lunes, 30 de junio de 2014

MUÑOZ MOLINA O EL HOMBRE CULTO

Suelo leer los sábados con avidez a Muñoz Molina en Babelia. Su aproximación a la cultura me parece un fogonazo que rara vez se queda en eso. Es, a mi juicio, un hombre profundamente culto que sólo llama a las puertas de la erudición para completar la estructura de su pensamiento, no como espina dorsal de un discurso que pretendiera apabullarnos con datos, fechas y nombres.

Muñoz Molina novelista me gusta, pero no siempre consigue arrebatarme y tengo aún obras suyas por leer en mi estantería Taj Mahal (llamada así por lo que tardó en hacerse, pese a su simplicidad, no por el diseño ni porque un ex novio la ordenara construir en mi honor, dado que sigo viva). Pero el ensayista que también es consigue que  me apunte frases, reflexiones y también citas que sospecho me pueden ayudar a levantar el andamiaje íntimo de lo que es uno y sus convicciones.

Cuando escribe sobre arte, por ejemplo, proyecta una visión personal enriquecida por sus viajes, lecturas, anécdotas del artista, interpretaciones de su tiempo y no renuncia a trasladarnos la huella que ha dejado en él, en un ejercicio de intimidad salvaje  pero nunca exhibicionista que te ayuda a saborear mejor esa exposición cuando tú después vas al Thyssen, al Reina Sofía, a la Fundación Mapfre, a la Juan March o al Prado. Mis mecas del arte en Madrid.

Y si ya fuiste y lees después su artículo atas cabos, compruebas con palabras lo que te dejó pegada a un cuadro o por qué había un hilo conductor que a ratos se rompía y recuperabas en otra sala. También  por qué dos pintores de siglos diferentes se encuentran en un gesto, en una pincelada que es un símbolo de esa conjunción que tú nunca has sabido relacionar pero él sí.

Y ayer Muñoz Molina no iba de arte sino de intelectuales. De Tony Judt, al que empecé a leer por casualidad un día, como a tantos. Y de una obra escrita hace años que acaba de ver la luz. Se llama "El peso de la responsabilidad" (Taurus) y se refiere a justamente a la responsabilidad pública, ese bien escaso, analizada desde algunos intelectuales franceses como Leon Blum, Raymon Aron o Camus.


"Lo que une a esos tres hombres tan distintos entre sí, dice Judt, es también lo que los hace ajenos a la mayor parte de los literatos, intelectuales y políticos del país y de las épocas en las que vivieron: un sentido exigente de la responsabilidad personal, entendida en una doble acepción; la responsabilidad, en primer lugar, de mirar el mundo con los ojos abiertos y con la necesaria atención, y no atolondradamente o confusamente, a través de categorías ideológicas, o de las modas o los lugares comunes; y la responsabilidad, además, de actuar y escribir en virtud de las propias conclusiones obtenidas mediante la observación, la reflexión y la crítica, aunque eso supusiera ponerse en contra de la facción o del grupo al que uno pertenecía, enfrentarse a los mismos que hasta entonces lo habían acompañado y ahora lo llamarían apóstata, renegado, incluso traidor".

Vuelo al Taj Mahal y recupero un libro de Tony Judt del que ya hablé aquí, "Pensar el siglo XXI" . Compruebo que el escritor, y más aún el ensayista, habla de lo mismo a lo largo de su vida, de su obra, aunque las etiquetas sean distintas. A Judt le inquietan y excitan los intelectuales "La mayoría de los cuales -escribe- se imaginan defendiendo y promoviendo grandes abstracciones. Pero creo que la forma de defender y promover grandes abstracciones en las generaciones venideras consistirá en defender u proteger instituciones, leyes, normas y prácticas que encarnan nuestra mejor manera de plasmar esas grandes abstracciones. Y los intelectuales que se preocupen de esto serán los que revistan mayor importancia".

Lo que me lleva a sentir la necesidad de hacer una lista de los intelectuales de hoy. Quiero referencias, mentes claras que me ayuden a entender. Me salen pocos nombres, seguro que debido a mi ignorancia. Si los intelectuales callan entrarán a saco los dogmáticos, los demagogos y los politicastros y nos parecerá que sus palaras son la ley. Y será una catástrofe.

Empiezo la semana sintiendo que debo hacer algo con lo que leo y lo que leen mis hijas. Debo medir aún más lo que entra en mi casa, en mi Taj Mahal y en mi cerebro. Eliminar los ruidos, la basura. Quemar el Burguer King que es el televisor cuando escupe esos programas para descerebrados que enganchan a mis chukis como un Whopper completo. Renunciar al parloteo para rellenar los huecos algunas noches de sofá.

"El peso de la responsabilidad empieza en el momento de medir las palabras", termina diciendo Muñoz Molina. Y yo me callo.

domingo, 29 de junio de 2014

ANOCHE SOÑÉ QUE VOLVÍA A MANDERLEY

Jardín Príncipe de Anglona, hoy
"Anoche soñé que volvía a Manderley..."

Vuelvo a ver "Rebeca" como planazo siestero y a asombrarme de la tersura de esta dama que se estrenó en 1940.  A Hitchcock lo encuentro un poco Shakespeare, tan contemporaneo por su capacidad de escudriñar el alma humana. Las pulsiones que explican nuestra forma de estar en el mundo. El amor desigual, los complejos, los anhelos y el miedo, todo junto y concentrado en un ventanal inquietante por el que asoma una figura siniestra vestida de riguroso negro. Mar de fondo.

El alma. Eso de lo que hablaba Platón y de  lo que nos hablaron vagamente en la conferencia inaugural del programa "Mujer y Liderazgo" que empecé el viernes en el que un grupo de (presuntas) superwomen aprenderemos durante un año a identificar nuestras debilidades y a apuntalar fortalezas. Hablaremos de economía, de historia, de religión, de coaching, oratoria o gestión salarial pero también de creatividad, arte o grafología. Entiendo que esta no es una escuela de tiburonas con las fauces abiertas, sino de mujeres que se preguntan cómo ser mejores para poder dar más.

Primer temor: el gallinero. No me gustan los grupos de mujeres, a priori. Sospecho de las etiquetas de género y temo los llamados "asuntos femeninos" en las conversaciones. Pero tras la primera jornada, de ocho horas, compruebo que he tenido mucha suerte. Hay ingenieras, financieras, químicas, abogadas... Inteligentes, con sentido del humor y las mismas inquietudes que yo. Enseguida nos sentimos grupo y funcionamos engrasadas como tal. Sin ñoñerías, sin arrogancias de cargo. Sin discursos de feminismo trasnochado.

-Yo no creo en las cuotas, aseguro. Es más, me repatean si son una puerta trampa para que entren mujeres mediocres que den argumentos contra las demás. (La mujer cuota es como la mujer pantera. La temo más que a un nublaó)
-Yo tampoco creo.
-Ni yo, pero si están, debemos aprovecharlas y procurar que entren las mejores.

La primera lección: "Derrotar tu propia mediocridad requiere una estrategia".

Asumo que llevo una mediocre dentro y me consuelo asistiendo a ver cantar a un coro de ángeles vestidas de monjas en la Capilla del Obispo. Una iglesia del siglo XVI situada en la Plaza de la Paja de Madrid,  enclave mediaval en el que lo mismo vendían gallinas que ahorcaban gente y donde hay un jardín, del Príncipe de Anglona, recoleto y sin vigilante, donde imagino todas las variables del amor cortés e incluso descortés mientras hago tiempo para la misa concierto.   Huele a aligustre recién cortado y a domingo sin averías.

