viernes, 30 de mayo de 2014

FERIA DEL LIBRO O EL PLANETA EGO

Uno lee a Juan Benet y le asaltan  tentaciones de abandonar cualquier impulso de escritura. Es como contemplar a Gisele y darte cuenta de que ni en el país de los pigmeos podrás ser una top model. Tonterías, las justas.

Podría dividirse la población entre aquellos a los que su madre o su padre les han dicho lo listos y lo guapos que eran y el resto. Uno es quien cree que es, en cierto modo. Pasarse de la raya te lleva a desfilar por una pasarela aunque midas menos de 1,70 y estés contrahecho. Y el público te mira con estupor, sí, pero tú ni lo ves porque has entrado en el éxtasis del planeta ego y el horizonte se extiende ante tus ojos como un mar fecundo de posibilidades que son solo tuyas y llevan tu nombre.

Dicho esto, confieso que en mi familia nunca se estiló mucho lo del aplauso, y mucho menos lo de presumir de nada, hubiera o no motivos. Esto nos ha convertido a algunos en cicateros profesionales que tratan de compensar a las nuevas generaciones con el reconocimiento, que no el halago. Y que se torturan por espantar los demonios de la exigencia personal, sin demasiado éxito.

Luego llega la noche y leen a Benet.

"A poco de terminar la carrera Julian Parra mató a su novia".
Gisele Bundchen

Y avanzan las palabras, las líneas y los párrafos y piensas que el talento está reservado sólo a unos pocos. Y te lo imaginas -el talento, digo- sordo, silencioso y reconcentrado. La esencia misma de un destello/pensamiento de titanio, una intuición celestial,  hecho obra. Una fuerza descomunal que se desencadena y provoca un temblor como una droga potente que engancha y, tras fulminarte con sus efectos,  te deja a merced de la mediocridad propia y ajena.

Anoche, Benet se estaba tirando a una mujer desnuda con un velo en la cabeza y el sexo apuntando como una flecha al abismo oscuro y húmedo del placer. "Desembaracé mi mano izquierda de su pecho, tomé por su borde el velo y antes de ejercer un brusco tirón, observé que no ofrecía ninguna resistencia; que el pañuelo, los nudos, la cabellera, que todo en suma, seguían obedientes al más sutil movimiento de mis dedos; que estaba tirando del paño que envuelve y protege al vacío". Amor Vacui. Variaciones sobre un tema romántico. Ed Lumen.

El año en que nací Benet publicó "Volverás a Región". Recuerdo haberlo leído de universitaria y no recuerdo que me transformara, pero a los veinte hay demasiados despistes que te impiden detectar el grano de oro entre la montaña de arena. Hoy creo que haría cola en la Feria del Libro para conseguir una mirada suya, tal vez dos líneas junto a esa cita de Zorrilla que saluda el primer relato de este libro:

"Enterramos a Cagigas el 25 de noviembre del 58...Cagigas usaba el pelo largo; al cerrar la caja quedó fuera una guedeja de su cabello castaño claro, que me fue llamando la atención, porque el aire la mecía, durante el trayecto de la casa al cementerio. Allí no me pude contener y corté todo aquel flotante rizo". José Zorrilla. Recuerdos del tiempo viejo.

Benet, cuentan sus editores, consideraba como buen Ingeniero de Caminos que sus textos eran "masa que podría formar libros". Amor Vacui no era un cuento resuelto, sino algunas variaciones de una historia que excitaba su imaginación pero no encontraba el cauce perfecto en las palabras. Ignoro si a Juan Benet su madre le dijo lo guapo y lo listo que era. Debo investigarlo para profundizar en mi teoría del talento.

Masa que podría formar libros. Qué grande. Podría ser una  proclama estandarte a  la entrada de la Feria del Libro, que arranca hoy en el Retiro y que es la tentación de la primavera. Esa mujer, la buena literatura, a la que uno quisiera arrancar el velo, los ojos, la cabellera. El aliento mismo, si pudiera.






miércoles, 28 de mayo de 2014

CLÁSICOS MODERNOS (Herzog&de Meuron, Coco Chanel...)

Jacques Herzog
"El estilo no es importante, me da igual. Se trabaja para las personas, no para el estilo. Eso de reconocerse a uno mismo en la obra, de exprimir una idea estética hasta el límite... es una idea estúpida. Piense en la arquitectura de los últimos 20 años. La que tiene más voluntad de estilo es la que peor envejece".

Despertarse con las palabras de Jacques Herzog es mucho mejor que hacerlo con el beso de un príncipe hipotético. Mi debilidad por los arquitectos brillantes me lleva a experimentar algo parecido al éxtasis cuando regalan opiniones tan exportables. Herzog además  me impone desde su bellísima cabeza de patricio romano pasada por el frescor contenido de los prados suizos. Es como los edificios que firma con De Meuron. Contundente pero no pesado. Esas estructuras geométricas siempre tienen un aliento de ingravidez. Algo que las proyecta hacia arriba como si pesaran lo justo para no salir volando. Se diría que  trabaja con cadaobra como quien modela una figura y luego va quitando cuidadosamente el barro que sobra hasta llegar a los mínimos para que la obra se sostenga y te interpele.

Y ese ejercicio se parece mucho a la humildad.

"Odiamos la vanidad que se expresa en la arquitectura. Sé que hemos sido parte de una generación de arquitectos muy mimada y no hemos sido ajenos a ese mundo".
Caixa Forum, Madrid

Hace unos días asistí a la entrega de unos premios en Caixa Forum y volví a admirar ese edificio industrial sin vanos ni ventanas que sorprende en la Castellana cuando ya has superado la zona noble y solemne de esta arteria de Madrid y Atocha impone su impronta popular. Entonces llegas a esa explanada y te sumerges en su blosque vertical, tan frondoso que parece una fantasía de cuento. Juro que hay arbustos que parecen árboles. Y a su lado ese desafío suspendido como una nave espacial de óxido y ladrillo que te hace sentir pequeño pero sin aplastarte ni dañar tu dignidad. Y piensas que Herzog y de Meuron han logrado que su obra envejezca en barrica con su punto de misteriosa intimidad que no alteran las modas.

Me parece que para ser verdaderamente moderno hay que respetar las reglas esenciales de los clásicos. Eso que hace que algo permanezca incólume cuando pasan los días y se impone la voz del último vampiro de la tendencia. En la moda pasa lo mismo. Sobrevive antes una chaqueta bien cortada, concebida con afán arquitectónico y ese respeto a la calidad de un tejido que la extravagancia per sé. Aunque desde luego sin riesgo no hay paraíso (o pasarela).

Coco Chanel
Algunos eligen epatar y son devorados por sus creaciones, como Saturno. Flores de un día que, con suerte, serán estudiados como componentes del pelotón de los secundarios de una vanguardia interesante. Pero los mejores, a mi modesto entender, son esos que bajo sus propuestas más osadas dejan entrever ese esqueleto clásico que soporta cualquier fantasía y le otorga sentido. Y pienso en McQueen o en Prada, dos ejemplos tan dispares. Y me viene a la mente un retrato de Coco Chanel, cualquiera de ellos, y veo a una mujer contemporánea.

Y entiendo que las vanguardias son imprescindibles para la evolución. Pero si una chaqueta de hombreras imposibles puede dormir en el fondo de un armario, un edificio permanece y obliga a quien lo pensó a la tortura de verlo envejecer. Resquebrajarse sin grietas. Asomar todo el manierismo que fue y sentir bochorno, tal vez, ante la floritura banal. Y es cruel. De ahí que el de arquitecto me parezca un oficio arriesgado. Ese que pide cuentas, vocifera o te permite pasear a los pies de una Tate Modern, por ejemplo, sientiendo que sigue siendo modern y no una mamarrachada pretenciosa.
Tate Modern, Londres

Paro ya, convencida de que el ejemplo es exportable a la literatura. Y entiendo por qué disfruto tanto de esos autores que no me despistan con juegos de artificio. Y entiendo por qué me gusto tan poco cuando leo textos que hice en el pasado y me sonrojo por su aparatosa frivolidad disfrazada de ligereza. Ser joven, imagino, te permite esos desmanes como te permite salir a la calle con un look indescriptible y verte ideal mientras tu madre te contempla horrorizada desde el quicio de la puerta, rezando para que un día, tarde o temprano, te des cuenta y a base de prueba y error des con un estilo propio y desafectado de la pura tendencia.

