear por el pescadero. Nadie sabe que anda torturada entre dos paredes -una hija y una madre-, y que se ha puesto esas fajas rígidas, marrones, de otro tiempo, para ajustar su desgracia a sus contornos.

Otra mujer que conozco tiene un hijo desalmado al que pidió una ayuda mensual de cincuenta euros para poder comer. El hijo viaja en primera y a Singapur. La madre, una señora educadísima, buena, repulida y coqueta, terminó en la cola de un comedor social. El hijo le había negado los cincuenta euros. Cuando, desesperada, ella vendió su casa del barrio de Salamanca y se fue a otra ciudad de alquiler, el hijo le pidió una parte del botín. Los ves en foto y son perfectos. Guapos, bien vestidos. Sonrientes. 

La crueldad, la desgracia, viven en la casa de al lado, y tú lo sabes y suspiras por que no te contamine. Que se limite a llamar a tu puerta y pedir un salero. Las familias tapan sus heridas para que no se note, pero una peste acre se extiende en el descansillo. Y para soportarlo echan perfume y se inventan un relato de felicidad que repiten para que a fuerza de insistir se haga real. Puro Goebbels.

Anoche, encogida en la cama por las voces, sentí la necesidad urgente de una historia bonita susurrada al oído. Recordé lo que Minichuki me había contado por la tarde. Ella y un grupo de compañeros habían ido esa mañana a un centro de Alzheimer a acompañar a los residentes y cantarles villancicos. Les dieron panderetas, pero había un anciano sin pulgar que no podía tocar. Mi hija le cogió la mano con su manita y le prestó el pulgar para agarrar la pandereta. Tocaron juntos. El olvido y la inocencia. Luego Minichuki le repitió lo bien que lo había hecho y se despidió sabiendo que el señor ya no recuerda, que olvidó al instante.

Pero a mí no se me va a olvidar jamás. Y con ese relato de bondad me dormí, mientras al otro lado del tabique estallaban rayos y centellas y una mujer volvía a hacer la cena.

(Una faja es un grito en el tendedero. Una llamada desesperada. Un sobresalto perpetuo. Un golpe seco. Una bandera blanca que pide tregua y nadie ve).



viernes, 20 de diciembre de 2013

UNA CITA A CIEGAS, UN PLANTÓN

Imagino que hay pocas cosas peores que una cita a ciegas que no se presenta a la cita.

Ayer mi amiga A y yo, heterosexuales hasta la fecha, arreglamos un encuentro entre dos gays. "Contra natura", nos advirtió nuestro querido J., también gay hasta la fecha. Mi gay era un perfecto ejemplar de hombre tierno y divertido. Sensible, bondadoso y con talento para los idiomas. Del otro sabíamos poco. Bajito, del mundo del teatro y bien dotado de un corazón hecho jirones por culpa de un desamor reciente. El lugar, un restaurante árabe de Lavapiés donde, por cierto, tomé uno de los mejores tabules de mi vida. Mi amigo estaba nervioso por el encuentro y se había pensado mucho su atuendo esa mañana. Al llegar me mostró el look y se giró sobre sí mismo. "¿Qué te parece? ¿Voy guapo? He pensado que así acertaba seguro, porque no es ni una cosa ni otra". Le dije que iba guapísimo. Que "ni una cosa ni otra" era el estilismo perfecto. Que habría que estar loco para no quedarse de inmediato cerca de alguien como él.

El del corazón roto no se presentó, digo. No porque se estuviera desangrando por el sístole o el diástole en las urgencias de un hospital. Le había surgido un trabajo y llegar al restaurante, informó, eran veinte minutos de taxi. Luego sólo podría pasar con nosotros otros veinte para después salir pitando en otro taxi. Los taxis, por cierto, no se los podía permitir.

Sin taxi no hay affaire. Sin riesgo, tampoco.
Tabule

Me pareció el colmo del desinterés. Recordé a un hombre al que invité hace unos años a un bar donde estaba con una amiga y respondió por sms: "Voy para allá. Tardaré unas cuatro horas, estoy fuera de Madrid y ya sabes que no conduzco, pero llegaré". A las tres horas y media se presentó, triunfante, y a las pocas semanas retomamos una relación que ya había tenido un primer acto. Imagino que porque tal ejemplo de determinación era la prueba de lo que ese hombre estaba dispesto a hacer si algo le importaba lo suficiente.

