miércoles, 30 de abril de 2014

YO ENTIENDO DE AMISTAD

1-"No tengo el coño en primavera para las artes escénicas". Lo dice U., y luego se acerca a mi mesa remolón: "apunta, apunta...", porque sabe que soy su mejor fan y que sólo con las transcripciones de sus sentencias podría escribir una Ana Karenina muy gay, muy transgresora y muy contemporánea.

2-Me llama mi amigo J.M., y me confiesa que a veces escribe cartas a su mujer y a sus hijos: "Como me cuesta expresar mis sentimientos, de vez en cuando utilizo la escritura". Ya he dicho otras veces lo que admiro a J.M. por su habilidad como constructor de relatos -ese agudo ingenio para urdir- por la lealtad a sus compromisos y su brillantez profesional,  pero también por esa ternura tan comedida y catalana, que estalla cuando menos te lo esperas y te alumbra con su llama. (Sí, J.M es ese hombre con el que me pierdo por las ciudades. Un desnortado patológico, como yo misma)

3-Como con M. en un coqueto restaurante de paredes azul plomo y flores frescas aquí o allá y hablamos de... hombres. De amores fatales, imposibles, improbables y de esos otros construidos poco a poco, en las trincheras, incómodos a ratos, trabajados, que un día se resuelven como un sudoku y se vuelven inmortales. De hombres que llaman para hablar a las tres de la mañana y de los que se despiden a las once y dan los buenos días con el sol. M. es tan rápida y tan divertida que se nos hace corto. Compartimos taxi sin saber si el trayecto nos interesa a ambas. Las ganas de estar juntas.

4-A C. su ex novio de hace tantos años la sigue reclamando para verse. A veces le pregunta ¿me dejas que te toque el trasero?, y ella se deja por los buenos tiempos. No es que él sea un maduro rijoso y ella una enfermera del amor, es que ambos a veces están solos y el roce por los viejos tiempos es glorioso para él y nostálgico o compasivo para ella.

5-"Hoy he dado 8.834 pasos", me informa D., que tiene un programa en su móvil para contabilizar sus movimientos. En realidad son zancadas, porque D.compite con todos los semáforos de la Castellana y suele ganar, no se le cierra ni uno. Es el único hombre trajeado que va corriendo por la calle sin que le persiga un toro.  Cuando voy a su lado contiene sus ganas de azuzarme para que participe en en encierro fantasma y luego se burla de mis tacones.  (Sospecho que poner cifras a la vida es una forma de apresarla y que no se nos escape. Un órdago a la muerte).

6-Minichuki a su hermana: "Me da igual no entender de wasap, yo entiendo de amistad". Las sentencias de la enana a menudo te descolocan. Ayer llegamos de urgencias con un huesecillo roto de su pie y forcejeábamos por el pasillo, ella colgada de mi cuello: "Creo que esta situación va a ser insostenible", me dijo muy seria ante mi incompetencia. "¿Serás capaz de ducharme ahora?".




martes, 29 de abril de 2014

UNA NIÑA ESCONDIDA DETRÁS DE SÍ

"Recuerdo a tu hija I. cuando nos conocimos. Era una niña escondida detrás de sí misma"

Ayer mi amigo J. el Pirata, patriarca de esa pandilla de Asturias múltiple, genial y luminosa,  me regaló esta frase por teléfono y corrí a contársela a la interesada, que se sonrió tímidamente mientras encogía los hombros como si quisiera abrazarse el corazón, ese gesto tan suyo.

Mi adolescente estaba estudiando, rodeada de libros y papeles y con el cuello proyectado hacia adelante como una tortuga. Zafarrancho de combate. La trinchera era un folio invadido por su escritura microscópica y un vaso con los restos del café. Y esa mirada azul turquesa de conejillo cansado, surcada de ojeras porque se juega mucho en un mes y lo sabe.

Por la noche, me acuesto antes que ella y siento que abandono la torre del vigía. Me cuesta creer que han pasado tantos años desde que yo misma me preparaba los exámenes finales de COU y la Selectividad, con esa sensación de tener toda la vida por delante, sí, pero detrás de un obstáculo tan largo y correoso como una cordillera. Noto que, sin proponérmelo, estos días la llamo en diminutivo y hemos dejado de discutir porque ambas comos conscientes de que no hay tiempo ni energía que perder.

Por primera vez en muchos años me asalta ese impulso salvaje de madre que quiere evitar que su hija sufra. Si pudiera, iría al examen en su lugar. "Cae García Márquez, fijo que este año cae", sería la conversación en los corrillos de la clase. Pero mi hija, que tiene 17 años y ahora la veo niña, tan enjuta y pálida de responsabilidad, apenas comenta lo que se le viene encima, oculta como está en su cuerpo, perdida en un laberinto donde nadie más puede entrar. Y me veo llamando a su puerta, observándola en la media distancia y preparando el zumo de naranja y el sandwich cada mañana en una ceremonia silenciosa que ella agradece sin hablar, mientras apura  el vaso en cuatro tragos y el mixto en tres y medio para volar a su mochila y a su pelo y después salir pitando con su hermana.

Un día menos en el calendario. Ya queda un día menos.

En estos días siento que ser madre o padre de adolescente se parece a velar armas.  Uno no puede intervenir, y a menudo no debe, pero hay que estar. Mi hija agradece el movimiento a su alrededor, la caricia dejada distraídamente, la pastilla para sus migrañas junto al vaso de leche, el horario estricto de las comidas y el descanso. Saber que si levanta la vista va a encontrarme. Aunque apenas me dirija la palabra. Y a través de la pared que separa su cuarto del mío la oigo respirar, trabajosa, y la veo frotarse los ojos y mirar el reloj. Y me levanto para darle el toque de queda. Y protesta porque aún no ha terminado la lección, y le digo que quince minutos más, y me vuelvo a la cama pero me levanto hasta comprobar que duerme. Y ahí soy madre antes que nada. Casi tan madre como cuando ella nació y a ratos me asomaba vigilante a su cunita para asegurarme de que respiraba, esa ansiedad de primeriza.

Lo dejo ya. Su despertador está a punto de sonar y aún se deja despertar como cuando era pequeña y abandonaba el parapeto de su cuerpo para refugiarse en el mío. Tan tímida y tan ella.




lunes, 28 de abril de 2014

DOS TURCOS, UN ESCRITOR

Uno es autor consagrado, ha vivido rodeado de una cierta vitola de polémica y consiguió el Premio Nóbel a los 54 años.  "El arte de la novela se basa ante todo en la compasión", rezaba ayer el titular, que subrayé de inmediato, cautivada por su hondura y su verdad. El otro es una star que ha irrumpido en el planeta de los best sellers con un panfleto disfrazado de libro que se carga todos los pilares de la corrección política y ataca indiscriminadamente a los gais, mujeres e inmigrantes: "Han olvidado que la inmigración tiene que ser un negocio para el país de acogida. Si no, se transforma en colonización".

Ambos son turcos, y la casualidad quiso que ayer ofrecieran sendas entrevistas en la prensa.

El primero se llama Orhan Pamuk y ofrece la sonrisa amplia, profunda y confiada de los seres que bucean la vida, batallan, la interpretan  y consiguen perdonar, ese talismán, justo antes -o después- de ponerle palabras: "Puede que reescriba mucho los comienzos, hasta 50 veces, pero cuando llego al medio y me doy cuenta realmente de qué va, entonces decido el final. Debe aparecer espontáneamente. La naturaleza de los personajes lo da. Aparece con el proceso de la escritura. Les dedico tiempo a las criaturas que pueblan mis historias, me paso con ellos tres y cuatro años, lo voy descubriendo poco a poco, aunque domino plenamente su temática..."

El otro es un tal Akif Pirinçci y saluda con una pose de escritor maldito que fuma muy siglo XX. Tan caricaturesco en su provocación que da risa: "Cien mil personas han comprado mi libro en sólo dos semanas. En este tiempo, he ganado 300.000 euros por un libro que tardé tres semanas y media en escribir. No está mal, ¿verdad?".

No está mal, querido fantoche. No dudo que tu obra, que no pienso leer ni citar aquí, será de consumo fácil, como una de esas ensaladas de lata que abres y huele a comida de perro pero es gloria bendita para estómagos acostumbrados a digerir bazofia. Conectar con el racista, el homófobo o el misógeno que muchos llevan dentro no es difícil. Incluso en una sociedad tan sensible al menosprecio y a la xenofobia como la alemana. Las bajas pasiones son las mismas que alimentan la audiencia de programas canallas de la televisión, y eso no convierte a una sociedad en canalla, sino que alienta la necesidad del contrapunto de los exquisitos, de los íntegros, de los reflexivos.