Y eres un edificio. Y no me importaría terminar como un Herzog de Meuron...










martes, 27 de mayo de 2014

PABLO IGLESIAS II vs FRANCISCO I

Ayer Pablo Iglesias II amenazaba con fijar un salario máximo y el Papa Francisco I dejaba la puerta abierta al matrimonio para los curas. Me pareció que Bergoglio era mucho más moderno que el líder de Podemos, el partido asombro de las elecciones europeas. A Iglesias, imbuido del espíritu 15-M, le parece que hay que poner coto a los desmanes de las nóminas de algunos. Francisco entiende que hay desmanes bajo las sotanas que podrían dejar de ser con una pareja al lado.

"No es un dogma de fe", reconoció el Papa a los periodistas que lo acompañaban a bordo del avión con el que surca el cielo para estar más cerca de su dios. Y Pablo Iglesias, hierático, la mirada perdida en un infinito indescifrable, exhibía dogmatismo por los cuatro costados y se negaba a celebrar su triunfo en un gesto más de postureo estratégico, sospecho, que de verdadera convicción de que sólo habrá victoria cuando PSOE y PP firmen su propio acta de defunción como partidos.

No tengo nada contra este chico. Ni a favor. No lo conozco y lo que ha conseguido es una hazaña cargada de simbolismo. Me encanta que propugne la jubilación a los 60 tanto como lo veo inviable, pero yo misma he trazado mi plan de jubilación y pienso cumplir los plazos aunque no lleve coleta y tenga que peregrinar a Roma y presentar mis respetos a Bergoglio, ese Papa que me gusta y contra el que no pienso arremeter para parecer más guay y más moderna. Como tampoco pienso alabar sin más al nuevo líder de la izquierda porque haya dado una gran lección a los paquidermos del bipartidismo y alrededores.

Eso sí, surgir en marzo y vencer en mayo invita mucho a la reflexión. Cuántas manos ansionas estaban deseando levantarse y migrar a paraísos frescos que admitan el pasaporte de la rebeldía. No creo que se trate de una victoria mediática, como se ha dicho, porque son muchos los tertulianos y pocos los elegidos. No he visto a Iglesias en la tele, pero lo veo en fotos y tiene un algo mesiánico que parece concitar el descontento, la desolación, el desarraigo, la lucha. Y si yo fuera caricaturista lo vestiría con una túnica y sandalias estilo Jesucristo y lo pondría a bramar a los mercaderes del templo.

Iglesias es un símbolo. Borrón y cuenta nueva. Ya está bien. Y Francisco es la acción del ya está bién en una iglesia soberbia y podrida de pecados. Los dos han venido a salvarnos, otra cosa es que nos lo creamos.

Siento cierta prevención contra los modernícolas. Los posturitas. Los he tenido muy cerca en una época de mi vida y me han parecido poco fiables. Más preocupados porque la camisa y la barba estuvieran en su sitio que por desarrollar la consistencia. Muy adictos al símbolo. A la última canción y al polvo de las librerías. Tan gregarios como un soldado maoísta convencido. Tan intolerantes con los distintos como el más fanático de los fieles de una secta. El moderno se ampara en la diferencia para sentirse un igual, pero con la coartada de un look molón y cierta falsa desgana estética que lo mismo le sirve para contonearse en un concierto que para merendar con su novia en un café librería de Triball.

Luego rascas y muchos se quedan en nada.

Veremos en qué se queda Pablo Iglesias II, ahora que empieza todo. Veremos si Francisco puede rasgar las vestiduras de los carcas e imponer la cordura entre los sacerdotes. Mejor que amen. Que lleguen a casa y tengan a alguien que los quiera, los comprenda, los abrace y los haga pensar en sus errores que no sea una encíclica. Y el que insista en seguir célibe, no problem. Seamos tolerantes con el sexo.

Y respecto al nuevo líder, preferiría que no pusiera techo a mi salario, si es posible. Jubilarse a los sesenta con un sueldo estrellado contra un techo de cristal no es la opción más motivante. Soñar es gratis. Prometer y no cumplir, suele pagarse. Que se lo digan a esos grandes partidos que han empezado a resquebrajarse sin remedio como enorme trasatlántico que chocara contra un enorme iceberg en medio de la tormenta.







domingo, 25 de mayo de 2014

QUE VIVA ESPAÑA

Campamento urbano
Ando desazonada como quien pisa sal descalzo. No sé qué hacer primero: salir a votar o salir a correr (la versión casta de aquel chiste/dilema sobre  tirarse al Metro o a la taquillera).

Salir de mi cuerpo, la tercera vía,  ya la he intentado. Sin éxito, por el momento.

Tampoco sé por qué llaman al día de elecciones "la fiesta de la Democracia" si ni sirven alcohol ni hay macizos merodeando ni suena "Happy", ese himno pegadizo y facilón.

En mi barrio, apodado "Zona Nacional" o "Parque Jurásico",  según impere la perspectiva ideológica o biológica, triunfa el guateque de pantalón de pinzas replanchado y collar de perlas atemporal. ¿La banda sonora? Un mix entre Oh Mio Bambino Caro y Que viva España, sin olvidar a los Hombres G, nuestros héroes locales (sí, Marta la del Marcapasos era una de las guapas oficiales de mi cole. Otros presumen de ministros y Premios Nóbel)

Porque no tengo cuerpo de fiesta, sino más bien esa desidia mundial que te invade cuando debes ir a un evento que no te apetece en absoluto y miras de reojo el vestido sobre la cama y los stilettos se parecen a una cama de faquir.

Además, sufro la resaca de la derrota. Me da lástima que el Atletico haya rozado la eternidad pero en el último momento una voz poderosa haya clamado: "No te vistas, que no vas". (Y eso que el fútbol, salvo el que juega Minichuki, no me interesa). Y Cristiano Ronaldo, ese efebo de mirada torva depilado hasta el paroxismo, no me provoca alteraciones en el pulso, como a muchos. Será un dios, sí, pero yo lo veo como el dios de los encargados macarras del gimnasio y espero que la afición vikinga me perdone.

Simeone re-animando
Alguien en mi wasap hablaba del asunto de ayer en términos de "ricos" y "pobres" y me produjo esa familiar sensación de rechazo. La conciencia de clase llevada a todos los territorios -en este caso al césped- ha hecho mucho daño a la humanidad. Prefiero pensar que los hados no estuvieron de su parte, pero les han permitido soñar. Y el sueño sí que es democrático. Y si es sin pastillas, una fiesta que ríete de la de la Democracia aunque dieran gin-tonic a la puerta del colegio electoral (por cierto que en este Parque Jurásico hay señoras muy enseñoretadas que desayunan espirituosos. Sue Ellen aquí ha hecho escuela)

Así que correr se me antoja la mejor de las opciones mañaneras. Cielo, asfalto, esfuerzo y horizonte.

Hoy tengo cuerpo de día después y me pregunto por qué soy tan permeable a la pasión, por qué no me fijé antes en ese héroe llamado Cortois y por qué Xabi Alonso, ese bello ejemplar de hombre, parece haber nacido dentro de un traje de Emidio Tucci. Ayer el espectáculo era él en la grada sufriendo, abrazándose al de al lado o besando su cabeza como un Papa, aplaudiendo o concentrado en el tictac de un reloj que parecía mostrar la entrada en el infierno y al final fue la gloria.

Claro que esto último yo ya no lo vi, sepultada entre mis tapones y un relato terrorífico de Alice Munro que encontré mucho más llevadero que la tensión del partido. ¿Llevaré a una hooligan dentro?

