viernes, 31 de enero de 2014

UN FRIKI EN UN GARAJE

Últimamente me he propuesto hacerme rica con una aplicación para gente de letras y advenedizos intuitivos, caóticos y desmemoriados. Se trata de una hoja excel de la emoción. Del sentimiento. Del impulso, la pasión, la euforia, la decepción o la duda.

De todo lo que no se explica en una ecuación. Pero suma, resta, multiplica y divide eso que llamamos bienestar cuando preferimos evitar el término felicidad por pasado de almíbar, comprometido, impreciso, resobado y marypoppinesco.

Todo empezó en una cena hace días cuando alguien se atrevió a retarme: "Para ser tan creativa y tan literaria te encantan los hombres de ciencias".Yo rebatí como pude, argumentando con vehemencia y verborrea vaga y poco convincente hasta que resumí: "El 33%  de los hombres de mi vida han sido de ciencias. Un tercio. Pero para ser exactos habría que averiguar los porcentajes de sus legados. Ponerlos en una hoja de cálculo y comprobar el mapa en cifras de su huella en mi camino. Porque lo mismo ese tercio es equivale a un 60% en importancia y tú tienes razón".

Naturalmente, era una boutade de un calibre estratosférico, pero mi público sentía curiosidad. Les expliqué  que en el master que estoy a punto de rematar, si no me remata antes él a mí, lo más crucial que he aprendido es que todo puede medirse, y que nada puede implementarse sin justificar por qué, cómo y cuánto cuesta. Que hay herramientas para computar  el sentimiento en una red social, que cualquier reacción puede registrarse, ordenarse en una tabla y comprobar su coste, prever reacciones que podría desencadenar y  posibles consecuencias. Y entonces, actuar. Ser el community manager de tu vida.

El reino de los intuitivos está lleno de catástrofes mal cuantificadas. Las impresiones en caliente generan frustración o euforia desmedida, digamos que de 100, pero si las guardas en formol un tiempo, unos instantes o unos días, pueden bajar hasta 70 e incluso menos. Es entonces cuando conviene actuar. Tomar una decisión con el excel libre de humo y de tormentas.

La herramienta es muy práctica porque también sirve para compradores compulsivos, ligones desatados que no entienden esa vieja regla de mi hermano I. sobre la noche y las mujeres que me encanta repetir  y que asegura que "la que a las diez es un dos, a las dos es un diez", berlusconis calentorros que deciden con las gónadas los destinos de un país o de una menor en pelotas, tahúres del Mississippi y calimeros vocacionales. 

No daré más pistas, no sea que una start up de frikis encerrados en un garaje copie mi idea y la desarrolle mientras yo me trastabillo con el Excel. Vuelvo a mis letras mágicas, a mi intensidad sin marcos estrechos ni algoritmos y a este viernes que promete ser trepidante y salirse de tablas. Como día intuitivo y desaforado que es.

P.D. ¿Alquien sabe por qué los frikis que inventan cosas y se convierten en millonarios siempre empiezan sus empresas en un garaje?






martes, 28 de enero de 2014

LOS MEJORES DIÁLOGOS DE AMOR NO SON DE AMOR

-El último te quiero lo dije yo y no obtuve respuesta.
-Ah, ¿pero era una pregunta?

A veces uno, en su duermevela cotidiano, imagina un diálogo completo y no para hasta atribuírselo a un personaje. Una vez que lo vomita, retoma el sueño. O no. Creo recordar que hace tiempo hablé con R. de esas preguntas presuntamente inocentes que uno hace para poner a prueba al otro. A veces sin querer. Y que en un momento dado dije algo así como "no deberíamos preguntar aquello que no sabríamos o estaríamos dispuestos a responder".

Pero sucede todo el rato.

Una pareja solvente decide dejar de hablar gratis. Decide además dejar de decir cualquier cosa que pueda molestar al otro. Decide que evitará las trampas, las chinchetas en el alfalto y toda insinuación que persiga obtener una respuesta concreta, comprometerlo. Decide también que se ahorrará los diálogos de intendencia por insípidos, las citas de autor mediocre por vanas y las promesas de amor por volátiles. Decide que dejará de proponer al otro cualquier cosa que éste pudiera rechazar. Una semana después se instala el silencio.  Y ahí arranca el relato. Con dos personajes anodinos, un hijo con fracaso escolar, un gato siamés castrado, un lavavajillas nuevo y sendas mesillas pulcramente desordenadas. Dos seres que se aman, o eso creen y han dado por sentado.  Razonablemente satisfechos de la vida. Llenos de hiatos, de facturas por pagar y con sus rutinas bien consolidadas a punto de derrumbarse y arrastrarlos con ellas como fango.

Ayer supe de una mujer cuyo ex novio,  que tiempo atrás le había propuesto los cuernos con una cajera del supermercado,  la llamó para proponerle hacer un trío con su actual esposa, de profesión desconocida.  Quise saber cómo se había formulado la pregunta. Cómo una pareja que ha dejado de hablar durante años tras una ruptura estrepitosa retoma la conversación con una proposición tan peregrina. La mujer es mi amiga. El tipo ya era despreciable entonces. Y la cajera, a quien no tuve el gusto de conocer, bastante tenía con un trabajo de nueve a nueve y la mano ávida del reponedor rondando sus caderas al cierre de la jornada. De modo que ese hombre oscuro que la sonreía al tenderle el billete era la promesa de una conversación como dios manda. Aunque fuera entre las sábanas. Un polvo apresurado. Eres mi diosa. Y puede que un te quiero falso como la protesis de un cojo.

(Pero de escribir esta historia, lo sé, debería eliminar cualquier apriorismo moral. Contemplar esa conversación desde una distancia prudencial, aséptica y protegida de salpicaduras de fuidos. Fingir que es habitual que alguien que te pone los cuernos y te humilla vuelva a ti para proponerte un polvo a tres bandas con su mujer. Y despojarla de reacciones airadas. Como si un menage a trois fuera lo mismo que un paseo por el campo).  

Los mejores diálogos de amor no son románticos, me temo. Los mejores diálogos de desamor son desapasionados y correosos como chupar una cuerda.  Los mejores piropos suelen ser de índole metafísica. "No te perdonaría que no fueras muy contradictora" es el último que he guardado en mi caja de las siete llaves para rescatarlo cuando ande escasa de fe y sienta la tentación de un diálogo convencional de cajera de supermercado agotada tras un día interminable de ofertas del día y clientes groseros que pagan y piden un servicio completo. Un final feliz sin compromiso y sin palabras.

(Nota final: No tengo nada contra las cajeras del supermercado. Heroínas de real life. Salvo cuando contribuyen a incordiar con sus caderas el sueño frágil de mis amigas)






domingo, 26 de enero de 2014

SEXO, DROGAS Y WALL STREET

En lo más dramático de "El Lobo de Wall Street", anoche, la sala estalló en carcajadas. Leo di Caprio, con un colocón descomunal, trata de bajar una escalera arrastrándose como un gusano hacia su Ferrari mientras farfulla algo ininteligible después de haberse metido unas cuantas pastillas de droga galáctica al cuerpo.
Pensé que tal vez era risa nerviosa, esa que se te escapa en el tanatorio o en cualquier otra situación para la que la vida no te da un manual de reacciones estándar. Pero no. Se reían porque la secuencia les debía parecer cómica. Eran risas abiertas. Descaradas y alejadas de toda consideración moral. Risas de Coca Cola con palomitas. Me hubiera puesto en pie y gritado "¿Pero de qué os estáis riendo, imbéciles insensibles?. Este es un espectáculo de circo romano con hombres y fieras desangrándose, revolcándose en un fango apocalíptico de cocaína y depravación". En lugar de eso me encogí aún más en mi butaca y recé por unas migajas de tregua, una historia folletinesca de amor y cervatillos que me distrajera aunque diera al traste con la película. Una salida de emergencia.  Pero no. Scorsese es un ser despiadado cuando teje un guión sobre el exceso llevado al paroxismo. Y yo, al igual que mi amigo B., a mi lado, sentía que no sólo éramos víctimas de esa espiral de sexo, drogas y desesperación., sino que una mano invisible nos hacía esnifar, tragar, chupar, corrernos  y participar a nuestro pesar de esa orgía interminable mientras a nuestro lado algunos se partían de risa.

Pisco sour
A la salida B. y yo paseamos por Princesa, baldados después de esas tres horas de maltrato cruel. Con un colocón semejante al de di Caprio y unas escaleras, las que conectan Princesa con el Cuartel del Conde Duque, que subimos tambaleantes de espíritu y ávidos de abrazo. Como dos yonquis que acaban de probar su primera dosis de una droga potente y no tienen más consuelo que el temblor compartido y el hambre de lucidez, de resaca en el sofá, con una manta y un caldo bien caliente.

