sábado, 29 de noviembre de 2014

DIARIO DE BLACK FRIDAY

No he celebrado Thanksgiving -y  tampoco el black friday subsiguiente-  porque mi cosecha de otoño la machacó el granizo en pleno estío, y aún recojo los restos entre lágrimas. Además, el pavo se me hace bola y los arándanos, pegajosos y acidulces, no forman parte de mi dieta de afectos severa, astringente y disociada.

Hoy a las 4.30 a.m descarriló el tren del sueño y aún espero a los cuerpos de rescate. Con los pies fríos y  en calambre. Regurgitando ideas huidizas. Centrífuga  y espesa. La caldera se ha roto, me informa el portero, y mi vecina a gritos por el patio.

Un fucking cuadro.

Hay días mejores, pensaréis. Pero no se llaman viernes negro. Se llaman otra cosa (domingo diletante, lunes mordaz o jueves en caída libre)

No, no es que sea una desagradecida, es que tener que dar las gracias por decreto, maldormida y en inglés no lo concibo. Tampoco me opongo a la globalización. Creo que, por defecto, "my taylor" siempre será "rich". Me gusta incorporar y hasta inventarme anglicismos como un juego,  y si escucho ¿truco o trato? levanto las manos a lo John Wayne y después busco, despavorida, la bolsa de los caramelos.
Pavo Acción de Gracias

Pero se empieza con un pavo y se termina danzando  por las calles empapadas de Madrid al grito de "God bless America". Y dárselas de amerifriendly  por montar una cena thanksgiving en Tomelloso (sin haber leído a Whitman, a Steinbeck, a Mc Cullers, a Salinger, a Carver, a Flannery O´Connor...a McCarthy) es como presumir de moderno por llevar barba de leñador, bailar indielánguido y lavarse lo justo.

Y no, no es que sea de esas que defienden "lo español" con vehemencia. Me parece cateto y reducido. No me siento patriota porque no entiendo un país a la defensiva, una lengua a la defensiva o un amor a la defensiva. (Tampoco ser rubia como un arma cargada de coquetos disparos venenosos). Y detesto a Jim Carrey, y la pena de muerte, los lobbys siniestros, y el mall como ruidoso destino cultural.

Confieso, eso sí, que hay noches que me quedo colgada de Discovery Channel  y devoro absorta el proceso de elaboración de los cheetos barbacoa. Y me acuesto indigesta y con tres vasos de agua.

Aunque jamás, jamás,  llamaré cupcake a una simple magdalena, ya lo siento.

Para mí un black friday es una tarde con planes y sin ganas. La urgencia de aliviar nombres pesados de la agenda. La certeza de que el tiempo de descuento ya se agota y el árbitro está a punto de pitar el final del partido. El impulso de tirar a la basura algunos cuentos, dos o tres botes de garbanzos caducados, unos absurdos zapatos rojos que compré una tarde que me sentía Alicia y que no uso. 

Black friday es, ya termino, una noche loquita y tenebrosa que sólo puede presagiar un día de resaca. Amazing y desnortado. Pero también la convicción de que hay motivos, a millares, para dar gracias a pelo. Sin pavo, sin arándamos y sin esas insufribles cupcakes de azúcar glass con colorantes y exceso de sorbitol made in America.





viernes, 28 de noviembre de 2014

EL CRISTAL DE ECHENOZ

"Para mí la precisión es la verdadera fiesta. Con ella podemos dar idea exacta de la tristeza y la felicidad. Es un cristal".

Encontré a Jean Echenoz, ese señor que escribe, toca el contrabajo y huye de los onanistas círculos literarios, espartano y preciso en su entrevista del pasado domingo en El País Semanal. La idea de la exactitud, que combina mejor con la ciencia, con la horología, llevada a las palabras siempre me excita. A menudo uno no sabe quién es hasta que no lo dice o lo escribe, lo despoja de piruetas y rebabas y lo deja descansar, secarse al sol. De ahí el hallazgo del diván. De la terapia como búsqueda del yo y no sólo como cura al desvarío.

(Bla, bla, bla)

Las palabras no son gratis, les digo a menudo a las chukis, y me miran con ese asombro suyo inundado de cruel escepticismo. Ellas, que están convencidas de que su madre es una tacaña, prefieren que ratee el lenguaje que la paga del domingo. A veces me sorprendo forzándolas a buscar un sinónimo o a desliar una subordinación nerviosa e ininteligible y el reto suena a tortura. A concurso de la tele sin saca final. Pero mi intención es que aprendan que el discurso es mucho más crucial que el pelo, que la mayor se plancha con fruición frente al espejo esas mañanas en que las tres litigamos por dos baños.
Jean Echenoz

(Para hacerme rabiar mi adolescente le mete una patada al diccionario y luego se fuma un puro. Con su melena lisa, eso sí, y sus jeans desafiantes, la mayoría de edad irrumpiendo por la blusa, por las costuras de su impertinencia, por la puerta que cierra en mis narices).

Yo sé cuando estoy cansada porque  la palabra que busco se vuelve esquiva, y el cristal de Echenoz estalla y echo sangre por la boca. Y en lugar de corrección me sale concrección y entonces callo y me dejo estar, desmadejada.

Conviene dejarse estar para escribir, eso he aprendido. Hasta que con el sueño bondadoso los cables se conectan otra vez, y chisporrotean y brota de la chistera un término que perdiste el otro día, y es un  alivio, un perdigón certero, una alegría.

"Yo intento siempre dirigirme a cualquier cosa que me pueda parecer importante evitando adverbios, pero prestando atención a los detalles", prosigue Echenoz. Evitar los adverbios me parece muy sabio y conveniente. Como evitar las minas del territorio bélico. También, añadiría, resulta práctico sortear los gerundios y palabras cursis como "magia" o "ensoñación" si no van contrapesadas. Y cuidar el abuso de esas palabras tofu como "energía"  tan afines al hierbas sin sostén cultural.

Y, ya puestos, rechazar la primera opción de adjetivo, la más obvia o inmediata, para acompañar al nombre. Y medir, y cortar, y hacer de la frase una fórmula, una ecuación. ("Y rechazar  de paso al primero que llega y te halaga y te envuelve y utiliza un discurso de saldo para calentarte las orejas, las piernas, el mapa vanidoso de tu cuerpo y dejar frío el corazón", les diré a las chukinas un día)

"La elección de un tipo de té concreto puede desvelarnos muchísimas cosas, puede definir un personaje mucho mejor que cualquier psicología, eso no me interesa nada por ejemplo". Creo que leer a Echenoz es el mejor curso de escritura. Un antídoto contra la vulgaridad, contra la repetición. Un tamiz necesario por el que debería pasar a mis post para limpiarlos, despojarlos de arena y conservantes,  y lograr que al fin brillen las vetas del cristal.

Y después, sólo después, fumarme un puro dejándome estar, valga el gerundio. Eso tan conveniente.





miércoles, 26 de noviembre de 2014

DE FOODIES Y TRIPEROS

Me sugiere B. que me apunte con él a un club de foodies. Le digo, tras echar un vistazo a la web, que el club debería llamarse "Triperos", dado que se trata de comer y beber con coartada esteto cultural. Noto que a mí me gusta la buena comida, pero no soy demasiado exigente y en absoluto puntillosa. En general prefiero un buen cocido, una fabada con todo su compango o una paella mixta -mar y montaña- a una melange de berenjenas al oporto. No pido tanto a un  plato, me parece, como a un libro, a una almohada o una promesa de amor. Un foodie es un tragón sin ansia que domina el argot del maridaje y alimenta su currículum de estrellas Michelin. Un ser superior que detecta la nata entre cien ingredientes amalgamados y ama la trufa negra sobre todas las cosas. Un sibarita tocado por los dioses para experimentar un orgasmo delante de un suflé.

A un foodie yo lo miro como Audrey mira el escaparate de Tiffany´s. Ajena y arrobada. A menudo mi agenda me convoca con ellos a la mesa y me gusta observar el espectáculo. Ayer, sin ir más lejos, participé en un panegírico del foie después de paladear un tuétano exquisito, de delicadas notas y matices. Un sorbete de hueso, diría, muy elogiado por todos. Pero el foie se llevó las mejores consideraciones de los convidados, y la foodiefarsante que llevo dentro hizo su aportación al asunto: "Yo podría comer foie sin parar, tres días con sus noches, hasta caer muerta". Una observación delicada como pocas que hubiera bastado para que el club ése me desestimara como socia, o como camarera.