Salgo a correr y luego a votar, lo tengo claro. La voz de Manolo Escobar me da alas.








sábado, 24 de mayo de 2014

GAUDEAMUS IGITUR

"No sirve para nada intentarlo", dijo Alicia; "Uno no puede creer cosas imposibles". "Me atrevo a decir que tú no tienes demasiada práctica", dijo la Reina. "Cuando yo tenía tu edad siempre practicaba media hora cada día. A veces llegaba a creer hasta seis cosas imposibles antes de desayunar". Lewis Carroll. Alicia en el País de las Maravillas.

Hoy antes de desayunar creo que mi adolescente, que acaba de entrar por la puerta después de celebrar su graduación del bachillerato toda la noche, es un ejemplo de superación que yo no he sabido valorar en su justa medida, entretenida como estaba en que no le hicieran rasguños la desgana, la inmadurez, la rebeldía, las terribles migrañas y hasta el exceso rimmel.  No es que fuera un imposible que llegara hasta ayer, tan bonita y tambaleante sobre unos tacones de infarto, pero en el camino se ha peleado con dragones de los que no podía defenderla nadie salvo su propio coraje. Y ha salido triunfante.

Confieso que ayer me traje a casa uno de esos libros de autoayuda que me envían y desprecio porque considero que son sucedáneos filosóficos para bobos que no leen. Se llama "El cociente agallas" (Espasa) y lo firma un tal Mario Alonso Puig. Llevaba un tiempo cruzando conversaciones con D. sobre la reinvención, la valentía,  y este libro trataba el asunto, imaginé que con máximas simples, claras y un poco hierbas, como uno espera del género. Frases sin gran complejidad, obviedades vainilla vestidas de tul y alguna intuición fácilmente compartible.

Y así es. El libro, que he ojeado, repite las clásicas proclamas contra el pesimismo, habla salir de la zona de confort, de esas personas tóxicas que se enredan en pensamientos negativos y vampirizan a su entorno, de perfiles emocionales, blablablá y...de lo poco fiable que puede ser un pensamiento: "Si se piensa mucho, acaba uno paralizado porque es muy fácil encontrar razones y justificaciones para no moverse. Es lo que conocemos como parálisis por análisis. (...) Por eso la clave es estar preparado para actuar".

Me parece interesante lo de la parálisis por análisis. Esa maniobra de la mente para dar por sentado algo tras haberlo reforzado con argumentos irrebatibles. Las personas menos valientes que conozco suelen apuntalarse en pensamientos obsesivos sobre los que dan vueltas como quien mastica una bola irreductible. Yo misma reconozco haber liofilizado pensamientos tras dedicarles horas, y haberlos almacenado en ese museo peculiar y polvoriento que se llama "eso que damos ya por sentado y no cuestionamos más".

Por ejemplo, que tu hijo no va a poder con la vida. Que su ambición ha tocado techo. Que su curiosidad no está abierta a la excitación.

Y no me siento particularmente orgullosa de mi hallazgo.

Tengo la suerte de contar con alguien que me ayuda a cuestionar mis más íntimos cimientos de hormigón. Sé que ponerle un nombre, una etiqueta, unas palabras a cada hallazgo es importante, como lo saben los arqueólogos. Una vez que lo llamas no puedes obviarlo. Te interpela, te mira a los ojos, te cuestiona. (Conocí a un alto ejecutivo que no quería saber los nombres de la pareja y los hijos de sus empleados porque así le resultaba más fácil despedirlos).

Pues bien.  Abandono, antes de desayunar,  ese pensamiento etiquetado de que mi hija es inmadura, poco curiosa o irresponsable. Creo en ella porque ha navegado en la tormenta con demasiadas embestidas del mar, del viento y de su propia madre.Y creo que debo poner en entredicho, de paso, algunas otras convicciones no sea que esté igual de equivocada y necesite con urgencia un chute de autoayuda para chulitas que van sobradas hasta que la realidad les muestra otra cara. Y es un alivio y merece ser celebrado.

Ayer, lo confieso, me pasé toda la graduación con un nudo en la garganta y a ratos no pude contener las lágrimas. Sonaba "Gaudeamus Igitur", ese himno que celebra la juventud y la vida. Y mi niña era esa mujer alta, con su melena poderosa y unos ojos azules muy abiertos que se ponía la banda de graduada como un chal abrigándole la fe y el corazón. Toda la vida por delante.












jueves, 22 de mayo de 2014

DEFENSA APASIONADA DE LOS TOROS

Tres hombres muy aficionados a los toros, sin duda, se sentaron ayer en el palco de las Ventas detrás de dos mujeres. No pararon de hablar de gestas pueriles con muchos ceros y de otros lugares comunes tan machirulos como poco interesantes. Las dos mujeres nos tragamos las ganas de amonestarlos por distraernos de la verdadera gesta, que sucedía en el ruedo, donde un hombre se la estaba jugando con un animal de más de 500 kilos.

Pero ellos estaban allí para hacer business. Y para que quedara claro trufaban su conversación de frases en inglés pese a que dos eran españoles y uno mexicano. Lo que se dice el el argot "marcar paquete" sin taleguilla.

A nuestra derecha, un cuarto hombre empalmaba un enorme puro con otro y cuando se le apagaba sacaba un soplete de la chaqueta y nos contaminaba con ese olor penetrante de taberna vieja, ese tufo a miseria y a sexo barato. A puta mal dormida. A dominación y a azote grasiento en el culo.

Luego estaban esos otros hombres que, amparados en el anonimato del tendido vibrante y multicolor, gritaban desgañitados al torero en medio de la faena con una rabia que sólo podía proceder de un resentimiento abisal. Le exigían la hazaña y el valor del que sin duda ellos estaban sobrados, tal era su brutal vehemencia. Con la diferencia de que a ellos no les llegaba el aliento cálido y amenazante de un bicho excitado por la confusión ni tampoco sus bramidos de muerte.

(Pensé cómo sería si un altavoz amplificase esos gemidos animales. Estremecimiento. Pánico y desmayos. Tal vez algún ataque al corazón de esos que fuman puros. ¿Y una experiencia 3-D con un toro que te embiste a la vez que al matador? ¿Cómo no se le ha ocurrido a nadie? ¡Cuántos valientes virtuales se está perdiendo el mundo!)

Entiendo que haya detractores de la fiesta. Tienen toda la razón.  Pero yo defiendo el valor y la belleza. La agónica tensión de un hombre desnudo con un par de banderillas, el Fandi, que ayer encaraba en soledad al toro y salía desde el corazón del ruedo a por él, protegido sólo por su coraje. Defiendo su toreo alegre y también el hambre de ovación de Juan del Álamo. Defiendo la mala suerte, la honda frustración de El Cid. No fue su tarde. Defiendo el pasodoble que siempre me provoca ganas de bailar, la vuelta al ruedo, los clarines rasgando el cielo con su filo de espadas, los destellos chispeantes que arrancan los focos al traje del torero cuando cae el sol. El choque de los cuerpos, el hierro y el caballo.

Y no entraría en un debate taurino, me vais a perdonar, porque no hay debate posible. Es una ceremonia de sangre, salvaje, donde el más poderoso, la bestia noble e imponente,  saldrá muerto. Arrastrado por los caballos en un cortejo  fúnebre brutal y sin te deum.

Los toros, ya termino, son mi infancia en el sofá. "Ponte el clavel, brujilla", decía mi padre, y veíamos la corrida en blanco y negro, tan contentos. Son el campo y el amanecer con jara y rocío. Son un viaje con un torero, Cayetano Rivera, y su cuadrilla donde aprendí aún más sobre el respeto. Son mi amistad cálida y fiel con R., la animada charla didáctica en el callejón de Úbeda con El Cohete. El discurso pausado y sabio de Curro Vázquez. Una tarde inolvidable y una noche donde, ahora lo sé, celebramos la vida con esa alegría desbordada de haber visto pasar la muerte de cerca, mientras algunos hacían negocios tristes con un puro en un palco, sin enterarse de nada.




miércoles, 21 de mayo de 2014

TIPOS QUE TE ENCUENTRAS EN TODA FIESTA

Es uno de esos tipos que en las fiestas siempre se entretiene hablando con el camarero, con la del ropero... Con cualquiera que considere accesible. No es que practique el buenrollismo universal, es que su complejo sólo le permite interactuar con los que considera inferiores. Puede ser un tímido patológico, también. Y a menudo es ese pelma que en las bodas impide que el trasiego de la barra fluya convenientemente.