-Lo que más me aterra es que lo que decide los vaivenes de la  economía mundial está en parte en manos de tahúres de guante blanco, adictos al casino sin más escrúpulos que hacerse ricos mientras nosotros dormimos y pagamos la hipoteca.
-Y es legal, no se te olvide.

Un pisco sour y una cena peruana después, recuperamos la risa y la cordura. Madrid desfallecía de sábado y farolas mortecinas  y, de vuelta a casa,  lamenté no haber preguntado a nuestros vecinos de butaca qué era eso  que les hacía tanta gracia. Como cuando de pequeña me llevaban al circo y sufría por la crueldad del payaso listo con el tonto. Y en el guión ponía que había que soltar las carcajadas. Y daba miedo. Mucho miedo.








sábado, 25 de enero de 2014

UN MARIDO ES UN HOMBRE QUE TE DA BESOS SIN LENGUA

"Cada vez que mi marido me da, pestañeo y es como si talaran un árbol. Como hachazos". (Ariana Harwicz. "Matate, amor". Ed. Lengua de Trapo)

Tengo hace meses este libro en mi pista de despegue. Me lo regaló J. en la última Feria del Libro, una tarde pegajosa de gin tonic y ávida de encuentros inesperados. Asumo que si sigo colapsando el tráfico aéreo de mi vida echaré la culpa a los controladores aéreos, a la señora que tardó demasiado en subir el trolley al compartimento. Al puto niño que distrae a la azafata con sus carreras locas por el pasillo.

A todos menos a mí..

Hay un ejercicio clásico de escuela literaria  que consiste en describir una escena de sexo sin términos explícitamente sexuales. Ariana Harwicz, a quien no tenía el gusto de conocer y cuelo unos minutos en el tráfico colapsado de mi día a día, parece que lo consigue. "Quiero ser su mujer pero lo miro con el asombro de una desconocida". Esa mujer, lo entiendo rápido, está saliendo de su cuerpo, esa expresión que utilizo a menudo y que resume la fuga, la mirada del otro hecha mía, la fatiga, el desdoblamiento y la soledad. La intimidad, a la postre, es la permanencia en uno sostenida, y el reflejo en los ojos del otro, que no se va, que no te da la espalda ni te abandona en medio de la siesta, como ese marido de ese libro. "Me la da, me la da y es un derrumbe, objetos que caen y golpean. Las tacitas de porcelana de la abuela. Mi casa es un depósito de vidrios. Me duele el fémur. No digo nada".

-No sé si podré ir a la lectura de la obra. Tengo una fiesta con ejecutivos de cuentas internacionales, ya sabes.
-No pasa nada si no vas, no eres tan importante.

Hay conversaciones que se quedan grabadas en el tiempo como cicatrices de latigazo. "No eres tan importante", convengamos, es mucho más letal que "follas fatal". Las herramientas de la buena educación se inventaron (también) para dañar sin dejar huella. Como esas instrucciones del imán de la mezquita sobre cómo golpear a la mujer sin moratones. La cortesía penetra fría como una inyección de acero líquido. Follas fatal es mucho más cortés, dónde va a parar.
Matate, amor. Lengua de Trapo

Pero por las dudas lo mismo escribo a Ariana. Argentina,1977. Que en su primera novela ya se atreve a coger el dolor astillado y zarandearlo sin miedo aunque le sangren los dedos como al nazareno los costados. Ahora describe la boda de su protagonista. "Hay más desaparecidos que gente. Los vecinos duermen o están muertos en sus camastros. El aire es denso y por momentos brilla. Mi marido viene y se va, me da besos sin lengua, me acaricia el hombro, hasta los animales lo miran con respeto. Y antes de las danzas macabras, bajo una capilla improvisada, un párroco, yo tengo más religión que él en la uña del pie, nos dice performántico: "Estamos aquí reunidos en la presencia de Dios y de estos testigos..."

O cómo contar una boda sin términos explícitos de boda. Sin tul y sin promesas. Sin redención y sin destino.

Lo dejo ya, espoleada por tanta intrepidez ajena y por las dudas. Te llama tu otro yo, despojado de su cuerpo. Avanzas vestida de blanco por un pasillo. Huele a nardos. A nardos sofocantes. La buena educación. Tanto recato. No eres tan importante. Y de follar, ni hablamos, como el chiste.

P.D. C. me invita a su tertulia de los jueves, bimensual. "Van algunos fachas, ya verás qué risa". El libro que toca es "La pesca del Salmón en Yemen". Qué bien, ya lo he leído. No recuerdo que me estremeciera. Mejor así. Un marido es un hombre que te da besos sin lengua, Ariana. Hablemos de eso, cuando vos quieras. La peor crueldad es siempre refinada como crema brulé.









jueves, 23 de enero de 2014

BANDA SONORA PARA EL DENTISTA

Ayer, mientras la endodoncista trajinaba en las simas más oscuras y violentas de mi pieza 37, sonaba Somewhere over the rainbow. Una de las canciones de mi A-list. Una de esas que me pongo para levantar el ánimo propio y el de mis Chukis.

A partir de ahora, Somewhere over the Rainbow equivale a torno, doble chute de anestesia y dolor. Quiero el libro de reclamaciones.

Era canaria. La artífice de mi desgracia era una canaria de mi edad, enfundada en total look clínico naranja (el pantone sanitario se ha expandido desde que en Anatomía de Grey los y las macizas van a tono con sus pupilas y looks multicolor) y con los zuecos color panza de burro. Aunque soy indulgente porque no suelo limpiar demasiado mis zapatos, a ella no se lo perdoné. Podría haberlo hecho si hubiera elegido otra banda sonora, o si no me hubiera sometido a una postura  propia de la NASA -la cabeza en un plano inferior al de mis pies, para manipular a gusto-.

-Vamos a poner música para relajarnos. Dijo. Y yo pensé "¿para relajarse quién?" Porque ella más bien debía concentrarse y yo estaba demasiado nerviosa como para dejarme hacer. La zona cero acordonada por un plástico tirante, la saliva atragantándome y las manos frías, heladas.

Hay una música para cada momento de la vida. Eso que los cursis llaman "nuestra banda sonora". La del amor, la que sonaba en el coche de la autoescuela camino del examen aquel día, la del día de tu boda, la de correr cuando desfalleces, la de carretera y manta y la de al volante y a lo loco.

A partir de ahora ya tengo localizada la del drama. Gracias a esa mujer que ni siquiera se molestó en averiguar cuál de las muchas versiones es mi favorita. Y que después de entregarle la larga lista de los medicamentos que pueden matarme, me tendió un papelito de instrucciones postendodoncia que decía: "Ibuprofeno cada ocho horas".

Con uno solo me habría asfixiado. Lo mismo es eso lo que entiende por hacerse un "over the rainbow".


miércoles, 22 de enero de 2014

BILL VIOLA Y LOS ESNOBS

Últimamente, si uno quiere parecer interesante, debe fingir que conoce muy bien a Bill Viola.

El videoartista americano se ha apoderado de las conversaciones de muchos esnobs, aspirantes a intelectuales, o de intelectuales sin corsés que no cultivan el arte especialmente pero entienden que una imagen -más una videoimagen- es una erupción ardiente que suele dejar cenizas de lava enjundiosas con las que construir teorías asombrosas (y boutades, según las manos en las que caigan, como casi todo).

La ventaja de una imagen es que permite la diarrea interpretativa. Todos las hemos dicho, yo la primera, aunque debo reconocer que los años me hacen estar cada vez más callada delante de un cuadro o de cualquier manifestación del arte. Me parece que contaminar con palabras una impresión, un rapto de inspiración de otro, sólo está al alcance de unos pocos. El respeto es la verdadera religión, la única que convierte al talibán en virtuoso. Y el monólogo interior funciona divinamente como sucedáneo del impulso verbal.

"Acciones frustrantes y gestos en vano". Este título de una exhibición de Viola en Londres, poco antes del verano, me lo guardé como un tesoro que me contaba cosas y me hacía pensar en muchas otras. Entonces conocía de Viola lo que conoce mi círculo más próximo, pero me parecía que concentrar en un título la desazón cotidiana ya era grande. Me pareció que si elimináramos de nuestra película vital las acciones que nos empujan a girar en la rueda del hámster y los gestos que no se sustancian en nada más que simulación, el video resultante sería una pantalla llena de rayas, probablemente horizontales, con algún punto de calor. Algo parecido a la carta de ajuste de mi infancia.

Puede que Viola reflexione sobre los rellenos de la existencia. Sobre todo ese cemento con el que tratamos de dar solidez a nuestra debilidad, a la escasez de pilares y andamios que conforman el esqueleto de lo que somos. Es posible, permítame Bill la osadía de pretender interpretarlo, que si nos proyectáramos en una pared como él hace con sus creaciones, enmudeceríamos para siempre y nos volveríamos más cautos, más económicos y menos farsantes.