(He vuelto a Manderley, a este Manderley de los Austrias donde ayer estuve con mis compañeras. La cultura es una de las bases del líder)

Capilla del Obispo
A las 12,30 empieza la misa. Las hermanitas del cordero visten hábitos de tela vaquera, son delgadas, de piel nívea, llevan gafas de montura metálica y sonríen como si custodiaran el secreto de la felicidad. No creo que ninguna pase de los 35 años. Entran sigilosas y se sitúan en el suelo frente al retablo mayor y al impresionante cenotafio de alabastro y empiezan a cantar. Se abre el cielo. Las voces, de cristal, te conmueven, te atraviesan. Te dan ganas de creer en dios. Pero enseguida entiendes que la fe no es imprescindible. Bastan el respeto y la sensibilidad para empaparte de este espectáculo de una belleza sobrecogedora. Anoto, no sé por qué,  que debo leer La República de Platón que leí obligada en su día.

Verdad, bien y belleza.

 Tras la levitación, vuelve la mediocridad. Intento sin éxito crear un grupo de wasap de lideresas. Ignoro si el tecnolerdismo se supera con unas clases, pero lo dudo. Mi Manderley es ese. Veremos como queda tras el incendio...




jueves, 26 de junio de 2014

ME GUSTA, NO ME GUSTA

1.A mí no me gusta Jazztel, por más que a mis vecinos del muro de Facebook, al parecer, les llegue este mensaje de cuando en cuando sin mi permiso y sin que nunca haya clicado una tecla de adhesión. Por si acaso, tampoco me gustan los frutos del bosque (por ácidos y pellejudos), el marido de Elsa Pataky, las novelas históricas, la bici elíptica, el tecno, los museos de cera, los tertulianos huecos, el exceso de gerundios ni las lacas de uñas irisadas.

2.Hay encuentros fortuitos que te revalorizan socialmente. Anoche, cena de chicas (dos madres, dos adolescentes) en Iroco. De pronto aparece L., tan guapo, trajeado y rechinflante como siempre, besa la mano ceremonioso a mis acompañantes y me presenta a sus partners de mesa: un arzobispo vestido de tal y un cura de alta graduación. Este último conoce bien la revista donde trabajo, me informa, y alaba "mi glamour" con un vistazo elocuente de pies a cabeza. Cuando regreso a la mesa, mi hija &co me preguntan ojipláticas que qué ha sido eso. Nunca un hombre menor de 40 (ni mayor) les había saludado con un besamanos. Nunca un cura de uniforme había piropeado a su madre. Nos hacemos cruces las cuatro.

3.Alquilo en Amsterdam un piso moderno y adecuado para una serie de televisión de treintañeros indiepijos para mi chukiescapada y el dueño, un tal Sasha, me pregunta preocupado si mis kids son noisy al saber que iré acompañada de menores. Le aseguro que son unas pellejas, respondonas, desagradecidas, irritantes y a ratos abúlicas pero que los decibelios están controlados. Sasha se lo piensa unas horas y luego me envía su conformidad con un cálido "welcome home". Respiro aliviada y ya nos visualizo surcando canales en bicicleta, pateando los mercados de flores y perdiéndonos en los brazos de Van Gogh con una Heineken fresquita a la salida. Qué gozada.
Amsterdam, allá vamos

4.Acudo con L. a la presentación de la nueva colección Panthere de Cartier y nos quedamos sin aire delante de las vitrinas. "Debo estar haciéndome mayor, porque de repente me gustan estas joyas", le confieso. "Y yo...". Nos enamoramos de un colgante sencillo pero definitivo. Si me lo pusiera me sentiría un poco Liz Taylor, un poco Wallis Simpson, un poco Gloria Vanderbilt. Son en epítome de la belleza que admiro. Nada estridente, refinada y con un punto de locura extravagante. Amo esas panteras (que lo dija mi Facebook, si le place).



miércoles, 25 de junio de 2014

¡QUEMAD MADRID! (O llevadme a la López Ibor)

 El día que decidí marcharme a vivir a Madrid yo andaba con mi Nokia 1110 como Carmen Maura con su Heraldo rojo: loca de amor, pendiente de una señal”.

Debo comenzar diciendo que el día que Raquel Peláez se sentó frente a mi mesa para decirme pudorosa y casi en un murmullo  “jefa, he escrito un libro” me dio tanta alegría como si me lo anunciara una de mis hijas o uno de mis hermanos. Así que, confesada mi debilidad por Rakelina, compañera de trabajo de quien siempre he pensado -y así se lo he dicho- que sería la cuñada ideal si ese rol no estuviera ya cubierto en mi familia, añadiré que todo lo que viene a continuación no es fruto del cariño sino de la admiración. Del justo reconocimiento de su inteligencia sagaz, de su talento poliédrico y de ese humor  haute couture disfrazado de trapillo que lo mismo le da para imitar al rey Juan Carlos como nadie que para escribir “Quemad Madrid! (O llevarme a la López Ibor” (Libros del K.O).

Como madrileña entiendo que cuando el crack de Ponferrada posa su mirada sobre mi ciudad va a descubrirme otra ciudad que yo nunca pisé. Otra Movida efervescente. Llena de referencias curiosas (livianas y cultas), de bares con fritanga y de bancos para viejos. Pero también de una arquitectura con nombre propio, de cuadros ocultos en el Prado, del símbolo masónico que oculta un sandwich de Rodilla y de trozos de un cielo azul brillante que sólo ve el  de provincias cuando es listo y ávido y mira trasversal, como ella mira. 

Y te lo cuenta en modo low profile, para quitarle hierro a lo que sabe igual que ha decidido ir de payasa y de Lina Morgan malasañera para no darse importancia, como hacen, me figuro, los listos de provincias que sienten un respeto profundo por Madrid aunque hayan tomado la alternativa en las Ventas y toreado Miuras hace rato.

Yo le debo a Madrid mi primera experiencia con el sexo. Fue en la jaula de los mandriles del zoo. Nos habían llevado allí para que viésemos al oso panda, pero los babuinos nos hicieron más gracia porque metidos entre rejas fornicaban salvajemente sin recato ni pudor frente a un público entusiasta entre el que me incluía”.
Raquel Peláez, haciendo de sí misma

Además de aguantarme el día a día laboral, la mirona del fornicio ajeno autora soporta mis post sobre la avaricia lerda de los provincianos, de cierto tipo de provincianos, sin ofenderse y sin pensar "menuda cretina". O lo mismo lo piensa, pero no se lo queda dentro sino que  viene como un rayo a decirme que conoce bien al de provincias que critico como yo sé que el capitalino arrogante está a la orden del día y campa por sus respetos aunque no haya pisado un museo en su vida, dija ejjjque más que Bono, profese el laísmo como religión y no sepa dónde demonios está la Ciudad Pegaso (esa alegoría de mi infancia que nunca supe ubicar pero sonaba a Tierra Prometida, a corceles en libertad, a metal bruñido y a comuna exótica, todo junto).

Así que la madrileña ignorante que soy se ha dado un buen baño de cultura urbana leyendo este libro en la playa, en el tren, y ha mirado distinto la estación del AVE de Atocha mientras pensaba que hay personas que son mucho menos de lo que parecían y otras, como Raquel, que ocultan trastiendas sorprendentes y captan mejor que tú el aire de los tiempos modernos, y cuando te descuidan alumbran greguerías como que "los castellanos son el tricornio de los pies", y se quedan tan anchas.  

Modelo de iniciación en el sexo de Raquel Peláez
Porque si hay una moderna de verdad, que no una modernícola (la pobre también soporta con estoicismo mis embestidas al postureo) es ella.  Lo que sabe de música, lo que sabe de moda y tendencias, de libros, del ser humano te diría, se lo guarda dentro y lo saca a pasear sólo cuando es preciso. Jamas con grandes titulares, si acaso con ladillos. Y nunca vende motos, doy fe de lo que digo.

Quien tenga la suerte de conocerla creo que estará de acuerdo conmigo. Quien no, podría empezar leyendo este libro perpetrado en silencio, sin preaviso y sin ínfulas. Con su tono falsamente ligero que concentra mucho pensamiento, mucha conclusión, mucha humildad y toneladas de entendimiento. Y además de reírse, sorprenderse, sentir curiosidad por saber más, encontrará respuesta a algunas de estas preguntas:

¿Los zapatos castellanos confieren superpoderes bursátiles?
¿Es moralmente reprochable emborracharse en el VIPS?
¿Puede pelear por la modernidad una ciudad que desayuna churros?
¿Quién quemó el edificio Windsor?