Seguro que en tres semanas has perpetrado un novelón dirigido, como dices,  a "gente harta que quiere oír la verdad". Esa gente que respinga porque los "maricones" se están haciendo los dueños del share, o porque los inmigrantes acaparan los trabajos. Todos hemos ido en un taxi con un conductor que soltaba este tipo de perlas, y que no necesitaba más que una chispa de aquiescencia para inflamarse.

Personalmente desconfío de las poses. Y sobre todo, de la frivolidad cuando no es un juego de la inteligencia. Creo, tiparraco, que lo tuyo es una boutade y que de tres semanas deberían haberte sobrado dos. Y espero me perdones que no ojee ni hojee tu novela, y que sin embargo me entren ganas de atacar "El castillo blanco" y conseguir llegar a las claves de elaboración de un texto de calidad. Ese que posee distintos niveles de comprensión. Ese que te proyecta, te detiene, te zarandea, te cuesta digerir a ratos,  y cuando llegas al final sientes que ha transformado algunas fibras de tu ser. Que, en el mejor de los casos, has descifrado uno o dos enigmas de su estructura solidamente construida. Dirigida al cerebro, al espíritu. No a las vísceras. Ese donde los buenos no son tan buenos ni los malos tan malos.

Querido Akif Pirinçci, inmigrante turco en Alemania (por cierto). Espero que el éxito no te haga pensar que has transformado a nadie. Simplemente has removido sus bilis, su podredumbre, su banalidad, su ira, su rencor, ese magma de bajezas tan humano sobre el que Pamuk escribiría una verdadera novela. Con esa mirada compasiva, con ese talento capaz de iluminar tu fast foof y convertir sus ingredientes en foie.

Espero que esos cien mil lectores que han acudido a ti con el reclamo del odio entiendan por qué les duele la barriga y necesitan un antiácido antes de irse a la cama y después de despotricar contra las mujeres, los maricas y los inmigrantes. Qué fácil, que previsible.

Que sepas que los catadores de buena literatura jamás se detendrán a contemplarte. Y que si por casualidad hay algo de talento entre las páginas de esa novela, has perdido una gran oportunidad de demostrarlo al exhibir una lata de ensalada cutre como reclamo.








domingo, 27 de abril de 2014

LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL CIELO (Relato de un funeral)

El otro día asistí a un funeral y tuve sentimientos encontrados.

El sacerdote parecía conocer bien a la difunta. Normalmente sucede lo contrario y el resultado es una frialdad tal que uno piensa que con tan extraño embajador será difícil que nadie abra las puertas del cielo: "Hombre de 79 años, fallecido de un ataque al corazón y sin pecados mortales aparentes. Deja esposa y cuatro hijos despegados. No se le vio por misa en varias décadas, pero vamos a dar por bueno que era temeroso de dios"

Un funeral estándar se caracteriza porque el cura habla de oído y los familiares y amigos guardan respetuoso silencio, se enjugan las lágrimas o agradecen a la vida estar allí, palpitantes, mientras afuera el sol invita a saltar y a celebrar que hoy es hoy y hay latido. Recuerdo que mi amiga A., argentina de un humor endiabladamente divertido e irónico, me dijo una vez que ella "debutó" el día que enterraron a su abuela. O sea, que perdió su virginidad con el cadáver aún caliente, y tiene todo el sentido. Morir o ver un muerto es presenciar el propio destino. Y la pasión es el antídoto necesario, inevitable.

La cosa es que el sacerdote conocía a la difunta, y buena parte de su homilía consistió en desvelar cómo ella había recuperado su fe, con tal falta de pudor que reprodujo incluso frases de la conversación más íntima entre ambos. Dios, la Virgen, las oraciones, el momento de la extrema unción. Todo relatado ante las más de doscientas personas que llenábamos esa iglesia diseñada por Miguel Fisac donde hace apenas unos años mi familia y yo habíamos llorado la muerte demasiado temprana de mi primo. Y fue en esa misma iglesia no porque él tuviera fe, me temo que era profundamente ateo, sino porque era arquitecto y admirador del arquitecto del Opus Dei, y le parecía que de ser velado en alguna parte, mejor con un entorno soberbio de proporciones, volúmenes y esas espectaculares bóvedas de hormigón.
Iglesia del Espíritu Santo. Miguel Fisac

No sé si el cura era el mismo. Puede que sí porque lo recuerdo anodino. Pero sé que sentí que estaba violando el secreto profesional más sagrado. Ese que le transmite un ser humano que sabe que se muere y que experimenta momentos de clarividencia, desesperación, rabia, ternura o, puede que sí, de fe ardiente. "Su corazón ardío", repetía una y otra vez refiriéndose a la difunta. Y ya sé que no soy quién para cuestionar las últimas voluntades de nadie, pero me cuesta creer que ella le hubiera permitido en vida contar tales secretos y presumir ante el respetable del poder del espíritu santo.

Luego intuí que era una maniobra desesperada. Que ese ministro de la Iglesia sabe que se le va la clientela. Que la cla de dios envejece y no hay relevo, pese a que el Papa Francisco ha llegado con nuevos bríos y un mensaje más vendedor y honesto. Y tal vez soñaba con contagiar a una o dos ovejas descarriadas de entre las que nos santiguábamos el viernes mientras escuchábamos el relato de una muerte larga por culpa de una venenosa enfermedad, glosada por el confesor.

Pero sé que no me gustaría nada que en mi funeral me desnudaran de esa manera. Que los instantes de mayor trascendencia de mi vida quisiera que se enterraran o ardieran conmigo. Que ya les dejaré escrito a los seres que amo aquello que sentí y me transformó, sin portavoces ni intermediarios. Que quizás sea mejor un sepelio estándar donde el cura no me conozca pero suene un movimiento del Requiem de Mozart,  íntimo pero compartible.

Lo del otro día lo sentí impúdico y casi obsceno, y espero que dios, si andaba por allí, me perdone. También por salir rápidamente en cuanto nos dijeron "podéis ir en paz" arrastrada por ese torrente imparable que es la fe en la vida. En el amor. En otra tarde de viernes con mis hijas, una pizza y una peli enredadas en el sofá. Tan contentas.


sábado, 26 de abril de 2014

EL PORNO COMO ONG

Activismo en pelotas. Fuck for Forest
Fuck for forest. Así se llama la ONG alemana que recauda fondos para proyectos ecológicos mediante la difusión de videos porno entre sus socios. Al parecer, cuentan con 4000 usuarios que se ponen las botas viendo a desconocidos follar a saco, con perdón, con causa y en plan amateur. Porque cada polvo rescata una sequoia o un abedul (yo con las especies me lío)  y es bien sabido que consumir sexo ajeno está muy feo, pero si es con coartada moral la cosa cambia.

Leo la noticia hoy y se me dispara la imaginación, esa loca desatada que encima carece de currículum como voyeur X. Me pregunto que si Günter y Kelly, pongamos, se lo hacen en un prado entre gorjeos de ruiseñor (vencejo? grajo? Con los pájaros me pasa como con los árboles) no estarán violando las sagradas normas de la organización, dado que con sus culos aplastarán no pocas briznas de hierba, y que es posible que alguna sustancia química corporal contamine el manto orgánico y que sus gemidos espanten a no pocas cabras (ovejas?) y polvo a polvo terminen alterando el ecosistema y un día estos ecologistas del amor se las vean con los otros, los de Greenpeace, que son bastante menos cariñosos y prefieren forcejear en barco y sin quitarse demasiada ropa.
Activismo vestido

A mí el activismo sobreactuado me ha parecido sospechoso de toda la vida. Y el porno, un mecanismo fácil para saltarse lo de la seducción y la alteridad y provocar un cataclismo rapidito mientras ya de paso te cuentan que la mujer es un objeto -depilado como un calamar, eso sí- y el hombre un sátiro con enorme pene y dos o tres movimientos en su coreografía íntima. Así que juntar singermornismo y onanismo se me antoja el tandem ideal para una ONG donde posturitas y salidos encontrarán un objetivo vital. Una cruzada, más bien.

