martes, 30 de septiembre de 2014

LAS VERDES PRADERAS (Y UN DÍA TE MUERES...)

"...Y un día te mueres y se te queda esa carita de gilipollas y en el último momento te dices: vamos, vamos, vamos. Porque es que te han llevado al huerto toda tu vida y nunca has hecho lo que tú querías".

No hubiera recordado este demoledor speech de Alfredo Landa en "Las verdes praderas" (José Luis Garci, 1979) de no ser porque anoche hablé con mi amiga D., esa mujer que me intuye y me cuida mientras finge que se ocupa de mis dientes. Hablábamos de los arrepentimientos que se manifiestan cuando han pasado los años y uno hace balance de la pérdida. Y de cómo hay que luchar por lo que importa sin medir el parte de bajas. Porque dejar que pasen las personas, las oportunidades, los discursos, los ratos al sol es la muerte misma.

Tengo que decir que D. nunca aparece por azar, aunque pasan meses hasta que nos vemos. Hace unos días, en una absurda y rocambolesca cena social, alguien en la mesa mencionó su nombre y yo supe que tenía una conversación pendiente con mi amiga. "Las casualidades no existen", me recordaba ayer otra buena amiga, L., mientras comíamos y yo le glosaba una suerte de encuentros inesperados y hasta apariciones espectrales ocurridos en las últimas semanas.

"Y un día te mueres y se te queda esa cara de gilipollas..." Dice el pobre Landa, después de glosar los hitos de su vida, ascensos profesionales, matrimonio e hijos, hipoteca, el chalecito tan de aquella clase media española...El césped, las barbacóas...la vida como una sucesión de casillas que uno va rellenando a veces sin querer y como parte de un guión que escriben otros. Y mi sabia D., que entendió que lo importante eran "los momentitos" y los aprovechó al lado de un hombre bueno, me anima a seguir entregada a eso que quiero sin entristecerme por no tener lo que deseaba. "Tu mejor baza es la sensibilidad y la alegría, mi niña, y quien no lo sepa ver no sabe lo que se pierde".

Y un día te mueres, landista como tú solo, y antes no te ha quedado otra que enterrar algunos muertos que no tienen ya razón de ser y que a veces se empeñan en salir de su ataúd como zombies tercos. Y te mandan wasaps para recomenzar algo que no tiene sentido porque fue en un tiempo y un espacio, allende los años, y allí debe quedar. Sin reciclaje posible. Y toca avanzar y cuidar el césped del jardín de cada uno. Y mi D. me recuerda antes de despedirse que nada sustituye a lo importante, aunque en el camino hay distraciones tentadoras que se llaman trabajo y reconocimiento social, hijos, extraescolares, viajes, ex, que tratan de pilotar la nave y justifican la renuncia a lo más crucial. Uno mismo.(((Sorry por el tono moralina, creo que Garci me está contagiando)))

Anoche mi hada madrina D. y yo nos juramentamos para seguir viviendo como queremos.  Para evitar que un día nos pase lo que al pobre Landa y nos veamos solas en un precioso chalet con eco y con ese barro sucio que deja no haber apostado por lo que de verdad merecía la pena.




domingo, 28 de septiembre de 2014

AQUÍ Y AHORA (MINDFULNESS)

"Mi primer padrastro solía decir que con lo que yo no sabía se podría llenar un libro. Pues aquí está". Agradecimientos de "Vida de este chico", Tobias Wolff.

Ayer, en el curso de superwomen, nos hicieron un ejercicio de Mindfulness consistente en mirar a una compañera fijamente a los ojos y componer una expresión de ternura. Me pareció ridículo, la verdad. Siempre me han dado pudor ese tipo de propuestas dirigidas a mover sentimientos que etiqueto en la categoría de "hierbadas" aunque en realidad se llaman crecimiento personal. No es que dude de la necesidad de concentrarse en un aquí y un ahora y aprender a jugar con otras armas en una reunión hostil, es que no me gusta mirar a desconocidos a los ojos y poner cara bovina-"los ojos ligeramente entornados, una leve sonrisa", guiaba la profesora-.

Yo sólo quería terminar la clase y recuperar mi expresión natural.

También nos hicieron caminar guiadas por una compañera que, a nuestra espalda, decidía a dónde ir y con qué movimientos, velocidad y quiebros. Fui incapaz de dejarme llevar, como era incapaz de seguir a ese novio de COU que prefería bailar con mi hermana en las fiestas de su pueblo dado que ella era más dócil que yo y a mí no me importaba. Faltó el clásico ejercicio de tirarse de espaldas desde una altura confiando en que los de abajo te recojan. Eso y gritar como locas por el jardín de la escuela de negocios que nos acoge.

Con lo que yo no sé hacer podría llenar un libro, como Tobias. Eso es lo que he pensado hoy a las 3 de la mañana, cuando desperté desubicada y sin espalda a estribor para agarrar. Me había picado un mosquito descatalogado del verano y me rasqué furiosa el tobillo, mientras recordaba el video del samurai titulado "the fly" que también nos pusieron en clase para contarnos cómo los pensamientos son distracciones que se multiplican y nos impiden concentrarnos en el dichoso aquí y ahora.

(Aquí y ahora se nos ha casado George Clooney y habrá que buscar otro soltero de oro para soñar, aunque para mí fue ponerse a mirar fijamente bizco a las cabras -esa película tan divertida- y convertirse en Cantinflas a nivel sex appeal). Yo cuando hago mindfulness de hombres me sale Gallardón porque estoy mediatizada por la actualidad, y además rechazo los libros de autosuicidio. Prefiero la perdición de las historias de ficción y bailar a mi aire aunque eso me impida presentarme a concursos de tango o pasodoble).

Ahora que conozco mis ilimitadas limitaciones voy a quedar con mi hermana la que bailaba con mi novio de COU para ver la expo de Sorolla y Estados Unidos en la Fundación Mapfre. Allí me dejaré llevar por el asombro de la luz y el movimiento, las composiciones de figuras y esa admiración que me provoca el arte y que hace que me quede prendida de un cuadro mientras pasan los segundos y no pienso en otra cosa. Mindfulness para casos perdidos, diría yo.







viernes, 26 de septiembre de 2014

UN HOMBRE EN CASA

Después de varios meses en su refugio de montaña mi padre ha vuelto a casa a visitarnos y nada más llegar me ha arreglado el picaporte de una puerta.

A continuación, me ha montado un nuevo jamonero al que le faltaba una tuerca y juntos hemos bajado a comprar un cojocuchillo a la ferretería, donde mi padre es una celeb y le hacen la ola.

Luego hemos quedado en ir juntos el sábado a por una nueva vitro porque la mía está medio rota y sólo calienta por dos de sus cuatro bases.

Todo lo anterior, pensaréis, podía haberlo resuelto yo solita, pero se me había hecho bola y he esperado a que viniera él y se apoderara del rincón de los tornillos. Ese lugar que no frecuento más que por accidente o para montar una mesa endiablada de IKEA en una tarde tonta de domingo.

En menos que canta un gallo me ha advertido de que los sumideros de ambos lavabos "no tragan bien, bruja". Y estoy segura de que en cuanto vuelva hoy de trabajar habrá una lista de chapuzas con sus respectivos diagnósticos. Y un despliegue de alicates, martillo y tacos de varios tamaños por toda la casa, porque mi padre siempre necesitó un asistente que fuera recogiendo lo que él dejaba, pero nunca se dio cuenta de ese detalle. 

Igual que yo no veo la caja de herramientas, él no aprecia el desorden. Estamos empatados.

Lo que sí aprecia, y mucho, es la paz doméstica. Y ayer, cuando volvimos de celebrar el cumpleaños de Minichuki con su padre y su hermana, me confesó que se había emocionado al vernos tan a gusto y en familia. Y me glosó las virtudes del progenitor de mis hijas mientras yo asentía al volante. Sin miedo a perderme porque estaba con él,  que lo mismo arregla una lámpara que una desorientación súbita.

Después se aseguró de quedar con su nieta para comer hoy, y su otra nieta, mi adolescente, le repitió dos veces la hora a la que llegaría a casa "para que estés y no te vayas con los abuelillos ésos, abu".

(Además de arreglarnos las cañerías, mi padre es una ONG que pasea abuelos solitarios por la ciudad las pocas veces que viene. Yo le digo que me parece muy bien, pero que no invite a los viejetes a vino, que los va a alcoholizar. Que una vez le vi con un octogenario delante de una copa XXL rebosante y que cualquier día se le caen por la calle, y no precisamente por el reúma).