P.D. Rakelina, ahí te va este chotis porque es lo más moderno que he encontrado y porque no se me ocurre mejor regalo ni mejor llave de la ciudad. Te lo has ganado. 
P.D.2. Ya sabes que te quiero. Gracias por soportarme cada día.



martes, 24 de junio de 2014

LA NUEVA REFORMA FISCAL O LA TORTURA

Que te hagan tributar por la indemnización por despido se parece a que te echen sal en una herida abierta o a que tu novio se líe en tu cara con tu mejor amiga. Sin triunfalismo deportivo que llevarnos a la boca y pasada la euforia social del cetro y la corona, el anuncio del Gobierno te corta el cuerpo y te recuerda que siempre hay una vuelta más en el garrote vil de la tortura. Y que uno puede llegar a añorar esos días de calimocho y cactus en los que sólo rebajaron el cálculo por días trabajado y el paro era un erial, sí, pero aún se respiraba gratis y la desesperanza parecía haber tocado fondo.

Imagino que hay un término preciso para definir la capacidad de encajar un golpe más cuando ya estás tirado, noqueado, en la lona del ring. Yo no lo tengo. Se me ocurren imágenes dantescas, perros apaleados, niños sin comedor escolar para asegurarse una comida al día. Vacaciones en casa, sin salir porque cuesta. Tengo amigos, ya lo he contado, que hace años que viven al límite de sus fuerzas. Que miden cada caña que se toman. Que no proyectan viajes, que se cortan el pelo en el salón. Que piensan que el futuro de sus hijos está lleno de puertas y ventanas que se cierran. Que esperan, desesperan, el próximo portazo y buscan en las papeleras retazos de una dignidad que se resiente.

Que hace rato ya sacaron a sus hijos del colegio privado, después del concertado. Que emigran al pueblo porque aquí no hay futuro. Que deberían odiarte porque tu duda es si este año será París o Budapest, Londres o Praga. Que entienden que cada golpe, preciso y en el hígado, vendrá sin anestesia.
Praga

La brecha social de la que se habla no es de ricos y pobres. Es de gente que espera y gente que desespera. Y los segundos no entienden de censos ni estadísticas. Y el populismo tiene el terreno abonado. Y entiendo que la coleta sea mucho más que una liana a la que agarrarse, una mano tendida, un pañuelo para limpiarse el sudor. Y ya analizaremos otro día.

Anoche en una velada social un hombre bien vestido decía que le daba miedo el auge de Podemos. Y ponía, histriónico, una mueca de pánico como si hubiera visto al  fantasma que recorre Europa, ay Carlos Marx. Le dije que la demagogia se perdona cuando se tiene hambre. Que es la droga barata de los que no encuentran salida. El pegamento inhalado de los niños de la calle.

Me miró como si fuera transparente, siguió a lo suyo, perplejo, pensativo y perfumado.

La expresión, ahora lo veo, era la de quien teme que un ejército de zombies entre en su mansión y asalte su nevera.





domingo, 22 de junio de 2014

MATERIA ORGÁNICA

 “Uno es solo, completamente solo y es azul”. El jardinero llega hasta ahí en sus pensamientos más abstractos y se detiene sin resuello. Ahora contempla una salamandra manca en la pared encalada y se pregunta qué podría hacer por ella. Matarla, quizás, y liberarla de sí misma, de arrastrarse como una tonta penitente en busca de insectos, aturdida por la luz. O lanzarla al cristal, a ver si de verdad esas patas son ventosas. Tal vez con un poco de saliva. O meterla delicadamente en una caja de cerillas, llevarla a casa y darle de comer, velar su sueño herido.

El hombre duda como duda de que el fin del mundo no sea el fin del mar o el recodo que emparenta el bosque con la falda de la montaña. Y ahora se plantea de qué color será la sangre de una salamandra. Su temperatura, densidad y volumen una vez extraída. ¿Toda la sangre de un reptil pequeño cabe en una probeta, en un dedal o un portaminas?

Su sabor. ¿Metálico, salado? Mejor que chupar cal. Eso seguro. Peor que el recoveco íntimo y húmedo de una mujer. De cualquier mujer menos la suya.

Al jardinero le pasa lo que le pasa a los hombres sin fe y sin grandes pensamientos. Debe actuar. Sacar la azada y el rastrillo. Liberar a una planta de sus ramas secas. Cortar la rosa marchita, echar un escupitajo en la pradera y descansar del plomo de ese sol. Un largo trago. Y se plantea que el seto se ha escapado por sus fueros y que esa magnolia es droga dura, el perfume mareante de un puticlub local después del sexo. Y entonces, puede que por asociación de ideas, siente ganas de orinar. Y lanza un chorro poderoso contra el tronco del árbol, y lo orienta después contra la pared, y sube hasta alcanzar a la salamandra. El pobre bicho ni se mueve, deja que lo inunde la miseria líquida, el orín caliente y la materia orgánica que es el ser humano desnudo y sin discurso.

Y a ella le falta una pata. Quién se la cortaría. Y él se guarda el sexo, lo protege. No sea que le muerda. El animal empapado y vengativo. Y cae la tarde y el jardín huele fuerte a todo junto. A jazmines y a dama de noche debutando, al sudor rancio del cuerpo del jardinero diez horas de trasiego incesante. La siesta, lo mejor, bajo un magnolio. Y solo, tan solo y tan azul. Y no le da para más disgresión pero lo siente. Siente que alguien lo mea sin permiso. Que el destino es infame con los simples. Que olvidó afilar esa tijera. Que mañana es fiesta y que esa puta lo espera pegajosa de tedio y de perfume. Que podría llevarle de regalo una pata de salamandra. Un broche en el sostén, qué divertido. Que después será lunes, otro lunes. Azul, caliente, desmemoriado y seco. 

Y entonces con su bota derecha, pesada y con remaches y restos de hierbajos en la punta aplasta al bicho y lo restriega despacio y a conciencia contra el blanco impoluto y lo deja perdido.

Y es parda. La sangre es oscura, espesa como el alquitrán. Y él sonríe, satisfecho. Y recoge sus aperos, arracna una flor casi seca y vuelve a casa.


viernes, 20 de junio de 2014

LAS MALQUERIDAS

Fui a ver Violette porque me gustaba el título y era en francés. También porque me convenía por la hora y porque Madrid sin banderas ni triunfos me había dejado huérfana y a merced de un calor  asfixiante que sólo podía resolverse en tormenta y en la oscuridad de un cine. 

En la sala sólo había mujeres, y de haber habido algún hombre -no lo descarto- se habría vuelto invisible, menguante, qué sé yo.

No, no era una comedia romántica, una de esas "de chicas" según el reduccionismo más convencional. Era la historia de una escritora coetánea de Simone de Beauvior a quien le costó triunfar mucho más que a ésta y que no tuvo un Sartre cerca con la que formar un tándem irresistible para la posteridad. 

Al principio me aburrí con esa Violette Leduc desnortada y ansiosa que recorre el bosque con una maleta de estraperlo y sólo con su pelo enmarañado y sus andares erráticos te muestra un espíritu adusto y herido. No debía tener un buen día porque hasta me planteé abandonar el cine. Pero había algo en la historia que me mantenía allí. Como el texto de "La Asfixia" que garabatea por indicación de un amigo y que será su primera novela:
Violette Leduc


“Mi madre no me ha dado nunca la mano ... Me ayudaba a subir, a bajar las aceras pellizcando mi vestido a la altura del hombro, allí donde las costuras de la manga es fácil de asir”.

La arrastraba como un pollo por el ala. 

Violette fue una malquerida. Las peores malqueridas que conozco lo son de madre. El rechazo materno ha alumbrado no poca literatura. Roto el tabú, fluye la ira, la frustración y el abandono. Las malqueridas, los malqueridos, vagan a tientas buscando amor o se blindan al mismo. Para que no les duela. 

