jueves, 27 de febrero de 2014

EN EL AMOR, EN LA AMISTAD

A menudo se habla de la reciprocidad en el amor. "No me quiere tanto como yo a él". "No está tan enamorada como yo"... Los registros dramáticos de lamentos en las parejas son tan previsibles como asombrosamente vulgares. Pero en la amistad también sobrevienen desniveles o grietas  y no se paran las rotativas cuando se desencadena un titular funesto. Quizás porque es menos literario, menos sembrado de tópicos y lugares comunes y los seres humanos tendemos a cultivar el romanticismo fácil y a dejar que la amistad crezca como hierba salvaje, a su libre albedrío.

En el colegio "te ajuntaban" o "no te ajuntaban". Minichuki me tiene al corriente de quién es "su más mejor amiga/o" del momento. Ganarse ese puesto destacado no es baladí. Su alegría alborotada cuando una niña VIP le pide sentarse a su lado en el autobús el día de la excursión nada tiene que envidiar al primer beso adolescente. Los juegos de patio son la versión naif de los juegos de trono, y tienen consecuencias. Si consigues ser la más mejor amiga de una líder (una "popu", de popular) te conviertes en menos pringada y las discípulas de la primera te mirarán con cierta reverencia.

Todos hemos tenido algún amigo o amiga que un día hizo un comentario letal. Ese que evidenciaba que no estabas tan arriba en su consideración. En ocasiones el chasco procede de un agravio sutil. Recuerdo a alguien a quien tenía idealizado por el calor y el cariño con que me recibió en uno de mis trabajos, hace muchos años ya. Yo recordaba cada detalle de esos días, anécdotas, imágenes y conversaciones. Pero comprobé que a ella no le había quedado ni un recuerdo, y más grave aún, le asombraba que a mí sí (dado que sin duda nuestra relación, colegí, había sido estrictamente profesional. Al menos para ella).

Fue descorazonador, volví a llevar el uniforme del Mater Inmaculata, el bocadillo en una bolsita de tela, los zapatones azul marino y las coletas medio deshechas por un instante. Regresé a la decepción escolar y me uní al grupo de fantasmas que jugaban a "churro va" en aquel patio de cemento del colegio, menos acogedor que un puticlub de carretera sin neones.

Dejé de considerar amiga a esa mujer. Le puse la etiqueta mental de "compañera a la que aprecio", y sólo entonces me quedé tan a gusto.

El otro día, comiendo con J.M., entendí que era el caso contrario. Una relación profesional que con el tiempo y muchas conversaciones ha ido tejiendo una amistad. "Tu amigo catalán está en los Madriles. ¿Tienes tiempo para café o comida?", me puso por wasap y me dio una gran alegría. Era la promesa de una charla nada convencional donde su fina inteligencia no dejaría fleco suelto y donde me regalaría uno de sus relatos perfectamente urdidos, plagados de sentido del humor y ese dominio del planteamiento, nudo y desenlace que tiene mi amigo y que me deja siempre clavada y atenta a no desperdiciar ni una palabra.

Eso y su cálida sinceridad, tan directa y tan duty free.

Compartimos un cocido completo, nos contamos nuestras vidas y proyectos, renovamos los votos de un futuro matrimonio de desorientados -"yo creo que nosotros nos perdemos porque nos va bien, es una forma de desengancharnos de lo que no nos interesa", dijo él- y nos despedimos con esa certeza de la amistad en construcción y sin grandes titulares.

Puede que no nos veamos en meses. Puede que tardemos semanas en hablar. Pero sé que JM siente por mí algo muy parecido a lo que yo siento por él. Que recuerda cada viaje que hemos hecho, cada confidencia que le regalé, cada quiebro y alegría que le he ido confiando. Y yo los suyos. Y ambos adivinamos que en otras circunstancias nos frecuentaríamos más y nos perderíamos a menudo por esas calles inhóspitas que exigen atención permanente o te condenan a vagar en círculos infernales de los que sólo te rescata el puro azar o el brazo cálido de un amigo.

La amistad exige tanta reciprocidad como el amor. Ahora lo entiendo. Y debo contárselo a las Chukis para que entiendan por qué a veces es mejor ir solo en autobús de excursión que al lado de alquien a quien no le importas demasiado. Alguien que no estaría dispuesto a perderse contigo, y a encontrarse.






miércoles, 26 de febrero de 2014

POR QUÉ EN EL DNI PARECES UN DELINCUENTE

Busco a quien me recomendó un libro titulado "El tiempo incómodo", de Fernando Quesada. No recuerdo por qué debía leerlo, ni de qué iba, pero lo apunté en una de esas notas apresuradas en el móvil donde mezclo referencias, recetas de cocina que nunca haré y frases capturadas al aire.

La de Quesada convive con "a esta hora no tengo el coño para arte contemporáneo", de mi querido U. (naturalmente) Desde que U. está irritado ha cambiado el registro anatómico genital del exabrupto y se concentra en el asunto femenino por razones obvias. La extrañeza es la mejor coartada para arremeter contra algo sin que te duela. Como U. carece de coño, con perdón, lo emplea como arma verbal arrojadiza y se queda tan ancho. Las mujeres a su alrededor se lo permitimos porque le queremos y porque jamás nos ofende. Su bonhomía y su genio erudito y divertido nos distraen de lo que dice.

En mi arsenal de las notas perdidas hay un "elegí el día más triste de mi vida para hacerme una foto de fotomatón". Recuerdo haberlo escrito en el autobús, camino del colegio de Minichuki, mientras el señor a mi derecha estiraba el cuello como un avestruz para fisgar entre mis dedos. Desde que la intimidad se la juega en una pantalla estamos rodeados de mirones que prefieren el plasma a tu escote o tus rodillas. En adelante habrá que patentar  la figura del rijoso digital. La versión actualizada del cerdo de la gabardina.

Con mi amigo B. fiesta daliniana de fotomatón
Me pregunto por qué las fotos de fotomatón siempre te devuelven tu cara en versión delincuente. La que tendrías si la poli te hubiera detenido atracando a un menor a la salida de un colegio. Y esa es la que te condenan a llevar en el DNI y el pasaporte durante una década. Hace unos días, cuando renové mi documentación, obligué a la fotógrafa a repetir el retrato dos veces porque me veía horrorosa.

-Mire, es su cara y además no es tan importante (en realidad quería decirme ¿qué se cree, rubita, que esto es para la portada del Vogue?)
-Ya, sí, pero es que he salido con cara de la Dulce Neus tras el  homicidio y la foto la voy a enseñar en muchos aeropuertos de aquí a dos lustros. No quisiera que me detuviesen...

La fotógrafa se encogió de hombros y procedió a repetir la faena. Sus dos intentos posteriores fueron tan fallidos que elegí la primera. Sentía toda su furia sorda concentrada sobre mí y me dio miedo de convertirme en esa señora que soy yo ocho veces repetida y que me mira con cara de venganza desde un DNI que no pienso enseñar a nadie que no lleve un uniforme y pueda detenerme por desacato.

Mi amiga M. obligaba a su marido a alejarse de la cámara en el último verano antes de morir él por sorpresa: "Más atrás, más atrás, que a estas edades cuanto más lejos, mejor". Él, aún en la cincuentena, obedecía sin rechistar y a veces hacía un comentario con ese humor suyo tan británico de Valencia. Las fotos de aquel verano fueron las de su último verano, y ningún fotomatón hubiera reflejado tanta satisfación por la vida.

Desde entonces, al acto de alejarse del objetivo para evitar los estragos del primer plano lo llamo "hacerse un Juanjo".

Esta anotación ha estado escrita en mi móvil desde hace meses, a la espera de una oportunidad. Del permiso de esa torre de control que dirige el tráfico de la cabeza de esa mujer extraña que duerme en mi cartera y me asusta y me interpela cada vez que extraigo el DNI.