Mi padre ha entendido que yo necesito un hombre en casa, una brújula emocional, un cortador de jamón, un detector de cables rotos, un abuelo para las chukis que las mime y las consienta. Un hombro en el que descansar la cabeza. Y permitirme ser hija de vez en cuando. Que me cuiden, me arreglen algún desperfecto. Me protejan del mal y de las pesadillas.

Toda mujer aguerrida tiene esas necesidades básicas, pero no se atreve a confesarlas, sino que se levanta, escribe, prepara desayunos, se olvida de la lista de la compra, apunta los deberes a su ángel de la guardia doméstico (si tiene la suerte de disponer de uno), se sube a los tacones, se pinta los labios bien rojos, se marcha a trabajar, va al gimnasio a veces en lugar de comer y cuando vuelve hace recados, cena con sus hijas, discuten, se ríen y se desploma en la cama con un libro hasta que el tercer bostezo le apaga la luz como un soplo y se instala el silencio en casa.

Ayer por la noche olvidé cerrar la puerta con llave, como siempre. Mi padre estaba en casa.








miércoles, 24 de septiembre de 2014

¿AMOR O SMARTPHONE?

Mi amiga E. volvía de la pasarela de Milan y en el avión escuchó una conversación de esas que te hacen estirar la oreja. Dos hombres, "uno claramente gay", hablaban de mujeres. E. no les veía las caras, pero el hetero le confesaba al otro que estaba sumergido en un dilema. La mujer con la que salía "le pedía más" y él no estaba muy por la labor. Sobre todo porque no había dejado de frecuentar páginas de búsqueda de pareja. Un desahogo excitante que le permitía sentirse latin lover un par de veces por semana. "¿Qué hago, la dejo, no la dejo...?".

El Don Juan que me describe E. era "un patán". Y para eso no hacía falta verle la cara, sólo escuchar su discurso. Pero mi amiga sentía una curiosidad acuciante, porque en su imaginación ese hombre era burdo pero atractivo según estándares físicos convencionales.

Cuando el avión aterrizó, E. se volvió a mirar al ligón múltiple. "Era un adefesio, ni te imaginas".

Imaginé en cambio  a la mujer que pedía más y me dio lástima. Seguramente merecía otra cosa, pero se había conformado con un zascandil que hablaba de ella sin pudor y con escaso respeto mientras visitaba Meetic por las noches. O lo mismo no.

Sí, en estos casos me sale una vena ultramontana contra la que no puedo luchar. Puede que la exigente fuera una petarda. Una de esas mujeres que siempre quieren lo que no les pueden dar. Una exigente patológica que creyó encontrar en el adefesio al hombre de su vida y tensó la cuerda.

Pero a ella no la hemos escuchado y a él sí, a través de mi amiga. Y en ese avión estaba haciendo alarde de su capacidad de seducción a costa de una mujer a la que presuntamente quería, con tal lujo de detalles que la pobre se hubiera sonrojado, sin duda.

Como yo misma el viernes pasado, cuando recibí  un wasap mientras asistía a la gala de inauguración del Festival de San Sebastián: "¿Qué haces rodeada de barbudos?". Me sorprendí porque el remitente difícilmente estaría en el mismo sitio y a la misma hora, pero lo cierto es que en mi grupo había varios hombres con barba.  Respondí lacónica:"en el Festival". A lo que mi interlocutor dijo: "¿Te estás tirando al de tu izquierda o al de tu derecha?". Noté cómo la indignación se me apoderaba y, naturalmente, no contesté.  Me molestó que ese hombre considerara que teníamos la confianza y, sobre todo,  el mal gusto común como para ponerme semejante wasap.

Creo que el asunto de la intimidad se nos está yendo de las manos. Lo que tienen en común ambos hombres es la tecnología. Las redes sociales. La facilidad de pulsar unas teclas y encender la llama. Eso y mucho desparpajo insolente. El otro día, con mi amigo J. -casualmente gay, pero tanto da- hablábamos de cómo el wasap está empobreciendo las relaciones. Hay quien considera intimidad enviar tres mensajes a su pareja, a sus amigos. Hay quien sacrifica una buena conversación, el contacto visual y físico y tira por la calle del medio con su smartphone. "Si alguna vez vuelvo a enamorarme, que lo dudo, prescindiré del wasap o pediré que se use sólo para quedar en un sitio y a una hora". Y acto seguido glosamos esas relaciones que no han sobrevivido por falta de calor. De humanidad. De verdadera intimidad. De conversaciones, abrazos, discusiones, réplicas, silencios presenciales.

Por wasap uno piensa que el otro recibe el sentimiento, y rellena de lo que quiere, de lo que necesita, las pocas letras que contienen cada mensaje que recibe. Pero muchas veces se enreda por falta de contexto y a veces sobreviene la crisis. El síndrome del teléfono escacharrado. Lo que me lleva a pensar que alguien debería escribir un manual de uso de las teclas. O arrancar todas menos los ingenuos emoticonos, que son como esos dibujos animados bobos que te resuelven una siesta de sábado con tus hijas alrededor y cariño del que se toca y se siente.





lunes, 22 de septiembre de 2014

10 RAZONES PARA VOLVER A DONOSTI



Reflexiones sobre una escapada al Festival de San Sebastián/Donosti Zinemaldia:

1.Denzel Washington sigue siendo el negro más bello del planeta, pero con el olfato más disperso para elegir película. The Equalizer, su último engendro, es un video clip sobre un justiciero/asesino que libra al mundo oprimido de los malos en un Leroy Merlin lleno de taladradoras, motosierras y demás armas de destrucción masiva. El mensaje: se puede ser aún peor que ellos si es con coartada moral patriótica. Nota breve: Lo prefiero en su papel absoluto: el de hombre bueno y honrado al que le darías la clave de tu VISA para que fuera a sacar dinero al cajero.

2.Por alguna razón que se me escapa, algunos actores españoles acostumbran a seguir un absurdo dress-code incluso en la alfombra roja: sombrerito, chanclas y andares de sobraó.  Y luego está Antonio Banderas, que prefiere subirse a superficies pulidas y zapatear para despistarnos de sus peliculones.

3.Más vale François Ozon en mano que ciento volando. Ayer ya hablé en el post de su película "Una nueva amiga" y no me extenderé. Me parece arriesgada, delicada, transgresora y con poso. Atención a otra definición de ser hombre.

4.De mayor querría ser una de esas viejecitas que se bañan todos los días del año en la playa de la Concha, llueva o truene. Después de haber compartido tres mañanas con ellas ese bautismo, no se me ocurre mejor ejercicio de inmortalidad.

5.Si a la ciudad le sumas un encuentro con amigo que abraza y te dice "ya verás cómo todo va a ir mejor, cariño, dale tiempo. Las mujeres extraordinarias merecéis mucho y extraordinario", es lo más parecido al pleno al quince. Gracias, querido J.

6.Un zurito es la perdición porque siempre exige otro. Es como la oca a oca del tablero. A veces lo más práctico es pedir una caña o una lejía y plantarse ahí.

7.El Spa de La Perla y su recorrido de aguas sigue siendo una cita sin decepción posible. De ahí sales flotando y con los poros de cuerpo y mente abiertos.

8.El Hotel de Londres e Inglaterra. No sólo me fascina su nombre (¿Habrá un hotel de La Rioja y España?) Lo mejor, llegar pronto, zambullirte en su cama extralarge y ver sin prejuicios una comedia romántica de Jennifer Aniston mientras te preguntas por qué las comedias románticas son tan inverosímiles y aún así te las tragas rebajando considerablemente tus estándares de "película buena o aceptable".

9.Salir a correr rumbo al Peine de los Vientos y sentir la brisa salvífica como un chute de energía para todo el otoño.

10.Un avión de hélices con menos de 70 plazas abofeteado por las turbulencias te traslada a lo peor del cine catastrófico. Piensas que va a ser tu último vuelo, juras que jamás volverás a coger un avión, contienes las ganas de vomitar a tu desconocida de al lado. Rezas lo que te sale. Sudas frío. Crispas la espalda y cuando por fin aterriza sientes que la vida te ha dado una nueva oportunidad. Y que el tren es el transporte más romántico de nuestro tiempo.





domingo, 21 de septiembre de 2014

QUÉ ES SER UN HOMBRE

Una nueva amiga, de François Ozon
 Resisto la tentación de leer críticas a la película “Una nouvelle amie”, de François Ozon, para no contaminarme con lo que opinan los críticos. Pero veo que la presentan como “película transgénero”. Y la etiqueta no me parece del todo mal. Ni bien. Porque yo salí con la sensación de haber visto una historia sobre la incapacidad de los hombres para expresarse. Entre otros temas como la amistad, la identidad o los roles de pareja.