La decepción flotaba entre el cuscús y la crema de berenjena, pero mi amigo no se ofuscó y se dispuso a disfrutar de la exquisita comida y de nuestra compañía. La sombra del desinteresado planeaba entre la escayola multicolor de las paredes y techos del restaurante. A. contó el caso de otra amiga suya que, desesperada, se apuntó al portal  Meetic hace unos días por el reclamo de "12 euros, gran oferta". Para ver los candidatos que le habían entrado tras rellenar el cuestionario de afinidades debía pagar. Y lo hizo. El resultado, una ristra de mayores de sesenta y dos cargos del banco que sumaban más de 100 eurazos. "Lo más humillante fue tener que llamar al banco para que no abonaran el cargo y que el tipo, que conoce a mi amiga, dijera "pero esto es una página de contactos, ¿no?".

El amor en tiempos de crisis cuesta una pasta. Un taxi veinte minutos. Una estafa en Internet. Y hay un hombre que se levanta y escoge cuidadosamente de entre su armario una camisa, una chaqueta. Y se peina despacio,  con ilusión de gustar. Y una mujer que no espera encontrar a nadie por azar  fuerza al destino y el destino la estafa y se burla a carcajadas. Y un tercero que llega al final y advierte que el plan de dos heteros arreglando el mundo gay es un despropósito, que ya se encarga él si eso... Y flotando en el aire que huele a té moruno esa sensación espesa de que corren malos tiempos para el esfuerzo. Que no presentarse a una primera cita es mal comienzo. Que no merece la pena vestirse para quien no va a mover un dedo por acudir a ese bar, cuatro horas después. Que vivimos momentos convulsos donde romper las inercias del sofá por un hombre, por una mujer, nos cuesta mucho. Que llegados a una edad los héroes se cansan y prefieren/preferimos verlas venir. Que no les/nos muevan el suelo. Que no les/nos alteren el guión. Que no les/nos rompan el discurso. Que no les/nos saquen de esa zona triste de confort. Que no les/nos besen, aunque sea.

Todo eso pensaba con mi amigo gay en el taxi de vuelta. Y nos reímos y volvimos a quedar en que un día nos casaríamos en un matrimonio blanco y heterogay como él solo y viviríamos felices. Y con esa promesa de amor volví a alabar su estilismo como él alaba el mío muchas mañanas: "Hay qué ver qué guapa estás...Me encantan esos zapatos...".

Y no es ni una cosa ni otra. Es cariño y son detalles. A las heteros nos encharcan de alegría el corazón. A los gays, lo mismo.






jueves, 19 de diciembre de 2013

VENECIA SIN TI

De cuando en cuando, Venecia se hunde.

Es una noticia recurrente y me la encuentro esta mañana. Que Venecia se hunda supone que se hunde nuestro ADN romántico más tópico. La épica del viaje. Los canales como posibilidad de una aventura remada entre palacios que se traga la bruma. Si se hunde Venecia mueren Thomas Mann y tanto cine evocador y de aventuras. Venecia no es un ciudad, es un símbolo. Es la decadencia, es la casquivana Peggy Guggenheim en ese palacete que adoro sembrado de giacomettis en el jardín. Es el mercado donde compro guindillas y un hotel con embarcadero de aguas oscuras y jardín versallesco. Es aquel año de la Bienale de Arquitectura y la visión entre grúas de un paisaje perfecto lleno de grietas y astillas de barco viejo.