P.D. Busco en la red "El tiempo incómodo", de Fernando Quesada, y al parecer no existe. Ahora sí que estoy tan perpleja como la de mi foto.










martes, 25 de febrero de 2014

SECRETOS ÍNTIMOS

Taj Mahal doméstico
Escribo últimamente y aún de noche en la misma mesa donde mi hija mayor se devana los sesos cada día. Una rotación similar a la de las camas calientes pero llevada al territorio intelectual que, en lugar de dejarse una sábana arrugada o una horquilla de pelo abandonada sobre la almohada, olvida un libro de Galdós, "Miau", subrayado en fucsia como dios y su adolescencia tecnicolor mandan:

"Se llamaba Luisito Cadalso y era bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido"...

Imagino de inmediato a Luisito Cadalso y me admira la economía potente y descriptiva de Galdós. Decido que releerlo puede ser tentador, a estas alturas en las que la literatura norteamericana y británica me excitan con sus cantos sajones de sirena y sus construcciones sintácticas contundentes y poco alambicadas.

Una mesa caliente, convengamos desvela mucho más que una cama. Y si ambas son una, no digamos. Conozco cierta cama que es un amasijo de libros, bolis, tarjetas, notas distraídas, acreditaciones profesionales, tapones para los oídos y algún fármaco inocuo. Cada vez que la frecuento siento que su dueño nada finge ni oculta y me siento tan tranquila y confiada como tentada de hacer una foto del collage desbaratado y espontáneo. 

Los secretos de la intimidad yacen en lugares no siempre sospechosos y en detalles sin morbo aparente. Por ejemplo entre los subrayados de los libros, los post it de la nevera, el cuartito de la plancha o el cajón de la mesilla de noche.

En cierta ocasión entrevisté a un personaje muy popular en su casa de Sevilla, cercana a la catedral, laberíntica y de techos bajos. Un jeroglífico arquitectónico asfixiante que te expulsaba violentamente hacia la terraza, como submarinista exhausto tras haber agotado el de oxígeno de la botella.

Recuerdo que entré en el dormitorio y que descubrí con sorpresa que las dos mesillas de noche eran botiquines plagados de medicamentos caprichosamente desperdigados en tres baldas. Había, lo juro, drogas como para curar a una división del ejército en tiempos de guerra pese a que el tipo vivía solo. Luego, en el cuarto de baño, destacaba una vitrina alta de cristal llena de cremas y elixires de juventud, con toscas etiquetas donde una letra temblorosa había escrito: "para la caída del pelo", "para las patas de gallo"... "para el vigor"(!!!)  y así.

El personaje era un hombre, y sin aparecer ya sabía mucho de él. La cama ni recuerdo cómo era. Su respuesta cuando le pregunté por los medicamentos fue vaga y bastante disuasoria. De los cosméticos no dije ni pío; intuí que eran arenas movedizas y que acabaría sepultada en una capa de barro espesa y oscura como la personalidad turbia y enigmática de aquel señor.

Creo que cada detalle oculta una historia, un relato inesperado. Quizás por eso soy tan vouyeur y cuando voy por la calle me excitan las cortinas descorridas que permiten ver el interior del comedor, del dormitorio, del salón y adivinar la historia de sus moradores. Ya dentro, si me invitan, la vista se me va a la biblioteca, la lista de tareas domésticas pegada con imán en la cocina, las luces directas o indirectas, las plantas y las flores marchitadas. El orden y aún mejor el desorden, el azar, el reguero que dejan la prisas.

Y pienso cómo saldría yo parada si una mirada ajena investigara mis cajones del caos. Creo que antes dejaría fisgar las cookies del ordenador donde espero la salida del sol rodeada de las migajas que olvidó mi adolescente. Unidas por una mesa que lo sabe todo de nosotras. Y nos convoca cada día con un detalle sugerente, como hoy:

"Se llamaba Luisito Cadalso y era bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido"...










lunes, 24 de febrero de 2014

EL ORIGEN DE UNA FOBIA

Desde que me acuesto con una mujer -aunque sea una escritora atribulada, aunque esté muerta- duermo como seda y algodón. No extraeré conclusiones, pero me he despertado pensando en que ayer leí que a Tomás Delclósdefensor del lector de El País, le reprochaban que apenas hubiera mujeres en las columnas de opinión, y él encajó el golpe como pudo tras consultar con los popes del diario, mayormente hombres.

No soy de ese tipo de feministas que quieren ver en la cima a sus congéneres para forzar las estadísticas de igualdad y respirar tranquilas. Creo que el asiento de preferente hay que ganárselo, y también creo que ellos lo tienen más fácil. Entre otras cosas, porque así se lo hacen ver desde que son pequeños. El olimpo siempre fue de los dioses, por mayoría absoluta: Ares, Hermes, Hefesto, Atenea, Apolo, Artemisa, las Cárites, Heracles, Dioniso, Hebe, Perseo y Perséfone.

En casa diosecillos y diosecillas nos hacíamos la cama desde los siete o ocho años, pero mi hermana y yo enseguida tuvimos una tarea extra para la que los tres chicos nunca fueron llamados: recoger la cocina. No recuerdo haberme rebelado contra esa norma absolutamente injusta, pero la bruma de los años ha podido borrar un brote de rebeldía de los muchos que protagonicé cuando no sabía qué era el feminismo pero sí cuánto odiaba vaciar el lavavajillas. Un trauma que sigue ahí, y me recuerda que debo inventar un sistema para que los platos vayan solos a su estante correspondiente. En silencio, a poder ser.

Pero como víctima de la desigualdad soy pecadora. Debo reconocer que en la tertulia radiofónica que más frecuento me parece que los hombres son más brillantes y tienen más agudeza y sentido del humor que las mujeres. No daré nombres, pero con una alguna excepción, diría que ellas se toman el trabajo con un extra de solemnidad que impide toda ligereza y convierte en espesos buena parte de sus argumentos. Como si sintieran que han sido invitadas a una liga de las estrellas y entraran en ella con temor y una reverencia innecesaria que se vuelve en contra de ellas cuando deviene en agresividad sobreactuada o erudición de alumna que lleva al día los deberes.

Y me consta que con este argumento voy a ganarme algunas enemigas.

Me parece que las mujeres, incluso las presuntamente modernas, llevamos muchos años vaciando lavaplatos y eso se nos nota. Algunas han decidido sacar partido de la desventaja y desenfundar el coqueteo más contumaz para hacerse fuertes en el terreno fácil de la seducción. La inteligencia no suele ser tan sexy, y a menudo no encuentra un campo fértil donde florecer. Hay hombres, y ahora voy a ganarme algunos enemigos, en esto soy muy paritaria- que prefieren tontita en mano que listita por conocer. Y a la lista le acarician el lomo con cierta condescendencia.

No sé muy bien a dónde me arrastra este argumento. A una quema de lavavajillas, tal vez. A darles a mis chukis cada día ejemplos de mujeres que suben a la cima y se hacen fuertes por méritos propios, a un alto coste a veces. Pero sí debo constatar la oleada de orgullo que me invade cuando los sábados voy a ver jugar a mi hija al fútbol y es la única entre todos, y además la más bajita, pero sale al campo como una diosa del Olimpo que no se plantea el sexo de sus rivales y entra a matar a la portería aunque en el camino le quiebren el pie con una entrada salvaje y se muerda los labios de dolor.

Y nunca jamás la he escuchado lamentar su suerte ni reprochar la brutalidad de los chicos.

(Eso sí, cuando puede se escaquea con mucho arte en la cocina, y diría que mira al lavavajillas con sospecha, como si barruntara algo...)


domingo, 23 de febrero de 2014

RAZONES PARA NO TENER UN HIJO

"En la vida he ido bastante contracorriente y ha salido bien. Un día, si te apetece, te contaré con mesa y mantel. Yo iba destinado a tener cierta vida y escogí otro camino diferente..." 