Y a veces escriben. Como Violette. Bisexual. Un aborto dramático. Una pasión por Beauvior desfondada y patética. Y una mesa camilla donde se le van las horas, el hambre de pobre, la combinación de seda resudada y la locura.  

La literatura procede a menudo de la incomodidad. De pisar descalzo chinas de río. De no entender la letra pero sí la música, de sentir el empujón del eco. De una infancia mejorable y una adolescencia desasistida. Del asombro, de la curiosidad por ver las entretelas, las costuras. Del choque de trenes, de no saber dónde colocar un sentimiento, un impulso, una maleta.  

La literatura te salva la vida. Eso cuenta Violette. Y la pasión es el camino hacia la supervivencia. 

Y hay una secuencia gloriosa en la que esa mala madre se ocupa de la hija y la baña en una tina, tan desnuda, tan niña, con delicadeza al fin, y es el amor.

Y la malquerida va saliendo de su hoyo negro. Y se engancha a las palabras y llegarán La Bastarda, Taxi y otras obras que ya quiero, que ya necesito leer. 




jueves, 19 de junio de 2014

SI UNA MUJER TE BESA Y TÚ TE DEJAS

"¿Cómo te permites decir que nuestro matrimonio está en decadencia? ¿con qué derecho?" Un dios salvaje, Jasmina Reza. Ed Alba.


Minichuki y yo hemos estrenado temporada de chill-out durmiendo juntas en sendos colchones sobre el suelo. Las ventanas abiertas y los visillos de lino blanco bamboleándose como velas de barco al dictado susurrante de la brisa. Gorriones por gaviotas antes del amanecer. El cuerpo mareado por la desorientación y un sueño raro en el que Lydia Bosch intentaba seducirme. Luego ha sonado el despertador porque a mí subconsciente lo de la coronación se la trae el pairo y lo del Corpus -la cara B del día de hoy- más aún, así que anoche no lo desconecté. Y eso me ha evitado una primera experiencia homosexual bastante tórrida en cuyos previos yo me entregaba al asunto pero mi otro yo musitaba, desconcertado, "pero si a ti no te gustan las mujeres, ¿o sí?".

Antes de que a algún advenedizo le dé por interpretarme el sueño en plan amateur, diré que no, que por el momento me mantengo en la heteroliga y que dormir en el suelo tiene sus consecuencias. El chilla out ha sido testigo de muchas madrugadas con velas y música tenue. De promesas de amor y desacatos. De confidencias y de revelaciones de alto voltaje con mis amigas y amigos. De una melopea tontorrona donde todo eran ventajas: si te tambaleabas enseguida estaba la pared. Si caías, la colchoneta y cojines como para alicatar tres veces Las Mil y Una Noches. De vorágine y de largos ratos de lectura sosegada.

El chill out es principio de verano, deshabillé y muchos cuernos a la etiqueta. Por eso a las Chukis les encanta dormir allí y contarnos las cosas mientras miramos el cielo y tiramos de la sábana santa compartida. Por eso cuando no estoy muy allá me sumerjo en su Oriente de pega y viajo a un punto lejano que se parece a Estambul y a su Bósforo, a un gineceo burbujeante que bebe té a la menta y aprieta las caderas en un ritmo frenético y descalzo. Y quiero estar allí, y tecleo "temperatura-Estambul-julio en Google y descarto el plan de inmediato. Con semejante calorina las caderas se derriten, se licúan, se vierten sobre el laberinto de esas calles que huelen a comino. Y las chukis insoladas no querrían oír hablar de la Mezquita Azul ni del Gran Bazar, ni de Topkapi.

Uno no puede dormir al raso que es el suelo y esperar que no haya consecuencias. Ayer nos acostamos perdedoras y hoy el barco avanza a toda vela. Ya está, no éramos inmortales. Todo lo que sube, baja, le dije a Minichuki que en el fondo sólo ama el fútbol que juega, no el que mira. Y pensé que pensaría Del Bosque ya en su cama, sin suelo que recoja sus huesos tan cansados. Tan lejos de su casa. Tan llorados. Y qué pensaría el Príncipe Felipe, tan Rey Felipe VI sin que un sapo besara los labios de su amada. Y qué pensaría ella, tan Letizia y hierática, insegura de armiño y de Varela.

Y me alegré de no ser todos ellos. De ser sólo una mujer con una niña al lado.  De arroparla a las cinco o a las seis, cuando el frío rondaba nuestros cuerpos. De pensar que es verano y hay viaje y hay futuro. Y hay una pila de libros a mi vera, esperando el momento, las señales.

Y he cogido el primero, Jasmina Reza, al azar:

"Cuando uno ha crecido con un concepto johnwayneano de la virilidad, no está acostumbrado a solucionar cuestiones como estas a base de conversación".

Y he agradecido la muerte de John Wayne y las conversaciones con mujeres y con hombres que se tiran al suelo del chill-out. Y después he pensado..."¿le gustaré a Lydia Bosch, que ni siquiera me conoce?"...




miércoles, 18 de junio de 2014

SOY PELIGROSO, SOY MANCHEGO

-Soy un ser peligroso, soy manchego.

La frase me la brinda un taxista de Madrid, un protestón enjuto y sudoroso, con mucho vocabulario y algunas frases de personaje de cómic rural pasado por las garras de Berlanga. Uno de esos tipos que confiesa llevar cincuenta años en Madrid pero ser "cada vez más de su pueblo". Como si el terruño fuera un equipo de fútbol o una plataforma de resistencia para mantener cierta pureza frente a la despersonalización hostil de la gran urbe. Como si nada malo pudiera suceder una vez que el cartel con el nombre de tu pueblo asoma por la carretera. Como si los seres rurales no fueran tan envidiosos, avaros, torticeros, desalmados, tacaños, lujuriosos o desconsiderados como los de la capital.

Como si en un pueblo los malos sentimientos no pudieran proyectarse en caras conocidas, nombres y apellidos de tu vecino de calle, el que vive junto al frontón o en la esquina de la plaza con la calle principal. Mientras que aquí las malas pulgas no encuentran acomodo concreto y se expanden urbi et orbi, y dan ganas de no coger un taxi por si acaso.

-Soy un ser peligroso, soy manchego.
-Y yo soy madrileña, no te jode.

Y no comprendo muy bien por qué ser de pueblo se considera a priori una virtud. O ser de provincias un bastión de pertenencia a un club exclusivo,  a la Orden de Calatrava o a la Santa Compaña.

Una vez una amiga mía que se casaba con uno de cierta provincia ventosa y desaboría, se vio envuelta en la siguente conversación con la que iba a ser su cuñada:

-¿En Madrid también hay tiendas de frutas exóticas?
-Ummm, ¿cómo?...Sí
-¿Y en tu casa teneís siempre un jamón, como en la nuestra?
-???????

Aquello, convengamos,  debió ser suficientemente disuasorio para salir corriendo y abandonar los planes de boda, pero mi amiga, lejos de arredrarse, se mantuvo en sus trece y aprendió a hablar de naderías como si fueran asuntos epistemológicos. Al fin y al cabo, Julio Camba habría hecho una obra de arte como Lúculo con un jamón o una papaya. No iba a ser ella menos.

No hay malos temas ni provincias o pueblos despreciables. Todo depende de la estatura que le demos. Cierto. Pero lo que de verdad envidiamos los de ciudad es no tener un sitio al que volver. Un punto de partida primigenio que encierra nuestros genes y nuestra historia en un mojón del camino polvoriento que conduce al cementerio. Un plan de viernes por la tarde -carretera y manta- y conducir kilómetros, no muchos, hasta coger un desvío que te lleva a tu sitio. Y salir del coche y respirar y soltar a los niños como perros ansiosos de libertad incondicional. "Aquí son libres, no los vigilamos ni nos enteramos de que hay niños" (y en este punto podría enarbolar la lista de secuestros y accidentes de niños de pueblo que han terminado con sus fotos en un tetrabrick de leche.. Pero no lo haré porque ahí fuera hay un taxista manchego que me la tiene jurada y ya me ha advertido de que es peligroso).