Venecia se hunde y se hunde el año que vivimos peligrosamente. En cada cena o comida de estos días hay unanimidad en querer matar 2013 antes de que sus peste nos mate a nosotros. Hay años arrogantes, prosaicos, delictivos o correosos. Y luego está 2013, que es un compendio de todo eso. ¿Cómo te trató la vida, mi querida niña?, pregunta H. "Dormí poco, corrí mucho y no he arreglado el suelo del salón". Pero este año no volví a Venecia. Ni a Roma. Ni a Oporto. Y debo hacer algo urgentemente para reparar este desatino.
Peggy Guggenheim

Hay lugares para volver aunque se te hunda el suelo. Hay años en los que apenas viajas y te asalta un jet lag inexplicable. Quedarse es morir. Rendirte al tedio de las horas, de los días. Un viaje es un destino, es un plan, es una incógnita. Un despliegue de medios, el misterio a punto de ser desvelado. El trolley nervioso como un corcel por los adoquines de Rothemburgo, al galope. De repente regresa ese impulso de ir al aeropuerto y coger el primer avión. ¿Hay billetes a Venecia? Un libro, dos biodraminas y un mapa con anotaciones. Puerta de embarque. Despegue inmediato.

Se hunde Venecia y dan ganas de matarla. De rematarla como a esos pesados que siempre lloran su marcha pero no se van. Como este 2013 que no fue tan mal, después de todo. Pero una vez escrito el relato se quedará así, suspendido sobre unos pivotes que envejecerán azotados por las corrientes, el frío y el calor. Pero inmortales en su sustento firme de palabras. Y ese plan escapista que es una fuga en sí. La cita con Peggy. Sentadas en la escalera del palazzo, con vistas al Canal. Sendos cigarrillos en boquilla de plata y un móvil de Calder bailando sobre nuestras cabezas. Qué profunda emoción...

(Venecia es una mujer vieja y sola que fue bella y se le resquebraja el maquillaje).



miércoles, 18 de diciembre de 2013

¿POR QUÉ SER FELIZ SI PUEDES SER NORMAL?

"¿Por qué ser feliz cuando se puede ser normal?" es el título de un libro de Jeanette Winterson que  cita Ángel Gabilondo  en su libro El salto del ángel (Aguilar). Y sigue: "Esta palabra (normal) no sólo ha de ser descrita, merece prácticamente ser desenmascarada".

Leí "La Pasión", de esta escritora "británica y postmoderna" (según la Wikipedia, vaya usted a saber), y me decepcionó profundamente por su endeble calidad literaria. Pero lo mismo yo estaba equivocada y esperaba un tratado serio sobre el tema, y no un folletín vulgar del que lo más sobresaliente que recuerdo era una frase que venía a decir algo así como: "No se puede arrancar el corazón y envolverlo en un trapo, llevarlo a la casa de empeños y abandonarlo allí, hasta que lleguen tiempos mejores". Y vaya si se puede, querida Jeanette la postmoderna. Lo hacemos todos los días para que no nos duela.

Leo cada día un fragmento escogido al azar del libro de Gabilondo y a veces tengo la sensación de que se dirige a mí como los ojos de esos cuadros de los reyes de los cuadros de Velázquez en el Museo del Prado que te miran aunque te muevas. Lo bueno de tener múltiples taras es que cualquier consejo da en la diana. Yo subrayo y agradezco. La calma, por ejemplo, es un bien preciado para los que la invocamos poco y nos pasamos cuarto y mitad de noche en vela, como el libro de Gabilondo entre una montaña de libros que no son tan prescriptores pero dar calor cuando la luz se apaga. ("La calma puede ser extremadamente transformadora y eficaz. Pero no nos cuesta encontrar supuestas razones o coartadas para perderla" (Sí, a ratos Ángel Gabilondo se parece a Rudyard Kipling. Nadie es perfecto)

Ayer inicié la redacción de mi lista de deseos/necesidades 2014:

-Dormir mínimo 6 horas
-Besar y ser besada todos los días
-No tener que estar preocupada por el estado de mi cuenta corriente. Ni por exceso, ni por defecto.
-Escribir y leer todos los días
-Hacer deporte regularmente
-Seguir disfrutando de meterme en la cama el día que cambian las sábanas. O el lujo máximo que sería de cambiar las sábanas todos los días (una catástrofe medioambiental también, sí)
-Aprender algo de lo que no sepa nada, nada.
-Contratar a un duende diligente que me gestione las intendencias molestas (citas médicas, abastecimiento de despensa, pliegos de descargo, multas y demás batallas administrativas)
-Fumigar a los pocos tóxicos que se me acercan.
-Quedarme un rato más con mi adolescente por las noches.
-Someter a mis impulsos a una moratoria de no menos de 48 horas (un periodo de carencia, como el de los seguros médicos)

