lunes, 31 de marzo de 2014

VIVA MI TALLA

El Mundial según Prada
Durante varias semanas eh recibido un mail invitándome a la celebración de una jornada bajo el título "Viva mi talla".

Tentador, muy tentador.

Cada vez que llegaba, yo leía "Viva la talla que me parió", y le daba al botoncillo de la papelera como si la cosa no fuera conmigo.

Al tercer mail lo interpreté como una impertinencia. No tengo ninguna intención de hacer un panegírico de mi talla. No entro en los muestrarios de Chanel ni de Dior, y no daré más pistas. En las procelosas aguas del mundo del lujo una 38 plus se considera un atropello y me consta de Lagerfeld arrugaría la nariz ante mi presencia porque mis huesos poseen cierta cobertura.

El otro día en un sesudo debate de oficina comentábamos cuán distinta es la percepciòn del sex appeal entre hombres y mujeres. "Pobres rubias con grandes tetas, qué desgracia", le dice a L su marido cuando ve que ella preferiría ser un espíritu antes que una maciza ligeramente ordinariota. Y sí, una pasarela viene a ser un desfile de escobas lánguidas que pasan hambre como una religión y carecen de toda sensualidad (Gisele forma parte de la excepción, lo reconozco).
Marc Jacobs

Como en el fondo una es masoquista, repasé el Vogue colecciones con el tercer café de la mañana y decidí que no me voy a vestir de futbollista aunque sea el Mundial, pero qué monas están las modelos de Prada. Que los colorinchis de Celine no favorecen si no mides más de 1,70. Que las plumas de Vuitton son la mejor despedida de un Marc Jacobs que ya vuela a su aire. Que me apunto a los collares de frutos en cascada de Dior (esos no precisan la talla 36) y a las chaquedas de Balmain porque tienen propiedades transformadoras.

Que dejen de vendernos  que este es el año del jean, porque nunca se fue, que los encajes los tengo aborrecidos y que por mucho que me encanten las chaquetas empolvadas cuando me pongo de rosa me siento Peggy Sue desubicada.

Que me encanta la moda porque es un juego y un delirio. Porque encierra un pensamiento y porque debajo (o más bien por encima) de esas abúlicas en el catwalk hay proporciones, visión y arquitectura.  Un deseo que contar una historia que no va sólo dirigido a fashion victims.

Que uno es lo que se ha puesto esa mañana y lo que dejó en el armario. Que todas las tallas saludables deben ser indultadas porque es primavera y este horario nos ha dejado como patos mareados con un pie en el otoño y otro en la tendencia. Eso tan etétero en cuyas redes caemos sin querer o queriendo.






domingo, 30 de marzo de 2014

SER VIEJO ES QUE NO TE TOQUEN

Lo más triste de ser viejo es que no te tocan.

Ayer no sé si lo pensé o lo dijeron en la obra teatral "El arte de la entrevista", pero salí convencida de que lo peor de hacerse mayor es que o te tocan por compasión, o te tocan por prescripción facultativa. Pero rara vez te tocan por experimentar el roce de tu cuerpo, la ternura abisal o una cálida oleada de cariño.

Mi abuela odiaba la vejez, por eso decidió morirse. Antes me hizo un par de confesiones como si tal cosa. Y después se dejó morir en un sillón viejo que jamás permitió que tocáramos. El sillón que heredó mi padre y lo tapizó para no oírnos, aunque estoy segura de que la decadencia surcada de zonas desgastadas por los codos, espalda y corvas de su madre no le estorbaba en absoluto.

Mi abuela olía a viejo y a ampolla del pelo de esas que convierten el blanco en morado. A veces también olía a colonia Álvarez Gómez, y al rancio leve de sus abrigos de visón, esos que colgaba en verano con ramas de laurel cuando se cansó de llevarlos a un refrigerador. Un lugar macabro donde miles de "pellicas" de abuela pasaban los rigores del calor mientras sus dueñas sobrevivían febriles y como buenamente podían a los latigazos inclementes del sol.

En El arte de la entrevista hay una abuela, una hija y  una nieta. Una historia potente de Juan Mayorga que sin embargo no termina de cuajar. Grandes temas que se tocan con cierta tosquedad, sin transiciones sutiles, me pareció, o quizás la interpretación no era impecable.(Debo preguntar a mi amigo P. y ver qué ha escrito en cercadelacerca.com, su excelente blog de teatro)

La obra habla del recuerdo y del olvido. De cómo el paso de los años nos sirve para sepultar viejos recuerdos que estorban a nuestra gesta vital. De cómo las familias son extraños cargados de secretos hasta que un día uno se sale del guión y hace una pregunta. Y el aire se detiene y el otro sólo puede contestar con la verdad. Y sangran las heridas del pasado, y tu nieta es tu confidente, y tu abuela una caja de Pandora que ya no se cerrará. Y su historia, alucinante, una novela que tú no puedes escribir. Por respeto, por pudor, por no traicionar tu propia historia. Para que no te duela.

Un viejo, una vieja, es un hombre, una mujer que ha completado el puzzle y sabe demasiado. Por eso no se les pregunta y apenas se los toca. Son la muerte, tu propia muerte, de ahí que se les hable como a niños. No hay espectáculo más repelente que escuchar a un celador hablar a un viejo con pueril condescendencia. Algunos lo agradecen, desde luego, porque además los tocan y porque nadie más lo hace.

Y ahora recuerdo que en "Gran Hotel Budapest", la magnífica película de Wes Anderson, que vi el viernes,  el protagonista prefiere a las ancianas. No para heredar de ellas -que hereda- sino porque le gustan. Y la trasgresión se acepta porque te da la risa. Y te da la risa porque en el fondo toca de pleno un tabú. Y es triste. Y entiendes que los viejos se dejen morir como se dejan tratar como niños. Y ese hedor vergonzante no hay colonia Álvarez Gómez que lo tape.

Ayer salí del teatro convencida de que quiero ser una vieja a la que toquen y, ya puestos, a la que meta mano su amor, de vez en cuando. Y que, como mi abuela, cuando un celador idiota me llame con cariño de pega "vamos, abuela, que le toca el TAC", yo contestaré enérgica: "Abuela de mis nietos, oiga usted".

Y espero que mis nietos me hagan una entrevista larga y profunda antes de que, como decía mi abuela, "se me olvide respirar". Eso tan vulgar llamado muerte.




sábado, 29 de marzo de 2014

SOY RUSA, SOY SENTIMENTAL Y SOY MUJER

Arranco en el Metro el libro de Elena Poniatowska "Querido Diego, te abraza Quiela" (Ed. Impedimenta) y noto la mirada del pasajero de al lado clavada sobre las páginas: "El otro día un gendarme se acercó: Madame, vous etes malade?. Moví de un lado a otro la cabeza, iba a responderle que era el amor, ya lo ves, soy rusa, soy sentimental y soy mujer, pero pensé que mi acento  me delataría y los funcionarios franceses no quieren a los extranjeros".

Angelina Beloff, Quiela, fue la primera esposa del pintor Diego Rivera. Y también un despojo después de pasar éste por su vida como un ciclón hasta reducirla a la condición de fantasma. Sus gemidos en forma de cartas son un culebrón de cierta altura que mi compañero de vagón quiere devorar sin disimulo. Yo noto que me encojo y entorno las páginas más de lo imprescindible porque leer es un acto de intimidad máxima aunque se desarrolle en el lugar más público de la ciudad. Bajo esa luz mortecina de un sábado que presagia lluvia y otoño recidivo.

El tándem artista sádico y esposa sufridora se repite. La rusa Angelina, leo en la contra, fue también pintora y también brillante. "Brutal, ególatra, irresistible, Rivera se nos dibuja como un monstruo que hace su voluntad en el arte y en el amor". "Ella me dio todo lo que una mujer puede dar a un hombre. En cambio recibió de mí todo el dolor en el corazón y la miseria que un hombre puede causarle a una mujer".

Los amores dependientes se componen a veces de uno que ama hasta la humillación y otro que tensa la cuerda para comprobar hasta dónde llegará su esclavo/a, en una coreografía tan repugnante que uno no sabe quién es peor, la víctima o el verdugo. La justificación del sadismo por el genio es un clásico. El creador, a veces, parece tener patente de corso para someter y torturar al ser amado. En otra escala, hay amores que se calientan con el desdén, y entran en un juego delirante y enfermizo que, sin embargo, garantiza cierta dosis de eternidad.