A J. lo conozco poco, pero es una de esas personas con las que un breve cruce de caminos basta para despertar simpatía inmediata. Espero que no le parezca mal que cuente esto y que hace unos meses, cuando ni siquiera nos conocíamos, rescató a mi sobrina del pasaje del terror de un aeropuerto norteamericano y movió los hilos para que el viento y otro avión la trajeran de vuelta y sin escalas a Madrid. Nunca se lo agradeceré lo bastante.

El otro día nos sentamos a una mesa por motivos profesionales y yo le desbaraté la mayoría de sus propuestas. Su reacción fue elegante, impecable. Entendió a la primera eso tan difícil de "no me gusta no significa que no te quiera". Me cautivó su sentido del humor británico, preciso y sobrio; su traje con chaleco y sin corbata, la precisión de notario de sus manos anotando en la Moleskine. Su exquisita cortesía burguesa y catalana. Su franqueza. La forma en la que habló de su mujer. Y esa invitación final a descubrir su ciudad: 

-Tengo dos rutas para epatar en Barcelona, con alguna modificación respecto a cuando estaba soltero...
 -O sea, ¿sin final feliz?
-Eso

Ayer, mientras mi peluquera María hacía de las suyas con mi rubio, J. y yo cruzábamos confidencias escritas por teléfono. Me confesó su decisión "muy meditada" de no tener hijos, justo después de contarme que había madrugado para ir a ver jugar a su sobrino un partido de fútbol.  Me pareció valiente, se lo dije. No conozco a tantas personas que desafíen a conciencia las convenciones sociales, familiares y vitales si exceptuamos a los que huyen. Y no me pareció que J. sea de estos.

Tener un hijo es un acto de valentía y generosidad o de profunda cobardía, egoísmo e inconsciencia. Una manera de ser a través de otro. Una adquisición de cariño y dependencia que a veces te sale respondona y se rebela.

Un hijo, me parece,  puede ser un proyecto sibilino del yo vencido que implora otra oportunidad. La incondicionalidad como espejismo. Un hijo es, a menudo, una vía para dar sentido a la vida cuando falta sentido. Una forma de ajustar cuentas con el pasado. Una sorpresa inesperada que te cuestiona y te besa, o pega un portazo airado, te estrangula y siempre termina recordándote que no es una extensión de tu corazón, sino una sucursal independiente.
Dubai, isla artificial

Me gustan las parejas sin hijos que se quieren sabiendo que empiezan y terminan en sí mismas. Conozco a muy pocas, alguna intentó sin éxito el embarazo pero la naturaleza díscola hizo de las suyas y puso a prueba la fortaleza de esa unión. Y triunfaron. Creo que es mucho más fácil seguir juntos cuando tienes un proyecto común tan absorbente como la paternidad compartida. Un ser  que con su ruido y sus demandas te entretiente las horas y los días, te obliga a una entrega generosa y te extrae tu mejor yo, a veces a mordiscos. Ese que no regalas a cualquiera.

Pero entonces, un día, de repente, vuelves a estar solo en pareja. Y algunos no soportan el silencio, chocarse en el pasillo, enfrentar sus caras en el espejo del baño. Y la psicología se inventa lo del síndrome del nido vacío, y en realidad el nido nunca estuvo ni fue más que una construcción artificial como una de esas islas de Dubai para sobrevivir sin separarse. Y lo que somos, te das cuenta, es lo que fuimos antes de ser padres y llenarnos de otros. La soledad llena de letras y de música, de amigos y de planes. El amor sin garantías ni servidumbres. La conquista diaria. El billete de salida cuando no siempre hay salida.



P.D. Dedicado a mis hijas, sin las que sin duda sería peor persona, y a su padre, que en la distancia me sigue reconciliando con la maternidad cuando mi vocación no tiene cordón umbilical y el amor lo imagino libre de cargas orgánicas y absolutamente entregado, generoso, apasionado, sin embargo.




 






sábado, 22 de febrero de 2014

BUSCANDO A SUSAN SONTAG

"Escribir sobre todo acerca de mí misma me parece una ruta más bien indirecta hacia los asuntos de los que quiero escribir".

Anoche me reencontré con Susan Sontag.  Llevaba tiempo esperando expectante la publicación del segundo volumen de sus diarios -"La conciencia uncida a la carne. Diarios de madurez, 1964-1980 (Literatura Random House)- desde que cayó en mis manos "Renacida", la primera parte, y me sentí tan próxima a la autora que podía acariciar su figura con mis manos como si fuera un holograma palpitante mientras devoraba aquellas páginas llenas de reflexiones profundas , anotaciones de lecturas y listas. Muchas listas.

Recuerdo cómo me ofendí cuando durante una curso sobre diario personal y memorias mi profesora, a quien respeto y admiro, menospreció los diarios de Sontag por desilvanados y basados en una sucesión de listas. "No sé qué aporta la enumeración de lo que lee", creo que dijo. Yo me recuerdo a mí misma tratando de improvisar una defensa enardecida.
Susan Sontag

Me parece que puede haber mucho de uno en las listas que elabora. Somos lo que enumeramos. Lo que aprehendemos para que no se nos olvide. El intento desesperado de fijar con tinta indeleble aquello que queremos salvaguardar del naufragio del olvido.

Mis defectos: (pg 37)

Censurar a otros por mis propios vicios
Convertir mis amistades en amoríos
Esperar que el amor incluya (y excluya) todo

Me conmueve que su hijo, David Reiff, sea el editor de estas intimidades. Los diarios van de la pérdida a la erudición, advierte en su prólogo impecable. "Que esa no hubiera sido la vida que yo hubiera deseado para ella es irrelevante". Imagino el aldabonazo del hijo ante ciertos fragmentos descarnados de la madre. El pudor y el sonrojo al desnudar esas confesiones de erotismo insatisfecho. Uno no está nunca preparado para penetrar en la intimidad más oscura y lacerante de sus progenitores.

"El deseo de ser alentado. Y, de igual modo, de que se nos aliente. (El ansia de preguntar si todavía me aman, y el ansia de decir: te amo, temiendo en parte que al otro se le haya olvidado desde la última vez que lo dije.) "Quelle connerie"

Las personas que más profundamente reflexionan sobre la vida no son excesivamente felices. Lo son a trompicones. Es el precio que hay que pagar por tocar el núcleo, el epicentro del volcán. Julio Verne lo explicó sin querer en sus novelas. Descender hasta el centro de la Tierra permite una visión privilegiada y cegadora que transforma al aventurero para siempre. Por eso muchos prefieren evitar penetrar en las capas de la cebolla. Susan Sontag jamás lo hizo. Fue infeliz, gloriosamente infeliz a veces. Y cuando fue feliz lo fue a lo bestia.

Y volcó toda su fragilidad en unos diarios que nunca escribió con afán de ver la luz. De ahí su valor excepcional.

"Muy querida ------: lamento no haber escrito antes. La vida es dura, y es difícil hablar cuando estamos aprentando los dientes".

Vivir es apretar los dientes, y de vez en cuando relajar la mandíbula y estar en condiciones de ver lo que los demás no ven. Y escribirlo. A veces son listas, deseos, citas postpuestas, amores insatisfechos o en construcción, hallazgos gozosos, intuiciones débiles que van tomando cuerpo y se desbordan. Y enmedio del borbotón de palabras hay ratos en que escampa, huele a tormenta en desbandada y se parecen mucho a la felicidad.

Anoche yo fui muy feliz con Susan Sontag. Me dejé llevar por su pérdida sin amargura. Por su presión arterial baja y sus migrañas. Por sus "insignificantes cólicos menstruales". Por su tendencia a la anemia y su antojo de proteínas. Por su intolerancia al alcohol y su rechinar de dientes.