Y a esta lista añado un propósito gabilondiano: "Desesmascarar a la normalidad".  A ello voy. Deseadme suerte.












martes, 17 de diciembre de 2013

YA ESTÁ, ME HAGO SUECA

Mi amiga A. es guionista del nuevo anuncio de Campofrío dirigido por  Icíar Bollain que, bajo el claim "Hazte extranjero", incendió ayer las redes sociales: "A ver esta vez por dónde nos atizan", me dijo, lacónica, tras confesarle yo que a mí me había encantado pero que en el grupo hubo quien discrepó por encontrarlo moralista y enfatizar valores casposos de los españoles.

Algo mucho más español que la caspa, encuentro, es nuestra condición de seres reactivos. Yo la primera, por supuesto. Nos ponen delante cualquier objeto susceptible de ser criticado -libro, actor, look repretón de sex symbol, plato de paella- y nos aplicamos al despelleje más o menos virulento con una facilidad olímpica. Todo español lleva un tertuliano dentro, un taxista dentro y un comentarista de fútbol dentro. Y sí, es un tópico como otro cualquiera. Pero los tópicos funcionan. Y eso lo sabe como nadie la publicidad y lo explota.

¿Cuál es el antónimo de reactivo?, me pregunto. ¿Proactivo? Porque tengo la sensación que cuando nos invitan a crear conceptos, a desarrollar ideas nuevas, a defender posiciones inéditas, nos arrugamos. El saque nos cuesta más que el contraataque. No somos zapadores. Tenemos un desproporcionado sentido del ridículo y esperamos a que otro asome la patita para exhibir una teoría propia y oculta, no sin asegurarnos de que ese otro que la comparte y en caso de caernos nos caeremos con un equipo. El español es muy de ir juntas al baño. Del "que inventen otros" de Unamuno.

Hay jefes que sólo se lucen diciendo que no, echando a bajo las propuestas, machacando los impulsos de sus subordinados. Pero jamás tiran de ellos para ayudarles a sacar su mejor yo. Ni son capaces de convertir una idea mediocre de otro en una gran idea por haber detectado que bajo el barro había oro. Una brillante y fantástica pepita de oro.  Por debajo de esa resistencia suele haber miedo. Vértigo. Pereza. Inseguridad. Y seguramente hay organizaciones que se debilitan y mueren de anemia galopante por el carácter reactivo de sus dirigentes. Pero lo mismo me equivoco y estoy siendo reactiva en mis consideraciones. Y puede que yo misma sea ese tipo de jefe en ocasiones.

Admiro cada vez más a esas personas que sacan pecho y exhiben sus ideas sin miedo a que no sean perfectas. La búsqueda de perfección nos lleva al boicot más salvaje que hay, el autoboicot. Y de ahí a poner a parir el anuncio de Campofrío -lo dice una que ha puesto a parir el de la Lotería, pero reconoce su eficacia- hay un paso.

(¿Qué harías tú? es la pregunta clave cuando un reactivo irrumpe en una reunión. Toma la pelota y hazte un saque, que el marcador echa humo y nos están tumbando). 

No conozco ni un solo genio reactivo. Las personas que más admiro, me doy cuenta, son valientes que se meten por caminos llenos de zarzas y barro con un cuchillo de juguete. Que se la juegan a una carta. Que se tragan el miedo a cagarla, con perdón, pero no son descerebrados ni insensatos. Mi amiga A., por cierto, es una de esas personas. Y su anuncio será bueno o malo, moralista o tópico, pero estoy segura que no se le va a olvidar a nadie. Y los de Campofrío, que no deben ser tan tontos, pueden estar contentos porque ya es un éxito y es posible que vendan más jamones y más chorizo, que de eso se trata.