En ocasiones, trata de ligar con la chica que sirve las copas. Le dice lo bonitos que tiene los ojos mientras le tienta las caderas con la vista, o le cuenta solemne y estremecido que se acaba de divorciar y está muy solo. Es patético, sí, pero un personaje reconocible en todo evento social que concite un bar, un grupo celebrando y unas horas muertas por delante.

Siempre he preferido al bebedor solitario. Al que encara la fiesta sin más parapeto que su mirada perdida en algún punto. Hablo de hombres pero alguna rara vez son mujeres. Y creo que el personaje me ha venido a la cabeza porque mayo es el mes de los eventos, al menos en Madrid. Y cada uno es un baile con una coreografía que obedece a las leyes del descaro, de la seguridad en uno mismo, del interés comercial y, por supuesto, de la empatía.

Es un hombre que ahora me cuenta que suele esquinarse con los camareros, sí. "Lo prefiero, me siento más comodo, más yo", confiesa presumiendo de campechanía. Y es una mujer que se queja de ser la sirviente pero no duda en lanzarse a servir el champán sin que nadie se lo pida, como empujada por un resorte despiadado que la colocara en su sitio. El hombre ha escalado hasta el infinito social y se sigue sintiendo un intruso. La mujer siente que una escalera invisible se levanta ante sus ojos pero una bota también invisible le da la patada cada vez que quiere trepar. El primero alberga desazón; la segunda, resentimiento.

El hombre daría un brazo con su mano por volver atrás. A una playa donde tomar el sol casi desnudo. La brisa salada acariciando el terciopelo seco de sus labios. La vida por delante. La mujer querría olvidar quién es para centrarse en el sueño de una noche de verano que no fue. Ser la princesa, qué digo, la reina soberana que avanza bajo palio. Mientras tanto, entretiene mezquina su insatisfacción vital. Y si es preciso muerde la mano que le da de comer.

A veces sale en el telediario, sección sucesos. Ella, digo. Él ese ese tipo que le da la brasa al regidor y comenta "qué barbaridad" ante la noticia de ella.

Una velada es un campo de batalla donde todos fingen que se lo pasan bien y a veces es así. Y casi nadie se da cuenta de la presencia de esos dos seres que podrían convertir la fiesta en un funeral, en un despliegue de pasiones desbordadas. En un entierro con seda, tafetán y mucha sangre.

Y preguntada la camarera, dirá: "El tipo parecía un poco inquieto, un perdedor, tal vez..."

¿Y de ella? Nadie reparó en sus movimientos, reptaba entre los zapatos y no pudo contener el deseo bestial, primigenio, de morder un tobillo como un perro.








martes, 20 de mayo de 2014

SOY MACHISTA, ME HAGO UN CAÑETE

No pega, pero mola
Desde que Arias Cañete "se hizo un Cañete" el otro día en el debate, apuro las ocasiones de demostrar mi exigua inteligencia. La mejor maniobra suele ser arrimarse a un tonto, porque tarde o temprano la lía. Si no eres demasiado lista, tal es mi caso, debes buscar al bobo útil y el contraste garantizará tu éxito social.

Cierto es que los inteligentes que más me gustan son esos que se guardan la artillería pesada para las grandes ocasiones, como los zapatos de los domingos cuando el domingo era el día del Señor y la misa previa al aperitivo y al paseo familiar. El inteligente exhibicionista pierde puntos a chorro porque le traiciona la vanidad, esa compañera gritona de camino.

Luego está el Cañete que se ve sobrado y se permite alardear de compasión hacia el que menosprecia, con uno de esos comentarios de taberna ilustrada que habrían hecho las delicias de los maestros del siglo de Oro. Y el listo tan listo que menosprecia de entrada la capacidad intelectual del otro y al actuar en el tablero con esa premisa cae en sus propias redes. Jaque mate.

Una campaña electoral es un sainete. Un coro bizarro de gritones que se dirigen a las tripas, nunca a la inteligencia, de los que quiere invocar en las urnas. Ayer en el Telediario la noticia era que un discapacitado ha conseguido poder votar en las próximas elecciones, y me pareció muy bien. A nadie nos hacen un examen para ver si somos aptos, mesurados, ecuánimes, suficientemente inteligentes como para dirimir a quién votar entre todo el elenco concursante en el festival de la democracia.

El machismo consiste en mirar el mundo desde la perspectiva omnímoda de que la mujer es menos. Algunos lo gritan tras un debate televisado, pero son los menos peligrosos. El peor machista, desde mi humilde punto de vista de mujer aspirante al club Mensa división femenina, es aquel que no da grandes titulares sino que destila menosprecio sibilino. Apenas unos toques acá o allí que harán sentirse a la mujer envenenada sin saber bien si fue la sopa o el foie. Ni por qué de repente se ha encogido en el sofá mientras él se fuma un puro con los pies sobre la mesa.

Todos los domingos miro en las páginas salmón de los periódicos los nombramientos de las empresas y cuento las mujeres. A menudo no hay ninguna. De vez en cuando aparece una y me pregunto cómo ha llegado hasta allí. También me pregunto cómo han llegado ellos y por qué siempre son más.

Busco frases sobre la inteligencia y ...tachán, la mayoría las rubrican hombres. Debe ser que en la desorientación del laberinto las mujeres se perdieron y andan buscando letras para confeccionar sus propias aseveraciones.

Dicho esto, me confieso machista como la que más. Porque me cruje dar con tontas que exhiben su estupidez sin medir las consecuencias. Porque al bobo lo tolero mejor que a la boba, y debo hacérmelo mirar. Porque cuando detecto a una mujer desplegando armas de mujer como un atajo me dan ganas de zarandearla, de llamarle al orden. Porque suelo emprenderla contra la peor coquetería, la del "soy rubia, siéntete importante". Porque no me doy cuenta de que algunas se han hartado de jugar en la liga del desprecio y se han pasado a la de la astucia para sufrir un poco menos. Porque no me ofenden los chistes machistas ni me doy por aludida. Porque...

Paro ya, que me estoy envalentonando. Deben ser las mechas (Ay, Valenciano, te ha venido dios a ver con el desliz de tu rival. Qué oportunidad has perdido de callarte y dejar que se ahorcara él solito. Eso que hacen los incautos y las incautas que no han incorporado la prudencia a sus deslumbrantes cocientes intelectuales)

domingo, 18 de mayo de 2014

ARTISTAS SIN OBRA (I would prefer not to)


“En mi vida han chocado al menos dos tensiones siempre: afán de protagonismo conviviendo con una contradictoria pulsión radical hacia la discreción; la necesidad de estar y la de no estar al mismo tiempo, y también la necesidad de escribir y a la vez la de dejar de hacerlo, y hasta de olvidarme de mi obra”.