Pero lo mejor de este señor sobre el que desaconsejo vivamente divagar en esas cenas sociales entre el segundo y el postre, es que incluso cuando se explica sin imágenes dice frases contundentes, aptas para ese desierto que se extiende entre el postre y el café: "Todo empieza a ser más atractivo para mí, pero como no puedo abarcarlo he empezado a seleccionar qué caminos tomar para el resto de mi vida". A sus 62 años ha entendido que uno no puede dispersarse eternamente. Que llegar a una edad sin dos o tres conclusiones simplificadoras es un desatino insoportable.

Viola ha aprendido a violar obras de otros y reinterpretarlas a su manera. Eso que otros, los desvalijadores profesionales,  hacen sin citar la fuente, como si fueran fruto de un arrebato, de un rapto creativo personal. Lo mejor de citar las fuentes es que te permite mucha libertad. Al fin y al cabo, una fuente no es más que un pilar ajeno dobre el que apoyarte para tomar tu propio impulso, tu camino. 

Como no soy esa fan de Viola de toda la vida que dominaría toda cuestión sobre el artista, me he propuesto ir a verle este fin de semana a la Real Academia de San Fernando, donde exhibe sus videoinstalaciones en la muestra "Bill Viola en Imágenes". Prometo estar muy muy callada y dejarme ir, a ver qué me cuenta. Y tomar dos o tres notas al vuelo que, con su permiso, darán pie tal vez, en un futuro, a un relato, a un post o a una de esas frases que no digo por pudor, pero me ayudan a seleccionar los caminos que quiero recorrer de aquí al resto de mi vida.

Dispersarse es morir.






martes, 21 de enero de 2014

¡ESTA ME LA SÉ, ESTA ME LA SÉ!


Anoche ayudé a mi adolescente en un ejercicio de su asignatura de lengua que consistía en localizar en un periódico los diferentes géneros periodísticos: (artículo, crónica, columna, reportaje, noticia, editorial...) y confieso que disfruté hasta rozar el sadismo mutilando el periódico con las tijera del pescado, mientras ella me ponía pegas del tipo: "Pero es que la profesora dice que...", a lo que yo, justa de tiempo y aún más de paciencia, respondía: "Pues dile a tu profesora que este es el único tema del que lo mismo sé un poco más que ella, ¡hala!".

Tirar por la tangente es el recurso de los audaces, los impacientes y los agotados. Una madre monoparental suele reunir las tres cualidades en una, y si lo es de adolescente además tiene contadas ocasiones de chulearse de algo. Así que confieso que me dejé llevar por la soberbia y el frenesí de "esta me la sé, esta me la sé", ya que últimamente la vida me ha colocado en un master (del universo) donde me siento absolutamente lerda y mi ego necesitaba con urgencia un chute de seguridina. Un escenario con cortinillas de terciopelo donde dictar doctrina o por lo menos exhibir las plumas de pava real que alguien me ha arrancado tras desenmascarar mi incompetencia.

No saber mucho de nada es una faena. Para empezar, nunca podrás forrarte en un concurso de televisión para eruditos que suspendieron el examen de la vida pero dominan la teoría de juegos, como John Forbes Nash, el tipo del que hablaba la película "Una mente maravillosa". Un inadaptado social que alcanzaba el orgasmo intelectual entre interminables fórmulas matemáticas. Los mediocres, sin embargo, alcanzamos el mismo orgasmo por el método tradicional y con estímulos caseros. En mi caso encontrando una palabra de siete letras en el Scrabble, cocinando unas lentejas sin carbonizarlas o recordando el nombre de un interlocutor en una velada social para poder presentárselo sin sonrojos a un tercero. Esto último me llena de especial satisfación porque no encuentro una grosería mayor que estar junto a alguien que no te presenta y te condena a poner cara de tonta mientras los segundos pasan al ralentí.

Y respecto a los Nash, después de admirar su genio con la boca pequeña, los mediocres murmuramos un "ya, pero era esquizofrénico" que nos permite digerir nuestra medianía, hasta que un día nuestra adolescente desabrida nos brinda el momentazo soñado. El "esta sí que me la sé". Y de ahí a coger las tijeras del pescado hay un paso.

Si no has sido Miss Murcia, ni te has tirado a ese dios llamdo David Gandy pese a tenerlo a tiro de talle, ni tuviste jamás claro cuál era la integral y cuál la derivada, ni leíste "En busca del tiempo perdido"ni probaste las drogas para aprobar el examen de malditismo, necesitas desesperadamente encontrar cuatro o cinco cualidades en las que destacar o si no date por muerta. Ayer puse una pica en Flandes y he dormido como dios. Pero toda soberbia vanidosa necesita apuntalar su victoria, así que me dispongo a confeccionar una pequeña lista de especialidades. De todo eso que puedo presumir incluso delante de una adolescente desdeñosa, el jurado más implacable que cabe imaginar. Y prometo compartirlas para inspirar a todas esas madres (y padres) huérfanos de reconocimiento doméstico. Especialmemte si están haciendo un master de sánscrito donde sienten que su cociente intelectual no alcanza las tres cifras.


domingo, 19 de enero de 2014

TEORÍAS FELLATIONIANAS

TEORÍAS FELLATIONIANAS

"Los maricas no se orientan, salvo en la oscuridad"

Trabajar justo al lado de U., marica entre otros muchos atributos que también lo definen -intelectogay o generoso serían dos no muy desencaminados- es asegurarse de que siempre llegarán balones a tu portería en forma de sentencias desternillantes o inspiraciones de sesudo corte  cultural. Con U. uno habla de sexo o del nuevo director de la Joven Orquesta Nacional con idéntica vehemencia. Y a menudo llegamos a conclusiones parecidas que se resumen en una: "Me lo tiraría sin mirar" (su conclusión, mayormente)

Con él he aprendido que la cultura y la cama no están tan alejadas. Aunque en este punto no existe unanimidad. Conocí a una mujer que sostenía que los mejores amantes de su vida habían sido los más toscos, incultos y descerebrados. Como si la educación fuera un freno a los instintos. "Los más educados han resultado pacatos, faltos de iniciativa, de imaginación y desvergüenza", añadía. Yo no sabía muy bien cómo aportar un comentario solvente a esa conversación, dado que mi muestra era bastante más pobre que la suya, pero la escuchaba con atenta reverencia, como a  un oráculo dotado de intuiciones mucho más solventes que las mías. Y como mucho me atrevía a corear esas frases del tipo "los hay cursis hasta follando", que era la versión guarra de "los hay cursis hasta respirando". Frase en la que creo tanto como U. en la desorientación de los maricas.

Lo mejor de todo es que él y yo nunca disputaremos por el mismo hombre. Porque U. tiene una querencia descontrolada por los tipos sudados y un punto ordinariotes a los que sólo contempla "de rodillas" (frase textual y fellationiana) y yo tiendo a mirar a los ojos antes que a ninguna otra zona geográfica. Pero reconozco que me divierte muchísimo observar a U. cuando entra algún hombre en su radio de acción. La rapidez del rayo con que lo recorre, descarado, desde el ecuador de su cuerpo, por delante y sobre todo por la retaguardia, hasta el norte comandado por los hombros, con parada en bíceps y triceps. Un examen de apenas tres o cuatro segundos que finaliza con expresión de complacencia y una sonrisilla leve que yo coreo en carcajada.

Después de varios años cerca de él no sé si he aprendido más de hombres o de música, teatro y literatura. Puede que de todo por igual. Y celebro que la desorientación, esa que nos atribuyen a las mujeres, sea también un asunto de hombres. Al menos a la luz del día. 
(Respecto a la teoría fellationiana, prometo consultar al interesado y escribir largo otro día).



viernes, 17 de enero de 2014

COMO AGUA SIN RECIPIENTE

Recuerdo que en la adolescencia siempre tenía hambre. Un apetito voraz, desbocado, insaciable. De horas, de experiencias, de portazos y de enormes bocadillos que mi madre nos preparaba para la merienda. El cuerpo gritaba combustible para liberarse del espeso corsé de la infancia, imagino.

De mayor siempre tengo algo de sueño. No es que me caiga por las esquinas. Es que hay un fondo de insatisfación somnolienta que no se llena con dormir una hora más. Dormir a partir de los cuarenta es ceder un paso a la muerte. Sólo así me explico el insomnio. La falta de sueño desencadena otro tipo de hambre, de parecida voracidad adolescente y sin bocadillo de jamón.

He diseñado un plan al detalle de cómo quiero vivir e imagino el sueño a  sorbos, no un botellón de sueño. Las horas imprescindibles por la noche y algunos duermevelas con un cable conectado a la imaginación y a la sorpresa. Las mejores ideas se me aparecen como el ángel a la Anunciación de Fra Angelico, horas antes de que el cielo se rompa con el amanecer, pero nadie me santificará por ello ni me llamarán virgen (un alivio, por otra parte). En una penumbra azul, sembrada de estrellas y columnas clásicas donde es difícil distinguir si es ángel o demonio, ni defenderte de su rayo. Despierta, despierta.