Soy rusa, soy sentimental y soy mujer. Pobre Quiela, el hijo muerto, el frío de París calándole hasta los huesos. El frío gélido del desamor encharcándole el corazón, el sueño y los pinceles.

Mural de Diego Rivera
Y Diego Rivera, el genio universal. Y otra esposa, la tercera,  Frida Kalho, para la posteridad. Uniceja, enferma y atormentada.  Agónicamente juntos. Tan tóxico y tan sublime.

Llego a mi parada de Metro con pena. Cierro despacio el libro para que mi compañero no se sobresalte con un portazo de letras.

"Mientras no tenga noticias tuyas estoy paralizada. Unas cuantas líneas me ahorrarían días y noches de zozobra. Te abrazo, Diego, con la inquietud que solías ver con ternura. Tu Quiela".

Me convenzo una vez más de que los amores torturados sólo son caldo de jugoso relato literario. Ana Karenina, Madame Bovary, Ana Ozores... Pero en la real life se impone el equilibrio de fuerzas y cariño, la alteridad... o nada.












viernes, 28 de marzo de 2014

JOSEF ALBERS O EL TÉMPANO BAUHAUS

Sólo las apariencias no engañan. Josef Albers


Ayer se inauguraba en la Fundación Juan March la exposición "Medios mínimos, efecto máximo". Pero me produjo un efecto mínimo. Puede que porque la cerveza llegó después del recorrido fugaz por los cuadros geométrico coloristas del profesor de la Bauhaus nacido en Westfalia. Puede que porque no sentí que la obra me interpelara ni mucho ni poco, y a mí cuando no me preguntan me pongo mohína.

Puede que porque toda esa obra estéticamente impecable la imaginaba perfecta para el despacho del presidente de una empresa del IBEX 35 o en la sala de reuniones de una Fundación de las que alivian las conciencias de los banqueros y de los coleccionistas opulentos sin alma.

El racionalismo es frío como un témpano, aunque juega al despiste en ocasiones con el cromatismo loco pero encerrado en líneas que no se mueven ni con grúa. Hay personas Bauhaus, pensé. Abstractas, contenidas, que no traspiran y vuelven a casa con el pelo en su sitio y sin cercos en la camisa. Se diría que han ahogado sus emociones y las han encerrado en una urna de cristal bajo siete llaves.  Y el día que estallan ríete del Enola Gay.
Josef Albers

Naturalmente no me atrevo a denostar a una figura del arte como Albers. No sos vos, soy yo, le diría. Las incontinentes pedimos a gritos que nos remuevan, que nos agiten y luego, ya desmelenadas, nos acerquen las bandejas de los canapés. Pero Josef ni una cosa ni la otra, y en cambio un señor de los que convocaban al evento nos explicó cómo asegurarse de que en un cóctel nunca faltará el canapé en tu radio de acción: "Un amigo mío le da una propina generosa al camarero de turno nada más llegar. ¿Verdad que nos va a tratar usted fenomenal? Y no falla!". Me pareció un comentario poco Bauhaus.

El arte y el desvelo social van de la mano, pero a mí cuando un cuadro me atrapa soy incapaz de masticar,  beber o besar. Hoy me he despertado dispuesta a empaparme de abstracción y op-art, y me he reconciliado un poco con Albers al saber que por sus manos pasaron , entre otros, mi admirado Richard Serra, Merce Cunningan o Cy Twombly.

 Y a menudo una parte del genio y el talento proceden del maestro. Que encima era poeta.







jueves, 27 de marzo de 2014

EL FÚTBOL ES MI VIDA

Últimamente el fútbol es mi vida. Cada noche trato inútilmente de escuchar en la radio algo que no sean esas crónicas enardecidas y de raquítica sintaxis en torno a un balón, pero no lo consigo. Al parecer han concentrado los partidos porque "en junio toca Mundial" -me explica D. por segunda vez, convencido de que no retengo-  y tengo una extraña sensación de perpetuo deja vu donde si hoy es martes, esto es la Champions. O como se llame.

Ayer, U. preguntaba a gritos en la redacción si el Mundial es lo mismo que la Copa del Mundo. "Esa es una pregunta muy mariquita", respondió alguien. Los gays, al parecer y salvando la falta de rigor de toda generalización, prefieren otros deportes en los que, cito textual, "haya chulazos haciendo algo sugerente con el cuerpo". A mí los futbolistas nunca me han gustado porque una vez que salen del vestuario se quedan en nada y no tienen un discurso muy allá. Como los toreros sin el traje de luces.

Pero hay una cita futbolera que no me pierdo por nada del mundo. Los partidos de Minichuki de los sábados. Allá vamos toda la familia que fue nuclear a animar a nuestra heroína. Única niña en medio de bigardos que la sacan cabeza y media en muchos casos. El ritual empieza en casa con mi hija vistiéndose para la gesta, concentrada en sus espinilleras y pidiéndome que le haga la coleta. Luego su padre nos recoge y salimos rumbo al extrarradio madrileño -nos tocan unos barrios que están fuera del mapa- para encontrarnos con los protagonistas de este post: los otros padres.

La cla habitual: seis o siete padres y dos o tres madres. Algún hermano de rebote (mi adolescente es fan), pipas de calabaza o pipas Facundo (sí, las de "siento dejar este mundo") y un entrenador con sangre de horchata que hace lo que puede para mantener el ardor guerrero de un equipo perdedor. De entre los padres hay uno que suele vestir de futbolista o de corredor de media marathón, imagino que para ambientarse. Yo lo llamo el "segundo entrenador", tal es su recital de gritos, instrucciones o desvaríos tan apasionados que se diría que en el campo se juega a vida o muerte. "Venga, que no sois agresivos, atacad! o ¡Estamos hundidos, estamos hundidos!" son dos de sus hits. El hombre sufre como un condenado, ya que nos suelen meter un mínimo de ocho goles por partido, se cabrea como un mono y a mí me da la la risa.  Al principio me miraba de reojo, un poco mosca, pero con el paso de las semanas hemos establecido un caudal de mutua simpatía. Y ya no me regaña por decir ¡muy bien, chicos! cuando no lo han hecho muy bien, como al principio.

Además, el segundo entrenador adora a mi hija. "A Clara, pásaselo a Clara, que está sola", grita a menudo. O "Respira, cariño, respira tranquila", le susurra cuando ella se nos acerca por la banda, congestionada de tanta carrera y apretando los dientes. Y entonces el segundo entrenador me parece un bruto tierno. Un hombre entregado a una causa con todo su corazón y sus pulmones.

Yo misma en el fútbol
Con el paso de los días, los partidos, el frío o el sol, me he dado cuenta de que busco instintivamente su compañía en la grada o en los patios de colegio. Las madres no dan tanto juego. Una, la sufridora, suele darse la vuelta para no mirar cuando atacan nuestra portería, de manera que se pasa de espaldas todo el partido. A otra el fútbol la excita tanto como el canto gregoriano. Y yo, que detesto el fútbol, experimento una transformación que ríete de la del doctor Jeckyll a Mr Hyde. Grito, suspiro, me desmeleno, salto y acumulo una tensión en el estómago que me deja baldada al final de cada encuentro. Como si un ejército de hormigas se hubieran bebido mis jugos gástricos y mi sangre.

-¿Hija, se me oye cuando grito?
-Mami, sólo se te oye a ti, te lo aseguro.