Situación de partida: Dos amigas de la infancia se juramentan con sangre para estar siempre juntas “en la vida y en la muerte”. Al fallecimiento de una, la otra cumple la promesa de ocuparse del bebé y el marido de ésta. Pero el primer día que acude a la casa familiar se encuentra una sorpresa indigesta.

A Ozon le inquieta la sexualidad, esa frontera ambigua y de niebla donde todo está por escribir y donde, por miedo, nos manejamos con carteles escritos por otros. Donde todo lo que no es convencional es subversivo. A Ozon lo llaman el Almodóvar francés, pero viendo ayer este película pensé que el manchego habría explotado la inevitable vis grotesca de la historia. Cosa que el francés no hace, aunque a ratos la delicadeza dominante se le va de las manos y arranca al público unas carcajadas que sospecho no pretendía.

El protagonista es un hombre que sin dejar de ser hombre siente el vacío de no poder expresarse "como una mujer". Las mujeres nos hemos pasado la vida reclamando espacios, igualdad, cuotas de poder, mientras los hombres sufrían sin pancartas la incapacidad de explorar la emoción, el sentimiento y hasta la lágrima fácil sin censura. Esta mutilación es de la que habla François Ozon, me parece. Y el travestismo es sólo la forma de contarlo. Una manera de llevar al límite el mensaje. Se puede ser muy hombre y muy femenino. Se puede ser mujer y actuar “como un hombre” (otro cliché) en la cama, en el atuendo, en la vida.

Y hay unas líneas, visibles e invisibles, que delimitan como alambres electrificados lo que es un género y otro. Y la película te invita a cortarlas con alicates y jugar en abierto a transgredir las convenciones. Y no tener miedo a aceptar que uno puede ser etiquetado como hetero y un día, de repente, comprobar cómo asoma una pulsión homoerótica sin que eso sea un trauma. De manera natural. Y te invita a pensar que el amor, la amistad, es una energía del corazón a la que le ponemos nombres porque tememos que se nos vaya de las manos. Y que hay que ser valiente para romper los carteles y dejarse llevar.
Uno sale del cine con esa sensación de que han tirado una piedra al charco y las ondas siguen llegando durante un rato largo. Ves al marido convencional instalado en su rol machirulo. Un buen hombre, sin duda, que no permitirá que lo femenino se le manifieste más allá de ponerse un foulard de su mujer porque le duele la garganta. Y que cuando en la cama ella se sube encima de él y se expresa sin pudor y va por libre, él no puede alcanzar el orgasmo (¿como "una mujer" según esos clichés?). Y luego ves a ese otro marido que llega y le da el biberón a su hija con un gesto indudablemente maternal, y da lo mismo que lleve los labios pintados y dos prótesis en el pecho. Es un hombre y cuando desea a una mujer y la abraza, sigue siendo un hombre incluso con peluca y pasado de rimmel.

Lo que Ozon propone es una ruptura radical, y lo hace hasta el final (no muy acertado, me parece, demasiado inverosímil). Y te das cuenta de lo urgente que es romper esas convenciones sociales que hacen que un hombre que manifiesta feminidad (según cliché) sea "gay" "travesti" o "afeminado".  Y agradeces la presencia a tu alrededor de hombres sin miedo a experimentar con los sentimintos más íntimos. A reconocerse vulnerables. Un ejercicio tan arriesgado  o más que salir a la calle con tacones  y falda (y Felipe el Hermoso por el talle...)





jueves, 18 de septiembre de 2014

SI TÚ TAMBIÉN ESCRIBES MAL NIETZSCHE

Mi amigo J.E nos manda a F. y a mí una invitación a participar en el curso de filosofía "Nietzsche como crítico de la cultura: una introducción a su pensamiento" en La Central. Con unas breves líneas advocatorias: "Creo que la optimización dinámica de mis ratos de esparcimiento me impedirá asistir a tan interesante curso. Vosotras que salvo en lo laboral sois libres como pajaros que vuelan hacia donde mejor les parece, quizá podáis disfrutarlo...".

Ya he contado de J.E considera que me sobra hedonismo y me falta consistencia. Que debería retroceder dos mil años en mis lecturas y que soy una "moderna" -con retintín- entregada a mil curiosidades vanas y a ninguna. Aún así, no desfallece en su intento de reforzar mi andamiaje filosófico, de manera que no me atrevo a confesarle que me pasé COU (segundo de bachillerato de nuestra era) aprendiendo a escribir Nietzsche correctamente porque una suerte de dislexia transitoria me urgía a colocar la z fuera de lugar. Como J.E es un superhombre se burlará de mí sin piedad y pensará que soy una causa perdida. Y que no sería mala idea crear una ONG para descarriadas en busca de un pensamiento sólido.


No sabe que ayer, al entrar en casa, me encontré a mi adolescente viendo una serie en su smartphone con esa actitud lánguida de quien forma parte de la tapicería sofá. "¿Ya estás viendo tele de bobitas y bobitos?", le espeté (porque así llamo a la telebasura que les gusta a mis hijas). "Déjame en paz, no puedo ser como tú, ver sólo cine en versión original y leer a todas horas", respondió chulita y desafiante. Y mientras me quitaba los zapatos le eché un chorreo sobre cómo pensaba ser maestra y educar a niños si se traga esa bazofia para subnormales (sí, a menudo soy políticamente incorrecta). Ella se cabreó como una mona y atacó: "Yo no voy a ser periodista, así que no tengo por que ver lo que tú ves". Y conteniendo las ganas de tirarle el otro zapato a la cabeza, respondí: "No, las consecuencias de que yo fuera una ignorante no serían tan dañinas. Alguien va a poner a sus hijos en tus manos y esa es una responsabilidad enorme".

Cuento esto porque de mi blog se podría deducir erróneamente que mi casa en un paraíso y las Chukis dos modelos de hijas que deletrean Nietzsche del derecho y del revés sin trabárseles la lengua. Ayer se lo aclaraba a mi amiga M.J, que fue a buscarme al trabajo para volvernos juntas andando, con nuestras sneakers y la bolsa del gimnasio en ristre. "Yo a veces le leo tus post a mi hija para que aprenda", me confesó. "Pues ya te digo yo que una cosa es la teoría y otra la práctica. Lo más elevado que ha leído mi ado este verano es "Tiburón". 

Festival de San Sebastián
Justo entonces nos cruzamos con una coetánea a la que me encuentro a menudo en el autobús y saludo con esa distancia de reconocimiento cortés. "Hay que ver lo que cambias cuando te cambias", soltó haciéndome una repasada visual a mi casual look. Vamos, que sin tacones soy como Nietszche sin Zaratustra. Y eso me coloca en una posición delicada. Porque no se me reconoce por el estilo ni por mi mente prodigiosa. Y es más. Tampoco por mi cuerpo. Mi nuevo más mejor entrenador del gimnasio, un chino que ayer se me presentó como "Manolo", se ofuscó tras negarme a hacer los abdominales endemoniados que me sugería, y optar por una versión light: "Como veas, pero con esos no trabajas tu suelo pélvico" (y mientras decía suelo pélvico miraba al bies caderas y pubis con una mezcla de reprobación y tabú oriental). 

Así que ahora que sé que no formo parte de nada, y que ese debe ser el verdadero crepúsculo de los ídolos del filósofo alemán de marras, sólo me resta responder a la tentadora invitación de J.E:


"Creo que me voy a entregar a San Sebastián, su festival y sus cantos de sirena. Pero pensaré en Nietzsche y en vos mientras doy cuenta de los pintxos y zuritos en versión original y mirando al mar!"

 


miércoles, 17 de septiembre de 2014

ASÍ EMPIEZA LO BUENO

"Yo condenaba mis propias obras con gran perspicacia. Me gustaba trabajar en ello, eso es verdad. Pero una vez terminado el trabajo me daba cuenta de que no era más que basura y, en consecuencia, rara vez se lo enseñaba a nadie: ni siquiera a mis amigos"

Vuelvo a acostarme con Stevenson en la intimidad, a quien nunca abandoné del todo porque es un gran compañero y porque sus soliloquios son diálogos, casi diría que mandamientos que me obligan a cuestionarme cada letra que escribo. Entiendo que es mucho más feliz el menos cicatero, el iluso, pero seguramente nunca llegará a rozar un mínimo de calidad. El stevensoniano puede que tampoco, pero al menos pondrá en cuarentena el fruto de sus dedos y de su imaginación y el mundo se lo agradecerá.