Los mejores foodierecuerdos de mi vida son  sencillos pero de alta calidad. Unas kokotxas en el Puerto de San Sebastián aquel septiembre oscuro y precursor de la catástrofe. Un bocadillo de tortilla de patatas y un botellín de cerveza helada en mi Asturias, cerca de los bufones, el estruendo del mar con sus virutas plata. El cocido montañés de M. inundado de cariño, karaoke y lluvia torrencial. La ensaladilla rusa de mi padre, las croquetas de jamón de mi madre, los macarrones con chorizo de mi abuela. Un centollo de cumpleaños en un bar despoblado, a la luz de fluorescentes blancos como velas felices, temblorosas, de una primera cita. Mis latas de mejillones de tantos jueves solos y en pijama. Las pizzas de la noche de chicas con película cada viernes alterno, amontonadas las tres en el sofá. Los brunch de los domingos, con amigas. El café seco y solo de cada madrugada. 

Ayer, mientras decidía si me apuntaba o no al club de los triperos, enumeré la exigua lista de platos que domino: Paella para cuatro, lentejas para seis, albóndigas para ocho, cocido para diez. A veces amplío asaltando al Comidista, pero luego olvido y no repito receta. Con esas credenciales, pensaréis, encajo mejor en un club de abuelas o en una cofradía de entreguerras. Y no me parece dramático porque lo cierto es que la cocina me ha salvado la vida. Y cuando un domingo me levanto perdedora,  escéptica o desesperanzada corro a la nevera y saco un puerro, una cebolla, un buen trozo de morcillo, zanahoria,  ajos, sal pimienta, y empiezo a trocear, y pongo a tope fados, o una ópera, y el aceite de oliva obra el milagro al mezclar crepitante los aromas, reducir las texturas y embriagar toda la casa, como incienso de iglesia. Y noto que me invaden las ganas, la alegría.

Así que es probable que acepte la invitación de B. y entre en el club como tripera de honor. Sin esnobismo, sin tonterías. Como lo hubiera hecho mi abuela, gran cocinera que guisaba de oído y un punto pasada de grasa porque había vivido la guerra. Eso que no otorga estrellas Michelin pero sí mucha escuela y de mucho fundamento. "Nena, anda, cómetelo todo, no dejes ese remanente", me decía. Y comer era querer. Y así lo entiendo aún.





martes, 25 de noviembre de 2014

VUELVE LA BOISSERIE, MUERE PARADOX

La asistenta de M.J le informó, orgullosa, de que había comprado una boisserie para su salón: "Y ya les he dicho a todos en casa: no quiero libros, sólo adornos".

Tener tan claro que la cultura que no está para exhibirse me parece una prueba de sabiduría.  Sin duda una pastorcilla de Lladró bien merece un puesto de honor en el front raw de madera conglomerada, compartido con una docena de marcos de foto de alpaca al punto de brillo, y tres cajitas chinas de laca tóxica del todo a cien.

Cierto amigo que no desea ser citado ni con iniciales acude cada martes a la librería Paradox, que está de liquidación por cierre (imagino que es un efecto del regreso imparable de la boisserie para adornos). El establecimiento ha publicado en su web algo parecido a la despedida de un ajusticiado poco antes de la fecha de la inyección letal.

Estimado cliente y amigo: 
Ha llegado el momento del adiós definitivo, el día del cierre de la Librería Paradox. 
El día elegido es  el 29 de noviembre, sábado, a las 13:30h.

Es tan poco tiempo el que queda que da un poco de vértigo. Sin embargo, lo que siento ahora es vuestro aliento y apoyo en estos últimos tiempos. Después de 36 años de intercambio de cariño y lecturas, de amistad y compromiso, os pido un esfuerzo más, y es que vengáis a comprar libros hasta dejar la librería vacía.

Me pregunto cómo es posible que muera una librería y sobrevivan las boisseries. Ese adefesio ideológico del interiorismo de los sesenta y setenta al que ya dediqué un post y cuya única virtud reside en que te soluciona una pared y permite almacenar toda la quincalla del universo doméstico bajo un cristal, en una explosión del kitsch muy Bollywood y muy middle class. 


Mi amigo el innombrable, al que aprecio por su diabólica inteligencia, su abisal sentido del humor y una bondad a prueba de tsunamis, cree que mis lecturas son frívolas y dispersas. Yo me defiendo como puedo, sabiéndome perdedora de antemano,  y él remata sus burlas con una carcajada que siempre brota a borbotones, como un escape de alcantarilla tras la ruptura de una tubería central.

Paradox invita a un asalto a sus estanterías abarrotadas de psicoanálisis, antropología, lingüística, derecho, filosofía. La asistenta de M.J a la vindicación de la familia nuclear, la formación del espíritu nacional, el tabú del sexo, el cocido en el puchero, la apariencia sin fuste. 

El despelote estético y dictatorial.

La muerte de Paradox es la muerte de la Ética a Nicómaco, de las Catilinarias, de la Ciudad de Dios. La resurrección de la boisserie es la de la la jura de bandera, de la primera comunión, el orden sin condumio. 

Entiendo (y aprecio) la fidelidad de mi amigo a Paradox, y también la de esa mujer a los adornos. No encontrarme en ninguno de ambos bandos me convierte en un ser intempestivo. Pero debo decir en mi defensa, señoría, que detesto la madera falsa y los marcos de fotos. Que jamás entraron figuritas de porcelana en esta casa y que no, no soy habitual de Paradox, pero me sumaré al responso porque su final es el final de la cultura de altos vuelos. 

El 28 de noviembre es el Día de las Librerías y el día siguiente PARADOX echará el cierre. 
Por tanto, os animamos a venir estos días y a acudir a despedir a la librería el día 29 de noviembre, sábado, a las 13:30 horas. A continuación, como no podremos tomar la Plaza de Santa Bárbara, trataremos, al menos, de tomar una caña.
Buena lectura y gracias a todos por todo. 
Jose Javier Lasa (Checho)




 


domingo, 23 de noviembre de 2014

SI TU MADRE NO RECUERDA A QUÉ HORA NACISTE

"Nací el 4 de marzo de 1928, bajo el signo de Piscis, en la habitación delantera de una vivienda protegida de ladrillo rojo en las afueras de Nottingham, a dos millas al norte del río Tent. Cuando le pregunté a mi madre, muchos años después, para configurar el horóscopo, la fecha de mi alumbramiento, no recordaba si había sido de día o de noche". La vida sin armadura. Alan Sillitoe. Ed.Impedimenta.

Mi madre no recuerda a qué hora nací. Sí que era la hora del gallo, madrugada, lo que explicaría mi querencia a ganarle la partida al sol. Tampoco recuerda quiénes de sus cinco hijos hemos pasado el sarampión, la rubeola, las paperas o la varicela. Pero si le preguntas, siempre improvisa para no parecer una mala madre. "A. tuvo la varicela y se la contagió a I., y tú seguro que pasaste el sarampión, porque te rascabas mucho la ingle...".

Mi padre tampoco recuerda la hora exacta de mi nacimiento ni del de mis hermanos, pero sí que nací fea, muy fea. Larguiducha como una sardinilla y con más ojos que cara. Y que me fui arreglando con el paso de los meses. Treinta años después, cuando nació mi hija mayor, con una cresta morena de indio y terca querencia a la bizquera, todos pensaron que era fea, menos yo. Y cuando sale el tema en familia -uno de esos asuntos recurrentes de comida dominical- yo siempre juro que mi niña era preciosa. Y ella protesta con un "No disimules, mamá, que todos dicen que era horrible", aunque noto su alivio y satisfación al saberme incondicional.

Tengo amigas que apuntaban con caligrafía de notario puntilloso cada catarro de sus hijos, cada diente que brotaba o caía, cada análisis de sangre. Yo creo que nunca llevé a mi hija mayor a la tercera dosis del papiloma, lo que me hace digna de mi estirpe. Y no me siento particularmente orgullosa, aunque al menos sé el grupo sanguíneo de las chukis, algo que en mi familia era tan difícil de responder como la columna de gases nobles de la tabla periódica. "Tú eres 0 negativo, donante universal", respondía mi madre con alborozo de alumna que sólo ha estudiado una lección y le cae en el examen.