Cada semana espero mi cita con ansia de  debutante en su primer baile. El momento de hacerle la coleta a Minichuki. La llamada de su padre: "bajad, que ya he llegado". Las pipas. Las miradas complices con mi adolescente. El saludo al segundo entrenador. El enésimo patio del enésimo colegio, tan iguales. La hora y media en pie. El frío, el calor. Y ese reguero de pasión que es desgañitarme por mi hija y sus compañeros que se dejan el resuello delante de un balón y son mis héroes.  "Vamos, chitina, vamos", vocifero. Y mi amigo el padre gritón me hace la ola, convencido de que no somos tan distintos. Y me sonríe al despedirnos, "nos vemos el sábado, buena semana".


martes, 25 de marzo de 2014

IMPROVISAR ES LLEVAR SUJETADOR CON RELLENO

Pompidou de Metz, de Shigeru Ban
1.Ayer le otorgaron el Pritzker de Arquitectura a un arquitecto especializado en emergencias. Shigeru Ban, a quien no tenía el gusto de conocer, ha levantado techos en Fukushima, LÁquilla o Haití, y alterna sus encargos deluxe -El Pompidou de Metz- con trabajos al dictado de su conciencia. Aportaciones a la humanidad que parten de materiales disponibles en el terreno -cañas de bambú o papel- y erigen dignidad en forma de hogar para víctimas de huracanes, terremotos y cualquier puñetazo airado y desabrido del cielo. Siento inmediata simpatía y admiración por el asiático y me pregunto qué pensarán esos arquitectos manieristas que construyen para el asombro y la posteridad sin pensar, aparentemente, en el impacto tóxico de sus delirios opulentos sobre las personas y sus almas.

Capilla ardiente de Suárez
2. Una amiga de mi madre le manda divertidísimos wasaps desde su retiro en la costa donde a la descripción minuciosa de lo que ha comido y el precio ajustado del menú, suma el recorrido diario en kilómetros: "Voy con Pili, la alemana, de Marbella Puerto Banús ida y vuelta. Son 15 kilómetros diarios. Llego con las ingles retorcidas".  Las chukis y yo nos partimos de risa imaginando esas ingles, y yo le pregunto a mi madre cómo es posible que una alemana se llame Pili. "Es que lleva muchos años en España", responde. Y se queda tan ancha.

3.Como con J. y en un momento dado le confieso cómo me conmueve su relación con su novio, tantos años después. Él me coge las manos, como acostumbra, y tras quitarle mérito al asunto asegura saber que si le pasara algo fatal, el peor destino imaginable -una parálisis tal vez- P. estaría a su lado y lo cuidaría siempre. "Yo haría lo mismo, creo, pero siempre es más fácil creer en el otro que en uno mismo". Me quedo colgada de la frase y apuro mi ensalada. ¿Amar es creer en el otro incluso más que en uno mismo?.

4.Retomo el libro de David Eggers "Un holograma para el rey" (Mondadori) y aprecio su ironía, su agilidad y esa mirada de soslayo que encierra cierta compasión despiadada por el protagonista. Pero, por segunda noche consecutiva, no me excita. Le doy tres bostezos de margen y me sumerjo en la radio, como hacía mi abuela con su "transitor". Despierto sobresaltada y noto que me he dormido escuchando a unos señores ex ministros de Suárez, Marcelino Oreja y Abril Martorell. Contaban que era muy exigente, pero muy amable. Me parecen dos adjetivos prometedores y a rescatar en medio de esa vorágine panegírica y grandilocuente que nos acompañará toda la semana si los dioses de la buena muerte no lo impiden.

5. La pizpireta C. anda por la redacción pidiendo que alguien la acompañe a la capilla ardiente de Suárez. "No es por él, verás, es que me hace mucha ilusión entrar al Congreso por la Puerta de los Leones". C. es de Fuenlabrada y tiene un gracejo local tan divertido que a menudo voy a su sitio con cualquier excusa boba. "A ver si encuentras un hombre que te lleve a Fuenlabrada, mujer", le digo alguna tarde justo antes de que ella emprenda su larga excursión de vuelta a casa. "A mí sólo me lleva la B-2", responde lacónica con su media sonrisa. C., además de ser del sur de Madrid, es autora de la acepción más inaudita del verbo "improvisar": ponerse sujetadores con relleno. "¿Qué, hoy has improvisado poco, no?", le digo observando su delantera con descaro. Y ella se troncha, se ajusta la camiseta para que compruebe el grado de improvisación y después sigue a lo suyo.

6.Martes, 25 de marzo. Tal día como hoy nació la Unión Europea, en 1957. Es una de las fechas que siempre recuerdo porque debí estudiarlo con ahínco. La formaban Bélgica, Francia, Holanda, Italia, Luxemburgo y Alemania. Compruebo qué contaba el NODO ese día en España. Sin duda, éramos marcianos.






lunes, 24 de marzo de 2014

EL SITIO DE MI RECREO

Hay sitios a los que cuando te vas no debes volver. Lugares que no te reconocen tiempo después del abandono. También pasa con algunas personas. Que no son rescatables, aunque podrías recitar sus biografías como si leyeras un mapa lleno de detalles. Cada monte, cada río, cada extensión de tierra ocre, verde o roja según la dictadura caprichosa de las estaciones.

Ayer volví a mi colegio, del que salí hace treinta años. No lo había previsto, pero la bicicleta y los afanes del sol primaveral me llevaron a recorrer mis lugares del pasado. Sin nostalgia, más con curiosidad de científico que quiere comprobar si los arañazos del tiempo no sólo han pasado por uno sino por los escenarios que pisó. El cole de las monjas está a menos de un kilómetro de mi casa, y sin embargo no había entrado en todo este tiempo. Algo parecido a la intimidación que sientes delante de un cementerio me impedía dar el paso. Además, la linde que en mi infancia trazaban unas arizónicas mal podadas y polvorientas hoy son vallas altas y herméticas más propias de una cárcel de máxima seguridad que de un centro escolar.
El cole, la monja...

De modo que fisgué, traté de mirar en el mínico hueco que dejaban dos planchas de hierro, y cuando parecía que estaba planeando el asalto a la cámara acorazada de un banco, tales eran mis contorsiones sobre la bicicleta, vi claro por qué estaba ahí. Tenía que entrar a rescatar mi memoria. De modo que me dirigí a la puerta y, tras comprobar que cedía, entré en el vestíbulo de siempre. El eskay y la madera vieja son hoy bricks de pavé. Y en la portería no estaba la vieja Joaquina, una mujer que olía a cerrado, vestía de gris o marrón y te curaba las heridas con mercromina. La encargada de llamar a mi madre cuando me rompía un hueso o me desgarraba una pierna.

Estaba la monja que me suspendía física y química, mi "enemiga número uno" de los 16 años. Y me pareció paranormal que aún viviese porque no era una anciana y yo sí una mujer madura. O sea, que mi cambio era sin duda mucho más notable que el suyo.

-Buenos días, ¿viene a la exhibición de judo?
-No, vengo a ver mi colegio... ¿Se acuerda de mí?

La monja, a la que apodábamos La Foca por su hirsutismo facial, clavó la vista en mí, con una sonrisilla algo incómoda. "El pelo no es, claro...". (Claro, han corrido ríos de tinte desde que salí, pensé yo). "Pero esos ojos, los ojos sí". Tras recitarle mi nombre y dos apellidos se le iluminó la cara con un relámpago de reconocimiento. "¡Ah, sí, claro!"

-La Física no se me daba nada bien...
-Ya...eras de letras. ¿Y qué te trae por aquí?
-Quería ver el colegio, comprobar si está como lo recuerdo...¿Me deja entrar en la iglesia?

La iglesia del colegio
La monja me respondió que por supuesto, que podía ver lo que quisiera, y muy jacarandosa me fue guiando por los pasillos en un flashback emocionante donde reconocí la escalera por la que subíamos a clase, la misma donde la directora, una monja severa y cruel, me confiscó mi precioso jersey frambuesa el día que vomité sobre el azul marino del uniforme y cometí la osadía de romper la sagrada regla indumentaria. Mientras la seguía, comprobaba que las dimensiones eran mucho más pequeñas que las de mis recuerdos. Y había pasillos que entonces no estaban. Puertas de metal en lugar de las de madera y al fin, la iglesia. Exactamente igual que yo la recordaba. Con su Cristo y su Virgen, impávidos, sordos y mudos, y ese atril donde leíamos tantas veces en tantas misas como para salvar nuestro alma y el de tres generaciones.

-¿Puedo hacer una foto, madre?
-Pues claro que sí. Espera, que voy a encender las luces.