Hay una categoría de insomne que no lo es, sólo aspira a parecerlo. Un farsante que simula la vigilia y pinta las pesadillas de relatos que no escribe y se quedan ahi, en un agujero oscuro. Un saco sin fondo y sin costuras donde es imposible aprehender nada racional ni consistente.

-Te echo de menos, escribe J.
-Yo también me echo de menos.

Ayer, en una comida, hablábamos de una persona a la que imagino siempre como agua sin recipiente. Alguien que ha desarrollado una estrategia para colarse por los huecos ajenos desde una indefinición tan refinada que no hay quien le encargue nada concreto pero de esos encuentros  sales siempre con deberes. Dormir poco es algo parecido, pero sin intención de escaqueo. Ser agua sin recipiente. Notas que fluye y te despiertas empapado pero no hay un barreño que te muestre lo que dejó el aguacero. La prueba de la verdad. Ideas que se arrastraron salvajes mientras no dormías pero no estabas despierto.

Mi plan incluye inventar un mecanismo impulsado por un demiurgo que las recoja. Que las atrape en su fuga enloquecida para meterlas como esos peces naranjas de la infancia en bolsas de plástico que apretábamos fuerte con las manos. Hasta conseguir un acuario lleno de ideas de colores que nadan en un sentido y en otro, lentamente, ingrávidas, y ponerles palabras y una música que acompañe su aleteo.

El exceso de demandas es la antesala del insomnio, desde luego. A veces uno está al borde de mandarlas todas al carajo. Una por una. Echarse de menos a uno mismo es la peor nostalgia que imagino. Necesito un recipiente que me contenga. Y unas manos que lo mantengan limpio, transparente y luminoso.

Necesito nadar,  el tiempo lento. Un sueño reposado con vistas a la vigilia. Y que me pidan poco más, o casi nada.






jueves, 16 de enero de 2014

CUARENTENA PORNO DE CUARENTONA PELMA

La madre Pocahontas ha subido al autobús con su resignado niño de la mano, embutido en su verdugo azul marino, se ha hecho fuerte en el asiento de la tercera edad y los tullidos (creo que ella es tullida intelectual, de ahí que elija el sitio con tanta determinación) y ha mirado a su alrededor hasta localizar a una semejante con la que pegar la hebra.  Hoy tenía ganas de casquería y se ha inventado que había soñado su parto.

A las mujeres que hemos sido madres el parto nos da para unos buenos quince minutos de relato, bien urdido de términos sanguinolientos como "pujos", "petequias", "epidural" o -este me chifla, porque lo encuentro encantadoramente vetusto- "cuarentena".

-Durante la cuarentena me tiraban los puntos por ahí abajo (hace un gesto hacia la zona, por si dudábamos) y mi marido me los curaba y secaba con secador de mano.

Todo el autobús hemos imaginado a esta mujer de metro y medio abierta en canal con un señor a sus pies blandiendo un secador de mano. El chorro de aire caliente, porno de cuarentena. Y nos hemos llevado las manos a la cabeza, o al teléfono móvil en busca de una imagen que lavara la visión apocalíptica de esa apertura de piernas tan poco Sharonstoniana. A su lado, el pequeño Iván hundía abochornado la cabeza medio sepultada en el verdugo, sin duda acostumbrado a las conversaciones de su madre, deseando cumplir los dieciocho para salir por piernas de un matriarcado asfixiante y lleno de detalles escabrosos más propios de un sex shop de barbería que de una familia de clase media que muere y mata por pagar el colegio privado de su idolatrado vástago, y que suspira ante la idea de perder el derecho a la mano y al asiento de autobús.

Por no mencionar el día del verdugo. Ese momento en el que el pequeño Iván le diga: "Mamá, te vas metiendo el verdugo por el mismo sitio por donde papi te metía el secador en la cuarentena".

Sí, soy malvada y Lucifer me espera en el infierno frotándose las manos. Pero esa mujer mediana ha conseguido convertir los tres minutos de secado de pelo que me permito algunas mañanas en un verdadero trauma. A partir de ahora daré al botón y pensaré en ella tumbada, en su voz aguda dándole órdenes a un pobre hombre con verdugo azul marino que dirige el chorro de aire de un secador siniestro hacia ese lugar que el postparto convierte en Sarajevo after bombardeo.

Y eso son daños colaterales, se mire por donde se mire... (por ahí, sí,,,)

miércoles, 15 de enero de 2014

LA VIDA ES UN VERANO Y SE ACABÓ

-¿Es verdad que sólo tenemos una estación? ¿Un verano -dijo- y se acabó? (Años Luz, James Salter. Ed Salamandra)

Hacía mucho tiempo que no me dosificaba tanto un libro. Normalmente me puede la gula, el impulso precipitado de saber qué pasará diez páginas después, y otras diez. Impulso que contengo cambiando de lectura en esa única promiscuidad que me permito tras tantos años de contención y fidelidad a la causa. Pero Salter está siendo una excepción, mi excepción. Quizás porque no empecé febril, sino algo fastidiada por la profusión de descripciones -eso que a los impacientes nos pone de los nervios porque deseamos acción, que pasen cosas, que los personajes se vean al borde de precipicios desnudos de retórica y deban elegir entre tirarse o redimirse. Quizás porque no es uno de esos volúmenes que subrayo con mi eyeliner en trazos curvos que suben y bajan auspiciados por los destellos de las frases y, sobre todo, por una postura en escorzo horizontal poco asentada.

Salter, para mí, está siendo como un hombre que no te deslumbra en la primera cita pero que con el tiempo se va haciendo imprescindible. La suavidad de sus modos y esa forma profunda de calar que no es de aguacero sino de fina lluvia, el orballu persistente de mis queridos amigos asturianos. Unas manos que te mecen y te llevan por un camino de curvas poco pronunciadas y tierras  adustas donde la hierba recibe tanta y tan variada adjetivación que entiendes que es un personaje más. Que ese paisaje que podría exasperarte está en permanente evolución y en cualquier momento podría decidir el curso de la historia, o al menos arrojar las pistas clave para entender por qué esas parejas de las que habla tienen un destino preescrito.

Anoche, leyendo en la cama con Minichuki al lado en una costumbre de cálida intimidad que hemos inaugurado ambas, ella me contaba que se ha puesto 40 páginas diarias de tope "para que este libro me dure, mami. ¿Cuántas te has puesto tú?". Me pareció una forma inteligente de dosificar la pasión, pero no supe responder. Llevaba unas cincuenta siguiendo como una voyeur vocacional a esos personajes magnéticos. Un matrimonio con todos los ingredientes para ser feliz que sin embargo debe buscar fuera la felicidad, a la deriva. Que sienten que les falta algo y lo persiguen entre los brazos de sendos amantes. Por fuera -y tú, como lector, a veces estás fuera y a veces dentro, según ordena la batuta del autor- son tan perfectos que asustan. Padres de dos hijas ideales. Creativos, amantes de la buena música, el cine, el arte. Rodeados de amigos nada convencionales con los que mantienen conversaciones de calado, jamás anodinas.  Estéticamente impecables.

James Salter
Por supuesto, y aunque el paisaje trate de despistarte, enseguida entiendes que la perfección no existe, especialmente en el matrimonio (justo de eso hablábamos D. y yo ayer, en la comida). Detrás de esas parejas brillantes, inodoras,  siempre hay esquinas afiladas donde se te engancha el vestido y se hace jirones. Son esos pisos amplios, luminosos y llenos de muebles design donde abres un cajón y se te cae un espejo.

Sólo tenemos un verano y se acabó. Hubiera matado por escribir yo esa frase. Tan simple, tan honda. El motor por el que a veces tomamos importantes decisiones (pregunten a los divorciados). A veces detrás de una separación no hay grandes conflictos, ni cuernos, ni terremotos domésticos ni subidas de tono que son preludio de la falta de respeto. Hay la intuición poderosa e irremediable de que somos un verano y se acabó. Y ese verano debemos elegir con quién queremos compartirlo. A quién invitaremos a sentarse con nosotros al otro lado del mantel en la pradera, con el membrillo y el vino fresco en copa de cristal, bajo la sombra de un árbol tan frondoso que no deja ver el cielo pero permite el paso de la brisa salvífica. Con un libro entre las manos, cada uno el suyo.

Mi hija dosifica su placer de lectura porque no sabe si habrá otro verano tan placentero como este que marcan las páginas de su libro. Esas que va pasando concentrada a mi lado, tapadas ambas con el edredón y cada una enfrascada en sus palabras. "No me hables, que me desconcentro". Y obedezco porque mi Salter tampoco admite demasiada distracción. Debo beberme cada párrafo, observar cada piedra al borde del camino que conduce a esa casa, a esa familia que finge ser feliz y a ratos se lo cree, pero que empieza a darse cuenta de que la vida es un verano y si no hay un luego, perderlo en el engaño es un dispendio irremediable.