Alan Sillitoe
Ser donante universal no tenía ninguna gracia, a mi modo de ver. Para empezar, a ti sólo te podían donar los de tu grupo pero tú eras la barra libre de cualquiera. La fobia a las agujas que sumé a mi fobia a las cucarachas y a mi fobia a perderme en las glorietas me llevaba a reflexiones sombrías del tipo: "El día que a alguien le pase algo en casa me sacarán la sangre a mí, sin dudar". Y tal escenario me provocaba pesadillas llenas de tubos y pinchos. Durante años recé para no superar los 50 kilos porque había leído que con menos peso no dejaban ser donante. El día que subí a la báscula y atisbé un 51 comprendí que la suerte estaba echada. Y hasta hoy.

Como cualquier madre, atesoro recuerdos selectivos.

Recuerdo, por ejemplo, que mi adolescente, cuando tenía tres años, cogió unas paperas tras vacunarla de las paperas. Y me gusta contarle que se perdió una actuación estelar en la guardería, que habíamos ensayado a conciencia y que empezaba así:"Yo soy una flor, y me llamo margarita. Mis pétalos son blancos y soy muuuuuuy bonita". El poema era largo y desproporcionado a la edad de los intérpretes, y lo recuerdo íntegro como recuerdo la lista de los países latinoamericanos por orden y fronteras o la letra del himno de la Legión. Así que, después de hojear el libro de  Alan Sillitoe, he decidido escribir los versos de la margarita para dárselos a mi hija el día que me reproche, con razón, mi desidia en los asuntos sanitarios emparentados con la aguja. O que siempre recuerdo la pesadilla que fue su parto versus el gozoso alumbramiento de su hermana. Y que a los cinco años nos robaba dinero para comprar chuches y ganarse la popularidad de sus compañeras de clase y yo le aseguré que la llevaría a comisaría. O que...

Mi hija I. nació un 22 de diciembre horas después de que los repelentes niños de San Ildefonso dejaran de desgañitarse con las bolas. Fue un parto largo y correoso, sin epidural porque a las aguerridas nos pierde la chulería del no será para tanto. Era de noche. Pasé miedo, parecía que no quería separarse de mí, y yo empujaba y empujaba hasta provocar moratones en mi cara y sangre en los ojos. Fue un bebé largo y flaco. Asombrosamente atlético. Tenía una crestita de pelusilla morena y unos ojos azules que hoy escrutan y tratan de entender los últimos coletazos de una adolescencia que se escapa. Mi hija mide 1,68, centímetro arriba o abajo, pesará algo más de 50 kilos -esa cifra tenebrosa- y asume que su madre es un desastre para recitar sus números pero que daría todo mi 0 negativo por su vida, y que cada vez que ella me lo pida recitaré gustosa aquel poema que unas paperas intempestivas le impidieron recitar para su público:

Yo soy una flor
y me llamo margarita
mis pétalos son blancos 
y soy muy bonita

Tengo un círculo amarillo
donde las abejas liban
Ahora vivo en un jardín
Con otras flores bonitas

Algunas veces me cortan
Y me meten en un jarrón
Para adornar el salón

Pero lo que más me gusta
Es vivir en el jardín
Que el jardinero me riegue
Y me moje un poquitín...








sábado, 22 de noviembre de 2014

LA TEORÍA DE LA MUJER DIÉSEL

"Las mujeres envidiamos la felicidad de las otras mujeres. Los hombres, la posición social de los otros hombres".

Ayer, en una clase del curso de liderazgo no apta para mentes inquietas, tuvimos que escuchar una sarta de generalidades bobas sobre ambos géneros extraídas de un libro de autosuicidio de esos que tanto me gustan porque arden bien en las papeleras. No conozco aún una sola máxima sobre géneros que no me parezca falaz, irritante, maniquea, low cost, cimentadora de falsas creencias y cercana a una charleta Tupperware de señoritas desocupadas que se ríen de los maridos para matar el rato a la hora del café. O de hombres que menosprecian a sus mujeres para trepar en consideración social en el club social del chiste fácil de oficina.

No sé qué envidiamos las mujeres, habría que preguntar a cada mujer. Yo suelo envidiar las cinturas afinadas, las melenas tupidas y la estabilidad de pareja. Pero no la felicidad ajena, que encuentro contagiosa y tonificante. Y siento bochorno cuando escucho en una clase falacias basadas en observaciones pret a porter más propias de un blog (véase) que de una sesión didáctica de altos vuelos.

Una vez alguien me dijo "las mujeres y los nacionalistas siempre queréis más" y me reí mucho. Me pareció ocurrente y bien traída. Luego, con el tiempo, entendí que hay hombres que prefieren mujeres de poco mantenimiento. Mujeres diésel, para entendernos. Que no necesiten demasiadas atenciones. Que les baste con un wasap o una cena con velas. Que no demanden la voz y el abrazo. El cariño intempestivo. Que sean autosuficientes hasta en la cama.

Hay mujeres, sin embargo, que matarían por un palco en el Real con un elegante caballero a su siniestra aunque no les apretara la mano. Y mujeres que se niegan a estar con alguien por estar, como apéndices tristes o coristas demacradas de orquesta de pueblo.

"Las mujeres con pasado y los hombres con futuro son las personas más interesantes". De todas las frases que he buscado para sacudirme la caspa intelectual de ayer, me quedo con esta de Chavela Vargas. Aunque no la comparto del todo. Yo diría que me gustan las personas con pasado que siguen confiando en el futuro. Los hombres y mujeres que jamás están de vuelta. Las voces que provocan un chispazo en tu cerebro y es una revolución, una certeza. Las mujeres cómplices que no ven en las otras rivales, amenazas. Y también, y sobre todo, los hombres sabios que entienden que toda mujer, incluso la más aguerrida, la más segura, la más diésel, necesita poderse derramar un rato cada día. Sacar al sol la bandera blanca. Compartir estremecidas el miedo a marearse, el miedo a perderse, el miedo a sentir miedo. Y eso no las hace débiles, sino personas. Como a ellos.


viernes, 21 de noviembre de 2014

ESPERE QUE VOY Y SE LO SACO

No paro de ver la cubierta del libro por todas partes. Me llama, me provoca, me manda señales de socorro. Se llama "Vestido de Novia" (Alfaguara), de Pierre Lemaitre, ganador del premio Goncourt por otra novela. El título me disuade, lo encuentro muy de bestseller para chicas que ponen candados en las barandillas de los puentes. El azar pone un ejemplar en mis manos y hago el test ciego de la suspicacia: arranque y dos fragmentos.

"Está sentada en el suelo, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas, jadeante".

Perfecto, la visualizo. El autor sugiere una escena tórrida de sexo o tal vez la consecuencia de una jornada de limpieza general. Pero no hay fregona. Los jadeos son siempre escandalosos en un texto. Como un do de pecho. No mucho más recorrido in crescendo. Si agotas la escala, sólo puedes bajar, precipitarte.

Lo que sigue no me excita, pero el salto a la página 150 es demoledor: "Sophie y Andrée no hablan sino de generalidades, no son amigas en realidad. ¿La cosecha de informaciones sobre la pareja compensa lo duro que ha sido tratar con esta plasta?". Aquí no hay literatura, monsieur Goncourt, me va usted a perdonar. (Plasta, generalidades, compensa...uff)

Pero sigo. Toma 3: "Franz cuelga. Nota un alivio inmenso. Lleva tres días sin tomar fármacos, pero por la voz nota que está afectada, asténica".

Yo también estoy afectada. Mi cata semiciega es un fracaso. Pensaba entretener la llegada del informático al rescate de la información de un viejo ordenador con una lectura ligera y nutritiva como un sandwich de pavo. Pero esto es una bolsa de cheetos barbacoa, y en ayunas.

El hombre fue muy claro, al teléfono:

-Yo le recupero los datos, pero usted debe sacar el disco duro.
-No sé cómo se saca el disco duro. Ni sé dónde está, ya lo siento. (Tono de rubia)
-Ah..bueno. Pues entonces espéreme que voy y se lo saco.