Termino ya y confieso que añoro el pueblo que no tengo. Mi casita con un patio pequeño ensombrecido por un magnolio o un laurel. Una manguera para refrescar las horas de la canícula. Un nido de gorriones entre las tejas vetustas, ennoblecidas de verdín; una mesita breve y un bancal de madera. Nina Simone desgarrada y triste. El olor de la jara, del tomillo. Las horas muertas de la siesta. El aroma del polvo en las moreras al sol. El tinto de verano. El periódico y el amor cortés, sentados a mi lado. La escoba y el recogedor tras de la puerta. Un ejércido de mosquitos que espantar. Limón y clavo. Campanas de la iglesia y un paseo largo, al caer la tarde, pensando en si estará abierto el colmado de la plaza o la Isa sigue de luto por su abuela. O que esta noche cenaremos un plato de jamón y alguna fruta exótica. Como la sandía o el melón...




martes, 17 de junio de 2014

EL CORAZÓN ES DEL ÚLTIMO QUE TE BESA

"Llega un día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales". "Todo lo que hay". James Salter. Ed Salamandra.


El otro día rellené un cuestionario en el que, entre otras cosas, me preguntaban cuál era mi país favorito y cuál mi libro favorito. Me hubiera parecido mucho más fácil responder a cuestiones del tipo ¿cuál es tu postura erótica preferida? o ¿en qué siglo se construyó el Taj Mahal? (esta, por cierto, también también formaba parte del cuestionario. Y para quien sienta curiosidad, es del siglo XVI).

Hay preguntas que responderías diferente por la mañana que por la noche. En enero que en abril. Enamorado o escéptico. En paro que en activo. Delante de un acantilado o en un refugio de montaña. Con sueño o bien dormido. Hay países favoritos que un día dejan de serlo porque ya no tiemblas de excitación cuando atraviesas la frontera. Y hay libros que fueron, pero que no resisten una relectura porque en realidad un libro es lo que lees en íntima alquimia con lo que te pasa. Con el instante que te proyecta un pensamiento, un sentimiento. Y eso es siempre efímero, fugaz. Desconcertante. Como reencontrarse con un ex novio y sentir que no es que no lo reconozcas, es que eres incapaz de reconocerte a ti mismo. Y ese extrañamiento se parece a la melancolía.

¿Qué país es mi favorito? Probablemente  el mío. Porque lo he sudado, lo he masticado en mi infancia y en mi juventud. Tierno y correoso.  Con amigos y en familia. Bajo una tormenta de granizo y al sol duro de Castilla. Creyente o descreída. Pero no tengo sentimiento de patria, ni me envuelvo en la bandera cuando salgo tiritando de la ducha. Y, de fuera,  siempre quiero volver a Oporto y a su librería Lello, al Trastevere romano, al barrio Latino de París o a la medina de Essauira al caer la tarde, a la llama del muecín. Y pasear esa muralla llena de mujeres y niños que charlan sin prisa.
Librería Lello, Oporto

Pero mi lugar favorito puede que sea este en el que me dejo el sueño cada madrugada, mi mesa de escritura,  el teclado que  me acoge y me zarandea con sus bailes de palabras, su melodía interior, sus puntos de fuga y sus antojos. Y estará aquí, imagino, cuando todo lo demás se haya perdido.

En cuanto a mi libro, me niego a someterme al ejercicio absurdo de elegir uno. Igual que el corazón es del último que te besa, el instinto lector se prende del último volumen que te hace subrayar un párrafo, y luego otro, y escarba dentro de ti, y lo deja todo perdido de barro, y extrae un diamente y luego sueñas. Sí podría elegir sin dudarlo un centenar de títulos que me son indiferentes. Que en su corrección de estilo o en su trama apenas arañaron mi superficie y jamás me arrancaron un leve estremecimiento. Si acaso cierta sensación de vergüenza, un bochorno, o de insatisfación. Como un mal polvo, diría. O un no estuvo mal,  pero era tan prescindible...

También me preguntaron por el impresionismo, por Kierkegaard o Falla. Por nombres de arquitectos ortodoxos, y por esa isla entre en estrecho de Davis y la bahía de Baffin llamada Groenlandia. Poblada de esquimales, luterana. Iluminada por auroras boreales. Indómita de hielo y de esperanza.

Volcán Etna, ayer
¿Cuál es su isla favorita? hubiera sido una cuestión más precisa. O ¿qué isla detesta?, mejor aún. Y hubiera respondido que Sicilia porque allí fui infeliz y tuve que salir corriendo aunque el Etna durmiera (ayer por cierto, despertó y sus rugidos y su lava se apoderaron de los telediarios de todo el mundo). ¿Mi disco favorito? Puede que "Sobreviviré", pero quién sabe. ¿El gran error de mi vida? El último, siempre el último. Como el gran amor, ya te lo he dicho.




lunes, 16 de junio de 2014

CÓMO ABDICAR DE LUNES Y DE TODO

Abdicar es tendencia. Abdica el Rey, Susana Díaz como candidata del PSOE (no me matas, chica, pero has demostrado tener sentido común al apartarte de la competición nacional, esa ceremonia plagada de mediocres cortos de currículum y largos de ansia de foto y titular); y, si la diosa Fortuna no lo remedia, lo mismo termina abdicando el pobre Vicente del Bosque porque la afición es inexorable y olvidadiza.
Abdicar o morir.

(Del lat. abdicāre).
1. tr. Dicho de un rey o de un príncipe: Ceder su soberanía o renunciar a ella. U. t. en sent. fig.
2. tr. Renunciar a derechos, ventajas, opiniones, etc., o cederlos.
3. tr. desus. Privar a alguien de un estado favorable, de un derecho, facultad o poder.

De cuando en cuando uno debe aplicarse el escáner de la abdicación como quien pasa el antivirus por el disco duro y renunciar a opinar demasiado. A veces opinamos por encima de nuestras posibilidades. Escribimos creyéndonos Shakespeare y salimos a la calle con actitud soberbia de sostener la copa del Mundial cuando ni siquiera hemos sudado la camiseta.

Los lunes, de hecho, deberían ser por decreto días mundiales de la abdicación. Sobre todo si has dormido apenas tres horas y has tenido que explicarte a tu adolescente por qué si van ocho amigas a la playa (con sus toallas, cremas protectoras, sombreros, kleenex, teléfono, botellín de agua y bocadillo) conviene que cada una lleve su propia bolsa.

-Deja ya de decirme lo que tengo que hacer. No soy una niña. No necesito bolsa de playa y punto.
-Muy bien. Pues hazte un selfie cuando vuelvas a las tres cargada con tus cosas y achicharrada de sol y sal. Eso si te quedan manos para sostener el teléfono.
-Mami, ¿qué sudadera debería llevar en el autobús? ¿la azul o la roja?
- ...

Es lunes famélico y maldormido y abdico de madre y hasta de mí misma. Me duele la espalda como si me hubieran pateado los ejércitos de Atila y esta madrugada, cuando conduje a mi adolescente al punto de encuentro con el grupo, aún tuve que aguantar que me advirtiera: "Mamá, y ahora no te bajes del coche y empieces a decirles a mis amigas que no beban alcohol y todo eso".

No hija, descuida, que vengo en calidad de taxista muda pero diligente y justo antes de bajar el taxímetro, Madrid de noche, tú con tus shorts tan short y tu sudadera blanca (finalmente) he abdicado de cualquier discurso moral y me he limitado a sentir el corcho dolorido de las agujetas mientras encendía el motor y buscaba en el cielo el rastro de una estrella fugaz. Una señal. Pero las estrellas madrileñas adbican por decreto  y a cambio el aire fresco te regala un aroma a semáforo perezoso y a manguera chorreante sobre el asfalto.