Ayer me traje el nuevo libro de Javier Marías y corrí ansiosa a devorar su arranque. A comprobar si sigue siendo un aldabonazo, un empujón hacia un agujero profundo sin conejo apresurado ni naipes siniestros:

"No hace demasiado tiempo que ocurrió aquella historia -menos de lo que suele durar una vida, y qué poco es una vida, una vez terminada y cuando ya se puede contar en unas frases y sólo deja en la memoria cenizas que se desprenden a la menor sacudida y vuelan a la menor ráfaga". "Así empieza lo malo". Alfaguara.

Me pareció que Marías no sería tan buen compañero de cama como Robert. Una tiene esas intuiciones absurdas sólo con acariciar las primeras páginas de un libro. Hay tipos, como Palahniuk, que te arañan el hígado y sólo dan para una orgía sangrienta. Un polvo de alta intensidad que te deja baldada. Diciéndote a ti misma cómo has llegado hasta aquí. Hay temporadas en las que  necesitas un beso en la frente y el embozo de la sábana bien estirado. Un vaso de leche templada y una Dormidina. O incluso media. Y que el hombre que te dé las buenas noches te cante una milonga desde su más allá literario.

Algo así como "Una o dos novelas de Scott, Shakespeare, Moliere, Montaigne, "El Egoísta" y "El Vizconde de Bragelonne" constituyen mi círculo de íntimos. (...) Luego hay una serie de obras que me miran con reproche desde el anaquel: libros que en alguna ocasión he hojedo y estudiado: casas que un día fueron como un hogar para mí, pero que ahora apenas frecuento".

Todos tenemos casas que ya no frecuentamos, querido Robert. Y hallazgos que son como los frufrús de las propuestas de pasarela cada temporada. Excitantes y dotados del brillo prometedor de la novedad. Mi amigo J.E comentaba ayer que ha vuelto a poner una librería en su dormitorio, en contra de los deseos de su mujer. Yo sigo con mi pirámide de libros en la mesilla, y desterré esa tentación recurrente de poner una televisión a los pies de mi cama. Creo que a ti no te parecería nada bien semejante argucia narcótica. Pero hay noches tristes donde no tienes cuerpo ni de rasgar un capítulo, y podrías entregarte al último programa concurso que detestas pero es un sobre de fácil y rápido consumo. Glu,glu,glu.

Condenar las obras a la perspicacia. Qué gran consejo. Buenas noches, amado Robert Louis. Buenos días, Javier Marías. En unas horas, cuando vuelva a acostarme, decidiré a quién le entrego mi cuerpo y mi destino. Bendita promiscuidad sin ETSss.


 


martes, 16 de septiembre de 2014

OKURIBITO ES DESPEDIDA EN JAPONÉS

Despedidas
Mi amiga F. se despidió de su padre ayer en el funeral con una carta muy sencilla en la que glosaba su integridad, su austeridad, su amor por la familia y su curiosidad insaciable por la historia y la literatura. Lo hizo con esa serenidad limpia y sin afectación que la caracteriza, y la iglesia de llenó de fuego. Me gustaría creer que cuando te mueres escuchas lo que te dicen quienes te amaron.

F. tiene una fe profunda y a veces reza por mí. Yo se lo agradezco mucho y estoy convencida de que me ayuda. Un día, hará tres o cuatro años, mi amigo M. nos presentó en una comida a cuatro (el cuarto era J.E) en la que ella, precisamente, me recomendó una película sobre la muerte y el duelo titulada "Despedidas", de Yojiro Takita ("Okuribito", en japonés).

Argumento: Daigo Kobayashi, antiguo violoncelista de una orquesta que se acaba de disolver, vaga por las calles sin trabajo y sin demasiada esperanza. Por ello decide regresar a su ciudad natal en compañía de su esposa. Allí consigue un empleo como enterrador: limpia los cuerpos, los coloca en su ataud y los envía al otro mundo de la mejor forma posible. Aunque su esposa y sus vecinos contemplan con desagrado este puesto, Daigo descubrirá en este ritual de muerte la chispa vital que le faltaba a su propia vida. 

De todos los rituales existentes, el del funeral me parece el más importante. Pone en manos del sacerdote el último recuerdo de los asistentes que a menudo no tuvieron la oportunidad de conocer al difunto. Y demasiadas veces el cura se hace un speech convencional y pomposo donde sólo los que tienen fe terminan convencidos de la suerte de que su ser querido habite el cielo. Y a veces ni ellos.

Hay que despedirse como dios manda. Cuando no es así se te queda esa sensación de que el muerto -que a veces sigue vivo- va a aparecérsete a la vuelta de una esquina y pegarás un respingo y no sabrás qué hacer. Aquí no hay rezos que valgan. Un adiós brusco te condena a vagar como alma en pena una semana, dos, un mes, con la sensación de que te falta algo que no tiene nombre. ¿Vacío?. Y es muy triste y muy real. A F. le falta su padre, su compañero, el hombre incondicional que ya estaba enfermo cuando ella y yo nos conocimos, y al que no vi jamás pero siento que he visto a través de un relato entre comida y comida, siempre breve, profundo y sin carga dramática de más porque así es ella.


Otra mujer que conozco apenas perdió este verano a su novio en un accidente de tráfico. Muchas mañanas me lleva en coche a trabajar y no hay trayecto en el que no hable de él. De cómo hacía tal receta, de cómo iba a ver los partidos de fútbol del hijo de ella. De que estaba gordito ("pero estaba muy bueno"). De que era un caballero y enseñó al niño a ceder el paso a las mujeres. Y a mí me impresiona su decisión de seguir con él a través de los recuerdos cotidianos porque es una forma de eternidad que la Iglesia no contempla, al parecer. La fe en el más allá de los agnósticos y de los ateos. Que el recuerdo no se evapore, no del todo, no enseguida.

Así, hay muertos que siguen vivos y vivos a los que matamos para seguir viviendo. Pero nunca del todo.  Y nos quitan el sueño. Y se nos aparecen de noche, al apagar la luz. O como un relámpago cuando suena el despertador. Y hay que construir para ellos un lugar donde descansen en paz sin que medie el olvido. Un recuerdo, dos o tres que los resucite cuando los invoquemos y sea algo dulce y consolador. 

Estoy segura de que F. es una maestra en Okuribito. Su carta de ayer es una prueba. Si la otra vida es permanecer en la letra de los que nos acompañaron mientras respirábamos, no me parece mal. Le gustaban la historia y la literatura. Era muy alto, como F. y consiguió que su hija se sintiera bien y aceptada. Ayer, en su funeral, sentí que lo había conocido. El ritual tuvo su efecto gracias a una carta. Espero que haya cielo, lo espero de verdad. Pero si no hay cielo hay palabras, que no está nada mal.







 

lunes, 15 de septiembre de 2014

10 RAZONES POR LAS QUE VER "BOYHOOD"


1. Porque la transición entre las edades del niño, y de la familia, es un ejercicio magistral de continuidad sin sobresaltos en un relato que resulta absolutamente lineal y verosímil.

2.Porque toda madre y padre identificará los tics de los 12 a los 18 años y sentirá que lo que tiene en casa es normal. Ese adjetivo tan impreciso.

3.Por la evolución del personaje de Ethan Hawke, el padre. Un tipejillo que da los mejores consejos, no siendo precisamente el padre modelo: "A las mujeres hay que preguntarles mucho y escucharles con suma atención. Si haces esto ya juegas con ventaja sobre la mayoría de los hombres". Amén.

4.Por la evolución (física) de Ethan Hawke. Cuanto más maduro, más atractivo. Cada arruga es un destello, una prueba de aprendizaje.

5.Porque si eres mujer, y divorciada y tienes casualmente dos hijos empatizarás de inmediato con la inmensa Patricia Arquette y sus malabarismos para educar y sacar adelante (con imperfecciones) una familia sin que te salgan dos serial killers.

6.Por la banda sonora. Lo mejor, las canciones de los protagonistas a la guitarra.

7.Por la reflexión de la madre ante el nido vacío. Una conversación con el hijo que se va a la universidad donde pasa revista al sentido (y sinsentido) de la vida y termina diciendo: "Pensé que después habría algo más" que me hizo llorar. Lo que te lleva a pensar es que ser madre o padre no debería ser la meta o excusa que justifique la vida. Eso que digo en los foros y alguno me mira como si fuera un monstruo.