Y entre orgasmo y orgasmo pensarán que están contrubuyendo a un mundo mejor, sin darse cuenta de que los de Fuck for Forest son más puritanos que la santa Iglesia Católica. Y lo que intentan con su iniciativa es captar a todos esos descarriados que se atiborran de sexo cibernético los viernes y festivos (algunos entran a este blog por error, calientes perdidos al leer su título, y se deben quedar petrificados de decepción empiezan a leer. Lo que viene siendo un coitus interruptus en toda regla).

El mensaje salvífico es obvio: "Queridos hermanos, ya que vais a pecar de todos modos hacedlo sabiendo que redimís parte de vuestra culpa. Cada click vuestro es una margarita silvestre que sobrevivirá. Cada cinco clicks, un castaño y por el pack de 100 clicks no os saldrán granos como decían esos señores de antes sino que entraréis en un sorteo de muñenas hinchables que cantan "Edelweiss, edelweiss" cuando os sobreviene el orgasmo.

Aquí lo dejo, que este post lo leen a veces mis Chukis y no quisiera que se avergonzaran de su madre. Dejo además la dirección de la ONG por si alquien se anima y porque creo que desgrava en la Declaración de la Renta. Un saludo a los salidillos del bosque y un claim gratis a los organizadores, para que vean que las del cole de las monjas nos perdimos mucho cine del bueno, pero  a imaginación no nos gana nadie: "Tírate a tu novio/a ante las cámaras y evitarás que alguien tire un pino candiense". O algo así...




miércoles, 23 de abril de 2014

LA VIDA A PLAZOS

Cuaderno de bitácora. Hoy, en la tempestad eterna de la noche, he sentido que se me agotaba el plazo. Que debo seleccionar de entre la maraña de historias que me susurran al oído voces de autores muertos y enterrados, esa que tendrá largo recorrido. Un cheque en blanco para fabular sin diletancia. O con ella. Haber llegado hasta aquí sin demasiados arañazos me ha convertido en una observadora permanente de gestos y palabras. Una voyeur enzarzada en la plácida comodidad de la misión cortoplacista. Que todo empiece y acabe en una hora es un alivio. Pero, ¿qué pasaría si alejáramos la línea de meta unos pasos, unos metros, una pequeña eternidad?

La culpa la tiene D. y su empeño en ver juntos la Fórmula-1. O más bien la salida, ese monumental hormiguero furioso que se desparrama y busca hueco a riesgo de pegársela con el de al lado. La estrategia de unos y de otros. El momento de respostar, que nunca es baladí (sí, yo era de las que pensaban que el combustible se echa cuando se agota, pero parece que no. No exactamente). La información que transmiten esas voces metálicas y entrecortadas del director del equipo. Un cordón umbilical que nutre al piloto y lo alienta y lo acompaña en la soledad dramática de ese habitáculo diminuto a 300 km por hora. La decisión del tipo de ruedas, duras o blandas... Y así transcurren las vueltas. Una, y otra, y otra más, en medio de un ruido que ya no ensordece a nadie, como antaño,  y que explota desde unos motores modificados para no contaminar demasiado el medio ambiente. Otro guiño al futuro de los que se quedan.

Nunca hubiera pensado que la carrera más vertiginosa del mundo obedeciera a las leyes del medio y largoplacismo. El corto plazo es para el vértigo, las ilusiones vanas y la pulsión de muerte. El largo para los niños, que amanecen con la certeza de que cada segundo es eterno y se estira, en una fantasía de perpetuidad tan formidable que el día que se pierde les hace llorar sin consuelo.

Hay misiones que requieren su tiempo. Carreras que arrancan a trompicones y, si logras superar la punzada en el costado, esa tentación brutal de detenerte en la cuneta, recuperas el resuello, el cuerpo se adapta a los contornos de la voluntad y el trote al pensamiento. Ese instante es un regalo porque te hace sentir que puedes, que ha entrado un chute de aire limpio en tu musculatura. Que ya podría desatarse una tempestad que tus piernas van a seguir tirando. Y entonces, aunque seas corredor aficionado y a menudo desfallecido, como es el caso, tu mente se adelanta a tu organismo y le va dando órdenes y aliento. Y ese momento efímero desencadena una excitación tal que si te mueven la meta un poco, no demasiado, puede que ni te enteres.

Detengo ya el tono manual de autoayuda, que esto no iba de correr. Hoy he pensado que el mayor síntoma de madurez es ser dueño y administrador de los plazos. Y aplicarlos a un libro, a un amor, a una decisión profesional, a un destino. Sin quedarse corto ni largo, me parece. Habitar el largoplacismo permanente te vuelve cicatero y podría sorprenderte con la muerte antes de culminar nada (creo que la famosa parábola de los talentos se refiere a eso, debo releerla).

Lo dejo ya, que la ducha me reclama. A partir de ahora voy a añadir a mis listas una de plazos que no cumpliré del todo, desde luego. Un cierto misterio, la sorpresa, el salto al vacío, el encuentro inesperado, la pasión fatal, el desenfreno no deben faltar en el menú de cualquier historia que no haga bostezar. Ser completamente previsible y obediente con los planes trazados le quita mucha emoción a la vida. Y se parece a un anticipo de la muerte.




martes, 22 de abril de 2014

RESCATE TÁNTRICO (Mujer de mediana edad encerrada en el baño. Una historia real)

Una mujer de mediana edad se queda encerrada en el cuarto de baño. Forcejea con el picaporte y comprueba que no va a poder salir por sí misma. Empieza a golpear tímidamente la puerta, y luego pierde la timidez. No es una situación airosa para nadie, así que el equipo de salvamento menos cualificado de la historia se persona -nos personamos- con un arsenal de ideas como para abrir un butrón en una joyería pero no para un rescate de emergencia a esas horas en las que las luces de la oficina se han ido apagando.

Probamos con una moneda, y de pronto recordé el truco de la tarjeta de crédito. En una época convulsa de mi vida solía dejarme las llaves puestas por dentro de casa, y llamaba al cerrajero cada dos por tres. El hombre, que a veces tenía toda la pinta de haber sido ratero antes de pasarse al otro lado, sacaba de su maletín de herramientas una humilde tarjeta de crédito y la introducía por el quicio, para tirar enérgicamente y...¡abra cadabra!. Yo entonces solía exclamar con alborozo: ¡Qué fácil, no?, y el tipo me miraba con cierto sarcasmo y un "¿sí? Pues a ver si sabes hacerlo solita, rubia, que a este paso Mapfre te retira la póliza por reincidencia" muy elocuente.

Así que ayer tiré de background y me contorsioné con la tarjeta arriba y abajo mientras L., la prisionera del wc, me decía: "Que no, que estoy viendo desde aquí que no se mueve el pasador ni un poquito". Tardé un rato en rendirme a la evidencia, y entonces pedí la segunda arma letal:

-Necesitamos una pinza de depilar. ¿Quién tiene una?

Mientras, L. nos reclamaba su teléfono móvil, que se le pasó a través de las rejillas respiradero de la puerta, y hacía la llamada del reo. El comodín del público. A su marido, desde luego, que sin perder la calma le hizo dos preguntas muy propias de marido:

A- ¿Estás sola?
B-¿Han ido a buscar la palanqueta?

Sí, él sugería una palanqueta y yo una pinza de depilar. Todos los tópicos de género se condensaban en uno que podría dar título a un best seller costroso de amplia difusión en la Feria del Libro o en la Teletienda. "De palanquetas y pinzas de depilar. Por qué los hombres entran a saco y las mujeres pelo a pelo". Pero nosotras conseguimos algo mejor: localizar al de mantenimiento. Un señor menudo, encantador, canoso y grunge que respira zen por los cuatro costados, lleva coleta y tiene pinta de practicar sexo tántrico. El hombre daba instrucciones a L. despacio, como si se tratara de un ejercicio de relajación, y ella contestaba: que no, que no, que no...

-Venga, que lo estás haciendo muy bien.

L. declararía después que se hundió al escuchar esa frase porque encerraba los peores presagios. El zen bajó sin prisas a buscar "la herramienta" y la cla de cuatro mujeres que acompañábamos a la Rapunzel del inodoro nos reactivamos. Con la pinza de depilar V., una ratilla nerviosa y lista, consiguió sacar la tapa del picaporte, e instó a L. a hacer lo propio con la suya. Ya teníamos contacto visual cuando llegó el Mr. Zen cargado de destornilladores y palanquetas. Pero no había manera. L. sudaba pero se sentía poderosa con su móvil. Yo hacía fotos al operario y se las mandaba por wasap a L. y a su marido, que me contestó un"Tampoco hay tanta prisa, oye..", muy inquietante. Al final, Mr Zen dijo la frase: "Ha ocurrido lo peor. El pasador se ha roto".