Hoy me he despertado y he escrito una lista en su honor:

-Arreglar el cajón de los calcetines y tirar los desparejados. ¿Por qué siento esa extraña compasión por los calcetines sin pareja?
-Rescatar la bomba de la bicicleta  y reconquistar el Retiro.
-Personaje del relato inacabado que diga: "Al deseo hay que invocarlo. Raras veces viene solo"
-Llamar a mi padre y conseguir que la conversación dure más de 45 segundos
-Cocinar para sentirme buena madre

(P.D. A Susan Sontag la conocí y la entrevisté, ya lo he contado, cuando era demasiado joven como para poder hacerle las preguntas adecuadas. Una lástima)





viernes, 21 de febrero de 2014

¿Y SI ME HAGO LESBIANA?

B. envía la crónica de la última quedada de amigas de la universidad, que me perdí devorada por una agenda social delirante gracias a ARCO donde las fronteras entre el arte, el esnobismo y el alcohol no estaban demasiado claras.

(O sea, lo normal).

En su crónica habla de una del grupo de íntiimas y su novio, de quienes no pondré ni las iniciales, que las carga el diablo:

"Ambos están a punto de abandonarse, uno al otro, lo que no sabemos es quién lo hará primero, o si lo harán. Las demás intentamos convencerla de que el problema de él es que es un hombre y actúa como tal. Y nosotras mujeres, muy mujeres, muy exigentes. Así que ella se llegó a plantear la opción del lesbianismo como salida de emergencia... y decidió apuntarse a nuestro viaje de chicas. BIEN!!!


Un rato después, en la comida, mi amiga L. me cuenta que dos conocidos se han separado de sus respectivas parejas, abandonados por otra mujer. Parece que la opción lesbianismo in in the air. Lo que me lleva a pensar que si, como dice mi amiga B., nosotras somos "muy mujeres, muy exigentes", cuando nos liamos con otra mujer el nivel de exigencia rozará el paroxismo. Así que me apresuro a recomendar a la desesperada que ni se le ocurra probar por probar. Que más vale hombre actuando como tal que exigente con pechos por conocer. Y añado: "Preferiría no compartir con ella habitación, no sea que me utilice como banco de pruebas en un arrebato de insatisfacción vital".

Diréis que son topicazos y tendréis toda la razón. Hay hombres delicados, detallistas y con alto cociente emocional. "Pero esos tienen unos desequilibros de la pera" -sentencia L. con aire de experta delante de su menestra con vistas al paseo de Recoletos. "Los otros, los contenidos que no muestran demasiado sus emociones, a priori  son menos conflictivos, pero a veces ocultan una tormenta debajo de su espesa capa de hielo".


A menudo las conversaciones sobre hombres y mujeres caen en la trampa de la polarización. Y es un juego divertido si no te lo tomas demasiado en serio. Tengo algunos amigos absolutamente sensibles que no han renunciado al llamado "lado femenino" y no parecen sartenes emocionales de aceite hirviendo. Mi querido R. es uno de ellos, y me citó el lunes por la noche para una de esas conversaciones telefónicas  largas y estrechas. Un Madrid-Barcelona donde todo fluye y siempre muero de risa.

-El otro día fui a comer a casa de mis padres y de repente oigo a mi madre al teléfono: "Se llama R., tiene 40 años y está soltero, sí... Te juro que  pensé que había llamado a una astróloga para remediar mi soledad!"

R. no se plantea la opción gay, sino la extraterritorialidad. "Creo que debo irme de Barcelona, esto está muy trillado". Le respondo que es una buena idea, que el nacionalismo sentimental es una catetada. 

"El problema es que es un hombre y actúa como tal". Le leo la frase ayer a D., delante de un bicho marino y dos cañas, y asiente con seriedad. Está tan seguro de las mujeres exigimos de más como de que la centolla es más sabrosa que el centollo. 

El problema, creo yo, es que no hay parejas ideales, como apenas hay centollos perfectos, con su carne jugosa y ese olor a mar embriagador. Pero en el fondo todos albergamos la fantasía del hombre perfecto. Y cuando comprobamos que no existe a algunas les da por fantasear con pasarse al otro lado de la frontera. Y lo mismo probar no es mala idea...

Y lo mismo probar nos llevaría a la conclusión de que lo complicado es hacer un puzzle con piezas de dos puzzles distintos. Lo que es la pareja. Homo, hetero o mediopensionista.

Llámalo la opción lesbiana, si tú quieres. 











 


jueves, 20 de febrero de 2014

LA TEORÍA DEL CASTOR

Observo que una parte considerable de la población necesita un castor. Alguien a quien mandar, en quien apoyarse, alguien para que le acompañe a las fiestas de sociedad. Que le lleve solícito el gin tonic, que le diga lo guapo/a que está y que no se apodere de su corazón.

Un aderezo útil, digamos.

El nombre lo he robado de una película muy excéntrica que jamás vi, pero me hacía gracia. Los protagonistas, Jodie Foster y Mel Gibson. El actor encarna a un tipo que lleva un castor en el brazo, una mascota. Adjunto la sinopsis:

"Walter Black (Mel Gibson) es un hombre que padece una profunda depresión. Su única vía de escape, su único consuelo, es una marioneta que representa a un castor, al que trata como si fuera una persona. Perseguido por sus propios demonios, Walter, que fue en otro tiempo un exitoso ejecutivo de una empresa de juguetes, emprenderá con su marioneta un viaje de autodescubrimiento... "

Convengamos que la propuesta de emprender "un viaje de autodescubrimiento con una marioneta"  no puede ser más tentadora. Los que odiamos los peluches -tengo que interrogar al respecto a mis padres, porque ignoro el origen de mi animadversión- vagamos por la vida sin castor aparente y sin autodescubrirnos, y así nos va.


Pero eso no nos desactiva el instinto de voyeur, tan depredador, y contemplamos a menudo a los castores y a sus amos en el trabajo, la televisión o la parada del autobús. 

Un castor es una fantasía de dominio. Pero también una fantasía de amor. Hay maridos (y mujers) castores. Becarios castores. Hermanos castores y cuadrillas de albañiles con castores profesionales. 

El castor escucha tus lecciones de vida, pero no las cuestiona. Es el hombre Balay que termina siendo un mamarracho y abandonado en una acequia cuando ya no es necesario. Es la mujer ideal que te deja bien con tus amigos pero a la que no amas por miedo a que te comprometa. Es el amigote con el que sales a ligar porque despierta la ternura de las chicas, y las deja listas para la seducción. 

El universo está lleno de castores que amenazan nuestro ecosistema, pero nadie se ha enterado. Lanzo aquí la voz de alarma y espero que algún ecologista aguerrido se ponga manos a la obra. De lo contrario habrá una rebelión de castores bramando por su identidad perdida. Y estaremos muertos, la os lo aviso.  



miércoles, 19 de febrero de 2014

CUANDO SEA MAYOR PIENSO BEBER ALCOHOL

Mi hermano I. me cuenta que su hija de cinco años le dijo el otro día sin venir a cuento: "Papi, cuando sea mayor voy a tomar un poco de alcohol". Después siguió mirando por la ventanilla, sin interés aparente por desarrollar su titular.

Admiro mucho la determinación, incluso cuando mide menos de un metro de estatura, se alumbra con dos faros azules de una desconcertante gravedad adulta y augura una adolescencia de botellón que imagino gótica flamígera y así se lo hago saber a mi hermano. "Toda familia debe tener algún miembro que se salga del marco" (algunos lo dinamitan directamente). Él, que sin duda destaca entre nosotros por su humor centelleante y genial, me pone al día de sus cuitas y divagamos con ese viejo plan acariciado de concierto más cena t ête a tête. Después dispara dos o tres preguntas muy precisas para comprobar el estado de mis termostatos, me augura un cálido "para marzo intentaré hacerte una propuesta cerrada e irrechazable", y se despide a su manera: "Vales más que el oro del Perú".