Yo estaba feliz, emocionada, pero ella... Ella parecía querer complacerme rapidito para que me fuera lo antes posible. Aproveché que sonó el teléfono y corrió a atender la llamada para asomarme al patio donde jugábamos a balón prisionero, al baloncesto, a la goma. Vi mis rodillas con sangre, mi clavícula rota, mi colección de esguinces. Las filas por cursos y el rezo del ángelus tras el recreo. Volví al vestíbulo. La monja sonriente como cuando entraba en clase. Una sonrilla falsa, rematadamente falsa. La recordé en el viaje de fin de curso a Mallorca. Nos acompañó a la discoteca. De vuelta nos contaba triunfante que había hablado con un chico. "¡Ni se ha dado cuenta de que soy monja!".

No darse cuenta de que era monja era como no reconocer a Quasimodo jorobado en el tejado de Notredame. Imagino que entonces tendría menos de cuarenta años, pero para nosotras su edad era indeterminada como su sexo. Y juro que treinta años después esa mujer era la misma pero con canas. Sin duda había pactado con el diablo.

No me preguntó absolutamente nada. Ni si tenía hijos, ni a qué me dedicaba. Tras informarme de que sus compinches de entonces siguen vidas -alguna cumple ya 96- me despidió aliviada y sentí los pinchazos de su cara en mi cara al besarme en la puerta.

No creo que vuelva a mi colegio. Ya no formo parte de él. No he ganado ni uno solo de los trofeos de la vitrina de la entrada. No huele a puchero rancio ni a lejía, como entonces. Y, sobre todo, no está Joaquina para curar mis heridas ni llamar a mi madre si me rompo la crisma o me duele el alma, como entonces.





domingo, 23 de marzo de 2014

CADA HOMBRE Y CADA LIBRO

Hay libros que no permiten la cohabitación con otros y que te dejan un barro sucio e inquietante al cerrar la contracubierta. La necesidad de enjuagarte con un líquido salvífico capaz de limpiar el estómago al que has sometido a una profusión de jugos asesinos que ríete del tequila reposado y con bicho muerto.

Anoche rematé Goat Mountain encogida bajo el edredón y me di cuenta de que no le había puesto los cuernos con ninguna otra lectura simultánea, como acostumbro, exceptuando el poema que trago como una medicina antes de apagar la luz (Ahora de "Little Memories", del artista Luis Gordillo. Una delicadeza editada por  Los Sentidos Ediciones. "La construí, me construyó; ambos estamos en paz pero no nos queremos") . Así que hoy debo tomar una decisión crucial. ¿Qué libro arranco? A quién le entrego los últimos minutos del día. Qué me pide el cuerpo después de esas cornadas salvajes y llenas de despojos humanos y animales con olor a cadáver pútrido y expuesto en el gancho del cazador durante varias jornadas agónicas.

Naturalmente, siempre podría aliviarme con "Harriet", de Elisabeth Jenkins (Alba). Una novela de 1934 que arranca como si tal cosa: "A las cinco y media de la tarde un día de enero de 1975, reinaba en la sala de estar de la señora Ogilvy un ambiente muy acogedor". Así, de entrada, no me excita demasiado, seamos sinceros. Ya huelo las cortinas de cretona y la entrada ténue de los rayos de sol por las ventanas de un salón burgués, confortable y con olor a madera vieja. El salón de una solterona. Y esa larga descripción de arranque me provoca cierta pereza. No, no es la hora de Harriet, ya lo siento, nena. Pero uno no sale indemne de las tenazas de David Vann y el cuerpo me pide guerra, no el té de las cinco con pastas de mantequilla.

Cada libro prepara el paso al siguiente. (Y esto me hace recordar la vez que le pregunté a una conocida socialite, amante del amor, si cada hombre preparaba el camino al siguiente y tras poner cierta cara de asombro reconoció que sí). Los lectores caóticos que nos hemos ido formando por ósmosis tardamos en darnos cuenta de que el azar oculta una estructura nada azarosa. Una serie tejida como el juego de las palabras encadenadas, que confiere sentido y salpica a cada libro de la contaminación que dejó el anterior. De manera que dos lectores que arrancan el mismo título en realidad no corren la misma carrera ni paladean la misma historia. Harriet para cualquier otro, pongamos, podría ser el descanso y la calma costumbrista que, sin embargo encierra una historia "de seducción y engaño". Para mí es una mariconada, con perdón, que me reservo para la paz del mar en Semana Santa. Pero antes debo pecar.

Mi segunda opción es "Salinger" (Seix Barral), de David Shields y Shane Salerno. Vale que lo tengo un poco aborrecido porque este año ha sido su año. El hombre misterioso e insociable. El impulsor indirecto del asesinato de John Lennon. El soldado roto de la Segunda Guerra Mundial. El libro promete desvelarnos por fin su enigma a través de decenas de voces que lo conocieron. Y sí, es excitante pero, ¿Salinger sin enigma seguirá siendo Salinger? 
Salinger


Abro el libro dos veces al azar, y me encuentro lo que sigue:

"Tengo veinticinco años, nací en Nueva York y ahora estoy en Alemania con el Ejército. Antes estaba bastante encaprichado de la gran ciudad, pero desde que entré en el ejército me empieza a fallar la memoria. He olvidado bares, calles, autobuses y caras". (Nota autobiográfica publicada en la revista Story en 1944)

"Cavo mis trincheras a una profundidad de cobarde total. Estoy muerto de miedo todo el tiempo y no recuerdo haber sido nunca otra cosa que un soldado". (Fragmento de carta a Frances Glassmoyer, 9 de agosto de 1944)

Prometedor, pero ya sé que este libro está condenado a una lectura a trompicones. Un amor compartido con otros. Será una cálida follamistad literaria, estoy segura. Porque para soldados me aguarda Jaroslav Hasêk y "Las aventuras del buen soldado Svejk" (Galaxia Gutemberg). 800 páginas de peripecia antibelicista regalo amoroso de  D., que me provoca de cuando en cuando con sus avances del mismo libro, a ver si me pico y me arranco.

Hay otros, demasiados,  en mi pista de despegue, debajo de la mesa, descolocados en mi librería Taj Mahal. Debajo de la cama. Esperando pacientes ese instante de reconocimiento fugaz, el flechazo y la sensación de que es él, y nadie más que él. Te pasa con un libro. Te pasa, pocas veces, con un hombre o una mujer. Y es una bendición. Una provocación. Un desvarío.


sábado, 22 de marzo de 2014

LÍMITE 48 HORAS (LA MUERTE ANUNCIADA DE ADOLFO SUÁREZ)

Me he propuesto decirles a las Chukis que cuando agonice no me maten hasta comprobar que he dejado de respirar yo solita. El sistema, les diré, es fácil: Una cuchara bajo la nariz y si hay vaho es que sigo sin remar hacia el reino de Hades.

Anoche escuché en la radio hablar sobre Adolfo Suárez sin saber si estaba vivo o muerto. Los panegíricos, los testimonios de sus allegados y oponentes políticos, los revival de la Transición. Y me pregunté: Y cuando se muera, ¿qué harán los programas, de qué escribirán los periódicos? Las crónicas de una muerte anunciada sólo funcionan si te llamas García Márquez o si la Parca obedece un plan prefijado por terceros.

Si te matan antes de morir, te condenan a un viaje múltiple. Algo así como Los tres entierros de Melquiades Estrada, ese peliculón correoso de mi admirado Tommy Lee Jones que divide al planeta en dos: los que lo aman y los que lo detestan (yo estoy en el primer grupo y esas secuencias del desierto me parecen poesía seca y desoladora). A Adolfo Suárez, con el paso de los años, nadie se atreve a reconocer que lo detestara, pero anoche Nona Vilariño, correligionaria de la UCD, reconoció en la SER haber sentido remordimientos por el abandono del partido al líder cuando todo estaba perdido. Muchos de ellos llorarán amargamente en el responso esa traición, más que la pérdida. Y estará bien.

Anoche el revival de Suárez transitaba entre el pasado perfecto y el presente, generando una confusión que me empujó a arrojarme a Google para comprobar si ya había muerto. Pero no. Ahí seguía el anuncio de su hijo y ese "Límite 48 horas" que lo mismo vale para pronosticar una agonía, titular una película o convocar a las rebajas de El Corte Inglés.