Uno puede abdicar de urbanita, o intentarlo. Y abdicar de la siesta que no habrá aunque mataría por una cama en lugar de la ensalada+filete a mediodía. Espero además ser eximida hoy de cualquier intervención brillante y elocuente. De cualquier intervención, mejor aún. El cuarto de mi adolescente, que acabo de ver de soslayo,  parece el escenario de un cónclave de desvalijadores de pisos. Pero no seré yo quien lo recoja, porque abdico de imponer el orden y el concierto.

En realidad, lo que me pide este cuerpo de lunes es un bálsamo, unas manos sobre mis hombros que deshagan mis nudos y me duerman. Una nana de sal, un zumo de frutas bien cargado. Una buena noticia. Un despliegue estruendoso de paz. Un poema. La bondad generosa del room service. Un cuerpo prestado. Un corazón sin bostezos. Un fin de fiesta.

P.D. ¡Una buena noticia!: Mi adolescente acaba de crear un grupo en wasap titulado "Información Viaje". Nos ha incorporado a su padre, a su hermana y a mí. "Hago este grupo para ir contándoos. Acaba de arrancar el autobús".  Buen viaje, cariño. Y hazte con una bolsa de playa, anda...



CÓMO ABDICAR DE LUNES Y DE TODO

Abdicar es tendencia. Abdica el Rey, Susana Díez como candidata del PSOE (no me matas, chica, pero has demostrado tener sentido común al apartarte de la competición nacional, esa ceremonia plagada de mediocres cortos de currículum y largos de ansia de foto y titular); y, si la diosa Fortuna no lo remedia, lo mismo termina abdicando el pobre Vicente del Bosque porque la afición es inexorable y olvidadiza.
Abdicar o morir.

(Del lat. abdicāre).
1. tr. Dicho de un rey o de un príncipe: Ceder su soberanía o renunciar a ella. U. t. en sent. fig.
2. tr. Renunciar a derechos, ventajas, opiniones, etc., o cederlos.
3. tr. desus. Privar a alguien de un estado favorable, de un derecho, facultad o poder.

De cuando en cuando uno debe aplicarse el escáner de la abdicación como quien pasa el antivirus por el disco duro y renunciar a opinar demasiado. A veces opinamos por encima de nuestras posibilidades. Escribimos creyéndonos Shakespeare y salimos a la calle con actitud soberbia de sostener la copa del Mundial cuando ni siquiera hemos sudado la camiseta.

Los lunes, de hecho, deberían ser por decreto días mundiales de la abdicación. Sobre todo si has dormido apenas tres horas y has tenido que explicarte a tu adolescente por qué si van ocho amigas a la playa (con sus toallas, cremas protectoras, sombreros, kleenex, teléfono, botellín de agua y bocadillo) conviene que cada una lleve su propia bolsa.

-Deja ya de decirme lo que tengo que hacer. No soy una niña. No necesito bolsa de playa y punto.
-Muy bien. Pues hazte un selfie cuando vuelvas a las tres cargada con tus cosas y achicharrada de sol y sal. Eso si te quedan manos para sostener el teléfono.
-Mami, ¿qué sudadera debería llevar en el autobús? ¿la azul o la roja?
- ...

Es lunes famélico y maldormido y abdico de madre y hasta de mí misma. Me duele la espalda como si me hubieran pateado los ejércitos de Atila y esta madrugada, cuando conduje a mi adolescente al punto de encuentro con el grupo, aún tuve que aguantar que me advirtiera: "Mamá, y ahora no te bajes del coche y empieces a decirles a mis amigas que no beban alcohol y todo eso".

No hija, descuida, que vengo en calidad de taxista muda pero diligente y justo antes de bajar el taxímetro, Madrid de noche, tú con tus shorts tan short y tu sudadera blanca (finalmente) he abdicado de cualquier discurso moral y me he limitado a sentir el corcho dolorido de las agujetas mientras encendía el motor y buscaba en el cielo el rastro de una estrella fugaz. Una señal. Pero las estrellas madrileñas adbican por decreto  y a cambio el aire fresco te regala un aroma a semáforo perezoso y a manguera chorreante sobre el asfalto.

Uno puede abdicar de urbanita, o intentarlo. Y abdicar de la siesta que no habrá aunque mataría por una cama en lugar de la ensalada+filete a mediodía. Espero además ser eximida hoy de cualquier intervención brillante y elocuente. De cualquier intervención, mejor aún. El cuarto de mi adolescente, que acabo de ver de soslayo,  parece el escenario de un cónclave de desvalijadores de pisos. Pero no seré yo quien lo recoja, porque abdico de imponer el orden y el concierto.

En realidad, lo que me pide este cuerpo de lunes es un bálsamo, unas manos sobre mis hombros que deshagan mis nudos y me duerman. Una nana de sal, un zumo de frutas bien cargado. Una buena noticia. Un despliegue estruendoso de paz. Un poema. La bondad generosa del room service. Un cuerpo prestado. Un corazón sin bostezos. Un fin de fiesta.

P.D. ¡Una buena noticia!: Mi adolescente acaba de crear un grupo en wasap titulado "Información Viaje". Nos ha incorporado a su padre, a su hermana y a mí. "Hago este grupo para ir contándoos. Acaba de arrancar el autobús".  Buen viaje, cariño. Y hazte con una bolsa de playa, anda...



domingo, 15 de junio de 2014

DE LOS MITOS DEL POP A JIM JARMUSCH

Mitos del Pop Museo Thyssen
Ayer, en el Museo Ico, me devoró  una puerta que daba a ninguna parte. Cuando se cerró con un clic contundente a mis espaldas, comprobé con inquietud que ya no podía abrirla. Y durante tres o cuatro minutos agónicos recorrí pasillos grises iluminados con luces fluorescentes mortecinas que, en su chisporroteo, me condujeron a una salida de emergencias también cerrada. Tuve miedo. No había nadie. No se oía nada. Subí otras escaleras, las bajé. Avancé por un pasillo donde alguien había abandonado un carrito de limpieza a su suerte y cuando ya me estaba convenciendo de que debía pedir auxilio, descubrí una puerta que daba a una estancia diminuta donde un vigilante daba cuenta de un bocadillo mientras miraba una televisión minúscula. Mi alivio contrastó con su sobresalto.  

-¿Qué (coño) hace usted aquí?
-Me he perdido. 
-Ya lo veo.

(Ahora es cuando el tipo coge un enorme cuchillo o la motosierra y te descuartiza, no sin antes darle al on de su videocámara para rodar una snuff movie que ríete de "Tesis". Pensé. Pero no)


Museo ICO
Ayer era Alicia en el laberinto y había sorprendido al Conejo -un ceñudo vigilante con su almuerzo a quien no oí mascullar el "no tengo tiempo, no tengo tiempo", sin duda porque tenía la boca llena-. Y justo antes de mi desorientación, ahora recuerdo, deduje que  arquitectura española de los años treinta y la de los sesenta no había envejecido apenas, como queda patente en la muestra "Fotografía y Arquitectura moderna en España. 1925-1965". Un recorrido en blanco y negro por estructuras, volúmenes y proporciones bellas, grávidas, poéticas, a veces desconcertantes, que contrastaba con el colorido falsamente despreocupado de Mitos del Pop, la otra expo de la semana. 