Sólo tenemos una estación, y llegar a este principio ¿irrefutable? no es un acto de pesimismo, sino un saludable punto de partida, me parece.  Las palabras mágicas que impiden perderse con cosas, con personas, con afectos que nos desvían de la senda. Que nos distraen de lo que vamos siendo. De las palabras justas. Del amor verdadero, tan imperfecto. A veces partimos de un ideal construido con escombros de niñez, de adolescencia. Estertores de dolor que nos invitan a fantasear, a escribir mala literatura con nuestra propia vida, eso tan sagrado y tan fugaz. Entonces nos lanzamos a dibujar el trabajo ideal, el hombre o mujer ideal, el paisaje que lo acoja y lo engalane, y al poco llegan los enganchones y desgarros del vestido. Que siempre es de seda y amarillo. Difícil de zurcir sin que se note.

En este punto abandono mi insoportable intensidad tan de mañana. Mi James no me lo perdonaría. Y espero sin ansia, pero sin olvido,  nuestra cita de la noche. En la cama, como las buenas primeras citas, que suelen suceder en veranos eternos que se quedan congelados, detenidos, prendidos para siempre en la memoria.





Virginia Woolf

martes, 14 de enero de 2014

EL DOLOR DE MUELAS ES UN NOVIO CELOSO

El dolor agudo de muelas es como un novio celoso. No deja lugar a nada ni nadie más. Desde el punto de vista metafórico es un alambre al rojo vivo que te atraviesa un lateral de la mandíbula, irradiando hacia el oído y la garganta. Después te da un rato de tregua, como para que te confíes y creas que ya se fue montado en su carromato siniestro de cuatro corceles al galope puestos de cocaína. Sólo estaba cogiendo fuerzas para regresar y tirar del alambre actualizado de brasas y rabia. Y así.

Si te duele y no puedes con ello, tampoco puedes ordenar un armario ni ver un programa tonto de televisión, aunque finjas hacer ambas cosas, por escrupuloso turno. No puedes hacer la lista de la compra sin que se te olviden recados importantes. No puedes hacer la cama y que el edredón quede liso y perfecto. Te irrita más que nunca la cuerda de la vecina en el patio. Te irritan el teléfono y el vaso de leche tibia, que al beber provoca otro rugido del volcán que es tu boca. Te irrita, lo que más,  contarlo y verte como una plañidera pesada y chinchosa. Pero lo cuentas por ver si así transladas a tus amigos una parte de tu desesperación.

Clavo de olor
Cuaderno de bitácora: tres días y medio después de que una muela me ganara la partida por K.O, he podido encadenar cinco horas de sueño. El titular no es tan famélico como parece. Esa novia celosa -la veo mujer, en todo caso- me ha desquiciado los nervios y me ha mostrado el camino tenebroso del dolor sin medicinas. La lista de lo que puede matarte es como la tabla periódica de los elementos o la de los reyes Godos. Interminable. Ayer por la tarde, después de tachar dos nombres más que presuntamente eran aptos pero no lo son, me arrastré con Minichuki por las farmacias del barrio suplicando me vendieran un tercero. En una de ellas el farmaceútico -un señor atildado y tieso que se casó con la monja más jovencita del colegio hace cuatro lustros, para escándalo de la comunidad- dio codazos al mancebo que accedía a venderme un espray anestésico: "No, mira, mira...señalaba la lista de los prohibidos como si fuera una profecía maldita", y luego me observaba con sospecha temerosa, como quien mira a un yonqui en busca de la dosis desesperada. Me dieron ganas de decirle: "Me acuerdo muy bien de usted, seductor de monjas vírgenes e ingenuas", sólo por fastidiarle. Porque cuando te duele mucho una muela eres más mala y desalmada.

Luego Minichuki y yo probamos con los remedios caseros que nos habíais recomendado: el clavo de olor se había agotado en varias tiendas (lo del dolor de muelas debe ser una epidemia similar a la gripe en Zaragoza). El aceite del árbol del té no existía en versión colutorio, me aseguraba la del herbolario, que terminó dándome la versión con la que intentamos espantar los piojos en casa, para alborozo de mi hija, que no entendía que una misma sustancia elimine bichos y dolores.

Y así, probando probando, llevo cinco horas sin dolor agudo, aunque noto a la bicha palpitar en un rincón guarida de mi mandíbula. Pues que sepas que hoy pienso ignorarte. Fingir que no sé que estás ahí, agazapada. Con la encía magullada y una dieta involuntaria que me ha quitado los efectos del turrón que no comí. Ya veremos quién gana la partida.

sábado, 11 de enero de 2014

LA AMANTE DE HOLLANDE

Parece que Hollande, ese líder poco consistente y anodino desde el punto de vista del sex appeal, tiene un lío con un pibón del cine francés llamado Julie Gayet. La noticia ha alborotado a los franceses, reacción que me sorprende mucho más que el hecho en sí, dado que la política gala está sembrada de presidentes con proponsión a la bicefalia sexual, que a veces se sustancia en hijos ilegítimos que acuden a llorar a los funerales.

Así que lo primero que pensé al ver las fotos de la revista Closer fue: "La Trierweller lo mata con sus propias manos". Este va a ser el primer magnicidio perpetrado por la viuda. Una mujer correosa que se ha ganado la antipatía del país con abundantes desaires y que suele poner cara de asco en las fotos, aunque vista de impecable Dior desde que los asesores decidieran cambiar su imagen.

El poder es un foco de magnetismo, desde luego. Conozco mujeres (y hombres) que se dejan fascinar por un cargo y un asiento en el Real. Puede que Hollande sea más de lo que parece. Quizás un tipo con fino sentido del humor a falta de finas hechuras. Su currículum sentimental lo encabeza la bella Segolene Royal, compañera de fatigas políticas y madre de sus cuatro hijos. Y luego está Valerié, la fiera de Valerie. Mujeres fuertes, inteligentes, autosuficientes, no sospechosas de dejarse llevar por los oropeles de la influencia.

Imagino a Hollande desnudo, los dioses del colegio de monjas me perdonen. Desprovisto del cetro y el boato. Con su sobrepeso, su sonrisa facilona, su alopecia irremediable  y sus canillas despeluchadas. Defendiendo su vigor y su capacidad de seducción -mon cherie, susurrará- mientras afuera le espera el escolta fiel, ese que vigila los encuentros furtivos y lleva cruasants a la pareja para que desayunen la pasión. Y la imagen me deja fría. "La única cuestión es saber si la amante se mantiene con dinero público", ha dicho Marine Le Pen. Y por una vez le doy la razón.
Segolene Royal

La política francesa es muy entretenida. Mientras allí los asuntos de cama incendian las portadas aquí los presidentes duermen en La Moncloa o eso pensamos, y seguimos diciendo que en España no interesan sus vidas íntimas sino su (in)competencia. Y puede ser cierto, pero en mis sueños más perversos imagino a Rajoy sorprendido en un renuncio sexual y me da la risa. Lo que iban a enriquecerse nuestras tertulias de café en la oficina si ese apóstol de la moral estricta nos regalara una portada con pibón made in Spain...

Lo dejo ya, que mi muela ruge y es un justo castigo a la ligereza imaginativa. Espero con ansia la reacción de Valerie. La vida es un culebrón y todos llevamos una portera dentro. Con esta carga intelectual arranco la mañana. Y con otra: los feos también tienen esperanza a nivel cuernos. No hay nada más democrático que la infidelidad, aunque sea en portada y a cuatro columnas.

viernes, 10 de enero de 2014

LOS NUEVOS INVISIBLES

Hay escritores de una sola obra, mujeres de un solo hombre y verdades de una sola dirección.

Y luego está todo lo demás. Lo contingente, lo relativo, lo plural, lo ambiguo.

Hay muchas formas de arrancar un relato, el recuento de los hechos. Varios verbos posibles, algunos adjetivos precisos. Y recorridos en falso que salen muy caros por el derroche de combustible, la desorientación y alguna avería en un recodo. "Esos que hablan del famoso miedo al folio en blanco, que utilicen un folio azul", dijo él.

Hay miedos mucho más profundos que el del papel. El miedo a levantarse, comprobar el extracto del banco y ver que queda poco, demasiado poco. "Yo el día 9 o el 10, cuando ya he pagado todas las facturas, compruebo lo que me queda y lo divido entre los días del mes que faltan. Con suerte llego a 12 euros. Con eso vivo", confesaba ayer F. en una comida.

Hay una nueva clase social, la de los pobres con aspecto de ricos. O de solventes. Gente que por fuera sigue siendo igual que cuando cobraban bien y salían a cenar sin tener que elegir la opción más barata de la carta. Conozco a muchos, algunos -bastantes-  son mis amigos. Nadie sentiría lástima de sus situaciones aparentes porque no piden en una esquina. Su estilo de vida ha cambiado drásticamente con la crisis. Pero no se les nota. Son los nuevos invisibles. No tienen para ocio, tiran de fondo de armario de hace un lustro, han dejado de comprar pescado fresco y comen o cenan en casa de sus padres.