Él viene y me lo saca. Podría ser un arranque de párrafo de Vestido de Novia. (Mi vestido de novia estuvo guardado en el armario de mi abuela hasta que un día lo usé como disfraz de Carnaval. A tijeretazos la emprendí con las margaritas del cuerpo -un campo de flores acrílicas, tiesas y burlonas- rasgué el escote y corté la seda de la falda. Me hice novia cadáver. Homenaje a Tim Burton. Cerré el círculo del desamor.  Él viene y me lo saca.

Una mujer en pleno uso de sus facultades mentales aguarda a un informático que rescatará de un viejo MAC tres años de su vida, una década atrás. El desconocido va a ponerle ante sus ojos a una extraña. Otra vida, otro pelo, otro hombre, otra figura. Otros libros. Travelling y close up. Nota que está afectada, como la del libro, pero de ningún modo asténica ni tampoco jadeante, señor Goncourt. Buscaría más bien un adjetivo intermedio, algo a mitad de camino entre la curiosidad y la excitación.

Con la decisión tomada, corre a la última página. Es un diálogo:

-Aproximativa...¡pero muy eficaz!¡El tipo de documento que deprimiría a cualquier hijo, sobre todo si está muy apegado a su madre! ¡Y tú lo sabías!
-Digamos que era lógico.
-No me lo puedo creer. ¿Hiciste eso?
-Ya lo sé...Está muy mal...

Decide condenar la novela al ostracismo. Aguarda sentada, las piernas en ovillo, al informático. Suspira y comprueba lo sucios que están los cristales. Tal vez una limpieza general...






miércoles, 19 de noviembre de 2014

SIETE DIÁLOGOS REALES PARA VÍRGENES REINCIDENTES


No viene a cuento, lo sé
Diálogo 1: En la oficina.

-¿Tú qué prefieres, una despechada o con una recién casada?
-Está claro. Una recién casada es un encefalograma plano de miel, éxtasis y confetti. Una balada de Mariah Carey cantada en un casino de carretera. La despechada es azufre con lejía. Curvas y badenes. Hiel y venganza. Un concierto de Iron Maiden o un dúo de Pimpinela. Con la primera harías una telenovela. Con la segunda un culebrón. Que parece lo mismo pero no es igual.

Diálogo 2: En el restaurante de un hotel de lujo.

-Estoy tan presionado por tener pareja que me he bajado una app que te busca chicos por catálogo.
-A ver qué foto has puesto...¡Con gafas de sol no vale!
-Hombre, si te parece pongo una con legañas...
-Pues yo creo que es mejor ir de menos a más.
-Pues yo creo que es mejor ligar.

Diálogo 3. En ese mismo restaurante, dos minutos después.

-A mí el otro día me metió mano un taxista. Lo había llamado desde mi app de taxis.
-¡Anda ya!
-Te lo juro. Se volvió, me puso la mano en la rodilla y me dijo: ¿Y tienes todo tan duro como la pierna?
-Uff. 

Diálogo 3: En el ascensor.

-Hola, ¿qué tal? (semidesconocida)
-Mal. El martes me cae fatal. Es el día más antipático de la semana.
-¿Peor que el lunes?
-Mucho peor. El lunes tiene la anestesia hipnótica del domingo. Al martes llegas a pelo.
-De pequeña yo odiaba los domingos. Ahora me encantan. Es una cuestión de edad.
-A partir de los 40 todo cambia, es una barrera invisible.
-Yo no los tengo aún (tono levemente molesto)
-¿A qué piso ibas?

Diálogo 4: Por mail

 -¿Llevas Rolex o Trolex?
-Uso un viejo reloj alemán hecho artesanalmente en mi barrio de Berlín, Friedenau. No es caro ni barato, como mi ropa. Y es invisible, como yo.

Diálogo 5: Por teléfono

-He decidido irme a vivir con mi novio, pero a tiempo parcial.
-¿Como en régimen de custodia compartida? Eres una moderna.
-Soy una indecisa...
-Bueno, eso también.

Diálogo 6: Por teléfono

-Creo que a este paso volveré a ser virgen. Es una especie de involución...Seguro que hay casuística médica sobre el tema. Igual que se te cierran los agujeros de las orejas de no llevar pendientes.
-Mujer, ¿y por qué no te das una alegría con alguien guapo y cariñoso?
-Porque no sé dónde esconderme en el después. ¿Le echo, me voy? No sé... Si no siento algo especial, no me acuesto.
-Ser virgen no está tan mal...

 Diálogo 7: En casa.

-Tienes que comer fruta.
-Por qué no puedo tomar yogur.
-Puedes, pero después de la fruta.
-¿Por qué siempre tienes que llevar tú la razón?
-¿Por qué si te pelo la fruta te la comes?











martes, 18 de noviembre de 2014

DE BESOS Y BACTERIAS

A Minichuki los besos con lengua le dan asco, vergüenza, sobresalto. Un rechazo diría visceral, atávico, sonoro y militante.

Desde ayer, además, tiene un sólido argumento científico para rechazarlos. Ochenta millones de bacterias se intercambian en cada beso variedad tornillo, según un estudio holandés. Más que toda la fauna del Serengueti, más que un hormiguero marabunto y cabreado. Y en un lote, un revolcón, calculo, les da tiempo a colonizar y construirse confortables apartamentos amueblados entre las muelas del juicio y el velo del paladar.

Su hermana, adolescente en fase II (es decir, pasada la etapa de la furibundia pero no la de la canción protesta) no dice ni que sí ni que no,  y yo miro de reojo tratando de adivinar cuántas bacterias albergará esa boca plagada de mohínes de ensayo general como mujer. Igual que la piel tiene memoria del sol, ¿la lengua recuerda cada tiento, cada impulso mojado, cada invasión germánica, vikinga, afganokosovar?

Hubo besos  pellizco, y besos ostra húmeda, viscosa. Hubo besos furtivos, laterales. Besos milagro tras una cortina en una fiesta. Y besos cenicero, y besos revolución, y besos secos. Y el apunte contable del primero, y del último frío, cortés, en la mejilla.  Y besos inventados. Y besos protocolo. Y un diario de besos que alguien escribió así:
El beso protocolo

Besarle era besar a un muerto, a un semicadáver de seis horas. La boca fría y tumefacta. El aliento apenas perceptible, un estertor de oxígeno viejo y cada vez más dióxido de carbono, dulzón y venenoso. La carne, sin vigor de juventud, tratando desesperadamente de recordar cómo era el latigazo o el incendio. Buscar su boca, arrastrarse hasta su cuello, irremediable. Ser gélidamente cortés. Matar de distancia. Resucitarle o batirse en retirada. ¿Qué hubiera hecho Frankenstein, querida Mary Shelley? 

A Minichuki, en general, le gustan tanto los monstruos como le repugnan las babas. Los fluidos. La humedad oscura, el charco, el lodazal. No quiero ni imaginar lo que dirá cuando se entere de que el sexo oral no es exactamente hablar de sexo. Y entonces vendrá a mí, enardecida, y terminará preguntándome si yo hago esas cosas y con quién, qué zapatos llevaba ese día, si me lavé después, y antes de que responda, tal vez sobrecogida de pudor, estará buscando un video chulísimo en su smartphone, y las babas habrán pasado al segundo, tercer o cuarto plano. Y el día que le invada la primera horda de bacterias no me contará, ya lo supongo. Y si la pillo en un banco, cerca de la casa, con un ejército invasor entre los brazos, tendré que hacerme la madre loca, la madre ciega, la madre invisible y olvidadiza.

Besarte era besar un alacrán. Un sobresalto puntiagudo. Calor en el desierto.
Besarte era volver a la trinchera, firmar un armisticio. Bailar sobre una tumba. 
Besarte, solo a veces, era musgo. Y a veces hoja seca. Pizzicato.

Anotación imprescindible: Hasta 700 especies de Streptococcus, Rothia, Neisseria, Gemella, Fusobacterium... viven en nuestra boca.  Con esos nombres hay que pensárselo muy bien antes de soltar la fauna ansiosa, devoratriz, y abrirse a fauna ajena. 

O puede que no tanto... (You must remember this, A kiss is still a kiss...)