Ayer una mujer de edad indeterminada pero cercana a los 70 me convenció de que el oro del Perú a veces se encuentra en Matadero. "Yo estoy muy acomplejada por lo que sabéis. Creo que mis textos son muy flojos, pero es que yo no fui a la escuela, ¿sabes?". En clase se muestra pudorosa y siempre me sonríe cuando se cruzan nuestras miradas. Me gusta esa mujer. Y anoche me conmovió tanto su confesión que me deshice en elogios y lamenté que la oscuridad se tragara su figura menuda, su pelo espeso y blanco, tan bonito, mientras mi amigo R. y yo nos íbamos del brazo a tentar un poco de alcohol mezclado con palabras. Confidencias sin adornos de esas que dejan un eco que vuelve como un bumerang y te despierta suavemente de madrugada.

Admiro la amistad que no hiere pero dice lo que piensa aunque te salten las costuras. Los amigos que son como una colchoneta de flores sobre la que lanzarse sabiendo que te recogerá  y dará impulso para volar. Las conversaciones, las buenas conversaciones que terminan en un "ya verás cómo vas a aprender y yo voy a estar contigo". La posibilidad de aislamiento en compañía, la ensimismada soledad que se sabe frágil y se tropieza con su propia presencia distraída por el pasillo. Los reencuentros, los libros compartidos, la nobleza. La entrega cuando es mutua. Los consejos a tientas, los juegos de palabras. El cariño y la lealtad a pie de taxi. "El jueves hablamos, cuídate". La noche de Madrid, con sus farolas tenues y sin perros.

P.D. Cuando sea mayor pienso beber un poco de alcohol, igual que mi sobrina. Pienso seguir yendo a clases que son cruces de caminos con personas que miran por la ventanilla y te regalan sentencias para guardar en un cajón y rescatarlas cuando vienen mal dadas y la escasez se instala en tu despensa y en tu corazón.








martes, 18 de febrero de 2014

LA MALETA EQUIVOCADA


1-Quitar piojos es subir al monte de Sísifo. También es una cura contra toda soberbia o tentación de glamour consolidado. Eres madre, quitas piojos. Ya está.

2-Si tres hombres te dicen algo por la calle y presumiblemente no han bebido porque son las 8 AM no es que de repente estés muy buena. Es que traías el vestido por la cintura. Adiós a cualquier tentación de vanidad.

3-Mi amigo R. me manda su equipaje secreto para nuestra clase de hoy: "Betún de judea, un disfraz de Spiderman y tizas de color azul". Me encanta, me provoca. El reto: meterme en el cerebro de un  hombre. Hoy seré absolutamente masculina.

4-"Veo tus estados, tus textos, tus fotos como asomándome por el ojo de una cerradura. Y me gusta, oscuramente me gusta. Aunque eso no me libre del todo de cierta querencia a derribar la puerta". Los hombres derriban puertas. ¿Las mujeres llamamos al timbre?

5-Desayuno café, otro café y los Conciertos de Brandemburgo. Mi adolescente no se deja besar, aturdida de mañana y de migrañas. Bach no se aprecia antes de los 20 años, o de los 30.

6-"Mamá, papá está ligando con ella. Sólo se peina con agua cuando se trata de una cita". Pues finge que no te has dado cuenta, hija. El amor es fingir que no ves lo que ves.

7-Martes. El vestido en su sitio. La maleta de R. a mi derecha. La puerta abierta de par en par. Sísifo de tregua, al fin. Espero no decepcionarte, amigo. Procedo a deshacer tu equipaje con suma delicadeza. 



lunes, 17 de febrero de 2014

EN LA SALUD Y EN LA ENFERMEDAD


Sorolla

Es una mañana de viento frío y afilado como agujas de cristal y se espera que amaine a partir del mediodía. Caty se ha despertado, ha tenido su primer pensamiento, un fogonazo -¿habrá suficientes huevos?-y se ha calzado distraída las zapatillas de franela azul marino con corazones. Va a cocinar un bizcocho. Con el punto exacto de esponjoso grosor, el tono levemente anaranjado y unas pasas de corinto. 
Las pasas serán la sorpresa. El invitado inesperado que anima, vivaz, la tediosa rutina familiar con sus anécdotas mundanas. Normalmente sólo le pone huevos, azúcar, levadura, una punta de vainilla en rama y un yogur de limón. Pero la ocasión merece un extra. El “toque maestro, reina”, como repite el chef de la tele mirándola a los ojos. Y Caty le devuelve la mirada con ese arrobo coqueto del ama de casa a quien sólo piropea el carnicero.

Claro que, piensa, el detalle de las pasas dotaría a la investigación de un elemento desconcertante. Una pista falsa como el Sorolla que preside el cabecero de la cama. Las velas de la barca infladas de orgullo, el azul destelleante, las costureras de redes afanadas al sol como una bendición y una alabanza. La promesa de libertad condicional. Tú eres el barco, hincha las velas, sopla, sopla fuerte.

¿Por qué demonios hizo bizcocho con pasas? ¿Qué significaba exactamente ese cambio en una vida carente de sobresaltos. Rutinaria. Trazada con escuadra y cartabón?. Dirían.

Tan previsible como un trueno después de un rayo.

Es una mañana terca, diletante, de esas que se hacen esperar, y a Caty le ha dado por pensar que debía ordenar el armario del dormitorio. Las camisas de franela, todas de cuadros. Con ese olor a sudor agrio de hombre que no se va con los lavados. Sus pantalones, calzoncillos de algodón y calcetines zurcidos como un mapa de hilos obedientes cuidadosamente tramados. Quizás mientras el bizcocho se cuece en el horno -35 minutos, 180º- y antes de ocuparse de los niños. Fuera se escucha el azote del aire contra las contraventanas, aún no han sonado las campanas de las nueve y la vecina trajina al otro lado del tabique.

-No entiendo nada. Había estrenado unos zapatos. Nadie estrena unos zapatos justo para eso....

Repasa ahora la nevera. El cajón del congelador. Siete tupper cuidadosamente alineados con sus etiquetas correspondientes: Caldo de cocido, ternera a la jardinera, paella de pollo, lentejas sin chorizo, macarrones bolognesa, sepia con patatas y potaje de bacalao.

A Rober le encantaba el potaje. Lo recibía con jubiloso entusiasmo y a veces hasta le regalaba una palmada en el trasero. “Nena, esto lo bordas. A ver si me lo haces todas las semanas”. Luego se olvidaba de que ella estaba allí y concentraba sus dedos avariciosos en el mando de la tele o resolvía un sudoku, rezongando si se le resistía. Y no había hombre en casa, ni padre ni marido.

En la salud y en la enfermedad. Hasta que la muerte os separe”.

Es una mañana arisca y desabrida como una mala suegra y Caty se hurga las uñas de los pies con indolente tranquilidad infantil y ese mohín de quienes ejecutan tareas simples con ambición de trascender. Caty tiene unos pies blancos de novicia. La piel lisa y libre de contingencias. ¿Cómo es que no vas al callista?, le preguntaban sus amigas a menudo. Callista le parecía una palabra repugnante. Vísceras con sangre. Cuchillas oxidadas. Durezas impertinentes. Ella tiene pies de doncella -”soy virgen por los pies, aún soy virgen”- y los cuida con mimo de amanuense. Primero el peeling, después la parafina caliente. Las cutículas libres de rebordes, perfectas. Las uñas cortadas al ras, con forma cuadrada, clac-clac. Y el toque final, el pincel suspendido con la laca roja, justo antes de caer como suaves pétalos del centro a los bordes, recreándose para no salirse del borde. Perfecto.