"Ya está, me hago sueca", dice Chus Lampreave en el papel de su vida (después, tal vez,  del de la portera testigo de Jehová). Pues yo también voy a hacerme la sueca, querida Chus, que para eso soy más rubia que tú pero con mucho más sentido del ridículo. Eso tan español.







lunes, 16 de diciembre de 2013

DOS MUJERES, UN MARROQUÍ Y UNA RUEDA REVENTADA.

La rueda de mi coche, ayer
Ayer la rueda de mi coche reventó en plena A-6. Hoy pienso que el destino me está mandando un mensaje reiterado: deshazte de tu coche y contrata right now los servicios de un chófer cariñoso. Se lo he comentado a las Chukis y están de acuerdo.

Ayer, digo, abandoné una comida de Navidad sin probar el gin tonic ni los deliciosos mojitos de P. "Tengo que recoger a mi hija en un cumpleaños". Era de noche y al ir me había perdido, en una exhibición más de esa profecía autocumplida recurrente. Así que puse el Tom-Tom de vuelta y mi amiga y yo nos dispusimos a perdernos con GPS y buen humor.

A los pocos kilómetros mi coche de comercial de éxito empezó a vibrar. Raro, raro. ¿No te extraña ese ruido?, le decía a mi amiga. "No sé, yo de coches no entiendo". "Ni yo...". Un rato después noté que el coche se me iba hacia un lado y pude desviarme al arcén. Al salir, olor a chamusquina y una rueda trasera reventada como si el increíble Hulk la hubiera destrozado a dentelladas. El tráfico en la carretera de entrada a Madrid era constante y veloz, y nosotras buscábamos entre el maletero lleno de sombrillas y enseres de playa el kit chaleco y triángulos, sin estrenar.

-Estamos en la A-6, KM 27, informé al de la grúa. O no sé muy bien.
-¿Qué ve desde ahí, señora?
-Un neón que pone "Global"
-Imposible. En el Km 27 no hay neones.
-Pues búsqueme si no le parece mal. Soy un coche negro de comercial de éxito reventado en el arcén con dos señoras juveniles dentro maldiciendo su suerte y un maletero lleno de porquería o mierda que podría pasar la prueba de Carbono 14  y un triángulo reflectante que se cae a unos metros que no recuerdo si son los reglamentarios, pero son pocos porque me daba pánico andar más por el arcén.

Siguiendo el protocolo del desastre en carretera llamé a mi hermano pequeño para que recogiera a Minichuki en el cumpleaños, y a mi adolescente para que me esperara en casa: "No tengo la llave, mami". Por supuesto que no. La ley de Murphy se inventó para mi familia. Llamé de nuevo a mi hermano, San Javier en adelante, para que recogiera a la pánfila olvidadiza que se parece a su madre que soy yo y le diera la llave de casa. Y mientras mi amiga y yo comentábamos cómo era nuestra vida hace quince años, cuando no tenías móvil ni GPS y te pasaba esto mismo.

Llegó el de la grúa. Un tipo gordito, marroquí y rezongón. "Se ha comido la rueda, sí". Cargó el coche con toda parsimonia mientras C. y yo tiritábamos de frío. Subimos a la grúa con la excitación de viajar por primera vez en una cabina de camionero, y el hombre buscó un lugar recoleto para proceder a poner la rueda de repuesto.

-¿Seguro que tiene rueda de repuesto?
-Seguro, seguro...

Murphy, el condenado, quiso darle emoción al momento. Había rueda debajo de las sombrillas, las palas y las aletas del verano, sí. Y parecía de las buenas, a simple vista. Pero en el kit no estaba el tornillo antirobo. El marroquí seguía rezongando: "Sin tornillo, no hacemos nada". Así que registré mi coche en la oscuridad como si fuera el de El Vaquilla después de un golpe a una joyería de Fuenlabrada. Saqué gomas del pelo, chuches pegajosas, botellas de agua a medio beber y una ingente cantidad de basura tóxica familiar que me hubiera sonrojado en otras circunstancias. Ni rastro del tornillo. El gruísta, resoplando: "Hay que volver a subir el coche a la grúa. Arriba, señoras".

Aquello parecía una cámara oculta. "Ahora es cuando llega en violador del descampado y nos remata", pensé.