8.Por la lección para mujeres que quieren (queremos) ser perfectas: Ni lo intentéis, nenas. Ser medianamente discreta en lo profesional, maternal y en el amor ya sería un éxito. La Arquette decide que será célibe porque se equivoca tanto con los hombres que uno termina por pensar que el tipejillo que la dejó embarazada a los 20 era el mejor. Oh my Good! Pero consigue educar a dos hijos con varios padrastros chungos por medio, terminar en un apartamento pequeño para ella sola después de mil mudanzas  y una plaza de profesora en la universidad. Mis respetos.

9.Porque la película te habla de la evolución de un niño, de un hombre, de una mujer, de un país y de una sociedad. Todo junto. Y habla de perdonarse y relativizar. Y del primer amor y de las primeras tentaciones. Y de que uno elige y de que se puede sobrevivir con un mapa lleno de trampas sobre la mesa.

10.Porque a pesar de que se hace un poco larga (dos horas y media) te deja esa sensación de que ha sido un buen final de domingo junto a tus amigas. Y al llegar a casa te dan ganas de hablar mucho con tu hija adolescente.


domingo, 14 de septiembre de 2014

CUERNOS, POLVOS Y MOZART

En el siglo XVIII, como hoy, había cuernos, deslealtades, ridículos, estupores, coqueteos, ocultaciones, traiciones, alianzas, más cuernos, desdén, envidia, celos, animadversión, ¿incesto?, provocación, trampas, clasismo, defenestración, estulticia, travestismo, sobornos y demasiado talco en los rostros de las mujeres.

De todo esto habla "Las bodas de Fígaro", y reto a quien sea capaz de contar la trama en menos de un folio. (Aviso, en la Wikipedia van acto por acto y no hay dios que se entere, en ocasiones hacen falta profesionales de la pluma y la síntesis, la democratización del saber llega hasta donde llega. Y Mozart -y De Ponte, autor del libreto basado en una obra de Pierre Augustin Caron de Beaumarchais- han construido una torre de muchos pisos llena de imbricados laberintos bufos).

Naturalmente, anoche debía triunfar el amor, y mi hermano I. y yo asistimos a tres horas y media sin aliento de tropezones y zancadillas para que eso no pasase, mientras Madrid se entregaba a los nuevos aires del Real. Menos experimental y con más abonos vendidos para la temporada, según dicen.

Como no soy experta en ópera, ni en nada, no voy a caer en disquisiciones mozartianas sobre el montaje. Pero diré que me asombró la espectacular escenografía, el acto en el dormitorio de la condesa de Almaviva donde el sol del amanecer entra por la ventana y juraría que Emilio Sagi sobornó al astro para llevarlo al escenario a deshora y en todo su esplendor (los modernos y modernícolas que prefieren escenarios con dos cubos y una fregona, todo muy conceptual, abstenerse. Aquí no se les ha perdido nada). Y diría también que el jardín enrejado del final era Sevilla y olía a jazmín. Frondoso para ocultar los devaneos del conde, la condesa, Fígaro y Susanna. El enredo de personalidades. Ese baile de pieles blancas y pelucas ocultas bajo capas con capucha y una luna perfecta que va subiendo poco a poco hasta hacerse con el cenit de la representación.
Sol de hoy 7 a.m Un reto para Emilio Sagi

Diré también que me emocionaron las arias vibrantes de la condesa de Almaviva, la voz de miel de la mezzo encarnando a un divertidísimo Cherubino y la convincente interpretación del conde, capaz de vender prepotencia, deseo o estupor con leves gestos y ninguna sobreactuación.

En el siglo XVIII, como hoy, había una íntima y levísima confianza de que al final todos los desajustes se arreglaran, los malos pagaran por sus pecados, triunfaran los buenos y el amor se expandiera a raudales. Se asumía, como hoy, que las buenas intenciones moverían el mundo pero nunca sería gratis. Los amantes se despistarían un rato para volver a encontrarse en un jardín o en el fondo de un armario. Los amos se humillarían ante los esclavos. Los frívolos serían expatriados a la guerra. Los avaros verían cómo se les arrebataba la bolsa de las monedas. Los lascivos pagarían cama ajena. Los cornudos se vengarían y el pueblo llano bailaría en torno a un banquete lleno de deliciosas viandas. Y así, por un rato al menos, lo que dan de sí tres horas y media de cuento, la justicia poética camparía por sus fueros como un bálsamo contra la desgracia y la mediocridad re real life.

Hasta que cayera el telón. Y todos volvieran a sus vidas. En mi caso, a atacar una cerveza con pinchos y animada conversación con I. en la Taberna del Alabardero. No se me ocurre nada mejor, salvo habernos topado con el fantasma de Mozart en alguna esquina iluminada con candiles...



DE CUERNOS, PASIONES Y MOZART

En el siglo XVIII, como hoy, había cuernos, deslealtades, ridículos, estupores, coqueteos, ocultaciones, traiciones, alianzas, más cuernos, desdén, envidia, celos, animadversión, ¿incesto?, provocación, trampas, clasismo, defenestración, estulticia, travestismo, sobornos y demasiado talco en los rostros de las mujeres.

De todo esto habla "Las bodas de Fígaro", y reto a quien sea capaz de contar la trama en menos de un folio. (Aviso, en la Wikipedia van acto por acto y no hay dios que se entere, en ocasiones hacen falta profesionales de la pluma y la síntesis, la democratización del saber llega hasta donde llega. Y Mozart -y De Ponte, autor del libreto basado en una obra de Pierre Augustin Caron de Beaumarchais- han construido una torre de muchos pisos llena de imbricados laberintos bufos).

Naturalmente, anoche debía triunfar el amor, y mi hermano I. y yo asistimos a tres horas y media sin aliento de tropezones y zancadillas para que eso no pasase, mientras Madrid se entregaba a los nuevos aires del Real. Menos experimental y con más abonos vendidos para la temporada, según dicen.

Como no soy experta en ópera, ni en nada, no voy a caer en disquisiciones mozartianas sobre el montaje. Pero diré que me asombró la espectacular escenografía, el acto en el dormitorio de la condesa de Almaviva donde el sol del amanecer entra por la ventana y juraría que Emilio Sagi sobornó al astro para llevarlo al escenario a deshora y en todo su esplendor (los modernos y modernícolas que prefieren escenarios con dos cubos y una fregona, todo muy conceptual, abstenerse. Aquí no se les ha perdido nada). Y diría también que el jardín enrejado del final era Sevilla y olía a jazmín. Frondoso para ocultar los devaneos del conde, la condesa, Fígaro y Susanna. El enredo de personalidades. Ese baile de pieles blancas y pelucas ocultas bajo capas con capucha y una luna perfecta que va subiendo poco a poco hasta hacerse con el cenit de la representación.
Sol de hoy 7 a.m Un reto para Emilio Sagi

Diré también que me emocionaron las arias vibrantes de la condesa de Almaviva, la voz de miel de la mezzo encarnando a un divertidísimo Cherubino y la convincente interpretación del conde, capaz de vender prepotencia, deseo o estupor con leves gestos y ninguna sobreactuación.

En el siglo XVIII, como hoy, había una íntima y levísima confianza de que al final todos los desajustes se arreglaran, los malos pagaran por sus pecados, triunfaran los buenos y el amor se expandiera a raudales. Se asumía, como hoy, que las buenas intenciones moverían el mundo pero nunca sería gratis. Los amantes se despistarían un rato para volver a encontrarse en un jardín o en el fondo de un armario. Los amos se humillarían ante los esclavos. Los frívolos serían expatriados a la guerra. Los avaros verían cómo se les arrebataba la bolsa de las monedas. Los lascivos pagarían cama ajena. Los cornudos se vengarían y el pueblo llano bailaría en torno a un banquete lleno de deliciosas viandas. Y así, por un rato al menos, lo que dan de sí tres horas y media de cuento, la justicia poética camparía por sus fueros como un bálsamo contra la desgracia y la mediocridad re real life.

Hasta que cayera el telón. Y todos volvieran a sus vidas. En mi caso, a atacar una cerveza con pinchos y animada conversación con I. en la Taberna del Alabardero. No se me ocurre nada mejor, salvo habernos topado con el fantasma de Mozart en alguna esquina iluminada con candiles...