-No sé para qué te pintas tanto. Si además nadie te los va a ver.
-Los veo yo, Rober, es suficiente.

(María Catalina Alonso Atienza falleció a los 43 años, víctima de sí misma. Deja marido hambriento, comida para una semana y un bizcocho con pasas. Esponjoso, el dulzor justo, un estallido litúrgico para el paladar y las papilas gustativas. Amén).

Ahora Caty imagina el panegírico del cura y se lamenta de no haber sido más generosa en el cepillo del domingo. Con el rabillo del ojo vigila el horno. El aire empieza a impregnarse de olor a vainilla. La fragancia del amor despreocupado. Cinco años atrás, más uno de novios. Rober es el guapo del pueblo. No ha estudiado, pero a quién le importa eso. Gana bien en el aserradero. Sale con dinero en los bolsillos, la coge del talle, el vestido como las campanas, volandero. Le acerca la boca ansiosa al cuello, a ella le encanta sentir el picor de su barba y piensa que podría quedarse a vivir en esa piel que raspa para siempre. Cierta sensación cálida de pertenencia a alguien. A algo. Los alambres de la cerca libres de nudos y de pinchos afilados. Escapar de casa, del tendedero y del cesto de patatas. De la envidia de su hermana, del sarcasmo cuando lee esas novelas con nombre de flor de primavera. La vida por delante, sin delante. Ni vida.

Y Rober al rescate. Rober que huele a cuero y a madera. A sudor de dos días. Que la llama nena, la agarra fuerte el talle y a veces se trepa hasta los pechos, se los come con ansia, los escupe. La llena de sí por arriba, por abajo. La deja exhausta en la cuneta que es su cama de soltero. El olor aún más fuerte. Dulzón, mareante. El deseo para sentirse viva. Y después hueca. Y después un poco muerta.

-Yo, Catalina, te tomo a ti, Roberto, por esposo, y prometo serte fiel en la salud y en la enfermedad...

Es una mañana tenebrosa como una catacumba y Caty apaga el horno. Saca el bizcocho, lo pincha para comprobar que está listo. Le ha salido esponjoso, naranja como un atardecer de postal balinesa. Lo saca a enfriar a la ventana. Se agarra el talle, nostálgica de aquel que ya perdió. Un primer embarazo, “de penalty”, murmuraban las vecinas. La boda, sin pensar. Mejor no pensar, en esos casos. Te subes a la barca, soplas, soplas y el matrimonio se hace a la mar como un Sorolla falso. Pronóstico tormenta. Se acabaron los paseos abrazados por la calle mayor, domingo por la tarde. La conquista batida en retirada. Polvos de cortesía, descorteses. Dos hijos, un tercero. Y tanto trabajo, cosiendo calcetines como una Penélope más, la mirada en la ventana. Llenar los días, casarse es llenar los días como puedas. Ser minuciosa en las uñas y en la cocina. Sonreír al carnicero. Dar las buenas noches a los niños, cuadrar las sábanas, apagar la sopa. Esperar a la noche, oírle respirar, odiarle, aspirar sus pesadillas. Vomitar. Vomitarlo todo.

(A las 10 de la mañana, calcula el forense, los tres niños se sentaron a la mesa y tomaron el desayuno. Un bizcocho con leche, al parecer. Una hora después los encontraron muertos. Ni rastro de su madre, Catalina Alonso. El padre, Roberto Martínez, permanece en dependencias policiales prestando declaración ante el juez).

viernes, 14 de febrero de 2014

AMAR ES DECIR DÉJAME ENTRAR

Ese bluff llamado "Love Story"
(Los síntomas del enamoramiento y del desamor se parecen: falta de apetito, ensimismamiento, insomnio, ansiedad. Me pregunto cuántos diagnósticos de amor son equívocos. Y al revés).

No creo que sea el único sentimiento confuso. La admiración a veces oculta complejo de inferioridad. El deseo, miedo a la pérdida. La arrogancia, pequeñez. El sarcasmo, dolor. El entusiasmo, pulsiones depresivas disfrazadas.

 (Diván barato, pensaréis. Y tendréis toda la razón).

Mi amigo R. me escribe un wasap mañanero: "Otro San Valentín, y yo sin pareja". Le respondo que piense en todas esas mujeres que potencialmente podrían morir de amor por él, si lo conocieran. Que al final esto es pura matemática. Una probabilidad entre un millón. Un cruce de caminos. Que muchas parejas se cimentan en la desesperación, la necesidad, el aburrimiento, el desnivel económico, el sexo sin conquista, los hijos y la hipoteca del piso.

-Conste que no intento ser cínica, justifico enseguida.
-Ya, sí, pero la cosa es que hoy no querría estar solo. Que lo que me pide el cuerpo es mandar un ramo de flores y brindar con champán.
-Pues mándamelo a mí y te cuelgo el video en Youtube, para que veas lo agradecida que soy.

Los tópicos funcionan y nos hacen felices, convengamos. Pero las historias menos convencionales nos atrapan.

Y aquí debo confesar que hace dos días empecé un libro mediocre -fast food, para entendernos-. Lo hice porque había visto la película y me fascinó. Se titula "Déjame entrar" y es sueca. Por alguna razón que se me escapa los nórdicos se han especializado en el thriller como los latinoamericanos en su día en el realismo mágico.
Añadir leyenda

El libro cuenta la relación entre una niña vampira y un niño al que sus compañeros del colegio maltratan con violencia descarnada. El telón de fondo son los crueles asesinatos para que la niña, ávida de sangre, no muera. Los párrafos son simples, sin ambición literaria pero sobrados de rentabilidad. Un best seller, imagino.

Enseguida empecé a hacer algo que mi padre ha hecho toda la vida. Saltarme páginas, morralla prescindible, hasta llegar a los encuentros entre Oskar y Eli. La inocencia de un niño de doce años que se enamora de una niña vieja que huele raro y tiene una fuerza descomunal pese a su fragilidad física. Una pequeña enigmática que resuelve el cubo de Kubrick de una sentada y que para acercarse a él tiene que pedir permiso:

-Déjame entrar.

Hay una candidez bajo el horror, un rayo de luz luminoso entre la penumbra del invierno sueco, que derrite la nieve y convierte la historia en magnética. Y entonces te das cuenta de que el cemento que une a esta pareja es que ambos son freaks, seres expulsados del mundo convencional. Que para crecer uno tiene que enfrentarse a los malos, dar un paso adelante, arriesgarse o morir. Y la otra debe contener sus impulsos.

Me pareció que las mejores historias de amor son las de amor poco convencional. Que Love Story, ese bluff que trató de convencernos de que "Amar es no tener que decir nunca lo siento" (diría yo que es lo contrario), tuvo éxito porque Ali MacGraw y Ryan O'Neal eran jóvenes y bellos. Porque había dificultades y hormonas desatadas. Porque éramos pequeños e inexpertos.

Amar es decir "déjame entrar". Y que te dejen. 




















miércoles, 12 de febrero de 2014

LAS BITCOINS Y UN ROLLO MANGA

En sueños he escrito un relato delirante que arrancaba así:

 "Nuestro amor duró siete cajas de condones, dos viajes muy accidentados a países europeos cuyas capitales no pasaran de 3 grados en invierno, una ducha fría en un motel de carretera  y cuatro menús gourmet largos y estrechos como su consideración".

Tenía la road movie en mi cabeza, tenía el vehículo. Un Seat León desportillado -"el coche de los macarras", me dijo J. un día-  Tenía a los protagonistas: una pareja 2.0 que no se quiere en absoluto pero decide unir sus destinos mientras no haya un plan B. Dos descreídos que beben Red Bull y pagan con bitcoins.