"Señora, deme la llave del coche". ¿Qué llave?, la llave la tiene usted". "No, señora, se la he dado porque la doy siempre para evitar que se queden dentro de los coches" (el marroquí estaba irritado, casi mosqueado conmigo. Nos estábamos arriesgado a que se pirara y nos dejara heladas en un punto de Majadahonda sin neones ni más señales a la vista que un pinar y tres contenedores de basura donde los cuerpos de mi amiga y el mío cabían de sobra. Yo veía el final tenebroso mientras volcaba el contenido de mi bolso XXL ante la mirada del marroquí, que se atrevió a opinar sobre la "cantidad de cosas que lleva dentro": Strepsils, llaves, cuatro barras de labios en distintos rojos, un collar, Paracetamol ("Paraceltelamol, lo llaman los cubanos", había sido el chiste de JM en la comida), monedas, una multa de Gallardón, crema solar, gafas de sol, tickets de taxis, un perfume, otro perfume, el cargador del móvil cuatro bolis...) El gruísta miraba con avidez e impaciencia.

Lo que viene siendo la Ley de Murphy
Las llaves, por supuesto, estaban en el bolsillo de mi abrigo. 

Volvimos a subir a la cabina de la grúa. "Nos lleva a casa, imagino", dije. "Negativo. La compañía sólo paga un servicio". "Pues ya le digo yo que no nos va a dejar tiradas", respondí midiendo mi chulería al recordar los contenedores. Al final, tras llamar a la compañía, mi amiga y yo terminamos en un hotel de carretera ideal para infieles de tercera regional  que hubiera hecho las delicias de Anthony Perkins y esperamos al taxi con los pies helados.

Tres horas después del inicio de la aventura, llegaba a casa y mis chukinas me abrazaban con una mezcla de compasión e ironía: "Mamá, yo creo que lo tuyo con el coche es una maldición". Y sí, mi adolescente ahí lo clavó porque es perspicaz como ella sola. Y tras decidir pedirme a los Reyes un chófer tierno con navegador  me di cuenta de que podíamos habernos matado y que fue una suerte haber parado en el arcén y no estar sola. Y que Murphy, mi viejo amigo, había estado porculero ma non troppo. Y que montar en grúa es un anhelo infantil que ya he cumplido. Y que debo hacer limpieza de mi coche, de mi bolso y de mi vida. Y cuando termine, beberme ese mojito por el frío que pasamos. Por la suerte que tuvimos...


domingo, 15 de diciembre de 2013

EL BOTÓN DEL PÁNICO

Ayer fui a ver Le Week End y salí del cine convencida de que el matrimonio es un simulador de compañía dotado de un sistema anestésico que permite tolerarse sin meter demasiado el dedo en ojo ajeno. Y de una tecla, el botón del pánico, para recuperar instantes de felicidad, recuerdos empaquetados, ese día en el que miras al otro como a un extraño que molesta cual moscardón que se hubiera colado en la cabina de un piloto.

El guionista en un escritor con el que he pasado grandes ratos, Hanif Kureishi, un tipo que combina el sentido del humor amargo y a ratos chispeante con la visión más descarnada de la realidad. Su especialidad son las relaciones humanas, los lost in traslation cotidianos. Ese vértigo que sientes cuando te mueves en un país, en una piel o en una lengua que no son los tuyos. 

A mi alrededor sólo había parejas. La de mi izquierda se parecía a la protagonista de Le Week End. Alrededor de sesenta años, bien vestidos, los había visto antes de entrar en la sala cada uno a lo suyo, con esa tranquila cotidianidad de no tener que estar hablando sin sentir desazón. Él, además, echaba discretas miradas a las mujeres jóvenes que pasaban. No con deseo, sino con cierta melancólica sensación de pérdida. "Ella no es para mí, no lo será, no podría serlo". 