Nota 2: Uno es preso del último que le besa. Y pasan días, con sus noches, y pasan meses. Y la Bella Durmiente se seca en su urna de cristal. ¿Hay besos Charles Perraut y besos Disney? Consultar bibliografía al respecto.

P.D. Recopilación para entretener a Minichuki cuando haga preguntas incisivas sobre el asunto:
  • "En Hollywood te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma."
  • "Un beso es una encuesta en la planta alta para saber si la planta baja está libre."
    • Robert Lembke (periodista y locutor alemán)






lunes, 17 de noviembre de 2014

CUADERNO GRIS, DIARIO ROSA

Me pregunto qué pensará Josep Pla de la publicación de sus diarios ínéditos (1956,1957 y 1964 ed. Destino), íntimos hasta la víscera, en los que expone su miseria como en un escaparate (culto) del Sálvame. Alcoholismo, sexualidad desbordante, menosprecio de sí mismo y todo un catálogo de llagas sanguinolientas que el autor del "Cuaderno Gris"  exhibe desnudo, macerando su yo en sus propios y corrosivos jugos.

"Esa chica tiene razón. Me lo he perdido todo -he sido un animal-. Mi tendencia a la ternura me lleva, para huir del ridículo, a la dureza y al desenfreno", dice en un momento, y me conmueve. O "Coñac, no tengo remedio", en otro (la lectura es, para él, un "contragolpe del alcohol". Interesante).

Estudié a Pla en un curso de Diario personal y me apunté "El cuaderno gris" en la lista de libros que debía leer antes de morirme. Junto con los diarios de Amiels, Andrés Trapiello o Gil de Biedma. Me di cuenta de que había leído muchos más diarios de mujeres, y también que en la infancia del Cuéntame el diario era un regalo para chicas. Como si a nosotras abrirnos en canal nos resultara más fácil y natural que a ellos.

Los diarios de mi niñez eran un reclamo de cursilería y ocultismo. "Querido diario", rezaba el encabezamiento. A menudo las tapas eran rosas y los lomos dorados, como una invitación tácita a la confidencia azúcarada. Pero lo más interesante de todo era el candado y la llave. Eso que dotaba de misterio y convertía unas líneas carentes de interés en codiciado botín de tus hermanos. Como si cualquier intimidad de una niña cursi de diez años fuera la semillla de una Virginia Woolf, una Sylvia Plath o una Alejandra Pizarnik.

Una niña con un candado se convertía automáticamente en escritora y en guardiana del deseo ajeno. Y un niño coetáneo en filibustero a la caza del tesoro. Y así crecimos, garabateando tonterías sobre si me ajunta o no me ajunta, me quiere o no me quiere, alimentando el onanismo pseudoliterario y la fantasía de la violación. ¿Llegaré a casa y estará el candado roto?

Dicho esto, confieso que nunca tuve uno de esos diarios. Mi rebeldía congénita me hacía invadir cualquier superficie blanca y doblar muchas veces el papelito, hasta convertirlo en una pelota minúscula que nadie vulneraría, a excepción de la aspiradora.

Y ahora siento un interés creciente por la lectura de los diarios de todos esos hombres educados para ser Alibabás y que un día terminaron derramándose en un papel. Estrujando su dolor, su incomodidad con el mundo. Eso que se suponía tan naturalmente femenino. Y es un alivio saber que todo hombre, por sólido e irrompible que pueda parecer, oculta una o varias grietas sangrantes y a veces las confiesa sin llave y sin candado. Y una se enamora de ellos cuando se exponen sin armadura. Dolientes, confusos, vulnerados por el azote de la vida. O exultantes de gozo, apasionados. Como nosotras, pero sin el banco de pruebas que fue el diario de infancia.

Querido diario. De hoy no pasa que me regale El cuaderno gris de Josep Pla. Un hombre que desnuda su alma es mucho más excitante que uno que sólo desnuda su cuerpo. Debo hablar de esto con las Chukis. Urgentemente.








domingo, 16 de noviembre de 2014

DE SERENDIPIA Y AMOR A JOHN CUSACK

John Cusack
Botín de sábado de mujer caprichosa de mediana edad: 1. Serendipity (por John Cusack. Perfecto plan de noche de chicas), 2. Tres pares de calcetines negros y una camiseta deportiva azul eléctrico (para correr sin usura y echar chispas), 3. CD de Antony & the Johnsons (por la inmensidad de su Hope There´s someone, que no se me va de la cabeza y me produce temblores secos), 4. El País y El Mundo (por tocar la vida en papel, que navegar marea lo suyo). 4. Decepción  (por Perdida, una tv movie de domingo de resaca por la tarde disfrazada de thriller y llena de diálogos postizos y trampas retorcidas/facilonas).

A los modernícolas les encanta Perdida, lo que vuelve a probarme que no formo parte del grupo.  Cuando huelo postureo, intolerancia, rictus de superioridad y ventajismo disfrazado de falsa humildad salgo por piernas. No formo parte de ningún grupo, me temo, lo que me deja a la intemperie. Pero en brazos de John Cusack y de Antony Hegarty podría ser feliz. Con la ayuda inspiradora de Leila Guerriero:

"Yo no tengo dios, pero, si tuviera, le pediría: salvame
Salvame de la confusión de suponer que me recordarán por siempre.
Salvame de la tentación de pensar que lo que escribiré mañana será mejor que lo que escribí ayer.
Salvame de necesitar la mirada de otros.
Salvame de ambicionar el camino de los otros.
No me salves de mí.
De todo lo demás: salvame". (Zona de Obras. Ed. Círculo de Tiza).

Leila es el antipostureo, el antiego, el antídoto contra la tentación onanista de escribir sin contar nada. Cada letra suya encierra una intención, un tiro al puro centro, un salmo, una herejía. No soy de ningún grupo, pero de serlo sería del de Leila, del de Lorry (Moore), del de Antony, de la prosa abonada y fértil de Héctor (ayer, éste último me notificó, desde un aeropuerto perdido a demasiadas horas de su hogar, sus intenciones: "En febrero voy a Madrid, me compro un piso y lo celebro contigo").

Soy, ahora que lo pienso, del grupo de madres/padres con hija que juega al fútbol y es la única chica del equipo, que se desgañitan en los partidos y vomitan todo el entusiasmo y toda la fe, y al terminar notan que hacía frío y la humedad ha calado hasta los huesos, pero el corazón abrasa.

Mi niña es el 8
También soy de ese selecto grupo de coleccionistas de nada. De mujeres que mejor solas que acompañadas pero huérfanas de abrazo. De militantes de Mahou y de Bombay. De reincidentes de Bach y de la ensaladilla rusa. De millonarios de amigos y de cuentos...

Así que soy gregaria, al fin y al cabo. Y creo que una mala película, un mal libro, es un robo a mano armada. Que debería haber un club de bobitas sin talento y otro de tontos con idiomas. Que uno es lo que sale cuando abre la boca sin pensar, sin estrategia. Que hay que votar el mal menor, pero votar. Que conviene volver a Lisboa y pisar adoquines, mejor enamorado. Que el desaliento, el desamor,  se curan con lentejas. Que tú sigues ahí, no te has movido, pero te vas desdibujando. Que este domingo sin prisas y con Antony, con Leila y con el grupo es pura serendipia. Puro hallazgo. Que ya va siendo hora de salir a correr  con camiseta nueva. Eléctrica. A chispazos.

P.D. Adjunto crítica de "Perdida" con la que estoy de acuerdo. Genial lo de "artificial como alcachofa de cerámica":


Rex Reed: The New York Observer

sábado, 15 de noviembre de 2014

HAY QUE SER VALIENTE PARA ESTAR SOLO

-¿Está usted enfadado?
-No, estoy solo.
-No está solo. Mientras esté usted aquí, está conmigo.

La camarera, con su inconfundible acento rumano, me hizo abandonar el giro de la cucharilla en el café por un instante. No veía al cliente porque nos separaba una columna de la barra, una cordillera, pero debieron reconfortarle las palabras de esa mujer que confundía mal humor y desamparo. Y era esa mentira compasiva del te quiero que murmuran las putas a los hombres,  tan solos, tan desnudos, y ellos atesoran como la metadona del amor.