Lo malo es que la muerte es muy suya y no debe gustarle que nadie haga de portavoz y se adelante a sus ejecuciones. La ventaja es que el pobre Suárez perdió hace tiempo la lucidez y aunque hoy se produjera el milagro de su recuperación no tendría que vérselas con tanta necrológica anticipada. (A veces el destino impide comprobar los desatinos (Ommmh...).

Lo dejo ya, no sin antes proponerme la redacción de esas "Instrucciones para mi propia muerte", una versión alternativa al famoso Testamento Vital. En ella dejaré dicho dónde, cuándo y con qué estilismo quiero ser despedida. Y sobre todo en qué momento de mi agonía elijo ser dada por muerta. No querría que mi casa se llenara de plañideros antes de tiempo ni que mis Chukinas se vean obligadas a servir canapés durante varios días tontamente.

Respecto a los traidores, si los hubo, que sepan que Roma sigue sin pagar...






jueves, 20 de marzo de 2014

MENTIRAS Y UN AVIÓN MALAYO


Lo primero que descubro al despertar es que James Salter publica novela -"Todo lo que hay" (Ed. Salamandra) a sus 88 años; la primera en décadas. Y está destacado en la portada de elmundo.es, para que luego digan que la cultura no interesa. Comparte honores con la celebración del día de la Felicidad, la misteriosa desaparición del vuelo de Malasya -ese thriller apasionante-  el asunto de Crimea o el último episodio de la Gurtel. Desde Guatemala, donde anda de visital real, la Reina proclama un "El Rey me pide que traslade su más sincero afecto" que suena a chamusquina protocolaria y desde luego poco convincente.

Hay roles donde la mentira se da por sentada y forma parte del guión. Ayer comí con L., un treintañero encantador destinado a perpetuar el peso de unos apellidos muy pesados y ligados al Opus Dei. Me preguntó con cierta ingenuidad si los periodistas mienten. Le dije: "Algunos sí, y otros no".  Me pareció que se encontraba en un dilema moral sobre el asunto, y enseguida pasó a contarme cómo su padre lo había apartado de un ambiente concreto enviándole a estudiar a los internados más alejados y en idiomas que no conocía. "Al final conseguí adaptarme a cualquier país, ambiente y situación. Pero soy un desarraigado".
Vladimir Putin

Casualmente el día anterior otra persona, una mujer de largo recorrido vital, me había desvelado que pasó su niñez en un internado británico porque su padre se empeñó en que lo más crucial de este mundo era saber idiomas. Sufrió como una condenada, sintió frío por las noches y ese temblor de la nostalgia y volvió con un perfecto british y la determinación de que nunca condenaría a un hijo suyo al exilio. Pero lo hizo. 

(El desarraigo es un avión que desaparece en un punto ignoto del planeta. Los circuitos detenidos, las comunicaciones congeladas).

Creo que podría dividirse a los padres entre los que educan para el presente -pocos- y los que educan para el día de mañana. A mí siempre me ha sorprendido ese afán que tenemos de lanzar consignas de futuro: "estudia esto o lo otro, que cuando seas mayor habrá mucha competencia..." y me sorprende que nuestros hijos no nos digan "¿Y el ahora, qué?". La gran mentira de los padres es que no sabemos qué hacer, así que postergamos todo al éxito que vendrá, mientras los niños crecen y cambian de talla de zapatos. Mi querido L. es un huérfano con muchas cuentas pendientes con su historia familiar y tantas horas de vuelo que podría dar la vuelta al mundo con los puntos de su Iberia Plus. Habla dos o tres idiomas, es lector y escritor aficionado y siente que aún no ha consolidado un proyecto personal a la altura de su estirpe. Conmovedor.

Los periodistas mienten. Tanto como cualquiera, querido L. Algunos se niegan a hacerlo aunque en el camino se pierda una scoop. Los hombres mienten. Pero no todos. Ayer le hablé a L. del hombre más íntegro que conozco y se quedó muy sorprendido. Los escritores mienten, pero deben ser honestos. La fabulación permite desahogar toda la mentira necesaria para la supervivencia. Salter es un privilegiado.

Los rusos mienten. Vladimir Putin sabe que no está liberando a los ucranianos de Crimea de nada, pero se monta una ceremonia zarista para representarlo y luego se marca unos abdominales entre bambalinas.

La trama Gurtel es una gran mentira que funciona como muñeca matroska. Abres una y descubres la siguiente, en un mareo de siglas que ríete de este blog. 

El Día de la Felicidad es una gran trola para esos que se perdieron en un avión malayo y para la población general. Pero no para mí, que pienso irme a comprar el último de Salter, convencida de que pasaré unas horas de hipnótica alegría entre sus brazos. Y por eso le mando "mi más sincero afecto" al estilo de la Reina. Pero va en serio, James, te juro que esto no es literatura...













miércoles, 19 de marzo de 2014

LO QUE DIGA TU PADRE

-Papá, he vuelto a Madrid.
-¿Pero no ibas a estar una semana en Sicilia?
-Sí, pero he roto con X...Hacía 44 grados a la sombra.
-(Silencio sostenido) 
-¿Papá?
-Aquí también ha hecho mucho calor. Ni te imaginas.

Cuando mi padre no sabe qué decir, saca al hombre del tiempo que lleva dentro. A mi padre, en general, le cuesta desenvolverse en los retos de intimidad como le cuesta decir que no. Cuando éramos adolescentes y pedíamos permiso para ir a una fiesta, era mi madre la portadora de negativas, pero el protocolo de entonces exigía un "lo que diga tu padre" tan sobreactuado como  poco convincente, y mi padre seguía el rollo sacudiendo la cabeza y sin dejar de regar el jardín con la manguera verde, el pantalón medio caído y un pitillo balanceándose en la boca.

Ser padre en la prehistoria consistía en no olvidar que la autoridad pendía sobre tu cabeza.  Pero la realidad es que eran las madres quienes mandaban. Esa esquizofrenia funcional condenó a muchos hombres al diván. Pero entonces los psicólogos eran unos "cantamañanas" y sus clientes locos de atar.

Ser padre, hoy lo recuerdo,  era regar el jardín, encender la barbacoa, pasar limpiafondos a la piscina, arreglar los aparatos eléctricos que se rompían, fumar hasta en el coche, ver el fútbol con el volumen bien alto, faltar a las reuniones del colegio, llamarte "cabaretera" sin llegabas cinco minutos después de la hora y corear la bronca de tu madre cuando cateabas matemáticas: "Vas a terminar siendo cajera de Galerías Preciados", sentenciaba. Y yo pensaba para mí: "cajera no, papi, que esas tocan teclas con números y se lían con las vueltas", pero me guardaba muy mucho de decirlo.  
Galerías Preciados o la modernidad

Galerías Preciados era la versión cañí de El Corte Inglés. Sus cajeras carecían de ese orgullo de broker que enseñoreaban éstas. Eran más pizpiretas, más deshinhibidas y más descerebradas, me temo. Así que terminar tus días con las uñas descascarilladas, el culo atrofiado y envuelta en una bata acrílica se me antojaba una pesadilla. Si no fuera porque las amenazas de mi padre raramente se cumplían. Porque mi padre era un trozo de pan que llegaba deslomado del trabajo,  ejecutaba su rol como buenamente podía -tirando a regu- y se iba a la cama lo antes posible.

Un padre era el oráculo de los nóes. Pero en el caso del mío yo siempre sospeché que los suyos carecían de toda consistencia moral y desde luego, de convicción. Eran un disfraz algo postizo que venía en el kit de padre de aquellos maravillosos años. Como el Seat 124 o la negativa a parar si te estabas haciendo pis en los viajes interminables  donde siendo cinco hermanos siempre había uno apurado o a punto de vómito.

Creo que mi padre llevaba una madre dentro pero no pudo sacarla, así que fue coreando las consignas de macho de la manada con poca vocación e irregular desempeño. Hoy  es un firme defensor de sus nietas y sería incapaz de negarles todo lo que nos negó a nosotros porque estaba en el guión. El tótem de la autoridad como una dictadura invisible.