-Pues pase al plan B. Sugerí. Método Rodríguez. O sea, patada en la puerta.

El hombre me miró con cierta prevención, se encogió de hombros, advirtió a L. de sus intenciones ("súbete al váter, majeta", le dijimos) y sólo después el zen se lanzó como un kamikaze contra la puerta, que se abrió al fin para alegría de la prisionera y todos celebramos el sucedido con euforia propia de un lunes de rentré bien animado.

Hoy, pasado el calor del momento, he extraído dos conclusiones de calado: Que en adelante pienso ir al baño con mi móvil y una palanqueta -sea lo que sea este instrumento- y que el tantrismo es absolutamente inútil para la vida práctica (y tengo mis reservas sobre el asunto sexual, pero a falta de experiencia daremos por bueno que el megaorgasmo sin roce existe, como las meigas).

P.d: Por su parte L., recuperada la libertad, sólo se lamentó de que no la hubiera rescatado un bombero macizo. 






lunes, 21 de abril de 2014

CONVERSACIONES DE PAREJA

"Por regla general no soy uno de mis temas de conversación, sólo podría serlo si alguna vez te interesara... lo cual podría ocurrir, ¿sabes? -añadió, frunciendo de nuevo el ceño-. ¿Es tan extraño que quiera hacerme sitio en tu vida?" (Elisabeth Bowen. El fragor del día. Ed. Impedimenta)

A las cuatro de la mañana me despertó el estrépito de las gotas de agua contra el patio, alféizares y  persianas. La furia de la naturaleza y la discusión agria, sorda y deshilachada de dos vecinos. Una pareja que se reprochaba quién había descansado y quién no estas vacaciones. Tuve que luchar entre la pereza de mi cuerpo de corcho cruzado en la cama y la curiosidad malsana de asomarme a ver si le ponía cara al conflicto.

-Te has pasado una semana sin hablar con mi hermana. (Ella)
-¿Y de qué tenemos que hablar, después de veinte años? Me sé de sobra todo lo que va a decir (Él)
-Por lo menos podías tener ese detalle conmigo.(Ella)
-Déjate de detalles, son las cuatro de la mañana. (Él)
-¿Has cerrado la puerta con llave? (Ella)
Elisabeth Bowen
-¿La has cerrado tú? (Él)

Las parejas de muchos años se enquistan en previsibles discusiones circulares. Inocentes reproches que encierran un nido de culebras venenosas a poco que rascas la superficie. No hay nada inocente en un diálogo sobre la cuñada de él, si oculta una metahistoria de intolerancias que, sumadas, podrían desencadenar la tercera guerra mundial. Toda pareja tiene uno o dos temas sensibles y su supervivencia depende a menudo de la habilidad de ambos por sortearlas como esas minas antipersona que perviven durante décadas tras el fin oficial de un conflicto.

Anoche las gotas de agua eran bombas napalm. Y la cuñada una granada de mano lista para dinamitar la frágil paz de un hombre y una mujer que hicieron la maleta hace unos días fingiendo ser felices y se han traído al fantasma de la hermana de ella para retomar la partida de ajedrez más torticera y endiablada. Esa que acaba en tablas y con los contrincantes heridos y sin unidad de reanimación a la redonda.

-Y en cuanto a nosotros -dijo- Piénsalo.
-Nunca te querría.
-Nunca me han querido.
-¿Y te sorprende?
-Podría salir bien, nos iríamos conociendo.

Atesoro una colección de conversaciones de pareja y pienso clasificarlas por colores, como esas cintas del pelo de una mercería de barrio. Pulcras, de seda, chinz o de rasos brillantes, rematadas con un cello transparente para que no se desbaraten. Debajo de una frase inocente puede haber tanta crueldad como en una granja de pollos. Pero también toda la grandeza, toda la generosidad y la entrega desprovistas de cualquier atisbo de poesía. Las mejor literatura al respecto no se desgasta en escenas dramáticas de muchos decibelios o en los accesos de pasión desbordada que ya no experimentan mis vecinos de patio, sino en la deliciosa cotidianidad de preparar el desayuno del otro mientras éste duerme o escribe. O ir a buscarlo en coche para que no se moje con la lluvia. O llevarle cada noche el vaso de agua a la mesilla. Todos estos gestos hay que conservarlos delicadamente en la memoria para cuando vengan tiempos peores y llueva y las contraventanas chirríen.

-Pero...¿quién es tan indiscreto como para que le guste escuchar conversaciones ajenas) -respondió Stella.
-Supongo que todo el mundo. Ya sabes cómo hablo yo, sin ir más lejos.
-Solamente sé cómo hablas conmigo. Yo no cuento.

Decididamente tengo que prestar más atención a Elisabeth Bowen. Arranca el último trimestre del curso y ahí afuera se han inundado las esperanzas de algunos. Mis vecinos, en un rato, se levantarán y ya no se acordarán de la cuñada. A veces conviene no prestar atención a las frases o gestos que duelen, y convenir que son gestos, son palabras. Una suma de palabras que se lleva el viento. Y luego escampa y el aire huele a ropa recién lavada y con suerte te regala el arranque de una historia. De amor o desamor. Como todas las historias.








sábado, 19 de abril de 2014

MACONDO Y EL MACONDISMO

Me pregunto cuánto hace que están listos los obituarios de García Márquez. Y por qué son tan coincidentes. Si la muerte de un grande nos deja frente a un espectáculo tan unívoco que no admite más perspectiva que la del reconocimiento universal, la fanfarria y un cierto tufillo cursi y pelín impostado sobre cómo cambió nuestra vida “Cien años de Soledad”.

A mí “Cien años de Soledad” no me cambió la vida y pido perdón a los puristas. Formaba parte de esas lecturas obligatorias que sólo te deslumbran cuando un día, tiempo después y por alguna fuerza misteriosa del destino, abres la primera página distraídamente, y luego la segunda y así hasta enamorarte de Aureliano Buendía. A riesgo de irritar a los grandes macondistas , sí recuerdo por ejemplo mi turbación con La sombra del ciprés es alargada, de Delibes. Quizás porque cuando cayó en mis manos era el momento crucial de una adolescencia en llamas que buscaba el eco a tanta desazón entre los libros. Y el hielo de Macondo estaba frío y no parecía ofrecer demasiadas respuestas.

Así que ahora que ya parezco una detractora del colombiano, diré que hoy no leería a Delibes, pero sí “El Coronel no tiene quien le escriba”. Uno va acompasando las lecturas a su ciclo vital, me parece. Y eso ejerce una fuerza transformadora que hace que cuando se te acaba un libro experimentes una suerte de orfandad y mires al siguiente con recelo. Hay una cadena invisible de lecturas que se parece a la de los cuadros en una exposición. A veces uno compite tanto con el de al lado que lo anula y lo condena al pelotón del olvido. Los grandes museos, que trabajan con prediseños en sus exposiciones permanentes, saben lo que es la impotencia de no poder mover un lienzo fagocitado por su vecino de la izquierda. La energía de las pinceladas, la torsión de un cuerpo salvaje, el inquietante velo de los ojos de una virgen... y así.

Que te quieran cuando has muerto tiene mucho de irónico, pero es una fatalidad natural. A García Márquez lo convirtieron en mito en vida, y puede que así lo mataran entre todos. Si eres un símbolo, un prócer del baile mágico con las palabras, un maestro del periodismo, una voz de esas que cuando hablan desencadenan el silencio universal, date por muerto. Las plumas de muchos prepararán los panegíricos funestos mucho antes de que se te olvide respirar. Y es posible que sabiéndote cadáver renuncies a toda actividad creativa y te tientes el cuerpo cada noche para comprobar que aún hay latido.

Me pregunto si García Márquez -jamás lo llamaría Gabo, esas familiaridades hay que dejárselas a los allegados y pretenders- llegó a detestar Macondo y el macondismo. Si la criatura devino en monstruo voraz. Si le pasó como a esos artistas que tratan de avanzar pero en los conciertos les piden siempre los mismos temas: “¡¡¡Like a Rolling Stone, Like a Rolling Stone!!!”. Sospecho que muchos de los que estos días han colgado en sus muros estremecedoras reseñas de su arrebatada pasión por el autor en realidad hace tiempo que lo abandonaron a su suerte.