Hay que ser valiente para reconocer que se está solo. Y puede que sea más fácil confesar a primera hora de la mañana, cuando el cuerpo no se ha puesto en guardia y los convencionalismos sociales aún bostezan. El desayuno con aliento. La leche templada y el cruasán con mantequilla y mermelada. La posibilidad de pescar un diálogo así, puro, descarnado, me pareció un regalo de viernes que tecleé con ansia en el teléfono, no fuera que el olvido lo desintegrase como el sol al pergamino de las tumbas.

Por la tarde el Metro estaba lleno de solos. Olía a letras sin pagar, a incertidumbre. A mi izquierda un tipo vulgar, con olor a sudor rancio de dos días,  hablaba a gritos con Susana. Farfullaba, también, desesperado porque la llamada se cortaba en cada túnel. El hombre, unos cincuenta, fingía una pareja esperándolo en su casa. Un polvo rápido y concertado de viernes, una ducha (el orden de factores altera el producto) Susana era, lo supe, perversa, insustancial, un amor intempestivo empapado en colonia barata. Una liturgia de dos donde uno no está ni se le espera. Me daban ganas de pedirle al señor que colgara de una vez, que Susana es un fantasma, que igual no estuvo nunca. Que dejara de gritar. Que se lavara los dientes y se dejara estar solo.

Y luego, en el teatro, tres hombres y yo "Desde Berlín. Tributo a Lou Reed". Una historia de destrucción y (des)amor que me sobrecogió por su ausencia de esperanza. Más allá de que los protagonistas sean dos yonkis en una ciudad destruida como sus venas. Más allá de la asfixia de una cama donde todo empieza  y todo se vuelve estercolero. Caroline y Jim son una de esas (tantas) parejas unidas por la desesperación. Porque es eso o nada. "El amor debería morir de muerte natural", murmura él. Y pensé que esto es así, pero a menudo mantenemos al muerto en el trastero. Conectado a unos tubos. Y pasan las horas, los días y los años. Y un día el hedor se vuelve insoportable a los vecinos. Y con suerte llega el juez y el forense certifica, al fin,  la muerte. Naturalmente.

-Se hubiera muerto de dolor en ese piso (Jim)
-Como nosotros (Caroline)

(¿Y si siempre fuera así, sólo amigos y planes de viernes jubilosos? Amigos que te llevan en volandas por la calle, que te arreglan el cuello, te  cogen de la mano y tú a ellos. Que te cantan su crítica sagaz y certera de la obra. Y pedís unas gambas a la plancha. Y C., que te ve chupar las cabezas, pregunta si te gustan, y te encantan, y te pone delicadamente las suyas en el borde de tu plato, just in case. Y te paran un taxi, y te despiden. Mucho más ciertos, más héroes y más presentes que cualquier Susana o Jim al otro lado del teléfono. Un espectro)









viernes, 14 de noviembre de 2014

MUJERES CON RELLENO

-A 120 yardas, gire a la derecha (GPS).
-¿Y eso cuánto es? (mi amiga M.J, al volante)
-¡Y yo qué se! (yo misma, copilota)
-Recalculando ruta (GPS)

Madrid bajo la lluvia. El tráfico irritado  como un bebé al que no llega la leche. Dos mujeres camino del apocalipsis. O más bien de un desfile de moda, un acontecimiento social de los mil que entretienen el tedio de la capital cada semana. Y un GPS que se niega a hablar en metros, como dios manda.  Ahora es que a 80 yardas hay que girar a la izquierda, pero nos hemos vuelto a pasar. GPS recalculando ruta de nuevo.

-O sea, que 80 yardas son "corre y gira que te pasas, incauta".
-Eso. Ay madre mía, si lo sé me pongo sobaqueras...

Sobaquera. ¿Alguien ha oído alguna vez esa palabra tan fea? Pues mi amiga MJ sí, y san Google la tiene registrada, y en su versión fina se llaman "escudos de axilas". O sea,  empapadores adhesivos que impiden esas manchas antiestéticas que se te ponen cuando llegas tarde a una cita, cuando los nervios te delatan, cuando te excita un hombre en brasas que te mira como si fueras a salvarle de sí mismo, cuando la ansiedad se escapa bajo tus brazos como un río o como la loca del torreón de Jane Eyre.
Sobaqueras

Una yarda, averiguo,  son 0.9144 metros. Así que si te subes al coche de M.J tendrás que ir haciendo el cálculo de cabeza -sin redondeos o el GPS recalculará ruta- al tiempo que aprendes lo de la sobaquera y le cuentas un encuentro marciano de ese mismo día y te repasas el rouge de labios en el retrovisor y llueve y sueñas con unos buenos escudos de celulosa para contener el sudor de la acidez de algunos, y te da un ataque de risa floja y pides tiempo muerto como un entrenador apurado por los aullidos de la afición febril. Y te parece que basta ya de accesorios para retener fluidos. Y que vaya asco de fluidos. Y luego te pasas el desfile identificando rellenos labiales, rellenos de pómulos, rellenos de tetas, rellenos capilares, rellenos cerebrales. Y juras por tus muertos que jamás caerás en el relleno, que serás un pavo seco de Navidad, un triste pavo sin trampas. Libre y enjuta. Y mueves los pies al ritmo trepidante de Pink Floyd. Y sueñas con la chaquetita corta de visón teñido de la garza hambrienta que pasa por delante. Rellena de aire, ahíta de equilibrio. Piernas de pollo triste o escaldado. Ingrávida, si no fuera por el ancla de las pieles.

-A 200 yardas, tome la salida.

Antes, eso fue antes de la garza. Íbamos a llegar tarde y casi habíamos claudicado. El GPS nos estaba hostigando a mala leche. Se había propuesto que no llegáramos al parking de la calle Farmacia  y no descartábamos que una cámara oculta siguiera la ginkana de dos señoras sin sobaqueras ni sentido elemental de la orientación.  Y en el ascensor, el ascensor equivocado, dos mujeres de ochenta años nos miraban desde el relleno compasivo de sus cardados borrachos de laca. "Dos terroristas del agujero de ozono", pensé. Pero con los labios y los pómulos en su sitio, desnudos de farándula y colágeno. Y orientadas, vaya si lo estaban.

Y sonaba Pink Floyd, y sentí que Madrid sin el colágeno de las fiestas es una mujer inquieta que no encuentra las sobaqueras en el cajón de accesorios, un mago que pierde sus naipes trucados justo antes de la función. Y ya de vuelta,  me quité los tacones, lancé el abrigo al sofá, tiré el reloj sobre la mesa y tras eliminar todo, incluido el rouge de labios salvado del naufragio, sentí que el cuerpo agradecía la ausencia de rellenos. Y el GPS me indicaba por fin el destino seguro de la cama.








miércoles, 12 de noviembre de 2014

EL DIOS NEGRO BABÁ

Sostiene G. que es su cuarta noche durmiendo sin muleta y que hoy piensa premiarse porque dos meses de pastilla -en realidad media pastilla de inocentes hierbajos- son muchas noches de terror a despertar a las dos, a las tres, a las cuatro y tararear estropajosa  "cien elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña..." y sentir que nada va a cambiar y que ese cuadro estará siempre torcido y  esa bolita roja colgando sobre el techo que colocó aquel hombre que creía en las paraciencias anormales se desplomará sobre su frente, justo enmedio de ambas cejas, y le hará brotar un unicornio de sangre que hablará como parlotean las viejas aburridas de los pueblos a la salida de misa.

-El tedio es amigo del diablo. Alabado sea el Altísimo.
-Tienes una voz bajita pero muy desagradable.
-Gracias, es lo más cruel que me ha dicho un imbécil en mucho tiempo.