Como no tienen un nombre, no existen. Necesitan una etiqueta sociológica que nadie les ha puesto todavía. No todos están en el paro, pero sus trabajos son precarios. Algunos ganan lo que ganaban de becarios veinte años atrás. Mantienen el orgullo pero no encienden la calefacción. Están cansados, exhaustos, pero saben que el Gobierno no va a ocuparse de ellos porque no son los últimos de los últimos. Son esa nueva clase ¿media? sin estadística. A la espera de que alguien los convierta en un problema. En una verdad de una sola dirección.

(Si no los nombran, no son. No están) 



jueves, 9 de enero de 2014

MALAS COMPAÑÍAS

Minichuki ha empezado a llamarme a la centralita del trabajo en lugar de a mi móvil. "Me hace ilusión preguntar por ti, me siento más mayor", exclama. Para ella marcar y que le coja una voz extraña es un desafío. Luego pronuncia solemne mi nombre y mi apellido y la telefonista puede que piense que se trata de una broma, pero me la pasa.Y Minichuki celebra su hazaña con su risa cascabel.

Miedo me da que esto sea la antesala de otros cambios más drásticos, como dejar de disfrazarse cada día, o de arrebujarse conmigo en el sofá. Los indicios de madurez son como el pelo. Un día te levantas y se te ha arruinado el corte. Entonces toca ir urgente a la peluquería. Una hija de once años es una "preadolescente", como ella misma se encarga de recordarme, y parece tener prisa por avanzar porque considera que eso le daría patente de corso para pegar portazos en casa, hacer mohínes de asco a la cena o sumergirse en el teclado de un smartphone que no tiene pero sus amigos sí: "Soy la margi de la clase", nos sentenció anoche a su hermana y a mí.

Alien
Sentirse marginada por no tener móvil pero no por  jugar al fútbol en un equipo masculino mientras tus amigas juegan a princesas suena algo contradictorio. Una señal de que la pubertad va viento en popa a toda vela. Menos mal que a ratos sale la Minichuki de siempre, la niña vivaz y observadora capaz de extraer conclusiones insólitas: "Mama, ¿has conocido en tu vida a alguien que se llamara María y no fuera mala?". ¡Pues claro!, respondo, y le doy varios ejemplos porque a mi hija no se la convence así por así. Al parecer en mi familia las Marías causan estragos. Mi adolescente se las tuvo que ver hace años con una que practicaba bullying cuando aún no se sabía abrochar sola el baby. Y romper con ella fue un suplicio en el que nos involucramos su padre y yo y cuya consecuencia fue que la madre de la niña nos daba la espalda en el patio del colegio. Secretamente siempre pensé que la niña sería delincuente y saldría en los Telediarios, y aún está a tiempo. Por el momento ha colgado los estudios y ejerce de pandillera local. La última vez que la vi guiaba a un pequeño ejército de chicos sumisos en fila india. 

Las malas compañías no debutan en la fase teen, sino mucho antes. Y conviene detectarlas a tiempo porque de lo contrario terminas siendo un adulto intoxicado sin haber comido ostras. La infancia está plagada de malotes y malotas con mentes perversas a las que los adultos quitamos hierro. "Cosas de niños". Y así, en la impunidad del pequeño Pony las Marías de turno perpetran salvajadas de escuadra y cartabón  y dejan a otros niños a merced de sus propias armas defensivas de juguete.

Luego creces, toreas la adolescencia, debutas en la juventud y sigues conociento gente tóxica con piel de cordero. Y se supone que como adulto has hecho acopio de recursos para combatirla o, como mínimo, neutralizarla, pero no. Los divanes están llenos de gente atrapada en un bucle de infancia donde nadie se disfraza ni llama a centralitas para sentirse mayor, pero sufre el ataque de virus para los que no encuentra vacuna. Marías que se llaman de otro modo y han descubierto un flanco débil para cebarse y practicar el sadismo. Y ahí no hay madre aguerrida que vaya al patio a defenderlas.

La crueldad siempre encuentra surcos donde colarse, como el agua, como Alien en la nave Nostromo. Y conviene vigilar su paso para precintar las puertas con silicona. Anoche mi hija me hizo pensar en ello y hoy he soñado que un tipo asaltaba nuestra casa haciéndose pasar por empleado de Correos. El hombre tenía la cara de uno de mi Facebook y eso ha añadido sobresalto a mi pánico. Eran las cuatro de la mañana y he ido a la puerta a comprobar que estaba bien cerrada. Luego he pasado por el cuarto de mi ado y por el de Minichuki. Ambas dormían despreocupadamente. Parece que sus Marías respectivas hoy no estaban de servicio. Los malotes, por fortuna, no pueden colarse en los sueños con tanta facilidad como en las vidas ajenas...









martes, 7 de enero de 2014

HOY EMPIEZA TODO

Leo que añoche el Premio Nadal recayó sobre una mujer, Carmen Amoraga, "persistente participante en premios literarios de primera fila con novela de sentimientos y centradas en personajes femeninos, una combinación con la que los editores cuenta como fórmula segura" y se me enciende/incendia la primera alarma 2014. Ignoro si esa señora escribe bien o mal, pero ser "persistente" suena a ser pesada, novela de sentimiento a culebrón venezolano (sí, Tolstoi, Stendhal o Clarín también las escribían y eran machotes, pero los autores de hoy son hombres de acción, según se desprende de esta crónica que estrena mi lunes) y "personajes femeninos" tiene un tufillo a reclamo de sección de lencería, bragas y corsés.

O lo mismo soy yo la que alberga un ejército de prejuicios, que también podría ser.

Hacer del sentimiento un argumento es torticero, miope, sesgado, desafortunado en cualquier caso. Las crónicas de  las novelas de John Banville, de Ian McEwan o de Cormac McCarthy no suelen centrarse en lo que sienten sus personajes (por lo general a los personajes les da por sentir, tienen esa querencia  salvo que el personaje sea un psicópata), sino en lo que transpira la trama, los valores y la visión del mundo parapetada tras una estructura literaria que no admite dudas de solidez.

Carmen Amoraga y Ana María Matute
Y luego te gusta o no te gusta.

No creo que sentir sea una cualidad femenina como no creo que la acción sea cosa de hombres. Anoche el rumor era que el premio se lo iba a llevar una mujer "porque los últimos años ha recaído en  manos de escritores", decía la crónica del Telediario nacional. Me pareció un argumento de peso. Les toca a las nenas. Abran paso que llegan ellas, pobres, cargadas de sentimientos low fat y dramas lacrimógenos. 'La vida era eso', así se titula la novela de Amoraga, "relata la reacción de una mujer tras enviudar inopinadamente", reza la crónica. Excitante.

Con ese reclamo yo no leería jamás el libro. Enviudar, aunque sea "inopinadamente", no otorga interés a nadie (salvo a la Pantoja en su momento)  y mucho menos arma una historia aunque la firme una opositora "persistente" como lluvia malaya a premio literario de categoría. Me parece que el territorio sigue trillado de enemigos. Guerrilleros sudados que no sueltan la bayoneta si no es para fumarse un puro (y algunos son mujeres, no vayais a pensar). Querida Carmen Amoraga, quienquiera que seas, te han hecho un flaco favor poniéndote la etiqueta de "sensible". Yo que tú iría a quejarme al departamento de atención al cliente. Espero que estés bien pertrechada de argumentos literarios para defender tu obra, aunque pienso que las obras se tiene que defender solas. Lo demás es marketing y es cosa de las editoriales. Pero si no lo haces eres carne de cañón y carne de sección de oportunidades en el VIPS.

El sentimiento es como la virginidad. Hay que perderlo para perderle el miedo. Y conviene que sea en un ambiente proclive, amable  y sin sobresaltos. Toda historia, me parece, protagonizada por un ser humano tiene emoción, pero hay que saber administrar bien las medidas y, desde luego, las palabras. Pero vivimos inmersos en un bazar de sentimientos baratos adornados con toneladas de cursilería que recuerdan a esas postales de amor con puesta de sol y contraluz. Los muros de Facebook están llenos de almíbar de baja consistencia intelectual, que al empachar deja un regusto naúsea en el estómago y aturde los sentidos. Versos de rapsoda aficionado, fast food con muchos fans que aprietan el "like" con desenfado y se arrellanan en el sofá.