-Papaaaaaaaaaaaaá, traéme ya las bragas de la suerte (Mi sobrina R, 5 años)
-Ya voy, hija, ya voy, no grites tanto (mi hermano I., padre amoroso con autoridad natural y sin manguera)

(Feliz Día del Padre a todos los hombres que han entendido que ser padre era conquistar el territorio de la ternura y compartir los nóes con las madres. Un alivio).






lunes, 17 de marzo de 2014

FINJAMOS QUE ES VIERNES

"Revolcándome en el lodo, jugando a ser osezno, mi inocencia era aterradora. Niño que nace en un entorno de matanzas, niño que adopta la matanza y la encuentra normal. A mí, al menos, me pasó. Y eso previamente a los efectos de la testosterona, antes de la pubertad. Yo ya era un monstruo antes de convertirme en otra clase de monstruo". "Goat Mountain", David Vann (Literatura Random House)

El protagonista del libro que me ha aterrorizado el fin de semana tiene la edad de Minichuki -once años-y a las pocas páginas de arrancar el relato mata a propósito a un hombre en una jornada de caza. Se lo cuento a las Chukinas cuando llegan de pasar el fin de semana con su padre y estiran las orejas. Más aún cuando les explico que el chaval no siente ni medio remordimiento, y que su abuelo trata de matarlo con un machete mientras duerme. "Poco después, prosigo, padre y abuelo se enzarzan en una pelea y éste le clava un tenedor en el brazo a su propio hijo, ante la mirada del nieto".

Mi adolescente, que ha fingido desinterés sin despegar su mirada del smartphone, sentencia: "Vaya libros que lees, mami... Pero quiere saber más.

En ese momento en el telediario cuentan la noticia del aumento de casos de violencia a menores. La Fundación Anar arroja unas cifras escalofriantes. El maltrato en familia, protegido por los muros domésticos y el blindaje del silencio. La enana se lamenta de no haber llegado a tiempo de anotar el teléfono de auxilio. Luego me obliga a explicarle el conflicto de Crimea y enseguida se concentra en la noticia del naufragio de un barco en Asturias. "Al buzo se le rompió el traje, por eso no han podido bajar a hacer el boquete al barco. Mañana voy a contar esto en clase".

Ayer las chukis y yo fingimos que era viernes y cenamos pizza. La alegría de abrir la puerta los domingos alternos y recibirlas es el mejor deja vu imaginado. A veces se me cuelgan del cuello y otras se hacen las interesantes y escenifican una displicencia naif por el pasillo, pero a mí me da lo mismo. En un rato estaremos las tres en el sofá, bien apiñadas, y a poco que contenga mi impaciencia recibiré un relato jugoso. 

"Mamá, D. pidió salir el viernes a tres niñas de la clase, y yo me eché a llorar porque ya sabes que me gusta desde infantil. Me da vergüenza ir al cole, se van a reír de mí. ¿Qué cara pongo?", me pregunta mi osezna mientras se engulle su tercera porción de pizza. "Pues tú llegas como si nada, y al bobo ése ni lo mires, como si fuera transparente. Si no se ha dado cuenta de lo que tiene delante es que es miope".

Minichuki se encoge de hombros y me muestra su último invento. Una especie de arma letal  sin gatillo que oculta una mira telescópica desde donde puedes observar el mundo como el mejor espía. "Además, lo conectas a este chip -acerca una grapadora- y graba los datos ocultos de quien quieras espiar...Creo que me ha salido un gran invento". A Minichuki el ingenio y la creatividad la distraen del desamor. Como a todos.

Invento telescópico de Minichuki
A los once años los niños las prefieren rubias. Las prefieren con tops que con camisas de cuadros. Las prefieren aprendices de coquetas a inventoras que juegan al fútbol. Algunos crecen y siguen con sus preferencias. Otros se dan cuenta de que una mujer con mundo propio y sentido de la acción es un ciclón que te agita el suelo y te despierta del letargo. "No son muchos, pero son los que merecen la pena", les explico a las chukis como si una madre que lee libros raros y detesta a esos hombres me miran a todas mientras toman café con la suya fuera una gran experta en la materia.

"Hay hombres que sólo saben tratar con niñas", me decía el otro día T. en una interesante charla de la que saqué en claro dos cosas: 1. Debo explicar a mis chukinas que no tiene sentido luchar por hombres que  tratan de encerrarte en una casita de muñecas rosa chicle. 2.Debo animar a mi inventora a que construya un artefacto para detectar futuros hombres interesantes. Aquellos a los que cuando enchufes la grabadora con su chip prodigioso te devuelvan un hallazgo único, un relato sólo para tus oídos.

Y en cuanto al mequetrefe D., deseo que encuentre lo que se merece en su inocencia convencional. Que Minichuki, con su corta estatura y su apabullante determinación, le queda muy pero que muy grande. (Sí, a veces soy una madre tiñosa)

"Pensamos en Caín como en aquel que mató a su hermano, pero ¿a quién podía matar si no? Fueron los dos primeros en nacer. Caín mató a lo que tenía a mano. Que ellos dos fueran hermanos no tiene nada que ver". David Mann. "Goat Mountain".




domingo, 16 de marzo de 2014

DE COW BOYS Y MARICONES (DALLAS BUYERS CLUB)

Que un guapo tenga que adelgazar hasta el esperpento para demostrar que es un buen actor es un desafío peligroso que a  Mathew McConaughey  le ha salido bien. Ayer lo pensaba viendo Dallas Buyers Club. Una película que no le ha convencido a Carlos Boyero pero que me gustó, sobre todo, por la relación entre el protagonista -un tipejillo buscavidas, puesto de coca, de alcohol y de chicas (chochitos, en el argot)  que contrae el virus del sida- y Jared Leno, un travesti también enfermo y dotado de los rasgos más delicadamente femeninos que he visto en un hombre (además de un par de piernas que ya las querrían muchas mujeres).

Lo que empieza en una partida de cartas entre ambos dentro del box del hospital donde el machirulo que ha contraído una enfermedad "de yonquis y maricones" (recordemos que así era en los ochenta) y la travesti con bata rosa y grotesco maquillaje, evoluciona hacia una relación solidaria que cede a la ternura y termina en un cierto tipo de amor. Ese que permite el abrazo cálido y sincero entre hombres.

Siempre me ha llamado la atención la amistad hombre a hombre. Cuando yo era pequeña no se besaban como ahora mis amigos, gays o heteros. Las niñas volvíamos de vacaciones y nos abrazábamos con efusión, pero los chicos apenas se acercaban y componían unas muecas envaradas con un fondo de tímida contención del sentimiento. Como mucho, se golpeaban los hombros en un gesto tan descargado de espontaneidad que más parecía una invitación a la pelea.
Jared Leno, Con faldas y a lo loco

Los padres tampoco iban mucho más allá en las efusiones. Un choque de manos o la palmetada   a distancia prudencial. El mío, que era de los efusivos, sonreía con franqueza al saludar pero guardaba escrupulosamente la distancia de seguridad. Entonces los gays eran "sarasas", "invertidos"... 0 directamente "maricones". Y el abrazo cálido se reservaba a los amigos íntimos, que no eran tantos. Y a las grandes ocasiones, como bodas y entierros.

Creo que los hombres han ido conquistando un derecho a la intimidad que se los había vetado. Mientras las mujeres quemaban sujetadores y después se echaban a la calle a reclamar igualdad, ellos callaban y nunca que yo recuerde salieron a exigir con pancartas su derecho a expresar el sentimiento. Abiertamente. Sin levantar sospechas ni arriesgarse a ser marginados por el grupo.

Hace no tanto los padres apenas besaban a los hijos varones. Se limitaban a revolverles el pelo y a explicarles con poco detalle qué era eso de "ser o hacerse un hombre". Hoy mis amigos con hijos han entendido que ser un hombre pasa por adquirir rudimentos que para sus padres y abuelos eran de mujer. Y que eso no es de maricones. Porque además los maricones ahora son gays. Y aunque algunos aún sufren los portazos airados del armario, muchos, cada vez más, defienden su sexualidad sin disimulos. Y diría que han ayudado a los heteros a manifestarse sin golpear. Con besos, caricias y abrazos de los buenos.

Dallas Buyers Club no es una película perfecta, estoy de acuerdo con Boyero. Pero es una gran crónica de lo que fuimos, contada desde el extremo más sórdido. Y con una carga de esperanza y de ternura muy de agradecer.