O puede que sea yo, que con el cuerpo de vacaciones y esta desidia diletante de descifrar la identidad de los árboles como principal tarea, haya matado al escritor como en su "Crónica de una muerte anunciada”, y ayer, al encontrarme esa letanía de obituarios enlatados, dolientes  y pomposos experimentara extrañamiento y esa incomodidad de no formar parte del grupo dominante.

Y quizás deba hacérmelo mirar. Y disculparme a los dioses del Olimpo literario que deben estar haciendo los honores a su nuevo miembro, que afila la pluma para un discurso inédito de ingreso que no podrán glosar los panegiristas vocacionales. Esos que viven su momentazo a costa de la muerte y de la gloria ajena.



jueves, 17 de abril de 2014

CONFUNDIR ABEJAS CON AVISPAS

 
Alcornoque con vocación de encina
1.Suelo confundir cuesta con pendiente, encina con alcornoque, cepa con parra y abeja con avispa. Hasta ahora he sobrevivido a la confusión sin más consecuencias que cierta zozobra social de poca monta, y ser corregida con mayor o menor vehemencia. Al menos ya no confundo embalse con pantano. Hace años que sé que uno es resultado de la mano del hombre y otro del capricho de la naturaleza. O eso creo.

2.Un enjambre de ¿abejas? ha horadado el tejado de D. y revolotean amenazantes por lo que iba a ser nuestro rincón del desayuno. Resulta irónico que un animalito de poco más de un centímetro frustre los planes del hombre. Pero la venganza está servida porque Greenpeace asegura hoy que la mayoría de los panales están contaminados. Las venganzas de los estúpidos suelen ser así. Fastidiar al otro aunque te envenenes tú.

3.Todas las películas disponibles en esta casa tienen animales en la cubierta. Perros en su mayoría. El entorno es salvaje y naif como una de Lassie, y cualquier esfuerzo por intelectualizarlo es tan absurdo como tratar de silenciar el gorjeo de los pájaros.

4.Llega el señor de las abejas. Eran abejas. ¿Podemos echar insecticida? Negativo. “Son especies protegidas”, dice el hombre, que ha entrado fingiendo no darse cuenta de que estábamos en pijama y con los pelos disparados. “Hay que llevárselas bien temprano de mañana, porque luego aprieta la calor y se enrabietan”.

5.Arranqué “Harriet” (Elisabeth Jenkins. editorial Alba) anoche tras encontrar el ángulo exacto de lectura. El libro fue editado en 1934 y parece haber sobrevivido muy bien a los embates del tiempo. Lo más curioso, las descripciones de la belleza femenina, que nunca es convencional ni perfecta, sino que se detiene en eso que tiene de excepcional una cara vulgar, un arco del cuello o unas caderas dulces y generosas. Sin embargo escojo la visión de un hombre bajo la mirada de su mujer: “Cuando lo miraba, no pensaba que era el hombre más atractivo que había visto en su vida: sencillamente no era consciente de haber visto a ningún otro. (…) Patrick tenía dos lunares debajo del párpado izquierdo que Elisabeth ya le habría borrado a besos si no fuera porque estaban allí por voluntad de la mano indeleble de la naturaleza”.

Elisabeth Jenkins, leo, se relacionó vagamente con el grupo de Bloomsbury pero no simpatizaba con Virginia Woolf. Entiendo que no debía ser fácil entrar en esa hermandad de genios excéntricos donde las fronteras del sexo y el equilibrio mental estaban tan difuminadas. Así que a cambio se conformó con fundar la Jane Austin Society. Murió en 2010 y en su obituario de The Telegraph se lee: “El talento especial de Elisabeth Jenkins en sus novelas fue la descripción de la victimización de frágiles personajes que inspiran simpatía, a manos de gente que lo único que tiene de memorable es la crueldad”.

P.D. ¿Matar abejas es cruel?
P.D.2. ¿Cómo es posible que no haya sabido de la existencia de Jenkins hasta que hace unos meses mi querida B. me la hizo llegar con un mensaje que decía: “esta es de las que a ti te gustan, ya verás”. Tan Austin, tan moderna pese al paso de los años. Esa pátina divina de las buenas letras...
P.D. Me declaro partidaria de la belleza menos obvia, como Elisabeth. Esa que ves y que  te ven los que te quieren y se detienen en el detalle que no caduca con los años, con los días, con las horas.




martes, 15 de abril de 2014

TERRORES DE INFANCIA

Salgo a correr cada día con el mismo miedo de siempre: encontrarme a un perro en el camino. Un perro suelto, sin amo a la redonda. Mi peor pesadilla es encararlo en una carretera angosta y sin salida. El perro es el temor que resume todos los temores de mi infancia y cuando voy acompañada me agarro al brazo ajeno y escondo mi cuerpo. Tengo otra vez no más de seis u ocho años. Estoy en el pueblo pirenaico de mi abuela y hay un pastor alemán que en cuanto me ve corre detrás de mí con las fauces abiertas. El corazón se me trepa hasta la boca y salgo pitando, despavorida. Mis padres ríen, les hace mucha gracia. Yo temo dos cosas: el mordisco que me contagiará la rabia y perderme por las calles de una aldea que para mí es el laberinto del minotauro. Sudo a mares, me deshago en líquido salado y me tiembla todo el cuerpo en estertores de muerte.

La venganza del adulto es reírse de los temores que sintieron de pequeños. Un mayor es un niño resentido que entrega el relevo podrido a otro niño para acallar sus terrores. Luego se sumerge en el olvido y se ríe de sus hijos aterrados por un tobogán o el rugido de la aspiradora.

También me dan pánico los gatos. Dos amigas del mismo nombre tenían sendas felinas que me odiaban. Según entraba en sus casas arqueaban el lomo como si yo fuera un vampiro. Sus dueñas sonreían con cierta condescendencia y ante mi pavor terminaban metiendo a las fieras en una habitación. Pero yo no me quedaba tranquila y el café se me atragantaba.

Me da miedo el mar de noche, el andén del Metro por si un loco me empuja a las vías. La goma quemada, las turbulencias durante el vuelo, tropezar con unos tacones de mamarracha, hablar en inglés en público, coger frío en la tripa, el olor a cloro de una piscina olímpica, columpiarme sin control, salir de la ducha y que no haya toalla, las cucarachas, las multitudes, descorchar una botella de champán, ir al médico, las inyecciones o cualquier aguja por extensión, menos las de coser. Las películas de niños endemoniados...

Ayer, mientras me entrenaba, salió un perro negro en una calle solitaria. Era una cuesta larga como la noche de un insomne. Yo tenía los gemelos ardiendo del esfuerzo y una certeza: no podría acelerar si el chucho me atacaba. Decidí parar. Cogí un palo al borde de la cancela de una casa deshabitada. Recordé que a los perros y a los macarras no hay que mirarlos a los ojos. Miré las puntas de mis zapatillas, respiré despacio. El perro siguió su camino, sin dedicarme un segundo de su tiempo. Tuve ocho años otra vez. Volví a casa con mi madre. Pero no se lo conté a nadie.


lunes, 14 de abril de 2014

RETRATO DE MUJER SOLA CON PERRO

 
Hay una mujer que abandonó su condición de urbanita, se vino a vivir a la costa en un pareado con vistas a la pared de otro, se compró un chucho sin pedigrí y se echó un novio extranjero con el que visitar pueblos y alrededores en otro idioma. De su vida anterior le queda una melena que mantiene impecablemente tenida de rubio, el brushing inasequible a la brisa marina que ensortija y destroza cualquier empeño por conservar la ortodoxia del peinado, y una edad indeterminada entre los sesenta y la taxidermia. En su rostro, algún que otro retoque de jeringa o bisturí bien dosificado; su atuendo, esos blusones blancos que quieren ser ad-lib y se quedan en lib. Los pies con pedicura defectuosa y chanclas plateadas. Y una sonrisilla de satisfacción que pega la hebra con cualquier vecino o extraño que se cruza en su camino.

Conversaciones líquidas, que empiezan cogiendo carrerilla y terminan con un “ya nos veremos” inconsistente y nada prometedor.