Allí, por suerte, no había puertas que pudieran tentarme y conducirme a un mundo paralelo e inhóspito, pero por si acaso me pegué a la grupa de mi amigo R. y al resto de los bloggers capitaneados por Paloma Alarcó, jefa de Conservación de Pintura Moderna del Museo Thyssen, dispuesta a entregarme a los juegos malabares de  Warhol, Rauschenberg, Wesselmann, Hamilton, Lichtenstein... Sin olvidarme de los nuestros: Darío Villalba, Equipo Crónica, Luis Gordillo o Eduardo Arroyo

El Pop fue un invento británico que los norteamericanos se apropiaron para construir una seña de identidad y hacer creer al resto del mundo que la verdadera realidad es Pop y el resto son alucinaciones. Sopa Campbells, Coca Cola o una cajetilla Lucky Strike. Es Marilyn Monroe con sus mohínes de falsa tonta y es Mick Jagger puesto de maría y sorprendido por la policía y por un flash indiscreto. La propaganda política más efectiva que cabe imaginar. El desenfado como arma. El cómic como pasquín. Un hombre desnudo en la ducha que muestra su culo a la mirada gay y provoca una historia, un fogonazo Hockney

Pero también una fotografía en blanco y negro ampliada donde alguien ha borrado las caras de una familia a la que está, fijo, a dos minutos de asesinar. La osadía, el despropósito, la denuncia social. Una diosa frágil, triste, que fuma y se devana los sesos entre los aros densos del humo. Un bodegón que no se come, pero se indigesta. Del sexo, el instante plácido y abandonado de despúes. De la acción, sus consecuencias. Del placer, la sonrisa bobalicona e insinuante de una mujer en la bañera. Del ritmo, la repetición.

("Todos atienden menos la chica que ve historias, que se fuga detrás de la trama oculta en un cuadro o en alguien que contempla un cuadro", me escribió poco después R., que me tiene calada, bajo la foto de una Alicia familiar que escudriña la pared en busca de una puerta mágica).

Siempre hay algo más allá de lo que vemos. Los más afortunados lo plasman en el arte, en la arquitectura. Los menos, nos perdemos y a ciegas buscamos una salida y hacemos crónica del desvarío. Luego nos vamos al cine a ver la última de Jim Jarmusch "Sólo los amantes sobreviven" (Only lovers left alive) y salimos trastornados por la belleza más desoladora. Por la piel nívea de esa vampira refinada que es Tilda Swinton, por el contraste entre la muerte que es Detroit y la vida palpitante que es Tánger. Y, sobre todo, por una banda sonora magnética que me tuvo atada y casi sin respiración y que hizo las veces de una puerta oculta de las buenas. Esas que abres y te aturde con un solo de guitarra o el canto desgarrado de una libanesa en una taberna perdida entre las calles de una ciudad como madeja llena de nudos. 







jueves, 12 de junio de 2014

SI ESTÁS SOLO, ESTE ES TU CLUB

-El mundo de los espíritus debe ser muy complicado.
-Sí, me imagino que sí.

Las personas que están solas tienden a hablar con cuaquiera. Aquella mujer le estaba contando a su vecino de asiento del metro que hacía espiritismo como quien juega un solitario a las cartas, y enseguida, sin aparente conexión, que había sido profesora en la universidad pero un vapuleo del destino la había arrojado a una vía muerta. Hasta "lo suyo" (y al decirlo se señalaba las piernas, obesas, tumefactas y sometidas a la tortura de unas medias de nylon que apretaban lo suyo y le daban un aire a morcilla recién atada tras la matanza) daba clase en la Escuela de Arquitectura, aseguraba, y su mundo era  prolijo y variado como un colmado de pueblo donde lo mismo te  venden pimientos que volúmenes atrasados de un manual de cocina de la Sección Femenina.

Frente a ella, fingiendo no mirarla pero sin perder detalle, yo pensaba en la elipsis de lo inútil. En que todas las conversaciones banales, esas que uno entabla para rellenar, podrían  reunirse en una enciclopedia ambiciosa de alcance planetario para ser repartida entre los solos de la Tierra, de manera que hasta los más tímidos y sociópatas irremediables pudieran hablar con desconocidos. Y, en una fase posterior, el proyecto crecería hacia la consistencia e incluiría guiones sobre filosofía, astronomía, literatura o heráldica. De modo que con el paso del tiempo el solitario sería un especímen codiciado por tantos acompañados que tragan calimocho verbal cuando se sientan en familia a la hora de la cena.

Un hombre solo, una mujer sola, me pareció observando a mi vecina del Metro, es un dechado de posibilidades. Un depósito atiborrado de respuestas a quien nadie pregunta. Siempre atentos a pegar la hebra, siempre con un hueco disponible en su vacío para aprender oficios insólitos. Y con un talante hipersocial, oculto tal vez bajo esas rodillas hinchadas por la tensión infame
de las gomas, sometidas a un escarnio físico que se da por bien empleado porque -oh, sorpresa- es un nuevo y excitante tema de conversación. 

-Yo tenía unas piernas de concurso, no se vaya usted a pensar. Torneadas, de tobillo fino y largas como la Giralda.
-Ya veo...
-Pero cuando las tenía también tenía un trabajo en la universidad, ¿sabe?, y un marido esperándome en casa a la hora de comer, con un plato de lentejas pasado de pimentón y mucha destreza en los dedos, ya sabe...
-Entiendo...

Un solitario, comprobé, es un charco de nostalgia que no se seca con el sol. Y al igual que el ludópata sale con paso apresurado hacia el casino o las tragaperras, él busca con denuedo la sala de espera de la consulta del médico de la Seguridad Social o un mercado de abastos con largas colas en los puestos. Dos caladeros infalibles donde abordar interlocutores con la guardia tan baja como los chanquetes antes de la prohibición.

Así que pensé, entre Gran Vía y Tribunal, que había que habilitar "cajas lentas" en los supermercados para estos hombres y mujeres que no desean volver a casa porque en casa hay tormentas de eco. Y que bien podría urdirse un canal de televisión propio donde el presentador no da noticias sino palique, y al que se puede llamar sin necesidad de contar dramas, como en el teléfono de la esperanza. Porque ahí afuera hay demasiados solos que no sufren palizas ni son pobres como las ratas. Su problema, su verdadero problema, es que sienten que nada de lo que digan a su marido, a su mujer, a sus hijos y hasta al perro es lo suficientemente interesante como para que prenda la mecha y alumbre una conversación.

Y quizás, con el tiempo, los solos y solas podrían reunirse en un club antisocial. Un lugar muy elitista con un dress-code exigente -tal vez las medias de nylon por la rodilla, color carne, para ellas, y el polo acrílico marrón para ellos-, dotado de un espacio para invocar ese mundo de los espíritus tan complicado que tiene una ventaja descomunal: sólo se personan cuando los invocas. Y si haces un esfuerzo -eso en el solitario se da por descontado, como el valor en el ejército- es posible que te cuenten quién eras cuando dabas clase en la facultad de Arquitectura y tu hombre te esperaba ansioso de lentejas y de siesta con magreo, mientras un coro de admiradores seguía tus pasos por el andén del Metro, soberbia y cabalgando sobre unas piernas tan largas como la soledad.

P.D. Dedicado a nuestros mayores, que un día, sin previo aviso, le cuentan al médico que su hijo ha aprobado un examen, verá, o que tienen una reserva en un hotel de playa todo incluido al que irán con la cuñada... Y hay que alarmarse, porque tal vez sea el comienzo de la verdadera decadencia, esa que no entiende de artrosis ni sintrón, pero mata de pena.



miércoles, 11 de junio de 2014

UN CONSEJO O ALGO

Para que uno sienta miedo tiene que haber otro consciente de que si toca la tecla precisa conseguirá provocárselo. A veces el otro es un precipicio al que nos asomamos y en el dilema de me tiro, no me tiro,
se nos van las horas y construimos relatos. Historias que nos dotan de un mínimo cariz épico con el que sobrevivir a nuestra condición de seres vulnerables. Imperfectos. Aterrados.

Anoche antes de acostarme recibí el mail de mi amiga C., una mujer con miedo a no tener un lugar propio. La habitación de Virginia Woolf, salvando las distancias y con más equilibrio mental.  Su texto se organizaba, como las obras teatrales, en planteamiento, nudo y desenlace. Me entristeció el desenlace porque no parecía contemplar una salida satisfactoria para ella. Un abracadabra que actuara como mecanismo de apertura de una puerta oculta en la cueva de granito. "A ver, necesito consejos, sugerencias, otros puntos de vista", nos decía a las amigas. Ese era el arrranque del mail. El final era una postdata: "Cambiando de tema. Hoy he circulado a 90 km, con la cuarta marcha puesta por la carretera de Toledo (no sé que N es)".