 


sábado, 13 de septiembre de 2014

CÓMO APROVECHAR LAS VENTAJAS DE UN VIRUS 24 HORAS

Minichuki se ha pillado un virus 24 horas. Uno de esos que te dejan escurrido, enjuto y desmayado en un sofá. Sin más entretenimiento que la tele y la conversación con la pesada de tu madre. A veces los temas más cruciales salen cuando estás sitiado por la fiebre, agotado y sin escapatoria.

En realidad, ella habla todo el rato, salvo cuando se encierra, absorta, en su cuarto con los disfraces. Pero ahora no tiene fuerzas para el transformismo, así que murmura y se pone el termómetro cada tres o cuatro minutos. Ávida de pillar a su cuerpo en un renuncio en la frágil frontera entre 37.5º y 37.6º.

A veces a los 12 años uno pide perdón sin razón sólo para volver a sentirse integrado en el grupo. A mí eso me duele en mi hija porque es una maniobra contra sí misma. Las lecciones de autoestima son las más difíciles. Pero los padres tendemos a temer las de sexo, violencia o alcohol, como si esas fueran las principales amenazas de la vida.

Le cuento que si no te quieren bien debes irte, aunque te duela y se te instale un hueco sordo en el estómago, como si te hubieran hecho el vacío con una bomba y se hubieran olvidado de retirarla. Se encoge de hombros. Le cuento que hay personas que no han sido entrenadas para ser queridas, sino para resistir golpes. Me mira con asombro. Le cuento que la amistad, como el amor, es una carretera de doble sentido. Y que si el otro no mueve un dedo por aproximarse a ti lo mismo has elegido mal la senda. Me mira con ojos interrogantes. Vomita.

Le cuento que esas "amigas" que le invitan a expulsar a otras del wasap como prueba de fuego de la amistad son unas perversas. Le cuento mientras le acerco el tetra brick de suero a la boca que uno no puede jugar las partidas de ajedrez contra sí mismo sólo para que lo llamen maestro (bueno, no se lo digo así de pedante, pero se lo digo). Compone una mueca de asco porque el suero de fresa debe ser repugnante. Le cuento, verás, que en el camino a veces hay que ir dejando personas para concentrarse en los amigos. Pone cara de menuda plasta es mi madre. Corre al baño. Le cuento que ya me gustaría tener su edad para ser su amiga. Porque es divertida, lista como el rayo, noble, original y luminosa. Y se acomoda entre mis brazos con cara de "me lo dice porque me quiere". Y enseguida me advierte de que su virus es contagioso.

Le cuento mientras acaricio sus rodillas llenas de moratones del fútbol que uno no para de aprender eso de la autoestima, por más años que pasen. Que hay que seleccionar las batallas y dejarse la vida por quien lo merece. Aunque sea difícil, aunque haya que resetear el corazón y los pulmones. Se va quedando dormida.

Asumo que el virus de la falta de amor propio es mucho más letal que el del estómago. Porque a menudo impide querer a otros. Y es contagioso.






viernes, 12 de septiembre de 2014

UN ENCUENTRO INESPERADO

"Chicago no es el lugar ideal al que acudir cuando acabas de perder la cabeza y quieres  acurrucarte en el fondo  de una botella a esperar que remita la sensación de que te han arrancado las entrañas del cuerpo reiteradamente. Hay por lo menos una media docena de ciudades para un propósito así". Ron Currie. "¡Todo importa!" (Seix Barral).

El lugar ideal para perder la paciencia en Madrid, no sé si la cabeza,  es la Castellana. Un océano si la cruzas tres o cuatro veces al día, en dos o tres tramos con sus respectivos semáforos y sus ejecutivos colgados de sus IPhone-5 (en breve 6). No se me ocurre una trasgresión más alcohólica que lanzarte a al mar/asfalto sin mirar si paran los coches. El concierto de bruscos frenazos, las  rayas negras de neumáticos histéricos pintadas sobre el asfalto.

Jorge Vázquez, primavera/verano 2015
Ayer decidí hacerle un corte de mangas a la Castellana y  tomar un taxi hasta un desfile de moda. Ese espectáculo de música, volúmenes y sensualidad que te habla del verano que viene, cuando ya seas otra, mudada la piel y el corazón,  y vuelvan las ganas. En el front row, un ejército de señoras rubias, socialites entregadas y algún notas displicente con mohín de asco perpetuo y ganas de pisar la pasarela. Y entonces vi, justo enfrente de mí, a la jefa de mi amiga C. Una mujer de sólida carrera política que contraviene todos los clichés del funcionario con cargo. Me consta, porque así nos lo cuenta C. a las amigas de la universidad, que trabaja de sol a sol, que no le gusta figurar ni cortar cintas rojas en las inauguraciones y que no toma decisiones arbitrarias. El ejemplo honroso de que no todos son iguales. Vagos, mangantes, conspiradores y moderadamente inteligentes.

Así que en cuanto terminó el desfile me lancé a por ella con vehemencia de experta cruzadora de la Castellana. Para ello tuve que saltar la alfombra roja donde minutos antes una modelo subida en tacones traicioneros casi tropieza en mis narices al engancharse con el encaje del vestido. "Hola, soy amiga íntima de C.", me presenté tras recitarle de corrido mis credenciales profesionales. "Pues tienes mucha suerte, porque C. me ha cambiado la vida", respondió ella. "Ahora sé que puedo confiarme en sus manos porque está siempre atenta a mi agenda, se anticipa, es muy responsable y trabajadora y encima tiene buen carácter", recitó también de corrido y sin dejar de sonreír.

A mí el orgullo se me salía por la boca. Sobre todo cuando ella me confesó que le daba apuro lo mucho que trabaja mi amiga. Funcionaria de ocho a ocho con sueldo de ocho a tres. "La pobre me sigue el ritmo y no se queja jamás". Yo asentía con el entusiasmo de una madre a quien el profesor del colegio pone por las nubes a su hijo. Y cuando nos despedimos, con un abrazo de cálida simpatía mutua, aún me dijo: "Muchas gracias por venir a saludarme".

Añadiré que se trata de una política del PP que trabaja en el ayuntamiento de Madrid.

Regresé feliz por el encuentro y corrí a contárselo a mi amiga. Todo el grupo de íntimas de la universidad, más de 25 años juntas (con alguna más de 40) le hicimos la ola y disfrutamos como se disfruta de los grandes éxitos de la vida. No sé qué hubiera escrito Ron Currie al respecto. Yo diría: Hay encuentros que te arreglan un día aciago donde sólo esperabas cruzar la Castellana cuatro veces, doce semáforos. Incontables mamarrachos con su I-Phone marcando paquete. Se me ocurren una docena de situaciones para sonreir a 38º. Pocas tan inesperadas como la de ayer.




jueves, 11 de septiembre de 2014

LAS VERDADES DEL BANQUERO

"Devorar antes de que te devoren".

Ayer una crónica de la muerte de Emilio Botín glosaba este como uno de sus consejos de cabecera. Me pareció que nunca, por mil reencarcaciones que tuviera,  querría ser banquera ni ninguna otra profesión que requiera morder a nadie en un medio acuático, aéreo o terrestre. Me alegré infinito de tener en casa una futura maestra y una futbolista a la que este año hincharán a patadas sus compañeros, sin querer, en el peor de los casos.

Antes, en el bar con sofás capitoné de terciopelo de un hotel de lujo de la capital, un hombre me hablaba del dinero y sus contornos. De esos casos de corruptos que nos invaden y que hacen pensar a las Chukis que todos los políticos roban y mienten como todos los muertos crían malvas. Entendí que el mal ejemplo cala mejor porque carece de matices. Es un mensaje limpio como el filo del cuchillo de un carnicero meticuloso. Se roba porque se puede.

En mi familia, ya lo he contado, se ha considerado siempre de mal gusto hablar de dinero. Ninguno de mis hermanos pregunta jamás lo que ganamos los demás. Nunca hemos tenido una pelea por esa causa (ni por ninguna otra, la verdad). No es que seamos el hogar de Mary Popppins, es que por alguna razón mis padres debieron pensar que criar tiburones en cautiverio sería alimentar depredadores en mar abierta. Así que crecimos pensando que el dinero servía para dormir tranquilo por las noches. Nos faltó la segunda parte de la lección. Si tienes demasiado dinero tienes un trabajo extra que probablemente te quite el sueño.

No se me ocurre ningún banquero ni demasiados multimillonarios y poderosos que exuden felicidad en el rostro. (Podeís vomitar si os parece que esto huele a Antiguo Testamento). La mayoría parece ponerse de orfidales y beber vinagre en el desayuno. No dudo que sean felices a ratos, pero me temo que nadar entre tiburones debe tener catastróficos efectos secundarios. Lo que no me hace alinearme con el Señor de las Castas y su discurso monolítico, maniqueo y antiguo como la noche de los tiempos.