Pocas veces un prólogo es tan brillante como la obra que prologa. Quien habla de otro a menudo se ve en la obligación de trazar un meticuloso panegírico, no exento en ocasiones de exhibicionista erudición. Pero juro que el texto de Enrique Vila-Matas que precede a “Artistas sin obra. I would prefer not to”, de Jean-Yves Jouannais (Acantilado) es en sí mismo una pequeña obra de arte. Una disgresión agudísima sobre la acción creativa y sus desvelos. Sobre las zancadillas que el artista se pone a sí mismo, sobre el pulso a veces agónico de la creación. Las dudas, la pereza, la sensación de que puede haber obra sin obra, en la certeza más íntima de uno con su yo. Íntima intimidad. Y que eso que uno piensa que le pasa solo a él es la desazón de una retahíla de artistas que protagonizan este ensayo deslumbrante que no he parado de subrayar desde que cayó en mis manos.
Enrique Vila-Matas


Cuenta Vila-Matas que Pepín Bello, inspirador de la Generación del 27 y amigo de Dalí, Buñuel o García Lorca, uno de esos artistas sin obra, “tenía de la literatura una concepción tan ideal que nunca pudo concebir que un hombre, fuera el que fuera, pudiera un día tener el genio de darle forma”. A menudo el respeto se confunde con pavor, con cobardía. Y puede que lo sea. Pero más a menudo aún se dan esos otros casos de incontinencia literaria, de contar algo porque se nos ocurre (y entonaré de antemano un mea culpa) y no porque ese algo merezca ser contado. La verborrea es un estilo de diarrea más limpio pero igualmente pestilente, me parece.

Vuelvo al libro, contagiada del pudor de su prologuista. Descubro alborozada a la comunidad “shandy”, de la que no había oído hablar. “Una improbable sociedad secreta, que de hecho es una comunidad espiritual y reúne a artistas como Marcel Duchamp, Walter Benjamin, Picabia, Max Ernst...entre otros. ¿El nexo común? Aparte de cierto grado de locura, se fijan dos requisitos indispensables: que la obra cupiera fácilmente en una maleta y que funcionaran como una máquina soltera. “Espíritu innovador, sexualidad extrema, ausencia de grandes propósitos (…) cultivar el arte de la insolencia”. Me enamoro de todos ellos de inmediato.

Rigaut, uno de esos autores sin obra, lo resume en una frase tan certera como el tiro en el corazón con el que se quitó la vida:”Sólo una cosa nos pertenece: nuestro deseo”.

Tengo amigos que hace tiempo que sólo leen ensayo y empiezo a entender el porqué. Esa excitación intelectual de reconocer en un pensamiento ajeno una intuición sin palabras que es un faro luminoso hacia otros mapas. El genio de otros, el reconocimiento jubiloso de la capacidad del ser humano excepcional para tender puentes. El fin de la arrogancia. Y aquí el autor parafrasea a Pessoa:

“Cada uno de nosotros tiene quizá mucho que decir, pero hay muy poco que decir sobre ese mucho. La posteridad quiere que seamos breves y precisos. Faguet dice excelentemente que a la posteridad sólo le gustan los escritores breves (…) Ningún hombre debería dejar veinte libros distintos a no ser que pueda escribir como veinte hombres diferentes”.

Pido disculpas por esta profusión de robos parafraseados a mano armada, pero el librito, que apenas supera las 150 páginas, está lleno de profundas reflexiones y de menciones a autores que ya necesito investigar. De esos que te hacen preguntarte cómo has podido vivir sin saber de su existencia o sin haberte mecido entre sus brazos. Y sobre todo pido perdón a Vila-Matas, escritor al que me ha costado digerir como novelista pero no como pensador y agudo expositor de ideas luminosas. Creo que si hay en este libro una clave para explicar el impulso íntimo y salvaje hacia la creación, y cuándo sucumbir a ella habiendo amordazado previamente a la vanidad, la pobreza intelectual, la explosión futil de palabras, es ésta y es suya:

“Hasta que un día comencé a tener nostalgia de la obra no realizada”.

Es posible que uno deba escribir sólo cuando empiece a sentir nostalgia de la obra no realizada. Nunca antes. A lo mejor se trata de eso.



viernes, 16 de mayo de 2014

POBREZA, CASTIDAD, OBEDIENCIA

-Cuál de los tres votos -pobreza, castidad y obediencia- te costaría más respetar?
-La obediencia.
-¿Y a mí?
-Ja, ja.

Este es el tipo de conversaciones que desencadena "Ida", magnífica película polaca que vi ayer y que cuenta el viaje iniciático de dos mujeres,  una puta y una novicia, tía y sobrina,  a las que las circunstancias reúnen por unos días y con un objetivo inquietante: encontrar los cadáveres de los padres -judíos ajusticiados durante la invasión nazi-  de la segunda, huérfana y criada en un convento católico, antes de tomar los votos definitivos  y hacerse monja.

Ida es una extraña road-movie en blanco y negro donde los diálogos, precisos, desnudos de artificio, acompañan a unos planos poéticos, contundentes, desgarradores, que esquinan a menudo a los protagonistas para dar prioridad a unas cortinas o a una escalera de hotel merecedora de todos los galardones posibles de la arquitectura ideológica. La música, las texturas, el aire, el crucifijo o la botella de whisky pesan y trasmiten un mensaje que no es accesorio y que cuenta una historia por sí mismo.

Me parece que obedecer, volviendo al asunto de los votos,  es mucho más difícil cuando la pobreza no existe. Un convento es un lugar donde el plato de comida está garantizado, donde los tiempos están pautados y las acciones también. Sólo hay que dejarse llevar en nombre de la fe. Y respecto a la lujuria, esa loca incordiona  y excitante, imagino que puede ser anestesiada a base de sublimación, aunque el cine a menudo ha contado lo contrario.

Más allá de la peripecia de la búsqueda de unos huesos enterrados en un bosque la película cuenta que es fácil vivir sin echar de menos lo que no se conoce. Sin tentación, sin provocación, sin curiosidad. La épica de la vida consisten en tomar una decisión desde el conocimiento o la experiencia. Sabiendo a lo que uno renuncia. Y anoche pensaba cuántas decisiones se toman desde la inconsciencia, con la ceguera de la fe de una novicia. Elegir carrera profesional, casarse, tener un hijo...

Sublimar es una mierda, eso es lo que pienso. El recurso de los cobardes. Obedecer es un seguro contra el miedo. Eso tan poderoso que hace irresistibles los grupos organizados: desde el ejército a los scouts. El vértigo de los valientes, ese que escoge Ida no sin conflicto moral, reside en asomarse a la tentación y optar por entregarse a sus cantos de sirena o abandonarla con un casto beso en la frente, con melancólico pesar.

Me gustó Ida, me encantó porque esas dos mujeres toman decisiones valientes, extremas, que no contaré para no destripar la película. Me hubiera quedado sentada en la butaca de ese cine dejándome llevar por la Sinfonía 41  Júpiter de Mozart dirigida por mi admirado Ricardo Muti  y por el resto de una banda sonora que ya quiero tener para ponerla a tope en casa y bailar o ensimismarme. Y que sublimen otros, mientras tanto...





lunes, 12 de mayo de 2014

PENÉLOPE O TEJER EL DESTINO

Ayer una clown llamada Pepa Plana, Premio Nacional de Cultura, nos escenificó en el Circo Price una historia de siempre. La de la fantasía como antídoto contra la infelicidad. Una mujer que una mañana se encuentra una nota manuscrita: "Pepa, me voy. No sé si volveré. Fdo: Ramón". Y en lugar de naufragar en lágrimas decide reinterpretar la nota: "Amada Penélope. Me voy a la guerra. No sé si moriré. Fdo: Tu amado Ulises".

A partir de ahí Pepa tiene un afán mejor que tejer un absurdo tapiz interminable. Debe construir el barco de Ulises, enfrentar las tempestades e ingeniar una estrategia de ataque. Debe inventarse un destino.

El circo estaba medio vacío, parecía un ensayo entre amigos y el desgarro solitario de Pepa era la risa, a veces carcajadas, de un público ansioso de intervenir en la cruzada inútil de Penélope. Y su relato era tejido entre idas y venidas, las medias de rejilla como una burla al sex appeal inexistente, el pelo de estropajo y una voz con mil registros que lo mismo era un rudo marinero rumbo a Troya que un Ulises apuesto y valiente, el Ramón que nunca fue.