Aquel tipo había aprendido a mentir antes que a hablar. A esos seres conviene no escucharlos. Mírame fíjamente y cuenta hasta tres. Cuando despiertes tirarás el bastón para siempre y saldrás corriendo. ¡¡Milagro, milagro!! (sonido de campanas de la iglesia)

La importancia de encadenar el sueño. A G. todos los malos presagios se le encarnaban de madrugada. Entonces se levantaba y corría a por la caja de las tizas -los pies descalzos, helados, de venas violetas- y apuntaba en la pizarra, casi sonámbula, frases ininteligibles como: "Ni un día más de cien días". Por la mañana no había dios que interpretara su propia letra, y se encogía de hombros y arrastraba el bostezo diez o doce horas, a lo sumo.
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Cuaderno de bitácora: Ayer volví andando del trabajo, como hago a menudo, y recogí a Minichuki en su entrenamiento. En el campo, de obediente hierba artificial, corría un grupo alegre de niños encabezado por un dios negro. Era, sin duda, uno de los cuerpos más perfectos que había visto últimamente. Era el Flautista de Hamelín del cuento y a punto estuve de salir corriendo tras de él. La pura contemplación de la belleza. Pero me sobraba el paraguas y me faltó determinación. Un velo de lluvia caía sobre la farola, que lo transformaba en una red de estrellas en fugaz desbandada luminosa. Y ese negro, que nadie se ofenda, era un negro betún, un negro ónix, un pedazo de negro, y escuchaba sonriente las indicaciones de los pequeños: "Babá, ahora tú corres deprisa y nosotros tratamos de alcanzarte". Y todo estaba bien, y algo despertaba a su hora. Como llamado por un ángel o un hipnotizador diligente de los que te sacan del letargo antes de llegar al borde del precipicio.
Babá Diawara

Y mi niña, radiante de lluvia, puso cara de machote cuando cubrí su cuerpecillo empapado con mi chal de lana caliente y perfumado, y en cuando doblamos las esquina me abrazó mucho y me dijo qué suerte que estés, y entonces, sólo entonces, le pregunté por el negro. "Me han dicho que es un jugador del Getafe...". Es un dios. Un espantador de telarañas. "Qué cosas más raras dices, mami".

Se llama Babá Diawara y es senegalés. En foto no es lo mismo que anoche, bajo el manto de agua. Suele pasar que la oscuridad dispara la fantasía. Pero ayer juro pormi vida que era un dios impulsado por dos piernas negras hacia una misión que sólo conocía él. Y su séquito lo seguía sin rechistar. Y todo era luz.

(Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña... (Y no hubo dos, ni hubo arañas)












martes, 11 de noviembre de 2014

AMOR, ETCÉTERA (Julian Barnes, un amor senegalés)

San Luis (Senagal)
"Cuando me preguntan en qué verdad absoluta desearías ahondar para alguna de tus novelas, yo siempre digo que me gustaría adentrarme un día entero dentro de una mujer para conocerla realmente". Julian Barnes. Fragmento de su entrevista ayer en El País Semanal.

Recuerdo haber leído "Amor, etcétera" durante un viaje a Senegal. Recuerdo un hotel colonial que parecía salido de un cómic de Tintín y se llamaba De la Poste, con su patio y sus plantas frondosas, hipertróficas, y unas butacas desgastadas de ratán con pequeños veladores donde yo devoraba las páginas del libro antes de salir a hacer un reportaje por los secaderos de pescado de San Luis. Con un guía local que me pidió matrimonio entre susurros aprovechando un despiste del fotógrafo. Un tipo simpático y casado con tres (sí, la invitación era a sumarme a su harén) que se abría paso entre los habitantes de la miseria llamándolos a todos "mon amie", y que era un finísimo lector. Así que nos pasábamos los kilómetros devanando novelas, y recuerdo haber compartido nuestra admiración por Julian Barnes además de mi obsesión por no ser devorada por esa legión de mosquitos que fijo, seguro, portaba la malaria.

No sabía entonces la historia íntima de este británico que maneja la ironía con inteligente desenvoltura y que al parecer arrastra un dolorosísimo duelo por una mujer, la suya, Pat Kavanagh, que durante un tiempo lo abandonó por otra - Jeanette Winterson -  a la que siempre pongo a parir gracias a una novela a mi juicio mediocre y sobrevalorada llamada "La Pasión" que, según wikipedia,  se inspiró en el sentimiento arrebatado de aquella relación amorosa de la que Pat regresó para continuar con su hombre, este hombre al que adoran los franceses por su perspicacia y puede que por su obsesión por la muerte.


"Los ingleses somos muy flojos a la hora de definirnos. Aun así, empleamos mucho tiempo en intentarlo. Los americanos no se obsesionan con eso, por ejemplo. O se contentan pensando que nosotros somos una versión fracasada de Estados Unidos. De la conciencia imperial, para el resto del mundo tenemos una percepción de extrañeza, pensamos que sencillamente el resto no son ingleses. Nos refugiamos quizá en esos tótems antiguos que nos distinguen, como la monarquía, mientras que la realidad nos muestra lo contrario en el mismo Londres: una variedad enorme de culturas diferentes donde los ingleses rubios somos minoría".

Uno se define por contraposición al otro. A veces no somos más que lo que nos marca la diferencia. Y con esa mínima identidad salimos a pelearnos con la vida. Como mujer, Mr.Barnes, no me gustaría entrar en la piel de un hombre salvo como ejercicio de estilo. Me parece que a los hombres se les ha vetado el derecho a la emoción, a la debilidad, al fracaso, a la cobardía, a la ausencia de deseo.

El otro día precisamente salió este tema en una conversación de amigas. ¿Ellos siempre  están dispuestos para el sexo?. ¿Incluso pasados los 50, cuando la testosterona empieza a batirse en retirada?. L. estaba muy convencida de ello. Y relataba el caso de un amigo de esa edad obsesionado por "cumplir" con cada mujer que se cruza en su camino, en su mayoría jóvenes. Yo aporté el testimonio de un hombre en la treintena que confesó abiertamente que su apetito sexual era escaso, que sin ternura previa le costaba acostarse con una mujer, y que le parecía un suplicio asumir el rol del deseo por designio de género. L. se sorprendió bastante, para mi sorpresa. Después ambas celebramos la fortuna de ser mujeres y no tener que poner a prueba nuestra fuerza, nuestra libido, aunque a cambio haya que demostrar demasiadas cosas a diario. Que es un alivio poder sentir y contarlo. Y admirar a los hombres capaces de cuidar, mimar, confesar que hoy no les apetece sin sonrojarse;  hablar con una mujer de intimidad sin que el objetivo sea llevarte a la cama, y una vez logrado, fin de la intimidad (sí, hay un pareado vulgar al respecto).

Y todo esto suena muy antiguo, es verdad. Porque por suerte ellos están aprendiendo y nosotras también. Y Julian Barnes, aquí nos tienes a unas cuantas para una velada en San Luis o donde mejor te parezca. Para hablar de tu pérdida, de tu robustez intelectual, de por qué Pat se enamoró de aquella escritora endeble y seguro que atormentada teniéndote a ti en casa. De por qué a veces hay que perder lo que se ama para entender la magnitud de lo perdido. Pero que lo perdido es la fuente de la creación. Que lo que nos inspira, a menudo, es eso que hay detrás de la niebla que nos separa de lo que fue. Y que ahí no hay diferencias entre hombres y mujeres. Sólo palabras. Que a veces son tan brillantes como tus novelas. Y tan lúcidas como tu expresión del sentimiento.

Stuart: El primer amor es el único amor.
Oliver: El único amor es todo el amor posible.
Gillian: El único amor es el amor verdadero.
Otra pregunta: ¿Qué prefieres? ¿Amar o que te amen? ¡Solo puedes escoger una de las dos! Tic, tac, tic, tac, ¡PUM! ¡Elige!  (Amor, etcétera).

P.D. Julian Barnes será siempre Senegal para mí. Y ese hotel tan bello y decadente donde me recibió una enorme cucaracha cuando fui a acostarme la primera noche. Huelga que no dormí, aterrorizada por la posibilidad de que hubiera otra. Y tentada estuve de llamar a mi guía local para que me alojase con su harén.





 







lunes, 10 de noviembre de 2014

LAS RAZONES DEL SENTIMIENTO (reflexiones sobre el 9-N)

La alemana del Este, rubia, serena, en perfecto y dulce español, contaba ayer cómo una vez unificados ambos lados del muro seguía sintiéndose acomplejada cuando pisaba el Oeste y trataba de disimular el acento delator. Durante años la prohibición excitó sus jugos gástricos, sus ansias de consumir Coca-Cola, como los del otro lado. Y cuando ya no hubo fronteras tuvo que recolocar el sentimiento. Haber sido víctima de un sistema le había dotado de identidad. De una identidad de mierda, podría pensarse, pero poderosa, implacable. Apuntalada de victimismo y resentimiento. Pero identidad al fin y al cabo.