Recuerdo a la mujer, 20 años atrás, en un crucero al que mi hermana y yo fuimos con mis padres. Ella andaba por los cuarenta y era la sexy de la oficina. El cañón del Colorado. “La divorciada”. De todo el grupo profesional de mi madre, era la única que nos parecía interesante. Por rubia, por sus atrevidos escotes y por esa actitud libérrima, posibilista y coquetona que parecí alterar por igual libidos, capitanes de barco y estabilidades matrimoniales. “¿Ya has quedado con A. en el crepúsculo?”, bromearían tiempo después mis hermanos a mi padre, que se tronchaba de risa con el personaje.

Cada noche, a la hora de la cena, mi hermana y yo observábamos su look renovado, el halo de su perfume y esa actitud de comehombres que era de insondable tristeza. A mí siempre me pareció una mujer muy sola, y me lo sigue pareciendo en su retiro de la playa, aunque los años le han quitado afán y le han dejado un poso de personaje irresistible y perdedor. Su casa, me cuenta mi madre, “es una bombonera”. La pared del salón la preside un retrato suyo de joven. “Yo llamaba la atención, no creas”, dice la interesada, y uno piensa que hay mujeres aferradas a la belleza que fue como un naúfrago a un tablón de madera. Mujeres que fueron por su melena, por el destello de sus ojos y por sus curvas endiabladas. Y que cuando pierden sus contornos se quedan en nada y flotan a la deriva y se compran un perro y cualgan su retrato en el salón. Y cuando lo miran sufren irremediablemente. Y se buscan un hombre, un amor extranjero que las ame por su presente, las distraiga y acepte que esas carnes olvidaran la firmeza.

Pero el pelo, la melena, impecable. El último bastión. Y una casita en la playa con vistas a un campo destartalado y a una pared, la del vecino, que no la mira con deseo, ya no. Y que la saluda por la mañana y le concede cinco minutos de charla ligera y cremosa, una charla vichyssoise, y la deja mirándose las uñas de los pies pensativa, y decidiendo que hoy toca ir al pueblo y darse una repasadita. Y comprarse un blusón muy blanco y muy lib. Por los viejos tiempos.




domingo, 13 de abril de 2014

VOS HACÉS EL AMOR CON CARA DE EMPLEADO

 Vos hacés el amor con cara de empleado” (La Tregua, Mario Benedetti)


Conocí a Mario Benedetti hace mucho años, en 1992, cuando fui a entrevistarlo a su casa del barrio de Prosperidad. Me abrió la puerta su mujer, y enseguida llegó él. Un hombre gris marengo con su eterno bigote, que siempre pensé que no se afeitaba por miedo a desaparecerse, a que nadie lo reconociera y a tener que vociferar “soy soy, soy yo”, por los pasillos de un congreso de autores latinoamericanos.

Yo era una pipiola enferma de curiosidad e inexperta. Él un escritor cuajado de aspecto tan humilde y anodino como un cobrador de autobús. Desapasionado en las formas, taciturno. De hablar pausado y leve sonrisa vencida e irónica que desmentían sus ojos atentos, brillantes como el carbón al sol. La casa olía a puchero rancio. Me atrevería a decir que era casi pulcra, pero no ordenada. El motivo de nuestro encuentro se llamaba “La borra del café”, y era su último libro. Yo nunca había utilizado la palabra “borra” y me sentí afortunada del hallazgo.

Me ofreció un mate. Acepté.

Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso. (…) A veces pienso qué haré cuando toda mi vida sea domingo. Quién sabe, a lo mejor me acostumbro a despertarme a las diez”.

La Tregua” es el diario de un hombre a punto de cumplir cincuenta años que sólo tiene un afán en su vida: jubilarse. Viudo desde hace más de veinte años, tiene tres hijos que le quieren regular, un trabajo mediocre y meticuloso y una meritoria feúna de la que se enamorisca para entretener el tedio y las horas. Eso al menos hasta la página 84, a la que llegué ansiosamente mientras tomaba el primer sol de la temporada. Ese shock que experimenta el cuerpo cuando vuelves a someterlo a un bikini (con "k", siempre con "k")y un sombrero de ala ancha. Vuelta y vuelta. El silbido de la brisa en las palmeras. El olor a bronceador de coco inexistente. La borra gloriosa del estío.

Recordé a Benedetti. Ese pedir perdón por existir de sus pasos en pantuflas de andar por casa, esos poemas que leía apasionada. Una mujer desnuda y en lo oscuro, Vas a parir felicidad, Arena entre mis dedos, Defender la alegría como una trinchera... Lo tenía delante, como si tal cosa... Me miraba con la complacencia del sabio y la delicada condescendencia de quien está ante un novato y no quiere humillarlo. Su mujer trajinaba por la casa y las estanterías reventaban de libros y de polvo. (O puede que no hubiera polvo y sólo exista en mi recuerdo, como el olor a col o la luz mortecina que entraba por los visillos esa tarde).

Vos hacés el amor con cara de empleado”. Subrayé la frase de inmediato. Me pareció elocuente, inspirada, divertida y elegantemente procaz. Imagino perfectamente esa cara en plena convulsión orgásmica, y a ese hombre muerto en vida que aspira a jubilarse para un suicidio en domingo, a partir de las diez de la mañana, después de haber apurado su mate amargo y despedido a esos tres desalmados con nombre de hijos. La vida como un pliego de descargas. El olor a rancio de la tarde de un barrio popular. Un organillo, tal vez. Una mujer con un vestido ceñido al talle. Fea, pero inspiradora. "Hueles a bosque", le dice él. Y se arranca el bigote, y se desaparece.

CURRÍCULUM

El cuento es muy sencillo
usted nace
contempla atribulado
el rojo azul del cielo
el pájaro que emigra
el torpe escarabajo
que su zapato aplastará
valiente

usted sufre
reclama por comida
y por costumbre
por obligación
llora limpio de culpas
extenuado
hasta que el sueño lo descalifica

usted ama
se transfigura y ama
por una eternidad tan provisoria
que hasta el orgullo se le vuelve tierno
y el corazón profético
se convierte en escombros

usted aprende
y usa lo aprendido
para volverse lentamente sabio
para saber que al fin el mundo es esto
en su mejor momento una nostalgia
en su peor momento un desamparo
y siempre siempre
un lío

entonces
usted muere.




sábado, 12 de abril de 2014

MEZCLAR CUADROS CON RAYAS=VACACIONES

Primera impresión
Un reportero de guerra clásico escribe su crónica en medio de un bombardeo. Una bloguera en tiempos de paz debe adaptarse a los sonidos burbujeantes de un gineceo y empastarlos con la bruma arenosa, las palmeras despeluchadas y las teorías de la enana sobre el cruasán con mantequilla y Torres de Malory, el libro que está leyendo. Un libro que yo leía de pequeña y que ha resistido el salto/abismo generacional a base de rediseño y buen trazo de personajes. Su hermana se ha traído uno de Ruiz Zafón, ese señor de éxito que confieso no he leído nunca, y yo atacaré “La Tregua” de Mario Benedetti en un primer asalto.

Pido disculpas por este arrebato costumbrista, pero llegamos anoche con el tiempo justo de cenar y dormir, las tres en el mismo cuarto. Una experiencia gozosa que se repite en vacaciones en este rincón del Sur donde dormimos como marmotas (despertarse a las 8 a.m es un desatino) y lo primero que he visto al abrir los ojos ha sido a mis hijas durmiendo y una mancha azul de fondo con el sol de amanecer convirtiendo la superficie en virutas de acero. Después, los diálogos cotidianos que te sitúan en el epicentro de la familia.

-Mamá, ¿qué vamos a hacer hoy?
-Ni idea, estamos de vacaciones.
-Ya, pero yo me tengo de organizar.
-¿Organizar, para qué?
-Pues para organizarme...

Lo leía yo y ahora mi hija
Comprobaréis que bien podría ser el intercambio de opiniones de dos premios Nóbel. Pero el primer mandamiento de las vacaciones es rebajar la exigencia general. De horarios, de costumbres, atuendo y hasta pensamientos. Somos presente puro y libertad incondicional. Habrá pescado frito, procesiones, carreras por la orilla de la playa y largas siestas.

No se me ocurre un plan mejor ni más trepidante. Arrancamos. 

(-Mamá,me voy a poner estos jeans, con esta camiseta de rayas y esta camisa de cuadros. ¿O cuadros y rayas no pegaban?
-Lo que quieras. Todo pega con todo)


viernes, 11 de abril de 2014

TEN UNA AVENTURA

Leo que  a partir de los tres años de relación aumenta el riesgo de infidelidad en la pareja. El estudio, riguroso, lo ha realizado una página de contactos extramatrimoniales llamada AshleyMadison.com. Su reclamo es: ten una aventura (como el de Faunia o el del Parque de Atracciones) O sea, una que se forra con los cuernos y facilita las cosas a esos hombres y mujeres que necesitan un extra de excitación en sus vidas.