Para ello necesitaba entender qué demonios era una bitcoin. Pregunté a D. por wasap. Respondió de inmediato:

-"Son unos algoritmos que existen en el ciberespacio. Si encuentras uno lo registras y lo puedes utilizar como moneda de cambio. Hay "mineros"  que se dedican a buscarlos".

Naturalmente, no entendí nada. Pero pensé que podía registrar el bitlove, el bitaffaire, el bitpolvo (inodoro e insípido) y todos los bits que me permitieran urdir algoritmos de la vida cotidiana llevados a la ficción.

Podría incluso inventarme la bitnovela y el bitbestseller. Y aún más, podría atesorar bittriunfos mundiales aplaudidos por millones de mineros de esos que buscan algoritmos y tropiezan con historias insólitas más próximas al manga violento que al relato convencional.

Encontré que el nombre del creador de bitcoin era muy aprovechable desde el punto de vista literario, así que mi protagonista se llamaría  Satoshi Nakamoto. 

Nakamoto  sería el rey de la criptodivisa y se creería el rey del mambo. Su chica, sin embargo, se dejaría los riñones como reponedora de supermercado y seguiría a Naka como quien sigue una novela por entregas para evadirse de sus miserias cotidianas.  Con una mezcla de admiración y adictiva melancolía.

Se llamaría Yessy. Escrito así para darle alcance internacional pero sin traicionar el barrio y el polígono de origen. Sería laísta, descarada y dueña de una talla 110 de sujetador más sus correspondientes rellenos atómicos.

Tendría dos bittetas como dos carretas. Y las uñas rojas y ávidas de manicura profesional.

Llegaría a odiarle, esa es la verdad. Pero una fuerza superior a su voluntad la llevaría a subirse al bitcoche y a descansar la mano sobre el muslo de Naka. A 250 km por hora las ideas y los temores se volatilizan. Se la chuparía con desgana. Gritaría como una loca al viento.

La bitexistencia sólo podría ser peligrosa y excitante.  Los diálogos, simples y punzantes como espinas de pescado. Follarían como quien construye un mecano, con desapasionada coreografía. Siete cajas, ni una más.Y cero ternura postcoital.

Llamadlo bitromance.

Los detendrían en Berlín.

Pensarían que así estaba escrito. Fin de la transacción. El crack. Caída libre. Y el último menú, largo y estrecho como las historias de amor entre dos que no se aman, pero son el plan B. de sí mismos.









martes, 11 de febrero de 2014

SAN VALENTÍN PARA MODERNAS

Me deja caer mi adolescente que entre los de su edad está de moda poner cama de matrimonio en sus dormitorios. La miro fijamente y respondo que ni lo sueñe. Que eso es como saltarse medio tablero de la Oca. Que mi primera cama de matrimonio llegó con el matrimonio (ahí me veo carca cual Bernarda Alba, sí, y tiñosa porque ya me hubiera gustado tener una king size cuando me emancipé a los 23, pero no cabía en el dormitorio).

Le digo que no me consta que se le salgan los pies de su cama de 90 centímetros. Que el día que se caiga por falta de espacio me avise y le pondré una barandilla. Me mira furiosa.

Toda madre moderna se enfrenta a su vis más rancia y conservadora varias veces por semana. En mi caso, sin disimulo: "Ya les he dicho a mis amigas que no se dejen engañar por tus zapatos, tu ropa y tus labios rojos,  que eres una antigua y que no me dejas hacer nada", me echa en cara la mayor constantemente.  Yo le saco mis últimos Pons Quintana de leopardo y ella se enrabieta un poco más.

Minichuki, que tiene la escuela de la rebeldía en casa, se me encaró ayer en el autobús porque quiere ir sola al colegio y dice "estar harta" de que la acompañe "como si fuera una pequeñaja". Dos señoras que iban a nuestro lado se sonrieron y le dijeron: "Ay esa mamá que no te deja solita...". La enana se mordió los labios y se ajustó la mochila, muy digna ante el diminutivo de la humillación -"que sepas que en un año seré preadolescente", murmuró como amenaza final-.

Toda madre moderna de real life se pregunta a menudo si de verdad lo es. Dos minutos después calcula los años que le quedan con hijos en casa y planifica la demolición de un par de tabiques para entonces. El vestidor con sus espejos trucados. Y una cama aún más grande que la del matrimonio que ya fue, in ille tempore, dotado de apliques de luz con sensores de movimiento que te siguen cuando pasas página y cambias de postura. El vaso de agua, la vela aromática y una banda sonora para cada estado de ánimo.

En mi caso, además, sueño con un difusor de sustancias inductoras al sueño (legales, en principio), unos brazos que me acunen con ternura apasionada y desaparezcan suavemente y cambio de sábanas diario para estrenar el crujido del algodón blanco cada noche (ahí me repito, lo sé, pero las fantasías tórridas de cada uno son de cada uno).
Donde todo termina

Ayer mi adolescente me dijo que si pensaba celebrar San Valentín de alguna manera. Parece ser que entre sus iguales es muy cool regalarse rosas y abalorios.  Mi generación creció haciéndole ascos al santo de película del franquismo -no era moderno- pero sin rechazar cualquier flor, brote o matojo porque eran bienes escasos. Hasta que llegó un novio que regalaba flores cada semana y las chukis sentenciaron: "Un poco plasta, ¿no, mamá?".

Toda madre 2.0,  moderna y con dos hijas resabiadas, sabe que debe escuchar y no reírse cuando la de once años, por ejemplo, asegure que "le han dejado de crecer las tetas, con lo bien que íbamos..." (un expediente X como otro cualquiera), que no entiende por qué no tiene más pretendientes que las niñas más cursis de la clase (si yo te contara, cariño, que las cursis, las tontitas y las coquetas arrasan...),  que ya lleva botas de fútbol del 38 (paranormal, ha crecido dos números en semanas) o que "las chicas tenemos tres agujeros, ¿te digo cuáles?" (ayer en la cena, sin ir más lejos. Le respondí que no era necesario, que su hermana y yo nos hacíamos cargo).

La única manera de solucionar las contradicciones de la modernidad cuando eres madre y te dan por todas partes cada noche es reírte a carcajadas. Entender que hay procesos que sucederán a tu pesar y hacer hueco en tu cama, de vez en cuando, a ese ser aún pequeño que se abraza y te clava las rodillas en los riñones mientras un dormitorio más allá la adolescente sueña con una king size y una madre mucho más moderna que le deje la casa para ella sola y la nevera bien llena. Y, a más a más, un ramo de flores en la mesilla para celebrar el amor cotidiano. El más valioso, el más desagradecido.












lunes, 10 de febrero de 2014

ENTRE DE LA SOTA Y FISAC. ARQUITECTURA ES AMOR

De la Sota y su mujer, Sara Ríus
"Creo que no hacer arquitectura es un camino para hacerla, y todos cuantos no la hagamos habremos hecho más por ella que los que, aprendida, la siguen haciendo. En el gimnasio Maravillas se resolvió un problema y sigue funcionando y me parece que nadie echa en falta la arquitectura que no tiene".

Ayer me enamoré perdida e irremediablemente de Alejandro de la Sota en la exposición de la Fundación ICO  sobre él y Miguel Fisac (que me dejó tan fría como su hormigón pretensado). Nacidos ambos en 1913. Trayectorias semejantes, personalidades dispares.

Del primero me atraparon su talento poco estruendoso, su humildad, la ausencia de pretensión y artificio de su obras, pero sobre todo la sonrisa de cálida complacencia con la vida que exhibe en todas sus instantáneas  y esa mirada cómplice que cruza con su mujer, la bellísima Sara Ríus,  al final de sus días, que resume una existencia cómoda y satisfecha. La del hombre que sabe que ha hecho lo que debía y deja un legado libre de cargas y desprovisto de toda soberbia estomagante.