Ayer me quedé prendida del reportaje/documental sobre el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín, y en los intermedios veía las crónicas de la celebración de la consulta independentista catalana. Me pareció que había un sustrato común. Algo que hermanaba dos lugares y dos momentos tan diferentes. El sentimiento salvaje, la corriente desbordada. Y la determinación de que nada ni nadie podía frenar el ansia de un pueblo que se siente oprimido, desigual. Tenga o no razón. Le asistan o no las leyes.

El sentimiento siempre es legítimo. Y hay que ponerle cauces o estalla y provoca una riada mortal. Ayer mi adolescente entró en brote porque se le ponen límites para volver a casa cuando sale. Habíamos pasado un gran día con mi amiga L. y su hija, habíamos tomado un delicioso brunch ambas familias y nos habíamos reído mucho. Pero de pronto se encerró en su cuarto y cuando acudí me la encontré rabiosa y me echó en cara que no confiamos en ella. Le argumenté por qué no tenía razón pero ella no me escuchaba, inmersa en su impotencia. Al parecer su padre le había dicho que el próximo viernes, cuando esté con él,  no tendría barra libre para llegar a casa por la noche, sino que pactarían la hora. "Pensáis que voy a llegar borracha o algo, cuando ya sabéis que bebo Nestea y llego a casa perfectamente".

Caída del Muro, aquel 9-N
Fue inútil argumentarle que no es desconfianza sino cierto temor y prevención, además de unas normas mínimas de convivencia. Que cuando sale se pasa el día después de la cama al sofá, que todo eso no ayuda a las migrañas y al estudio. A ella le dominaba un sentimiento de impotencia. La prohibición alimentaba su rabia. Y esa rabia no entendía de argumentos pero había que encauzarla. No avivar el fuego con "llegarás a la hora que te diga tu padre y punto" o eso que nos decían a los de mi generación: "Cuando vivas en tu casa harás lo que quieras. Mientras estés aquí, lo que yo te diga".

(Así que me fui de casa a la primera ocasión, cuando nadie de mi edad lo hacía, y casi siempre solía llegar temprano porque nunca se me dio bien trasnochar. Pero era mi decisión, eso tan sagrado, y me hacía feliz conocer por fin que en realidad yo era diurna, y que muchos enfrentamientos con mis padres, el estado central, eran pura rebeldía de víctima del sistema)

Ayer un tercio de los catalanes -¿pocos? ¿suficientes?- que podían votar decidieron que quieren ser un Estado soberano en una votación sin garantías. "De chichinabo", decía alguien. Y me llamó la atención lo exultantes que estaban con sus papeletas, como si llevaran décadas soñando con la caída de un muro y alguien les hubiera  fabricado uno de plastilina para que se dieran el gustazo de romperlo. A ratos veía "Salvados", a ese Artur Mas irritado por la impertinencia de Évole, y a ratos el Chester de ese otro posturitas cabreado que entrevistaba a catalanes muy razonables, por cierto. Pero quien me gustó especialmente fue Lluis Llach. El cantautor, ya retirado, explicó sin ira por qué vivimos en un país polarizado: conmigo o contra mí. El poder y el pueblo (la casta y el resto, sí, qué fácil lo tienen algunos para captar voluntades). El Estado central  y el país catalán. Vencedores y vencidos. Víctimas y verdugos. Y sentí más que nunca que no se pueden contener las voluntades, porque se convierten en balas. Que el estallido de un sentimiento es peor que una bomba nuclear.

Que sentirse incomprendido y aplastado -eso que siente todo adolescente delante de un NO- es la antesala al conflicto correoso. Y que más vale escuchar y llegar a un territorio de bandera blanca. Porque el rebelde dará paso al resentido y un cetro al manipulador. Y habrá un momento en que el diálogo ya no sirva porque se hayan afilado los machetes.

La alemana rubia de anoche contaba cómo sus abuelos seguían añorando el régimen comunista y había armado este sentimiento en un relato casi romántico. Para sobrevivir, imagino. Lo que pasó ayer en Cataluña requiere una reflexión más allá de si fue o no legal, o una parodia de hijo desobediente como Rajoy y los suyos nos han hecho ver.  Dudo que el argumento de la legalidad sirva para algo. Es obvio que hay un sentimiento creciente, apasionado, que nada ni nadie va a poder aplastar. Habrá que poner hora de llegada, si habláramos de adolescentes. Pero no enarbolando el principio de autoridad que nos daban a los niños del franquismo.

Somos mayores. Y sería una pena que hubiera que irse de casa para poder convivir en paz. Pero, lo sé por experiencia, cuando uno se quiere marchar de algo o de alguien acaba haciéndolo. Por las buenas o por las malas.




domingo, 9 de noviembre de 2014

¿CUÁNTO DURA EL DUELO, MR LEWIS?

Ayer volví a ver Tierras de Penumbra, la película basada en la novela "Una pena en observación", de C.S Lewis. Un análisis sobre el duelo y el dolor por la pérdida que viene a decir que más vale haber tenido algo que perder que vivir sin afectos poderosos, protegido del amor con una coraza de titanio. La mitad de la película la vi sin voz porque vino a verme mi hermano A., y estuvimos charlando de nuestras vidas, ganancias y pérdidas en el sofá, mientras mirábamos de cuando en cuando con el rabillo del ojo la pantalla de la tele en la que la pobre Joy Granham (Debra Winger) se moría ante la impotencia azul y majestuosa de Jack -C.S Lewis (Anthony Hopkins).

(Lo que intento decir es que el dolor de entonces es parte de la felicidad de ahora. Ese es el trato).

Un duelo se parece a otro duelo en que durante un tiempo, a veces largo, uno siente, está absolutamente convencido de que el pellizco del dolor no pasará jamás. Porque le invade, le devora  cada molécula de su cuerpo. Porque ocupa cada centímetro de cada arteria y cada vena. Es una revolución que conviene vivir sin anestesia, con plena conciencia. Un virus que genera frustración, rabia, tristeza, desazón, melancolía y evoluciona a su libre albedrío mientras uno trata de ponerle etiquetas para dominarlo, ingenuamente. El luto requiere dejarse estar, pero también bucear hasta el interior del hueso y estar dispuesto a asumir qué parte de lo perdido no existió nunca. Fue una fantasía de supervivencia. Un relato a lo C.S Lewis contaminado  por las palabras y la música de violines.

Hay quien desafía el luto sin soltar al muerto de su boca. Y lo nombra con naturalidad como si aún le estuviera esperando a la salida del trabajo, en su descapotable rojo. Y así finge que no ha muerto, y se inventa diálogos de madrugada donde hay preguntas y hay respuestas. Luego están los que han colocado a su muerto querido en un estante preciso, un altarcillo donde no molesta pero no sufre las llamas del olvido. Y también conozco a quien tiene a su pesar a su muerto en un purgatorio y teme que eso siga siendo así, un estadío intermedio que todos juran que es normal, que pasará, pero ahí sigue, burlón. Y para exhorcizarlo se le lanzan pedradas de realidad. Y se le abre en canal, y se le cose y recose como a esos pobres cadáveres de autopsia de facultad de medicina.

C.S Lewis vivió de verdad cuando conoció a Joy. Eso te cuenta el libro. Ella lo agitó con su agudeza. Con su genio brillante, con sus desmanes de americana casual. Él era un rígido británico, un puritano metódico que olía a naftalina y tomaba el té o clock con sus rígidos amigos a los que nunca confió los secretos de su alma. Su pena en observación fue asumir que era un cadáver antes de despertar. Y que volvió a serlo tras la muerte de Joy, pero con una certeza nueva, luminosa, implacable. La de la pérdida. Eso tan demoledor que debe dar paso a la felicidad, nunca ahogarla.

-¿Cuánto calcula usted que durará este duelo?
-Lo que dure la fantasía entre sus dedos, señorita
-¿Y después?
-Ya es después, ¿no se da cuenta?

P.D. Me hubiera gustado leer el diario de Joy, si es que existe y se ha publicado. Pero parece que la larga sombra de él acortó la suya. O igual no fue tan gran escritora. Debo averiguar más..