Porque sales convencido de que ser hombre hoy -gay, hetero o mediopensionista- es, sin duda, es mucho mejor y más llevadero que en los ochenta.








jueves, 13 de marzo de 2014

UNA PAREJA ES UN PLAN

Me cuenta D. que el otro día, en un semáforo, presenció una interesante conversación de pareja. "Él era muy pijo, pero ella se salía", puntualiza. El tipo le decía a su mujer que el fin de semana había invitado a comer trufa a alguien, a lo que ella, visiblemente irritada, respondió: "¿Y por qué tenemos que invitar a ésos? La respuesta fue muy convincente: "Porque es un plan".

Al darse cuenta de que todo el semáforo estaba pendiente de su discusión, la mujer empezó a hablar en francés. En este punto D. reproduce un par de frases con meticulosa exactitud, acento Sorbona y esa leve sonrisilla mefistofélica del que ha violado la furiosa intimidad de una tacaña bilingüe.

Una pareja sin un plan es un naufragio. Una pareja frágil o mal avenida, me refiero. Lo que apuntala a las parejas cuando el amor flaquea es una agenda bien cargada donde apenas haya hiatos o espacios en blanco. Abismos de silencio donde uno, o los dos, de repente puedan pensar: ¿Y yo qué hacía con este/a?

Sospecho de las parejas que hablan sin parar y de las que no hacen nunca planes a solas. Rodearse de terceros es el parapeto más eficaz para que el vacío no te inunde.  A veces los terceros son los hijos, y cuando se van de casa suenan las trompetas y los ejércitos se desperezan como tras una larga siesta y sacan sus armas, un poco atrofiados pero con la determinación de Atila.

Hay excepciones, desde luego,  porque una es tan reduccionista como fan de la trufa en cualquiera de sus formas gastronómicas. Tuve un novio in ille tempore tan extremadamente sociable que cuando paseábamos siempre se le ocurría visitar a alguien. "Mira, ahí vive una ex vecina de una prima tercera de mi madre. ¡Vamos a saludarla!". Yo me encogía de hombros y recuerdo haber tragado en bastantes ocasiones, por defecto de juventud o por falta de carácter. La consecuencia fue que a partir de entonces me aseguré de enamorarme de insociables, huraños o misántropos diagnosticados. Seres con mucha vida interior y ninguna necesidad de visitar señoras a horas intempestivas.

Una pareja sin plan es un mapamundi de colores extendido sobre una mesa de castaño viejo. Una tarde de sofá y película. Un tú a Boston y yo a California, pero cerca. Un asalto de cama y un desayuno largo y estrecho con el periódico y los pensamientos al vuelo. Un paseo sin paradas. Un viaje a ninguna parte que no cuestiona el sendero ni las fondas. El cómodo aire sin palabras que lo sobrevuelen. Las zapatillas de franela y el ligero desorden que no incordia.

Para esas otras parejas, las de la trufa, hay alternativas al suicidio. Alguien me contó el otro día que existe una empresa especializada en confeccionar planes de fin de semana a medida. Cada jueves y una vez que rellenas un cuestionario con tus gustos y aficiones, más los de la contraparte, te envían un mail con propuestas que atiborran esas 48 horas de tensión y desasosiego. El reto es no parar quieto un minuto. El frenesí de un programa que haría palidecer de envidia a los touroperadores más sádicos, esos que te llevan a recorrer 15 países europeos en diez días. 

Se trata de aturdir a las parejas. De impedir un sarpullido de desazón. De someterlas a un trasiego tan feroz que al llegar a casa por la noche se derrumben en la cama y por fin tengan algo común de lo que hablar que no sea un subterfugio contra el pánico:

-Menuda paliza nos han metido, darling. Estoy tan agotado que no puedo ni hablar.
-Pues calla y duerme, mon cherie. Hasta mañana.







miércoles, 12 de marzo de 2014

LA BARBIE QUE NO FUI

Barbie&Ken
Leo que el reinado de Barbie languidece. Las ventas de la muñeca más tonta de la historia cayeron un 4% el año pasado  y un artista llamado Nickolai Lamm  ha lanzado a su competencia: Lammily, una mujer de plástico de hechuras alejadas de la pasarela, sin maquillaje y con un fondo de armario básico en el que no se admiten lentejuelas, tops ceñidos ni wonderbrás.

En adelante, las niñas no querrán seducir al bobo y heterogay Ken sino al responsable de Médicos sin Fronteras. Mattel tiembla en su laboratorio de bobitas con plataformas y se dispone, imaginamos, a salir al contraataque para liderar la causa de la mujer real. Esa entelequia que ninguna niña quiere ser, en el fondo, pero que a los padres nos calma la conciencia.

Debo confesar que en mi casa no hay muñecas. Las Chukis nacieron con un gen desalmado heredado suponemos de una madre que lo más sexy que tuvo en juguetes fue la Nancy. Una muñeca cabezona, escasa de curvas y sin tacones que mi hermana y yo vestíamos con gruesos jerseys de punto que nos tejía nuestra abuela y que ligaba con los Madelman de mis hermanos, esos que yo envidiaba secretamente. Recuerdo con toda nitidez a mi Nancy negra (toda una transgresión en los 70) subida al tanque de juguete de Geyperman, el otro hombrecillo que alfombró nuestro cuarto de juegos.
Barbie vs.Lammily

Las niñas de mi generación crecimos con un modelo de pareja en el que el varón era muy pequeño (Nancy le doblaba el tamaño y la envergadura, no digamos la cabeza), iba siempre de uniforme y estaba listo para coger el fusil, como Johnny. Y no recuerdo que las Femen de entonces se alteraran. Esos diminutos seres inexpresivos comoun ficus benjamina tenían armas de mortífera destrucción masiva, pero no hubieran resistido el golpe de cadera de nuestras Nancys.

Nancy era el corazón, y Geyperman la acción. O sea, los tópicos de género de toda la vida inoculados en un hogar de clase media donde mi madre predicaba la igualdad con matices y mi padre desayunaba huevo frito los domingos.

Nunca tuve un Barbie. Llegué tarde al sex appeal de esa muñeca cursi que sí disfrutó  la siguiente generación. Con esa melena de Rapunzel casquivana, esa cintura de avispa y esas piernas interminables de cabaretera como modelo, las niñas necesariamente salían al mercado sentimental más armadas que nosotras. Listas para componer mohínes, fingirse debiluchas y mover el culo sobre sus stilettos. Mientras que las de la Nancy habíamos sido entrenadas para compartir tanques y someter a "los Geyper" (así los llamábamos coloquialmente en casa) ataviadas con un jersey de punto
Las Nancys cándidas
de picaba muy oversize, porque entonces todo se nos daba crecedero. Incluso los looks de muñeca.

Nadie clamó al cielo y así nos fue. Las proclamas antisexismo tardarían en llegar, y en mi familia -donde se escuchaban marchas militares, Maria Dolores Pradera  y zarzuela a tutiplén- bastante tenían con organizar a cinco fieras como para darse cuenta de la educación subliminal que recibíamos de nuestros juguetes.

Gayperman, el modelo de hombre de mi infancia
Creo que íntimamente siempre soñé con una Barbie pero nunca me atreví a admitirlo, ni siquiera ante mí misma. En su lugar, un día le pinté la raya de los ojos con boli verde a mis Nancys y confeccioné toscamente unos biquinis. Es posible que ese día mis muñecas propusieran a los Geyper que se bajaran del tanque para conversar a la orilla de un río. Y fijo que mis hermanos me ignoraron.

A los trece años pedí mi último muñeco a los Reyes pero ya no jugué con él. Dije adiós a la infancia y mi madre me compró mi primer sujetador. Para cuando empecé a avistar a los Geyperman de carne y hueso ya era tarde para contoneos de sirena, así que me aproximé a ellos con el mismo aire marcial que mi Nancy se acercaba al tanque. Sólo me faltó gritar "¡¡¡Presenten armas, ar!!!".  Y hoy sigo huérfana de Barbie y de modelo de seducción fatal.