Conozco a personas sin dinero que almacenan rencor sin límites hacia los que lo tienen, sólo por el hecho de tenerlo. Los llaman "los ricos" y acostumbrar a meterlos en el mismo saco/estanque cuando se refieren a ellos con una inquina grandilocuente. A mí, personalmente, no me parece nada mal que alguien tenga una cuenta corriente abultada o abultadísima. Pero eso tampoco lo dota de sex appeal a priori. Lo que más me pone y así se lo digo a las chukis en nuestras charlas de "acuarios, peceras y demás habitáculos", es la capacidad de disfrutarlo. Ese subidón de saber que puedes darte un capricho  o supercapricho. Sin culpa, sin arrogancia y sin reflujos en el esófago.

Lo malo de poner etiquetas al rico y al pobre, hablar de castas y víctimas, es que deja poco margen al matiz. A los estados intermedios. Y de alguna manera excita y enardece la lucha,  el conmigo o contra mí, en mi bando o en el tuyo. Alimenta el resentimiento y la penetración de mensajes simples y tajantes. "Hemos venido para quedarnos", me escribió alguien el otro día, y me estremecí. Hay quien se ha tomado lo de la lucha de clases como un karma indigesto y afila las bayonetas en la oscuridad.

Nadie se queda para siempre, querido. Hasta los banqueros más poderosos, esos que podrían pactar con el diablo o crionizarse mueren un día, de repente. Y más vale que hayan disfrutado de su dinero, de sus afectos y de las corrientes marinas sin enemigo a babor. Porque luego es nada. Y pasa el siguiente.





miércoles, 10 de septiembre de 2014

AMIGOVIO:MÁS QUE AMIGO, MENOS QUE NOVIO

Ayer, en el Telediario, gracias a un reportaje de ese juglar de la melaza periodística apellidado del Amor me enteré de la existencia de un término nuevo para mí: Amigovio. O sea, más que amigo, menos que novio. Luego he comprobado que hubo en Argentina una telenovela con ese título en 1995 que alcanzó los 248 episodios, cuando aquí apenas balbuceábamos "follamigo", ese palabro mucho más vulgar que al parecer no es lo mismo.

Amigovio, quiero imaginar,  tiene un halo romántico del que follamigo carece. Y no porque no haya cama, que la hay. Sino porque un amigovio te dice que te quiere y un follamigo te dice que te desea. Al final, todo termina en el mismo sitio, pero convengamos que las palabras son fundamentales, la música que envuelve nuestras verdaderas intenciones.

Ansiosa de saber más, he buscado en Internet, esa fuente del saber libre y riguroso. "Se trata de una palabra que se utiliza para designar una relación en la que las partes todavía no se han entregado completamente a los rótulos formales. Es decir: No son amigos, porque ya se ha dado entre ellos el encuentro íntimo, pero tampoco son novios, siendo que su relación no ha sido reconocida entre ellos formalmente y, segundo, no ha sido compartida con los demás (sobre todo con su familia)".



Es decir, que el amigovio según esta web en tonos rosas y con apartados como "La bola mágica de cristal" o "Poemas, versos y poesías" (???)  tiene algo de furtivo. La excitación de lo que uno sabe y los demás no. Una aventura sin anuncios oficiales. Un territorio de libertad donde el cómplice entra y sale de tu casa mientras tu pareja, si la tienes, lo saluda con efusión.  ¡Qué buen amigo!, pensará, mientras agradece que tu amigo te recoja a la salida del cine o te acompañe a un concierto de algún pelma con mucha percusión y poca higiene.

El amigovio es un romántico que mantiene su estatus porque sabe que es duradero y poco traumático. Una relación sin demasiados vaivenes emocionales donde se pasa de compartir un libro de Peter Handke, por ejemplo, a compartir un fin de semana de pasión en un hotelito rural. Y todo sin que medie el compromiso formal. O sea, que el amigazgo sería la fórmula ideal para aquellos que se bañan pero no se mojan. Una relación líquida a lo Lipovetsky con la garantía de la eternidad sin leyes. Un invento moderno para evitar ahondar demasiado en el amor y empezar a ponerle titulares que lo contengan. Un retozo sin puertas al campo ni visitas a IKEA los sábados por la tarde.

Un purgatorio sentimental. Un síesnoes cardiaco que no duele. Un desfiladero donde alguien tapó las vistas al barranco. Un mientras me lo pienso me lo tiro. Un ahora sí, ahora no. Un estado intermedio que a ratos es un estado carencial.

Un paraíso sobre el papel al que ya se le adivinan las grietas. Pero que da para una disgresión simplona de mañana con dos cafés y enormes ojeras.




martes, 9 de septiembre de 2014

PRIMER DÍA DE GIMNASIO

-La sentadilla es un arte milenario. Agarras la mancuerna de 12 kilos y la dejas caer como el badajo de una campana. Hombros atrás, trasero afuera. Y que se desplome por su peso y tú detrás.
-Odio la sentadilla como odio los abdominales cruzados y el vermut con aceituna.
-Pues venga, una de abductores y no se hable más.

Para no pensar lo más conveniente es ponerse en manos de Mr.Proper. Una verbena de músculos en acción, con acento latinoamericano y mirada de "estoy bueno y tú lo sabes".

Claro que para mí no está bueno. El hiperdesarrollismo no me va. Ni siquiera me iba a los 15 años. Y obedecer, tampoco demasiado, aunque sea bajo la promesa de que dejaré de pensar de manera obsesiva mientras bajo el trasero en plan milenario y saco hombros (dos acciones que me cuesta coordinar, porque el badajo pesa de 12 kilos invita a mi cuerpo justo a lo contrario).

Las musculocas son bastante felices. O al menos fingen bien, a tenor de esas miradas complacientes al bies que se lanzan al espejo cuando creen que tú no los ves. Concentrarse en una orden dada a un miembro del cuerpo y que obedezca es una satisfacción básica e innegable, como ir al baño o beber una Mahou cinco estrellas después de una caminata. Yo de mayor querría ser carne de gimnasio de barrio. Coquetear con el encargado y pesarme a la salida. Pero me temo que nunca lo conseguiré, porque ni me gusta exhibirme en pelotas a la salida de la ducha fingiendo que se me ha caído la toalla - "estoy buena y tú lo sabes"- ni me miro al espejo con naturalidad debido a que en mi casa estaba prohibidísima esa concesión a la coquetería (lo mismo tengo antecedentes de los Cárpatos).

Así que soy una farsante en un gimnasio, y debo parecer una más. Dejarme de distracciones vanas a mediodía -como visitar la Mapfre o la Maje- y dedicarme al culto a la carne turgente rodeada de sacerdotisas de la curva tersa. Pero consciente de que va contra mi naturaleza, más proclive al trote errático en un parque y a terminar en una terracita con amigas urdiendo un viaje.

-¡Chicas, nos vamos a Bolonia! (y creo un grupo wasapero con birrete y todo, que las sentadillas no, pero los grupos temáticos no se me resisten)

Mis amigas ya hermanas de la Universidad y yo tenemos un plan también universitario. Y esa coartada nos hará soñar durante un mes. Bolonia no tendrá demasiados gimnasios, pero sí una arquitectura entregada a los arcos perfectos y a los colores siena. Y la humildad de no formar parte de las misses made in Italy (Oh, Roma, Venecia y Florencia, que os creíais las más bellas. Sin duda os pasasteis de gimasio in ille tempore).

Y así, entre sentadilla y sentadilla, sueño con una escapada que es una forma de espantar deseos frustrados, y Mr. Proper me mira con aprobación, al fin, convencido de que ha hecho entrar en vereda a la rubia descordinada. A tres minutos de darme una de esas revistas hierbas dedicadas a explicar cómo alimentarse con tofu y ser feliz. Esa misión imposible.


domingo, 7 de septiembre de 2014

"LA CHARLA" DE CHICAS

"¡Salve, deseo natural! ¡Salve, felicidad!,¡Divina felicidad! y placeres de todas clases, flores y vino, aunque las unas se marchitan y el otro embriaga". Orlando. Virginia Woolf. Lumen.