En la película hay diálogos que son cuchillos ensangrentados. Destilan todo el rencor bañado en agua de colonia para que no huela. Y una secuencia brutal en la que ella, simulando un principio de striptease, le hace ponerse a cuatro patas para acercarse a su sexo como un perro y temes que le va a dar una patada, y te encoges en el asiento, y quieres salir corriendo pero no puedes porque estás sola y rodeada de parejas que se han encogido más que tú, seguramente, y se cogen de la mano violentamente, como el que agarra un chaleco salvavidas en medio de una tempestad.
Hanif Kureishi


Pero Le Week-End es París, tan bella y tan despiadada. Y el subterfugio de la intelectualidad cool y patética reunida en la Rue Rivoli en una fiesta que organiza un farsante escritor de éxito que abandonó a su familia en Nueva York y le cuenta a nuestro protagonista que ha construido otra simulación, con otra mujer -joven, voluptuosa, entregada- y un best seller bazofia para que lo adoren. Y él le dice algo así como ¿de verdad pensabas que abandonar a alguien te iba a hacer ser libre?

Creo que al final lo que cuenta Kureishi es una historia de fracasos, y que a veces la pareja es un frontón para compartir lo que uno no puede digerir en soledad. "El único trozo de hielo que me permite tocarla y se derrite", o algo así viene a decir el protagonista, el perdedor, el hombre fiel que se deja insultar y ama. Y que a la postre uno se queda al lado del otro para sentirse menos huérfano y porque sabe que hay un botón, el de la esperanza, que al pulsarlo funciona como un tocadiscos del que sale una música que los hace bailar. Juntos, felices, por fin. 







viernes, 13 de diciembre de 2013

AMOR O SUCEDÁNEO

"Siento nostalgia de la pareja que no hay, y eso me hace sentir exhausta. No la voy a buscar porque estoy cansada de errar y aterrorizada de lo nuevo por conocer. Así que tendré que encontrarle un sustituto a ese sentimiento que no sea más trabajo".

Recibí anoche el mail y me pareció tan universal que podía llevar no menos de seis nombres de amigas o conocidas en la firma. Pasados los cuarenta se aplica más que nunca un sistema de permutas que es pura sabiduría, o simple supervivencia: amor por trabajo, caricias por libros, sexo por comidas suculentas...y así. No sólo es un asunto de mujeres, desde luego.

Yo misma podría contraargumentar furibunda esto que acabo de decir, pero no pienso hacerlo. Lo dejo en vuestras manos. La compensación es un mecanismo necesario para la especie humana como las motas para las jirafas o el apestoso hedor de las mofetas. Uno debe elegir sus frentes de batalla, pero no pueden ser demasiados o las tropas caerán como moscas a la tercera emboscada. A veces salimos a la guerra y lo queremos todo: el éxito y el duelo. Las cornetas y una mano que acaricie nuestra frente y nos dé de beber.

Me rodeo de mujeres cansadas. Muchas de ellas inteligentes, exitosas y con vidas llenas. No son princesas que busquen el beso salvífico de un príncipe. Eso ya pasó, si lo pasaron. Son mujeres que un día se levantaron y sintieron que iba a quedarse así. La bandeja para uno, el cajón atestado de papeles y bolígrafos y unos hijos cada vez más independientes. Las flores, en el jarrón y el plato solitario en la pila de la cocina. Un grupo solvente de amigos y planes, muchos planes. La felicidad sobre el papel, escrita en caligrafía desbocada.

-Me siento perdido ahora. Si quieres podemos hablar de cuando en cuando por teléfono. Prometo no darte la brasa ni utilizarte como consejera o confidente. Eres sabia.
-No sé, yo sólo miro e interpreto, pero no he encontrado la vacuna contra mí misma.

Me rodeo de hombres perdidos, también. Algunos se levantan solos, como ellas, y hacen cosas, una tras otra, para completar el día y tachar las casillas del cupón. Muchos querrían hacer exactamente lo mismo pero compartido. Y se enzarzan en relaciones sólo para contarlo, como si el amor fuera una emisora de radio y un micrófono en on. Hay vanidad de fondo, desde luego, pero quien no haya pecado que tire la primera piedra. A veces una novia, un novio,  es un medio para ser más yo, un mejor yo en el relato de cada día. Otras un espectro que se desdibuja y un día es un extraño con el que no ir solo. Mi amiga C. siempre está a dos minutos de romper pero no rompe. No quiere ver su sombra única proyectada en una acera. Aunque vaya más rápido -la sombra- y no tenga en parar en esquinas ni entrar a comprar cigarrillos en un bar. "Además, prefiero no pensar. No tengo cuerpo ahora para pensar", murmura y las amigas le damos un beso y la razón.