Naturalmente, me dio la risa. 

Mi amiga tiene miedo a la velocidad y la comprendo. Sacarse el carnet de conducir más cerca de los cincuenta que de la edad del envalentonamiento tiene mucho mérito. En realidad, el miedo a la velocidad es miedo al descontrol. A apretar el pedal demasiado, o incluso a confundirse de pedal y pisar el acelerador cuando toca freno. Eso que nos ha pasado a todos los que fuimos al examen de conducir como quien va a la guerra sin botas ni fusil.  Sin vocación y sin más ardor que la certeza de que el coche era la libertad, una forma de libertad muy sui géneris pero de efectos inmediatos. Pisas el acelerador y sales disparado como en la nave Enterprise. Magia potagia.

En este punto trato de recordar la matrícula de mi coche y, una vez más, no lo consigo. A menudo que pasa que cuando voy a repostar no recuerdo dónde está la palanca que abre el depósito de gasolina (que por cierto, creo que es gasoil, ya gripé el coche por la confusión), ni siquiera la que abre el capó. Tampoco tengo muy claro el paradero de "los papeles" (de hecho no sé bien de cuántos hablamos ni cómo se llaman)  y la tuerca de seguridad sin la que es imposible cambiar las ruedas es un expediente X en sí mismo que convirtió en una pesadilla el rescate en carretera hace unos meses. Pasar la ITV, ya lo he contado, se parece a vadear el Rubicón una noche de tormenta tenebrosa, y el Tom-Tom es una máquina infernal diseñada para desorientarme con una voz bien timbrada, eso sí.

Y puede que todo este amasijo de incógnitas ligadas al coche sea puro miedo, querida C. Porque lo que no se nos da del todo bien nos produce un hormigueo mental, una gangrena paralizante, y el impulso es tirar el coche en la cuneta. Dejar que la grúa se ocupe y suspirar por un chófer disponible con la guantera llena de biodraminas y un cd con música chill out que nos relaje hasta que nos rescaten.

Pero no. No hemos llegado hasta aquí para rilarnos y no podemos confiar en el rescate. No sé muy bien, querida C.,  cómo voy a contestar a tu mail encabezado con el asunto "Consejo o algo". Seguramente elegiré "algo" porque no me siento la más indicada para darte un consejo en el asunto que planteas y que no desvelaré aquí, desde luego. Porque no me queda lejos, porque a mí también me toca. E instalada en "territorio algo" te diré que a veces no es susto o muerte. Que cuando más ganas tienes de huir es cuando hay que quedarse. Hasta que se pase el miedo. Para no dejarse intoxicar por los gases de la incertidumbre. Que hay días en los que conviene apretar el freno cuando el cuerpo te pide acelerar y viceversa. Y esperar a que pase el temblor, y volver a recuperar la calma. Abracadabra.

Que el abismo es un trampantojo del demonio. Que tienes suerte de ser tan valiente y sacarte el carnet precisamente ahora. Que detrás de un aguerrido o aguerrida siempre hay un miedoso preguntándose qué pedal debe apretar. Y que el miedo no se va, pero se encauza si se le da margen y un nombre y apellidos. (A-co-jo-na-da, estoy acojonada)

Que siempre hay un grieta en la montaña de granito, ya verás.

Y que la carretera de Toledo no es N, sino A-42. Lo acabo de mirar,  yo tampoco lo sabía.

P.D. Ponte a tope esta canción y ya verás. Es puro abracadabra.






martes, 10 de junio de 2014

CIRCUNCISIÓN SÍ, CIRCUNCISIÓN NO

El otro  día me vi involuntariamente en medio de una charla social sobre circuncisión sí, circuncisión, no.  El grupo, compuesto por tardocuarentones de ambos sexos con sombrero de paja y ese aire de diletancia dominguera pasada por sol y sangría, parecía ignorar mi presencia, sepultada en mi propio sombrero y con la vista clavada en el periódico. Entendí que era transparente para aquellos desconocidos, y que si me descuidaba podía ser testigo de una propuesta de swinging, un tuppersex improvisado o incluso de la planificación de una OPA  hostil. Tal era la descarada indolencia con que se hablaba de prepucios ("colas", decían, en un ejercicio de sinécdoque pueril) y de quién andaba en pelotas por casa y quién no.

Nadie se molestó en incorporarme a la conversación, ni tampoco en hacerme ver que mi presencia era indiscreta. Había un hombre que me miraba mucho, y luego me rellenaba el vaso de sangría. Yo agradecía el gesto con una media sonrisa y me preguntada si estaría circuncidado, dada la soltura con la que se desenvolvía.  La primera vez que lo hizo esperó a que yo le indicara cuándo debía parar, pero yo no le entendí porque me cuesta confraternizar con los circuncidados, así que me lo llenó a tope, y puso un gesto de "cómo le da a la frasca la rubia" no demasiado obvio, pero que capté al vuelo porque las mironas otra cosa no, pero susceptibles somos un rato.

Cuando el asunto de las colas languideció, pasaron a otro tema menos comprometido: las au pairs. "Hay que marcarles los límites desde el principio, como a los niños", decía un hombre. "No dejan de ser chicas de veinte años con ganas de juerga". Me pareció un comentario muy oportuno, y a punto estaba de abandonar mi espionaje y empezar a leer de verdad el periódico cuando una frase captó mi atención:

-Cualquier au pair, pero jamás irlandesa.
-¿Por? (preguntó otra como si me leyera el pensamiento)
-Son todas alcohólicas, ni te imaginas lo que les gusta la priva.

Sin duda tenía razón. Todas las irlandesas beben y todas las rusas comen niños crudos y asaltan palacios de invierno. Hay que ponerles límite, desde luego, y se me ocurrió, pero no me atreví a expresarlo en voz alta,  que no hay nada más disuasorio para educar a una au pair que pasearse en pelotas convenientemente circuncidado por el pasillo. Cualquier cuidaniños viciosa o juerguista enmudecería y sabría a qué atenerse si violaba las normas del recato etílico y de la ingesta de menores.

Frank Stapleton
En ese punto pegué un buen trago a mi sangría, y comprobé cómo el hombre me miraba presto a rellenarme el vaso. Así que lo quité de su punto de mira para evitar el desastre.  Al fin y al cabo mi apellido es de origen irlandés, y un verano fui au pair en Manchester, en casa de una estrella de fútbol irlandesa -Frank Stapleton- que estaba muy bueno y a quien jamás vi en pelotas (una lástima). Sí a su mujer, involuntariamente, y me dio tanto corte que fingí que no era yo la que caminaba por el pasillo, sino un ente con somprero de paja, una doncella nívea que no había visto a la sazón ningún pene circundidado, ni ningún pene en general, que no fuera menor de diez años.

Después una de las mujeres del grupo se animó a dar clase de yoga y malabares a los más pequeños, y yo enganché a Minichuki, a quien mi soledad insondable le importaba tres pitos, y comenté en voz alta: "Comprobarás que hay madres mucho más talentosas que la tuya". A lo que el señor a mi derecha, por primera vez en una hora, apostilló: "Esa sabe hacer de todo...". Me pareció un comentario malicioso, pero no me atreví a pedir una aclaración. Luego el tipo enmudeció y ya no volvimos a cruzar más palabras. Doy por hecho que tenía la cola intacta y eso le producía atascos verbales.

Deseé ardientemente que la próxima vez que me inviten a una party con desconocidos me hagan partícipe del dress-code conversacional para prepararme una serie de frases oportunas. Deseé desesperadamente ser judía en vez de irlandesa con genes alcohólicos. Y deseé, por último, tener un novio -con la cola intacta o rebanada, tanto da-  que se fugue con el coche al caer el sol y me abandone a merced de mi ingenio para regresar como pueda, borracha cual irlandesa errante, al país de las aupairs desatadas a las que hay que poner límites. Como a los niños.