Y espero que las Femen entiendan por qué no pienso quemar los escaparates de las jugueterías, como ellas.






martes, 11 de marzo de 2014

LOS MISTERIOS DE CEZANNE

"Deberías de retroceder dos mil años en tus lecturas"


Cada vez que J.E me da una orden, tiendo a obedecer por si tiene razón. Él ha decidido obviar la literatura contemporánea -no digamos ya la modernícola- y tirarse a la yugular de los filósofos griegos, sabedor de que encierran verdades como puños. Mientras, los demás mariposeamos por historias banales (a su juicio) que entretienen las horas y los días, y él, con la obstinación del misionero, nos lleva a las comidas fotocopias de ensayo sobre asuntos tan sesudos que,  nos advierte,  no vamos a entender. Margaritas a los cerdos.

Después suelta una carcajada ostentórea de las suyas y los vecinos de mesa levantan la ceja.

Ayer, tras contarles a él y a F.  que me había pasado el fin de semana reaprendiendo historia de España con mi adolescente, me puso a prueba: "¿Cuál es la fecha del pronunciamiento de Riego?" Naturalmente, no la recordaba, así que le robé una croqueta del plato y me concentré para que el dios de las fechas me alumbrara el Trienio Liberal.  No hubo manera, de modo que me tragué la humillación y juré por San Google que nunca más iría a las comidas con este hombre sin llevar bien aprendida la lección.
Poema/Thyssen

Por la tarde corrí al Museo Thyssen invitada por primera vez como bloguera a una visita privada. El director artístico del museo, Guillermo Solana, bailaba alrededor de los cuadros de Cezanne (Cezanne Site/non site) y nos completaba la impresión con datos para mí desconocidos u olvidados, como que sus pinturas de Gardanne dieron pie al Cubismo, que era misántropo, que  defendía su espacio como su vida o que tuvo una vida paralela y un hijo ilegítimo con una mujer. Me di cuenta de cómo me excita el borde espumoso de la cultura, y pensé que J.E ha pinchado hueso conmigo.

La curva en el camino. Los desnudos en bosques improbables. Las montañas azules que no nos asombran porque consiguen convencernos de que una montaña siempre ha sido de ese color. La sensualidad de las frutas de unos bodegones pintados con obsesión repetitiva. El jarrón gris. Otra vez el jarrón gris. Y los secretos. Cezanne en el colegio. La profesora de Arte, Arcadia, estirada y gris. Bostezos en el aula. El timbre del recreo.

"Hay préstamos de particulares que no dan la cara. Sotheby´s, por ejemplo, nos pone en la pista y entonces se ofrece para enviarles una carta del Museo con la solicitud -explicaba Solana- Nosotros a veces no sabemos el nombre ni el apellido del prestamista".

Así, mientras todos veían manzanas y mebrillos yo imaginaba la historia del prestamista secreto. Y también la del correo que trajo cada lienzo. Un misterioso caballero, sin duda, que viaja de incógnito con una caja hermética -80x60, imaginamos- y no le quita ojo porque en su interior duerme un cuadro que vale millones y encierra una historia que hay que interpretar. Y en el trayecto conoce a una mujer, que no puede evitar fijarse en la valija y que trata de hablar con su custodio. "¿Conoce usted la peripecia de Fernando VII, sabría la fecha del pronunciamiento de Riego? ¿Le apetece un té?"

Ayer yo era consciente, más que nunca,  de que para disfrutar de un cuadro primero debo emocionarme y luego poner palabras. La erudición sin pasión no me interesa, me repito, pero una vez dentro del bosque, de la casa vacía, del sendero hermético que conduce a la nada, agradecía infinito las referencias de Guillermo Solana, que agitaba los brazos como un director de orquesta enloquecido frente a los lienzos, y nos iluminaba como a alumnos ansiosos de saber y devorarse la vida.



Cabaña, Cezanne. Mi favorito


Anoche, tras la resaca de colores, decidí que mi cuadro favorito de la expo de Cezanne  es una acuarela de pequeño formato. Una cabaña abandonada en el bosque.  No es el más valioso ni el más impresionante. Pero me interpela, me conmueve con su misterio y podría ser el arranque de un relato. Ya lo siento...

(Espero que mi querido J.E no me considere un caso perdido)











lunes, 10 de marzo de 2014

¿TOCAR TETA EN EL RETIRO ES AMOR?

Woodstock
-¿Cuántos años tienes?
-Tengo 82
-¿Y te los notas?

Ayer un encuentro entre vecinas y ex vecinas a pie de portal dio no menos de cuatro o cinco titulares y abundantes carcajadas domingueras. La del ¿te los notas? nos acababa de confesar su edad -50- y que "con estos años una ya puede despanzurrarse a gusto" (se refería a permitir que las carnes se expandan a su libre albedrío).  La otra, mi amiga M.J, que fue vecina y con la que intercambiaba gazpacho y confidencias, estaba preocupada porque esta semana vuela a Camboya, "y mira ese avión que se ha estrellado y no lo encuentran, sólo hay una mancha de aceite...Voy a tener que ir drogada, Orfidal o algo...".

Su madre, la adorable señora de los 82, confesó que igual este verano se arranca y se pone biquini por primera vez en su vida, que de jovencita y en el ambiente militar en el que creció "estaba muy mal visto". Y la cuarta en ciernes, hermana de MJ, remataba con un "es que mi madre no tiene un ápice de celulitis en las piernas", que provocó en la señora un gesto de orgullo y coquetería tan puro que me hubiera gustado hacerle una foto con el siguiente pie: "Mujer estupenda de 82 que no nota sus años y se dirige con paso firme a por su primer dos piezas".

Yo volvía de El Retiro, a donde había ido buscando la soledad de un árbol y un banco para leer y me encontré con Woodstock. Miles de madrileños y adláteres invadían efervescentes de primavera y sol los paseos de ese parque tan querido y era inútil tratar de emboscarse porque todo estaba ocupado por piernas, brazos y cabezas en una orgía light multicolor. Al fin, desestimé el banco y busqué un árbol con un trozo de césped sin bicho humano. Abrí mi libro y me enfrasqué en la lectura, hasta que una conversación cercana sacó a la curiosa que me habita.

-Tú a mí no me quieres, sólo te gusta que esté y te haga caso. Pero no me quieres.
-Cuántas veces tengo que decírtelo para que me creas, gordita. Si hasta te escribí la carta esa...
-Sí, pero estaba llena de faltas de ortografía, que me lo dijo la Celi. ¡Menudo bajón!
-No seas quisquillosa y deja que te toque una teta, anda.

En ese punto volví a clavar la vista en el libro, temerosa de que el poeta del amor cumpliera su amenaza y se abalanzara sobre la chica, de unos veinte años, pechugona y despanzurrada prematura, vestida con una mini/fajín y pantys color carne cuya entrepierna colgona asomaba bajo la ¿falda?. Y es posible que sucediera porque se hizo un silencio de unos cuantos segundos, que aproveché para reflexionar:  

¿Podría enamorarme de un tipo con faltas de ortografía que prueba la fuerza de su amor magreándote en Woodstock? ¿Qué lleva a una chica bien nutrida y sensible a juntarse con un tipejillo en chándal flaco como un perro y poco dado al romanticismo? ¿Tocar una teta es una prueba irrefutable de amor bajo un castaño? ¿Debería esa chica guardar la carta para cuando vengan tiempos de zozobra y la duda se instale entre sus pechos y otro hombre le baile el agua mirándola a los ojos y no al culo?

Cuando levanté la vista la pareja se estaba dando un lote sideral y casi me rozaban, así que cerré mi libro y salí pitando y un poco entristecida. Pensé que el cortejo de esos dos era  una montaña rusa donde para sentir hace falta tirarse de muy arriba, y gritar tapandose los ojos. Y vomitar acaso al llegar al suelo. Luego pensé que igual me estoy haciendo mayor y sin desestimar el lote en la pradera, del que soy partidaria, no trago con el chándal sin deporte ni pienso despanzurrarme a los cincuenta.

Que me gustaría que a mi adolescente su chico le dijera ternuras al oído, en rima sonante o asonante, y le escribiera cartas muy largas con relatos bien urdidos. Que yo misma guardo algunas para cuando llegue a los 82 y no tenga nostalgia de biquini pero sí de love is in the air y de tardes de domingo bajo un árbol.

Y que dejarse tocar una teta puede ser poesía o casquería. (Un pareado, sí, tipejillo del chándal).