No sé por qué pensé en A. y en el relato que me regaló  la otra noche. Una de esas pesadillas que suceden de puertas adentro en una familia acomodada y conservadora sin que afuera nadie sospeche ni imagine. Una madre destructora. Un hijo mayor que debe salvar a sus hermanos y contarles una historia como una nana para adormecerlos y que no les duela tanto. Y ese hijo, con los años, vuelca el dolor en un libro que empieza así: "Dejé de creer en la sangre el día que mi madre empezó a jugar. Nos llevó a la ruina".

Escribimos para que nos duela un poco menos o para sepultar el grito con la música salvífica de las palabras. Para convertir a Ramón en Ulises y poder dormir por las noches. A. lo ha conseguido, parece, después de construir muchos barcos de cuerda y llenarlos de pinzas de colores. La imaginación es un poderoso escudo que te permite seguir adelante cuando silban las balas a tu alrededor.  Una madre, sobre todo una madre, posee el poder del veneno más letal, la llave para abrirte el cielo o el portón del último anillo infernal de Dante. Y el hijo debe aprender a convertir las heridas en cicatrices o se arriesga a ir por la vida aullando a mujeres que le causen dolor -la afrenta de esas madres se parece al amor, es el amor que han conocido- o a rechazar cualquier propuesta de amor verdadero por si encierra un ejército hambriento de sangre, como el caballo de Troya.

Pepa lo consiguió con su fantasía naif en apariencia. Un metro de costura. Una máquina de coser que en realidad era un barco. Todo el desaliento del abandono hecho determinación. Dueña de su destino, hace lo que tiene que hacer cuando Ramón regresa a casa, ajeno a la transformación de esa mujer. Y ese momento en que ella, Penélope triunfante, corta el hilo, es el mismo de A. cuando consigue construir una historia de su historia, explicarse a sí mismo y seguir adelante en medio de tantas tempestades que hubiera jurado que olía a mar y a erizo exhausto sobre la arena cuando se sentó a mi lado el otro día.

Vivir es contarlo, aunque haya que echar sal en las heridas y convencerse de que una cuerda es todo lo que uno necesita, como Pepa,  porque con ella puedes tejer cualquier figura imaginada o ahorcarte.

Y si eliges no ahorcarte, y te inventas una historia,  has ganado la partida. Has inventado tu destino.

P.D. Dedicado a A., amante del adagio, por valiente.






sábado, 10 de mayo de 2014

SE CORRE COMO SE ES (MI CARRERA DE LA MUJER)

Carrera de la Mujer
Mañana corro una carrera que no he preparado en condiciones. Temo que las rodillas se resientan y crujan como bisagras oxidadas y que el corazón se me salga, caliente y chorreando, por la boca en algún punto perdido entre el palacio de Oriente y la cuesta de Ferraz. Temo que el sol me aplaque sin piedad, ser un mosquito que flota sobre un charco,  y que los gemelos se declaren en huelga, la sangre concentrada, ardiendo cual castillo de fuegos artificiales que estallara en un almacén cerrado a cal y canto. Los despojos esparcidos, el forense desquiciado. CSI. Sístole y diástole al son de un rock endemoniado.

Uno corre contra sí mismo. Contra una naturaleza diseñada para la velocidad y el corto plazo.  Contra el desaliento y la fe tambaleante. Los débiles de esfuerzo y sufrimiento, los hedonistas militantes entendemos que hay que poner coto a los desmanes de la naturaleza y apostar a una ficha. Será impar y negro o no será. Las Chukis, que hacen poco caso a mis escarceos deportivos, y de mis escarceos en general, ni se plantean faltar a la meta para recibirme. Saben que no hay nada más crucial que su abrazo y sus miradas de orgullo. Batir de campanas, manos al cielo, fiesta,  y sudor. Café con churros. Y ese familiar calambrazo de endorfinas. Pura droga.

Se corre como se es. Correr es una forma de estar en el mundo. De situarse en el tablero con los dados en la mano y fichas de jugador y rival, al mismo tiempo. El esfuerzo espanta la obsesión, los demonios cotidianos, la tontería y el escepticismo. Las dudas. La pereza. Las venas tan hinchadas que da miedo. Presión, mucha presión y el globo que no explote. Pero seguir hinchando un poco más, tantear el límite y pasarlo unos centímetros. Y echarte una carcajada que es como un grito sioux, salvaje y desatado. La danza del guerrero que precede al sueño exhausto y confiado de la dama.
Marea rosa, el recorrido


Lo dejo ya. Tengo delante mi dorsal y a punto mis viejas y leales zapatillas. Velo armas y he quedado con mis amigas del alma y con mi hermano A., mi escudero, que me escoltará y será como otras veces, la charla al trote, algunas confidencias, el desenfado y también la mandíbula apretada. Estar al otro lado, a su lado, después de tantos años de ir a verle llegar a muchas metas. Las lágrimas, los gritos, la sensación de sentir que aún quedan héroes y que el mundo gira a pesar de  las trampas de los malos y el destino burlón que te hace rematar o quedarte a dos metros de la cima.


Uno corre, digo,  contra uno mismo. Y corre como es. Pero también como ha aprendido a ser después de bailar o revolcarse un rato largo con la vida. Diría que uno corre como la persona que le gustaría llegar a ser el día de mañana que es mañana. Por eso me ha salido tan solemne, tan orquesta sinfónica con coros,  algo que en realidad iba a ser un pizzicato. Un ensayo general. Los nervios de enfrentarse con esa otra mujer en el asfalto.




















jueves, 8 de mayo de 2014

SE HA ESCRITO UN CRIMEN

Mi función de presidenta de la comunidad ha alcanzado cotas de thriller. Ayer, como cada mañana temprano, recibí un wasap de Vlad, el portero. Con un reclamo irresistible que rezaba: "Sorpresa matutina en la azotea". Tuve que ampliar la foto varias veces hasta comprobar que lo que yo creía que era un bolso de Fendi de la temporada pasada era, y cito a Vlad, "un repartidor de fibra de Movistar".

Se hizo un silencio solemne y algo impostado, como en las películas de suspense de serie B, y como el hombre comprobó que yo no me sobresaltaba aparentemente (o sea, que no contestaba a su hallazgo) siguió en plan Hercules Poirot, a su aire:

-Ha aparecido caído, pero no creo que se haya caído solo.
-Ahhh
-Me da la impresión de que ha sido manipulado..Que yo sepa nadie ha subido a la azotea a nada de la fibra...

Entendí que el pobre Vlad estaba apelando a la Jessica Fletcher que toda presidenta de comunidad lleva dentro, y que yo debía alimentar la excitación de Hercules o le iba a decepcionar. 

"A murder, she wrote" (Se ha escrito un crimen) fue una de mis series de referencia, aunque ponerme en la piel de una señora tan vetusta y con faja no me estimulaba demasiado, y menos a esas horas tan tempranas en las que sólo me escribe mi fiel Vlad. Así que guardé silencio, resolví otros enigmas de mi vida laboral y esperé a que pasaran las horas deseando ardientemente que al entrar en el portal mi nuevo más mejor amigo  andara despistado con la jardinería o recogiendo las basuras.

Pero no. Eran las 20.30 horas y ahí estaba él. Entretenido con una vecina pero sin dejar de vigilar el portal con el rabillo del ojo. Me esperaba a mí, sin duda,  porque se abalanzó  en cuanto me vio llegar escorada y con el móvil en la oreja, ese viejo truco que utilizo para disuadirle y que claramente no sirve para nada. 
Mi alter ego, Jessica Fletcher


Yo entré con paso firme de legionario, pero él se interpuso entre mi determinación y el ascensor. De ninguna manera iba a escapar sin resolver "nuestro caso". Así que tomé el toro por los cuernos. E hice la pregunta que la señora Fletcher llevaba urdiendo todo el día. La clave que abriría la resolución del enigma.

-¿Cuántas personas tienen llave de la azotea, Vladimir?

Al hombre se le iluminó la cara. Esperaba, sin duda, mi pregunta y llevaba la respuesta preparada. Sabía que me iba a causar estupor y temblores. Sabía que tras ella entraría en un estado de excitación tal que en mi vida (de presidenta) habría un antes y un después.