Termino con otro mail. "No sé qué hago solo en esa casa que no es la mía. Rodeado de muebles que no escogí yo y fregando los platos de alguien que no tengo el gusto de conocer. Lo mejor, ¿sabes?, es cuando apago la luz por la noche y deja de herirme tanta extrañeza. Y sueña el teléfono y es para mí, no para el tipo que vive en la casa extraña y lleva mi nombre".




jueves, 12 de diciembre de 2013

DEMASIADO TARDE, DEMASIADO PRONTO

Confieso que llegué tarde a Camarón. Como a casi todo.

Recuerdo el día que escuché por primera vez "La leyenda del tiempo". El tiempo va sobre el sueño hundido hasta los cabellos /Ayer y mañana comen/ Oscuras flores de duelo. Aquel poema de Lorca en la voz gimiente y arenosa del gitano de la isla me pareció que se había escrito para que él lo cantara y no al revés. Una adaptación a veces supera al original, lo que me lleva a recordar la película de Abbas Kiarostami "Copia certificada", magnífica. Y a darme cuenta de que a Kiarostami también llegué tarde.

No es de extrañar. Tenía poderosos antecedentes. Mis primeros zapatos de tacón llegaron cuando mis amigas ya tenían uno o dos pares. Los suyos eran afilados de puntera y con la tribanda verdirroja de Gucci, en un tiempo que que las copias no escandalizaban a nadie o al menos yo no era consciente de ello (pero claro, también había llegado tarde a la lectura de los periódicos). Mis tacones, digo,  eran de novicia. Gruesos y de horma nada delicada, pero cumplían su función social. Elevarme cinco centímetros sobre el nivel del mar y ser el salvoconducto imprescindible para formar parte de esa grey implacable y sudorosa que éramos, son, los adolescentes.

Llegué tarde a darme cuenta de que mis últimos taconazos, de Hugo Boss, se los estaba poniendo mi adolescente. Un día me los fui a poner y tenían un rayazo de no menos de seis centímetros que me hizo sospechar. Pero no. Ella no había sido. Ya estaba yo acusándola, como siempre. Mamá no confías en mí, eres lo peor y blablabla. Entonces saqué del interior de los botines la prueba irrefutable: unos calcetines blancos, arrugados y sucios, que la dejaron muda por un instante aunque todavía intentó hacerme creer que sólo se los había puesto "para andar por casa". 

Llegué tarde, o por lo pelos,  al pase de "Camarón", ahora recuerdo, en el Festival de San Sebastián de hace unos años. Ese septiembre llovió a mares y mi amiga A. y yo volábamos como dos brujitas con paraguas por el paseo marítimo camino de La Perla. Las olas por todo lo alto. El gin tonic en la mesa de un bar esperando nuestros brindis. Nuestras historias cruzadas. Las risas, el afán, los duelos. Puede que habláramos de la maldición del artista. De la creación como forma de protesta contra el barro entre los dedos de los pies. De esa catapulta de ideas, música, palabras con acordes de guitarra eléctrica. Esa provocación, casi anatema, de La Leyenda del tiempo

Mientras lo escucho una vez más me doy cuenta de que pocas veces llegamos a la hora en punto a las cosas, a las personas, a los retos. Así que, para compensar,  tratamos de llegar a la hora a la oficina, a las citas de amor, a la consulta del médico. Un sucedáneo de oportunidad que nos permite asumir ese precario equilibrio con el tiempo que se nos echa encima mientras vivimos a veces demasiado pronto. A veces, muchas, demasiado tarde. 

(Tarde: al escote palabra de honor, al bogavante,a las Erasmus, al sexo, a Gunter Grass, al lipstick rojo sangre, al jogging, a la cerveza. Pronto: Al matrimonio, la independencia económica, Thomas Mann, las botas de montar, Estambul, el Mac de Aple, la culpa, los subtítulos)