Hoy empieza todo y empiezo entonando un vade retro a los clichés, aunque a menudo caiga en ellos. Hoy empiezo un curso de relato donde espero oír historias y no folletines cargados de sentimiento y con pobre armazón argumental. A menudo los talleres literarios están llenos de mujeres, por cierto. No sé qué pasa con los hombres, pero los echo de menos porque los gineceos no me atraen, con el de mi casa tengo suficiente. Me gusta leer buenos libros y hay pocas autoras contemporáneas en mi mesilla/pista de despegue. Alice Munro se ha quedado a vivir allí, defendiendo su posición en una trinchera de hombres hechos y derechos, y siempre dejo sitio a Lorrie Moore o a Flannery O´Connor. Pero no pienso militar el feminismo cultural, lo siento mi querida y admirada Laura Freixas. Ni pienso leer a Carmen Amoraga o lo mismo sí, aunque sólo sea para calibrar el andamio de una historia que se ha condenado de antemano a la liga de las chicas, esas que sienten y enviudan y se pasan la vida escribiendo mensajes en una botella que lanzan al mar a la espera de un pescador descubra poesía y la venda en unos grandes almacenes llenos de consumidores que pagan por sentir y por llorar.

Lo dejo ya, que es lunes para mi cuerpo y martes en el calendario. Los dioses protejan a la literatura de mujeres de las plumas de quienes la glosan. Ese es mi deseo para hoy. Por mi parte, el día que publique, si es que llega, tengo claro que lo haré bajo pseudónimo de hombre. Como Fermín Caballero. Como tantas otras. Los tiempos no han cambiado demasiado, diga lo que diga Bob Dylan.




domingo, 5 de enero de 2014

EL UNDÉCIMO, DESEARÁS

Mi rey favorito era Baltasar cuando en España no había negros. Recuerdo haber escrito cartas a los Reyes con pocas peticiones porque en casa nos dejaron muy claro que había que repartir. Y recuerdo que enseguida mis hermanos y yo dejamos de pedir. Seguramente porque casi nunca nos traían lo que queríamos. Pero a cambio había verdaderas sorpresas en el salón familiar donde sus majestades ponían los regalos a pelo, sin envolver. Una rareza que no pasaba desapercibida pero a nadie parecía importarnos ni lo encontrábamos sospechoso.

Las Chukis tampoco escriben carta. Quieren sorprenderse. La capacidad de sorpresa a veces se pierde con el paso de los años, igual que el deseo. Conozco personas que no desean nada ni se sorprenden por nada. Son amebas y no viven mal del todo en esa suerte de tantrismo cotidiano que es la ausencia de pulsiones básicas. Hay quien piensa que el verdadero equilibrio del ser humano reside precisamente en no alimentar deseos. Yo, desequilibrada manifiesta, tengo una lista nutrida que dejaré bajo el árbol a la espera de que mi negro favorito tenga a bien concederme uno o dos. Aunque sea sin envoltorio (mis padres eran ecologistas sin saberlo, ahora lo entiendo):

1. Tiempo. Para hacer o deshacer. Perderlo o tirarlo por un barranco. Cazar musarañas o cocerlas a fuego lento en una redución de vinagre de módena. Para ayudar a los Reyes me he propuesto prescindir de toda vida nocturna que no sea casera. No soy nadie a partir de las diez de la noche, incluso antes, qué necesidad tengo de torturarme. Quien me quiere ya sabe que recibo desde las 6 a.m. y que mi lucidez va in decreccendo en torno a las 21h. No es un arrebato esnob ni intolerante, sino una rendición. Así que no soy guay, ni maldita, ni moderna, ni todos esos adjetivos que conjugan bien con los neones.
2. Un hallazgo a la semana. Agradeceré mucho cualquier consejo de ávido lector/a que me ilumine y agrande la pirámide de libros que escolta mi sueño a estribor y cualquier día me romperá la cabeza. En realidad con un hallazgo al mes me conformaría. Puede ser musical, pictórico, arquitectónico. No es un arrebato cultureta. Me gustan los callos, la zarzuela, los chistes verdes de calidad y la matanza con buen vino. Conste.
3.Naturaleza. Una escapada cada tres o cuatro semanas sería suficiente. Sola o acompañada. Con árboles o matorral aromático alrededor. Mejor la España húmeda del norte pero sin desestimar otras latitudes.
4.Paciencia. Para no llegar a conclusiones/ejecuciones precipitadas, mi gran especialidad. Pero ejecución inmediata si la conclusión no precipitada es que no hay salida. El nihilismo para los nihilistas. No encuentro regodeo en el sinsentido. El regodeo es un magreo en toda regla pero en tu propio trasero, con perdón.
5.Un espontáneo/a que me limpie el ordenador de todo eso que lo ralentiza y me explique por qué irrumpen mensajes con amenazas llamadas "script" y otros palabros ininteligibles. A cambio ofrezco relatos y versos consonantes.
6.Flores. A las chicas nos gusta recibir flores o que broten bajo el alféizar de la ventana. Yo, por si acaso, ya tengo las mías y mañana fingiré que no me las esperaba. Las Chukis guardan algo en la chistera y muero de ganas de despertar mañana y descubrirlo junto al tacón de mis Loboutines (esos con los que no puedo andar pero miro con fervoroso deseo)

Felices Reyes. Ya sólo queda un día para recuperar la rutina. Benditos sean los dioses del calendario que arrancan la página cuando tú estás a punto de enloquecer de almanaquismo festivalero.




sábado, 4 de enero de 2014

AVE, MARIA

María mi peluquera marroquí encierra una filósofa bajo un cuerpo sensual que baila zumba alrededor de mi cabeza y me alborota la lectura de "Años luz", una cita postergada con James Salter que tendrá que esperar a que el rubio debute con fuerza y María interprete que es el fin de la barra libre al comentario confidente y la metáfora. "Yo estoy sola, ya lo sé, y preparé un pescado de tres kilos en Nochebuena por si venía alguien a cenar. Pero no... Luego desconecté el móvil porque no quería que nadie me llamara y se compadeciera".

("La vida es el tiempo que hace. Son las comidas. Los almuerzos en un mantel azul a cuadros sobre el cual hay sal vertida. El olor de tabaco. Queso brie, manzanas amarillas, cuchillos con mando de madera", leo en mi libro).

María se duele riendo con sus labios siempre rojos, hermanados con los míos, y me cuenta que es una esclava. Que cada mañana se arrastra tras una noche insomne hasta esa peluquería donde se le van las horas y la circulación de las piernas. Y canturrea y hace bromas a las otras chicas, que se encogen de hombros mientras ella se ofrece a salir a por chocolate puro o un café. A quedarse la última.  Y así hasta las nueve de la noche, cuando coge la escoba y barre mis pelos y los de las otras en un ritual repetido que la tiene deslomada. Pero antes siempre me regala algo, medio a escondidas. Una ampolla, un suavizante, y dos besos contundentes como su generosa humanidad.

Entiende María que la vida es entrega y ella está cansada de entregarse. Se casó dos veces, enviudó las dos, y hay hombres que se dejan ir, se arrastran tras su culo, tras sus pechos generosos, tras el cimbreo de una cintura que cualquier día se le quiebra de afán y esclavitud. María, ya lo entendí, sufre por ella y por el mundo, y se sumerge cada noche cuando llega a casa, tras dormitar en el autobús, las luces blancas, mortecinas, las ojeras y el rouge ya corrido, en su pantalla del ordenador. Y saluda a amigos de Canadá, de Marruecos, de Francia. Y pelea, me dice, contra la "piderastia", y esos poderosos corruptos que venden democracía, con acento en la i. Y a eso de las doce se mete en la cama, tan sola y tan vencida, y espera a que el alba le devuelva a los pelos, los tintes y el baile alrededor de unas cabezas que no piensan, ni de lejos, tanto como la suya.

María amó y mucho, pero se le han ido las fuerzas. Dice que una mujer sola es un portento, una amenaza, una bandera en medio del desierto. No tiene hijos, nunca los tuvo, y sabe que ella empieza y termina en sí misma, y lo acepta como acepta que el tinte a veces sube y a veces no. Y me acaricia el pelo y me llama "mi niña" y "cariño" con cariño. Y uno sale de ahí con ganas de volver a ese fuego encendido que es María, y su pena y su risa floja. Y siempre me pregunta por las chukis, como de pasada, y me habla de ovnis y de temas que no muestra a sus amigos de Canadá ni de Marruecos "porque pensarían que estoy loca. Pero tú no lo piensas, yo lo sé".
No hay nadie más cuerdo en el mundo que María, ni nadie que acepte tanto su destino. Por eso la frecuento, para enfrentarme con el mío como me enfrento a ese espejo que me devuelve una cara distinta a la que me saluda al despertar. Llena de plata en la cabeza, con un libro en las manos que no leo porque ella me ronda y me interpela, y su danza es un monólogo que escucho en respetuoso silencio. Un espectáculo de soledad extrema desprovisto de compasión y de amargura. Y veo a María tan sola y tan erguida como una vestal que avanza por las ruinas y planta cara a los fantasmas que nadie más ve y nadie más oye, mientras me aclara la cabeza con esmero y canturrea y mira el reloj. Que casi ya es la hora. De volver a casa dormitando, comer restos del pescado y bucear en Internet hasta caer muerta sobre sí misma. El peso de su alma, su edad y su sabiduría de hachazos y de lágrimas. "Vuelve pronto, cariño, que en marzo me opero del riñón y tengo miedo".