Intento animar la evidencia de que hoy toca forrar libros a destajo. Desperté pensando que todo había sido un sueño, pero no. La mente juega esas malas pasadas, esos trucos de prestidigitador que te permiten un respiro antes del río revuelto. Ya no hay conocimiento del medio en la ESO, sino sociales y naturales. O sea, lo de toda la vida. La modernidad es el arte de cargarse lo anterior para recuperarlo pasados unos años y fingir que es nuevo. El vintage académico es un negocio redondo. Vuelves a estar de moda. El otro día, en una comida, una mujer muy bella de unos 50 se lamentaba de que ya no era la más cool. Que ahora todas las miradas de hombres entre 18 y 60 se clavan en su hija. El cuento de Blancanieves representado delante de una ensalada templada de langostinos.  Le dijimos que disfrutara del espectáculo del relevo generacional. Que ser vintage, atractiva e inteligente no está nada mal. Creo que no se quedó muy convencida porque se tomó la ensalada sin apetito.

Virginia Woolf no ha envejecido nada. Deseo. Felicidad. Lo de siempre. Y una lista de agradecimientos de la que pocos escritores pueden presumir. "Muchos amigos me han ayudado a escribir este libro. Algunos han muerto y son tan ilustres que apenas me atrevo a nombrarlos, aunque nadie puede leer o escribir sin estar en perpetua deuda con Defoe, sir Thomas Browne, Sterne, sir Walter Scott, lord Macaulay, Emily Bronte, De Quincey y Walter Pater", arranca.

(El día que escriba un libro tengo clara la lista de agradecimientos. Una de ellas será Virginia Woolf, sin duda, porque la he mirado tanto que juraría que nos conocemos). 

No había leído "Orlando" y me dispongo a atacarlo en los breves descansos entre forrar libros -lo mejor es ese olor a tinta y barniz del papel nuevo- montar una mesa más grande de estudio para Minichuki -que por fin lleva un uniforme de la talla de su edad ¡lo celebramos!- y reflexionar sobre "la charla". Eso que me planteó hace dos días mientras íbamos camino del taller mecánico. Mi nuevo parque temático.

-Mamá, cuándo me vas a dar "la charla" (haciendo signos de entrecomillado con las manos)
-¿La charla? ¿hay una charla concreta para los doce años? inquirí.
-Yo la he visto en la películas. La hay.
-¿Pero es la charla de la regla y todo eso...?
-Tú sabrás.

Mientras monte la mesa, tarea que me llevará unas horas, anotaré posibles contenidos para abordar en "la charla". No puedo decepcionar a mi hija, que sin duda espera grandes revelaciones de nuestra conversación pendiente. Entretanto le doy carnaza con charlas menores. Como por ejemplo, la de los hombres buenos que nos cruzamos el otro día:

1. Vamos a por la mesa. Entras al coche. Metes la llave y...tachán. De nuevo no arranca. Se acerca un señor, el de la autoescuela de al lado de casa que llevas viendo tres décadas y él a ti, sin saludaros. "¿Me permites que te ayude?". Se lo permito y sonrío agradecida. El coche se niega a arrancar. Minichuki y yo vamos a pie al taller del Chato. (No se llama así ni su hermana se llama Electra, pero en mi familia tendemos a renombrar a todo el mundo según nuestra imaginación, que es fértil y juguetona)

2. En el taller. El Chato y su compinche (El Vielas) se lavan las manos al final de la jornada. Pero no ponen la clásica cara de fastidio de "a ver qué tripa se le ha roto a la de siempre", sino que escuchan atentos mi relato y descripción, y me invitan a comprobar el nivel de aceite con una clase tutelada. O sea, que vuelven a pringarse al abrir un capó para mostrarme cómo hacerlo. "Y si aún así no arranca llama a la grúa y le das mi teléfono aunque sea el domingo".

3.En la calle. Nos perdemos -raro, ¿eh?- y preguntamos la dirección a un camarero que riega la terraza de un bar junto a la plaza de Toros. "Toma la manguera, que te lo miro ahora mismo". Y la enana se parte de risa al verme regar aligustres en plena calle de Alcalá mientras el tipo busca, encuentra y me explica cómo llegar con tanto interés que sólo le falta acompañarnos.

4. En el cine de verano. Me llevo a Minichuki y tres sobris a ver "Cómo entrenar a tu dragón II". Planazo. Les digo que se concentren mucho para que el coche funcione. Arranca y batimos palmas. Antes de la peli los llevo a una heladería. Eligen y entonces el heladero me regala un helado. "A este te invito yo. Que lo paseis muy bien". Imagino que se compadece de una mujer con cuatro hijos de cinco a doce años. Nos dice "bienvenidos" como si fuéramos vecinos nuevos de este barrio aledaño que es un pueblo y no mira por encima del hombro, como el mío.

Lo dejo aquí, que tengo muchos deberes. Deseo y felicidad serán mi mantra, a ver si cuela. La mesa tiene lista de instrucciones y demasiadas piezas. Si hoy el coche se niega a arrancar, que le den. Hay hombres buenos a puñados...






sábado, 6 de septiembre de 2014

QUERIDA VALERIE TRIERWEILER

¡Pobre Valerie Trierweiler, corriendo por el pasillo del Elíseo cargada de pastillas para fingir un suicidio y conseguir retener al hombre a su lado!. Imagino lo desesperada que debía estar la pelirroja para montar el lío mientras Hollande -ese hombre que debe guardar un atractivo irresistible bajo su aspecto de hastiado cobrador del Metro o jefe de expedición de scouts- se la pegaba con una rubia muy por encima de sus posibilidades.

Uno no empatiza de entrada con las histéricas, pero sí con las cornudas. Seguramente Valerie cruzó la línea del "tenemos que hablar" el día que arremetió contra Segolene Royal -la morena, bella y fría ex del cobrador venido a Presidente- con un sms incendiario. Uno no empatiza con las mezquinas torpes, pero entiende la lengua insaciable de los celos. La Pelirroja era una granada de mano a punto de estallar y había demasiadas mujeres azuzando el avispero. Rubias, morenas... ¿castañas?

A Valerie le sentaba mal ser la víctima porque esa condición no hace juego con su color de pelo (ver "El Hombre tranquilo", esa joya de John Ford al respecto. O alguna de las pelis de Katherine Hepburn con Spencer Tracy, ese otro amor imposible que duró toda la vida). Así que se ató al teclado y se lanzó a escribir, febril como el Quijote, un libro que reserva la ironía para el título "Gracias por el momento" y vomitó en su interior una papilla de rabia, ira, venganza y dolor. Mucho dolor.


Pobre Valerie, tan lista y tan vulnerable. No entendiste que bastaba con imaginarte desnudo al cobrador, rechoncho y con la popularidad más baja de la historia de un presidente francés- frente a un ejército de ninfas descojonándose (con perdón) para sentirte un poco mejor tú. Tan contundente en bikini y con pamela, tu melena al viento y esa fortaleza que disfrazas de debilidad a golpe de somníferos. Has perdido una gran oportunidad de callarte y esperar a ver pasar el cadáver político de Hollande bajo tu ventana.

Si a los políticos españoles se les cae el tenderete por la codicia, el francés es más de frecuentar la lujuria versallesca. Miterrand, Strauss-Khan, Giscard dÉstaing o Chirac son algunos ejemplos recientes. Y el precursor de todos ellos, Napoleón (bajito y feo como Hollande). Impetuosa Valerie, no sabes la suerte que tienes de haber salido de ese puticlub con dorados como ya salió en su momento Cecilia Ciganer. Lástima que no hayas podido sujetar los dedos, porque ahora que nos has contado que el defensor de los desfavorecidos los llama "los sindientes" en la intimidad -sin duda la confesión más dañina de tu libro- tus ataques de celos y tu desabridos manotazos vestida de Dior resultan irritantes. Incluso para nosotras, tus aliadas de género.

Oscuro objeto de ¿deseo?
De rubia a pelirroja: déjalo estar. Frecuenta a tus amigas. Duerme con pastillas, si procede. Lee a Baudelaire. Sal a correr. Llora tres piscinas olímpicas. Sécate las lágrimas. Lleva el tinte a punto. Date unos caprichos absolutamente innecesarios. Píntate los labios. Escribe bonito. Y espera a ese día en que por primera vez despertarás sin que Hollande se cuele en tu cabeza. Ser primera dama es una merde, ya lo sabes, si en realidad eres la segunda, la tercera o la cuarta. Tú y tu melena roja mereceís el lugar de honor. Sin aspavientos ni numeritos de vodevil sobreactuado. La verdadera grandeur, ya verás, aunque ahora te cueste creerlo.

(Qué necesidad tenías de armar el lío, so boba?).