-Todos los vecinos tienen llave. (Mirada clavada, dando a entender todo y nada. Música barroca de fondo. Vecino que entra y me mira con compasión, pero se hace el loco para no parar)
-¿Cómo que todos? Yo no he tenido llave de la azotea jamás.
-Todos.
-Vlad, le juro que en mi vida he dispuesto de esa llave.
-Todos.

Lo que faltaba. Yo era sospechosa como la que más. Y Hércules Vladimir no iba a dejarme ir de rositas. Tras insistir una vez más en mi defensa y responder él un tercer "TODOS" -ahora parecíamos Popoff y Teddy o Maxwell Smart y la agente 99- le dejé explayarse con sus sospechas. Que si los dos portales contiguos comparten azotea, que si don tal y doña tal tienen llave fijo, que si tal vez se trate de un sabotaje entre compañías telefónicas... Yo ponía cara de interés y pensaba en si habría suficientes tomates en la nevera para hacer un gazpacho, y entonces él forzó aún más el celo de su investigación.
El cuerpo del delito


-Subamos a la azotea, que se lo enseño.

Y ahí Jessica Fletcher estuvo rápida: "De ninguna manera, Vladimir.  Ya me hago cargo del bolso Fendi, digo del cajetín, y ahora sólo resta llamar al seguro a ver si nos lo arregla. Buenas noches y gracias. Por cierto...¿qué hacía usted en la azotea tan temprano?

-Yo es que subo todos los días, a echar una miradilla...

Entendí en ese momento que hay misterio para rato y que, como en el Cluedo, o como en  Asesinato en el Orient Express, un cúmulo de sospechosos habitan el edificio de esta mi comunidad. El tedio de mi vida ha terminado. Ya tengo una misión. Ha nacido Jessica con nuevos bríos y sin faja. Y su cómplice puede ser el asesino.






miércoles, 7 de mayo de 2014

EN MARTES, NO TE EMBARQUES

1-"El segundo peor polvo de mi vida fue con un japonés. Recuerdo que le decía: "¡Pero dónde vas, Maricarmen!". Doy gracias al cielo por sentarme tan cerca de U. A la pregunta inmediata de ¿cuál fue entonces el primer peor polvo? declina contestar. U. tiene sus principios y, aunque cueste creerlo, vale más por lo que calla que por lo que cuenta.

2."Yo ya me vine acá. En París me aburría como embajador de Chile. Enviudé, soy un hombre soltero y aquí estoy. ¿Chile...? Chile queda muy lejos...". Ayer, en la presentación del libro de Jorge Eduardo Benavides "La paz de los vencidos" (Nocturna ediciones) en esa librería Alberti cuya atmósfera íntima y la esmerada selección de libros me convierten en una Holly Golightly frente al escaparate de Tiffany´s , el escritor Jorge Edwards (1931), presentador deluxe del acto, ofreció un recital de elegancia y amor a las palabras no exento de agudo humor. Edwards luce porte diplomático y un aire a Alfred Hitchcock hasta en los andares. El punto justo de distancia, la ironía flemática y compasiva y ese dominio del tempo en el discurso que te deja prendida de su boca, de sus ademanes lentos y sabios. Y sin saber cómo te invaden unas enormes ganas de pedir el té de las cinco aunque sean las ocho y huela a tinta.
Presentación ayer, librería Alberti

3.Vuelve R. de su arranque de viaje alrededor del mundo con barba de muchos aeropuertos y el cariño cómplice de siempre. Tiene la modestia de los que esperan que bucees dentro para encontrar el diamante que lo habita. Me habla de Petra, de Zimbawe y de un viaje en autobús de muchas horas. "Las vacunas me dieron reacción, tenía gripe y me entretuve escuchando la conversación de una madre y una hija". Le robo el contenido de la charla de su muro de facebook porque R. es un gran escuchador y se queda prendido de lo que vale.
-La hija: "Manu me quiere más a mí que yo a él. Si en un plato hay dos hojas de lechuga y una está marchita, siempre me da a mí la buena. Es feliz con muy poco y siendo así me hace a mí feliz". 
-La madre: "Tu padre y yo nunca fuimos amigos, sólo amantes. Hay parejas que se quieren y otras que simplemente se dan calor. Nosotros nos dábamos calor".

4-Mediodía, guisantes con jamón y otro reencuentro jubiloso y esperado. El vuelco en el corazón. Él, mirada de reojo: "Tienes unos buenos muslos, sí, de corredora velocista". Ella, mordisqueando dos o tres guisantes: "Ya sé que no soy Kate Moss..." Él, vehemente: "Si no te conociera y me pusieran una foto tuya al lado de otra de Kate Moss no lo dudaría. Te elegiría a ti". Cuando D. se emplea en el piropo, no escatima. Y siempre hace calor, es fiesta y te da la risa. 

5.Interior, noche: Hija: "D. le ha pedido salir a G. y yo sólo tengo ganas de llorar".  Madre: "Tú eres demasiado especial y ese niño es un coleccionista. Los que merecen la pena no van a por todas, se quedan con una y la hacen sentir única. Que no se te olvide".

P.D. Fragmento de entrevista a Jorge Edwards en El País, enero de 2013:

Enamoramientos. “Hubo muchos, no todos están en el libro. Hubo platónicos, con amigas de mis hermanas. Hubo amores muy escondidos, con mucho miedo. En la adolescencia me atreví más, y tuve que aprender boxeo para defenderme de algunos celosos. Pero el médico me dijo que yo no debía boxear, así que paré un poco. Había un poeta inglés que decía que él había creído que el sexo acababa a los 40, luego pensó que a los 50, y así hasta los 80. ¡Y no se acaba nunca! No se acaba nunca, doy fe". 





martes, 6 de mayo de 2014

CUANDO FUI MADONNA. (Curso del 89)

-Toda esta semana ando por Madrid. Si tienes un hueco recordamos aquel viaje a Italia del 85 y los 29 años que vinieron después.
-¡Claro! Salvo que yo no fui al viaje...
-¡Claro que fuiste!
-Te juro que no.
-Si te recuerdo cantando canciones de Madonna...

Esta es la reproducción exacta de mi intercambio de wasaps ayer con A., antiguo compañero de COU al que no he visto desde los 17 años.  Naturalmente me invadió el desconcierto. Él debía pensar que yo era otra. Una material girl que en ese viaje al que mis padres no me dejaron ir se contorsionaba sobre la barra de un bar, borracha como una cuba y ataviada con un espantoso vestido de encaje negro acrílico. Una chica divertida y spicy, capaz de volver locos con su golpe de cadera a toda una generación de adolescentes de colegio de curas con las hormonas al rojo vivo.

Pero esa no era yo, porque yo, en aquel curso del 89, era una virgen flaca sin curvas a la vista y ataviada con chándal de algodón de colores -prometo que se llevaban, o lo llevábamos las que no éramos Madonna- y con el corazón roto por un desamor que tardaría en cicatrizar y que la acercaba más al malditismo literario que al pop irreverente. Era, me recuerdo, una de las habituales del "barrio prohibido". Ese lugar sin fronteras físicas ubicado en las últimas filas de la clase de letras puras donde si no te sabías la lección y El Buque, profesor de historia, citaba tu nombre, un compañero generoso decía: "Ausente".

En el colegio de curas las chicas éramos transparentes para los curas y para los profesores. La misoginia estaba in the air, como el amor. Diría que se nos consideraba un estorbo  para la concentración de esos hombrecitos que hasta la fecha habían sorteado las distracciones propias de un aula mixta. A. era uno de ellos y lo recuerdo perfectamente. No, no era Elvis Presley ni tampoco Michel Jackson. Era un empollón con los ojos enormes y azules que se sentaba con el cuerpo adelantado y apoyaba la barbilla en los puños, concentrado en la clase. Bastante callado, diría que tímido, aparentemente tranquilo y desde luego brillante. Juraría que estudió Derecho, pero nos perdimos la pista hasta que el dios de las redes sociales nos reunió hace un año, o algo más. Supe que se había casado, como yo, divorciado, como yo, tenía hijas y había escrito un par de libros (no como yo). Y esta semana tomaríamos algo y nos pondríamos al día de la vida. Tres décadas por repasar. Divertido y excitante.