María es el tiempo y la derrota. La mirada sin vendas. El amor universal que no encuentra respuesta, y se hace eco.

("Y todo ello, dependiente, estrechamente entretejido, todo eso es engañoso. Hay en realidad dos clases de vida. Hay, como dice Viri, la que la gente cree que estás viviendo y hay la otra vida. Es esta otra la que causa el problema, la que anhelamos ver". James Salter. "Años Luz" (Ed.Salamandra)






viernes, 3 de enero de 2014

GENERACIÓN EGB

"Cuando era guía turístico aprendí una lección: no se puede someter nada a votación, porque la mitad del grupo querrá una cosa y la otra mitad otra, de manera que hagas lo que hagas tendrás a medio autobús descontento".

La dictadura del guía turístico es un tema para desarrollar, pensé mientras escuchaba a C. al trote en un monte bajo y con los gorros bien calados. Hay veces en que resulta muy confortable que decidan por uno. Además de liberarte de responsabilidad, impide enfrentamientos desgastantes. C. contaba que en ocasiones cuando guía a un grupo -ahora son millonarios norteamericanos que llegan a España en su jet privado y piden "scrambled eggs without yolk" en un bar de mala muerte- no sabe muy bien a dónde va, y siente el aliento general detrás de su nuca, la expectación impaciente de esos que han confiado en él, y debe buscar salida al laberinto. Y la encuentra.

(La angustia abisal del guía de grupo con grupo porculero que ha pagado muchos dólares y quiere contrapartida ad hoc).

En casa someto pocas cosas a votación, porque tener a una de las chukis mohína es bastante incómodo. Aún así mi madre considera que dialogo de más. Que "esas niñas tienen demasiada voz y voto. A vosotros se os decía lo que había que hacer y lo hacíais". Mi generación, la de finales de los sesenta, salió bastante obediente, me temo. (Con todas las consecuencias. Cuando llegamos a una edad algunos abrazamos ciertas formas de rebeldía imprescindible. Dimos portazos a destiempo). No recuerdo que mis padres nos pidieran opinión para nada. Te vestías lo que te compraban, ibas a ver la película que tocaba y el concepto selección de menú no existía a la hora de cenar. Mis hijas, a veces, creen que soy un hotel con servicio de habitaciones 24 horas y un menú largo y estrecho. Por supuesto, los domingos toca "aperitivo con refresco" y los viernes "cena de chicas con pizza y peli". Esto último tratamos de no hablarlo delante de mi madre, su abuela, porque le parece lo peor. Un capricho insalubre del que se resentirán futuras generaciones y si no, al tiempo.

Mi generación, la de la EGB, salió al mundo endeble y obediente, y algunos siguieron a guías que no tenían ni idea de a dónde llegaban las rutas. Otros nos perdimos solos y es un alivio darse cuenta de que tu mayor tara, la desorientación, tiene que ver con tu biografía.  Perderse es un tipo de desodediencia. Los niños demasiado obedientes, sé que me repito, me dan repelús. Tengo la sensación de que serán serial killers en un futuro no muy lejano. O víctimas de aguiluchos a la caza de voluntades ajenas. Claro que esto lo digo porque las mías no destacan precisamente por seguir mis órdenes, sino que me han salido respondonas. Y sus taras, cuanto toque identificarlas, tendrán algo que ver con el hecho de que su madre, demasiado cansada y perdida de antemano, soltó el banderín de guía en medio del monte y dejó que ellas decidieran la senda para perderse.

(La familia que se pierde unida ¿permanece unida?)

No sé muy bien por qué hablo de esto. Sí que cuando sigo a un guía de grupo le exijo mucho. Que me lleve, que me cuente una historia bien contada, que no meta morcillas prescindibles, que elimine aquello que aparta el relato del camino, que tenga respuesta a todas mis preguntas... Y si no, me disperso, me alejo del grupo, exploro otros pasillos, me adelanto al tour y me planto delante de un cuadro para que me cuente su versión de los hechos. Soy esa turista díscola que además de ir por libre necesita que alguien vaya a recogerla porque no encuentra la puerta de salida.

Mi generación, la de la EGB, salió obediente o desorientada. Y yo jamás obedezco a un GPS, lo que me convierte en carne de precipicio. Mujer errática que con suerte se pierde en un paraje tan bello que le compensa la angustia de ignorar si será rescatada. Pero que cuando llegan los rescatadores se abraza a ellos como si no hubiera un mañana.

(La generación de la EGB es carne de diván permanente, pero aún no se ha dado cuenta).





 




jueves, 2 de enero de 2014

TODO ESCRITOR ES UN VAMPIRO (Sobre "La Grande Bellezza")

Digamos que "La Grande Bellezza", esa película con la que ayer recibí el año, es una enorme res colgada de un pincho por el matarife que se desangra gota a gota sobre el suelo de cemento desgastado y cuya visión te perturba y te hace encongerte en la butaca. De esa pieza degollada en la que se habla de demasiadas cosas me voy a quedar con una parte cercana a la columna vertebral: el colapso del escritor. Ese autoboicot que cualquiera que se dedica a la creación literaria ha experimentado en algún momento. La búsqueda de un qué, de un cómo y de un porqué consistente que merezca ser narrado. Y toda esa montaña de excusas verosímiles para no arrancarse por miedo al vacío, a la derrota, a encontrarse en un folio la peor versión de uno mismo.

(Un escritor es un héroe de sí mismo hasta que empieza a enlazar palabras y comprueba, a menudo, que es un mentecato. Un sacerdote del coitus interruptus. Un mequetrefe.  Incluso así a veces logra publicar y se retuerce de gusto, onanista sin salvación que recoge aplauso ajeno y se acuesta insatisfecho porque el éxtasis nace y muere en sí mismo, y blablablá)

El protagonista de la película, Jep Gambardella (Toni Servillo en estado de gracia), es un escritor de una sola novela de éxito. Un folletín, probablemente, que lo elevó a las alturas años atrás y lo condenó a no volver a escribir si no volvía a sentir. Y para sentir se expuso a todo tipo de estímulos delirantes. Formas monstruosas de belleza, despertar con mujeres no deseadas entre las sábanas, alcohol y cocaína, fiestas llenas de freaks, de perdedores de vuelta de todo, de gente a la deriva que exhibe a una niña arrojando pintura frente un lienzo en una performance cruel mientras emite gritos desgarrados porque quiere irse a dormir, como los niños.

Y el escritor mira, imperturbable, instalado en su cinismo de mármol, distante y sin sudar. Impecable siempre bajo esos trajes de lana fría cosidos por el mejor sastre de la ciudad que esconden un corazón del que hace tiempo emigró todo latido.  Un órgano que se mantiene con estertores, cuyo dueño  vuelve devastado cada amanecer a casa, y lo recibe su asistenta con una tisana caliente que es una transfusión in extremis de humanidad.
Coliseo

Todo escritor es un vampiro. Un ser de la noche que busca cuellos ajenos para clavar sus destelladas. La imposibilidad de vivir otras vidas lo condena a salir de caza y beberse la sangre ajena. La observación, el voyeurismo, es su materia prima, su alimento. Uno entrena la mirada para ver por debajo de un gesto banal, una intención. Por debajo de un comentario, un sentimiento. Por debajo de una mirada, un deseo ardiente que se quedará ahí, o puede que no. Y todo lo guarda en botes de cristal hasta que un día lo vuelca en una túrmix, da al botón y obtiene una papilla casi siempre intragable. Y la traga y la vomita, y se enjuaga la boca y sale a por más cuellos vírgenes que laten, fragmentos de conversaciones bajo la luna. Sudor, babas y orines ajenos.

Así que "La Gran Belleza" es una naúsea, un esputo agrio frente al Coliseo.  La belleza que encierra la mugre, ese gran tema para cualquier escritor. Gente bella, ¿triunfadora?, rica, que ha dejado de sentir, que no desea, y a la que sólo cabe esperar la muerte.

(O puede que esta película en realidad hable de otra cosa, de la decadencia sin más, con una banda sonora tan potente que a ratos te distrae de la matanza, como te distraen ciertas migajas de humor bañadas de ironía de la buena. Pero sólo un rato. Hasta que cae de nuevo una gota de sangre espesa contra el suelo de cemento. Y te salpica).

Nota a pie de post: No tengo consistencia de crítica cinematográfica. Me faltan erudición, talento  y mucho cine fórum. Así que no citaré a Fellini ni a todas las reminiscencias que hay al parecer en esta película inquietante. Pido disculpas por mi osadía interpretativa. Necesitaba desahogar esa sensación de mareo y estómago revuelto tras el banquete de vísceras.