A su lado, Miguel Fisac me pareció de ese tipo de hombres que andan por la vida  apretando la mandíbula. Ninguno de sus retratos lo muestra sonriente, sino reconcentrado en la búsqueda de algo que sabe inasequible. Algunos de sus edificios más laureados han formado parte de mi vida. Los laboratorios Jorba ("la pagoda de Madrid") que me saludaban al entrar por la carretera de Barcelona, o la iglesia de los Dominicos donde las monjas nos encerraron a hacer unos ejercicios espirituales donde todo espíritu brilló por su ausencia y donde los novicios dominicos pusieron a prueba su fe frente a esa invasión de mariposas divertidas y en edad de merecer. Pero ni aún así me sentía próxima a su leyenda mientras recorría las salas de un lugar poco visitado por los madrileños que sin embargo exhibe tesoros de cuando en cuando.
Laboratorios Jorba.Miguel Fisac


"Yo he estado en las casas de Frank Lloyd Wright, de Mies Van der Rohe y de Le Corbusier. He subido, he bajado y he visto, y no me ha convencido nada. ¿Por qué? Porque no son unas casas preconcebidas para lo que iban a servir y para donde iban a estar".

Las palabras del arquitecto manchego delatan esa predisposición a buscar grietas de los que no descansan pero aspiran a ver a dios. Ayer no sabía, sin embargo, que Fisac fue supernumerario del Opus Dei y conoció estrechamente a Escrivá de Balaguer. Décadas después saldría echando pestes de la Orden, como tantos otros, para casarse con una joven periodista. Ojalá fuera feliz.

Gimnasio del colegio Maravillas
Mientras, De la Sota seguía cautivándome con sus palabras, con sus edificios,  y yo me imaginaba un largo paseo a su lado por todas esas fachadas de Madrid que amo y me aligeran los domingos por la mañana aunque caigan chuzos de punta como ayer:  

"La arquitectura es traidora con sus amantes y como tal debemos tratarla, cogiéndola siempre de improviso. Se nos hace vieja en nuestro pensamiento, en nuestras propias manos, antes ya de construida. Tenemos que estar atentos, siempre empezando¿Se puede hacer camino al andar? Según donde se ponga el pie".

Pensé que hay dos tipos de hombres. Los que buscan el tormento para justificar su vida, y los que deciden vivirla con ligereza sin renunciar al compromiso. Los cerebrales y los hedonistas. Los que se flagelan y los que se perdonan. Detrás de ambos puede haber genios, desde luego. La diferencia es que los segundos disfrutan de su obra pese a los tropiezos. Y esa humanidad transmite un calor cercano que se parece al amor. A los otros los imagino arrancándose el corazón, mutilados de una guerra donde son su peor enemigo. Medio muertos en vida, con olor a naftalina.

 Mi querido Miguel Fisac, no creas que no me atrapaste ni un poquito. Me quedo con una frase tuya que resume el final de una búsqueda: "La arquitectura es, como decía Lao Tse, el aire que queda dentro". Creo que tienes toda la razón. Buscaré ese aire cuando recorra mi ciudad con el asombro del recién llegado, como suelo. Tuya afectuosa pero sin excitación sobrevenida.



domingo, 9 de febrero de 2014

YO, PRESIDENTA (MI SUEÑO HECHO REALIDAD)

Oficialmente soy la nueva presidenta de mi comunidad de vecinos.

Mi nombramiento se produjo en mi ausencia (pero como soy digital, también oficialmente, lo encuentro razonable) así que ignoro cómo ha sido recibido y qué pensarán mis respetables vecinos de tener que llamar a la puerta de la divorciada que llega tarde, descangallada y corriendo, empinada en unos tacones mamarrachos y sin ganas de pegar la hebra con el portero ni de comprobar los niveles de gasoil del depósito (por cierto, ¿alguien sabe cómo se comprueban? ¿Alguien sabe dónde está el depósito? ¿Mancha? ¿Quema? ¿Echa chispazos? ¿tiene trócola?).

Eso sí, ya saboreo las mieles del poder. Ayer en el supermercado una voz me reclamó desde el pasillo de los mejillones en escabeche (mi must en soledad): "Presidentaaaaaaaa". Yo, así en primera instancia, pensé que Esperanza Aguirre andaba por ahí, pero no. Era mi vecino del segundo y se dirigía con paso firme y un calabacín en cada mano a darme la enhorabuena por el nombramiento. "Ya verás qué bien".

La frase me pareció inquietante. ¿Qué bien para quién? No soy de ese perfil que necesita un cargo para sentirse a gusto con la vida. Los que acumulo me sobran para cualquier magulladura de ego de aquí a dos generaciones. Tampoco me mola tener que vérmelas con mi vecino Anthony Perkins para nada que no sea el típico comentario de ascensor mientras me pinto los labios por la mañana: "Tengo una colección de 356 trenes, todos en sus cajas, todos funcionan", me informó el otro día y sentí un estremecimiento. Porque Anthony, a sus más de 50 años, vive con una madre que lo maltrata y una leyenda vecinal asegura que le espantaba las novias en su juventud para evitar que se apartara de su lado. Y hace meses que no veo a la madre...

¿Y si durante mi presidencia me toca presidir un levantamiento de cadáver?

Soy Presidenta y por mis dominios no se oculta el sol. Mis Chukis, sin embargo, son listas y han pillado al vuelo que es un marrón: "Mamá, lo tuyo es salir de un lío y meterte en otro...Con lo falsa que te pones cuando Vlad (el conserje, de Leganés, no de los Cárpatos) te retiene en el chiscón para hacerte la pelota", murmuró ayer mi adolescente, sagaz a pesar de su bomba napalm hormonal.

Menos mal que el ex presidente saliente y mi vicepresidente se han ofrecido solícitos a darme soporte moral. Creen que una mujer sola necesita un hombre para cimentar el cargo. Que no hay Isabel sin su Fernando (Los dos son encantadores y ayer me enviaron mails con sus credenciales. "Espero que lleves a buen termino tu flamante presidencia", decía uno. Y sí, debo reconocer que el adjetivo "flamante" me envalentonó. Luego me comunicaron que también en mi ausencia se había constituido una "comisión de obras" formada -oh, sorpresa- íntegramente por hombres que se pondrían a mis pies cuando tocara.

-Ah, ¿pero es que va a haber obras? pregunté estupefacta.

La cosa se ponía azul oscura casi negra, y eso meditaba yo con el carrito lleno de viandas cuando me topé con mi vecina favorita. Una encantadora anciana que sufre claustrofobia y siempre me pregunta dónde me corto el pelo y quién es mi marido. Ayer, después de darme la enhorabuena por el puestazo (qué insistencia), me confesó: "Tu marido tiene mucha suerte, una mujer tan ocupada, tan enérgica y con dos hijos (sigue convencida de que son niños, debe ser porque ve a Minichuki vestida de futbolista) y encima ahora presidenta. Ya puede cuidarte ese hombre, ya..."

Le dije que sí, que ese hombre me cuida y hasta me idolatra, pero que prefiere mantenerse en un discreto segundo plano en lo tocante al matrimonio, los cargos representativos y la intendencia en general. Luego entré en casa, cerré la puerta con dos vueltas de llave para evitar más felicitaciones espontáneas  y me abrí una lata de mejillones con su cerveza. Puse a Nina Simone para que se desgañitara a gusto y yo decidí que ser presidenta engalana tu currículum y le da esplendor. Significa que has bregado con pintores, fontaneros, proveedores, un conserje, plagas de pulgón, serial killers en potencia y mujeres dimisionarias que dan por hecho que la comunidad es cosa de maridos y de divorciadas que cuando sufren se meten un atracón de mejillones con cerveza y tiran millas.

Dicho esto, espero que la mujer de mi vicepresidente no tenga reparos en compartirlo un año conmigo. En la salud y en la enfermedad.