Salvo que yo no soy Madonna. No soy esa chica de ayer. No estuve en Italia en ese viaje porque mis padres eran como la Gestapo y se olían que detrás del Coliseum habitaba el despiporre. O porque ese verano previo a la universidad mi hermana y yo lo pasaríamos en Inglaterra. O...

No era esa chica, pero hubiera matado por serlo. Me habría arreglado cuidadosamente antes de salir a bailar, concentrada delante del espejo y estrenando esa libertad de los diecisiete cuando por fin te vas de casa con tus amigos, kilómetros entre las órdenes y el desacato, y has metido en la maleta a escondidas un corpiño negro y unas mallas. Y tu amiga te presta el eye liner y un rouge (entonces pintalabios) rojo como la muerte, y te sientes ligera y traviesa y sabes que algo va a pasar. Y te tiembla el pulso. Y te miras y ves a otra. Alguien que no eres tú, que tiene licencia para hacer eso que tú no harías. Jeckyll y Hyde. Un asalto a un banco, un revolcón o un striptease. Cualquier ritual antes de ingresar oficialmente en el mundo adulto de la facultad. Y empezar la carrera hacia eso que te han estado diciendo toda la vida: el famoso "día de mañana". El futuro como meta. Qué estupidez, visto con el tamiz de los años.

Pero esa chica, presente continuo, esa casi mujer que se pinta como una mamarracha no entiende más futuro que la pista de baile, bendita sea. Y esta noche va a dejarse la piel y el alma entre el golpe de caderas y los brazos en alto. Y juro que no ha dejado de bailar, aunque ese verano del 89 no conociera Italia. Y hoy entiende que hay un capítulo pendiente en esa vida que no fue. Y se ha propuesto buscar aquel corpiño que no tuvo y salir a darlo todo. O no, ahora recuerda que ya lo dio todo, y que está en paz con el pasado. Y le invade la ternura cuando piensa en aquel chándal verde y azul, la media melena y el corazón destrozado a machetazos. Y no, no se cambiaría por ninguna de las dos. Y así se lo hará saber a A. cuando se encuentren y no la reconozca. O puede que sí...

-Voy a enseñarte una foto no sea que esperes a otra y te lleves un chasco.
-Te tengo perfectamente identificada. Además no has cambiado nada desde la orla de COU. Ahora me dirás que no estabas en la orla...

P.D. No recuerdo esa orla. Por dios bendito, A., tráela contigo. Necesito rescatar a esa chica que debí ser un día, tres décadas atrás.


domingo, 4 de mayo de 2014

MADRES DE AYER Y HOY

"Mi madre era una mujer muy colorada de cara, y a la que le gustaba beber; cuando ya estaba dentro de su caja mortuoria clavé muy fijamente en ella la mirada y me apropié de su cutis". Charles Dickens, "Paseos nocturnos". Taurus.

De pequeña, clasificaba a las madres en función del aliño de sus hijas. Las que iban impecables, con los pelos en su sitio, los zapatos lustrados, olor a colonia de limón, el uniforme del colegio en perfecto estado de revista, el bocadillo envuelto cuidadosamente y la cartera sin restos de boli ni mordeduras del tiempo en las costuras, eran para mí las madres fetén.

Luego, en las antípodas, estaba la madre de B. Una niña desaliñada y pálida que olía a tocino rancio y parecía llevar el mismo pichi colegial desde el parvulario. La tela príncipe de gales sin brillo, ajada y tan mortecina como el pelo ralo de su dueña, que rara vez llevaba merienda al recreo y que solía mendigar un mordisco del bocadillo ajeno, ávida y huérfana de amor y de cuidados.

Aquella niña, lo recuerdo, llevaba siempre los calcetines caídos y suspendía en la EGB. Su madre solía dejarse ver en el bar más cutre del barrio, ese que habitaban los porteros y albañiles, oscuro de neones grasientos, denso de humo y carajillos de amargura. La mujer vestía una gabardina guardapolvo que fue beige y el pelo recogido en un moño relajado, como a punto de deshacerse. El pitillo en la boca y las manos apoyadas en la tragaperras multicolor, donde echaba perezosamente las monedas que le cambiaba el dueño del bar, mientras pasaban las horas y el cocido esperaba en el puchero.
Charles Dickens


No se me ha olvidado esa mujer, porque destacaba en un barrio razonablemente acomodado donde ese bar tambien era una provocación, un corte de mangas radical al comme il fault. Un desatino estético y moral que hacía que el resto de las madres apretara el paso o fingiera no verlo.

La madre de B., me parece, bebía. Y puede que saliera del bar tambaleándose a esa hora indeterminada en la que no estaba segura de si tocaba poner la mesa o acostarse. Del padre, naturalmente, nunca supimos nada. Era una incógnita, un fantasma, o tal vez un tirano que causaba el pesar en el harén y ensombrecía la sobremesa y el telediario, el ruido de los vasos al chocar, las ganas de dormir, de olvidar la miseria. Hacerse invisible. Desaparecerse en una dura de arena, de sueños impecables con olor a lápiz recién afilado.

(Las madres, por entonces, eran amas de casa en su mayoría. De profesión, "sus labores", escribíamos en los formularios del colegio.  Eran, debían ser, madres perfectas. Eso o nada.

Así que B. era la niña más taciturna del mundo que contenía el aula de las monjas. El crucifijo sobre la pizarra de un dios que no se compadecía de ella ni de sus zapatos sucios. Tan Dickens, tan cerca de ese otro mundo de niñas atildadas y arrogantes. Las gomas de nata Milán, el estuche ordenado y el polo bien planchado, la impronta del vapor alrededor del cuello. La vida no podía despeinarlas. La miseria había que ocultarla. Lo que no se habla, no es. No existe. No se mira ni se toca.

Tan cruel.

No sé en qué momento B. salió del colegio; no la recuerdo en el bachillerato, aunque sí la turbación de descubrir sus piernas blancas, sin tono muscular, llenas de pelos negros. Y las risas despiadadas de otras chicas porque tenía pechos y un sostén feo, color panza de burro,  que se cuidaba de no airear en el vestuario del gimnasio.

A la madre me la crucé un día, años después, y nos miramos un instante. Tenía la piel como un acordeón y entre los surcos unos ojos verdes empañados de mala vida y de cansancio. Sentí toda la culpa que cabe en un corazón adolescente. Lamenté haber sentido cierto asco al acercarle a B. el bocadillo. Me recordé a mí misma con los pelos revueltos, desafiando la dictadura de unas horquillas que rara vez estaban en su sitio. Me vi con la mochila llena de migas, el boli bic mordisqueado y las rodillas siempre llenas de costras que secaban y volvían a sangrar. 

Mi madre no era perfecta. A veces se le olvidaba el bocadillo y nos daba dinero para un triángulo de chocolate. Yo no soy una madre perfecta, a ratos necesito que nadie me reclame, huír de los horarios, las listas de la compra, los deberes a punto, el despioje, la revisión de la mochila, los calcetines sin tomates...

Pero cada mañana, cuando le hago a Minichuki la coleta, me aplico con el peine o el cepillo, una vez, dos, tres pasadas para que quede bien tenso y la madre mejorable pase en examen. Y confieso que rara vez lo consigo. Y lo lamento.

-Mami, te ha salido fatal esta coleta. Anda, déjame a mí, que yo ya sé...

Y vuelvo a ver a B., esa pobre niña. Y esa madre gris me interpela. Y me apropio de su cutis y hasta de su gabardina. Y siento no haber sido mejor compañera. Esa crueldad involuntaria que, sin embargo, pesa y no se va. Como esos fantasmas de los cuentos.