Se me ocurre que este mismo portal debería incorporar el banner de una agencia de detectives, con un reclamo como este: ¿Tres años ya con el mismo/la misma? Empiece a sospechar AHORA. Detectives Hammett investiga a su pareja y detecta cualquier infidelidad antes de que se produzca".

Además, la web sería el vivero perfecto para un servicio de psicólogos, otro de coaching sentimental, un tercero de mediadores familiares, abogados divorcistas, canguros 24 horas y asistentas, por citar sólo unos cuantos. Por no hablar de merchadising de gadgets para espiar, para despistar a la pareja cuando uno está con su amante, aparatitos de alto contenido erótico, libros de autoayuda, detectores de ADN íntimo y así.


Es probable que el mercado de los cuernos sea mucho más rentable que el del amor, de ahí que muchos se empeñen en glosar lo infieles que somos con estadísticas como esta: Tanto que casi el 77% de las mujeres y el 66% de los hombres admiten que tener un amante ha tenido un efecto positivo en su relación.

Sin duda poner cuernos es muy saludable.  De hecho, toda pareja debería practicar cada trienio y así serían eternamente felices.  La realidad es que en toda mi vida de observadora de parejas no he encontrado a una sola que sostenga lo bien que le sentó engañar al otro.  Tengo amigos modernícolas que le quitan hierro a la cosa y separan sexo de amor con desenfadada naturalidad. Pero cuando han sabido que el otro andaba despistado con un hombre o una mujer reconocen haber sentido un pellizco en el estómago, y a veces en el corazón.

A riesgo de perder mi sólida reputación de moderna, les diría a los de AshleyMadison.com que se inventen estudios más verosímiles. Como que follar con muchos, con perdón, además de con la pareja, es beneficioso para la salud, cardiosaludable y favorece la sociabilidad y la variación en el menú de cama y sofá. Pero que saberse único y excepcional para alguien dibuja un territorio de intimidad profunda y eso tan básico y necesario en el amor que es la confianza.

Y que además los cuernos requieren mucha energía y capacidad de fabular mentiras arriesgadas. Vamos, que seguramente a la larga no compensa.

miércoles, 9 de abril de 2014

SI NO TE QUIEREN, DEBES IRTE (ESPAÑA/CATALUÑA))

Lo que más me interesa del asunto independentista catalán es hasta dónde se va a tensar la cuerda. Soy partidaria de no mantener a nadie a mi lado contra su voluntad. Es más, ante la mínima sospecha de desinterés del otro tiendo a hacer la maleta y me voy. Llamadlo orgullo, abulia o falta de recursos para encajar una derrota. No hay nada más patético que amagar y no dar:

-Como sigas así te dejo.
-Pues vale.
-Como sigas así, me voy...
-Ya, ya.

Las amenazas que no se cumplen generan descrédito y de ahí a la burla hay un paso. Los padres lo experimentamos a diario. No sé qué ha pensado Artur Mas al respecto. Pero me parece que la actitud reactiva de Rajoy es el revulsivo perfecto para excitar el debate y enfervorecer a las masas al convertirlas en víctimas de un "estado central opresor" que no reconoce la identidad de un país, de un territorio.

Ayer, mientras veía sin volumen el debate en el Congreso, pensaba qué pasaría si la votación hubiera favorecido la celebración de la consulta en Cataluña. Si el mensaje de nuestro aguerrido presidente y su cla, del resto del hemiciclo, hubiera sido: "Adelante, hagan el referendum. Pregunten a los catalanes si quieren vivir en un país con sus fronteras, su fiscalidad, su economía propia y todas las consecuencias que se deriven de la independencia. Bien explicaditas por expertos neutrales, a ser posible". Sin alegatos incendiarios contra la inconstitucionalidad, esa cruzada que desata el ardor guerrero de unos y el victimismo irritado de otros.

(La Constitución española es la moderna cruz de los cruzados)

Hace unos días mantuve una conversación sobre el asunto con un hombre muy mayor, andaluz reposado, inteligente, tolerante y nada visceral. Decía esto: "A mí la verdad es que este tema me pone nervioso. En ese sentido soy nacionalista español, pero por otro lado pienso que si los catalanes lo sienten ¿por qué no? Me molesta porque me siento no querido. "No queremos ser españoles, no queremos ser como tú", dicen, y se refieren a “estos fascistas de Madrid”. Ahí yo caigo en las trampas normales...  Si hay unas elecciones y las ganan, aunque sea ilegal, no sé cómo van a sortear eso. No van a llevar a los tanques..."

Lo que pone nerviosos a unos y a otros en este debate, me parece, es el sentimiento de menosprecio, la pasión desbordada que desata y ciega el discurso racional, ideológico. Al margen de lo que personalmente sienta, que no creo que sea interesante ni aporte nada a la humanidad, me parece que cualquier debate generado desde las tripas y el corazón está condenado a convertirse en una guerra. O como mínimo en una canción de Pimpinela.

Si no te quieren debes irte. Si te quieren más bien poco, debes irte. O al menos no poner un cerrojo bien grande en la puerta que recuerde al otro que está prisionero. Esta es la norma general y asumo que no puede transladarse a la ligera al terreno político. Pero no hay nada más bochornoso que un hombre o una mujer que lucha por su amor con una llave y un candado para que no se escape. A veces dejar la puerta abierta es la mejor manera de que no haya fugas.
Rajoy y Artur Mas

Que alguien explique a los catalanes y al resto las consecuencias de una ruptura. Los beneficios y los riesgos de toda índole. Que alguien diga que a todos les está interesando desatar las pasiones, el fervor, el proteccionismo, los fantasmas del pasado, la furia, la frustración, el miedo, porque un ejército sin soflamas es un desfile militar en la Castellana. Que alguien aplaque a las fieras y dialogue con ellas. 

Porque me parece que, como dice mi contertulio inteligente y veterano, todos estamos cayendo en las trampas normales. Y nos las ponen unos y otros, no lo olvidemos.







martes, 8 de abril de 2014

CLASES DE AMIGOS

"Lo que es superficial no duele, no engancha, me da igual".

Recibo este mail en respuesta a uno mío en el que cuestionaba cierta amistad. Recibo lo que merezco, porque hay personas que prefieren mantener relaciones superficiales. Inodoras, incoloras, insípidas. Esa sección media donde ni te implicas ni te alteras. El helado sabor vainilla sin canela ni nueces de macadamia. Las conversaciones que no llegan a ninguna parte pero entretienen el camino o te hacen favores a cambio de una sonrisita insinuante. 

Que no duela, que no enganche.

Me viene fascinando la figura de la amiga falsa tonta. Hablo en femenino porque sospecho que prolifera más. Hacerse la tonta, como hacerse la débil,  es muy rentable. A poco que te esfuerces consigues adhesiones a saco. La tontita no asusta y en cuanto te descuidas te ha comido seis casillas en el juego de la Oca o tres edificios en el Monopoli. Pero sin hacer ruido ni acuñar frases contundentes que podrían evidenciar las verdaderas intenciones. La tontita es una superviviente que anhela ser estrella de la tele y sueña con un príncipe azul. Una mujercita perseverante que saca las uñas cuando menos te lo esperas. Y cultiva la amistad como quien cultiva un huerto de coliflores en Manhattan.

El otro día mi adolescente y yo debatimos sobre un tema apasionante: ¿Cuántos amigos tienes?. Empezamos a contarlos con los dedos de la mano, como los niños en el cole. Hablamos de la teoría de lo círculos. De cómo la amistad se organiza en anillos concéntricos, de manera que entre los amigos íntimos y los de baja intensidad hay un trecho. Y que uno no entrega su corazón más que a los primeros, aunque a los últimos los riegue de cuando en cuando.

Luego están esos amigos que no frecuentas demasiado pero quieres profundamente. Amigos Guadiana, digamos. Están ahí, subterráneos, y aparecerán cuando menos te los esperas o cuando los invocas un día que sientes cierto vacío y al ponerle palabras te sale su sombre. Son amigos que te acompañaron en algún trecho del camino y luego se fueron un rato. Un mes. Un año. Pero notas el rumor de las aguas de su río y a veces se te apodera una intuición tan poderosa que los llamas y preguntas si está todo bien.

Mi amiga M.J siempre está y no siempre nos vemos. Ayer el azar nos convocó en la parada del autobús. Iba con una chica, me la presentó. Me presentó: "V. es mi amiga, pero es como mi hermana". Luego se subió en mi autobús aunque no le venía bien el trayecto y compartimos diez minutos de jubiloso reencuentro. Hablamos de mi adolescente, de la suya. De los piercing en el ombligo, de los novios que no nos gustan...Y de su último sistema para que su hija valore el dinero: "Le he dicho que no le voy a dar ni un euro para ese viaje. Que se ponga a trabajar, y por cada uno que gane yo le daré otro".

-¡Qué gran idea!
-No es mía, lo vi en "Modern Family"...

Me reí a carcajadas como tantas veces en el dintel de mi puerta cuando éramos vecinas y alargábamos las charlas sin ninguna gana de entrar en nuestras respectivas casas y cerrar la puerta. Pensé que M.J está en el círculo de máxima intimidad y que es una mujer tan inteligente como bondadosa. Que nunca la he visto en el rol de tontita que avanza en tanque por un prado lleno de flores. Pensé que hay que protegerse de las tontas, de los tontos con aviesas intenciones. Y que las listas y buenas además de inofensivas son la mejor compañía que te regala la vida. Y enganchan, y las echas de menos cuando se cambian de casa y de acera.


lunes, 7 de abril de 2014

OCHO APELLIDOS VASCOS Y UNO DE TEXAS

Hay un tipo al que no conozco pero que me resulta profundamente antipático. Se llama Richard Vaughan y enseña inglés con un método-tortura que juraría que provoca ataques de ansiedad cuando no epilépticos. Estoy segura de que se aprende mucho a su lado, pero yo no podría mantener una conversación estresante con un borde sádico que sonríe sin ganas mientras te corrije con frío deleite y a una velocidad de Black Decker.

Anoche, no sé cómo, me vi leyendo una columna suya titulada "Esto sí que es vida" en el suplemento multimarca de El Mundo, con un español poco literario y un tono profundamente moralista. En un alegato del esfuerzo bastante naif y cercano a la fábula (la cigarra y la hormiga), criticaba a esos alumnos suyos que prefieren sentarse "con un fino y un pescaíto frito y fingir ser un despreocupado señorito que desprecia el trabajo".

Por si no nos había quedado claro, repetía la imagen hasta tres veces, haciendo alarde de una insistencia icónica fruto, imagino, de su deformación profesional. Supongo que no tiene un profesor al lado para corregirle las repeticiones. O que ese profesor está en Andalucía atiborrándose de fino y bienmesabe mientras la vida pasa como el Guadalquivir y suenan Los del Río.

Porque no había que ser un lince para darse cuenta de que el vago por excelencia para el Vaughan es el señorito andaluz. Un tópico tan viejo como la historia. Y puede que mi animadversión hacia este señor nacido en Houston (Texas) se hubiera quedado ahí si no fuera porque yo acababa de ver la película "Ocho apellidos vascos". Ese fenómeno de taquilla que va a salvarle el año al cine español y que parece ha soliviantado a los vascos por el desfile de lugares comunes y asuntos sensibles del norte vistos desde la mirada del sur. O sea, lo que hicieron los de "Bienvenidos al Norte", la película francesa  que arrasó en taquilla, pero en versión cañí y con personajes mucho más esquemáticos, si se me permite.
Bienvenidos al Norte

Vaya por delante que me reí. A veces. Especialmente en las referencias al corte de pelo vasco porque siempre me he preguntado de dónde vienen esos estilismos de flequillo con hacha y melenilla sólo por la nuca que tanto frecuentan los oriundos de ese lugar  al que regreso por vacaciones de camino a Asturias y donde soy feliz. Pero lo que pensaba a lo pocos minutos de empezar la película era que los andaluces salen peor parados en esa parodia ramplona de su acento que el pobre Rovira compone como puede en su esquizofrénico cambio al tono "Patxi de Rentería levantador de piedras que te doy una hostia, hostia". 

Ocho apellidos es simplona y eficaz (y  no pretende ser otra cosa). Karra Elejalde y Carmen Machi ponen oficio y algunas secuencias que superan de largo a las de la pareja de jóvenes protagonistas. Dani Rovira es un permanente monólogo del Club de la Comedia (y resulta que lo es de verdad) y Clara Lago está muy mona en braguitas y vestida, aunque insiste demasiado en su vis dura de abertxale sentimental.

Creo que Mr. Vaughan debería utilizar la película para alguna de sus clases o mejor aún en sus conferencias de coaching. Yo iría de alumna, y a cambio de sus desdeñosas correcciones le haría algún comentario en español cervantino de un párrafo de su columna elegido al azar: "Conozco el olor del azahar, el sabor de una hermosa mujer, el tacto del satén sobre la piel y el romántico reflejo lineal de la luna, grande y anaranjada, cuando, apenas asomándose sobre las serenas aguas del mar, inicia su recorrido por el firmamento".

My dear Richard. Ser borde podría tener un pase, pero ser cursi y adoptar ese tono de postal con parejita de la mano plagado de topicazos, es innegociable. Para soportarlo tendría que ponerme de  fino o txacolí hasta las trancas. Con música de fondo de Los del Río.

No imagino una pesadilla peor.



domingo, 6 de abril de 2014

QUÉ HACER SI TE ENCUENTRAS A UN FAMOSO

Reconocí a una famosa de medio pelo por el relleno desafiante de sus labios. Yo cuando me cruzo a un famoso miro instintivamente hacia otro lado, no vaya a convertirme en estatua de sal.

Leo que Esperanza Aguirre la emprendió contra los agentes de movilidad al grito de "haceís esto porque soy famosa" y me da la risa. Fresca, desahogada, impertinente, incívica... hubieran encajado mejor. Hay que tenerlos cuadrados para aparcar en el carril bus de la Gran Vía y no pedir perdón públicamente.

"Famoso" es una etiqueta amplia que lo mismo cubre a Jack el Destripador que a Kate Moss. Las etiquetas tan generalistas no sirven para clasificar nada. A menos que no te importe meter en el mismo cajón clavos, escarpias, tuercas, tacos del 9 y chinchetas.

(A veces me preguntan ¿Y tú a qué famosos conoces? y pongo cara de no haber entendido la pregunta).

La sola idea de ir por la calle y ser reconocido me espeluzna. De ahí a pensar que alguien va a sacar el puñal y a agredirte hay un paso.

De pequeña mi adolescente quería ser "médico de día y cantante de noche". Lo de cantante era por la fama.  A dios gracias se le olvidó pronto...Pero aún ahora cuando canta la miro raro.

Cierta famosa ordinariota como ella sola se ha apoderado de las revistas del corazón, incluso del HOLA. Cada jueves, mis compañeros y yo comprobamos su presencia in crescendo, su escote tocinero y grandilocuente, sus muslos de jamona con minifalda de lycra. Sus tobillos hinchados y el desmayo con el que arrastra su bolso y sus pesares contradiciendo el orgullo  de sus mechas jacarandosas. La clave podría ser en que muchas mujeres se identifican con ella. Con su lucha por contener la tiranía expansiva de sus  carnes, con los cuernos de sus novios y ese pasado lejano de estrella de la tele. La condición de "ex" (ex delgada, ex famosa, ex novia) otorga cierto caché y empatía hacia la perdedora.

Una vez, siento veinteañera y cronista de unos cursos de verano, me llevó en coche un señor cuya cara me resultaba ligeramente familiar. Yo era despistada y miope, había caído el sol y entre mis gustos musicales no se encontraba el género de Amancio Prada, mi inesperado chófer. Me pareció un señor reposado y melancólico. Hablamos de los pinos de El Escorial y del Requiem de Mozart. Le di las gracias apresuradamente. Media hora después, cuando lo presentaron en una mesa redonda,  caí en la cuenta. Me encantó su discrección. Su música me sigue entristeciendo.

Despierta Minichuki y llega disfrazada de rapera. ¿Te gustaría ser famosa?, le pregunto. "¿Jugar a ser famosa? Ya he jugado algunas veces", responde con escaso interés, y acto seguido me demuestra las dos formas de ponerse el jean: "Elegante" (en su sitio) o "de chico" (caído y con la bragüela asomando por la cinturilla). Aún no se ha quitado las legañas y ya me ha hecho la primera performance del día. Mientras todo quede en casa...